‘In unitate fidei’: El Credo de Nicea y la unidad de la Iglesia hoy
PARTE 1 – Una carta nacida de un aniversario… y de una
urgencia
La Carta Apostólica del Papa León XIV (firmada en el Vaticano el día 23 de
noviembre de 2025, en la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del
Universo) ‘In unitate fidei’ se abre con una imagen sencilla y muy
densa: la Iglesia camina “en la unidad de la fe”, llamada a caminar
concorde, custodiando y transmitiendo con amor y alegría el don recibido.
Esa unidad no es una idea vaga: el Papa la concreta desde la primera línea en
una expresión del Credo que se convierte en hilo conductor de todo el texto:
«Creemos en Jesucristo, Hijo único de Dios,
que por nuestra salvación bajó del cielo».
Estas palabras proceden del Concilio de Nicea, “primer acontecimiento
ecuménico de la historia del cristianismo”, del que se cumplen 1700 años. León
XIV escribe la Carta en el contexto de un Año Santo dedicado a Cristo,
nuestra esperanza, y mientras se prepara para un viaje apostólico a
Turquía. No mira el aniversario como un recuerdo erudito, sino como una ocasión
providencial: quiere “alentar en toda la Iglesia un renovado impulso en la
profesión de la fe”, una fe cuya verdad “merece ser confesada y profundizada de
manera siempre nueva y actual”.
Para ayudar a contemplar mejor la relevancia teológica, eclesial, cultural
y social de aquel Concilio, el Papa remite expresamente a un documento de la
Comisión Teológica Internacional titulado Jesucristo, Hijo de Dios,
Salvador. El 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea, que
desarrolla ampliamente los temas que él mismo retoma en síntesis en esta Carta.
Para situar este “hoy” de la fe, el texto vuelve enseguida a la Escritura.
Recuerda cómo san Marcos abre su Evangelio con el título: «Comienzo del
Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios»; cómo san Pablo se sabe enviado a
anunciar el Evangelio de Dios “sobre su Hijo” muerto y resucitado, en quien las
promesas se hacen “sí”; y cómo el prólogo de san Juan proclama al Λόγος
(Lógos) que “era Dios” y por quien todo fue creado, y que “se hizo carne y
habitó entre nosotros”. En Cristo, escribe el Papa, Dios “se ha hecho nuestro
prójimo, de modo que todo lo que hagamos a cada uno de nuestros hermanos, a Él
se lo hacemos” (Mt 25,40).
Con este telón de fondo bíblico, el 1700 aniversario de Nicea aparece como
algo muy actual: el concilio del 325 proclamó la profesión de fe en Jesucristo,
Hijo de Dios, que sigue siendo “el corazón de la fe cristiana”. Todavía hoy
recitamos cada domingo el Símbolo niceno-constantinopolitano, “profesión de fe
que une a todos los cristianos”, y que “nos da esperanza en los tiempos
difíciles que vivimos”, marcados por temores, amenazas de guerra y violencia,
desastres, injusticias, hambre y miseria sufrida por tantos.
Los tiempos de Nicea tampoco eran tranquilos. Las heridas de las
persecuciones estaban aún recientes; el Edicto de Milán (313) parecía anunciar
paz, pero pronto surgieron “disputas y conflictos en la Iglesia”. En ese
contexto aparece Arrio, presbítero de Alejandría, con una enseñanza sobre
Jesucristo que desencadena una de las grandes crisis doctrinales de la
historia.
Dios no abandona a su Iglesia. El Papa menciona al obispo Alejandro de
Alejandría, que percibe que las tesis de Arrio no son coherentes con la
Sagrada Escritura; convoca un sínodo de los obispos de Egipto y Libia que
condena la doctrina arriana, y escribe a otros obispos de Oriente para
informarles. En Occidente se mueve Osio de Córdoba, probado confesor de
la fe, hombre de confianza del papa Silvestre. También los seguidores de Arrio
se organizan. Así se llega a “una de las mayores crisis en la historia de la
Iglesia del primer milenio”, porque lo que está en juego es “el centro de la fe
cristiana”: la respuesta a la pregunta de Jesús en Cesarea de Filipo: «Y
ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,15).
Viendo que la disputa ponía en peligro la unidad de la Iglesia y del
Imperio, Constantino convoca el Concilio de Nicea. Se reúnen “318
Padres”, un número de obispos sin precedentes. Muchos de ellos llevan en su
cuerpo las marcas de las torturas sufridas; la mayoría procede de Oriente; unos
pocos, de Occidente. El papa Silvestre participa a través de dos presbíteros
romanos y con el apoyo doctrinal de Osio.
En esa encrucijada entre Escritura, Nicea y nuestro presente se mueve toda
la Carta. A partir de ahí, el Papa explicará quién es el Hijo según la fe de la
Iglesia, qué significa que haya “bajado del cielo por nuestra salvación”,
cómo se ha recibido esa fe a lo largo de los siglos y qué implica hoy para la
vida cristiana y para la unidad de los discípulos de Cristo.
PARTE 2 – El núcleo doctrinal: el Hijo “de la misma
sustancia” del Padre
2.1. Confesar al Hijo según Nicea
En el corazón de la Carta está la pregunta decisiva: ¿qué significa
confesar a Jesús como “Hijo de Dios”? Nicea no parte de cero. El Papa subraya
que los Padres conciliares quisieron ser fieles a la Sagrada Escritura y a la
Tradición apostólica, tal como se profesaba en el bautismo según el mandato de
Jesús: «bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»
(Mt 28,19). En Occidente existían diversas fórmulas, entre ellas el Credo de
los Apóstoles; en Oriente, varias profesiones bautismales semejantes. Era el
lenguaje sencillo de la Iglesia primitiva, “comprendido por los pescadores del
mar de Galilea”.
Sobre esa base, el Credo niceno comienza: «Creemos
en un solo Dios Padre Todopoderoso, creador de todas las cosas, de las visibles
y de las invisibles». Aquí no hubo debate: todos confesaban la fe en
el Dios uno y único. La controversia se centró en el segundo artículo, que
profesa la fe en «un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios». Había que aclarar
qué significa esa expresión y cómo conciliarla con el monoteísmo bíblico.
La definición
de Nicea, citada en la Carta, dice:
Jesús es el Hijo de Dios en cuanto es «de la misma sustancia (οὐσία, ousía)
del Padre […] engendrado, no creado, de la misma sustancia (ὁμοούσιος, homooúsios)
del Padre».
Para expresarlo, el Concilio usa dos términos que no están literalmente en
la Biblia: “sustancia” (οὐσία, ousía) y “de la misma sustancia”
(ὁμοούσιος, homooúsios). Pero el Papa recalca que Nicea no quiso
sustituir las afirmaciones bíblicas por la filosofía griega; al contrario,
se sirvió de esos términos para afirmar con claridad la fe bíblica y
distinguirla del error de Arrio. La auténtica “helenización peligrosa” es
precisamente el “error helenizante de Arrio y sus seguidores”, no el lenguaje
del concilio.
Apoyándose en san Atanasio, la Carta precisa que ὁμοούσιος (homooúsios) no
significa “de igual sustancia”, como si se tratase de dos realidades paralelas,
sino “de la misma sustancia” que el Padre: no una mera igualdad de sustancias,
sino una identidad de sustancia entre el Padre y el Hijo, bien expresada
en la fórmula latina unius substantiae cum Patre.
A la vez, los Padres se preocupan de expresarse en un lenguaje litúrgico y
bíblico accesible. Retoman la formulación bautismal: «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios
verdadero». La Carta recuerda que la Escritura afirma que “Dios es
luz” (1 Jn 1,5). El Hijo es el “reflejo” (ἀπαύγασμα, apáugasma) de la
gloria de Dios y la “imagen” (χαρακτήρ, charaktér) de su “ser” (ὑπόστασις,
hypóstasis) (Hb 1,3). Jesucristo, el Hijo encarnado, es la luz del mundo y
de la vida (Jn 8,12); por el bautismo, los ojos de nuestro corazón son
iluminados para que también nosotros podamos ser luz en el mundo (Ef 1,18; Mt
5,14).
Cuando el Credo afirma que el Hijo es “Dios
verdadero de Dios verdadero”, la Carta lo relaciona con los pasajes
bíblicos que contraponen los ídolos muertos al Dios vivo y verdadero: el Dios
de Abraham, Isaac y Jacob; el que se revela en la zarza ardiente (Ex 3,14); el
que ve la miseria de su pueblo, escucha su clamor y lo guía por el desierto; el
que se compadece de él (Os 11,8-9). El cristiano está llamado a convertirse de
los ídolos al Dios vivo (1 Ts 1,9). Por eso Pedro confiesa a Jesús como “el
Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).
La conclusión del Papa es clara: el Credo de Nicea no formula una teoría
filosófica, sino que profesa la fe en el Dios viviente que ha redimido a
los hombres por medio de Jesucristo, el Dios que quiere que tengamos vida en
abundancia (Jn 10,10). Por eso el Símbolo continúa con la estructura de la
profesión bautismal: el Hijo de Dios “por
nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y se encarnó y se
hizo hombre; murió y resucitó al tercer día, subió al cielo y vendrá para
juzgar a vivos y muertos”.
La Carta subraya aquí la fuerza del verbo latino descendit:
«descendió». No es una imagen vaga, sino eco del himno de Filipenses 2, donde
se dice que el Hijo “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y
haciéndose semejante a los hombres” (Flp 2,7). La Carta a los Hebreos
recuerda que fue “sometido a las mismas pruebas que nosotros, excepto en el
pecado” (Hb 4,15). El “descendió del cielo” expresa este movimiento: el
Dios que muchos imaginan como lejano e inmóvil, en realidad se ha hecho
cercano, ha salido a nuestro encuentro y ha querido compartir hasta el fondo
nuestra condición humana.
San Atanasio, testigo directo de Nicea, subrayó que el Hijo, que descendió
del cielo, “nos hizo hijos para el Padre” y que, “siendo Dios, se
hizo hombre para divinizarnos a nosotros”. Le gusta decir que la salvación
consiste en que seamos hechos partícipes de la vida de Dios: sólo si el Hijo es
verdaderamente Dios puede vencer la muerte y salvarnos.
Aquí la Carta desarrolla la teología de la divinización: el Hijo de
Dios se hizo hombre para que nosotros pudiéramos ser divinizados. Esta
intuición, preparada por san Ireneo de Lyon y por Orígenes, floreció en la
espiritualidad oriental. La divinización no tiene nada que ver con la
auto-divinización del hombre: al contrario, nos libra de la tentación de
“querer ser como Dios” (Gn 3,5) por nuestras propias fuerzas.
Por eso es decisivo que el Credo diga que el Hijo “se encarnó y se hizo hombre”: la Carta subraya
que el Logos asumió un ser humano completo, con cuerpo y alma, de modo
que nada de lo verdaderamente humano quedó fuera de su acción redentora. Dios
no salva sólo el “alma”; salva al hombre entero. En el lenguaje de la
tradición, Cristo redime lo que asume: al asumir nuestra humanidad completa,
hace posible nuestra divinización completa. Esa divinización es la verdadera
humanización, que nos protege de la tentación de querer ser como Dios por
nuestras propias fuerzas.
En esta línea, el Papa cita a san Agustín (el corazón inquieto hasta
descansar en Dios) y a santo Tomás de Aquino (Deus enim solus satiat):
sólo Dios satisface de verdad al hombre. La divinización es la verdadera
humanización: sólo Dios puede colmar el deseo infinito del corazón humano.
2.2. Lo que Arrio sostenía… y su negativa a corregirse
En contraste con esta confesión, la Carta Apostólica del Santo Padre León
XIV explica con mucha claridad qué proponía Arrio y cuál fue su actitud
ante los intentos de corrección.
Arrio enseñaba que Jesús no es verdaderamente el Hijo de Dios. No
negaba que fuese un ser extraordinario, pero rechazaba que fuese Dios como el
Padre. Tampoco lo consideraba “una simple criatura”, sino una especie de ser
intermedio entre el Dios “inalcanzablemente lejano” y nosotros: no es el
Dios verdadero, pero tampoco comparte plenamente nuestra condición. Afirmaba
además que “hubo un tiempo en que el Hijo no era”: el Hijo no es eterno, sino
que comienza a existir. No comparte, por tanto, la eternidad ni la
plenitud del ser divino del Padre.
La Carta Apostólica señala que esta visión “concordaba con la mentalidad
de la época” y por eso resultaba plausible: un semidiós creado encajaba
bien en el imaginario religioso grecorromano. Pero justamente por eso diluía lo
original de la fe cristiana: presentaba a Cristo en categorías religiosas del
entorno, no como Hijo eterno del Padre.
¿Qué actitud tuvo Arrio cuando se le llamó a rectificar? El Papa indica
que, cuando Alejandro de Alejandría constató la incompatibilidad de esas
doctrinas con la Escritura y la fe de la Iglesia, “Arrio no se mostraba
conciliador”. Ante su negativa, Alejandro convoca un sínodo que condena la
enseñanza arriana y, más tarde, comunica la decisión a otros obispos de
Oriente. Es decir: se usan los cauces de discernimiento y corrección internos
de la Iglesia, pero Arrio no se deja corregir.
Y después de Nicea, la Carta subraya que “Arrio y sus seguidores no se
rindieron”. Incluso el emperador Constantino y sus sucesores llegaron a
alinearse cada vez más con el partido arriano. El término ὁμοούσιος
(homooúsios) se convirtió en “manzana de la discordia” entre nicenos y
anti-nicenos, desencadenando nuevas tensiones.
Dicho en sencillo: Arrio no sólo sostenía que el Hijo no es verdadero Dios,
sino un ser intermedio; además, cuando la Iglesia le llamó a corregirse, no
quiso hacerlo y siguió promoviendo sus tesis incluso después de la
definición de Nicea. Eso hizo aún más costoso el camino hacia la claridad
doctrinal y la unidad.
PARTE 3 – El Credo como espejo: Dios,
los ídolos, los pobres y la creación
Tras exponer el contenido del Credo, la Carta Apostólica del Santo Padre se
vuelve hacia nosotros. Recuerda que el camino que va de la Escritura a Nicea,
Constantinopla, Calcedonia, el siglo XVI y nuestro propio siglo XXI ha sido
“largo y lineal”, y ha dejado huella en la vida cotidiana de la Iglesia: todos
los discípulos somos bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo”, nos hacemos la señal de la cruz, somos bendecidos con esta
fórmula; concluimos los salmos con el “Gloria al Padre, y al Hijo, y al
Espíritu Santo”. La liturgia y la vida cristiana “están firmemente ancladas en
el Credo de Nicea y Constantinopla”; lo que pronunciamos con los labios debería
brotar del corazón y traducirse en la existencia.
La Carta constata que, en el mundo actual, se ha difundido una fuerte indiferencia
religiosa: para muchos, Dios y la cuestión de Dios casi ya no cuentan en la
vida concreta. No se trata sólo del ateísmo declarado, sino de algo más sutil
que impregna el ambiente cultural: se vive como si Dios no existiera. El Papa,
siguiendo al Vaticano II, reconoce que los cristianos somos en parte
responsables de esta situación: cuando nuestra vida no refleja el Evangelio y
nuestras palabras contradicen nuestras obras, “ocultamos el auténtico rostro
de Dios” y hacemos menos creíble la fe.
En este contexto, el número 10 se fija en el primer artículo: «Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del
cielo y de la tierra». A partir de ahí, propone un examen de
conciencia:
- ¿Qué significa Dios para mí?
- ¿Es el Dios único realmente el Señor de mi
vida, o hay ídolos –dinero, poder, éxito, seguridad– que ocupan su lugar?
- ¿Lo trato como un Dios vivo y cercano, como
el Padre al que me dirijo con confianza, o como una idea lejana?
- ¿Reconozco que le debo todo lo que soy y
tengo, y descubro sus huellas en cada criatura?
- ¿Estoy dispuesto a compartir los bienes de
la tierra “que pertenecen a todos” de manera justa y equitativa?
- ¿Cómo trato la creación, obra de sus manos?
¿La uso con reverencia y gratitud, o la exploto y destruyo, en lugar de
custodiarla y cultivarla como casa común de la humanidad?
De este modo, el examen de conciencia que propone la Carta tiene una
dimensión claramente social: preguntarse por el lugar real que ocupa
Dios en la propia vida implica preguntarse también por el uso de los bienes,
por la disposición a compartir de manera justa lo que se posee, y por la
responsabilidad ante la creación, que no es un mero objeto de consumo, sino una
casa común que debe ser cuidada para que todos puedan vivir dignamente.
Aquí el Papa se deja iluminar por la enseñanza reciente sobre la ecología
integral: confesar al Creador no es sólo una frase del Credo; implica una forma
concreta de habitar la tierra, de gestionar la economía, de relacionarnos con
el mundo.
El número 11 lleva el examen al centro del Credo: la profesión de fe en
Jesucristo, “nuestro Señor y Dios”. Esta confesión está en el corazón de la
vida cristiana. Nos lleva a seguir a Jesús como Maestro, compañero, hermano y
amigo, pero el Credo recuerda que Él es más: el Κύριος (Kýrios), el
Señor, el Hijo del Dios viviente, el que “por
nuestra salvación bajó del cielo” y murió “por nosotros” en la cruz, abriéndonos el
camino de la vida nueva con su resurrección y ascensión.
El seguimiento de Jesús, dice el Papa, no es un camino ancho y cómodo: es
un sendero a menudo exigente e incluso doloroso, pero que conduce a la vida y a
la salvación (cfr. Mt 7,13-14). Los Hechos de los Apóstoles hablan de la fe
cristiana como “el Camino” y señalan que este camino pasa por la cruz (cfr. Hch
19,9.23; 22,4.14-15.22; Jn 14,6). Seguir al Señor significa entrar con Él en
ese camino: por la conversión, conduce a la santificación y a la
divinización, tal como recuerda la exhortación Gaudete et exsultate
sobre la santidad.
Inmediatamente, la Carta enlaza fe y caridad fraterna. Si Dios nos ama con
todo su ser, también nosotros debemos amarnos; no podemos amar a Dios, a quien
no vemos, sin amar al hermano y a la hermana que sí vemos (cfr. 1 Jn 4,20). El
amor a Dios sin amor al prójimo es “hipocresía”; un amor al prójimo que
pretende prescindir completamente de Dios se convierte en un heroísmo que nos
supera y oprime. En el seguimiento de Jesús, la subida hacia Dios pasa por el abajamiento
hacia los hermanos, sobre todo hacia “los últimos, los más pobres, los
abandonados y marginados”. Lo que hayamos hecho al más pequeño, se lo hemos
hecho a Cristo (Mt 25,31-46).
Ante catástrofes, guerras y miseria, sólo podemos dar testimonio de la
misericordia de Dios a quienes dudan de Él si esas personas experimentan su
misericordia a través de nosotros. Aquí la Carta sintoniza con Fratelli
tutti: la fe en el Hijo de Dios hecho hombre lleva necesariamente a la
fraternidad concreta, al cuidado de los más frágiles, a ser artesanos de paz.
Así, el Credo se convierte en un espejo: al confesar quién es Dios y quién
es Jesucristo, deja al descubierto qué lugar real ocupan Dios, los ídolos, los
pobres y la creación en nuestra vida.
PARTE 4 – Los defensores de la fe, el
“coste” de la unidad y el horizonte ecuménico
4.1. El “coste” histórico de la unidad: nombres y
rostros
La Carta Apostólica del Papa León XIV no habla de unidad de la fe en
abstracto; presenta también el precio humano que ha tenido.
En Nicea se reunieron obispos “que habían sido marcados por las
persecuciones”: cuerpos heridos, cicatrices visibles. No defendían una
teoría, sino una fe por la que ya habían sufrido. La unidad del Credo se
sostuvo también con su cuerpo y con su sangre.
Después del concilio, lejos de calmarse, la tormenta continuó. Arrio y sus
seguidores “no se rindieron”; el mismo Constantino y sus sucesores se
inclinaron cada vez más hacia los arrianos; la palabra ὁμοούσιος (homooúsios)
se convirtió en causa de enfrentamientos. San Basilio de Cesarea describe aquel
tiempo como una batalla naval nocturna en medio de una tempestad; san Hilario
de Poitiers constata que muchos laicos permanecieron fieles a la fe nicena
mientras no pocos obispos flaqueaban, y llega a decir que “los oídos del
pueblo son más santos que los corazones de los sacerdotes”.
En medio de ese caos, la Carta destaca a san Atanasio de Alejandría
como “la roca del Credo niceno”. Participó en Nicea como diácono de
Alejandro; más tarde fue obispo de Alejandría. Por su fidelidad al concilio,
fue depuesto y expulsado hasta cinco veces de su sede; cada vez volvió como
obispo. Desde el exilio siguió guiando al pueblo con sus escritos y cartas. El
Papa lo compara con Moisés, que no entra en la tierra prometida:
Atanasio no llegó a ver la paz eclesial, pero preparó el camino con su fidelidad
sufrida.
A Atanasio se
une una nueva generación de “jóvenes nicenos”:
- En Oriente, los tres capadocios: san
Basilio de Cesarea “el Grande”, san Gregorio de Nisa (su
hermano) y san Gregorio Nacianceno (su gran amigo). Su mérito fue
llevar a término la formulación del Credo niceno, mostrando que la Unidad
y la Trinidad en Dios no están en contradicción.
- En Occidente, el Papa menciona a san
Hilario de Poitiers y a su discípulo san Martín de Tours; y,
“sobre todo”, a san Ambrosio de Milán y a san Agustín de Hipona,
que profundizan y difunden la fe trinitaria y cristológica en sus
iglesias.
Gracias a estos hombres, el Credo de Nicea no quedó como un texto discutido
en un concilio, sino que se hizo predicación, catequesis, vida pastoral. La
Iglesia les debe haber sostenido y desarrollado la confesión de que el Hijo es
verdadero Dios y verdadero hombre, y haber anclado esa fe en la oración y en la
vida de las comunidades.
La Carta no se olvida del Pueblo fiel. Recogiendo la lectura que
John Henry Newman hace de esta crisis, subraya que, en aquellos años de
confusión, el sensus fidei del pueblo cristiano tuvo un papel decisivo:
el Credo de Nicea fue custodiado, en gran medida, por la fe de los fieles
sencillos, que supieron reconocer la voz del Pastor en la verdadera doctrina,
incluso cuando algunos pastores se dejaban arrastrar por modas teológicas o
presiones políticas.
Más adelante, cuando mira al presente, el Papa León XIV recuerda también a
los numerosos mártires cristianos de todas las Iglesias y comunidades:
hombres y mujeres que han dado la vida por Cristo en tiempos recientes. Sus
nombres no se enumeran, pero la Carta Apostólica los contempla como un gran
testimonio de fidelidad al Señor y de amor a la Iglesia. La comunión actual se
apoya también en su sangre.
En conjunto, el mensaje es claro: la unidad de la fe no se ha construido
sólo con sínodos y documentos, sino con sacrificios, trabajos, persecuciones
y exilios de personas concretas: obispos marcados por las torturas,
pastores desterrados, teólogos incomprendidos, pueblos sencillos que han
mantenido la fe, mártires de distintas tradiciones cristianas. Lo que hoy
confesamos con relativa facilidad en el Credo ha sido custodiado al precio de
muchas cruces.
4.2. El Credo, la Iglesia y el camino ecuménico
Sobre esta base histórica, la Carta Apostólica recorre también la recepción
del Credo:
- Recuerda el papel del Concilio de
Constantinopla (381), que completó el Símbolo con el artículo sobre el
Espíritu Santo: «Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que
procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado, y
que habló por los profetas».
- Señala que el Concilio de Calcedonia
(451) reconoció el carácter ecuménico de Constantinopla y declaró
universalmente vinculante el Credo niceno-constantinopolitano.
De este modo, el Símbolo se convirtió en vínculo de unidad entre Oriente
y Occidente. En el siglo XVI, las comunidades nacidas de la Reforma también
lo mantuvieron. Hoy el Credo niceno-constantinopolitano es profesado en las
liturgias de las diversas tradiciones cristianas y se ha convertido en un
fundamento compartido.
El Santo Padre, León XIV subraya, retomando al Vaticano II y a san Juan
Pablo II, que la búsqueda de la unidad de los cristianos es uno de los
objetivos principales de la Iglesia. En esta perspectiva, el Concilio de Nicea
y su Credo tienen hoy un “altísimo valor ecuménico”.
El Papa reconoce con gratitud los frutos del movimiento ecuménico de los
últimos sesenta años. Aunque la plena unidad visible con las Iglesias ortodoxas
y las comunidades nacidas de la Reforma “aún no nos ha sido dada”, el
diálogo sobre la base del único bautismo y del Credo niceno-constantinopolitano
ha permitido que los cristianos de distintas confesiones se reconozcan como
hermanos en Jesucristo y redescubran la única y universal comunidad de los
discípulos. “Lo que nos une es mucho más de lo que nos divide”, escribe
la Carta.
En un mundo “dividido y desgarrado por muchos conflictos”, esta
comunidad cristiana universal está llamada a ser signo de paz e instrumento de
reconciliación, contribuyendo de modo decisivo al esfuerzo por la paz. En este
contexto, la memoria de los mártires de distintas Iglesias se convierte en un
poderoso factor de unidad.
El Papa describe el estilo de ecumenismo que corresponde a este espíritu:
no es un “ecumenismo de retorno” a un estado anterior a las divisiones,
ni una simple aceptación del statu quo. Habla de un ecumenismo
orientado al futuro, de reconciliación en el camino del diálogo, del
intercambio de dones y patrimonios espirituales. Restaurar la unidad no
empobrece, sino que enriquece, porque permite que los dones de cada tradición
sean compartidos.
El Credo de Nicea puede servir como “base y criterio de referencia”
en este camino. La Carta lo formula de modo muy expresivo: “unidad en la
Trinidad, Trinidad en la unidad”; la unidad sin multiplicidad se vuelve
tiranía; la multiplicidad sin unidad es desintegración. En el misterio
trinitario, la unidad y la diversidad se sostienen mutuamente: el Espíritu
Santo es el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo. Inspirados por este
misterio, los cristianos están llamados a buscar una unidad que mantenga la legítima
diversidad sin romper la comunión.
Por eso el Papa invita a dejar atrás controversias teológicas que han
perdido su razón de ser, a buscar un pensamiento común y, sobre todo, a vivir
un ecumenismo espiritual: orar juntos, alabar juntos, confesar juntos la
fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es un desafío teológico, pero aún
más espiritual, que exige arrepentimiento y conversión de todos.
La Carta Apostólica concluye con una invocación al Espíritu Santo para que
reavive la fe, encienda la esperanza, inflame la caridad, una los corazones y
reúna a los creyentes en el único rebaño de Cristo, haciendo de la Iglesia un
signo creíble de unidad para que el mundo crea.
PARTE 5 – Síntesis final
Para terminar este estudio de la Carta Apostólica, se pueden recoger los
puntos esenciales de ‘In unitate fidei’ (en la unidad de la fe) en unas
pocas frases:
1.
