sábado, 16 de mayo de 2026

Homilía de la Solemnidad de la Ascensión del Señor (versión abreviada)

 

Homilía de la Solemnidad de la Ascensión del Señor (versión abreviada)

Mt 28, 16-20

 

La Ascensión: Jesús no se va, nos pone en camino

La última página de un libro nunca es una página cualquiera. En ella se recoge el sentido de todo lo anterior. Por eso, los últimos versículos del Evangelio según san Mateo merecen una atención especial: los once discípulos van a Galilea, al monte indicado por Jesús, y allí se encuentran con el Resucitado (cfr. Mt 28, 16-20). Parece el final, pero en realidad es un comienzo. La Ascensión no es Jesús marchándose lejos; es Jesús inaugurando una nueva forma de estar con nosotros. Termina su presencia visible, pero empieza la segunda parte de su historia: la que continúa con la Iglesia, con sus discípulos, con nosotros.

Mateo dice que son once. No doce. Falta Judas. La primera comunidad cristiana no nace perfecta, sino herida. Aquellos discípulos aman a Jesús, pero también han huido, han tenido miedo, han negado, han dudado. Son frágiles. Bastante parecidos a nosotros, solo que sin grupos de WhatsApp parroquiales, que a veces también tienen su pequeña cruz. Y, sin embargo, Jesús no los descarta. No les pasa factura. No dice: “Con este equipo no se puede”. Se acerca a ellos y les confía una misión.

Dios no espera a que seamos perfectos para llamarnos. Nos llama con nuestras heridas, nuestras dudas, nuestras pobrezas. Y precisamente ahí comienza la esperanza.

La cita es en Galilea. ¿Por qué Galilea? Porque allí empezó todo. Allí los discípulos escucharon por primera vez la voz de Jesús. Allí lo vieron curar enfermos, tocar leprosos, perdonar pecadores, sentarse a la mesa con publicanos, mirar a los pobres con una ternura nueva. Galilea es el lugar del primer amor, el origen de la fascinación por el Maestro.

Volver a Galilea significa volver al inicio de la fe. También nosotros podemos preguntarnos: ¿cuál es mi Galilea? ¿Dónde empezó mi historia con el Señor? ¿Dónde descubrí que Jesús no era una idea religiosa, sino una presencia viva? Porque nadie anuncia de verdad a Cristo si antes no ha estado con Él. El discípulo no es un funcionario de lo sagrado; es alguien que ha sido tocado por una presencia.

Pero Mateo añade otro detalle: suben a un monte. Y no es un monte cualquiera. En el Evangelio de Mateo, el monte nos remite al lugar de las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 1-12). Antes de ser enviados, los discípulos deben volver a la escuela del Evangelio. Allí se aprende que el mundo nuevo no nace del poder, del orgullo o de la imposición, sino de los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz.

El monte de las bienaventuranzas es la escuela donde se aprende a mirar como Jesús. A veces nosotros querríamos hacerlo al revés: “Señor, primero dame pruebas, garantías, seguridades, y luego quizá me arriesgo”. Nos gustaría una póliza espiritual con letra grande y devolución asegurada. Pero el Evangelio propone otro camino: primero se sube al monte, primero se acogen las bienaventuranzas, primero se empieza a vivir desde el amor. Y entonces los ojos se abren.

Mateo dice algo sorprendente: al verlo, algunos dudaron. ¡Dudan delante del Resucitado! Este detalle consuela mucho. Jesús no se escandaliza de nuestras dudas. La fe no consiste en tenerlo todo claro, como si pudiéramos meter a Dios en una carpeta bien ordenada. La fe es confiar, buscar, amar, permanecer, incluso cuando por dentro hay niebla.

Hay dudas cómodas, sí, dudas que sirven de excusa para no moverse. Pero hay también dudas honestas, dudas que nacen del deseo profundo de verdad. Benditas las dudas que no nos alejan de Dios, sino que nos obligan a buscarlo con más humildad. Los discípulos dudan, pero no se marchan. Permanecen ante Jesús. Y quizá eso ya es una forma preciosa de fe.

Entonces Jesús se acerca. No habla desde lejos. No da órdenes desde una nube, como quien dirige la obra desde un balcón celestial. Se acerca. Así había sido siempre Jesús: cercano a los enfermos, a los pecadores, a los excluidos, a los que nadie quería tocar. En Él descubrimos que Dios no es un ser distante, perdido más allá de las nubes, que baja de vez en cuando para hacer milagros o repartir castigos. Dios se ha hecho cercano en Jesús.

Y ahora, resucitado, sigue cerca. De otra manera, sí, pero no menos real. Más aún: ahora su presencia ya no está limitada por el espacio y el tiempo. Jesús no se va lejos; cambia su modo de estar cerca.

Después dice: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” (cfr. Mt 28, 18). Pero no habla del poder que nosotros solemos admirar: dominar, imponerse, controlar, salvarse a uno mismo. Ese poder Jesús lo rechazó. Rechazó el poder que le ofrecía el Tentador sobre los reinos del mundo (cfr. Mt 4, 8-10). Rechazó bajar de la cruz para demostrar fuerza (cfr. Mt 27, 40-42). El poder de Jesús es otro: el amor que sirve, levanta y da vida.

Desde ahí se entienden las tres tareas que confía a sus discípulos.

La primera: hacer discípulos a todos los pueblos. Discípulo es el que aprende. Y Maestro, en sentido pleno, solo hay uno: Jesús. Evangelizar no es fabricar seguidores para nuestro grupo, sino acompañar a otros a la escuela de Cristo. No se trata de conquistar pueblos, sino de ofrecerles la bendición del Evangelio.

La segunda tarea es bautizar. En griego, βαπτίζειν (baptízein) significa “sumergir”. Bautizar es sumergir la vida en el amor de Dios: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La humanidad nueva nace cuando dejamos de vivir encerrados en nosotros mismos y entramos en esa corriente de amor que viene de Dios.

La tercera tarea es enseñar a guardar lo que Jesús ha mandado. Pero enseñar no es solo hablar. Las palabras son necesarias, claro, pero lo más convincente es una vida transformada. ¿Qué ha mandado Jesús? En el fondo, una sola cosa: dejarnos mover siempre por el amor. Cuando una persona se vuelve más humana, más libre, más misericordiosa, más servicial, entonces el Evangelio empieza a verse.

Y llega la promesa final: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (cfr. Mt 28, 20). Esa frase sostiene toda misión. En la Biblia, cuando Dios llama a alguien a una tarea grande, casi siempre aparece el miedo: Moisés se siente incapaz, Josué necesita ánimo, Gedeón se ve pequeño, Jeremías demasiado joven, Jonás directamente huye. Es muy humano: cuando Dios llama, no siempre suena música épica; a veces tiemblan las piernas.

Pero Dios repite siempre lo mismo: “Yo estaré contigo”. Eso dice ahora el Resucitado. No promete una vida fácil. No dice: “Id, que no habrá problemas”. Dice: “Yo estoy con vosotros”. Y eso basta.

La Ascensión no es quedarnos mirando al cielo sin movernos. Es volver a Galilea, subir al monte de las bienaventuranzas, acoger nuestras dudas honestas, dejarnos transformar por el amor de Jesús y bajar al mundo con Él. No somos enviados porque seamos fuertes, sino porque el Resucitado camina con nosotros todos los días.

No hay comentarios: