sábado, 6 de diciembre de 2025

Homilía del Segundo Domingo de Adviento, Ciclo A, Mt 3, 1-12 «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

Homilía del Segundo Domingo de Adviento, Ciclo A

Mt 3, 1-12 «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

(Esta homilía tiene tres audios: uno al principio y otros dos al final de este escrito. Considero que os puede hacer mucho bien. Querido lector, gracias por tu fidelidad)

 

Cada año, la liturgia nos presenta dos grandes figuras que tienen la misión de prepararnos para acoger al Señor que viene: Isaías y Juan el Bautista.

 

No a la globalización de la impotencia

Isaías es el profeta que, en los momentos más oscuros de la historia de su pueblo, supo mantener viva la alegría y la esperanza. Cuando todo parecía ir en dirección contraria, él seguía anunciando que las promesas de bien hechas por el Señor no quedarían anuladas por los acontecimientos. Una de sus profecías más hermosas la escuchamos en la primera lectura de este domingo (cfr. Is 11, 1-10), y quizá hoy la necesitamos tanto como entonces.

Si miramos a nuestro alrededor, lo notamos enseguida: el desánimo y el pesimismo están muy extendidos. Basta escuchar ciertas conversaciones en casa, en el trabajo o en los medios. A veces parece un concurso a ver quién pinta el panorama más negro: “los tiempos son malos, todo está fatal, el mundo va cada vez peor…”. Muchos presbíteros, catequista y obispos dicen “… esto es lo que hay”, “… como no hay mata no hay patata”. Y no pocas veces, si somos sinceros, también nosotros entramos en ese coro de lamentos.

 

No entremos en ese coro de lamentos y

dejémonos enseñar a mirar la realidad

con los ojos de Dios

Isaías, en cambio, quiere enseñarnos a mirar nuestro mundo con los ojos de Dios. Y eso cambia el enfoque por completo. En lugar de quedarnos atrapados en las quejas por los dolores de la historia, se nos invita a descubrir que esos dolores son de parto. No estamos asistiendo al final sin sentido de todo, sino al nacimiento de algo nuevo. El profeta nos ayuda a pasar de la frase “todo se hunde” a otra muy distinta: “Dios está haciendo nacer un mundo nuevo”.

Podemos resumirlo así: la fe no niega las sombras, pero se niega a concederles la última palabra.

 

          Sin conversión, el rito es teatro

El segundo personaje es Juan el Bautista, el profeta enviado por el Señor para preparar a Israel a acoger al Mesías, y que hoy sigue preparando también nuestro corazón, tanto con sus palabras como con su estilo de vida. De él no nos hablan solo los evangelios; también algunos historiadores de la época lo recuerdan.

Flavio Josefo, un historiador judío nacido unos diez años después de la muerte del Bautista, nos deja un testimonio muy interesante. En su obra Antigüedades judías lo describe como un hombre bueno, que invitaba a los judíos a llevar una vida recta, a tratarse unos a otros con justicia, a someterse con sincera devoción a Dios y a recibir un bautismo. Y añade un matiz decisivo: Juan estaba convencido de que ese baño de agua, por sí solo, no bastaba para obtener el perdón de los pecados. Si el corazón no cambiaba antes, si el alma no se dejaba purificar mediante una conducta recta, el rito exterior se quedaba en una simple lavada de cuerpo.

Aquí podríamos decir: sin conversión interior, hasta el gesto más religioso se queda en superficie.

 

Y ahora, con estas dos figuras en mente, estamos en mejor disposición para escuchar cómo presenta Mateo a Juan el Bautista en su evangelio.

Frases clave para recordar

·         La fe no es negar las sombras, sino confiar en que Dios puede hacer nacer algo nuevo precisamente en medio de ellas.

·         Sin conversión interior, hasta el rito más sagrado corre el riesgo de convertirse en un simple gesto exterior.

 


                                                                Juan el Bautista irrumpe como un heraldo

«Por aquellos días, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

En el evangelio de Mateo, Juan el Bautista aparece de repente, sin preaviso. Hasta este momento no se había hablado de él. A diferencia de Lucas, Mateo no narra su nacimiento de unos padres ancianos ni la esterilidad de Isabel; lo presenta ya adulto, entrando en escena con fuerza. Y no lo describe como un predicador de largos sermones, sino como un heraldo: alguien que irrumpe para proclamar una noticia decisiva en muy pocas palabras, casi como si gritara: “¡Abrid bien los oídos y escuchad lo que vengo a anunciaros!”

 

¡Acoged el Reino de Dios!

¿Y cuál es ese anuncio? Que el Reino de Dios ha llegado. Hablar de Reino de Dios a los israelitas del tiempo de Jesús era tocar una fibra muy profunda: despertaba expectativas y esperanzas que se habían alimentado durante siglos. Todos conocían las Escrituras, sabían de memoria los oráculos de los profetas que prometían que llegaría un día en que el Señor tomaría Él mismo en sus manos la historia de su pueblo e instauraría, al fin, un reino de justicia y de paz.

La novedad de Juan es enorme: él no dice, como los profetas anteriores, “un día, en el futuro, Dios intervendrá…”. No. Su mensaje es: ese tiempo ha terminado. “Ya no se trata de esperar: el Reino de Dios está cerca, lo tenéis delante, al alcance de la mano. Podéis acogerlo, hacerlo vuestro”. Es fácil imaginar la reacción del pueblo: entusiasmo, curiosidad, movimiento. De hecho, nos cuenta el evangelio que acudían a él multitudes, y no pocos llegaron a pensar que él mismo podía ser el Mesías.

Podríamos resumirlo así: cuando Dios se acerca, la vida ya no puede seguir igual.

 

Ahora todo gira en torno al Reino de Dios

Entonces surge la gran pregunta, que también nos toca a nosotros: si el Reino de Dios está tan cerca, ¿qué hacer? Sabemos por experiencia que cuando se aproxima un acontecimiento importante, todo se reorganiza. Si se acerca un examen serio, cambian los horarios: uno deja de ir de fiesta, reduce las distracciones, se concentra en el estudio. Si se acerca el día de la boda, toda la vida gira en torno a ese momento: las decisiones, las prioridades, incluso la manera de gastar el tiempo y el dinero.

 

De manera semejante, el Bautista señala enseguida al pueblo —y hoy también a nosotros— qué pasos dar si nos damos cuenta de que el Reino de Dios está realmente cerca y no queremos dejar pasar esa oportunidad.

 

Convertíos: Dos verbos diferentes

1.- dar media vuelta/regresar

Su palabra es clara: “Convertíos”. En la Biblia, para hablar de conversión se emplean dos verbos diferentes, y conviene no confundirlos. En el Antiguo Testamento se usa con frecuencia el verbo ἐπιστρέφειν (epistréfein), que en hebreo se dice שׁוּב (shuv): significa ‘volverse, regresar, dar media vuelta’. El pueblo se ha alejado de Dios, y se le invita a volver a Él, a regresar al camino de la alianza.

 

Convertíos: Dos verbos diferentes

2.- cambiar de raíz la manera de pensar

Sin embargo, este verbo no se usa en el Nuevo Testamento para hablar de la conversión que anuncian Juan y Jesús. El Bautista introduce otro verbo: μετανοεῖν (metanoeín). Y aquí el matiz es muy distinto. No se trata solo de volver atrás, sino de cambiar de raíz la manera de pensar, de juzgar, de valorar la realidad. Es como si se nos dijera: “deja que Dios reorganice tu mente, tu escala de valores, tu modo de mirar el mundo”.

 

Juan, usando este verbo, pone el acento sobre todo en el plano moral, en el cambio concreto de vida. En lenguaje de hoy podría sonar así: “basta ya de adulterios, de violencias, de mentiras y rivalidades; dejad de vivir pisándoos unos a otros; cambiad de vida”. Esta es la μετάνοια (metánoia) la conversión que él propone: un giro decisivo de conducta.

 

En Jesús esa conversión tiene otro sentido más pleno:

Deja que Dios actualice tu corazón

Jesús, al inicio de su misión, retoma literalmente el anuncio del Bautista: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». (cfr. Mt 4, 17). Pero en sus labios esa llamada a la μετανοία (metánoia) adquiere una amplitud aún mayor: ya no se trata solo de moral, sino de acoger una visión nueva de Dios, del mundo, del ser humano y de la historia. En el fondo, Jesús nos invita a dejar que Dios “actualice” nuestro corazón y nuestra mente.

 

Tienes delante de ti dos reinos ¿por cuál optas?

Juan el Bautista, hoy, nos diría algo así: “Mira bien: tienes delante dos reinos posibles”. Por un lado, el reino viejo, el de este mundo tal como lo conocemos cuando se deja llevar por el egoísmo: allí el “hombre fuerte” es el que se impone, el que domina, el que hace que los demás le sirvan; cada uno va a lo suyo, acumula para sí y se desentiende del hermano. Es el reino del maligno, ese que se atreve a decirle a Jesús: “El mundo es mío, el reino es mío, y se lo doy a quien quiero”. Ese modo de reinar, Jesús lo rechaza.

         Él ha venido a inaugurar el Reino de Dios, el mundo nuevo. Y ese Reino, nos recuerda hoy el Bautista, está cerca, a nuestro alcance. Es exactamente lo contrario del anterior: en el Reino de Dios es grande quien sirve, no quien domina; es grande quien no se encierra en sí mismo, sino que piensa en el hermano.

 

¿Vas a pasar del Reino de Dios?

Aquí la pregunta se vuelve muy personal: si este Reino está tan cerca de nosotros, ¿lo vamos a dejar pasar? “Está a tu puerta, no desperdicies la oportunidad de acogerlo”, podríamos oír que nos dice Juan. En ello nos va la vida. Los otros reinos, los de turno, se desgastan, se derrumban, pasan. Este Reino, en cambio, no caduca. Entramos en él cuando aceptamos la imagen de Dios y del ser humano que nos mostrará Jesús: un Dios que sirve y un hombre llamado a vivir como hermano.

 

Convertirse es aprender a mirar todo

con los ojos de Dios

Los reinos de este mundo vencen por la fuerza; el Reino de Dios comienza cuando dejamos que nos convierta el corazón. Convertirse no es volver atrás, sino aprender a mirar todo con los ojos de Dios.

Las palabras del Bautista, por tanto, no pertenecen al pasado: siguen dirigidas hoy a nosotros. Y, en este punto, el evangelista Mateo enlaza la misión de Juan con una profecía del libro de Isaías. Escuchémosla con esta clave de lectura.

Frases clave para recordar

·         Cuando el Reino de Dios se acerca, la vida ya no puede seguir igual.

·         Convertirse no es solo volver atrás, sino dejar que Dios nos cambie la mirada y el corazón.

·         Los reinos del mundo pasan; el Reino de Dios empieza donde alguien decide vivir sirviendo.

 

Unas palabras de aliento

para personas muy desanimadas.

«Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: «Voz del que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”».

La cita que hemos escuchado está tomada de la segunda parte del libro de Isaías (cfr. Is 40, 3) donde se recogen las palabras de un profeta anónimo que vivió con los deportados en Babilonia. Eran los hijos y los nietos de aquellos que Nabucodonosor había llevado a su tierra como prisioneros. A estas personas desanimadas, este profeta se presenta como un heraldo de una noticia sorprendente, una auténtica buena noticia. Le anuncia al pueblo exiliado: “El Señor está a punto de venir a liberarnos, nos llevará de vuelta a la tierra de nuestros padres”.

 

Ellos saben que están en Babilonia

como consecuencia de sus pecados

Los israelitas, sin embargo, tienen muchas dificultades para creerlo. Les parece imposible que el Señor todavía tenga misericordia de ellos. Saben que Dios sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, pero entonces los israelitas no eran responsables directos de aquella opresión. Ahora, en cambio, los que viven en Babilonia son conscientes de que el exilio tiene que ver con sus infidelidades. No es que el Señor los haya castigado caprichosamente: son sus propios pecados los que los han encadenado y los han llevado a esa situación de esclavitud.

 

Regresemos a la libertad abriendo

un nuevo camino guiados por el Señor

A estas personas, que consideran impensable la liberación, el profeta les recuerda: el Señor es fiel a las promesas hechas a Abraham y a su descendencia, y está a punto de conducirnos de nuevo a la tierra de la libertad. Y añade un detalle muy gráfico: “No vamos a regresar por el mismo camino por el que salimos, subiendo hacia el norte y bajando después hacia Babilonia, más de dos mil kilómetros. No. Abramos un camino recto a través del desierto, un camino mucho más corto, para llegar pronto, guiados por el Señor, a Jerusalén”.

Esta es la profecía que encontramos en la segunda parte de Isaías. El evangelista Mateo la aplica a Juan el Bautista y ve en él su cumplimiento: Juan vive en el desierto y anuncia un nuevo éxodo. Su mensaje viene a ser: “El Señor está a punto de liberarnos de una esclavitud aún peor que la de Egipto o Babilonia: la esclavitud de nuestro pecado, de todo lo que nos deshumaniza. Viene para introducirnos en su Reino, donde por fin podemos vivir como personas y no como fieras”.

 

El desierto como camino interior

El evangelista insiste en situar a Juan en el desierto porque ese dato no es solo geográfico, es profundamente teológico. Nos está diciendo algo sobre el camino interior que estamos llamados a recorrer si queremos disponernos de verdad a acoger al Señor que viene a liberarnos.

 

Jesús fue bautizado en el lugar por donde los israelitas

cruzaron para llegar a la tierra prometida

¿Dónde vivía el Bautista? Con mucha probabilidad —los estudiosos israelíes lo consideran prácticamente seguro— vivió en Qumrán, el monasterio donde residía una comunidad de monjes judíos. Allí, muy probablemente, pasó algunos años. Después, en un determinado momento, comenzó su misión pública y se estableció a orillas del Jordán, donde empezó a bautizar. Es significativo también el lugar donde, según la tradición, Jesús fue a recibir el bautismo de Juan: ‘Bethabara’, que significa “casa del vado”. Ese nombre recuerda el punto por el que los israelitas cruzaron el Jordán al salir de la esclavitud de Egipto para entrar en la tierra de la libertad. El Jordán ha marcado siempre una frontera simbólica entre la tierra pagana y la tierra de la promesa.


Con Jesús se abre un paso de la esclavitud

a la tierra de la libertad

Esta ubicación no es un simple dato de guía turística: tiene un fuerte sentido espiritual. Nos dice que, con Jesús, se abre un paso decisivo de una tierra de esclavitud a una tierra de libertad. El Bautista está justo en esa línea de frontera, invitándonos a cruzar.

 

El desierto como lugar de encuentro con el Señor

El desierto, por tanto, no es un decorado neutro. En la Biblia tiene un significado muy profundo: es el lugar privilegiado del encuentro con el Señor. En el desierto, Moisés y Elías tienen experiencias claves con su Dios. Es un lugar de silencio y de reflexión. Allí no nos aturden los ruidos, no nos marean las conversaciones vacías ni las banalidades que circulan por las redes sociales. Solo cuando se hace silencio de verdad podemos volver a entrar dentro de nosotros, preguntarnos por el sentido de la vida, por lo que realmente importa.

En el desierto, todo lo efímero se relativiza. Es el espacio donde la vida queda reducida a lo esencial: allí el agua es simplemente agua, no un refresco sofisticado; el pan es pan, no bollería de lujo. En el desierto nadie va cargado de cosas superfluas. Nadie es realmente “más rico” que otro: más o menos, todos están en la misma situación. No se acumulan bienes; cada uno “posee” únicamente la pequeña porción de tierra que pisa en ese momento. Cuando da un paso adelante, esa tierra ya no es suya, pasa a ser la de otro. Es una imagen muy elocuente: en este mundo, en realidad, estamos siempre de paso.

El desierto nos susurra algo muy concreto: no te aferres a las cosas de este mundo como si fueran absolutas, porque pasan. Ningún desierto es para quedarse a vivir; el desierto es para atravesarlo.

 

Uno no se instala en el desierto,

es para atravesarlo

El desierto no es el lugar donde uno se instala, sino el camino hacia una meta, hacia la tierra de la libertad. Y nosotros, como cristianos, somos precisamente eso: gente en camino. En el bautismo hemos dejado atrás la “tierra del mundo viejo” y nos hemos puesto en marcha. Este camino no es sencillo: es exigente, cuesta esfuerzo.

 

Somos tentados al atravesarlo

En el trayecto somos tentados de volver atrás, a las antiguas esclavitudes: las vidas disolutas, el apego a los bienes, la voracidad de tener y de poder, la moral “a la carta” que nos proponen tantos ‘influencers’.

Alguna satisfacción, sin duda, la encontrábamos allí. Y, sin embargo, la llamada es clara: no te detengas, no vuelvas atrás. Sigue caminando, porque avanzas hacia una tierra verdadera, hacia un espacio de libertad real.

 

El desierto se atraviesa en comunidad

Además, el desierto es también el lugar donde se aprende que solo no se puede. Quien pretende caminar en solitario por el desierto está condenado a agotarse. Allí se avanza hombro con hombro, apoyándose mutuamente. Y esto lo experimentamos también en nuestra vida cristiana: quizá una de las pruebas más duras hoy es la sensación de ir solos, de ser casi los únicos que intentan caminar hacia esa tierra de libertad. De ahí la importancia de sentirnos miembros de una comunidad en marcha, un pueblo que camina, no individuos aislados.

Y ahora, el Bautista, incluso con su manera de vestir y con el alimento del que vive, nos va a mostrar cómo se prepara uno, de manera concreta, para acoger al Señor que viene. Escuchémoslo con atención.

Frases clave para recordar

·         El desierto no es para instalarse, sino para atravesarlo hacia la tierra de la libertad.

·         En la Biblia, el desierto desnuda lo superfluo y nos enseña qué es realmente esencial.

·         En el camino de la fe, quien pretende avanzar solo se agota; el cristiano es siempre caminante en comunidad.

 

Juan el Bautista vestía como Elías

«Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán».

Si vamos al primer capítulo del segundo libro de los Reyes, donde se habla de Elías, encontramos un detalle llamativo: aquel profeta vestía exactamente como Juan el Bautista (cfr. 2 Re 1, 8). La tradición popular de Israel esperaba que, antes de la llegada del Mesías, volviera Elías para inaugurar el tiempo mesiánico. Por eso, cuando Mateo nos presenta a Juan con el mismo tipo de vestido, nos está lanzando un mensaje muy claro: “Este es el Elías que todo el pueblo esperaba; después de él viene el Mesías de Dios” (cfr. Mt 3, 4).

 

Leamos simbólicamente los detalles:

1.- La correa

Pero el evangelista no se queda solo en el dato de color. También nos invita a leer simbólicamente esos detalles. La correa ceñida a la cintura, ¿para qué sirve? Para sujetar la túnica y poder caminar con agilidad. Es un guiño al éxodo: también nosotros estamos llamados a ceñirnos, a dejar la tierra de esclavitud del pecado y ponernos en marcha hacia el Reino de Dios. Además, esa correa es de cuero, no de tela fina.

 

Leamos simbólicamente los detalles:

2.- El manto

Y el manto de pelo de camello no tiene nada de suave ni elegante: es áspero, incómodo. En Juan todo habla de austeridad: lo esencial por encima de las apariencias, ninguna complicidad con lo superfluo y efímero.

 

Un corazón atado a las apariencias no es libre

El propio Jesús lo subraya con una pregunta muy directa: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿A un hombre vestido con lujo? No; los que visten con lujo habitan en los palacios de los reyes» (cfr. Mt 11, 7-8). El mensaje nos alcanza de lleno: si perdemos la cabeza por las frivolidades, si vivimos esclavos de la moda y de la imagen, difícilmente estaremos en la mejor disposición para acoger el Reino de Dios, esa propuesta de mundo nuevo que Jesús viene a ofrecernos.
Podríamos decirlo así: un corazón atado a las apariencias no tiene las manos libres para recibir el Reino.

 

El cristiano se viste con el vestido más hermoso

a los ojos de Dios y de los hermanos

El tema del vestido no es secundario en la Biblia (cfr. Gn 3, 7; Gn 3, 21; Gn 27, 15-16; Gn 27, 27; Is 61, 10; Lc 15, 22; Mt 22, 11-13; 2 Re 1, 8; Mt 3, 4; Mt 6, 28-30; Jn 19, 23-24; 1 Pe 3, 3-4; Rom 13, 14; Gal 3, 27; Ef 4, 22-24; Col 3, 12-14; Ap 3, 4-5; Ap 7, 14; Ap 19, 7-8). Aparece desde el inicio, cuando el ser humano intenta cubrir su desnudez con unas hojas de higuera (cfr. Gn 3, 7). En el Nuevo Testamento se insiste en la sobriedad exterior, pero sobre todo en otro tipo de “vestido”: aquel que nos hace verdaderamente hermosos a los ojos de Dios y de los hermanos. San Pablo invita a «revestirse del Señor Jesucristo» (cfr. Rom 13, 14), es decir, a dejar que su luz y su amor sean nuestra verdadera “ropa”: que resplandezca en nosotros su manera de amar, de mirar, de servir (cfr. Gal 3, 27). El cristiano no se define por la marca que lleva puesta, sino por la caridad que se transparenta en su vida.

 

Se siente como una ola creciente

¿Y qué está pasando mientras tanto a orillas del Jordán? El texto suele traducirse diciendo que «acudían a él» todos para ser bautizados. Sin embargo, el verbo griego que usa Mateo es ἐκπορεύομαι (ekporévomai), que significa “salir”. El texto griego lo dice de este modo: «τότε ἐξεπορεύετο πρὸς αὐτὸν Ἱεροσόλυμα καὶ πᾶσα ἡ Ἰουδαία καὶ πᾶσα ἡ περίχωρος τοῦ Ἰορδάνου», que traducido es;

«En aquel momento / entonces, iba saliendo / salía continuamente / salían una y otra vez (no es un acto puntual, sino un movimiento continuo; es un movimiento continuo y masivo: gente que va, viene, vuelve a ir, día tras día; sugiere una especie de “peregrinación en cadena” hacia Juan) en dirección a él (Juan el Bautista) Jerusalén (en el sentido los ciudadanos de Jerusalén; la ciudad santa, centro religioso y simbólico de Israel), toda Judea (la región que rodea Jerusalén, el “corazón” del país) y toda la región de alrededor del Jordán / toda la comarca del Jordán (la zona limítrofe, frontera entre tierra de promesa y tierra pagana) (y todo se siente como una ola creciente)».

 

Cuando uno se deja tocar en serio por la Palabra,

la gente no se queda sentada: sale

El verbo «ἐκπορεύομαι»: salir, no solo “acudir”; el matiz no es simplemente “acudir” (ir donde alguien), sino “salir desde” un lugar: No es solo que “iban a Juan”, es que “salían” de sus zonas de comodidad, de sus ciudades, de su tierra para ir al desierto. Teológicamente no es un simple movimiento geográfico; es un gesto de éxodo interior:
salir de la propia seguridad para ponerse en camino de conversión.

Dios comienza a hacernos nuevos sacándonos de donde estamos instalados. Resuena en las mentes y en los corazones de los hebreos aquellas palabras sagradas pronunciadas por Yahvé al padre Abrahán: «Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que yo te indicaré» (cfr. Gn 12, 1); וַיֹּאמֶר יְהוָה אֶל־אַבְרָם לֶךְ־לְךָ מֵאַרְצְךָ וּמִמּוֹלַדְתְּךָ וּמִבֵּית אָבִיךָ אֶל־הָאָרֶץ אֲשֶׁר אַרְאֶךָּ (Vayyómer Adonái el-Avrám lej-lejá me-ártzejá u-mimmoladtejá u-mibbét avíja el-ha-áretz asher ar’ejá).

 

Mateo hace uso de la geografía como teología; Jerusalén, la ciudad santa, centro religioso y simbólico de Israel; toda Judea, la región que rodea Jerusalén, el “corazón” del país; toda la región del Jordán, la zona limítrofe, frontera entre tierra de promesa y tierra pagana. Mateo no está pasando lista de provincias; está diciendo que desde el centro religioso hasta las periferias, todo el país está en movimiento hacia la llamada a la conversión.

Ellos salen de la tierra “santa” (como supuestamente consolidada)
y van hacia la otra orilla (tierra simbólicamente de esclavitud), para que guidos por Juan, cruzar de nuevo hacia la verdadera “tierra santa”: el Reino que Jesús va a anunciar. Toda Jerusalén, toda Judea y toda la región de alrededor “salían” hacia Juan, que se encontraba en la orilla oriental del Jordán.

 

Juan el Bautista les hace atravesar de nuevo

por el Jordán,

tal y como lo hicieron en tiempos de Josué

Juan estaba bautizando en la orilla oriental (cfr. Jn 1, 28), que pertenecía simbólicamente a la “tierra pagana”; el Jordán marca la frontera con la tierra de la libertad y de la promesa. Es el mismo río que, en tiempos de Josué, el pueblo cruzó para entrar definitivamente en la tierra prometida al salir de la esclavitud de Egipto (cfr. Jos 3–4).

Ahora, con Juan, sucede algo muy peculiar: toda aquella gente “sale” de la tierra que consideraba ya su lugar definitivo —la Tierra Santa, el espacio donde pensaban instalarse para siempre— y se dirige hacia la otra orilla, hacia la zona que representaba la antigua esclavitud. Es como un “contra-éxodo”.

 

El Bautista desea que ahora entren en

la verdadera tierra santa:

El Reino de Jesús

¿Por qué? Porque el Bautista los hará atravesar de nuevo el Jordán, pero esta vez no para entrar simplemente en una tierra santa material, sino en la verdadera tierra santa: el Reino que Jesús de Nazaret va a anunciar.

Venían a él para ser bautizados en el río y ellos «confesaban sus pecados».

 

El bautismo de Juan despertaba la conciencia

Mateo no dice que el bautismo de Juan perdonara los pecados. Ese rito no los borraba; servía más bien para que todos reconocieran que estaban en condición de pecado, que vivían en una especie de esclavitud interior. Era una señal pública, humilde y valiente, para tomar conciencia de la propia situación y expresar el deseo de ser liberados, de salir de una vida que no estaba a la altura de la verdadera humanidad.

 

Será el bautismo de Jesús, y solo él, el que introduzca realmente en el perdón y en la vida nueva del Espíritu. El de Juan es un gesto preparatorio, una llamada a la conversión, un despertador de conciencia. Podríamos resumirlo así: el bautismo del Bautista no es la meta, es la puerta de entrada, el reconocimiento sincero de que necesitamos ser salvados.

Frases clave para recordar

·         Un corazón esclavo de las apariencias difícilmente está libre para acoger el Reino.

·         El bautismo de Juan no borra el pecado: despierta la conciencia de necesitar salvación.

·         El Jordán marca el paso de la falsa seguridad a la verdadera tierra santa: el Reino que Jesús viene a inaugurar.

 

Pero algunos sólo aceptan el gesto exterior

y no la conversión interior

         En este punto, se acercan a Juan algunas personas dispuestas a recibir el rito, pero no a cambiar de vida. Aceptan el gesto exterior, pero no la conversión interior. Y ahí es donde el Bautista, fiel a su misión de decir la verdad, pronuncia palabras muy duras, que Mateo está a punto de contarnos.

         «Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego».

 

Raza de víboras

         «¡Raza de víboras!». Las palabras del Bautista dirigidas a fariseos y saduceos suenan durísimas. Y con razón nos chocan. Nosotros, al oír “víbora”, pensamos enseguida en veneno, en algo que puede matar. ¿Por qué Juan usa una imagen tan fuerte?

Dos maneras envenenadas

de hablar de Dios

Aquellos fariseos y saduceos representan dos maneras envenenadas de hablar de Dios.

 

Dos maneras envenenadas

de hablar de Dios

1.- Un Dios que se dedica a pasar lista

y anotar en su cuaderno

Los fariseos anuncian un Dios-juez que ha dado una Ley y se dedica a pasar lista: quién cumple, quién falla. A los buenos los premia; a los malos los castiga severamente.

Dos maneras envenenadas

de hablar de Dios

2.- Un Dios que reparte favores

a los que le ofrecen holocaustos y limosnas

Los saduceos, por su parte, representan una teología del Dios-interesado: un Dios que reparte favores, sí, pero solo a quienes le ofrecen sacrificios, holocaustos, incienso, plegarias, limosnas… naturalmente, todo gestionado a través de los sacerdotes del templo, es decir, de ellos mismos.

 

El Dios de Jesús no es así

El Dios de Jesús, en cambio, no funciona así. No es un Dios que “premia a los buenos” y “fulmina a los malos”, sino un Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos y no puede dejar de amar, porque Él es amor (cfr. Mt 5, 45; 1 Jn 4, 8).

 

Víboras son aquellos que predican

una imagen tóxica de Dios

Por eso estas “víboras” no se han extinguido: simplemente han modernizado el discurso. Ahora predican un dios que, más que Padre, parece jefe de recursos humanos del cielo: todo el día evaluando, puntuando, pasando lista y archivando expedientes. Un dios que da miedo, que divide a la gente en “aptos” y “no aptos”, que excluye al que no encaja en sus criterios. Y, claro, si uno escucha mucho ese sermón, acaba vacunado… pero contra el Evangelio. Por eso hace falta estar atentos: sin darnos cuenta, podemos terminar creyendo más en ese dios fabricado con miedo, culpa y cara seria que en el Dios vivo de Jesús, que sabe más de abrazos que de expedientes.

 

Fariseos y saduceos actuales

Los fariseos y los saduceos, por su parte, hacen algo muy reconocible hoy: van a Juan para hacerse bautizar, sí, pero en versión “solo exterior”. El rito, lo aceptan con gusto; la conversión, en cambio, no están dispuestos a asumirla. Quieren un gesto religioso bonito, que quede bien en la foto y en el boletín parroquial: por ejemplo, la realización de la enramada en la puerta de la iglesia, decorarla con hiedra, hojas y luces, añadir un manojito de llaves; plantar árboles “por el cambio climático”; “vestir” el tronco de un árbol con trozos de punto de colores; colocar un puzzle en la puerta del templo… Todo muy creativo, muy visual, muy digno de salir en el grupo de WhatsApp de la parroquia.

Sin embargo, cuando se trata de gestos menos vistosos pero más evangélicos —por ejemplo, donar el diezmo de los ingresos parroquiales a la Fundación Pontificia “Iglesia Necesitada”, o abrir de verdad la parroquia para que otros grupos y movimientos eclesiales entren y la dinamicen desde dentro—, ahí ya no entusiasma tanto. Eso implica soltar dinero, soltar control… y eso ya es “demasiado carismático”. En cambio, el “bocadillo solidario” de un día o “la colecta de dinero para un amigo misionero de los curas de la parroquia” es algo asumible: es concreto, simpático, controlable… y muy fácilmente tuiteable.

Y ojo: todo eso puede ser precioso si nace de un corazón tocado por el Evangelio. El problema no son las enramadas, las hiedras, los árboles, los puzzles, los bocadillos ni las colectas, sino cuando nos sucede esto: mucha decoración fuera, poca conversión dentro. Es como decirle al Señor: “Te preparamos una entrada espectacular, pero, por favor, no pases del recibidor”. Resultado: mucho símbolo y poca transformación real.

 

Juan el Bautista les habla con dureza

porque ve el peligro de fondo

Por eso Juan no se anda con rodeos. Les habla con dureza no porque disfrute regañando, sino porque ve el peligro de fondo: con esas ideas sobre Dios, no se puede entrar en la lógica del Reino. No es compatible anunciar al Dios de Jesús y, al mismo tiempo, seguir creyendo en un dios que solo sabe asustar y excluir. O dejamos caer esas teologías tóxicas, o no hay espacio para la buena noticia.

En el fondo, podríamos resumirlo así: Dios tiene más problemas con nuestras ideas equivocadas sobre Él que con nuestros gestos piadosos de escaparate.

 

Las serpientes huyen del fuego del amor

«¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?».

Dicho con lenguaje de hoy sonaría casi así: “¿Quién os ha dado el máster en escapismo religioso?

La imagen de las víboras continúa: cuando se enciende un fuego, las serpientes no se quedan a hacer tertulia alrededor de la hoguera; salen disparadas buscando cualquier hueco para huir. Juan viene a decirles: “El fuego ya está llegando… y vosotros solo pensáis en la salida de emergencia”.

El fuego del amor de Dios

o solo una vela decorativa

¿Y qué fuego es ese? No es el de un Dios enfadado con antorcha en la mano, sino el fuego que Jesús quiere traer al mundo: el fuego del amor de Dios (cfr. Lc 12, 49). Un fuego que no quema personas, pero sí calcina muchas ideas falsas sobre Dios y muchas seguridades religiosas demasiado cómodas. Y claro, más de uno piensa: “Ese fuego, mejor verlo desde lejos…”.

Por eso buscan todas las escapatorias posibles para no dejarse “quemar” por esa novedad que les obligaría a cambiar a fondo su manera de pensar a Dios, la religión y, de rebote, su estilo de vida.

¿Y cuáles son esas salidas de emergencia, tan antiguas como actuales?
Nos las sabemos casi de memoria:

— “Siempre se ha enseñado así”.

— “Siempre se ha hecho así”.

— “Es razonable pensar que Dios es como lo hemos imaginado toda la vida…”.

En el fondo, es como decirle al Evangelio: “Ilumina todo lo que quieras… mientras no me cambies los muebles”. Quizá nos viene bien sonreír y preguntarnos:

¿Queremos el fuego del amor de Dios… o solo una vela decorativa que no moleste demasiado?

 

La ira de Dios

Juan añade otra expresión que asusta: «¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?». La frase en griego es así: «τίς ὑπέδειξεν ὑμῖν φυγεῖν ἀπὸ τῆς μελλούσης ὀργῆς;», que quiere decir «¿Quién os ha enseñado (en algún momento) / o advertido a huir / a escapar / el hecho de poneros a salvo de la ira que está a punto de venir / a punto de llegar?»

 

¿Qué es esa “ira de Dios” de la que habla tanto la Biblia? La palabra “ira” designa una fuerza interior, una energía que todos sentimos cuando contemplamos una injusticia. Si vemos a un pobre explotado, si alguien maltrata a un niño o humilla a un débil, y no sentimos ninguna indignación, algo no está bien en nosotros. Esa ira no es odio; es la energía que empuja a intervenir, a proteger, a reparar. Podríamos decir que es el corazón que se niega a aplaudir el mal: cuando ya ni siquiera nos indignamos ante la injusticia, el problema no es la ira… es que el corazón se ha quedado demasiado cómodo en el sillón.

 

Dios no pierde los papeles

La Biblia aplica esta imagen a Dios: habla de la “ira de Dios” como de su reacción frente al mal que destruye a sus hijos (cfr. Ex 32, 10; Nm 11, 1; Dt 9, 7-8; Dt 29, 26-27; 2 Re 22, 13; Sal 2, 5; Sal 79, 5; Is 13, 9; Is 30, 27; Jr 7, 20; Jr 10, 10; Jr 30, 23; Ez 7, 8; Na 1, 2-3; Sof 1, 15; Jn 3, 36; Rom 1, 18; Rom 2, 5; Rom 5, 9; Rom 9, 22; Ef 5, 6; Col 3, 6; 1 Tes 1, 10; 1 Tes 2, 16; Heb 10, 27; Ap 6, 16-17; Ap 14, 10; Ap 19, 15).

 

No es un Dios que pierde los papeles ni que “se venga” porque se siente ofendido. Es un Padre que, cuando ve el peligro en que se encuentran sus hijos, no se queda indiferente: actúa, interviene, sale al encuentro para liberarlos.

Dios no mira para otro lado

                           cuando nos estamos destruyendo

La ira de Dios, en lenguaje bíblico, es una manera fuerte de decir: Dios nos ama demasiado como para mirar hacia otro lado cuando el mal nos está destruyendo. El problema de las teologías venenosas es que presentan esa ira como rabia caprichosa contra las personas, en lugar de como amor apasionado contra el mal que las esclaviza.

 

Instrucciones para escapar de la ira de Dios

¿Y cómo se “escapa” de esa ira de Dios? El Bautista es muy claro: «Dad el fruto que pide la conversión»; que es tanto como decir ‘cambiad de vida, dejad que la conversión se vea en obras, en gestos concretos’. No basta con decir “creo”, ni con haber recibido un rito. La única manera de no ponerse frente al amor de Dios como algo que quema, es dejarse transformar por ese mismo amor.

Aquí encaja bien lo que san Pablo llama “el fruto del Espíritu”: amor, alegría, paz, paciencia, benignidad… (cfr. Gal 5, 22-23). Esos son los frutos de una vida que se ha dejado alcanzar de verdad por el Evangelio.

 

Juan el Bautista nos habla a nosotros, hoy y aquí.

Juan el Bautista, sin embargo, no hablaba solo para fariseos y saduceos con túnica y sandalias. Sus palabras viajan rápido en el tiempo y aterrizan muy bien en nuestro banco de iglesia. Nos alcanzan a nosotros, que quizá nos sentimos “a salvo” porque estamos bautizados, vamos a misa, ayudamos en la parroquia y, si hace falta, encontramos la partida de bautismo en menos de cinco minutos.

 

El carnet de católico

Juan el Bautista, sin embargo, no hablaba solo para fariseos y saduceos con túnica y sandalias. Sus palabras viajan rápido en el tiempo y aterrizan muy bien en nuestro banco de iglesia. Nos alcanzan a nosotros, que quizá nos sentimos “a salvo” porque estamos bautizados, vamos a misa, ayudamos -cuando nos cuadra- en la parroquia y, si hace falta, encontramos la partida de bautismo en menos de cinco minutos.

Podemos caer en la misma ilusión que ellos: “Somos hijos de Abrahán, formamos parte del pueblo elegido; ya estamos bien” (cfr. Mt 3, 9). Versión actual: “Soy bautizado, estoy dentro, no tengo de qué preocuparme…”. Como si el Evangelio funcionara solo con carnet de socio.

Y entonces nos conformamos con ciertos mínimos: pensar que ya hemos cumplido porque llevamos a los hijos a catequesis y los “aparcamos” allí con la catequista-niñera; o porque nos llevamos estupendamente con el cura cuando tomamos unas copas en el bar; o porque nos dejamos la piel sacando al santo en procesión… bien sujetos al anda y mejor aún a la cámara del móvil; o, incluso, porque el cura dice estar totalmente de acuerdo con los horarios de misas y de procesiones que le hemos organizado con escasos días de anticipación; o porque vendemos lotería para arreglar las goteras del campanario… con el correspondiente “derecho adquirido” a exigir luego al cura todas las demandas que consideremos oportunas, como si la parroquia funcionara por puntos; o porque el cura hace la vista gorda y bautiza a los hijos sin la mínima preparación de los padres, con tal de que “no se enfaden” y la estadística de sacramentos siga siendo razonable.

Todo eso puede estar muy bien, pero el Bautista nos recuerda que no basta con estar alrededor de las cosas de Dios; se trata de dejar que Dios pase por dentro de nosotros. No es suficiente estar en la lista de la parroquia, ni salir en la foto de la procesión, ni tener al párroco alineado con nuestra agenda litúrgica, ni acumular rifas vendidas, ni coleccionar sacramentos “de trámite”: hace falta conversión. Dios puede sacar hijos de Abrahán hasta de las piedras, dice Juan. La cuestión no es de etiqueta religiosa, sino de corazón transformado.

Podríamos resumirlo así, con una sonrisa:

A Dios no le impresiona que controlemos el calendario, la economía y las estadísticas de la parroquia; le alegra que dejemos que el Evangelio reordene —y convierta— nuestra vida por dentro.

 

El fruto hermoso

«Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego».

