lunes, 24 de noviembre de 2025

Editorial. Intento de desenmascarar la pastoral socializante

 

Intento de Desenmascarar la pastoral socializante

 (Hay dos audios, uno al principio y otro al final del ensayo)

1.- Una mentalidad que nos ha colonizado

En muchas diócesis y parroquias se percibe algo difícil de nombrar: trabajamos mucho, programamos mucho, nos organizamos mucho… y sin embargo la evangelización parece avanzar con dificultad. No faltan planes ni actividades, pero sí la sensación de un Pueblo de Dios realmente en misión.

Una posible clave de lectura es esta: nos ha ido colonizando, como un aire que se respira, una lógica “socializante” de la pastoral. No es que nadie se declare socialista en el plano político; es que ciertos modos de pensar y organizar la vida eclesial se parecen a esquemas propios de un Estado moderno más que a la Iglesia-comunión de Vaticano II.

Y esto no afecta solo a una curia diocesana: atraviesa despachos, sacristías, parroquias, movimientos, cofradías, grupos de base. Todos —clérigos y laicos— somos, en parte, hijos de esta mentalidad.

La tesis es sencilla:

Sin darnos cuenta, hemos empezado a concebir la vida eclesial más como un sistema gestionado que como un pueblo guiado por el Espíritu, y eso introduce ciertos reflejos “socializantes” que dificultan la evangelización.

2.- Cuando la pastoral se vive como un sistema de gestión

La primera manifestación es casi invisible porque parece pura profesionalidad: hablamos de planes, proyectos, servicios, coberturas, usuarios, oferta pastoral. Planificamos cursos, campañas, itinerarios, memorias.

Todo esto puede ser bueno y necesario. El problema nace cuando, sin querer, la lógica de gestión desplaza a la lógica de misión:

  • Los distintos niveles (parroquia, arciprestazgo, diócesis, movimiento) se piensan sobre todo como “estructuras que tienen que llegar a todo”.
  • La pregunta de fondo se convierte en: “¿cómo cubrir este sector, este colectivo, esta necesidad?” más que “¿cómo respondemos juntos al Espíritu que nos envía?”.

No es “culpa” de nadie. Es el modo en que hoy funciona casi todo: escuelas, hospitales, administraciones. Pero en la Iglesia corremos el riesgo de adaptarnos tanto al lenguaje de la gestión que olvidemos que el sujeto primero de la misión no es un organigrama, sino un pueblo convocado por la Palabra y la Eucaristía.

Cómo se nota esta deriva

  • Reuniones muy centradas en la agenda y poco en la escucha común de la Palabra y la realidad.
  • Evaluaciones que se miden casi solo en números (asistencia, actividades) y no en procesos de conversión y de discipulado.
  • Lenguaje: “oferta pastoral”, “servicios que damos”, “cobertura de zonas”.

3.- Igualitarismo nivelador: miedo a que algo sea “demasiado vivo”

Otro rasgo es el miedo a la diferencia. No solo en las grandes estructuras, también en grupos y comunidades pequeñas:

  • En un presbiterio, puede incomodar que una parroquia tenga un dinamismo especial.
  • En una parroquia, puede molestar que un grupo concreto (jóvenes, adoración, Carismáticos, Camino Neocatecumenal, Encuentro Matrimonial, un movimiento…) tenga más fuerza que otros.
  • En un movimiento, puede molestar que surjan iniciativas nuevas dentro, que no encajan en su estilo habitual.

Aquí se cuela una especie de igualitarismo pastoral: todos los grupos, todas las comunidades, todos los carismas deberían ser más o menos parecidos, para que nadie “desentone”. La diversidad real se percibe como problema de control o de imagen.

Sin embargo, la imagen bíblica es otra: un cuerpo con miembros muy distintos. Una diócesis, una parroquia, un movimiento sano tendría que parecerse más a un bosque que a una plantación industrial: muchas especies, alturas y ritmos, bajo el mismo cielo y la misma tierra.

Signos de este igualitarismo

  • Frases como “aquí todos somos iguales, nada de grupos raros”, cuando en realidad se está sofocando la riqueza de carismas.
  • Dificultad para alegrarse sinceramente por los frutos de otros (otra parroquia, otro movimiento, otro estilo), aunque sean hermanos en la misma Iglesia.
  • Tendencia a “bajar el tono” de aquello que funciona, para que no “haga sombra” a lo demás.

4.- Asistencialismo: cuando todos jugamos a “Estado” y “usuarios”

La lógica socializante también aparece en la relación entre ministros y fieles, y aquí nadie sale bien parado porque jugamos todos el mismo juego.

En una parroquia puede suceder que:

  • Los presbíteros y agentes de pastoral se vean a sí mismos como quienes “tienen que proveer” de sacramentos, catequesis, atención social…
  • Muchos fieles se coloquen espontáneamente en posición de usuarios: “la Iglesia tiene que darme esto, para eso está”; esto genera que estos ‘usuarios’ no perciben como necesario el adentrarse en un proceso de redescubrimiento de su propio ser bautizado, conformándose con una fe estática y de ‘Primera Comunión’.

Nadie lo formula así, pero el esquema se parece al de un sistema público: hay una “institución” que tiene que responder a una demanda social. La consecuencia es doble:

  • El clero y los agentes se sienten desbordados, como funcionarios con carga infinita, sobre todo cuando se dispone de menos sacerdotes para los mismos pueblos.
  • El laicado corre el riesgo de no descubrir nunca su propia vocación apostólica, porque se acostumbra a recibir más que a ofrecer. A modo de ejemplo; lo que se pide al sacerdote no es que celebre la Eucaristía dominical, sino que la celebre en su parroquia, en su pueblo.

La pastoral sacramental corre entonces el peligro de convertirse en trámite: la catequesis se hace “porque toca”; la boda eclesial es un servicio cultural; la confirmación, un “título” más. Se olvida el proceso de conversión personal y el grado de influencia de Cristo en la vida de cada uno.

Y, sin embargo, el Concilio insiste en que cada bautizado es sujeto de la misión de la Iglesia. La verdadera alternativa al asistencialismo no es abandonar a la gente, sino acompañarla hasta que descubra que también está llamada a dar.

Signos de asistencialismo

  • Gente que pide sacramentos con total naturalidad… pero se sorprende si se le propone un camino serio de formación o conversión.
  • Equipos pastorales que, ante cualquier necesidad nueva, miran solo hacia “arriba” (al párroco, a la diócesis, al movimiento) y no hacia dentro: “¿qué podemos hacer nosotros?”.
  • Lenguaje de “usuarios satisfechos o no” en vez de discípulos en proceso.

5.- Pastoral social con riesgo de ideologización

Hay una zona especialmente sensible: la acción social y caritativa.

Por un lado, es innegable el bien inmenso que la Iglesia hace en el campo de la caridad. Por otro, la mentalidad socializante puede infiltrarse cuando:

  • leemos casi toda la realidad solo en clave de conflicto (clases, bloques, bandos);
  • hablamos más de estructuras que de personas concretas;
  • usamos, sin darnos cuenta, el mismo lenguaje que ciertos discursos ideológicos, apenas cambiando algunas palabras.

El riesgo entonces es que la pastoral social se convierta en agenda sociopolítica, a veces de signo “progresista”, otras veces “conservador”, pero en ambos casos desconectada del centro cristológico.

Cuando el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado —y la llamada a la conversión, al perdón, a la santidad— queda discretamente en segundo plano, nos parecemos mucho a cualquier ONG con raíces religiosas.

Cómo se detecta

  • Homilías sociales en las que se habla mucho de injusticia, sistema, derechos… y muy poco de Cristo, del pecado, de la gracia, de la vida eterna.
  • Acciones sociales que no remiten a la comunidad orante, a la Eucaristía, al perdón, sino solo a la eficacia.
  • Dificultad para decir claramente que la caridad cristiana incluye también anunciar a Jesús a los pobres, no solo ayudarlos y a ser justos con los trabajadores.

·         Uno de las tantas consecuencias colaterales de esto es el empleo de folios o cuadernos elaborados para el uso de la Eucaristía que reemplazan al Misal Romano; quitar lecturas en la Eucaristía alegando que es un mensaje desconcertante o alejado para el mundo de hoy, entre otras.

6.- La economía de subsidio: “que pague otro”

Otro campo donde se nota la mentalidad socializante es el de los recursos económicos.

En muchos sitios, la costumbre es pensar:

  • que las obras y proyectos “de Iglesia” deberían sostenerse siempre con ayudas externas (subvenciones, fundaciones, instancias superiores);
  • que hablar de dinero en la comunidad es incómodo, casi indecoroso, y mejor no hacerlo.

El resultado es una doble dependencia:

  • Dependemos de benefactores lejanos o de ayudas públicas.
  • La comunidad local se acostumbra a no sentir como propia la carga de sostener aquello que dice apreciar.

Esta lógica de subsidio se parece bastante a la idea de un Estado que provee y de unos ciudadanos que reclaman prestaciones. En clave de fe, en cambio, el sostenimiento de la misión forma parte de la respuesta vocacional del laico: mi bolsillo también se convierte.

Signos

  • Proyectos que se diseñan en función de posibles subvenciones, más que de llamadas claras del Evangelio.
  • Fieles poco informados sobre ingresos y gastos, y por tanto poco implicados.
  • Cierto fatalismo: “No hacemos más porque no hay dinero”, cuando en realidad no se ha propuesto seriamente una corresponsabilidad real.

7.- La raíz: poca confianza en la libertad tocada por la gracia

En todos estos ámbitos hay un hilo común: una antropología pobre de la libertad.

La lógica socializante, traducida a lenguaje eclesial, podría sonar así:

  • Si damos demasiada libertad, se desmadra todo”.
  • Si dejamos que surjan carismas fuertes, habrá divisiones”.
  • Si pedimos corresponsabilidad real, la gente se irá”.
  • Si hablamos demasiado de Cristo y conversión, pareceremos radicales”.

No es mala intención. Es miedo. Cansancio. Experiencias de heridas reales. Pero cuando ese miedo se institucionaliza, vamos apagando, sin darnos cuenta, el espacio donde el Espíritu quiere sorprendernos.

El Concilio Vaticano II apostó a lo contrario:

  • confió en que la gracia puede sostener una libertad madura;
  • confió en un laicado capaz de evangelizar el mundo;
  • confió en que la diversidad de carismas, bien discernida, no rompe la unidad, la enriquece.

Recuperar esta confianza es una forma muy concreta de conversión pastoral.

8.- Desenmascarar sin acusar: un examen que nos incluye a todos

El objetivo de este ensayo no es buscar responsables, ni oponer “centro” y “periferia”, ni “clero” y “laicos”. Es más bien ofrecer unas gafas para leer la propia realidad pastoral:

  • En mi parroquia, ¿funcionamos más como familia en misión o como oficina de servicios religiosos?
  • En mi grupo o movimiento, ¿acogemos la diversidad interna o tendemos a uniformar?
  • Como laico, ¿me vivo más como quien ayuda a la Iglesia… o como quien recibe servicios de ella?
  • En mi predicación y mi acción social, ¿se ve centralmente a Cristo o se podría confundir con cualquier discurso bienintencionado?
  • En mi modo de usar el dinero y los recursos, ¿actúo como corresponsable o como usuario de un sistema?

         Cada uno puede hacerse estas preguntas según su lugar en la Iglesia. La respuesta no será nunca blanco o negro. Pero el solo hecho de nombrar la mentalidad que nos coloniza ya es un primer acto de libertad.

9.- Hacia una pastoral más evangélica y menos “socializante”

No se trata de destruir estructuras ni de renunciar a la organización. Se trata de dejar que el Evangelio y el Vaticano II purifiquen nuestra forma de usarlas.

Algunas líneas de fondo:

  • De sistema a pueblo: menos obsesión por cubrir todo, más atención a formar comunidades vivas, aunque sean pequeñas. Recordemos, sobre todo a algunos presbíteros, que la parroquia está llamada a ser Comunidad de Comunidades cristianas. Y cuando se dice Comunidad no nos referimos a los grupos de liturgia, el coro parroquial, de limpieza, de catequesis o de vida ascendente -entre otros- que están en la parroquia.
  • De uniformidad a cuerpo con muchos miembros: alegrarnos de los carismas que el Espíritu suscita, aunque no encajen perfectamente en nuestros esquemas.
  • De servicio prestado a discipulado compartido: que nadie se quede solo como “cliente”; invitar siempre a un camino de seguimiento.
  • De subsidio a corresponsabilidad: hablar sin miedo de recursos, de tiempo, de talentos, como parte de la vocación de todos.
  • Del análisis ideológico al kerygma: dejar que Cristo y su Evangelio sean explícitamente el centro de nuestra palabra y nuestra acción.

Si logramos este giro, quizá descubramos que la “pandemia” no tenía la última palabra. Que bajo capas de gestión, de miedo y de inercias, el Espíritu sigue trabajando. Y que bastan algunas decisiones valientes —en lo pequeño y cotidiano— para que vuelva a respirarse, en nuestras diócesis y parroquias, el aire fresco de una verdadera evangelización.

Te propongo un nuevo final para el ensayo, que puedes pegar tal cual sustituyendo la conclusión que tenía:

10.- Hacia una pastoral más evangélica: el cambio es posible

Todo lo dicho hasta aquí podría sonar, si nos quedáramos a medias, como un diagnóstico pesado. Pero no es el objetivo. El hecho mismo de que hoy podamos poner nombre a esta “lógica socializante” en la pastoral es ya un signo de esperanza: lo que se reconoce puede convertirse.

La buena noticia es que no partimos de cero. En muchos lugares ya se ven brotes de otra manera de hacer pastoral:

  • parroquias donde se ora de verdad antes de programar;
  • grupos en los que los laicos toman responsabilidad con alegría;
  • presbíteros que empiezan a descansar más en la acción del Espíritu que en el control propio;
  • comunidades que sostienen con generosidad la misión común, también con su tiempo y sus bienes.

Son pequeñas semillas, pero el Evangelio nos asegura que el Reino crece a partir de semillas pequeñas. No hace falta que esperemos grandes reformas estructurales para empezar: basta con algunos gestos concretos, allí donde estamos:

  • escuchar más y mejor al Pueblo de Dios antes de decidir;
  • alegrarnos sinceramente de los carismas ajenos;
  • proponer procesos de fe más hondos, aunque sean más exigentes;
  • hablar con paz de la corresponsabilidad, sin miedo a pedir y sin miedo a que algunos digan que no.

El Vaticano II no es un sueño irrealizable ni un ideal reservado a otros tiempos o lugares. Es palabra de la Iglesia para este momento histórico, también para nuestras diócesis concretas, con sus cansancios y sus límites. Si el Concilio ha sido suscitado por el Espíritu Santo, entonces la gracia para vivirlo también nos está siendo dada.

Por eso, más que instalarnos en la queja, podemos permitir que este diagnóstico despierte de nuevo en nosotros el celo pastoral: el deseo de ver a nuestras comunidades más libres, más evangélicas, más misioneras. No se trata de empezar una guerra contra nadie, sino de iniciar una conversión juntos, con humildad y buen humor, sabiendo que todos hemos respirado el mismo aire y todos necesitamos el mismo aire nuevo.

El cambio es posible y viable porque no depende solo de nuestra capacidad de reforma, sino de la fidelidad de Dios. Él sigue llamando, sigue enviando, sigue encendiendo el corazón de pastores y laicos que quieren tomar en serio el Evangelio. Si nos dejamos conducir, poco a poco nuestras diócesis dejarán de parecer un “sistema que se aguanta” para parecer cada vez más lo que en verdad son:

Un Pueblo de Dios en marcha, guiado por el Espíritu, al servicio humilde y alegre de la evangelización.

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