Homilía del domingo VIII del Tiempo
Ordinario, ciclo a
sábado, 25 de febrero de 2017
Homilía del Octavo Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a
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Tiempo Ordinario Ciclo A
sábado, 18 de febrero de 2017
Homilía del Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a
DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a–19 de febrero
2017
Empieza la primera
lectura de hoy diciéndonos algo que es cotidiano para la vida de cualquier
cristiano, aunque –por desgracia- no nos demos cuenta: «El Señor habló así a Moisés».
Dios nos habla todos los días a cada uno de nosotros. De un modo muy evidente
lo hace cuando la Palabra
de Dios es proclamada en la
Asamblea.
El Señor nos pone
en algunas circunstancias para que –a pesar de nuestra ceguera espiritual- nos
demos cuenta de cómo Él siempre actúa. Nos pone un ejemplo, Jesucristo nos dice
«Amad
a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen». Esto
desconcierta a cualquiera. Realmente es pedir en demasía, es algo humanamente
imposible. Sería tanto como pegar un salto de un lado del acantilado al otro, estando
separados a mucha distancia habiendo un precipicio entre medias.
Algo en nuestra
vida cristiana no cuadra: Decimos que nos fiamos de Dios pero no terminamos de
abandonar nuestras propias seguridades. Algunos pueden decir que ellos no
tienen seguridades. ¡Ya, ya!: El tener una familia que te acoja cuando las
cosas no te van bien o has perdido el empleo, el tener una cuenta de ahorros
con dinero para poder usarlo en un ‘por si acaso’, un seguro de vida por si
hiciera falta hacer uso de él, el asegurarte un bien puesto de trabajo para
tener una estabilidad económica y social, etc. Y eso de amar a nuestros
enemigos, eso es muy exigente. Porque en el fondo amar a nuestros enemigos es
un acto de profunda humillación. Satanás te está todo el rato
diciéndote al oído: «no seas tonto, no te dejes pesar, defiéndete ya que tú
tienes toda la razón, ni se te ocurra humillarte ante ese prepotente, no
permitas que el otro pueda quedarse como vencedor». Y realmente puede ser que
uno tenga la razón en alguna cosa, pero tan pronto como entra en escena
Satanás todo queda envenenado. La batalla que uno ha de afrontar no está en
lo que tu hermano ha hecho o dejado de hacer, sino en tu interior en esa
soberbia que se revuelve o en ese orgullo que está hay haciéndose notar. Mi
enemigo, tu enemigo no está fuera, sino dentro.
Lo que hace impuro
al hombre no es lo come- se alimenta en la mente o en el cuerpo-, sino todo aquello que sale de él. Cristo
aceptó la grandísima humillación de ser contado entre los pecadores y ser
crucificado. Seguramente que llamaría poderosamente la atención a Poncio Pilato
y a Herodes el hecho de que Jesús de Nazaret tuviese una mirada serena y un
rostro en profunda paz aunque estuviese sufriendo en su carne lo que no está
escrito. Y al aceptar ese camino de humillación nos abrió las puertas del Reino
de Dios. Dense cuenta de cómo el mismo Satanás no se cansaba de tentar a
Jesucristo incluso estando clavado en la cruz: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate
a tí mismo y a nosotros!» (Lc 23, 39). También le decían: «A
otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, que el rey de
Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos» (Mc 15,
32). Y Cristo respondió con palabras de bendición: «Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen» (Lc 23, 34). E incluso le dijo al buen ladrón: «En
verdad te dijo, hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Hasta el punto que el centurión, al ver lo
ocurrido allí al pie de la cruz, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente,
este hombre era justo».
Esta muy claro que
ante los ojos de aquellos que vivan bajo los auspicios del mundo pasaremos por tontos y bobos. ¿Y por
qué lo hacemos de este modo? Porque el Señor nos ha ido dando razones y pruebas,
más que de sobra, que nos aseguran que Dios nunca abandona a aquellos que se acojan a Él.
