lunes, 20 de octubre de 2025
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sábado, 18 de octubre de 2025
Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, Ciclo C, Lc 18, 1-8 EL JUEZ INICUO Y LA VIUDA IMPORTUNA
Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, ciclo c
Lc 18, 1-8
(Parábola
del juez inicuo y la viuda importuna)
La
vida alterna días en los que todo funciona —familia, amigos, trabajo, barrio—
con otros en los que la injusticia nos desarma. Aparecen mentiras, traiciones o
abusos y se nos hace un nudo; buscamos
cómo responder sin caer en el arrebato. No solo duele cuando nos afecta
personalmente: también cuando vemos que a otros les pisan sus derechos, cuando
el débil o el indefenso quedan expuestos. Esa indignación, lejos de ser un
defecto, indica que nos importa la justicia; el punto es encauzarla para no
sumar más daño. La propuesta del Evangelio es simple y exigente a la vez:
encontrar la fuerza para mirar de frente lo que pasa, mantener la calma y actuar con cabeza y corazón, sin dejarnos
arrastrar por el impulso del momento.
El riesgo real es que indignación nos mande.
Aprender a canalizar lo que sentimos
También
Jesús se indignaba. Y cuando la Biblia habla de la “ira” de Dios, usa un modo
humano de decir que no es indiferente: no mira hacia otro lado ante lo que nos
pasa. Es una forma de afirmar que su amor no es frío ni distante. El riesgo para nosotros, sobre todo
cuando estamos desanimados, es distinto: perder
el control y dejar que la indignación mande. Mientras Jesús convierte ese
empuje en gestos que curan, a nosotros se nos va la mano y, sin querer,
añadimos más daño al daño. De ahí la importancia
de aprender a canalizar lo que sentimos para que construya, no para que
arrase.
El consejo de Jesús
para gestionar bien nuestra indignación
¿Qué
hacer para gestionar bien nuestra indignación? Jesús nos da un consejo.
Escuchémoslo.
«En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola
para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer».
La
traducción que se nos ofrece nos da a entender que se trata de una invitación a
rezar mucho; recitar muchas oraciones. Acudamos al texto griego para que nos
ayude a entender este versículo traducido de un modo desafortunado.
«Ἔλεγεν
δὲ παραβολὴν αὐτοῖς πρὸς τὸ δεῖν πάντοτε προσεύχεσθαι αὐτοὺς καὶ μὴ ἐνκακεῖν» (Élegen dè parabolḗn autoîs pròs tò deîn pántote proseúchesthai autoùs
kaì mè enkakeîn); que traducido es algo así: ««Y les decía una
parábola con miras a que es necesario que ellos oren
siempre y no volverse agrio/aspero/no amargarse/no vengas a menos/no
portarse mal ante la presión (μὴ ἐνκακεῖν)».
Si
ante la injusticia dejas la oración,
te vas amargando por dentro
Podemos
decirlo así; si ante la injusticia, dejas de orar, te vas agriando por dentro y
acabas actuando mal. La parábola, de hecho, coloca el foco en una situación
injusta; no desarrolla un tratado sobre la oración.
La oración como terapia imprescindible
Aquí la oración aparece como una
terapia imprescindible para no amargarnos cuando la injusticia aprieta,
especialmente cuando nos sentimos impotentes y toca aguantar sin margen de
respuesta, salvo la tentación de devolver el golpe y multiplicar el daño. Lejos
de ser un tema aparte, la oración actúa
como ese espacio interior que desactiva el rencor y nos impide entrar en la
lógica del “ojo por ojo”.
El tema de fondo es la justicia
Conviene
no distraernos: El hilo central del pasaje es la petición de justicia.
De hecho, la palabra “justicia” suena
repetida —hasta cuatro veces— para que no perdamos de vista el tema de fondo.
La
razón del por qué es Lucas
Sus
comunidades sometidos a constante presión
Esta parábola la
conserva solo el evangelista san Lucas y cobra sentido si miramos el contexto
de sus comunidades en Asia Menor vivían bajo una presión constante. El
Apocalipsis describe ese clima con la imagen de la “bestia”: es la forma de
señalar al poder cuando se absolutiza; en tiempos de Domiciano (81–96 d. C.)
muchos vieron ahí al emperador. Negarse a rendir culto a su estatua no era un
detalle piadoso: tenía consecuencias diarias. Sufrían vetos y abusos; la
vida cotidiana se llenaba de trabas y les cerraban puertas en el trabajo y en
el comercio —abrir un negocio era casi imposible— si no ofrecían culto al
emperador (cfr. Ap 11,7; 13,1-4.11-18; 14,9.11; 15,2; 16,2.10.13;
17,3.7-8.11; 19,19-20; 20,4.10; cfr. Ap 13,15-17). Desde Roma llegó una palabra
de aliento en nombre de Pedro: «Queridos, no os extrañéis del fuego que ha
prendido en medio de vosotros para probaros, como si fuera algo extraordinario»
(cfr. 1 Pe 4,12). La lectura es sobria y lúcida: si el sufrimiento viene por
coherencia, no se busca ni se aplaude, pero se atraviesa con dignidad; otra
cosa es padecer por delitos o por meterse donde no corresponde: ahí no hay
mérito alguno.
El
peligro real que corrían estas comunidades cristianas
¿Dónde
estaba el riesgo para aquellas comunidades de Asia Menor? En que, si dejaban de
orar, la indignación se les volviera amargura; responder al golpe con
otro golpe, a la injuria con otra injuria, e incluso descargar la frustración
contra Dios, acusándole de “dejar pasar” en vez de intervenir (cfr. Mt
5,39; Mt 5,44; Lc 6,27-29; Lc 6,35-36; Mt 7,12; Lc 6,31; Mt 26,52). Ese círculo
vicioso no solo multiplica el daño, sino que termina por vaciar la fe. De ahí
que algunos —no pocos— acabaran tirando la toalla y volviendo a la vida de
antes. La alerta del texto es clara y humana que sin ese espacio interior que
te serena y te centra, la injusticia te arrastra y te convierte en lo mismo que
combates regresando a la vida pagana.
La
oración desactiva los problemas
En ese clima,
Lucas entiende que sus comunidades necesitan claridad: «orad, y hacedlo
siempre». No es un eslogan; es una pauta que el Nuevo Testamento repite.
Pablo lo formula con precisión: «Mirad que ninguno devuelva mal por mal; al
contrario, procurad haceros siempre el bien unos a otros y a todos»; y acto
seguido, «orad en todo momento» (cfr. 1 Tes 5,15.17). La idea es
sencilla: la oración no evade los problemas; los desactiva para que no
respondamos con la misma moneda. Y en otra carta añade: «Alegraos en la
esperanza, sed constantes en la dificultad, perseverad en la oración» (cfr.
Rm 12,12). Dicho en corto que cuando aprieta la tribulación, no es momento de
apagar el corazón, sino de sostenerlo para no perder el norte; es el momento de
orar.
La parábola…
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le
importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a
decirle:
“Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando,
pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los
hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea
que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
El
juez debería posicionarse del lado de los sin defensa
La parábola
arranca con un juez que, por oficio, debería ponerse del lado de los débiles y
de quienes no tienen defensa. No es idea nueva. En el Antiguo Oriente los reyes
se presentaban como protectores de huérfanos y viudas, y los faraones lo
proclamaban al inicio de su reinado. El célebre Código de Hammurabi (reinó
aprox. 1792–1750 a. C., período paleo-babilónico) se ofrece como un proyecto de
justicia para que el fuerte no oprima al débil.
En Israel, el
Salmo 72 traza el retrato del gobernante ideal: «Que gobierne rectamente a
tu pueblo, a tus humildes con equidad (…). Defenderá a los humildes del pueblo,
salvará a la gente pobre y aplastará al opresor (…). Florecerá en sus días la
justicia, prosperidad hasta que no haya luna» (cfr. Sal 72,2.4.7).
Con este telón de
fondo, Lucas nos coloca ante un juez que debería encarnar ese estándar… y
veremos que hace justo lo contrario.
Pero
este juez es impío e injusto
El juez de la
parábola aparece como un impío e injusto: no le mueve la justicia ni el cuidado
de los frágiles; va a lo suyo. El retrato que hace Jesús es tan directo y
concreto que uno sospecha que está pensando en un caso real, algo que le
contaron o que él mismo vio. No es una caricatura para asustar, sino la
fotografía de cómo el poder se tuerce cuando olvida a quien debería proteger.
La parábola saca a la luz una realidad
¿Qué pasaba en
Israel, más allá de los buenos discursos? Los profetas no se andan con rodeos.
Isaías, al empezar su misión, pinta un cuadro duro denunciando que los jefes
van de la mano con los ladrones, buscan regalos y sobornos, no hacen justicia
al huérfano y la causa de la viuda ni les llega (cfr. Is 1,23). Más adelante
vuelve al tema: «¡Ay! los que dictan normas inicuas, y los que firman
decretos vejatorios, excluyendo del juicio a los débiles, atropellando el
derecho de los pobres de mi pueblo, haciendo de las viudas su botín y
despojando a los huérfanos» (cfr. Is 10,1-2); porque con esas leyes niegan
el derecho a los pobres, convierten a las viudas en presa y despojan a los
huérfanos. En la práctica, en herencias y traspasos de propiedades, se abusaba
de quienes menos podían defenderse. Esa era la realidad que la parábola saca a
la luz.
Analicemos
a los personajes
Antes de
interrogar al juez, conviene ajustar el foco a la viuda. En el ecosistema
social de entonces, viudas, huérfanos y extranjeros ocupaban el punto ciego del
derecho: sin tutor, clan o representación, sus reclamaciones se perdían en el
aire. No eran precisamente los jueces quienes los rescataban. La memoria
bíblica, sin romanticismos, ubica a Dios del lado de esa intemperie: «Padre
de los huérfanos y defensor de las viudas» (cfr. Sal 68,6). Con esa clave,
la parábola se aclara: la viuda encarna la vulnerabilidad que llama; el juez,
la instancia que debería responder y permanece inmóvil.
¿Y en tiempos de
Jesús? Él mismo lo señala con crudeza: «Guardaos de los escribas…, les
gustan los saludos y los primeros asientos, y devoran las casas de las viudas»
(cfr. Lc 20,46-47). Con ese telón de fondo, no extraña lo que pudo pasarle a la
viuda de la parábola: quizá un engaño en una herencia, una estafa bien armada,
un trabajo no pagado. No lo sabemos con detalle, pero sí el desenlace: sufrió
una injusticia y nadie le hizo caso. Esa es la escena: una persona sin
respaldo que llama a una puerta que no se abre ya que nadie le hace caso
ni le ayuda.
Las comunidades cristianas son esa viuda
Para entender al juez, primero hay que acertar con la identidad de la viuda. En aquel sistema, las mujeres no solían presentarse ante un juez: lo hacían varones de la familia o alguien del clan. Que Jesús ponga a una viuda como sujeto que habla y reclama justicia no es un detalle pintoresco, es una decisión pedagógica: convierte a la parte más frágil en la voz que centra el relato. La Biblia usa “viuda” también como imagen colectiva cuando un pueblo queda sin defensa ni respaldo. Lamentaciones abre así: «Se ha convertido en viuda la que era grande entre las naciones; Jerusalén es una viuda» (cfr. Lm 1,1). Con esa clave simbólica, el mensaje de Lucas cae por su propio peso: esa viuda sois vosotros, comunidades pequeñas y presionadas que piden justicia ante un poder que no responde ni te ampara.
La
justicia llega por presión insistente
Afinemos ahora
quién es el juez. La parábola lo deja hablar a solas y se delata: no piensa
cambiar por convicción, sino por cansancio. No rectifica porque entienda que su
conducta es injusta, sino porque la viuda no afloja y le incomoda. El griego es
muy gráfico: ὑπωπιάζῃ (de ὑπωπιάζω; jupopiázo), que significa “me
golpea por debajo del ojo”, “me da golpes bajos”, “me desgasta”,
“me tiene cogido”, “me daña la reputación”. En otras palabras, “resolveré
el asunto para quitármela de encima”. El contraste es fuerte: la justicia
no llega por sentido del deber, sino por presión insistente. Y ese detalle es
clave para leer el resto del relato.
La demora no es ausencia:
Persevera sin amargarte.
La viuda —símbolo
de esas pequeñas comunidades— clama a Dios y, sin embargo, percibe silencio:
Dios parece quieto, no interviene, todo sigue igual. Cuando esa impresión se
alarga, pasa lo de siempre: la indignación se vuelve amargura. No es solo
cansancio; es empezar a leer el silencio como desinterés y a encerrarse por
dentro. La parábola corta ese razonamiento y da la vuelta a la escena: Dios no
es indiferente y hará justicia, aunque a nosotros nos parezca que tarda.
Por eso, conviene no confundir demora con ausencia, ni permitir que la
frustración se convierta en el cristal con el que lo vemos todo.
Un dios elaborado por nosotros
¿A qué “dios”
acuden esas comunidades? A veces, a una idea de Dios que no es Dios, sino que
es una proyección nuestra que debería arreglarlo todo con milagros y prodigios.
Si no actúa así —pensamos—, ¿para qué está? El problema es que ese “dios interventor
a la carta” no existe; nos lo hemos fabricado. Por eso, cuando la
realidad aprieta, esperamos portentos y nos frustramos. La parábola corrige esa
expectativa: no promete magia, sino fidelidad.
Orar
es mantenerse en sintonía
con
el modo de actuar de Dios
Orar no es exigir
efectos especiales, sino mantenerse en sintonía con su modo de actuar,
que es más discreto y, a la larga, más profundo. No interviene como
querríamos; interviene como él actúa. Lo decisivo es estar atentos para reconocer
sus tiempos y, cuando se abre una oportunidad de bien, entrar en juego y
colaborar en el nacimiento de un mundo más justo.
Ora para no torcerte por dentro
Ora para no vivir amargado y con resentimiento
¿Entonces, qué
pasa cuando uno ora? Lucas lo resume en una línea práctica: no te amargues ni
esperes prodigios del “dios” que te has imaginado; sigue orando para no
torcerte por dentro.
La
oración es permanecer en contacto con Dios
La oración no es
varita mágica: es permanecer en contacto con el modo de pensar, sentir y
proyectar de Dios, y eso cambia la mirada. Te mantiene despierto para
reconocer el momento en que se dan las condiciones que permiten mover algo de
verdad. El Apocalipsis lo cuenta con una imagen potente: el vidente llora
porque ve la injusticia y no entiende por qué Dios no interviene, hasta que oye
«Sube acá» y se le muestra otra perspectiva; entonces oye: «No
llores… ha vencido el León de Judá» (cfr. Ap 4,1; Ap 5,4-5). Orar es
justamente ese cambio de enfoque que evita que la frustración te gobierne y
te prepara para actuar cuando se abre una puerta.
La oración como terapia para no equivocarse
Eso es lo que hace
la oración: nos “sube un piso” y permite mirar el dolor desde otra altura, como
lo ve Dios, y entenderle el sentido. Cuando falta, perdemos el hilo y
reaccionamos por impulso; y así nos desviamos, nos dañamos y dañamos. Por eso
funciona como una terapia en momentos tensos: no anestesia, aclara; no
escapa, centra; y nos devuelve la calma para actuar sin añadir
más herida.
Si no entras en la oración te amargas
y se corre otro riesgo
«Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman
ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin
tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la
tierra?».
Ahora interviene «el Señor». En Lucas, ese título no es
decorativo: nombra al Resucitado que entra en escena y toma la iniciativa. La
indicación es clara y actual: «escuchad lo que os dice el Resucitado».
No es recuerdo ni consigna del pasado; es una voz viva que reclama atención en
medio de la presión que se vive.
Sus
elegidos: Los que se han dejado tocar
por
la propuesta del Evangelio
«Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante
él día y noche? ¿o les dará largas?».
«Sus elegidos»: la expresión tiene fuerza y
cercanía. Nombra a quienes se han dejado tocar por la propuesta del Evangelio
y, por eso mismo, ya no pueden responder a la injusticia con los reflejos de
siempre. No somos una élite; somos gente común que ha decidido tomarse en
serio otra lógica. Y esa elección cambia el modo de reaccionar: en vez de
devolver el golpe, buscamos caminos que no multipliquen el daño.
La justicia termina irrumpiendo:
Mantente en sintonía.
Y llega la
respuesta: «Os digo que les hará justicia sin
tardar». En griego lo pone así: «λέγω ὑμῖν ὅτι ποιήσει τὴν ἐκδίκησιν
αὐτῶν ἐν τάχει»; (LE-go
i-MÍN JÓ-ti poi-É-sei ten ek-DÍ-ke-sin au-TÓN en TÁ-jei), que traducido
es del siguiente modo: «Os digo que hará/llevará a cabo/realizará la
vindicación de ellos/la defensa/el restablecimiento de la justicia con
celeridad/con rapidez [con un matiz de irrupción repentina más que “de pronto”
cronológico].»
Cuando
menos te lo esperes
Es decir, añade un
matiz clave con ἐν τάχει: no tanto “en poco tiempo” cuanto “con
celeridad”, “de modo repentino”. Dicho de otro modo, cuando menos lo esperes
y quizá de un modo distinto al que imaginabas, pero la justicia llega.
