sábado, 22 de marzo de 2014

Homilía del Domingo Tercero de Cuaresma, ciclo a


DOMINGO TERCERO DE CUARESMA, ciclo a

ÉXODO 17, 3-7; SALMO 94; SAN PABLO A LOS ROMANOS 5, 1-2. 5-8; SAN JUAN 4, 5-42

 

            Tanto el Pueblo de Israel como la Samaritana del Evangelio son símbolos de todos nosotros y de la humanidad entera, siempre inquietos buscando aquello que deseamos y no tenemos: la realización plena, la vida, la felicidad.

            En la primera lectura nos encontramos al Pueblo de Israel que está sediento. Llegan a tal extremo que los más atrevidos se llegan a encarar con Moisés. Le empiezan 'a echar en cara' las cosas: «¿Por qué nos ha sacado de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y nuestros ganados?» (Ex 17.3). La ausencia de agua física -recordemos que estaban en el desierto- les lleva a cuestionarse si verdaderamente Dios está con ellos o si todo ha sido una alucinación y acabarán muriendo de sed en el desierto. El pueblo empieza a entrar en una espiral de rebeldía, de murmuración, de falta de respeto y de sinrazones que se rebelan contra Moisés de tal manera que llegan a ofender a Dios. El pueblo había cogido una rabieta escandalosa y lo mismo que sucede con los niños cuando están enrabietados es imposible poder razonar con ellos. Sin embargo, toda esta situación de pecado no impide que Dios continúe escribiendo la historia de la salvación para que, cuando se calmen, recapaciten y se arrepientan de su mala conducta puedan descubrir el paso de Dios durante estos momentos tan encolerizados y de impiedad por parte del pueblo. Por eso se dice que se dio a aquel lugar el nombre de Masá -es decir, PRUEBA- y Meribá -es decir, QUERELLA, y nos sigue diciendo la Sagrada Escritura «porque los israelitas habían querellado contra Él». Es tanto como si el mismo Dios hubiera levantado un monolito en ese mismo lugar para que el pueblo recuerde la infinita paciencia que Dios tiene con nosotros y cómo nos asiste a pesar de nuestro comportamiento desagradecido e ingrato. Nosotros muchas veces culpamos a Dios injustamente porque nuestras necesidades no están saciadas como deberían, mientras que somos las personas las que provocamos esas situaciones con nuestro egoísmo y con nuestra falta de solidaridad. Dicho con otra palabras: son muchas las veces que nosotros mismos sufrimos las consecuencias del pecado. Por ejemplo, el pecado del resentimiento, del no querer perdonar de corazón, el odio acumulado son las cosas que hacen imposible la reconciliación en al amor en un hogar. El llegar a pensar que se puedan dar unas malas acciones son tan serias que ni siquiera la misericordia de Dios lo pueda sanar, eso ya es en sí mismo un pecado muy serio.  Si Dios es capaz de perdonar y de sanar esa herida ocasionada por el pecado; cada uno de nosotros, con la asistencia divina, también podremos.

            El pueblo de Israel bebió y comió gracias a Dios. Pero el ser humano anhela algo más que lo material, algo más que no sea tan superficial y pasajero. Nos dice Jesús en el Evangelio de hoy «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». Esa es la gran verdad que descubre esa mujer Samaritana tras encontrarse con Jesús. La Samaritana puede ser cualquier persona que tiene en el fondo de su corazón una sed desconocida, pero que busca, y no se niega a ser saciada. Por eso Jesús se presenta como el AGUA VIVA que apagará su sed para siempre. Hay gente que, de modo equivocado, no acuden a Jesucristo, y se dedican a 'ponerse parches' o remedios superficiales tales como el alcohol, el refugiarse en el trabajo, la droga, el afán de poseer, el mal uso de la sexualidad, la violencia con los demás o cualquier otro 'parche' que no hacen más que incrementar la sed de gozar de una vida plena  con sentido.

            San Pablo nos da una palabra de aliento. Jesús ha venido al mundo para restablecer nuestra relación con Dios; que es tanto como decir que ¡Sí es posible podernos quitar esa molesta sed bebiendo de Dios! O sea, Dios nos permite beber de Él porque su amor hacia nosotros sigue intacto. Y ahora la pregunta es...y ahora ¿qué tengo que hacer yo para beber de Dios?¿qué medios me ofrece la Iglesia y me pone a mi disposición para que yo entre en esa dinámica sobrenatural a lo que Cristo me invita a adentrarme? ¿me puedo conformar con lo que tengo o realmente tengo que 'buscar mi sitio' y dejarme evangelizar dentro de la gran riqueza que existe en nuestra Madre la Iglesia?.

            Cristo te dice: «Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37b)

No hay comentarios: