lunes, 24 de noviembre de 2025

Editorial. Intento de desenmascarar la pastoral socializante

 

Intento de Desenmascarar la pastoral socializante

 (Hay dos audios, uno al principio y otro al final del ensayo)

1.- Una mentalidad que nos ha colonizado

En muchas diócesis y parroquias se percibe algo difícil de nombrar: trabajamos mucho, programamos mucho, nos organizamos mucho… y sin embargo la evangelización parece avanzar con dificultad. No faltan planes ni actividades, pero sí la sensación de un Pueblo de Dios realmente en misión.

Una posible clave de lectura es esta: nos ha ido colonizando, como un aire que se respira, una lógica “socializante” de la pastoral. No es que nadie se declare socialista en el plano político; es que ciertos modos de pensar y organizar la vida eclesial se parecen a esquemas propios de un Estado moderno más que a la Iglesia-comunión de Vaticano II.

Y esto no afecta solo a una curia diocesana: atraviesa despachos, sacristías, parroquias, movimientos, cofradías, grupos de base. Todos —clérigos y laicos— somos, en parte, hijos de esta mentalidad.

La tesis es sencilla:

Sin darnos cuenta, hemos empezado a concebir la vida eclesial más como un sistema gestionado que como un pueblo guiado por el Espíritu, y eso introduce ciertos reflejos “socializantes” que dificultan la evangelización.

2.- Cuando la pastoral se vive como un sistema de gestión

La primera manifestación es casi invisible porque parece pura profesionalidad: hablamos de planes, proyectos, servicios, coberturas, usuarios, oferta pastoral. Planificamos cursos, campañas, itinerarios, memorias.

Todo esto puede ser bueno y necesario. El problema nace cuando, sin querer, la lógica de gestión desplaza a la lógica de misión:

  • Los distintos niveles (parroquia, arciprestazgo, diócesis, movimiento) se piensan sobre todo como “estructuras que tienen que llegar a todo”.
  • La pregunta de fondo se convierte en: “¿cómo cubrir este sector, este colectivo, esta necesidad?” más que “¿cómo respondemos juntos al Espíritu que nos envía?”.

No es “culpa” de nadie. Es el modo en que hoy funciona casi todo: escuelas, hospitales, administraciones. Pero en la Iglesia corremos el riesgo de adaptarnos tanto al lenguaje de la gestión que olvidemos que el sujeto primero de la misión no es un organigrama, sino un pueblo convocado por la Palabra y la Eucaristía.

Cómo se nota esta deriva

  • Reuniones muy centradas en la agenda y poco en la escucha común de la Palabra y la realidad.
  • Evaluaciones que se miden casi solo en números (asistencia, actividades) y no en procesos de conversión y de discipulado.
  • Lenguaje: “oferta pastoral”, “servicios que damos”, “cobertura de zonas”.

3.- Igualitarismo nivelador: miedo a que algo sea “demasiado vivo”

Otro rasgo es el miedo a la diferencia. No solo en las grandes estructuras, también en grupos y comunidades pequeñas:

  • En un presbiterio, puede incomodar que una parroquia tenga un dinamismo especial.
  • En una parroquia, puede molestar que un grupo concreto (jóvenes, adoración, Carismáticos, Camino Neocatecumenal, Encuentro Matrimonial, un movimiento…) tenga más fuerza que otros.
  • En un movimiento, puede molestar que surjan iniciativas nuevas dentro, que no encajan en su estilo habitual.

Aquí se cuela una especie de igualitarismo pastoral: todos los grupos, todas las comunidades, todos los carismas deberían ser más o menos parecidos, para que nadie “desentone”. La diversidad real se percibe como problema de control o de imagen.

Sin embargo, la imagen bíblica es otra: un cuerpo con miembros muy distintos. Una diócesis, una parroquia, un movimiento sano tendría que parecerse más a un bosque que a una plantación industrial: muchas especies, alturas y ritmos, bajo el mismo cielo y la misma tierra.

Signos de este igualitarismo

  • Frases como “aquí todos somos iguales, nada de grupos raros”, cuando en realidad se está sofocando la riqueza de carismas.
  • Dificultad para alegrarse sinceramente por los frutos de otros (otra parroquia, otro movimiento, otro estilo), aunque sean hermanos en la misma Iglesia.
  • Tendencia a “bajar el tono” de aquello que funciona, para que no “haga sombra” a lo demás.

