domingo, 21 de julio de 2013

Homilía del domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo c


DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO. ciclo c GÉNESIS 18, 1-10a; SALMO 14; SAN PABLO A LOS COLOSENSES 1, 24-28; SAN LUCAS 10, 38-42

 

            Cada creyente necesita recomponer la unidad de la coherencia en su propia vida, en sus convicciones y comportamientos. Seguramente que en los tiempos de Abrahán el pan -precisamente- no sobrase ni los terneros se comiesen más que en días sumamente especiales. Sin embargo Abrahán, desde su tienda vio a tres hombres que se aproximaban. Eran tres caminantes. No los conoce y sorprende el trato tan excepcional que les da, siguiendo las leyes de la hospitalidad oriental. Realmente sorprende la capacidad de acogida para poder aceptar a una persona.  

            Este pasaje del libro del Génesis nos remite a aquellas palabras de Jesucristo cuando nos dice: «Venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber». De tal modo que esa persona a la que se acoge es el mismo Señor. Abrahán se interesa tanto por el bienestar de esos caminantes porque sabe que Dios 'anda por medio' de todo esa situación.

            Nosotros hemos recibido la gracia; y la gracia tiene un nombre: JESUCRISTO. Ante esto ¿cómo le acogemos?¿nos fiamos de Él?¿nos alejamos de Él?. La vida de un cristiano es una constante lucha para no instalarnos en los principios de este mundo. Uno que desea ser fiel a Cristo está llamado a crecer en coherencia en su propia vida. Ha de aprender a saber aplicar la fe respecto a los problemas reales y circunstancias concretas. El padre y la madre que educan a sus hijos lo hacen gracias a la convivencia que mantienen con ellos. Su hogar -de este modo- se convierte en escuela y en esa escuela se aprende para la vida. Si Cristo Jesús se hospeda en nuestra tienda podremos ir entendiendo cómo ir dando respuesta -en cristiano y desde la fe- a los diversos desafíos que nos van planteando diariamente. De este modo creceremos en coherencia entre nuestro ser cristiano y nuestro actuar como cristiano. A Jesucristo le acogemos cada vez que le comulgamos, cada vez que recibimos su perdón, cada vez que rezamos y leemos la Palabra de Dios. Y acogemos a Cristo porque le necesitamos y precisamos fortalecer nuestra fe e ir adquiriendo una visión sobrenatural de la propia vida.

            Sin embargo el corazón del hombre se asemeja a un potente imán que atrae todo tipo de hierro hacia sí. De tal modo que no queda ni un milímetro cuadrado libre porque todo ha quedado ocupado. Cuando uno tiene garantizado los afectos, la familia, los amigos, el trabajo, el dinero... uno se tiende a olvidar de Dios. Esto suele suceder porque cuando uno no ha descubierto el amor de Jesucristo... pues no lo echa de menos. Cuando uno dice conocer a Dios pero no ha experimentado su presencia divina no añora el contacto con Él. María -en el Evangelio- tiene esa experiencia de 'arañar' cualquier momento para poder estar con Jesucristo. María se quedaba como embobada ante la presencia de Jesús porque se ha descubierto amada, reconocida y querida. Y ese 'estar embobado' no pasa precisamente desapercibido, sino que todos los de alrededor se percatan, se dan cuenta de ello, de tal modo que la gente siente como 'pelusa', esa envidia típica de los niños. Marta sintió esa 'pelusa' ya que sabía que estar con Jesús, acoger a Jesús es lo único realmente necesario.

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