DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO Ciclo c
JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Todos los presentes estamos
bautizados, pero ¿todos los que estamos aquí notamos que el reinado de Cristo
en nuestra vida nos ocasiona 'conflictos internos'? Si se pudiera hablar de la
pureza de la vida cristiana con las mismas categorías con las que se habla de
la pureza del agua de los manantiales ¿cómo creen ustedes que estaríamos?
San Pablo en su epístola a los
colosenses nos recuerda que «Cristo nos ha sacado
del dominio de las tinieblas». Para entendernos: Cuando decimos
que «Cristo nos ha sacado del dominio de las tinieblas»
estamos afirmando que si Él no lo hubiera hecho -si estaríamos totalmente condenados porque ese
mega combate contra Satanás sólo nos lo podía ganar Él. Ganado ese combate por
nuestro Salvador, ahora sí que podemos afrontar otros combates -que no superan
nuestra capacidad- y que sí los podemos ganar siempre que estemos unidos al
Señor.
Y esto es muy cierto porque gracias
al infinito amor de Cristo que murió por cada uno de nosotros se pudo volver a
abrir aquella puerta hacia la vida que había sido tapiada por culpa del pecado
del hombre. Pero ¿acaso Cristo nos ha salvado enviando a todo el ejercito de
ángeles y arcángeles, con espada en mano para salvarnos de Satanás? No.
Jesucristo nos ha salvado entregándose por amor, es más, Jesucristo nos dijo «yo estoy en medio de vosotros como el que sirve»
(Lc 22, 27b). Cristo reina sirviendo.
Y la Cruz es su trono, la máxima manifestación de entrega por amor. Por lo
tanto, si Cristo ha abierto el camino de cómo nos hemos de salvar para ser
sacados del dominio de las tinieblas, eso nos lleva a obedecer a la Palabra
-aquella que ofreció Jesucristo al joven rico-: «Una
cosa te falta: vete, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así
tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme» (Mc 10,
21b). Y la pregunta que yo lanzo es ¿por qué? Porque el Señor nos quiere libres de todas nuestras ataduras. ¿Puede
acaso zarpar un barco teniendo echada el ancla?, pues no. Cada cual sabrá
cuáles son sus bienes, o sea aquellas cosas en las que uno
tiene puesto su corazón y no le deja progresar en el seguimiento de
Cristo porque actúan como si fueran ese
ancla.
Sin embargo el Demonio, que es el
maestro de la mentira, nos susurra al oído que las cosas en nuestra vida va «viento en popa, a toda vela», y que todo
genial. Y necesitamos a ese ladrón
arrepentido crucificado al lado de Cristo que interpela al otro ladrón para
mostrar ante sus ojos la verdad de su vida como malhechor y desenmascararle su
pecado. El buen ladrón estaba
ayudando al otro, y a sí mismo, a descubrir que lo único que les ha movido en
la vida ha sido el acaparar, en tener más y más cosas, de tal modo que todo ha
girado en torno a eso. El tener cosas y más cosas, y para adquirirlas usar
incluso el robo, eso ha sido para ellos su gran ídolo. Otra cosa es que el mal
ladrón no le hizo caso y murió perdiéndose su alma. Gracias al discernimiento
de los presbíteros, de los catequistas y de los hermanos vamos descubriendo
cuáles son nuestros ídolos que nos impiden seguir a Cristo con determinación. Y
seguiremos diciendo que yo no me encuentro atado a nada ni a nadie. A modo de
ejemplo: ¿no te encuentras atado a tu cochazo que únicamente le sacas de la
cochera para cosas muy importantes y concretas y jamás lo dejas aparcado en la
calle? Un cochazo que has depositado gran parte de tus ahorros y que ni
permites que entre uno en él con ropa deportiva y mucho menos con algo de barro
en los zapatos? Y esa persona me dirá que él no está atado a ese coche, que ese
coche no es para él un ídolo, simplemente una cosa que él tiene. ¿Creen ustedes
que prescindiría de ese automóvil? No, porque en ese coche tiene puesto su
corazón. Quien dice coche se puede poner unos afectos, un perro, etc. Algo que
provoque quela vida de uno gire en torno a ello en vez de en torno a Cristo.
Cristo nos ha sacado del dominio de
las tinieblas, es decir, Cristo ha hecho por nosotros lo que nosotros no
podíamos haber hecho. Ahora que cada cual puede afrontar las particulares
batallas con posibilidad de poderlas vencer.
LECTURAS
Lectura del segundo libro
de Samuel 5,1-3:
Sal 121,1-2.4-5 R/.
Vamos alegres a la casa del Señor
Lectura de la carta del
apóstol san Pablo a los Colosenses 1,12-20:
Lectura del santo
evangelio según san Lucas 23,35-43:
20
de noviembre de 2016
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