¿Acaso el cuerpo de Cristo se quedó
pudriéndose en aquel sepulcro escavado en la roca? ¿Acaso María Magdalena y
aquellas mujeres que fueron muy de mañana al sepulcro llevando los aromas para
embalsamar el cuerpo de Jesús pudieron hacerlo? ¿Acaso pudieron embalsamar su
cuerpo? No pudieron embalsamar el cuerpo de Cristo porque su cuerpo no estaba
allí. La fuerza de la resurrección había desplazado la roca que tapaba la
entrada al sepulcro, los sellos (cfr. Mt 27, 66) que pusieron en la piedra para
asegurarse que nadie robase el cuerpo saltaron por los aires como si hubiera
habido una potente explosión fruto de la
intervención directa del mismo Creador, resucitándolo de entre los muertos.
Dense cuenta de lo
que suele pasar en nuestros pueblos, tantas familias que no se hablan con
otras, o incluso entre los miembros de la misma familia que ni se saludan por
motivos de herencias, de malos entendidos, de heridas del pasado sin
cicatrizar. Satanás contemplando este espectáculo se brota las manos y lo goza.
Pero si un cristiano se deja llevar por
el Espíritu Santo, se humilla, pide perdón –aunque los demás no quieran
acoger ese perdón que uno le da-, muestra su deseo de amar sellándolo con la oración, «Señor
no nos tengas en cuenta este pecado»; es entonces cuando Satanás se empezará a poner muy nervioso
y se revolverá con ira ya que nuestra alma se aleja de sus garras para
acercarse a la luz de la salvación.
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sábado, 11 de febrero de 2017
Homilía del Domingo Sexto del Tiempo Ordinario, ciclo a
DOMINGO SEXTO DEL TIEMPO ORDINARIO,
Ciclo a
Durante muchos años estaba
convencido que ser cristiano consistía en cumplir la Ley, rezar y asistir a la
Misa. E incluso uno se sentía 'satisfecho' porque se encontraba como 'en
condiciones' de pedir -o
exigir- cosas a Dios porque para eso uno 'se portaba' bien con Él ya que, prácticamente
la mayoría, pasaba totalmente de la Iglesia o de los asuntos de la fe. A todo
esto se sumaba que tampoco los que acudíamos al culto captásemos el hecho de
que la fe fuese un motor que bombease en el modo de proceder que veíamos en los
que tenían que ir por delante de nosotros. Es verdad que les veíamos rezar, que
eran educados, pero algo fallaba. A modo de ejemplo: es como si una pareja de
novios se hubieran acostumbrado a estar juntos pero sin la chispa del
enamoramiento mutuo.
Hace pocos días me encontré con los
padres de una muchacha que suele ir a las peregrinaciones a Lourdes que me
decían que su hija tenía mucha fe porque asistía siempre a la oración semanal en
la parroquia. A lo que pensaba en mi interior, ¿esa fe únicamente se manifiesta
acudiendo a esa oración? Satanás es muy zorro. Nos engaña con gran facilidad.
Nos hace creer que podemos seguir a Cristo sin renunciar a nuestros ídolos. Nos
hace creer que ser buenos cristianos y dejar las cosas de nuestra vida tal y
como están son cosas compatibles. Tantos
años pensando de este modo han ido creando cristianos con importantes
minusvalías tanto en su propia fe como en el modo de trasmitir esa fe a las
generaciones siguientes.
Hay una dolorosa tradición china del
vendados de pies. Las mujeres sufrían un dolor inmenso con tal de tener un pie
pequeño, de tal modo que quedaban deformes. Esto es lo que hace Satanás con
nuestra alma. Y como este ser cornudo, con rabo y tridente nos tiene tan engañados
porque nos sigue seduciendo con lo fácil y nos dice lo que queremos escuchar.
El Demonio es como esa araña de grandes proporciones que nos va atando,
rodeando y vendando con su particular tela. Nos domestica y nos convence
diciéndonos que 'todo va bien en tu vida'. Es nuestro faraón de Egipto que no
quiere que nada cambie. A lo que la
Palabra de Dios sale a nuestro socorro.
