viernes, 28 de noviembre de 2025

Homilía del Primer Domingo de Adviento, Ciclo A Mt 24, 37-44 «a una se la llevarán y a otra la dejarán».

 Homilía del Primer de Adviento, ciclo A

Mt 24, 37-44 «a una se la llevarán y a otra la dejarán».

 

Imaginemos la escena. Es de tarde, el aire empieza a refrescar en Jerusalén. Jesús está sentado en el monte de los Olivos, frente al templo, junto a sus discípulos. Desde allí el santuario impresiona: es sólido, brillante, parece eterno. Y, sin embargo, Jesús acaba de anunciar su ruina. Falta poco para la Pascua, la ciudad se llena de peregrinos, las calles hierven de vida religiosa… y, en medio de todo ese movimiento, el Maestro se atreve a hablar del fin de un mundo.

 

El fin del mundo tejido por el pecado

Los discípulos perciben enseguida que Jesús no está haciendo catastrofismo barato. No está diciendo que el universo entero vaya a saltar por los aires. Habla de otro mundo que está llegando a su término: el mundo tejido de pecado, de injusticias, de violencias, de ídolos que esclavizan. Ese “mundo viejo” —que también reconocemos muy bien en nuestro tiempo— es el que está condenado a desaparecer. Y Jesús, lejos de sembrar miedo, está anunciando una noticia gozosa: Dios no se resigna a un mundo inhumano.

Para decirlo, recurre a un lenguaje que a nosotros puede resultarnos extraño: el lenguaje apocalíptico (cfr. Mc 13, 24-25). «El sol se oscurecerá, la luna dejará de dar su resplandor, las estrellas caerán del cielo…». A nuestros oídos quizá suena a película de catástrofes. Pero los primeros oyentes de Jesús comprendían bien esas imágenes. Sabían que no se trataba de astronomía, sino de teología.

 

Los ídolos nos roban la libertad y la vida

En el antiguo Oriente Medio, el sol, la luna y las estrellas no eran solo objetos celestes sino que eran divinidades. Se las adoraba porque se les atribuía el poder sobre la vida y el destino de los hombres. El sol egipcio, Atón, derramando sus rayos sobre el faraón; el dios luna en Mesopotamia; Istar, la estrella de la mañana, identificada con Venus… Eran “poderes de lo alto”, fuerzas misteriosas a las que se sacrificaba la libertad y la vida.

 

El mundo gobernado por falsas divinidades

está llegando a su fin

Cuando Jesús anuncia que el sol se oscurece, que la luna no brilla y que las estrellas caen, está diciendo algo muy concreto: el sistema de los ídolos está en crisis terminal. El mundo gobernado por falsas divinidades está llegando a su fin. Los dioses fabricados por el corazón humano van a quedar desenmascarados. Podríamos traducir así sus palabras: “Todo lo que habéis puesto en el lugar de Dios va a perder su brillo. Todo lo que parecía absoluto se va a revelar frágil”.

Y quizá aquí podemos preguntarnos: ¿qué astros hemos colocado nosotros en nuestro propio cielo? ¿Qué realidades hemos elevado a la categoría de “intocables”, como si de ellas dependiera nuestra salvación?

 

Cuando el dinero sube al cielo,

la dignidad de muchos cae a tierra

No hace falta mucho esfuerzo para reconocer que seguimos fabricando dioses. No tienen nombres mitológicos, pero gobiernan la vida de millones de personas. Uno de ellos, muy conocido, es el dinero.

Cuando el dinero se convierte en el criterio último de nuestras decisiones, cuando todo se mide en términos de beneficio, cuando el objetivo de la existencia es acumular, entonces ese “dios” se sienta en el trono. Lo vemos, por ejemplo, en las rentas desorbitadas de tantos pisos: propietarios que suben el alquiler “porque el mercado lo permite”, mientras familias con sueldo mínimo, con hijos y otras cargas, entregan más de la mitad de lo que ganan solo para poder mantener un techo digno. Lo vemos en una diócesis que recibe una herencia millonaria y que, en lugar de dejar que el Evangelio sueñe a lo grande con las Iglesias pobres de otros continentes o con las comunidades más frágiles, termina invirtiendo sobre todo en reformas y comodidades de las que, en el fondo, se podría prescindir. Lo vemos también en instituciones, incluso eclesiales o sociales, que reclaman públicamente el derecho a un trabajo y a un salario justos, mientras dentro de casa mantienen contratos precarios, sueldos insuficientes y escaso reconocimiento de los estudios y méritos de sus propios trabajadores. Y lo vemos, de manera especialmente dolorosa, cuando algunos sacerdotes van de convento en convento, de cofradía en cofradía, de asociación en asociación, ofreciendo novenas, triduos y misas casi como un catálogo de “servicios religiosos”, buscando poco a poco un buen “colchón” económico y corriendo el riesgo de mirar el ministerio más como fuente de ingresos que como entrega evangélica al estilo de Jesús, pobre entre los pobres.

 

Todo ídolo promete luz,

pero termina robándonos la vista.

El resultado no tarda en aparecer: un mundo envuelto en las tinieblas del egoísmo, una sociedad donde el sufrimiento de muchos es el precio “normal” del bienestar de unos pocos, un interminable desfile de dramas, soledades y lágrimas. Si miramos a nuestro alrededor —y a nuestro propio corazón— no nos cuesta ver cómo la idolatría nunca es inocente: siempre termina generando víctimas. ¿No sentimos a veces que ciertas lógicas económicas o sociales, e incluso ciertas prácticas dentro de la Iglesia, se tratan como “sagradas”, intocables, aunque hieran la dignidad de las personas y desfiguren el rostro del Evangelio que decimos anunciar?

Junto al dinero, seguimos encumbrando a los poderosos, a los “superhombres” de turno: líderes, celebridades, figuras públicas a las que atribuimos casi un aura de infalibilidad. Los colocamos “en el cielo”, como si estuvieran por encima de todo juicio y de toda limitación. Pero el Evangelio nos recuerda con serenidad: el cielo no es su casa. El cielo es la morada del único Dios. Todos los demás —por muy brillantes que parezcan— son simplemente hombres y mujeres, con su fragilidad. Su falso resplandor está destinado a apagarse. Todo ídolo promete luz; al final, lo único que hace es robarnos la vista.

Quizá una primera idea-fuerza podría resonar así: Todo ídolo promete luz, pero termina robándonos la vista.

 

“Cielos nuevos y tierra nueva”:

Una promesa que no es evasión

Mucho antes de Jesús, un profeta anónimo —en torno al 450 a. C.— se atrevió a anunciar esperanza en medio de un tiempo duro: injusticias sociales, corrupción religiosa, degradación moral. En ese contexto, se escucha una promesa sorprendente: «El Señor creará cielos nuevos y una tierra nueva» (cfr. Is 65, 17). No se trata de una invitación a huir de la historia, sino de un anuncio: Dios no abandona su creación a la corrupción.

Jesús se sitúa en esta misma línea. Cuando habla del fin del mundo viejo, está evocando la espera de ese mundo nuevo, de esos cielos purificados de ídolos. El relato del jardín de Edén no es solo la melancólica memoria de un paraíso perdido; es, sobre todo, el proyecto de un mundo nuevo al que estamos llamados. No es un sueño ingenuo, sino una vocación: colaborar con Dios en la construcción de una humanidad reconciliada.

 

La justicia de Dios nos sana desde dentro

Los primeros cristianos lo creyeron con fuerza. La segunda carta de Pedro lo expresa con claridad: «Pero nosotros, conforme a la promesa de Dios, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habite la justicia» (cfr. 2 Pe 3, 13). No es una justicia vengativa, sino la justicia de Dios: un orden nuevo donde reine la paz, el amor, la alegría, la fraternidad. Esos “cielos nuevos y tierra nueva” no son una especie de mundo paralelo que no tiene nada que ver con este, sino la misma creación transfigurada, sanada desde dentro.

Aquí podemos dejarnos interpelar: ¿Creemos de verdad que es posible una humanidad distinta, o nos hemos resignado a que “las cosas son así y no van a cambiar”? ¿Nos vemos como espectadores que esperan el fin, o como colaboradores de ese mundo nuevo que Dios sueña? Tal vez una segunda frase pueda condensar el núcleo de esta esperanza: El fin del mundo viejo no es la ruina de todo, sino el parto de algo nuevo.

 

¿Quién inaugura este mundo nuevo?

