viernes, 12 de junio de 2026

(Interactivo) Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 9,36-10,8

 


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Domingo XI del Tiempo Ordinario · Ciclo A

Cuando Jesús mira un mundo cansado

Una lectura interactiva de Mt 9,36–10,8 sobre la compasión de Jesús, la humanidad herida, la mies abundante y la misión gratuita de los discípulos.

“La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”.
Mt 9,36–10,8

Explorar ideas clave

La homilía no se queda en una reflexión sobre “faltan vocaciones”. Nos hace mirar el mundo con los ojos de Cristo: un mundo cansado, sí, pero también una mies abundante, llamada a ser sanada por el Evangelio.

1. Un mundo cansado que sigue esperando

La homilía comienza en la experiencia del agotamiento: guerras, violencia, insultos, injusticias, pantallas que se apagan porque ya no podemos con más.

Debajo del cansancio permanece una espera de algo verdaderamente nuevo.

2. Cambiar piezas no basta

La política, la economía, la ciencia y la técnica pueden ordenar y aliviar muchas cosas, pero no pueden inaugurar por sí solas una humanidad nueva si el corazón sigue gobernado por el miedo y la codicia.

El mundo nuevo necesita un corazón nuevo.

3. Jesús baja del monte

Mateo muestra primero el rostro del Reino en el discurso de la montaña y después presenta a Jesús entrando en contacto con leprosos, paralíticos, ciegos, pecadores y personas dominadas por el mal.

Jesús baja del monte y se mete en la herida.

4. El Evangelio desbloquea la vida

Los signos de Jesús no son un catálogo de prodigios, sino una catequesis sobre la humanidad sanada: lo desfigurado recupera rostro, lo paralizado vuelve a caminar, lo ciego recibe luz.

El Evangelio no decora la vida, la desbloquea.

5. Una compasión de entrañas

La compasión de Jesús no es lástima desde lejos. El verbo σπλαγχνίζομαι (splangjnízomai) habla de una conmoción profunda, visceral, nacida de las entrañas.

Jesús no mira el dolor desde fuera: lo deja entrar en su corazón.

6. La mies es abundante

Jesús no mira el mundo como un campo estéril. Donde nosotros vemos desinterés, Él ve una cosecha madura y una sed que necesita obreros humildes.

Quizá no falta sed de Dios; quizá faltan obreros que sepan reconocerla.

7. Dar gratis lo recibido gratis

La misión cristiana no puede convertirse en búsqueda de prestigio, poder o beneficio. El Evangelio se recibe como gracia y se entrega como gracia.

Gratis habéis recibido, dad gratis.
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Mapa de lectura espiritual

Este es el recorrido interior de la homilía: una pedagogía que va del cansancio del mundo a la misión gratuita del discípulo.

El cansancio inicial

La humanidad aparece ruidosa, herida y agotada, pero no resignada: todavía espera algo nuevo.

La pregunta de fondo

¿Puede nacer un mundo nuevo sin que cambie el corazón humano?

La respuesta de Jesús

Jesús no ofrece una teoría a distancia: baja del monte, toca la herida y comienza a sanar.

La mirada del Pastor

Ve a las multitudes como ovejas sin pastor y se conmueve hasta las entrañas.

La llamada

La mies es abundante, pero hacen falta obreros que no se busquen a sí mismos.

La misión

Sanar, liberar, levantar y entregar gratuitamente lo que gratuitamente se ha recibido.

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Escuchar y profundizar

También puedes escuchar la homilía y otros recursos relacionados. Pulsa en el reproductor de Spotify y deja que la Palabra vuelva a resonar con calma.

Audio en español

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Otra homilía en español

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Homilía en inglés

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Claves bíblicas para profundizar

Estas claves ayudan a leer la homilía desde dentro, sin convertirla en una clase académica, sino como una guía para entrar mejor en la Palabra.

El discurso de la montaña y los signos

Mateo presenta primero el rostro del Reino en Mt 5–7. Después, en Mt 8–9, muestra a Jesús tocando la humanidad herida. El Reino anunciado en el monte se hace sanación en el camino.

Las ovejas sin pastor

La imagen remite a Moisés y a la tradición profética. El pueblo necesita un pastor verdadero. En Jesús, Dios mismo se acerca a cuidar a su pueblo cansado y abandonado.

σπλαγχνίζομαι (splangjnízomai)

El verbo griego expresa una conmoción profunda, nacida de las entrañas. La compasión de Jesús no es una pena superficial, sino una implicación real ante el dolor humano.

רַחוּם (rajúm) y רֶחֶם (réjem)

La homilía relaciona la misericordia de Dios con un amor entrañable, semejante al amor materno por el hijo llevado en las entrañas. Dios no ama desde lejos.

Los Doce y la historia de Israel

Los Doce remiten a las doce tribus. La comunidad de Jesús nace dentro de la historia santa de Israel y está llamada a ser signo de un pueblo reunido por Dios.

La gratuidad de la misión

“Gratis habéis recibido, dad gratis” resume el estilo de la evangelización. El Evangelio no se posee, no se vende y no se usa para buscar prestigio o dominio.

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Preguntas para rumiar la Palabra

No son preguntas para examinarse con miedo, sino para dejar que la Palabra encuentre sitio en la vida.

  • ¿Qué cansancio del mundo me duele de verdad y cuál simplemente comento desde lejos?
  • ¿Dónde necesito que Jesús entre, toque y desbloquee mi vida?
  • ¿Qué heridas de la humanidad suelo mirar con indiferencia, cansancio o superioridad?
  • Ante las multitudes cansadas de hoy, ¿tengo mirada de pastor, de espectador o de juez?
  • ¿Creo de verdad que la mies es abundante, o he decidido demasiado pronto que la tierra está seca?
  • ¿Qué he recibido gratis de Dios y estoy llamado a entregar gratis a los demás?
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Quiz interactivo

Este quiz no está pensado como un examen, sino como una forma de volver a la homilía con más atención. Cada pregunta intenta abrir una puerta: comprender mejor a Jesús, reconocer la herida del mundo y descubrir la misión que nace de la compasión.

