viernes, 3 de enero de 2014

Homilía del Segundo Domingo después de Navidad, ciclo a



SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD, ciclo a
ECLESIÁSTICO 24, 1-4.12-16; SALMO 147; SAN PABLO A LOS EFESIOS 1, 3-6.15-18; SEGÚN SAN JUAN 1, 1- 18

            Nuestra sociedad y nuestra cultura está muy secularizada, muy vaciada de Dios.  En este contexto se está dando una fuerte tendencia a que muchas personas interpreten su vida independientemente a la referencia de la religión. Se genera una nueva experiencia de Dios basada en la más absoluta indiferencia hacia Él. Desde la salida del sol hasta el ocaso viven desligados de Dios. Unos rechazan a Dios, otros le ignoran y el propio hombre se impone la propia orientación de su vida.
El caso es que el hombre llega un momento en el que debe de reconocer una serie de valores cuya dignidad y nobleza es, en sí misma, innegable. O también cuando el hombre se encuentra ante acciones que, por muchos beneficios que le puedan aportar, sabe que no debe de realizarlas porque hay un deseo de vivir con dignidad. Hay ‘fronteras’ en las que uno no debe de traspasar porque de hacerlo le hiere mortalmente en su ser y hay valores que no se pueden negociar porque de hacerlo te sumerges en el abismo de la desesperación. Estas situaciones, estos principios irrefutables son como la sombra que nos indica la existencia de un Bien supremo que es imposible de poder anular. De alguna manera misteriosa el mismo Dios está dejando también su huella en este hombre secularizado. Tal vez estemos atravesando una época de oscuridad en la que los creyentes tengamos que acostumbrarnos a reconocer la presencia de Dios en medio de esta densa niebla que nos impide verle. Tal vez como el ciego del camino del Evangelio tengamos que suplicar un milagro para ver a Jesucristo. Esta situación no elimina la fe. La fe sale robustecida, consolidada, afianzada en la roca que es Cristo porque brota una experiencia de lo divino. El apreciar la presencia de Dios, la opción por serle fiel, el deseo que nos desvele la verdad de nuestra existencia, el anhelo de tenerle cerca en ese esfuerzo en afinar la vida espiritual, ese saborear disfrutando de la grandeza de vivir en estado de gracia va marcando las pautas de distancia entre los que somos de Cristo y los que son del mundo. Dice el libro del Eclesiástico «en su presencia ofrecí culto». Nosotros formamos parte de esa porción del Señor, somos hijos de Dios, somos herederos de la promesa y entendemos nuestra vida como una constante ofrenda agradable para Dios.
Por eso el Señor, tal y como reza el salmo responsorial, «Él envía sus mensaje a la tierra y su palabra corre veloz» porque es muy urgente que ese mensaje sea escuchado  y que su palabra corra de oído a oído para que todos lo puedan escuchar con voz alta y clara.  Es más, San Pablo cuando escribe a los Efesios les dice y nos dice que Dios nos ha elegido en la persona de Cristo «para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor».
Antes – y ahora menos- después de que la máquina o los obreros habían cosechado el campo iban algunos –que solían ser los más pobres- y se dedicaban a respigar, es decir a recoger de los trigales ya cosechados los restos de paja y grano que quedaban en la tierra; con la paja se encendía la glorieta y con el grano se molía para sacar la harina. Nosotros ante Dios nos presentamos como mendigos de su amor, necesitados de su perdón, queremos vivir dependiendo de Él aunque esto suponga ser tan pobre ante Él como para llegar a ir a respigar ante su presencia.

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