Homilía
de la Solemnidad del Corpus Christi
Jn 6, 51-58 «El que come mi carne y bebe mi sangre
habita en mí y yo en
él».
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El pan que se parte,
la vida que se entrega
El evangelista Juan
dedica cinco capítulos de su Evangelio al relato de la Última Cena. Y, sin
embargo, hay algo que llama la atención ya que en todo ese espacio no
aparece el relato de la institución de la Eucaristía.
A primera vista puede sorprendernos. ¿Cómo
es posible que Juan, al narrar la Última Cena, no cuente precisamente el
momento en que Jesús toma el pan y el vino? Pero Juan no lo omite por descuido.
No lo hace porque no le parezca importante. Sencillamente, no necesita
repetir lo que ya había sido transmitido por los otros evangelistas: Mateo,
Marcos y Lucas. También san Pablo lo había recogido en la Primera Carta a los
Corintios.
¿Un despiste de Juan?
Juan tiene otro
propósito.
Su mirada va en otra dirección. Quiere ayudar a sus comunidades cristianas,
ya al final del primer siglo, a comprender el sentido profundo de aquel gesto
que celebran cada semana, en el día del Señor: El gesto de partir el pan.
Porque quizá, también entonces, como puede sucedernos a nosotros, la Eucaristía
corría el riesgo de convertirse en un rito hermoso, solemne, sagrado… pero
desconectado de la vida.
Y cuando un gesto
sagrado se separa de la vida, queda herido por dentro. Sigue teniendo
apariencia religiosa, pero pierde transparencia evangélica. Por eso Juan
ilumina el misterio de la Eucaristía de una manera muy suya, muy concreta, muy
incómoda también. Lo hace en dos momentos decisivos de su Evangelio.
El primero lo
conocemos bien, durante la Última Cena, en lugar de narrar la institución de la
Eucaristía, Juan nos muestra a Jesús levantándose de la mesa, quitándose el
manto, tomando una toalla y lavando los pies de sus discípulos. El mensaje no
puede ser más claro.
El pan partido solo se entiende
desde una vida puesta al servicio.
Juan parece
decirnos que tengamos cuidado. No basta con partir el pan y comer de ese pan
ya que ese gesto tiene que hacerse carne en la vida. Tiene que traducirse
en amor concreto, en servicio humilde, en disponibilidad real hacia el hermano.
Porque si no ocurre eso, el rito puede convertirse en una mentira piadosa.
Y no hay nada más triste que una liturgia impecable que no termina tocando la
vida. Sería como besar el altar y luego pasar de largo ante el hermano. Muy
solemne, sí; pero el Evangelio se nos quedaría mirando con cara de “¿en
serio?”.
El segundo momento
en el que Juan nos ayuda a comprender la Eucaristía aparece en el capítulo 6.
Allí, después de narrar el signo de los panes compartidos, el evangelista
presenta un largo discurso de Jesús. Un discurso que irá llevando poco a
poco al oyente hasta el corazón del misterio: qué significa recibir, comer,
asimilar ese pan. Pero antes de llegar ahí, Jesús tiene que aclarar un
malentendido.
Algunos han
entendido mal el signo. Han pensado que se trata de acudir a Dios para que Él
resuelva, con prodigios y milagros, el problema de nuestra hambre. Como si la
fe consistiera en mirar al cielo esperando que Dios haga lo que nosotros no
queremos asumir en la tierra. Y el hambre de la que se habla no es una imagen
decorativa. Es hambre real. Hambre concreta. Necesidad de pan, de vida, de
dignidad. El signo de Jesús apunta precisamente a eso; a las necesidades
verdaderas del ser humano.
Jesús no está
enseñando a desentendernos del mundo para pedirle a Dios que lo arregle desde
fuera. El gesto de los panes revela otra lógica: Dios ha preparado una casa
hermosa para sus hijos, una casa donde la vida puede ser compartida. Pero el
hambre del mundo será saciada cuando los hombres acepten la lógica de Dios: la
lógica del amor, de la comunión, de la entrega, de poner a disposición de los
hermanos los bienes que cada uno tiene. Entonces sucede el milagro
verdadero.
Cuando se comparte desde el amor,
el pan no solo alcanza: Sobra.
