domingo, 27 de enero de 2008

Una película: Un paseo para recordar (A Walk to Remember)

UN PASEO PARA RECORDAR
Os recomiendo esta película...

Dirección: Adam Shankman.País: USA.Año: 2002.Duración: 101 min.Interpretación: Shane West (Landon Carter), Mandy Moore (Jamie Sullivan), Peter Coyote (Reverendo Sullivan), Daryl Hannah (Cynthia carter), Lauren German (Belinda), Clayne Crawford (Dean), Al Thompson (Eric), Paz De La Huerta (Tracie), Jonathan Parks Jordan (Walker), Matt Lutz (Clay Gephardt).Guión: Karen Janszen; basado en la novela de Nicholas Sparks.Producción: Denise Di Novi y Hunt Lowry.Música: Mervyn Warren.Fotografía: Julio Macat.Montaje: Emma E. Hickox.Diseño de producción: Douglas Hall.Dirección artística: Lynwood Taylor.Vestuario: Douglas Hall.Estreno en USA: 25 Enero 2002.Estreno en España: 14 Noviembre 2003.



SINOPSIS

Cada primavera, en la pequeña ciudad portuaria de Beaufort, en Carolina del Norte, Landon Carter (Shane West) rememora su último año en el Instituto de Beaufort y se acuerda de Jamie Sullivan (Mandy Moore), la chica que cambió su vida.
Jamie era la última persona de la que podría pensarse que Landon se enamorase. Seria y conservadora, Jamie era todo menos fría, y no le importaba. Su confianza en sí misma no dependía de la opinión de los demás. Hija del ministro bautista del pueblo, a Jamie no le importaba decir a los demás que su fe era lo más importante en su vida, incluso si eso le suponía perder algunos amigos. Landon era uno de tantos: un tío temperamental, desnortado, que destacaba en el instituto por su aspecto y su carácter. A sus amigos les divertía burlarse de todos cuantos no eran co-mo ellos y solían criticar a Jamie por su vestimenta sobria y su conducta taciturna. Landon carecía de planes, de futuro y de fe en sí mismo. Una noche, una travesura que Landon y sus amigos habían organizado para divertirse se tuerce terriblemente y termina con un chaval ingresado en el hospital. Como castigo, se obliga a Landon a hacer de tutor de un estudiante novato los fines de semana, y a tomar parte en la representación de primavera del Club Dramático. Las actividades contribuyen también a acercarlo a Jamie, que ya venía trabajando como tutora voluntaria y que tenía un papel importante en la obra. Muy pronto, en contra de sus expectativas personales y entre la sorna de sus amigos, Landon se enamora de esta chica aparentemente gris que tiene una pasión por la vida que él no había imaginado nunca. La cercanía pone a prueba todo aque-llo en lo que creen. Sobre todo, pondrá a prueba el poder del amor y la fe para transformar la vida en algo digno de vivirse.

ENLACES

Ficha en IMDbWeb oficial: www.awalktoremember.com

jueves, 17 de enero de 2008

Rechazamos el aborto porque somos de izquierdas (Manifiesto de SAIN)

Fuente: http://partidosain.es/

Del 1 al 15 de enero de 2008 nº 60

Rechazamos el aborto porque somos de izquierdas

El PSOE ha vuelto a sacar al debate público la reforma sobre la ley del aborto para ampliarlo. Zapatero lo que pretende es ocultar su alianza con la extrema derecha económica con medidas “pseudoprogres” como la del aborto. Puede parecer que la postura del PP en este tema es la contraria a la del PSOE. A poco que analicemos eso vemos que no es cierto. En los 8 años de gobierno del PP el aborto aumentó un 37%.

La equiparación de izquierda y permisividad ante el aborto es una mentira de hecho y una contradicción absoluta con los valores que toda la izquierda debe defender. En el mundo han sido regímenes capitalistas, bien capitalistas de Estado, como el comunismo o bien capitalistas de mercado, los que han promovido el aborto.

Nosotros somos socialistas, porque defendemos la socialización de los medios de producción, porque luchamos contra cualquier explotación del hombre por el hombre, del imperialismo sobre
los pueblos. Y porque defendemos la vida humana como valor supremo. Nadie, en nombre de nada, puede suprimirla.

