sábado, 31 de enero de 2026

Una campana suena en Sanremo: Campana dei Bimbi non Nati.

 


Una campana que te “notifica” la vida:

Sanremo hace sonar a diario la Campana de los Niños No Nacidos

A las 20:00, cuando medio mundo está cenando, terminando de estudiar o mirando “un vídeo rápido” que acaba siendo el quinto, en Sanremo pasa algo muy simple: suena una campana durante un minuto. No es un efecto especial ni un reclamo turístico. Es una “notificación” distinta, de las que no se pueden silenciar con un botón: una llamada diaria a la conciencia, a la oración y a la misericordia por la vida naciente y por quienes quedan heridos por el drama del aborto.

La campana tiene nombre: Campana dei Bimbi non Nati. Y tiene también un lugar concreto: la torrecilla de Villa Giovanna d’Arco, sede de la Diocesi di Ventimiglia–Sanremo. Detrás de la iniciativa está el obispo Antonio Suetta.

Una historia con fechas, no con ocurrencias

Esto no nace de una idea “para provocar” ni de un arrebato de última hora. La campana fue fundida en el marco de 40 Giorni per la Vita (2021–2022) como un signo visible y duradero de memoria y oración: “dar voz” a quien no pudo tenerla y custodiar en el corazón de la Iglesia el recuerdo de los niños no nacidos a causa del aborto.

Después llegó un momento clave: la campana fue bendecida el 5 de febrero de 2022 en la Basilica Concattedrale di San Siro, durante una vigilia por la Jornada de la Vida. Las obras en el edificio retrasaron su colocación definitiva; y cuando por fin empezó a sonar cada día, se eligió una fecha cargada de sentido: el 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes. La idea es transparente: unir esa memoria litúrgica —niños asesinados por la violencia del poder— con la memoria dolorosa de tantos niños no nacidos hoy.

¿Por qué una campana?

Porque hay cosas que la sociedad aprende a “no ver”

Defender la vida de quienes todavía no han salido del vientre materno no es solo una cuestión de argumentos. También es una cuestión de mirada. Y el problema de nuestro tiempo es que, a fuerza de pantallas, prisas y ruido, lo frágil se vuelve invisible.

Por eso un gesto así es importante: rompe la anestesia. Un minuto al día no pretende resolverlo todo, pero sí puede lograr algo básico: que no nos acostumbremos a mirar hacia otro lado. La campana funciona como un pequeño “alto” cotidiano: invita al silencio, a la reflexión, a la compasión y a la esperanza. Sin discursos. Sin pancartas. Sin humillar a nadie.

No es “contra” alguien: es “por” alguien… y con misericordia

Aquí está el punto donde muchos jóvenes hacen clic (en el buen sentido): defender la vida no es un concurso de pureza, ni una guerra de bandos, ni un “a ver quién grita más fuerte”. Si se convierte en linchamiento moral, se traiciona a sí mismo.

El enfoque de la iniciativa insiste en que el objetivo no es culpabilizar, sino abrir un espacio de oración y conciencia que incluya también a las madres: porque el aborto deja heridas profundas, y la respuesta cristiana no puede ser la piedra en la mano, sino la verdad unida a la misericordia. Decir la verdad no es aplastar; es ofrecer una salida. Y la misericordia no es relativizar; es acompañar para sanar.

¿Por qué ha habido polémica?

Porque el aborto es un tema social hipersensible y polarizado. Un signo público —aunque sea silencioso y breve— puede interpretarse como juicio. Además, hoy hay asuntos que se han convertido casi en “tabú cultural”: tocar el tema, aunque sea con un minuto de campana, provoca reacciones viscerales.

Pero aquí conviene una distinción sencilla: que algo sea polémico no lo vuelve automáticamente injusto. A veces lo polémico revela que la conciencia está dormida y alguien ha encendido la luz.

No es un gesto aislado:

tiene un horizonte más amplio

La diócesis ha querido enmarcar la iniciativa dentro de una tradición ya recorrida en la Iglesia, con referencias a experiencias semejantes en distintos países y al acompañamiento de asociaciones como Sì alla Vita. En ese mismo horizonte se recuerda el impulso dado en ocasiones por el anterior Papa Francisco y la difusión de noticias sobre campanas similares a través de Vatican News.