La abundancia no
nace del egoísmo acumulado, sino del amor entregado. No nace de
guardar cada uno lo suyo como si el otro fuera una amenaza, sino de comprender
que los bienes recibidos son también una responsabilidad hacia los demás.
Después de aclarar
este equívoco, Jesús da un paso más. Introduce otro pan. Ya no habla únicamente
del pan material, necesario para sostener la vida de este mundo, da un paso
más, habla de un pan bajado del cielo, capaz de comunicar una vida distinta.
No una existencia reducida a lo biológico, a respirar, comer, producir,
consumir y seguir adelante como se pueda. Porque la vida humana puede quedar
rebajada a mera supervivencia. Uno puede seguir vivo y, sin embargo, estar
espiritualmente apagado. Puede tener muchas cosas y, aun así, no tener sentido.
El ser humano
necesita algo más que mantenerse en pie. Necesita una vida con hondura, con
dirección, con plenitud. Ese pan bajado del cielo aparece, al principio,
como un lenguaje misterioso para quienes escuchan a Jesús. No terminan de
comprender. Pero el discurso irá abriendo poco a poco el sentido de sus
palabras.
Jesús es el pan de la sabiduría de Dios
que se nos entrega
Jesús se presenta
a sí mismo como ese pan; un pan que es sabiduría de Dios enviada desde el cielo
para iluminar y guiar a los hombres hacia la verdadera vida humana. Porque, cuando
el hombre se aparta de esta sabiduría, puede caminar, sí, pero caminar hacia la
muerte. Puede avanzar mucho, pero en dirección equivocada. No toda vida
vivida es vida plena. No todo camino recorrido conduce a la vida.
Jesús alimenta
la existencia verdadera
Jesús se ofrece
como el pan que alimenta la existencia verdadera. No solo la vida que
se sostiene por fuera, sino la vida que se ilumina por dentro. Porque no
vive plenamente quien simplemente vegeta, aunque tenga todos los bienes de este
mundo. La vida humana necesita sentido. Necesita una meta. Necesita una verdad
que la oriente y un amor que la sostenga. Esta es la primera parte del
discurso. Y desde aquí comienza el pasaje que vamos a escrutar.
Comer el pan, dejar que Cristo
se haga vida en nosotros
«En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma
de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida
del mundo».
Uno puede
preguntarse muchas veces qué pudieron comprender los discípulos aquella noche,
durante la Última Cena, cuando Jesús realizó aquel gesto tan sencillo y, al
mismo tiempo, tan cargado de misterio.
En un momento de la cena, tomó pan y dijo:
“Esto soy yo. Tomad y comed”.
Seguramente, en aquel instante, no entendieron demasiado. ¿Cómo iban a entenderlo todas estas cosas en aquella noche? Había demasiada intensidad, demasiadas palabras definitivas, demasiados signos que solo podrían comprenderse más tarde, a la luz de la Pascua y guiados por el Espíritu.
Obedeciendo el mandato del Señor
fueron entendiendo el sentido auténtico
La inteligencia de
la fe no siempre llega de golpe. A veces necesita tiempo, oración,
memoria, comunidad. Necesita volver una y otra vez sobre el mismo gesto
hasta descubrir que allí había mucho más de lo que se vio al principio. Eso
fue lo que hicieron las primeras comunidades cristianas. Obedeciendo el
mandato del Señor -haced eso en conmemoración mía- , siguieron reuniéndose cada
semana, en el día del Señor, para partir el pan. Y, al repetir aquel gesto, no
lo fueron vaciando de sentido, sino profundizando en él. Poco a poco
comprendieron qué significaba recibir aquel pan, qué implicaba asimilarlo, qué
consecuencias tenía para la vida dejarse alimentar por Cristo.
Pasaron décadas de
celebración, reflexión y vida comunitaria. Y el evangelista Juan recoge en
el discurso de Jesús la maduración de aquellas comunidades joánicas,
especialmente vinculadas al ámbito de Asia Menor. Según una antigua tradición
transmitida por san Ireneo, Juan, “el discípulo del Señor”, publicó su
Evangelio mientras residía en Éfeso, en Asia (cfr. san Ireneo, Adversus
haereses III, 1,1). Por eso podemos situar este discurso dentro de una
memoria eclesial que fue comprendiendo con mayor profundidad que el gesto de
partir el pan no era simplemente un rito que había que repetir, sino un
misterio que debía transformar la existencia.