El apóstol San Pablo ha adquirido
una visión sobrenatural de la realidad porque Jesucristo es su único amor. Es
capaz de dar a cada situación su tratamiento justo, de tener la palabra
oportuna y el gesto acertado. Nos dice el apóstol: «Hablamos, entre los perfectos,
una sabiduría que no es de este mundo». Pero claro ¿cómo podemos
escuchar y hablar en esa sabiduría? Está muy claro que para escuchar esa
sabiduría de Dios uno tiene que empezar a coger las tijeras para ir cortando
esa tela de araña que te tiene apresado y enrollado. Porque hay cosas en tu
vida que están coartando tu libertad, que te impiden amar como quisieras o
aceptarte como deberías hacerlo. Pero ten cuidado, porque con el Demonio pasa
lo mismo que con los jabalís heridos, que se vuelven muy violentos y te atacan.
El Demonio no dudará en atacarte en tu particular talón de Aquiles tan pronto
como le lleves la contraria. Y todos sabemos cuál es nuestro talón de Aquiles
que haría que todo podría quedar desestabilizado. De ahí la importancia de tener el talón
protegido con el calzado de la obediencia a la Palabra y llevarla adonde con
nosotros adonde vayamos.
Lectura del libro del
Eclesiástico 15, 16-21
Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18.
33-34 R. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor
Lectura de la primera carta
del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10
Lectura del santo evangelio
según san Mateo 5, 17-37
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sábado, 4 de febrero de 2017
Homilía del Domingo Quinto del Tiempo Ordinario, ciclo a
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Tiempo Ordinario Ciclo A
sábado, 28 de enero de 2017
Homilía del Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a
DOMINGO CUARTO DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo
a
«Lo necio del mundo lo
ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha
escogido Dios para humillar el poder». Estas palabras han sido hoy
proclamadas en la segunda lectura. El Señor nos ha escogido para que estemos
con Él. Quiere que nosotros seamos miembros de su Pueblo santo. Nos ha escogido
pero seguimos en este mundo y en medio de esta sociedad donde parece que todo
puede cambiar conforme a los diversos consensos que se puedan dar. Hace unos
días en las noticias comentaron que una asociación había sacado unos
calendarios cuyos meses acababan en la vocal ‘a’, como para reivindicar el
género femenino de los meses: ‘enera, febrera, marza, abrila, etc.’ También
contaban cómo el nuevo presidente de los Estados Unidos, Donand Trump con una
serie de órdenes ejecutivas suspende la acogida de refugiados y se pretende
levantar un muro en toda la frontera mejicana. Parece que lo que importa es dar
respuesta a las pretensiones de unos votantes, aunque no sea lo justo.
Resulta curioso pero esta sociedad se rige por una
serie de mandamientos mundanos que muy pocos locos nos atrevemos a desafiar –y
no siempre.
Lo nuestro es ‘buscar al Señor’, el profeta Sofonías ya nos lo indica: «Buscad al Señor, los
humildes, que cumplís sus mandamientos». Éste es nuestro programa de
vida: Buscarlo y confiar en Él.
En cambio el mundo
tiene sus propias reglas y sus propios mandamientos mundanos. Dos de esos
mandamientos mundanos son: la mayoría es la que establece lo que es lo correcto
y el que es diferente te va a acarrear problemas ya que lo importante es tu
seguridad y tu bienestar. Nosotros al
ser escogidos de entre la gente somos extraños para el mundo, como dice San
Pablo en la carta a los Filipenses: «Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del
cielo, de donde aguardamos un Salvador: El Señor Jesucristo» (Fil 3,
20). Y es más, recordemos esa súplica tan entrañable que lanza San Pablo para
que sea oída por el Padre en favor de los creyentes en Cristo: «Él nos ha sacado del
dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su Amor, por
cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados»
(Col 1, 13-14). Es decir, hemos sido
escogido y hemos sido trasladados a un reino, pero ¿cómo es posible que
estemos trasladados si yo no veo que haya cambiado de lugar? ¿Dónde está el
palacio, el trono real, dónde están los dominios y territorios de mencionado
reino? ¿Por qué yo no lo veo? Si he sido trasladado ¿por qué no me he movido
del mismo lugar? ¿Acaso un traslado no es pasar de un punto ‘A’ a un punto ‘B’?
El
pecado -o sea nuestro particular faraón de Egipto- es el que impide que
nosotros no seamos trasladados. Nuestro
particular faraón no quiere que nos convirtamos, apuesta de lleno por el
inmovilismo y nos afirma que estamos muy bien como estamos, que no cambiemos
nada.
En
cambio el Espíritu Santo nos plantea una proyecto de vida que conduce a la Salvación : «El Señor abre los
ojos al ciego», reza el Salmo responsorial. Uno es ciego cuando el pecado
se hace presente en la propia existencia, por eso nadie puede gloriarse en la
presencia del Señor porque somos pecadores y pecamos. Somos indignos siervos
suyos y si estamos ante su presencia es porque Él está ejerciendo su
misericordia. Es como si el Espíritu Santo, mientras aún caminamos por esta
tierra, deseara resucitar nuestra alma
y así empezar a vivir desde la fe en
Cristo. Es como si desde lo Alto tuviésemos un nuevo nacimiento donde se nos infundiese un discernimiento de las
diversas realidades temporales y celestiales. ¿Cómo es posible que
nosotros, siendo cristianos de ‘pura cepa’, bautizados a los pocos días de
nacer y de familias cristianas no sintamos ese cambio tan importante y radical
en nuestras existencias?
Nuestras
parroquias y nuestra diócesis está
siendo urgida por el Espíritu a ser esa Patria celestial ya anticipada en
nuestra tierra. De tal modo que, cualquiera movido por la curiosidad,
pudiera como mirar a través de una cerradura y descubrir la riqueza insondable
de aquellos que luchan contra Satanás por vivir desde la fe en Cristo. De tal
modo que cualquiera pudiera intuir sobre lo que implica el estar siendo movido
por el Espíritu de Dios. Y entonces ¿como es posible que dentro de la Iglesia no se produzca ese
traslado? ¿Acaso será que tenemos echada la pesada ancla del pecado en la barca
de la Iglesia ?
Si hemos sido sacados del dominio de las tinieblas ¿cómo es posible que nuestro
modo de vivir no cuestione a los demás y no seamos sal y luz?
La
respuesta siempre lo tiene la
Palabra de Dios. Nos dice el Salmo que «El Señor liberta a los cautivos». ¿Y
cómo nos liberta? Poniendo ante nuestros ojos la verdad de nuestra vida. Que no
somos tan buenos como nos pensamos. Ilumina los ojos de nuestro entendimiento
para que descubramos y reconozcamos nuestro pecado. Cristo nos urge a la
conversión. Cristo tiene un claro
programa para nuestra vida: Razonar, sentir y actuar con criterios que sean
consecuencia de una profunda renovación de toda la persona. Las
bienaventuranzas van por esta línea: Son el termómetro más preciso para
calibrar si nuestra vida cristiana es sociológico –dado y heredado por un
ambiente social o familiar- o si está siendo motivo de persecución, de
renuncia, de exclusión, de profunda lucha interna por ser fiel a Cristo y ‘un
bicho muy raro’ entre los del mundo.
Recordemos que seguimos a uno que fue crucificado y el mundo sólo
quiere oír hablar de facilidades y triunfadores.
Lecturas:
Lectura
de la profecía de Sofonías 2, 3; 3, 12-13
Sal 145,
7. 8-9a. 9bc-10 R. Dichosos los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Lectura
de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 26-31
Lectura
del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12ª
29 de enero de
2017
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sábado, 21 de enero de 2017
Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a
DOMINGO TERCERO DEL TIEMPO
ORDINARIO, Ciclo a, 22 de
enero 2017
«En otro tiempo el Señor humilló al
país de Zabulón y de Neftalí». Zabulón y Neftalí eran dos de los doce hijos de
Jacob (Gn 46, 14. 24), cuando huyendo del hambre van a Egipto. Recordemos cómo
Dios salvó al pueblo Judío de morir de hambre gracias a José, aquel que fue
vendido a unos mercadores por sus hermanos. Estas tribus tenían su porción de
tierra, pero ambas sufrieron la invasión del enemigo y la deportación. Tierras que
fueron devastadas y entregadas en gran parte a manos de los gentiles.
Y en medio de esa situación de
opresión llegará la luz. Cada uno de nosotros, en nuestra vida, tenemos un
particular territorio de Zabulón y de Neftalí que está siendo oprimido por el príncipe de las tinieblas. Sufrimos
la invasión del pecado y somos entregados a los brazos de la muerte. En medio
de esta desolación generada por nuestro pecado, vamos deambulando de un lado
para otro.
