domingo, 30 de noviembre de 2025

Editorial: Amores líquidos, heridas profundas: Cuando el noviazgo se queda en tierra de nadie

 Amores líquidos, heridas profundas:

Cuando el noviazgo se queda en tierra de nadie.

 

Puede que, mientras lees, no estés pensando en teorías ni en cánones, sino en tu propia historia: en un noviazgo largo que arrastras desde hace años, en una boda que se acerca entre dudas, o en una convivencia que se ha roto antes de haber empezado casi a caminar. Por eso, más que escribir sobre “casos” en abstracto, te invito a leer lo que sigue también como una oportunidad para poner nombre, con respeto y verdad, a lo que tal vez tú mismo estás viviendo.

 

En muchos ambientes hoy el noviazgo se ha convertido en una especie de habitación cómoda donde “se está”, sin preguntarse demasiado para qué se está ahí. No se vive tanto como camino, sino como estado: “tengo pareja”, “no estoy solo”. Paralelamente, el matrimonio pierde espesura y aparece como un evento social más, hermoso pero frágil, que a veces se deshace en cuestión de meses. Cuando se cruzan ambas realidades, aparece un fenómeno inquietante que quizá te resulte familiar: relaciones que, con el paso de los años, dejan de ser noviazgo de verdad y tampoco llegan a ser matrimonio de verdad. Quedan suspendidas en una zona intermedia, extraña, que termina por herir a las personas y por debilitar el propio significado del sacramento.

 

Para entender esa zona gris no bastan las opiniones. Ayuda mucho escuchar la experiencia de quienes, desde los tribunales eclesiásticos, vemos repetirse un mismo patrón: noviazgos de larga duración, a veces de ocho o diez años, que desembocan en convivencias matrimoniales brevísimas, de apenas unos meses o poco más de un año, y que terminan en causas de nulidad. No es una rareza aislada ni una anécdota dolorosa: es un número “nada desdeñable y creciente” de historias rotas, que por su frecuencia y su lógica interna han llevado a hablar de una auténtica “patología del matrimonio” en este punto concreto.

 

Al mismo tiempo, sería injusto y poco serio sospechar de todo noviazgo largo. Tal vez el tuyo lo sea, y no por ello esté mal. La duración, por sí sola, no indica anomalía. Hay noviazgos largos porque la pareja comenzó muy joven, porque hacía falta tiempo para situarse personal, laboral o económicamente, o porque la relación ha ido madurando con calma y hondura. En muchos de esos casos, ambos saben que están recorriendo un camino previo a una decisión definitiva, hablan de lo importante, rezan, crecen: ese tiempo, lejos de debilitar, fortalece.

 

El problema aparece en “otros casos”: aquellos en los que el noviazgo largo no sigue esa trayectoria de crecimiento, sino que acumula fallas que desembocan en un consentimiento viciado y en una ruptura casi inmediata de la convivencia conyugal. Es ahí donde la frase que queremos subrayar se vuelve muy real: algunas relaciones se transforman en algo raro, ni noviazgo auténtico ni matrimonio auténtico, y precisamente por ello se vuelven especialmente frágiles. Si al leer esto sientes que algo dentro de ti se remueve, quizá merece la pena seguir.

 

El noviazgo, lugar donde se juega tu vocación

En clave cristiana, el noviazgo sólo se entiende de verdad cuando se le devuelve su sentido más profundo. No es simplemente “tener pareja”, ni una etapa sentimental prolongada, ni una prueba general del matrimonio. Es, ante todo, un tiempo de discernimiento vocacional. Y esto te toca muy de cerca.

 

Es un discernimiento doble. Primero, sobre la propia vocación: “¿Me llama Dios al matrimonio o a otra forma de entrega?”. Esa pregunta no se responde sólo con la edad, las ganas o la presión del entorno; pide oración, escucha, acompañamiento. Y, si la respuesta es sí al matrimonio, llega una segunda pregunta, igual de seria: “¿Es este hombre, es esta mujer, con quien Dios me llama a compartir la vida entera, también en su dimensión sacramental?”.

 

El noviazgo, así entendido, no es simplemente preparación de una boda: es un tramo decisivo en el camino de la vocación cristiana. En él se juega, a la vez, el descubrimiento de si uno está llamado al matrimonio y, en caso afirmativo, el reconocimiento agradecido y libre de que esta persona concreta es el rostro en el que esa llamada se hace historia. Tal vez nunca lo habías formulado así, pero si estás en un noviazgo, esto es lo que, en el fondo, tienes entre manos.

 

Por eso resulta tan clara y tan actual la distinción clásica entre noviazgo y matrimonio. El noviazgo es una relación amorosa incompleta, sostenida por una decisión también incompleta: una decisión que puede echarse atrás si el discernimiento muestra que no es el camino. El matrimonio, en cambio, es el momento de la decisión total, definitiva: el “sí” en el que se establece la plena relación conyugal y se constituye una nueva realidad, la comunidad de vida matrimonial. Entre uno y otro no hay un simple salto administrativo, sino un paso de calidad en la libertad y en el amor.

 

Si el noviazgo es camino hacia esa decisión, es lógico que tenga un final: o desemboca en un “sí” matrimonial, o desemboca en un “no” que, aunque duela, pone fin a la relación. Un noviazgo que se eterniza sin hacer estas preguntas, que no ayuda a conocerse de verdad ni a crear un proyecto común, empieza a dejar de ser noviazgo. Y si, además, comienza a vivirse de hecho como un matrimonio —con convivencia, intimidad sexual, rutina, compromisos que se perciben como irrevocables— sin que haya habido aún una decisión plena, se entra en una especie de falso estado de vida: una pareja que funciona como matrimonio sin haber llegado realmente al matrimonio. Quizá te suene la expresión “estamos como casados… pero no lo estamos”: a eso nos estamos acercando. En este contexto se comprende que se hable de “falsos o incompletos matrimonios”: relaciones en las que las fases iniciales del noviazgo se han cumplido e incluso agotado, pero falta esa verdadera constitución de una única vida compartida.

 

Cuando la convivencia revela

lo que el noviazgo no quiso mirar

Al contemplar juntos muchos casos de noviazgos largos y convivencias conyugales efímeras, la escena se repite con variaciones. Se ven parejas que han mantenido una relación durante años, a veces una década, percibida desde fuera como estable, “de toda la vida”, y cuya vida conyugal se rompe en pocos meses o en uno o dos años. Si se baja el listón de duración del noviazgo a cinco años y se toma como referencia una convivencia que no supera los dos, el número de historias aumenta aún más.

Las causas inmediatas varían, pero quizá reconoces algo de ellas. Hay parejas en las que, poco antes de la boda, uno de los dos inicia una relación afectiva con una tercera persona, guarda silencio, mantiene los planes, celebra el matrimonio… y tiempo después, cuando la verdad sale a la luz, la convivencia salta por los aires. Ahí el noviazgo hace tiempo que dejó de ser un lugar de verdad: se ha convertido en una fachada detrás de la cual el corazón se ha ido a otro sitio. Se sigue adelante no por amor sino por miedo: miedo al escándalo, a la vergüenza, a defraudar.