4.- Asistencialismo: cuando todos jugamos a “Estado” y “usuarios”

La lógica socializante también aparece en la relación entre ministros y fieles, y aquí nadie sale bien parado porque jugamos todos el mismo juego.

En una parroquia puede suceder que:

  • Los presbíteros y agentes de pastoral se vean a sí mismos como quienes “tienen que proveer” de sacramentos, catequesis, atención social…
  • Muchos fieles se coloquen espontáneamente en posición de usuarios: “la Iglesia tiene que darme esto, para eso está”; esto genera que estos ‘usuarios’ no perciben como necesario el adentrarse en un proceso de redescubrimiento de su propio ser bautizado, conformándose con una fe estática y de ‘Primera Comunión’.

Nadie lo formula así, pero el esquema se parece al de un sistema público: hay una “institución” que tiene que responder a una demanda social. La consecuencia es doble:

  • El clero y los agentes se sienten desbordados, como funcionarios con carga infinita, sobre todo cuando se dispone de menos sacerdotes para los mismos pueblos.
  • El laicado corre el riesgo de no descubrir nunca su propia vocación apostólica, porque se acostumbra a recibir más que a ofrecer. A modo de ejemplo; lo que se pide al sacerdote no es que celebre la Eucaristía dominical, sino que la celebre en su parroquia, en su pueblo.

La pastoral sacramental corre entonces el peligro de convertirse en trámite: la catequesis se hace “porque toca”; la boda eclesial es un servicio cultural; la confirmación, un “título” más. Se olvida el proceso de conversión personal y el grado de influencia de Cristo en la vida de cada uno.

Y, sin embargo, el Concilio insiste en que cada bautizado es sujeto de la misión de la Iglesia. La verdadera alternativa al asistencialismo no es abandonar a la gente, sino acompañarla hasta que descubra que también está llamada a dar.

Signos de asistencialismo

  • Gente que pide sacramentos con total naturalidad… pero se sorprende si se le propone un camino serio de formación o conversión.
  • Equipos pastorales que, ante cualquier necesidad nueva, miran solo hacia “arriba” (al párroco, a la diócesis, al movimiento) y no hacia dentro: “¿qué podemos hacer nosotros?”.
  • Lenguaje de “usuarios satisfechos o no” en vez de discípulos en proceso.

5.- Pastoral social con riesgo de ideologización

Hay una zona especialmente sensible: la acción social y caritativa.

Por un lado, es innegable el bien inmenso que la Iglesia hace en el campo de la caridad. Por otro, la mentalidad socializante puede infiltrarse cuando:

  • leemos casi toda la realidad solo en clave de conflicto (clases, bloques, bandos);
  • hablamos más de estructuras que de personas concretas;
  • usamos, sin darnos cuenta, el mismo lenguaje que ciertos discursos ideológicos, apenas cambiando algunas palabras.

El riesgo entonces es que la pastoral social se convierta en agenda sociopolítica, a veces de signo “progresista”, otras veces “conservador”, pero en ambos casos desconectada del centro cristológico.

Cuando el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado —y la llamada a la conversión, al perdón, a la santidad— queda discretamente en segundo plano, nos parecemos mucho a cualquier ONG con raíces religiosas.

Cómo se detecta

  • Homilías sociales en las que se habla mucho de injusticia, sistema, derechos… y muy poco de Cristo, del pecado, de la gracia, de la vida eterna.
  • Acciones sociales que no remiten a la comunidad orante, a la Eucaristía, al perdón, sino solo a la eficacia.
  • Dificultad para decir claramente que la caridad cristiana incluye también anunciar a Jesús a los pobres, no solo ayudarlos y a ser justos con los trabajadores.

·         Uno de las tantas consecuencias colaterales de esto es el empleo de folios o cuadernos elaborados para el uso de la Eucaristía que reemplazan al Misal Romano; quitar lecturas en la Eucaristía alegando que es un mensaje desconcertante o alejado para el mundo de hoy, entre otras.

6.- La economía de subsidio: “que pague otro”

Otro campo donde se nota la mentalidad socializante es el de los recursos económicos.

En muchos sitios, la costumbre es pensar:

  • que las obras y proyectos “de Iglesia” deberían sostenerse siempre con ayudas externas (subvenciones, fundaciones, instancias superiores);
  • que hablar de dinero en la comunidad es incómodo, casi indecoroso, y mejor no hacerlo.

