viernes, 4 de septiembre de 2015

María, siempre presente en nuestras vidas

María, siempre presente en nuestras vidas.
4 de septiembre 2015, 20 horas, Ampudia, Ntra. Sra. de Alconada

            Hermanos, cuando un creyente ha tenido la experiencia de sufrir por su fe las cosas que acontecen en su vida adquiere un sentido nuevo, muy diferente. Uno se para y recapacita diciéndose «¿por qué no conformarme con lo que hacen todos los demás que son cristianos y no se hacen problema de nada?». Sin embargo, aquel que sufre a causa de su fe es porque ha descubierto a una persona que le ofrece un sentido extraordinario a todo su ser. Estoy totalmente seguro que aquel que no se ha sentido incomodado por defender su fe no se ha enterado de lo que supone ser cristiano.
            Desgraciadamente nos  hemos acostumbrado a ser conformistas, a aceptar las ideas, los planteamientos, concepciones ideológicas que se han ido colando en nuestro quehacer diario y que han obtenido 'la carta de ciudadanía', es decir, que son ya algo normal. Cuando uno 'se enfría en la vida espiritual' las cosas empiezan a dar lo mismo. Ahora bien, tan pronto cuando un cristiano 'se deja tocar por el dedo de Dios'; tan pronto como un cristiano -fruto del amargo desengaño de su vida perdida a causa de su pecado- empieza a recapacitar y desea retornar a Dios; tan pronto como un cristiano desea optar por romper con su mediocridad para ser fiel a Cristo... tan pronto como suceda esto uno buscará - con gran ansia un manantial de aguas puras donde saciar esa sed.
            Pero claro, cuando uno empieza a sentir que la presencia de Cristo le rodea surge el miedo de poderle fallar. Y ese miedo está fundado, tiene razón de ser, porque guardamos en nuestra memoria un sin fin de veces que le hemos negado.
            Si hacemos un ejercicio de profunda sinceridad, reconocemos cómo la Palabra de Dios nos denuncia: «Conozco tus obras y no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente. Pero eres sólo tibio, ni caliente ni frío» (Ap. 3,15 ss). Nos encontramos con una mezcla de ilusión (que esperamos un futuro personal más fiel) y de escepticismo (que nos preguntamos si merece la pena intentarlo). Seamos claros: estamos instalados en la ambigüedad y no nos definimos ni hacia Cristo ni hacia el mundo. Y claro, viene una persecución por la Palabra o por nuestra fe y nosotros nos callamos. Queremos «nadar y guardar la ropa». Deseamos los bienes de la fidelidad, pero al mismo tiempo apetecen las ventajas o beneficios solidarios de la infidelidad. Se produce en nosotros un bloqueo interior y sus consecuencias no se hacen esperar: no rezamos, arrinconamos a Dios porque le sentimos como algo no necesario, se otorgar muchas concesiones al pecado y nos adentramos en una dinámica de transgresiones de la Ley de Dios. Y no tenemos alegría interior.
            A modo de ejemplo: Supongan que uno se ha montado en una de esas atracciones de feria que dan muchas vueltas con movimientos un tanto bruscos y sale de esa atracción un tanto mareado, constando mantener el equilibrio. Lo mismo nos pasa a nosotros cuando deseamos parar con la mareante dinámica de ser cristiano de cualquier modo, uno no sabe ni hacia donde buscar la verdad. Y aunque todo te esté dando vueltas y estés sumergido en una profunda confusión hay algo, dentro de tu ser, que te indica que existe una dirección acertada hacia donde te tienes que encaminar, aunque en estos momentos de mareante confusión no tengas ni idea ni por donde tirar.
            A lo que nuestra Santísima Madre, la Virgen María sale a nuestro encuentro, nos coge de la mano para acompañarnos y nos va orientando para que pongamos nuestro centro de gravedad en Dios; no en nuestras conveniencias o deseos o instintos, ni en nuestras opciones ideológicas ni en nuestra justicia, sino sólo y únicamente en Dios. La Santísima Virgen María, con su modelo de entrega perfecta a Dios, nos indica que nuestra vida no la podemos concebir como un espacio de realización personal. Ella nos dice que respondiendo al proyecto que Dios tiene para cada uno obtendremos la realización personal plena. Esto fue lo que Santa María hizo.
            No podemos negar que somos hijos de esta época y que la tentación de la autosuficiencia y del individualismo está ahí. Y que es autosuficiencia e individualismo se nos interponen con frecuencia para no ser acompañados en la fe. Santa María se puso totalmente en las manos de Dios, no pensó en sus propios intereses ni la bloquearon sus propios miedos, fue una mujer extraordinariamente valiente fiándose totalmente del Señor. Es su propio comportamiento, su propia manera de amar sin reservas y de entregarse a Dios sin límites lo que hace que cada cual descubra y reconozca su miopía y debilidades espirituales, y esto es muy bueno ya que es un signo de un realismo saludable. Vamos a ver; tenemos un corazón sensible y sincero ante Jesús, pero somos muy inconstantes a la hora de mantenernos fieles a Él. Queremos serle fiel, pero experimentamos el tirón de la infidelidad. Santa María nos indica que la infidelidad no merece la pena, que ser infiel a Cristo es un sin sentido.

            De todas formas cuando las personas han prestado atención a lo mejor de sí mismos, han escuchado que sus voces más íntimas no son sino el eco de una voz anterior, el eco de la voz del Creador. Esas voces íntimas que residen en esa particular 'caja de resonancia' que es la conciencia personal, anhelan poder experimentar y hacer suyo la plenitud, el no volver a sentir la angustia ni la congoja de llorar la muerte ni la impotencia ante lo que se nos puede venir encima. Anhelamos, desde el núcleo de nuestro corazón, esa experiencia de Dios que nos permita afrontar los desafíos y los sufrimientos diarios con una alegría desbordante con la certeza de saber de antemano que todo dolor se extingue para dar paso al gozo de estar con Jesucristo, nuestro amado tesoro. Sin embargo, nadie de los presentes tiene una experiencia de fidelidad constante y férrea a Cristo porque apenas bajamos la mirada o nuestro corazón se despista experimentamos el deseo de apetecer lo prohibido ya que lo que es objetivamente malo y nos hace daño es presentado como una delicia de la que es difícil de rechazar. Y es ahí donde la Santísima Virgen María, refugio de pecadores, acude a nuestro socorro recordándonos que todo que suframos por nuestra fe es para nuestro bien. Como madre que es aguarda pacientemente nuestro regreso y nos cura las heridas ocasionadas por nuestras aventuras y desvaríos sin hacer preguntas, simplemente reconquistándonos con su ternura maternal y con su mirada tierna. 

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