sábado, 25 de enero de 2014

Homilía del Domingo Tercero del Tiempo Ordinario, ciclo a


HOMILÍA DEL TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a

ISAÍAS 8, 23b-9, 3; SALMO 26;
PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 1, 10-13. 17;
AN MATEO 4, 12-23

           
            El Evangelio es de todos y para todos. Todos lo necesitamos y aquellos que se han cerrado ante su anuncio están haciendo un ejercicio de privarse de la Salvación. Sin embargo nosotros no podemos caer en la tentación del conformismo. Dios quiere que todos se salven y que disfruten de los bienes que nos proporciona su Espíritu Santo. Acercarnos a los hermanos que se han acostumbrado a organizar su vida sin Dios es difícil, sin embargo esto no es escusa para arrinconar la pastoral de misión. En el Evangelio proclamado hoy se nos dice que Jesucristo y los que fueron llamados por Él recorrían toda Galilea «enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo». Una parroquia que no se involucre de lleno en una pastoral de salir a los hermanos fríos en la fe es una parroquia donde se está ahogando la misma acción del Espíritu Santo. Una parroquia o una comunidad cristiana que no salga a anuncia a Jesucristo fuera del templo se asemeja a los pabellones de cuidados paleativos de los hospitales donde a uno le ayudan a afrontar con dignidad y ternura la enfermedad pero sabiendo que una etapa importante de la existencia por esta tierra va a concluir. Y recordemos que en esa comunidad cristiana, en esa parroquia nos encontramos, entre otras realidades, a las familias y con ellas tenemos el deber de ayudar al matrimonio a redescubrir su propia vocación matrimonial y a mostrarles cómo Cristo va haciendo una historia de salvación dentro de su propio hogar. En la medida ayudemos a esa familia a adentrarse en la dinámica de la fe en Cristo se irá generando ese fuego del que nos habla el Señor, para que arda todo en el Espíritu de Dios y todos dándose cuenta de ello lo deseen también disfrutar. Incluso las Monjas de clausura con su plegaria están ya anunciando a los alejados el Reino de Dios porque con su oración van predisponiendo los corazones de los hombres a escuchar el anuncio de Jesucristo.

            No sé donde he leído que en medicina se suele decir que no hay enfermedades sino enfermos. A nivel de ponernos manos a la obra en la tarea del apostolado no nos encontramos con el ateísmo sino con ateos -con nombres y apellidos-, no nos encontramos con la incredulidad sino con personas incrédulas con su historia, con su recorrido, sus desengaños, con sus razones y diversas sensibilidades.  Nos dice la Sagrada Escritura que Jesús curaba las enfermedades, pero para curar primero se presupone que se debe escuchar a la persona. Jesús les acogía, ellos se sentían amados; Jesús les escuchaba, y ellos se sentían escuchados, porque cada persona necesita de un tratamiento diferente, de una medicina específica para que en su vida particular de pecado, donde habita en tierra de sombras una luz les pueda brillar.

            Hay una mentalidad que debemos de superar propia de otros tiempos donde se suponía que todos podían y debían ser buenos cristianos, por lo que nos creíamos con derecho y obligación de reprender a los que no lo eran. Si alguien 'la liaba' con mayor o menor gravedad la respuesta inmediata era la reprensión, el castigo para su corrección. Sin embargo Cristo nos enseña a salir con amor en busca de la oveja perdida y a ofrecer amablemente nuestra ayuda a aquellos que no puedan caminar solos. Jesucristo, con los pecadores arrepentidos, a los que reconocen sus errores y buscan ayuda, no les reprende sino que se compadece de ellos, les perdona, les felicita, se alegra con ellos. Y cuando un pecador experimenta de esa divina compasión es cuando brotan los sentimientos que plasman estas palabras del profeta Isaías: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín». Y por cierto, yo también soy muchas veces esa oveja perdida que se extravía del redil.

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