El resultado es una doble dependencia:

  • Dependemos de benefactores lejanos o de ayudas públicas.
  • La comunidad local se acostumbra a no sentir como propia la carga de sostener aquello que dice apreciar.

Esta lógica de subsidio se parece bastante a la idea de un Estado que provee y de unos ciudadanos que reclaman prestaciones. En clave de fe, en cambio, el sostenimiento de la misión forma parte de la respuesta vocacional del laico: mi bolsillo también se convierte.

Signos

  • Proyectos que se diseñan en función de posibles subvenciones, más que de llamadas claras del Evangelio.
  • Fieles poco informados sobre ingresos y gastos, y por tanto poco implicados.
  • Cierto fatalismo: “No hacemos más porque no hay dinero”, cuando en realidad no se ha propuesto seriamente una corresponsabilidad real.

7.- La raíz: poca confianza en la libertad tocada por la gracia

En todos estos ámbitos hay un hilo común: una antropología pobre de la libertad.

La lógica socializante, traducida a lenguaje eclesial, podría sonar así:

  • Si damos demasiada libertad, se desmadra todo”.
  • Si dejamos que surjan carismas fuertes, habrá divisiones”.
  • Si pedimos corresponsabilidad real, la gente se irá”.
  • Si hablamos demasiado de Cristo y conversión, pareceremos radicales”.

No es mala intención. Es miedo. Cansancio. Experiencias de heridas reales. Pero cuando ese miedo se institucionaliza, vamos apagando, sin darnos cuenta, el espacio donde el Espíritu quiere sorprendernos.

El Concilio Vaticano II apostó a lo contrario:

  • confió en que la gracia puede sostener una libertad madura;
  • confió en un laicado capaz de evangelizar el mundo;
  • confió en que la diversidad de carismas, bien discernida, no rompe la unidad, la enriquece.

Recuperar esta confianza es una forma muy concreta de conversión pastoral.

8.- Desenmascarar sin acusar: un examen que nos incluye a todos

El objetivo de este ensayo no es buscar responsables, ni oponer “centro” y “periferia”, ni “clero” y “laicos”. Es más bien ofrecer unas gafas para leer la propia realidad pastoral:

  • En mi parroquia, ¿funcionamos más como familia en misión o como oficina de servicios religiosos?
  • En mi grupo o movimiento, ¿acogemos la diversidad interna o tendemos a uniformar?
  • Como laico, ¿me vivo más como quien ayuda a la Iglesia… o como quien recibe servicios de ella?
  • En mi predicación y mi acción social, ¿se ve centralmente a Cristo o se podría confundir con cualquier discurso bienintencionado?
  • En mi modo de usar el dinero y los recursos, ¿actúo como corresponsable o como usuario de un sistema?

         Cada uno puede hacerse estas preguntas según su lugar en la Iglesia. La respuesta no será nunca blanco o negro. Pero el solo hecho de nombrar la mentalidad que nos coloniza ya es un primer acto de libertad.

9.- Hacia una pastoral más evangélica y menos “socializante”

No se trata de destruir estructuras ni de renunciar a la organización. Se trata de dejar que el Evangelio y el Vaticano II purifiquen nuestra forma de usarlas.

Algunas líneas de fondo:

  • De sistema a pueblo: menos obsesión por cubrir todo, más atención a formar comunidades vivas, aunque sean pequeñas. Recordemos, sobre todo a algunos presbíteros, que la parroquia está llamada a ser Comunidad de Comunidades cristianas. Y cuando se dice Comunidad no nos referimos a los grupos de liturgia, el coro parroquial, de limpieza, de catequesis o de vida ascendente -entre otros- que están en la parroquia.
  • De uniformidad a cuerpo con muchos miembros: alegrarnos de los carismas que el Espíritu suscita, aunque no encajen perfectamente en nuestros esquemas.
  • De servicio prestado a discipulado compartido: que nadie se quede solo como “cliente”; invitar siempre a un camino de seguimiento.
  • De subsidio a corresponsabilidad: hablar sin miedo de recursos, de tiempo, de talentos, como parte de la vocación de todos.
  • Del análisis ideológico al kerygma: dejar que Cristo y su Evangelio sean explícitamente el centro de nuestra palabra y nuestra acción.

Si logramos este giro, quizá descubramos que la “pandemia” no tenía la última palabra. Que bajo capas de gestión, de miedo y de inercias, el Espíritu sigue trabajando. Y que bastan algunas decisiones valientes —en lo pequeño y cotidiano— para que vuelva a respirarse, en nuestras diócesis y parroquias, el aire fresco de una verdadera evangelización.

Te propongo un nuevo final para el ensayo, que puedes pegar tal cual sustituyendo la conclusión que tenía:

10.- Hacia una pastoral más evangélica: el cambio es posible

Todo lo dicho hasta aquí podría sonar, si nos quedáramos a medias, como un diagnóstico pesado. Pero no es el objetivo. El hecho mismo de que hoy podamos poner nombre a esta “lógica socializante” en la pastoral es ya un signo de esperanza: lo que se reconoce puede convertirse.

La buena noticia es que no partimos de cero. En muchos lugares ya se ven brotes de otra manera de hacer pastoral:

  • parroquias donde se ora de verdad antes de programar;
  • grupos en los que los laicos toman responsabilidad con alegría;
  • presbíteros que empiezan a descansar más en la acción del Espíritu que en el control propio;
  • comunidades que sostienen con generosidad la misión común, también con su tiempo y sus bienes.

Son pequeñas semillas, pero el Evangelio nos asegura que el Reino crece a partir de semillas pequeñas. No hace falta que esperemos grandes reformas estructurales para empezar: basta con algunos gestos concretos, allí donde estamos:

  • escuchar más y mejor al Pueblo de Dios antes de decidir;
  • alegrarnos sinceramente de los carismas ajenos;
  • proponer procesos de fe más hondos, aunque sean más exigentes;
  • hablar con paz de la corresponsabilidad, sin miedo a pedir y sin miedo a que algunos digan que no.

El Vaticano II no es un sueño irrealizable ni un ideal reservado a otros tiempos o lugares. Es palabra de la Iglesia para este momento histórico, también para nuestras diócesis concretas, con sus cansancios y sus límites. Si el Concilio ha sido suscitado por el Espíritu Santo, entonces la gracia para vivirlo también nos está siendo dada.

Por eso, más que instalarnos en la queja, podemos permitir que este diagnóstico despierte de nuevo en nosotros el celo pastoral: el deseo de ver a nuestras comunidades más libres, más evangélicas, más misioneras. No se trata de empezar una guerra contra nadie, sino de iniciar una conversión juntos, con humildad y buen humor, sabiendo que todos hemos respirado el mismo aire y todos necesitamos el mismo aire nuevo.

El cambio es posible y viable porque no depende solo de nuestra capacidad de reforma, sino de la fidelidad de Dios. Él sigue llamando, sigue enviando, sigue encendiendo el corazón de pastores y laicos que quieren tomar en serio el Evangelio. Si nos dejamos conducir, poco a poco nuestras diócesis dejarán de parecer un “sistema que se aguanta” para parecer cada vez más lo que en verdad son:

Un Pueblo de Dios en marcha, guiado por el Espíritu, al servicio humilde y alegre de la evangelización.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Editorial: Tu libertad interior desata el globo de tu vida

 



Tu libertad interior desata el globo de tu vida
(ensayo con ejemplos en la vida eclesial)


Hay etapas de la vida —también dentro de la vida eclesial— en las que uno vive convencido de que lo decisivo está siempre fuera: la parroquia “ideal”, la comunidad perfecta, el obispo que por fin me entienda, el grupo que no dé problemas, la relación que cure todas mis heridas. Uno busca: cambios, soluciones, personas, estructuras, afectos.

Y sin embargo, tal vez el verdadero drama no está tanto en lo que falta fuera, sino en lo que aún no se ha descubierto dentro.

La tesis de este ensayo es sencilla y exigente:

La única realidad absolutamente imprescindible para vivir con dignidad —cristiana y humanamente— ya está dentro de cada uno: la libertad interior.

Todo lo demás —destinos, cargos, éxitos pastorales, reconocimiento, relaciones, estabilidad económica— es relativo. Puede ayudar o estorbar, pero nunca puede sustituir a la libertad.


1. Libertad: no es tener, es quitar

Normalmente identificamos libertad con “tener muchas opciones”: más dinero, más tiempo, más recursos, más posibilidades de elegir. Sin embargo, la libertad de la que hablamos aquí no se define por lo que se suma, sino por lo que se suelta.

Imagina tu interior como un globo cargado de piedras. Las piedras son:

  • miedos (al rechazo, al fracaso, al qué dirán),
  • complejos,
  • inseguridades,
  • necesidad compulsiva de aprobación,
  • resentimientos,
  • victimismos crónicos.

La libertad no consiste en inflar más el globo —más actividades, más personas a tu alrededor, más proyectos, más “cosas de Iglesia”—, sino en quitar piedras. No se trata de acumular, sino de desprenderse.

Ejemplo: un noviazgo tóxico y un noviazgo libre

Aquí conviene bajar a lo concreto.

Noviazgo tóxico (sin libertad)

Una persona entra en una relación porque se siente sola, vacía, con baja autoestima. No aguanta estar consigo misma. Cuando alguien le presta atención, se agarra a él/ella como a un salvavidas. La relación se convierte en:

  • control constante (“¿dónde estás?”, “mándame ubicación”, “con quién hablas”),
  • necesidad continua de mensajes para sentirse querido,
  • miedo obsesivo a que la otra persona se vaya o encuentre a alguien “mejor”.

Cede en todo, calla lo que no le gusta, acepta humillaciones, se justifica: “es que me quiere mucho, por eso es celoso/a”. Su vida gira alrededor de conservar la relación a toda costa. No hay libertad: hay miedo a quedarse solo.

Con el tiempo, esa sumisión se transforma en resentimiento. Empieza a ver al otro como la causa de su infelicidad; pasa de someterse a intentar someter, a controlar, incluso a humillar. Pero el problema original no era “la relación” en abstracto: el problema es que entró en ella cargado de piedras, sin libertad interior.

Noviazgo sano (con libertad)

Otra persona, también con heridas y límites, ha aprendido poco a poco a estar sola, a cuidar sus amistades, su fe, su trabajo, su cuerpo. No busca una relación para “salvarse”, sino para compartir lo que ya es. Cuando inicia un noviazgo:

  • puede decir “sí” y también “no”,
  • puede expresar lo que le duele sin miedo a que lo abandonen,
  • no revisa el móvil del otro, ni se desquicia si no responde al instante,
  • si percibe signos claros de manipulación, tiene la libertad de plantearlo o de terminar la relación.

Sabe que el otro puede fallar, incluso serle infiel. Le dolería, pero no lo destruiría, porque su identidad no está colgada de esa relación. Está ahí por elección, no por desesperación. Eso es libertad.


2. Cuando hasta las lentejas cambian de sabor

La experiencia humana y espiritual lo confirma: con libertad, lo difícil se hace más llevadero; sin libertad, incluso lo bueno se vuelve insufrible.

Pensemos en algo tan simple como un plato que de niños odiábamos —por obligación— y que de adultos llegamos a disfrutar. La lengua es la misma, el sabor casi el mismo; lo que ha cambiado es la actitud: antes lo comíamos porque nos obligaban, ahora lo elegimos. La libertad transforma la misma realidad.

Ocurre igual en la vida eclesial.

Ejemplo: un traslado pastoral

Un sacerdote pasa de una parroquia viva, con múltiples actividades, a un pueblo pequeño y aparentemente “sin futuro”. Si por dentro piensa:

“Me han castigado, aquí no se puede hacer nada, esto es perder el tiempo”,

vivirá el nuevo destino como un castigo. Obedecerá externamente, pero con un corazón lleno de queja y tristeza. Las mismas misas, las mismas visitas, los mismos fieles, le resultarán pesadísimos.

Otro, en situación parecida, también sufre: deja gente a la que quiere, proyectos que empezaban a dar fruto. Pero, al final, se pone delante del Señor y dice:

“No he elegido este lugar, pero elijo estar contigo aquí.”

Poco a poco, descubre nombres, historias, dolores; aprende a querer ese pueblo concreto. Las circunstancias objetivas no cambian, pero su libertad interior colorea todo de otro modo.

La libertad es eso: no cambiar la realidad exterior de golpe, sino cambiar la manera de habitarla.


3. Libertad en medio de estructuras y pobrezas

En la Iglesia, como en la sociedad, hay condicionamientos reales: falta de vocaciones, estructuras pesadas, injusticias, pobreza material, conflictos internos, decisiones de autoridad que no siempre se entienden. Sería absurdo negar todo eso.

Pero también es peligroso refugiarse siempre en las estructuras para justificar la propia parálisis o amargura. La libertad interior no borra la injusticia ni la precariedad, pero impide que se conviertan en coartada para no crecer.

Ejemplo: vida religiosa entre obediencia y servilismo

Una religiosa, por miedo a ser vista como “poco dócil”, dice que sí a todo: cargos, tareas, cambios. No discierne si algo la desborda, si es sano para la comunidad, si responde al carisma. Sufre en silencio, acumula cansancio, resentimiento, sensación de injusticia. Exteriormente “obedece”; interiormente está esclavizada al miedo.

Otra hermana, igualmente consagrada, ama la obediencia, pero no la confunde con servilismo. Cuando se le pide algo, lo reza, lo discierne, lo habla con sencillez: es capaz de decir “sí”, pero también “no puedo”, o “esto me parece que no es bueno por estos motivos”. No desobedece por capricho; obedece desde la verdad. Su libertad purifica la obediencia y, a la larga, ayuda a la comunidad a madurar.

Las constituciones son las mismas, la regla es la misma. Lo distinto es la libertad interior con la que se asumen.


4. Libertad y relaciones eclesiales: de la dependencia al amor

La falta de libertad no sólo afecta al noviazgo. En la vida eclesial aparecen dependencias afectivas disfrazadas de “caridad”: comunidades que se convierten en “clanes”, grupos parroquiales cerrados, relaciones paternalistas que anulan.

Ejemplo: parroquia-club y parroquia-cuerpo

En ciertas parroquias, un pequeño grupo de laicos lo decide y controla todo: fiestas, horarios, voluntariados, acceso a ministerios. Los nuevos son observados con recelo. Se habla constantemente de “nuestra parroquia”, como si fuera una propiedad privada. El miedo a perder el control ahoga cualquier novedad. No hay libertad, hay posesividad.

En otras, también hay un núcleo estable de personas, pero viven con otra conciencia: la parroquia es del Señor y de su pueblo, no de ellos. Se arriesgan a abrir espacios, a escuchar propuestas, a dejar entrar aire nuevo. Discuten, se equivocan, rectifican, pero el criterio no es “que salga lo mío”, sino “qué ayuda más a esta comunidad concreta a encontrarse con Cristo”. Eso es amor eclesial vivido con libertad.


5. Estudios, trabajo, misión: complacer o vivir la propia vocación

También en lo eclesial abundan vidas vividas “para quedar bien”: el cura que intenta ser el modelo que otros esperaban, la religiosa que ocupa todos los huecos por evitar conflictos, el laico que se ofrece a todo porque no soporta decir que no.

Ejemplo: el laico hipercomprometido

Un laico “de Iglesia” está en todas: catequesis, coro, Cáritas, pastoral juvenil, grupos de oración. La parroquia no podría funcionar sin él, aparentemente. Pero su familia casi no lo ve, su matrimonio se resiente, sus hijos lo perciben como ausente.

Cuando alguien le sugiere que revise su agenda, responde:

“Es lo que Dios me pide, la Iglesia me necesita.”

Quizá hay una parte de verdad; pero también puede haber miedo a afrontar su propia casa, a hablar de temas pendientes, a mirar vacíos personales. “La Iglesia” se convierte en refugio. No actúa desde la libertad, sino desde la huida.

Otro laico, igualmente creyente y generoso, se compromete, pero tras un discernimiento real. Reconoce que su primera misión es su familia, y que su servicio eclesial tiene que integrarse ahí. Dice “sí” a lo que puede sostener y “no” a lo que le desborda, sin culpas falsas. Su apostolado nace de la libertad, no del miedo a ser juzgado como “poco comprometido”.


6. Libertad no es libertinaje (también en la Iglesia)

En clave eclesial, a veces se invoca la libertad para justificar actitudes que poco tienen de evangélicas:

  • “Yo celebro la liturgia como quiero, las normas son esclavitud.”
  • “Yo enseño en catequesis lo que yo pienso, los documentos son opinión.”
  • “Yo vivo la pobreza a mi manera, eso de las cuentas claras es falta de confianza.”

Pero no toda autonomía es libertad. Una decisión es verdaderamente libre cuando:

  • respeta la verdad,
  • construye la comunión,
  • y amplía la capacidad futura de seguir siendo fiel.

Lo que destruye vínculos, lo que esclaviza a los propios caprichos, lo que rompe sistemáticamente la conciencia, no es libertad, aunque se presente con su nombre.


7. Devociones, dinero, estilo de vida: termómetros de libertad

Las mediaciones —rosarios, novenas, procesiones, economía parroquial, estilo de vida del clero y de los consagrados— pueden ser lugares de libertad o de esclavitud.

Devociones

Hay quien vive atrapado en prácticas piadosas por puro miedo:

Si hoy no rezo esto, algo malo pasará; si falto a tal acto, el Señor se enfadará.”

La relación con Dios se convierte en una especie de contrato nervioso. No hay descanso, sólo obligación.

Otro reza el mismo rosario, asiste a la misma adoración, participa en las mismas procesiones, pero desde otro lugar: sabe que son caminos para abrirse al amor de Dios, no mecanismos para controlarlo. Si un día no puede, no vive en angustia. Ama la devoción, pero más aún al Dios al que se dirige. Eso es libertad.

Economía parroquial

En una parroquia, el deseo de “quedar bien” puede llevar a obras innecesarias, adornos excesivos, gastos superfluos, mientras se descuida a los pobres reales de la comunidad. Se usa el nombre de Dios para justificar la vanidad.

En otra, se cuida la belleza litúrgica, pero con sobriedad; se rinde cuentas con transparencia; se prioriza lo necesario; se vive con una cierta austeridad. No se busca “parecer ricos”, sino ser fieles. Eso libera.


8. Acompañamiento espiritual: libertad o dependencia

La dirección espiritual y la confesión son lugares privilegiados para el crecimiento de la libertad… o para su destrucción.

Un acompañante que decide por la persona todo —pareja, trabajo, amistades, opciones políticas—, que se presenta como “voluntad de Dios” sin matices, no forma conciencias, las sustituye. Genera dependencias malsanas.

Un buen acompañante, en cambio, ayuda a ver, a discernir, a confrontar; da criterios, señala peligros, pero siempre devuelve la decisión a la persona:

“Pregúntalo tú ante el Señor, asume tú la responsabilidad.”

No es dueño de almas, sino servidor de la libertad de otros.


9. Caminos hacia la libertad interior

En todos estos planos —noviazgo, parroquia, comunidad, economía, devociones, acompañamiento— aparece la misma pregunta:

¿Esto que hago nace del miedo o de la libertad?

Algunos caminos para crecer en esa libertad:

1.     Nombrar los miedos. Reconocer qué me mueve: miedo a decepcionar, a estar solo, a perder prestigio, a ser señalado. Ponerle nombre ya empieza a quitarle poder.

2.     Practicar el silencio orante. Tiempo real, sin móvil, sin ruido, sin “hacer cosas de Iglesia”, simplemente estar ante Dios con lo que uno es. Ahí se desvelan apegos y falsedades, pero también se intuye por dónde llama la verdad.

3.     Acepta que la libertad duele. Romper un noviazgo tóxico, renunciar a un cargo que alimenta el ego, decir que no a un compromiso que te desborda, corregir una devoción mal entendida… todo eso duele. Pero es un dolor que abre, no que encierra.

4.     Vivir con sobriedad. En el consumo, en las actividades, en los compromisos. La sobriedad libera de mucha presión innecesaria y deja espacio para lo esencial.

5.     Pedir la gracia. Para el creyente, la libertad no es sólo cuestión de carácter o fuerza de voluntad: es también don. Se pide humildemente: “Señor, hazme libre para amarte y amar.”


10. Conclusión: la huella de una libertad vivida

Al final, en la vida eclesial, lo decisivo no será:

  • cuántos grupos coordinaste,
  • cuántas parroquias atendiste,
  • cuántos actos organizaste,
  • cuántas devociones acumulaste,

sino:

¿qué tipo de persona fuiste en todo eso? ¿Dejaste una huella de libertad y amor, o de miedo y control?

La única cosa verdaderamente imprescindible ya la llevas dentro: la libertad.
Todo lo demás —noviazgos, amistades, ministerios, comunidades, estructuras— será el escenario en el que esa libertad se despliegue o se pierda.

El desafío es no llegar al final habiendo “hecho muchas cosas para Dios”, pero sin haberle permitido a Dios hacernos, de verdad, libres por dentro.