Modo de uso: lee cada pregunta despacio, elige una respuesta y fíjate en la explicación. Incluso cuando falles, la respuesta te ayudará a entrar mejor en el mensaje de la homilía. Aquí no se trata de “acertar para quedar bien”, sino de dejarse evangelizar un poco más.
Resultado provisional: 0 de 12 · Respondidas: 0

Pregunta 1 · El punto de partida
¿Qué tipo de cansancio presenta la homilía al comienzo?

Pregunta 2 · La novedad cristiana
¿Por qué, según la homilía, no basta con “cambiar las piezas” del mundo?

Pregunta 3 · Mateo y el Reino
¿Qué relación establece la homilía entre el discurso de la montaña y los signos de Mt 8–9?

Pregunta 4 · Los signos de Jesús
¿Cómo interpreta la homilía los diez signos de Jesús en Mt 8–9?

Pregunta 5 · La lepra como lenguaje
¿Qué enseña la homilía a partir del signo del leproso?

Pregunta 6 · Parálisis y ceguera
¿Qué significan la parálisis y la ceguera en la lectura de la homilía?

Pregunta 7 · La compasión de Jesús
¿Qué aporta el verbo σπλαγχνίζομαι (splangjnízomai) a la comprensión de Jesús?

Pregunta 8 · Ovejas sin pastor
¿Qué denuncia la imagen de las multitudes “como ovejas sin pastor”?

Pregunta 9 · La mies abundante
¿Qué mirada nos invita a tener Jesús cuando dice “la mies es abundante”?

Pregunta 10 · Obreros, no dueños
¿Por qué la homilía subraya que Jesús pide obreros para la mies?

Pregunta 11 · Sanar y liberar
¿Qué significa que Jesús dé autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar enfermedades?

Pregunta 12 · Los Doce y la gratuidad
¿Qué rasgo resume mejor el estilo de la misión que aparece al final de la homilía?

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Texto completo de la homilía

El texto aparece desplegable para no sobrecargar la página. Puedes abrirlo, leerlo con calma y volver después a las ideas clave o al quiz.

Abrir o cerrar el texto completo

Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario, ciclo A

Mt 9,36–10,8 — “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”.

Hay un cansancio que ya no necesita demasiadas explicaciones. Se nota en la conversación de la calle, en las noticias, en la mesa familiar, en ese gesto de apagar la pantalla porque uno dice: “basta, hoy no puedo con más”: guerras, violencia, injusticias, amenazas, insultos, represalias. El mundo parece a veces una habitación llena de ruido, donde todos hablan más alto y casi nadie escucha.

Y, sin embargo, por debajo de ese cansancio permanece una espera. Esperamos algo nuevo. No una novedad de escaparate, de esas que duran lo que tarda en llegar la siguiente noticia, sino algo realmente nuevo. Un mundo donde el caos ceda terreno, donde la paz no sea un eslogan, donde la justicia no dependa del más fuerte, donde la dignidad de cada persona sea reconocida sin rebajas.

El mundo nuevo no nace solo de cambiar las piezas

Muchos trabajan por ese cambio. La política lo intenta. La economía lo promete. La ciencia y la técnica ofrecen caminos. Incluso quienes fabrican armas están convencidos de que por ahí se puede asegurar un futuro mejor.

Es una paradoja tremenda: queremos curar el miedo multiplicando instrumentos de miedo. Luego nos extraña que el enfermo no mejore.

La pregunta toca de lleno a los cristianos: ¿creemos de verdad que la fuerza capaz de inaugurar una humanidad nueva es el Evangelio? No como adorno religioso para días solemnes, ni como frase bonita para cerrar una reunión, sino como una lógica nueva, una manera distinta de mirar, decidir, poseer, perdonar, vivir.

Mientras el mundo no acoja la lógica de Jesús, todos los proyectos de renovación quedarán cortos. Podrán ordenar algunas cosas, y eso ya es mucho. Podrán aliviar heridas, poner límites al mal, mejorar estructuras. Pero si el corazón humano sigue funcionando con la misma codicia, el mismo miedo y la misma violencia, el viejo mundo vuelve. A veces vuelve con traje nuevo, con palabras modernas y con gráficos muy elegantes, pero vuelve.

Mateo lo cuenta de un modo muy sugerente. Al comienzo de su Evangelio coloca el discurso de la montaña, tres capítulos en los que Jesús dibuja el rostro del Reino (cfr. Mt 5–7). Después, cuando Jesús baja del monte, el evangelista nos muestra a quién encuentra. No encuentra una humanidad sana, serena, bien peinada para la foto. Encuentra leprosos, paralíticos, ciegos, pecadores, personas dominadas por fuerzas oscuras (cfr. Mt 8–9). Es decir, encuentra nuestra humanidad. No hace falta mirar muy lejos. También nosotros conocemos vidas desfiguradas, existencias bloqueadas, miradas incapaces de encontrar camino. Y, si somos honestos, algo de todo eso llevamos dentro. No siempre con dramatismo. A veces se nota en pequeñas durezas, en decisiones que aplazamos, en rencores que guardamos como quien guarda una reliquia, aunque sea una reliquia bastante venenosa.

Jesús baja del monte y se mete en la herida

Mateo, después de presentar el discurso de la montaña, nos muestra a Jesús bajando del monte y entrando en contacto con la humanidad concreta, herida, cansada, necesitada de salvación. Y entonces encadena una serie de diez signos. No lo hace para impresionar al lector, como si estuviera acumulando milagros uno detrás de otro. Lo que quiere mostrarnos es mucho más hondo: cuando Jesús se acerca, la vida empieza a sanar.

Primero aparece el leproso, purificado por Jesús (cfr. Mt 8,1-4). Después, el criado del centurión, curado por la fuerza de una palabra pronunciada a distancia (cfr. Mt 8,5-13). Luego, la suegra de Pedro, levantada de la fiebre para ponerse a servir (cfr. Mt 8,14-15). Más adelante, Jesús calma la tempestad, como si también el miedo y el caos de la creación tuvieran que obedecer a su voz (cfr. Mt 8,23-27). Después libera a los endemoniados de Gadara, hombres dominados por fuerzas que los habían arrancado de una vida verdaderamente humana (cfr. Mt 8,28-34).

El relato continúa con la curación del paralítico, a quien Jesús no solo perdona los pecados, sino que también pone en pie (cfr. Mt 9,1-8). Luego aparece la hija del jefe de la sinagoga, devuelta a la vida cuando todos pensaban que ya no había nada que hacer (cfr. Mt 9,18-19.23-26). En el camino, una mujer enferma de hemorragias toca el manto de Jesús y queda curada (cfr. Mt 9,20-22). Después, dos ciegos recuperan la vista (cfr. Mt 9,27-31). Finalmente, un mudo endemoniado vuelve a hablar cuando Jesús lo libera del mal que lo tenía encerrado en el silencio (cfr. Mt 9,32-34). Mateo no nos está dando una lista de prodigios, sino un retrato de la humanidad sanada por Cristo.

En esos diez signos aparece casi todo lo que puede herir al ser humano. La enfermedad que desfigura, el sufrimiento que debilita, el miedo que nos hunde, el mal que esclaviza, el pecado que paraliza, la muerte que parece tener la última palabra, la ceguera que impide encontrar camino, el silencio de quien ya no puede expresarse ni vivir con libertad.

Y en medio de todo eso aparece Jesús. Jesús aparece no como un espectador piadoso, ni como un maestro que da consejos desde lejos. Jesús toca, habla, levanta, libera, ilumina. Allí donde llega su palabra, algo vuelve a su sitio. Lo inhumano empieza a retroceder. La persona recupera rostro, voz, camino, dignidad.

El primer signo, el del leproso, es especialmente expresivo. En aquel tiempo, la lepra no era solo una enfermedad del cuerpo. Era también una herida social y religiosa. El leproso quedaba apartado, marcado, excluido. Su rostro podía llegar a desfigurarse hasta hacerse casi irreconocible. Por eso Mateo nos ayuda a comprender algo decisivo: el pecado también desfigura, aunque no siempre se vea por fuera.

La violencia endurece. La mentira ensucia la mirada. La corrupción va robando transparencia. Una vida desordenada, poco a poco, hace que la belleza del hijo de Dios quede oculta. No desaparece la dignidad de la persona, pero sí queda herida, empañada, como un rostro que ya no refleja lo que está llamado a ser.

Jesús no mira la herida para condenar, sino para curar

Por eso no se trata de mirar a nadie con desprecio. El Evangelio nos enseña a reconocer la herida sin negar la dignidad de quien la lleva. Jesús no se acerca al leproso para humillarlo. Se acerca para devolverle su lugar, su rostro, su vida. Cuando el Evangelio entra de verdad en una existencia, no pone una capa religiosa por encima de la herida, sino que cura desde dentro.

Después aparece el paralítico. Es el hombre que no puede caminar por sí mismo. Depende de otros. Va donde lo llevan. Y esta imagen resulta muy cercana, porque existen parálisis que no se ven a simple vista. El miedo, la culpa, la costumbre, una dependencia, una herida antigua o una comodidad que al principio parece descanso y al final se convierte en camilla.

Uno puede seguir trabajando, hablando, cumpliendo, sonriendo incluso, y estar por dentro detenido. Jesús, en cambio, pone en pie. Esa es una de las señales más hermosas del Evangelio: la palabra de Cristo no aplasta al caído, le devuelve la posibilidad de caminar.

Luego aparecen los ciegos. Representan a quienes no encuentran camino. Y esto también nos toca de cerca. Se puede tener mucha información y muy poca luz. Se puede correr mucho y no saber hacia dónde. Se puede acertar en cosas pequeñas y equivocarse en lo esencial. La palabra de Jesús abre los ojos para distinguir lo que conduce a la vida de lo que solo la promete.

Así, los diez signos de Mateo no son escenas aisladas. Son una catequesis viva. Nos muestran que el Evangelio no viene a decorar un poco la existencia, sino a rehacerla. Jesús entra en la enfermedad, en el miedo, en el pecado, en la muerte, en la ceguera y en el silencio. Y allí donde entra Él, la humanidad vuelve a respirar.

El Evangelio no decora la vida, la desbloquea

La lepra, la parálisis y la ceguera no son solo enfermedades en una página antigua; son un lenguaje. Mateo está retratando a la humanidad que Jesús encuentra al bajar del monte, y en esa humanidad estamos nosotros. Con nuestras zonas desfiguradas, con nuestras camillas interiores, con nuestras cegueras cuidadosamente justificadas.

Y en medio de esas curaciones aparece una de las más difíciles, la curación del apego al dinero. Aquí Mateo sabe muy bien de qué habla. Él había sido recaudador de impuestos y tributos en Cafarnaún. Se llamaba Leví, pero al contar su historia se presenta como Mateo. מַתָּנָא (Mattnà), en hebreo, significa “don de Dios”. El nombre Mateo procede de una familia de nombres hebreos relacionados con la idea de “don”. En su forma más plena, como מַתִּתְיָהוּ (Mattityáhu), significa “don de Yahvé”, “regalo del Señor”. Y esto ilumina muy bien la escena: Leví, el recaudador que vivía atrapado en el dinero, al encontrarse con Jesús descubre que su vida no está hecha para retener, sino para convertirse en don.

