No tengáis miedo: el Padre no pierde de vista a sus hijos
Una experiencia de lectura, oración y repaso catequético a partir de Mt 10, 26-33: la misión del discípulo, los miedos que aparecen en el camino y la confianza que nace de saberse en manos del Padre.
«No tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones».
Ambientación musical
“Yo Te Amo”, de Tobías Buteler.
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Una homilía para pasar del miedo escondido a la confianza confesada
El recorrido presenta el Evangelio no como una frase de ánimo genérica, sino como una llamada seria a la misión. Jesús no promete una vida sin heridas, pero enseña a no dejar que el miedo gobierne el corazón. La pregunta de fondo es muy concreta: ¿qué miedo me impide vivir y confesar el Evangelio con coherencia?
Texto bíblico
Mt 10, 26-33: Jesús repite «no tengáis miedo», envía a anunciar a la luz lo recibido en la intimidad y recuerda que el Padre cuida incluso de los gorriones.
Imagen central
Una luz que no teme a la noche: al abrir la ventana no entra la oscuridad, sino que sale la luz.
Clave espiritual
El discípulo no es quien nunca siente miedo, sino quien no permite que el miedo tenga la última palabra.
Cuatro movimientos de la homilía
La homilía avanza desde la misión recibida hasta la confianza filial. El miedo no se niega: se nombra, se ilumina y se atraviesa con Cristo.
La misión nace en un mundo herido
Cristo no envía a sus discípulos a un mundo ya sano, sino a curar heridas reales: corrupción, violencia, injusticia y miseria.
El discípulo no se impone
Jesús pide caminar desarmados de poder, dinero y presión. La fuerza del discípulo es la palabra del Evangelio.
El miedo aparece al seguir de verdad
Cuando el Evangelio deja de ser costumbre tranquila y se convierte en camino concreto, descubrimos nuestra fragilidad y el rechazo posible.
La confianza se apoya en el Padre
Los gorriones y los cabellos contados recuerdan que estamos en manos del Padre, no en manos del azar.
Ocho claves para rezar y comprender
Estas claves están elaboradas a partir del contenido de la homilía. Sirven para lectura personal, catequesis breve, grupo de fe o preparación antes de escuchar el texto completo.
Jesús habla a los discípulos
El pasaje no se dirige a curiosos de paso, sino a quienes han decidido caminar detrás de Cristo. Por eso la palabra no queda lejos: alcanza a quienes quieren seguirlo también con cansancio y contradicciones.
La Palabra se vuelve personal cuando dejamos de escucharla como espectadores.
El mundo está herido, no descartado
La misión cristiana nace porque el mundo está enfermo. Si todo estuviera ya sano, no harían falta discípulos. Cristo envía precisamente donde hay heridas.
El discípulo no huye del mundo herido: entra en él con el Evangelio.
La fuerza no está en imponerse
Jesús no manda a los suyos con armas, presión o seguridades mundanas. La fuerza del discípulo es la palabra del Evangelio, que no aplasta: ilumina, despierta y cura desde dentro.
El discípulo vence cuando deja de querer dominar.
El miedo no es señal de fracaso
Sentir miedo forma parte del camino cuando se toma en serio la llamada de Jesús. Lo decisivo no es no sentirlo, sino no obedecerlo como si fuera el señor de la vida.
El miedo puede aparecer; lo que no puede es gobernar.
La verdad no quedará escondida
Jesús recuerda que llegará la luz que mostrará qué vida ha acertado y cuál se ha malgastado. La elección hecha por amor puede parecer pérdida, pero no lo es ante Dios.
Cuando caiga el decorado, solo quedará la verdad.
La fe escondida encierra el corazón
El Evangelio recibido en la intimidad debe ser anunciado a la luz. No se trata de exhibirse, sino de no esconder la identidad cristiana por miedo al rechazo o a la burla.
La luz no se defiende de la noche: la ilumina.
Solo destruye lo que conquista el corazón
Jesús distingue entre el daño exterior y la perdición interior. Pueden herirnos, burlarse o quitarnos oportunidades, pero no arrancarnos lo esencial si el corazón permanece fiel.
El verdadero peligro no siempre grita; a veces susurra dentro.
El Padre cuenta hasta los cabellos
Los gorriones y los cabellos contados revelan una providencia cercana. Dios no promete una vida sin problemas, pero sí la fuerza y la paz para afrontarlos sin traicionar la conciencia.
Estamos en manos del Padre, no en manos del azar.
Pequeño glosario bíblico y catequético
La homilía se apoya en imágenes y palabras que conviene saborear despacio, porque ayudan a pasar del miedo a la confianza.
No es solo quien admira a Jesús, sino quien entra en su camino y se deja implicar por su misión.
No aparece como algo vergonzoso que haya que negar, sino como una experiencia real que no debe tener la última palabra.
Imagen de anuncio público: lo recibido en la intimidad con Cristo debe salir a la luz y convertirse en testimonio.
La homilía la explica como el basurero: el lugar simbólico donde se pierde lo que estaba llamado a vivir.
Tratado citado al hablar de la tradición judía de bendecir a Dios por muchas realidades de la vida y de la creación.
Tradición judía mencionada para subrayar que la vida entera puede abrirse a la alabanza.
Aves de poco valor social que Jesús elige para revelar que el Padre mira incluso lo que el mundo considera insignificante.
No es llevar una etiqueta religiosa, sino reflejar a Cristo ante los hombres con una vida coherente.
Cinco preguntas de oración
No son preguntas para pasar una ITV espiritual con cara de susto. Son un modo de dejar que el Evangelio toque los miedos reales y los ponga bajo la mirada del Padre.
1. Mi miedo interior
¿Qué parte de mí teme no estar a la altura de la misión que Cristo me confía?
2. Mi forma de anunciar
¿Qué palabra del Evangelio estoy guardando en la oscuridad cuando debería decirla a la luz?
3. Mi coherencia
¿En qué situaciones me cuesta más reconocer a Cristo ante los hombres?
4. Mi falsa seguridad
¿Dónde busco imponerme, protegerme o controlar, en lugar de confiar en la fuerza del Evangelio?
5. Mi confianza filial
¿Qué problema concreto necesito afrontar sabiendo que estoy en manos del Padre y no del azar?
Comprueba si has captado el corazón de la homilía
Elige una opción en cada pregunta. Cada respuesta, correcta o incorrecta, recibe una explicación. Puedes cambiar tu elección y limpiar el quiz cuando quieras.
1. ¿A quién se dirige de modo particular el pasaje de Mt 10, 26-33 según la homilía?
2. ¿Cómo describe la homilía el mundo al que Cristo envía a sus discípulos?
3. ¿Por qué Jesús pide a los discípulos caminar sin armas ni seguridades de poder?
4. Según la homilía, ¿qué lugar ocupa el miedo en el camino del discípulo?
5. ¿Qué significa en la homilía que nada oculto quedará sin descubrirse?
6. ¿Qué pide Jesús cuando dice: «Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz»?
7. ¿Qué enseña la imagen de la habitación iluminada y la ventana abierta?
8. ¿Qué quiere decir la homilía con la expresión «Preocúpate si no te pasa nada»?
9. ¿Qué significa «no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma»?
10. ¿Quién es el verdadero peligro al que la homilía dice que sí debemos temer?
11. ¿Qué revelan los gorriones en la lectura que hace la homilía?
12. ¿Qué miedo concreto toca la imagen de los gorriones según la homilía?
13. ¿Qué promete Dios según la homilía ante los problemas que nacen de la coherencia?
14. ¿Qué significa que Jesús se declarará ante el Padre por quien se declare por Él ante los hombres?
Homilía del Domingo XII del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Puedes desplegar el texto completo para leerlo seguido. Las ideas anteriores y el quiz están pensados como ayuda de lectura, no como sustitución de la homilía.
Leer la homilía completa
Mt 10, 26-33 · «No tengáis miedo a los hombres»
En los Evangelios vemos a Jesús hablando muchas veces a grandes multitudes. Sin embargo, no siempre se dirige a todos por igual. Hay momentos en los que aparta la mirada del gentío y se vuelve hacia un grupo más pequeño, hacia sus discípulos. Les habla a ellos, a los que han decidido caminar detrás de Él, a los que no quieren quedarse solo entre los curiosos, sino entrar en la aventura del Reino.
El pasaje que escrutaremos hoy, igual que el del domingo pasado, pertenece a uno de esos discursos reservados a los discípulos. Y eso significa que no es una palabra lejana, dirigida a otros. Es una palabra para nosotros. Para los que intentamos seguir a Cristo, con entusiasmo unas veces, con cansancio otras, y con más de una contradicción en la mochila.
Recordemos lo que Jesús nos decía el domingo pasado: Id y anunciad a todos que el reino de los cielos está cerca; decid que el mundo ha empezado a cambiar, que ya ha comenzado una realidad nueva. No se trata de una pequeña mejora, de un barniz religioso sobre la vida de siempre. Se trata de un mundo nuevo que Dios ha inaugurado, y que pide ser acogido sin miedo y sin retrasos.
Después, Jesús indicaba también cuál era la tarea de sus discípulos: curar las muchas enfermedades que hieren a la humanidad.
El mundo está atravesado por heridas profundas, las cuales se llaman corrupción, violencia, injusticia, miseria de tantos tipos. Es un mundo enfermo. Y precisamente a ese mundo somos enviados. Por eso, cuando algún cristiano se lamenta diciendo: “¡Qué misión tan difícil! ¡Mira cómo está todo! Cada uno piensa en sí mismo, busca pasarlo bien, hace lo que le apetece y nada más”, conviene responder con una sonrisa serena: ¿Y qué esperábamos encontrar? ¿Un mundo impecable, perfectamente sano, con todo ordenado y oliendo a limpio?
Si el mundo estuviera ya curado, Cristo no nos habría enviado a curarlo. Si todo estuviera en su sitio, no harían falta discípulos. Harían falta, como mucho, guías turísticos.
En este mismo discurso, Jesús precisa también cómo han de presentarse los suyos; sin bolsa con dinero, sin dos túnicas, sin sandalias de repuesto y, sobre todo, sin armas. Ni siquiera el bastón, que era el arma defensiva de los pobres. Es decir, el discípulo debe caminar despojado justamente de aquello en lo que suele apoyarse quien quiere triunfar según los criterios de este mundo. Para imponerse hacen falta poder, dinero, fuerza, protección, capacidad de presión. Jesús, en cambio, pide a los suyos que renuncien precisamente a esas seguridades.
La misión cristiana no avanza por la fuerza, ni por el miedo, ni por la superioridad. El discípulo tiene una sola arma, una sola fuerza, y Jesús asegura que es irresistible: La palabra del Evangelio. Nada más y nada menos. Esto no significa ingenuidad. Significa confiar en una fuerza distinta. La fuerza del Evangelio no aplasta, no amenaza, no humilla. Toca el corazón, despierta la conciencia, cura desde dentro. No entra en la vida como un ejército que conquista, sino como una luz que permite ver.
Y Jesús añade todavía algo más; no esperéis aplausos, aprobaciones ni recibimientos entusiastas. No imaginéis que el mundo os abrirá siempre la puerta con una alfombra roja, música solemne y sonrisa de bienvenida. Más bien, preparaos, porque os encontraréis como ovejas en medio de lobos. Por eso se nos invita a ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (cfr. Mt 10, 16).
Ante una misión tan grande —colaborar en el cambio del mundo— y ante unas perspectivas tan poco cómodas, es normal que los primeros discípulos sintieran miedo. Quizá alguno pensó: “Tal vez sea mejor guardar en un cajón mis sueños de grandeza. Quizá convenga volver a Cafarnaún, a las redes, a la barca, a lo conocido”. Porque lo conocido, aunque sea pequeño, da seguridad. Y la llamada de Jesús, aunque sea hermosa, desinstala.
Mateo recoge este discurso también para nosotros. Nos está diciendo algo muy realista ya que, si quieres seguir a Cristo, cuenta con el miedo. No lo niegues, no lo disfraces de prudencia, no lo escondas bajo palabras piadosas. El miedo forma parte del camino.
De hecho, si nunca sentimos miedo ante la propuesta de Jesús, quizá sea porque todavía no hemos entendido del todo lo que nos está pidiendo. Tal vez hemos reducido el Evangelio a unas costumbres religiosas, a unas devociones tranquilas, a unas obras buenas que no nos complican demasiado la vida. Pero cuando comprendemos que Jesús quiere implicarnos en el nacimiento de un mundo nuevo, entonces algo dentro de nosotros tiembla. Y es normal.
El miedo hay que tenerlo en cuenta. Pero no podemos dejar que el miedo tenga la última palabra. Porque si nos dejamos vencer por él, podremos seguir admirando a Cristo, pero difícilmente seremos discípulos suyos.
Podremos conservar alguna práctica religiosa, participar en alguna devoción, realizar incluso algunas obras buenas. Todo eso puede ser valioso. Pero si no nos dejamos alcanzar por la propuesta de Jesús hasta el fondo, nos quedaremos en la orilla. Cerca, sí; interesados, también; quizá incluso emocionados. Pero no plenamente implicados.
Hay una diferencia enorme entre admirar a Jesús y seguir a Jesús. Admirarlo puede ser cómodo; nos gusta su figura, sus palabras, su bondad, su valentía. Seguirlo, en cambio, nos pone en movimiento. Nos pide confiar sin tenerlo todo controlado. Nos invita a desarmarnos cuando preferiríamos protegernos. Nos llama a curar heridas precisamente allí donde otros solo ven problemas.
Y entonces nace la pregunta decisiva: ¿Cómo superar ese miedo inevitable que todos experimentamos cuando tomamos en serio el Evangelio?
¿Por qué tenemos miedo?
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea».
Jesús comienza tocando una de las fibras más sensibles del corazón humano: el miedo. Y conviene preguntarnos con calma: ¿Por qué tenemos miedo? ¿Qué es exactamente lo que nos asusta cuando el Evangelio deja de ser una idea bonita y se convierte en una llamada concreta?
El primer gran miedo no viene de fuera, sino de dentro. Nace cuando sentimos que no estamos a la altura de la misión que Jesús nos confía. Nos miramos por dentro y pensamos: “¿Cómo voy a proponer el Evangelio a otros, si yo mismo lo acojo tantas veces con dudas, con titubeos, con resistencias? ¿Cómo voy a anunciar el hombre nuevo, si yo soy el primero que sigue razonando muchas veces según los criterios de siempre, según la lógica de este mundo?”.
Nos da miedo renunciar al egoísmo. Nos cuesta abrir el corazón al perdón, al amor incondicional, incluso hacia quien nos ha hecho daño. Nos asusta, como a todos, dejar de acumular bienes; nos cuesta compartirlos con los pobres. En el fondo, seguimos muy atados al mundo viejo y nos resulta difícil soltarnos. Confiamos en la palabra de Jesús, sí… pero no del todo. Un pie dentro y otro fuera, que es una postura muy humana, aunque para caminar no sea precisamente la más cómoda.
A veces podemos preguntarnos: “¿No será mejor adaptarme a lo que hace todo el mundo y disfrutar un poco de la vida sin pensar demasiado en los demás? ¿No será más prudente ceder a algún compromiso? Y si hago ciertas renuncias, ¿no acabaré arrepintiéndome?”.
Ahí está ese miedo interior, el más fuerte de todos, es el miedo a apostar de verdad por Cristo y descubrir demasiado tarde que nos hemos equivocado.
¿Y qué respuesta nos da Jesús? Él nos recuerda que llegará un día en que nada quedará escondido, nada permanecerá en secreto, todo será puesto a la luz (cfr. Mt 10, 26).
Quiere decirnos que, cuando se apaguen las luces del escenario de este mundo, entonces se verá quién ha acertado con la vida y quién la ha malgastado. Jesús nos invita a apostar por su propuesta sin miedo, porque el teatro de lo efímero se cierra, la comedia de las glorias mundanas termina, y al final permanece la verdad.
Quizá nuestras obras de amor permanezcan escondidas durante mucho tiempo. Tal vez los admirados, los aplaudidos, los considerados importantes sean otros. Pero Jesús nos dice que no tengamos miedo de parecer perdedores a los ojos de este mundo. Confiemos. Elijamos lo que Él nos propone.
Un día se disiparán las sombras. Y cuando sobre la vida de cada persona brille la luz del juicio de Dios —la única luz que al final permanece—, entonces se verá que la elección hecha por amor no era una pérdida, sino el camino verdadero.
El miedo a sentirnos rechazados por ser de Cristo
Este es el primer miedo; el más profundo, el que nace dentro. Pero hay otro miedo; es el miedo a salir y encontrarnos con la oscuridad del mundo. Esa oscuridad nos asusta porque pensamos que no nos comprenderán, que desconfiarán de nuestras palabras, que rechazarán la propuesta de vida nueva que llevamos. Y ante ese miedo, conviene preguntarnos con sinceridad: ¿qué hacemos?
Muchas veces preferimos guardar para nosotros el Evangelio que ha dado sentido a nuestra vida. Nos refugiamos en nuestro pequeño mundo, en nuestras seguridades espirituales, y renunciamos a la misión de ser apóstoles que llevan la luz del Evangelio a la oscuridad del mundo.
Ahí aparece el miedo a presentarnos como creyentes. El miedo a mostrar nuestra identidad cristiana. El miedo a pensar de un modo distinto al de los demás. Tememos que nos consideren atrasados, cerrados, ingenuos, personas que no han entendido el pensamiento dominante o que no han asimilado las conquistas de la mentalidad moderna.
¿Cómo vencer esta segunda forma de miedo? Jesús nos dice que «lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz»; es decir, quien camina iluminado por el Evangelio no debe temer el encuentro con la oscuridad. La razón es porque la luz siempre vence a la tiniebla. Si estamos en una habitación iluminada y fuera es de noche, al abrir la ventana no entra la oscuridad, sino que sale la luz. La imagen es sencilla, pero dice mucho. La tiniebla no tiene fuerza propia para apagar la luz; basta una pequeña lámpara para que la noche retroceda.
Por eso, no tengamos miedo de la oscuridad del mundo. El Evangelio tiene una luz más fuerte. Hay todavía otro miedo por el que el discípulo no debe dejarse condicionar.
Preocúpate si no te pasa nada
«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma».
Cuando alguien nos confía que tiene miedo de que le ocurra algo desagradable, ¿qué solemos hacer nosotros? Intentamos tranquilizarlo: “No te preocupes, ya verás como no pasa nada”.
Jesús, en cambio, no nos ofrece esa clase de consuelo fácil. No nos dice: “Tranquilos, si seguís mi misión no os ocurrirá nada”. Más bien nos advierte que si llevas adelante la misión que te he confiado, cuenta con que algo te va a pasar. Es más, preocúpate si no te pasa nada. Porque si todos te dejan en paz, quizá sea señal de que no has incomodado a nadie. Quizá significa que piensas, hablas y vives como todos; y por eso nadie se siente interpelado.
Sabemos bien que hay valores evangélicos que hoy no están precisamente de moda. Basta con nombrarlos para que alguno levante la ceja; y si, además de nombrarlos, intentamos vivirlos, entonces la incomodidad crece. Porque una vida coherente, aunque no grite, termina haciendo preguntas. A veces basta una persona que piense de otro modo para que toda una sala se dé cuenta de que no todo es tan evidente como parecía.
Hace unos días, un profesor de religión me contaba una escena vivida en una clase de Bachillerato. Estaban debatiendo si el aborto debía reconocerse como un derecho constitucional. Toda la clase parecía defender esa postura. Bueno, toda no. Había un muchacho que, como aquella pequeña aldea gala de los tebeos de Astérix y Obélix, resistía frente al consenso general. Él no aceptaba llamar “derecho” a lo que, según decía, suponía quitar la vida a un indefenso.
Y no hace falta imaginar una escena heroica, con música épica de fondo y capa al viento. Bastaba aquel chico, solo ante la opinión mayoritaria, para mostrar algo muy sencillo: cuando uno intenta mirar la realidad desde el Evangelio, a veces queda en minoría. Y esa minoría puede incomodar. No porque busque provocar, sino porque recuerda que hay preguntas que no se resuelven simplemente votando lo que piensa la mayoría.
Por eso, conviene contar con que quienes se oponen al mundo nuevo y quieren prolongar el mundo viejo pueden llegar incluso a matar al discípulo; ahí están los mártires del Evangelio. También hoy son muchos. A la mayoría no los conocemos; solo Dios conoce sus nombres.
Quien denuncia injusticias, quien en nombre del Evangelio se coloca del lado de los débiles, de los pobres y de los oprimidos; quien se atreve a desafiar a aquellos que hoy solemos llamar los poderes fuertes, tiene que contar con que puede pagarlo caro.
Pensemos en tantos santos, en tantos mártires. Pensemos, por ejemplo, en San Maximiliano Kolbe, Santa Edith Stein entre otros. Ahí aparece de nuevo el miedo.
Ha sido escandaloso el "linchamiento" en los medios y la presión social de los vecinos de un pueblo de Sevilla, de poco más de 5000 habitantes, contra un buen sacerdote. Le exigían que siguiera haciendo lo mismo que hacía el anterior sacerdote de esa parroquia que era dar la sagrada Comunión a una pareja homosexual y a otras personas que eran conocidas por su desorden moral. Estas personas, la periodista que hace las entrevistas se anima al linchamiento mediático contra el sacerdote; es el grupo televisivo MEDIASET, y uno lanza una pregunta, ¿se creen que es la Comunión, un derecho civil? E incluso una mujer mayor está diciendo a la periodista ‘que se vaya y que venga otro como el que teníamos antes’. La Iglesia no es una multinacional que va adaptando su producto en función de cómo está el mercado, ni en función de las modas del momento. ¿Cómo no tomaron medidas contra ese anterior sacerdote las autoridades eclesiásticas de la diócesis de Sevilla? (cfr. c.1378 § 2 CIC).
Probablemente hoy no lleguen a matarnos. Pero sí podemos encontrarnos con falsas acusaciones, burlas, marginación, precisamente por ser creyentes y por intentar vivir según el Evangelio.
Pensemos, por ejemplo, en ciertas incomprensiones dolorosas dentro de la propia familia. A veces son sonrisas pequeñas, incluso aparentemente amables, pero que hacen mucho daño. Esas sonrisillas que parecen decir: “Pobrecillo, todavía cree en esas cosas”.
Pensemos en el hijo que dice a su madre: “¿Pero por qué sigues yendo a misa los domingos? Quédate en casa, descansa. ¿A qué vienen todavía esas historias de la religión? Eso son restos del pasado, vestigios de la Edad Media. Ya nadie se cree eso de verdad. Son cosas sin sentido. ¿No ves que las iglesias se están vaciando y que los jóvenes ya no aparecen por allí?”.
Esas sonrisas con aire de condescendencia duelen mucho. Jesús nos dice: cuenta con ellas, y permanece coherente. Pero aquí conviene afinar, porque no todo lo que provoca risa o rechazo es necesariamente el Evangelio. A veces lo que se ridiculiza no es la Buena Noticia de Jesús, sino ciertas prácticas religiosas envejecidas, ciertas credulidades sin sentido, ciertas formas que ya no ayudan a nadie a encontrarse con Dios. De esas sonrisas también podemos dejarnos purificar.
Cuando nuestra vida es coherente, cuando nuestro testimonio es verdaderamente evangélico, hemos de contar también con la incomprensión. Incluso con la incomprensión de los familiares y de los amigos. También Jesús conoció esa experiencia. También Él encontró oposición entre los suyos.
¿Y qué respuesta da Jesús a este miedo? Nos invita a pensar: ¿Qué daño pueden hacernos realmente? Quienes se oponen a la misión que estamos viviendo pueden ofendernos, pueden burlarse de nosotros, pueden incluso quitarnos la vida. Pero ninguna violencia podrá arrebatarnos el único bien que de verdad cuenta: la vida divina que hemos recibido del Padre del cielo (cfr. Mt 10, 28).
Nadie puede borrar nuestra identidad de verdaderos discípulos. Podrán hacernos daño, sí; pero no podrán destruir lo que somos ante Dios. Nuestra vida no depende de ellos.
El verdadero peligro no siempre grita; a veces susurra dentro.
«No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”».
¿Quién es, entonces, ese personaje peligroso al que sí debemos temer?
Conviene identificarlo bien. Y lo primero es no buscarlo demasiado lejos, como si estuviera solo fuera de nosotros. Porque ese personaje peligroso también habita dentro: forma parte de esa zona oscura que todos llevamos en el corazón.
Es esa voz maligna que, una y otra vez, nos hace propuestas contrarias a las de Dios. Esa voz que intenta convencernos de que, en el fondo, lo que hace todo el mundo tampoco está tan mal. Esa voz que nos desanima, nos empuja al cansancio interior y nos sugiere caminos de compromiso con el Evangelio rebajado, suavizado, domesticado.
Todos conocemos esa experiencia. Es la presencia de la serpiente que nos empuja a hacer simplemente lo que nos apetece. Podemos llamarla como queramos; el maligno, la serpiente, el diablo, Satanás. Pero lo importante es no perderla de vista, porque Jesús nos advierte que ese es el único que puede arruinarnos la vida.
Si le hacemos caso, nos conduce a la gehena, es decir, lleva nuestra vida al basurero, al lugar donde se pierde lo que estaba llamado a vivir (cfr. Mt 10, 28). De ningún otro debemos tener miedo. Ahora el Señor nos da otra razón por la que no tenemos que vivir asustados.
Los gorriones también cuentan para Dios
«¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones».
Llegados a este punto, Jesús introduce dos imágenes muy sencillas para ayudarnos a no vivir dominados por el miedo. La primera es la de los gorriones: «¿No se venden un par de gorriones por un céntimo?». Resulta curioso que Lucas, al transmitir este mismo ejemplo de Jesús, hable de cinco gorriones vendidos por dos monedas (cfr. Lc 12, 6). Parece que ya entonces existía el tres por dos. La publicidad no ha inventado tantas cosas como se cree.
¿Por qué Jesús pone el ejemplo de los gorriones? Porque eran aves de muy poco valor. No habla del águila, símbolo de fuerza; ni de la paloma, con toda su carga bíblica; ni de un animal noble y admirado. Habla de gorriones: pájaros pequeños, baratos, casi insignificantes.
En la tradición judía, el tratado בְּרָכוֹת (Berajot) de la מִשְׁנָה (Mishná) muestra una sensibilidad preciosa; muchas realidades de la vida y de la creación pueden convertirse en ocasión para bendecir a Dios. Hay bendiciones ante ciertos alimentos, ante fenómenos naturales, ante montañas, mares, ríos o desiertos. La vida entera puede abrirse a la alabanza.
Y, sin embargo, Jesús escoge precisamente lo que casi nadie miraba: Un gorrión. Una criatura pequeña, barata, sin prestigio, de esas que parecen no contar para nadie. Ahí está la fuerza de la imagen: si el Padre no pierde de vista ni siquiera a un gorrión, ¿cómo va a olvidarse de sus hijos?
¿Qué miedo quiere tocar Jesús con esta imagen? El miedo que aparece cuando nuestras decisiones no nos afectan solo a nosotros, sino también a las personas que tenemos cerca. A veces, elegir según el Evangelio repercute en la familia, en quienes nos quieren, en quienes quizá no comparten del todo nuestras opciones.
Pensemos, por ejemplo, en alguien que quiere vivir de manera coherente con el Evangelio en la gestión de sus bienes. Tiene lo necesario y decide compartir lo que le sobra con quien está pasando necesidad. Pero esa decisión puede afectar también a su esposa, a sus hijos, a los planes familiares. Y ellos pueden decirle: “Tenemos que asegurar el futuro”. Ahí nace el miedo; el miedo a que lo acumulado no baste, a que falte seguridad, a que la generosidad nos deje desprotegidos.
O pensemos en quien tiene una profesión muy bien pagada, pero que le obliga continuamente a entrar en conflicto con su conciencia. Si quiere ser fiel al Evangelio, quizá tenga que dejarla y elegir otra menos rentable. Y entonces no está en juego solo su sueldo: pueden tambalearse proyectos familiares, expectativas, planes que parecían ya seguros.
Podemos pensar también en el caso dramático de una gestación muy problemática. Quien confía en Cristo puede encontrarse ante decisiones heroicas, dispuesto incluso a ver trastocados todos los planes de vida que había imaginado. Y tiene miedo, porque no sabe cómo podrá seguir adelante.
A esos temores o miedos tan concretos responde Jesús invitándonos a confiar en el Padre del cielo, que acompaña nuestra vida. Dios no nos deja solos. Está siempre cerca. Ahora bien, no promete resolver nuestros problemas con un milagro caído del cielo. No funciona así. Los problemas tendremos que afrontarlos nosotros. Pero la fuerza para afrontar esos problemas, podemos estar seguros, Él la dará.
Lo que promete es la paz. La paz profunda de quien puede mirarse por dentro y reconocer que no ha traicionado la propia conciencia. En lo íntimo, podremos escuchar la voz del Espíritu que nos dice: “Has hecho bien. Has elegido lo correcto. Has sido coherente con aquello en lo que crees”.
Si Dios cuida incluso de un gorrión, una criatura considerada sin importancia, ¿cómo no va a cuidar de nosotros? Pase lo que pase, estamos en sus manos. Por eso podemos confiar. Por eso no necesitamos vivir paralizados por el miedo.
Y es muy eficaz también la segunda imagen que utiliza Jesús: Los cabellos de nuestra cabeza. «Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados». Nosotros ni siquiera sabemos cuántos tenemos; y aunque nos pusiéramos a contarlos por la mañana, al poco rato el número ya habría cambiado. Algunos, además, preferirían no hacer esa estadística demasiado a menudo.
Al Padre, en cambio, no se le escapa nada. Ni siquiera el número de nuestros cabellos. Y si Dios se interesa hasta por algo tan pequeño, ¿cómo no va a cuidar de un hijo suyo?
El nombre de cristiano no sustituye la vida cristiana
«A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Recordemos que Jesús habló un día de algunos que se presentan ante Él convencidos de que serán reconocidos como discípulos suyos. Y, sin embargo, reciben una respuesta estremecedora: «No sé de dónde sois… no os conozco» (cfr. Lc 13, 25.27; Mt 25, 12).
Con estas palabras, Jesús quiere decirnos algo muy serio. En algunos discípulos reconoce su propia persona, su propia imagen. En otros, en cambio, aunque estén bautizados y se consideren cristianos, puede no reconocerse.
Pensemos, por ejemplo, en personas aferradas al dinero, o en quienes recurren a la violencia como modo de imponerse. Aunque se tengan por discípulos, Jesús no puede reconocerse en ellas, porque no ve en su vida los rasgos de su Evangelio.
Y fijémonos bien: aquí Jesús no está hablando solo del juicio final. Está hablando también de lo que ocurre ahora. Está diciendo que hoy, en este mundo, hay discípulos en los que Él reconoce su propia imagen; y hay otros en los que no puede reconocerse.
¿En quién se reconoce Cristo? En quien no tiene miedo de ser coherente con el Evangelio, aunque eso le cueste amistades, oportunidades, prestigio, posibilidades de hacer carrera, incluso la vida.
En cambio, no se reconoce en quienes no reproducen ante los hombres su imagen. Y ante el Padre del cielo, Jesús da testimonio de esta realidad; reconoce como suyos a quienes lo han reconocido con su vida.
En conclusión, ¿qué nos está diciendo Jesús? Nos está diciendo: “Mirad, también yo he experimentado todos esos miedos que vosotros sentís. Y los he vencido. Vencedlos también vosotros, si queréis que yo os reconozca como discípulos míos”. El discípulo no es quien no teme, sino quien no se deja vencer por el miedo.

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