viernes, 20 de febrero de 2026

Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra: Cuando la fe te reconstruye por dentro


 Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra:

Cuando la fe te reconstruye por dentro

 

Un Credo que se confiesa con la vida

El Credo no nació para “sonar bonito”. Nació para decir en voz alta, delante de Dios y delante de la Iglesia: “Esto es lo que creo… y esto es lo que me sostiene”. Por eso se le llamó símbolo: señal de pertenencia, resumen vivo de la fe de la Iglesia. Y, ojo, en los primeros siglos confesar al Dios único tenía consecuencias tan serias que a los cristianos les gritaban: “¡muerte a los ateos!”, porque al negar los dioses paganos parecían ateos para el ambiente de entonces. Hoy no nos persiguen con ese grito, pero sí con otros dioses mucho más finos: seguridad, control, éxito, placer, rendimiento… y casi siempre, el rey silencioso: el dinero.

La fe se aprende en familia:

Sin comunidad se enfría o se vuelve teoría

La fe cristiana no es una aventura individualista. Se sostiene en un “nosotros”: la comunidad, la Iglesia. Porque Dios suele hacerse visible en lo concreto: una Eucaristía que te devuelve a casa, un hermano que te llama cuando ibas a hundirte, una corrección con ternura, una oración prestada cuando tú no puedes ni articular una frase. Y también hay realismo: la comunidad no es perfecta; a veces alguien mete la pata, a veces no entiende, a veces te duele… y ahí también se aprende a amar de verdad.

“Creo en Dios…”

El Credo cristiano arranca

con el “Escucha” de Israel

Las primeras palabras asumen la confesión diaria de Israel: “Escucha, Israel: Yavé, tu Dios, es el único Dios”. No es solo una frase bonita: es el cimiento. Si Dios no es uno, no es Dios. Y si Dios es uno, entonces ningún ídolo puede ocupar su lugar sin romperte por dentro.

El Dios “de vivos”:

Un Dios que entra en la historia y camina contigo

Al confesar “Creo en Dios”, hablamos del Dios “de vivos”, del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, del Dios de Israel, del Padre de nuestro Señor Jesucristo. No es una energía impersonal: es un Dios personal que abre camino y acompaña en una peregrinación de fe. La Biblia lo pinta con una imagen preciosa: Dios delante, como columna de nube o de fuego, guiando en medio del desierto.

Un solo Dios:

Libertad de no arrodillarte ante el pan, el eros y el poder


         La idolatría no es cosa de museos. Antes se adoraban la fertilidad, la fecundidad y el poder. Hoy cambian las máscaras: prestigio, trabajo, progreso, ciencia, técnica, nación, ideologías, partido, sindicato… Si algo creado se vuelve absoluto, promete vida y termina esclavizando. Creer en el Dios único es renunciar a ese chantaje interior.

¿Cómo se nota esto en alguien de carne y hueso?

         Se nota cuando una persona pasa del monólogo con su miedo al diálogo con un Tú. Se nota cuando, en vez de anestesiar el dolor, empieza a caminar acompañada. Aquí entra Valeria.

“…Padre…”

Padre: No es una idea,

es una relación que te cambia la identidad

El Credo llama a Dios Padre. Y esa palabra une el primer artículo con el segundo: a Dios solo lo conocemos plenamente en Jesucristo, su Hijo. La fe cristiana no se queda en “Dios es uno”; completa con temblor y belleza: “Creo en Dios Padre”.

La novedad cristiana:

Dios uno y trino, una unidad con corazón

El Dios uno y trino supera la “unidad sin riqueza interior” y la “multiplicidad contradictoria”. La Trinidad no es un jeroglífico para exámenes: es la revelación de que Dios es amor en sí mismo. Por eso cuando Dios entra en tu vida no entra como un concepto frío, sino como un Amor que te llama hijo.

Jesús, icono vivo del Padre:

Dios con rostro humano

Jesús puede decir: “Yo y el Padre somos uno” y “quien me ve a mí, ve al Padre”. En Él Dios se hace visible con rostro humano. Y eso aterriza la fe: Dios no es un rumor del universo; es un Padre que se deja conocer en el Hijo.

Abba: hijos en el Hijo,

por gracia, no por rendimiento

Llamamos “Padre” a Dios porque participamos, por gracia, de la relación única de Jesús con el Padre: Abba. Ser hijo no se conquista a base de portarte impecable. Se recibe. Y se aprende, día a día, en la Iglesia: en la comunidad donde uno se deja querer y se deja corregir.

¿Cómo se nota que Dios es Padre en lo cotidiano?

         Se nota cuando puedes pedir ayuda sin humillarte, poner límites sin odiar, y vivir el perdón sin perder la justicia. Aquí entra Antonio. Y también Samanta, desde otra lucha.

 

“…Todopoderoso…”

Todopoderoso: El poder que salva, no el que aplasta

         Para Jesús, como para el Antiguo Testamento, Dios es Señor de la historia: ayuda, libera, redime. Los milagros de Jesús son signos del poder salvador del Padre actuando a través de Él. Y hay una frase que lo resume todo: “Nada es imposible para Dios”.

Dios es Señor:

Adonai (mi Señor), por encima de todo lo creado

Dios es Adonai, Señor, por encima de toda criatura. Y su señorío no es frío: se revela como “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y fidelidad”. Ese es el poder de Dios: un poder que no se cansa de amar.

Omnipotente en el perdón:

El antídoto contra la vergüenza

Hay una objeción muy humana: “No puede perdonarme”. Respuesta bíblica: sí puede, porque es omnipotente. Su poder se ve, sobre todo, en misericordia: “Él perdona tus culpas y cura tus dolencias”. La vergüenza te dice “tú eres un error”; Dios te dice “tú eres hijo, y volvemos a empezar”.

 

La justicia de Dios:

Un don que hace justo al pecador

En sentido bíblico, la justicia de Dios no es solo castigo: es el don gratuito que hace justo al pecador que lo acoge. Y también hay juicio, sí, especialmente para quienes se blindan en su riqueza o en su autosuficiencia. La omnipotencia no es “me salgo con la mía”; es verdad y salvación.

Resurrección y barro:

Tesoro en vasijas frágiles

La omnipotencia del Padre se manifestó de modo supremo en la muerte y resurrección de Jesús: Dios da vida a los muertos. Y a la vez lo vivimos en vasijas de barro. Dios no espera superhéroes; espera gente real que se deja sostener. Por eso podemos agarrarnos a una certeza: nada podrá separarnos del amor de Dios en Cristo.

¿Cómo se toca esto en la vida real?

En una recaída que no te destruye. En una boca que se calla a tiempo. En una rabia que no te gobierna. En un “todo lo hago nuevo” que se vuelve biografía.

 

“…Creador del cielo y de la tierra.”

Creador y providente:

A Dios le importa lo grande y lo pequeño

Dios es Creador: da el ser, cuida, conserva. Jesús lo baja a tierra con imágenes sencillas: la hierba y los lirios del campo, las aves del cielo. Hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos. Y lo más tierno: ni un solo cabello cae sin que Él lo sepa. Tu vida no se le escapa, ni en lo sublime ni en lo doméstico.

La creación es buena:

Nace de la bondad de Dios

El cristiano puede confesar que el mundo es bueno porque lo mira desde un encuentro con Jesucristo: el Dios que resucita y “llama a las cosas que no son para que sean”. La fe en la creación no es ingenuidad: es esperanza con fundamento.

La creación canta:

y el hombre aprende a bendecir

Los cielos cuentan la gloria de Dios. Y la Escritura convoca a todo lo que existe —sol, luna, estrellas, rocío, lluvia, relámpago, nubes, aves, peces— para que cante su gloria. El mundo no es solo un “recurso”: es un canto.

La gloria de Dios es el hombre viviente:

No el hombre encorvado por ídolos

El “liturgo” que orquesta esa sinfonía de alabanza es el hombre. Y por eso se ha dicho: “la gloria de Dios es el hombre viviente”. Viviente de verdad: no aplastado por la ansiedad, no encadenado a ídolos, no devorado por el resentimiento. La plenitud humana no nace de poseer y exprimir, sino de fiesta, gratitud, alabanza, bendición.

Sabbat y Eucaristía:

Llevarlo todo al centro

El hombre cumple su misión llevando todas las cosas al sabbat, a la Eucaristía: “Todo es vuestro… y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”. La creación culmina cuando vuelve al Padre en acción de gracias. Por eso el descanso santo no es “parar por agotamiento”: es volver a casa.

Nada creado es dios:

Sin magia, sin absolutizar

Confesar “Creador” también es confesar que el mundo no es Dios. Las cosas creadas son buenas, pero ninguna es divina ni mágica. Absolutizar algo es idolatría: vacío. Si le pides vida eterna a algo temporal, te rompe por dentro.

Nueva creación:

Dios no solo crea, recrea

Desde la resurrección de Cristo, la creación se ve como recreación: cielos nuevos y tierra nueva. La creación gime como con dolores de parto, esperando libertad. El Espíritu es prenda de herencia. Y el centro es Cristo: por Él y para Él existe todo, y todo se mantiene en Él. La historia no va hacia el vacío; va hacia la plenitud.

Ahora sí:

Cuando el Credo se convierte en historia personal

Aquí entran Valeria, Antonio y Samanta. No como “casos”, sino como personas.

 

Valeria, 23 (Camino Neocatecumenal)

Quién soy: crecer sin suelo y aprender a sobrevivir

Me llamo Valeria, tengo 23 años. A los diez me quedé sin padre y sin madre por un atentado. Hija única. De casa de acogida en casa de acogida. Aprendí a funcionar: por fuera dura, por dentro siempre alerta, como si el mundo fuera un sitio donde nadie te sostiene. En la adolescencia tonteé con drogas y con chicos porque necesitaba anestesia… y porque estar quieta conmigo misma me dolía.

A los dieciséis: cuando “casa” se volvió lugar de abuso

A los dieciséis me acogió un hombre con su esposa. Yo pensé: “por fin una casa”. Y no. Ese hombre abusó de mí. Lo digo sin adornos porque, si lo maquillo, parece menos real y no lo fue. Me dejó una vergüenza que no era mía, como si la culpa se me hubiera pegado a la piel.
Me quedé embarazada. Y cuando lo supieron, querían que abortase. Me presionaron. Me hablaron como si mi hija fuera un problema, una equivocación que se borra. Yo estaba sola, asustada, con el cuerpo temblando y la cabeza echa humo, pero hubo algo dentro de mí que se plantó: no lo permití. No me sentía valiente; me sentía rota. Pero no pude. No quise. Esa niña es mi hija. Y vive conmigo.
 

