viernes, 19 de junio de 2026

Resumen de la Encíclica Magnifica Humanitas -Conclusión (Parte 7 de 7)

 

CARTA ENCÍCLICA
MAGNIFICA HUMANITAS
DEL SANTO PADRE
LEÓN XIV
SOBRE LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANA
EN EL TIEMPO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

___Resumen (Parte 7 de 7)________________________

Escucha aquí el episodio completo:

 

CONCLUSIÓN: 

CUSTODIAR LA HUMANIDAD EN LA ERA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

La conclusión de Magnifica Humanitas nos coloca ante una pregunta muy concreta: ¿qué mundo estamos construyendo en este tiempo marcado por la inteligencia artificial?

El Papa parte de una frase de san Pablo: “Que cada cual se fije bien de qué manera construye” (1 Co 3,10). No es una frase decorativa. Es una llamada a revisar los cimientos. Porque la inteligencia artificial no es solo una herramienta nueva que se añade a nuestra vida. Está cambiando la manera de trabajar, comunicarnos, aprender, decidir, imaginar el futuro e incluso comprender al ser humano.

Por eso, al final de la encíclica, el Papa no ofrece una respuesta meramente técnica. No se limita a decir qué riesgos hay que evitar o qué normas habría que establecer. Propone algo más hondo: un itinerario de vida cristiana sobrio y exigente para vivir este cambio de época a la luz del Evangelio.

Ese itinerario tiene cuatro grandes pasos: contemplar el designio de Dios, vivir unidos como Iglesia en la Palabra y la Eucaristía, construir el bien en el mundo y orar con María, la mujer del Magníficat.

La idea central es sencilla: en la era de la inteligencia artificial, la Iglesia está llamada a custodiar la persona humana, no desde el miedo ni desde la ingenuidad, sino desde Cristo, en quien descubrimos la verdadera grandeza del ser humano.

El Verbo se hizo carne:

Dios entra en nuestra fragilidad

El primer punto del itinerario es la Encarnación. El Papa nos lleva al centro de la fe cristiana: el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros.

Esto es decisivo. Dios no ha salvado al ser humano desde lejos, como quien dirige la historia desde una pantalla. Dios ha entrado en nuestra carne, en nuestra historia concreta, en nuestra debilidad. Ha asumido la pobreza, la vulnerabilidad, el llanto, el cansancio, la muerte. Ha querido estar cerca de quienes son despojados de su dignidad y reducidos al silencio.

En un tiempo en el que muchas fuerzas buscan conquistar mercados, ganar influencia y envolver sus intereses con discursos atractivos, el Papa nos invita a descubrir otro proyecto: El designio de misericordia de Dios. Ese designio no se interrumpe por la velocidad de los algoritmos ni por el poder de las redes globales. Sigue atravesando la historia y se convierte en una brújula para vivir de manera evangélica en la era digital.

La Encarnación nos enseña que la verdadera humanidad no se encuentra escapando de la fragilidad, sino descubriendo que Dios se hace presente en ella.

La respuesta cristiana ante el sueño

de una humanidad “sin límites”

El Papa mira con lucidez algunas promesas del transhumanismo y de ciertas corrientes post-humanistas. Estas corrientes sueñan con una humanidad más potente, menos vulnerable, menos expuesta al sufrimiento, casi desencarnada.

El Papa no ridiculiza ese deseo. Reconoce que hay ahí algo que nos interpela: todos deseamos vivir más plenamente, sufrir menos, superar heridas, vencer enfermedades, protegernos de la fragilidad. Ese deseo es profundamente humano. Pero la fe cristiana abre otro camino. La plenitud del ser humano no consiste en escapar técnicamente de sus límites, sino en dejar que Dios transforme nuestra humanidad desde dentro.

Mientras algunas ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a superar sus límites para dominar, la Encarnación revela un movimiento contrario: Dios desciende. Dios no se impone desde arriba. Dios entra en la historia, asume nuestra debilidad y la convierte en lugar de salvación.

Aquí está uno de los puntos más hermosos de la conclusión, no hay ninguna condición humana que sea indigna de Dios. La infancia, el cansancio, la fragilidad, la pobreza, el sufrimiento, la muerte; todo ha sido visitado por Cristo. Y lo que Cristo asume, lo sana; lo que toca, lo abre a la vida de Dios.

Por eso, en la era de la inteligencia artificial, el Papa nos recuerda que no podemos definir al ser humano solo por su rendimiento, su capacidad de cálculo, su productividad o su perfeccionamiento técnico. El ser humano vale mucho más que su eficiencia.

El centro de la historia

sigue siendo un rostro humano

La inteligencia artificial puede procesar datos, detectar patrones, generar respuestas, automatizar tareas y alcanzar resultados impresionantes. Pero el Papa afirma algo esencial: Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega ni una conciencia capaz de discernir el bien.

Esta frase toca el corazón del problema. La máquina puede hacer muchas cosas, pero no ama. Puede simular cercanía, pero no se entrega. Puede ordenar información, pero no tiene conciencia moral. Puede ayudar a tomar decisiones, pero no sustituye la responsabilidad humana.

El Papa no presenta al hombre como un enemigo de la tecnología ni como un espectador resignado ante ella. Al contrario, el ser humano está llamado a colaborar en la obra de la creación. Pero esa colaboración exige libertad, responsabilidad, pensamiento crítico, amor gratuito y relaciones auténticas.

La persona humana no puede quedar reducida a dato, perfil, consumidor, usuario o pieza de un sistema. Incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que debe ser contemplado. Esta expresión es muy importante. No dice simplemente “un individuo” o “un sujeto”. Dice “un rostro”. Un rostro pide atención, respeto, escucha, cuidado. Un rostro no se calcula: se contempla.

La verdadera “magnífica humanidad” aparece en Cristo. En Él descubrimos que todo lo verdaderamente humano está llamado a ser purificado, reunido y llevado al Padre.

Una espiritualidad eucarística

para un mundo fragmentado

Después de contemplar la Encarnación, el Papa da un segundo paso: La Eucaristía. La espiritualidad que necesitamos en este tiempo no es una espiritualidad individualista, encerrada en el propio bienestar religioso. Es una espiritualidad eucarística, es decir, una espiritualidad de unidad eclesial en el amor.

En la Eucaristía, Cristo se entrega y reúne a la Iglesia. La comunión con Cristo no es solo un encuentro íntimo con el Señor; es también comunión con todos aquellos por quienes Cristo se entrega.

Aquí el Papa se apoya en san Agustín. El santo decía a los recién bautizados que, al recibir el Cuerpo de Cristo, recibían el misterio que ellos mismos eran, el Cuerpo de Cristo. Por eso, cuando el cristiano responde “Amén”, no pronuncia una palabra rutinaria. Está diciendo sí a una identidad y a una forma de vida.

El “Amén” eucarístico significa: quiero vivir como miembro del Cuerpo de Cristo. Esto tiene consecuencias concretas. Si somos un solo cuerpo en Cristo, no podemos vivir indiferentes ante los descartados, los pobres, los invisibles o los marginados. La Eucaristía nos mueve a la justicia, al compartir y a la atención preferencial por quienes sufren.

En un tiempo en el que las redes tecnológicas pueden producir aislamiento, dependencia y exclusión, la Iglesia está llamada a hacer visible otra lógica: custodiar los vínculos, devolver la voz a los invisibles y orientar los procesos hacia la dignidad de las personas.

No basta estar conectados. La conexión no es todavía comunión. La comunión nace del don, de la entrega, de la caridad y de la pertenencia real a un cuerpo.

La obra de nuestro tiempo:

Construir como arquitectos sabios

El tercer gran paso del itinerario es la acción en el mundo. El Papa usa la imagen del “arquitecto sabio”. No quiere cristianos que miren la transformación digital desde la barrera, ni creyentes que se refugien en un espiritualismo cómodo, ni comunidades encerradas en pequeños mundos.

La fe no nos saca de la historia; nos envía a construir dentro de ella. Construir bien exige tres cosas:

El fundamento debe ser la relación con Dios. Sin este fundamento, el ser humano corre el riesgo de construir desde la soberbia, el interés o el deseo de dominio.

La norma debe ser la aceptación del límite humano como realidad natural y positiva. El límite no es siempre una desgracia. Nos recuerda que somos criaturas, que necesitamos a los demás, que no somos dueños absolutos de la vida y que no todo lo técnicamente posible es moralmente bueno.

El estilo debe ser la corresponsabilidad y el lenguaje evangélico. Construir una civilización del amor no es tarea de unos pocos expertos. Es una tarea compartida.

El Papa concreta esta obra de nuestro tiempo en cuatro llamadas: permanecer fieles a la verdad, invertir en educación, cuidar las relaciones y amar la justicia y la paz.

Permanecer fieles a la verdad

Vivimos inmersos en flujos constantes de información, imágenes, opiniones y estímulos. Los algoritmos pueden influir en nuestras decisiones, gustos, emociones y preferencias. Pueden mostrarnos lo que más atrae, lo que más retiene nuestra atención o lo que más conviene a ciertos intereses.

Por eso, el Papa nos pide custodiar un corazón que ame la verdad.

No todo lo que impacta más es más verdadero. No todo lo que atrae más es más justo. No todo lo que circula más es más sabio.

La verdad que no debemos perder es doble: la verdad de Dios y la verdad del ser humano revelada en Cristo. Si olvidamos a Dios, terminamos deformando al hombre. Y si reducimos al hombre a pura materia moldeable, terminamos usando la realidad según intereses egoístas, individuales o de grupo.

El Papa invita a abandonar una visión individualista y técnica del ser humano. No somos individuos aislados que utilizan el mundo como material disponible. Somos criaturas insertas en una trama de relaciones: con Dios, con los demás, con los otros seres vivos y con la creación entera.

Por eso retoma la expresión del Papa Francisco: “antropocentrismo situado”. El ser humano tiene una dignidad única, pero no vive separado de todo lo demás. Su vocación no es dominar irresponsablemente, sino custodiar, integrar, agradecer y cuidar.

La técnica debe ponerse dentro de un camino de sabiduría. Solo así podrá servir a la dignidad de cada persona y al futuro de nuestra Casa común.

Invertir en educación

El Papa afirma que todos necesitamos formarnos para vivir humanamente en el mundo digital. La educación digital no consiste solo en aprender a manejar dispositivos o programas. Es mucho más; es aprender a vivir con libertad interior, responsabilidad y virtud en un ambiente digital.

El mundo digital es presentado como un nuevo continente por evangelizar. Esto exige misioneros generosos y maduros en la fe. Pero también exige adultos que redescubran su vocación educativa.

El Papa habla de “artesanos de la educación”. La expresión es preciosa porque educar no es fabricar en serie. Educar exige paciencia, presencia, acompañamiento, escucha, alianzas, tiempo y mucho amor. Educar en la era de la inteligencia artificial es una forma concreta de caridad.

Los niños y los jóvenes necesitan ser acompañados para usar las tecnologías como espacios de relación responsable. Necesitan aprender a reconocer riesgos, a elegir lo que hace crecer su libertad interior y a no dejarse arrastrar por todo lo que aparece en una pantalla.

También necesitan comprender algo decisivo: La evolución tecnológica no sigue un camino inevitable. No estamos obligados a aceptar cualquier desarrollo como si fuera destino. La tecnología puede ser orientada por la responsabilidad personal y colectiva.

La pregunta educativa no es solo: “¿sabes usar esto?”. La pregunta más profunda es: “¿esto te ayuda a ser más libre, más humano, más responsable, más capaz de amar?”.

Cuidar las relaciones

La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece posibilidades reales de encuentro. El Papa no niega esto. Pero recuerda que el corazón humano tiene una necesidad irrenunciable de proximidad.

En una época acelerada y fragmentada, la carne humana pide cuidado: manos capaces de ternura, mentes atentas y buenas palabras.No basta estar disponibles en línea; necesitamos estar presentes de verdad.

Por eso el Papa invita a salvaguardar los espacios donde la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana reunida, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres.

Son gestos sencillos, pero profundamente humanos. Una mesa compartida puede enseñar más sobre comunión que muchos discursos. Una visita a un enfermo puede devolver dignidad a quien se siente olvidado. El servicio a los pobres nos recuerda que el cuerpo del otro no es una carga, sino un lugar donde Dios nos espera.

El Papa afirma que cada cuerpo es templo del Espíritu y casa de Dios. Esta convicción ofrece un criterio para evaluar los modelos antropológicos de nuestra cultura. Toda tecnología, toda red, toda innovación debe preguntarse si respeta la carne concreta de las personas: su fragilidad, su necesidad de encuentro, su dignidad, su historia.

Amar la justicia y la paz

El Papa mira también el lado oscuro de la tecnología. Las mismas herramientas que facilitan la comunicación y el acceso a recursos pueden sostener modelos de explotación, alimentar nuevas esclavitudes y convertir el conflicto en oportunidad de lucro.

Por eso afirma que cada decisión técnica o económica es un punto de discernimiento espiritual. La pregunta no es solo si una tecnología funciona, sino a quién sirve, a quién deja fuera y qué tipo de mundo construye.

Hay que preguntarse si los avances de la inteligencia artificial abren espacios de justicia y participación o si concentran riqueza y poder en manos de unos pocos. Hay que mirar también las redes de producción digital, las condiciones de trabajo escondidas detrás de nuestros dispositivos, los mecanismos de manipulación y las dinámicas que alimentan la guerra.