Mateo, este hombre que vivía atado al dinero descubre, alcanzado por la palabra de Jesús, que su vida no está hecha para acumular, sino para convertirse en don. No es una pequeña curación. Es casi tan sorprendente como hacer pasar un camello por el ojo de una aguja.

Esta enfermedad sigue entre nosotros: el deseo de tener más, asegurar más, controlar más. No siempre aparece con rostro de avaricia descarada. A veces se disfraza de prudencia, de éxito, incluso de sentido común. Pero cuando el dinero ocupa el centro, el corazón se va encogiendo. Y un corazón encogido puede tener muchas cosas, pero respira mal.

También nuestras seguridades necesitan ser evangelizadas

La palabra de Jesús cura incluso esa zona que solemos defender con más cuidado. El Evangelio no quiere quedarse en nuestras ideas religiosas, ni en nuestras emociones piadosas, ni en los momentos en que todo resulta fácil. Quiere tocar también el bolsillo, los miedos, las ambiciones, los criterios con los que decidimos qué vale una vida.

Por eso Jesús, al mirar este mundo herido, no lo da por perdido. Pero tampoco quiere hacer su obra sin nosotros. Llama colaboradores. Necesita discípulos que lleven su palabra sanadora allí donde la humanidad sigue desfigurada, paralizada, ciega o atrapada en sus ídolos.

La pregunta queda abierta. No como reproche, sino como invitación. Si esperamos un mundo nuevo, ¿dejaremos que el Evangelio empiece por hacer algo nuevo en nosotros?

Personas desorientadas

«En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, “como ovejas que no tienen pastor”».

Mateo nos acaba de poner delante los ojos una escena dura: Jesús mira a la gente y la ve cansada, abatida, perdida, “como ovejas sin pastor”.

La imagen es sencilla, pero pesa mucho. Un rebaño sin pastor no sabe hacia dónde ir. Se dispersa, se asusta, queda expuesto. Así ve Jesús a aquella multitud. No como una masa anónima, no como un problema sociológico, sino como un pueblo abandonado. Gente que carga heridas, hambre, enfermedad, abusos, cansancio. Gente que debería haber sido cuidada por quienes tenían responsabilidad sobre ella.

Pero los jefes políticos no la cuidan. Las autoridades religiosas tampoco. Quienes tendrían que servir están ocupados en salvarse a sí mismos, en asegurar su puesto, en mejorar su propia vida. Y mientras tanto el pueblo queda ahí, a la intemperie, con sus dolores de siempre y con la sensación de que nadie responde.

Dios no abandona a su pueblo en manos de malos pastores

Esta imagen viene de lejos. En el libro de los Números, Moisés pide a Dios que no deje a Israel como un rebaño sin pastor, sin alguien que lo guíe y lo conduzca (cfr. Nm 27,15-17). Moisés sabe que un pueblo sin guía acaba perdido. Y la historia de Israel mostró muchas veces ese drama. Sus reyes, llamados a ser pastores, se comportaron con frecuencia como dueños. No cuidaron al pueblo; lo desgastaron. No lo condujeron a la vida; lo llevaron a la ruina.

Ezequiel lo denunció con palabras muy fuertes. En el capítulo 34 de su libro acusa a los pastores de Israel de alimentarse a sí mismos en lugar de alimentar al rebaño. No fortalecen a las ovejas débiles, no curan a las enfermas, no buscan a las perdidas. Las explotan. Las abandonan. Las dejan dispersas (cfr. Ez 34). Y precisamente ahí, cuando humanamente parece que no hay remedio, aparece la promesa: Dios mismo se hará cargo de su pueblo. Si los pastores han fallado, Él vendrá a pastorear. No delegará desde lejos. No enviará solamente instrucciones. Vendrá Él.

En Jesús, esa promesa se cumple. Dios entra personalmente en la historia para cuidar de una humanidad enferma, cansada, desorientada. No mira el sufrimiento desde un balcón celestial, con una serenidad impecable pero distante. Se acerca. Se deja afectar. Se conmueve.

La compasión de Jesús no es lástima; es Dios sufriendo con nosotros

Aquí conviene purificar una imagen falsa de Dios que a veces llevamos dentro. Podemos pensar que Dios ama al hombre, sí, pero que en el fondo permanece lejos, intacto, como si nuestras lágrimas no le tocaran realmente. Como si el hombre pudiera estar hundido y Dios siguiera contemplándolo todo con una felicidad tranquila, sin que nada le rozara las entrañas.

El Evangelio dice otra cosa. En Jesús descubrimos a un Dios implicado. Un Dios que se estremece ante el dolor humano. Un Dios que siente compasión. Y compasión no es mirar desde arriba y decir: “pobrecillos”. Eso puede hacerse incluso sin moverse del sillón. La compasión bíblica es otra cosa. Es padecer con. Es dejar que el dolor del otro encuentre sitio dentro de mí. Es sentir que esa herida ajena ya no me resulta ajena.

El texto en griego nos ayuda a entenderlo: «ἰδὼν δὲ τοὺς ὄχλους ἐσπλαγχνίσθη περὶ αὐτῶν»; que traducido es: “Al ver a las multitudes, Jesús se conmovió hasta las entrañas por ellas”; “Jesús miró a la multitud y no permaneció intacto: aquel dolor le alcanzó las entrañas”.

