sábado, 20 de noviembre de 2010

Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario:JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Hoy celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Éste rey no gobierna a sus súbditos sentado en un trono de oro ni de piedras preciosas. Ni tampoco les impone impuestos ni leyes para regir su territorio. Jesucristo es rey, pero es un rey distinto y muy superior a los otros reyes.

Jesucristo reina desde la Cruz. La Cruz es su trono y desde allí guarda una especial solicitud por cada uno de nosotros. Es en la Cruz donde Él nos regala la Salvación que procede de Dios. Es desde su costado, traspasado por la lanza del soldado, desde donde brotan los sacramentos. Es desde la Cruz donde nos entrega a su Madre como nuestra Madre. Es en la Cruz donde derrama su sangre para que todos nuestros pecados sean perdonados. Es en la Cruz donde Él muere para luego conducirnos a la Gloria. Este rey no recauda impuestos, este Rey nos regala la salvación de Dios.

Pero no solo eso; tiene un talante de gobernar un tanto peculiar. Aún estando colgado del madero de la cruz; aún estando sumergido en un dolor indescriptible sigue teniendo palabras de inmensa ternura y de perdón. Aún es ese suplicio, con las manos y los pies taladrados aprovecha cualquier oportunidad para incorporar, aunque sea a última hora, a aquel que se arrepiente: El buen ladrón.

El buen ladrón abre su corazón ante Jesucristo. El buen ladrón tiene bien presente la causa de su condenación y tiene el sentimiento profundo de dolor por haber ofendido a Dios. En la cruz manifiesta ante Jesús crucificado su pecado y acude a Jesucristo reconociéndole como su Salvador. Y es aquí, cuando Jesús, en medio de los terribles tormentos, da una suprema manifestación de perdón y de cariño ante el pecador arrepentido abriéndole las puertas del Paraíso.

El Corazón de Cristo es misericordioso hasta el extremo. Aprovecha cualquier ocasión para ofertarnos la salvación. Estando en la cruz le reconcilia con el Padre. Es cierto que el buen ladrón, a los ojos de todos los que se encontraban allí presentes, muere como un malhechor, sin embargo, Dios se alegra porque esa oveja perdida ha sido hallada.

Hermanos, el buen ladrón, con su comportamiento, nos cuestiona, nos interpela, nos amonesta. El buen ladrón fue capaz de reconocer al Salvador del mundo estando el mismo Salvador cosido a una cruz, y en esa circunstancia de tantísimo sufrimiento, cuando todo hacía pensar que iba a acabar allí, con toda aquella sangre derramándose por el suelo, con las heridas profundas causadas por los sanguinarios soldados, con la corona de espinas bien incrustadas en su cabeza, con sus manos y sus pies ensangrentados por los clavos, … pues aún así, sin embargo, el buen ladrón le reconoció y creyó totalmente en Jesucristo como su Salvador.

Hermanos, tenemos la suerte de tener al Señor en medio de nosotros en el Sagrario, y de poderle hacer presente en la Eucaristía, y de poder obtener su perdón en el sacramento de la reconciliación… tenemos la suerte de poder contar con su presencia, y muchas veces, sin darnos cuenta, ni lo valoramos.

¡¡¡Señor, ten misericordia de nosotros, porque hemos pecado contra ti!!!.

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