Homilía
del Domingo XII del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 10, 26-33 - «No tengáis miedo a los hombres»
Escucha aquí el episodio completo:
Escucha aquí el episodio completo:
En los Evangelios
vemos a Jesús hablando muchas veces a grandes multitudes. Sin embargo, no
siempre se dirige a todos por igual. Hay momentos en los que aparta la mirada
del gentío y se vuelve hacia un grupo más pequeño, hacia sus discípulos.
Les habla a ellos, a los que han decidido caminar detrás de Él, a los que no
quieren quedarse solo entre los curiosos, sino entrar en la aventura del Reino.
El pasaje que escrutaremos
hoy, igual que el del domingo pasado, pertenece a uno de esos discursos
reservados a los discípulos. Y eso significa que no es una palabra lejana,
dirigida a otros. Es una palabra para nosotros. Para los que intentamos seguir
a Cristo, con entusiasmo unas veces, con cansancio otras, y con más de una
contradicción en la mochila.
Recordemos lo que
Jesús nos decía el domingo pasado: Id y anunciad a todos que el reino de los
cielos está cerca; decid que el mundo ha empezado a cambiar, que ya ha
comenzado una realidad nueva. No se trata de una pequeña mejora, de un
barniz religioso sobre la vida de siempre. Se trata de un mundo nuevo que Dios
ha inaugurado, y que pide ser acogido sin miedo y sin retrasos.
Después, Jesús
indicaba también cuál era la tarea de sus discípulos: curar las muchas
enfermedades que hieren a la humanidad.
El mundo está enfermo,
y Cristo nos envía a curarlo.
El mundo está
atravesado por heridas profundas, las cuales se llaman corrupción, violencia,
injusticia, miseria de tantos tipos. Es un mundo enfermo. Y
precisamente a ese mundo somos enviados. Por eso, cuando algún cristiano se
lamenta diciendo: “¡Qué misión tan difícil! ¡Mira cómo está todo! Cada uno
piensa en sí mismo, busca pasarlo bien, hace lo que le apetece y nada más”,
conviene responder con una sonrisa serena: ¿Y qué esperábamos encontrar? ¿Un
mundo impecable, perfectamente sano, con todo ordenado y oliendo a limpio?
Si el mundo
estuviera ya curado, Cristo no nos habría enviado a curarlo. Si todo estuviera
en su sitio, no harían falta discípulos. Harían falta, como mucho, guías
turísticos.
En este mismo
discurso, Jesús precisa también cómo han de presentarse los suyos; sin bolsa
con dinero, sin dos túnicas, sin sandalias de repuesto y, sobre todo, sin
armas. Ni siquiera el bastón, que era el arma defensiva de los pobres. Es
decir, el discípulo debe caminar despojado justamente de aquello en lo que
suele apoyarse quien quiere triunfar según los criterios de este mundo.
Para imponerse hacen falta poder, dinero, fuerza, protección, capacidad de
presión. Jesús, en cambio, pide a los suyos que renuncien precisamente a esas
seguridades.
El discípulo vence
cuando deja de querer imponerse.
La misión
cristiana no avanza por la fuerza, ni por el miedo, ni por la superioridad. El
discípulo tiene una sola arma, una sola fuerza, y Jesús asegura que es
irresistible: La palabra del Evangelio. Nada más y nada menos. Esto no
significa ingenuidad. Significa confiar en una fuerza distinta. La
fuerza del Evangelio no aplasta, no amenaza, no humilla. Toca el corazón,
despierta la conciencia, cura desde dentro. No entra en la vida como un
ejército que conquista, sino como una luz que permite ver.
Y Jesús añade
todavía algo más; no esperéis aplausos, aprobaciones ni recibimientos
entusiastas. No imaginéis que el mundo os abrirá siempre la puerta con una
alfombra roja, música solemne y sonrisa de bienvenida. Más bien, preparaos,
porque os encontraréis como ovejas en medio de lobos. Por eso se nos invita
a ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (cfr. Mt 10, 16).