Después viene otra imagen fuerte: la “hacha puesta a la raíz de los árboles” (cfr. Mt 3, 10). Israel es comparado muchas veces con una vid, una higuera, un árbol que debería dar fruto. Juan el Bautista advierte: «y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego». El texto griego lo recoge de esta manera: «πᾶν οὖν δένδρον μὴ ποιοῦν καρπὸν καλὸν ἐκκόπτεται καὶ εἰς πῦρ βάλλεται», que traducido es: «Así pues, todo árbol que no produce fruto hermoso está siendo cortado y está siendo arrojado al fuego». Es ‘fruto hermoso’ y no ‘buen fruto’.

Lo que Dios espera no es solo “algo útil”, sino una belleza de vida, una humanidad luminosa.

                                                   Lo que origina el planteamiento envenenado

De los fariseos y saduceos

Las teologías farisaicas y saduceas no producen personas hermosas; producen creyentes tensos, rígidos, llenos de miedo, muy preocupados por el mérito y el castigo, parecidos al dios que imaginan: un dios bueno con los buenos y duro con los malos. Una imagen peligrosísima.

 

         Cuando, en cambio, nos fiamos del Dios de Jesús de Nazaret, algo cambia por dentro: uno se vuelve más sereno, menos agresivo, menos asustado. Disminuye el miedo al castigo y crece la confianza. Y entonces resulta más fácil ser misericordioso con las propias fragilidades y también con las de los demás, porque sabemos que Dios ama a todos con un amor incondicional.

 

El hacha en las manos de Jesús

es para quitar todo lo que impida

brotar la belleza del amor

En boca de Juan el Bautista, estas imágenes —víboras, ira, hacha— suenan muy amenazantes. Él quiere provocar un impacto fuerte para sacudir conciencias. En boca de Jesús, la imagen del hacha y de la poda se matiza: no es para destruir personas, sino para cortar los “ramas secas” que no dejan circular la savia del Espíritu (cfr. Jn 15, 1-2). Lo que está en juego no es que Dios nos elimine, sino que quite de nuestra vida todo lo que impide que brote la belleza del amor.

Y es ahí donde Juan prepara el anuncio más grande: la llegada de Aquel cuyo bautismo no será solo rito, sino fuego y Espíritu, comienzo de un mundo nuevo.

Frases clave para recordar

·         Una teología tóxica fabrica creyentes tóxicos; una imagen verdadera de Dios genera vidas más libres y más bellas.

·         La ira de Dios no es venganza contra las personas, sino amor apasionado contra el mal que las destruye.

·         No basta con haber sido bautizados: el verdadero cristiano se reconoce por los frutos de una vida transformada por el Espíritu.

 

En el Jordán no había un “detergente especial”

para los pecados

«Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».

El Bautista invitaba a todos a recibir su bautismo, pero tenía muy claro algo que a veces nosotros olvidamos: no era el agua del Jordán la que borraba el pecado. No había “detergente espiritual” especial en aquel río. Su bautismo era un signo, un gesto público para decir: “Quiero cambiar de vida, quiero convertirme”. Una especie de “declaración oficial de intenciones” delante de Dios y de los demás.

Era, en el fondo, una gran preparación para otro bautismo mucho más profundo: el bautismo que sí purifica de verdad, el bautismo en Espíritu Santo y fuego.

 

Sumergir en el fuego de su Espíritu de Dios

El verbo βαπτίζειν (baptízein) significa ‘sumergir’. De hecho así lo dice el texto griego: «ἐγὼ μὲν ὑμᾶς βαπτίζω ἐν ὕδατι εἰς μετάνοιαν»; que traducido significa; «Yo, en cambio, os sumerjo en agua hacia un cambio radical de mentalidad / cambio de mente / transformación del modo de pensar y de juzgar».

¿Sumergir en qué? En ese fuego. Y aquí alguno podría asustarse: “¿Fuego? ¿Pero esto no era una religión de amor?”. Tranquilos. Jesús mismo explica de qué fuego se trata: «He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!» (cfr. Lc 12, 49).

 

Un fuego que quema lo que nos deshumaniza

No habla de un lanzallamas celestial, sino del fuego de su Espíritu, el fuego del amor de Dios. Ese fuego no quema personas, quema lo que nos deshumaniza. Es el mismo fuego que estalla en Pentecostés (cfr. Hch 2, 1-4), cuando a unos discípulos asustados se les “enciende” la vida por dentro.

 

La acción del agua:

la ducha o convertirse en savia

Para entender la diferencia entre los dos bautismos, el de Juan y el de Jesús, la imagen del agua nos viene de maravilla. El agua puede resbalar por fuera del cuerpo: entonces limpia, sí, pero solo por fuera. Es la ducha. Pero el agua también puede entrar dentro, ser absorbida por una planta y convertirse en savia. Esa agua interior ya no solo limpia: da vida.

Ahí está el bautismo de Jesús: no es un simple lavado exterior para “salir presentables” en la foto del sacramento. Es el don de un agua nueva, de una vida nueva, de un corazón nuevo. Cuando el corazón duro, egoísta, se va ablandando y empieza a sentir, pensar y decidir como Dios, nace una humanidad nueva. Es lo que anunciaba Ezequiel: «Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo… pondré mi espíritu dentro de vosotros» (cfr. Ez 36, 26-27).

Dicho más en corto: el proyecto de Dios no es tener cristianos mejor lavados, sino personas más vivas.

 

Ya no se trata de normas externas

Este es el fuego que quema el mal y hace surgir al hombre nuevo, al hijo de Dios. Ya no se trata de una lista de normas externas que uno cumple “por si acaso, no vaya a ser…”, sino de una vida nueva por dentro: una criatura renovada que lleva dentro al Hijo y, por eso, empieza a vivir con el estilo del Padre del cielo.

 

Juan el Bautista pensaba

aniquilar a todos los malvados…

Ahora bien, Juan usa después unas imágenes que suenan fuertes: «Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga». Él lo entendía en clave muy contundente: Dios viene, hace limpieza general, barra a los malvados y asunto resuelto.

Y claro, cuando luego ve a Jesús tan cercano, tan paciente, tan amigo de pecadores, se queda desconcertado. Podríamos imaginarlo pensando: “A ver, ¿no quedamos en que esto iba a ser una buena limpieza a fondo?”. Tanto se extraña, que manda a sus discípulos a preguntarle si es Él el que tenía que venir o hay que esperar a otro (cfr. Mt 11, 2-3).

 

…menos mal que Jesús pasa la escoba

sobre el mal que hay en las personas.

La respuesta de Jesús es fina y firme a la vez: «Dichoso el que no se escandalice de mí» (cfr. Mt 11, 6). Sí, Jesús viene a limpiar la era, pero no pasando la escoba sobre las personas, sino sobre el mal que hay en ellas. Si se cambia el corazón, el malvado desaparece… no porque Dios lo borre del mapa, sino porque deja de ser malvado. La verdadera “limpieza” de Dios no consiste en eliminar pecadores, sino en eliminar el pecado que los desfigura.

 

Jesús no tira a la gente al fuego…

… tira la paja que llevamos dentro

Leídas a la luz de Jesús, las palabras de Juan resultan verdaderas, pero hay que afinarlas: el Señor no se dedica a tirar gente al fuego; tira al fuego la paja que llevamos dentro: Orgullo, egoísmo, envidia, desconfianzas, violencia en las palabras y en los gestos… Todo eso es lo que se quema cuando dejamos entrar en serio al Espíritu. Y, curiosamente, cuanta más paja se quema, más ligero y más libre se siente uno.

 

Es, en el fondo, una invitación muy sencilla y muy seria: deja que el Espíritu te encienda por dentro. No se trata de añadir actividades, ni de multiplicar gestos exteriores, sino de abrir un poco más el corazón a Aquel que viene con una certeza que vale oro: el bien que Él trae es más fuerte que todo el mal que vemos y sufrimos.

Quizá, en clave de sonrisa, podríamos decir que el Adviento es el tiempo en que Dios nos pregunta: “¿Quieres que siga siendo solo un recuerdo bonito… o me dejas que te estrene el corazón?”.

Que sepamos dejarnos bautizar, no solo con agua sobre la frente, sino con fuego en el corazón.

Dios no busca cristianos más limpios por fuera, sino hombres y mujeres más vivos por dentro. Jesús no viene a barrer pecadores, sino a quemar la paja que no nos deja ser hijos. El bautismo de agua moja la piel; el bautismo en el Espíritu enciende la vida.


jueves, 4 de diciembre de 2025

Una caro: Elogio de la monogamia (Parte 3 de 3) Nota del Dicasterio para la doctrina de la fe

DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE

UNA CARO
Elogio de la monogamia
Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio
como unión exclusiva y pertenencia recíproca

(El presente resumen, al tratarse de un documento tan extenso lo presentaré en tres partes para su lectura y disfrute) No te pierdas el testimonio de Almudena, la esposa de Joaquín. 

Link o enlace del documento original del Dicasterio para la doctrina de la fe:  https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_ddf_doc_20251125_una-caro_it.html

Una caro, elogio de la monogamia (parte 3– 3) 

V.- La palabra poética

La Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca se detiene ahora en un lenguaje que no es el de los tratados, sino el del corazón: la palabra poética. El papa Francisco recuerda que la palabra literaria es como una espina en el corazón que empuja a la contemplación y que la poesía no parte de teorías, sino de escuchar la realidad misma. Por eso, si queremos comprender de verdad el misterio de dos que se pertenecen en exclusividad, no se puede prescindir de la poesía.

Muchos poetas —aunque su vida personal haya tenido sombras e incoherencias— han intentado decir, con imágenes y versos, la belleza de un vínculo único y exclusivo. Cuando descubren el valor de una unión que no se reparte ni se negocia, sienten casi la necesidad de cantar ese “nosotros” que va más allá del simple deseo o de la búsqueda de placer. En algunos versos citados por la Nota, aparece la experiencia de dos que han dado muchas vueltas y al final descubren que “regresan a casa, los dos”; o el reconocimiento de que “ninguna otra dormirá con mis sueños”, porque hay un tú concreto con quien se camina “a través de las aguas del tiempo”.

Otros poemas expresan la fidelidad silenciosa de quien recorre “millones de escalones” a lo largo de la vida, siempre con la misma persona; o la entrega radical de quien se ofrece entera al otro: no solo gestos, sino el propio ser, el propio cuerpo y el alma. Aparece también la experiencia de un amor que lo abarca todo —la única vida, el único dolor, la única esperanza—, y que sin embargo no se cierra: se abre a la historia, al mundo, al misterio de Dios.

La Nota del dicasterio para la doctrina de la fe subraya cómo la poesía ayuda a percibir varias dimensiones de la monogamia cristiana: la exclusividad (no cualquiera, sino tú), la pertenencia recíproca (yo soy tuyo y tú eres mío), el carácter totalizante de ese amor (toda la vida entra en juego) y, a la vez, su apertura más allá de la pareja. Algunos versos evocan precisamente este dinamismo: dos que, tomados de la mano, se sienten “en casa en cualquier parte”, o unos ojos que preguntan, tristes, recordando que el corazón del otro siempre guarda un resto de misterio que no puede ser poseído del todo. El documento culmina esta sección citando un verso breve de Emily Dickinson: “Que el amor lo es todo, es todo lo que sabemos del amor”. Con ello, la Nota reconoce humildemente que el amor conyugal, en su forma monógama, desborda cualquier definición y tiene algo inefable que la palabra poética roza mejor que muchos discursos.

 

VI. Algunas reflexiones para profundizar

Después del recorrido bíblico, histórico, filosófico y poético, la Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca se detiene a recoger algunas líneas de fondo. Lo hace concentrándose en dos grandes claves: la pertenencia recíproca y la caridad conyugal. Desde ahí relee la unión matrimonial como camino de santidad, amistad particular, entrega en cuerpo y alma y fecundidad abierta a los demás.

1. Pertenencia recíproca

El documento recuerda un episodio atribuido a san León Magno: unos soldados, dados por muertos, regresan de la guerra y encuentran a sus esposas unidas a otros hombres. El Papa ordena entonces que “cada uno reciba lo que es suyo”, es decir, que se restablezca el vínculo primero. Este pequeño relato refleja cómo la tradición cristiana ha percibido el matrimonio como una pertenencia recíproca real, no intercambiable, que tiene prioridad sobre cualquier unión posterior.

Esa pertenencia, sin embargo, no se entiende como una posesión fría ni como un contrato meramente jurídico, sino como el fruto de un acto libre: “Yo te recibo a ti como esposa / esposo”. Es el consentimiento el que hace que cada uno se entregue al otro y lo acoja, de modo que la persona misma queda confiada al cónyuge. De ahí que la Nota insista tanto en la dimensión personalista: el matrimonio es un “nosotros” que nace de dos libertades que se eligen y se reconocen con igual dignidad.

El papa Francisco, citado ampliamente, habla de este sentido de pertenencia como algo esencial para sostener la dedicación a los demás: quien no se siente de nadie termina viviendo solo para sí. Casarse significa abandonar el “nido” de origen para tejer otros lazos fuertes y asumir una nueva responsabilidad frente a otra persona. No se trata de una simple asociación para la mutua gratificación, sino de una pertenencia del corazón, renovada cada mañana ante Dios: decidir otra vez ser fiel, suceda lo que suceda, y vivir el matrimonio como una aventura compartida que atraviesa toda la existencia.

2. La transformación

Se subraya que esta pertenencia no es estática. Con el paso del tiempo, incluso cuando disminuyen la fuerza física o la posibilidad de una vida sexual intensa, la unión exclusiva no está llamada a disolverse, sino a transformarse. Los gestos de ternura, las muestras de afecto, las expresiones íntimas siguen existiendo, pero adquieren otros matices y se vuelven, si cabe, más interiores. Precisamente porque la pertenencia recíproca se ha ido profundizando, hay gestos que quedan reservados solo a aquella persona con la que uno ha decidido compartir el propio corazón de un modo único.

En este sentido, la monogamia no se reduce a los primeros años de entusiasmo o de atracción intensa, sino que va madurando a través de la historia concreta: enfermedades, cansancio, cambios, heridas… La pertenencia permanece como una decisión de fondo que sostiene el “nosotros” más allá de las oscilaciones del sentimiento.

3. La no pertenencia

Justamente para no deformar esta idea, la Nota introduce un matiz decisivo: la persona nunca puede ser propiedad de nadie. Por su dignidad, cada ser humano es un fin en sí mismo, no un objeto que se posee o se utiliza. Por eso, cuando se habla de “pertenencia” entre esposos, se hace siempre en sentido analógico. El matrimonio crea un vínculo real, pero no anula el núcleo más íntimo de la persona, ese santuario interior donde solo Dios puede entrar.

De aquí se deduce que la monogamia excluye la violencia, los celos enfermizos, el control invasivo, las formas de manipulación que roban la libertad del otro. Un amor maduro sabe convivir con el riesgo: no tiene garantías absolutas, no puede vigilar todos los pasos del cónyuge, ni ofrece una tranquilidad total. Hay un espacio interior que no se puede controlar y que recuerda que ninguna relación humana colma por completo el corazón. La pertenencia recíproca, vivida cristianamente, incluye la conciencia de que el otro no es Dios y de que su amor, aunque sea verdadero, seguirá siendo limitado.

4. Ayuda recíproca

La Nota añade que esta libertad no puede convertirse en excusa para un individualismo dentro del matrimonio. Si uno de los dos defiende de forma obsesiva su autonomía, despreocupándose de los miedos o sufrimientos del otro, termina hiriendo la alianza. El amor conyugal implica reconocer que necesito al otro y que el otro me necesita.

Por eso, junto a la legítima búsqueda de espacios personales, la Palabra de Dios exhorta: “no os neguéis el uno al otro” (1 Co 7,5). Cuando la distancia se hace demasiado frecuente, el “nosotros dos” se debilita, y con él el deseo y la alegría de la relación. Se invita entonces a abrir espacios de diálogo sincero, a buscar caminos nuevos que fortalezcan la comunión. La pertenencia recíproca se convierte en una ayuda mutua que no solo intenta aliviar penas o buscar momentos agradables, sino también acompañarse en la maduración humana y espiritual hasta el encuentro definitivo con Dios. La oración en pareja y una vivencia santa de la sexualidad —como expresión de la entrega total, a imagen de la unión entre Cristo y la Iglesia— se presentan como medios concretos de este camino.

5. Caridad conyugal y una forma particular de amistad

El documento da un paso más: si el matrimonio es camino de santificación, es porque en él se vive una forma específica de caridad. La caridad conyugal es la fuerza unitiva que sostiene la vocación a amarse “para siempre” y “sin fin”. En la experiencia de un amor tan cercano como el vínculo matrimonial, se despierta también el deseo de un amor que no se acabe nunca, que solo puede encontrar su cumplimiento en Dios.

Esta caridad toma la forma de una amistad muy particular. Siguiendo a santo Tomás, la Nota recuerda que la amistad se funda en una comunión real: no basta compartir ideas o gustos; se trata de una vida en común que va creando un tesoro compartido de recuerdos, luchas, proyectos y esperanzas. El amor conyugal, elevado por la gracia, se convierte así en la “mayor amistad” después de la que nos une a Dios, una amistad que hace a los esposos semejantes entre sí y que les permite decir con verdad: “somos una sola cosa”.

6. En cuerpo y alma

La caridad conyugal no es solo una decisión interior; se expresa también en el cuerpo. La Nota explica que la sexualidad, vivida cristianamente, no es descarga de una necesidad, sino acción de toda la persona: alma y cuerpo implicados en la entrega. El amor, como virtud humana y teologal, es capaz de impregnar la sensibilidad, purificarla y hacerla más humana; no para apagar el placer, sino para hacerlo más pleno, más libre de miedos y de instrumentalización.

Cuando la unión sexual se vive como elección de acoger al otro en su totalidad, sin usarlo como objeto, el placer mismo se vuelve más profundo y pacificado. La caridad conyugal ayuda a integrar el eros y a superar tanto la búsqueda desesperada de experiencias como la desconfianza que lleva a negar el valor unitivo de la sexualidad.

7. La multiforme fecundidad del amor

Una visión integral de la caridad conyugal reconoce también su fecundidad. La Nota recuerda que la unión sexual está llamada a permanecer abierta a la vida, aunque no cada acto deba ir acompañado de una intención explícita de procrear, pero siempre abierto a lo que Dios tenga preparado. Se contemplan diversas situaciones legítimas: matrimonios que no pueden tener hijos; parejas que, en determinados momentos -por enfermedad o situaciones personales muy sensibles y delicadas, así como discernidas detenidamente, no buscan la procreación; esposos que respetan los ritmos de fertilidad. En todos estos casos, el amor sigue siendo verdadero cuando integra responsablemente procreación y unión.

Al mismo tiempo, se subraya que el matrimonio conserva todo su valor incluso cuando faltan los hijos: ya san Agustín y san Juan Crisóstomo afirmaban que la unión entre marido y mujer es un bien en sí misma, porque crea una sociedad natural entre los dos, una sola carne, incluso en la vejez o en la esterilidad. El Concilio Vaticano II dirá en la misma línea que, aunque falte la prole, el matrimonio, como íntima comunidad de vida y amor, permanece.

A partir de aquí, la Nota habla de una “multiforme fecundidad”: los esposos pueden ser fecundos en muchos niveles, incluso cuando no hay hijos o cuando, por un tiempo, no hay vida sexual. Lo central es la caridad conyugal, que da al matrimonio una capacidad de generar bien —en ellos mismos, en la familia, en la Iglesia, en la sociedad— que va más allá de lo biológico.

8. Una amistad abierta a todos

Finalmente, se insiste en que una unión exclusiva, si es verdadera, no se encierra en sí misma. La pareja no está llamada a convertirse en un pequeño búnker afectivo, un “nosotros contra todos”, sino en una amistad abierta, disponible para el servicio y la comunión con otros.

