sábado, 8 de junio de 2013

Homilía X del Tiempo Ordinario, ciclo c


DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo c LECTURA DEL LIBRO PRIMERO DE LOS REYES 1, 17, 17-24: SALMO 29; LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS GÁLATAS 1, 11-19; SAN LUCAS 7, 11-17

 

            Acabamos de escuchar como Cristo da la vida para que la desgastemos en libertad y responsabilidad viviendo en su presencia. Es más, Dios nos hace dignos para que le sirvamos en su presencia todos nuestros días; y servir a Dios es un gran honor. Sin embargo este sublime honor no se valora y se termina como despreciando. Son muchas las familias -fundadas en un matrimonio sacramental- han dejado de vivir religiosamente; sus hijos -aunque han recibido una primera educación cristiana en la parroquia o en les escuela- dejan pronto de frecuentar la Iglesia y en cuanto entran en contacto con la escuela o con los institutos o en la universidad, así como con círculos de amistad o de ocio, son enteramente colonizados por la cultura vigente que asfixia la fe de los jóvenes cristianos y favorece el indiferentismo religioso.

            La exaltación del sexo como juego y diversión, privado de su relación esencial al amor y a la fecundidad, exento de toda norma moral, es sin duda un poderoso instrumento para alejar a los jóvenes de la Iglesia y de cualquier sentimiento religioso. En nuestros institutos públicos se han dado y se dan charlas -ellos lo llaman informativas, siendo en realidad muy deformativas- que dañan la sana conciencia de nuestros adolescentes. Ante toda esta ofensiva social los católicos nos hemos dejado de presentar claramente el ideal cristiano de vida.

            Es fundamental ser apóstoles de Cristo para mostrar a las jóvenes generaciones los fundamentos, la grandeza y las exigencias de la vida cristiana. Nosotros no vamos tras los pasos de un planteamiento filosófico ni político. Nosotros nos fiamos de Jesucristo y a Él seguimos con todo nuestro ser. Cristo es el fundamento de nuestra existencia. Dios quiere darnos la vida. Hemos escuchado como Dios -por medio de Elías- devolvía la respiración al hijo de la señora que lo había hospedado en su casa. También se nos ha dicho como Jesús devuelve la vida al hijo de la viuda de Naín. Todo contacto que mantengamos con Cristo será sanador. Supongan ustedes que tuviésemos todo nuestro cuerpo cubierto con la enfermedad de la lepra, y que Cristo con su poder acariciando las partes enfermas las fuera sanando inmediatamente. Es urgente anunciar la verdad que sale de los labios de Cristo para ofrecer ese sentido sobrenatural que da respuesta a todo lo que el hombre buscar: amar y ser amado.

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