sábado, 2 de agosto de 2014

Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, ciclo a


DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 55, 1,3: SALMO 144;LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 8,35.37-39; SAN MATEO 14, 13- 21

           

            El pan y el vino son un símbolo de los dones de Dios en la naturaleza. Es cierto que Cristo los empleó para transformarlos en su Cuerpo y en su Sangre, pero sin embargo no deja de ser símbolos de los dones de Dios. El pan y el vino siguen significando la bondad de la creación. Es verdad que el pan, una vez consagrado, no es pan sino apariencia de pan; es cierto que el vino, una vez consagrado, no es vino, sino apariencia de vino, es decir, se conservan únicamente los accidentes, pero sustancialmente ahí ya no hay pan, sino el Cuerpo de Cristo.

            Sobre el Altar ponemos unos dones de Dios. Todo es don, todo es gracia. El aire que respiras, el agua que bebes, el sol que calienta y alumbra; todo es don y gracia divina. La Eucaristía nos recuerda que vivimos del regalo, que estamos rodeados de regalos. Y que malo es que uno se acostumbre a vivir rodeados de regalos y podemos insensibilizarnos y no podemos dejar de dar gracias a Dios por todo. Celebrar bien la Eucaristía es tener en cuenta que todo lo que nos rodea es don de Dios. Ya nos lo recuerda el Salmo responsorial:

«Los ojos de todos te están aguardando,

tú les das la comida a su tiempo;

abres tú la mano,

y sacias de favores a todo viviente»

Ya lo dice San Pablo también empleando esta expresión «En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,28). Lo mismo que un pez está rodeado de agua o un ave volando está rodeado de aire, así nosotros estamos rodeados por los dones de Dios. Nosotros no ofrecemos a Dios nada que Él no nos haya dado previamente. Todo es un regalo de Dios. Si yo a Dios le ofrezco el esfuerzo del estudio o la capacidad de superación en mi trabajo y en la Eucaristía dominical todo esto se le ofrece al Señor hay que caer en la cuenta que antes de ser mi ofrenda ha sido un don de Dios a ti. El don de Dios para que tú tengas la capacidad de trabajar; el don de Dios para que tú tengas la capacidad de estudiar.

            Es verdad que el hombre tiene que trabajar para conseguir el vino. Ha de vendimiar, ha de seguir todos y cada uno de los pasos hasta ser capaz de elaborar el vino. Es verdad que el hombre tiene que trabajar en el arar la tierra, el sembrar, en la siega, en el moler el trigo, en el amasar el pan, en el cocer el pan. Es que esta creación es al mismo tiempo un don gratuito de Dios y una llamada a la colaboración del hombre. Es más, nuestro propio refranero ya lo recoge: «A Dios rogando y con el mazo dando». Es tanto como decir, todo es regalo y al mismo tiempo todo es tarea. Ahora bien, dejamos de colaborar con Dios tan pronto como el Demonio empieza ‘a campar a sus anchas’ en nuestras vidas. Sin embargo aquellos que ponen en Dios toda su confianza tienen experiencia de las esperanzadoras palabras de San Pablo: «Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro».

Cuando Jesucristo les dice a sus discípulos «dadles vosotros de comer» a toda aquella multitud les está diciendo que la colaboración con la gracia divina no tiene ningún tipo de límite. Se ha de colaborar sin condiciones, sin límites, con todas las fuerzas y dedicación con la gracia que viene de lo alto. En esta vida todo es don de Dios, pero no sólo nos lo da, sino que también nos hace partícipe de ese regalo que Él nos está dando. ¿Qué es más, dar a un hombre el pescado o dar la caña para que él lo pesque? Dios no solamente nos da el pescado, sino que previamente nos ha dado la caña para que lo pesques. Esto es lo que Dios hace con nosotros. Dios no solamente nos da los dones, sino que también nos hace colaboradores con la tarea de la Creación y esto dignifica al hombre mucho más. Una madre no es mejor madre por ordenar y hacer todo a su hijo, ya que nunca aprenderá, será perezoso, no valorará las cosas y se creerá lo que no es. Una madre será buena madre cuando le rodea de ternura y de cariño pero también hace que el niño ponga también la mesa, haga su cama, vaya a por recados a la tienda de la esquina, que pele las patatas o la fruta, es decir, le hace colaborar en lo que él mismo va ha recibir. Eso mismo es lo que dice el ofertorio de la Misa: «Fruto de la tierra y del trabajo del hombre», don gratuito de Dios y al mismo tiempo participación.

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