lunes, 27 de febrero de 2012

Homilía de difunto

LUIS VICENTE ESCRIBANO MARTÍN Lamentaciones 3,17-30

Vertavillo, 28 febrero 2012, 12,30h. Salmo 85

Juan 16,19-22

En estos momentos comprendemos mejor las palabras de Jesús en el evangelio, cuando, al hablar a los discípulos de su muerte inminente, observa cómo la tristeza se va apoderando de sus amigos. La tristeza es el sentimiento que mejor expresa nuestra situación en estos momentos, con nuestro hermano Luis Vicente, de cuerpo presente delante de nosotros.

Familiares y amigos nos hemos reunido en la Iglesia para despedir a nuestro hermano, para encomendarlo a las manos de Dios. Pero el consuelo de la fe no basta para enjugarnos las lágrimas y devolvernos la serenidad. Mas bien nos identificamos con las palabras de pena y de dolor del profeta Jeremías, que hemos escuchado en la primera lectura. El profeta llora y se lamenta por la desgracia de su pueblo herido de muerte, derrotado, a punto de emprender el camino del destierro. Pero en medio de tanta desesperación y miseria, el profeta recurre a su fe, eleva su oración al Señor y, poco a poco, se va serenando y recobra la esperanza en Dios. Sus palabras también pueden hoy traer consuelo y paz a nuestros corazones, atribulados por la muerte de nuestro hermano y amigo: «Es bueno esperar en el Señor, porque el Señor es bueno para los que confían en él».

Dios sabe de nuestros sufrimientos y conoce nuestros temores ante la muerte. Por eso no ha querido abandonarnos a nuestro destino y ha tratado de traernos consuelo a través de los profetas. Pero viendo que todo eso no bastaba, ha querido venir Él mismo en persona, para compartir nuestros sentimientos, y así lo expresa con sus lágrimas en la muerte del amigo Lázaro, o compadeciendo la desesperación de la viuda de Naín cuando llevaban a su hijo a enterrar. Por eso Jesús, en el evangelio que hemos leído en esta ocasión, quiere evitar el dolor de sus discípulos en su muerte, y les advierte lo que va a pasar «dentro de poco no me veréis», pero también que eso no es todo, porque después de la muerte resucitará, por eso «dentro de poco me volveréis a ver» y eso será ya definitivo, sin más traumas ni limitaciones.

La muerte es inevitable, somos así; pero la muerte no es lo definitivo; es sólo el modo de pasar a la otra vida, a la vida de Dios. Y eso exige despojarnos de nuestra condición mortal, de las debilidades y enfermedades de esta vida, de todo aquello que mortifica nuestra existencia y nos impide disfrutar de la vida como Dios quiere y sueña y desea para todos. Para eso nos ha creado. No nos ha creado para morir sino para vivir eternamente, aunque de momento no lo entendamos. Tampoco los discípulos lo entendieron entonces. Lo comprenderían más tarde, después de la resurrección, cuando vieron al Señor Resucitado.

Para los cristianos morir es el paso necesario para podernos encontrar con Dios. Dale, Señor el descanso eterno….

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