Intento de Desenmascarar
la pastoral socializante
1.- Una mentalidad
que nos ha colonizado
En muchas diócesis y parroquias se
percibe algo difícil de nombrar: trabajamos mucho, programamos mucho, nos
organizamos mucho… y sin embargo la evangelización parece avanzar con
dificultad. No faltan planes ni actividades, pero sí la sensación de un
Pueblo de Dios realmente en misión.
Una posible clave de lectura es
esta: nos ha ido colonizando, como un aire que se respira, una lógica
“socializante” de la pastoral. No es que nadie se declare socialista en el
plano político; es que ciertos modos de pensar y organizar la vida eclesial se
parecen a esquemas propios de un Estado moderno más que a la Iglesia-comunión
de Vaticano II.
Y esto no afecta solo a una curia diocesana:
atraviesa despachos, sacristías, parroquias, movimientos, cofradías, grupos
de base. Todos —clérigos y laicos— somos, en parte, hijos de esta
mentalidad.
La tesis es sencilla:
Sin darnos cuenta, hemos empezado a
concebir la vida eclesial más como un sistema gestionado que como un pueblo
guiado por el Espíritu, y eso introduce ciertos reflejos “socializantes”
que dificultan la evangelización.
2.- Cuando la
pastoral se vive como un sistema de gestión
La primera manifestación es casi
invisible porque parece pura profesionalidad: hablamos de planes, proyectos,
servicios, coberturas, usuarios, oferta pastoral. Planificamos cursos,
campañas, itinerarios, memorias.
Todo esto puede ser bueno y necesario. El problema
nace cuando, sin querer, la lógica de gestión desplaza a la lógica de misión:
- Los distintos niveles
(parroquia, arciprestazgo, diócesis, movimiento) se piensan sobre todo
como “estructuras que tienen que llegar a todo”.
- La pregunta de fondo se
convierte en: “¿cómo cubrir este sector, este colectivo, esta
necesidad?” más que “¿cómo respondemos juntos al Espíritu que nos
envía?”.
No es “culpa” de nadie. Es el modo
en que hoy funciona casi todo: escuelas, hospitales, administraciones. Pero en
la Iglesia corremos el riesgo de adaptarnos tanto al lenguaje de la gestión que
olvidemos que el sujeto primero de la misión no es un organigrama, sino un pueblo
convocado por la Palabra y la Eucaristía.
Cómo se nota
esta deriva
- Reuniones muy centradas en la agenda
y poco en la escucha común de la Palabra y la realidad.
- Evaluaciones que se miden casi
solo en números (asistencia, actividades) y no en procesos de conversión y
de discipulado.
- Lenguaje: “oferta pastoral”,
“servicios que damos”, “cobertura de zonas”.
3.- Igualitarismo
nivelador: miedo a que algo sea “demasiado vivo”
Otro rasgo es el miedo a la
diferencia. No solo en las grandes estructuras, también en grupos y
comunidades pequeñas:
- En un presbiterio, puede
incomodar que una parroquia tenga un dinamismo especial.
- En una parroquia, puede
molestar que un grupo concreto (jóvenes, adoración, Carismáticos, Camino
Neocatecumenal, Encuentro Matrimonial, un movimiento…) tenga más fuerza
que otros.
- En un movimiento, puede
molestar que surjan iniciativas nuevas dentro, que no encajan en su estilo
habitual.
Aquí se cuela una especie de igualitarismo
pastoral: todos los grupos, todas las comunidades, todos los carismas
deberían ser más o menos parecidos, para que nadie “desentone”. La diversidad
real se percibe como problema de control o de imagen.
Sin embargo, la imagen bíblica es
otra: un cuerpo con miembros muy distintos. Una diócesis, una parroquia,
un movimiento sano tendría que parecerse más a un bosque que a una plantación
industrial: muchas especies, alturas y ritmos, bajo el mismo cielo y la misma
tierra.
Signos de
este igualitarismo
- Frases
como “aquí todos somos iguales, nada
de grupos raros”, cuando en realidad se está sofocando la riqueza de
carismas.
- Dificultad
para alegrarse sinceramente por los frutos de otros (otra parroquia, otro
movimiento, otro estilo), aunque sean hermanos en la misma Iglesia.
- Tendencia
a “bajar el tono” de aquello que funciona, para que no “haga sombra” a lo
demás.
4.- Asistencialismo:
cuando todos jugamos a “Estado” y “usuarios”
La lógica socializante también
aparece en la relación entre ministros y fieles, y aquí nadie sale bien
parado porque jugamos todos el mismo juego.
En una
parroquia puede suceder que:
- Los
presbíteros y agentes de pastoral se vean a sí mismos como quienes “tienen que proveer” de sacramentos,
catequesis, atención social…
- Muchos
fieles se coloquen espontáneamente en posición de usuarios: “la Iglesia tiene que darme esto, para
eso está”; esto genera que estos ‘usuarios’ no perciben como necesario
el adentrarse en un proceso de redescubrimiento de su propio ser
bautizado, conformándose con una fe estática y de ‘Primera Comunión’.
Nadie lo formula así, pero el
esquema se parece al de un sistema público: hay una “institución” que tiene que
responder a una demanda social. La consecuencia es doble:
- El clero y los agentes se sienten desbordados,
como funcionarios con carga infinita, sobre todo cuando se dispone de menos sacerdotes
para los mismos pueblos.
- El
laicado corre el riesgo de no descubrir nunca su propia vocación
apostólica, porque se acostumbra a recibir más que a ofrecer. A modo
de ejemplo; lo que se pide al sacerdote no es que celebre la Eucaristía
dominical, sino que la celebre en su parroquia, en su pueblo.
La pastoral sacramental corre
entonces el peligro de convertirse en trámite: la catequesis se hace “porque toca”; la boda eclesial es un
servicio cultural; la confirmación, un “título”
más. Se olvida el proceso de conversión personal y el grado de influencia de
Cristo en la vida de cada uno.
Y, sin embargo, el Concilio insiste
en que cada bautizado es sujeto de la misión de la Iglesia. La verdadera
alternativa al asistencialismo no es abandonar a la gente, sino acompañarla
hasta que descubra que también está llamada a dar.
Signos de
asistencialismo
- Gente
que pide sacramentos con total naturalidad… pero se sorprende si se le
propone un camino serio de formación o conversión.
- Equipos
pastorales que, ante cualquier necesidad nueva, miran solo hacia “arriba”
(al párroco, a la diócesis, al movimiento) y no hacia dentro: “¿qué
podemos hacer nosotros?”.
- Lenguaje
de “usuarios satisfechos o no” en vez de discípulos en proceso.
5.- Pastoral social
con riesgo de ideologización
Hay una zona especialmente sensible: la acción
social y caritativa.
Por un lado, es innegable el bien
inmenso que la Iglesia hace en el campo de la caridad. Por otro, la mentalidad
socializante puede infiltrarse cuando:
- leemos
casi toda la realidad solo en clave de conflicto (clases, bloques,
bandos);
- hablamos más de estructuras que
de personas concretas;
- usamos,
sin darnos cuenta, el mismo lenguaje que ciertos discursos ideológicos,
apenas cambiando algunas palabras.
El riesgo entonces es que la
pastoral social se convierta en agenda sociopolítica, a veces de signo
“progresista”, otras veces “conservador”, pero en ambos casos desconectada
del centro cristológico.
Cuando el anuncio de Jesucristo
muerto y resucitado —y la llamada a la conversión, al perdón, a la santidad—
queda discretamente en segundo plano, nos parecemos mucho a cualquier ONG con
raíces religiosas.
Cómo se
detecta
- Homilías
sociales en las que se habla mucho de injusticia, sistema, derechos… y muy
poco de Cristo, del pecado, de la gracia, de la vida eterna.
- Acciones
sociales que no remiten a la comunidad orante, a la Eucaristía, al perdón,
sino solo a la eficacia.
- Dificultad
para decir claramente que la caridad cristiana incluye también anunciar a
Jesús a los pobres, no solo ayudarlos y a ser justos con los trabajadores.
·
Uno de las
tantas consecuencias colaterales de esto es el empleo de folios o cuadernos
elaborados para el uso de la Eucaristía que reemplazan al Misal Romano; quitar
lecturas en la Eucaristía alegando que es un mensaje desconcertante o alejado
para el mundo de hoy, entre otras.
6.- La economía de
subsidio: “que pague otro”
Otro campo donde se nota la mentalidad socializante es
el de los recursos económicos.
En muchos sitios, la costumbre es pensar:
- que las
obras y proyectos “de Iglesia” deberían sostenerse siempre con ayudas
externas (subvenciones, fundaciones, instancias superiores);
- que
hablar de dinero en la comunidad es incómodo, casi indecoroso, y mejor no
hacerlo.
El resultado es una doble dependencia:
- Dependemos de benefactores
lejanos o de ayudas públicas.
- La comunidad local se
acostumbra a no sentir como propia la carga de sostener aquello que dice
apreciar.
Esta lógica de subsidio se parece
bastante a la idea de un Estado que provee y de unos ciudadanos que reclaman
prestaciones. En clave de fe, en cambio, el sostenimiento de la misión forma
parte de la respuesta vocacional del laico: mi bolsillo también se convierte.
Signos
- Proyectos
que se diseñan en función de posibles subvenciones, más que de llamadas
claras del Evangelio.
- Fieles
poco informados sobre ingresos y gastos, y por tanto poco implicados.
- Cierto
fatalismo: “No hacemos más porque no
hay dinero”, cuando en realidad no se ha propuesto seriamente una
corresponsabilidad real.
7.- La raíz: poca
confianza en la libertad tocada por la gracia
En todos estos ámbitos hay un hilo común: una antropología
pobre de la libertad.
La lógica
socializante, traducida a lenguaje eclesial, podría sonar así:
- “Si damos demasiada libertad, se
desmadra todo”.
- “Si dejamos que surjan carismas fuertes,
habrá divisiones”.
- “Si pedimos corresponsabilidad real, la
gente se irá”.
- “Si hablamos demasiado de Cristo y
conversión, pareceremos radicales”.
No es mala intención. Es miedo.
Cansancio. Experiencias de heridas reales. Pero cuando ese miedo se
institucionaliza, vamos apagando, sin darnos cuenta, el espacio donde el
Espíritu quiere sorprendernos.
El Concilio Vaticano
II apostó a lo contrario:
- confió
en que la gracia puede sostener una libertad madura;
- confió
en un laicado capaz de evangelizar el mundo;
- confió
en que la diversidad de carismas, bien discernida, no rompe la unidad,
la enriquece.
Recuperar esta confianza es una forma muy concreta de
conversión pastoral.
8.- Desenmascarar
sin acusar: un examen que nos incluye a todos
El objetivo de este ensayo no es
buscar responsables, ni oponer “centro” y “periferia”, ni “clero” y “laicos”.
Es más bien ofrecer unas gafas para leer la propia realidad pastoral:
- En mi
parroquia, ¿funcionamos más como familia en misión o como oficina de
servicios religiosos?
- En mi
grupo o movimiento, ¿acogemos la diversidad interna o tendemos a
uniformar?
- Como
laico, ¿me vivo más como quien ayuda a la Iglesia… o como quien recibe
servicios de ella?
- En mi
predicación y mi acción social, ¿se ve centralmente a Cristo o se podría
confundir con cualquier discurso bienintencionado?
- En mi
modo de usar el dinero y los recursos, ¿actúo como corresponsable o como usuario
de un sistema?
Cada
uno puede hacerse estas preguntas según su lugar en la Iglesia. La respuesta no
será nunca blanco o negro. Pero el solo hecho de nombrar la mentalidad que
nos coloniza ya es un primer acto de libertad.
9.- Hacia una
pastoral más evangélica y menos “socializante”
No se trata de destruir estructuras
ni de renunciar a la organización. Se trata de dejar que el Evangelio y el
Vaticano II purifiquen nuestra forma de usarlas.
Algunas
líneas de fondo:
- De
sistema a pueblo: menos
obsesión por cubrir todo, más atención a formar comunidades vivas, aunque
sean pequeñas. Recordemos, sobre todo a algunos presbíteros, que la
parroquia está llamada a ser Comunidad de Comunidades cristianas. Y cuando
se dice Comunidad no nos referimos a los grupos de liturgia, el coro
parroquial, de limpieza, de catequesis o de vida ascendente -entre otros-
que están en la parroquia.
- De
uniformidad a cuerpo con muchos miembros: alegrarnos de los carismas que el Espíritu
suscita, aunque no encajen perfectamente en nuestros esquemas.
- De
servicio prestado a discipulado compartido: que nadie se quede solo como
“cliente”; invitar siempre a un camino de seguimiento.
- De
subsidio a corresponsabilidad: hablar sin miedo de recursos, de tiempo, de
talentos, como parte de la vocación de todos.
- Del
análisis ideológico al kerygma: dejar que Cristo y su Evangelio sean
explícitamente el centro de nuestra palabra y nuestra acción.
Si logramos este giro, quizá
descubramos que la “pandemia” no tenía la última palabra. Que bajo capas de
gestión, de miedo y de inercias, el Espíritu sigue trabajando. Y que
bastan algunas decisiones valientes —en lo pequeño y cotidiano— para que vuelva
a respirarse, en nuestras diócesis y parroquias, el aire fresco de una
verdadera evangelización.
Te propongo
un nuevo final para el ensayo, que puedes pegar tal cual sustituyendo la
conclusión que tenía:
10.- Hacia una
pastoral más evangélica: el cambio es posible
Todo lo dicho hasta aquí podría
sonar, si nos quedáramos a medias, como un diagnóstico pesado. Pero no es el
objetivo. El hecho mismo de que hoy podamos poner nombre a esta “lógica
socializante” en la pastoral es ya un signo de esperanza: lo que se reconoce
puede convertirse.
La buena noticia es que no partimos
de cero. En muchos lugares ya se ven brotes de otra manera de hacer pastoral:
- parroquias donde se ora de
verdad antes de programar;
- grupos en los que los laicos
toman responsabilidad con alegría;
- presbíteros que empiezan a
descansar más en la acción del Espíritu que en el control propio;
- comunidades que sostienen con
generosidad la misión común, también con su tiempo y sus bienes.
Son pequeñas semillas, pero el
Evangelio nos asegura que el Reino crece a partir de semillas pequeñas.
No hace falta que esperemos grandes reformas estructurales para empezar: basta
con algunos gestos concretos, allí donde estamos:
- escuchar más y mejor al Pueblo
de Dios antes de decidir;
- alegrarnos sinceramente de los
carismas ajenos;
- proponer procesos de fe más
hondos, aunque sean más exigentes;
- hablar con paz de la
corresponsabilidad, sin miedo a pedir y sin miedo a que algunos digan que
no.
El Vaticano II no es un sueño
irrealizable ni un ideal reservado a otros tiempos o lugares. Es palabra de
la Iglesia para este momento histórico, también para nuestras diócesis
concretas, con sus cansancios y sus límites. Si el Concilio ha sido suscitado
por el Espíritu Santo, entonces la gracia para vivirlo también nos está
siendo dada.
Por eso, más que instalarnos en la
queja, podemos permitir que este diagnóstico despierte de nuevo en nosotros el celo
pastoral: el deseo de ver a nuestras comunidades más libres, más
evangélicas, más misioneras. No se trata de empezar una guerra contra nadie,
sino de iniciar una conversión juntos, con humildad y buen humor,
sabiendo que todos hemos respirado el mismo aire y todos necesitamos el mismo
aire nuevo.
El cambio es posible y viable porque
no depende solo de nuestra capacidad de reforma, sino de la fidelidad de Dios.
Él sigue llamando, sigue enviando, sigue encendiendo el corazón de pastores y
laicos que quieren tomar en serio el Evangelio. Si nos dejamos conducir, poco a
poco nuestras diócesis dejarán de parecer un “sistema que se aguanta” para
parecer cada vez más lo que en verdad son:
Un Pueblo de Dios en marcha, guiado
por el Espíritu, al servicio humilde y alegre de la evangelización.
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