Homilía
del Domingo IV del Tiempo Cuaresma. Ciclo C
30.03.2025 Lc 15, 1-3.11-32
¿A quién
dirige Jesús esta parábola?
Responder
a esta cuestión es muy importante, porque no se dirige a los pecadores, tal y
como estamos acostumbrados a oír para convencerles a que cambien de vida. Está
dirigida a los que se consideran justos.
«En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los
publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban
diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola».
Si
tratamos de visualizar la escena, Jesús no dirige la parábola a quienes se
tienen que convertir, sino a los que ya se creen justos y convertidos. Se
encuentra como en un zaguán que da la calle, sin entrar propiamente a la casa; y
a su alrededor están todos los publicanos y pecadores. Los publicanos eran la
gente más distante de Dios y se les consideraba como irrecuperables, como
personas desahuciadas y no tenían ninguna esperanza de salvarse. Además, eran
los colaboracionistas con los romanos opresores; además los publicanos habían
traicionado la fe en Yahvé por el amor al dinero, ya que ellos habían ofrecido
un culto al dios del emperador.
Si
Jesús hubiera querido contar la parábola sólo a los publicanos y pecadores lo
hubiera hecho dentro de la casa en una sala. Pero Jesús lo ha hecho en un lugar
donde todo el mundo que pase por la calle lo pueda oír y se pueda enterar de lo
que ahí se está diciendo.
Fuera
del zaguán, de pie en la calle, manteniendo unas distancias físicas respecto a
los que estaban rodeando a Jesús, había un grupo de personas, la gente que se
consideraba buena: los fariseos y los escribas. Ellos eran la gente buena y
religiosas que observan todos los mandamientos y preceptos. ¿Y qué cosa hacen
esta gente buena? Esta gente buena, este grupo de fariseos y escribas/maestros
de la ley murmuraban (διαγονγύζω; diagongúzo), estaban fuera contestando
el comportamiento de Jesús y lo hacían mostrando su más profunda indignación. ¿Por
qué están tan enfadados contra Jesús? Porque él da la bienvenida y acoge a los
publicanos y pecadores. Llama la atención porque los fariseos y escribas no
dicen el nombre de Jesús, sino que dicen «este»
(οὗτος).
Jesús acoge siempre a los pecadores
y come frecuentemente con ellos.
El
verbo que dice «acoger», en griego προσδέχομαι (prosdéjomai) no
significa que alguien lo haga de un modo puntual, sino lo hace siempre; Jesús
siempre les acoge, siempre les da hospitalidad, les acepta, les recibe; es su
estilo de vida el acoger en su casa a los pecadores y come con ellos.
Le
acusan de ‘comer con ellos’, (συνεσθίω, sunesdsío), ‘el tomar
alimento en compañía de o con’ ellos. Comer de un único plato con los pecadores,
lo que significa que Jesús se convierte en uno de ellos, mientras que ninguno
de los fariseos ni escribas ponen ni un pie en el mismo suelo que pisan los
publicanos y pecadores.
Estas
personas que están afuera, en la calle y murmurando de un modo muy exacerbado,
irritadas. Ellos sostienen que Jesús no cree en Dios porque Dios no está junto
con los pecadores; sino que Dios odia a los pecadores. Dios está al lado de los
justos; ellos están diciendo que Jesús no cree en el Dios que tienen en mente.
La tragedia de los fariseos y escribas.
Jesús
sabe que los fariseos y escribas no son gente mala, no son malas personas, sino
que únicamente son personas que creen en un Dios que no existe. No es el Dios
que Jesús ha venido a presentar al mundo. Jesús se da cuenta que los fariseos y
escribas no experimentan la alegría de sentirse amadas,
independientemente de si son buenos o menos buenos; el Dios que Jesús presenta
es un padre que ama a todos, pero esto está fuera de la lógica de los escribas
y de los fariseos. Jesús ama a los fariseos y escribas y quiere verlos felices.