Una mañana cualquiera: coletas, cacao y un calcetín desaparecido

Hay días en que mi fe se juega en cosas pequeñísimas. Suena el despertador, yo voy con ojeras de campeonato, y ella aparece con el pelo como un nido y me dice: “Mami, hoy quiero coletas”. La siento en la silla, le hago las coletas, le abro el cacao, y busco el calcetín que siempre desaparece. Te lo juro: ese calcetín debe de tener vida propia.
Y, en ese caos doméstico, me pasa algo: la miro y me digo por dentro: “Esto es vida”. Y doy gracias. No por postureo, sino porque sé de dónde vengo.
 

Una noche de fiebre: cuando recé como pude

Hace poco se puso mala. Fiebre alta. Yo me quedé paralizada por dentro, porque el miedo me hace volver a ser esa niña sola de hace años. La tenía en brazos, con la frente ardiendo, y me salió una oración nada elegante: “Padre… no me la sueltes”. Y luego me dio vergüenza, porque pensé: “¿Padre? ¿yo diciendo Padre?”. Pero era verdad. Era lo que me salía. Esa noche entendí que la fe no siempre es paz; a veces es agarrarte a Alguien cuando tiembla todo. 

Mi primer “Creo en Dios”: la oración fea que me salvó

Años antes, una noche de ansiedad dije: “Si existes… no me sueltes”. Fue una rendición. Y pasó algo: dejé de hablarme sola con mi miedo. Empecé a hablarle a un Tú. El miedo no desapareció, pero perdió el trono. 

La puerta que se abrió: entré por casualidad a unas catequesis

Yo no era creyente. Ni enfadada con Dios: es que no existía en mi mapa. Un día entré por casualidad a unas catequesis del Camino Neocatecumenal. Me senté atrás, intentando ser invisible. Recuerdo sillas, murmullo de gente normal, un niño escapándose del banco… y yo con la defensa alta. Pero escuché algo que me desarmó: que Dios no es un juez con ganas de pillarte, sino el Dios que se mete en la historia para salvar. Y yo, que tantas veces me sentí tratada como basura, noté por dentro algo rarísimo: como si me dijeran sin decirlo “tú importas”. Eso me sonó a agua. 

Padre: no me condena, me abraza

La palabra “Padre” me dolía. Me activaba abandono y rabia. Pero con Jesús la experiencia fue otra: no se mete en mi historia para condenarme ni para mirarme con desprecio. Su presencia es cálida, cercana. Te sientes amada y respaldada.  Yo lo he vivido como un abrazo que me sostiene cuando se me doblan las rodillas por dentro. No un abrazo de “espabila”. Un abrazo de “estoy contigo”. 

La comunidad real: Sostiene, aprende, y a veces pide perdón

Esa presencia de Jesús la veo en mi comunidad del Camino Neocatecumenal, en la Iglesia Católica. En gestos concretos: alguien que me guarda a la niña para que yo estudie, alguien que me acompaña a una gestión, alguien que me llama cuando me nota rara. Y también te digo: una vez alguien soltó un comentario torpe sobre mi pasado. Me dolió muchísimo. Me fui con ganas de no volver. Y, al día siguiente, esa persona me buscó, me pidió perdón sin excusas y me dijo: “No supe cuidar tus heridas”. Ahí entendí algo: esta familia no es perfecta, pero es familia. Y una familia que aprende a pedir perdón te reconstruye por dentro. 

Todopoderoso: el poder de Dios no es aplastarme, es levantarme

Yo he cargado con vergüenza, y la vergüenza te susurra “tú eres un error”. Descubrir que Dios es todopoderoso en el amor y el perdón me cambió el guion: su poder no es para hundirme, es para rehacerme.
Hay días en que el pasado vuelve como una ola. Y ahí no necesito discursos: necesito que Alguien me sostenga. Y lo he vivido: Dios me sostiene, muchas veces a través de la comunidad, como diciendo “no te suelto”.
 

Una recaída evitada: el móvil en la mano y una llamada a tiempo

Una noche estaba a dos dedos de volver a una relación tóxica. Tenía el móvil en la mano, el cuerpo inquieto, la cabeza pidiendo anestesia. Y por primera vez hice algo distinto: llamé a una chica de la comunidad. “Estoy fatal, me estoy tentando”, le dije. Ella no me soltó un sermón. Me dijo: “Me pongo los zapatos. Bajo. Caminamos”. Y caminamos. Eso fue “Todopoderoso” para mí: salvación concreta. 

Creador: la vida brotando donde parecía que solo había barro


         No romantizo el dolor: lo que me hicieron fue una injusticia. Pero mi hija viva conmigo es una señal de que el mal no tiene la última palabra. A veces la miro dormir y me digo: “Dios mío… esto es vida”. Y siento que Dios no solo creó el mundo: me está recreando a mí por dentro. Me está devolviendo capacidad de amar, de cuidar, de construir.
 

Mi después: una vida que vuelve a ser habitable

Sigo teniendo heridas. Sigo teniendo días de cansancio. Pero ya no estoy sola: tengo un “nosotros”, una Iglesia que se me ha vuelto casa. Estoy sacando adelante estudios que antes me parecían imposibles. Tengo amigos de verdad. Y cuando digo “Dios Padre Todopoderoso, Creador”, no lo digo como teoría: lo digo como alguien a quien le han levantado la vida. 

Antonio, 60 (Cursillos de Cristiandad)

Quién soy: fe de costumbre y soledad anestesiada

Me llamo Antonio, tengo 60 años, soy viudo y mis hijos ya están casados. Yo era de misa dominical, sí, pero mi fe era más costumbre que relación viva. Y mi manera de llevar la soledad era muy humana: bar en bar, beber, alternar, hablar de todo menos de lo que dolía. No era maldad; era anestesia. La pena no se iba… me iba yo.  

Mi cuerpo se apaga: tercer piso sin ascensor

Sufro una enfermedad degenerativa que me impide moverme con normalidad. Y vivo en un tercer piso sin ascensor. Esto no es un detalle: es mi vida diaria. Hay mañanas en las que me siento en la cama y lo primero que pienso es: “¿Cómo voy a bajar hoy?”. Bajar escaleras cuando el cuerpo no responde es paciencia y humillación silenciosa: pasamanos agarrado como salvavidas, peldaños contados, descansos disimulados en el rellano. Y ahí aparece una tentación muy concreta: la amargura. 

El pasillo del hospital: cuando recé sin maquillaje

Cuando uno de mis hijos enfermó, se me cayó el teatro. Recuerdo el olor a desinfectante, una máquina pitando, la pared fría en la espalda. Y me salió: “Señor… aquí no puedo yo solo”. Ahí empezó mi fe de verdad: no la fe de cumplir, sino la fe de apoyarme. Como si Dios me dijera: “Camina. Yo voy contigo”. 

La lucha del ascensor:

Conflicto humano, bilis y tentación de venganza

Estoy luchando por conseguir el ascensor. Lo duro no es solo el papeleo o el dinero. Lo duro es el conflicto humano. Mis vecinos de enfrente, Celsa y Juan José —que antes venían a mi casa a hablar durante horas— ahora se han puesto en contra con una dureza que duele.
Y aquí quiero ser justo: no sé qué miedos llevan ellos dentro. Quizá miedo al gasto, quizá orgullo, quizá viejas heridas… no lo sé. Lo que sí sé es cómo sale: ataques, frases afiladas, desprecio. Y yo he sentido la tentación de devolver lo mismo: humillar, aplastar, ganar hiriendo.
 

Una reunión concreta: manos temblando y una decisión interior

En una reunión de vecinos, Celsa soltó una frase venenosa, Juan José remató con otra peor. Decían delante de todos los vecinos cosas como ‘¡bien andas cuando te vas a emborráchate al bar!’. Yo tenía la réplica perfecta preparada, de esas que dejan al otro en ridículo. Sentí el calor subirme a la cara. Y pensé: “Si digo esto, gano la discusión… y pierdo el corazón”. Respiré y dije algo más simple, más firme y menos venenoso: “Necesito el ascensor para vivir con dignidad. No pido un capricho. Pido justicia”. Salí temblando. Pero salí en paz. A veces la paz cuesta.

 

El rellano: cuando vi mi propio abismo

Esa noche, subiendo escaleras, en el segundo tramo tuve que parar. Me apoyé en el muro del rellano. No era solo cansancio físico: era peso interior. Me vino a la cabeza una frase fea. De esas que, si salen por la boca, incendian todo. Y pensé: “Si dejo que el veneno me gobierne, ya han ganado. No el ascensor: mi corazón”. Y dije bajito: “Padre… no me dejes convertirme en esto”.

 

Un paso hacia la salida:

Ayuda concreta y un ‘nosotros’ que se mueve

Aquí Cursillos de Cristiandad ha sido clave. En los Cursillos de Cristiandad me encontré hermanos. No gente perfecta: gente que está.
Un día, uno del grupo se impacientó y me soltó: “Antonio, tienes que ser más duro”. Me dolió. Se lo dije. Lo hablamos. Me pidió perdón. Y ahí vi que la fe no es “ser buenos”: es aprender a amar. Y también he visto ayuda concreta: gente que sube a verme, que me trae medicinas, que me acompaña a gestiones, que me ayuda a buscar asesoramiento para encauzar el tema del ascensor sin convertirlo en una guerra. Eso es el Evangelio en zapatillas.
 

Recaída y vergüenza: el día que volví al bar

Te confieso algo: he recaído. Un día me fui al bar como antes. Pedí lo de siempre y, en vez de alivio, sentí vergüenza. Me vi por dentro escapándome de mí mismo. Salí, me quedé en la puerta sin saber a dónde ir, y llamé a un hermano del grupo. Me dijo: “Ven. No te regaño. Te espero”. Esa frase me salvó más que el café. 

Padre: pedir ayuda sin sentir que valgo menos

Decir “Padre” ha sido aprender a apoyarme. Yo era de “yo puedo”, pero era miedo con chaqueta. Y ahora, con un cuerpo que no responde, la autosuficiencia se cae sola. Padre para mí es esto: poder llorar sin vergüenza, pedir ayuda sin humillación, saber que no soy una carga: soy un hijo. 

Todopoderoso: su poder no es dominar, es sostener y perdonar

Yo antes llamaba “poder” a imponerte. Ahora descubro que el poder de Dios se parece más a la cruz: aguantar sin endurecerte, sufrir sin odiar, perdonar sin justificar el daño. A veces rezo lo que me cuesta muchísimo: “Padre, perdónales”. Y otras veces digo: “Señor, guarda mi boca”. Porque sé que una palabra mía desde la rabia puede incendiarlo todo. 

Perdonar con límites: no odiar, pero tampoco tragarlo todo

He aprendido que se puede perdonar y poner límites. Se puede buscar justicia sin venganza. Se puede decir “hasta aquí” sin deshumanizar al otro. Eso me cuesta, pero me está haciendo libre. Y me está haciendo más hijo. 

Creador: café, vapor y gratitud en un tercer piso

Una mañana hice café y me quedé mirando el vapor subir. Y me salió un “gracias” sincero. Gracias porque respiro. Gracias porque amanece. Gracias por mis hijos. Gracias por un día más. He descubierto que el mundo no es un caos sin dueño. Es creación sostenida. Incluso en un tercer piso sin ascensor, incluso con el cuerpo fallando: sigo siendo criatura querida. Mi enfermedad no tiene la última palabra sobre mi dignidad. 

Mi después: luchar por lo justo sin perder el alma

Sigo luchando por el ascensor, porque es justo. Pero intento luchar sin que el veneno me gobierne. Y he descubierto que Dios Padre Todopoderoso no solo “me ayuda a ganar cosas”: me ayuda a no romperme por dentro. Para mí, ese es el milagro grande.

 

Samanta, 25

(vida parroquial, pro vida y religiosas en el barrio)

Quién soy: fe de siempre y una presión muy fina por dentro

Me llamo Samanta, tengo 25 años. Vengo de familia cristiana y estoy vinculada a la vida parroquial desde siempre. Soy la pequeña de ocho, con siete hermanos mayores; eso te da amor… y también te deja ese “espabila” grabado en la piel. Estoy estudiando un Máster en telecomunicaciones.
Mi lucha no era “si Dios existe”. Mi lucha era la presión: comparación, miedo a quedarme atrás, el látigo interior que te dice “si no rindes, no vales”. 
 

Un suspenso real: cuando se me cayó el mito del control

Un día suspendí. Suspendí de verdad. Salí del examen con la garganta cerrada, me metí en el coche, cerré la puerta y lloré. Llanto de rabia y miedo.
Y pensé: “Samanta, estás adorando una nota”. Mi ídolo era elegante: rendimiento, control, validación. Por fuera no se nota; por dentro te esclaviza.

 

Noviazgo y futuro: la discusión que me dejó al descubierto

Esa misma semana discutí con mi novio. No una discusión épica; una de esas que empiezan con “tú nunca tienes tiempo” y acaban tocando la herida de verdad: “¿y si no llego?”, “¿y si no soy suficiente?”, “¿y si el futuro se me rompe?”. Me fui a casa con el corazón hecho un nudo. Y me di cuenta de algo: yo estaba pidiendo a una relación lo que solo Dios puede dar como base: seguridad total, control total, garantía total. Y eso, además de imposible, es injusto para el otro.

 

Sequedad: el día que quise rezar y solo me salían reproches

Esa tarde intenté rezar… y no me salía. Me salían listas, reproches, un “no valgo”. Sequedad total. Y esa sequedad también es parte del camino: hay días en que la fe se vive sin sensación, solo con decisión. Decir “Creo” cuando no sientes nada es un acto de amor muy grande. 

Parroquia real: familia con roces y con perdón

En la parroquia no soy “la del máster”. Soy Samanta. Punto. Hay una estabilidad que me sostiene cuando estoy en bucle: gente que te mira a los ojos y te pregunta “¿cómo estás de verdad?”. Y sí, también hay roces: una vez nos enredamos por una tontería de sillas, horarios, quién hace qué. Yo me fui pensando “qué pereza”. Y luego volví, hablé, pedí perdón. Ahí entendí que la comunidad no es un club perfecto: es una familia que educa el corazón. 

Creo en Dios: ‘Tú eres Dios… no mi rendimiento’

Aceptar la fe, en mi caso, fue reordenar el centro. Decir “Creo en Dios” se volvió una frase práctica: “Señor, Tú eres Dios. No mi rendimiento”. Eso baja el ruido mental. Y cuando se me olvida, vuelvo. Como quien vuelve a casa. 

Padre: amada antes de ser brillante

Ser hija por gracia me devolvió el aire. Me quita el veneno de la comparación. Me permite ser “vasija de barro” sin vivirlo como fracaso.
Cuando me caigo, no se acaba mi historia. Eso es Todopoderoso: poder para levantarme, no para aplastarme.
 

Pro vida con complejidad: el día que aprendí a callar a tiempo


         En la vida parroquial empecé a colaborar con asociaciones pro vida. Y ahí la fe dejó de ser debate: se volvió acompañamiento. Recuerdo una tarde concreta. Una chica lloraba, decía que no podía, que estaba sola, que todo el mundo le decía “solución rápida”. Yo, por dentro, quería soltarle un discurso perfecto. Y una compañera me tocó el brazo y me susurró: “Hoy no venimos a mandar. Venimos a estar”. Me mordí la lengua. Escuché. Y esa escucha fue más cristiana que cien argumentos. Ahí entendí que la misericordia no controla: acompaña. Y que acompañar, a veces, es sostener el silencio sin huir.
 

Religiosas del barrio:

Una espiritualidad con manos y cansancio santo

En mi barrio hay una comunidad de religiosas de vida activa. Las ves cargar bolsas, acompañar personas, estar disponibles. Un día le dije a una hermana: “¿Usted no se cansa?”. Me miró y soltó, sonriendo: “Claro que me canso… pero no camino sola”. Se me quedó grabado. Porque es verdad. Y porque lo dijo sin teatro. 

Creador: el mundo volvió a ser don, no amenaza

Una tarde, después de acompañar a una chica, me senté en un banco y me dio el sol. Respiré hondo y pensé: “Esto es bueno”. No todo es carrera. No todo es amenaza. El mundo es don. Mi inteligencia es don. Mi futuro es don. Un don se cuida y se trabaja… pero no se adora. Y eso me está cambiando la forma de estudiar, de amar y de decidir. 

Mi después: menos látigo, más libertad;

menos soledad interior, más ‘nosotros’

Sigo teniendo lucha. Sigo comparándome a veces. Sigo queriendo controlarlo todo algunos días. Pero ahora tengo un “nosotros”: parroquia, amigos, pro vida, religiosas en el barrio. Y esa red me ayuda a vivir la fe de verdad. Me siento más libre, más centrada. Y mi futuro ya no lo decide el miedo. 

A modo de cierre

Tres vidas, un mismo Padre: el Credo como hogar

En los tres, el cambio no fue “me hice fuerte”. Fue “me dejé sostener”. Descubrieron a Dios como Padre (identidad y abrazo), Todopoderoso (perdón y levantarse), Creador (don y pertenencia), y Recreador (nueva vida y futuro). Y lo decisivo: esa experiencia se volvió tangible en comunidad, en la Iglesia. 

Una imagen para quedártela

Valeria con las coletas y la fiebre. Antonio en el rellano, eligiendo no dejarse gobernar por el veneno. Samanta volviendo a rezar en la sequedad, y aprendiendo a acompañar sin controlar. Ahí el Credo deja de ser una frase y se vuelve biografía: no un muro, sino una puerta. 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Mucho clic, poco abrazo: el antídoto del vínculo

 

Mucho clic, poco abrazo: el antídoto del vínculo.

Cuando el día empieza y tú ya vas con la alarma puesta

Suena el despertador. Lo apagas. Miras el móvil “un segundo” y, sin darte cuenta, ya te has metido dos noticias, una comparación absurda y un mensaje que te deja el pecho un poco más apretado. Te tomas el café de pie, buscas las llaves, sales… y por dentro ya vas tarde. No ha pasado nada grave, pero te notas distinto: más seco, más sensible, menos paciente. Y te preguntas: “¿Qué me pasa?”. Muchas veces pasa esto: vas sin margen.

No es que seas peor: es que estás en modo alerta

Cuando el cuerpo interpreta amenaza (dinero, presión, heridas antiguas, miedo a fallar), activa alarma. Esa alarma tiene nombre químico: cortisol. Es útil para sobrevivir, pero no para vivir todo el día. Con la alarma encendida, te vuelves reactivo: interpretas mal, respondes peor, te defiendes antes. Y después, como somos buena gente, encima nos culpamos. Cansancio más culpa: combinación peligrosa.

El clic rápido alivia, pero no sostiene

La dopamina no es “mala”. Es necesaria: te motiva, te empuja, te hace disfrutar. El problema es cuando la usamos como sustituto de lo real. Un vídeo, otro, otro… un chute rápido para no sentir el peso de la vida. Funciona un rato, sí, pero luego llega el vacío. Porque el clic entretiene, pero no abraza. Y el corazón no se llena con picos: se llena con vínculos y sentido.

La medicina más simple y más difícil: vínculos que den seguridad

Aquí entra la palabra que parece blandita, pero es potente: oxitocina. Dicho en cristiano y en lenguaje de calle: abrazo, confianza, conversación sin pantallas, mirada que no examina. Eso baja la alarma por dentro. Eso te vuelve más fuerte. No te salva “ser duro”; te salva sentirte querido y acompañado de verdad.

    Manuel: oposición, renta y una relación que paga el precio del agotamiento 

Manuel tiene 25 años y oposita a Policía Nacional. Su vida es temario, test, entreno. Y la renta, que llega como un reloj suizo con mala leche. Un martes le escribe el casero: “El mes que viene sube un poco el alquiler”. Manuel lee el mensaje, abre la app del banco y hace cuentas como quien hace malabares: alquiler, luz, transporte, comida, gimnasio, ese gasto sorpresa que siempre aparece cuando menos te apetece. Se dice: “Vale, recorto de aquí”. Pero el cuerpo ya ha entendido: amenaza. Y la mandíbula se le pone dura.

Ese día hace un simulacro y le sale peor. Sale de la biblioteca con la idea clavada: “Voy tarde”. En el gimnasio aprieta más de la cuenta, como si pudiera correr más rápido que su miedo. Por la tarde queda con su novia, Laura.

Laura también llega cansada. Tiene su trabajo, su día, sus prisas. Y últimamente lleva otra carga: siente que compite con un temario. No lo dice así porque no quiere parecer injusta, pero por dentro le duele.

Le escribe: “¿Nos vemos? Me apetece verte”. Manuel contesta con un audio cortito: “Sí, ahora salgo”. No es frialdad. Es modo automático.

En la cafetería, Laura intenta entrar suave:
—¿Cómo estás de verdad?
Manuel suelta el “bien” de manual.
Laura se ríe un poquito:
—Ese “bien” tuyo es “no me da la vida”.
Manuel se pica, no por ella, por él:
—Estoy cansado, ya está.
Laura baja el tono, pero va al grano:
—Yo también… pero necesito sentirte cerca, aunque estés cansado.

Y ahí Manuel se queda sin margen. Mira el vaso, aprieta la mandíbula y suelta la frase típica del modo alerta:
—Es que no entiendes lo que tengo encima.

Laura respira y responde sin atacar:
—Manuel, no quiero entender tu temario. Quiero entenderte a ti.

Modo rojo: cuando la batería cae al 20% sale tu peor versión

Cuando vas al límite, se te apaga lo mejor de ti. Biológicamente, el estrés bloquea la parte del cerebro que más ayuda a amar bien: la corteza prefrontal, la de la empatía, la comunicación, la capacidad de leer al otro. Por eso en modo rojo te vuelves literal, impaciente, y parece que “no hay manera de hablar contigo”. No es excusa: es explicación. Y entenderlo evita que conviertas cada discusión en un juicio moral de “ya no me quieres”.

A Manuel se le nota hasta en el cuerpo: le duele todo, le molestan ruidos, le arde el estómago, se le carga el cuello. En algunos, el estrés se traduce en inflamación, en boca o encías que se resienten, en dolores que no sabes ni de dónde salen. El cuerpo avisa. Siempre avisa.

WhatsApp: cómo se lía todo en diez segundos
Laura: “¿Te pasa algo?”
Manuel: “Nada”
Laura: “Te noto seco”
Manuel: “Estoy cansado”
Laura: “Ok”

Ese “ok” no es un arma. Es un “me ha dolido”. Pero Manuel lo lee como reproche. Y Laura lee su sequedad como distancia. Si tuvieran margen lo traducirían. Pero cuando vas al 20%, no traduces: reaccionas.

Persona vitamina: no te arregla, pero te devuelve al centro

Aquí es donde aparece algo decisivo: la “persona vitamina”. No es la que te soluciona la vida. Es la que, sin hacer ruido, te baja la alarma.

Después de la cafetería, Manuel y Laura salen a caminar. Semáforo. Silencio. Manuel mira al suelo. Laura podría apretar. Pero elige otra cosa.

—Ven, mírame un segundo.

Manuel levanta la cara. Laura no le suelta un sermón. Le suelta verdad:

—Yo sé que me quieres. Lo que pasa es que estás con la cabeza en guerra. Y yo, cuando te siento lejos, me pongo nerviosa. No quiero pelear contigo. Quiero estar de tu lado.

Eso le baja el cortisol más que cien consejos. No por magia: por seguridad. Laura sigue:

—Dime solo una cosa: ¿qué te está pesando más esta semana?

Y ahí Manuel suelta lo que llevaba apretado:

—Me da miedo no llegar… y me da vergüenza decirlo.

Laura no le promete milagros. No le hace de entrenadora. Hace algo mejor: se queda. Le aprieta la mano:

—Gracias por decírmelo. Hoy no necesito que estés brillante. Necesito que estés conmigo.

Eso es vitamina.

El miedo prudente protege; el miedo limitante encierra

Hay un miedo sano: el que te hace prudente. Y hay otro miedo más fino y traicionero: el que se apodera de ti. Miedo a fallar, a decepcionar, a no ser importante, a perder el control, a sufrir otra vez. Ese miedo no te cuida: te encierra. Y te convierte en alguien que no quieres ser. Manuel no discute por un café: discute por el miedo que trae en la mochila.

Autoconocimiento: ponerle nombre a tu patrón es media cura

Hay una verdad sencilla: cuando entiendes por qué reaccionas como reaccionas, ya has hecho la mitad del camino. “Me cierro cuando me siento exigido”, “me pongo duro cuando tengo miedo”, “me desconecto cuando estoy agotado”. Poner nombre baja el poder del miedo. Y te devuelve un poquito de libertad.

Noelia: vida religiosa, costumbres de siempre y un cansancio que da vergüenza

Noelia tiene 29 años, es religiosa de vida activa, y vive con hermanas mayores. Son buenas, fieles, de otra época. Noelia no las desprecia; se siente descolocada.

Un jueves propone algo muy normal: “¿Y si cambiamos esto para acoger mejor a la gente?”. Una hermana le responde con una sonrisa amable que, sin querer, le corta el vuelo:

—Hija, aquí siempre se ha hecho así. No compliques.

En la comida alguien suelta una broma generacional:

—Las jóvenes hoy queréis cambiarlo todo.

Noelia sonríe por fuera. Por dentro piensa: “No quiero cambiarlo todo. Quiero que esto tenga vida”. Luego se culpa por pensarlo. Y esa culpa le roba el doble de energía. Se va a fregar, el agua caliente le cae en las manos, y se le escapa una oración sin maquillaje:

—Jesús, hoy no puedo con todo.

Una hermana mayor vitamina y un café que también cura

Esa tarde una hermana mayor la ve callada y no le suelta un discurso. Le dice:

—Ven, siéntate un minuto.

Le pone un café (sí, el café también es pastoral) y le suelta una frase de vida:

—Yo también tuve épocas de “no puedo”. No te asustes de ti.

Noelia no se cura de golpe, pero respira. Porque alguien la mira con misericordia y no con examen. Eso es oxitocina en forma de presencia.

Una escena luminosa: cuando vuelve el sentido

El sábado sale al apostolado. Acompaña a una mujer que está destrozada. Noelia no hace grandes discursos. Escucha. Sostiene. Al final la mujer le dice:

—Gracias, hermana. Hoy me he sentido acompañada.

Noelia vuelve a casa con el corazón más ligero. No ha cambiado la comunidad. Pero ha vuelto el porqué. Y cuando vuelve el porqué, el cómo se soporta mejor.

Ester: talento, ciudad nueva, soledad y alta sensibilidad

Ester tiene 22 años, deportista, brillante en electrónica. Las empresas la buscan, el trabajo le va bien, vive lejos de sus padres y hermanos por trabajo. Y hay una cosa que no te cuentan cuando te mudas: que la ciudad puede estar llena y tú sentirte solo igual.

Un domingo llueve. Baja al supermercado, compra lo justo, vuelve con una bolsa pequeña. Come algo rápido. Hace videollamada con su madre y sonríe para que no se preocupen. Cuelga y se queda un rato mirando la pantalla en negro. Dentro, eco.

Comparte piso con dos chicas simpáticas y muy liberales con chicos y relaciones. Ester no las juzga. Simplemente no comparte ese estilo. No es superioridad. Es diferencia de valores y también de heridas. Y además, Ester capta mucho: tonos, ambientes, silencios. Si es una persona de alta sensibilidad, cuando va sin margen, el ruido del piso, un portazo, un comentario con doble filo o un ambiente cargado se le hacen amenaza. Y el cuerpo reacciona: tensión, irritación, ganas de encerrarse.

El dolor social no es “cuento”: duele de verdad

Cuando uno se siente humillado, juzgado o abandonado, el cerebro lo vive como dolor real. Por eso un rechazo, un “visto” sin respuesta o una frialdad en casa te deja el cuerpo raro. No eres “dramático”: eres humano. La soledad no es solo tristeza; es desgaste.

La tentación de encajar traicionándote

Un viernes las compañeras dicen:

—¡Ester, vente!

Ester duda. No por ganas, por miedo a quedarse fuera. Y esa es la presión real: a veces uno cede no por deseo, sino por no cenar solo.

Se mete en su cuarto y piensa: “No quiero vivir así… pero tampoco quiero estar sola”. Ese nudo lo llevan muchos jóvenes hoy.

Persona vitamina: a veces llega en un café tonto

Ester empieza a entrenar con un grupo nuevo. No conoce a nadie. Termina y una chica del grupo le dice:

—Oye, ¿te apetece un café? Siempre te vas volando.

Ester duda un segundo (porque cuando has tenido desengaños, dudas de todo). Pero acepta. Hablan de trabajo, ciudad, familia. Y Ester suelta, casi sin querer:

—A veces me siento bastante sola aquí.

La otra chica no dramatiza ni le suelta frases de póster:

—Normal. A mí me pasó. El domingo algunos vamos a comer. Vente.

Ester sale con algo nuevo: no un plan, un hilo. Un hilo que te saca del cuarto en silencio. Un hilo que, poco a poco, se convierte en pertenencia. Eso es vitamina.

Solidaridad: salir de ti te cura más de lo que crees

Hay algo que corta el bucle del yo: servir. Voluntariado, ayudar en algo concreto, acompañar a alguien, echar una mano en lo que sea real. No para sentirte superior, sino para recolocarte. Te saca del scroll mental. Te da sentido. Y también te da vínculos.

Estrategias de reparación: lo básico también es espiritual

Dormir ocho horas no es lujo: es higiene del alma y del cerebro. Si duermes poco, la batería empieza el día ya bajada, y el modo rojo llega antes. El alcohol parece descanso y a veces te deja arrancando al 50%. No es moralina: es física. Si quieres amar mejor, empieza por dormir. Suena poco épico, pero funciona.

Y cuando notes que estás en modo rojo, no te exijas conversaciones perfectas. Primero repara: come, descansa, camina, respira, baja pantallas. Luego habla.

Si estás muy bloqueado, no lo pelees solo

Hay semanas en que pequeños cambios ayudan. Y hay momentos en que no. Si te ves en modo rojo constante, si la ansiedad te come, si hay heridas profundas, busca ayuda profesional o acompañamiento serio. No es falta de fe. Es sensatez. La gracia no compite con los medios; los ilumina.

La fe en Jesucristo: suelo cuando tú no te sostienes

Aquí la fe no entra como adorno. Entra como ayuda insustituible. Jesús no te ama por rendimiento. Te ama porque eres suyo.

Manuel, antes del simulacro, en el coche:
—Señor, que mi vida no sea una nota.

Noelia, en el pasillo, bajito:
—Jesús, dame paz.

Ester, en una ciudad donde no conoce a nadie, al entrar en misa un domingo:
—Señor, acompáñame.

No siempre sientes fuegos artificiales. Pero se te recoloca el suelo. Jesús no suele decir “espabila”. Suele decir “venid a mí” (cfr. Mt 11,28). Y ese “venid” es descanso real para gente con la cabeza llena.

A modo de cierre…

Esta semana no te pido heroísmo. Te pido algo más humano: margen. Dormir un poco mejor. Una conversación sin pantallas. Nombrar tu miedo sutil. Buscar una persona vitamina y ser vitamina para alguien. Un gesto de servicio que te saque de ti. Y volver a Cristo como quien vuelve a casa: sin teatro, con verdad.

Dios no te ama más cuando rindes más. Te ama. Y desde ese amor, incluso cuando vas justo, se vuelve posible volver a empezar.