El Papa llama a buscar caminos concretos para que crezcan la equidad, la participación y el cuidado de la creación. Y lo expresa con una imagen muy poderosa: frente a la industria de la guerra, debe afirmarse la artesanía de la paz.

La paz no se fabrica de manera automática. Se trabaja artesanalmente. Se teje con decisiones, renuncias, justicia, diálogo, reparación y cuidado.

Nehemías:

No comentar las ruinas, sino reconstruir

Para mirar al futuro, el Papa evoca la figura de Nehemías. Nehemías escucha el grito de una ciudad herida, lleva ese dolor a la oración, discierne ante Dios, pide ayuda, se pone en camino, organiza el trabajo, afronta resistencias y reconstruye las murallas de Jerusalén con el pueblo.

Esta imagen ilumina nuestra vocación en el tiempo de la transformación digital. No estamos llamados a ser espectadores resignados ni simples comentaristas de las ruinas. Estamos llamados a reconstruir.

El Papa menciona lugares concretos donde se juega esta reconstrucción, tales como los laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones y comunidades locales.

Ahí deben estar los cristianos, no para imponer, no para condenar desde lejos, sino para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto. Como Nehemías, necesitamos unir escucha y valentía, oración y responsabilidad.

La ciudad de los hombres puede hacerse más habitable si no dejamos que prevalezcan las lógicas tecnocráticas, los intereses partidistas o la indiferencia ante los débiles.

De Jerusalén reconstruida

a la Nueva Jerusalén

La imagen de Nehemías abre una mirada todavía más grande: la Nueva Jerusalén del Apocalipsis.

Nehemías reconstruye una ciudad herida, pero el Nuevo Testamento nos muestra una ciudad que desciende de Dios como don. La Nueva Jerusalén aparece embellecida como una esposa. Sus muros ya no son fortificaciones defensivas, sino adornos preciosos. Sus puertas permanecen abiertas a todas las naciones. En ella hay agua viva y un árbol de vida cuyas hojas sirven para curar a los pueblos. Esta visión es una llamada a la esperanza.

La meta no es una humanidad encerrada por miedo, sino una humanidad abierta, reconciliada y habitada por Dios. Nuestro trabajo es importante, pero no lo es todo. Construimos, sí; pero también recibimos. Trabajamos por una ciudad más humana, pero esperamos la plenitud que viene de Dios.

La esperanza cristiana no nos evade de la historia. Al contrario, nos permite trabajar sin desesperar. Sabemos que la última palabra no la tienen la técnica, el poder, la guerra ni el miedo. La última palabra la tiene Dios, que hace nuevas todas las cosas.

El Magníficat:

Aprender a mirar desde María

El cuarto punto del programa de vida cristiana es la oración. Y el Papa propone como escuela de oración el Magníficat.

María canta cuando visita a Isabel. Exteriormente, nada ha cambiado: su pueblo sigue dominado por los romanos, dividido y humillado. Pero dentro de María todo ha cambiado, porque ha descubierto la acción de Dios. Por eso puede ver lo invisible.

María proclama que Dios dispersa a los soberbios, derriba a los poderosos, eleva a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y auxilia a Israel. Ella ve la historia desde la promesa de Dios, no desde la apariencia inmediata de los acontecimientos.

El Magníficat nos enseña que la esperanza no nace de cerrar los ojos, sino de mirar la historia con los ojos de Dios. El Papa subraya que María dirige nuestra mirada hacia los puntos de fractura de la humanidad; allí donde se enfrentan humildes y poderosos, pobres y ricos, saciados y hambrientos.

María nos enseña a mirar el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre, no desde la óptica de los potentes; desde la mirada de los pequeños, no desde la perspectiva de los poderosos; desde el punto de vista de la viuda, el huérfano, el extranjero, el niño herido, el exiliado y el fugitivo.

Esta mirada es imprescindible en la era de la inteligencia artificial. Porque una sociedad puede tener muchísima tecnología y, sin embargo, no ver a los pequeños. Puede procesar millones de datos y no escuchar el dolor de los descartados. Puede optimizar procesos y olvidar rostros. María nos enseña otra forma de inteligencia: la inteligencia de la fe, de la misericordia y de la esperanza.

Ser tejedores de esperanza

La encíclica termina con una llamada preciosa: convertirnos en tejedores de esperanza. Tejer esperanza no significa negar los peligros de la inteligencia artificial. El Papa no es ingenuo. Sabe que hay riesgos tales como la manipulación, concentración de poder, exclusión, dependencia, nuevas esclavitudes, injusticia y guerra.

Pero tampoco mira el presente con desesperanza. Cree que también este tiempo puede convertirse en un paso hacia la civilización del amor si se vive desde el Evangelio. También la era de la inteligencia artificial puede ser historia de salvación si el ser humano se deja guiar por Cristo y por el Espíritu.

La esperanza se teje en la fidelidad humilde de cada día; educando, cuidando relaciones, defendiendo la verdad, trabajando por la justicia, sirviendo a los pobres, construyendo paz, orando, discerniendo y colaborando con otros.

El Papa encomienda este presente cambiante a María, la mujer del Magníficat. Ella acompaña nuestros pasos para que no perdamos la confianza en el Evangelio y podamos testimoniar la belleza de una humanidad verdaderamente magnífica: una humanidad habitada por Dios.

Conclusión general

La conclusión de Magnifica Humanitas nos ofrece una brújula cristiana para vivir la era de la inteligencia artificial.

No nos invita al miedo ni a la ingenuidad. Nos invita al discernimiento. No nos manda huir del mundo digital ni entregarnos a él sin criterio. Nos llama a habitar este tiempo desde la Encarnación, la Eucaristía, la responsabilidad histórica y la oración mariana.

El Papa nos recuerda que la tecnología debe estar al servicio de la persona, y no la persona al servicio de la tecnología. Nos recuerda que el límite humano no es una vergüenza, sino parte de nuestra condición de criaturas. Nos recuerda que la verdadera grandeza del hombre no está en su poder de cálculo, sino en su capacidad de amar, discernir, entregarse y vivir en comunión.

El centro de la historia no es la máquina, sino el rostro humano amado por Dios. Por eso, custodiar la humanidad en la era de la inteligencia artificial significa vivir como cristianos despiertos, contemplando a Cristo hecho carne, alimentándonos de la Eucaristía, construyendo el bien común, cuidando a los más vulnerables y cantando con María la esperanza de un mundo nuevo.

En definitiva, el Papa nos dice que este tiempo, con todos sus riesgos y posibilidades, puede convertirse en lugar de gracia. Si dejamos que el Evangelio ilumine nuestras decisiones, también la inteligencia artificial podrá estar al servicio de una civilización del amor.