Nos desazonamos porque las cosas no
nos van bien; sentimos que las situaciones y las personas se han aliado en
contra de uno y nos sentimos víctimas de injusticias: ¿por qué me tiene manía
esa persona?; ¿por qué no me habrán promocionado en la empresa con un puesto de
mayor nivel y salario?, ¿es que acaso no lo valgo?; ¿por qué mi esposa no me
responde con aquel afecto que tenía antes conmigo?; ¿Por qué no encuentro esa
ilusión que necesita mi corazón es que acaso soy menos que esos otros?, etc. En el fondo somos supervivientes de esa
tragedia, porque aunque muy heridos, seguimos dando bandazos de un lado para
otro, porque lejos de ir hacia Cristo hemos preferido avanzar movidos por las
seducciones de lo mundano. Estamos dando bandazos, oprimidos, hambrientos, ya
que nada puede saciar nuestra hambre y la sed.
Estamos siempre de 'mala leche',
cabreados con nosotros mismos y con los demás, renunciando a la historia que
Dios quiere hacer con cada uno. Estamos gruñones, protestones, criticones,
haciendo juicios a mansalva a diestra y siniestra. Y además, como no queremos
hacer frente a nuestro pecado, lo que hacemos es ocultarlo lo más posible en
las profundidades de las cavernas de nuestra alma. Además nos disculpamos: 'todos
lo hacen, si se quieren por qué no van a vivir juntos, ahora estas cosas son
normales, es normal que salgan y beban, déjales que para algo son jóvenes…' Pero
sigue estando ahí, y esa herida no se sana, sino que se desangra. Nos pesa
demasiado el yugo de nuestro pecado, nos oprime y nos hace estar medio
arrastrados en el fango sin poder casi avanzar.
En esta situación tan lamentable para
nuestro ser, Cristo sale a nuestro encuentro y con una simple mirada nos dice:
¿Qué quieres que haga por ti? Su Palabra llega a nuestros oídos, y como si
fuera un fuerte soplido de aire frente al vapor de agua que se desprende de una
olla en ebullición, se crea por un instante un agujero en mitad de ese vapor
para poder ver más allá del fango del pecado de donde estamos inmersos. Y no
sólo eso, sino que además el Señor se establece junto a nuestro particular lago
-tal y como hizo estableciéndose en Cafarnaún, junto al lago-, junto a ese lago
que representa todo lo peor que somos cada uno. El lago, el mar representa la
muerte, nuestro pecado, la muerte óntica del ser. Y se
queda el Señor a la orilla de nuestro lago del pecado para ser curados por Él,
siempre que lo deseemos. Y si lo deseamos el peso del yugo sobre nuestros
hombros va desapareciendo y sentimos el poder de Cristo que descansa sobre su
hombro. Cómo nos levanta, cómo nos venda las heridas, cómo nos habla al
corazón.
Cristo ha sido coronado como
Rey de nuestra vida y con Él somos capaces de establecer los planes conforme a
la voluntad del Señor,
planes que pueden producir obras de salvación. En el momento en que Cristo
asciende al trono esta situación de opresión y pobreza cesa. Esto es fruto de
una renovación interior.
Cristo, en el Evangelio nos dice que
«dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio
de Zabulón y Neftalí». Permitamos que el Señor se establezca y ejerza su
señorío en nuestros particulares Zabulón y Neftalí. Para que Cristo, que es
nuestra luz, pueda iluminar intensamente las profundidades de las cavernas de
nuestra alma y sanar aquellos pecados que tan escondidos hemos dejado.
Lecturas:
Lectura
del libro de Isaías 8, 23b-9, 3
Sal 26, 1.
4. 13-14 R. El Señor es mi luz y mi salvación.
