"Y líbranos del mal":
la batalla real contra un enemigo real
«Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás
aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón
de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía
Inmaculada, San José mi padre y señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí».
"Y líbranos del mal." Así concluye la oración que el mismo
Jesús nos enseñó: el Padre Nuestro. Esta oración, que resume toda
nuestra vida cristiana y nos pone en sintonía con el corazón del Hijo que habla
con el Padre, no es simplemente un añadido final. La séptima y última petición
del Padre Nuestro tiene una profundidad teológica inmensa y encierra una
súplica fundamental para la vida del cristiano.
Pedimos al Padre no solo que nos dé el pan de cada día, que perdone
nuestras ofensas o que nos libre de caer en la tentación, sino también y de
forma especial que nos libre del mal. Ahora bien, ¿qué quiere
decir exactamente esa expresión? ¿A qué nos estamos refiriendo cuando
pronunciamos esas palabras? La respuesta no es meramente lingüística, sino
espiritual.
De hecho, esta petición aparece reflejada, aunque con un matiz distinto, en
un momento particularmente conmovedor del Evangelio: la oración
sacerdotal de Jesús. En esa oración de despedida que pronuncia tras la
última cena, recogida en el capítulo 17 del Evangelio según San Juan, Jesús se
dirige al Padre con estas palabras: "No te pido que los retires del
mundo, sino que los guardes del maligno." (Jn 17,15).
La actual «y no
nos dejes caer en tentación»,
digámoslo claro, no es buena. Más bien, sería más correcto decir "en
la tentación no nos abandones", pero aun así, no es correcto. No
es que pidamos a Dios que no nos abandone a la tentación como si él quisiera
abandonarnos y nosotros le pidamos que no lo haga. De todos modos, estas
traducciones tampoco reflejan el texto original griego. En el texto griego
encontramos un verbo: "εἰσενέγκῃς" (eisenénkes), que en griego
tiene un único significado: "no nos metas dentro", así que no
es "no nos abandones"; es «no nos metas/no nos introductas
dentro de la prueba».
El segundo término es "tentación",
en griego πειρασμόν (peirasmón). "No me metas dentro en la
tentación." Πειρασμόν puede significar tentación, pero también puede
significar prueba. Esta es la traducción correcta. Le pedimos al Señor
que no nos meta dentro en la prueba.
Dios guía nuestra vida entre muchas
pruebas.
Dios guía nuestra vida y en esta vida debemos
atravesar muchas situaciones, debemos afrontar muchas pruebas de las cuales
podemos salir madurados o derrotados, y hay ciertas pruebas que nos asustan.
Las pruebas no son solo las enfermedades, las desgracias, sino también el
éxito, los golpes de suerte. Todos conocemos personas que han perdido la cabeza
o familias que se han desmoronado cuando les ha llegado una riqueza inesperada;
No vivieron bien esa prueba.
Entre las muchas pruebas inevitables que encontramos
en el camino de la vida, hay algunas que nos asustan porque nos sentimos
débiles, frágiles. Cuando pensamos, por ejemplo, las que más nos asustan son
las del dolor. Cuando vamos a un hospital, vemos ciertos sufrimientos, le
decimos al Señor: "No me hagas pasar por esta prueba porque soy débil,
quizás podría incluso perder la fe y llegar a blasfemar. Me dan miedo estas
pruebas y le pido al Señor que me las ahorre".
También Jesús hizo esta petición y en el Padre Nuestro
se ha puesto su pregunta al Padre: "Si es posible, que no tenga que
beber este cáliz, no me metas dentro de esta prueba" (cfr. Lc 22, 42).
No es Dios quien nos envía las pruebas; son
las pruebas que uno se encuentran en la vida y nosotros le pedimos al Señor que
nos libre de aquellas que nos asustan.
El mal no es una abstracción,
sino una persona
La Iglesia, fiel a la revelación, nos ofrece una orientación muy clara. El
Catecismo de la Iglesia Católica, en su punto 2851, nos da una respuesta muy
precisa: "En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que
designa una persona, Satanás, el maligno, el ángel que se opone a Dios."
Por tanto, el mal
del que pedimos ser librados no es simplemente una fuerza impersonal o
simbólica, sino una persona real y espiritual que actúa en la
historia y que busca, como dice San Pedro, "devorar las almas"
(1 P 5,8).
Esto es muy importante porque en tiempos en los que muchas veces se tiende
a reducir el cristianismo a una ética de buenos sentimientos, el Evangelio nos
recuerda que estamos en una lucha real y espiritual. Como dice San Pablo en su
carta a los Efesios: "Nuestra lucha no es contra la carne y la
sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los
dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que habitan
en el aire." (cfr. Ef 6,12).
Cuando rezamos el Padre Nuestro, no estamos haciendo una súplica genérica o
decorativa. Estamos clamando al Padre del cielo para que, por medio de su
gracia y la fuerza de Cristo resucitado, nos proteja activamente del poder
del maligno, de sus engaños, de sus seducciones y de todo aquello que nos pueda
alejar de la verdad y de la vida.
El Maligno, el ángel caído, aquel que se opone al plan amoroso de Dios, es
en griego διάβολος (diabolos) que significa "el
que divide", "el que separa". Es precisamente eso: el
que se atraviesa, el que se interpone en el designio de Dios, en su obra de
salvación llevada a cumplimiento en Cristo.
No es una figura decorativa ni un recurso simbólico, sino un ser espiritual
real con inteligencia y voluntad, que libremente eligió rechazar a Dios y
arrastrar consigo a otros ángeles rebeldes.
Por tanto, cada vez que rezamos el Padre Nuestro y llegamos a su última
súplica, lo que estamos pidiendo de forma explícita es: "Padre,
líbranos del demonio." Que esto nos quede claro. El Padre Nuestro
concluye con una súplica real contra un enemigo real.
Y por eso, con toda humildad y valentía, en esta charla quiero hablar del
demonio, de quien no se habla con frecuencia en nuestras comunidades, tal vez
por miedo o por una visión secularizada que ha relativizado su existencia. Pero
como dice el refrán espiritual, "el mayor engaño del demonio es
hacernos creer que no existe." Hablemos con claridad, pero sin
sensacionalismo. Hablemos con fe y con el respaldo de la revelación, sin caer
en exageraciones, pero tampoco en silencios culpables.
· Jesús le pidió al Padre: "guárdalos del
maligno". ¿De qué manera el Maligno, a través de sus "engaños y
seducciones," busca alejarme de la verdad y de la vida?
· Se menciona que el Maligno es "el que divide"
(διάβολος). ¿En qué áreas de mi vida noto división o separación? (en mi
relación con Dios, con los demás), ¿o incluso dentro de mí mismo?
· La traducción correcta del griego es "no nos
metas dentro de la prueba." ¿Qué pruebas me asustan en este momento de
mi vida, por las cuales me siento débil y frágil? ¿Soy capaz de presentárselas
a Dios con la misma humildad con la que lo hizo Jesús en Getsemaní?
· Se dice que las pruebas no son solo las desgracias,
sino también el éxito y la buena suerte. ¿Alguna vez he experimentado una “prueba
de éxito” que me haya alejado de Dios o de mi propósito?
La serie de Netflix: Lucifer
Su influencia en la mentalidad inmadura
1.- La Ficción como Espejo y Distorsión Cultural
La serie Lucifer como fenómeno cultural siendo uno de los títulos
más populares y más visto en la plataforma Netflix. Analiza el atractivo del personaje de Lucifer Morningstar: su
carisma, su sentido del humor y su conflicto existencial. Destaca cómo la serie
logra que el espectador empatice con el "diablo".
La humanización del mal.
Explora cómo la serie convierte a Satanás, una figura de maldad pura en la
tradición religiosa, en un ser "más humano". Subraya que la trama se
centra en sus traumas, su relación familiar disfuncional con Dios Padre, el
cual le trató muy mal y su búsqueda de redención.
2.- El impacto en la percepción popular de Satanás
De enemigo a antihéroe
La serie transforma a Satanás de un ser que el cristiano debe rechazar a un
antihéroe que lucha contra las injusticias de un sistema divino. Este cambio
influye en cómo la gente joven, en particular, percibe la figura del demonio.
·
La trivialización del mal
espiritual. Al presentar a Lucifer como un personaje que ayuda a
la policía, la serie reduce el mal a un problema psicológico o social. Esto
lleva a una trivialización de la realidad espiritual del combate contra
el mal. La gente puede dejar de ver al demonio como un enemigo peligroso y
real, y empezar a considerarlo solo como una figura del folclore o la
mitología.
·
Confusión entre mito y
realidad. La narrativa de la serie, al mezclar elementos
teológicos con una historia de entretenimiento, puede generar confusión. Para
muchos, la idea de un diablo que es un "rebelde con causa" o un
"agente de la justicia" puede volverse más real que la enseñanza de
las Escrituras o el Catecismo de la Iglesia Católica.
3.- Las consecuencias espirituales y psicológicas
·
Reducción del combate
espiritual. Si no hay un enemigo real, no hay necesidad de una
armadura espiritual (la oración, los sacramentos, la vida de gracia). Esta
visión puede llevar a una indiferencia espiritual y a una menor
vigilancia ante la tentación.
·
Una visión secularizada del
pecado. La serie despoja al pecado de su dimensión
trascendental (la ofensa a Dios). El mal se convierte en un problema
psicológico interno, algo que se puede "resolver" con terapia o
autoanálisis, en lugar de una elección libre que requiere arrepentimiento y la
gracia divina.
·
El mayor engaño del demonio. Retoma la idea de que "el mayor engaño del demonio es hacernos creer
que no existe." La serie, al hacerlo un personaje popular y
"simpático", cumple esta función. Convierte una figura temida en un
ícono de la cultura pop, lo que le permite pasar desapercibido como una amenaza
real.
4.- La necesidad de discernimiento
·
Reconoce el valor de la serie como obra de
entretenimiento y de exploración psicológica. Sin embargo, enfatiza la
necesidad de que los creyentes disciernan y entiendan que la
representación de Lucifer es una ficción teológica, no la doctrina de la
Iglesia.
·
Concluye que es fundamental volver a las fuentes de la
fe (la Biblia, la tradición, el Catecismo) para comprender quién es realmente
el demonio y cuál es nuestra postura en el combate espiritual.
Cuestiones para
reflexionar:
• Si el diablo es un personaje
con el que se puede empatizar, ¿cómo afecta eso mi percepción del mal en el
mundo? ¿Estoy menos inclinado a reconocer el mal como una fuerza real que debo
combatir?
• La serie confunde el bien y el
mal. ¿Hay áreas en mi propia vida donde he justificado acciones cuestionables
porque las veo como "justas" desde mi perspectiva, sin considerar la
voluntad de Dios?
• La serie nos presenta a un Dios
ausente y a un diablo que, supuestamente, hace su trabajo. ¿De qué manera esta
visión superficial podría haber minado mi confianza en la providencia de Dios,
llevándome a pensar que el mal tiene un poder que en realidad no posee?
• ¿Qué pasaría si la fe de las
generaciones futuras estuviera más moldeada por estas ficciones populares que
por la Sagrada Escritura? ¿Qué responsabilidad tengo yo, como creyente, de
volver a las fuentes de la fe para poder discernir la verdad y compartirla con
los demás?
Los cinco errores sobre el demonio
Si quisiéramos ponerle un título directo a esta charla, podríamos decir
simplemente: "Hablemos del demonio". Para comenzar, voy a
subrayar cuatro errores comunes y bastante extendidos en torno a él que
dificultan una sana comprensión del combate espiritual.
Cinco errores
comunes del Demonio
1.- La negación de su existencia
Este es, sin duda, el error
más difundido en la mentalidad moderna. Según esta
postura, los demonios serían simplemente representaciones simbólicas o
mitológicas de realidades humanas como el mal moral, la culpa o la opresión. El demonio no sería más que una figura poética, una
metáfora para hablar de lo negativo.
Es un ser personal, espiritual
Sin embargo, esta interpretación es incompatible con la fe católica, que
enseña de manera firme y constante que el demonio
es un ser personal, espiritual, creado por Dios como ángel bueno, pero
que por su libre voluntad se rebeló. La existencia de Satanás no es una opinión
opcional dentro de la doctrina cristiana, sino una verdad revelada, afirmada
por Jesús mismo. En numerosas ocasiones, Jesús habla del "padre de la
mentira" (cfr. Jn 8,44), del "tentador" o del "acusador",
y realiza exorcismos como signo del reino de Dios que irrumpe para liberar al
hombre.
Lo invisible se nos escapa de nuestros ojos
En el Credo que recitamos, proclamamos: "Creo en Dios, Padre
todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo
invisible." Lo invisible hace
referencia a esa parte de la creación que escapa a nuestros ojos, pero que no
por ello es menos real. Dentro de esa creación invisible encontramos a
los ángeles, seres espirituales creados por Dios. Los demonios no son otra cosa
que ángeles caídos. Fueron creados buenos por Dios, pero hicieron mal uso de su
libertad y eligieron rebelarse contra el plan divino.
El Demonio existe, es un ser espiritual real
Frente a ese primer error, es necesario reafirmar con serenidad, pero con
firmeza, que el demonio existe y es un ser
espiritual real, no una figura simbólica ni un mito arcaico.
¿Qué mejor estrategia puede tener el enemigo que pasar desapercibido? Si el
adversario logra convencernos de que no está ahí, queda libre para actuar con
mayor impunidad. Nos quedamos sin estrategia defensiva, sin oración de
protección y sin armas espirituales.
• ¿He caído alguna vez en el
error de pensar en el demonio como una mera metáfora o un personaje de ficción?
Si es así, ¿cómo ha afectado esa visión a mi sentido del combate espiritual?
• Se afirma que la negación de su
existencia nos deja "sin estrategia defensiva". ¿Qué
"armas espirituales" (oración, sacramentos, etc.) he descuidado en mi
vida por falta de vigilancia?
Cinco errores comunes del Demonio
2.- Atribuirle un poder desmesurado
Existe un segundo error igualmente peligroso que va justo en la dirección
contraria: atribuirle al demonio un poder que no le
corresponde, como si fuera un Dios del mal, una especie de fuerza oscura
equivalente y contraria a Dios. Esta visión dualista está más presente
de lo que pensamos.
El Demonio no llega ni a la suela de los zapatos a
Dios
Se imagina al demonio como una especie de dios malo en permanente
confrontación con el Dios bueno, como si ambos fueran fuerzas cósmicas de igual
rango que compiten por dominar el mundo.
Esta visión es completamente ajena a la fe cristiana. La Iglesia ha
rechazado con firmeza esta herejía maniquea, que afirmaba la existencia de dos
principios eternos y opuestos: el bien y el mal.
El Demonio es únicamente una criatura caída
Frente a esto, la fe católica afirma con claridad que solo hay un solo
Dios, creador de todo cuanto existe. Por tanto, el demonio no es un dios malo,
sino una criatura caída. Fue creado bueno,
como todos los ángeles, pero por el mal uso de su libertad se rebeló contra
Dios. No se trata de dos fuerzas eternas en conflicto, sino de una criatura que
por orgullo eligió oponerse a su creador.
El Demonio es un ser limitado y sometido al permiso de
Dios
Es importante notar, además, que en nuestros días coexisten simultáneamente
estos dos errores contrarios. Por un lado, quienes niegan la existencia del
demonio. Por otro, quienes le atribuyen un poder desmesurado, casi como si
estuviéramos a su merced. Ambos extremos son falsos y peligrosos. Quien niega
al demonio se expone a sus engaños sin resistencia, pero quien exagera su poder
olvida que Cristo ha vencido al maligno en la cruz y
que el demonio es un ser limitado, sometido al
permiso de Dios y destinado finalmente a la derrota definitiva (cfr. Job
1,12; Job 2, 6).
• ¿Suelo culpar al demonio de
todas las dificultades o pecados en mi vida? ¿O, por el contrario, reconozco
que su poder es limitado y sometido al permiso de Dios?
• Si Cristo ha vencido al maligno
en la cruz, ¿cómo puedo vivir con más confianza en esta victoria en lugar de
con miedo a su poder?
Cinco errores comunes del Demonio
3.- Relativizar las enseñanzas de Jesús
Este tercer error parte de la idea de que Jesús habló del demonio porque vivía en un tiempo en el que se creía en espíritus
malignos, y que sus palabras deben leerse como una concesión cultural al
pensamiento de su época.
No se puede minimizar el combate real
que Jesús sostuvo contra el Demonio
Desde esta perspectiva, se intenta
reinterpretar el Evangelio de forma simbólica, minimizando la dimensión
espiritual real del combate que Jesús sostuvo contra el maligno.
Pero esto no es aceptable desde la fe cristiana. Jesús no fue un prisionero
de su tiempo. Él es el Verbo encarnado, el Hijo eterno de Dios. Él pensó, habló
y actuó con total libertad, y lo demostró una y otra vez, incluso cuando eso le
enfrentó con las autoridades religiosas y sociales de su entorno.
Jesús habló del
demonio con claridad y sin ambigüedad. Lo llamó "el padre de la mentira"
(cfr. Jn 8,44), "el príncipe de este mundo" (cfr. Jn 14,30) y
"el tentador" (cfr. Mt 4,3).
Jesús se enfrentó desde el principio a Satanás
Lo enfrentó desde el principio de su ministerio en el desierto y lo venció
definitivamente en la cruz. "Ahora el príncipe de este mundo va a ser
echado fuera" (cfr. Jn 13,31).
Los exorcismos de Jesús son signos evidentes
de la acción del dedo de Dios
Los exorcismos de Jesús no son eventos secundarios en el Evangelio, son signos visibles de que el reino está irrumpiendo en la
historia y de que el Hijo de Dios
ha venido a deshacer las obras del maligno (cfr. 1 Jn 3,8).
Por tanto, no es
aceptable afirmar que Jesús habló del demonio condicionado por la mentalidad de
su tiempo. Quien sostiene eso en el fondo está socavando la misma autoridad
reveladora de Cristo. Jesús no se dejó arrastrar por las creencias populares,
ni validó ideas falsas por conveniencia. Él es la verdad y todo lo que enseñó y
vivió procede del Padre.
Cuestiones para reflexionar:
• Se nos recuerda que Jesús habló del demonio con total claridad. ¿He
intentado alguna vez "reinterpretar" estas enseñanzas para que
encajen mejor con el pensamiento moderno?
• Si los exorcismos de Jesús son "signos visibles" de que el
Reino de Dios está actuando, ¿cómo puedo ver la victoria de Cristo en mi vida
diaria, a pesar de las tentaciones?
Cinco errores comunes del Demonio
4.- La obsesión o el excesivo de enfoque
en el Demonio
Existe un peligro, tan real como los anteriores, que es caer en una obsesión o un interés excesivo y malsano
por el demonio. Este error, aunque en apariencia reconoce su existencia
y su poder, distorsiona la fe al centrarse más en el adversario que en Cristo.
Se le considera como una fuerza omnipresente
Este fenómeno se manifiesta de varias maneras: se le atribuye la culpa de
todo pecado, se le considera una fuerza
omnipresente o se excede el enfoque en la guerra espiritual. El peligro
de este error no radica en la negación del demonio, sino en la distorsión del mensaje cristiano. El
protagonista de nuestra fe no es el maligno, sino Jesucristo. Cristo es el
Salvador, no el demonio el protagonista.
Como dice el famoso pasaje atribuido a C.S. Lewis: "Existen
dos errores iguales y opuestos en los que nuestra raza puede caer respecto a
los demonios. Uno es no creer en su existencia. El otro es creer en ellos, y
sentir un interés excesivo y malsano por ellos."
El cristiano no puede centrar su vida en el Demonio
El cristiano debe ser sobrio y equilibrado. No debe negar la existencia del
enemigo, pero tampoco debe magnificar su poder ni centrar su vida en él. La fe católica nos enseña a luchar contra el mal con las
armas de la gracia: la oración, la Eucaristía, la confesión, el ayuno y la
caridad. La verdadera victoria se logra a través de la unión con Cristo,
que ya ha vencido al maligno.
Cuestiones para reflexionar:
• ¿He puesto demasiado énfasis en la figura del demonio o en la
"guerra espiritual" de manera que he olvidado que el verdadero
protagonista de mi fe es Jesucristo?
• ¿Qué pasos concretos puedo dar para mantener un
"equilibrio" espiritual, centrándome en la unión con Cristo y no en
el adversario?
Cinco errores comunes del Demonio
5.- La indiferencia espiritual
"Está bien, acepto lo que enseña la Iglesia. Creo en la existencia
de los ángeles y de los demonios, pero eso es doctrina general. En la práctica,
estas cosas no me afectan. No tengo por qué preocuparme demasiado por el
demonio."
Vivir como si no existiese el Demonio…
Este es un error más sutil, pero igualmente peligroso. Aunque se acepte la
existencia del demonio a nivel teórico, se vive como si no existiera. Es el
error de la indiferencia espiritual, del adormecimiento interior. Se reconoce la
existencia del mal, pero se desactiva su urgencia, su gravedad y, sobre todo,
la necesidad de vigilancia.
…Pero su influencia en nosotros es real y constante.
Nos encontramos ante una cuestión esencial para nuestra vida cristiana.
¿Cuántos de nosotros hemos profesado el Credo y renunciado a Satanás en el
momento del Bautismo? Si en verdad buscamos vivir en la luz de la verdad, no podemos ignorar la existencia del demonio y la
realidad de su influencia en nuestra vida espiritual.
¿Podría alguien concebir un tratado de espiritualidad que omita el combate
contra Satanás? Sería como un manual militar que imprudentemente omitiese
advertir sobre la aviación enemiga, considerada por muchos como una de las
armas más peligrosas. El Evangelio nos llama a hablar con valentía, sin
dejarnos acomplejar por el espíritu de nuestra época.
Cuestiones para
reflexionar:
• ¿Me considero una persona que,
aunque cree en la existencia del demonio, vive en un estado de
"indiferencia espiritual"?
• Se dice que la influencia del
demonio es "real y constante". ¿Cómo puedo ser más consciente de esta
realidad y aumentar mi vigilancia espiritual en las pequeñas cosas de cada día?
Los tres enemigos del alma
La acción del mal no se explica únicamente por la figura del demonio. Aquí
identificamos tres enemigos del alma: el mundo, la
carne y el demonio.
¿No es acaso el pecado el que ha dejado su huella en el mundo,
arrastrándonos al mal? Y también, ¿no es la debilidad de nuestra carne,
afectada por la concupiscencia, otro camino hacia el pecado?
El demonio ataca a los que buscan la santidad
Sin embargo, entre estos enemigos, el demonio se erige como el más
peligroso, precisamente porque ataca de manera
directa a aquellos que buscan la santidad. Aquellos santos que con
valentía han resistido las seducciones del mundo y de la carne, han enfrentado
ataques directos del maligno. Para aquellos ya atrapados por el mundo o la
carne, el demonio no necesita esforzarse más, ya están sometidos.
En la tradición católica se ha sostenido que el demonio utiliza tanto el
mundo como la carne en su estrategia contra nosotros. San Juan de la Cruz nos
advierte que las astucias del demonio son más difíciles de vencer y entender
que las del mundo y la carne, y que se combinan con estos para librar una
guerra feroz contra el alma.
La acción del Maligno en la vida cotidiana
Entonces, nos preguntamos, ¿cómo podemos
identificar la acción diabólica en nuestras vidas? Es un error dejarse
fascinar por las manifestaciones extraordinarias del demonio como las
posesiones o infestaciones, que probablemente nunca presenciaremos.
La acción ordinaria del Maligno
Tales obsesiones pueden distraernos de lo que es verdaderamente importante:
la acción ordinaria del Maligno, que
diariamente intenta alejarnos de Dios.
Mantengamos nuestros corazones atentos y nuestras almas vigilantes para que
con la gracia de Dios podamos resistir sus sutiles emboscadas y vivir en la
plenitud de la santidad a la que estamos llamados.
No todo lo considerado como malo viene del Maligno
A menudo, la gente se obsesiona con las posesiones diabólicas, pero San
Juan Pablo II nos invita a discernir con cuidado y prudencia. No es sencillo diferenciar lo preternatural de lo que no
lo es. La Iglesia, con su experiencia y sabiduría, no toma a la ligera
la tendencia de atribuir al demonio muchos de los fenómenos que observamos. De
hecho, la mayoría de las personas que buscan ayuda creyendo estar poseídas, en
realidad sufren de patologías psíquicas.
La astucia del Demonio en la sociedad actual
¿Por qué si en los evangelios se describen tantas posesiones hoy parecen
ser menos frecuentes? La respuesta reside en la astucia
del demonio. En nuestra sociedad occidental tan secularizada, una manifestación evidente de su acción podría
paradójicamente acercar más almas a la fe, lo cual no es del interés del
maligno.
En un mundo sin fe, su mayor triunfo es ser invisible
Una manifestación visible del mal en nuestra sociedad secularizada podría,
paradójicamente, llevar a la gente a creer, lo cual va en contra del interés
del demonio. El demonio actúa con cautela, evitando
acciones que pudieran llevar a un retorno masivo a la fe. En cambio, en
otras culturas, donde la fe cristiana no está tan arraigada, el demonio podría
actuar de manera más visible, sabiendo que el resultado no será un acercamiento
a Cristo, sino posiblemente una dependencia de prácticas paganas. ¿No es esto
acaso un ejemplo de su astucia perversa?
Señales habituales de la acción diabólica
San Pablo VI nos ofrece una respuesta clara sobre las señales habituales de
la acción diabólica. ¿Dónde podemos suponer la presencia siniestra del maligno?
Allí donde la negación de Dios se vuelve radical y
absurda.
Donde la mentira se impone con fuerza sobre la verdad.
Donde el amor es reemplazado por un egoísmo cruel.
Donde el nombre de Cristo es repudiado con odio
consciente.
No nos engañemos, hermanas. La acción del maligno no está ausente de la
Iglesia. San Pablo VI nos recordó que "el humo de Satanás puede
infiltrarse incluso en el templo de Dios." ¿Cómo ha sucedido esto? A
través de un poder perverso, el demonio que busca siempre distorsionar y
destruir.
Tres signos de la presencia maligna
Existen tres signos evidentes de esta presencia maligna:
1.- Una intensidad inusual del mal
Cuando los actos humanos alcanzan niveles de barbarie
que parecen incomprensibles, como los horrores de Auschwitz. Aquí es evidente que el maligno ha encontrado un terreno fértil para
sembrar su discordia.
2.- El objetivo estratégico del mal
Busca minar nuestra fe en Dios llevándonos a la
desesperanza. El incremento de la desesperación en nuestros días,
reflejado en tasas crecientes de suicidio, es un ataque directo al corazón de
nuestra esperanza cristiana. Es un asalto calculado: robar la fe para destruir
la esperanza.
3.- La desproporción entre la apariencia y los efectos
Esto sucede cuando la religiosidad auténtica es
sustituida por una vaga espiritualidad, una búsqueda de
paz interior que ignora la revelación divina. El maligno actúa de manera sutil,
seduciendo a muchos a buscar una espiritualidad sin compromiso, sin la recta
relación con Dios.
La Batalla contra el cotilleo y la crítica
Los Papas nos han advertido incansablemente sobre el poder devastador de
nuestras palabras cuando se utilizan para cotillear y criticar. San Pablo nos
lo dice de este modo: «Que vuestra conversación sea siempre amena, sazonada
con sal, sabiendo responder a cada cual como conviene» (cfr. Col 4, 6). San
Pedro también no lo recuerda: «Sed hospitalarios unos con otros, sin
murmurar» (cfr. 1 Pe 4, 9). Cuántas familias, comunidades y parroquias han
sufrido desunión por una simple palabra mal dicha.
El Maligno está detrás de esta crítica y murmuración
Aquí es donde debemos detenernos y considerar que detrás
de estas acciones puede estar operando el maligno. La Sagrada Escritura
nos enseña que uno de los nombres del demonio es el acusador
de nuestros hermanos. Recordemos lo que nos dice el libro del
Apocalipsis: «Y oí una gran voz en el cielo, que decía: 'Ahora ha llegado la
salvación, el poder y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo;
porque ha sido echado fuera el acusador de nuestros
hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche»
(cfr. Ap 12, 10).
Al reconocer esto, podemos comenzar a desmantelar la estrategia del
maligno.
Los logismoi (λογισμοί)
Los primeros monjes del desierto nos hablaban de los logismoi, (λογισμοί) aquellos
pensamientos perturbadores que nos asaltan minando nuestra paz interior.
Para combatirlos, nos ofrecen un método valioso:
Métodos para vencer estos pensamientos perturbadores
1.- Observar y reconocer estos
pensamientos, identificando su origen.