Ante una misión
tan grande —colaborar en el cambio del mundo— y ante unas perspectivas tan poco
cómodas, es normal que los primeros discípulos sintieran miedo. Quizá alguno
pensó: “Tal vez sea mejor guardar en un cajón mis sueños de grandeza. Quizá
convenga volver a Cafarnaún, a las redes, a la barca, a lo conocido”. Porque
lo conocido, aunque sea pequeño, da seguridad. Y la llamada de Jesús, aunque
sea hermosa, desinstala.
Seguir a Cristo empieza muchas veces
donde aparece el miedo.
Mateo recoge este
discurso también para nosotros. Nos está diciendo algo muy realista ya que, si
quieres seguir a Cristo, cuenta con el miedo. No lo niegues, no lo
disfraces de prudencia, no lo escondas bajo palabras piadosas. El miedo
forma parte del camino.
De hecho, si
nunca sentimos miedo ante la propuesta de Jesús, quizá sea porque todavía no
hemos entendido del todo lo que nos está pidiendo. Tal vez hemos reducido
el Evangelio a unas costumbres religiosas, a unas devociones tranquilas, a unas
obras buenas que no nos complican demasiado la vida. Pero cuando
comprendemos que Jesús quiere implicarnos en el nacimiento de un mundo nuevo,
entonces algo dentro de nosotros tiembla. Y es normal.
El miedo hay que
tenerlo en cuenta. Pero no podemos dejar que el miedo tenga la última
palabra. Porque si nos dejamos vencer por él, podremos seguir admirando
a Cristo, pero difícilmente seremos discípulos suyos.
Podremos conservar
alguna práctica religiosa, participar en alguna devoción, realizar incluso
algunas obras buenas. Todo eso puede ser valioso. Pero si no nos dejamos
alcanzar por la propuesta de Jesús hasta el fondo, nos quedaremos en la orilla.
Cerca, sí; interesados, también; quizá incluso emocionados. Pero no plenamente
implicados.
No basta admirar a Cristo:
El Evangelio pide entrar en su camino.
Hay una diferencia
enorme entre admirar a Jesús y seguir a Jesús. Admirarlo puede ser cómodo; nos
gusta su figura, sus palabras, su bondad, su valentía. Seguirlo, en cambio,
nos pone en movimiento. Nos pide confiar sin tenerlo todo controlado. Nos
invita a desarmarnos cuando preferiríamos protegernos. Nos llama a curar
heridas precisamente allí donde otros solo ven problemas.
Y entonces nace la
pregunta decisiva: ¿Cómo superar ese miedo inevitable que todos experimentamos
cuando tomamos en serio el Evangelio?
¿Por qué tenemos miedo?
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay
encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a
saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al
oído, pregonadlo desde la azotea».
Jesús comienza
tocando una de las fibras más sensibles del corazón humano: el miedo. Y
conviene preguntarnos con calma: ¿Por qué tenemos miedo? ¿Qué es exactamente lo
que nos asusta cuando el Evangelio deja de ser una idea bonita y se convierte
en una llamada concreta?
El primer gran miedo no viene de fuera, sino de dentro. Nace cuando sentimos que no estamos a la altura de la misión que Jesús nos confía. Nos miramos por dentro y pensamos: “¿Cómo voy a proponer el Evangelio a otros, si yo mismo lo acojo tantas veces con dudas, con titubeos, con resistencias? ¿Cómo voy a anunciar el hombre nuevo, si yo soy el primero que sigue razonando muchas veces según los criterios de siempre, según la lógica de este mundo?”.
El primer miedo nace al descubrir
nuestra propia fragilidad.
Nos da miedo
renunciar al egoísmo. Nos cuesta abrir el corazón al perdón, al amor
incondicional, incluso hacia quien nos ha hecho daño. Nos asusta, como a
todos, dejar de acumular bienes; nos cuesta compartirlos con los pobres. En
el fondo, seguimos muy atados al mundo viejo y nos resulta difícil soltarnos.
Confiamos en la palabra de Jesús, sí… pero no del todo. Un pie dentro y otro
fuera, que es una postura muy humana, aunque para caminar no sea precisamente
la más cómoda.
A veces podemos
preguntarnos: “¿No será mejor adaptarme a lo que hace todo el mundo y
disfrutar un poco de la vida sin pensar demasiado en los demás? ¿No será más
prudente ceder a algún compromiso? Y si hago ciertas renuncias, ¿no acabaré
arrepintiéndome?”.
Ahí está ese miedo
interior, el más fuerte de todos, es el miedo a apostar de verdad por Cristo
y descubrir demasiado tarde que nos hemos equivocado.
¿Y qué respuesta
nos da Jesús? Él nos recuerda que llegará un día en que nada quedará escondido,
nada permanecerá en secreto, todo será puesto a la luz (cfr. Mt 10, 26).
Cuando se apaguen las luces del escenario de este mundo,
entonces se verá quién ha acertado con la vida
y quién la ha malgastado
Quiere decirnos
que, cuando se apaguen las luces del escenario de este mundo, entonces se
verá quién ha acertado con la vida y quién la ha malgastado. Jesús nos
invita a apostar por su propuesta sin miedo, porque el teatro de lo efímero se
cierra, la comedia de las glorias mundanas termina, y al final permanece la
verdad.
Cuando caiga el decorado,
solo quedará la verdad.
Quizá nuestras
obras de amor permanezcan escondidas durante mucho tiempo. Tal vez los
admirados, los aplaudidos, los considerados importantes sean otros. Pero
Jesús nos dice que no tengamos miedo de parecer perdedores a los ojos de este
mundo. Confiemos. Elijamos lo que Él nos propone.
Un día se
disiparán las sombras. Y cuando sobre la vida de cada persona brille la luz del
juicio de Dios —la única luz que al final permanece—, entonces se verá que la
elección hecha por amor no era una pérdida, sino el camino verdadero.
El miedo a sentirnos rechazados
por ser de Cristo
Este es el primer
miedo; el más profundo, el que nace dentro. Pero hay otro miedo; es el miedo
a salir y encontrarnos con la oscuridad del mundo. Esa oscuridad nos asusta
porque pensamos que no nos comprenderán, que desconfiarán de nuestras
palabras, que rechazarán la propuesta de vida nueva que llevamos. Y ante
ese miedo, conviene preguntarnos con sinceridad: ¿qué hacemos?
Muchas veces
preferimos guardar para nosotros el Evangelio que ha dado sentido a nuestra
vida. Nos refugiamos en nuestro pequeño mundo, en nuestras seguridades
espirituales, y renunciamos a la misión de ser apóstoles que llevan la luz del
Evangelio a la oscuridad del mundo.
La fe escondida acaba
encerrando también el corazón.
Ahí aparece el
miedo a presentarnos como creyentes. El miedo a mostrar nuestra identidad
cristiana. El miedo a pensar de un modo distinto al de los demás. Tememos
que nos consideren atrasados, cerrados, ingenuos, personas que no han entendido
el pensamiento dominante o que no han asimilado las conquistas de la mentalidad
moderna.
¿Cómo vencer esta
segunda forma de miedo? Jesús nos dice que «lo
que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz»; es decir, quien
camina iluminado por el Evangelio no debe temer el encuentro con la oscuridad.
La razón es porque la luz siempre vence a la tiniebla. Si estamos en una
habitación iluminada y fuera es de noche, al abrir la ventana no entra la
oscuridad, sino que sale la luz. La imagen es sencilla, pero dice mucho. La
tiniebla no tiene fuerza propia para apagar la luz; basta una pequeña lámpara
para que la noche retroceda.
Por eso, no
tengamos miedo de la oscuridad del mundo. El Evangelio tiene una luz más
fuerte. Hay todavía otro miedo por el que el discípulo no debe dejarse
condicionar.
Preocúpate si no te pasa nada
«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no
pueden matar el alma».
Cuando alguien nos
confía que tiene miedo de que le ocurra algo desagradable, ¿qué solemos hacer
nosotros? Intentamos tranquilizarlo: “No te preocupes, ya verás como no pasa
nada”.
Jesús, en cambio,
no nos ofrece esa clase de consuelo fácil. No nos dice: “Tranquilos, si
seguís mi misión no os ocurrirá nada”. Más bien nos advierte que si llevas
adelante la misión que te he confiado, cuenta con que algo te va a pasar. Es
más, preocúpate si no te pasa nada. Porque si todos te dejan en paz, quizá
sea señal de que no has incomodado a nadie. Quizá significa que piensas,
hablas y vives como todos; y por eso nadie se siente interpelado.
El Evangelio no busca molestar,
pero acaba incomodando.
Sabemos bien que
hay valores evangélicos que hoy no están precisamente de moda. Basta con
nombrarlos para que alguno levante la ceja; y si, además de nombrarlos,
intentamos vivirlos, entonces la incomodidad crece. Porque una vida coherente,
aunque no grite, termina haciendo preguntas. A veces basta una persona que
piense de otro modo para que toda una sala se dé cuenta de que no todo es tan
evidente como parecía.
Hace unos días, un
profesor de religión me contaba una escena vivida en una clase de Bachillerato.
Estaban debatiendo si el aborto debía reconocerse como un derecho
constitucional. Toda la clase parecía defender esa postura. Bueno, toda no.
Había un muchacho que, como aquella pequeña aldea gala de los tebeos de Astérix
y Obélix, resistía frente al consenso general. Él no aceptaba llamar “derecho”
a lo que, según decía, suponía quitar la vida a un indefenso.
Y no hace falta
imaginar una escena heroica, con música épica de fondo y capa al viento.
Bastaba aquel chico, solo ante la opinión mayoritaria, para mostrar algo muy
sencillo: cuando uno intenta mirar la realidad desde el Evangelio, a veces
queda en minoría. Y esa minoría puede incomodar. No porque busque provocar,
sino porque recuerda que hay preguntas que no se resuelven simplemente votando
lo que piensa la mayoría.
Por eso, conviene
contar con que quienes se oponen al mundo nuevo y quieren prolongar el mundo
viejo pueden llegar incluso a matar al discípulo; ahí están los mártires
del Evangelio. También hoy son muchos. A la mayoría no los conocemos; solo Dios
conoce sus nombres.
Quien denuncia
injusticias, quien en nombre del Evangelio se coloca del lado de los débiles,
de los pobres y de los oprimidos; quien se atreve a desafiar a aquellos que hoy
solemos llamar los poderes fuertes, tiene que contar con que puede pagarlo
caro.
Pensemos en tantos
santos, en tantos mártires. Pensemos, por ejemplo, en San Maximiliano Kolbe, Santa
Edith Stein entre otros. Ahí aparece de nuevo el miedo.
Ha sido
escandaloso el "linchamiento" en los medios y la presión social de
los vecinos de un pueblo de Sevilla, de poco más de 5000 habitantes, contra un
buen sacerdote. Le exigían que siguiera haciendo lo mismo que hacía el anterior
sacerdote de esa parroquia que era dar la sagrada Comunión a una pareja
homosexual y a otras personas que eran conocidas por su desorden moral. Estas
personas, la periodista que hace las entrevistas se anima al linchamiento
mediático contra el sacerdote; es el grupo televisivo MEDIASET, y uno lanza una
pregunta, ¿se creen que es la Comunión, un derecho civil? E incluso una mujer
mayor está diciendo a la periodista ‘que se vaya y que venga otro como el
que teníamos antes’. La Iglesia no es una multinacional que va adaptando su
producto en función de cómo está el mercado, ni en función de las modas del
momento. ¿Cómo no tomaron medidas contra ese anterior sacerdote las
autoridades eclesiásticas de la diócesis de Sevilla? (cfr. c.1378 § 2 CIC).
Probablemente hoy
no lleguen a matarnos. Pero sí podemos encontrarnos con falsas acusaciones,
burlas, marginación, precisamente por ser creyentes y por intentar vivir según
el Evangelio.
La burla también
puede herir al discípulo.
Pensemos, por
ejemplo, en ciertas incomprensiones dolorosas dentro de la propia familia. A
veces son sonrisas pequeñas, incluso aparentemente amables, pero que hacen
mucho daño. Esas sonrisillas que parecen decir: “Pobrecillo, todavía cree en
esas cosas”.
Pensemos en el
hijo que dice a su madre: “¿Pero por qué sigues yendo a misa los domingos?
Quédate en casa, descansa. ¿A qué vienen todavía esas historias de la religión?
Eso son restos del pasado, vestigios de la Edad Media. Ya nadie se cree eso de
verdad. Son cosas sin sentido. ¿No ves que las iglesias se están vaciando y que
los jóvenes ya no aparecen por allí?”.
Esas sonrisas con
aire de condescendencia duelen mucho. Jesús nos dice: cuenta con ellas, y
permanece coherente. Pero aquí conviene afinar, porque no todo lo que
provoca risa o rechazo es necesariamente el Evangelio. A veces lo que se
ridiculiza no es la Buena Noticia de Jesús, sino ciertas prácticas religiosas
envejecidas, ciertas credulidades sin sentido, ciertas formas que ya no ayudan
a nadie a encontrarse con Dios. De esas sonrisas también podemos dejarnos
purificar.
No toda crítica es persecución:
Algunas críticas nos purifican.
Cuando nuestra
vida es coherente, cuando nuestro testimonio es verdaderamente evangélico,
hemos de contar también con la incomprensión. Incluso con la incomprensión de
los familiares y de los amigos. También Jesús conoció esa experiencia. También
Él encontró oposición entre los suyos.
¿Y qué respuesta
da Jesús a este miedo? Nos invita a pensar: ¿Qué daño pueden hacernos
realmente? Quienes se oponen a la misión que estamos viviendo pueden
ofendernos, pueden burlarse de nosotros, pueden incluso quitarnos la vida. Pero
ninguna violencia podrá arrebatarnos el único bien que de verdad cuenta: la
vida divina que hemos recibido del Padre del cielo (cfr. Mt 10, 28).
Pueden herirnos,
pero no pueden arrancarnos lo esencial.
Nadie puede borrar
nuestra identidad de verdaderos discípulos. Podrán hacernos daño, sí; pero no
podrán destruir lo que somos ante Dios. Nuestra vida no depende de ellos.
El verdadero peligro no siempre grita;
a veces susurra dentro.
«No; temed al que puede llevar a la perdición alma y
cuerpo en la “gehenna”».
¿Quién es,
entonces, ese personaje peligroso al que sí debemos temer?
Conviene identificarlo bien. Y lo primero
es no buscarlo demasiado lejos, como si estuviera solo fuera de nosotros.
Porque ese personaje peligroso también habita dentro: forma parte de esa
zona oscura que todos llevamos en el corazón.
Es esa voz maligna
que, una y otra vez, nos hace propuestas contrarias a las de Dios. Esa
voz que intenta convencernos de que, en el fondo, lo que hace todo el mundo
tampoco está tan mal. Esa voz que nos desanima, nos empuja al cansancio
interior y nos sugiere caminos de compromiso con el Evangelio rebajado,
suavizado, domesticado.