 

En otros casos no hay terceros, pero sí un alejamiento silencioso. Uno o ambos se han ido descubriendo “fuera” del proyecto matrimonial, pero continúan por comodidad, por falta de coraje, por no causar dolor. La decisión de casarse se vive entonces más como “un lógico devenir” que como un acto verdaderamente reflexivo: “después de tantos años, es lo que toca”. Se fija la fecha, se organizan los detalles, el entorno da por supuesto el “sí”, y el noviazgo se convierte en algo casi irrevocable antes de que la libertad haya dicho su palabra. Quizá, si eres honesto, alguna vez has sentido algo así.

 

También están las historias menos visibles, aquellas en las que todo “iba bien”: no hay grandes peleas ni infidelidades, pero tampoco conversaciones de fondo. Se evita hablar de fe, de hijos, de dinero, de heridas, de carácter real; se vive en un nivel donde el tiempo pasa, pero la relación no se profundiza. La boda llega como paso “lógico” y esperado. Es en la convivencia, en el roce real del día a día, donde los esposos descubren que en lo esencial apenas se conocen, o tienen concepciones del matrimonio radicalmente distintas. Lo que la vida conjunta pone al descubierto es, en el fondo, un noviazgo que nunca se actualizó, que nunca se dejó interpelar por las preguntas de la madurez.

 

En todos estos caminos late la misma tensión: se ha mantenido una forma de relación que, en rigor, ya no era noviazgo, pero que tampoco había dado el paso al matrimonio verdadero. Tal vez esto describe, en algún grado, tu propio proceso: un vínculo que se ha prolongado, que ha ido acumulando historia y costumbre, pero que no termina de cuajar en una decisión clara.

 

Inmadurez, presión, miedo:

Lo que estrecha la libertad

El análisis jurídico y psicológico de estos casos habla de “anomalía consensual”: no porque el mero paso del tiempo produzca nulidades, sino porque en un porcentaje de noviazgos largos se dan ciertas condiciones que terminan viciando el proceso normal de formación de la voluntad matrimonial. Entre ellas aparece, una y otra vez, la inmadurez afectiva. No se trata siempre de enfermedad, sino de una manera de vivir los afectos donde faltan autoconocimiento, capacidad de espera, tolerancia al dolor, valentía y coraje para tomar decisiones que supongan un antes y un después.

 

Quizá te reconoces en algo de esto: te cuesta mirar de frente lo que sientes; temes tanto hacer daño que prefieres no decir nada; huyes de los conflictos y te dejas llevar por lo que el entorno espera de ti. Cuando esa inmadurez no se trabaja, el noviazgo se vive sin el acto deliberativo proporcionado que exige el matrimonio. Por eso se insiste en distinguir entre la pura falta de reflexión por desidia —que puede ser grave moralmente pero no siempre invalida el consentimiento— y la verdadera incapacidad psíquica para realizarla. Lo primero es frecuente; lo segundo, excepcional. Lo que aquí nos interesa es lo primero: las veces en que pudiendo pensar, elegir, revisar, no lo hacemos.

 

A esto se añade la presión ambiental. No hace falta que nadie grite: basta el peso de los comentarios, las expectativas, el dinero invertido, la ilusión de las familias. “Después de tantos años…”, “con todo lo preparado…”, “no puedes echarte atrás ahora”. Es fácil que, en ese clima, uno sienta que ya no tiene derecho a replantearse nada, aunque por dentro algo grite que no está en paz. Para evitar un conflicto inmediato, se elige seguir adelante, incluso ocultando dudas serias o situaciones objetivamente graves, con la esperanza de que “más adelante se arreglará”. Pero basar una decisión de por vida en el miedo a decepcionar es pedirle demasiado a la conciencia.

 

Hay también situaciones donde no se detecta una incapacidad para asumir las obligaciones esenciales del matrimonio, pero sí lo que algunos han llamado “incapacidad relacional”: más que una enfermedad, una forma de falsa convivencia en la que nunca se ha construido un verdadero proyecto de vida en común. Se está juntos, se comparte cama, ocio, quizá techo; pero no existe un verdadero “nosotros” trabajado. La convivencia conyugal no crea el problema, sólo lo hace visible.

 

Si te das cuenta de que tu relación acumula algo de todo esto —miedo, inercia, falta de reflexión, presión—, no se trata de que entres en pánico. Se trata, más bien, de que te atrevas a mirar con honestidad dónde está de verdad tu libertad.

 

Cuando la relación deja de ser camino

y se vuelve inercia

Hablar de relaciones que se han convertido en “algo raro, ni noviazgo ni matrimonio” no es juzgar desde fuera, sino intentar describir lo que muchos viven por dentro. El noviazgo, por naturaleza, es un tiempo en que la decisión sigue siendo reversible porque aún se está buscando la voluntad de Dios y la verdad de la propia llamada. El matrimonio, en cambio, es la decisión total, irrevocable, por la cual dos personas se entregan recíprocamente y establecen una comunidad de vida entera.

 

Entre uno y otro puede haber un tránsito, una preparación, una maduración. Lo que no está pensado es permanecer instalado indefinidamente en una especie de estado intermedio, en el que la relación ha perdido ya la frescura del noviazgo y, sin embargo, no ha alcanzado la plenitud del matrimonio. Cuando durante años ya no se discierne —no se reza, no se habla a fondo, no se revisa—, pero se vive de hecho como si todo estuviera decidido, algo profundo se desequilibra.

 

En ese punto, el noviazgo ha renunciado de hecho a su función de discernir y se ha vuelto pura inercia. Y el matrimonio, si llega, tampoco logra ser lo que promete: el consentimiento nace –pero ya sin vida–, como un gesto exterior desconectado de una libertad interior que no ha terminado de decidir. Las palabras se pronuncian, pero el corazón no ha acabado de decir “sí”. La convivencia conyugal, en no pocos casos, se convierte entonces en el acicate que despierta de ese letargo y muestra con crudeza que “nada tienen que ver el uno con la otra” en lo esencial.

 

Tal vez tú no has llegado a ese extremo, pero intuyes que vas caminando en esa dirección. O quizá ya estás casado y te reconoces, a toro pasado, en algunas de estas descripciones. En ambos casos, no se trata de hundirse, sino de dejarse iluminar: de comprender mejor qué ha ocurrido para poder caminar desde ahí, con la ayuda de la gracia y de la Iglesia, hacia la verdad.

 

Una invitación a pensar

tu propia historia a la luz de Dios

Desde la fe, este análisis no es una acusación, sino una llamada a tomarse en serio la propia vida; a vivir como auténticos hombres y no como animales domesticados. El noviazgo ha sido pensado por Dios como un lugar privilegiado para descubrir la verdad de la propia llamada: la llamada a entregarse, la forma concreta de esa entrega, la persona con la que se quiere y se puede vivir esa vocación. Cuando ese tiempo se vive como un simple aplazamiento, como un modo de no estar solo, como una costumbre confortable o como una especie de “matrimonio de prueba” sin nombre, se desfigura la lógica vocacional y se engaña, aunque sea sin mala intención, a la propia libertad.