2.- Compartir estas tentaciones con un
guía espiritual, sabiendo que "una tentación compartida es una
tentación medio vencida."
3.- Enfrentarlas con la poderosa Palabra de
Dios, siguiendo el ejemplo de Jesucristo en el desierto.
La armadura de Dios
Jesús nos mostró cómo combatir al enemigo con
la Palabra de Dios. "No solo de pan vive el hombre" (cfr.
Mt 4,4). "No tentarás al Señor tu Dios" (cfr. Mt 4,7). Para
aquellos que deseen profundizar en este tema, la carta a los Efesios, capítulo
6, versículos del 10 al 18, nos instruye: «Fortaleceos en el Señor y en el
poder de su fuerza. Revestíos de toda la armadura de Dios para que podáis
resistir las acechanzas del demonio».
Esta
armadura espiritual implica:
La espada de la Palabra de Dios y la perseverancia en
la oración. La Palabra de Dios actúa como una espada afilada,
desmantelando las mentiras del enemigo. Y la oración se convierte en nuestra
fortaleza.
La coraza de la justicia, que significa vivir en la gracia de Dios. Cuando elegimos la virtud sobre
el pecado, cerramos la puerta al maligno.
El escudo de la fe, que es
esencial. Debemos dejar a un lado la dependencia de visiones y revelaciones
extraordinarias y caminar en la pura fe de la Iglesia.
La victoria de Cristo y la protección de
la Iglesia
En la fidelidad a la doctrina y la disciplina de la Iglesia, encontramos
una protección inviolable. Santa Teresa de Jesús nos recordaba que el demonio
no podrá engañar a un alma que no se fía de sí misma, sino que se apoya en la
fe de la Iglesia. Si un alma no se fía de sus propios juicios y, en cambio, se
adhiere a la verdad revelada y custodiada por la Iglesia, se vuelve
inexpugnable ante las astucias del enemigo.
Además, los sacramentales, como el agua
bendita, pueden ser una fuente de consuelo y fortaleza. Santa Teresa decía que
no hay nada que haga huir más a los demonios que este simple sacramental.
Es crucial que superemos el temor al demonio. «No se turbe vuestro
corazón ni tengáis miedo» (cfr. Jn 14,27). Cristo ha vencido al demonio y
lo ha sujetado. Él no es más que una fiera encadenada que no puede dañar al
cristiano a menos que por pecado nos entreguemos a él. El
miedo y el temor abren puertas al maligno, mientras que la confianza en Dios
las sella.
La liberación de todos los males
La victoria sobre el maligno es, de hecho, la victoria sobre todos los
males que de él emanan. La liturgia, luego de recitar el Padre Nuestro,
introduce el embolismo: "líbranos de todos los males, Señor".
Esta es una reafirmación, una petición que abarca no solo el mal en abstracto,
sino todos los males específicos que nos afligen.
Al pedir ser liberados del maligno, también rogamos ser liberados de todos los males que él ha engendrado en el pasado, el
presente y el futuro. Esta súplica es universal, abarcando las desdichas
del mundo y anhelando la paz.
En cada acto de evangelización y amor,
Satanás es derrotado
Aunque a menudo podemos sentir que el mal está ganando terreno, recordemos
las palabras de Jesús a sus discípulos: «Yo veía a Satanás caer del cielo
como un rayo» (cfr. Lc 10,18). En cada acto de evangelización y amor,
Satanás es derrotado.
En la Virgen María el Maligno no tiene poder
La cultura que se levanta arrogante contra Dios tiene "pies de
barro". El plan de Dios se manifestará en su tiempo perfecto. Y en ese
instante, se manifestará con claridad el triunfo del Inmaculado Corazón de
María.
Cuando concluimos la oración del Padre Nuestro, "Líbranos del mal",
también estamos haciendo un voto de confianza en
María, nuestra madre, quien ha experimentado en plenitud el poder
redentor de Dios. En ella, el maligno no tiene poder alguno. María, en su
pureza inmaculada, es la imagen de la victoria divina, aplastando la cabeza de
la serpiente, símbolo del mal.
«El Señor te
bendiga y te proteja
ilumine su rostro
sobre ti
y te concede su
favor.
El Señor te
muestre su rostro
y te conceda la
paz».
(Num
6, 24-26)
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