el veneno que se instala en nuestros hijos
sin que lo notemos
La mesa está
puesta, huele a cena y, sin que nadie lo convoque, aparece el móvil. A veces ni
lo miramos. Solo lo dejamos cerca, como quien deja el salero por si acaso. Y
entonces pasa lo de siempre. Alguien intenta contar algo del cole, alguien
asiente con media cara, y el silencio se llena de notificaciones que no han
sido invitadas pero se creen familia.
Cuando aquí
decimos pantallas no hablamos solo del móvil. Hablamos también de la tablet,
del televisor, de la consola, de los videojuegos y de cualquier dispositivo que
nos mete un mundo entero en los ojos con un solo clic. Cambia el formato, pero
el efecto se parece más de lo que nos gusta reconocer.
Nos reímos, porque
es verdad. Y también nos incomoda, porque es verdad.
Con los adultos ya
es difícil. Ahora imaginemos a un niño o a un adolescente. No solo viven
rodeados de pantallas. Viven con un cerebro que aún está creciendo,
construyéndose, afinando frenos y brújula interior. Y ahí la pantalla no es un
juguete sin consecuencias. Puede ser un atajo que parece inofensivo y que,
repetido, acaba cambiando el terreno.
No hace falta
ponerse apocalípticos. Tampoco hace falta hacerse el sueco. La cuestión es
sencilla y delicada a la vez. Las pantallas, cuando entran demasiado pronto,
demasiado tiempo y demasiado a menudo, pueden ser un peligro para el correcto
funcionamiento neuronal de niños y adolescentes. Y además pueden dejarles solos
ante cosas que no saben digerir.
Y lo peor es que
todo esto suele empezar con buenas intenciones.
El
ratito que nos salva y luego nos gobierna
Escena real. Noche
cualquiera. Llegamos cansados, el niño está nervioso, protesta, se revuelve
como si tuviera una tormenta dentro y no supiera cómo llamarla. Nosotros
pensamos en silencio. Necesito cinco minutos de paz. Y aparece la pantalla, da
igual si es móvil, tablet, tele o consola. Un ratito.
Funciona. Milagro.
El salón se queda quieto, el llanto se apaga, nosotros respiramos como si
acabáramos de salir de un túnel. Y ahí está la letra pequeña.
Los niños aprenden
por repetición, igual que nosotros. Si cada vez que aparece el aburrimiento,
la frustración o la inquietud entra la pantalla, el cerebro aprende una lección
sin palabras. Cuando me siento mal, algo de fuera me arregla por dentro.
Rápido. Luminoso. Sin espera.
La pantalla no
solo entretiene. Puede convertirse en el regulador emocional principal.
Y cuando eso pasa, el día que apagamos el dispositivo no se apaga solo un
vídeo. Se cae una muleta. Lo que sale entonces no siempre es maldad ni
manipulación. A menudo es un desborde muy humano.
Lo que calma,
educa.
Y si lo que calma casi siempre es una pantalla, la pantalla termina enseñando
el camino.
Un cambio pequeño
que cabe en una casa real es reservar un rato diario cortito en el que no hay
pantalla que valga. No para hacer actividades maravillosas, que bastante
tenemos. Solo para estar. Sofá, cocina, cama, lo que toque. Un adulto que no se
va con la mirada. Una frase simple. Estoy contigo. Eso, repetido, construye por
dentro algo que ninguna aplicación puede regalar.
Un
dedo, un corazón, un chispazo y luego el bajón
Hay otra pieza del
puzzle que conviene mirar sin fantasías. Mucho de lo que consumimos está
diseñado para enganchar. No por maldad de cómic. Por negocio. La atención
vale oro y se invierte muchísimo en aprender a retenerla. Hay empresas que
pagan millones a neurocientíficos para entender cómo mantenernos pegados a una
pantalla el mayor tiempo posible. La pelea no es por nuestro bienestar, es
por nuestros minutos.
Ahí entra la
dopamina. Es una hormona maravillosa que regula el placer. Dicho en
sencillo, es una de las cosas que el cerebro usa para decirnos “esto me gusta”
y “quiero más”.
Un “like”,
un vídeo nuevo, un nivel superado, una recompensa rápida. Todo eso puede dar
pequeños chispazos. Nos sentimos bien al instante y, después, llega el bajón. Y
el bajón empuja a buscar otro estímulo. Más.
A los adultos nos
pasa. Abrimos una red social y pensamos “solo miro un momento” y, cuando
levantamos la cabeza, ha pasado media vida y se ha enfriado la cena. A veces la
única medición exacta de la realidad es el “¿pero qué hora es?”. Ahí ya
sabemos que hemos caído.
Y en casa ocurre
algo parecido con los niños. El problema no es solo lo que miran. El problema
es el entrenamiento invisible. Si su cerebro se acostumbra a que la
recompensa sea inmediata, lo lento empieza a dar alergia. Leer, escuchar,
jugar sin estímulos constantes, sostener una tarea sin premio rápido, todo eso
se vuelve cuesta arriba.
Lo que se repite,
se instala.
Y si lo que se instala es el ritmo de la gratificación instantánea, la
paciencia se queda sin gimnasio.
La
corteza prefrontal y
el
freno que todavía no está montado
Aquí conviene
hablar claro, sin esconder lo importante. En la corteza prefrontal están
funciones clave. Ahí se trabaja la atención, la concentración, el
control de impulsos y la toma de decisiones. Y esa parte del cerebro en
los niños está inmadura. Mucho.
El cerebro,
además, se va desarrollando de atrás hacia delante. Con el tiempo va avanzando
hasta llegar a esa zona frontal. Por eso la adolescencia es un momento crítico.
Esa parte todavía no está completamente desarrollada.
De hecho, el
cerebro no termina de madurar hasta los 18, 20, 22 o incluso 24 años. Y en
algunas personas, nunca llega a hacerlo del todo.
Dicho en versión
doméstica. Les pedimos autocontrol con un freno que todavía se está fabricando.
Si llenamos el día
de estímulos rápidos, luces, sonidos, movimiento constante y recompensas
inmediatas, el cerebro se acostumbra a vivir acelerado. Y cuando llega la
vida real, que va más despacio, al niño le cuesta. Se irrita. Se desconecta.
Salta de una cosa a otra. Le cuesta el aburrimiento. Le cuesta la espera.
No es una excusa
para todo. Pero es una explicación que nos ayuda a no etiquetar y, sobre todo,
a intervenir con más inteligencia.
Aquí el peligro no
es una palabra dramática. Peligro es alterar una maduración que necesita
tiempo y calma. Peligro es entrenar la atención para que solo funcione con
estímulos externos. Peligro es convertir la pantalla en la muleta habitual de
la calma.
La
habitación cerrada y
el
problema que nadie ve
Y ahora el asunto
que más preocupa cuando lo pensamos en serio. Hay cosas que un niño o un
adolescente vive detrás de una pantalla y que no cuenta. No porque sea
malo. Porque no sabe cómo. O porque le da vergüenza. O porque teme que le
quitemos el móvil y ya está, como si eso arreglara lo que lleva dentro.
Puerta cerrada.
Luz baja. La pantalla como refugio. Desde fuera parece tranquilidad. Dentro
puede estar pasando de todo. Un comentario cruel. Un rechazo. Una presión del
grupo. Un contenido desagradable. Un susto. Una comparación que muerde.
La herida no
siempre está en lo que ven. Está en vivirlo solos. Antes muchas experiencias
difíciles ocurrían en el patio y alguien podía notar la cara o el temblor.
Ahora pueden ocurrir en silencio, en la intimidad de la habitación. Sin un
adulto al lado que sostenga, nombre, traduzca.
Lo que se vive en
secreto crece.
No por misterio, por falta de aire. Aquí conviene marcar una diferencia
sencilla entre edades. En los niños pequeños suele enganchar más el estímulo
rápido, luces, sonidos, cambio constante. En los adolescentes se añade con
fuerza la pertenencia, la presión del grupo y el miedo a quedarse fuera.
En la adolescencia
se añade además el peso del grupo. Un pasillo, susurros, una risa que parece
inocente pero no lo es, un “¿has visto lo que han puesto?” dicho como si
fuera contraseña. La pantalla deja de ser aparato, se convierte en pertenencia.
Y la pertenencia, cuando aprieta, manda.
El grupo escribe
guiones
y a veces nuestros hijos sienten que tienen que interpretarlos para no
desaparecer.