Pero si no acogen la propuesta de Dios que Jesús les hace siempre estarán
enojados, desajustados y sufriendo en su interior; litigando con todos aquellos
que no piensen como ellos, y todo porque no han entendido ni acogido la
gratuidad del amor del Padre.
¿Qué hace Jesús para poder
salvar a estos escribas y fariseos?
Jesús
para poder salvar a esos escribas y fariseos y así llevarlos a la alegría
emplea una pedagogía diferente a la discusión y al acaloramiento. Si hubiera
empleado esta pedagogía de la discusión les hubiera perdido y no los hubiera
llevado a su propio campo. Jesús no sigue esta pedagogía de la discusión, sino
que Jesús les cuenta una parábola. La parábola no impone una verdad, sino que
la propone y la conclusión sale de dentro del oyente. Y el que escucha la
parábola es el que pronuncia el juicio correspondiente.
El primer protagonista: El benjamín.
«Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el
menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la
fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos
días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano,
y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente».
El
hijo menor le pide al padre ‘dame la parte del patrimonio que me corresponde’.
Según la disposición del libro del Deuteronomio en el capítulo 21, la parte que
le corresponde al hijo mejor es un tercio de la herencia y los otros dos
tercios son para el primogénito (cfr. Dt 21, 16-17).
El padre
es un estorbo para el hijo pequeño.
¿Qué
significa pedir la herencia al padre que aún sigue vivo? Esto es algo
equivalente a decir a su padre, ‘padre, tú estas muerto y enterrado para mí’.El
razonamiento del hijo menor era que la existencia del padre le generaba que no fuera
libre de hacer lo que quisiera; y el hijo menor no podía ser así feliz. El
padre para él es un estorbo para su vida. Esto significa pedir la herencia al
padre estando el padre aún vivo.
Se
percibe el modo de pensar, de razonar y de las decisiones del hijo menor. Es lo
mismo que sucede hoy por hoy a las personas que se alejan de Dios, que se
alejan de la casa del Padre, que abandonan la Iglesia, porque tienen la misma
concepción que tiene este hijo de su padre.
¿Qué imagen de Dios tiene el hijo pequeño?
¿Qué
imagen de Dios hay detrás de estas decisiones del joven y de tantas personas de
hoy en día que se alejan de Dios? Hay una imagen equivocada del padre; es la
imagen equivocada del rostro de Dios. Han visto al padre como un ser dominante,
como un antagonista de la libertad y de la alegría: No me deja hacer lo que yo
pienso y deseo.
Detrás
de todo esto hay una catequesis que se imparte de un modo incorrecto ya que
presenta a Dios como un maestro o patrón que tiene el derecho a darnos órdenes
y que nos observa; y si se le desobedece o si se transgrede sus órdenes se
obtiene el castigo.
La
catequesis correcta es presentar el rostro de un padre el cual ama a su hijo y
sólo el que se siente amado empieza a escuchar con confianza y se fía de lo que
el padre le dice. Los mandamientos son las diez palabras que un padre amoroso
te dirige porque él quiere que tú seas feliz. Ahora bien, si tú piensas que
Dios tiene el derecho a imponerte esas órdenes y que te castigará si las
desobedeces a uno le entra el deseo de escapar, de huir de la casa del padre.
Cuando
el Padre del Cielo me dice ‘no mates’, me está diciendo que él no me
castigará si yo matara a alguien; pero me sugiere esta palabra porque me quiere
como un hombre auténtico; ya que si yo mato a alguien me convierto en una
bestia y no en un hombre. Si uno comete adulterio, no lo has de hacer no por
miedo al castigo, sino porque cometiendo adulterio te deshumanizas. No debes
robar, no porque te castigue si robas, sino porque no te comportas como un
hombre, te bestializas.
Cuando
cambia el rostro de este padre que no es un maestro o patrón, sino que es uno
que te ama y que te muestra el camino de la vida y de la verdadera alegría,
cuando uno adquiere esta imagen correcta de Dios uno lo escucha.
Jesús
en el Evangelio nunca recurre al término ‘obediencia’. Jesús nunca dice que
‘obedezcamos a Dios’, sino lo que nos dice es ‘que tenemos que ser como nuestro
Padre del Cielo’.
