Homilía del
Domingo VI del Tiempo Ordinario, Ciclo a
sábado, 15 de febrero de 2020
Homilía del Domingo Sexto del Tiempo Ordinario,Ciclo A
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Tiempo Ordinario Ciclo A
domingo, 2 de febrero de 2020
Homilía de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, Ciclo A
Homilía de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, Ciclo A
Este domingo celebramos una
solemnidad del Señor que nos trasporta a un episodio de la más tierna infancia
de Jesús. Es la presentación del Niño en el Templo. Cuando San José y la Virgen
van al Templo de Jerusalén y allí presentan al niño Jesús. Y además, allí
estaban dos ancianos, Simeón y Ana, que allí habían estado esperando toda la
vida aguardando a que se manifestara el Mesías y todo su gozo era poder recibir
de María en brazos al niño Jesús. Y así poder contemplar en el niño Jesús el
cumplimiento de todos sus deseos.
Empieza diciéndonos el evangelio de
hoy de San Lucas: «Cuando se cumplieron los días de la
purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a
Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del
Señor» [Lc 2, 22-40]. Esto que aparentemente puede
pasar de un modo desapercibido contiene en sí una gran importancia espiritual. Lo
que estaban haciendo San José y la Virgen era cumplir un precepto recogido en
el libro del Levítico [Lv 12, 6-8]. Pero en el libro del Levítico solo piden
que el niño sea presentado al sacerdote del lugar al santuario donde se viva. No
dice nada la ley que el niño haya de ser presentado en el Templo, basta que sea
presentado al Señor. De hecho, la costumbre más normal era llevarlo a un
sacerdote para ser presentado y dar una limosna y hacer unas oraciones sobre el
niño. No era necesario presentarlo en el Templo. Pero en este caso Santa María y San José hacen algo que no
viene en la Ley, hacen un plus, hacen algo como respuesta a un profundo
agradecimiento a Dios y por eso van a Jerusalén y ofrecer allí al niño Jesús a
Dios, su Padre.
El evangelista San Lucas emplea un
verbo griego, «παρίστημι», «parístemi» que significa «ofrecerse, entregarse», pero en el libro del Deuteronomio es el verbo que se
utiliza para describir cómo los sacerdotes viven en el Templo ofreciéndose
constantemente a Dios. Estando delante de Dios. San Lucas nos quiere como
destacar que sus padres tenían la conciencia de que ese hijo suyo es el Hijo de
Dios, el Mesías esperado, y como Mesías es sacerdote también, le llevan a
ofrecer a su hijo como se ofrecían los sacerdotes en el Templo de Jesusalén. Recordemos
cuando el arcángel San Gabriel, en la anunciación, cuando habla del niño le
dice a María que «el niño que va a nacer será santo» [Lc 1, 35]. «Santo»,
en el lenguaje semítico es lo que está separado del uso profano, la
consagración total del niño, que Jesucristo es Sumo Sacerdote. Y siendo
conscientes sus padres del papel sacerdotal tan importante le ofrecen en el
Templo de Jerusalén. Yendo a ese lugar, aunque no estaban obligados por la Ley.
Esto nos ayuda a caer en la cuenta
que para un cristiano todo es gracia, todo es regalo de Dios. Hay padres que
dicen que «mi hijo
es mío», a lo
que la Palabra nos dice que «tu
hijo no es tuyo, es de Dios».
Lo que pasa es que Dios te lo entrega para que le cuides. Y tu hijo, a través
de la educación tiene que conocer a Dios, su Padre. El tiempo es un regalo que
Dios te hace, no es tuyo, sino suyo. De lo que se trata es de utilizar nuestro
tiempo para dar gloria a Dios. Todo lo que tenemos no es para que nos aferremos
a ello, sino que es un regalo dado por Dios que nos debería de ayudar a estar
más cerca de Dios. La propia vida no me puedo aferrar a ella y disfrutarla de
una manera egoísta, porque este modo de proceder no viene de Dios y nos
alejaría de Él. Tus dones, tus talentos, tu tiempo, tus posesiones, tu salud y
enfermedad son usados para darle gloria. San José y María tienen a ese niño,
pero ellos son conscientes de que ese niño no es suyo, sino de Dios y se lo
ofrecen al Señor.
De hecho, cuando San Pablo escribe
su epístola a los Romanos le dice y nos dice: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de
Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo y
agradable a Dios. Tal debería ser vuestro culto espiritual» [Rm 12, 1]. San Pablo nos hace esa exhortación para que nos ofrezcamos a Dios.
Lo que Dios está pidiendo de ti, que de igual modo que
el niño Jesús fue ofrecido en el Templo, tú
te ofrezcas a Él todos los días de tu vida.
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sábado, 25 de enero de 2020
Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Homilía del
Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
En el Evangelio nos encontramos con
el inicio del ministerio de Jesús. Una vez que Jesús ha sido bautizado por Juan
en el Jordán y que ha experimentado las tentaciones en el desierto hoy nos dice
que se va a instalar en Cafarnaún. Todos sabemos que Jesús se cría en Nazaret,
pero sin embargo se nos dice que su casa, durante su ministerio público, estaba
en Cafarnaún. Y en Cafarnaún estaba la casa de Pedro y desde ahí Jesús enseñaba,
curaba y tenía a la casa de San Pedro como
centro de operaciones, de reuniones, de descanso… Y Jesús, teniendo muy
de cerca al primer Papa, ya iba actuando.
Y el Evangelista San Mateo desea
inaugurar el ministerio público de Jesús con una cita del profeta Isaías [Isaías
8, 23b-9, 3]: «El
pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en
tierra y sombras de muerte, una luz les brilló» [Mt 4, 12-23]. Esta cita
nos habla de algo muy positivo, de una gran luz que nos está brillando, pero el
contexto social, cultural, religioso y político del libro del profeta Isaías no
es nada positivo. Estamos en una época muy oscura para Israel, su mayor enemigo
era Siria, y en concreto el rey Teglatfalasar III y el gran general Senaquerib
(704-681 a.C), que prácticamente barrieron todo Israel, conquistaron el Reino
del Norte, conquistaron Samaría, y todas las ciudades que estaban rodeando Jerusalén
fueron cayendo una detrás de otra, con asedios terriblemente crueles. Los
asirios eran terriblemente crueles, cortaban las cabezas, crucificaban a sus
enemigos con grandes torturas. Para que vean hasta qué punto eran crueles los
asirios que los arqueólogos han encontrado en una ciudad muy cercana a
Jerusalén, llamada Laquís [2 Cr 32, 9] una fosa común con más de 1500 cuerpos,
de hombres, mujeres y niños enterrados con huesos de cerdo. Sabemos que los
judíos no comen cerdo y una manera más de profanar y humillar los cadáveres era
enterrar a esos judíos entre cerdos. A esto se dedicaban los asirios.
En medio de todo este panorama tan
sombrío, donde el profeta Isaías nos dice: «Vagarán por el país, agotado y
hambriento; exasperado por el hambre, maldecirán a su rey y a su Dios. Se
dirija al cielo o mire a la tierra, sólo encontrará angustia y oscuridad,
desolación y tinieblas» [Is 8, 21-22]. Pues en medio de este panorama tan
sombrío y desolador hace su aparición el Señor y la salvación, y es entonces
cuando el profeta ya anuncia que donde todo había sido arrasado va a comenzar
el ministerio del Mesías, de aquel que va a traer la luz.
Para
los profetas la situación política, de
guerra y de oscuridad que están viviendo, en el fondo es reflejo de la
situación espiritual en que se haya el pueblo. Y no hay crisis política
que en el fondo no lleve una crisis espiritual más profunda. El Papa Francisco
no se cansa en decirnos que detrás de la crisis de Occidente que palpamos
todos, se esconde una crisis de valores y un eclipse de Dios.
