lunes, 11 de noviembre de 2013

Homilía del Domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo c



HOMILÍA DEL DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
LECTURA DEL SEGUNDO LIBRO DE LOS MACABEOS 7, 1-2. 9-14
SALMO 16
LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS TESALONICENSES 2, 16--3, 5
SAN LUCAS 20, 27-38
            Me llama poderosamente la atención cómo el rey inicuo tiene que llegar, incluso, a forzar a los siete hermanos macabeos para que quebranten la ley y así pequen. Les fuerza para que pequen. Ahora bien, todos sus malvados propósitos fracasan porque ellos tienen bien afianzada su confianza en el Dios que resucita a los que le son fieles. Dice la Carta a los Hebreos que «todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado» (Hb 12,4). Estos hermanos macabeos sí que llegaron a la sangre y aún así fueron fieles a Dios. ¡Realmente que contraste¡ a nosotros para pecar sólo nos vale una mera insinuación para caer en las garras del mal. El Demonio se lo trabaja muy bien y dedica mucho tiempo en engañarnos. Nos creemos superiores a los demás simplemente por hacer cuatro cosas de nada; uno tiene un cargo de responsabilidad y se brota en él una vena prepotente –lo dice el refranero popular, « si quieres conocer a Pablito, dale un carguito»; se nos pone una cosa bien envuelta con papel bonito, de aspecto atrayente y apetecible y manan los sentimientos más rastreros que tenemos dentro de nosotros. Y ¿dónde radicará el problema? ¿Por qué decimos que somos hijos de la luz y en cambio coqueteamos y hacemos muchos guiños a las sombras de la oscuridad? Tal vez el problema resida en que decimos que somos cristianos pero no hemos realizado la opción personal por su seguimiento, o que aún diciendo que hemos optado por Cristo mencionada opción sea meramente un simulacro.
            Ese rey malvado, llamado Antíoco –que nos cuenta el segundo libro de los Macabeos- tenía una soberbia elevada a la décima potencia. Era un soberbio. San Agustín dice que «la soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano». Disfrutaba plenamente de sí mismo y despreciaba a los demás. Tenía un deseo irresistible de imponerse y de dominar con mucha diferencia sin importarle en absoluto lo que sufriesen los demás. Era una persona autosuficiente, porque él creía que se bastaba a sí mismo, que no necesitaba a nadie, ni de Dios, ni de los demás. Lo que sucedía era que estos siete hermanos Macabeos, con su comportamiento ejemplar y con su fe inquebrantable el Yahvé pone en evidencia la maldad y desenmascara la chapuza que levanta el Demonio. Y claro está, estos hermanos Macabeos son un auténtico incordio, una molestia insoportable porque a nadie le apetece que le digan que está pecando o ofendiendo ya sea a Dios ya sea a los hermanos. Se pueden poner muchos ejemplos al respecto: cuando uno bebe –buscando encontrar en el alcohol la evasión de la realidad- se rodea de otros que beben porque se hace la ilusión de que ese comportamiento pecaminoso y dañino deja de serlo porque al hacerlo todos la responsabilidad personal es como si se diluyese. Y cuando una persona no bebe porque opta por un modo alternativo de sana diversión, esa persona es tildada de ‘bicho raro’ siendo molesta porque al portarse correctamente evidencia el pecado que ellos comenten.
            San Pablo –en su segunda carta a los tesalonicenses- desea que nosotros tengamos ese comportamiento ejemplar, que vivamos como hijos de la luz, y lo dice empleando esta afortunada expresión «para que la palabra de Dios, siga el avance glorioso que comenzó en vosotros». Y sigue diciéndonos «El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Malo, por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado». Se darán cuenta cómo San Pablo recurre constantemente a la ayuda divina así como a la importancia de ser dócil ante la inspiración del Espíritu Santo. Una persona que se fía de Dios, por lo menos puede llegar a  controlar la soberbia. Dice una sentencia de San Agustín que «Dios no manda imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas y te ayuda para que puedas».  San Pablo cree en la eficacia de la oración y así lo trasmite a las diversas comunidades cristianas: Con Dios todo se puede.
            Hay un anuncio de propaganda de la lotería Primitiva que tiene el siguiente eslogan: ‘NO TENEMOS SUEÑOS BARATOS’ y salen unas personas imaginándose un lujoso coche, una casa en la playa, un viaje alrededor del globo terráqueo… pues que se le va a hacer, si ellos se conforman únicamente con esas menudencias ya que creen que eso es lo máximo a los que pueden ellos aspirar. Estos sueños ‘se quedan a la altura del betún’ con lo que nosotros esperamos alcanzar: la resurrección de los muertos y la vida futura.
            Y ante la pregunta mal intencionada y soberbia de los saduceos sobre ese asunto de  quién será mujer esa persona si ha estado casada con muchos hombres, la respuesta asombra y alecciona. Los saduceos se mofan de algo que no creen, no respetan a los que creen en la resurrección y además se atreven a invocar a Moisés como autoridad para intentar ellos ‘llevar el agua a su molino’. Ahora bien, utilizan las palabras de Moisés para lo que a ellos les conviene porque cuando dice algo que les contraría ya no le sacan ni a colación. La pregunta que los saduceos plantean a Jesús lleva en sí el germen de la soberbia: «Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella». Por un lado tratan a la mujer como un objeto o una posesión del hombre, lo cual es algo que denigra la dignidad de la persona. Estaban reivindicando el derecho de posesión sobre una persona. Equiparan a la mujer como una posesión más, ya sea un par de mulos,  unas cuantas cabras o una piara de cerdos: una posesión más a heredar por parte del varón. Jesús lo contesta colocando a la mujer y esposa en el puesto correspondiente después de la muerte, un puesto sublime: «Serán como ángeles».  Y por otro lado Jesucristo pone en evidencia la escasez de la auténtica espiritualidad de estos saduceos y nos ofrece una importante catequesis para los presentes. Cada vez que decimos que Jesucristo esté en el centro del matrimonio estamos diciendo que el esposo amando a la esposa está amando a Cristo y la esposa amando al esposo está amando a Cristo y amando con el amor intenso de Cristo se van santificando en esa vocación dada por Dios. La otra persona es un medio que Dios me pone para que yo me vaya acercando, día a día y jornada tras jornada, más a Él. Con Cristo en medio nos va purificando en el amor y, como si se tratase de una máquina de diálisis – de esas de los hospitales para purificar/filtrar la sangre cuando los riñones están enfermos- nos va filtrando las impurezas que tenemos en el alma, entre ellas la soberbia, para que andando por las sendas del Evangelio podemos reunirnos con Él en la Gloria del Padre Eterno.

sábado, 26 de octubre de 2013

Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, ciclo c


DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo c

LECTURA DEL LIBRO DEL ECLESIÁSTICO 35, 15b- 17.20-22a:

SALMO 33;

LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A TIMOTEO 4, 6-8. 16-18;

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 18, 9-14
            Las personas tenemos una memoria muy selectiva. Muchas veces sólo nos acordamos de lo que nos interesa. Seguro que si a alguno le hemos prestado dinero aún nos acordamos de no haberlo recuperado e incluso la cantidad que era y la excusa que nos dieron cuando nos lo pidieron. Pero hay otra cosas que se nos olvidan o no las recordamos tal vez porque no las hemos sabido valorar en su justa medida.

            El libro del Eclesiástico –en la primera de las lecturas- está recordando al pueblo de Israel que ellos han estado oprimidos y esclavos en Egipto. Que han sufrido hasta límites insoportables. Y que este pueblo oprimido ha experimentado la liberación de Dios. Es más, en su memoria –tanto colectiva como personal- han de tener muy presente este hecho salvífico, de elección y de amor de Dios. Cuando uno recuerda las maravillas obradas por Dios en uno, uno tiene presente a Dios con una actitud agradecida. ¿Qué sucede cuando a uno se le olvida lo que Dios ha hecho por él y por el pueblo? ¿Qué sucede entonces? Lo que pasa es que somos presa del Demonio al caer en el pecado. Algunos ciudadanos del pueblo hebreo al no recordar que ellos habían sufrido la opresión y que Dios les había sacado de esta constante dolorosa humillación empiezan a oprimir a los pobres, a los más desfavorecidos. Por eso la Sagrada Escritura nos hace el urgente llamamiento a no olvidarnos de las acciones del Señor.

            Al olvidar las acciones salvíficas que Dios ha ido obrando en la vida personal se llega a caer en el absurdo, ya que se puede llegar a pensar que uno hace méritos para que luego el Señor te los tenga que agradecer. Nos olvidamos de los regalos de Dios y nos creemos con derechos ante Él por haber realizado cosas o haber hecho méritos por algo. En este absurdo cayó el fariseo de la parábola, se dedicó a ponerse medallas ante Dios: «"¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo».

            Mas cuando uno, con corazón agradecido al Señor, mantiene la memoria de la historia de salvación que Dios ha realizado en nuestra persona y recuerda el paso de Dios es entonces –como dice el salmo responsorial- brota de nuestros labios la bendición y la alabanza.

            San Pablo cuando está escribiendo a Timoteo le está diciendo que la experiencia de ese combate por mantener la fe ha ido creando en él un modo de entender la vida. Ha dado la vida por Cristo –y está orgulloso de esto- gastándola día a día e instante a instante para que todos le conozcan. San Pablo recuerda cómo el Señor le ha ayudado y hace memoria de los momentos de encuentro que ha tenido con el Señor. Y San Pablo lo hace realizando un acto de profunda humildad porque sabe de dónde le había sacado el Señor, ya que era perseguidor –al principio- de los cristianos. Todos nosotros sabemos de dónde nos ha sacado el Señor; de nuestros pecados y miserias. Ha desbordado con nosotros su amor y siempre ha estado, y se mantiene atento, a la voz de nuestras súplicas.

sábado, 19 de octubre de 2013

Homilía del domingo XXIX del tiempo ordinario,ciclo c



DOMINGO XXIX DELTIEMPO ORDINARIO, ciclo c
LECTURA DEL LIBRO DEL ÉXODO 17, 8-13; SALMO 120;
 LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A TIMOTEO 3,14- 4,2;
 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 18, 1-8
           
            ¿Cuál es el motor de nuestra actividad humana? ¿Es acaso la preocupación por obtener unos ingresos económicos en casa? ¿Es acaso el mantener un status social, una imagen, un nivel de vida determinado? Y de ser así ¿de dónde obtenemos las fuerzas? ¿Acaso de nuestro temperamento, habilidades y aptitudes? Son muchas las personas que se han adentrado en este pozo sin fondo, un pozo que por mucho que uno se empeñe, no se consigue sacar de él ni una gota de agua. De hecho, muchas veces nuestras familias o nuestras comunidades cristianas no son testimonio de Cristo porque nos creemos autosuficientes para sacar las cosas adelante, y lo que sucede es que nos hundimos cada vez más en el fango.

            Si el motor de nuestra actividad no está fundado en la relación personal con Cristo, en ese ‘tú a tú’ con el Señor estaremos perdiendo de un modo miserable todo el tiempo. Muchas de las crisis –algunas de ellas muy serias- se deben, en gran parte, a que nuestra oración es escasa, mediocre y débil. ¿Cómo voy a perdonar la herida causada por la grave ofensa que me ha ocasionado mi marido o mi esposa sino acudo a Jesucristo que es el médico de las almas? ¿Cómo me voy a reponer de esa grave ofensa y cómo voy a recuperarme sino acudo a quien tengo que acudir? ¿Cómo voy a acertar con una decisión –sea importante o no- sino lo discierno en la oración?

            Muchos cristianos no saben de la importancia de la oración. Nadie se ha preocupado de hacerles sentir y ver una relación íntima y personal con Dios. En el evangelio de hoy se nos ofrece una catequesis sobre cómo ha de ser nuestra oración: con confianza, insistente, con esperanza y creyendo siempre que Dios nos escucha atentamente. El soberbio pedirá una sola vez y al no cumplirse su petición, la abandonará, molesto. Por eso para acercarse a Dios es preciso crecer en humildad, reconociendo que lo que uno obtiene es un regalo de Dios.