El verbo griego que está detrás es σπλαγχνίζομαι (splangjnízomai). Viene de σπλάγχνα (splánjna), las entrañas, las vísceras. En el mundo bíblico, las entrañas son el lugar simbólico de los afectos más hondos. Por eso σπλαγχνίζομαι (splangjnízomai) no expresa una simple pena superficial, ni una lástima desde lejos. Indica una conmoción interior profunda, visceral, casi física (cfr. Mt 9,36; Mt 14,14; Mt 15,32; Mt 18,27; Mt 20,34; Mc 1,41; Mc 6,34; Mc 8,2; Mc 9,22; Lc 7,13; Lc 10,33; Lc 15,20).

Jesús no ve la miseria humana como quien observa un problema desde fuera. La ve y la lleva dentro. El dolor de la gente le toca las entrañas. No habla de una emoción ligera, de un momento sentimental, de una pena educada y pasajera. Habla de una conmoción profunda, visceral. Algo se mueve en lo más hondo de Jesús cuando ve a la humanidad herida.

El Antiguo Testamento usa una imagen muy parecida. Dios se revela como רַחוּם (rajúm), “compasivo”, “entrañablemente misericordioso”. Esta palabra aparece en textos decisivos de la fe de Israel, desde la gran revelación del Sinaí hasta los salmos y los profetas, para expresar que la misericordia no es en Dios una reacción ocasional, sino algo que brota de su mismo corazón (cfr. Ex 34,6; Dt 4,31; 2 Cr 30,9; Neh 9,17; Neh 9,31; Sal 78,38; Sal 86,15; Sal 103,8; Sal 111,4; Sal 112,4; Sal 145,8; Jl 2,13; Jon 4,2). Cuando Dios se presenta como misericordioso, aparece la palabra רַחוּם (rajúm), vinculada a רֶחֶם (réjem), el seno materno. Es una imagen potentísima. Dios compara su amor con el amor de una madre por el hijo que lleva en sus entrañas. Un amor que no mira desde fuera. Un amor que no calcula. Un amor al que el sufrimiento del hijo le duele en la propia carne (cfr. Ex 34,6).

Así es el Dios que Jesús nos revela.

Y entonces la pregunta ya no puede quedarse en teoría. ¿Sentimos nosotros algo de esto ante las necesidades de la humanidad? No se trata de emocionarnos un rato y luego seguir igual. Se trata de dejarnos tocar. De permitir que el dolor de los demás nos saque de nuestro pequeño recinto, de ese mundo reducido donde solo cuentan mis asuntos, mis cansancios, mis planes, mis seguridades.

Porque un discípulo de Jesús no es solo alguien que aprende unas ideas religiosas. Es alguien que va recibiendo la mirada del Maestro. Y la mirada de Jesús no pasa de largo ante un pueblo cansado.

Quien no se deja afectar, difícilmente podrá colaborar con Jesús

Miremos alrededor. También hoy hay mucha gente agotada. Personas que corren detrás de promesas que brillan mucho y duran poco. Gente que ha puesto su esperanza en cosas frágiles y después se encuentra con una decepción amarga. Vidas llenas de estímulos, de prisa, de ruido, pero por dentro cada vez más vacías.

Y nosotros, ¿qué sentimos ante todo eso? ¿Nos importa? ¿O nos basta con que nuestro pequeño mundo funcione? A veces cuidamos nuestro “huertecillo” con una dedicación admirable. Y está bien cuidar lo propio. El problema comienza cuando ese huertecillo se convierte en frontera, y ya no vemos lo que ocurre más allá.

Pensemos en tantos jóvenes. No hace falta cargar las tintas, pero tampoco cerrar los ojos. Muchos no saben sobre qué valores merece la pena construir la vida. Viven desorientados, con una tristeza de fondo que a veces intentan vestir de fiesta, de ruido, de diversión inmediata. Confunden la alegría con el placer, la libertad con dejarse llevar, la fiesta con perderse un poco más.

Y no faltan vendedores de humo. Voces que, con apariencia brillante, ofrecen vanidades como si fueran sabiduría, ocurrencias como si fueran pensamiento, insensateces como si fueran una nueva manera de entender la vida. Cambian los envoltorios, pero el engaño es antiguo.

¿Qué sentimos ante esta humanidad? Esa es la cuestión. No basta con diagnosticar muy bien. No basta con decir: “la sociedad está fatal”, frase que por cierto suele dejarnos muy descansados, como si con pronunciarla ya hubiéramos hecho una obra de misericordia. La pregunta verdadera es otra: ¿nos duele el mundo como le duele a Cristo?

Y miremos también a la Iglesia. ¿Qué sentimos ante tantos abandonos, ante el avance del secularismo, ante los escándalos, ante el derrumbe de la práctica religiosa en Occidente? ¿Lo vivimos como algo nuestro, o lo miramos como si fuera un asunto de las jerarquías, de los obispos, de los curas, de “los de arriba”? O puede ser que se vacíe o ahueque el concepto de la sinodalidad para rellenarlo de ideologías o de maquinaciones para alcanzar objetivos espurios a la evangelización.

La Iglesia no es una oficina ajena donde otros gestionan expedientes espirituales. La Iglesia es nuestra casa. Y cuando una casa se agrieta, uno no se limita a comentar la grieta desde la acera. Se pregunta: ¿qué puede hacer?, ¿dónde puede ayudar?, ¿cómo puede sostener?

Jesús no busca colaboradores indiferentes. No llama a espectadores que analicen la herida del mundo con precisión, pero sin acercarse a tocarla. Llama a discípulos que entren en su compasión. Gente capaz de mirar a la humanidad cansada no con desprecio, ni con miedo, ni con superioridad, sino con el corazón del Pastor.

Ahora estamos atentos para escuchar qué dice Jesús a quienes quiere asociar a su misión de salvar, cuidar y levantar a este pueblo cansado y sin pastor.

El influjo de Moisés

«Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”».

Conviene fijarse en un detalle. Cuando Mateo dice que la gente estaba “como ovejas que no tienen pastor”, no está usando una imagen inocente. Esa expresión viene de lejos. En el libro de los Números, Moisés suplica al Señor que no deje a su comunidad perdida, sin alguien que la guíe, como un rebaño sin pastor (cfr. Nm 27,15-17).

Pero en tiempos de Jesús la situación tiene una ironía amarga. No es que al pueblo le falten pastores. En cierto sentido, le sobran. Hay jefes políticos, autoridades religiosas, responsables del culto, escribas, maestros, dirigentes. Incluso existía toda una organización sacerdotal muy amplia. Israel contaba con veinticuatro clases de sacerdotes, que servían por turnos en el Templo de Jerusalén (cfr. 1 Cr 24). Muchos vivían en sus pueblos, subían a Jerusalén cuando les correspondía su semana de servicio y después regresaban a su vida ordinaria. Se calcula que en tiempos de Jesús podía haber miles de sacerdotes comunes, no pertenecientes a la gran aristocracia sacerdotal. Y, sin embargo, el pueblo está como ovejas sin pastor.

Ahí está la denuncia de Jesús. El problema no es la falta de estructura religiosa. El problema es que muchos de los que deberían cuidar miran primero por sí mismos. Se preocupan de su posición, de su conveniencia, de su propio beneficio. Y cuando el pastor se busca a sí mismo, las ovejas quedan dispersas.

Jesús no pide más dueños del rebaño, sino obreros para la mies

Por eso llama la atención la respuesta de Jesús. Al ver al pueblo cansado y abandonado, nosotros esperaríamos que dijera: “Rogad al Señor para que mande pastores a su rebaño”. Pero no dice eso. Jesús habla de otra cosa: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». No pide nuevos pastores que sustituyan al único Pastor. El Pastor verdadero es Él. Lo que pide son obreros. Hombres y mujeres que no se coloquen por encima del pueblo, sino que entren en el campo de Dios con humildad, con cansancio compartido, con manos disponibles. La mies no se recoge desde un despacho ni desde una superioridad piadosa. Se recoge entrando en la vida real de la gente.

Y esta oración no es una oración “por otros”, como si dijéramos: “Señor, manda vocaciones, pero a mí déjame tranquilo en mi sillón, que bastante tengo”. Jesús nos invita a rezar para que sus discípulos tomen conciencia de la urgencia de la misión. Rezar al dueño de la mies es dejar que Dios nos despierte por dentro. Es permitir que su pasión por la humanidad pase a nuestra sangre.

«La mies es abundante». Esto es muy importante. Él no ve una tierra estéril, ni una humanidad inútil, ni un mundo incapaz de acoger el Evangelio. Ve una cosecha preparada. Nosotros solemos mirar alrededor y decir: “La gente ya no quiere saber nada de Dios”. Jesús mira esa misma humanidad, con sus heridas, sus contradicciones y sus búsquedas torcidas, y dice: “Está madura”.

Quizá el problema no sea que falte sed de Dios. Quizá el problema sea que faltan discípulos con la mirada suficientemente limpia, compasiva y disponible para reconocer esa sed y servirla. Por eso los obreros son pocos. No porque falten cargos, ni estructuras, ni palabras religiosas. Son pocos porque no siempre dejamos que la oración nos convierta en personas atravesadas por la compasión de Cristo. Fórmulas podemos repetir muchas. Pero la verdadera oración es otra cosa: dejar que el pensamiento y el amor de Jesús entren en nosotros hasta cambiar nuestra manera de mirar el mundo.

Jesús libera a personas dominadas por el mal

«Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia».

Jesús confía a sus discípulos dos tareas: expulsar los espíritus inmundos y curar toda clase de enfermedad y dolencia (cfr. Mt 10,1).

Y conviene notarlo bien: es exactamente lo que Él ha hecho durante toda su vida. Jesús ha liberado a personas dominadas por el mal y ha curado a los enfermos. Por tanto, cuando nos envía, no nos encarga una misión distinta de la suya. Nos llama a prolongar su propia obra de salvación.

No se trata de inventar otro Evangelio, ni de organizar una actividad religiosa paralela. Se trata de continuar, en la historia concreta, aquello que Jesús empezó: liberar al hombre de todo lo que lo deshumaniza y curar las heridas que le impiden vivir como hijo de Dios.

El mal no siempre hace ruido, pero siempre roba vida

Jesús da a sus discípulos “autoridad para expulsar espíritus inmundos”. En la Biblia, “inmundo” no significa simplemente algo sucio en sentido material. Inmundo es aquello que se opone a la vida, lo que rompe la comunión, lo que impide al hombre vivir reconciliado consigo mismo, con los demás y con Dios.

Entonces podemos preguntarnos: ¿cuáles son esos demonios que nos impiden vivir felices como hermanos en este mundo? Hay que llamarlos por su nombre. Se llaman envidia, celos, odio, rencor. Se llaman deseo desmedido de poseer, afán de dominar, necesidad de someter a los demás. Se llaman orgullo, resentimiento, codicia, violencia.

Esos son los demonios que fabrican un mundo despiadado. Un mundo donde el otro deja de ser hermano y empieza a parecer rival. Donde el vecino se convierte en amenaza. Donde el débil estorba. Donde el que piensa distinto ya no es alguien con quien dialogar, sino alguien a quien vencer. Y, seamos sinceros, estos demonios no viven solo “en el mundo”, como si nosotros estuviéramos cómodamente fuera del problema. Habitan en el corazón humano. También en el nuestro. Todos tenemos zonas interiores que necesitan ser liberadas.

Por eso estos demonios han de ser expulsados. No con gritos, no con violencia, no con gestos teatrales, sino con la fuerza del Evangelio acogido de verdad. Porque cuando la palabra de Jesús entra en una vida, empieza a desarmar por dentro las fuerzas que la esclavizan.

Curar no es solo quitar fiebre, es devolver dignidad

La segunda tarea que Jesús confía a sus discípulos es “curar toda enfermedad y dolencia”. No se trata de imaginar que el discípulo recibe un poder mágico para hacer milagros a nuestra manera. La misión es más profunda y más concreta. Allí donde haya sufrimiento, el discípulo de Jesús no puede pasar de largo.

El verdadero discípulo pone sus capacidades, sus energías, su inteligencia, su tiempo y su amor al servicio de la vida. Trabaja para que las personas no sufran inútilmente, para aliviar el dolor, para cuidar los cuerpos heridos, para acompañar la fragilidad. El dolor debe ser combatido, no contemplado desde lejos con frases bonitas.

Pero no existen solo enfermedades físicas. También está enferma una sociedad donde falta libertad. Está enferma una sociedad donde no hay justicia. Está enferma una sociedad donde la mujer no es respetada en su dignidad. Está enferma una sociedad donde se ejerce violencia, donde la corrupción moral se normaliza, donde la mentira se vuelve costumbre y el abuso se disfraza de poder.

Sobre esos males nos da Jesús autoridad. No una autoridad para imponernos, sino para servir. No un poder para dominar, sino para vencer aquello que destruye al ser humano.

El poder del discípulo es la fuerza humilde del Evangelio

Podemos preguntarnos si somos conscientes del poder que Jesús nos ha dejado. Y ese poder no es prestigio, ni mando, ni influencia social. El poder del discípulo es la fuerza de la palabra del Evangelio, que lleva dentro la energía divina del Espíritu.

Contra esa fuerza, el mal no puede resistir. Tal vez resista un tiempo. Tal vez parezca más fuerte. Tal vez haga ruido, amenace, seduzca, confunda. Pero cuando el Evangelio es anunciado y vivido con verdad, empieza a abrir grietas en los muros más duros. Libera conciencias, cura relaciones, despierta esperanzas, levanta a los caídos y devuelve al mundo un poco de humanidad.

A continuación, Mateo nos presenta la lista de los primeros obreros que acogieron la llamada del Maestro.

Los primeros obreros de la mies: una comunidad nacida de Israel

«Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó».

Mateo nos presenta ahora la lista de los primeros que aceptan entrar en la misión de Jesús (cfr. Mt 10,2-4). Y conviene no pasar por encima de esos nombres como quien lee un elenco antiguo, un poco deprisa, esperando llegar a la parte “interesante”. En la Escritura, también las listas hablan. A veces, incluso, dicen más de lo que parece.

Lo primero que llama la atención es el número: son Doce. Y ese número no está puesto al azar. Remite inmediatamente a las doce tribus de Israel. Jesús no está fundando una realidad caída del cielo, sin raíces, como si Dios empezara de nuevo porque lo anterior ya no sirviera. La comunidad de Jesús nace dentro de la historia santa de Israel. Es hija de Israel. Es fruto de una promesa larga, trabajada por Dios durante siglos con paciencia de labrador.

La Iglesia no nace contra Israel, sino desde Israel

Esto es importante. La comunidad cristiana no sustituye a Israel como quien aparta una pieza vieja para colocar otra nueva, sino que nace de ese árbol que Dios ha cuidado, podado, regado, esperado. En Jesús, ese árbol da un fruto maduro. Por eso los Doce no son solo doce individuos con nombre propio. Son también un signo: Dios está reuniendo de nuevo a su pueblo, no desde el poder, no desde la pureza de una élite, sino desde la llamada de Jesús.

Luego aparece otro detalle muy hermoso. Mateo organiza los nombres de dos en dos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé… La misión no empieza con solistas. Empieza con hermanos llamados a caminar juntos. Esto nos corrige bastante. Porque a veces uno se imagina la misión como una aventura personal, una especie de empresa espiritual donde cada cual va por libre, con sus ideas, su estilo, sus fuerzas y, si se descuida, también con su pequeño protagonismo. Pero Jesús no envía francotiradores del Evangelio; llama a una comunidad.

El Evangelio no se anuncia desde el aislamiento

Incluso cuando alguien anuncia personalmente la Palabra, nunca lo hace como individuo suelto. Lo hace desde una comunidad, sostenido por una comunidad y enviado por una comunidad. El discípulo no se pertenece del todo a sí mismo. Ha recibido una llamada que lo incorpora a un pueblo.

Y para que exista una comunidad basta empezar por algo muy sencillo: no caminar solo. Dos ya son una pequeña escuela de comunión. Dos obligan a escuchar, esperar, corregir, perdonar, ajustar el paso. Y ahí empieza muchas veces el Evangelio; no en discursos grandes, sino en aprender a caminar sin convertir al otro en obstáculo.

Después miramos la composición del grupo, y la sorpresa aumenta. Si Jesús hubiera querido formar un equipo prestigioso según los criterios humanos, la lista sería bastante distinta. No aparecen grandes escribas. No aparecen rabinos famosos. No aparecen especialistas reconocidos ni personajes de alto nivel cultural. Jesús llama a gente muy común. Y esto conviene saborearlo despacio. Porque Dios no comienza su obra reuniendo a los mejores según nuestros baremos. No busca una plantilla impecable, con currículos brillantes y garantías de éxito. Llama a hombres normales, con carácter, con límites, con historias mezcladas, con zonas luminosas y zonas todavía muy necesitadas de conversión.

Jesús no llama a perfectos; llama a personas disponibles

Entre ellos hay un publicano, alguien marcado por una profesión sospechosa y mal vista. Está también Judas, que terminará entregando al Maestro. Y está Pedro, que un día tendrá que reconocer su propia verdad: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” (cfr. Lc 5,8).

La lista, si se mira bien, no es precisamente un escaparate de perfección religiosa. Y quizá por eso resulta tan consoladora. Los Doce no son figuras de mármol, colocadas en una vitrina sagrada para que las admiremos desde lejos. Son hombres reales. Muy reales. Con entusiasmos y cobardías. Con generosidad y torpeza. Con fe y miedo. Con promesas sinceras y caídas dolorosas. Como nosotros.

Ahí está la buena noticia. Jesús no espera a tener una comunidad perfecta para empezar su misión. Si hubiera esperado eso, probablemente la misión no habría empezado nunca. Llama a los que se dejan alcanzar. Trabaja con barro humano. Pone su tesoro en vasijas frágiles. Y no lo hace porque ignore nuestras pobrezas, sino porque sabe que su gracia puede abrir camino precisamente ahí.

La misión, por tanto, no nace de nuestra impecabilidad. Nace de su llamada. No se apoya en nuestra superioridad moral. La misión se apoya en la fidelidad de Aquel que llama, reúne y envía.

Por eso estos nombres no son solo memoria del pasado. Son espejo para la Iglesia de todos los tiempos. También hoy Jesús sigue llamando a personas normales, con historias concretas, con heridas, con límites, con pecados y con deseos de vida. No para que ocupen el centro, sino para que se dejen poner al servicio de la mies.

Ahora descubriremos cuál será el ámbito de esa misión y cómo quiere Jesús que sea llevada a cabo.

Primero Israel, para que la bendición alcance a todos

«A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis”».

Hemos escuchado cómo Jesús delimita el primer ámbito de la misión confiada a sus colaboradores: los Doce son enviados a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (cfr. Mt 10,5-6). A primera vista, esto puede sorprendernos. ¿No esperaríamos que Jesús los enviara ya a todos los pueblos? ¿No había venido Él para la salvación del mundo entero? Sí. Pero el Evangelio tiene también su pedagogía, sus tiempos, su camino.

La apertura universal llegará después de la Pascua. Será el Resucitado quien, en el monte, diga a sus discípulos: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”, prometiendo estar con ellos todos los días hasta el fin del mundo (cfr. Mt 28,19-20).

Por tanto, no se trata de excluir a los paganos, ni de cerrar la salvación dentro de las fronteras de Israel. Se trata de comprender el modo en que Dios ha querido conducir la historia. Las bendiciones prometidas a Abraham no estaban destinadas a quedarse encerradas en un solo pueblo, sino a alcanzar a todas las familias de la tierra (cfr. Gn 12,3). Pero Dios quiso que esa bendición llegara al mundo entero a través de Israel. Por eso Israel debe ser el primero en acoger el Evangelio. No por privilegio entendido como posesión, sino por vocación entendida como servicio. Israel ha sido trabajado por Dios durante siglos para convertirse en cauce de una bendición que no le pertenece en exclusiva.

Jesús no improvisa la misión: educa a sus discípulos para ella

También es importante reconocer la pedagogía del Maestro. Cuando Jesús les dice que “no vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel”, no está cerrando el Evangelio a los demás pueblos, sino teniendo en cuenta el camino todavía inmaduro de conversión de sus discípulos (cfr. Mt 10,5-6). Ellos necesitan ser formados poco a poco para misiones más abiertas, más difíciles y también más hostiles.

Podríamos compararlo con un estudiante de medicina. Nadie pondría a un alumno de primer curso a colaborar directamente con el cirujano en una mesa de operaciones. No porque no tenga vocación, ni porque no pueda llegar a ser un gran médico, sino porque necesita un recorrido preciso, una formación, una maduración. Algo parecido sucede con los evangelizadores.

Antes de ser enviados a todos los pueblos, los discípulos necesitan aprender el estilo de Jesús, purificar sus falsas imágenes del Mesías y dejarse educar por el Evangelio. Si se saltan ese camino, pueden hacer más daño que bien.

Por eso la misión no se mide solo por el entusiasmo. También necesita paciencia, discernimiento y formación interior. El discípulo no es enviado para descargar sobre otros sus ideas religiosas todavía inmaduras, sino para llevar la vida de Cristo. Y eso exige dejarse trabajar por Él.

La misión pierde credibilidad cuando busca beneficio propio

Jesús vuelve a recordar las tareas confiadas a los discípulos: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios”. Es decir, prolongar su obra liberadora, hacer retroceder todo lo que enferma, desfigura o esclaviza al ser humano.

Y entonces añade una recomendación decisiva: la misión debe vivirse con completo desprendimiento de intereses personales, de ventajas propias, de cálculos escondidos. Porque si el discípulo anuncia el Evangelio buscando beneficio, prestigio o poder, su mensaje queda herido desde el comienzo. Puede hablar muy bien, incluso puede usar palabras piadosas, pero algo no sonará limpio.

Jesús lo resume en una frase breve y luminosa: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Ahí está la medida de toda misión cristiana. Lo que hemos recibido de Dios no lo hemos comprado. No se nos ha dado como premio a nuestros méritos, sino como don. Hemos sido amados, perdonados, levantados, llamados, sin pagar entrada y sin presentar currículum de santos profesionales.

Por eso el Evangelio solo puede anunciarse de verdad cuando se entrega con la misma gratuidad con que se ha recibido. La Buena Noticia se vuelve sospechosa cuando se convierte en medio para asegurar prestigio, influencia, comodidad o dominio. En cambio, cuando se da gratuitamente, sin buscar aprovecharse de nadie, deja pasar algo del corazón mismo de Dios.

Porque el amor de Dios no se vende, no se alquila, no se administra como propiedad privada. Se recibe como gracia y se ofrece como gracia.

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