El problema suele
ser nuestro guion previo ya que queremos que ocurra “a nuestra manera”. El
texto corta esa expectativa y nos sitúa en otra lógica: mantener la oración
no es acumular palabras, sino seguir en diálogo y en escucha, para estar afinados
cuando aparezca la oportunidad real —esa grieta en la pared— por la que empezar
algo nuevo y justo. La oración te coloca en esa disposición: mirar con
atención, reconocer el momento y entrar en juego sin perder el compás.
Cuenta con que esta espera podría prolongarse, pero él hará justicia. Fíate de lo que te dice el Resucitado.
Mantenerse
en tensión con la oración
o
retornar a la vida pagana
«Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en
la tierra?».
Cuando la espera
se hace larga, la fe se juega en lo pequeño: entra el desgaste, baja el pulso y
uno piensa que lo de Jesús fue un sueño hermoso. La respuesta del texto no es
épica, es precisa: fíate y permanece en oración, no como trámite, sino como
modo de afinar la mente y el corazón con el de Dios.
La última frase
funciona como prueba de estrés: «Cuando venga
el Hijo del hombre, ¿encontrará la fe sobre la tierra?». No
pregunta cuántos quedarán, sino en qué estado nos encontrará: conectados
o desenchufados, atentos o distraídos. La cuestión no es si Dios llega, sino si
nosotros estaremos a tono cuando llegue. Puede suceder que Cristo llegue y nos
encuentre desprevenidos.
domingo, 12 de octubre de 2025
CATEQUESIS PARA JÓVENES Y ADULTOS. Parroquia Ntra. Sra. de la Calle (Palencia-España)
Catequesis para jóvenes y adultos en Palencia
Martes y viernes · 20:00 h
Parroquia Ntra. Sra. de la Calle (entrada por c/ San Marcos) — Palencia
¿Buscas darle un nuevo impulso a tu fe, empezar desde cero o simplemente escuchar una palabra de esperanza? Te invitamos a las Catequesis para jóvenes y adultos del Camino Neocatecumenal en Palencia.
- 📍 Dónde: Parroquia Ntra. Sra. de la Calle (entrada por calle San Marcos).
- 🕗 Cuándo: Martes y viernes a las 20:00 h.
- 👥 Para quién: Jóvenes y adultos; con o sin práctica de fe.
- 💬 Qué encontrarás: Acogida, una palabra que ilumina la vida y un camino para renovar la relación con Dios.
Ven como eres y cuando puedas. Si no has venido a las primeras sesiones, no pasa nada: puedes incorporarte sin problema. Invita también a tu familia y amigos. ¡Te esperamos!
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sábado, 11 de octubre de 2025
Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, ciclo c; Lc 17, 11-19
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Lc 17, 11-19
En tiempos de
Jesús, muchos en Israel pensaban que la enfermedad era un castigo por el pecado
(cfr. Ex 15, 26; Dt 28, 21-22; Dt 7, 15; Lv 26, 16; Nm 12, 10-15; Nm 21, 8-9; 2
Sm 24, 15-17; 2 Cr 26, 16-21; Sal 38, 4; Sal 32, 3-5; Sal 41, 5; Sal 107, 17-20;
Prov 3, 7-8; Mc 2, 5-11; Jn 5, 14; 1 Cor 11, 29-30; Sant 5, 14-16; Ap 2, 22; Jn
9, 1-3).
La
lepra era como un ajuste de cuentas
Confiaban en la
justicia de Dios. Como solo una minoría esperaba otra vida, colocaban el ajuste
de cuentas aquí. A la vista de todos. La señal eran las enfermedades. La peor,
la lepra. El leproso cargaba el estigma de ser la encarnación del pecado.
Lo
de dentro se mostraba al exterior
La piel herida se
leía como espejo del alma. Lo de fuera mostraba lo de dentro. Y se decía que
Dios hería con lepra a los envidiosos, a los arrogantes, a los ladrones, a los
culpables de homicidio, de juramentos falsos, de incesto (cfr. 2 Re 5, 25-27; 2
Cr 26, 19-21; 2 Sm 3, 29; Nm 12, 10-15).
Pensaban…
«se buscó su desgracia»
En hebreo, la
lepra se dice צָרַעַת (tzaraʿat), que deriva de la raíz צָרַע (tzara), “golpear”.
Y por eso el leproso no suscitaba compasión, porque “se había buscado su
desgracia” cometiendo pecados. Era una enfermedad incurable. Curar a un leproso
era como resucitar a un muerto, porque la lepra era la hermana de la muerte. El
historiador Flavio Josefo, en las Antigüedades judías, dice: “Los leprosos
no se diferencian de los cadáveres”.
Eran
unos excluidos hasta el extremo
En tiempos de la
Torá, quien tenía lepra [ צָרַעַת (tsaraʿat)], vivía con señales
visibles; tales como ropa rasgada, cabellera descuidada, el rostro cubierto
hasta el labio superior. Si alguien se acercaba, debía avisar; “Impuro,
impuro”; y vivir aparte, fuera del campamento. En los días de Jesús, eso se
traducía en quedarse a las afueras. Se quedaban en los bosques, se refugiaban
en cuevas, y si alguna alma generosa los llevaba de comer, dejaba la comida en
los márgenes del bosque; y luego ellos, cuando esa buena alma se alejaba, se
acercaban y tomaban la comida, pero no podían encontrarse con nadie. Dependían
de la ayuda de otros. Así evitaban el contacto. Así protegían a todos. (cfr. Lv
13,45-46).
Y
lo que era peor; no se sentían rechazados solo por los hombres, sino también
por Dios.
Se
pierde la sensibilidad
¿Por qué
comparamos al leproso con el pecador? No porque sean feos por fuera. Es porque
la lepra (λέπρα o צָרַעַת) quita sensibilidad. No mata de golpe. Apaga las
alarmas. Ya no notas qué te hace bien y qué te daña. Te quemas y no te enteras.
Te cortas y no lo sientes. Con el tiempo la persona se desfigura. Queda
irreconocible.
El pecado hace
algo parecido. Nos vuelve feos por dentro. No en la cara. En las relaciones. En
los pensamientos. En los gestos. Perdemos el gusto por el bien. Confundimos la
luz con la sombra. Llamamos bueno a lo que no lo es. Y al revés. Lo dijo Isaías
y nos toca hoy: «¡Ay, los que llaman bien al mal y mal al bien: que toman la
oscuridad por luz, y la luz por oscuridad; que dan lo amargo por dulce, y lo dulce
por amargo!» (cfr. Is 5,20). El profeta Isaías ruega al pueblo que luche
por recuperar la sensibilidad; volver a notar, volver a elegir bien y así volver
a ser hermosos por dentro.
Si
se pierde la sensibilidad moral uno se deforma
Cuando uno pierde
la sensibilidad moral comienza a arruinarse por dentro; se deforma, se
deshumaniza y se vuelve feo, no en la piel sino en la manera de pensar, de
tratar a los demás y de actuar. No muere de golpe, pero se hace irreconocible y
el rostro humano, el verdadero, se va borrando. Lo vemos en la corrupción, en
la violencia o en el uso de las personas como cosas; todos decimos qué feo es
eso, porque han perdido rasgos humanos, y a veces esa degradación interior
incluso asoma por fuera. Entonces aparece el reflejo de siempre, apartarnos,
como sugiere el dicho evitar a alguien como a un leproso.
Jesús
cura esa fealdad interior
Así miraban muchos
a los leprosos y a los pecadores en tiempos de Jesús. ¿Compartía Jesús esa
mirada? Jesús se acerca, toca, limpia y devuelve a la comunidad; con la lepra
se ve con nitidez cuando toca al leproso y lo reintegra, y con los pecadores
hace lo mismo al sentarse a la mesa, buscar al perdido, llamar por su nombre y
abrir un futuro distinto. Esa es su manera de curar la fealdad interior y de
recuperar lo humano que parecía perdido (cfr. Mc 1,40-45; Lc 5,12-16; Mt
9,10-13; Lc 15; Lc 19,1-10).
Se
trata de una magnífica catequesis
Al leer una
curación en los evangelios no buscamos solo información. Los evangelistas hacen
catequesis. Quieren alimentar la fe de su comunidad y la nuestra. Por eso
cuentan estos hechos con imágenes bíblicas. A veces insinúan escenas del
Antiguo Testamento. Otras las nombran de frente. Así, cada curación se vuelve
una parábola que nos habla hoy.
El texto de hoy
entra ahí. Iremos más allá del dato y sin negarlo. Miraremos el signo y lo que
significa. Qué revela de Jesús. Qué cambia en quien se encuentra con él. Y qué
paso nos invita a dar.