Hoy queremos
detenernos precisamente en la última parte de ese discurso, donde aparece de
manera más directa el tema de la Eucaristía. Y esto nos ayuda a mirar con más
verdad lo que nosotros mismos hacemos cada semana cuando celebramos el día del
Señor.
El lenguaje que
utiliza Jesús no siempre resulta fácil. Está lleno de imágenes, de expresiones
densas, de palabras que pertenecen al mundo teológico semita. Por eso conviene
acercarse despacio. No como quien quiere resolver un problema, sino como quien
se acerca a un misterio que necesita ser escuchado por dentro.
Jesús dice: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma
de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne».
Son palabras fuertes. Palabras que no se pueden suavizar demasiado sin perder
su filo.
Lo primero que
destaca en este discurso es un verbo muy concreto: comer. No se habla
solo de mirar el pan, ni de admirarlo desde lejos, ni de rodearlo de
sentimientos piadosos. Se habla de comer. De recibir. De incorporar. De
asimilar. Y después aparecerá otro verbo todavía más intenso. En el texto
griego, Juan utiliza el verbo τρώγω (trógo), que tiene una fuerza
muy corpórea; masticar, triturar, hacer propio ese alimento hasta lo más
pequeño. A esto se añadirá también otro verbo esencial; beber. Son verbos
corporales, realistas, casi incómodos. Y precisamente por eso nos obligan a
revisar nuestra manera de acercarnos a la Eucaristía.
Porque algunas
devociones eucarísticas, que en otro tiempo tuvieron su valor y su sentido,
necesitan ser siempre confrontadas con el significado verdadero de la
Eucaristía. Si ayudan a entrar más profundamente en el misterio, benditas sean.
Pero si una devoción, por muy querida que resulte, acaba oscureciendo lo
esencial, entonces hay que tener la libertad evangélica de repensarla. Y, si es
necesario, dejarla atrás. No todo lo que emociona alimenta. No todo lo que
conmueve convierte.
La Eucaristía no se reduce a contemplar el pan:
la Eucaristía nos pide asimilar
a Cristo y vivir desde Él.
Comer y beber
significan acoger en la propia vida lo que se nos ofrece en la carne de Cristo. Significan
permitir que Cristo entre en nosotros no como una idea bonita, sino como una
presencia que transforma la manera de pensar, de mirar, de decidir, de amar y
de servir.
Aquí necesitamos
aclarar una palabra fundamental: “carne”. En el mundo bíblico, el
término hebreo es בָּשָׂר (basár); y en el Evangelio de Juan
aparece en griego como σάρξ (sárks).
Cuando nosotros
escuchamos “carne”, pensamos enseguida en lo físico; el cuerpo, los
músculos, la materia. En cambio, en el mundo semita, בָּשָׂר (basár)
designa a la persona humana contemplada en su fragilidad, en su precariedad,
en su debilidad. El ser humano es carne porque es débil, vulnerable, pasajero.
Es carne porque es mortal.
La Escritura lo
expresa con mucha hondura: “Mi espíritu no permanecerá para siempre en el
hombre, porque es carne” (cfr. Gn 6,3). Y el salmo dice también que Dios
“recordaba que eran carne, un soplo que se va y no vuelve” (cfr. Sal 78,39).
Por tanto, “carne”
no significa aquí simplemente materia corporal, sino que significa la condición
humana en su pobreza radical: esa vida nuestra tan hermosa y, al mismo tiempo,
tan frágil; tan capaz de amar y, sin embargo, tan expuesta al cansancio, al
miedo, a la herida y a la muerte.
Y esto es
decisivo. El pan que viene del cielo se ha hecho carne, בָּשָׂר (basár);
en palabras de Juan, σάρξ (sárks): “El Verbo se hizo carne” (cfr.
Jn 1,14).
Es decir, la
sabiduría de Dios no se ha quedado lejos, en una altura inaccesible, sino que
ha entrado en nuestra condición humana. Ha asumido nuestra debilidad. Ha
compartido nuestra precariedad. Ha tomado en serio nuestra vida, con todo lo
que tiene de hermoso y de frágil. El inmortal se ha hecho mortal. Dios ha
entrado realmente en nuestra condición. Jesús no ha fingido ser hombre. Se ha
hecho uno de nosotros de verdad. Y, precisamente porque se hizo carne, asumió
también el destino propio de nuestra humanidad. Si no hubiera muerto en la
cruz, habría muerto de viejo, porque compartió plenamente nuestra condición
mortal.