Todos conocemos
esa experiencia. Es la presencia de la serpiente que nos empuja a hacer
simplemente lo que nos apetece. Podemos llamarla como queramos; el maligno, la
serpiente, el diablo, Satanás. Pero lo importante es no perderla de vista,
porque Jesús nos advierte que ese es el único que puede arruinarnos la vida.
Solo puede destruirnos aquello
a lo que entregamos el corazón.
Si le hacemos
caso, nos conduce a la gehena, es decir, lleva nuestra vida al basurero, al
lugar donde se pierde lo que estaba llamado a vivir (cfr. Mt 10, 28). De ningún
otro debemos tener miedo. Ahora el Señor
nos da otra razón por la que no tenemos que vivir asustados.
Los gorriones también
cuentan para Dios
«¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y,
sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis
contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos
gorriones».
Llegados a este
punto, Jesús introduce dos imágenes muy sencillas para ayudarnos a no vivir
dominados por el miedo. La primera es la de los gorriones: «¿No se venden un par de gorriones por un céntimo?».
Resulta curioso que Lucas, al transmitir este mismo ejemplo de Jesús, hable de
cinco gorriones vendidos por dos monedas (cfr. Lc 12, 6). Parece que ya
entonces existía el tres por dos. La publicidad no ha inventado tantas cosas
como se cree.
¿Por qué Jesús
pone el ejemplo de los gorriones? Porque eran aves de muy poco valor. No
habla del águila, símbolo de fuerza; ni de la paloma, con toda su carga
bíblica; ni de un animal noble y admirado. Habla de gorriones: pájaros
pequeños, baratos, casi insignificantes.
En la tradición
judía, el tratado בְּרָכוֹת (Berajot) de la מִשְׁנָה (Mishná)
muestra una sensibilidad preciosa; muchas realidades de la vida y de la
creación pueden convertirse en ocasión para bendecir a Dios. Hay bendiciones
ante ciertos alimentos, ante fenómenos naturales, ante montañas, mares, ríos o
desiertos. La vida entera puede abrirse a la alabanza.
Y, sin embargo, Jesús escoge precisamente lo que casi nadie miraba: Un gorrión. Una criatura pequeña, barata, sin prestigio, de esas que parecen no contar para nadie. Ahí está la fuerza de la imagen: si el Padre no pierde de vista ni siquiera a un gorrión, ¿cómo va a olvidarse de sus hijos?
Dios mira incluso lo que
el mundo considera insignificante.
¿Qué miedo quiere
tocar Jesús con esta imagen? El miedo que aparece cuando nuestras decisiones
no nos afectan solo a nosotros, sino también a las personas que tenemos cerca.
A veces, elegir según el Evangelio repercute en la familia, en quienes nos
quieren, en quienes quizá no comparten del todo nuestras opciones.
Pensemos, por
ejemplo, en alguien que quiere vivir de manera coherente con el Evangelio en la
gestión de sus bienes. Tiene lo necesario y decide compartir lo que le sobra
con quien está pasando necesidad. Pero esa decisión puede afectar también a su
esposa, a sus hijos, a los planes familiares. Y ellos pueden decirle: “Tenemos
que asegurar el futuro”. Ahí nace el miedo; el miedo a que lo acumulado no
baste, a que falte seguridad, a que la generosidad nos deje desprotegidos.
O pensemos en
quien tiene una profesión muy bien pagada, pero que le obliga continuamente a
entrar en conflicto con su conciencia. Si quiere ser fiel al Evangelio, quizá
tenga que dejarla y elegir otra menos rentable. Y entonces no está en juego
solo su sueldo: pueden tambalearse proyectos familiares, expectativas, planes
que parecían ya seguros.
Podemos pensar
también en el caso dramático de una gestación muy problemática. Quien confía en
Cristo puede encontrarse ante decisiones heroicas, dispuesto incluso a ver
trastocados todos los planes de vida que había imaginado. Y tiene miedo, porque
no sabe cómo podrá seguir adelante.
La fe no elimina los problemas,
pero nos sostiene dentro de ellos.
A esos temores o
miedos tan concretos responde Jesús invitándonos a confiar en el Padre del
cielo, que acompaña nuestra vida. Dios no nos deja solos. Está siempre cerca.
Ahora bien, no promete resolver nuestros problemas con un milagro caído del
cielo. No funciona así. Los problemas tendremos que afrontarlos nosotros. Pero la
fuerza para afrontar esos problemas, podemos estar seguros, Él la dará.
Lo que promete es
la paz. La paz profunda de quien puede mirarse por dentro y reconocer que no ha
traicionado la propia conciencia. En lo íntimo, podremos escuchar la voz del
Espíritu que nos dice: “Has hecho bien. Has elegido lo correcto. Has sido
coherente con aquello en lo que crees”.
Si Dios cuida
incluso de un gorrión, una criatura considerada sin importancia, ¿cómo no va a
cuidar de nosotros? Pase lo que pase, estamos en sus manos. Por eso podemos
confiar. Por eso no necesitamos vivir paralizados por el miedo.
Estamos en manos del Padre,
no en manos del azar.
Y es muy eficaz
también la segunda imagen que utiliza Jesús: Los cabellos de nuestra cabeza. «Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis
contados». Nosotros ni siquiera sabemos cuántos tenemos; y
aunque nos pusiéramos a contarlos por la mañana, al poco rato el número ya
habría cambiado. Algunos, además, preferirían no hacer esa estadística
demasiado a menudo.
Al Padre, en cambio, no
se le escapa nada. Ni siquiera el número de nuestros cabellos. Y si Dios se
interesa hasta por algo tan pequeño, ¿cómo no va a cuidar de un hijo suyo?
El nombre de cristiano
no sustituye la vida cristiana
«A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me
declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante
los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Recordemos que
Jesús habló un día de algunos que se presentan ante Él convencidos de que serán
reconocidos como discípulos suyos. Y, sin embargo, reciben una respuesta
estremecedora: «No sé de dónde sois… no os conozco» (cfr. Lc 13,
25.27; Mt 25, 12).
Con estas
palabras, Jesús quiere decirnos algo muy serio. En algunos discípulos reconoce
su propia persona, su propia imagen. En otros, en cambio, aunque estén
bautizados y se consideren cristianos, puede no reconocerse.
No basta llevar el nombre de cristiano:
Importa reflejar a Cristo.
Pensemos, por
ejemplo, en personas aferradas al dinero, o en quienes recurren a la violencia
como modo de imponerse. Aunque se tengan por discípulos, Jesús no puede
reconocerse en ellas, porque no ve en su vida los rasgos de su Evangelio.
Y fijémonos bien:
aquí Jesús no está hablando solo del juicio final. Está hablando también de lo
que ocurre ahora. Está diciendo que hoy, en este mundo, hay discípulos en los
que Él reconoce su propia imagen; y hay otros en los que no puede reconocerse.
¿En quién se
reconoce Cristo? En quien no tiene miedo de ser coherente con el Evangelio,
aunque eso le cueste amistades, oportunidades, prestigio, posibilidades de
hacer carrera, incluso la vida.
Cristo se reconoce en quien
no esconde su Evangelio.
En cambio, no se
reconoce en quienes no reproducen ante los hombres su imagen. Y ante el Padre
del cielo, Jesús da testimonio de esta realidad; reconoce como suyos a quienes
lo han reconocido con su vida.
En conclusión,
¿qué nos está diciendo Jesús? Nos está diciendo: “Mirad, también yo he
experimentado todos esos miedos que vosotros sentís. Y los he vencido.
Vencedlos también vosotros, si queréis que yo os reconozca como discípulos míos”.
El discípulo no es quien no teme, sino quien no se deja vencer por el miedo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario