viernes, 28 de junio de 2013

Homilía de San Pedro y San Pablo 2013


SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO 2013

 
            Hermanos, es Cristo Jesús quien os convoca y en su nombre os doy la acogida en la Eucaristía. Acabamos de escuchar su Palabra, Él se ha pronunciado, ahora nos toca a nosotros interiorizarla, meditarla en el silencio para ir avanzando con las inspiraciones que nos ofrece el Santo Espíritu de Dios.

            Las verdaderas razones para creer no están en la santidad de los cristianos, sino en la persona de Jesucristo, en el valor de su mensaje y de sus dones; en lo que Él nos ofrece y nos da cuando respondemos con fe verdadera a su llamada. Todos los que amamos a Cristo intentamos y pretendemos mostrar el rostro del Señor en el mundo. Mostrar la verdadera santidad de la Iglesia -Cuerpo Místico de Cristo-, y mostrar su verdadera santidad a pesar de los pecados de muchos cristianos, y también de la conduzca admirable de tantos cristianos que ahora mismo sirven a Dios con su vida santa y su servicio de amor a los hermanos más necesitados. Es la fuerza de Dios la que nos permite tener una visión nueva de la Iglesia en cuanto se empieza a abrir a la novedad de la fe. Los hombres pensamos como hombres y tenemos la facilidad de enmascarar la voluntad de Dios para hacer la nuestra; y Dios lo permite. San Pablo cuando escribía a la comunidad de los cristianos que residían en Roma les hizo este precioso canto a la sabiduría divina: «¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus decisiones e inescrutables sus caminos! Porque ¿Quién conoce el pensamiento del Señor?¿Quién ha sido su consejero?¿Quién le ha prestado algo para pedirle que se lo devuelva? De él, por él y para él son todas las cosas» (Rom 11,33-36a). Realmente «Dios escribe derecho con renglones torcidos», ¿cómo es posible estar en una Iglesia santa siendo nosotros tan pecadores?; es la Gracia de Dios la que ayuda a sanar las heridas del mal y de todo el daño que hayamos podido ocasionar... ¡es la Gracia de Dios!

            Cuando nuestros ancianos, ¡los que ahora tenemos la suerte de tener entre nosotros!,... cuando eran jóvenes, creían en Dios y en la inmortalidad y aceptaban a Jesucristo como portador de la salvación. En muchas de sus casas tendrían el Corazón de Jesús entronizado en el comedor; la cruz colgada en los cabeceros de su camas; el rosario desgastado de tantas veces pasar las cuentas; las fotos y recordatorios de los hijos y nietos vestidos de Primera Comunión; los escapularios y crucifijos colgados en el cuello y la imagen de su virgencita o bien en la cartera o muy bien cerca de su corazón. Ahora es diferente. Muchos de los que han sido bautizados están mucho más lejos de la fe de Jesús y tienen una mentalidad mucho más deteriorada. «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8), sin embargo nuestra capacidad de respuesta ante su persona se encuentra debilitada y acobardada ante  todo lo que el mundo nos presenta como atrayente y apetitoso.

            El mundo no sólo oculta la existencia de Dios y de su mensaje salvador, sino que infunde en las mentes -de niños, adolescentes, jóvenes y adultos- una visión de la vida y de la persona profundamente falsa. La cultura actual no cuenta con Dios. El hombre y la mujer se centra en su propio bienestar, «en vivir para sí y no en vivir para los demás», cuentan solo con el corto plazo, sin grandes aspiraciones, anclados en el relativismo, «todo es bueno y válido porque a mí me apetece e interesa que así sea, y como la mayoría lo acepta... pues es algo bueno» y sólo se tiene seguridad personal cuando se tiene dinero y las demás posesiones materiales. Ante esta realidad hermanos, contamos con dos pilares que nos demuestran que seguir a Jesucristo es fuente inagotable de gozo espiritual. Esos dos pilares tienen dos nombres: PEDRO Y PABLO.

            Ellos cambiaron la manera de entenderse a sí mismos y de situarse en el mundo, descubrieron su condición de criaturas de Dios, la verdadera naturaleza de su libertad y su vocación de inmortalidad. Siguieron a Cristo con todo su corazón; se dejaron cautivar por su persona y mensaje mostrando el rostro del Señor en el mundo. San Pablo y San Pedro se apoyaban en la fuerza de Dios y se defendían empleando la caridad. Ambos tenían la experiencia que nos hace llegar San Pablo en uno de sus cartas: «Unos nos ensalzan y otros nos denigran; unos nos calumnian y otros nos alaban. Se nos considera impostores, aunque decimos la verdad; quieren ignorarnos, pero somos bien conocidos; estamos al borde de la muerte, pero seguimos con vida; nos castigan, pero no nos alcanza la muerte; nos tienen por tristes, pero estamos siempre alegres; nos consideran pobres, pero enriquecemos a muchos; piensan que no tenemos nada, pero lo poseemos todo» (2Cor 6, 8-10).

             

No hay comentarios: