Homilía del Domingo de Pentecostés
Juan 20, 19-23 «Recibid el Espíritu Santo»
Pentecostés:
Del don de la Torá al don del Espíritu
Jesús ha
inaugurado una forma nueva de relacionarnos con Dios. Ya no se trata
solo de escuchar una Ley que viene de fuera, sino de recibir una Vida que
transforma por dentro. Esa es la gran novedad de la Nueva Alianza: Dios no se
limita a señalar el camino; Dios mismo viene a caminar con nosotros, dentro
de nosotros, por medio de su Espíritu.
San Lucas, en el
libro de los Hechos de los Apóstoles, presenta el acontecimiento de Pentecostés
con una intención muy cuidada (cfr. Hch 2, 1-11). No coloca la venida del
Espíritu Santo en cualquier fecha, como quien busca un hueco libre en el
calendario parroquial. Lo sitúa precisamente en una fiesta judía cargada de
memoria, de alianza y de promesa. Pentecostés no es un episodio aislado: es
una página nueva escrita sobre una historia antigua.
Pentecostés
correspondía a la fiesta judía de שָׁבוּעוֹת (Shavuot), la fiesta de las
semanas. Con el tiempo, esta celebración quedó vinculada a la memoria del don
de la תּוֹרָה (Torá), la Ley entregada por Dios a Moisés en el monte
Sinaí, cincuenta días —siete semanas— después de la salida de Egipto, פֶּסַח (Pésaj).
Israel celebraba así que no había sido liberado para vivir perdido, a la
deriva, “a ver qué sale”, sino para caminar como pueblo de Dios bajo la luz de
su Palabra.
En el Sinaí, Dios
no entrega simplemente unas normas. Sella una alianza. Aquel pueblo, arrancado
de la esclavitud de Egipto, recibe una identidad nueva: ya no es una masa de
fugitivos, sino una nación convocada por Dios, educada por Dios y guiada por su
Ley. La תּוֹרָה (Torá) no era una carga pesada, sino el signo de una
pertenencia: Israel pertenecía al Señor, y el Señor se comprometía con Israel.
Y es precisamente
en esa misma fiesta, cuando Israel celebraba el don de la תּוֹרָה (Torá),
cuando desciende sobre los discípulos de Jesús el don del Espíritu Santo. La
escena es de una belleza teológica enorme: donde antes se recordaba la Ley
escrita para guiar al pueblo, ahora se derrama el Espíritu que escribe la
voluntad de Dios en el corazón. El Sinaí no desaparece; queda llevado a
plenitud. La Ley no se desprecia; se interioriza, se vivifica, se enciende
desde dentro.
Así, el
Pentecostés cristiano nos revela que la Nueva Alianza no consiste simplemente
en obedecer mejor, apretar los dientes y portarnos todos un poquito más
decentemente —que tampoco vendría mal, dicho sea de paso—. La novedad es mucho
más profunda: el Espíritu Santo hace posible una relación filial, viva y
confiada con Dios. Ya no somos solo destinatarios de un mandamiento; somos
templos habitados por una Presencia. Ya no estamos únicamente ante la Ley;
estamos dentro del amor de Dios derramado en nuestros corazones.
Un fuego interior
que despierta el amor.
Con Jesús no hay
una ley externa al hombre que uno tenga que observar, sino que estamos
llamados a dar la bienvenida a una dinámica, a una fuerza interna que libera
energía de amor; se trata del don del Espíritu.
El Génesis de
una nueva creación
San Juan narra
este acontecimiento desde una perspectiva distinta a la de san Lucas. Mientras
Lucas sitúa la venida del Espíritu Santo en el marco solemne del Pentecostés
judío, שָׁבוּעוֹת (Shavuot), Juan concentra la escena en el
pequeño grupo de discípulos reunidos tras la resurrección, cuando Jesús se
presenta en medio de ellos y les comunica su Espíritu (cfr. Jn 20, 19-23).
Lucas coloca el
acontecimiento en Jerusalén, durante la fiesta de שָׁבוּעוֹת (Shavuot),
una de las grandes fiestas de peregrinación de Israel. Aquello no es un detalle
decorativo. En la ciudad había judíos piadosos venidos de muchas naciones,
reunidos para celebrar la memoria del don de la Ley. Por eso, en Lucas,
Pentecostés tiene una dimensión pública, universal, expansiva: el Espíritu
desciende y la Buena Noticia empieza a resonar en todas las lenguas.
Juan, en cambio,
lo presenta de otro modo. No nos lleva primero a la plaza, ni a la multitud, ni
al ruido de los pueblos reunidos en Jerusalén. Nos introduce en una estancia
cerrada, en una comunidad pequeña, frágil, asustada, todavía con el corazón
encogido. Es una escena mucho más íntima. Antes de enviar a la Iglesia hacia
fuera, Jesús sana por dentro a los discípulos.
Y ahí está la
belleza del relato joánico; el Resucitado no llega haciendo reproches, pasando
lista de cobardías o diciendo: “Vamos a ver, ¿dónde estabais todos el
viernes?”. Entra en medio de ellos y les ofrece la paz. Después sopla sobre
ellos y les entrega el Espíritu. Juan quiere que entendamos que estamos ante
el comienzo de una creación nueva: como Dios sopló vida sobre el primer hombre,
ahora Cristo resucitado sopla su Espíritu sobre la humanidad renovada.
Así, mientras
Lucas subraya el Pentecostés como fiesta del cumplimiento y de la misión
universal, Juan nos muestra el nacimiento interior de la comunidad pascual. El
Espíritu no solo empuja a anunciar; primero recrea, pacifica, perdona y
devuelve la vida. Porque nadie puede salir a evangelizar el mundo si antes
no ha dejado que Cristo resucitado entre en sus propias puertas cerradas.
El soplo del Resucitado
y la herencia de los profetas
«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana,
estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los
judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».
El evangelista
Juan sitúa este acontecimiento de Pentecostés en un momento muy preciso: el
mismo día de la Resurrección, al atardecer. No lo narra como san Lucas, que
lo coloca cincuenta días después, en Jerusalén, durante la fiesta judía de שָׁבוּעוֹת
(Shavuot). Juan, en cambio, nos introduce en una escena más íntima: los
discípulos están reunidos, encerrados por miedo, y Jesús resucitado se presenta
en medio de ellos, les da la paz y sopla sobre ellos su Espíritu (cfr. Jn 20,
19-23).
El Evangelio de
Juan está profundamente entrelazado con las grandes tradiciones proféticas del
Antiguo Testamento. Por eso, cuando Jesús exhala su aliento sobre los
discípulos, no está realizando un gesto simplemente simbólico o emotivo. Está
comunicando su רוּחַ (rúaj), su πνεῦμα (pneuma): el aliento vivo
de Dios, el Espíritu que recrea, fortalece y envía.
En este gesto
resuena, de manera especial, la relación entre Elías y Eliseo. Cuando Elías
está a punto de ser arrebatado, Eliseo le pide: «Que pase a mí una doble
porción de tu espíritu» (cfr. 2 Re 2, 9). El texto hebreo utiliza la
expresión פִּי־שְׁנַיִם בְּרוּחֲךָ (pí-shenáyim berujajá),
que significa literalmente “doble porción de tu espíritu”. Es una
expresión vinculada al lenguaje de la herencia; el primogénito recibía una
doble porción de los bienes paternos (cfr. Dt 21, 17). Por tanto, Eliseo no
está pidiendo “más cantidad” de espíritu, como quien pide una ración doble
porque viene con hambre. Está pidiendo ser reconocido como el heredero
principal de la misión profética de Elías.
Y el relato
confirma que esa petición no queda en una frase bonita. Después de la partida
de Elías, Eliseo comienza a realizar signos semejantes a los de su maestro. Los
hijos de los profetas reconocen lo sucedido y afirman: «El espíritu de Elías
reposa sobre Eliseo» (cfr. 2 Re 2, 15). El espíritu recibido capacita
para continuar la obra del maestro. No es un adorno piadoso; es transmisión
de misión, de autoridad y de vida.
Desde esta clave
se entiende mejor la promesa de Jesús en el Evangelio de Juan: «En verdad,
en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y
aún mayores» (cfr. Jn 14, 12). Los discípulos no reciben el Espíritu
para conservar un recuerdo entrañable de Jesús, sino para prolongar su obra en
la historia. Como Eliseo respecto de Elías, la comunidad cristiana queda
constituida como heredera de la misión del Maestro.
Por eso, Juan no
rompe con la espiritualidad de Israel, sino que la lleva a su cumplimiento más
profundo. El Dios que habló por los profetas, el Dios que hizo reposar su
espíritu sobre sus enviados, comunica ahora el Espíritu de Cristo a la Iglesia
naciente. El soplo del Resucitado recoge toda la riqueza de la tradición
bíblica y la conduce a su plenitud.
Así, el
“Pentecostés joánico” revela algo decisivo: la Resurrección no solo devuelve
la vida a Jesús; inaugura una humanidad nueva, animada por el Espíritu. Los
discípulos, todavía encerrados y temblorosos, reciben el aliento del Resucitado
para convertirse en testigos. Porque cuando Cristo sopla su Espíritu, no solo
consuela: recrea, envía y hace posible continuar sus obras en el mundo.
El Resucitado en medio:
Del miedo a la paz
Los discípulos
estaban reunidos «con las puertas cerradas
por miedo a los judíos». Conviene precisar bien esta expresión
para no caer en lecturas injustas o superficiales. En el Evangelio de Juan,
cuando aparece esta fórmula, muchas veces no se refiere al pueblo judío en su
conjunto, sino a las autoridades religiosas que se habían opuesto a Jesús. Los
discípulos no tienen miedo porque Jesús sea peligroso; tienen miedo porque su
doctrina había sido considerada peligrosa por quienes querían controlar la fe,
la Ley y el pueblo.
De hecho, durante
el proceso, el sumo sacerdote interroga a Jesús sobre sus discípulos
y sobre su doctrina (cfr. Jn 18, 19). No le pregunta solo por lo que ha
hecho, sino por lo que ha enseñado y por aquellos que lo han seguido. La
preocupación no era únicamente Jesús como individuo, sino la posibilidad de que
su palabra siguiera viva en sus discípulos. Porque hay doctrinas que incomodan,
y la de Jesús incomodaba mucho: no porque destruyera la fe de Israel, sino
porque desenmascaraba sus deformaciones.
Entonces dice el
Evangelio: «Entró Jesús, se puso en medio».
Este detalle es precioso, y san Juan no lo recoge por casualidad. Cuando el
Resucitado se manifiesta, no se coloca delante, como si solo pudieran verlo los
más cercanos, los de primera fila, los de siempre. Tampoco se pone por encima,
como quien marca distancia o reclama privilegios. Jesús se pone en medio.
Y eso lo cambia
todo. El centro de la comunidad no es el miedo, ni la culpa, ni el recuerdo
del fracaso, sino Cristo vivo. Jesús está en medio para que todos tengan
acceso a Él. Nadie queda más lejos por haber sido más débil, nadie queda
relegado por haber tenido más miedo. Al ponerse en medio, el Resucitado crea
una comunidad nueva: todos están alrededor de Él, todos reciben de Él la misma
paz, la misma presencia, la misma misericordia.
Y les dice: «Paz a vosotros». No es simplemente un
saludo bonito, ni una fórmula educada para entrar en casa sin sobresaltar al
personal, que bastante sobresaltados estaban ya. Jesús no les desea la paz como
quien dice: “Espero que os vaya bien”. Jesús les entrega la paz como un don.
El término hebreo שָׁלוֹם (shalom) significa mucho más que ausencia de guerra o tranquilidad psicológica. שָׁלוֹם (shalom) es plenitud, vida reconciliada, armonía, bienestar profundo, todo aquello que permite al ser humano vivir según el proyecto de Dios. Cuando Jesús dice «Paz a vosotros», no está tapando las heridas; está regalando una vida nueva en medio de ellas.
Las manos heridas
que revelan la obra de Dios
«Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y
los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor».
En las manos de
Jesús contemplamos la revelación definitiva y perfecta de la mano de Dios, es
decir, de la obra que Dios realiza en favor de los hombres. Si abrimos los
Evangelios, vemos continuamente qué hacen esas manos: devuelven la vista al
ciego de nacimiento, tocan a los leprosos a los que nadie se atrevía a
acercarse, parten el pan y lo comparten, levantan al paralítico que no podía
moverse por sí mismo.
Son manos que
bendicen a los niños, después de haberlos tomado en brazos. Son manos que, en
la última cena, lavan los pies de los discípulos en el gesto más humilde del
servicio. Las manos de Jesús son siempre manos al servicio de la vida.
No retienen, no golpean, no aplastan, no señalan para condenar. Hacen vivir.
Por eso Jesús las
muestra a los discípulos. No enseña sus manos como quien presenta una prueba
fría de identidad: “Mirad, soy yo, expediente cerrado”. Las muestra
porque en ellas está resumida toda su propuesta. Una vida gastada entera y
solamente por amor. Esas son las manos del Hijo de Dios, y esas mismas
manos se ofrecen como camino a todo el que quiera vivir como hijo de Dios.
El mundo viejo
clava las manos que aman
Y esas manos están
heridas, porque han sido traspasadas por los clavos. La pregunta nace sola:
¿quién ha clavado esas manos? Las clavan quienes quieren perpetuar la lógica
del mundo viejo: las manos que destruyen, las manos que ejercen violencia,
las manos que agreden, las manos que hacen la guerra, las manos que toman en
vez de dar.
Ese es el modo de
funcionar del mundo viejo. En ese mundo, las manos se mueven para dominar, no
para servir; para poseer, no para compartir; para defender lo propio, aunque el
otro quede tirado en la cuneta. Y, claro, cuando aparecen unas manos que solo saben
amar, bendecir, levantar y curar, el mundo viejo se pone nervioso. Mucho.
Porque unas manos así desenmascaran demasiadas cosas.
Por eso, quienes
no querían el mundo nuevo clavaron precisamente esta propuesta que el Hijo de
Dios había venido a traer: usar las manos solo para amar, incluso al
enemigo. Ahí está la revolución cristiana. No una revolución de puños
cerrados, sino de manos abiertas. No una revolución que aplasta al adversario,
sino que se atreve a amar donde otros solo saben devolver golpe por golpe.
Y aquí podemos
preguntarnos, sin dramatismos, pero con mucha sinceridad: nuestras manos, en lo
concreto de cada día, ¿se parecen más a las manos del Reino o a las manos del
mundo viejo? Porque no hace falta empuñar una espada para herir. A veces basta
con cerrarse, retener, negar ayuda, endurecerse, no acariciar, no levantar, no
compartir. También nuestras manos hablan. Y a veces predican mejor que
nuestras palabras… para bien o para mal.
Del costado de Cristo
brota la fuerza para amar
Pero Jesús no
muestra solo las manos. Muestra también el costado. Y esto es decisivo. Porque
para emplear las manos como Él las empleó hace falta una fuerza nueva, una vida
nueva, una fuente interior que no nace simplemente de nuestra buena voluntad. Para
amar como Cristo no basta con proponérselo muy fuerte un lunes por la mañana.
Hace falta recibir su Espíritu.
Por eso Juan nos
conduce al costado abierto, del que brotaron sangre y agua. En la Escritura, la
sangre y el agua hablan de vida: vida entregada, vida derramada, vida
comunicada. Por eso Juan nos conduce al costado abierto, del que brotaron
sangre y agua (cfr. Jn 19, 34). En la Escritura, la sangre está vinculada a
la vida entregada —«la vida de la carne está en la sangre»— (cfr. Lv 17,
11), y el agua aparece como signo de vida que brota de Dios y fecunda lo que
parecía estéril (cfr. Ez 47, 1-12; Jn 7, 37-39). Así, del costado de Cristo no
brota simplemente el recuerdo de una muerte, sino la vida nueva que Él comunica
a los suyos (cfr. 1 Jn 5, 6-8). Del costado de Cristo brota la vida nueva
que hace posible el mundo nuevo.
De ese costado
abierto nace el Espíritu que nos capacita para mover nuestras manos como las
movió Jesús. Porque solos, seamos honestos, enseguida volvemos al instinto de
agarrar, defendernos, imponernos o reservarnos. Pero cuando el Espíritu del
Resucitado nos habita, nuestras manos empiezan a aprender otro lenguaje: el
lenguaje del servicio, de la ternura, del perdón, de la entrega.
Las manos heridas
de Jesús nos muestran qué es amar; su costado abierto nos da la fuerza para
hacerlo.
Ahí está el corazón del Evangelio: Cristo no solo nos deja un ejemplo
admirable, sino que nos comunica su propia vida para que podamos vivir como
hijos en el Hijo.
Les muestra los
signos de la pasión. El Resucitado no es un fantasma sin historia ni un
vencedor que oculta sus heridas; es el Crucificado vivo, el Pastor que ha
protegido a los suyos con sus manos y con su costado. Sus heridas no son un
reproche, sino la prueba de su amor.
En el momento de
su prendimiento, Jesús había dicho: «Si me buscáis a mí, dejad marchar a
estos» (cfr. Jn 18, 8-9). El Buen Pastor se puso delante para defender
a sus discípulos. Ahora, resucitado, se pone en medio para devolverles la paz. Las
mismas manos que fueron clavadas son las manos que protegieron; el mismo
costado traspasado es el lugar desde donde brota la vida.
Cuando Jesús está en medio,
los miedos huyen.
Los discípulos
tenían miedo. Pero al ver al Señor, pasan del temor a la alegría: «Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor».
No se alegran porque de repente todos los problemas hayan desaparecido. Las
autoridades siguen ahí, las amenazas siguen ahí, el mundo no se ha vuelto
amable de un minuto para otro. Pero ha cambiado lo esencial: ya no están
solos.
Los miedos
empiezan a perder fuerza cuando los discípulos descubren que el Resucitado está
en medio de ellos. La alegría cristiana no nace de tenerlo todo controlado,
sino de saber que Cristo vivo está en el centro, incluso cuando las puertas
siguen cerradas. Y esto, seamos sinceros, nos viene muy bien recordarlo,
porque a veces también nosotros cerramos puertas con bastante habilidad: por
miedo, por heridas, por cansancio, por prudencia… o por esa mezcla tan humana
de “yo ya no estoy para muchos sustos”.
Reflejos del Padre
en un mundo sediento
Jesús repite por
segunda vez: «Paz a vosotros».
Pero ahora esa paz tiene un movimiento nuevo. La primera paz reconstruye a
los discípulos por dentro; la segunda los pone en camino. La paz que Cristo
regala no es para encerrarla bajo llave, sino para convertirla en misión.
Y entonces Jesús
pronuncia una frase decisiva: «Como el Padre
me ha enviado, así también os envío yo». La comunidad cristiana
nace enviada. No nace para mirarse a sí misma, ni para instalarse cómodamente
en sus seguridades, ni para convertirse en un pequeño club de supervivientes
espirituales. Nace para prolongar en el mundo la misión misma de Jesús.
¿Y para qué ha
enviado el Padre al Hijo? Para manifestar visiblemente su amor. Jesús es el
rostro visible del amor invisible del Padre. En Él vemos cómo ama Dios,
cómo se acerca Dios, cómo sirve Dios, cómo perdona Dios, cómo se inclina Dios
ante la fragilidad humana.
Ese amor quedó
expresado con una fuerza inmensa en el lavatorio de los pies (cfr. Jn 13,
1-15). Allí Jesús no explicó el amor con una conferencia brillante, aunque
seguro que habría llenado la sala. Se levantó de la mesa, se quitó el manto,
tomó una toalla y se puso a lavar los pies de sus discípulos. El amor de
Dios no es una idea hermosa; es un amor que se arrodilla para servir.
Por eso, cuando
Jesús dice: «Como el Padre me ha enviado, así
también os envío yo», está entregando a la comunidad cristiana
su misma misión; hacer visible el amor del Padre. La tarea de la Iglesia no
puede reducirse a ofrecer opiniones, estrategias o propuestas ambiguas para
contentar a todos, especialmente si en ese intento se desfigura el depósito de
la fe que hemos recibido para custodiar. La Iglesia no ha sido enviada para
negociar la verdad, sino para transparentar el amor de Cristo en la verdad.
Esto no significa
que la doctrina no importe. Al contrario, importa muchísimo. Pero en el
Evangelio de Juan, la verdad de Jesús no se transmite como un bloque frío que
se lanza sobre la gente, sino como una vida que se entrega, una luz que ilumina
y un amor que se pone al servicio. La doctrina cristiana solo se entiende
bien cuando se ve encarnada en una comunidad que ama como Jesús.
Como el Padre
envió al Hijo para manifestar y demostrar su amor, así la comunidad cristiana
es enviada a ser testigo visible de ese mismo amor: un amor generoso,
concreto, humilde, servicial, capaz de lavar pies y de sostener heridas. En
un mundo sediento de sentido, de ternura y de verdad, los discípulos están
llamados a ser reflejos del Padre: no focos que deslumbran, sino lámparas que
ayudan a encontrar el camino.
El soplo que recrea
la humanidad
«Y, dicho esto, sopló sobre ellos». San
Juan escoge aquí un verbo de enorme densidad bíblica: ἐμφυσάω (emphysáō),
“soplar”, “insuflar aliento”. No es un verbo cualquiera. Juan no está
describiendo simplemente un gesto exterior de Jesús, como quien toma aire y lo
deja escapar. Está evocando el gesto creador de Dios.
La referencia más
clara nos lleva al libro del Génesis. Allí se dice que Dios modeló al hombre
del polvo de la tierra y sopló en su nariz el aliento de vida, y el
hombre se convirtió en un ser viviente (cfr. Gn 2, 7). Es decir, el ser humano
no vive solo porque tenga cuerpo, estructura, capacidades o movimiento. Vive
porque recibe el aliento de Dios. La vida humana nace de un soplo divino.
Por eso, cuando
Jesús resucitado sopla sobre sus discípulos, Juan está diciendo algo inmenso; la
Pascua no es solo la vuelta a la vida de Jesús; es el comienzo de una nueva
creación. El Resucitado hace con sus discípulos lo que Dios hizo al
principio con Adán; comunica vida, infunde aliento, recrea desde dentro a una
humanidad herida por el miedo, el pecado y la muerte.
También resuena
aquí la gran visión del profeta Ezequiel: El valle de los huesos secos (cfr. Ez
37, 4-6). Israel aparece como un campo de huesos, sin fuerza, sin esperanza,
sin futuro. Y Dios anuncia que hará entrar en ellos su espíritu, su רוּחַ (rúaj),
para que vuelvan a vivir. Donde solo había sequedad, dispersión y muerte,
Dios promete restauración, resurrección y vida nueva.
Así se comprende
mejor la escena joánica. Los discípulos encerrados por miedo son, en cierto
modo, una humanidad reseca, paralizada, incapaz de salir, incapaz de anunciar,
incapaz incluso de sostenerse por sí misma. Y entonces Cristo resucitado entra,
se pone en medio y sopla. Ese soplo no maquilla la fragilidad de los
discípulos; la recrea.
Estamos, por tanto, ante una verdadera recreación de la humanidad. En el Génesis, Dios sopla y nace el hombre viviente. En Ezequiel, Dios sopla y un pueblo muerto recupera la vida. En Juan, Cristo resucitado sopla y nace la comunidad nueva, habitada por el Espíritu. El Espíritu Santo es el aliento de la nueva creación: la vida de Dios comunicada a los que estaban encerrados, temblorosos y casi sin esperanza.
Recibid el Espíritu:
El don sin medida que ensancha el corazón
Dice el Señor: «Recibid el Espíritu Santo». No dice
simplemente: “Portaos mejor”, “organizaos bien”, “haced un esfuerzo razonable y
ya veremos”. Jesús entrega su propio Espíritu. Y esto es decisivo, porque la
vida cristiana no nace primero de nuestra capacidad, sino del don de Dios.
San Juan afirma
que Dios da el Espíritu sin medida (cfr. Jn 3, 34). Dios no es tacaño
con su vida, ni reparte su Espíritu con cuentagotas, como si estuviera
administrando una reserva escasa. El problema nunca está en la generosidad
de Dios, sino en la capacidad de acogida del corazón humano.
Por eso, el don
del Espíritu, aunque procede siempre de la abundancia de Dios, se recibe según
la apertura de quien lo acoge. Si una persona confía en Dios, se abre, se
entrega, deja espacio, el Espíritu encuentra una casa disponible. Si, en
cambio, vive instalada en la sospecha, en el cálculo, en la reserva permanente
—ese “Señor, entra, pero no me toques esta habitación”—, entonces el
Espíritu no deja de ser generoso, pero nosotros estrechamos la puerta.
Jesús lo expresa
con una imagen muy sencilla: «Con la medida con que midáis se os medirá»
(cfr. Lc 6, 38). No porque Dios sea vengativo o mezquino, sino porque el
corazón humano recibe según se abre. Quien vive con el alma encogida recibe
poco, no porque Dios dé poco, sino porque apenas deja sitio.
Y este Espíritu se
llama Santo no solo por lo que es, sino también por lo que hace. Es Santo
porque santifica. No viene simplemente a consolarnos por dentro, como una
especie de manta espiritual para tardes difíciles —aunque consolar, consuela, y
a veces falta nos hace—. Viene a transformar, a purificar, a levantar, a
separar al hombre de la esfera del mal y a introducirlo en la vida misma de
Dios.
El Espíritu Santo
no decora la vida cristiana: la crea, la sostiene y la hace posible. Quien
acoge al Espíritu empieza a ser separado de aquello que lo destruye y unido
cada vez más a Aquel que lo hace vivir. Por eso Jesús no entrega a los
discípulos una estrategia, sino una Presencia; no les da simplemente una tarea,
sino la fuerza interior para realizarla.
Perdonar es abrir
un camino de vida
Jesús dice: «A quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados». Esta frase no puede reducirse a una idea
superficial de culpa, como si el Evangelio estuviera interesado solo en señalar
fallos y pasar factura. En san Juan, el pecado aparece como una situación
profunda de ruptura; una vida encerrada en la mentira, en la injusticia, en la
oscuridad; un modo de existir que aparta al hombre de Dios, de los hermanos y
de su propia verdad.
El verbo griego
que emplea el evangelista es ἀφίημι (afíēmi), que significa “dejar”,
“soltar”, “abandonar”, “liberar”, “perdonar”. Es un verbo precioso, porque
el perdón no consiste simplemente en borrar una cuenta pendiente, como quien
elimina una deuda del ordenador celestial —y menos mal que Dios no trabaja con
hojas de cálculo, porque algunos tendríamos varias pestañas abiertas—. Perdonar,
en sentido evangélico, es liberar a la persona de aquello que la esclaviza y
abrirle un camino nuevo de vida.
Por eso la misión
del discípulo no consiste en mirar desde lejos a quienes viven bajo el peso del
pecado, ni en etiquetarlos con frialdad, ni en confirmarles tranquilamente en
una situación que los destruye. El discípulo ha de acercarse, anunciar la
verdad con caridad, acompañar con paciencia y ayudar a abandonar las sendas del
pecado para entrar en el camino de la vida.
Aquí conviene
decirlo con claridad: en la Iglesia cabemos todos, pero no cabe todo.
Caben todos los heridos, todos los cansados, todos los buscadores, todos los
pecadores que desean levantarse; cabemos nosotros, que tampoco vamos
precisamente sobrados de santidad. Pero no cabe llamar vida a lo que mata, ni
luz a lo que oscurece, ni libertad a lo que esclaviza. Por eso el perdón no
elimina la conversión: la hace posible y la exige como camino de verdad.
Si un hermano vive
atrapado en el pecado y, por la gracia de Dios, mediante el testimonio, la
palabra y la cercanía de la comunidad, llega a abandonar esa situación,
entonces hemos recuperado al hermano. La Iglesia no existe para dejar a las
personas donde están, sino para ayudarlas a volver a la casa del Padre.
Pero también hay
una advertencia seria. Si por una vida poco evangélica, por cobardía, por
ambigüedad, por miedo a incomodar o por una falsa misericordia que no cura
nada, mantenemos al hermano en su esclavitud, entonces cargamos con una
responsabilidad. No se trata de condenar a nadie; se trata de no traicionar
la fuerza liberadora del Evangelio.
La misericordia
cristiana no es una niebla amable donde todo queda confuso. La verdadera
misericordia perdona, levanta y transforma. No humilla al pecador, pero
tampoco bendice sus cadenas. No aplasta con la verdad, pero tampoco esconde la
verdad. Porque Cristo no nos entrega el Espíritu para administrar medias
tintas, sino para anunciar con humildad y valentía el perdón que libera y la
conversión que devuelve la vida.
Retener el pecado:
Cuando la comunidad deja de ser luz
«A quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Esta palabra de
Jesús no debe entenderse como un poder arbitrario para juzgar personas,
condenarlas o repartir etiquetas espirituales con cara solemne —que, de eso,
por desgracia, también sabemos bastante los humanos—. Es, ante todo, una
responsabilidad inmensa confiada a la comunidad cristiana. Ser luz para que
quien vive en la oscuridad del pecado pueda encontrar un camino de salida.
La comunidad
cristiana está llamada a irradiar la luz de Cristo con la fuerza concreta de su
amor. No una luz decorativa, de escaparate religioso, sino una luz que se
expande, que orienta, que calienta, que permite ver. Allí donde una
comunidad vive el Evangelio con verdad, humildad y caridad, quienes se
encuentran atrapados en el pecado, en la injusticia o en una vida rota pueden
descubrir que no están condenados a permanecer así.
Por eso, quien
se acerca a la comunidad cristiana, tenga el pasado que tenga, no debería
encontrarse primero con un muro, sino con una puerta. Hablo de puertas y no
de puentes, porque por los puentes son lugares de transito de mercancías, de
ideas, de ideologías…que se pretenden mezclar y encubrir con la doctrina sana
católica; además los puentes se tienden a destruir cuando los terrenos son movedizos
o inestables o quedar a medio construir. Sino una puerta, no con una
complicidad que lo deje igual, pero tampoco con una dureza que lo hunda más. La
Iglesia está llamada a ofrecer a cada persona la posibilidad real de recomenzar
a la luz de Cristo. Y cuando una persona acoge esa luz, abandona las sendas
del pecado y entra en el camino de la vida, su pasado injusto queda cancelado,
desactivado, vencido por la misericordia de Dios.
Pero si la luz de
la comunidad se vuelve oscuridad, entonces ocurre algo muy grave: ya no se
ofrece salida. Si la comunidad vive sin amor, sin verdad, sin coherencia, sin
misericordia, sin conversión; si predica una cosa y encarna otra; si se
convierte en un espacio de juicio frío o de ambigüedad cómoda, entonces puede
terminar reteniendo a los demás en aquello mismo de lo que Cristo quería
liberarlos. Una comunidad oscura no ayuda a salir del pecado; a veces, sin
darse cuenta, lo confirma, lo tapa o lo hace más pesado.
Por tanto, esta
palabra de Jesús no es una autorización para mirar a nadie por encima del
hombro. No se trata de juzgar personas, sino de ofrecer a cada persona una
propuesta de plenitud de vida. La comunidad cristiana no existe para
condenar al que cae, ni para bendecir la caída, sino para mostrar que en Cristo
hay un camino nuevo, una vida nueva, una libertad nueva.
Retener el pecado
es fracasar como luz; perdonarlo es abrir un camino hacia la vida. Por eso la
Iglesia necesita permanecer siempre unida al Resucitado: solo una comunidad
iluminada por Cristo puede ayudar a otros a salir de la oscuridad.
Del Sinaí al corazón:
la Alianza escrita por el Espíritu
Israel, mediante
el don de la Alianza en el Sinaí —el Pentecostés judío, שָׁבוּעוֹת (Shavuot)—,
descubre su identidad más profunda. Ya no es simplemente un pueblo liberado
de Egipto, sino un pueblo que pertenece a Dios. La liberación no termina al
salir de la esclavitud; alcanza su plenitud cuando Israel entra en alianza con
el Señor.
Por eso, el día
del don de la תּוֹרָה (Torá), el día del encuentro entre Dios y
su pueblo en el Sinaí, la tradición judía lo ha contemplado con una imagen
bellísima: como el día de bodas entre Dios, el Esposo, e Israel, la esposa.
No se trata solo de recibir unos mandamientos, como quien recibe un reglamento
para no perderse en la vida —que tampoco vendría mal tenerlo a mano—. Se trata
de entrar en una relación de amor, de pertenencia, de fidelidad.
Ahora, en el Nuevo
Israel, que es la Iglesia, esa Ley ya no permanece únicamente fuera del hombre,
escrita en tablas de piedra. La Nueva Alianza llega más adentro; el Espíritu
de Dios graba la voluntad divina en el corazón humano. Dios no solo nos
señala el camino desde fuera; nos habita por dentro, nos transforma, nos
convierte en templo suyo.
Para los
cristianos, el fuego del Espíritu y la luz de Dios no son realidades
exteriores, lejanas, reservadas para momentos solemnes. Ese fuego arde
dentro; esa luz resplandece en el corazón. El creyente se convierte en
lugar habitado, en espacio iluminado, en templo vivo donde Dios quiere
manifestarse.
Así se entiende la
palabra de san Pablo: Dios ha hecho brillar su luz en nuestros corazones,
para que resplandezca en nosotros el conocimiento de la gloria de Dios
reflejada en el rostro de Cristo (cfr. 2 Cor 4, 6). La luz que un día
iluminó el Sinaí ahora quiere encenderse en lo más íntimo del discípulo. El
cristiano no vive solo bajo una Ley recibida; vive habitado por un Espíritu que
lo recrea desde dentro.

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