No hay en nuestros días una afirmación más reaccionaria que la del derecho de una persona sobre la vida del hijo no nacido. Es el derecho de propiedad más absoluto concebible, más allá del derecho del amo sobre el esclavo.

Entre las primeras causas que obligan a las mujeres a abortar están la coacción de la pareja y la coacción laboral, especialmente entre las inmigrantes. Pero este gobierno ha combatido ferozmente a la familia, ha silenciado esta forma de violencia doméstica que es el aborto y no ha
hecho nada por la justicia laboral en estos cuatro años.

Tenemos que desarrollar una acción decidida contra el hecho real del aborto combatiendo las causas, ayudando eficazmente a las familias, asistiendo legal y socialmente a las madres con problemas, tanto a la que desee quedarse con su hijo como a la que quiera darlo en adopción.

El aborto es un odioso acto de violencia realizado contra los nonacidos y contra las madres, contra la familia y contra toda la sociedad.
La izquierda debe hacer que el vientre de la madre sea el lugar que la naturaleza ha hecho que sea: el lugar más protegido. Y que la sociedad entera lo sea también, para la madre y para los niños, antes y después de nacer.
Nota personal: He deseado añadir este documento de la formación política SAIN para que a la hora de ejercer el derecho de votar tengamos muy presente que el primer derecho es el de la vida y que el derecho de defensa de los más indefensos, que son los que están en el seno materno, debe de ser respetado sin excepciones.

jueves, 20 de diciembre de 2007

¿Por qué me tengo que confesar con un cura?

Fuente: http://algunasrespuestas.blogspot.com/2005/10/por-qu-me-tengo-que-confesar-con-un.html

¿Por qué me tengo que confesar con un cura?
Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados. Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que "si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros" (1 Jn 1,9-10).
De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir "deshacernos" de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos hecho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?
No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con Dios.
Como respeto nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros queramos ser perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.
En su misericordia infinita nos dio un instrumento que no falla en reparar todo lo malo que podamos haber hecho. Se trata del sacramento de la penitencia. Sacramento al que un gran santo llamaba el sacramento de la alegría, porque en él se revive la parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta en los corazones de quienes lo reciben.
Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, broncas, etc. Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona. Es uno de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en nuestra vida todo tiene arreglo, incluso las peores cosas pueden terminar bien (como la del hijo pródigo) porque Dios tiene la última palabra: y esa palabra es de amor misericordioso.
La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural: consiste en un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote.
Dejando de lado otros aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que confesarse es razonable, que no es un invento absurdo y que incluso humanamente tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los argumentos… pero más allá de lo que la razón nos pueda decir, acudí a Dios pidiéndole su gracia: eso es lo más importante, ya que en la confesión no se realiza un diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio de la misericordia de Dios.
Algunas razones por las que tenemos que confesarnos
1. En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar " (Jn 20,22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a vos y a mí. Por tanto, cuando querés que Dios te borre los pecados, sabés a quien acudir, sabés quienes han recibido de Dios ese poder.
Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.
2. Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: "Confiesen mutuamente sus pecados" (Sant 5,16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…) a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.
3. Porque en la confesión te encontrás con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia. Te confesás con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, la formula de la absolución dice: "Yo te absuelvo de tus pecados" ¿Quien es ese «yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice "Esto es mi cuerpo", y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confesás, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.
4. Porque en la confesión te reconciliás con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».
5. El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.
6. Necesitamos vivir en estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye la vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión. Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:
a) porque nos podemos morir… y no creo que queramos morir en estado de pecado mortal… y acabar en el infierno.
b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria cara a la vida eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles en off-side: no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.
c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia de San Pablo es para temblar: "quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11,27-28). Comulgar en pecado mortal es un terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.
7. Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros errores es el primer paso de la conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar.8. La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es un hecho que habitualmente una persona después de confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que pasa el tiempo, va aflojando… se «acostumbra» a las cosas que hace mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de gracia -esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado mortal tiende a pecar más fácilmente.
Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión
a) Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está en condiciones de liberarse de ella.
b) Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos "obliga" a hacer un examen profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.
c) Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en hacer hablar al "paciente"? Y te cobran para escucharte… y al "paciente" le hace muy bien. Estas dos profesiones han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos (en realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.
d) Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.
e) Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo. Cuando "salimos" de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad.
f) Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo… menos a una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar los pecados es él mismo: siempre tiene que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio y no podía privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.
g) Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para el perdón o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo.
h) Necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.
i) Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal más que una obligación es un derecho: en la Iglesia tenemos derecho a la atención personal, a que nos atiendan uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar nuestros problemas y pecados.
j) Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de bajoneo, pesimismo, desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse en sí mismo solo empeora las cosas…
k) Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar en las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que nos ayuden.
l) Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión recibimos formación.
Algunos motivos para no confesarse
1. ¿Quién es el cura para perdonar los pecados…? Sólo Dios puede perdonarlos. Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, permitime decirte que ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio… Es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba los pecados… (podés mirar Mt 9,1-8).
2. Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios. Genial. Me parece bárbaro… pero hay algunos peros…Pero… ¿cómo sabés que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchás alguna voz celestial que te lo confirma? Pero… ¿cómo sabés que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta que no es tan fácil… Una persona que robara un banco y no quisiera devolver el dinero… por más que se confesara directamente con Dios… o con un cura… si no quisiera reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere "deshacerse" del pecado.Este argumento no es nuevo… Hace casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba como vos: "Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra, será atado en el cielo»?.¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los cielos sin necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo."
3. ¿Porque le voy a decir los pecados a un hombre como yo? Porque ese hombre no un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el sacramento del orden). Esa es la razón por la que vas a él.
4. ¿Porque le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que vos…. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar al absolución, poder que tiene por el sacramento del orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad una disposición de la sabiduría divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible ya que uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar… Además, el hecho de que sea un hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.
5. Me da vergüenza… Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te confesás poco…, en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superás esa vergüenza. Además, no creas que sos tan original…. Lo que vas a decir, el cura ya lo escuchó trescientas mil veces… A esta altura de la historia… no creo que puedas inventar pecados nuevos…Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el diablo quita la vergüenza para pecar… y la devuelve aumentada para pedir perdón… No caigas en su trampa.
6. Siempre me confieso de lo mismo… Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido… y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos… Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos… Además cuando te bañás o lavas la ropa, no esperás que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo… Para querer estar limpio basta querer remover la mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.
7. Siempre confieso los mismos pecados…No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son pecados diferentes, aunque sean de la misma especie… Si yo insulto a mi madre diez veces… no es el mismo insulto… cada vez es uno distinto… No es lo mismo matar una persona que diez… si maté diez no es el mismo pecado… son diez asesinatos distintos. Los pecados anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los "nuevos", es decir los cometidos desde la última confesión.
8. Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso…El desánimo, puede hacer que pienses: "má si…, es lo mismo si me confieso o no, total nada cambia, todo sigue igual". No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Uno que se baña todos los días… se ensucia igual… Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre… y está bastante limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados… hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.
9. Sé que voy a volver a pecar… lo que muestra que no estoy arrepentido. Depende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este momento quiera luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos… ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé… Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el pecado. El futuro dejalo en las manos de Dios…
10. Y si el cura piensa mal de mi… El sacerdote está para perdonar… Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De hecho siempre piensa bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él… sino porque vos crees que representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc. Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratis -sin ganar un peso-, durante horas, … si no se hace por amor a las almas… no se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención… es porque quiere ayudarte y le importás… aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al cielo.
11. Y si el cura después le cuenta a alguien mis pecados…No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el Derecho Canónico -la ex-comunión- al sacerdote que dijese algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.
12. Me da fiaca…Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero ya que es bastante fácil de superar… Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da pereza…
13. No tengo tiempo…No creo que te creas que en los últimos ___ meses… no hayas tenidos los diez minutos que te puede llevar una confesión… ¿Te animás a comparar cuántas horas de TV has visto en ese tiempo… (multiplicá el número de horas diarias que ves por el número de días…)?
14. No encuentro un cura…No es una raza en extinción, ... hay varios miles. Agarrá la guía de teléfono. Buscá el teléfono de tu parroquia. Si ignorás el nombre, buscá por el obispado, ahí te dirán… Así podrás saber en tres minutos el nombre de un cura con el que te podés confesar… e incluso perdirle una hora… para no tener que esperar.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Preparativos de Adviento

Fuente: http://www.pastoralsj.org/secciones/reflexiones.asp?id=103&step=1
Preparativos de Adviento.