Una humanidad verdaderamente magnífica no es una humanidad sin fragilidad, sino una humanidad habitada por Dios.

jueves, 18 de junio de 2026

(Interactiva) Homilía del Domingo XII del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 10, 26-33 «No tengáis miedo a los hombres»

 



Homilía interactiva · Domingo XII del Tiempo Ordinario

No tengáis miedo: el Padre no pierde de vista a sus hijos

Una experiencia de lectura, oración y repaso catequético a partir de Mt 10, 26-33: la misión del discípulo, los miedos que aparecen en el camino y la confianza que nace de saberse en manos del Padre.

«No tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones».

Una homilía para pasar del miedo escondido a la confianza confesada

El recorrido presenta el Evangelio no como una frase de ánimo genérica, sino como una llamada seria a la misión. Jesús no promete una vida sin heridas, pero enseña a no dejar que el miedo gobierne el corazón. La pregunta de fondo es muy concreta: ¿qué miedo me impide vivir y confesar el Evangelio con coherencia?

Texto bíblico

Mt 10, 26-33: Jesús repite «no tengáis miedo», envía a anunciar a la luz lo recibido en la intimidad y recuerda que el Padre cuida incluso de los gorriones.

Imagen central

Una luz que no teme a la noche: al abrir la ventana no entra la oscuridad, sino que sale la luz.

Clave espiritual

El discípulo no es quien nunca siente miedo, sino quien no permite que el miedo tenga la última palabra.

Cuatro movimientos de la homilía

La homilía avanza desde la misión recibida hasta la confianza filial. El miedo no se niega: se nombra, se ilumina y se atraviesa con Cristo.

La misión nace en un mundo herido

Cristo no envía a sus discípulos a un mundo ya sano, sino a curar heridas reales: corrupción, violencia, injusticia y miseria.

El discípulo no se impone

Jesús pide caminar desarmados de poder, dinero y presión. La fuerza del discípulo es la palabra del Evangelio.

El miedo aparece al seguir de verdad

Cuando el Evangelio deja de ser costumbre tranquila y se convierte en camino concreto, descubrimos nuestra fragilidad y el rechazo posible.

La confianza se apoya en el Padre

Los gorriones y los cabellos contados recuerdan que estamos en manos del Padre, no en manos del azar.

Ocho claves para rezar y comprender

Estas claves están elaboradas a partir del contenido de la homilía. Sirven para lectura personal, catequesis breve, grupo de fe o preparación antes de escuchar el texto completo.

01

Jesús habla a los discípulos

El pasaje no se dirige a curiosos de paso, sino a quienes han decidido caminar detrás de Cristo. Por eso la palabra no queda lejos: alcanza a quienes quieren seguirlo también con cansancio y contradicciones.

La Palabra se vuelve personal cuando dejamos de escucharla como espectadores.

02

El mundo está herido, no descartado

La misión cristiana nace porque el mundo está enfermo. Si todo estuviera ya sano, no harían falta discípulos. Cristo envía precisamente donde hay heridas.

El discípulo no huye del mundo herido: entra en él con el Evangelio.

03

La fuerza no está en imponerse

Jesús no manda a los suyos con armas, presión o seguridades mundanas. La fuerza del discípulo es la palabra del Evangelio, que no aplasta: ilumina, despierta y cura desde dentro.

El discípulo vence cuando deja de querer dominar.

04

El miedo no es señal de fracaso

Sentir miedo forma parte del camino cuando se toma en serio la llamada de Jesús. Lo decisivo no es no sentirlo, sino no obedecerlo como si fuera el señor de la vida.

El miedo puede aparecer; lo que no puede es gobernar.

05

La verdad no quedará escondida

Jesús recuerda que llegará la luz que mostrará qué vida ha acertado y cuál se ha malgastado. La elección hecha por amor puede parecer pérdida, pero no lo es ante Dios.

Cuando caiga el decorado, solo quedará la verdad.

06

La fe escondida encierra el corazón

El Evangelio recibido en la intimidad debe ser anunciado a la luz. No se trata de exhibirse, sino de no esconder la identidad cristiana por miedo al rechazo o a la burla.

La luz no se defiende de la noche: la ilumina.

07

Solo destruye lo que conquista el corazón

Jesús distingue entre el daño exterior y la perdición interior. Pueden herirnos, burlarse o quitarnos oportunidades, pero no arrancarnos lo esencial si el corazón permanece fiel.

El verdadero peligro no siempre grita; a veces susurra dentro.

08

El Padre cuenta hasta los cabellos

Los gorriones y los cabellos contados revelan una providencia cercana. Dios no promete una vida sin problemas, pero sí la fuerza y la paz para afrontarlos sin traicionar la conciencia.

Estamos en manos del Padre, no en manos del azar.

Pequeño glosario bíblico y catequético

La homilía se apoya en imágenes y palabras que conviene saborear despacio, porque ayudan a pasar del miedo a la confianza.

Discípulo

No es solo quien admira a Jesús, sino quien entra en su camino y se deja implicar por su misión.

Miedo

No aparece como algo vergonzoso que haya que negar, sino como una experiencia real que no debe tener la última palabra.

Azotea

Imagen de anuncio público: lo recibido en la intimidad con Cristo debe salir a la luz y convertirse en testimonio.

gehenna (gehena)

La homilía la explica como el basurero: el lugar simbólico donde se pierde lo que estaba llamado a vivir.

בְּרָכוֹת (Berajot)

Tratado citado al hablar de la tradición judía de bendecir a Dios por muchas realidades de la vida y de la creación.

מִשְׁנָה (Mishná)

Tradición judía mencionada para subrayar que la vida entera puede abrirse a la alabanza.

Gorriones

Aves de poco valor social que Jesús elige para revelar que el Padre mira incluso lo que el mundo considera insignificante.

Confesar a Cristo

No es llevar una etiqueta religiosa, sino reflejar a Cristo ante los hombres con una vida coherente.

Cinco preguntas de oración

No son preguntas para pasar una ITV espiritual con cara de susto. Son un modo de dejar que el Evangelio toque los miedos reales y los ponga bajo la mirada del Padre.

1. Mi miedo interior

¿Qué parte de mí teme no estar a la altura de la misión que Cristo me confía?

2. Mi forma de anunciar

¿Qué palabra del Evangelio estoy guardando en la oscuridad cuando debería decirla a la luz?

3. Mi coherencia

¿En qué situaciones me cuesta más reconocer a Cristo ante los hombres?

4. Mi falsa seguridad

¿Dónde busco imponerme, protegerme o controlar, en lugar de confiar en la fuerza del Evangelio?

5. Mi confianza filial

¿Qué problema concreto necesito afrontar sabiendo que estoy en manos del Padre y no del azar?

La fe no elimina los problemas, pero nos sostiene dentro de ellos.
No basta llevar el nombre de cristiano: importa reflejar a Cristo.

Comprueba si has captado el corazón de la homilía

Elige una opción en cada pregunta. Cada respuesta, correcta o incorrecta, recibe una explicación. Puedes cambiar tu elección y limpiar el quiz cuando quieras.

1. ¿A quién se dirige de modo particular el pasaje de Mt 10, 26-33 según la homilía?

2. ¿Cómo describe la homilía el mundo al que Cristo envía a sus discípulos?

3. ¿Por qué Jesús pide a los discípulos caminar sin armas ni seguridades de poder?

4. Según la homilía, ¿qué lugar ocupa el miedo en el camino del discípulo?

5. ¿Qué significa en la homilía que nada oculto quedará sin descubrirse?

6. ¿Qué pide Jesús cuando dice: «Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz»?

7. ¿Qué enseña la imagen de la habitación iluminada y la ventana abierta?

8. ¿Qué quiere decir la homilía con la expresión «Preocúpate si no te pasa nada»?

9. ¿Qué significa «no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma»?

10. ¿Quién es el verdadero peligro al que la homilía dice que sí debemos temer?

11. ¿Qué revelan los gorriones en la lectura que hace la homilía?

12. ¿Qué miedo concreto toca la imagen de los gorriones según la homilía?

13. ¿Qué promete Dios según la homilía ante los problemas que nacen de la coherencia?

14. ¿Qué significa que Jesús se declarará ante el Padre por quien se declare por Él ante los hombres?

Homilía del Domingo XII del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Puedes desplegar el texto completo para leerlo seguido. Las ideas anteriores y el quiz están pensados como ayuda de lectura, no como sustitución de la homilía.

Leer la homilía completa

Mt 10, 26-33 · «No tengáis miedo a los hombres»

En los Evangelios vemos a Jesús hablando muchas veces a grandes multitudes. Sin embargo, no siempre se dirige a todos por igual. Hay momentos en los que aparta la mirada del gentío y se vuelve hacia un grupo más pequeño, hacia sus discípulos. Les habla a ellos, a los que han decidido caminar detrás de Él, a los que no quieren quedarse solo entre los curiosos, sino entrar en la aventura del Reino.

El pasaje que escrutaremos hoy, igual que el del domingo pasado, pertenece a uno de esos discursos reservados a los discípulos. Y eso significa que no es una palabra lejana, dirigida a otros. Es una palabra para nosotros. Para los que intentamos seguir a Cristo, con entusiasmo unas veces, con cansancio otras, y con más de una contradicción en la mochila.

Recordemos lo que Jesús nos decía el domingo pasado: Id y anunciad a todos que el reino de los cielos está cerca; decid que el mundo ha empezado a cambiar, que ya ha comenzado una realidad nueva. No se trata de una pequeña mejora, de un barniz religioso sobre la vida de siempre. Se trata de un mundo nuevo que Dios ha inaugurado, y que pide ser acogido sin miedo y sin retrasos.

Después, Jesús indicaba también cuál era la tarea de sus discípulos: curar las muchas enfermedades que hieren a la humanidad.

El mundo está enfermo, y Cristo nos envía a curarlo.

El mundo está atravesado por heridas profundas, las cuales se llaman corrupción, violencia, injusticia, miseria de tantos tipos. Es un mundo enfermo. Y precisamente a ese mundo somos enviados. Por eso, cuando algún cristiano se lamenta diciendo: “¡Qué misión tan difícil! ¡Mira cómo está todo! Cada uno piensa en sí mismo, busca pasarlo bien, hace lo que le apetece y nada más”, conviene responder con una sonrisa serena: ¿Y qué esperábamos encontrar? ¿Un mundo impecable, perfectamente sano, con todo ordenado y oliendo a limpio?

Si el mundo estuviera ya curado, Cristo no nos habría enviado a curarlo. Si todo estuviera en su sitio, no harían falta discípulos. Harían falta, como mucho, guías turísticos.

En este mismo discurso, Jesús precisa también cómo han de presentarse los suyos; sin bolsa con dinero, sin dos túnicas, sin sandalias de repuesto y, sobre todo, sin armas. Ni siquiera el bastón, que era el arma defensiva de los pobres. Es decir, el discípulo debe caminar despojado justamente de aquello en lo que suele apoyarse quien quiere triunfar según los criterios de este mundo. Para imponerse hacen falta poder, dinero, fuerza, protección, capacidad de presión. Jesús, en cambio, pide a los suyos que renuncien precisamente a esas seguridades.

El discípulo vence cuando deja de querer imponerse.

La misión cristiana no avanza por la fuerza, ni por el miedo, ni por la superioridad. El discípulo tiene una sola arma, una sola fuerza, y Jesús asegura que es irresistible: La palabra del Evangelio. Nada más y nada menos. Esto no significa ingenuidad. Significa confiar en una fuerza distinta. La fuerza del Evangelio no aplasta, no amenaza, no humilla. Toca el corazón, despierta la conciencia, cura desde dentro. No entra en la vida como un ejército que conquista, sino como una luz que permite ver.

Y Jesús añade todavía algo más; no esperéis aplausos, aprobaciones ni recibimientos entusiastas. No imaginéis que el mundo os abrirá siempre la puerta con una alfombra roja, música solemne y sonrisa de bienvenida. Más bien, preparaos, porque os encontraréis como ovejas en medio de lobos. Por eso se nos invita a ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (cfr. Mt 10, 16).

Ante una misión tan grande —colaborar en el cambio del mundo— y ante unas perspectivas tan poco cómodas, es normal que los primeros discípulos sintieran miedo. Quizá alguno pensó: “Tal vez sea mejor guardar en un cajón mis sueños de grandeza. Quizá convenga volver a Cafarnaún, a las redes, a la barca, a lo conocido”. Porque lo conocido, aunque sea pequeño, da seguridad. Y la llamada de Jesús, aunque sea hermosa, desinstala.

Seguir a Cristo empieza muchas veces donde aparece el miedo.

Mateo recoge este discurso también para nosotros. Nos está diciendo algo muy realista ya que, si quieres seguir a Cristo, cuenta con el miedo. No lo niegues, no lo disfraces de prudencia, no lo escondas bajo palabras piadosas. El miedo forma parte del camino.

De hecho, si nunca sentimos miedo ante la propuesta de Jesús, quizá sea porque todavía no hemos entendido del todo lo que nos está pidiendo. Tal vez hemos reducido el Evangelio a unas costumbres religiosas, a unas devociones tranquilas, a unas obras buenas que no nos complican demasiado la vida. Pero cuando comprendemos que Jesús quiere implicarnos en el nacimiento de un mundo nuevo, entonces algo dentro de nosotros tiembla. Y es normal.

El miedo hay que tenerlo en cuenta. Pero no podemos dejar que el miedo tenga la última palabra. Porque si nos dejamos vencer por él, podremos seguir admirando a Cristo, pero difícilmente seremos discípulos suyos.

