Pornografía: cerebro, dopamina y formación de
hábitos
Empezamos por lo humano
Este tema nos descoloca. A algunos les enciende la rabia, a otros les
despierta miedo, y a otros les deja con una sensación muy incómoda: “no sé qué
decir, no sé qué hacer, y tengo miedo de hacerlo mal”. Si te pasa, no eres un
mal padre ni una mala madre. Eres un padre o una madre delante de algo que es
nuevo, potente y muy fácil de esconder.
Y, sin embargo, casi todos —creyentes o no, practicantes o no— compartimos
lo mismo: queremos que nuestros hijos crezcan con libertad interior, con
vínculos sanos y con una sexualidad que no les rompa por dentro. Este documento
no pretende dar un discurso perfecto. Pretende dar luz práctica: entender lo
esencial, bajar el ruido, y ayudar a actuar sin convertir la casa en un campo
de batalla.
Si tuviera que resumirlo en una frase sería esta: no educamos solo con palabras; educamos también creando un ambiente donde
elegir lo bueno sea posible.
Una escena que ocurre más de lo que pensamos
Es
tarde. La casa por fin calla. Un adolescente se mete en la cama con el móvil
“solo un rato”. No viene con un plan perverso. Viene cansado, quizá aburrido,
quizá inquieto. Entra en redes, pasa pantalla tras pantalla, y de pronto
aparece lo que no debería aparecer… o lo que, si ya lo ha visto otras veces,
sabe que le atrapará.
Aquí conviene una pregunta que abre puertas sin acusar: ¿qué está buscando
en realidad? ¿Placer… o alivio? ¿Curiosidad… o anestesia? ¿Excitación… o
compañía? Muchos consumos no empiezan por “vicio”. Empiezan por tensión,
soledad, aburrimiento, o por una herida que no se sabe nombrar.
Lo que el cerebro aprende cuando algo se repite
La palabra dopamina suena mucho. En sencillo: la dopamina es una señal que
ayuda al cerebro a aprender qué merece repetirse. Es como un subrayador
interno. Cuanto más intenso, más novedoso y más fácil de conseguir es algo, más
subrayado deja.
Eso ocurre dentro del sistema de recompensa, una red del cerebro que
aprende caminos: “cuando me siento así, hago esto”. Por eso, con la
pornografía, el riesgo no es solo “ver”: el riesgo es que el cerebro asocie
malestar o aburrimiento con un atajo que calma rápido.
Una idea que ayuda mucho a padres: tu hijo puede
ser buena persona y, aun así, quedarse atrapado en una conducta. La conducta no
define su valor. Pero sí necesita ayuda.
Qué significa “daño cerebral” sin dramatizar
A veces se habla de “daño” y suena a catástrofe irreversible. Es más justo
hablar de cambios funcionales: respuestas que se vuelven automáticas por
repetición y que pueden reentrenarse.
Cuando esto se mantiene en el tiempo suele pasar algo sencillo de explicar:
por un lado, el sistema que busca recompensa se vuelve más reactivo a ciertas
señales; por otro, el sistema de control y freno (funciones ejecutivas) se
fatiga más fácilmente. La corteza prefrontal, que está muy ligada a ese freno,
en la adolescencia todavía está inmadura: está en proceso de madurar. Por eso
el autocontrol y la planificación pueden ser más variables que en un adulto,
sobre todo cuando hay cansancio o estrés.
La pregunta práctica para casa es clara: ¿estamos poniendo a nuestro hijo
en situaciones donde el autocontrol es posible… o en situaciones donde solo
quedaría el heroísmo?
El hábito: no aparece de la nada, se instala por un bucle
Suele empezar con disparadores muy concretos: la noche, la cama, la
soledad, el cansancio. También el baño con el móvil, que se convierte en un
lugar de privacidad absoluta. También los trayectos y ratos muertos. También
salir con amigos y que alguien enseñe algo “por risa”.
Luego viene la conducta: buscar, consumir. Llega una recompensa:
excitación, alivio, desconexión. Y el cerebro aprende: “cuando me siento así,
esto me calma”.
Con el tiempo, basta el disparador. Y a veces lo de antes ya no basta:
aparece tolerancia y puede aparecer escalada. No porque el chico “quiera ir a
peor”, sino porque el cerebro se acostumbra a un nivel de estímulo y pide más
para sentir lo mismo.
Una ventana afectiva: lo que esto enseña sobre las personas
Aquí
conviene mirar un poco más hondo, sin moralismos. La pornografía no solo es un
hábito. También educa una manera de mirar: puede enseñar que el otro es un
cuerpo disponible, que el deseo manda, que la intimidad no necesita vínculo,
que lo importante es el rendimiento y la novedad.
Esto se nota luego, a veces, en cosas muy concretas: chicos que dicen que
lo real les parece soso; que les cuesta sostener una mirada limpia; que
comparan; que se impacientan; que mezclan deseo con consuelo y usan lo sexual
como anestesia. Y eso, en el fondo, empobrece: porque el corazón humano no está
hecho para consumir personas; está hecho para encontrarse con ellas.
Para muchos padres ayuda una frase sencilla: no queremos que nuestros hijos
aprendan sexo sin amor como quien aprende a comer sin hambre. Queremos que
aprendan a querer, no a usar.
Tres historias cortas que pasan en casa
(y cómo actuar sin romper el puente)
Cuando lo descubres y te sube el fuego
Un
padre ve un historial, una pestaña abierta, una captura. Lo primero es rabia o
miedo. En ese momento, lo más fácil es humillar o hacer un interrogatorio. Y lo
más útil suele ser lo contrario: una frase breve, limpia, que ponga verdad sin
aplastar.
“Lo he visto y me preocupa. No te voy a humillar. Quiero entender qué
está pasando y ayudarte.”
Después, pocas preguntas, pero buenas: “¿Desde cuándo?”, “¿con qué
frecuencia?”, “¿qué suele pasar antes?”, “¿qué te deja después?”. No para
tener todos los detalles, sino para entender el mapa. Y enseguida, sin drama,
se ajusta el ambiente: “vamos a cuidar la noche y los lugares de privacidad
con pantalla. No es castigo; es ayuda”. Si el hijo se enfada, no discutimos
la emoción; sostenemos el marco: “entiendo que te moleste. Aun así, esto lo
vamos a hacer”.
Cuando el baño se convierte en una habitación privada portátil
Muchos padres lo intuyen por el tiempo:
el adolescente entra con el móvil y tarda mucho. Aquí funciona una regla
serena, sin ironías: el móvil se queda fuera del baño. Si pregunta por qué,
basta una verdad corta: “porque esa privacidad con pantalla no ayuda, y
queremos cuidarte”.
Y
aquí conviene añadir algo para que no sea solo “quita”: “si necesitas estar
un rato solo, lo hablamos; si necesitas desconectar, buscamos otra forma”.
Si no ofrecemos alternativa, la norma se convierte en guerra. Si ofrecemos alternativa, la norma se entiende como apoyo.
Cuando sale con amigos y aparece la presión del grupo
Hay un punto que a veces olvidamos: para
un adolescente, quedar fuera duele. Por eso el “mira esto” del grupo tiene
tanto poder. Aquí ayuda hablar antes, no solo después. No con discursos, sino
con entrenamiento: “si alguien enseña algo, ¿qué podrías decir para salir de
ahí sin quedar mal?”, “¿a quién podrías escribir si te sientes
atrapado?”, “¿qué harías si te lo mandan por un grupo?”.
Y
sobre el móvil: no existe una única solución. El principio es reducir la
privacidad total y el acceso fácil cuando no hay supervisión. Algunas familias
eligen un teléfono sin internet para salir; otras prefieren un smartphone con
internet realmente limitado; otras empiezan por medidas parciales (horarios,
restricciones, datos desactivados, apps bloqueadas). La forma puede variar. El
objetivo es el mismo: que el entorno ayude a la libertad, no a la caída.
Qué mirar sin invadir: cuatro
señales que ordenan la cabeza
A muchos padres les ayuda observar cuatro cosas, sin obsesionarse: sueño,
ánimo, aislamiento y secretos. Si el sueño se rompe, el ánimo se altera, el
aislamiento crece y el secreto se multiplica, algo está pidiendo atención. Si
además hay pérdida de control o escalada, conviene intervenir con más seriedad.
Qué suele empeorar el problema (aunque salga del miedo)
Cuando estamos asustados, es normal que aparezcan reacciones duras. Pero
humillar, ridiculizar, etiquetar o amenazar suele aumentar vergüenza y doble
vida. También suele empeorar vivir en sospecha permanente o espiar como rutina.
