sábado, 27 de octubre de 2012

Homilía del domingo XXX del tiempo ordinario, ciclo b



DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
            Cuando uno conoce a Jesús, todo cambia. De algún modo nuestro santuario interior experimenta ese estremecimiento, mezcla de temor y entusiasmo, por ser parte de los elegidos de Dios. Ustedes se han fijado en el rostro de los concursantes del programa televisivo ‘La voz’. Los concursantes se esfuerzan cantando para ser seleccionados por los miembros del jurado. Todo su cuerpo experimenta una cascada de gozo cuando son elegidos. Se sienten especiales, valiosos, capaces de superar los retos porque hay alguien que les valora y les dice «‘amigo, ¡tú sí que vales!». Y en realidad, esa experiencia que genera un subidón de adrenalina se queda constreñido, reducido a unos días o a lo mucho, algunos años. Y sólo es un programa de televisión. Dense cuenta ustedes de la magnitud del subidón incontrolado de adrenalina cuando estamos diciendo que es Dios el que te dice: «¡Ven para acá, que quiero contar contigo!». ¡Esto fue lo que le pasó al ciego Bartimeo!
            Ahora bien, ¿por qué Dios quiere contar contigo?¿por qué Jesucristo se ha parado ante ti y te invita personalmente? ¿por qué y para qué?. El por qué es muy sencillo: ¡PORQUE TE QUIERE! Porque quiere estar contigo, porque quiere dialogar contigo, charlar, quiere conocer tus problemas y cosas que te entusiasman. ¡Es que Jesucristo es así!
            Ahora viene la segunda cuestión: ¿Para qué? ¿Qué es lo que Jesucristo pretende teniéndote cerca de Él? Nos remitimos a la carta a los Hebreos y allí nos da la respuesta: Jesucristo es «Sumo Sacerdote» y goza de la suprema autoridad divina de sanar, de curar, de cicatrizar nuestras heridas. De hecho cicatrizó las heridas del ciego Bartimeo, no sólo haciendo que recobrase la vista, sino también regenerando su mismo ser, devolviéndole la frescura y la salud recobrada.
Bartimeo estaba mendigando cariño, mendigando migajas de esperanza. Nosotros también, como Bartimeo, estamos mendigando cariño, que los demás nos acepten, que nos sintamos reconocidos por los otros, que nos digan ‘que guapos y que listos somos’. Y claro, andamos desacertados, porque por muchos ‘para bienes’ que nos den y por muchas gratificaciones temporales que podamos obtener terminamos espiritualmente con una anemia aguda.
Jesucristo se acerca a ti y te susurra al oído: «Amigo, yo te he elegido, porque te quiero y deseo curarte de todo aquello que genera muerte en tu ser». A lo que nosotros le podríamos contestar: «Pero Jesús ¿Qué me cuentas?, yo no tengo pecados». Es entonces cuando me lo imagino con una sonrisa en los labios y con una suave voz acaricia  con sus divinas manos uno de los tantos aspectos de tu vida personal y, con solo tocarlo, lo regenera, lo cura, lo salva, lo llena de esplendor. Y es entonces, cuando Jesús te vuelve a decir: «¿Caes ahora en la cuenta cómo estabas y a lo que estás llamado a ser?».
Hermanos, tanto tú como yo, somos como el ciego Bartimeo, y damos gracias y alabamos a Dios Padre porque nos ha regalado a su Hijo Jesucristo, el cual nos he elegido para ser miembros de su propiedad y nos ha salvado con su muerte y resurrección para ser, día a día y momento a momento, una ofrenda agradable ante la presencia de Dios y así portar la corona de gloria que no se marchita.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Buenas tardes;
He de decirle que su homilía, ha sido de gran agrado para mi persona.
Soy una chica que es una gran fan del programa televisivo “La Voz”, es un programa en el que me hubiese gustado participar, sin embargo, mi timidez me impidió presentarme. Gracias a este ejemplo que usa, el mensaje que desea transmitirnos con su homilía, lo he entendido perfectamente.
El martes será mi cumpleaños, muchos me preguntan que quiero, que necesito…porque son los dieciocho años y quieren que sea un día muy especial para mí. Sin embargo, sé que usted opinará que si reúno todos esos regalos, seguro que no igualan en importancia, el ser elegido o elegida por Dios.
Como usted dice, solemos mendigar el cariño, queremos amar y ser amados, deseamos ser recompensados por lo que hacemos…Muchas veces no recibimos lo que queremos, pero eso no significa que debamos desistir.
Recuerdo que un día, vino a mi pueblo una mujer, que para más detalles, era una mujer consagrada. Organizó una charla para los jóvenes, y fui con mi amiga dado a que nuestro sacerdote nos había animado a ir, indicando que iba a ser muy bueno para nosotras. Cuando entré en la sala, tenía una idea de que no me serviría para nada, pero cuando ya nos encontrábamos por la mitad de la charla, me di cuenta de mi gran equivocación. No sé si a mi amiga la pasó lo que a mí, pero yo puedo decir sin ningún reparo, que sus palabras llegaron a mí de una manera tan brillante, que cambiaron mi forma de ver las cosas. Ella comentaba que los jóvenes no podemos oírle con la música, las fiestas…debíamos buscarle en el silencio. Deseé buscar ese silencio, lo que me llevó a ir a las exposiciones que organiza mi párroco cada jueves. Soy la única joven, pero en esas circunstancias me da igual.
Al principio cuesta, como no, pero uno se da cuenta poco a poco que es Él quien más puede ayudar, quien siempre está dispuesto a escuchar. Puede que cuando se pida algo no lo consiga de inmediato, pero hay que dar tiempo, hablará por medio de personas, por hechos en el día a día…y cuando lo haga llegará la sorpresa. Cuento esto, porque a mí personalmente me pasó en un viaje que hice a Salamanca, donde las palabras de aquella mujer cobraron sentido.
La imaginación que se hace usted de Él, me gusta, transmite una gran paz.
Usted tiene razón, Él nos quiere a cada uno de nosotros, espero que yo consiga ofrecerle el mismo afecto con mi oración.