Cinco corrientes silenciosas
que están educando
a nuestros hijos sin pedirnos permiso

Uno querría que los peligros vinieran con cara de Demogorgon, como en Stranger
Things, para saber a qué atenerse. Pero la mayoría hoy viene con buena
presencia, un diseño bonito y un “solo un minuto”. Y cuando nos damos cuenta,
ya se han hecho un hueco.
Lo que más moldea a un niño o a un adolescente casi nunca entra como un
monstruo evidente. Entra como costumbre. Entra como ambiente. Entra
por repetición. Y suele entrar por la puerta de lo que calma. Porque,
seamos sinceros, nosotros también funcionamos así. Cuando nos duele algo por
dentro, buscamos alivio. Ellos, más. Buscan seguridad, buscan pertenecer,
buscan una brújula. Necesitan un lugar donde su cuerpo se relaje, donde su
corazón se sienta dentro, donde su cabeza no tenga que adivinarlo todo sola. Si
eso está en casa, lo de fuera influye, sí, pero no gobierna. Si eso falta,
aunque sea un poco, aparece el plan B. Y el plan B suele ser rápido, eficaz al
principio… y carísimo a la larga.
Con esa mirada se entiende casi todo lo que está entrando hoy.
1.- El adulto de guardia que vive en el
bolsillo
A veces hablamos de pantallas como si fueran “un aparato”. Pero en muchas
casas la pantalla funciona como algo más serio. Funciona como calmante, como
compañía y, sin querer, como adulto de guardia. No porque la tecnología sea
mala, sino porque ofrece tres cosas irresistibles para un cerebro cansado:
Distracción inmediata, emoción rápida y alivio del malestar. Y lo que calma,
educa. También a nosotros.
Por eso la escena es tan común que ya ni la comentamos. El niño llega del
colegio y, antes de decir “hola”, pide el móvil o la tablet. No siempre es
capricho. Muchas veces es un modo aprendido de regularse. Me siento cansado, me
conecto, se me pasa. Luego cenamos “en familia” y estamos juntos, sí, pero cada
uno vive en su isla. Después nos extraña que cuenten poco, que respondan con
monosílabos, que parezca que no les interesa nada. A lo mejor sí les interesa,
solo que han entrenado mucho el dedo que desliza y poco la palabra que se
abre. Y encima la pantalla no se cansa, no se irrita, no pierde
la paciencia. Nosotros sí. Y cuando nosotros llegamos al límite, la
pantalla ocupa el hueco.
El punto delicado es este. El problema no es que haya pantallas. El
problema es cuando la pantalla ocupa la función de sostener emocionalmente al
hijo. Cuando eso ocurre, el niño se queda sin un lugar humano donde bajar
la guardia, ordenar lo que siente, aprender a esperar, aprender a hablar. La
pantalla no manda con autoridad, manda con hábito. Y el hábito, cuando es
diario, gobierna en silencio.
La salida rara vez es una cruzada. Suele ser una estrategia humilde y
constante. Un sitio fijo para los móviles por la noche, fuera de las
habitaciones, también la nuestra. Un primer rato al llegar a casa en el que no
pedimos rendimiento, pedimos presencia. Diez o quince minutos para ver la cara,
no el boletín. “Dime lo mejor y lo peor del día.” A veces lo mejor es
una tontería. Bendita tontería, porque abre la puerta sin ruido.
Podemos preguntarnos sin culpas. En nuestra casa, cada día hay un momento
en el que nos vemos de verdad, o solo nos cruzamos con pantallas encendidas.
2.- La pornografía que entra temprano
y luego pide silencio
Esto se cuela antes de lo que quisiéramos. A veces por curiosidad, a veces
por accidente, a veces por un “mira esto”. Y aquí ayuda ser claros sin ponerse
teatrales. La pornografía no es educación afectivo-sexual. Es un negocio. Y
cuando un negocio entra en el territorio del deseo, la lección suele ser
peligrosa. El otro se convierte en objeto. La relación se convierte en
consumo. La intimidad se separa del cuidado.
Lo más delicado no es solo “ver algo”. Lo más delicado es lo que se va
entrenando por dentro si se repite. Se entrena una mirada que usa al
otro. Se entrena un deseo que manda. Se entrena una forma de acercarse a las
personas sin aprender el corazón de las personas. Y se añade un ingrediente
que lo complica todo, la vergüenza. Muchos chicos no vuelven a hablar del tema
porque temen quedar expuestos o humillados. Y cuando entra la vergüenza, entra
el secreto. Y cuando entra el secreto, crece lo que no queremos que crezca.
Por eso el tono aquí decide el futuro. Si reaccionamos con
escándalo, el hijo aprende a esconderse mejor. Si reaccionamos con calma firme,
el hijo aprende que puede pedir ayuda. Una frase sencilla, dicha sin gritos,
puede cambiarlo todo: “No te voy a ridiculizar. Esto engancha y hace daño.
Lo hablamos y lo ordenamos.” Después vienen preguntas limpias: ¿Te apareció
sin querer o lo buscaste?; ¿Qué sentiste?; ¿Lo has vuelto a ver? Y después
medidas concretas que protegen sin convertir la casa en una comisaría. Filtros,
sí. Dispositivos en lugares comunes cuando son pequeños, sí. Y una regla de
oro, nada de móvil a solas por la noche. Por la noche baja la guardia
cualquiera, también los adultos. Decirlo así, con verdad, suele bajar defensas.
Desde una mirada cristiana esto se dice con una belleza muy simple. El
deseo no es sucio, es grande; Lo que nos desordena es convertirlo en tirano. Y el
cuerpo del otro no se usa, se honra. Cuando un hijo entiende eso desde la
dignidad y no desde el miedo, se le enciende una luz que protege más que mil
broncas.
Podemos preguntarnos algo concreto. En casa se puede hablar de esto sin que el hijo sienta que se le cae el mundo encima o aquí manda el silencio tenso.
3.- El guion del grupo y
la presión de parecer “avispado”
“Dicen que fulanita se ha liado con…” “Ser virgen es de tontos.”
“Si no has hecho nada, eres un pringado.” A primera vista parece que
hablan de sexo. Muchas veces hablan de otra cosa. Pertenencia, estatus, miedo a
quedarse fuera. El grupo escribe un guion y lo lee en voz alta. Y el
adolescente, que necesita pertenecer como respirar, aprende pronto que ciertas
frases son un carné social. Te hacen parecer “de los nuestros”.
Aquí conviene mirar debajo del ruido. Muchas frases no nacen de
convicciones, nacen de defensas. Presumen para no parecer ingenuos. Se ríen
para que no se note que por dentro no entienden nada. Repiten para que no se
les vea la vulnerabilidad. Y cuando nosotros respondemos solo al ruido,
respondemos con sermón. El riesgo del sermón es que confirma algo muy peligroso:
“En casa no puedo hablar de esto.” Y si en casa no puede hablar, hablará
donde pueda o se quedará solo.
Suele funcionar mejor una pregunta que devuelva pensamiento. Si suelta “ser
virgen es de tontos”, podemos probar con esto. “Tonto no sé. Dime tú qué
crees que es más difícil, dejarte llevar o saber decir que no sin que te maneje
el grupo.” Esa pregunta no humilla, pero tampoco compra el eslogan. Obliga
a pensar, y de paso abre una idea clave: La libertad no es hacer cualquier
cosa. La libertad es poder elegir sin que te empujen por miedo.
Y aquí hay una
tarea preciosa que a veces olvidamos. Darles palabras propias. Porque cuando un
adolescente solo tiene frases prestadas, vive prestado. “Me dolió.” “Me
dio vergüenza.” “Tengo curiosidad.” “Tengo miedo a quedarme fuera.”
Estas frases no son debilidad. Son verdad. Y la verdad, cuando se puede decir
sin ser ridiculizado, cura.
Podemos preguntarnos. Nuestra casa está ayudando a que aprendan a elegir
con libertad o solo reaccionamos cuando el tema llega ya cargado y tarde.
4.- Identidad, afectividad
y el arte de hablar sin trincheras
A nuestros hijos les llegan relatos sobre identidad y afectividad por
mil vías. Redes, conversaciones en clase, series, comentarios sueltos,
ideas que se presentan como evidencia. Y a veces les llega una visión que lo
reduce todo al sentimiento del momento y propone respuestas rápidas a preguntas
que son lentas. En edades en las que todo está en construcción, una
respuesta rápida puede parecer un salvavidas, porque la confusión, cuando se
vive solo, asusta.
Al mismo tiempo, a algunos chicos les llega otra oferta distinta, también
rápida y también seductora: Una masculinidad de plástico que promete seguridad
a base de dureza y desprecio. Y entonces aparecen frases que suenan a guion. “Las
chicas son todas iguales.” “Las chicas manipulan.” “Con las
chicas no se puede.” Esto no siempre es maldad. Muchas veces es herida,
vergüenza, miedo a no valer, necesidad de quedar fuerte. Mucha dureza no es
poder, es armadura.
Aquí suele ser más eficaz recuperar a la persona que discutir la pancarta.
“Cuando dices ‘todas’, ¿a quién te refieres?” “Cuéntame una escena
concreta.” “Eso te pasó a ti o lo has oído por ahí.” “Si yo
dijera ‘los chicos sois todos…’, ¿te parecería justo?” Preguntar así no
quita autoridad. La vuelve adulta.
Y en medio de este tema aparece algo todavía más cotidiano. Se enteran de
que su profesora está con otra mujer. De que el vecino es homosexual. Para
muchos niños eso no entra como debate moral, entra como dato. Y ahí
educamos muchísimo con la reacción. Si respondemos con burla, enseñamos
desprecio. Si respondemos con tensión y tabú, enseñamos miedo a hablar. Si
respondemos con serenidad, enseñamos humanidad.
Se puede decir algo simple y profundamente cristiano. Son personas y se las
respeta. En casa no se insulta a nadie. Y, a la vez, se puede proponer con
paz la visión que vivimos, sin convertir al hijo en juez del mundo ni en
rehén del silencio. “Nosotros tenemos una manera de entender el amor y el
cuerpo. Podemos hablarlo cuando quieras, sin burlas y sin miedo.” La fe,
cuando es adulta, no necesita gritar para ser firme. Tampoco necesita herir
para ser verdadera.
Podemos preguntarnos. Nuestros hijos están aprendiendo a hablar de personas
concretas con respeto, incluso cuando no comparten todo, o están aprendiendo a
reaccionar con etiquetas y trincheras.
5.- Crianza a trozos, presión constante
y el hogar como refugio
Debajo de todo esto hay una corriente que atraviesa el día a día. La
presión de ser suficientes. Suficientes para el grupo, suficientes para la
imagen, suficientes para el rendimiento. Muchos niños y adolescentes viven
con sensación de examen continuo. Y eso se nota. Irritabilidad, cansancio,
apatía, esa tristeza rara que no sabe explicar.
A esto se suma algo muy frecuente. Muchos niños pasan muchas horas con
adultos que no son sus padres. No tiene por qué ser malo, pero a veces crea
una crianza a trozos: Estilos distintos, normas cambiantes, mensajes que no
siempre encajan. El corazón del niño, que es más inteligente de lo que parece,
termina pidiendo algo muy simple: Coherencia, un lugar estable y un sitio donde
no tenga que adivinar qué versión de sí mismo conviene según el escenario.
Aquí el hogar puede ser medicina. No un escenario
donde demostrar, sino un refugio donde descansar. Y ese refugio se construye
con cosas que parecen pequeñas y por repetición se vuelven enormes. Presencia
real. Límites con cariño. Y una afirmación bien hecha que no solo aplauda
resultados, sino que reconozca carácter: “He visto que hoy has sido limpio
con la verdad.”; “Te has levantado aunque no te apetecía.”; “Me
gustó cómo trataste a tu hermano.” Eso no es psicología de póster. Es una
forma concreta de decirle al hijo “tu valor no depende de tu rendimiento”.
Cuando el amor parece depender del resultado, el niño aprende a actuar.
Cuando el amor se ancla en quién es, aprende a respirar. Y un hijo que respira
piensa mejor, elige mejor, se defiende mejor. También se deja acompañar mejor.
En una casa así, lo de fuera sigue existiendo, pero ya no entra como dueño.
Podemos preguntarnos, de verdad ¿cuándo fallan, sienten que el amor se
encoge o sienten que aquí se puede volver a empezar?
Un cierre sin discursos,
con decisiones posibles
No hace falta terminar con grandes frases. Basta con mirarnos sin culpa y
con realismo.
¿Qué está entrando más fuerte ahora mismo en nuestra casa? ¿Pantallas,
pornografía, presión del grupo, confusión afectiva, lenguaje de desprecio? ¿Qué
estamos normalizando sin querer, por cansancio o por prisa? ¿Qué ajuste
pequeño, pero de verdad posible, podemos sostener esta semana? ¿En qué momento
del día podemos estar presentes, no perfectos, presentes?
Acompañar a un hijo no es controlar el mundo, es ofrecer un lugar donde el
mundo no lo devore. Un hogar donde se puede hablar, donde se le mira,
donde el amor no se gana, se recibe. Y eso, aunque parezca poco, es una fuerza
enorme contra casi cualquier corriente que venga de fuera. Porque las
corrientes más peligrosas no siempre entran gritando, entran susurrando. Y
precisamente por eso, lo que más protege no es el grito sino la presencia.






