viernes, 21 de septiembre de 2007
Humor: El castor...
Labels: homilías,
humor
Cuentos con moral: El abuelo
Fuente: http://www.loiola.org
Un día, a finales de aquel otoño, comenzaste a palidecer, no sabías por qué, pero lentamente languidecías como lo hacían las hojas en las ramas de los árboles. Tú callabas, pero tu silencio estaba lleno de palabras y de sentimientos. Tu que todo lo habías compartido con todos los que a ti se acercaban, encerraste tu dolor en lo más recóndito de tu corazón, porque no querías menguar la alegría de los que te rodeaban.
Un día, a finales de aquel otoño, comenzaste a palidecer, no sabías por qué, pero lentamente languidecías como lo hacían las hojas en las ramas de los árboles. Tú callabas, pero tu silencio estaba lleno de palabras y de sentimientos. Tu que todo lo habías compartido con todos los que a ti se acercaban, encerraste tu dolor en lo más recóndito de tu corazón, porque no querías menguar la alegría de los que te rodeaban.
Y un día, silenciosamente, tal como habías vivido, sin estridencias y rezumando paz, nos dejaste.
Ha pasado mucho tiempo, pero todavía recuerdo aquellas largas charlas que teníamos al oscurecer de las tardes de verano, tranquilos con una serenidad que todo lo cubría, sentados bajo la sombra de las ramas del abeto que se alzaba orgulloso y vigilante delante del porche. Allí me ibas desgranando una a una toda tu vivencia. Habías intentado, día tras día, mansamente, sin desanimarte por mi gran ignorancia, forjar mi pequeño corazón como si lo fraguaran las manos de Dios. Tú sabías hacerlo, pues Dios te había tomado, te había bendecido, habías dejado que a lo largo de tu vida, te partiese, y te había repartido a su antojo, sin que tú te rebelaras en ningún momento. Y esa impronta es la que tú querías dejarme como herencia. Es como si desde tu lecho me dijeras sonriente: “mira chiquillo, ahora te toca a ti, coge tu camilla y anda”!
No creas, abuelo, a veces te oía, otras ni te escuchaba. Ya sabes, yo era un niño, había cosas en tu alma tan profundas, que no entendía, pero tú con tu paciencia de adulto, poco a poco, ibas dejando que se deslizaran en mi interior, abriendo un surco, esperando que algún día la semilla que con tu amor habías sembrado, germinara.
Pero abuelo, la vida es dura, en un momento, apenas percibí tus huellas, te perdí en un vasto horizonte. No llegaba a adivinar tu alma ni a distinguir tu presencia .Era el destierro en el desierto. Había fuego y sangre en mi alma por encontrarte. La muerte llegó a estar presente y la vida se hizo ausente. Trabajé y luché incansable por encontrar tus huellas ensangrentadas, y poner mis pies en ellas…. y así llegué hasta aquí.
Me senté bajo el abeto, nuestro abeto, todavía hermoso, esbelto, que apunta directamente al cielo... A tu semejanza, de nieves cuajado, soporta pacientemente el hielo, lucha contra el viento, aguanta las sacudidas de los niños traviesos, pero con su sombra les paga, y también con besos. En sus brazos no hay ira, ni rabia, ni descontento, sólo hay afecto y como tú abuelo, siempre con los brazos abiertos, al que a él se arrima, da cobijo y consuelo. Porque tiene tu alma en sus tallos, amor en sus hojas. De nuevo sentí tu presencia. Por eso he vuelto., y se que en el silencio escuchas mi gran secreto, animas mi desaliento y me parece oír en el murmullo de sus ramas, tu voz serena que me susurra de nuevo:” ¡hijo, coge de nuevo tu camilla y anda!”
Ha pasado mucho tiempo, pero todavía recuerdo aquellas largas charlas que teníamos al oscurecer de las tardes de verano, tranquilos con una serenidad que todo lo cubría, sentados bajo la sombra de las ramas del abeto que se alzaba orgulloso y vigilante delante del porche. Allí me ibas desgranando una a una toda tu vivencia. Habías intentado, día tras día, mansamente, sin desanimarte por mi gran ignorancia, forjar mi pequeño corazón como si lo fraguaran las manos de Dios. Tú sabías hacerlo, pues Dios te había tomado, te había bendecido, habías dejado que a lo largo de tu vida, te partiese, y te había repartido a su antojo, sin que tú te rebelaras en ningún momento. Y esa impronta es la que tú querías dejarme como herencia. Es como si desde tu lecho me dijeras sonriente: “mira chiquillo, ahora te toca a ti, coge tu camilla y anda”!