¿Qué
les sucede a aquellos que tienen una imagen incorrecta del rostro de Dios?
Simplemente se van de la casa del Padre. «No muchos
días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano»,
es decir, se marchó de casa.
Una Influencia Nada Alentadora
El irse de casa
no fue una decisión irreflexiva, impetuosa o impulsiva. Sino que este hijo
menor ya lo había hablado con sus amigos y con gente conocida y le decían que ‘su
padre le estaba impidiendo el ser feliz’. Estas malas influencias han
ayudado al benjamín a ver el rostro de Dios como un patrón, como un amo que
reprime a la persona, y del cual uno debe de escapar.
Es
cierto que la influencia que tuvo de su hermano mayor le perjudicó. El
primogénito era una persona orgullosa, con una perfecta observancia de las
órdenes del padre; incluso altivo por su integridad moral, intolerante con
quienes no comparten su empeño y su modo de gestionar el trabajo. Llevaba un
ritmo frenético de vida. El hermano pequeño viviendo a su lado compartía ese
imagen incorrecta del padre, ya que lo concibe como el patrón donde ‘yo obedezco, no transgredo nada, yo cumplo
con todas las cosas y cada día me esfuerzo más ya que necesito mendigar ese
amor del padre’; ya que uno actúa de tal modo que se esfuerza para que el
padre te tenga en cuenta, te valore, te premie, y seas como su preferido.
¿Por qué piensa el hermano menor que
será feliz alejándose de la Casa del Padre?:
Ídolos
«Y allí derrochó su
fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella
tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los
ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba
saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras
yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi
padre».
La
buena vida no dura para siempre; el dinero se acaba. ¿Qué es lo que se acaba?
Son los ídolos que se terminan desmoronando. Este joven había puesto toda su confianza convencido en que estos
ídolos le iban a proporcionar todo el placer y la gloria.
Están
proliferando como las setas los gimnasios por la gran importancia de cuidar la
forma física, el encanto de la apariencia física, pero es que resulta que,
llegado a un punto, a parecen los achaques de la salud, las arrugas y las
diversas enfermedades con sus limitaciones correspondientes. Se confunde la
alegría con el placer. Uno adora el ídolo del éxito en la carrera laboral y
profesional; incluso por la carrera laboral sacrificaste a los amigos y robaste
muchísima atención y tiempo a tu propia familia. En un cierto punto este ídolo
del éxito en la carrera laboral, este pozo se seca cuando uno se jubila y dejan
de llamarte por teléfono, dejan de invitarte a las comidas de empresa, dejan de
acordarse de que uno sigue viviendo. El placer de viajar, es que llega un
momento que tu salud ya no te permite viajar. Cuando uno tiene dinero o
influencias todo el mundo te rodea y los que considerabas amigos te rodeaban
como moscardones en torno al dulce pero cuando se acaba al dinero y las
influencias nadie te acoge en su casa.
Este
joven confió en los ídolos, ha abandonado la casa del padre porque los ídolos
le dieron lo que él buscaba. Pero en vez de ser saciado ahora se muere de
hambre.
Desencanto de los ídolos:
Se encuentra Esclavo
El
joven no quería compartir los proyectos del padre; él quería ser independiente,
autosuficiente, autónomo en sus decisiones de ser libre pero ahora se encuentra
esclavo de los ídolos. Cuando nos alejamos de la casa del padre, cuando nos
alejamos de Dios nos engañamos a nosotros mismos pensando que nos convertimos
en superhombres y que podemos hacer todo lo que deseemos sin consecuencias. Y
lo que pasa es que se cae en las manos de otros nuevos patrones: «Fue entonces y se
contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a
apacentar cerdos». Ahora el nuevo patrón es el amo de los cerdos. Unos
nuevos patrones que te obligan a realizar acciones que terminas sintiéndote
avergonzado; terminas haciendo acciones repugnantes e indignas de un hombre.
Por ejemplo, si uno abandona a Dios y confías en un ídolo como es el dinero, el
dinero te irá dando órdenes que te obligan a hacer cosas y acciones que nunca
quisiste hacer, tales como explotara los más débiles, quitar tiempo de estar y
de convivir con las personas queridas, engañar, mentir, robar. El ídolo del
éxito, pero ¿qué es lo que te pide este ídolo? Te pide que bajes a algún lugar
para tener reconocimiento, tener visibilidad, te hace lograr cosas y acciones
de las que incluso puedes avergonzarte. Porque el pecado te promete mucho pero
siempre te aleja más del lugar de donde realmente deberías de estar.
¿Cómo saciar esta hambre
que generan los ídolos?
Este
joven tiene hambre y es tentado de robar las algarrobas que comían los cerdos. Pero
no llega a este nivel, es decir no llega a mezclarse y juntarse con los cerdos
para recoger del suelo las algarrobas para comérselas. El hombre debe saciar su
hambre, pero el hambre se sacia acogiendo el alimento que le pone un semejante
en sus manos. Come de lo que le entrega el semejante, y no descendiendo de lo
que comen los cerdos, recogiéndolo del suelo ni tirándose al suelo.
Nadie le daba de comer.
Este joven tiene
hambre pero nadie le daba. ¿Qué significa que nadie le daba de comer? Quiere
decir que nadie está dispuesto a echarte una mano en un mundo regulado y
gobernado por la lógica de los ídolos. Cuando uno se aleja de Dios y entra en
una sociedad donde se rinde culto a los ídolos y alguien te echa una mano lo
hace por algún interés; y si no tienes algo que darle a cambio no recibes
ninguna ayuda. Recordemos que en el mundo de los que son gobernados por los
ídolos el ideal es enriquecerse, ascender y alcanzar el dominio del poder. Allí
la regla es la de la competición, la competencia. Si ya vienes derrotado –como
el hijo menor de la parábola- nadie te ayudará; si te ayudan es porque tú
puedes darles alguna cosa o un empujón para el éxito. Esta es la lógica de la
sociedad idolátrica en la que vivía este joven. Este joven sufre una decepción
inevitable porque los ídolos se desmoronan en un momento determinado.
Y es entonces
cuando empieza a razonar: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan,
mientras yo aquí me muero de hambre». ‘Yo tengo hambre, aquí trabajo mucho y me paga poco y tengo que hacer
cosas que me dan vergüenza. En cambio en casa de mi padre los asalariados ganan
mucho y tienen pan en abundancia y en cambio yo aquí me muero de hambre’. Y
razona pensando que para solucionar el problema del hambre se marcha hacia la casa de su padre y
le pide que le acepte entre sus asalariados.
¿Estaba
arrepentido este joven?
La respuesta es
claramente no. En sus palabras no aparecen señales de una conciencia de haber
cometido un error. El único problema que tenía era que tenía era encontrar el
modo de cómo saciar el hambre. Si hubiera aparecido en aquel momento otro que
le hubiera dado de comer se hubiera olvidado de regresar a la casa del padre, y
hubiera continuado fiándose de sus ídolos que le habían traicionado. No
aparecen señales de arrepentimiento del hijo menor. No se preguntó qué tal
estaba su padre mi cómo le había afectado su decisión de dejar la casa y de
pedirle la parte de su herencia. El hijo menor piensa ir a la casa de su padre
para pedirle disculpas pero sigue teniendo en mente la idea del padre como
patrón. Si le pide disculpas es porque prefiere humillarse antes de comer junto
con los cerdos las algarrobas.
El rostro de Dios
que tenía el hijo benjamín.