Los
leprosos es toda la humanidad
El relato dice que
Jesús entra en un pueblo y que diez leprosos salen a su encuentro, y como
crónica sorprende porque a los leprosos se les exigía vivir fuera y mantener
distancia, aunque el propio texto los sitúa lejos para respetar la norma. Si lo
leemos como parábola, en cambio, el detalle se vuelve transparente. Jesús entra
y quienes aparecen son leprosos, como si todo el pueblo estuviera marcado por
esa herida, y entonces surge la pregunta de a quién representan.
Los leprosos
representan a la humanidad que Jesús encuentra en su camino, una humanidad que
necesita ser purificada por su palabra. Basta recordar a quiénes se cruza en
los evangelios para ver el cuadro completo, porque son personas golpeadas por
el dolor, por la enfermedad, por el pecado y por el hambre, y también por
tantas miserias que acortan la vida y rompen los vínculos. Esa misma humanidad
es la nuestra hoy, y no hace falta hacer una lista interminable para
reconocerla, ya que todos conocemos las enfermedades y las guerras, la
violencia y la injusticia, las marginaciones y los abusos que nos rodean. Ahí
es donde Jesús entra, ahí es donde lo esperan, y ahí comienza la historia de
los diez y también la nuestra.
Una
humanidad leprosa que necesita
ser
limpiada por la Palabra de Dios
¿No es verdad que
vivimos como una humanidad leprosa que necesita ser limpiada por la palabra del
Evangelio? Lo notamos en nuestras relaciones y también en la casa común. El
egoísmo ha contagiado la creación. Hemos herido montes y mares, ensuciado ríos
y aire, y la creación gime esperando ser liberada. El Evangelio no solo cura
personas. También nos enseña a cuidar. A dejar de usar y tirar. A pasar del
daño al servicio. A trabajar la tierra y guardarla, como un encargo que honra a
Dios y hace bien a todos (cfr. Rm 8,19-22; Gn 2,15).
Salir
de «este pueblo»
Salir
del mundo viejo
He aquí la
necesidad de salir de ese “pueblo”. En los evangelios el pueblo es el símbolo
del mundo viejo, marcado por criterios que no sanan; de ahí la invitación a
salir para encontrarnos con la palabra que cura. Jesús, cuando se topa con el
sordo con dificultad para hablar, no lo sana delante de todos; lo aparta de la
gente y allí le abre los oídos y la lengua. Quiere que escuche de otro modo,
sin el ruido que confunde y sin el juicio común que no es el suyo. El mensaje
que transforma no suele ser el que circula en las conversaciones de siempre ni
en las redes; nace del encuentro con él (cfr. Mc 7,31-37).
Algo parecido sucede en Betsaida. Jesús
toma de la mano al ciego y lo saca fuera de la aldea; después de curarlo le
pide que no vuelva al pueblo. Es una imagen potente. Si regresas al mismo
ambiente, verás como antes; yo te he abierto los ojos para que veas bien, para
que valores la vida de otra manera. Salir del “pueblo” significa dejar los
criterios que nos enferman y aprender la mirada de Cristo, que devuelve
claridad, libertad y gusto por lo bueno (cfr. Mc 8,22-26).
El
simbolismo del número Diez
No aparece un solo
leproso, salen diez, y en la Escritura el diez suele evocar la totalidad,
basta pensar en el Decálogo, y en la tradición de Israel es el mínimo para
una asamblea que ora en la sinagoga; así que el número apunta a todos.
Diez leprosos
significan la humanidad entera herida, piel marcada que pide limpieza,
corazón que necesita palabra que sane.
Nos
apunta un primer milagro…
El evangelista Lucas
nos está diciendo que estamos en ese grupo, ninguno es del todo puro, todos
llevamos señales de muerte que solo el Evangelio puede curar. Esta conciencia
derriba muros, porque en el grupo hay galileos y samaritanos y ya sabemos cómo
se miran cuando se creen justos, se desprecian, se separan, incluso se
combaten, pero cuando reconocen que comparten la misma herida empiezan a
sostenerse, dejan de etiquetarse y se vuelven compañeros de camino. Ahí
asoma el primer milagro, la humildad que nos junta y nos abre a la gracia.
La
amistad con Jesús comienza con un nombre
¿Qué pasa después?
Se detienen a distancia y gritan “Ἰησοῦ, ἐπιστάτα, ἐλέησον ἡμᾶς” (Iesoú,
epistáta, eléison hemâs), que significa “Jesús, maestro, ten misericordia de
nosotros”. Respetan la distancia que manda la ley, pero cambian el grito.
No dicen “Impuro, impuro”, como en Levítico, sino que invocan a Jesús
por su nombre y le hablan de tú. Piden misericordia y lo hacen juntos, como
quien sabe que solo no llega. (cfr. Lc 17,12-13; Lv 13,45)
En Lucas son muy
pocos los que se atreven a llamarlo así. Está el ciego de Jericó que clama “Ἰησοῦ
υἱὲ Δαυίδ, ἐλέησόν με” (Iesoú huiè Dauíd, eléisón me), “Jesús, Hijo de
David, ten misericordia de mí”. Está el malhechor que reza en la cruz “Ἰησοῦ,
μνήσθητί μου ὅταν ἔλθῃς εἰς τὴν βασιλείαν σου” (Iesoú, mnéstheti mou, ótan
élthēs eis tén basileían sou), “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a tu
reino”. Paradójicamente, también los demonios pronuncian su nombre, aunque
con miedo y rechazo, como en “Ἔα, τί ἡμῖν καὶ σοί, Ἰησοῦ Ναζαρηνέ… οἶδά σε τίς
εἶ, ὁ ἅγιος τοῦ θεοῦ” (Éa, tí hemîn kaì soí, Iesoú Nazarēné… oída se tís eî, ho
hágios tou theoû), “Ah, qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno… sé
quién eres, el Santo de Dios”. La diferencia está en el corazón. Quien
sufre lo invoca con confianza. Quien se cierra lo teme. Y al final, los que lo
llaman por su nombre con fe no son los perfectos. Son heridos, pobres,
pecadores. Los que saben que necesitan ayuda. Ahí nace la amistad. Ahí empieza
la curación. (cfr. Lc 18,38-39; Lc 23,42; Lc 4,34)
Le
piden misericordia
No le piden la curación, porque saben que de la lepra nadie sale por sí mismo. Le piden misericordia. “Ἰησοῦ, ἐπιστάτα, ἐλέησον ἡμᾶς” (Iesoú, epistáta, eléison hemâs), que significa «Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros». Es decir, míranos con entrañas, toma en serio nuestra herida y nuestra vida. Son personas apartadas por la sociedad, lejos de la casa, de los afectos y de los gestos más sencillos. Pensemos en el dolor de no poder recibir una caricia o un abrazo, y en la sospecha que muerde por dentro, la de que ni siquiera Dios quiera tocarles. Por eso su oración es tan honda. No piden un truco médico. Piden ser mirados, acogidos y devueltos a la vida. Ahí empieza toda curación.
Misericordia
Misericordia, en
hebreo se dice rajamím (רַחֲמִים) y proviene de la misma raíz que réjem
(רֶחֶם), que significa útero. No es casualidad. La Biblia nos está
diciendo que la misericordia de Dios no es solo un sentimiento: es un modo
de mirar y de gestar.
Dios nos mira como
quien cuida una vida que está creciendo; nos contempla en proceso, no
solo como estamos hoy. Esta clave ilumina uno de los momentos más hondos de la
Escritura. En el libro del Éxodo 33–34, cuando Dios se revela a Moisés, el
texto dice que Dios “pasó” —vaya’avor (וַיַּעֲבֹר)— proclamando
sus atributos de misericordia.
Ese “pasar” está
emparentado con ʿúbar (עוּבָר), que significa feto. Es decir, la misericordia
de Dios es un paso que acompaña el crecimiento; no se queda fija
en la caída, sino que se mueve para levantar, sostener y hacer
crecer.
Por eso, podemos
resumir el mensaje así: misericordia = útero + proceso + paso.
Dios no nos define
por el error de hoy; nos mira por lo que podemos llegar a ser con su
gracia. Así actúa Jesús en el Evangelio: no etiqueta, llama; no aplasta,
levanta; no cancela, rehabilita.
Y esta es la
invitación para nosotros. En la familia, en la comunidad, en el trabajo: mirar
al otro como proceso. Cuántas veces reducimos a alguien a un momento: “es
así”, “no cambia”. La misericordia rompe esas etiquetas y pregunta: “¿Qué puede
llegar a ser esta persona?”. Y añade otra pregunta, más incómoda y necesaria: “¿Qué
puedo hacer yo para que crezca?”.
Una Palabra que cura incluso a distancia
«Al verlos, le dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes»
Jesús no se acerca
ni los toca, sino que los limpia a distancia con su palabra, la misma palabra
que hoy puede alcanzar nuestra lepra por muy lejos que estemos; les dice ‘Id’
y en ese envío va incluida la purificación, de modo que vayan a los sacerdotes,
que son quienes verifican la curación y abren el regreso a la vida normal,
incluso al Templo, cumpliendo así lo que pide la Torá y cerrando el círculo de
la exclusión. (cfr. Lc 17,14; Lv 14)
La
Palabra nos sana mientras andamos
Si seguimos
leyendo como parábola, el camino se entiende mejor. Cuando la humanidad
reconoce su herida y se fía del Evangelio, empieza un proceso real que no
sucede de golpe, porque la palabra actúa mientras andamos, como a los diez, que
quedaron limpios en el camino. También a nosotros se nos van borrando los
signos de la lepra del pecado a medida que confiamos, obedecemos y avanzamos
paso a paso, hasta volver a casa con una vida nueva.
La
lepra desaparece cuando
salen
de esos criterios enfermizos.
Cuando deciden
salir del pueblo, la lepra empieza a apagarse. Dejan el lugar donde la vida se
rige por criterios que enferman y dan el paso que la palabra de Jesús indica. Ese
pueblo simboliza un modo de pensar centrado en uno mismo. Llamémoslo por su
nombre. Egoísmo. Ahí germina la fealdad interior. Ahí se pega la lepra.
Al ponerse en
camino se rompe ese círculo. La palabra de Jesús abre otra lógica. Pasar del yo
primero al bien de todos. Del cálculo al cuidado. De la desconfianza a la
obediencia confiada. Y mientras caminan, quedan purificados. Así lo cuenta
Lucas y así ocurre también hoy cuando salimos de nuestros “pueblos”
interiores y damos el paso que él nos sugiere.
¿Cómo
explicar la reacción apesadumbrada de Jesús?
«Uno de ellos, viéndose curado, se volvió alabando a Dios
en alta voz, y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le dio las
gracias. Era un samaritano. Dijo entonces Jesús: «¿No
quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido quien
volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?» Y añadió: «Levántate y
vete; tu fe te ha salvado».
Hemos llegado al
punto más delicado. Jesús se apena porque solo uno vuelve. «¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros
nueve?».
No
es una queja porque no le dieran las gracias
No suena a queja
por falta de cortesía.
Sería raro en Jesús. Él mismo nos enseñó a amar gratis. Que tu mano derecha no
se entere de lo que hace la izquierda. Haced el bien sin esperar nada. Lo suyo
no es la contabilidad del agradecimiento (cfr. Mt 6,3; Lc 6,35).
Los
otros nueve no reconocen
que
Dios les haya sanado
y
siguen sin hacer ningún cambio en su vida
Si pensamos con
calma, los nueve hicieron justo lo mandado. Fueron a los sacerdotes. Les
confirmaron la limpieza. Volvieron con sus familias. Es fácil imaginar que
después buscaran a Jesús para darle las gracias. Entonces, qué duele en él. No
que no regresaran enseguida a agradecer. Duele que no haya habido quien
volviera a dar gloria a Dios. Ese es su punto. Reconocer en la palabra que
purifica la presencia de Dios que se revela; reconocer que la Palabra que cura
es Dios haciéndose presente; darse cuenta de que, cuando la palabra purifica,
Dios se revela; percibir en la Palabra que nos limpia la acción misma de Dios; descubrir
en esa palabra que limpia que Dios se está mostrando. No reconocen en lo
ocurrido la acción de Dios ni se abren a la relación con Jesús. Cumplen la
orden y siguen con su vida, pero sin alabanza, sin fe que mira más allá del
beneficio recibido.
Gloria de Dios no
es espectáculo de fuerza. Es la belleza de su rostro. Amor que se inclina.
Ternura que levanta. Ahí está la revelación en este signo. Y la pregunta de
Jesús descoloca. Solo uno lo percibe. Y es un extranjero. Lucas lo nombra ἀλλογενής.
Extranjero de otra estirpe. El de fuera entra primero. Los de casa, educados
por los profetas, se lo pierden por un momento.
Podemos
sorprendernos de la poca finura espiritual de los nueve. Más que de su falta de
gratitud. Lo que falta es sensibilidad para la gloria.
¿Captamos
lo que Dios nos aporta?
Para captar el
amor de Dios cuando pasa. Por eso conviene hacer una verificación en serio. No
para culparnos. Para despertar. ¿Nos damos cuenta de cuánto ha contado el
Evangelio en nuestra vida? Nos ha limpiado. Ha hecho más bella nuestra
historia.
Piensa en lo tuyo.
Tal vez puedes decir con paz. Ha sido una vida bella. No por placer sin medida.
Bella porque la has vivido bien. Porque te has entregado. Has perdonado. Has
sostenido a quien te necesitaba. Quizá alguien te lo ha dicho. Cómo haces para
estar siempre disponible. Si algo de esto es verdad. ¿Hemos dado gloria a Dios
por la luz recibida? ¿Hemos reconocido que fue su palabra la que nos fue
haciendo personas hermosas por dentro?
Pasa también en lo
común. Nos quejamos con razón del mal. Corrupción. Violencia. Hedonismo.
Descuido de los frágiles. A la vez hay un océano de bien. El Evangelio ha
cambiado el mundo y lo sigue cambiando. Defiende la vida entera. Sostiene la
familia y la fidelidad. Empuja a la justicia y al compartir. Abre la mano al
pobre. ¿Hemos dado gloria a Dios por esta purificación en marcha? (cfr. Lc
4,18-19; St 1,27)
Fe
es adherirse con determinación al Señor
Entonces se
entiende la palabra final a aquel hombre: «Levántate
y vete; tu fe te ha salvado».
Fe aquí no es emoción pasajera. Es adhesión a la palabra que te limpia. Confiar. Ponerse en camino. Volver a Dios con alabanza. Lo dice hoy también para nosotros. Si te fías de mi Palabra y sigues el camino que te muestro. Verás cómo lo que te afea se va borrando. El Evangelio te va purificando paso a paso. Hasta que la gloria de Dios se note en tu vida y en la de los tuyos.
viernes, 3 de octubre de 2025
Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, Ciclo C Lc 17, 5-10
Homilía del
Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, ciclo c
Lc 17, 5-10
Para entender el
pasaje de hoy hay que situarse en el momento en que Jesús lo dijo. Está de
camino a Jerusalén con sus discípulos, y mientras avanza les va planteando
exigencias cada vez más serias. No eran frases para tranquilizar, eran retos
que obligaban a pensar: “¿De verdad quieres seguirme?”.
Les hablaba con
imágenes muy concretas. Una de ellas: «El que quiera ir conmigo tendrá que
pasar por una puerta estrecha» (cfr. Mt 7, 13-14; Lc 13, 24). Y enseguida
añadía que, para hacerlo, había que soltar incluso seguridades muy profundas:
la forma de pensar heredada, la manera de actuar de siempre, la tradición que
parecía intocable. Era como decir: “Has vivido así toda la vida, porque así
lo hacen todos. Ahora yo te planteo algo nuevo. ¿Qué eliges: lo de siempre o lo
que yo te propongo?”.
Jesús
no quiere un simple hueco en tu lista de afectos.
Es
fácil entender la comparación que pone: cuando alguien se casa, no deja de
querer a sus padres, pero a partir de ese momento todas las decisiones
importantes se toman con la persona amada. Pues con Jesús es igual; no quiere
un hueco en la lista de afectos, quiere el centro. Y eso inevitablemente
choca con nuestras ataduras: al dinero, a la comodidad, a los hábitos de
siempre. Con él no hay medias tintas.
Y
Jesús no se queda en lo teórico. También les pide generosidad total: compartir
lo que se tiene con quien lo necesite. Y justo antes del fragmento de hoy lanza
la que quizá sea la condición más difícil: perdonar siempre, sin poner límites.
«Si tu hermano falla siete veces en un día, siete veces tendrás que
perdonarlo» (cfr. Lc 17,4).
Ante
propuestas así, es normal que surja la duda: ¿seré capaz?, ¿tendré la fuerza
suficiente? Jesús mismo invita a plantearse la pregunta. Lo ilustra con
ejemplos muy claros: antes de construir una torre, calcula si podrás acabarla;
antes de iniciar una guerra, pregunta si tienes soldados suficientes. Lo mismo
con él: si decides seguirlo, hazlo en serio, sabiendo lo que significa.
Los
apóstoles reconocen sus límites
Los apóstoles
captan bien lo que Jesús está pidiendo, pero enseguida reconocen sus límites.
Quieren seguirlo, sí, pero se sienten frágiles, inseguros. Están dispuestos a
dar un paso, pero no todos; sienten que lo que él propone quizá es demasiado
grande para ellos.