La Carta nace del 1700
aniversario del Concilio de Nicea y del contexto de un Año Santo dedicado a
Cristo, “nuestra esperanza”, y quiere reavivar la confesión de la
Iglesia: «Creemos en Jesucristo, Hijo único de
Dios, que por nuestra salvación bajó del cielo».
2.
León XIV vuelve a la Escritura
(Marcos, Pablo, Juan) para mostrar que la filiación divina de Jesús es el
núcleo del Evangelio: el Λόγος (Lógos) que era Dios se hace carne y Dios
se hace nuestro prójimo, presente en cada hermano.
3.
Recuerda la crisis arriana:
Arrio enseñaba que Jesús no es verdaderamente Dios, sino un ser intermedio
creado, y que “hubo un tiempo en que el Hijo no era”; cuando la Iglesia
le llamó a corregirse, no se mostró conciliador, y él y sus seguidores no se
rindieron ni siquiera después de Nicea.
4.
Nicea responde confesando que
el Hijo es “de la misma sustancia (οὐσία, ousía)
del Padre […] engendrado, no creado, de la misma sustancia (ὁμοούσιος, homooúsios) del Padre”,
y retoma fórmulas como «Dios de Dios, luz de
luz, Dios verdadero de Dios verdadero» para expresar la fe bíblica
en el Dios vivo frente a los ídolos.
5.
Con ayuda de san Atanasio y de
la tradición antigua, la Carta muestra que el Hijo se hizo hombre para
divinizarnos: la divinización es participación en la vida divina y, al mismo
tiempo, verdadera humanización; sólo Dios puede saciar el deseo del corazón,
como recuerdan san Agustín y santo Tomás (Deus enim solus satiat).
6.
El Credo se convierte en espejo
de la vida: invita a examinar qué lugar tiene Dios en la existencia, qué ídolos
ocupan su lugar, cómo usamos los bienes, cómo tratamos la creación como “casa
común”, y cómo vivimos la fe en Jesucristo Señor en el camino exigente de
la cruz, la conversión, la santificación y la divinización.
7.
La Carta Apostólica une
inseparablemente fe y caridad fraterna: no se puede amar a Dios sin amar al
prójimo, especialmente al pobre y al marginado; en ellos Cristo mismo se hace
presente, y sólo si los hombres experimentan la misericordia de Dios a través
de nosotros podremos dar un testimonio creíble.
8.
Recorre el camino que va de
Nicea a Constantinopla y Calcedonia, y muestra cómo el Credo
niceno-constantinopolitano se ha convertido en profesión de fe común de Oriente
y Occidente y punto de encuentro también con las comunidades nacidas de la
Reforma.
9.
Hace memoria de quienes han
defendido esta fe: Alejandro de Alejandría, Osio de Córdoba, los obispos
marcados por las persecuciones, san Atanasio con sus destierros, los
capadocios, Hilario, Martín, Ambrosio y Agustín, el pueblo fiel y los mártires
de todas las tradiciones cristianas. La Iglesia les debe haber custodiado la
unidad de la fe a precio de sacrificios, dolores, trabajos, persecuciones y
exilios.
10.
Finalmente, la Carta propone el
Credo de Nicea como base y criterio del camino ecuménico: un modelo de unidad
en la diversidad, inspirado en la Trinidad, que llama a un ecumenismo orientado
al futuro, de diálogo, intercambio de dones, conversión y oración común al
Espíritu Santo, para que los cristianos vuelvan a ser “una sola cosa, para
que el mundo crea”.
Con este recorrido, ‘In unitate fidei’ invita a mirar el Credo de
Nicea no sólo como fórmula antigua, sino como confesión viva: de quién
es Jesucristo, del precio que ha tenido la unidad de la fe, y del camino de
conversión y comunión al que estamos llamados hoy.
(Os invito a leer la Carta. Os dejo el enlace)
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251123-in-unitate-fidei.html
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