sábado, 13 de octubre de 2012

Homilía del domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, ciclo b


DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B

 

            La vida moral del cristiano, el comportamiento de aquellos que seguimos a Jesucristo está sostenido por los dones del Espíritu Santo. El cristiano que no solo conoce a Dios como Padre, sino que goza en su haber de una experiencia de Dios en su vida, se siente enriquecido.   

Cuando estoy hablando de conocer a Dios no me estoy refiriendo a saber de la existencia de un ser Absoluto como algo que se incluya en nuestro bagaje intelectual. Muchas personas reconocen que existe un ser Absoluto, un dios o varias deidades pero mencionado reconocimiento de su existencia ni les aporta ni les empobrece en nada; les queda totalmente indiferentes. De hecho, y con pena lo afirmo, hay cristianos que creen en Dios y que Jesucristo es el Hijo de Dios, pero sin embargo mencionada creencia se puede poner al mismo nivel que cualquier otra cosa sin importancia porque no tiene repercusiones en su vida. Con otras palabras: Estos hermanos nuestros, entre los cuales muchas veces también desgraciadamente nos incluimos, no se encuentran sostenidos por la fuerza sobrenatural del Espíritu Santo. Y no se encuentran sostenidos porque ellos mismos, por inconsciencia o dejadez, rechazan o desaprovechan las múltiples invitaciones reiteradas que les propone el Santo Espíritu de Dios.

El Espíritu Santo cuando se acerca a nosotros, cuando se aproxima a nuestra alma no nos propone banalidades ni nos entretiene para que desperdiciemos el tiempo, sino que nos ofrece de beber del agua viva. El Espíritu Santo nos entrega para que bebamos de esa agua viva que contiene en sí la sabiduría de Dios. Y esa Sabiduría que procede de lo Alto y que se nos es entregada a través del Espíritu Santo nos permite descubrir la voluntad de Dios, lo que Él desea para que seamos felices. ¿No tienen ustedes la impresión de muchas veces de ‘estar andando a tientas’ con grandes dudas e incertidumbres de si estamos o no acertando en nuestra vida familiar, en el noviazgo, en la vida de pareja y en todos aspectos, muchos de ellos muy delicados de nuestra vida? ¿No tienen la sensación de tomar decisiones, de pequeña o de mayor importancia, como siendo llevados por la inercia de lo que se dice, de lo que se piensa, de lo que se hace por los demás? Con estas preguntas quiero ayudarles a caer en la cuenta de cómo nos dejamos llevar por determinadas corrientes de pensamiento o por lo que todo el mundo hace y a veces, sin mala intención de un modo inocente y sin malicia, arrinconamos esa Sabiduría que nos ilumina ofreciéndonos criterios muy enriquecedores.

Y para acceder a esa agua viva que contiene la sabiduría de Dios uno tiene aproximarse al manantial. Y ese manantial tiene un nombre: La Iglesia. Y es en la Iglesia donde se nos entrega el Agua Viva a través de los sacramentos, de la oración personal, de la formación cristiana… porque es en la Iglesia donde nos encontramos a Jesucristo resucitado.

Y esa Sabiduría, tal y como nos dice la carta a los Hebreos, juzga los deseos e intenciones de nuestro corazón. Dios pone todo de su parte para que nos salvemos.

¿Deseamos acoger la Sabiduría que nos entrega el Espíritu Santo y nos adentramos en su divina presencia…. u optamos por la inconstancia o dejadez por no cambiar nada en nuestra vida tal y como hizo el Joven Rico del Evangelio?

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