No creas, abuelo, a veces te oía, otras ni te escuchaba. Ya sabes, yo era un niño, había cosas en tu alma tan profundas, que no entendía, pero tú con tu paciencia de adulto, poco a poco, ibas dejando que se deslizaran en mi interior, abriendo un surco, esperando que algún día la semilla que con tu amor habías sembrado, germinara.
Pero abuelo, la vida es dura, en un momento, apenas percibí tus huellas, te perdí en un vasto horizonte. No llegaba a adivinar tu alma ni a distinguir tu presencia .Era el destierro en el desierto. Había fuego y sangre en mi alma por encontrarte. La muerte llegó a estar presente y la vida se hizo ausente. Trabajé y luché incansable por encontrar tus huellas ensangrentadas, y poner mis pies en ellas…. y así llegué hasta aquí.
Me senté bajo el abeto, nuestro abeto, todavía hermoso, esbelto, que apunta directamente al cielo... A tu semejanza, de nieves cuajado, soporta pacientemente el hielo, lucha contra el viento, aguanta las sacudidas de los niños traviesos, pero con su sombra les paga, y también con besos. En sus brazos no hay ira, ni rabia, ni descontento, sólo hay afecto y como tú abuelo, siempre con los brazos abiertos, al que a él se arrima, da cobijo y consuelo. Porque tiene tu alma en sus tallos, amor en sus hojas. De nuevo sentí tu presencia. Por eso he vuelto., y se que en el silencio escuchas mi gran secreto, animas mi desaliento y me parece oír en el murmullo de sus ramas, tu voz serena que me susurra de nuevo:” ¡hijo, coge de nuevo tu camilla y anda!”

Humor: Envío de un paquete en la prehistoria
Labels: homilías,
humor
La paradoja: cuanto más te das, más recibes
Fuente: http://www.anecdonet.com
Ocurrió durante un mes de voluntariado en las vacaciones de verano. Cuando llegamos a Nairobi (Kenya) nos preguntábamos cómo nosotros, inexpertos universitarios, podríamos ayudar en aquella África sucia, polvorienta y calurosa. Quizá arreglando tejados..., pero no teníamos experiencia en construcción. Quizá pintando un colegio... pero no sabíamos de pintura. Lo que sí teníamos claro era nuestra intención de darnos totalmente a los demás. Sin embargo, recibiríamos mucho más de lo que logramos dar: tuvimos la suerte de entrar en contacto con el Tercer Mundo, a través de un alojamiento para niños moribundos de las Hermanas de la Caridad en Nairobi. Sigue la tremenda historia...
Ocurrió durante un mes de voluntariado en las vacaciones de verano. Cuando llegamos a Nairobi (Kenya) nos preguntábamos cómo nosotros, inexpertos universitarios, podríamos ayudar en aquella África sucia, polvorienta y calurosa. Quizá arreglando tejados..., pero no teníamos experiencia en construcción. Quizá pintando un colegio... pero no sabíamos de pintura. Lo que sí teníamos claro era nuestra intención de darnos totalmente a los demás. Sin embargo, recibiríamos mucho más de lo que logramos dar: tuvimos la suerte de entrar en contacto con el Tercer Mundo, a través de un alojamiento para niños moribundos de las Hermanas de la Caridad en Nairobi. Sigue la tremenda historia...
Todos entramos en aquella casucha, un tugurio sin muebles, con poca luz. Contrastaban las hamacas llenas de niños enfermos y lloriqueando con los limpísimos trajes talares blancos y azules de las Hermanas de la Caridad, que rebosaban alegría. Yo me quedé bloqueado, en mitad de la habitación. Nunca había visto nada así. Mis compañeros universitarios se esparcieron por las estancias, siguiendo a distintas monjas, que requerían su asistencia. Una hermana me preguntó en inglés:
- ¿Has venido a mirar o quieres ayudar?
Sorprendido por tan directa pregunta y en estado de sopor, balbucié:
- A ayudar...
- ¿Ves a ese niño de allí, el del fondo que llora?
Lloraba desconsoladamente, pero sin fuerza.
- Sí, ése (le dije señalándolo).
- Bien: tómalo con cuidado y tráelo. Lo bautizamos ayer.
Lo noté con una fiebre altísima. El niño tendría un par de años.
- Ahora tómalo y dale todo el amor que puedas...
- No entiendo... - me excusé
- Que le des todo el cariño de que seas capaz, a tu manera... -Y me dejó con el niño.
Le canté, lo besé, lo arrullé... dejó de llorar, me sonrió, se durmió...
Al cabo de un rato busqué llorando a la hermana:
-Hermana: no respira...
La monja certificó su muerte:
- Ha muerto en tus brazos... Y tú le has adelantado quince minutos con tu cariño el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad.
Entonces entendí tantas cosas: el cielo, el amor de mis padres, el amor de Jesús, los detalles de afecto de mis amigos...: mi viaje a Kenya supuso un antes y un después en mi vida.
Ahora sé que todos tenemos "kenyas" a nuestro alrededor para dar amor cada día.
miércoles, 19 de septiembre de 2007
Humor: En el aeropuerto
Labels: homilías,
humor
Cuentos con moral: El puzzle del mundo
Fuente: http://www.loiola.org
Un científico que vivía preocupado por los problemas del mundo, estaba decidido a encontrar las respuestas necesarias para solucionarlos. Por eso, pasaba día tras día en el estudio de su casa en busca de respuestas para sus dudas.

Un científico que vivía preocupado por los problemas del mundo, estaba decidido a encontrar las respuestas necesarias para solucionarlos. Por eso, pasaba día tras día en el estudio de su casa en busca de respuestas para sus dudas.
Una tarde, su hijo de cinco años entró en el estudio con la intención de ayudarle a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro sitio. Pero después de comprobar que no le hacía ni caso, pensó en algo que pudiese distraer su atención.
¡Perfecto! Encontró una revista y vio que en una de sus páginas había un mapa del mundo...¡justo lo que necesitaba!.
Arranco la hoja, recortó el mapa en muchos trozos y, junto con un rollo de celo, se lo dio a su hijo diciendo: “Mira hijo, como te gustan tanto los puzzles, te voy a dar el mundo en trocitos para que lo arregles sin ayuda de nadie”.
Así, el padre quedó satisfecho y el niño también. El padre porque pensó que el niño tardaría más de una hora en hacerlo. El niño porque creyó que estaba ayudando a su padre. Pero después de unos minutos el niño exclamó: “Papá, ya!”. El padre, en un primer momento, no dio crédito a las palabras del niño. Era imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que nunca había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista del libro que leía, convencido de que vería resultado desastroso propio de un niño de cinco años. Pero, para su sorpresa, comprobó que el mapa estaba perfectamente reconstruido: cada trocito había sido colocado y pegado en el lugar correspondiente.
Sin salir de su asombro y mirando fijamente el mapa, le dijo al niño: “Hijo, si tu no sabías cómo era el mundo, ¿Cómo has podido hacerlo?” “¡Muy fácil papá!” – contestó el niño-, cuando arrancaste la hoja de la revista vi que por el otro lado había un hombre. Di la vuelta a los trocitos que me diste y me puse a hacer el puzzle del hombre, que sabía cómo era. Cuando conseguí arreglar el hombre di la vuelta a la hoja y vi que había arreglado el mundo...”
¡Cambia tu corazón y el mundo cambiará!.

Cuentos con moral: El hombre de la Iglesia
Fuente: http://www.loiola.org
Una vez un sacerdote estaba dando un recorrido por la Iglesia al mediodía...al pasar por el altar decidió quedarse cerca para ver si alguien había venido a rezar. En ese momento se abrió la puerta. El sacerdote frunció el entrecejo al ver a un hombre acercándose por el pasillo. Era mayor, viejo casi, la barba de varios días y vestía una camisa raída, pantalones demasiado largos y un abrigo gastado cuyos bordes habían comenzado a deshilacharse. El hombre se arrodilló frente al Sagrario, inclinó la cabeza pocos segundos. Tras este breve instante, se levantó y se fue.

Una vez un sacerdote estaba dando un recorrido por la Iglesia al mediodía...al pasar por el altar decidió quedarse cerca para ver si alguien había venido a rezar. En ese momento se abrió la puerta. El sacerdote frunció el entrecejo al ver a un hombre acercándose por el pasillo. Era mayor, viejo casi, la barba de varios días y vestía una camisa raída, pantalones demasiado largos y un abrigo gastado cuyos bordes habían comenzado a deshilacharse. El hombre se arrodilló frente al Sagrario, inclinó la cabeza pocos segundos. Tras este breve instante, se levantó y se fue.
Durante los días siguientes el mismo hombre, siempre al mediodía, entraba en la Iglesia cargando una maleta, se arrodillaba brevemente y luego volvía a salir. El sacerdote, un poco temeroso, empezó a sospechar que se tratase de algún ladrón, por lo que un día se puso en la puerta de la Iglesia y cuando el hombre se disponía a salir le preguntó: “¿Qué haces aquí?”. El hombre dijo que trabajaba cerca y que solo tenía media hora libre para comer y aprovechaba ese momento para rezar. “Sólo me quedo unos instantes, sabe, porque la fábrica donde trabajo queda un poco lejos. Así que sólo me arrodillo y le digo: “Señor, sólo vine nuevamente para contarte cuán feliz me haces cuando me liberas de mis pecados... no sé muy bien rezar, pero pienso en Ti todos los días... así que Jesús, este es Juan agradeciéndote”.
El sacerdote, sintiéndose un tonto, le dijo a Juan que estaba bien y que era bienvenido a la Iglesia cuando quisiera. Una vez se hubo marchado Juan fue el sacerdote quien se arrodilló ante el altar. Con el corazón derretido de amor y dos grandes lágrimas corriendo por sus mejillas repetía la plegaría de Juan: “Solo vine para decirte: Señor, cuan feliz fui desde que te encontré a través de mis semejantes y me liberaste de mis pecados... No sé muy bien cómo rezar, pero pienso en Ti todos los días... Así, que Jesús, soy yo, agradeciéndote”.
Pasó un mes, y el sacerdote notó que el viejo Juan no había venido durante los últimos días. Continuaba ausente, por lo que el padre fue a la fábrica a preguntar por él; allí le dijeron que estaba enfermo en el hospital. Al llegar al hospital, el sacerdote se interesó por la salud de Juan hablando primero con la jefa de enfermeras. Ella le informó de su estado de salud, pero sobre todo le habló de cómo era Juan. Durante la semana que llevaba en el hospital, sonreía todo el tiempo y su alegría era contagiosa. Nadie lo entendía porque era un enfermo que nadie atendía. Nunca había recibido ni flores, ni tarjetas, ni visitas. El sacerdote se acercó al lecho de Juan con la enfermera y ésta le dijo, mientras Juan escuchaba: “Ningún amigo ha venido a visitarlo, él no tiene a dónde recurrir”.
Sorprendido, el viejo Juan dijo con una sonrisa: “La enfermera está equivocada...pero ella no puede saber que todos los días, desde que llegué aquí, a mediodía, un querido amigo mío viene, se sienta aquí en la cama, me agarra de las manos, se inclina sobre mí y me dice: “Sólo vine para decirte, Juan, cuán feliz fui desde que encontré tu amistad y te libere de tus pecados. Siempre me gustó oír tus plegarias, pienso, en ti cada día...Así que, Juan..., este es Jesús agradeciéndotelo”.
Cuando oréis, no utilicéis muchas palabras, haced una oración sencilla, presentándole todo lo nuestro desde nuestra pobreza. Seamos sencillos como niños.
ÉL NO PUEDE VIVIR SIN MI.

Cuentos con moral: Las gafas de Dios
Fuente: http://www.loiola.org
Dicen que un día llegó un hombre al cielo. Su sorpresa fue inmensa cuando descubrió que en la puerta del cielo no había nadie. San Pedro se había ido a alguna emergencia. Siguió avanzando el hombre y descubrió que en la pared estaba el anuncio de despedida de Dios. Se coló y también se dio cuenta de que en el despacho no estaba Dios. Miró todas las estanterías. Curioseó todo lo que tenía Dios en su despacho. Se fijó largamente en que en la mesa del despacho había unas gafas. Se las puso y comprobó que a través de ellas veía el mundo y a cada hombre que vive en este planeta.
Sintió gran curiosidad por saber algo de su socio, el que había trabajado codo con codo con él y se sospechaba que no era buena persona. Las gafas le hicieron descubrir la vida de su socio, sus negocios sucios, su infidelidad a su esposa y, sobre todo, que se había reído de él. En un momento no pudo contener la rabia, tomó la maceta que tenía al lado en la mesa de Dios y trató de tirársela a su socio a la cabeza. Cuando estaba en el intento de usar violencia contra aquel de quien tenía tantas sospechas, entró Dios. Le preguntó: “¿Qué haces?”.
Le respondió: “Me he puesto tus gafas y no aguanto tanta maldad, tanto pecado”, Dios le miró con cariño y le dijo: “Has cometido un gran error. Para mirar con esas gafas hay que ponerse antes mi corazón”. Sólo se puede mirar a los hombres con los sentimientos de su corazón.
Corazón de Jesús enséñanos a mirar con tu corazón.

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