Podremos conservar alguna práctica religiosa, participar en alguna devoción, realizar incluso algunas obras buenas. Todo eso puede ser valioso. Pero si no nos dejamos alcanzar por la propuesta de Jesús hasta el fondo, nos quedaremos en la orilla. Cerca, sí; interesados, también; quizá incluso emocionados. Pero no plenamente implicados.

No basta admirar a Cristo: El Evangelio pide entrar en su camino.

Hay una diferencia enorme entre admirar a Jesús y seguir a Jesús. Admirarlo puede ser cómodo; nos gusta su figura, sus palabras, su bondad, su valentía. Seguirlo, en cambio, nos pone en movimiento. Nos pide confiar sin tenerlo todo controlado. Nos invita a desarmarnos cuando preferiríamos protegernos. Nos llama a curar heridas precisamente allí donde otros solo ven problemas.

Y entonces nace la pregunta decisiva: ¿Cómo superar ese miedo inevitable que todos experimentamos cuando tomamos en serio el Evangelio?

¿Por qué tenemos miedo?

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea».

Jesús comienza tocando una de las fibras más sensibles del corazón humano: el miedo. Y conviene preguntarnos con calma: ¿Por qué tenemos miedo? ¿Qué es exactamente lo que nos asusta cuando el Evangelio deja de ser una idea bonita y se convierte en una llamada concreta?

El primer gran miedo no viene de fuera, sino de dentro. Nace cuando sentimos que no estamos a la altura de la misión que Jesús nos confía. Nos miramos por dentro y pensamos: “¿Cómo voy a proponer el Evangelio a otros, si yo mismo lo acojo tantas veces con dudas, con titubeos, con resistencias? ¿Cómo voy a anunciar el hombre nuevo, si yo soy el primero que sigue razonando muchas veces según los criterios de siempre, según la lógica de este mundo?”.

El primer miedo nace al descubrir nuestra propia fragilidad.

Nos da miedo renunciar al egoísmo. Nos cuesta abrir el corazón al perdón, al amor incondicional, incluso hacia quien nos ha hecho daño. Nos asusta, como a todos, dejar de acumular bienes; nos cuesta compartirlos con los pobres. En el fondo, seguimos muy atados al mundo viejo y nos resulta difícil soltarnos. Confiamos en la palabra de Jesús, sí… pero no del todo. Un pie dentro y otro fuera, que es una postura muy humana, aunque para caminar no sea precisamente la más cómoda.

A veces podemos preguntarnos: “¿No será mejor adaptarme a lo que hace todo el mundo y disfrutar un poco de la vida sin pensar demasiado en los demás? ¿No será más prudente ceder a algún compromiso? Y si hago ciertas renuncias, ¿no acabaré arrepintiéndome?”.

Ahí está ese miedo interior, el más fuerte de todos, es el miedo a apostar de verdad por Cristo y descubrir demasiado tarde que nos hemos equivocado.

¿Y qué respuesta nos da Jesús? Él nos recuerda que llegará un día en que nada quedará escondido, nada permanecerá en secreto, todo será puesto a la luz (cfr. Mt 10, 26).

Cuando se apaguen las luces del escenario de este mundo, entonces se verá quién ha acertado con la vida y quién la ha malgastado

Quiere decirnos que, cuando se apaguen las luces del escenario de este mundo, entonces se verá quién ha acertado con la vida y quién la ha malgastado. Jesús nos invita a apostar por su propuesta sin miedo, porque el teatro de lo efímero se cierra, la comedia de las glorias mundanas termina, y al final permanece la verdad.

Cuando caiga el decorado, solo quedará la verdad.

Quizá nuestras obras de amor permanezcan escondidas durante mucho tiempo. Tal vez los admirados, los aplaudidos, los considerados importantes sean otros. Pero Jesús nos dice que no tengamos miedo de parecer perdedores a los ojos de este mundo. Confiemos. Elijamos lo que Él nos propone.

Un día se disiparán las sombras. Y cuando sobre la vida de cada persona brille la luz del juicio de Dios —la única luz que al final permanece—, entonces se verá que la elección hecha por amor no era una pérdida, sino el camino verdadero.

El miedo a sentirnos rechazados por ser de Cristo

Este es el primer miedo; el más profundo, el que nace dentro. Pero hay otro miedo; es el miedo a salir y encontrarnos con la oscuridad del mundo. Esa oscuridad nos asusta porque pensamos que no nos comprenderán, que desconfiarán de nuestras palabras, que rechazarán la propuesta de vida nueva que llevamos. Y ante ese miedo, conviene preguntarnos con sinceridad: ¿qué hacemos?

Muchas veces preferimos guardar para nosotros el Evangelio que ha dado sentido a nuestra vida. Nos refugiamos en nuestro pequeño mundo, en nuestras seguridades espirituales, y renunciamos a la misión de ser apóstoles que llevan la luz del Evangelio a la oscuridad del mundo.

La fe escondida acaba encerrando también el corazón.

Ahí aparece el miedo a presentarnos como creyentes. El miedo a mostrar nuestra identidad cristiana. El miedo a pensar de un modo distinto al de los demás. Tememos que nos consideren atrasados, cerrados, ingenuos, personas que no han entendido el pensamiento dominante o que no han asimilado las conquistas de la mentalidad moderna.

¿Cómo vencer esta segunda forma de miedo? Jesús nos dice que «lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz»; es decir, quien camina iluminado por el Evangelio no debe temer el encuentro con la oscuridad. La razón es porque la luz siempre vence a la tiniebla. Si estamos en una habitación iluminada y fuera es de noche, al abrir la ventana no entra la oscuridad, sino que sale la luz. La imagen es sencilla, pero dice mucho. La tiniebla no tiene fuerza propia para apagar la luz; basta una pequeña lámpara para que la noche retroceda.

Por eso, no tengamos miedo de la oscuridad del mundo. El Evangelio tiene una luz más fuerte. Hay todavía otro miedo por el que el discípulo no debe dejarse condicionar.

Preocúpate si no te pasa nada

«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma».

Cuando alguien nos confía que tiene miedo de que le ocurra algo desagradable, ¿qué solemos hacer nosotros? Intentamos tranquilizarlo: “No te preocupes, ya verás como no pasa nada”.

Jesús, en cambio, no nos ofrece esa clase de consuelo fácil. No nos dice: “Tranquilos, si seguís mi misión no os ocurrirá nada”. Más bien nos advierte que si llevas adelante la misión que te he confiado, cuenta con que algo te va a pasar. Es más, preocúpate si no te pasa nada. Porque si todos te dejan en paz, quizá sea señal de que no has incomodado a nadie. Quizá significa que piensas, hablas y vives como todos; y por eso nadie se siente interpelado.

El Evangelio no busca molestar, pero acaba incomodando.

