martes, 16 de abril de 2013
domingo, 14 de abril de 2013
Homilía del Domingo Tercero de Pascua, ciclo c
DOMINGO III DE PASCUA, ciclo c, HECHOS
DE LOS APÓSTOLES 5, 27 b-32.
40b-41; SALMO 29
; APOCALIPSIS 5,
11-14; SAN JUAN 21. 1-19
Realmente
hermanos, la alegría que da el saber que todo –alegrías, tristezas,
enfermedades y disgustos- va a terminar bien. Me genera serenidad y gozo espiritual
saber que soy y somos propiedad de Dios. La vida no es mía, es de Cristo que
por mí murió y recitó y que Dios Padre le ha constituido Señor, Kyrios, de
vivos y muertos. Ya no vivo para mí, sino por aquel que nos compró nuestra
salvación al precio de su sangre.
San
Juan al escribir la Apocalipsis desea levantar y afianzar la moral de los cristianos
ante las duras persecuciones tan violentas contra la Iglesia. Estaban siendo
diezmados y en esas circunstancias tan sangrientas el Espíritu Santo inspira a
San Juan para escribir el Apocalipsis y así revelar a todos el gran regalo que Dios
concede a los que le son fieles. Hoy San Juan nos relata un texto bellísimo. Es
como si plasmase en un gran lienzo aquello a lo que estamos llamados a ser. Con
esa bella pintura nos anticipa aquello que nos espera. Los ángeles, los miles y
millares de personas, los ancianos, la corte celestial y el trono en donde está
sentado Dios. Nosotros conocemos a Dios porque viendo a Jesucristo ya conocemos
al Padre y al Santo Espíritu. Y cuando uno sabe –con certeza y sin la más
mínima duda- que es eso lo que nos espera –el abrazo tierno y misericordioso de
Dios- no hay nada que pueda separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo
Jesús. Ni la desnudez, ni el hambre, ni la muerte, ni la persecución, ni el
sufrimiento por anunciarle…nada nos separará del amor de Dios. Por eso los
Apóstoles estamos contentos de ser castigados por anunciar a Jesucristo, ya que
de ese modo dieron testimonio de su amor por Él.
Sin
embargo la salvación no es para unos pocos. No se trata de un ‘coto’ cerrado.
La salvación es universal y todos están llamados a poder gozar contemplando el
rostro de Dios. Pero ¿cómo van a creer si nadie les anuncia?¿cómo van a amar a
Jesucristo si nadie se les presenta? Nuestra vida está llamada a ser aroma de
Cristo, para que aquellos que nos vean puedan conocer al Señor. Como la vela
que se consume ante el Sagrario así nuestra vida se ha de consumir ante la
presencia de Jesucristo para que el mundo pueda creer y los hombres anden por
las sendas del Evangelio que conduce a la Vida Eterna. Por eso cuando Jesús –sin
que los apóstoles supieran en ese momento que era Jesús- les mandó que
volviesen a lanzar la red a la derecha de la barca para pescar llegaron a capturar
tantos peces que casi no podían sacarlos y la red no se rompió. Lo nuestro es
hacer apostolado, es ser evangelizadores, es llevar a las máximas almas ante la
presencia de Jesucristo. Para que cuando llegue el tiempo –y el que lo dispone
es Dios- podamos leer una nueva reedición del Apocalipsis donde esté escrito: «Yo,
Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles; eran millares y millones
alrededor del trono y de los vivientes y entre ellos Iván, Sheila, Patricia,
María, Juan Carlos, Sandra, Ángel, Felisa, Sebastiana -la vecina del quinto-,
Jacinto -el vendedor de la prensa-, tú y yo …etc., que decían con voz potente: --
Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la
fuerza, el honor, la gloria y la alabanza». Y en ese ‘particular lienzo’ que
nos ha pintado San Juan en su texto podamos estar todos allí disfrutando
gozosos en la Gloria.
Los
cazadores cuando van a cazar liebres con los perros saben que todos sus
animales van corriendo tras la presa. Las dificultades aparecen porque la
liebre se lo pone complicado a los perros ya que cualquier matorral o
escondrijo se bueno para poder despistarlos. Pasado un tiempo la mayoría de los
perros desisten y se olvidan de perseguir a la liebre. Únicamente unos pocos
perros la persiguen y consiguen alcanzarla. Esos pocos perros han sido los que
habían visto a la presa, el resto sólo seguían a la manada. Nosotros hemos
visto a Cristo y tenemos experiencia de Él –en la Eucaristía, en los demás
sacramentos, en la Palabra Divina y Revelada- por eso no desistimos en seguir
tras sus pasos.
Mientras
tanto hagamos caso a la invitación que nos hace el Señor y esa invitación es:
¡Sígueme!
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domingo, 7 de abril de 2013
Homilía del Segundo Domingo de Pascua, ciclo c
DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA, ciclo c
Hermanos, les voy a decir una cosa
con toda la claridad: aquellos que no han experimentado el rechazo por parte
de la gente por seguir al Maestro aún no han sido testigos de Cristo en el
mundo. Vivir como cristiano y ser rechazado por este mundo son cosas que van de
la mano. Nosotros estamos en el mundo pero no pertenecemos al mundo; somos
propiedad de Uno que por nosotros murió y por nosotros resucitó. Hemos nacido
del espíritu y aunque tenemos carne estamos destinados a alzar la mirada hacia
los bienes de allá arriba donde está sentado Jesucristo a la diestra de Dios
Padre.
En la segunda lectura nos
encontramos a San Juan desterrado en la isla de Patmos por anunciar a
Jesucristo. San Juan al conocer al Señor ha descubierto una experiencia tan
bella que le ha enriquecido de tal modo que se alegra de estar desterrado y
sufriendo tribulación por el Señor, porque está tan enamorado y agradecido a
Cristo que todo, absolutamente todo, adquiere pleno sentido en Él. Hoy por hoy,
el hecho de llevar una cruz colgada al pecho en un instituto o tener como marca
páginas de un libro una estampita religiosa es causa suficiente para que te
vean como ‘bicho raro’. El hecho de no salir de fiesta para beber y beber
simplemente porque uno no quiere que la imagen de Dios en él no se emborrone y
dañarse con el abuso del alcohol es causa más que suficiente para que te
marginen y se rían de ti a la cara porque ya eres ‘raro’. El hecho de ponerse
en camino para seguir descubriendo lo que Jesucristo desea de uno ya genera, de
por sí, una ruptura con hábitos y modos de entender la vida que –aunque antes
`se daba de patadas con nuestra fe’- uno lo entendía como normal sin serlo. Lo
curioso de todo esto es que como la inercia del pecado tiene tanta fuerza aquel
que hace una opción seria por Cristo tiene que estar siempre vigilante y en
alerta bien aferrado a la cruz del Maestro y con los ojos llorosos por sufrir
en sus propias carnes la incomprensión y el rechazo de aquellos que antes
consideraba de ‘los cercanos’. Estoy convencido que estas personas –que van
experimentando en sus carnes este particular ‘destierro’ - se sentirán
identificados con la vivencia de San Juan en la isla de Patmos. Lo curioso de
todo esto es que, cuando uno adquiere ese don de estar cerca de Dios no lo
desea dejar, porque descubre una luz tan potente en su vida de la que no desea
verse privado en ningún instante de su existencia. Descubre como Cristo te ha
puesto en movimiento para regenerarte internamente, para salvarte y te va
mostrando su cariño a la vez que te va forjando el carácter para permanecer,
con mayor entereza, en la
Verdad, en el amor, en la plenitud.
Hermanos, los Hechos de los
Apóstoles nos cuenta cómo la gente sacaba a los enfermos a la calle, y los
ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra por lo menos,
cayera sobre alguno de ellos. Nosotros tenemos algo más grandioso que la sombra
de Pedro, gozamos de la
Palabra de Dios que como agua empapa la tierra, la hace
fecunda para que posteriormente pueda dar el fruto deseado. La Palabra de Dios, junto con
los sacramentos, son nuestros alimentos para fortalecer nuestras rodillas
vacilantes y para alzar nuestra mirada sabiendo que la fuerza viene de lo alto.
Que la paz de Jesucristo recaiga sobre nosotros.
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miércoles, 27 de marzo de 2013
Homilía del Domingo de Pascua de Resurrección del Señor, 2013
DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL
SEÑOR, 2013 HECHOS DE LOS APÓSTOLES 10, 34 a.37-43;
SALMO 117; SAN PABLO A LOS COLOSENSES 3, 1-4; SAN JUAN 20, 1-9
Si les preguntase ¿qué experiencia
tienen ustedes de Dios? realmente les pondría en un aprieto. Porque ¿quién es Dios para ti?, ¿quién es Jesucristo
para ti? Es cierto que sabemos que es el Salvador, el Hijo de Dios... pero
¿cómo ha marcado Jesucristo en tu persona? ¿Cristo ha dejado una huella en tí?
Si yo afirmo que soy creyente y que creo ¿en qué me baso para hacer tal
afirmación? También ustedes me podrían preguntar: Tú que eres presbítero ¿Qué
experiencia tienes de Jesucristo?, y para dar respuesta a esa cuestión me debo de remitir a mi trato frecuente de
amistad con Él.
Realmente se dan muchos niveles de
trato: desde ese momento que tienes que compartir el ascensor con un vecino o
con el que te encuentras por la calle y le saludas porque ‘le conoces de
vista’, pasando por aquellos espacios que se comparte en la escuela, el
instituto, la universidad o en cualquier asociación hasta llegar a un nivel de
trato que deja de llamarse así para ser amistad auténtica y verdadera.
Que cada uno se pregunte qué valor tiene para su propia vida el
verdadero conocimiento de Dios y de Jesús. La
llamada de
Jesucristo está en el origen de tu matrimonio, de tu vida consagrada, de tu
vocación de servicio hacia los demás; esta llamada del Señor está en el
origen del camino que el hombre ha de recorrer en la vida. Desde el momento en
que Cristo te entrega a ese novio o a esa novia, a un esposo o a una esposa, a
unos hijos, a una comunidad… se inicia un camino que dura hasta la muerte y que
es todo un itinerario «vocacional». Por lo tanto, ni yo ni nadie, podrá dar
respuesta a este itinerario «vocacional» si uno «vive pasa sí mismo» en lugar de vivir para Jesucristo. San
Pablo nos lo recuerda con gran claridad: «Ya
que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está
Cristo, sentado a la derecha de Dios».
Ahora bien ¿cómo sé yo si estoy buscando «los bienes
de allá arriba» o me estoy buscando a mí mismo? La respuesta es fácil de
responder, valga ésto a modo de ejemplo: La policía de investigación criminal
suele emplear un producto químico llamado ‘Luminol’ que produce una reacción
que detecta la existencia de sangre. Pues usemos nuestro particular ‘Luminol’
para detectar la existencia de egoísmo en nuestra vida y por lo tanto de la
ausencia de Dios. Vertamos un poco nuestra particular sustancia utilizando
preguntas de este estilo: ¿realmente considero que he adquirido un nivel de
formación cristiana más que adecuado?¿me preocupo de mi formación en la vida
cristiana?; a lo largo del año ¿cuántas veces me confieso?, ¿cuántas veces
asisto a la Eucaristía?¿cuántas
veces a lo largo del día rezo?; en el modo de estar en mi hogar ¿cómo influye
mi ser cristiano en la formación y educación de mis hijos?; en la convivencia
con mi esposo o con mi esposa ¿me dejo orientar por las aportaciones de
Jesucristo?; si soy un adolescente o joven ¿estoy cayendo en la cuenta de lo
complicado que es seguir y ser fiel a Jesucristo o simplemente ya no me planteo
en cristiano nada porque mi vida espiritual está –desde hace tiempo- congelada?