Llegados aquí, la gran pregunta surge casi sola: si este mundo viejo, marcado por los ídolos y la injusticia, está destinado a desaparecer, ¿quién puede dar inicio al mundo nuevo? Jesús. Nosotros deseamos esa transformación, pero sabemos que no nos bastamos. Nuestra experiencia de pecado, de límites, de incoherencias nos lo recuerda a diario. Lo vemos cuando una familia vive agobiada por las deudas y, al abrirle un hueco al Señor en su vida, empieza por gestos pequeños pero muy concretos: rezan juntos antes de dormir, revisan sus gastos a la luz del Evangelio, deciden ser más austeros en lo superfluo para poder ser más generosos, se atreven a pedir ayuda y consejo, se reconcilian con más humildad. La situación económica no cambia de la noche a la mañana, pero sí cambia el clima espiritual de la casa: menos reproches, más escucha, más confianza. Lo vemos también cuando una persona con responsabilidad en una empresa o en una obra social toma decisiones no solo con la calculadora, sino dejando que el Evangelio le cuestione. Y lo vemos, de manera muy honda, cuando alguien herido por una traición o una injusticia vive una auténtica noche interior y, en medio de esa oscuridad, escucha en la oración —quizá a través del Evangelio, de una homilía, de un buen acompañante— la voz de Jesús que le dice: “No te pido que olvides sin más, te ofrezco caminar contigo hacia el perdón” (cfr. Mt 18, 21-22). Perdonar no significa negar la herida, sino dejar que Cristo la toque y la vaya transformando. El proceso es lento, lleno de idas y venidas, pero un día esa persona descubre que ya puede rezar por quien le hizo daño, que el rencor ya no manda tanto, que hay un espacio de libertad interior nuevo. El hecho doloroso no ha desaparecido, pero ha sido “releído” en Cristo.

El Evangelio responde que es Jesús quien viene a inaugurar ese mundo nuevo. Él es el criterio desde el cual se desenmascaran los ídolos; en su rostro vemos el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre. En Él se anticipan ya, de algún modo, esos “cielos nuevos y tierra nueva” que esperamos (cfr. 2 Pe 3, 13).

El texto nos invita a ponernos a la escucha: ¿con qué nombre se presenta Jesús cuando anuncia el fin del mundo viejo y el comienzo del nuevo? ¿Qué título utiliza para hablarnos de su venida y de su misión? La respuesta no es un mero dato teórico; de ese nombre dependerá también la imagen que tenemos de Dios, de la historia y de nosotros mismos.

Podemos quedarnos con esta pregunta para seguir orando y pensando:
Si Jesús viene a inaugurar un mundo nuevo, ¿qué lugar le dejamos en el nuestro?

 

Cuando llega el Hijo del hombre,

se acaba la ley de la selva

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé».

«Hijo del hombre» es una expresión que encontramos en los Evangelios unas setenta veces en labios de Jesús. Es, de hecho, el título que Él más utiliza para hablar de sí mismo. «Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos; el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (cfr. Mt 8, 20). «¿Quién decís que es el Hijo del hombre?» (cfr. Mt 16, 13), es decir: ¿qué habéis comprendido de mí?, ¿quién soy yo de verdad? «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán» (cfr. Mc 9, 31). Detrás de estas palabras hay una autodefinición continua: Jesús se presenta una y otra vez como ese misterioso Hijo del hombre.

Pero ¿quién es este Hijo del hombre? En hebreo, בן אדם (ben ʼadam) significa, en primer lugar, simplemente “ser humano”, un hombre como tantos. En el libro de Daniel, sin embargo, esta expresión adquiere un relieve especial: después de la aparición de varias bestias que simbolizan los grandes imperios construidos sobre la violencia, el dominio y la competición, irrumpe en escena «uno como hijo de hombre» (cfr. Dn 7, 13). Es la forma de decir que después de tanta ferocidad, por fin aparece alguien verdaderamente humano, no una fiera más.

Y entonces sucede algo sorprendente: el Anciano, es decir, Dios, entrega a este hombre el poder, la gloria y el reino. «Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino no será destruido» (cfr. Dn 7, 14). Mientras que antes a una bestia le seguía otra, y a un imperio violento otro imperio todavía más violento, ahora, cuando comienza por fin un reino verdaderamente humano, ese reino está llamado a durar para siempre.

 

Con Jesucristo entra en la historia una humanidad

capaz de ponerse al servicio en lugar de

aplastar al hermano.

Cuando Jesús se llama a sí mismo Hijo del hombre, está diciendo justamente esto: con Él entra en la historia una humanidad nueva, plenamente conforme al corazón de Dios. Una humanidad capaz de amar en lugar de competir, de ponerse al servicio en lugar de aplastar al hermano, de caminar como cordero y no como fiera. Podríamos preguntarnos entonces: ¿qué parte de nuestro corazón sigue soñando con la lógica de las bestias, y qué parte se deja ya transformar por este Hijo del hombre que nos enseña a ser, por fin, verdaderamente humanos?

 

El hombre de verdad es el que sirve, ama y no aplasta

Recordemos a Pilato cuando presenta a Jesús al pueblo. No dice simplemente: «Aquí lo tenéis», sino: «He aquí el hombre» (cfr. Jn 19, 5). Como si el Evangelio nos susurrara: este es el ser humano en plenitud, este es el hombre de verdad: no el que mata, sino el que entrega la vida; no el que domina, sino el que sirve; no el que aplasta, sino el que ama. Se es verdaderamente hombre no cuando se impone, sino cuando se dona.


En Jesús,

Dios nos devuelve el rostro auténtico del hombre.

¿Cuál fue la respuesta de los sumos sacerdotes y de los guardias ante este hombre nuevo? «¡Quítalo de en medio!… ¡Crucifícalo!» (cfr. Jn 19, 15). Ellos representan ese mundo viejo que se resiste a morir, ese sistema de fieras que se alimenta de la violencia, del miedo, del poder. Las fieras no soportan al hombre auténtico: es demasiado distinto, es su contrario, les resulta incómodo. Por eso lo atacan. Jesús es rechazado precisamente por ser Hijo del hombre, es decir, por ser verdaderamente humano según Dios.


El mundo viejo siempre grita:

«¡Quitadlo de en medio!»

cuando aparece el amor verdadero.

Naturalmente, quienes quieran seguirle por este camino no deben esperar un destino distinto. Jesús mismo lo ha dicho con claridad: «Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (cfr. Jn 15, 20). Es como si nos advirtiera: si os atrevéis a ser hombres y mujeres según el Evangelio, el mundo viejo reaccionará.


Ser verdaderamente humano según Jesús

no es compatible con la lógica de las fieras.

Nos queda entonces una pregunta: ¿cómo terminará esta lucha entre el mundo de las fieras, que se empeña en continuar, y el mundo verdaderamente humano que Jesús propone? El vidente del Apocalipsis nos ofrece una mirada al desenlace. Al final del libro se lee: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía» (cfr. Ap 21, 1). Es una imagen cargada de significado: en Daniel, las fieras salían precisamente del mar; ahora, en la consumación del proyecto de Dios, «el mar ya no existía», es decir, desaparece el caldo de cultivo del mal, el escenario del que surgían los monstruos.


El futuro no pertenece a las fieras,

sino a los corderos.

Así se cerrará la historia humana: no con el triunfo definitivo de las fieras, sino con la victoria de la humanidad nueva querida por Dios. El designio del Padre es claro; un mundo sin bestias, un mundo de hombres y mujeres que se parezcan a su Hijo.

Y entonces la pregunta se vuelve muy personal: ¿con qué disposición queremos esperar la venida del Hijo del hombre? Jesús mismo nos lo explicará tomando como referencia el relato del diluvio. Pero antes de escucharle, quizá vale la pena dejarnos tocar por esta cuestión:
Si Jesús es el Hombre verdadero, ¿le dejamos entrar en nuestra vida o preferimos que lo “quiten de en medio” para que nada cambie demasiado?

  

         Pone en paralelo lo que sucedía en tiempo de Noé

y lo que puede suceder hoy

«En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre».

¿Qué hacían en tiempo de Noé? «la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo». No hacían nada extraño ni nada malo. Hacían lo que también nosotros hacemos hoy.

 

Hay dos maneras de posicionarse: justificar mi egoísmo o dejar que el Evangelio lo desmonte

Pero hay dos maneras de comer y de beber. Hay dos maneras de vivir la propia afectividad y sexualidad.

Hay quien se alimenta pensando solo en sí mismo: acumula pan, nunca le basta, se desentiende de las necesidades de los demás e incluso gruñe si alguien se acerca a pedirle un poco. Y hay, en cambio, quien se contenta con el pan de cada día, quien parte ese pan y lo comparte con el hermano. Son modos muy distintos de responder a las mismas necesidades biológicas.

También aquí se abren dos caminos; hay quien busca únicamente su propio placer y se pregunta solo si él está satisfecho; y hay quien solo se siente verdaderamente feliz cuando ve feliz al otro, cuando su alegría es compartir y no poseer.

El egoísmo, centrado en el “yo primero”, es lo que caracteriza al mundo viejo. La comunión, el amor y la atención concreta al otro son ya, aquí y ahora, el mundo nuevo. Y quizá podamos preguntarnos: ¿desde qué mundo estamos alimentando nuestras decisiones de cada día?

 

El diluvio: naufragio de una humanidad sin Dios

Podemos releer así el episodio de Noé: ¿Cuál fue, en el fondo, el error de la generación de Noé? El libro del Génesis, en el capítulo 6, ofrece la clave. El diluvio no es la historia de un Dios iracundo que decide “borrar” el mundo, sino una gran imagen de lo que ocurre cuando la humanidad se niega a entrar en el proyecto de Dios.

El texto sagrado dice que «la tierra estaba corrompida delante de Dios y llena de violencia» (cfr. Gn 6, 11). Eso es lo que caracteriza a la humanidad vieja: la competición convertida en norma, la fuerza como criterio, el abuso del más débil, la lógica de someter antes de que te sometan. Es una humanidad que camina inevitablemente hacia su propio naufragio.

 

Lejos del sueño de Dios, el mundo se hace pedazos solo.

Los hombres del tiempo de Noé pertenecían a esa humanidad destinada a desaparecer, pero ellos estaban convencidos de que su mundo duraría siempre, de que “siempre se ha hecho así y siempre se hará así”. Dios, sin embargo, no avala esa manera de vivir. Y había signos claros de que se estaba preparando un cambio de época. Noé, construyendo el arca a la vista de todos, era uno de esos signos: una invitación silenciosa a entrar en una humanidad nueva, a dejar atrás la violencia y la corrupción.

Ellos lo vieron, pero no lo leyeron. No tomaron conciencia, no aceptaron entrar en la novedad que Dios les ofrecía. El relato concluye con esa frase sobria y dura: «y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos». No porque Dios se complaciera en destruir, sino porque una humanidad cerrada al sueño de Dios termina, antes o después, destruyéndose a sí misma.

 

Cada decisión diaria dice si sigues al mundo viejo…

o al Hijo del hombre.

Jesús saca la conclusión. «Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre». Y no está hablando solo de “aquellos de entonces”; está hablando también de nosotros. El Hijo del hombre —Él mismo— viene hoy en su Evangelio, en su Palabra que se nos dirige, y se nos invita a estar atentos para no repetir el mismo error de la generación del diluvio.

Él nos muestra el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre; sin embargo, nosotros podemos replegarnos únicamente sobre nuestras necesidades materiales: comer, beber, casarse, organizar la vida afectiva y familiar… Realidades buenas e importantes, sin duda, pero que no pueden convertirse en el absoluto.

 

La cuestión es cómo vivimos todo eso

La cuestión no es si comemos, bebemos, formamos una familia o trabajamos, sino cómo vivimos todo eso: ¿al modo viejo o como hombres y mujeres nuevos?

El Hijo del hombre viene precisamente a enseñarnos otra manera de habitar lo cotidiano. Nos interesamos por la familia, la casa, la profesión —y es justo que así sea—, pero Él nos pregunta: ¿vivís estas realidades desde el egoísmo que acumula y se protege, o desde el amor que se comparte y se entrega? Jesús nos dice, en el fondo: estad atentos, no repitáis ante la venida del Hijo del hombre el error de los que vivieron en tiempo de Noé; corréis el riesgo de quedar al margen de la historia que Dios quiere escribir con vosotros.

Porque, como hemos visto, hay dos modos de comer, de beber, de vivir la propia sexualidad y los afectos: uno centrado en el propio interés, que busca solo la propia satisfacción, y otro guiado por el amor, por la alegría profunda de ver feliz al otro. Y quizá la pregunta que se nos queda dentro podría ser esta: en nuestras decisiones concretas de cada día, ¿desde qué mundo estamos viviendo: ¿desde el viejo, que gira en torno al “yo”, o desde el nuevo, que nace del corazón del Hijo del hombre?


 

Dos modos de ejercer la propia profesión

«Dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán».

Jesús pone dos ejemplos para mostrar que hay dos modos distintos de ejercer la propia actividad profesional.

Uno es el de quien no ha acogido el reino de Dios, la propuesta de hombre nuevo que hace Jesús. El otro es el de quien ha acogido el reino de Dios, ha entrado en el mundo nuevo. Y él toma estos dos ejemplos de las actividades que realizaban en su tiempo los hombres y las mujeres.

Los hombres salían a trabajar en los campos; las mujeres se quedaban en casa, molían el grano, preparaban la harina y hacían el pan. El primer ejemplo que pone es el de la profesión de los hombres, y dice: «τότε ἔσονται δύο ἐν τῷ ἀγρῷ, εἷς παραλαμβάνεται καὶ εἷς ἀφίεται», que traducido significa: «entonces estarán dos en el campo, uno es tomado consigo / es acogido y uno es dejado / abandonado».

 

Uno se implica en la propuesta de Jesús y se salva

«uno es tomado»,

el otro no acepta esa propuesta y se pierde

«es dejado»

Dos hombres estarán en el campo: uno será tomado, o mejor, será acogido — παραλαμβάνεται (paralambánetai) — es decir, será implicado en la nueva propuesta de hombre; ejercerá su actividad según la imagen de hombre nuevo que propone el Evangelio. El otro será dejado atrás — ἀφίεται (aphíetai) — se queda fuera, se pierde (cfr. Mt 24, 40).

Los dos siguen en el mismo campo, bajo el mismo sol, con la misma faena entre manos… pero no viven ya del mismo espíritu. Cuando el Evangelio entra en la vida de una persona, ya no realiza su trabajo como antes: lo hace de un modo distinto, con otros criterios, con objetivos nuevos. Pongamos algunos ejemplos, para entendernos bien.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos trabajadores de la oficina o del taller

Podemos pensar, por ejemplo, en dos compañeros que trabajan en la misma oficina o en el mismo taller. A primera vista, hacen lo mismo: fichan a la misma hora, atienden a los mismos clientes, participan en las mismas reuniones. Pero uno vive pendiente solo del ascenso, del sueldo, de quedar bien ante los jefes; los demás son, en el fondo, peldaños en su propia escalera. El otro, tocado por el Evangelio, empieza a mirar ese mismo trabajo como un servicio: se preocupa por el compañero que va agobiado, es honesto, aunque eso le cueste, trata con respeto a quien todos desprecian, renuncia a ciertas ventajas si sabe que son injustas. Los dos están “en el campo”, pero solo uno ha sido verdaderamente acogido en la lógica del hombre nuevo; el otro permanece en el mundo viejo, girando alrededor de sí mismo.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos matrimonios

Podemos imaginar también un esposo y a una esposa que viven su vida afectiva y familiar. Las dos se casan, crían a sus hijos, organizan la casa, pagan facturas, salen de vacaciones cuando se puede. Pero en una de esas familias manda, sin que nadie lo diga, el “yo primero”: cada uno defiende su espacio, sus tiempos, sus derechos; los conflictos se convierten en reproches acumulados, y el amor se va apagando a base de pequeñas indiferencias. En la otra, el encuentro con el Señor ha ido cambiando la forma de tratarse: se pide perdón con más sencillez, se escucha más antes de juzgar, se reza juntos en medio de las preocupaciones, se decide ser un poco más austeros para poder compartir con quien tiene menos. Externamente se parecen, pero interiormente una casa vive según el mundo viejo y la otra, con todas sus fragilidades, ya respira algo del mundo nuevo del Hijo del hombre.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos sacerdotes

Podemos pensar, además, en dos sacerdotes “en el mismo campo pastoral”. Los dos celebran misa, atienden funerales, reciben en el despacho, preparan catequesis, van a reuniones de arciprestazgo, se sientan en el confesionario. Exteriormente, sus agendas se parecen mucho. Pero uno se conforma con hacer lo que se le pide y lo que “toca”: vive el ministerio como un conjunto de tareas razonables, bien delimitadas, que no le desinstalan demasiado. No percibe la evangelización como algo que deba ir más allá de ese mínimo; no intuye que el anuncio del Evangelio pueda robarle horas de sueño, exigirle abrir su casa, gastar de su propio bolsillo, entregar tiempo y fuerzas que nadie le pagará. Su celo pastoral queda encerrado dentro de lo que entra en horario y en tarifa: en la práctica, el ministerio no le cuesta más que lo que ya está previsto. El otro, en cambio, haciendo muchas de las mismas cosas, ha dejado que el Evangelio le cambie por dentro. Siente como una urgencia buena llegar a quienes no vienen, visitar a quienes nadie visita, acompañar procesos largos y discretos que no dan “resultados” rápidos ni traen ningún plus económico. A veces llega a casa tarde por haber pasado más tiempo con una familia rota, por haber escuchado a un joven en crisis, por haber preparado con esmero una homilía o un encuentro que pocos valorarán. Sabe que algunas iniciativas le costarán dinero de su propio bolsillo y horas que nadie recompensará, pero entiende su ministerio como una respuesta de amor, no como un paquete de servicios. Los dos están en el mismo campo, pero solo uno se deja acoger — παραλαμβάνεται (paralambánetai) — en la lógica del hombre nuevo; el otro corre el riesgo de quedar — ἀφίεται (aphíetai) — en un modo viejo de ejercer el sacerdocio, correcto en la forma, pero poco atravesado por el fuego del Evangelio.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos personas que han sufrido una herida profunda

Y podemos pensar, finalmente, en dos personas que han sufrido una herida profunda: una traición, una injusticia, una calumnia. Las dos conocen el mismo dolor. Una se encierra en el resentimiento, alimenta mentalmente la venganza, deja que el rencor marque sus relaciones; sin darse cuenta, queda “dejada atrás” — ἀφίεται (aphíetai) — en el mundo viejo, prisionera de lo que le hicieron. La otra, en medio de su noche interior, escucha en la oración —quizá a través del Evangelio, de una homilía, de un buen acompañante— la voz de Jesús que le susurra: “No te pido que olvides sin más, te ofrezco caminar contigo hacia el perdón” (cfr. Mt 18, 21-22). Perdonar no significa negar la herida, sino dejar que Cristo la toque y la vaya transformando. El proceso es lento, lleno de idas y venidas, pero un día descubre que ya puede rezar por quien le hizo daño, que el rencor ya no manda tanto, que dentro ha nacido un espacio de libertad nuevo. El hecho doloroso no ha desaparecido, pero ha sido “releído” en Cristo: esa persona ha sido “acogida”, παραλαμβάνεται (paralambánetai), dentro del mundo nuevo que Jesús abre.

 

Jesús no pretende asustarnos,

sino despertarnos

Al final, esta palabra de Jesús sobre los “dos en el campo” no pretende asustarnos, sino despertarnos. La verdadera separación no pasa tanto por los lugares donde estamos, sino por el Espíritu con el que vivimos lo que hacemos. Y quizá podríamos dejarnos resonar por dentro esta pregunta: en mi trabajo, en mi familia, en mi ministerio, en mis heridas, ¿estoy viviendo como quien es acogido en el mundo nuevo del Hijo del hombre, o como quien, sin darse cuenta, se va quedando atrás?

 

 

Pongamos algunos ejemplos,

para entendernos bien.

Cuando se presentan ante Juan el Bautista los publicanos, los que cobran los impuestos —gente siempre mal vista—, él no les dice que abandonen su oficio. Recaudar impuestos es un servicio necesario. Pero ese mismo trabajo puede ejercerse de dos maneras: una es la de quien aprovecha su posición para “hacer el listo”, aumentar las cuotas, quedarse con una parte y jugar siempre a su favor; la otra es la de quien realiza su tarea con escrúpulo, sabiendo que ese dinero ha de servir al bien de toda la comunidad (cfr. Lc 3, 12-13). El trabajo es el mismo; el corazón, no.

Después se acercan los soldados: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». El Bautista tampoco les responde: «Tirad las armas, dejad vuestra profesión». La sociedad necesita quien mantenga el orden. Pero también aquí hay dos modos de situarse: uno es el de quien se sirve de su fuerza para extorsionar, intimidar y abusar; el otro es el de quien se pone sinceramente al servicio del bien común, protegiendo al débil, usando la autoridad con justicia y mesura (cfr. Lc 3, 14). La misma función, dos espíritus muy distintos.

Podemos traerlo a una escena de la vida cotidiana, como hacía Jesús, pero tomada de nuestro entorno. Pensemos en dos porteros del mismo edificio. El primero oye sonar el timbre de la cancela, mira al monitor y ve a una anciana, algo desorientada, que no sabe muy bien adónde ir. De inmediato sale de la portería, se acerca a ella con cortesía y cercanía, la saluda, le sonríe, la ayuda a subir los escalones, la acompaña al ascensor y hasta le hace alguna broma, porque percibe que viene triste. Ese es alguien “acogido”: ejerce su trabajo como un servicio que hace la vida más amable a quienes necesitan de él.

Llega luego su compañero, que entra de relevo. Es lunes, viene con el periódico deportivo bajo el brazo y el equipo de sus amores ha perdido el día anterior. Se sienta en la portería, de mal humor, y se lanza a hojear el periódico para descubrir quién ha sido el culpable. Suena el timbre, ve en el monitor a otra anciana, cohibida, sin saber muy bien adónde ir. Él calcula: «Desde la puerta hasta aquí tarda por lo menos medio minuto; me da tiempo a seguir leyendo… A ver si fue el árbitro el responsable de la derrota». Cuando la señora llega, la deja hablar, pero sin apartar la vista del periódico. A ella, en realidad, no la ve. Al final, sin levantar mucho la cabeza, le indica: «Allí está el ascensor», y vuelve a sus páginas.

He aquí, de nuevo, los dos modos de ejercer la misma actividad: uno es el de quien ha entrado en el mundo nuevo y realiza su tarea según la propuesta de Cristo; el otro es el de quien piensa solo en su propio interés y en su propio estado de ánimo.

Podríamos condensarlo así: No se trata tanto de cambiar de profesión, como de dejar que el Evangelio cambie la manera de vivirla.

«Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será acogida, la otra será dejada atrás» (cfr. Mt 24,41).

Podemos pensar ahora, por ejemplo, en una profesora de secundaria. Cada año pasan por su aula decenas de alumnos; algunos quizá no volverán a tener trato con él cuando terminen el curso. Precisamente por eso, uno podría decirse: «Total, están aquí un año, cumplen el expediente y se van… yo vengo, explico lo justo, corrijo lo imprescindible y listo». Y aparece el modo viejo: limitarse a dar materia sin implicarse, ridiculizar al alumno que va peor, usar el poder de la nota como amenaza constante, pensar solo en llegar al final de trimestre con el menor desgaste posible. Lo único que importa, en el fondo, es pasar página y cobrar a fin de mes.

El modo nuevo, propio de quien se ha dejado alcanzar por la propuesta de Jesús de Nazaret, es muy distinto. Ese profesor también tiene temario, exámenes, burocracia; pero mira a sus alumnos de otra manera. Prepara sus clases con cuidado, intenta explicar pensando en los que más dificultades tienen, busca animar al que está desmotivado, corrige con firmeza, pero con respeto, se queda algún rato más para escuchar a quien lo necesita. Sabe que muchos quizá lo olviden, pero a él le importa que cada uno se sienta mirado, acompañado, valorado. Para él, enseñar no es solo un trabajo: es una forma concreta de servir y de amar.

He aquí, una vez más, los dos modos de ejercer una misma profesión. Si pasamos revista a cualquier trabajo —sanitario, docente, administrativo, pastoral, de limpieza, de hostelería…— siempre encontraremos ese doble camino. La gentileza, la sonrisa, la sensibilidad, la preocupación por el otro, la afabilidad no figura en el contrato, no aparecen en la nómina; pero son precisamente lo que distingue al que ha sido “acogido” en el mundo nuevo del reino de Dios, al que tiene como objetivo de su actividad la atención a la necesidad del hermano. El otro, aunque haga “lo que le toca”, permanece en el modo viejo y es, en realidad, “dejado atrás”.

En el fondo, se trata de esto: uno es salvado, es decir, se comporta como un hombre verdadero, porque ama; el otro sigue envuelto en las tinieblas del egoísmo, aunque parezca que cumple.

 

Recordemos que en el arca de Noé

entraron los que entraron

En el arca de Noé no entraron todos: entraron pocos. No hay que extrañarse de que también en el reino de Dios no entren todos y muchos queden fuera. Han oído las bienaventuranzas de Jesús, pero prefieren las de este mundo. No son acogidos (cfr. Mt 5,1-12).

Y la alternativa entre estas dos opciones es muy seria, porque la alternativa es entre ser hombres o no serlo.

 

La recomendación a la vigilancia.

«Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

Se podría estar distraído y no darse cuenta de la venida del Hijo del hombre, que viene para acogerte en el mundo nuevo.

 

No es vendrá, es viene

«No os durmáis», dice Jesús, «estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»; «γρηγορεῖτε οὖν, ὅτι οὐκ οἴδατε ποίᾳ ἡμέρᾳ ὁ κύριος ὑμῶν ἔρχεται», que traducido es; «Por tanto, estad despiertos, porque no sabéis en qué día viene vuestro Señor».

 

Su venida es un regalo precioso,

no una amenaza ni un ajuste de cuentas

Por desgracia, durante mucho tiempo muchas traducciones pusieron el verbo en futuro: «sabéis en qué día vendrá el Señor». Y, a partir de ahí, se fue construyendo una catequesis que presentaba la venida del Señor casi como una amenaza, como el momento del gran ajuste de cuentas al final de la vida, el examen definitivo que llega de improviso y del que uno solo puede salir temblando. Esa catequesis ha hecho mucho daño, porque aquello que debía ser el encuentro más deseado, esperado con amor durante toda la existencia, acabó convirtiéndose en algo temido y, en el fondo, evitado.
El Señor no es una amenaza del futuro, sino una visita que hoy puedes dejar plantada.

 

El Señor viene hoy

Sin embargo, el texto evangélico dice otra cosa: «a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». El verbo está en presente. El Señor viene hoy: viene en su Evangelio, viene en los sacramentos, viene en el hermano, viene en las llamadas concretas que atraviesan nuestra historia. No se trata solo de imaginar un día lejano, al final de la vida, sino de aprender a reconocer las visitas discretas de Dios ahora mismo, para no dejar pasar la oportunidad de entrar en el mundo nuevo que Él nos ofrece.
Dios viene en presente; somos nosotros los que lo exiliamos al futuro.

 

Lo que era ladrón, Jesús lo vuelve aviso

Para hablar de esta vigilancia, Jesús recurre a una imagen sorprendente: la del ladrón que llega cuando uno menos lo espera. Los rabinos no solían usar esa comparación, pero a los cristianos les ayudó mucho, porque subraya justamente esto: no se trata de vivir asustados, sino de vivir despiertos, atentos, con el corazón en vela para captar las llegadas imprevistas del Señor.


El problema no es que el Señor no venga,

sino que tú ya no esperas a nadie.

Y aquí surge la pregunta práctica: ¿cómo permanecer despiertos en medio del ruido de hoy? Tal vez podríamos decir: cultivando espacios de silencio y de reflexión en medio de la avalancha de voces; dejando que la Palabra de Dios tenga un hueco real entre tantas palabras; cuidando la sensibilidad a los valores evangélicos para no dejarnos adormecer por la publicidad, por las modas, por la moral del «así hace todo el mundo», del «si a mí me gusta, está bien».


 

Vigilar es aprender a discernir

Vigilar, en lenguaje evangélico, no significa vivir en tensión neurótica, sino aprender a discernir: saber distinguir entre lo que nos hace más semejantes al Hijo del hombre, más verdaderamente humanos, y lo que, aunque esté socialmente aprobado, nos deshumaniza por dentro. No es lo mismo seguir la mayoría que seguir a Cristo.


Vigilar no es tener miedo al castigo,

sino miedo a dejar pasar el Amor.

Podemos preguntarnos con serenidad: ¿son muchos hoy los que viven realmente despiertos para acoger al Señor que viene? Probablemente no; quizá sean pocos, como en tiempos de Noé, cuando casi nadie se dio cuenta de que estaba a punto de nacer un mundo nuevo. Pero el Evangelio no nos invita a contar cuántos son, sino a decidir de qué lado queremos estar.
Mientras tú esperas el “final”, el Señor lleva mucho viniendo y pasando de largo.

No nos extrañe, pues, que sean pocos. Lo decisivo es otra cosa: que tú no te duermas, que permanezcas vigilante para no perder la gran oportunidad de tu vida: reconocer al Señor que viene hoy a tu encuentro y dejarte transformar por Él.

Tu mayor riesgo no es que Dios te condene, sino que su llamada te resulte indiferente.

martes, 25 de noviembre de 2025

Resumen de la Carta Apostólica 'In unitate fidei' - El credo de Nicea y la unidad de la Iglesia hoy

 ‘In unitate fidei’: El Credo de Nicea y                                          la unidad de la Iglesia hoy 


PARTE 1 – Una carta nacida de un aniversario… y de una urgencia

La Carta Apostólica del Papa León XIV (firmada en el Vaticano el día 23 de noviembre de 2025, en la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo) ‘In unitate fidei’ se abre con una imagen sencilla y muy densa: la Iglesia camina “en la unidad de la fe”, llamada a caminar concorde, custodiando y transmitiendo con amor y alegría el don recibido. Esa unidad no es una idea vaga: el Papa la concreta desde la primera línea en una expresión del Credo que se convierte en hilo conductor de todo el texto:

«Creemos en Jesucristo, Hijo único de Dios, que por nuestra salvación bajó del cielo».

Estas palabras proceden del Concilio de Nicea, “primer acontecimiento ecuménico de la historia del cristianismo”, del que se cumplen 1700 años. León XIV escribe la Carta en el contexto de un Año Santo dedicado a Cristo, nuestra esperanza, y mientras se prepara para un viaje apostólico a Turquía. No mira el aniversario como un recuerdo erudito, sino como una ocasión providencial: quiere “alentar en toda la Iglesia un renovado impulso en la profesión de la fe”, una fe cuya verdad “merece ser confesada y profundizada de manera siempre nueva y actual”.

Para ayudar a contemplar mejor la relevancia teológica, eclesial, cultural y social de aquel Concilio, el Papa remite expresamente a un documento de la Comisión Teológica Internacional titulado Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. El 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea, que desarrolla ampliamente los temas que él mismo retoma en síntesis en esta Carta.

Para situar este “hoy” de la fe, el texto vuelve enseguida a la Escritura. Recuerda cómo san Marcos abre su Evangelio con el título: «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios»; cómo san Pablo se sabe enviado a anunciar el Evangelio de Dios “sobre su Hijo” muerto y resucitado, en quien las promesas se hacen “sí”; y cómo el prólogo de san Juan proclama al Λόγος (Lógos) que “era Dios” y por quien todo fue creado, y que “se hizo carne y habitó entre nosotros”. En Cristo, escribe el Papa, Dios “se ha hecho nuestro prójimo, de modo que todo lo que hagamos a cada uno de nuestros hermanos, a Él se lo hacemos” (Mt 25,40).

Con este telón de fondo bíblico, el 1700 aniversario de Nicea aparece como algo muy actual: el concilio del 325 proclamó la profesión de fe en Jesucristo, Hijo de Dios, que sigue siendo “el corazón de la fe cristiana”. Todavía hoy recitamos cada domingo el Símbolo niceno-constantinopolitano, “profesión de fe que une a todos los cristianos”, y que “nos da esperanza en los tiempos difíciles que vivimos”, marcados por temores, amenazas de guerra y violencia, desastres, injusticias, hambre y miseria sufrida por tantos.

Los tiempos de Nicea tampoco eran tranquilos. Las heridas de las persecuciones estaban aún recientes; el Edicto de Milán (313) parecía anunciar paz, pero pronto surgieron “disputas y conflictos en la Iglesia”. En ese contexto aparece Arrio, presbítero de Alejandría, con una enseñanza sobre Jesucristo que desencadena una de las grandes crisis doctrinales de la historia.

Dios no abandona a su Iglesia. El Papa menciona al obispo Alejandro de Alejandría, que percibe que las tesis de Arrio no son coherentes con la Sagrada Escritura; convoca un sínodo de los obispos de Egipto y Libia que condena la doctrina arriana, y escribe a otros obispos de Oriente para informarles. En Occidente se mueve Osio de Córdoba, probado confesor de la fe, hombre de confianza del papa Silvestre. También los seguidores de Arrio se organizan. Así se llega a “una de las mayores crisis en la historia de la Iglesia del primer milenio”, porque lo que está en juego es “el centro de la fe cristiana”: la respuesta a la pregunta de Jesús en Cesarea de Filipo: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,15).

Viendo que la disputa ponía en peligro la unidad de la Iglesia y del Imperio, Constantino convoca el Concilio de Nicea. Se reúnen “318 Padres”, un número de obispos sin precedentes. Muchos de ellos llevan en su cuerpo las marcas de las torturas sufridas; la mayoría procede de Oriente; unos pocos, de Occidente. El papa Silvestre participa a través de dos presbíteros romanos y con el apoyo doctrinal de Osio.

En esa encrucijada entre Escritura, Nicea y nuestro presente se mueve toda la Carta. A partir de ahí, el Papa explicará quién es el Hijo según la fe de la Iglesia, qué significa que haya “bajado del cielo por nuestra salvación”, cómo se ha recibido esa fe a lo largo de los siglos y qué implica hoy para la vida cristiana y para la unidad de los discípulos de Cristo.

 

PARTE 2 – El núcleo doctrinal: el Hijo “de la misma sustancia” del Padre

2.1. Confesar al Hijo según Nicea

En el corazón de la Carta está la pregunta decisiva: ¿qué significa confesar a Jesús como “Hijo de Dios”? Nicea no parte de cero. El Papa subraya que los Padres conciliares quisieron ser fieles a la Sagrada Escritura y a la Tradición apostólica, tal como se profesaba en el bautismo según el mandato de Jesús: «bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). En Occidente existían diversas fórmulas, entre ellas el Credo de los Apóstoles; en Oriente, varias profesiones bautismales semejantes. Era el lenguaje sencillo de la Iglesia primitiva, “comprendido por los pescadores del mar de Galilea”.

Sobre esa base, el Credo niceno comienza: «Creemos en un solo Dios Padre Todopoderoso, creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles». Aquí no hubo debate: todos confesaban la fe en el Dios uno y único. La controversia se centró en el segundo artículo, que profesa la fe en «un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios». Había que aclarar qué significa esa expresión y cómo conciliarla con el monoteísmo bíblico.

La definición de Nicea, citada en la Carta, dice:

Jesús es el Hijo de Dios en cuanto es «de la misma sustancia (οὐσία, ousía) del Padre […] engendrado, no creado, de la misma sustancia (ὁμοούσιος, homooúsios) del Padre».

Para expresarlo, el Concilio usa dos términos que no están literalmente en la Biblia: “sustancia” (οὐσία, ousía) y “de la misma sustancia” (ὁμοούσιος, homooúsios). Pero el Papa recalca que Nicea no quiso sustituir las afirmaciones bíblicas por la filosofía griega; al contrario, se sirvió de esos términos para afirmar con claridad la fe bíblica y distinguirla del error de Arrio. La auténtica “helenización peligrosa” es precisamente el “error helenizante de Arrio y sus seguidores”, no el lenguaje del concilio.

Apoyándose en san Atanasio, la Carta precisa que ὁμοούσιος (homooúsios) no significa “de igual sustancia”, como si se tratase de dos realidades paralelas, sino “de la misma sustancia” que el Padre: no una mera igualdad de sustancias, sino una identidad de sustancia entre el Padre y el Hijo, bien expresada en la fórmula latina unius substantiae cum Patre.

A la vez, los Padres se preocupan de expresarse en un lenguaje litúrgico y bíblico accesible. Retoman la formulación bautismal: «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero». La Carta recuerda que la Escritura afirma que “Dios es luz” (1 Jn 1,5). El Hijo es el “reflejo” (ἀπαύγασμα, apáugasma) de la gloria de Dios y la “imagen” (χαρακτήρ, charaktér) de su “ser” (ὑπόστασις, hypóstasis) (Hb 1,3). Jesucristo, el Hijo encarnado, es la luz del mundo y de la vida (Jn 8,12); por el bautismo, los ojos de nuestro corazón son iluminados para que también nosotros podamos ser luz en el mundo (Ef 1,18; Mt 5,14).

Cuando el Credo afirma que el Hijo es “Dios verdadero de Dios verdadero”, la Carta lo relaciona con los pasajes bíblicos que contraponen los ídolos muertos al Dios vivo y verdadero: el Dios de Abraham, Isaac y Jacob; el que se revela en la zarza ardiente (Ex 3,14); el que ve la miseria de su pueblo, escucha su clamor y lo guía por el desierto; el que se compadece de él (Os 11,8-9). El cristiano está llamado a convertirse de los ídolos al Dios vivo (1 Ts 1,9). Por eso Pedro confiesa a Jesús como “el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

La conclusión del Papa es clara: el Credo de Nicea no formula una teoría filosófica, sino que profesa la fe en el Dios viviente que ha redimido a los hombres por medio de Jesucristo, el Dios que quiere que tengamos vida en abundancia (Jn 10,10). Por eso el Símbolo continúa con la estructura de la profesión bautismal: el Hijo de Dios “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y se encarnó y se hizo hombre; murió y resucitó al tercer día, subió al cielo y vendrá para juzgar a vivos y muertos”.

La Carta subraya aquí la fuerza del verbo latino descendit: «descendió». No es una imagen vaga, sino eco del himno de Filipenses 2, donde se dice que el Hijo “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres” (Flp 2,7). La Carta a los Hebreos recuerda que fue “sometido a las mismas pruebas que nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4,15). El “descendió del cielo” expresa este movimiento: el Dios que muchos imaginan como lejano e inmóvil, en realidad se ha hecho cercano, ha salido a nuestro encuentro y ha querido compartir hasta el fondo nuestra condición humana.

San Atanasio, testigo directo de Nicea, subrayó que el Hijo, que descendió del cielo, “nos hizo hijos para el Padre” y que, “siendo Dios, se hizo hombre para divinizarnos a nosotros”. Le gusta decir que la salvación consiste en que seamos hechos partícipes de la vida de Dios: sólo si el Hijo es verdaderamente Dios puede vencer la muerte y salvarnos.

Aquí la Carta desarrolla la teología de la divinización: el Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros pudiéramos ser divinizados. Esta intuición, preparada por san Ireneo de Lyon y por Orígenes, floreció en la espiritualidad oriental. La divinización no tiene nada que ver con la auto-divinización del hombre: al contrario, nos libra de la tentación de “querer ser como Dios” (Gn 3,5) por nuestras propias fuerzas.

Por eso es decisivo que el Credo diga que el Hijo “se encarnó y se hizo hombre”: la Carta subraya que el Logos asumió un ser humano completo, con cuerpo y alma, de modo que nada de lo verdaderamente humano quedó fuera de su acción redentora. Dios no salva sólo el “alma”; salva al hombre entero. En el lenguaje de la tradición, Cristo redime lo que asume: al asumir nuestra humanidad completa, hace posible nuestra divinización completa. Esa divinización es la verdadera humanización, que nos protege de la tentación de querer ser como Dios por nuestras propias fuerzas.

En esta línea, el Papa cita a san Agustín (el corazón inquieto hasta descansar en Dios) y a santo Tomás de Aquino (Deus enim solus satiat): sólo Dios satisface de verdad al hombre. La divinización es la verdadera humanización: sólo Dios puede colmar el deseo infinito del corazón humano.

2.2. Lo que Arrio sostenía… y su negativa a corregirse

En contraste con esta confesión, la Carta Apostólica del Santo Padre León XIV explica con mucha claridad qué proponía Arrio y cuál fue su actitud ante los intentos de corrección.

Arrio enseñaba que Jesús no es verdaderamente el Hijo de Dios. No negaba que fuese un ser extraordinario, pero rechazaba que fuese Dios como el Padre. Tampoco lo consideraba “una simple criatura”, sino una especie de ser intermedio entre el Dios “inalcanzablemente lejano” y nosotros: no es el Dios verdadero, pero tampoco comparte plenamente nuestra condición. Afirmaba además que “hubo un tiempo en que el Hijo no era”: el Hijo no es eterno, sino que comienza a existir. No comparte, por tanto, la eternidad ni la plenitud del ser divino del Padre.

La Carta Apostólica señala que esta visión “concordaba con la mentalidad de la época” y por eso resultaba plausible: un semidiós creado encajaba bien en el imaginario religioso grecorromano. Pero justamente por eso diluía lo original de la fe cristiana: presentaba a Cristo en categorías religiosas del entorno, no como Hijo eterno del Padre.

¿Qué actitud tuvo Arrio cuando se le llamó a rectificar? El Papa indica que, cuando Alejandro de Alejandría constató la incompatibilidad de esas doctrinas con la Escritura y la fe de la Iglesia, “Arrio no se mostraba conciliador”. Ante su negativa, Alejandro convoca un sínodo que condena la enseñanza arriana y, más tarde, comunica la decisión a otros obispos de Oriente. Es decir: se usan los cauces de discernimiento y corrección internos de la Iglesia, pero Arrio no se deja corregir.

Y después de Nicea, la Carta subraya que “Arrio y sus seguidores no se rindieron”. Incluso el emperador Constantino y sus sucesores llegaron a alinearse cada vez más con el partido arriano. El término ὁμοούσιος (homooúsios) se convirtió en “manzana de la discordia” entre nicenos y anti-nicenos, desencadenando nuevas tensiones.

Dicho en sencillo: Arrio no sólo sostenía que el Hijo no es verdadero Dios, sino un ser intermedio; además, cuando la Iglesia le llamó a corregirse, no quiso hacerlo y siguió promoviendo sus tesis incluso después de la definición de Nicea. Eso hizo aún más costoso el camino hacia la claridad doctrinal y la unidad.

 

PARTE 3 – El Credo como espejo:                                                                Dios, los ídolos, los pobres y la creación

Tras exponer el contenido del Credo, la Carta Apostólica del Santo Padre se vuelve hacia nosotros. Recuerda que el camino que va de la Escritura a Nicea, Constantinopla, Calcedonia, el siglo XVI y nuestro propio siglo XXI ha sido “largo y lineal”, y ha dejado huella en la vida cotidiana de la Iglesia: todos los discípulos somos bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, nos hacemos la señal de la cruz, somos bendecidos con esta fórmula; concluimos los salmos con el “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”. La liturgia y la vida cristiana “están firmemente ancladas en el Credo de Nicea y Constantinopla”; lo que pronunciamos con los labios debería brotar del corazón y traducirse en la existencia.

La Carta constata que, en el mundo actual, se ha difundido una fuerte indiferencia religiosa: para muchos, Dios y la cuestión de Dios casi ya no cuentan en la vida concreta. No se trata sólo del ateísmo declarado, sino de algo más sutil que impregna el ambiente cultural: se vive como si Dios no existiera. El Papa, siguiendo al Vaticano II, reconoce que los cristianos somos en parte responsables de esta situación: cuando nuestra vida no refleja el Evangelio y nuestras palabras contradicen nuestras obras, “ocultamos el auténtico rostro de Dios” y hacemos menos creíble la fe.

En este contexto, el número 10 se fija en el primer artículo: «Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra». A partir de ahí, propone un examen de conciencia:

  • ¿Qué significa Dios para mí?
  • ¿Es el Dios único realmente el Señor de mi vida, o hay ídolos –dinero, poder, éxito, seguridad– que ocupan su lugar?
  • ¿Lo trato como un Dios vivo y cercano, como el Padre al que me dirijo con confianza, o como una idea lejana?
  • ¿Reconozco que le debo todo lo que soy y tengo, y descubro sus huellas en cada criatura?
  • ¿Estoy dispuesto a compartir los bienes de la tierra “que pertenecen a todos” de manera justa y equitativa?
  • ¿Cómo trato la creación, obra de sus manos? ¿La uso con reverencia y gratitud, o la exploto y destruyo, en lugar de custodiarla y cultivarla como casa común de la humanidad?

De este modo, el examen de conciencia que propone la Carta tiene una dimensión claramente social: preguntarse por el lugar real que ocupa Dios en la propia vida implica preguntarse también por el uso de los bienes, por la disposición a compartir de manera justa lo que se posee, y por la responsabilidad ante la creación, que no es un mero objeto de consumo, sino una casa común que debe ser cuidada para que todos puedan vivir dignamente.

Aquí el Papa se deja iluminar por la enseñanza reciente sobre la ecología integral: confesar al Creador no es sólo una frase del Credo; implica una forma concreta de habitar la tierra, de gestionar la economía, de relacionarnos con el mundo.

El número 11 lleva el examen al centro del Credo: la profesión de fe en Jesucristo, “nuestro Señor y Dios”. Esta confesión está en el corazón de la vida cristiana. Nos lleva a seguir a Jesús como Maestro, compañero, hermano y amigo, pero el Credo recuerda que Él es más: el Κύριος (Kýrios), el Señor, el Hijo del Dios viviente, el que “por nuestra salvación bajó del cielo” y murió “por nosotros” en la cruz, abriéndonos el camino de la vida nueva con su resurrección y ascensión.

El seguimiento de Jesús, dice el Papa, no es un camino ancho y cómodo: es un sendero a menudo exigente e incluso doloroso, pero que conduce a la vida y a la salvación (cfr. Mt 7,13-14). Los Hechos de los Apóstoles hablan de la fe cristiana como “el Camino” y señalan que este camino pasa por la cruz (cfr. Hch 19,9.23; 22,4.14-15.22; Jn 14,6). Seguir al Señor significa entrar con Él en ese camino: por la conversión, conduce a la santificación y a la divinización, tal como recuerda la exhortación Gaudete et exsultate sobre la santidad.

Inmediatamente, la Carta enlaza fe y caridad fraterna. Si Dios nos ama con todo su ser, también nosotros debemos amarnos; no podemos amar a Dios, a quien no vemos, sin amar al hermano y a la hermana que sí vemos (cfr. 1 Jn 4,20). El amor a Dios sin amor al prójimo es “hipocresía”; un amor al prójimo que pretende prescindir completamente de Dios se convierte en un heroísmo que nos supera y oprime. En el seguimiento de Jesús, la subida hacia Dios pasa por el abajamiento hacia los hermanos, sobre todo hacia “los últimos, los más pobres, los abandonados y marginados”. Lo que hayamos hecho al más pequeño, se lo hemos hecho a Cristo (Mt 25,31-46).

Ante catástrofes, guerras y miseria, sólo podemos dar testimonio de la misericordia de Dios a quienes dudan de Él si esas personas experimentan su misericordia a través de nosotros. Aquí la Carta sintoniza con Fratelli tutti: la fe en el Hijo de Dios hecho hombre lleva necesariamente a la fraternidad concreta, al cuidado de los más frágiles, a ser artesanos de paz.

Así, el Credo se convierte en un espejo: al confesar quién es Dios y quién es Jesucristo, deja al descubierto qué lugar real ocupan Dios, los ídolos, los pobres y la creación en nuestra vida.

 

PARTE 4 – Los defensores de la fe,                                                                    el “coste” de la unidad y el horizonte ecuménico

4.1. El “coste” histórico de la unidad: nombres y rostros

La Carta Apostólica del Papa León XIV no habla de unidad de la fe en abstracto; presenta también el precio humano que ha tenido.

En Nicea se reunieron obispos “que habían sido marcados por las persecuciones”: cuerpos heridos, cicatrices visibles. No defendían una teoría, sino una fe por la que ya habían sufrido. La unidad del Credo se sostuvo también con su cuerpo y con su sangre.

Después del concilio, lejos de calmarse, la tormenta continuó. Arrio y sus seguidores “no se rindieron”; el mismo Constantino y sus sucesores se inclinaron cada vez más hacia los arrianos; la palabra ὁμοούσιος (homooúsios) se convirtió en causa de enfrentamientos. San Basilio de Cesarea describe aquel tiempo como una batalla naval nocturna en medio de una tempestad; san Hilario de Poitiers constata que muchos laicos permanecieron fieles a la fe nicena mientras no pocos obispos flaqueaban, y llega a decir que “los oídos del pueblo son más santos que los corazones de los sacerdotes”.

En medio de ese caos, la Carta destaca a san Atanasio de Alejandría como “la roca del Credo niceno”. Participó en Nicea como diácono de Alejandro; más tarde fue obispo de Alejandría. Por su fidelidad al concilio, fue depuesto y expulsado hasta cinco veces de su sede; cada vez volvió como obispo. Desde el exilio siguió guiando al pueblo con sus escritos y cartas. El Papa lo compara con Moisés, que no entra en la tierra prometida: Atanasio no llegó a ver la paz eclesial, pero preparó el camino con su fidelidad sufrida.

A Atanasio se une una nueva generación de “jóvenes nicenos”:

  • En Oriente, los tres capadocios: san Basilio de Cesarea “el Grande”, san Gregorio de Nisa (su hermano) y san Gregorio Nacianceno (su gran amigo). Su mérito fue llevar a término la formulación del Credo niceno, mostrando que la Unidad y la Trinidad en Dios no están en contradicción.
  • En Occidente, el Papa menciona a san Hilario de Poitiers y a su discípulo san Martín de Tours; y, “sobre todo”, a san Ambrosio de Milán y a san Agustín de Hipona, que profundizan y difunden la fe trinitaria y cristológica en sus iglesias.

Gracias a estos hombres, el Credo de Nicea no quedó como un texto discutido en un concilio, sino que se hizo predicación, catequesis, vida pastoral. La Iglesia les debe haber sostenido y desarrollado la confesión de que el Hijo es verdadero Dios y verdadero hombre, y haber anclado esa fe en la oración y en la vida de las comunidades.

La Carta no se olvida del Pueblo fiel. Recogiendo la lectura que John Henry Newman hace de esta crisis, subraya que, en aquellos años de confusión, el sensus fidei del pueblo cristiano tuvo un papel decisivo: el Credo de Nicea fue custodiado, en gran medida, por la fe de los fieles sencillos, que supieron reconocer la voz del Pastor en la verdadera doctrina, incluso cuando algunos pastores se dejaban arrastrar por modas teológicas o presiones políticas.

Más adelante, cuando mira al presente, el Papa León XIV recuerda también a los numerosos mártires cristianos de todas las Iglesias y comunidades: hombres y mujeres que han dado la vida por Cristo en tiempos recientes. Sus nombres no se enumeran, pero la Carta Apostólica los contempla como un gran testimonio de fidelidad al Señor y de amor a la Iglesia. La comunión actual se apoya también en su sangre.

En conjunto, el mensaje es claro: la unidad de la fe no se ha construido sólo con sínodos y documentos, sino con sacrificios, trabajos, persecuciones y exilios de personas concretas: obispos marcados por las torturas, pastores desterrados, teólogos incomprendidos, pueblos sencillos que han mantenido la fe, mártires de distintas tradiciones cristianas. Lo que hoy confesamos con relativa facilidad en el Credo ha sido custodiado al precio de muchas cruces.

4.2. El Credo, la Iglesia y el camino ecuménico

Sobre esta base histórica, la Carta Apostólica recorre también la recepción del Credo:

  • Recuerda el papel del Concilio de Constantinopla (381), que completó el Símbolo con el artículo sobre el Espíritu Santo: «Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado, y que habló por los profetas».
  • Señala que el Concilio de Calcedonia (451) reconoció el carácter ecuménico de Constantinopla y declaró universalmente vinculante el Credo niceno-constantinopolitano.

De este modo, el Símbolo se convirtió en vínculo de unidad entre Oriente y Occidente. En el siglo XVI, las comunidades nacidas de la Reforma también lo mantuvieron. Hoy el Credo niceno-constantinopolitano es profesado en las liturgias de las diversas tradiciones cristianas y se ha convertido en un fundamento compartido.

El Santo Padre, León XIV subraya, retomando al Vaticano II y a san Juan Pablo II, que la búsqueda de la unidad de los cristianos es uno de los objetivos principales de la Iglesia. En esta perspectiva, el Concilio de Nicea y su Credo tienen hoy un “altísimo valor ecuménico”.

El Papa reconoce con gratitud los frutos del movimiento ecuménico de los últimos sesenta años. Aunque la plena unidad visible con las Iglesias ortodoxas y las comunidades nacidas de la Reforma “aún no nos ha sido dada”, el diálogo sobre la base del único bautismo y del Credo niceno-constantinopolitano ha permitido que los cristianos de distintas confesiones se reconozcan como hermanos en Jesucristo y redescubran la única y universal comunidad de los discípulos. “Lo que nos une es mucho más de lo que nos divide”, escribe la Carta.

En un mundo “dividido y desgarrado por muchos conflictos”, esta comunidad cristiana universal está llamada a ser signo de paz e instrumento de reconciliación, contribuyendo de modo decisivo al esfuerzo por la paz. En este contexto, la memoria de los mártires de distintas Iglesias se convierte en un poderoso factor de unidad.

El Papa describe el estilo de ecumenismo que corresponde a este espíritu: no es un “ecumenismo de retorno” a un estado anterior a las divisiones, ni una simple aceptación del statu quo. Habla de un ecumenismo orientado al futuro, de reconciliación en el camino del diálogo, del intercambio de dones y patrimonios espirituales. Restaurar la unidad no empobrece, sino que enriquece, porque permite que los dones de cada tradición sean compartidos.

El Credo de Nicea puede servir como “base y criterio de referencia” en este camino. La Carta lo formula de modo muy expresivo: “unidad en la Trinidad, Trinidad en la unidad”; la unidad sin multiplicidad se vuelve tiranía; la multiplicidad sin unidad es desintegración. En el misterio trinitario, la unidad y la diversidad se sostienen mutuamente: el Espíritu Santo es el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo. Inspirados por este misterio, los cristianos están llamados a buscar una unidad que mantenga la legítima diversidad sin romper la comunión.

Por eso el Papa invita a dejar atrás controversias teológicas que han perdido su razón de ser, a buscar un pensamiento común y, sobre todo, a vivir un ecumenismo espiritual: orar juntos, alabar juntos, confesar juntos la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es un desafío teológico, pero aún más espiritual, que exige arrepentimiento y conversión de todos.

La Carta Apostólica concluye con una invocación al Espíritu Santo para que reavive la fe, encienda la esperanza, inflame la caridad, una los corazones y reúna a los creyentes en el único rebaño de Cristo, haciendo de la Iglesia un signo creíble de unidad para que el mundo crea.

 

PARTE 5 – Síntesis final

Para terminar este estudio de la Carta Apostólica, se pueden recoger los puntos esenciales de ‘In unitate fidei’ (en la unidad de la fe) en unas pocas frases:

1.     La Carta nace del 1700 aniversario del Concilio de Nicea y del contexto de un Año Santo dedicado a Cristo, “nuestra esperanza”, y quiere reavivar la confesión de la Iglesia: «Creemos en Jesucristo, Hijo único de Dios, que por nuestra salvación bajó del cielo».

2.     León XIV vuelve a la Escritura (Marcos, Pablo, Juan) para mostrar que la filiación divina de Jesús es el núcleo del Evangelio: el Λόγος (Lógos) que era Dios se hace carne y Dios se hace nuestro prójimo, presente en cada hermano.

3.     Recuerda la crisis arriana: Arrio enseñaba que Jesús no es verdaderamente Dios, sino un ser intermedio creado, y que “hubo un tiempo en que el Hijo no era”; cuando la Iglesia le llamó a corregirse, no se mostró conciliador, y él y sus seguidores no se rindieron ni siquiera después de Nicea.

4.     Nicea responde confesando que el Hijo es “de la misma sustancia (οὐσία, ousía) del Padre […] engendrado, no creado, de la misma sustancia (ὁμοούσιος, homooúsios) del Padre”, y retoma fórmulas como «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero» para expresar la fe bíblica en el Dios vivo frente a los ídolos.

5.     Con ayuda de san Atanasio y de la tradición antigua, la Carta muestra que el Hijo se hizo hombre para divinizarnos: la divinización es participación en la vida divina y, al mismo tiempo, verdadera humanización; sólo Dios puede saciar el deseo del corazón, como recuerdan san Agustín y santo Tomás (Deus enim solus satiat).

6.     El Credo se convierte en espejo de la vida: invita a examinar qué lugar tiene Dios en la existencia, qué ídolos ocupan su lugar, cómo usamos los bienes, cómo tratamos la creación como “casa común”, y cómo vivimos la fe en Jesucristo Señor en el camino exigente de la cruz, la conversión, la santificación y la divinización.

7.     La Carta Apostólica une inseparablemente fe y caridad fraterna: no se puede amar a Dios sin amar al prójimo, especialmente al pobre y al marginado; en ellos Cristo mismo se hace presente, y sólo si los hombres experimentan la misericordia de Dios a través de nosotros podremos dar un testimonio creíble.

8.     Recorre el camino que va de Nicea a Constantinopla y Calcedonia, y muestra cómo el Credo niceno-constantinopolitano se ha convertido en profesión de fe común de Oriente y Occidente y punto de encuentro también con las comunidades nacidas de la Reforma.

9.     Hace memoria de quienes han defendido esta fe: Alejandro de Alejandría, Osio de Córdoba, los obispos marcados por las persecuciones, san Atanasio con sus destierros, los capadocios, Hilario, Martín, Ambrosio y Agustín, el pueblo fiel y los mártires de todas las tradiciones cristianas. La Iglesia les debe haber custodiado la unidad de la fe a precio de sacrificios, dolores, trabajos, persecuciones y exilios.

10. Finalmente, la Carta propone el Credo de Nicea como base y criterio del camino ecuménico: un modelo de unidad en la diversidad, inspirado en la Trinidad, que llama a un ecumenismo orientado al futuro, de diálogo, intercambio de dones, conversión y oración común al Espíritu Santo, para que los cristianos vuelvan a ser “una sola cosa, para que el mundo crea”.

Con este recorrido, ‘In unitate fidei’ invita a mirar el Credo de Nicea no sólo como fórmula antigua, sino como confesión viva: de quién es Jesucristo, del precio que ha tenido la unidad de la fe, y del camino de conversión y comunión al que estamos llamados hoy.


(Os invito a leer la Carta. Os dejo el enlace)

https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251123-in-unitate-fidei.html