 

En una cultura líquida o ligera, donde casi todo se percibe como provisional y reversible, quizá la primera invitación para ti sea recuperar el peso de las preguntas. No tanto “cuántos años llevamos”, sino: “¿qué hemos hecho con esos años?”, “¿en qué ha crecido nuestra relación?”, “¿hasta qué punto este noviazgo está siendo un auténtico camino de discernimiento vocacional?”. La experiencia de la Iglesia recuerda que no sólo los noviazgos demasiado breves pueden esconder decisiones apresuradas; también ciertos noviazgos demasiado largos pueden ocultar decisiones que nunca se han llegado a tomar.

 

Si hoy te descubres en un noviazgo así, en medio de una cultura líquida y de una fe quizá debilitada, la cuestión no es angustiarte, sino atreverte a mirar con serenidad: “¿estoy usando este tiempo para discernir mi vocación o sólo para aplazarla?”, “¿este vínculo me ayuda a caminar hacia el amor adulto al que Dios me llama, o me mantiene en una indefinición que ni es noviazgo honesto ni es matrimonio verdadero?”. A veces, poner estas preguntas por escrito, llevarlas a la oración, compartirlas con alguien que te acompañe (un buen sacerdote, un matrimonio maduro, en una comunidad católica) puede ser el comienzo de un cambio real.

 

Responder a estas preguntas no es sencillo. Puede implicar revisar la propia historia, reconocer miedos, admitir que quizá se ha vivido durante años “adormecido”, como esos novios que sienten su situación como irrevocable mucho antes de haberla decidido. Pero precisamente ahí se abre un espacio de libertad: el de poder reorientar el noviazgo hacia su sentido auténtico. No se trata de garantizar que habrá boda, sino de ayudar a que, si la hay, sea fruto de una decisión madura, libre y verdadera; y, si no la hay, a que la ruptura —dolorosa pero honesta— sea también un acto de verdad que libere a ambos para el bien al que Dios los llama.

 

Desde la fe, la última palabra no la tienen ni el miedo ni la inercia, sino la verdad buscada a la luz de Dios. Un noviazgo vivido como verdadero discernimiento vocacional es un lugar donde esa verdad puede madurar sin prisas, pero sin engaños. Un noviazgo que se instala en la ambigüedad, en cambio, termina diluyendo la llamada y erosionando la libertad. Por eso, en una cultura que tiende a vivir casi todo “a medias”, recuperar el noviazgo como camino hacia una decisión plena —sea un sí, sea un no— es quizá una de las tareas más urgentes para quienes desean amar y casarse de manera cristiana.

 

Y si tú estás ahora mismo en uno de esos noviazgos largos, quizá la pregunta más sincera que puedes hacer hoy no es “¿qué espera todo el mundo de mí?”, sino: “Señor, ¿qué es lo verdadero aquí?, ¿a qué tipo de amor me llamas y cómo quieres que responda?”. A partir de ahí, paso a paso, se abre siempre un camino.

 

viernes, 28 de noviembre de 2025

Homilía del Primer Domingo de Adviento, Ciclo A Mt 24, 37-44 «a una se la llevarán y a otra la dejarán».

 Homilía del Primer de Adviento, ciclo A

Mt 24, 37-44 «a una se la llevarán y a otra la dejarán».

 

Imaginemos la escena. Es de tarde, el aire empieza a refrescar en Jerusalén. Jesús está sentado en el monte de los Olivos, frente al templo, junto a sus discípulos. Desde allí el santuario impresiona: es sólido, brillante, parece eterno. Y, sin embargo, Jesús acaba de anunciar su ruina. Falta poco para la Pascua, la ciudad se llena de peregrinos, las calles hierven de vida religiosa… y, en medio de todo ese movimiento, el Maestro se atreve a hablar del fin de un mundo.

 

El fin del mundo tejido por el pecado

Los discípulos perciben enseguida que Jesús no está haciendo catastrofismo barato. No está diciendo que el universo entero vaya a saltar por los aires. Habla de otro mundo que está llegando a su término: el mundo tejido de pecado, de injusticias, de violencias, de ídolos que esclavizan. Ese “mundo viejo” —que también reconocemos muy bien en nuestro tiempo— es el que está condenado a desaparecer. Y Jesús, lejos de sembrar miedo, está anunciando una noticia gozosa: Dios no se resigna a un mundo inhumano.

Para decirlo, recurre a un lenguaje que a nosotros puede resultarnos extraño: el lenguaje apocalíptico (cfr. Mc 13, 24-25). «El sol se oscurecerá, la luna dejará de dar su resplandor, las estrellas caerán del cielo…». A nuestros oídos quizá suena a película de catástrofes. Pero los primeros oyentes de Jesús comprendían bien esas imágenes. Sabían que no se trataba de astronomía, sino de teología.

 

Los ídolos nos roban la libertad y la vida

En el antiguo Oriente Medio, el sol, la luna y las estrellas no eran solo objetos celestes sino que eran divinidades. Se las adoraba porque se les atribuía el poder sobre la vida y el destino de los hombres. El sol egipcio, Atón, derramando sus rayos sobre el faraón; el dios luna en Mesopotamia; Istar, la estrella de la mañana, identificada con Venus… Eran “poderes de lo alto”, fuerzas misteriosas a las que se sacrificaba la libertad y la vida.

 

El mundo gobernado por falsas divinidades

está llegando a su fin

Cuando Jesús anuncia que el sol se oscurece, que la luna no brilla y que las estrellas caen, está diciendo algo muy concreto: el sistema de los ídolos está en crisis terminal. El mundo gobernado por falsas divinidades está llegando a su fin. Los dioses fabricados por el corazón humano van a quedar desenmascarados. Podríamos traducir así sus palabras: “Todo lo que habéis puesto en el lugar de Dios va a perder su brillo. Todo lo que parecía absoluto se va a revelar frágil”.

Y quizá aquí podemos preguntarnos: ¿qué astros hemos colocado nosotros en nuestro propio cielo? ¿Qué realidades hemos elevado a la categoría de “intocables”, como si de ellas dependiera nuestra salvación?

 

Cuando el dinero sube al cielo,

la dignidad de muchos cae a tierra

No hace falta mucho esfuerzo para reconocer que seguimos fabricando dioses. No tienen nombres mitológicos, pero gobiernan la vida de millones de personas. Uno de ellos, muy conocido, es el dinero.