Por eso, cuando
Jesús dice: «Y el pan que yo daré es mi carne»,
no está pronunciando una imagen piadosa cualquiera. Está diciendo que
entrega su existencia concreta, su vida humana real, su condición frágil y
mortal, para la vida del mundo.
Cristo no nos salva desde lejos:
Nos salva entrando hasta el fondo de nuestra carne.
Por eso, comer
este pan no puede ser un gesto exterior, automático, hecho por costumbre. Comer
significa recibir. Significa acoger. Significa dejar que aquello que recibo
pase a formar parte de mí.
Pero ¿qué es, en
el fondo, este pan bajado del cielo? Es la sabiduría de Dios. Pero no
una sabiduría encerrada en una fórmula, ni reducida a un conjunto de normas, ni
convertida en teoría religiosa. Es la sabiduría de Dios hecha carne en Jesús. En
Jesús se nos muestra el proyecto del ser humano auténtico. En Él vemos la vida
humana lograda, la humanidad tal como Dios la quiere, la existencia llevada a
su verdad más profunda. Esta es la sabiduría de Dios que el mismo Dios nos
entrega a cada uno de nosotros.
Si deseo que mi
vida llegue a realizarse en plenitud, tal como Dios me la ha dado, necesito
asimilar esa sabiduría encarnada. No basta con conocer preceptos, normas o
disposiciones. Todo eso puede orientar, pero no basta para dar vida. El
centro es una persona, es Cristo quien muestra qué significa ser verdaderamente
humano. Es Él quien revela al hombre logrado, al hombre que camina según la
sabiduría de Dios.
Cristo no nos ofrece solo una enseñanza que aprender,
sino una vida que asimilar.
Jesús se presenta
como el pan bajado del cielo, como la sabiduría que todos deben acoger si
quieren llegar a ser hombres y mujeres en plenitud. Y esto resultaba
escandaloso para un judío de aquel tiempo. Porque, para un judío, la sabiduría
de Dios estaba en la תּוֹרָה (Torá). Allí encontraba el
camino, la orientación, la luz para vivir. Si el hombre quería ser realmente
hombre, allí tenía ya lo necesario.
Pero Jesús da un
paso más. La תּוֹרָה (Torá) no era todavía la plenitud. Había que
ir más allá. Ahora, delante de ellos, está la sabiduría de Dios hecha carne. Ya
no se trata solo de leer una palabra escrita, sino de recibir una vida
encarnada. Ya no se trata solo de escuchar una enseñanza, sino de asimilar a
una persona.
Podemos recordar
al profeta Ezequiel, cuando Dios le invita a comer el rollo (cfr. Ez 2,8–3,3).
Es como si le dijera; antes de hablar a los demás, antes de anunciar mi
palabra, asimila bien mi sabiduría; hazla tuya; deja que entre dentro de ti.
Aquella sabiduría
estaba contenida en la תּוֹרָה (Torá), pero aún no se había
manifestado en toda su plenitud. Esa plenitud aparece ahora en la carne de
Jesús de Nazaret.
Por eso, los
judíos que escuchan este discurso no pueden permanecer indiferentes.
Reaccionan, porque han comprendido que Jesús no está pronunciando una frase
piadosa más. Está afirmando algo enorme; que la sabiduría definitiva de Dios
se ha hecho carne en Él; que ese pan debe ser recibido, comido, asimilado;
que no basta con admirarlo desde fuera, porque está llamado a convertirse en
vida dentro de nosotros.
Comer su carne, beber su sangre:
Entrar en su vida
«Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos
a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si
no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en
vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo
resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es
verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre
habita en mí y yo en él».
A estas alturas
del discurso, los judíos ya han entendido. Y nosotros también hemos comprendido
que el pan bajado del cielo es la persona misma de Jesús: su vida, su
mensaje, su Evangelio. Precisamente por eso, sus palabras resultan
escandalosas para quienes lo escuchan. Jesús no se está presentando simplemente
como un maestro más, ni como alguien que explica mejor la sabiduría de Dios.
Está diciendo algo mucho más fuerte; que esa sabiduría ha tomado rostro,
cuerpo, historia, carne, en Él.