Por eso es tan importante que las
primeras palabras del inicio del ministerio de Jesús sean unas palabras de conversión
y que se compare a Jesucristo como una luz cegadora, que si le dejamos entrar
en nuestra vida nos descubre un horizonte de esperanza que está más allá de
cualquier tipo de solución humana.
26
enero 2020
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sábado, 18 de enero de 2020
Homilía del Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Homilía del
Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
El domingo anterior, el Bautismo del
Señor, finalizamos el tiempo litúrgico de la Navidad y ya este lunes hemos
empezado el tiempo litúrgico del tiempo Ordinario. Es una invitación que el
Señor nos hace para vivamos el tiempo disfrutando de su divina presencia. Hemos
dejado a Jesús en el río Jordán siendo bautizado por Juan el Bautista y ahora
Jesús va a empezar su vida pública. Y es precisamente en este tiempo Ordinario
cuando nosotros le vamos a ir acompañando, aprendiendo de Él, escuchándole,
siendo testigos de sus milagros, parábolas e infinidad de bendiciones de las
que seremos beneficiarios.
Lo primero que nos llama la atención
el en Evangelio de San Juan es que no relata nada del nacimiento de Jesús, ni
de su infancia. Empieza con Juan el Bautista señalando a Jesús como el cordero de Dios que quita el pecado
del mundo [Jn 1,29-34]. Emplea uno de los títulos cristológicos más importantes
para referirse a Jesús: El Cordero.
Es más, el libro del Apocalipsis, se refieren a Jesucristo como el cordero o el
cordero degollado que está en el trono de Dios, el Cordero de pie que simboliza
a Jesucristo.
Y esto de la sangre del cordero es
muy importante en el Antiguo Testamento. Nos remite a la Pascua, cuando el
pueblo de Israel estaba en Egipto, en la noche en que iban a ser liberados, el
Señor les pidió que todas las familias se reuniesen y que sacrificaran un
cordero; y con la sangre de ese cordero rociaran las jambas y los postes de las
puertas, para que así la última plaga, que era la matanza de los primogénitos
no entrara dentro de esa casa, de tal manera que la sangre del cordero, lo que
hace a esta gente, es defenderla de la
muerte a los israelitas. Pero no solo era sacrificar el cordero, sino
que el Señor dio unas prescripciones a Moisés, y eran muy claras: sacrificar el
cordero, rociar con su sangre las jambas y el dintel de las puertas, y demás
hacía falta consumir todo el cordero, comerse el cordero. Que toda la familia
se reuniera y que toda la familia se alimentase con la carne de ese cordero. Pues
San Juan Bautista nos dice: «Este es el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
De trasfondo está el sacrificio del cordero pascual.
O sea, que desde el minuto uno,
Jesús se nos presenta como cordero que viene a derramar su sangre para que
nosotros tengamos vida y viene a realizarlo en el contexto pascual, en el
contexto de la Semana Santa, cuando Cristo en la cruz derrame su sangre para la
vida del mundo. Y ese cordero no solamente es sacrificado, sino que nosotros
comemos a ese Cordero en la Eucaristía, donde Jesús derrama su sangre y también
nosotros nos alimentamos de ese cordero, de tal manera que cada vez que
celebramos la Eucaristía hacemos recuerdo, memorial de la pascua y recuerdo o
memorial del sacrificio de Cristo en la cruz.
San Juan es muy inteligente y
empieza diciendo que Jesús es el cordero y finaliza el evangelio con el
cordero. Jesús muerte un viernes pascual a las tres de la tarde. ¿Pero qué
pasaba ese viernes pascual a las tres de la tarde? Pues simultáneamente a la
muerte de Jesús en el monte Calvario se estaban sacrificando los corderos en el
Templo de Jerusalén. Sabemos que los corderos no se podían sacrificar en las
casas –cosa que sí sucedía en el Éxodo-, sino que tenían que ser sacrificados
todos en el Templo de Jerusalén. De tal forma que a las tres de la tarde,
cuando Jesús muere en la cruz, se estaban comenzando a sacrificar todos los
corderos, los miles y miles de corderos, todos sacrificados en el Templo de
Jerusalén, para todas las familias de Jerusalén que durante esa noche
celebrarían la pascua comiendo la carne de esos corderos. A la misma hora que se
están sacrificando esos corderos en el Templo, fuera de la ciudad, en el
Calvario, está derramando su sangre y sacrificándose por nosotros el que es el
verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Esto es muy importante para
los cristianos, es más en la Carta a los
Hebreos se nos habla de Cristo como Sumo Sacerdote y de cómo su muerte, como
cordero degollado, ha eliminado el pecado y nos ha santificado. Ir a Misa es
como ir al Calvario, es como ponerse a los pies del Calvario y recibir la
efusión de la sangre de Jesús que se derrama por nosotros. Esto quedó tan
dentro de los primeros cristianos que ya en la primera carta de San Pedro nos
dice «Sabed
que no habéis sido liberados de la conducta idolátrica heredada de vuestros mayores
con dones caducos –oro o la plata-, sino con la sangre preciosa de Cristo,
cordero sin mancha y sin tacha»
(1 Pe 1,18-19). Hemos sido comprados a
precio de sangre, y la sangre del Hijo de Dios cuyo valor es infinito ya
que cada uno tiene un valor infinito. Hay personas que dicen «yo
no valgo para nada, soy un desastre (…)». Pues no, tienes un valor infinito
para Dios. Tanto valor que para rescatarte ha hecho falta comprarte a precio de
la sangre del Cordero de Dios. Esto ha de ayudarnos a tener más autoestima y a
valorar más el gran regalo de la vida que Dios nos da.
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domingo, 12 de enero de 2020
El Bautismo del Señor
sábado, 11 de enero de 2020
Homilía del Bautismo del Señor, ciclo a, 2020
El Bautismo del
Señor, Ciclo a, 12 de enero 2020
Este domingo celebramos una fiesta
muy importante: El Bautismo del Señor. Una fiesta que cierra el tiempo de
Navidad. Y hoy la liturgia de la Iglesia nos ofrece la versión del Evangelio
según San Mateo [Mt 3, 13-17]. Y no hay que olvidar que San Mateo escribió su
evangelio pensando en una comunidad judeo-cristiana, o sea, cristianos que
procedían del judaísmo. Por lo tanto eran personas de ascendencia judía y para
los cuales era muy importante la historia de Israel y de cómo todas las
promesas de la historia de Israel se cumplen en Jesús.
Para el pueblo de Israel todos los
reyes que había debían de ser ungidos por un profeta, y a través de esa unción se garantizaban que el Espíritu del Señor,
el Espíritu de Dios descansaba sobre ese rey, y por lo tanto estaba
investido de una fuerza de lo alto y podía desarrollar sus funciones. Todos
recordamos al profeta Samuel ungiendo rey
a Saúl [1 Sam 10] y se nos dice que la fuerza de Dios le acompañaría a
partir de ese momento. Dice exactamente: «Dios le cambió
el corazón (…). El Espíritu de Dios se apoderó de él y se puso a profetizar con
ellos»]. O también cuando David es ungido
como rey [1 Sm 16], se dice que en ese momento el Espíritu de Dios bajó
sobre él y desde ese día hasta delante no se separó ya Dios de David. Dice la
Palabra: «Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió en presencia de sus
hermanos. El espíritu del Señor entró en David a partir de ese aquel día».
De hecho ya el profeta Isaías (capítulos
11 y 61) decía que cuando apareciese el
Mesías, el cual sería descendiente de David, y por lo tanto tendría que estar ungido
con el Espíritu de Dios [«sobre
él reposará el espíritu del Señor» (Is 11, 2) y «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor
me ha ungido» (Is
61, 1)]. El Mesías tenía que estar ungido con esa fuerza que viene de lo alto
como eran ungidos los antiguos reyes de Israel. Esto es muy importante porque
ya los primeros cristianos vieron en el bautismo de Jesús, en el momento en el
cual se abren los cielos y el Espíritu Santo baja sobre él en forma de paloma,
era esa unción que tuvieron ya los reyes de Israel. Y por lo tanto capacita a
Jesús para ser como un mesías rey, si bien nosotros ya sabemos que Jesús lleva
el Espíritu Santo en Él puesto que Jesucristo es Dios. Y esto era importante
que cayeran en la cuenta los cristianos a los que escribe San Mateo porque ellos
procedían del judaísmo. De hecho hay una frase enigmática, que puede llamar la atención
en la que San Juan el Bautista no quiere bautizar a Jesús porque le dice que
Jesús es más que él [«Juan
intentaba disuadirlo diciéndole: Soy yo el que necesito que tú me bautices ¿y
tú acudes a mí?»]. A lo
que Jesús le responde a Juan que es preciso que yo me bautice «para que se cumpla toda justicia». Y esto de cumplirse toda justicia para San Mateo es
cumplirse el plan de Dios tan y como se había dado y realizado con las unciones
a los reyes de Israel en el Antiguo Testamento.
Una cosa que llama mucho la atención
es que el Espíritu Santo desciende sobre Jesús en forma de paloma. ¿Por qué una
paloma? ¿Por qué no una brisa o unas llamaradas de fuego como en Pentecostés?
Vamos a ver, ¿dónde aparece otra vez en la Sagrada Escritura la paloma? Aparece
después del diluvio. Noé desde el arca saca a volar una paloma y la paloma
regresa con un ramito de olivo prendido del pico. Lo que significaba que las
aguas ya habían remitido, que las aguas ya estaban bajando y ya había tierra firme.
Por lo tanto la paloma se convierte en signo del nuevo mundo que Dios ha creado
después del diluvio. Se ha dado una nueva creación donde el diluvio ha vuelto a
poner paz entre Dios y los hombres. Y es muy importante esto de que la paloma
descienda en el bautismo del Señor porque
nos indica lo que Cristo viene a hacer a través de la misión que hoy comienza,
porque hoy comienza su vida pública. Cristo viene a traer paz entre Dios y los
hombres. Al igual que en la época de Noé había una humanidad corrompida, caída,
alejada de Dios, Cristo viene a restablecer la comunión entre Dios y los
hombres. Y de la misma forma que las aguas purificadoras del diluvio dieron
origen a una nueva humanidad, a una nueva creación, Jesús viene a hacer todas
las cosas nuevas. Viene a hacer una nueva creación restableciendo esa comunión perdida
entre Dios y los hombres.
Luego hay otro detalle del
Evangelio. Nos encontramos a Jesús en un río y está allí en silencio. Esto nos
remite a un profeta, al profeta Ezequiel que estaba una vez sentado junto a un
río, en el río Quebar (Ez 1), en una situación de crisis espiritual del pueblo
de Israel, porque habían sido conquistados y deportados a Babilonia. Y el
profeta Ezequiel ve también como se abren los cielos, con la misma expresión
que se da en el bautismo de Jesús, «se abrieron los cielos», y Jesús escucha la voz de Dios «Este
es mi Hijo amado, en quien me complazco», y el mismo profeta Ezequiel que
estaba sentado a la orilla del río Quebar y que ve como los cielos se abren
escucha la voz de Dios que le envía como profeta a su pueblo, dice la Palabra que
el espíritu entró en él, en el profeta
Ezequiel, y le hizo poner en pie. El bautismo el Señor fue el pistoletazo de
salida para la vida pública del Señor y a Ezequiel fue esa profunda experiencia
de sentir cómo Dios le movía para ser profeta en medio de una situación espiritual
crítica de su pueblo. Es importante que también nosotros escuchemos esa voz de
Dios, constituyéndonos profetas para que vayamos a anunciar el Evangelio en
este mundo que también está sumido en una gran crisis espiritual.
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jueves, 9 de enero de 2020
Todavía es tiempo de Navidad
miércoles, 8 de enero de 2020
Educar la sexualidad para el amor
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