sábado, 17 de diciembre de 2011

Domingo cuarto del tiempo de adviento ciclo b

DOMINGO CUARTO DEL TIEMPO DE ADVIENTO, CICLO B

En el segundo libro de Samuel, o sea, en la primera lectura proclamada, nos va contando cómo Israel se va constituyendo como verdadero pueblo. Por primera vez en la historia las tribus israelitas se reúnen en torno a la ciudad de David, Jerusalén como la única capital y ciudad santa. Por primera vez forman una unidad política y religiosa, es decir, un pueblo.

El rey David se ha establecido en su palacio y goza de todas las comodidades. Los ciudadanos se han asentado en sus casas. Cada cual ‘se había sacado las castañas del fuego’, se habían arreglado y acomodado. Sin embargo se habían olvidado de lo más importante: El arca del Señor vivía en una tienda de campaña con piel de cabra. Algo parecido nos puede suceder a nosotros: realizamos los quehaceres cotidianos pero nos olvidamos de la presencia de Dios.

El caso es que Dios, a través del profeta Natán comenta al rey David que levante una casa para Dios: que construya un templo. Era preciso construir un lugar donde el pueblo judío pudiera adorar el nombre de Dios y ofrecerle un culto agradable.

Sin embargo las palabras del profeta Natán no se limitan a una simple construcción arquitectónica, sino que van mucho más allá. Le dice al rey David que el mismo Dios desea ‘levantarle’ una dinastía. ¿Por qué desea Dios ‘levantar’ una dinastía al rey David? La razón es la siguiente: A Dios no se le encuentra en un punto en el espacio o en un lugar concreto, sino que desea que se le encuentre en la descendencia davídica. Recordemos que Jesús de Nazaret, que el Hijo de Dios pertenece a la familia de David. El mismo arcángel San Gabriel, en la anunciación, dice a la Virgen Santa María lo siguiente: «el Señor Dios le dará el trono de David, su padre».

Podemos correr el riesgo de pensar como los paganos de aquella época. Nos encontramos en torno al año 1.010 antes de Jesucristo. Los paganos de aquella época creían que la presencia de Dios se circunscribía a un espacio limitado y concreto, poniendo en peligro la trascendencia divina que desborda todos los espacios. Dios desea mantener su presencia todopoderosa en todos y en cada uno de los aspectos de nuestra vida. Tanto es así que el Hijo de Dios se encarnó para conocer todo aquello que posteriormente debería de salvar, de redimir, de liberar.

Pero esto no queda aquí, sino que Dios da un paso más allá. Desea salvarnos no individualmente sino como ‘dinastía’, como ‘familia’. Todos nosotros somos ‘el pueblo de su propiedad’ y ‘ovejas de su rebaño’. Y este pueblo de su propiedad y estas ovejas de su rebaño somos constantemente ‘fortalecidos’ por Jesucristo, tal y como nos cuenta en Apóstol San Pablo cuando escribe a los de la comunidad de Roma.

Dicho con otras palabras: Dios en su eterna sabiduría guió a las tribus de Israel para constituirle como pueblo. Dios puso al frente de este pueblo al rey David y le ordenó construir un templo para que el nombre de Dios fuera adorado. Y ese templo nos indica que Dios desea, y de hecho así lo hará, ‘levantará’ y de hecho ‘levantó’ una dinastía al rey David. Ese Dios que no se puede contener bajo las cuatro paredes de un templo va más allá en la historia y nos indica, como si fuera con el dedo divino, que el Hijo de Dios nacerá precisamente de ese nuevo linaje, del linaje de David. Y que será el Hijo de Dios el que nos conduzca ante la presencia de Aquel que nos amó desde antes de toda la eternidad.

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