Y entonces Jesús
da un paso más. Dice: «Si no coméis la carne
del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros».
Ya no habla solo de una doctrina que se escucha, de un mensaje que se comprende
o de una enseñanza que se acepta intelectualmente. Aquí el lenguaje se vuelve
más concreto, más directo, más comprometedor. Comer y beber no son metáforas
suaves. Son gestos reales, corporales, existenciales.
Creer en Jesús
significa comprender su propuesta y reconocer en Él al ser humano verdadero, al
hombre según Dios.
Pero no basta con decir: “Estoy de acuerdo con lo que dice Jesús”. Creer
en Él significa algo mucho más hondo: “Te confío mi vida. Quiero vivir como
Tú. Quiero que tu vida entre en la mía”.
Aquí la fe se
traduce en un gesto de adhesión. No se queda en la cabeza, ni en una emoción
religiosa, ni en una admiración desde lejos. Se convierte en un signo concreto:
Quiero que la persona de Jesús entre en mí, que habite en mi interior, que
transforme mi modo de ser.
Comulgar es dejar que Cristo
entre en la propia vida para hacerla suya.
Este es el sentido
de comer, de asimilar, de acoger dentro de nuestra propia persona la persona de
Jesús. Por eso Jesús insiste con tanta fuerza: Es necesario comer la carne del
Hijo del hombre.
En este versículo
no se mencionan todavía el pan y el vino, que serán los signos sacramentales de
esta asimilación. Se nombra directamente lo que esos signos significan; la
carne y la sangre de Cristo.
El pan remite a
toda la historia de Jesús, a su existencia entera, que fue una vida entregada. Eso significa el
pan con el que Jesús se identifica. Es como si dijera: “Este soy yo: pan.
Una vida partida, ofrecida, dada para que otros vivan”.
Y después aparece
el vino, la sangre. En la mentalidad bíblica, la sangre, דָּם (dam),
es la vida. Por eso, en la תּוֹרָה (Torá), el hombre no
puede apropiarse de la sangre; debe derramarla y devolverla a la tierra, porque
la vida pertenece a Dios (cfr. Lv 17,10-14; Dt 12,23).
Y precisamente
aquí Jesús dice algo impresionante: “Debéis beber mi sangre”. Beber
su sangre significa acoger su vida, recibir su Espíritu, dejar entrar en
nosotros esa fuerza divina que lleva a entregar la propia existencia por amor.
Cuando comemos aquel pan y bebemos de aquel cáliz, hacemos una elección; acoger
toda la historia de Jesús dentro de nuestra propia historia.
No recibimos “algo”
de Cristo. Recibimos su vida. Su modo de amar. Su manera de entregarse. Su
forma de estar en el mundo.
El cáliz no nos ofrece una devoción sentimental:
Nos ofrece la vida misma de Cristo.
Jesús continúa con
un verbo todavía más fuerte: Masticar. En griego lo expresa así: «ὁ τρώγων
μου τὴν σάρκα»; que traducido es «el que mastica mi carne»; no habla de
una simple adhesión intelectual a Jesús. Habla de una comunión real, concreta y
vital: Cristo no solo quiere ser comprendido; quiere ser recibido,
masticado, asimilado, hasta convertirse en vida dentro de nosotros.
El evangelista
Juan utiliza aquí un verbo muy gráfico, τρώγω (trógo), que
sugiere masticar, triturar, asimilar de verdad. “Quien mastica mi carne
y bebe mi sangre tiene vida eterna” (cfr. Jn 6,54). Y más adelante: “Quien
mastica mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (cfr. Jn 6,56).
Masticar su carne
¿Qué significa
este “masticar”? Cuando masticamos, trituramos el alimento para poder
asimilarlo. La imagen es fuerte, casi incómoda, pero muy expresiva. Significa
que la persona de Jesús debe ser comprendida, acogida, trabajada interiormente.
No se puede recibir ese pan sin saber quién es ese pan. No se puede comulgar de
verdad sin preguntarse qué vida estoy recibiendo y a qué vida estoy
consintiendo.
Por eso, antes
de realizar el gesto de acoger el pan en nuestra vida, necesitamos haber
comprendido quién es ese pan. De lo contrario, podemos convertir la
Eucaristía en un rito hermoso, incluso emocionante, pero del que no alcanzamos
a percibir toda su fuerza, toda su exigencia, toda su capacidad de
transformación.