Ya estamos en diciembre. ¡Qué vértigo! La navidad a la vuelta de la esquina. Ya toca prepararse. Hace semanas que la gente hace reservas para las cenas de empresa o de amigos. Empiezan a subir, cada vez más rápido, los precios de turrones, carnes y pescados de fiesta. Las calles se adornan (con un gusto cada vez peor, todo hay que decirlo), con una mezcla de símbolos florales, luces y algún vestigio religioso –cada vez menos para no herir sensibilidades- . Empieza el baile de fechas: ¿viajaré este día, o este otro? Nos veremos pronto las caras con la familia. Hay que comprar lotería, que este año toca seguro. Y si no, que haya salud. ¿Trapitos de gala para cenas y festejos? Algo caerá.
El adviento que comenzamos es tiempo de disponerse a algo grande –pero que a veces queda silenciado ante el folklore de diciembre-. Porque cuando llega algo que esperas con ansia, ¡anda que no le das vueltas! A veces hasta te quita el sueño, por la ilusión, la incertidumbre, el deseo de que las cosas lleguen, de ver a ese ser querido, de saber el resultado de un examen muy importante para ti, de tantas cosas. ¡Pues lo que estamos esperando es alucinante, grande, inmenso!Es tiempo de disponernos a un encuentro, algo que no por sabido deja de ser nuevo. Un encuentro con un Dios al que, una vez más, admiramos como ser humano. Un encuentro con una lógica (la de la encarnación, un Dios capaz de hacerse humano con todas sus consecuencias), que nos desborda. ¿Cómo prepararse? Desde la gratitud por lo que uno tiene. Desde la escucha de esas promesas de un Dios que te dice: «vengo a tu mundo, a tu vida, a tu historia, para estar presente ahí. Vengo a ti.»
Vengo a tu mundo, a tu vida, a tu historia. ¿Cómo me resuena esa palabra? ¿Cómo puedo prepararme para cuando llegue la navidad? ¿Tal vez un poquito de oración? ¿Alguna lectura distinta? ¿Una revisión agradecida de lo que es mi vida y lo que puede llegar a ser?
No es este un tiempo para la esperanza? Pues esperemos, pero no sentados sino bien vivos, bien activos, amando. Esperemos que mejoren las vidas de quienes nos rodean. Esperemos que los solitarios tengan este año alguien que les recuerde (¿tal vez podemos llamar, escribir, cuidar a los más descuidados?). Esperemos que se encienda alguna luz de ilusión en espacios de sombra (¿tal vez yo pueda encender alguna?). Esperemos que en medio del vértigo y de tantos preparativos alguien se acuerde de que Dios viene. Esperemos que haya más besos y menos golpes, más risas y menos ceños fruncidos, menos broncas y más reconciliaciones. Y digámoslo. Y cantémoslo. Y vivámoslo. Que el Dios que sigue viniendo es la fuente de la alegría profunda.
Sin caer en voluntarismos innecesarios, ¿Puedo “preparar” mi mundo, o la parcelita que me toca, en estas semanas? ¿Qué puedo hacer para que se note esta venida? En mi familia, o en mi comunidad, en mi lugar de trabajo, o en los contextos en que me muevo…

Ante la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

Ante la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María...

Dios quiere seguir siendo amigo del hombre, pasear, dialogar familiarmente con él. Vivir en la presencia de Dios es el paraíso, del mismo modo que el Cielo será estar eternamente con Dios. No es Dios el que nos expulsa del Paraíso, somos nosotros mismos los que nos desterramos, cuando nos alejamos de su presencia. Los frutos de nuestro alejamiento de Dios son la discordia, la falta de armonía, la división, el odio, en una palabra: El pecado.

Nosotros no debemos huir de Dios, estamos invitados a buscarle. Sólo así el hombre irá adquiriendo esa sabiduría para afrontar la vida con lucidez.

Eva es seducida y engañada por el orgullo y el ansia de dominio. Se dejó seducir por el pecado y fue sometida al yugo de la violencia, del temor, de la tristeza, de la culpabilidad, de la ignorancia y de la tiranía.

María también es seducida, pero es por el Amor de Dios. María quiere alimentarse de la Palabra de Dios, no de otras cosas pasajeras o engañosas.

María es una criatura de Dios y fue concebida como todos fuimos concebidos; fruto del amor de un hombre y de una mujer. Ahora bien, fue preservada de toda mancha del pecado original en el momento de su concepción por un gran privilegio dado por Dios. María, para ser la Madre del Salvador, fue dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante. Estaba totalmente poseída por la gracia de Dios. Y es más, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida. María ha permanecido y permanece constantemente en la presencia de Dios.

Todos tenemos experiencia del pecado, en mayor o en menor medida. El pecado es no responder al infinito amor de Dios. Hay un grandísimo abanico de pecados, y los hombres somos muy originales a la hora de pecar. Somos originales a la hora de pecar, a la hora de disculparnos, a la hora de echar la culpa a los demás…María fue original a la hora de amar, a la hora de ser fiel al proyecto de Dios, a la hora de educar a su Hijo Jesucristo, a la hora de tratar como esposa a san José, a la hora de saber aceptar el sufrimiento y el gozo. El pecado es como esas molestas cataratas de los ojos que no nos permiten ver las cosas con claridad. Todo queda contemplado a través de una molesta tela en los ojos. María, al no tener pecado podía contemplar la acción de Dios más plenamente en su vida, había adquirido un nivel de sensibilidad muy alto para estar en plena sintonía con lo divino, para vivir siempre en la presencia de Dios.

En el Génesis, cuando Dios se paseaba por el paraíso llamó a Adán y le preguntó que dónde se encontraba, a lo que Adán le contestó que estaba escondido de la presencia porque se encontraba desnudo, ya que había pecado. En el Evangelio nos encontramos como Dios, por medio de su enviado el Arcángel San Gabriel, se presenta ante nuestra Santísima Madre y Ella no se esconde, sino que dice ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, es decir, Ella permanece ante la presencia de Dios.

¡Ojala nosotros digamos como María ‘Aquí estoy, Señor’, porque eso significará que no huimos de Dios sino que deseamos fervientemente estar ante su divina presencia!. Así sea.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Un Rey especial...(Jesucristo).