La catequesis
que hay de fondo es que le pide perdón a Dios no por haberle fallado, no por
haber pecado al no responder a su amor. Le pide perdón porque le conviene ya
que no quiere seguir pasando hambre, lo que le mueve no es un dolor de
contrición. Es una catequesis diabólica que ha colocado una máscara perversa en
el rostro de Dios; es tanto como afirmar ‘tengo
que aceptar la consecuencias terribles que me vengan por no haber estado a la
altura de lo pedido, porque no he hecho lo que tenía que haber hecho, tal y
como lo hace mi hermano mayor’. O sea ‘que
cierro los ojos, aprieto con fuerza los dientes, aguanto el chaparrón que me
venga como consecuencia de mi conducta’ e ‘intento asegurarme el tener el pan que necesito’; ‘hay que afrontar el castigo inevitable que
me venga encima’. Es una catequesis perversa la que ha asimilado este hijo
menor. ¿Se da arrepentimiento por parte del hijo menor? Ni el más mínimo.
El rostro de
Dios que tenía el hijo menor era el mismo rostro de Dios que tenían los
escribas y los fariseos. El rostro de Dios de Jesús de Nazaret es el que
siempre perdona y que te ama de un modo incondicional.
Cuando uno tiene
en su corazón el rostro de Dios que nos enseña Jesús actúa de otro modo: si uno
se sale del camino de la fe, si uno se deja seducir por los ídolos y huye de la
casa del padre, y recapacita, enseguida se da cuenta de que se ha salido del
camino y corre a abandonarse en los brazos del padre para que le sane las
heridas ocasionadas por los ídolos; de tal modo que esa experiencia de
perdición le ayudará en su proceso de conversión y favorecer a los demás
hermanos a que se acerquen a Dios, porque sólo Dios es capaz de sacar de un mal
un bien aún mayor. Ya que ese hijo extraviado confía y entiende que sólo
acogiendo su amor.
El Padre entra en
escena.
El Padre entra
en escena y Jesús muestra el rostro correcto de Dios.
«Se levantó y vino
adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le
conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió
de besos.
Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya
no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad
enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y
sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y
celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido;
estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete».
Los cinco verbos.
Se
presenta la reacción del padre ante el retorno de su hijo menor y lo hace con
cinco verbos, los cuales nos ayudarán para comprobar si realmente creemos en
este Dios de Jesús o si todavía tenemos en mente la imagen del Dios de los
escribas y de los fariseos.
Los cinco verbos:
1.- Lo vio
El primer verbo nos dice que cuando aún estaba
lejos, el padre «vio» a su hijo. «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio». No es que el padre estuviera trabajando y en un
momento de descanso mirase hacia arriba y viese que estaba llegando su hijo.
No, el padre siempre ha estado mirando a lo lejos, en el horizonte por si venia
si hijo, y le estaba buscando por el mismo camino que había visto marchar a su
hijo. El padre estaba mirando el horizonte con una espera paciente a que
retornase.
El
Dios de los escribas y de los fariseos es el legislador que está mirando para
controlar si se hace lo que se ha ordenado y controlar a todos aquellos que
transgredan los mandamientos, para recompensar o para castigar: es el Dios que
siguen adorando tantos cristianos que se sienten asalariados y que esperan la
paga al final de la jornada. Pero éste no es el Dios de Jesús de Nazaret.
Muchos cristianos dicen ‘no robes, porque
Dios te ve’, ‘no mates, porque Dios
lo ve’, ‘no cometas adulterio porque
Dios te ve’ y va tomando nota y al final de tu vida, en el juicio te
mandará al infierno: Esta es la mirada de Dios de los escribas y de los
fariseos.
La
mirada del Dios de Jesús de Nazaret es sólo mirada de amor que acompaña siempre
al hijo cuando hace el bien y especialmente cuando se aleja del camino de la
vida para traerlo de vuelta al camino de la alegría.
Los cinco verbos:
2.- Se Conmovió
El segundo verbo es ‘conmoverse’. El evangelista
utiliza el verbo griego σπλαγχνίζομαι (splanjnízomai)
que significa ‘conmoverse hasta las entrañas’, nos dice que Dios experimenta
por el hombre un amor visceral, y en el Antiguo Testamento se utiliza la
palabra רָ֫חֶם rékjem (matriz, útero), que remite a
la madre con respecto al niño que está siendo gestado. No se puede imaginar una
emoción más íntima y más fuerte que esta. ¿Nosotros nos interesamos con la
intensidad de ese amor del Padre del cielo con nuestros hermanos los hombres? ¿Tenemos
la misma pasión y la misma intensidad en el amor?
Los cinco verbos:
3.- Empezó a Correr
El tercer verbo es ‘correr’. Los grandes señores
no corrieron nunca, siempre hacían correr a sus siervos. Ellos siempre llevaban
unos vestidos y un porte noble, calmado y destacado. A este padre la emoción le
hizo perder el control de las reacciones; ya no razonaba con la cabeza, sino
con las emociones de las vísceras. Comienza a correr una persona mayor, con todos
los peligros de caerse o tropezarse: ha perdido la cabeza. El que ama no se
interesa por lo que gente piense.
Los cinco verbos:
4.- Abrazar
El cuarto verbo es ‘lo abrazó’ o ‘se le echó al
cuello’. Sin embargo la expresión griega es ἐπέπεσεν ἐπὶ τὸν τράχηλον, o sea ‘cayó sobre encima del cuello’; que
significa que él estaba corriendo hacia él y en cierto punto ya no tenía más
fuerzas para correr que cayó sobre su cuello.
Los
cinco verbos:
5.- Lo Besó
El quinto verbo es ‘lo besó’; κατεφίλησεν, lo besó
ardientemente (καταφιλέω katafiléo).
El padre no paraba de besarlo. El padre lo besaba porque ese siempre ha sido su
hijo, no le interesa sus palabras de arrepentimiento ni de escusas.
Reacción del Hijo Menor.
El hijo reacciona con las palabras que él tenía preparadas, el estribillo
que él se había memorizado porque quería dar la bienvenida a su padre en
calidad de siervo para entrar en las dependencias de este nuevo patrón que era
mucho mejor que aquel que le mandó cuidar cerdos. El padre interrumpe el
estribillo que tenía preparado su hijo porque no quiere ni oírle hablar a su
hijo que se presente como un siervo ante él.
En la Biblia cuando se habla de ‘los siervos de Dios’ son aquellos que
ponen su vida a disposición para el proyecto del amor de Dios. Los paganos
querían a los hombres a su servicio y así eran tratados como siervos. Con Dios
es totalmente distinto. El Dios de Jesús de Nazaret es siervo del hombre. Cuando
el asalariado está esperando al final de la jornada el salario y se encuentra que
otro no ha trabajado tanto como uno o muy poco y se enfada porque recibe lo
mismo que uno, esto demuestra que estás creyendo y profesando tu fe no en el
Dios de Jesús de Nazaret, sino en el Dios que tienen en mente los escribas y
los fariseos.
¿Qué cosa hace ahora el Padre?
En el Evangelio nunca se nos dice que pidamos perdón a Dios; si haces el
mal pide perdón a tu hermano. Dios perdona porque continuamente con su mirada,
con su palabra y a través de todos los ángeles que él tiene a su lado desea
reconducir al camino de la vida a aquellos que se fueron e hicieron el mal
tanto a sí mismos como a sus hermanos, a los cuales ha de pedir perdón. El hijo
sólo puede darle las gracias porque le sigue guiando y le ha devuelto al camino
de la alegría. Y cuando Dios consigue el resultado de devolver al camino de la
alegría al hijo, ¿qué es lo que sucede?, sucede la fiesta.
1.-El vestido.
Lo primero que hace el padre es vestirle con la túnica. La túnica en la
Biblia tiene un significado simbólico importante: indica que es una persona y
que hace similar al padre, no eres un sirviente, él es el hijo del amo de la
casa. Nos remite a la vestidura bautismal que nos recuerda que nosotros somos
siempre sus hijos, hagamos lo que hagamos.
2.-El anillo.
En segundo lugar le da un anillo en su mano. Es el sello que garantiza
que tú eres el amo de la casa y que puedes disponer de todos los bienes de tu
padre. El padre al entregarle el anillo le está diciendo que todo lo mío es
tuyo.
3.- Calzadle unas sandalias.
La tercera cosa que hace el padre es ponerle unas sandalias en los pies.
Dios no quiere siervos, quiere hijos. Los sirvientes iban descalzos y él no
quiere ver a nadie descalzo. Le hace entender a este hijo que siempre ha sido
su hijo. Cuando una persona se ha extraviado en la vida teme siempre a este
Dios que esté enojado con uno; en el caso del Dios de Jesús continúa amándote
porque siempre has sido su hijo, en ningún momento has dejado de serlo.
4.- La fiesta.
Luego viene la fiesta con el novillo cebado, para destacar la alegría del
retorno a la casa del padre.
Entra en escena otro personaje que no entiende la fiesta gratis.
El tercer personaje.
El amor gratuito e incondicionado de Dios no lo entiende este otro
personaje. Este personaje retrata a tantos cristianos que siguen teniendo la
imagen de Dios de los escribas y de los fariseos, se comportan excluyendo a los
diferentes o con historias de pecado.
«Su hijo
mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música
y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le
contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado,
porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y
no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él
respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer
nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete
con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus
bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le
dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso
celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha
revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».
Jesús desea quitarnos de la mente la imagen del Dios que tienen los
escribas y los fariseos: El Dios que premia y que castiga. Esta es la razón por
la que se presenta la figura del hermano mayor que reproduce exactamente el
modo de pensar, actuar y sentir de los escribas y de los fariseos. Y
actualmente hay muchos cristianos que siguen adorando la imagen equivocada de
este Dios.
El hermano mayor es una persona trabajadora, ocupada. Y al regresar y
constatar que había una fiesta y el motivo de la fiesta, el hijo mayor se puso
furioso: No acepta que se realice una fiesta a alguien que no se lo merece. Y
se niega a entrar en la fiesta.
Las razones del hijo mayor.
Dice al padre: «“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca
una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con
mis amigos; ».
El hijo mayor no se siente hijo, sino siervo del padre. Es un siervo como
los escribas y los fariseos que son siervos y son castigados o premiados según
su obediencia o su transgresión de la Torá. Y esta es la postura de muchos
cristianos de hoy que no se sienten hijos amados gratuitamente. Y no quieren
hablar de una fiesta gratuita de aquellos que no han cumplido como ellos han
cumplido con los mandamientos.
Como el hijo mayor se siente siervo no se da cuenta que él mismo podría
haber cogido ese cabrito para hacer ese banquete deseado. Ese hermano mayor no
se siente uno de la casa.
El hermano mayor y nosotros
Luego el hermano mayor ataca diciendo: «en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que
se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”».
Dice ‘ese hijo tuyo’, no dice ‘mi
hermano’. Y dice que el hermano menor ha estado con prostitutas. ¿Cómo sabe que
ha estado con prostitutas? Se percibe malicia en las palabras del primogénito.
Pero si lo vemos objetivamente, el hijo mayor tiene toda la razón, porque
es como si premiase ese comportamiento con ese ternero cebado, con esa fiesta. El
hijo mayor razona exactamente como nosotros, con nuestro mismo criterio de
justicia. Esa fiesta debía ser como consecuencia de haber cumplido
perfectamente los mandamientos y de ser unas personas muy fieles y cumplidoras.
Pero el Dios de Jesús de Nazaret es el Dios del amor gratuito.
El término padre es repetido 13 veces en la parábola; 7 veces corresponde
al cronista que cuenta la parábola. Cinco veces está la palabra ‘padre’ en la
boca del hijo menor, una vez lo pronuncia el siervo. Ni una sola vez aparece el
término ‘padre’ en los labios del hijo mayor.
Hay cristianos que razonan como este hijo mayor y son los siervos, no se
sienten hijos.
¿El hijo mayor entró en la fiesta? Cuando conozcamos quien es este hijo mayor veremos que seguramente sí; sí porque le obedecerá por temor, pero no por amor. Seguirá adorando a ese Dios justo según sus criterios y mantendrá su infelicidad.
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