Por eso lo siguen,
aunque todavía con reservas. Y es precisamente desde esa mezcla de deseo y
miedo que nace su petición a Jesús.
Reconocen
que su fe es muy pequeña
«En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor:
«Auméntanos la fe».
“Auméntanos la fe”: La petición
Acabamos de
escuchar la súplica de los apóstoles: «Auméntanos la fe».
El texto griego lo expresa así: «πρόσθες ἡμῖν πίστιν»; «añade a nosotros fe», que es tanto como decir; «añade un poco de fe
a la poca que tenemos».
¿Cómo
añadirnos la fe?
En
dos sentidos
1.-
Completar lo que falta
Es como si yo
tuviera un paquetito de fe, pero tan vacío que necesito que tú me añadas un
poquito más, una reserva; la fe como una reserva. Pero da también esta imagen:
es como si la fe fuera aquello que tú añades a mi vida como algo que viene de
fuera, que es un don que debo recibir de fuera y que cambia mi vida. Añadir como
“completar lo que falta”: “tengo poca fe; pon tú tu parte”.
¿Cómo
añadirnos la fe?
En
dos sentidos
2.-
La fe es la historia que Dios lleva
adelante conmigo
Tengamos en cuenta
que «προστίθημι» (prostídsemi) significa también «proseguir, continuar, volver a hacer lo
mismo, agregando/añadiendo/sumando de nuevo la fe».
Entonces, traducción
posible: «Señor, continúa tú la fe».
Es decir, como decir: la fe es la
historia que tú continúas, Señor, donde tú eres el protagonista, y la historia que tú llevas adelante conmigo.
La fe significa aceptar que tú eres el Señor—justamente te acabo de llamar
“Señor”—, tú eres el Señor de mi vida. Esta es la fe: ya no soy yo; me coloco
como mendigo y entro a participar en tu vida. «Señor, acrecienta, continúa tú mi historia de fe».
En el fondo, esta
es la confesión: “Tú eres el Señor de mi
vida; yo no me basto. Entra y continúa tú lo que empezaste”. La fe,
entonces, no es un bote que llenamos solos, sino una historia compartida donde
él lleva la iniciativa y nosotros decimos “sí” una y otra vez, especialmente
cuando cuesta perdonar o entender el mal.
Línea-memoria:
No
es “dame fe y ya”; es “Señor, añade y
continúa mi fe en lo concreto de hoy”.
¿Por
qué le piden que aumente su fe?
Los versículos
inmediatamente anteriores a este texto son una provocación que luego causa la
pregunta, la petición de los Apóstoles. Estamos en el capítulo 17 del Evangelio
de Lucas. Pues bien, se habla del
escándalo y se habla del perdón, de la dificultad de perdonar. Ante estas
dos provocaciones—una vez más, el escándalo, el escándalo del mal, de la injusticia—y la imposibilidad de
perdonar, es normal que la pregunta que abre este Evangelio sea: «Señor, auméntanos la fe». Pero, estad atentos;
al inicio de este capítulo 17 se hablaba simplemente de los discípulos, que no
es exactamente la misma palabra que Apóstoles.
¿Y qué piden los
apóstoles?, «aumenta nuestra fe», ¿Por qué?,
porque no logramos perdonar y no conseguimos explicarnos por qué el mal en el
mundo.
Jesús no contesta como ellos esperan porque la fe no va “a cucharadas”. No
te la inocula nadie. La fe es una respuesta libre a su propuesta de amor. Él
llama, convence, acompaña… pero no aprieta nuestro “sí”.
Piensa en el gimnasio: “Entrenador, hazme músculo”. Él te guía, corrige la
postura, marca la rutina… pero las repeticiones las haces tú. Con la fe pasa lo
mismo: nace cuando dices “sí” y crece cuando lo repites en lo
concreto —en ese perdón que cuesta, en decir la verdad cuando incomoda, en
cuidar cuando nadie mira. No es “Señor, ponme fe”, sino: “Señor,
aquí va mi ‘sí’; ayúdame a repetirlo hoy”.
Jesús
está preparando a sus apóstoles para enviarlos
Apóstol viene de
un verbo griego, «ἀποστέλλω» (apostéllo),
que significa “enviar”; por tanto, “los enviados”. Es como si ahora hubiera un
peldaño más, un salto de calidad en la identidad de estos discípulos: ahora son
considerados apóstoles, es decir, aquellos a quienes Jesús está preparando para
poder enviarlos; tienen una misión particular, se están preparando para su
misión. Y, de hecho, el texto dice: «Los apóstoles le dijeron al Señor» luego al
«Κύριος» (Kýrios), al Señor. Ciertamente, usar la palabra «Κύριος» (Kýrios),
usar la palabra “Señor” ya ahora, ya en el capítulo 17 de Lucas, es un poco
como decir: «Estamos ante el Señor resucitado».
Los discípulos caen en la cuenta de su pobre realidad
Por fin estos discípulos se dan
cuenta de que su fe es pequeña. A la mujer cananea Jesús le había dicho: «Mujer,
grande es tu fe» (cfr. Mt 15,28). En cambio, a los suyos se lo repite más
de una vez: «Hombres de poca fe» (cfr. Mt 8,26; 14,31; 16,8).
Observaciones que hace Jesús a sus discípulos
Jesús los ve afanarse por la comida y la ropa, y les recuerda: «Si Dios
viste así la hierba del campo, que hoy está y mañana se echa al horno, ¡cuánto
más a vosotros, hombres de poca fe!» (cfr. Mt 6,30). También los ve
asustarse ante las olas —no solo las del lago, sino las de la vida: crisis,
pérdidas, incertidumbres—, como si todo dependiera de ellos, y vuelve a
decirles: «Hombres de poca fe» (cfr. Mt 8,26).
Pedro vive ese vaivén por dentro. Jesús le dice: «Ven» (cfr. Mt
14,29), y Pedro empieza a caminar hacia él —hacia la vida ofrecida como don—,
pero el miedo lo paraliza, quiere retroceder. Jesús lo toma de la mano y le
pregunta: «¿Por qué dudaste, hombre de poca fe?» (cfr. Mt 14,31).
Y está, además, aquella discusión en la barca porque se habían olvidado el
pan. Jesús los corta en seco: «¿Por qué discutís… hombres de poca fe?»
(cfr. Mt 16,8). A este punto, viendo su
propia fragilidad, hacen la pregunta que tocaba: «Auméntanos la fe»
(cfr. Lc 17,5).
¿La fe aumenta o disminuye?
¿Pero la fe puede aumentar o disminuir? Depende de qué se entienda por fe.
Si por fe entendemos la adhesión a unas verdades —que Dios existe; que Cristo
hizo milagros, murió en la cruz y resucitó—, entonces doy mi “sí” a esas
verdades y soy creyente; el ateo, en cambio, no da ese “sí”. En ese plano, la
fe no aumenta ni disminuye: o está o no está.
La fe no sólo es una adhesión a unas verdades
Ahora
bien, la fe también es adhesión
a unas verdades, pero no basta.
Ya lo advierte la carta de Santiago: «Hermanos, ¿de qué le sirve a uno decir
que tiene fe si no tiene obras? Si un hermano o hermana están desnudos y les
falta el alimento cotidiano, y uno de vosotros le dice: «Id en paz, calentaos y
alimentaos», sin darles lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve esto?» (cfr. Sant 2,14-17). Y añade: «Tú
crees que Dios es uno, haces bien; también los demonios lo creen… y tiemblan»
(cfr. Sant 2,19). No basta creer ciertas verdades; la fe va más allá.
La fe no es sólo identificarlo
con manifestaciones externas de religiosidad
Otra confusión habitual es identificar fe con religión visible, y medir si
“aumenta o disminuye” contando cuántos van a la iglesia, cuántos rezan o
cuántos se casan por la iglesia. Si la entendemos así, claro que sube o baja.
Pero las manifestaciones externas de religiosidad no son la fe y pueden seguir
ahí mucho tiempo incluso cuando ya no queda rastro de una fe viva. ¿Cuántas
veces vemos signos de la cruz usados como simples gestos supersticiosos?
Veamos qué entendemos por Fe.
Ante todo, creer no es una decisión
irracional; eso sería credulidad, y de esa aún hay bastante. La fe —πίστις (pístis:
confianza leal)— implica, ante todo, la
mente. Cuando Jesús manda amar a Dios con todo el corazón, con toda el
alma, con todas las fuerzas y con toda la mente, está indicando la
razonabilidad de la elección (cfr. Dt 6,5; Mc 12,30; Lc 10,27; Mt 22,37).
Ahora
bien, esa razonabilidad llega hasta cierto punto y no va más allá. Quien se
acerca a conocer a Cristo, estudia su Evangelio y entiende su propuesta suele
concluir: “Lo que me revela de Dios es
razonable; su manera de entender al ser humano es la mejor que conozco”.
Escuchas, piensas y, una y otra vez, terminas diciendo: “Tiene razón”. Y, sin embargo, eso todavía no es fe.
La fe comienza cuando uno se enamora de Cristo.
La
fe comienza cuando, después de reconocer esa razonabilidad, uno dice: “Le doy mi adhesión; me enamoro de él hasta
querer unir mi vida a la suya, en plena sintonía de intenciones”. Ahí nace
el enamoramiento; eso es fe. Desde aquí se entiende algo importante: Esta fe
puede crecer o disminuir… e incluso puede apagarse.
Altibajos en el enamoramiento
Puede
suceder que uno haya estado con Jesús y se haya fiado de él durante un tiempo,
y luego vuelva a una vida “pagana”, como pasa con tantos enamoramientos. Hay
altibajos: amores que se encienden y después se apagan; momentos de entrega
total y otros en los que pesan la rutina, la monotonía, el cansancio. Entonces
corren riesgo el amor y la confianza mutua. Así es la fe: un enamoramiento por
Cristo que nace después de reconocer que su propuesta es razonable, y esa πίστις
(pístis: confianza leal) puede crecer o disminuir.
Por
eso es comprensible que, ante lo que Jesús propone, sintamos nuestra debilidad.
Recordemos Cafarnaúm: al oír su enseñanza, muchos dijeron: «Este lenguaje es
duro; ¿quién puede escucharlo?» (cfr. Jn 6,60). Y donde más se nota es en
lo concreto:
Perdonar en casa —la ofensa repetida. Un
hermano, un amigo, un compañero vuelve a fallarte; te ha dicho “lo siento” más
de una vez… y otra vez se repite. La razón entiende que no conviene romper el
vínculo, pero el corazón se cierra. Ahí la πίστις (pístis) se juega en pasos pequeños y
reales: elegir perdonar de nuevo.
Cuidar a un familiar. Meses de cuidado a una
persona mayor o enferma desgastan. Hay días de cansancio y de sensación de
soledad. La fe, entonces, no es sentir algo especial, sino sostener gestos
sencillos y constantes —una visita, una sopa, una llamada—: fidelidad en lo pequeño.
Si esta fe–enamoramiento puede aumentar o disminuir, la pregunta es
inevitable: ¿quién puede hacerla crecer? Los discípulos lo entendieron y se lo
pidieron a Jesús: «Auméntanos la fe» (cfr. Lc 17,5).
Menos mal que no han traducido como ‘cardo borriquero’
«El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza,
diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería».
Para llevarnos a la confianza total, Jesús no responde con teoría; lanza
una imagen que despierta. Jesús dice: «Si tuvierais fe,
diríais a este sicómoro: “Arráncate y plántate en el mar”, y os obedecería».
En Mateo y Marcos la hipérbole es otra (montañas que se mueven, la misma que
cita Pablo en 1 Cor 13), pero Lucas elige un árbol.
El término griego es συκάμινος (sukáminos): sicómoro (Ficus sycomorus,
higuera sicómoro), un frutal mediterráneo de raíces muy firmes y madera
resistente. Aquí funciona como símbolo de lo profundamente arraigado.
No es una morera, y menos un “cardo borriquero”; traducirlo así desdibuja la
imagen que Jesús busca.
El sicómoro era una planta muy común en Palestina y en Egipto y
proporcionaba una madera duradera que no padece ni el calor ni la humedad. De
hecho, las cajas de las momias egipcias estaban hechas con esta madera, y las
encontramos aún en excelente estado después de miles de años. En Egipto,
además, el sicómoro era símbolo de inmortalidad, porque esta madera parecía
incorruptible, y se tenía por cierto que la savia del fruto del sicómoro poseía
poderes ocultos, incluso la inmortalidad.
El sicómoro se caracteriza por el hecho de que tiene raíces muy fuertes y
muy profundas, que son casi imposibles de arrancar. Permanecen en la tierra,
después de que la planta ha sido cortada, por más de 600 años.
Y Jesús recurre a dos rasgos de esta planta para decir lo que la fe es capaz de
producir: uno, muy difícil —que esta planta sea arrancada: es posible, pero
realmente muy difícil—; el otro, del todo imposible: hacerla crecer en el mar.
Jesús exagera a propósito en dos pasos:
1. Arrancarlo: lo muy difícil, porque el sicómoro se aferra
al suelo.
2. Plantarlo en el mar: lo imposible.
Y aquí añadimos una clave bíblica: el
mar no es solo agua. En la Escritura suele representar la muerte, el pecado, el caos, la lucha
contra Satanás.
Plantar en el mar
Por eso, “plantar en el mar”
significa hacer brotar vida donde manda la muerte, fidelidad donde
había pecado, paz donde rugía el enemigo. Es decir: la fe no solo
consigue lo difícil, sino que vence lo que parecía invencible.
Aplicado a lo nuestro:
·
Difícil: cortar un hábito, un pecado que te domina, perdonar de verdad, sostener a
alguien a largo plazo.
·
“Mar” (lo imposible): reconciliar una historia que parecía enterrada, volver a confiar después
de años, recuperar la esperanza en medio de una derrota, decir “no” a esa
tentación que te hundía porque nos apoyamos totalmente en Jesucristo.
No es autosugestión: es poner ‘tu sí’ en manos de Aquel que desarraiga
raíces viejas y planta vida
justo en el lugar del caos y la muerte.
La fe no solo mueve montañas: desarraiga
sicómoros y planta vida en medio del mar.
¿Qué quería decir Jesús con estas dos hipérboles, con estas imágenes
paradójicas? Que la fe puede obtener
resultados extraordinarios: no solo los difíciles, sino también aquellos
que todos consideran imposibles.
Jesús se lo había dicho al padre de aquel muchacho epiléptico: «Todo es posible para quien cree» (cfr.
Mc 9, 23).
Cuando lo difícil nos parece imposible
Podemos pensar en cosas que damos por perdidas.
¿La paz en el mundo? Suena imposible. Vivimos en una competición de amenazas,
ofensas y abusos. ¿Por qué? Porque no nos fiamos del Evangelio y queremos
arreglarlo todo “con nuestra cabeza”.
Si nos fiáramos aunque sea un poco:
si compartiéramos en lugar de
quitarnos, si recordáramos que
el dueño del mundo es Dios y no nosotros, si entendiéramos que ser humanos es amar y cuidar, no dominar… entonces no solo se apagarían guerras:
también bajarían las injusticias, la
miseria, el hambre.
Nuestra fe hecha decisiones y acciones
Cuando el prodigio no llega, solemos mirar al cielo; pero muchas veces lo que falta es nuestra fe hecha decisiones. Queremos seguir en lo mismo y, a la vez, que Dios borre las consecuencias. No funciona así: el milagro lo hace la fe cuando acogemos de verdad su propuesta y damos pasos concretos.
Volvamos al sicómoro y sus raíces tan profundas
Volvamos al sicómoro y sus
raíces hondas. En el corazón humano hay raíces que parecen imposibles de
arrancar: rencores antiguos, agravios sin curar, parejas rotas por una
traición. Son situaciones muy
difíciles —no imposibles—. Cuando uno se fía de Jesús y de su Evangelio,
la paz se recupera, la reconciliación llega, el perdón prende
y una relación puede reconstruirse.
Son posibles de arrancar esas raíces tan personales
Y en lo personal, más de lo mismo: hábitos y pecados que nos
esclavizan, vicios que parecen segunda piel, una vida de acomodos
que ya damos por normal. ¿Imposibles de desarraigar? No. Quien se fía de
Cristo también ahí ve el prodigio.
Si los prodigios no suceden, no es que Dios pase por encima de nosotros; espera nuestra acogida. Cuando nos
fiamos de su Palabra y actuamos en consecuencia, las cosas suceden.
Lo imposible no cede a la fuerza; cede
a la fe que decide. Para
dejarlo aún más claro, Jesús introduce ahora una parábola…
La
parábola de Jesús…
« ¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le
dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y
sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso tenéis
que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros:
cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos
inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».
La parábola del siervo:
Dos verdades que nos aterrizan
Jesús pone en escena a un esclavo que ha pasado el día arando. Vuelve
rendido y, contra lo que nosotros esperaríamos, el amo no lo sienta a la mesa
ni lo felicita. En tiempo de Jesús nadie se extrañaba. El siervo no tenía
derechos; se le pedía servir, punto. Jesús no está hablando aquí de justicia
social ni avalando la esclavitud; usa
un dato conocido para enseñar algo a quien quiera ser su discípulo. Y lo
hace con tres preguntas que llevan a dos verdades.
Las 3 Preguntas de Jesús.
1.- Lo
que no ocurre.
Estar
disponible para servir
La primera pregunta de Jesús: «¿le dice
cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”?»; “¿Dirá el amo al siervo: ‘ven, siéntate y come primero’?” La respuesta es
negativa, no. En el relato, el siervo sigue siendo siervo en el campo y
en casa, de día y de noche. Esa es su identidad:
estar disponible para servir.
Las 3 Preguntas
de Jesús.
2.- Lo
que Sí ocurre.
Estar
disponible para servir
La segunda pregunta de Jesús es lo que sí ocurre. «¿“Prepárame
de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás
tú”?». La respuesta es positiva, sí.
Choca con nuestra sensibilidad, pero recuerda: no es un manual de
relaciones laborales; es una imagen
pedagógica.
Jesús nos ofrece dos verdades claras.
1.- El discípulo es siempre siervo
¿A dónde va Jesús con esto? Jesús nos ofrece dos
verdades claras: La primera es sobre la identidad del discípulo. El discípulo
es siempre siervo.
Como la vid no deja de ser vid —de ella se esperan uvas, no granadas—, del
discípulo se espera servicio en todo momento y lugar. Esa es su
naturaleza: disponibilidad. No hay una franja horaria “sin servicio”.
Jesús nos ofrece dos verdades claras.
2.- El amo del discípulo es el que te necesita
¿Quién es el “amo” del
discípulo? Aquí está el giro: no es Dios en esta imagen. El
“amo” del discípulo es el que necesita;
es el pobre, el herido, el que llega tarde y sin fuerzas. Él es quien “manda” en nuestra agenda.
Y un discípulo atento no espera órdenes explícitas, sino que capta la necesidad y se adelanta.
El discipulado no es un título
‘ni algo consensuado sinodalmente’
Discípulo no es título, ni algo que un colectivo decide ‘democráticamente’
en un marco eclesial redefiniendo el contenido del mensaje a divulgar ni a ‘los
destinatarios interesados’ que deseen alcanzar. Ser discípulo es turno permanente de servicio —y el
que manda es el necesitado.
Y entonces surge la gran pregunta: ¿de dónde
nace esta naturaleza de siervo? Ahí nos lleva Jesús a la raíz de la fe que
transforma el corazón.
¿De dónde nace esta naturaleza de siervo?
Nace del Padre, que no se
impone ni se hace servir: ama y sirve.
Dios no juega a ser dueño de nadie; su estilo es darse. Por eso, lo contrario
del amor no es el odio (eso es
otra herida); lo contrario del amor es dominar,
hacerse servir. Y de eso en Dios
no hay rastro.
Este rostro lo vemos claro en Jesús de Nazaret, imagen viva del
Padre: «No he venido para ser servido, sino para servir» (cf. Mc
10,45).
Y lo selló con un gesto que no necesita discurso: lavó los pies a los suyos (cf. Jn 13). Ahí entendemos quién es
Dios y quién está llamado a ser su discípulo.
Por eso, el título más bello de la Biblia para los grandes de la historia
es «siervo del Señor»: personas que se ponen al servicio
del proyecto de Dios —su manera
de amar—. Esa es también nuestra
identidad.
Dios no domina, sino que sirve.
El discípulo no manda, sino que se pone
a servir. Por lo tanto aquel cura que diga en sus parroquias ‘aquí el que manda soy yo que para eso soy el
párroco’, que retorne al seminario porque está más atontado ahora que
cuando ingresó en el seminario.
Las 3 Preguntas de Jesús.
3.- El amo no debe nada al siervo
La tercera pregunta que Jesús plantea —y esta quizá es la más cruda, la que
nos sorprende más que las anteriores—: «¿Acaso tenéis que
estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?»; ¿Tendrá
quizá el amo obligaciones hacia ese siervo porque ha ejecutado sus mandatos? La
respuesta es: negativa, no. Recordad que el amor es aquel que te necesita, el
pobre (no hay que entenderlo simplemente como alguien desahuciado
económicamente).
“Siervos inútiles”:
la gratuidad del amor
Escuchemos el cierre de Jesús: «Lo mismo vosotros:
cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos
inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».
La frase nos incomoda y, sin embargo, no admite maquillajes: “inútiles” significa “inútiles”. ¿Por qué usa Jesús un lenguaje tan frontal?
Lo que ya hemos entendido:
El discípulo es siervo
Podemos aceptar que el discípulo es siervo: disponible en todo
momento, sin reclamar trono ni horario. Hasta ahí, bien.
El paso que nos falta:
Servir y gratis
Jesús lleva más hondo: no basta servir;
hay que servir gratis. El
discípulo no ama para cobrar —ni ahora ni “después”—. Ama porque es hijo del Padre, y el Padre no domina,
sino que ama y sirve.
No genera derecho a compensación por el trabajo:
No se ‘suman puntos’ ante Dios.
Por eso “siervos inútiles”: no
porque el trabajo bien hecho no valga, sino porque no genera derecho a compensación. El bien no se factura. Una
consecuencia directa de todo esto es que nos olvidemos de la espiritualidad de
los méritos. Jesús desactiva la lógica farisea de sumar puntos y exigir premio.
Dios no es el empresario que liquida nóminas al final del día. Si hemos amado, hemos hecho lo que tocaba. Punto. La
alegría es ver al hermano en paz, no el recibo del cielo.
Servimos
a los demás para parecernos a Dios
Servimos no para ganar a Dios, sino para parecernos a Dios. Y cuando, sin reclamar aplauso, decimos con
sencillez: «Hemos hecho lo que debíamos»,
entonces nuestra fe ha madurado. El amor del discípulo no cobra, sino que se entrega.
¿Qué tiene que ver esta parábola con la fe?
Jesús está hablando de fe, y
remata con una parábola sobre servir.
¿Por qué? Porque la fe no es una idea flotando, sino que toma forma de servicio.
Creer es fiarse del camino que Jesús te plantea
Creer en Jesús es fiarse de
su camino y adoptar su lógica:
la del siervo. Vivimos en un mundo donde muchos sueñan con ser amos; con mandar, imponerse, “que me sirvan”. Jesús llama a esa lógica
del Maligno porque fabrica
competencia, comparación y guerra. Y la tentación nos susurra: “Este mundo
no cambia; es imposible.”
Con la fe el mundo nuevo de
Cristo es posible
La parábola responde justo ahí; la
fe hace posible lo que parece imposible. ¿Un mundo nuevo donde nadie
compite por ser primero, sino que todos
se sirven? Humanamente suena a utopía.
Con la fe se arranca esas raíces tan profundas…
Evangélicamente, es el fruto de la fe
que se hace servicio. La fe arranca el sicómoro del yo primero —esas raíces hondas de
dominio— y lo planta en el mar del pecado
y la muerte, donde por sí mismo nada crece. Cuando confiamos en Jesús y
repetimos su “tú primero”, brota otra
humanidad: no de amos enfrentados, sino de hermanos.
Por eso Jesús une fe y siervo inútil: la fe madura cuando sirve sin contar méritos, cuando el
otro “manda” en mi agenda, cuando mi “sí” se traduce en disponibilidad. Ahí la fe deja de ser discurso y se vuelve mundo posible.
La fe verdadera no sube al trono, sino que se ata la toalla. Y así, lo imposible empieza.
El sicómoro no es casualidad;
sus raíces hondas y tercas retratan lo que nos ata por dentro y por
fuera. Ahí se agarran el “yo primero”,
el dominio, los rencores viejos, pero también las estructuras que normalizan la
injusticia y la violencia. Eso es lo difícil:
arrancar raíces que llevan años
creciendo. Y viene lo imposible:
plantarlo en el mar —en la
Biblia, el mar evoca muerte, pecado, caos, el enemigo—, es
decir, hacer que el servicio
eche raíces justo donde parece que nada bueno puede crecer.
Jesús dice que la fe puede con ambos pasos. ¿Cómo? No con golpes de efecto, sino
con un sí repetido que cambia la
lógica: del “que me sirvan” al “te sirvo”.
Cuando la fe se hace servicio gratuito
Cuando la fe se hace servicio gratuito —sin pasar factura, como el
“siervo inútil”—, las raíces del egoísmo
empiezan a soltarse, y el mar de
nuestro entorno (familia, trabajo, barrio) empieza a dar fruto: reconciliaciones que parecían imposibles, gestos de
justicia sencilla, paz donde antes había ruido.
Así se entiende el “prodigio mayor” del que hablábamos. No solo desarraigar lo viejo, sino hacer brotar fraternidad en medio del caos. Ese es el mundo que Dios quiere realizar; y si nos fiamos de su Palabra, empieza —hoy— por nuestras decisiones concretas. La fe arranca raíces de dominio y planta servicio en pleno mar, en medio de la vida cotidiana.