Lectura de
la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17
Lectura
del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23
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miércoles, 28 de diciembre de 2016
Aniversario de la fundación de Palencia, 29 de diciembre de 1580 - 29 de diciembre de 2016
Aniversario
de la fundación en Palencia
29 de
diciembre de 1580 - 29 de diciembre 2016
El día 29 de diciembre de 1580,
"día del rey David", Teresa de Jesús (con sesenta y cinco años de
edad) establecía en Palencia el Carmelo de San José, su decimo cuarta
fundación. En el capítulo 29 del Libro de las Fundaciones ya nos lo dice: «Habiendo venido de la fundación de
Villanueva de la Jara, mandóme ir a Valladolid, a petición del obispo de
Palencia, que es don Álvaro de Mendoza, que el primer monasterio, que fue San
José en Ávila, admitió y favoreció, y siempre, en todo lo que toca a esta
orden, favorece; y, como había dejado el obispado de Ávila y pasádome a
Palencia, púsole nuestro Señor en voluntad que allí hiciese otro de esta
sagrada orden».
Los entendidos en la materia suelen
manifestar que sorprende la facilidad con que se concluyó esta fundación,
teniendo en cuenta que la ciudad vivía en aquellos momentos transformaciones
importantes tanto en lo político como en lo eclesiástico. Recordemos que por
aquel entonces, en el terreno propiamente religioso, aún estaba pendiente de
introducir la reforma del clero aprobada por el Concilio de Trento. Los
canónigos palentinos se mostraban reticentes a todo cambio, parapetándose en el
antiguo privilegio de no ser visitados por el Obispo sin jueces adjuntos, ni
permitir visitar a los curas de sus parroquias. No es extraño que al año de
llegar a la mitra, don Álvaro de Mendoza mostrase sumo interés en traer a
Palencia el Carmelo Descalzo como ejemplo de reforma, favoreciéndole desde el
comienzo.
Santa Teresa de Jesús nos cuenta: «Tomé dos monjas para comprar la casa. Ya,
aunque me decían no era posible vivir de limosna en Palencia, era como no me lo
decir; porque, haciéndola de renta, ya veía yo que por entonces no podía ser, y
pues Dios decía que se hiciese, que su Majestad lo proveería».
Igualmente sorprende que en una
ciudad con recursos muy escasos, no surgieran inconvenientes para la fundación
de un monasterio sin rentas, que tendría que vivir por tanto de limosnas. La
Santa lo atribuyó en gran medida a la condición generosa de los palentinos: «Yo no querría dejar de decir muchos loores
de la caridad que hallé en Palencia, en particular y general. Es verdad que me
parecía cosa de la primitiva Iglesia, al menos no muy usada ahora en el mundo,
ver que no llevábamos renta, y que nos habían de dar de comer, y no sólo lo
defenderlo -no estorbarlo-, sino decir que les hacía Dios merced grandísima».
No faltaron tampoco personas estimadas en la ciudad por su nobleza y virtudes
que la ayudaron decididamente. El sobrino de don Francisco Reinoso, llamado
Jerónimo -"el santo canónigo"-, muy querido por el pueblo por sus
constantes obras de caridad, fue quién recibió el encargo de Santa Teresa de
preparar la casa que ya había tomado prestada el padre Gracián en la calle Mazorqueros (la actual Colón nº 22).
En la casa alquilada, donde se alojaron nada más llegar a Palencia, Teresa de
Jesús y las carmelitas, recibieron una gran acogida y apoyo. Ella misma nos lo
describe: «Es la cosa más extraña que he
visto; ninguna persona hubo que le pareciera mal. Mucho ayudó saber lo que
quería el obispo, por ser allí muy amado. Más toda la gente es de la mejor masa
y nobleza que yo he visto, y así cada día me alegro más de haber fundado allí».
Tal día como hoy hace 436 años se
celebró la primera Misa en aquella casa alquilada del Monasterio fundacional en
la actual calle Colón nº 22. Dos días después se puso y tañeron la campanilla.
Santa Teresa de Jesús y las carmelitas permanecieron en esta casa alquilada
hasta el 26 de mayo de 1581 día de la Traslación del Santísimo, saliendo de
esta casa en solemne procesión.
Ustedes, en el Carmelo están
siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican
totalmente a Dios como a su amor supremo, y entregadas por entero a Cristo,
edifican la Iglesia y colaboran en la salvación del mundo.
domingo, 25 de diciembre de 2016
Rocío Dúrcal - CAMINO DE BELÉN
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