Una de las graves dificultades que podemos estar sufriendo es que nos hemos
acostumbrado a poner ‘el listón’ de nuestra vida cristiana tan bajo que casi no
tenemos ni que levantar los pies para saltarlo y nos podemos sentir como
violentados cuando alguien nos invita a levantar mencionado listón. Y en
realidad cuando uno se relaciona con las personas –y a mayor tiempo mayor
conocimiento- a poco uno se percata de dónde tiene colocado esa persona el
listón en su vida cristiana, si ‘a ras de suelo’ o a una altura ya interesante.
Hermanos, dice San Pablo « vuestra vida está con Cristo escondida en Dios», que
eso sea realidad en cada uno de nosotros para dar respuesta a la vocación que
Cristo Resucitado nos ha entregado. ¡Feliz Pascua de Resurrección!
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lunes, 25 de marzo de 2013
Homilía de la Vigilia Pascual 2013
VIGILIA PASCUAL 2013
Dice San Pablo que «ya que el mundo, con su sabiduría, no
reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, Dios quiso salvar a
los que creen por la locura de la predicación» (1 Cor 1,21). Esta epístola
de San Pablo remitida a la comunidad de los corintos estaba escrita en griego y
no empleó el término «predicación» sino el término «Kerigma». Por lo tanto decir
que «Dios quiso salvar al mundo a través de la escucha del Kerigma» es más fiel
al sentido de las palabras de San Pablo. Pero ¿qué quiere decir el término
«Kerigma»? La palabra «Kerigma»
significa ‘anuncio de buena noticia’.
Dios ha venido a salvar al mundo a través
de una noticia. ¿Qué noticia? Yo no estoy ahora aquí –celebrando la Vigilia Pascual-
simplemente porque ‘toca’. Yo estoy aquí porque tengo que darles una GRAN
NOTICIA, «la noticia», «el Kerigma». Estoy aquí porque vuestra salvación depende
del anuncio del Kerigma. Por lo tanto, si yo como presbítero les
traigo el Kerigma les estoy trayendo AHORA la salvación.
En la segunda carta de San Pablo a los
Corintios dice que «Cristo ha muerto por todos». ¿Y por qué ha muerto por
todos?, ha muerto por nosotros para que todos los que viven ya no vivan más
para sí. Según San Pablo, Cristo ha muerto para que el hombre ya no viva más
para sí, sino que viva para Aquel que ha muerto y resucitado por él. Cristo ha muerto por ti, ¡sí por ti!,
el que ahora está sentado en los bancos de esta Iglesia escuchándome y por un
servidor que intenta ser fiel al Señor. ¡Por ti y por mí ha muerto Jesucristo! para
que dejemos de vivir para nosotros mismos y
empecemos a vivir para Él, que por nosotros murió y resucitó. Y esto no
me lo invento yo; lo dice San Pablo.
Escuchemos la epístola segunda de San Pablo
a los Corintios: «Porque
el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, para que
no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.
Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocemos a
Cristo según la carne, ya no lo conocemos así. Por tanto, el que está en Cristo,
es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios,
que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la
reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando el mundo consigo, no
tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros
la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si
Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos:
¡reconciliaos con Dios!» (2 Cor 5, 14-20) PALABRA DE DIOS.
Hermanos, es el Espíritu Santo el que nos ordena internamente conduciéndonos para que vivamos por Cristo y para Cristo.
Hay que dejar actuar al Santo Espíritu de Dios en nuestra vida particular. ¿Y cuándo
vamos a dejar actuar al Santo Espíritu de Dios? La respuesta es AHORA. San Pablo nos exhorta diciendo: «Mirad, ahora es el
tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (2 Cor 6,2b). ¡Es ahora cuando hay que vivir
por Cristo y para Cristo… ahora! Seamos
como embajadores de Cristo, y el mundo cuando nos vea esté viendo a
Cristo, ¡porque somos sus embajadores! ¡Reconcíliate con Cristo!¡Reconcíliate
con Dios! San Pablo es muy claro: «El que está en Cristo es una nueva creación»
y continúa diciéndonos «y como colaboradores suyos que somos, os exhortamos a que no
recibáis en vano la gracia de Dios» (2 Cor 6,1). Esa gracia de Dios
llega hasta ti en cada instante de tu vida, por eso es AHORA cuando has de
acogerlo. Atención, tengamos en cuenta que según San Pablo aquellos hombres que vivan para
sí están como condenados.