            En la escena de la batalla de Moisés y Josué contra Amalec – en la primera de las lecturas- se manifiesta el poder de la oración. La imagen de Moisés en actitud de orar con los brazos extendidos hacia el cielo es todo un modelo de cómo orar. No podemos abandonar nuestra sintonía con Dios, siempre tenemos que estar disponibles para Él para que Él nos ayude en nuestros proyectos. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

Encuentro Papa con el Camino Neocatecumenal




Vídeo: Discurso de Benedicto XVI en la audiencia con el Camino Neocatecumenal


Noticias - Camino Neocatecumenal


1Sábado, 21 de Enero de 2012 17:18

Queridos hermanos y hermanas, Este año tengo la alegría de conocerlo y compartir con ustedes este momento de enviar a la misión. Un saludo especial a Kiko Argüello, Carmen Hernández y el Padre Mario Pezzi, y un saludo afectuoso a todos vosotros: sacerdotes, seminaristas, familias, educadores y miembros del Camino Neocatecumenal. Su presencia hoy es un testimonio visible de su compromiso con la fe gozosa vida, en comunión con toda la Iglesia y con el Sucesor de Pedro, y al ser heraldos valientes del Evangelio.



Catequesis del Camino Neocatecumenal en Palencia


sábado, 12 de octubre de 2013

Homilía del domingo XXVIII del tiempo ordinario,ciclo c



DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo c
            LECTURA DEL LIBRO SEGUNDO DE LOS REYES 5, 14-17; SALMO 97; LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A TIMOTEO 2, 8-13; LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 17, 11-19

            En una de las guardias como Capellán del hospital me llamaron por el busca porque un señor, de mediana edad que estaba enfermo, quería conversar. Durante el transcurso de ese diálogo me comentó cómo le había sorprendido gratamente un compañero de trabajo, del cual, en el pasado, tenía una imagen muy negativa. Trabaja en un despacho de abogados. Para él, antes, era una persona seria y distante. De hecho siempre evitaba tomar el café con él o iniciar un diálogo aunque fuese de un tema muy banal.  Resultó que durante la noche empezó a tener un lumbago e hizo todo lo posible por acudir a su puesto de trabajo. Y aunque no se quejaba del dolor agudo, su rostro delataba su sufrimiento. Y aunque eran unos cuantos en ese bufete de abogados solamente uno se interesó por él. Con su propio coche le llevó a Urgencias del hospital, le acompañó hasta que le llamaron. Le hicieron una ecografía y se quedó esperando para no dejarlo solo. Llamó a su familia para informarlos y terminaron dejándole en observación unas cuantas horas. Llegó su familia y se encargaron de él. Al día siguiente al no acudir al trabajo le telefoneó preocupándose por su estado de salud. Y este enfermo me comentaba lo mal que lo estaba pasando por haberse comportado de un modo tan injusto con él en el pasado. Le estaba muy agradecido y este hecho había marcado un antes y un después en la relación con este compañero.  
            Lo mismo nos pasa con Dios. Él nos da la oportunidad de poder vivir otro día, nos proporciona la vitalidad para afrontar la jornada, nos pone en el camino a personas que nos aman y nos odian, nos suministra la valentía para encararnos ante los desafíos y nos regala los talentos para que los pongamos en juego y así podernos ganar el sustento diario. Cuando uno va despertando de su particular ‘letargo espiritual’ y va descubriendo los incontables detalles de amor que Dios derrocha con cada uno es entonces, y solo entonces, cuando uno lo pasa mal por haberse comportado de un modo tan injusto con el Señor en el pasado.
            En todo este contexto, Naamán el Sirio –en la primera de las lecturas-, no sólo dice «Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel», sino que además manifiesta la firme voluntad de ofrecer únicamente holocaustos y sacrificios sólo al Dios de Israel. Naamán desea manifestar su agradecimiento a Dios teniéndole muy presente durante toda su vida para que todo el mundo sepa el desbordante amor que Dios le ha manifestado.
            Sin embargo resulta que San Pablo en la segunda carta a Timoteo da unos cuantos pasos más adelante y le dice y nos dice: «Haz memoria de Jesucristo». Dicho con otras palabras, «Acuérdate de Jesucristo», o sea «une tú corazón al de Cristo», aproxima tu corazón a Cristo.  Permite que toda tu existencia sea calentada por la presencia de Jesucristo, que Él sane tus heridas y te instruya en sus sendas. Nosotros damos gracias a Dios anunciándolo a nuestros hermanos con nuestro comportamiento.