Si hay que actuar, mejor hacerlo a cara descubierta, con un porqué y un
para qué: “esto nos preocupa por esto; vamos a hacer estos cambios; no te
vamos a dejar solo”.
Pedir ayuda sin que suene a condena
Si hay pérdida de control repetida, interferencia clara con sueño o
estudio, aislamiento creciente o sensación de estar atrapado, pedir ayuda es
sensato. Un orientador, un psicólogo, un terapeuta con experiencia, un
acompañamiento familiar serio. La frase que suele funcionar es muy simple:
“vamos a buscar a alguien que nos ayude a recuperar libertad; no para juzgarte,
sino para que no lo lleves solo”.
Tres prioridades (para empezar hoy sin liarnos)
La primera es cuidar el ambiente: sacar las pantallas del escondite, porque lo que se hace a solas con una pantalla se vuelve más difícil de controlar. Ordenador en un lugar común, uso de móvil o tablet en espacios compartidos cuando se pueda, y puerta abierta en ciertos momentos.
La segunda es proteger la noche y la privacidad absoluta: dormitorio sin
móvil por la noche (cargadores en un lugar común) y móvil fuera del baño. No
como castigo, sino como barandillas: cuando hay cansancio y soledad, la
voluntad se agota.
La tercera es abrir conversación breve y frecuente: no un gran sermón, sino
pequeños diálogos que bajen la vergüenza y suban la confianza. Preguntas
cortas, escucha real y un mensaje claro: “no te voy a humillar; quiero
ayudarte”.
Cuatro señales a vigilar (sin obsesionarse, pero sin mirar a otro lado)
La primera es el sueño: uso nocturno, cansancio crónico, dificultades para
levantarse, cambios claros de rutina.
La segunda es el ánimo: irritabilidad, apagamiento, ansiedad, subidones al
conectarse y bajones al desconectarse.
La tercera es el aislamiento: menos vida social real, menos intereses, más
encierro, más tiempo “desaparecido” con el móvil (incluido el baño).
La cuarta es el secreto: mentiras, borrados constantes, cuentas paralelas,
nerviosismo exagerado si alguien se acerca, necesidad de estar siempre a solas
con el dispositivo.
Si varias de estas aparecen juntas y se mantienen, conviene tomárselo en
serio.
Dos primeros pasos si sospechas pérdida de control
El primero es hablar con verdad y calma, sin interrogatorio. Una frase que
suele abrir puerta: “He notado esto y me preocupa. No voy a humillarte.
Quiero entender qué está pasando y ayudarte”. Y luego solo lo
imprescindible: “¿desde cuándo?”, “¿qué te lo dispara?”, “¿qué te deja
después?”. El objetivo no es acumular detalles, sino dibujar el mapa.
El segundo es poner barandillas claras y pedir apoyo si hace falta.
Barandillas: noche protegida, pantallas a la vista, móvil fuera del baño,
límites fuera de casa según edad, y reducción de disparadores. Y apoyo: si hay
repetición con pérdida de control, interferencia con sueño, estudio o ánimo, o
escalada, conviene buscar ayuda profesional o un acompañamiento serio.
Presentarlo así suele funcionar: “No es para juzgarte; es para que no lo
lleves solo y recuperes libertad”.
Lo que queremos que quede en la cabeza: barandillas y luz
Educar en este terreno no es controlar a nuestros hijos. Es crear un hogar
donde elegir lo bueno sea más fácil. Por eso algunas normas sencillas
—pantallas a la vista, lugares comunes, puerta abierta en ciertos momentos,
móvil fuera del baño, cuidado de la noche, límites realistas fuera de casa— no
son represión: son barandillas.
Las barandillas no dicen “no confío en ti”. Dicen: “esto es
difícil, y quiero ponértelo más fácil”. Y junto a esas barandillas, una
luz: que el hijo sepa que puede hablar sin miedo. Porque el objetivo no es solo
que “no vea cosas”. El objetivo es que crezca con una libertad que no se
apague cuando se cierra una puerta.


1 comentario:
Cuando vi a mi hija adolescente viendo esa porquería en su móvil se me removió todas las tripas. Me sentí inútil como si me arrastrara una catarata al precipicio. Nunca nos han hablado de estas cosas. ¡Pero sí que enseñan a nuestras hijas a poner condones en el colegio con trece años! Necesitamos más formación y esto me ayuda a afrontar esta situación dolorosa con esperanza.
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