Aquí conviene
superar cierto lenguaje devocional e intimista que, aunque haya nacido muchas
veces de una piedad sincera, puede alejarnos del sentido auténtico de la
Eucaristía si se queda solo en sentimiento.
No se trata
simplemente de “estar cerca” de Jesús como si fuera un prisionero divino
encerrado en el sagrario, ni de consolar a un Jesús solitario, ni de “hacerle
compañía” como si la Eucaristía fuera ante todo una presencia que nosotros
custodiamos. Dicho con respeto; a veces nuestro lenguaje piadoso necesita pasar
por el Evangelio para que el Evangelio lo purifique.
La Eucaristía no
tiene como finalidad “capturar” a Jesús para tenerlo cerca y poder
adorarlo desde fuera. El movimiento profundo es otro. Es Cristo quien nos
pregunta: “¿Aceptas acoger mi vida en tu vida? ¿Aceptas comer este pan y
beber este cáliz? ¿Aceptas asimilar mi manera de vivir, de amar, de entregarme?”.
Por eso, todo lo
que nos aleje de este significado fuerte, provocador y transformador de la
Eucaristía necesita ser revisado. La adoración verdadera no nos deja quietos
ante Cristo; nos dispone a recibir su vida y a dejarnos configurar por Él.
La Eucaristía no encierra a Cristo en el pan:
Abre nuestra vida para que Cristo habite en nosotros.
Jesús continúa: “Quien mastica mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y
yo en él” (cfr. Jn 6,56).
Aquí aparece un
verbo importantísimo en el Evangelio según Juan: μένω (méno),
que significa ‘permanecer, habitar, quedarse, perseverar,
persistir’. Es una de las grandes palabras joánicas (cfr. Jn 1,32-33.38-39;
2,12; 3,36; 4,40; 5,38; 6,27.56; 7,9; 8,31.35; 9,41; 10,40; 11,6.54;
12,24.34.46; 14,10.17.25; 15,4-7.9-10.16; 19,31; 21,22-23). No se trata de una
visita pasajera, ni de un contacto superficial. Se trata de una comunión
estable, profunda, recíproca: Cristo en mí y yo en Cristo.
Esta es la imagen
esponsal de la Eucaristía (cfr. Jn 6,56; 15,4-5.7.9-10). El banquete
eucarístico no es solo alimento; es también encuentro de alianza; es unión de
vidas.
Podemos recordar
el Cantar de los Cantares, donde la amada dice: “Mi amado es mío y yo soy
suya” (cfr. Cant 2,16; 6,3). Juan retoma esa lógica de pertenencia amorosa,
de comunión recíproca, de vida compartida.
El banquete
eucarístico es el encuentro esponsal con Cristo. Esta es una de
las imágenes más bellas que tenemos. Quien come aquel pan responde a la
propuesta de Cristo: “¿Quieres unir tu vida a la mía? ¿Quieres que mi vida
sea la tuya? ¿Quieres compartir conmigo una misma existencia?”. Si quieres
unir tu vida a la mía, come este pan. Bebe mi vida, representada en mi sangre.
Entonces ya no seremos dos vidas separadas, sino una comunión profunda.
Estaremos unidos como el esposo y la esposa: distintos, pero compartiendo una
misma vida. Y ahora escuchamos qué sucede en quien come este pan y bebe de este
cáliz.
Vivir por Cristo:
La vida que entra en nosotros
«Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el
Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por
mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como
el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá
para siempre».
Jesús no dejó
simplemente una recomendación. Dio una orden: “Tomad y comed. Tomad y bebed”.
Y entonces aparece la pregunta decisiva: ¿Qué sucede en quien obedece esa
palabra? ¿Qué ocurre cuando una persona extiende la mano, recibe aquel pan,
bebe de aquel cáliz y acoge la vida que Cristo le ofrece?
Jesús responde con
una frase de enorme profundidad: «el que me
come vivirá por mí». O, manteniendo la fuerza del verbo que
venimos comentando: El que me mastica, el que me asimila, vivirá gracias a
mí.
No se trata solo
de pensar en Jesús, de recordarlo con cariño o de admirar su figura desde
lejos. La Eucaristía no es una fotografía espiritual para guardar en el alma,
es alimento. Y el alimento, cuando se recibe de verdad, no queda fuera sino que
entra, se incorpora, pasa a formar parte de la vida.
Por eso Jesús
dice: «vivirá por mí». Es
decir, vivirá desde mí, gracias a mí, sostenido por mi vida. Ya no se trata
solo de que el discípulo mire a Cristo como modelo; se trata de que Cristo
comunique al discípulo su propia vida.
Para comprenderlo
mejor, podemos acudir a otra imagen bellísima del Evangelio de Juan: la vid y
los sarmientos (cfr. Jn 15,1-5). El sarmiento no vive por sí mismo. Puede
parecer pequeño, débil, incluso insignificante, pero si permanece unido a la
vid, recibe de ella la savia. Y esa savia, silenciosa y escondida, lo mantiene
vivo y lo hace fecundo. Nadie ve circular la savia, pero todos ven el fruto
cuando llega su tiempo.
Así actúa la vida de Cristo en nosotros. La savia es imagen del Espíritu, de esa vida divina que Jesús posee por naturaleza y que ahora quiere comunicar a los suyos. Esa vida entra en nosotros cuando acogemos el pan que es Él y bebemos del cáliz de su entrega.
Comulgar es permitir que la vida de Cristo
empiece a circular por dentro de nosotros.
Y cuando esa vida
circula, produce fruto. La vid da uva, y de la uva nace el vino, signo de la
alegría. Por eso, el signo de que hemos recibido realmente la vida de Cristo no
consiste solo en una emoción interior, ni en un fervor momentáneo, ni en salir de
misa con una sensación bonita. Todo eso puede ayudar, claro. Pero el signo más
verdadero aparece después, cuando nuestra vida empieza a regalar alegría a los
hermanos.
Una alegría
humilde, limpia, concreta. No la alegría superficial de quien se evade de la
realidad, sino la alegría profunda de quien lleva dentro una vida que no se ha
fabricado a sí mismo. La alegría es señal de la presencia del Espíritu.
Donde Cristo vive, tarde o temprano brota algo de su gozo.
Jesús concluye su
discurso diciendo: «Este es el pan que ha
bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el
que come este pan vivirá para siempre». Hay un pan material que
alimenta la vida biológica. Es necesario, es bueno, es querido por Dios. Pero
esa vida biológica, por sí sola, termina. Viene de la tierra y vuelve a la
tierra. Por mucho que la cuidemos, por mucho que intentemos prolongarla, por mucho
que la llenemos de cosas, sigue siendo una vida expuesta al desgaste, al límite
y a la muerte.
Conviene mirarlo
de frente, sin dramatismo, pero también sin engañarnos. La vida meramente
biológica acaba. Podemos maquillarla, entretenerla, asegurarla, planificarla,
incluso llenarla de actividades hasta no tener ni tiempo para preguntarnos si
estamos vivos de verdad. Pero por sí sola no vence la muerte.
Si el Padre no nos
hubiera dado, por medio de Cristo, su propia vida, nuestro destino sería
simplemente el de toda criatura viviente: nacer, crecer, desgastarnos y morir.
Pero en la
Eucaristía sucede algo inmenso. Cuando comemos aquel pan y bebemos de aquel
cáliz, acogemos la vida divina que Jesús ha traído al mundo. No recibimos
únicamente consuelo para soportar la vida, ni una ayuda religiosa para seguir
tirando. Recibimos una vida nueva, una vida que viene del Padre, que se nos
comunica por Cristo y que quiere hacerse fecunda en nosotros.
La Eucaristía nos da una vida
que no nace de la tierra y no termina en la tierra.
Por eso la
Eucaristía no se encierra en el momento de la celebración. No termina cuando
volvemos al banco, ni cuando salimos de la iglesia, ni cuando se apagan las
luces del templo. La Eucaristía continúa cuando esa vida recibida empieza a
circular en nuestros gestos, en nuestras palabras, en nuestra manera de mirar,
de servir, de perdonar, de dar alegría.
Comulgar es
aceptar que Cristo viva en nosotros para que nosotros vivamos por Él. Es
dejar que su vida atraviese nuestra vida, como la savia atraviesa el sarmiento,
hasta que aparezca el fruto. Y el fruto, cuando viene de Cristo, siempre
tiene sabor de amor, de entrega y de alegría.



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