Cuando el dinero se convierte en el criterio último de nuestras decisiones, cuando todo se mide en términos de beneficio, cuando el objetivo de la existencia es acumular, entonces ese “dios” se sienta en el trono. Lo vemos, por ejemplo, en las rentas desorbitadas de tantos pisos: propietarios que suben el alquiler “porque el mercado lo permite”, mientras familias con sueldo mínimo, con hijos y otras cargas, entregan más de la mitad de lo que ganan solo para poder mantener un techo digno. Lo vemos en una diócesis que recibe una herencia millonaria y que, en lugar de dejar que el Evangelio sueñe a lo grande con las Iglesias pobres de otros continentes o con las comunidades más frágiles, termina invirtiendo sobre todo en reformas y comodidades de las que, en el fondo, se podría prescindir. Lo vemos también en instituciones, incluso eclesiales o sociales, que reclaman públicamente el derecho a un trabajo y a un salario justos, mientras dentro de casa mantienen contratos precarios, sueldos insuficientes y escaso reconocimiento de los estudios y méritos de sus propios trabajadores. Y lo vemos, de manera especialmente dolorosa, cuando algunos sacerdotes van de convento en convento, de cofradía en cofradía, de asociación en asociación, ofreciendo novenas, triduos y misas casi como un catálogo de “servicios religiosos”, buscando poco a poco un buen “colchón” económico y corriendo el riesgo de mirar el ministerio más como fuente de ingresos que como entrega evangélica al estilo de Jesús, pobre entre los pobres.

 

Todo ídolo promete luz,

pero termina robándonos la vista.

El resultado no tarda en aparecer: un mundo envuelto en las tinieblas del egoísmo, una sociedad donde el sufrimiento de muchos es el precio “normal” del bienestar de unos pocos, un interminable desfile de dramas, soledades y lágrimas. Si miramos a nuestro alrededor —y a nuestro propio corazón— no nos cuesta ver cómo la idolatría nunca es inocente: siempre termina generando víctimas. ¿No sentimos a veces que ciertas lógicas económicas o sociales, e incluso ciertas prácticas dentro de la Iglesia, se tratan como “sagradas”, intocables, aunque hieran la dignidad de las personas y desfiguren el rostro del Evangelio que decimos anunciar?

Junto al dinero, seguimos encumbrando a los poderosos, a los “superhombres” de turno: líderes, celebridades, figuras públicas a las que atribuimos casi un aura de infalibilidad. Los colocamos “en el cielo”, como si estuvieran por encima de todo juicio y de toda limitación. Pero el Evangelio nos recuerda con serenidad: el cielo no es su casa. El cielo es la morada del único Dios. Todos los demás —por muy brillantes que parezcan— son simplemente hombres y mujeres, con su fragilidad. Su falso resplandor está destinado a apagarse. Todo ídolo promete luz; al final, lo único que hace es robarnos la vista.

Quizá una primera idea-fuerza podría resonar así: Todo ídolo promete luz, pero termina robándonos la vista.

 

“Cielos nuevos y tierra nueva”:

Una promesa que no es evasión

Mucho antes de Jesús, un profeta anónimo —en torno al 450 a. C.— se atrevió a anunciar esperanza en medio de un tiempo duro: injusticias sociales, corrupción religiosa, degradación moral. En ese contexto, se escucha una promesa sorprendente: «El Señor creará cielos nuevos y una tierra nueva» (cfr. Is 65, 17). No se trata de una invitación a huir de la historia, sino de un anuncio: Dios no abandona su creación a la corrupción.

Jesús se sitúa en esta misma línea. Cuando habla del fin del mundo viejo, está evocando la espera de ese mundo nuevo, de esos cielos purificados de ídolos. El relato del jardín de Edén no es solo la melancólica memoria de un paraíso perdido; es, sobre todo, el proyecto de un mundo nuevo al que estamos llamados. No es un sueño ingenuo, sino una vocación: colaborar con Dios en la construcción de una humanidad reconciliada.

 

La justicia de Dios nos sana desde dentro

Los primeros cristianos lo creyeron con fuerza. La segunda carta de Pedro lo expresa con claridad: «Pero nosotros, conforme a la promesa de Dios, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habite la justicia» (cfr. 2 Pe 3, 13). No es una justicia vengativa, sino la justicia de Dios: un orden nuevo donde reine la paz, el amor, la alegría, la fraternidad. Esos “cielos nuevos y tierra nueva” no son una especie de mundo paralelo que no tiene nada que ver con este, sino la misma creación transfigurada, sanada desde dentro.

Aquí podemos dejarnos interpelar: ¿Creemos de verdad que es posible una humanidad distinta, o nos hemos resignado a que “las cosas son así y no van a cambiar”? ¿Nos vemos como espectadores que esperan el fin, o como colaboradores de ese mundo nuevo que Dios sueña? Tal vez una segunda frase pueda condensar el núcleo de esta esperanza: El fin del mundo viejo no es la ruina de todo, sino el parto de algo nuevo.

 

¿Quién inaugura este mundo nuevo?

Llegados aquí, la gran pregunta surge casi sola: si este mundo viejo, marcado por los ídolos y la injusticia, está destinado a desaparecer, ¿quién puede dar inicio al mundo nuevo? Jesús. Nosotros deseamos esa transformación, pero sabemos que no nos bastamos. Nuestra experiencia de pecado, de límites, de incoherencias nos lo recuerda a diario. Lo vemos cuando una familia vive agobiada por las deudas y, al abrirle un hueco al Señor en su vida, empieza por gestos pequeños pero muy concretos: rezan juntos antes de dormir, revisan sus gastos a la luz del Evangelio, deciden ser más austeros en lo superfluo para poder ser más generosos, se atreven a pedir ayuda y consejo, se reconcilian con más humildad. La situación económica no cambia de la noche a la mañana, pero sí cambia el clima espiritual de la casa: menos reproches, más escucha, más confianza. Lo vemos también cuando una persona con responsabilidad en una empresa o en una obra social toma decisiones no solo con la calculadora, sino dejando que el Evangelio le cuestione. Y lo vemos, de manera muy honda, cuando alguien herido por una traición o una injusticia vive una auténtica noche interior y, en medio de esa oscuridad, escucha en la oración —quizá a través del Evangelio, de una homilía, de un buen acompañante— la voz de Jesús que le dice: “No te pido que olvides sin más, te ofrezco caminar contigo hacia el perdón” (cfr. Mt 18, 21-22). Perdonar no significa negar la herida, sino dejar que Cristo la toque y la vaya transformando. El proceso es lento, lleno de idas y venidas, pero un día esa persona descubre que ya puede rezar por quien le hizo daño, que el rencor ya no manda tanto, que hay un espacio de libertad interior nuevo. El hecho doloroso no ha desaparecido, pero ha sido “releído” en Cristo.

El Evangelio responde que es Jesús quien viene a inaugurar ese mundo nuevo. Él es el criterio desde el cual se desenmascaran los ídolos; en su rostro vemos el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre. En Él se anticipan ya, de algún modo, esos “cielos nuevos y tierra nueva” que esperamos (cfr. 2 Pe 3, 13).