Sabemos bien que hay valores evangélicos que hoy no están precisamente de moda. Basta con nombrarlos para que alguno levante la ceja; y si, además de nombrarlos, intentamos vivirlos, entonces la incomodidad crece. Porque una vida coherente, aunque no grite, termina haciendo preguntas. A veces basta una persona que piense de otro modo para que toda una sala se dé cuenta de que no todo es tan evidente como parecía.

Hace unos días, un profesor de religión me contaba una escena vivida en una clase de Bachillerato. Estaban debatiendo si el aborto debía reconocerse como un derecho constitucional. Toda la clase parecía defender esa postura. Bueno, toda no. Había un muchacho que, como aquella pequeña aldea gala de los tebeos de Astérix y Obélix, resistía frente al consenso general. Él no aceptaba llamar “derecho” a lo que, según decía, suponía quitar la vida a un indefenso.

Y no hace falta imaginar una escena heroica, con música épica de fondo y capa al viento. Bastaba aquel chico, solo ante la opinión mayoritaria, para mostrar algo muy sencillo: cuando uno intenta mirar la realidad desde el Evangelio, a veces queda en minoría. Y esa minoría puede incomodar. No porque busque provocar, sino porque recuerda que hay preguntas que no se resuelven simplemente votando lo que piensa la mayoría.

Por eso, conviene contar con que quienes se oponen al mundo nuevo y quieren prolongar el mundo viejo pueden llegar incluso a matar al discípulo; ahí están los mártires del Evangelio. También hoy son muchos. A la mayoría no los conocemos; solo Dios conoce sus nombres.

Quien denuncia injusticias, quien en nombre del Evangelio se coloca del lado de los débiles, de los pobres y de los oprimidos; quien se atreve a desafiar a aquellos que hoy solemos llamar los poderes fuertes, tiene que contar con que puede pagarlo caro.

Pensemos en tantos santos, en tantos mártires. Pensemos, por ejemplo, en San Maximiliano Kolbe, Santa Edith Stein entre otros. Ahí aparece de nuevo el miedo.

Ha sido escandaloso el "linchamiento" en los medios y la presión social de los vecinos de un pueblo de Sevilla, de poco más de 5000 habitantes, contra un buen sacerdote. Le exigían que siguiera haciendo lo mismo que hacía el anterior sacerdote de esa parroquia que era dar la sagrada Comunión a una pareja homosexual y a otras personas que eran conocidas por su desorden moral. Estas personas, la periodista que hace las entrevistas se anima al linchamiento mediático contra el sacerdote; es el grupo televisivo MEDIASET, y uno lanza una pregunta, ¿se creen que es la Comunión, un derecho civil? E incluso una mujer mayor está diciendo a la periodista ‘que se vaya y que venga otro como el que teníamos antes’. La Iglesia no es una multinacional que va adaptando su producto en función de cómo está el mercado, ni en función de las modas del momento. ¿Cómo no tomaron medidas contra ese anterior sacerdote las autoridades eclesiásticas de la diócesis de Sevilla? (cfr. c.1378 § 2 CIC).

Probablemente hoy no lleguen a matarnos. Pero sí podemos encontrarnos con falsas acusaciones, burlas, marginación, precisamente por ser creyentes y por intentar vivir según el Evangelio.

La burla también puede herir al discípulo.

Pensemos, por ejemplo, en ciertas incomprensiones dolorosas dentro de la propia familia. A veces son sonrisas pequeñas, incluso aparentemente amables, pero que hacen mucho daño. Esas sonrisillas que parecen decir: “Pobrecillo, todavía cree en esas cosas”.

Pensemos en el hijo que dice a su madre: “¿Pero por qué sigues yendo a misa los domingos? Quédate en casa, descansa. ¿A qué vienen todavía esas historias de la religión? Eso son restos del pasado, vestigios de la Edad Media. Ya nadie se cree eso de verdad. Son cosas sin sentido. ¿No ves que las iglesias se están vaciando y que los jóvenes ya no aparecen por allí?”.

Esas sonrisas con aire de condescendencia duelen mucho. Jesús nos dice: cuenta con ellas, y permanece coherente. Pero aquí conviene afinar, porque no todo lo que provoca risa o rechazo es necesariamente el Evangelio. A veces lo que se ridiculiza no es la Buena Noticia de Jesús, sino ciertas prácticas religiosas envejecidas, ciertas credulidades sin sentido, ciertas formas que ya no ayudan a nadie a encontrarse con Dios. De esas sonrisas también podemos dejarnos purificar.

No toda crítica es persecución: Algunas críticas nos purifican.

Cuando nuestra vida es coherente, cuando nuestro testimonio es verdaderamente evangélico, hemos de contar también con la incomprensión. Incluso con la incomprensión de los familiares y de los amigos. También Jesús conoció esa experiencia. También Él encontró oposición entre los suyos.

¿Y qué respuesta da Jesús a este miedo? Nos invita a pensar: ¿Qué daño pueden hacernos realmente? Quienes se oponen a la misión que estamos viviendo pueden ofendernos, pueden burlarse de nosotros, pueden incluso quitarnos la vida. Pero ninguna violencia podrá arrebatarnos el único bien que de verdad cuenta: la vida divina que hemos recibido del Padre del cielo (cfr. Mt 10, 28).

Pueden herirnos, pero no pueden arrancarnos lo esencial.

Nadie puede borrar nuestra identidad de verdaderos discípulos. Podrán hacernos daño, sí; pero no podrán destruir lo que somos ante Dios. Nuestra vida no depende de ellos.

El verdadero peligro no siempre grita; a veces susurra dentro.

«No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”».

¿Quién es, entonces, ese personaje peligroso al que sí debemos temer?

Conviene identificarlo bien. Y lo primero es no buscarlo demasiado lejos, como si estuviera solo fuera de nosotros. Porque ese personaje peligroso también habita dentro: forma parte de esa zona oscura que todos llevamos en el corazón.

Es esa voz maligna que, una y otra vez, nos hace propuestas contrarias a las de Dios. Esa voz que intenta convencernos de que, en el fondo, lo que hace todo el mundo tampoco está tan mal. Esa voz que nos desanima, nos empuja al cansancio interior y nos sugiere caminos de compromiso con el Evangelio rebajado, suavizado, domesticado.

Todos conocemos esa experiencia. Es la presencia de la serpiente que nos empuja a hacer simplemente lo que nos apetece. Podemos llamarla como queramos; el maligno, la serpiente, el diablo, Satanás. Pero lo importante es no perderla de vista, porque Jesús nos advierte que ese es el único que puede arruinarnos la vida.

Solo puede destruirnos aquello a lo que entregamos el corazón.

Si le hacemos caso, nos conduce a la gehena, es decir, lleva nuestra vida al basurero, al lugar donde se pierde lo que estaba llamado a vivir (cfr. Mt 10, 28). De ningún otro debemos tener miedo. Ahora el Señor nos da otra razón por la que no tenemos que vivir asustados.