Fuente: http://www.diariopalentino.es/secciones.cfm?secc=Opinión&id=546092

Un rey especial
MATEO APARICIO

Hoy los cristianos celebramos la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Quizá no sea éste el título más atractivo, a primera vista, para los hombres de hoy, que entendemos mejor a Jesús, manso, humilde, paciente, misericordioso, pobre, crucificado, cercano, amigo de los pecadores... Parece que a un Rey le vemos lejano, inaccesible casi, viviendo en palacios, bien distantes del resto de los mortales.
Es verdad que algunos reyes de la tierra, los nuestros, por ejemplo, Don Juan Carlos y Doña Sofía, dan una confianza que no encontramos en algunos gobernantes de mucho menor rango. Los reyes, sin embargo, siguen en sus palacios y el resto de los ciudadanos en sus “chozas”, y agradecidos.
Pero el caso es que, el de Rey, es un título que aparece en el Evangelio, sobre todo en el momento de su muerte, y Jesús no lo rechaza. -“Se declara Rey” -le acusan. -¿Tú eres Rey? –le pregunta Pilatos. –Tú lo dices. Soy Rey (Mc 15, 2). Y así constará por todos los siglos en lo alto de la Cruz, como título de condena, I.N.R.I.: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. Es verdad que su reino, como él dijo ante Pilatos, no es de este mundo, pero ¡vaya si influye en este mundo!.
La clave está en entender el rico significado de este nombre aplicado a Jesucristo. Una primera aproximación nos la da su entrada triunfal en Jerusalén: Cuando más se dejó vitorear iba montado en un burro, tan cercano a la gente que los niños hebreos fueron los primeros en aclamarle, ¡Hosanna! Poco temor infunde un rey así.
Otra nota que nos puede ayudar es el reconocimiento en él de un modo de hablar distinto a los doctores de la Ley. “Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: -¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad!” (Mc 1, 27). Aquí está lo decisivo: una doctrina nueva, llena de autoridad, es decir, una doctrina en la que cree, de la que está convencido y tan identificado con ella que esa verdad que anuncia es él mismo, por eso, vive de acuerdo con ella, independientemente de lo que digan y vivan los demás.
El reinado que se le reconoce tiene mucho de señorío sobre sí mismo y de confianza en lo que enseña. Pero no enseña una doctrina para inteligencias escogidas y privilegiadas. Le entendían los más humildes e iletrados. “Te doy gracias, Dios mío, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. -Dice en alguna ocasión.
Tres características, entre otras muchas, podemos añadir para definir este Reino y a Jesucristo como Rey.
Ante todo, enseña la verdad, ama la verdad, se identifica con la verdad, trae la verdad, es la Verdad. El suyo es un reino de verdad. Una verdad que no se impone, sino que se propone. Si hay algo que le ponga especialmente nervioso es la hipocresía, la falsedad, el disimulo, la mentira. ¡Ay de vosotros, hipócritas! El ama la luz. “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas”. Pero “los hombres, a veces, aman más las tinieblas que la luz”. Los cristianos queremos ser amigos de la verdad, para ser seguidores de este Rey.
El suyo es un reino de libertad. Es una consecuencia necesaria de la verdad. “La verdad os hará libres”. Es esa libertad de la que hizo bandera Jesús: libre ante las autoridades, libre ante su familia, libre ante sus amigos, libre ante las tradiciones superadas... su conciencia y su vida no estaba condicionada nada más que por la verdad.
Para vivir así de desprendido, comprometido sólo con la verdad, hace falta estar muy cerca de Dios y con un gran respeto a la conciencia, pues es de dentro, de una conciencia pervertida, de donde salen todos los horrores, pero también es de dentro, de una conciencia que busca la verdad –y que terminará dando con Jesucristo, con el rey por excelencia- de donde sale todo el bien que hay en el mundo. A esto se nos invita en esta fiesta, a ser ciudadanos de este Reino, y “reyes” y señores nosotros mismos. “No tengáis miedo, abrid las Puertas a Cristo” (Juan Pablo II).

domingo, 11 de noviembre de 2007

La enseñanza de la Iglesia Católica sobre los métodos naturales de planificación de la familia

Fuente: http://www.vidahumana.org/vidafam/iglesia/ensen_nfp.html
La enseñanza de la Iglesia Católica
sobre los métodos naturales
de planificación de la familia

La diferencia moral entre la anticoncepción y los métodos naturales:

Según la enseñanza de la Encíclica Humanae vitae, número 14, del Papa Pablo VI, publicada el 25 de julio de 1968, la anticoncepción consiste en una acción que le destruye al acto conyugal su natural fuerza procreativa, ya sea que dicha acción se lleve a cabo antes, durante o después del acto conyugal.

Ahora bien, los métodos naturales consisten esencialmente en conocer cuándo la mujer es fértil y cuando no, entonces, si se están espaciando los nacimientos, los esposos evitan las relaciones conyugales durante el tiempo fértil y las tienen durante el tiempo infértil. De esa manera los métodos naturales no le destruyen a ningún acto conyugal su natural fuerza procreativa, sino que respetan los ciclos de fertilidad e infertilidad que Dios mismo ha puesto en la naturaleza femenina para espaciar o buscar los nacimientos. Los métodos naturales son una manera racional de usar lo que Dios ha creado respetándolo al mismo tiempo; mientras que los métodos anticoncepctivos no.
Al destruirle su natural fuerza procreativa al acto conyugal, los anticonceptivos están separando la apertura a la vida de la unión conyugal. Como los métodos naturales no le destruyen a ningún acto conyugal su natural fuerza procreativa, no están separando deliberadamente la apertura a la vida (cuando quiera que esta sea posible) de la unión conyugal.

Sin embargo, alguien podría insistir: "Pero en ambos casos se busca evitar los hijos". El hecho de que en ambos casos se busque el mismo fin no quiere decir que ambas maneras de buscarlo sean buenas. Dos personas pueden decidir conseguir un automóbil, un fin bueno. Pero si una la obtiene por medio de su dinero honestamente ganado y la otra por medio del robo, es evidente que la primera actuó bien; mientras que la segunda no. Un fin bueno no justifica y medio malo, ambos tienen que ser buenos para que la acción sea buena.

"¿Pero - alguien podría objetar - no se supone que el evitar los hijos sea contrario a la voluntad creadora de Dios?" No si los esposos utilizan métodos naturales y tienen motivos serios para usarlos. Dios mismo ha creado tiempos fértiles y tiempos infértiles en el ciclo femenino (de hecho los tiempos infértiles son mucho más largos). Es lógico pensar que Dios no tiene la intención de que el esposo y la esposa tengan hijos todas las veces que se unan, si éstos tienen motivos serios para evitarlos. Lo que Dios sí exige es que se respete la estructura original del acto conyugal, con su doble finalidad de apertura a la vida y unión en el amor conyugal. La clave para evaluar moralmente los métodos naturales se encuentra en la intencionalidad. Es decir, los métodos naturales no son malos en sí mismos (como lo es la anticoncepción). Pero si se llevan a cabo por motivos no serios, sino egoístas, entonces sí son malos. Pero en ese caso lo son por la intención mala y no por los métodos en sí. Mientras que en el caso de la anticoncepción, todos sus métodos son malos en sí mismos, independientemente de la intención, y para que una acción sea buena, ambos, la intención y la acción misma, tienen que ser buenas.

Hoy cuesta mucho entender esto, porque lamentablemente prevalece una mentalidad subjetivista que bloquea psicológicamente la comprensión de la moralidad objetiva de los actos humanos. ¿Qué queremos decir con esto del subjetivismo? Sencillamente que hoy se ha caído en una mentalidad que cree que el bien y el mal dependen de lo que el sujeto sienta u opine, sin importarle lo objetivo, es decir, sin importarle lo que está bien o mal independientemente de lo que uno sienta u opine.

El que determina lo que está bien y lo que está mal no es el sujeto o el individuo, sino Dios mismo, y Él ha inscrito en la naturaleza misma de las personas y de sus actos los valores que el hombre y la mujer deben respetar y promover. Los mandamientos de Dios nos indican la manera de respetar y promover dichos valores, al mismo tiempo que nos indican las acciones que hay que evitar debido a que van en contra de dichos valores. La moral no es arbitraria, sino que está en función del auténtico bien de la persona, y este bien ha sido inscrito en su propio ser por Dios mismo.

FUENTE: Iglesia Católica\Documentos pontificios\Humanae vitae: Plan de Dios para la humanidad.

Principio de subsidiariedad

CARTA DEL OBISPO DE PALENCIA

Principio de subsidiariedad
«¿Acaso la imposición de ‘Educación para la Ciudadanía’ no supone una intromisión en el ámbito de la familia por parte de las autoridades políticas? ¿Qué decir de la situación de muchos colegios concertados, al borde del estrangulamiento económico?»
JOSÉ IGNACIO MUNILLA
Obispo de Palencia

Para comprender las razones últimas de muchos de los desencuentros que están teniendo lugar en la construcción de nuestra sociedad, no es suficiente con describir la disparidad de opciones personales, sino que es necesario profundizar en los principios morales y espirituales sobre los que se sustentan las diversas opciones. Sin pretender ahora tratarlos de modo exhaustivo, nos centramos en uno de ellos en concreto: el llamado principio de subsidiariedad. Es una de las columnas principales sobre las que se construye la Doctrina Social Católica. Bien es cierto que se trata de un principio de Ley Natural, reconocido y aceptado por ciudadanos de otras confesiones religiosas, e incluso por quienes carecen de religión; pero es de justicia reconocer que, en buena parte, su formulación y desarrollo se ha producido en el seno o al amparo de la Iglesia Católica.
Pues bien, conforme al principio de subsidiariedad, la persona humana, la familia, las iniciativas populares -y no el Estado-, son el centro de toda la vida social. El Estado existe para la persona y para la sociedad, pero no al revés.
En la Encíclica Quadragesimo anno, Pío XI se expresaba en los siguientes términos: «No se puede quitar a los individuos y darlo a la comunidad, lo que ellos pueden realizar por sus propias cualidades y esfuerzo. Es gravemente injusto y perturbador del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos». Conforme a este principio, todas las realidades sociales de orden superior deben ponerse al servicio de las menores, con una actitud de ayuda (subsidium): reconocimiento, apoyo, promoción, etc. Por el contrario, el Estado debe abstenerse de cuanto restrinja el espacio vital de las células menores de la sociedad.
En la práctica, el principio de subsidiariedad nos protege de las instancias sociales superiores, e insta a éstas a ponerse al servicio de los particulares y de los cuerpos intermedios: priman o tienen prioridad la persona, la familia, las asociaciones vecinales, los ayuntamientos, el voluntariado, las fuerzas vivas de la sociedad, el reconocimiento de la función social del sector privado, la salvaguarda de los derechos de las minorías… Aun reconociendo que pueden darse casos y circunstancias que requieran una función de suplencia por parte del Estado, ésta no deberá extenderse y prolongarse más allá de lo estrictamente necesario.El Catecismo de la Iglesia Católica expresa: «Cuando el Estado no pone su poder al servicio de los derechos de todo ciudadano, y particularmente de quien es más débil, se quebrantan los fundamentos mismos del Estado de derecho» (CEC 2273). Y Juan Pablo II en la Encíclica Centesimus Annus, nos dice que el «Estado totalitario tiende, además, a absorber en sí mismo la nación, la sociedad, la familia, las comunidades religiosas y las mismas personas».
Caso de Venezuela
El pasado 19 de octubre, la Conferencia Episcopal Venezolana publicaba una Exhortación Pastoral en la que se pronunciaba contra la propuesta de Reforma Constitucional presentada por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. La voz profética del episcopado venezolano se expresaba en estos términos: «Se acentúa la concentración de poder en manos del Presidente de la República (…) se incrementa excesivamente el poder del Estado (…) el gobierno controla muchísimos espacios de la vida ciudadana (…) establece el dominio absoluto del Estado sobre la persona (…). El Estado debe ayudar pero no absorber ni suplantar las iniciativas, la libertad y la responsabilidad de las personas y de los grupos sociales (…) Por cuanto el Proyecto de Reforma vulnera los derechos fundamentales del sistema democrático y de la persona, poniendo en peligro la libertad y la convivencia social, la consideramos moralmente inaceptable a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia».
Caso concreto de España
Aunque nuestro caso no sea comparable al de Venezuela, es preocupante comprobar cómo muchos de los conflictos que nuestra sociedad española está padeciendo, son generados por el desprecio al principio de subsidiariedad. ¿Acaso la imposición de Educación para la Ciudadanía, no supone una intromisión en el ámbito de la familia, por parte de las autoridades políticas? ¿Qué decir de la situación de muchos colegios concertados, al borde del estrangulamiento económico? ¿Acaso no ocurre lo mismo con el control de los medios de comunicación? Un caso bien concreto lo estamos percibiendo en España, con el arrinconamiento de Radio María en el reparto de frecuencias, dentro del actual proceso de ordenación del espacio radiofónico.
Nuestra complicidad con el problema
Sin embargo, la violación del principio de subsidiariedad no se explica exclusivamente por la tendencia de las autoridades al despotismo. Tengamos en cuenta que la subsidiariedad exige participación y compromiso personal, en modo responsable y con vistas al bien común. Por desgracia, el absentismo y el desinterés por la vida social, pueden ser percibidas como una opción más cómoda.
Por ello, parece oportuno que concluyamos con las palabras finales de la referida Exhortación de los obispos venezolanos: «Solamente quien es libre, construye la paz (…) Cada uno de los cristianos está llamado a descubrir y promover caminos de justicia y reconciliación en la familia, en cada comunidad y en toda la nación».