¿Qué significa vivir para sí?¿por qué vivir
para sí es una cosa mala y terrible? Dense cuenta que todos vivimos para
nosotros mismos. ¡En todo buscamos nuestra felicidad!, por eso los muchachos
van a la universidad, tienen su novia, estudian, trabajan…en todo buscamos
nuestra felicidad. ¡Todos vivimos para nosotros!. Se dice mucho que ‘lo que no
hagas por ti nadie lo hará por ti’. Todos vivimos para nosotros mismos en
cierto sentido. Ahora bien, Cristo ha muerto para que el hombre no viva más
para sí.
Y ¿para qué el hombre vive para sí? Es que
resulta que el pecado original que habita en nuestra carne nos obliga a vivir para nosotros mismos.
Y dice San Pablo en la epístola a los Romanos en el capítulo siete nos dice «porque no logro
entender lo que hago, pues lo que quiero no lo hago; y en cambio lo que detesto
lo hago (…). Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero».
San Pablo dice que conoce dentro de su mente la verdad, pero descubre dentro de
sí algo que le obliga a hacer algo que no quiere hacer. Ahora bien, si hago yo
lo que no quiero ¿quién internamente me está como forzando y obligando a hacer
ese mal?. San Pablo da respuesta: El pecado que habita en mi carne, o sea, el pecado original.
Y ¿qué significa el pecado original?.
Pues dicen que el Demonio ha engañado al hombre e invita al hombre a no
depender de Dios y a vivir para sí mismo la vida. Que cada cual viva para sí
mismo y cada cual sea su propio dios. De tal modo que todos los hombres de la
humanidad vivan así: HACIENDO SU PROPIA VOLUNTAD, no la voluntad del Creador, sino la voluntad de la criatura. De tal
manera que MI PROPIA FELICIDAD es la columna maestra de toda la existencia del
hombre empecatado, de modo que los hombres buscan en la vida SU PROPIA
FELICIDAD.
Cuando el Demonio le dice a Eva: «¿Cómo es que Dios
os ha dicho que no comáis de ninguno de los árboles del jardín?» (Gn 3, 1b). O sea, ¿cómo es que Dios no os permite
comer de ningún árbol del paraíso?. Sabemos que el Demonio ya ha lanzado su veneno con esa
pregunta, aparentemente inocente. A lo que Eva le responde: «Podemos comer del
fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del
jardín, ha dicho Dios: No comáis, porque el día que comieres de él, morirás sin
remedio». O sea, podemos comer de todos los árboles menos de uno. Pero
el Demonio ya ha lanzado su veneno. El Demonio imparte la siguiente catequesis
malévola: Dios te ha puesto una
prohibición y por lo tanto es como si todo estuviese prohibido. El
Demonio es un genio engañando. Y el Demonio te dice: «No seas esclavo de Dios
porque todo te lo prohíbe». Y Eva dice a la serpiente que de ese fruto no se
puede comer porque moriremos. Y el Demonio dice a Eva que no van a morir, que
lo que les ha dicho Dios es mentira, que ellos no morirán. Sino que Dios sabe
muy bien que cuando tú comas de ese fruto tendrás
una experiencia del mal. De tal modo que conocerás el bien, conocerás el
mal. Y no tendrás necesidad de que nadie te enseñe nada: Serás dios de ti mismo,
conociendo el bien y el mal serás dios de ti mismo. Y viendo Eva esta nueva
experiencia descubre que no tiene que
ser como un niño ante Dios, que no tiene por qué obedecer como un infantil a lo
que Dios le está diciendo, que no le da la gana de obedecer, porque
descubre que es hermoso lo que el Demonio la está planteando. Eva comió y dio
de comer a su marido. Pero hermanos recordemos que Dios ha dicho que como
consecuencia del pecado morirán. El Demonio les ha lanzado su veneno, su
mentira y ha sido introducido dentro de Eva y Adam. En cambio lo que les dijo
Dios era cierto, que el hombre morirá, que el hombre experimentará la muerte.
¿Qué muerte?¿Qué tipo de muerte
experimenta? No se para el corazón, no es la muerte clínica. El tipo de muerte
que habla Dios es la muerte óntica, la muerte del ser, la muerte
de la raíz de la persona. Existimos porque Alguien nos ha dado el SER, por
Alguno que nos AMA. Pero el Demonio nos ha dicho que Dios no existe, que es
celoso, que es un monstruo y nos invita a enfrentarnos con Dios y ser nosotros
nuestros propios dioses: Es entonces nuestro
ser está muerto. Y como consecuencia de estar muertos surge la amargura
ante las preguntas fundamentales de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿quién
me ha creado?¿qué rol tengo en la vida?¿cuál es el sentido de mi existencia?
Por eso cuando Cristo dice «deja a los muertos que entierren
a sus muertos, ve tú conmigo a anunciar el Reino» (Lc 9,60).
Por
el pecado original que el hombre tiene en su propia carne vive de tal modo que
está como condenado a vivir para sí mismo. Y como el hombre vive como si fuera
su propio dios quiere que el mundo sea
como él quiere. Que la familia sea como uno
quiere, que el mundo sea como uno quiere, que la política sea como uno quiere,
que el noviazgo sea como uno quiere… todo como quiere el hombre, de tal modo
que sólo gire en torno a la propia felicidad. Y llega un momento que uno está totalmente
insatisfecho, porque mi esposa no es como yo quiero, ni mi hijo es como yo
quiero, ni mi trabajo es como yo quiero, ni la política es como yo quiero…todo queda impregnado de amargura e
insatisfacción, de vacío existencial. Lo cual uno vive la vida con una
gran dificultad profunda. Porque sólo busco mi propia felicidad y que todo el
universo gire en torno a uno y como no es como yo deseo…¡pues no lo quiero! Y
el gravísimo problema está –así como la razón de la amargura- que aunque uno se
esfuerza por amar no consigue amar ni sentirse amado porque esa persona vive para sí. En el año 2012 hubo
un importante incremento de suicidios en España. Personas que tienen de todo,
una esposa preciosa, unos hijos, e incluso un trabajo se quitan la vida de la
noche a la mañana. Es que esa persona, aunque se haya esforzado no ama a la
mujer ni se preocupa de los hijos. Pero ¿por qué no puede amar? No se cuántos
de nosotros amamos de verdad, porque el pecado que hay en nuestra carne nos
obliga a amarnos a nosotros mismos, a usar todo, ya sean cosas inmorales y
materiales para satisfacernos a nosotros mismos y esto nos impide donarnos y
eso que estamos creados a imagen de Dios. Al vivir para nosotros mismos no hay una realidad del verdadero amor,
no hay verdad en el amor. Y nos
dice San Pablo que conozcamos la verdad y nosotros sabemos que la verdad es
amar, es donarse. Y cuando uno no vive en esa verdad llega uno a un punto que
se plantea que uno no puede seguir viviendo así, porque esa vida no está en la
verdad. La profunda verdad es la cruz de Cristo. El sufrimiento más profundo
del hombre es uno solo; que no puede amar, sabe que el amor es la verdad pero
si uno quiere hacer el bien, termina haciendo el mal. Y dice San Pablo, «quien
me liberará de este cuerpo que me lleva a la muerte» y continúa diciendo «nosotros hemos de
dar gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor
Jesucristo» (1 Cor 14,57).
Cristo al morir en la cruz nos ha
justificado, nos ha reconciliado con Dios Padre y enviando al Espíritu Santo ha
permitido que nuestra alma sea usada como su morada; que el Espíritu more
dentro de nosotros, para que nuestro corazón de piedra se cambie en uno de
carne. Si Cristo no hubiese muerto, si Cristo no hubiese resucitado, si Cristo
no nos hubiera enviado a su Santo Espíritu nosotros
estaríamos condenados a vivir para nosotros mismos y nos veríamos privados de la verdad del amor que
realmente engrandece y genera la plena felicidad. Y todo este regalo inmerecido se nos ha dado
porque Dios nos ama TOTALMENTE, SIN RESERVAS. Tanto te ama que
desea ser uno contigo.
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domingo, 24 de marzo de 2013
Homilía del Jueves Santo 2013
JUEVES SANTO 2013, ciclo c
Hermanos, nadie puede olvidar que,
desde los orígenes, el Evangelio ha sido escándalo para los judíos y locura
para los gentiles. Cuando todo el mundo está pensando en disfrutar con el
mínimo esfuerzo sin pensar en las consecuencias, los cristianos nos empeñamos
en caminar tras las huellas de uno que nos manda amar a los enemigos, perdonar
siempre, no guardar rencor y que cada cual cargue con su propia cruz. Y aún sin
ver alguna aparición divina o prueba de lo sobrenatural se nos pide que toda
nuestra vida sea puesta ante su presencia y que nos fiemos –sin reservas- de
Él.
Realmente vivir cristianamente en
medio de nuestro mundo significa vivir
alerta, tratando de discernir los elementos culturales en los que nos
movemos. Implica una labor de análisis para comprobar qué cosas son compatibles o incompatibles con nuestra fe. Alguno puede estar pensando que «esto de la fe es algo que me coarta, me
limita mi libertad personal porque yo no quiero renunciar a estas cosas, aun
sabiendo que son incompatibles con la fe»
Dicho con otras palabras que soy cristiano pero no me pongo en camino de
conversión porque me he acostumbrado a
vivir mi cristianismo así y nadie tiene derecho a cuestionar mi forma de ser.
Incluso se puede llegar a pensar «que se creía –y con firmeza-, que ser
cristiano era cumplir con unas normas y asistir a unos actos concretos de
piedad y culto». Los que pensaban que ser cristianos era sólo eso han llegado a
creer que cumpliendo ya estaban siendo muy buenos cristianos. Por esa regla de
tres –y llevando las cosas ante los hechos cotidianos- uno podía llegar borracho a casa o maltratar a
su esposa en el ámbito del hogar y presumir de ser buen cristiano por cumplir
con lo establecido en la asistencia en el culto; o uno puede hablar con odio
visceral contra una persona y luego aparentar ser un ser angelical dentro de la
iglesia. Si el Señor pasa por nuestra vida, tal y como pasó por la tierra de
Egipto, nos va a exigir coherencia
porque de no ser coherentes en la fe estaremos perjudicando no solo a aquellos
cristianos que se encuentren más débiles en su fe, sino a todos nosotros.
Nuestra fe en Jesucristo necesita consolidar sus raíces para no
volver a las prácticas antiguos o incompatibles con el seguimiento de Cristo y
para resistir a las llamadas de un mundo a menudo hostil al Evangelio. Y para
consolidar esas raíces siendo fieles a Jesucristo el mismo Señor nos ha
entregado tres grandes regalos en este Jueves Santo: el Orden del Presbiterado,
la Eucaristía
y el mandamiento del amor. El presbítero entregando su vida por anunciar a
Cristo trabaja para que todos vayan
adquiriendo esa experiencia de Dios que va dando sentido sobrenatural a
la persona, celebrando los sacramentos, especialmente la Eucaristía, proporciona
realmente la presencia y actuación de Cristo en medio de su gente y en la
medida en que al Señor le vayamos dejando hueco en nuestro vivir se irá
haciendo realidad el mandamiento del amor incluso con aquellos que
–desgraciadamente- podamos guardar resentimiento
en el corazón.
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