El texto nos invita a ponernos a la escucha: ¿con qué nombre se presenta Jesús cuando anuncia el fin del mundo viejo y el comienzo del nuevo? ¿Qué título utiliza para hablarnos de su venida y de su misión? La respuesta no es un mero dato teórico; de ese nombre dependerá también la imagen que tenemos de Dios, de la historia y de nosotros mismos.

Podemos quedarnos con esta pregunta para seguir orando y pensando:
Si Jesús viene a inaugurar un mundo nuevo, ¿qué lugar le dejamos en el nuestro?

 

Cuando llega el Hijo del hombre,

se acaba la ley de la selva

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé».

«Hijo del hombre» es una expresión que encontramos en los Evangelios unas setenta veces en labios de Jesús. Es, de hecho, el título que Él más utiliza para hablar de sí mismo. «Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos; el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (cfr. Mt 8, 20). «¿Quién decís que es el Hijo del hombre?» (cfr. Mt 16, 13), es decir: ¿qué habéis comprendido de mí?, ¿quién soy yo de verdad? «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán» (cfr. Mc 9, 31). Detrás de estas palabras hay una autodefinición continua: Jesús se presenta una y otra vez como ese misterioso Hijo del hombre.

Pero ¿quién es este Hijo del hombre? En hebreo, בן אדם (ben ʼadam) significa, en primer lugar, simplemente “ser humano”, un hombre como tantos. En el libro de Daniel, sin embargo, esta expresión adquiere un relieve especial: después de la aparición de varias bestias que simbolizan los grandes imperios construidos sobre la violencia, el dominio y la competición, irrumpe en escena «uno como hijo de hombre» (cfr. Dn 7, 13). Es la forma de decir que después de tanta ferocidad, por fin aparece alguien verdaderamente humano, no una fiera más.

Y entonces sucede algo sorprendente: el Anciano, es decir, Dios, entrega a este hombre el poder, la gloria y el reino. «Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino no será destruido» (cfr. Dn 7, 14). Mientras que antes a una bestia le seguía otra, y a un imperio violento otro imperio todavía más violento, ahora, cuando comienza por fin un reino verdaderamente humano, ese reino está llamado a durar para siempre.

 

Con Jesucristo entra en la historia una humanidad

capaz de ponerse al servicio en lugar de

aplastar al hermano.

Cuando Jesús se llama a sí mismo Hijo del hombre, está diciendo justamente esto: con Él entra en la historia una humanidad nueva, plenamente conforme al corazón de Dios. Una humanidad capaz de amar en lugar de competir, de ponerse al servicio en lugar de aplastar al hermano, de caminar como cordero y no como fiera. Podríamos preguntarnos entonces: ¿qué parte de nuestro corazón sigue soñando con la lógica de las bestias, y qué parte se deja ya transformar por este Hijo del hombre que nos enseña a ser, por fin, verdaderamente humanos?

 

El hombre de verdad es el que sirve, ama y no aplasta

Recordemos a Pilato cuando presenta a Jesús al pueblo. No dice simplemente: «Aquí lo tenéis», sino: «He aquí el hombre» (cfr. Jn 19, 5). Como si el Evangelio nos susurrara: este es el ser humano en plenitud, este es el hombre de verdad: no el que mata, sino el que entrega la vida; no el que domina, sino el que sirve; no el que aplasta, sino el que ama. Se es verdaderamente hombre no cuando se impone, sino cuando se dona.


En Jesús,

Dios nos devuelve el rostro auténtico del hombre.

¿Cuál fue la respuesta de los sumos sacerdotes y de los guardias ante este hombre nuevo? «¡Quítalo de en medio!… ¡Crucifícalo!» (cfr. Jn 19, 15). Ellos representan ese mundo viejo que se resiste a morir, ese sistema de fieras que se alimenta de la violencia, del miedo, del poder. Las fieras no soportan al hombre auténtico: es demasiado distinto, es su contrario, les resulta incómodo. Por eso lo atacan. Jesús es rechazado precisamente por ser Hijo del hombre, es decir, por ser verdaderamente humano según Dios.


El mundo viejo siempre grita:

«¡Quitadlo de en medio!»

cuando aparece el amor verdadero.

Naturalmente, quienes quieran seguirle por este camino no deben esperar un destino distinto. Jesús mismo lo ha dicho con claridad: «Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (cfr. Jn 15, 20). Es como si nos advirtiera: si os atrevéis a ser hombres y mujeres según el Evangelio, el mundo viejo reaccionará.


Ser verdaderamente humano según Jesús

no es compatible con la lógica de las fieras.

Nos queda entonces una pregunta: ¿cómo terminará esta lucha entre el mundo de las fieras, que se empeña en continuar, y el mundo verdaderamente humano que Jesús propone? El vidente del Apocalipsis nos ofrece una mirada al desenlace. Al final del libro se lee: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía» (cfr. Ap 21, 1). Es una imagen cargada de significado: en Daniel, las fieras salían precisamente del mar; ahora, en la consumación del proyecto de Dios, «el mar ya no existía», es decir, desaparece el caldo de cultivo del mal, el escenario del que surgían los monstruos.


El futuro no pertenece a las fieras,

sino a los corderos.

Así se cerrará la historia humana: no con el triunfo definitivo de las fieras, sino con la victoria de la humanidad nueva querida por Dios. El designio del Padre es claro; un mundo sin bestias, un mundo de hombres y mujeres que se parezcan a su Hijo.

Y entonces la pregunta se vuelve muy personal: ¿con qué disposición queremos esperar la venida del Hijo del hombre? Jesús mismo nos lo explicará tomando como referencia el relato del diluvio. Pero antes de escucharle, quizá vale la pena dejarnos tocar por esta cuestión:
Si Jesús es el Hombre verdadero, ¿le dejamos entrar en nuestra vida o preferimos que lo “quiten de en medio” para que nada cambie demasiado?

  

         Pone en paralelo lo que sucedía en tiempo de Noé

y lo que puede suceder hoy

«En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre».

¿Qué hacían en tiempo de Noé? «la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo». No hacían nada extraño ni nada malo. Hacían lo que también nosotros hacemos hoy.

 

Hay dos maneras de posicionarse: justificar mi egoísmo o dejar que el Evangelio lo desmonte

Pero hay dos maneras de comer y de beber. Hay dos maneras de vivir la propia afectividad y sexualidad.

Hay quien se alimenta pensando solo en sí mismo: acumula pan, nunca le basta, se desentiende de las necesidades de los demás e incluso gruñe si alguien se acerca a pedirle un poco. Y hay, en cambio, quien se contenta con el pan de cada día, quien parte ese pan y lo comparte con el hermano. Son modos muy distintos de responder a las mismas necesidades biológicas.

También aquí se abren dos caminos; hay quien busca únicamente su propio placer y se pregunta solo si él está satisfecho; y hay quien solo se siente verdaderamente feliz cuando ve feliz al otro, cuando su alegría es compartir y no poseer.

El egoísmo, centrado en el “yo primero”, es lo que caracteriza al mundo viejo. La comunión, el amor y la atención concreta al otro son ya, aquí y ahora, el mundo nuevo. Y quizá podamos preguntarnos: ¿desde qué mundo estamos alimentando nuestras decisiones de cada día?

 

El diluvio: naufragio de una humanidad sin Dios

Podemos releer así el episodio de Noé: ¿Cuál fue, en el fondo, el error de la generación de Noé? El libro del Génesis, en el capítulo 6, ofrece la clave. El diluvio no es la historia de un Dios iracundo que decide “borrar” el mundo, sino una gran imagen de lo que ocurre cuando la humanidad se niega a entrar en el proyecto de Dios.

El texto sagrado dice que «la tierra estaba corrompida delante de Dios y llena de violencia» (cfr. Gn 6, 11). Eso es lo que caracteriza a la humanidad vieja: la competición convertida en norma, la fuerza como criterio, el abuso del más débil, la lógica de someter antes de que te sometan. Es una humanidad que camina inevitablemente hacia su propio naufragio.

 

Lejos del sueño de Dios, el mundo se hace pedazos solo.

Los hombres del tiempo de Noé pertenecían a esa humanidad destinada a desaparecer, pero ellos estaban convencidos de que su mundo duraría siempre, de que “siempre se ha hecho así y siempre se hará así”. Dios, sin embargo, no avala esa manera de vivir. Y había signos claros de que se estaba preparando un cambio de época. Noé, construyendo el arca a la vista de todos, era uno de esos signos: una invitación silenciosa a entrar en una humanidad nueva, a dejar atrás la violencia y la corrupción.

Ellos lo vieron, pero no lo leyeron. No tomaron conciencia, no aceptaron entrar en la novedad que Dios les ofrecía. El relato concluye con esa frase sobria y dura: «y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos». No porque Dios se complaciera en destruir, sino porque una humanidad cerrada al sueño de Dios termina, antes o después, destruyéndose a sí misma.

 

Cada decisión diaria dice si sigues al mundo viejo…

o al Hijo del hombre.

Jesús saca la conclusión. «Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre». Y no está hablando solo de “aquellos de entonces”; está hablando también de nosotros. El Hijo del hombre —Él mismo— viene hoy en su Evangelio, en su Palabra que se nos dirige, y se nos invita a estar atentos para no repetir el mismo error de la generación del diluvio.

Él nos muestra el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre; sin embargo, nosotros podemos replegarnos únicamente sobre nuestras necesidades materiales: comer, beber, casarse, organizar la vida afectiva y familiar… Realidades buenas e importantes, sin duda, pero que no pueden convertirse en el absoluto.

 

La cuestión es cómo vivimos todo eso

La cuestión no es si comemos, bebemos, formamos una familia o trabajamos, sino cómo vivimos todo eso: ¿al modo viejo o como hombres y mujeres nuevos?

El Hijo del hombre viene precisamente a enseñarnos otra manera de habitar lo cotidiano. Nos interesamos por la familia, la casa, la profesión —y es justo que así sea—, pero Él nos pregunta: ¿vivís estas realidades desde el egoísmo que acumula y se protege, o desde el amor que se comparte y se entrega? Jesús nos dice, en el fondo: estad atentos, no repitáis ante la venida del Hijo del hombre el error de los que vivieron en tiempo de Noé; corréis el riesgo de quedar al margen de la historia que Dios quiere escribir con vosotros.

Porque, como hemos visto, hay dos modos de comer, de beber, de vivir la propia sexualidad y los afectos: uno centrado en el propio interés, que busca solo la propia satisfacción, y otro guiado por el amor, por la alegría profunda de ver feliz al otro. Y quizá la pregunta que se nos queda dentro podría ser esta: en nuestras decisiones concretas de cada día, ¿desde qué mundo estamos viviendo: ¿desde el viejo, que gira en torno al “yo”, o desde el nuevo, que nace del corazón del Hijo del hombre?


 

Dos modos de ejercer la propia profesión

«Dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán».

Jesús pone dos ejemplos para mostrar que hay dos modos distintos de ejercer la propia actividad profesional.

Uno es el de quien no ha acogido el reino de Dios, la propuesta de hombre nuevo que hace Jesús. El otro es el de quien ha acogido el reino de Dios, ha entrado en el mundo nuevo. Y él toma estos dos ejemplos de las actividades que realizaban en su tiempo los hombres y las mujeres.

Los hombres salían a trabajar en los campos; las mujeres se quedaban en casa, molían el grano, preparaban la harina y hacían el pan. El primer ejemplo que pone es el de la profesión de los hombres, y dice: «τότε ἔσονται δύο ἐν τῷ ἀγρῷ, εἷς παραλαμβάνεται καὶ εἷς ἀφίεται», que traducido significa: «entonces estarán dos en el campo, uno es tomado consigo / es acogido y uno es dejado / abandonado».

 

Uno se implica en la propuesta de Jesús y se salva

«uno es tomado»,

el otro no acepta esa propuesta y se pierde

«es dejado»

Dos hombres estarán en el campo: uno será tomado, o mejor, será acogido — παραλαμβάνεται (paralambánetai) — es decir, será implicado en la nueva propuesta de hombre; ejercerá su actividad según la imagen de hombre nuevo que propone el Evangelio. El otro será dejado atrás — ἀφίεται (aphíetai) — se queda fuera, se pierde (cfr. Mt 24, 40).

Los dos siguen en el mismo campo, bajo el mismo sol, con la misma faena entre manos… pero no viven ya del mismo espíritu. Cuando el Evangelio entra en la vida de una persona, ya no realiza su trabajo como antes: lo hace de un modo distinto, con otros criterios, con objetivos nuevos. Pongamos algunos ejemplos, para entendernos bien.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos trabajadores de la oficina o del taller

Podemos pensar, por ejemplo, en dos compañeros que trabajan en la misma oficina o en el mismo taller. A primera vista, hacen lo mismo: fichan a la misma hora, atienden a los mismos clientes, participan en las mismas reuniones. Pero uno vive pendiente solo del ascenso, del sueldo, de quedar bien ante los jefes; los demás son, en el fondo, peldaños en su propia escalera. El otro, tocado por el Evangelio, empieza a mirar ese mismo trabajo como un servicio: se preocupa por el compañero que va agobiado, es honesto, aunque eso le cueste, trata con respeto a quien todos desprecian, renuncia a ciertas ventajas si sabe que son injustas. Los dos están “en el campo”, pero solo uno ha sido verdaderamente acogido en la lógica del hombre nuevo; el otro permanece en el mundo viejo, girando alrededor de sí mismo.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos matrimonios

Podemos imaginar también un esposo y a una esposa que viven su vida afectiva y familiar. Las dos se casan, crían a sus hijos, organizan la casa, pagan facturas, salen de vacaciones cuando se puede. Pero en una de esas familias manda, sin que nadie lo diga, el “yo primero”: cada uno defiende su espacio, sus tiempos, sus derechos; los conflictos se convierten en reproches acumulados, y el amor se va apagando a base de pequeñas indiferencias. En la otra, el encuentro con el Señor ha ido cambiando la forma de tratarse: se pide perdón con más sencillez, se escucha más antes de juzgar, se reza juntos en medio de las preocupaciones, se decide ser un poco más austeros para poder compartir con quien tiene menos. Externamente se parecen, pero interiormente una casa vive según el mundo viejo y la otra, con todas sus fragilidades, ya respira algo del mundo nuevo del Hijo del hombre.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos sacerdotes

Podemos pensar, además, en dos sacerdotes “en el mismo campo pastoral”. Los dos celebran misa, atienden funerales, reciben en el despacho, preparan catequesis, van a reuniones de arciprestazgo, se sientan en el confesionario. Exteriormente, sus agendas se parecen mucho. Pero uno se conforma con hacer lo que se le pide y lo que “toca”: vive el ministerio como un conjunto de tareas razonables, bien delimitadas, que no le desinstalan demasiado. No percibe la evangelización como algo que deba ir más allá de ese mínimo; no intuye que el anuncio del Evangelio pueda robarle horas de sueño, exigirle abrir su casa, gastar de su propio bolsillo, entregar tiempo y fuerzas que nadie le pagará. Su celo pastoral queda encerrado dentro de lo que entra en horario y en tarifa: en la práctica, el ministerio no le cuesta más que lo que ya está previsto. El otro, en cambio, haciendo muchas de las mismas cosas, ha dejado que el Evangelio le cambie por dentro. Siente como una urgencia buena llegar a quienes no vienen, visitar a quienes nadie visita, acompañar procesos largos y discretos que no dan “resultados” rápidos ni traen ningún plus económico. A veces llega a casa tarde por haber pasado más tiempo con una familia rota, por haber escuchado a un joven en crisis, por haber preparado con esmero una homilía o un encuentro que pocos valorarán. Sabe que algunas iniciativas le costarán dinero de su propio bolsillo y horas que nadie recompensará, pero entiende su ministerio como una respuesta de amor, no como un paquete de servicios. Los dos están en el mismo campo, pero solo uno se deja acoger — παραλαμβάνεται (paralambánetai) — en la lógica del hombre nuevo; el otro corre el riesgo de quedar — ἀφίεται (aphíetai) — en un modo viejo de ejercer el sacerdocio, correcto en la forma, pero poco atravesado por el fuego del Evangelio.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos personas que han sufrido una herida profunda

Y podemos pensar, finalmente, en dos personas que han sufrido una herida profunda: una traición, una injusticia, una calumnia. Las dos conocen el mismo dolor. Una se encierra en el resentimiento, alimenta mentalmente la venganza, deja que el rencor marque sus relaciones; sin darse cuenta, queda “dejada atrás” — ἀφίεται (aphíetai) — en el mundo viejo, prisionera de lo que le hicieron. La otra, en medio de su noche interior, escucha en la oración —quizá a través del Evangelio, de una homilía, de un buen acompañante— la voz de Jesús que le susurra: “No te pido que olvides sin más, te ofrezco caminar contigo hacia el perdón” (cfr. Mt 18, 21-22). Perdonar no significa negar la herida, sino dejar que Cristo la toque y la vaya transformando. El proceso es lento, lleno de idas y venidas, pero un día descubre que ya puede rezar por quien le hizo daño, que el rencor ya no manda tanto, que dentro ha nacido un espacio de libertad nuevo. El hecho doloroso no ha desaparecido, pero ha sido “releído” en Cristo: esa persona ha sido “acogida”, παραλαμβάνεται (paralambánetai), dentro del mundo nuevo que Jesús abre.

 

Jesús no pretende asustarnos,

sino despertarnos

Al final, esta palabra de Jesús sobre los “dos en el campo” no pretende asustarnos, sino despertarnos. La verdadera separación no pasa tanto por los lugares donde estamos, sino por el Espíritu con el que vivimos lo que hacemos. Y quizá podríamos dejarnos resonar por dentro esta pregunta: en mi trabajo, en mi familia, en mi ministerio, en mis heridas, ¿estoy viviendo como quien es acogido en el mundo nuevo del Hijo del hombre, o como quien, sin darse cuenta, se va quedando atrás?

 

 

Pongamos algunos ejemplos,

para entendernos bien.

Cuando se presentan ante Juan el Bautista los publicanos, los que cobran los impuestos —gente siempre mal vista—, él no les dice que abandonen su oficio. Recaudar impuestos es un servicio necesario. Pero ese mismo trabajo puede ejercerse de dos maneras: una es la de quien aprovecha su posición para “hacer el listo”, aumentar las cuotas, quedarse con una parte y jugar siempre a su favor; la otra es la de quien realiza su tarea con escrúpulo, sabiendo que ese dinero ha de servir al bien de toda la comunidad (cfr. Lc 3, 12-13). El trabajo es el mismo; el corazón, no.

Después se acercan los soldados: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». El Bautista tampoco les responde: «Tirad las armas, dejad vuestra profesión». La sociedad necesita quien mantenga el orden. Pero también aquí hay dos modos de situarse: uno es el de quien se sirve de su fuerza para extorsionar, intimidar y abusar; el otro es el de quien se pone sinceramente al servicio del bien común, protegiendo al débil, usando la autoridad con justicia y mesura (cfr. Lc 3, 14). La misma función, dos espíritus muy distintos.

Podemos traerlo a una escena de la vida cotidiana, como hacía Jesús, pero tomada de nuestro entorno. Pensemos en dos porteros del mismo edificio. El primero oye sonar el timbre de la cancela, mira al monitor y ve a una anciana, algo desorientada, que no sabe muy bien adónde ir. De inmediato sale de la portería, se acerca a ella con cortesía y cercanía, la saluda, le sonríe, la ayuda a subir los escalones, la acompaña al ascensor y hasta le hace alguna broma, porque percibe que viene triste. Ese es alguien “acogido”: ejerce su trabajo como un servicio que hace la vida más amable a quienes necesitan de él.

Llega luego su compañero, que entra de relevo. Es lunes, viene con el periódico deportivo bajo el brazo y el equipo de sus amores ha perdido el día anterior. Se sienta en la portería, de mal humor, y se lanza a hojear el periódico para descubrir quién ha sido el culpable. Suena el timbre, ve en el monitor a otra anciana, cohibida, sin saber muy bien adónde ir. Él calcula: «Desde la puerta hasta aquí tarda por lo menos medio minuto; me da tiempo a seguir leyendo… A ver si fue el árbitro el responsable de la derrota». Cuando la señora llega, la deja hablar, pero sin apartar la vista del periódico. A ella, en realidad, no la ve. Al final, sin levantar mucho la cabeza, le indica: «Allí está el ascensor», y vuelve a sus páginas.

He aquí, de nuevo, los dos modos de ejercer la misma actividad: uno es el de quien ha entrado en el mundo nuevo y realiza su tarea según la propuesta de Cristo; el otro es el de quien piensa solo en su propio interés y en su propio estado de ánimo.

Podríamos condensarlo así: No se trata tanto de cambiar de profesión, como de dejar que el Evangelio cambie la manera de vivirla.

«Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será acogida, la otra será dejada atrás» (cfr. Mt 24,41).

Podemos pensar ahora, por ejemplo, en una profesora de secundaria. Cada año pasan por su aula decenas de alumnos; algunos quizá no volverán a tener trato con él cuando terminen el curso. Precisamente por eso, uno podría decirse: «Total, están aquí un año, cumplen el expediente y se van… yo vengo, explico lo justo, corrijo lo imprescindible y listo». Y aparece el modo viejo: limitarse a dar materia sin implicarse, ridiculizar al alumno que va peor, usar el poder de la nota como amenaza constante, pensar solo en llegar al final de trimestre con el menor desgaste posible. Lo único que importa, en el fondo, es pasar página y cobrar a fin de mes.

El modo nuevo, propio de quien se ha dejado alcanzar por la propuesta de Jesús de Nazaret, es muy distinto. Ese profesor también tiene temario, exámenes, burocracia; pero mira a sus alumnos de otra manera. Prepara sus clases con cuidado, intenta explicar pensando en los que más dificultades tienen, busca animar al que está desmotivado, corrige con firmeza, pero con respeto, se queda algún rato más para escuchar a quien lo necesita. Sabe que muchos quizá lo olviden, pero a él le importa que cada uno se sienta mirado, acompañado, valorado. Para él, enseñar no es solo un trabajo: es una forma concreta de servir y de amar.

He aquí, una vez más, los dos modos de ejercer una misma profesión. Si pasamos revista a cualquier trabajo —sanitario, docente, administrativo, pastoral, de limpieza, de hostelería…— siempre encontraremos ese doble camino. La gentileza, la sonrisa, la sensibilidad, la preocupación por el otro, la afabilidad no figura en el contrato, no aparecen en la nómina; pero son precisamente lo que distingue al que ha sido “acogido” en el mundo nuevo del reino de Dios, al que tiene como objetivo de su actividad la atención a la necesidad del hermano. El otro, aunque haga “lo que le toca”, permanece en el modo viejo y es, en realidad, “dejado atrás”.

En el fondo, se trata de esto: uno es salvado, es decir, se comporta como un hombre verdadero, porque ama; el otro sigue envuelto en las tinieblas del egoísmo, aunque parezca que cumple.

 

Recordemos que en el arca de Noé

entraron los que entraron

En el arca de Noé no entraron todos: entraron pocos. No hay que extrañarse de que también en el reino de Dios no entren todos y muchos queden fuera. Han oído las bienaventuranzas de Jesús, pero prefieren las de este mundo. No son acogidos (cfr. Mt 5,1-12).

Y la alternativa entre estas dos opciones es muy seria, porque la alternativa es entre ser hombres o no serlo.

 

La recomendación a la vigilancia.

«Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

Se podría estar distraído y no darse cuenta de la venida del Hijo del hombre, que viene para acogerte en el mundo nuevo.

 

No es vendrá, es viene

«No os durmáis», dice Jesús, «estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»; «γρηγορεῖτε οὖν, ὅτι οὐκ οἴδατε ποίᾳ ἡμέρᾳ ὁ κύριος ὑμῶν ἔρχεται», que traducido es; «Por tanto, estad despiertos, porque no sabéis en qué día viene vuestro Señor».

 

Su venida es un regalo precioso,

no una amenaza ni un ajuste de cuentas

Por desgracia, durante mucho tiempo muchas traducciones pusieron el verbo en futuro: «sabéis en qué día vendrá el Señor». Y, a partir de ahí, se fue construyendo una catequesis que presentaba la venida del Señor casi como una amenaza, como el momento del gran ajuste de cuentas al final de la vida, el examen definitivo que llega de improviso y del que uno solo puede salir temblando. Esa catequesis ha hecho mucho daño, porque aquello que debía ser el encuentro más deseado, esperado con amor durante toda la existencia, acabó convirtiéndose en algo temido y, en el fondo, evitado.
El Señor no es una amenaza del futuro, sino una visita que hoy puedes dejar plantada.

 

El Señor viene hoy

Sin embargo, el texto evangélico dice otra cosa: «a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». El verbo está en presente. El Señor viene hoy: viene en su Evangelio, viene en los sacramentos, viene en el hermano, viene en las llamadas concretas que atraviesan nuestra historia. No se trata solo de imaginar un día lejano, al final de la vida, sino de aprender a reconocer las visitas discretas de Dios ahora mismo, para no dejar pasar la oportunidad de entrar en el mundo nuevo que Él nos ofrece.
Dios viene en presente; somos nosotros los que lo exiliamos al futuro.

 

Lo que era ladrón, Jesús lo vuelve aviso

Para hablar de esta vigilancia, Jesús recurre a una imagen sorprendente: la del ladrón que llega cuando uno menos lo espera. Los rabinos no solían usar esa comparación, pero a los cristianos les ayudó mucho, porque subraya justamente esto: no se trata de vivir asustados, sino de vivir despiertos, atentos, con el corazón en vela para captar las llegadas imprevistas del Señor.


El problema no es que el Señor no venga,

sino que tú ya no esperas a nadie.

Y aquí surge la pregunta práctica: ¿cómo permanecer despiertos en medio del ruido de hoy? Tal vez podríamos decir: cultivando espacios de silencio y de reflexión en medio de la avalancha de voces; dejando que la Palabra de Dios tenga un hueco real entre tantas palabras; cuidando la sensibilidad a los valores evangélicos para no dejarnos adormecer por la publicidad, por las modas, por la moral del «así hace todo el mundo», del «si a mí me gusta, está bien».


 

Vigilar es aprender a discernir

Vigilar, en lenguaje evangélico, no significa vivir en tensión neurótica, sino aprender a discernir: saber distinguir entre lo que nos hace más semejantes al Hijo del hombre, más verdaderamente humanos, y lo que, aunque esté socialmente aprobado, nos deshumaniza por dentro. No es lo mismo seguir la mayoría que seguir a Cristo.


Vigilar no es tener miedo al castigo,

sino miedo a dejar pasar el Amor.

Podemos preguntarnos con serenidad: ¿son muchos hoy los que viven realmente despiertos para acoger al Señor que viene? Probablemente no; quizá sean pocos, como en tiempos de Noé, cuando casi nadie se dio cuenta de que estaba a punto de nacer un mundo nuevo. Pero el Evangelio no nos invita a contar cuántos son, sino a decidir de qué lado queremos estar.
Mientras tú esperas el “final”, el Señor lleva mucho viniendo y pasando de largo.

No nos extrañe, pues, que sean pocos. Lo decisivo es otra cosa: que tú no te duermas, que permanezcas vigilante para no perder la gran oportunidad de tu vida: reconocer al Señor que viene hoy a tu encuentro y dejarte transformar por Él.

Tu mayor riesgo no es que Dios te condene, sino que su llamada te resulte indiferente.