Los gorriones también cuentan para Dios

«¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones».

Llegados a este punto, Jesús introduce dos imágenes muy sencillas para ayudarnos a no vivir dominados por el miedo. La primera es la de los gorriones: «¿No se venden un par de gorriones por un céntimo?». Resulta curioso que Lucas, al transmitir este mismo ejemplo de Jesús, hable de cinco gorriones vendidos por dos monedas (cfr. Lc 12, 6). Parece que ya entonces existía el tres por dos. La publicidad no ha inventado tantas cosas como se cree.

¿Por qué Jesús pone el ejemplo de los gorriones? Porque eran aves de muy poco valor. No habla del águila, símbolo de fuerza; ni de la paloma, con toda su carga bíblica; ni de un animal noble y admirado. Habla de gorriones: pájaros pequeños, baratos, casi insignificantes.

En la tradición judía, el tratado בְּרָכוֹת (Berajot) de la מִשְׁנָה (Mishná) muestra una sensibilidad preciosa; muchas realidades de la vida y de la creación pueden convertirse en ocasión para bendecir a Dios. Hay bendiciones ante ciertos alimentos, ante fenómenos naturales, ante montañas, mares, ríos o desiertos. La vida entera puede abrirse a la alabanza.

Y, sin embargo, Jesús escoge precisamente lo que casi nadie miraba: Un gorrión. Una criatura pequeña, barata, sin prestigio, de esas que parecen no contar para nadie. Ahí está la fuerza de la imagen: si el Padre no pierde de vista ni siquiera a un gorrión, ¿cómo va a olvidarse de sus hijos?

Dios mira incluso lo que el mundo considera insignificante.

¿Qué miedo quiere tocar Jesús con esta imagen? El miedo que aparece cuando nuestras decisiones no nos afectan solo a nosotros, sino también a las personas que tenemos cerca. A veces, elegir según el Evangelio repercute en la familia, en quienes nos quieren, en quienes quizá no comparten del todo nuestras opciones.

Pensemos, por ejemplo, en alguien que quiere vivir de manera coherente con el Evangelio en la gestión de sus bienes. Tiene lo necesario y decide compartir lo que le sobra con quien está pasando necesidad. Pero esa decisión puede afectar también a su esposa, a sus hijos, a los planes familiares. Y ellos pueden decirle: “Tenemos que asegurar el futuro”. Ahí nace el miedo; el miedo a que lo acumulado no baste, a que falte seguridad, a que la generosidad nos deje desprotegidos.

O pensemos en quien tiene una profesión muy bien pagada, pero que le obliga continuamente a entrar en conflicto con su conciencia. Si quiere ser fiel al Evangelio, quizá tenga que dejarla y elegir otra menos rentable. Y entonces no está en juego solo su sueldo: pueden tambalearse proyectos familiares, expectativas, planes que parecían ya seguros.

Podemos pensar también en el caso dramático de una gestación muy problemática. Quien confía en Cristo puede encontrarse ante decisiones heroicas, dispuesto incluso a ver trastocados todos los planes de vida que había imaginado. Y tiene miedo, porque no sabe cómo podrá seguir adelante.

La fe no elimina los problemas, pero nos sostiene dentro de ellos.

A esos temores o miedos tan concretos responde Jesús invitándonos a confiar en el Padre del cielo, que acompaña nuestra vida. Dios no nos deja solos. Está siempre cerca. Ahora bien, no promete resolver nuestros problemas con un milagro caído del cielo. No funciona así. Los problemas tendremos que afrontarlos nosotros. Pero la fuerza para afrontar esos problemas, podemos estar seguros, Él la dará.

Lo que promete es la paz. La paz profunda de quien puede mirarse por dentro y reconocer que no ha traicionado la propia conciencia. En lo íntimo, podremos escuchar la voz del Espíritu que nos dice: “Has hecho bien. Has elegido lo correcto. Has sido coherente con aquello en lo que crees”.

Si Dios cuida incluso de un gorrión, una criatura considerada sin importancia, ¿cómo no va a cuidar de nosotros? Pase lo que pase, estamos en sus manos. Por eso podemos confiar. Por eso no necesitamos vivir paralizados por el miedo.

Estamos en manos del Padre, no en manos del azar.

Y es muy eficaz también la segunda imagen que utiliza Jesús: Los cabellos de nuestra cabeza. «Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados». Nosotros ni siquiera sabemos cuántos tenemos; y aunque nos pusiéramos a contarlos por la mañana, al poco rato el número ya habría cambiado. Algunos, además, preferirían no hacer esa estadística demasiado a menudo.

Al Padre, en cambio, no se le escapa nada. Ni siquiera el número de nuestros cabellos. Y si Dios se interesa hasta por algo tan pequeño, ¿cómo no va a cuidar de un hijo suyo?

El nombre de cristiano no sustituye la vida cristiana

«A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Recordemos que Jesús habló un día de algunos que se presentan ante Él convencidos de que serán reconocidos como discípulos suyos. Y, sin embargo, reciben una respuesta estremecedora: «No sé de dónde sois… no os conozco» (cfr. Lc 13, 25.27; Mt 25, 12).

Con estas palabras, Jesús quiere decirnos algo muy serio. En algunos discípulos reconoce su propia persona, su propia imagen. En otros, en cambio, aunque estén bautizados y se consideren cristianos, puede no reconocerse.

No basta llevar el nombre de cristiano: Importa reflejar a Cristo.

Pensemos, por ejemplo, en personas aferradas al dinero, o en quienes recurren a la violencia como modo de imponerse. Aunque se tengan por discípulos, Jesús no puede reconocerse en ellas, porque no ve en su vida los rasgos de su Evangelio.

Y fijémonos bien: aquí Jesús no está hablando solo del juicio final. Está hablando también de lo que ocurre ahora. Está diciendo que hoy, en este mundo, hay discípulos en los que Él reconoce su propia imagen; y hay otros en los que no puede reconocerse.

¿En quién se reconoce Cristo? En quien no tiene miedo de ser coherente con el Evangelio, aunque eso le cueste amistades, oportunidades, prestigio, posibilidades de hacer carrera, incluso la vida.

Cristo se reconoce en quien no esconde su Evangelio.

En cambio, no se reconoce en quienes no reproducen ante los hombres su imagen. Y ante el Padre del cielo, Jesús da testimonio de esta realidad; reconoce como suyos a quienes lo han reconocido con su vida.

En conclusión, ¿qué nos está diciendo Jesús? Nos está diciendo: “Mirad, también yo he experimentado todos esos miedos que vosotros sentís. Y los he vencido. Vencedlos también vosotros, si queréis que yo os reconozca como discípulos míos”. El discípulo no es quien no teme, sino quien no se deja vencer por el miedo.