Aquí la clave no
suele ser el control total, que rompe puentes. La clave suele ser la
conversación que llega antes que el miedo. Preguntas sencillas, de sofá, sin
modo interrogatorio.
¿Sabes a qué
experiencias se está exponiendo tu hijo en redes?
¿Sabes cómo está lidiando con lo hostil o desagradable que vive, en la red o
fuera de ella? No para vigilar. Para acompañar. Para que no tenga que
masticarlo solo.
Límites
que no humillan y
presencia
que no se va
Los límites son
necesarios.
Y no son castigo. Son cuidado. Decir “hasta aquí” con serenidad
no es quitar por capricho. Es proteger un cerebro en obras y un corazón que
se está haciendo.
Pero hay un
enemigo silencioso que nos desarma. La prisa. Llegamos tarde, vamos a mil,
cenamos rápido, cada uno con lo suyo, y sin querer la pantalla ocupa el hueco
que deja la conversación. La prisa roba conversación. Y cuando se pierde la
conversación, luego nos extraña que no nos cuenten nada.
Por eso a veces no
hace falta una revolución. Hace falta un par de decisiones sostenibles. Una
mesa donde, al menos en una comida, no compitamos con notificaciones. Al
principio nos sentiremos raros, como si faltara una mano. Buena señal. A veces
lo raro es la puerta de entrada a lo sano.
Un horario
razonable de apagado.
No como castigo, como higiene. Igual que lavarse los dientes no es una
tragedia, apagar pantallas a cierta hora tampoco debería serlo. Aunque haya
protestas, claro. Protestas habrá. Y adultos incluidos. Pedir a un adolescente
que deje el móvil mientras nosotros lo consultamos cada tres minutos es pedirle
que aprenda a nadar mientras le llenamos los bolsillos de piedras. No hace
falta ser perfectos. Hace falta ser un poco coherentes, un poco más a menudo.
La otra clave es
sustituir. Si quitamos pantallas y dejamos vacío, llega la guerra. Si
quitamos pantallas y abrimos vida, entra aire. Un paseo breve. Cocinar
juntos. Un juego tonto. Ordenar la mochila hablando del día. Cosas pequeñas que
devuelven humanidad.
Y cuando el niño
se enfada
porque no hay pantalla, podemos recordarlo con calma. A veces no es desafío. Es
dependencia de estímulos y bajón. Ahí el adulto presta calma. Sostiene el
límite sin gritar. Nombra lo que pasa. Te cuesta. Lo entiendo. Estoy aquí. La
autorregulación empieza prestada y luego se vuelve propia.
Una
imagen para cerrar,
la
mesa otra vez
Volvemos a la
mesa, porque ahí se juega mucho más de lo que parece. No se trata de ganar una
batalla contra la tecnología. Se trata de recuperar territorio humano.
Un “cuéntame” que no se rompe. Una mirada que llega entera. Un silencio que no
da miedo.
El móvil apartado,
el silencio raro de los primeros segundos y esa conversación que al principio
sale torpe, como cuando uno arranca un coche en frío. Luego, si insistimos un
poco, empieza a calentar. Y entonces pasa algo sencillo y enorme. Aparece la vida.
Esto va de
proteger un cerebro que todavía se está construyendo. Y va de proteger
una vida interior que, si no la cuidamos, se la comerán los estímulos rápidos y
las soledades silenciosas.
No haremos esto
perfecto. Menos mal. Pero podemos hacerlo mejor. Y lo mejor suele empezar con
cosas pequeñas, repetidas, sostenidas, sin moralina y con un punto de humor,
porque si no, no hay quien aguante la semana.
Para
hablarlo en casa o en grupo
¿En qué momentos
se nos cuela la pantalla como si fuera un miembro más de la familia? ¿Qué nos
está calmando cuando la usamos para apagar un mal rato? ¿Qué siente nuestro
hijo cuando se apaga, enfado, vacío, miedo a quedarse fuera, vergüenza? ¿Qué
cosas difíciles podrían estar ocurriendo a solas, sin que nos enteremos, y qué
señales nos lo podrían sugerir?
Dos micro decisiones
para esta semana, sin perfeccionismo:
Una comida al día
sin pantallas en la mesa, también las nuestras. Si nos sale regular, no pasa
nada. Lo repetimos mañana.