La caridad conyugal ensancha el corazón: empuja a los esposos a participar en proyectos compartidos por el bien de la comunidad, a salir de sí, a superar el repliegue individualista. Esto se concreta en muchas cosas: el trabajo y los espacios personales que enriquecen el diálogo matrimonial; la apertura a los hijos o, cuando no los hay, a formas de paternidad y maternidad espiritual; la amistad con otros matrimonios; el compromiso social y eclesial. Una prueba privilegiada de esta apertura es la atención a los pobres, considerados no como un problema ajeno, sino como “cuestión familiar”, “de los nuestros”, según palabras del Papa citadas por la Nota.

De este modo, la amistad conyugal se muestra verdaderamente evangélica cuando su amor exclusivo se traduce en una caridad expansiva, que hace sitio a los frágiles, a los heridos, a los últimos.

 

VII. Conclusión

En su conclusión, la Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca recoge en pocas líneas el núcleo de todo lo expuesto. Recuerda, ante todo, que cada unión esponsal es única y concreta, marcada por límites humanos; pero, cuando es auténtica, todo matrimonio es una unidad de dos personas que reclama una relación tan íntima y total que no puede compartirse con otros. Esta exigencia de exclusividad brota también de la igual dignidad y de los mismos derechos de ambos: si el otro pudiera ser relativizado o usado como un medio más entre otros, se traicionaría la verdad misma del amor.

Esta es, dice el texto, la verdad de la monogamia que la Iglesia lee en la Escritura cuando afirma que los dos se hacen “una sola carne”. La monogamia aparece así como la primera característica esencial de esa amistad peculiar que es el matrimonio: una relación totalizante —espiritual y corporal— llamada a madurar y crecer continuamente. En su dinamismo, esta unión quiere reflejar, de modo humilde y real, la belleza de la comunión trinitaria y de la relación esponsal entre Cristo y su pueblo.

Al subrayar que la unidad es la propiedad fundante del matrimonio, de la que brota la indisolubilidad, la Nota concluye invitando a no hablar solo de “obligaciones” o de “doctrina”, sino a custodiar el amor conyugal como una realidad viva, en crecimiento. El matrimonio cristiano, vivido como unión única y exclusiva, aparece así como un camino apasionante de humanidad y de santidad, un signo concreto de cómo Dios ama de verdad: con un amor fiel, personal, irrevocable y para siempre.

 

 

 

 

 

(El testimonio no está en la Nota doctrinal, es un añadido)

Testimonio de Almudena y Joaquín (50 años de matrimonio)

 

Me llamo Almudena.

Soy maestra jubilada, de las de bata, tizas y “sacad el cuaderno, por favor”.
         Y hace unas semanas Joaquín y yo hemos celebrado nuestras bodas de oro: cincuenta años casados.

Si yo tuviera que ponerle nota a nuestro matrimonio, como hacía con los exámenes, no sería un 10 perfecto. Sería más bien un 7,5 muy luchado, lleno de tachones, correcciones al margen y algún “repetir” en rojo… pero con un enorme: “¡Bien! Se nota el esfuerzo”.

Quiero contaros un poco cómo hemos llegado hasta aquí.
Con verdad, con humor y sin maquillajes, porque uno no vive cincuenta años con alguien sin que se le caigan unas cuantas idealizaciones por el camino.

 

1. “Yo, Almudena, te recibo a ti, Joaquín…”

Cuando me casé, a los 23, yo tenía mi película montada:
un marido detallista, romántico, que se diera cuenta de todo sin que yo se lo pidiera, que me recitara poesía…

Y Dios me dio a Joaquín: bueno, honrado, trabajador…
y con la sutileza emocional de un ladrillo.

El día de la boda repetí: “Yo, Almudena, te recibo a ti, Joaquín, como esposo…”

Ese “a ti” lo he entendido de verdad con los años, no ese día con el vestido blanco.

No me casé con “un marido ideal”, me casé con Joaquín, con sus virtudes y sus manías:

·         el hombre que deja siempre la tapa de la pasta de dientes abierta,

·         que confunde el cesto de la ropa sucia con “cualquier silla”,

·         y que cuando le preguntas “¿en qué piensas?” suele decir: “en nada” … ¡y es verdad!

Al principio, reconozco que intenté “educarlo” como si fuera un alumno más:

Así no, Joaquín, las toallas NO se dejan en el suelo”;
repite conmigo: lavavajillas, programa corto”.

Con el tiempo he entendido que el matrimonio no es un proyecto para cambiar al otro, sino un proyecto para aprender a amar así, tal cual.
A Joaquín no lo aprobaron por oposición de marido perfecto:
le fichó el Señor para mi vida, y conmigo venían también mis manías.

 

2. Dos proyectos… y un solo “nosotros”

Yo era muy de mi casa. Mucho. En mi familia había una especie de “ministerio de decisiones importantes” formado por mi padre y mi madre. Y, claro, opinaban de todo:

·         —Ese piso es pequeño, hija.

·         —Ese trabajo no te conviene.

·         —Los niños, mejor al colegio tal, que tiene más nivel…

Y yo, obediente maestra, dudaba de todo lo que no pasara por “el comité de expertos de casa de mis padres”. Casi me salía solo: “lo tengo que consultar en casa”.

Un día, ya con dos hijos, Joaquín y yo discutíamos por enésima vez sobre una decisión (ni me acuerdo cuál, pero en su momento era “gravísima”). Yo empecé con mi cantinela:

—Es que mis padres piensan que…

Y Joaquín, que llevaba ya varias rondas oyendo lo mismo, respiró hondo y me dijo, muy tranquilo:

—Mira, Almudena, yo quiero muchísimo a tus padres, de verdad. Pero yo no me casé con ellos. Me casé contigo.  Y tú te casaste conmigo, no con ellos.  Si cada vez que decidamos algo tienen que estar sentados en esta mesa, aquí no habrá nunca un “nosotros”, habrá un consejo de familia.

Me quedé callada. Mi primera reacción interior fue:
“¡Qué exagerado!… y qué razón tiene, el condenado”.

No citó Génesis ni “dejar padre y madre”, pero me dio una clase magistral: más clara que muchos retiros.

Aquella noche lloré un rato —porque dolía soltar—, pero en el fondo entendí que hacerse “una sola carne” también pasa por esto:
por bajar a tus padres del trono (sin dejar de quererlos) y subir al lado a tu esposo.

Con los años he visto que esto no es cosa de un día, ni solo de los padres. Se repite muchas veces, en muchos niveles:

·         ¿Escucho más a mis amigas o a Joaquín?

·         ¿Más a mi familia de origen o a lo que nosotros dos vemos delante de Dios?

·         ¿Decido como si fuera soltera con anillos o como parte de un “nosotros”?

El “nosotros” no aparece por arte de magia el día de la boda.
Se construye a pulso, a base de decisiones pequeñas y grandes donde uno aprende, poco a poco, a dejar de ser “soltero con anillos”… y a vivir como lo que ya es: una mitad de un “nosotros entero”.

 

3. Pertenecer sí, poseer no

Os confieso algo: yo he sido bastante celosa, pero de pensamiento, no de escándalos. Nada de telenovela; lo mío era más bien radioteatro interior.

Hubo una época en que Joaquín tenía una compañera de trabajo muy simpática. Yo estaba hasta arriba de niños y coles, y ellos se reían mucho juntos. Mi cabeza empezó a escribir novelas enteras: “Joaquín y la otra, capítulo 7”.

Le miraba el bolsillo de la chaqueta “por si acaso”.
Si llegaba diez minutos tarde, yo ya estaba componiendo dramas dignos de premio.

En una confesión, el sacerdote me dijo:

—Mira, Almudena, tu marido no es tu perro ni tu propiedad. Te pertenece en el amor, sí, pero no es un objeto. Tú no puedes controlar todos sus pasos. Puedes elegir confiar y amar, o vivir en una cárcel de sospechas.

Volví a casa medio enfadada con el cura… pero tenía razón.
(Lo odioso de la verdad es que suele tener razón).

Una noche, en el salón, le dije a Joaquín:

—Tengo que pedirte perdón. Te trato como si fueras “mío” en el peor sentido, como si no fueras libre. Me da miedo perderte, pero sé que si tengo que atarte, es que ya te he perdido por dentro.

Joaquín no es de grandes discursos. Se quedó mirando un rato el suelo y dijo:

—Yo también tengo que cambiar cosas. A veces juego a sentirme importante con las risas del trabajo… Pero mi sitio es aquí, contigo. Y quiero que se note.

Ahí entendí algo que me ha ayudado muchísimo: Nos pertenecemos, sí, pero somos de Dios antes que del otro.

Hay un rinconcito de su corazón donde yo no entro, y uno del mío donde él no entra. Ese sitio es de Dios.

Y eso no hace peor nuestra monogamia, la hace más limpia.
Menos “tú eres mío o te destruyo”, y más “tú eres mío porque yo me doy a ti, libremente, cada día”.

 

4. Hijos, nueras, nietos… y el arte de soltar

Tuvimos cuatro hijos. Yo solía decir en broma que eran “mis alumnos fijos”: los únicos que no podían cambiar de colegio para librarse de mí.

El problema es que, si no tienes cuidado, te crees que los hijos son tu proyecto, tu obra, tu redacción mejor escrita… y no: son personas libres.

Cuando nuestro hijo mayor, Miguel, se echó novia “en serio”, a mí se me removió todo. La primera vez que vino Marta a casa, yo la recibí con sonrisa… y con escáner mental:

“¿Será bastante buena para mi niño? ¿Cocinará bien? ¿Le querrá tanto como yo (que, por supuesto, soy insuperable)?”.

Un día, Miguel, muy nervioso, me dijo en la cocina:

—Mamá, te quiero mucho, pero… mi familia ahora es Marta. Necesito que lo aceptes.

Mi primera reacción interna fue: “¡Ingrato, con lo que yo he sudado contigo!”.
         Luego respiré hondo, me acordé de Joaquín y de mi famoso “me casé contigo, no con tus padres” y pensé: “Ahora me toca a mí estar al otro lado”.

La monogamia de los hijos también nos pide a los padres no invadir, no exigir ser los primeros, no hacer chantajes de “con todo lo que he hecho por ti”.

Cuando dejé de competir con Marta y empecé a verla como aliada, todo cambió. Ella bajó defensas, yo bajé mis exigencias, y Miguel respiró.
Mi papel ya no era “la inspectora de la pareja”, sino apoyar su “nosotros”.

Ahora, cuando vienen con los nietos, mi papel no es mandar, ni corregirles los deberes vitales; es ser abuela, que ya es bastante:

·         mucha merienda,

·         algún consejo cuando me lo piden (no cuando me apetece),

·         y, sobre todo, cariño sin posesión.

Es liberador: dejar de ser “la protagonista absoluta” para pasar a ser “la secundaria muy querida”. Y, oye, se vive muy bien ahí.

 

5. El cuerpo: de los fuegos artificiales a las brasas buenas

Aquí la maestra se sonroja un poco, pero creo que hace falta hablar de esto.

La vida con Joaquín no ha sido un anuncio de colonia.
Ha habido épocas de mucho deseo, otras de puro cansancio (cuatro hijos, trabajo, casa… ya me diréis), épocas de enfados que se colaban en la cama y hacían de muro, y una temporada especialmente delicada en la que estuve enferma y tuvimos que parar.

Yo me sentía poco mujer, poco atractiva, un estorbo. Una noche, con lágrimas, le solté:

—Mira, Joaquín, yo ya no soy la de antes. Si quieres… tendrás que aguantar con una mujer a medias.

Él se rió un poco (con cariño) y dijo:

—Almudena, tú nunca fuiste “la de los anuncios”, y aun así te quise.
Yo no me casé con tu cuerpo joven, me casé contigo.
Y si ahora lo que puedo darte es abrazarte, cogerte la mano, dormir contigo cogidos… pues eso haremos. Pero sigues siendo mi esposa entera.

(Lo de “nunca fuiste la de los anuncios” dolió un poco… pero tenía razón, y nos reímos los dos).

Ahí entendí que “una sola carne” va mucho más allá del momento sexual.

Es llevar la vida del otro en el propio cuerpo:

·         acompañar a la consulta,

·         aprender a leer sus gestos de dolor,

·         levantarse por la noche cuando al otro le falta el aire,

·         sostenerle cuando se marea en la ducha.

Ahora nuestras muestras de cariño son más discretas, sí, pero también más hondas: un beso antes de dormir, su mano en mi hombro cuando subimos las escaleras, la forma única en que me arropa con la manta cuando me quedo dormida en el sillón viendo la novela.

Son cosas que no hago con nadie más, ni él tampoco.
Es nuestra poesía de mayores, sin rima, pero muy de verdad.
Menos fuegos artificiales, más brasas que siguen calentando.

 

6. Amarnos también es corregirnos (con rojo y con azul)

Como maestra, siempre decía a mis alumnos: “Corregir no es humillar, es ayudar a mejorar”.

En el matrimonio es parecido, pero más delicado. No puedes ir con el boli rojo a todas horas, porque matas al otro. Ni puedes dejar de corregir nunca nada, porque entonces se rompe todo por dentro.

Joaquín me ha corregido cosas importantes, y yo a él.

Él, por ejemplo, tuvo una época de “club”: bar, cartas, amigos… y yo sola con los niños, la cena y las mochilas. Para ellos, tertulia; para mí, gimnasia rítmica con mochilas y cenas.

Una noche le solté, ya cansada:

—Mira, Joaquín, no quiero ser la portera de tu vida. No quiero que me cuentes tus heroicidades en el bar. Te necesito aquí, con nosotros. No puedes ser el alma del bar y un mueble en casa.

Se enfadó, claro. Tuvimos nuestra buena discusión. Pero poco a poco fue ajustando: cambió horarios, bajó el ritmo, buscó otras maneras de desconectar. No se hizo santo de golpe, pero se dejó corregir.

Él también me ha puesto el espejo delante.

Un día me dijo, muy serio:

—Almudena, a veces tengo la sensación de que estás casada con la limpieza, la parroquia y las preocupaciones, y que yo voy detrás, con los nietos haciendo cola. Me gustaría sentir que soy importante para ti, no solo “el compañero de piso oficial”.

Me dolió. Mucho. Pero tenía razón. Me había refugiado en “estar ocupada” para no tocar otras cosas. Y pedí perdón. Y empecé a dejar algún plato sin fregar para sentarme con él (lo cual, para una maestra obsesionada con el orden, es casi penitencia pública).

La caridad conyugal, después de cincuenta años, es esto:
atreverse a decirle al otro:

“Te estás perdiendo”, “te estás amargando”, “estás huyendo”, no para aplastarlo, sino para reengancharlo al “nosotros”. Corregir, sí, pero con rojo y también con boli azul, poniendo al lado: “Se nota el esfuerzo”.

 

7. Fecundidad: cuando ya no hay pañales…

pero sigue habiendo vida

Dios nos dio cuatro hijos, y un aborto que nos rompió el alma pero nos abrió también al Cielo. Durante años, nuestra fecundidad eran mochilas, meriendas, discusiones de adolescencia, catequesis, médicos, actividades… y el coche siempre oliendo a bocadillo.

Cuando se fueron yendo de casa, me pasó lo que a muchas:
una mezcla de alivio (“por fin silencio”) y de vacío (“¿y ahora quién soy yo?”).

Ahí entendí algo que la Iglesia repite, pero que hasta que no te toca no lo ves: el matrimonio es fecundo también más allá de tener hijos.

Joaquín y yo, poco a poco, empezamos a:

·         acompañar a parejas jóvenes de la parroquia, que nos miran como preguntando: “¿De verdad se puede durar tanto sin matarse?”;

·         invitar a comer un domingo al sobrino separado, que estaba hecho polvo y necesitaba una mesa y una oreja;

·         echar una mano en Cáritas, no solo con bolsas, sino escuchando historias, aprendiendo nombres.

Siempre decimos medio en broma que tenemos:

·         nietos de sangre, y

·         nietos de corazón: chavales del barrio, hijos de amigos, gente rota que ha pasado por nuestra mesa a tomar café y esperanza.

Nuestro “nosotros” no se ha vuelto un búnker tipo “tú y yo contra el mundo”.
         Más bien es como una casa con chimenea: nosotros cerca del fuego, y el que necesite calentarse un rato, que se siente.  Luego ya veremos si ayudamos a fregar o no, eso depende de la confianza.

 

8. El misterio del otro… incluso después de 50 años

Hay una pregunta que me hacen mucho:

—Almudena, después de cincuenta años, ¿lo sabes todo de Joaquín?

Y yo siempre digo lo mismo:

—No. Y menos mal.

Sé mil cosas suyas: cómo se coloca las gafas cuando está nervioso,
cómo cambia el tono de voz cuando está preocupado por uno de los niños,
qué chistes le van a hacer reír antes de contarlos (y cuáles le van a parecer mal, para no meter la pata en la comida familiar).

Pero hay un trocito de su corazón que no controlo, ni quiero.
Sus conversaciones más íntimas con Dios, sus miedos más hondos, su preparación silenciosa para la muerte, sus recuerdos de infancia que a veces asoman de repente…

Ese pedacito de misterio me recuerda dos cosas muy importantes:

1.     Que no es Dios. No puede llenarlo todo en mí, y yo no puedo llenarlo todo en él. Y está bien que así sea.

2.     Que nuestro matrimonio no es un círculo cerrado, sino un camino que apunta hacia más allá: hacia Dios, que es el único capaz de colmar del todo.

Ese “resto de misterio” es como un verso que nunca terminamos de entender, pero que sabemos que es hermoso.

 

9. Si tuviera que resumir…

Si yo tuviera que hacer ahora, como buena maestra, un pequeño resumen-esquema de estos cincuenta años, diría:

·         La exclusividad no es “porque lo manda la Iglesia”, sino porque, en el fondo, el corazón no quiere ser “uno más” en la lista de nadie.
Yo no quiero ser “una de las mujeres” de Joaquín: quiero ser su esposa. Y él, mi esposo. Un “tú y yo” que no se reparte.

·         La pertenencia recíproca es: “yo soy tuya y tú eres mío”…
pero sin olvidar que antes somos de Dios. Por eso, sin celos enfermizos, sin controles, sin espionaje del móvil. Mucha confianza, mucho perdón y un poco de sentido del humor.

·         El amor se transforma: del “todo fuego” al principio, a estas brasas tranquilas de ahora, que calientan sin quemar. No es menos amor, es amor madurado, con canas y con arrugas.

·         La fecundidad no se acaba cuando se acaban los embarazos: sigue en cómo acoges a tus nueras, a tus nietos, a los vecinos, a los pobres, a los matrimonios jóvenes que te miran como diciendo: “¿De verdad se puede?”. Y tú piensas: “Se puede… con mucha gracia de Dios y bastante paciencia mutua”.

·         La amistad conyugal es el regalo más grande: después de Dios, Joaquín es mi mayor amigo. No porque pensemos igual en todo (gracias a Dios, no), sino porque hemos compartido la misma historia: los mismos sustos, las mismas risas, los mismos “no sé cómo vamos a salir de esta”… y aquí seguimos.

Y si me permitís terminar en plan profesora de lengua, citando a una poeta que me encanta, Emily Dickinson, que decía:

Que el amor lo es todo, es todo lo que sabemos del amor”.

Yo, Almudena, después de cincuenta años con Joaquín, añadiría:

“Y lo poquito que sabemos, lo hemos aprendido amando al mismo, todos los días, con sus particularidades, sus manías, y con la gracia de Dios sosteniendo el suspenso cada vez que nosotros queríamos tirar los libros.”

Si algo deseo con este testimonio es que, quien lo lea, pueda mirar a su esposo o a su esposa —con sus cosas, sus defectos, sus rarezas— y, quizá en silencio, quizá con una media sonrisa, decirle por dentro:

“No eras como yo imaginaba…pero eres tú. Y quiero seguir escribiendo este ‘nosotros’ contigo, con Dios en medio, hasta el final.”