En estos días también se ha citado un mensaje papal dirigido a la March for Life en Washington, D.C., animando especialmente a los jóvenes a trabajar para que se respete la vida humana en todas sus etapas, como base de una sociedad verdaderamente sana.

Y la idea ha encontrado eco: se ha contado el ejemplo de una parroquia en Modena que decidió hacer sonar también su campana a las 20:00 como gesto de solidaridad y sensibilización.


Cronología en 6 hitos (2021–2026)

1.     2021: se impulsa el proyecto y se prepara la campana en el marco de los “40 días” diocesanos.

2.     28 dic 2021 – 6 feb 2022: ciclo de oración y sensibilización al que queda vinculada la campana.

3.     5 feb 2022: bendición en la Concatedral de San Siro, durante la vigilia por la Jornada de la Vida.

4.     28 dic 2025: inauguración e inicio del toque diario a las 20:00, en la fiesta de los Santos Inocentes.

5.     4 ene 2026: comunicado de agradecimiento y aclaración del sentido: oración, contemplación y testimonio por la vida.

6.     enero 2026: expansión del debate y referencias a un marco más amplio, con llamadas a los jóvenes a proteger la vida humana.

Preguntas y respuestas para lectores no creyentes

o con otro modo de sentir

1) ¿Qué es exactamente la “Campana de los Niños No Nacidos”?
Es una campana instalada en la sede diocesana de Sanremo (en la torre de Villa Giovanna d’Arco) que suena cada día a las 20:00 durante un minuto, como invitación a la reflexión y a la oración por la vida naciente y por quienes sufren a causa del aborto.

2) ¿Por qué suena a las 20:00? ¿No es una provocación?
La intención no es provocar ni “señalar” a nadie, sino proponer un gesto diario que llame al silencio interior: conciencia, compasión y esperanza.

3) ¿De dónde sale esta iniciativa? ¿Es un “invento” reciente?
No. La campana se fundió en el marco de “40 Días por la Vida” 2021–2022, fue bendecida en 2022 y comenzó a sonar al instalarse definitivamente en 2025, tras obras en el edificio.

4) ¿Por qué el 28 de diciembre fue una fecha importante?
Porque en la tradición cristiana ese día se celebra a los Santos Inocentes, niños asesinados en tiempos de Herodes. La diócesis quiso unir esa memoria litúrgica con la de los niños no nacidos de hoy.

5) ¿Esto es “política” o “religión”?
Se plantea como un gesto pastoral y cultural, no como un acto partidista. Además, el valor de la vida humana no se reduce a una creencia confesional: se apoya también en la razón y en la idea de ley natural.

6) ¿La campana está “en contra de las mujeres”?
No. Se insiste en que el aborto deja heridas profundas y que la respuesta cristiana no puede ser el linchamiento, sino la verdad unida a la misericordia, incluyendo a las madres entre quienes necesitan consuelo y acompañamiento.

7) Si la intención es buena, ¿por qué hay polémica?
Porque el aborto es un tema social muy sensible y polarizado. Un signo público como una campana puede interpretarse como juicio, aunque sus promotores lo presenten como oración y llamada a la conciencia.

8) ¿Qué pretende lograr? ¿Cambiar leyes? ¿Convencer a todo el mundo?
Se pone el acento en lo inmediato: memoria, oración y misericordia; y, a la vez, una invitación a reflexionar sobre el valor de cada vida. No es un “atajo” para resolver el debate social, sino un recordatorio diario que abra preguntas.

9) ¿Hay precedentes de campanas similares?
Sí. Se señala que en varios contextos internacionales estas campanas se han convertido en símbolo de oración y esperanza por la vida naciente.

10) Si yo no soy creyente, ¿qué puedo hacer con esto?
Puedes leerlo como un gesto de memoria por vidas truncadas y como una invitación a una conversación más humana: apoyo a la maternidad, acompañamiento a situaciones difíciles, prevención de soledad y presión, y cuidado de quienes cargan heridas.


Recuadro final: frases clave del obispo para citar

  • Un minuto cada tarde para la conciencia, la oración y la misericordia.”
  • No buscamos polémica: queremos contemplación y oración común.”
  • Dar voz a quien no pudo tener voz.”
  • La respuesta cristiana pasa por amor, acogida y verdad.”
  • Que cada comunidad sea un lugar de esperanza y defensa de la vida.”

viernes, 30 de enero de 2026

Cuando la pornografía llega sin buscarla: cómo hablarlo en casa

 


Cuando la pornografía llega sin buscarla:

cómo hablarlo en casa

 

A veces la pornografía entra en la vida de un adolescente como entran tantas cosas hoy: sin pedir permiso y sin que nadie la haya invitado. Puede llegar por el móvil de un amigo, por un enlace en un grupo, por una escena de serie que va demasiado lejos, por una conversación subida de tono en un vestuario. Y, cuando llega, en casa solemos movernos entre dos extremos: o lo convertimos en una bronca, o fingimos que no existe. Ninguno de los dos caminos suele ayudar.

 Lo que de verdad marca la diferencia suele ser más sencillo y más difícil a la vez: crear un clima donde se pueda hablar sin miedo y, al mismo tiempo, poner apoyos concretos para los días flojos. Porque, a estas edades, el “freno” aún está madurando; el impulso gana más fácilmente, sobre todo de noche y a solas. No es excusa. Es contexto. Y el contexto importa.

Cuando el tema entra por la puerta de atrás

Imagina una escena sencilla. La madre está fregando. Verónica entra a por un vaso de agua, deja la bolsa del entrenamiento en el suelo y rebusca algo en la nevera.

—Vero… ¿han reformado las duchas del vestuario o sigue aquello igual?

No parece una pregunta “sobre pornografía”. Y precisamente por eso funciona. Porque es normal. Porque no la pone contra la pared. Y porque, si ella quiere, puede contestar con una frase corta que ya te da una pista: “igual”, “mejor”, “un asco”, “pasan de todo”.

La madre no sigue con un interrogatorio. Solo añade, como quien sigue con lo suyo:

—¿Y se está a gusto allí o es de mucho jaleo?

A veces esa es la puerta. En esa respuesta viene el clima: si se cuida la intimidad o si se comenta todo, si se respeta o si se ridiculiza, si una sale de allí tranquila o con ruido por dentro. No hace falta pedir detalles. La clave es que ella note que puede decir “me incomoda” sin sentirse rara.

El espejo, el vestuario y la presión que nadie firma

Verónica tiene quince años, juega en un equipo de baloncesto, se esfuerza. Pero la adolescencia trae un ingrediente que no se entrena con series: el espejo, a ratos, se vuelve juez. Y el mundo, además, pone el listón altísimo y te lo cobra caro.

Un día sale en el telediario una pieza sobre anorexia y bulimia. El padre está recogiendo la mesa, sin mirar a nadie como quien va a “dar lección”.

—Qué duro… A vuestra edad la cabeza puede ser cruel. ¿En tu clase o en el equipo se habla mucho del cuerpo o pasan del tema?

Si ella responde con un “bah, normal”, él no corrige. No moraliza. Solo deja caer una frase que suena a vida, no a sermón:

—Ya… es que lo normal a veces viene con mucha presión escondida.

Y ahí el padre puede hacer algo fino: no preguntar “qué te pasa”, sino preguntar “qué te deja”.

—Tú, cuando te miras, ¿te dejas en paz… o te das caña?

A veces ella se encoge de hombros. A veces suelta un “me agobio”. Y ese “me agobio” vale oro, porque ya no está sola con ello.

Luego están las redes. La madre dobla ropa; Verónica pasa con la toalla.

—Madre mía, estos filtros… ¿tú crees que alguien se ve así en la vida real?

Verónica se ríe. Y en esa risa hay un alivio pequeño: por fin alguien nombra la trampa sin señalarla.

—Es que luego nos miramos a nosotros y parece que estamos mal hechos —dice la madre, como quien comenta el tiempo.

Y, si el momento lo permite:

—¿A ti te salen muchas cosas así… o lo tienes más o menos controlado?

No hace falta más. La conversación se queda flotando. A veces vuelve dos días después, cuando ella se enfada por una tontería y, sin querer, se le escapa lo de siempre: “me veo fatal”. Por eso importa el tono: que sea una oferta, no una revisión.

Hugo, el recreo y el móvil ajeno

Hugo tiene dieciséis, aún no ha pegado del todo el estirón y es pelirrojo intenso. En clase algunos le llaman “la hoguera”. Lo dicen riéndose, como si no pasara nada. Pero cuando un mote se repite, deja de ser broma; se convierte en etiqueta. Y las etiquetas se clavan por dentro.

No hace falta montar una escena solemne para tocarlo. El padre está sacando la basura y lo dice como quien comenta el día:

—Oye, ¿qué tal lo de “la hoguera” hoy?

Hugo responde lo que responden muchos:

—Nada. Es broma.

El padre no discute con un “no, no es broma”. No le da una conferencia. Solo comparte una verdad pequeña, de esas que no humillan:

—Ya… a mí también me dijeron un mote una temporada. Yo decía “me da igual”, pero por dentro cansaba.

Y lo deja ahí. Porque esa frase le da a Hugo permiso para una cosa muy simple y muy difícil: que le pueda doler sin sentirse menos.

Luego está lo otro. Hugo no tiene por qué ser “el que busca”, pero algunos amigos ya tienen smartphone y, en algún recreo, circulan fotos y vídeos pornográficos explícitos. A veces te lo enseñan como quien enseña un meme. Y ahí, si no estás muy firme por dentro, te dejas llevar por el grupo.

El padre barre el pasillo. Hugo cruza con la mochila. No se miran fijo. Mejor así.

—He leído que en los recreos circulan vídeos fuertes por los móviles. ¿Eso pasa de verdad… o es cuento de mayores?

Hugo minimiza, se ríe, dice “depende”. El padre no remata con “pues te reviso el móvil”. Al revés: deja claro que la conversación no viene con un interrogatorio de regalo.

—Vale. Te lo pregunto porque, si un día te enseñan algo que te deja raro, prefiero que lo puedas soltar aquí. Sin detalles, sin líos.

A muchos chicos les cuesta hablar no porque no tengan nada que decir, sino porque temen la segunda parte: el informe completo, la bronca, la cara de susto. Si quitamos ese miedo, a veces aparece lo que de verdad pasa.

Noticias que ponen palabras donde antes había silencio

Hay conversaciones que nacen solas porque la realidad entra por la tele. Un día aparece una noticia: la Guardia Civil y la Policía Nacional han desarticulado una red mafiosa de pornografía. Explotación. Menores. Dinero. Una parte fea del mundo.

El adulto, si es listo, no hace un comentario moralista. Hace uno humano:

—Qué asco… y qué pena. Es que detrás de muchas cosas hay gente destrozada.

Esa frase cambia el enfoque. No va de “prohibido”. Va de personas. Y luego, casi sin querer:

—¿De esto se habla en el instituto… o ni se toca?

A veces la respuesta sorprende: muchos jóvenes no lo han pensado nunca. Han visto contenido, pero no han pensado en historias reales, en daños reales, en gente real. Nombrarlo con sobriedad despierta empatía. Y la empatía es, en el fondo, lo contrario de consumir.

Otro día ponen un documental sobre un joven que se quedó atrapado. Empezó por curiosidad. Terminó aislado, con vergüenza y con una vida que se iba apagando fuera de la pantalla. Hugo pasa por el salón y hace como que no mira. El padre no lo llama a filas. Solo deja caer una pregunta, como quien piensa en voz alta:

—¿Tú crees que hoy es fácil parar cuando algo engancha?

Hablar así permite que el adolescente responda como observador, sin sentirse acusado. Y eso, en temas delicados, es medio camino.

El amor como examen y la presión de “dar la talla”

Hay otra trampa silenciosa: la presión de “dar la talla”. Muchos adolescentes sienten que todo es un examen: el cuerpo, la popularidad, la obligación de opinar de todo, y también la intimidad, como si el amor fuera una actuación que hay que hacer bien.

A veces esta idea entra por series. Están viendo una escena rápida, perfecta, sin ternura, sin conversación, sin cuidado. El padre no se pone a predicar. Solo pregunta, como quien comenta un guion:

—¿Tú crees que eso es lo normal?

Y si se ríen, él no se ofende. Solo añade, sin dramatismo:

—Es que a veces lo que se ve parece que es “lo que hay que hacer” … y luego la gente va con presión, como si el amor fuera un examen.

Decirlo así no arregla la vida, pero afloja el nudo. Les da permiso para pensar: “igual no tengo que demostrar nada”.

Una brújula sencilla para la dignidad

En medio de tantas voces, ayuda una frase breve que sirva para todo. No un discurso. Una brújula.

Surge de cualquier historia: un amigo que presiona, un comentario que incomoda, una escena que normaliza lo que no debería normalizarse. El adulto lo suelta como quien habla desde experiencia, no desde superioridad:

—A mí hay algo que me ayuda a discernir: cuando alguien te quiere de verdad, no te empuja. Te cuida.

Esa frase vale para la pareja, para los amigos, para el grupo, para el mundo digital. Y vale también para uno mismo: tratarnos con cuidado, no como un objeto que tiene que rendir.

Si te cae encima algo explícito:

que no se convierta en una habitación cerrada

Aquí conviene ser prácticos sin volvernos fríos. Porque, cuando aparece una imagen o un vídeo explícito, lo difícil no es solo “lo vi”; lo difícil es lo que se queda luego dando vueltas. Y el riesgo grande es que eso se convierta en una habitación cerrada: curiosidad, vergüenza y repetición a solas.

Un padre puede decirlo en el coche, sin mirarlo fijo, casi como quien deja una herramienta encima de la mesa:

—Si un día te enseñan algo y te quedas mal, lo primero es quitarlo de delante y salir de ahí. Y si luego se te queda pegado en la cabeza, no te quedes peleando solo con eso. Dímelo como te salga. Con que me digas “me han enseñado algo” ya sé por dónde empezar a ayudarte.

Y aquí una honestidad que ayuda mucho:

—Si algún día me lo cuentas y yo al principio me pongo torpe, ayúdame. No estoy contra ti. Estoy contigo.

Decir esto desactiva el miedo a “si lo cuento, se monta un incendio”. Porque lo que más aísla no es el contenido; es el terror a la reacción.

Barandillas: apoyos para los días flojos

Hay decisiones domésticas que, bien explicadas, ayudan mucho. No como castigo, sino como apoyo. Hay días en que la voluntad flaquea, sobre todo de noche, y el teléfono a un metro de la cama es una tentación innecesaria. Lo mismo en el baño, o cuando uno se encierra y se queda pasando pantalla tras pantalla.

Aquí, lo que funciona es que no parezca un control “sobre ti”, sino un cuidado “de todos”. Imagina una escena breve: la familia en la cocina, diez minutos. El padre deja un cargador en la entrada y dice, sin solemnidad:

—En esta casa vamos a probar una cosa. Los móviles duermen aquí. También el mío. No porque no confiemos, sino porque a estas horas todos estamos más flojos y el descanso lo paga caro.

Y se añaden dos barandillas más, con la misma lógica: el baño sin pantallas, y el ordenador en un lugar común o con la puerta abierta cuando se usa. No por vigilancia, sino por amor y ayuda. En algunas salidas con amigos, un teléfono sin internet puede ser un descanso real: no para infantilizar, sino para darle al chico un poco de aire cuando sabe que está más vulnerable.

Cuando el marco es este, cambia la conversación. Ya no es “te vigilo”. Es “te cuido; nos cuidamos”.

Cuando retirar el móvil provoca pánico,

ya no hablamos de un enfado normal

Y ahora viene una escena distinta. Noche. Se acaba el tiempo pactado. El padre dice, sin brusquedad:

—Venga, móvil fuera, a cargar.

Y el hijo explota. No un enfado normal. Algo más feo: pánico, furia desproporcionada, desesperación real, como si le hubieras quitado el aire. Ahí es fácil que el adulto se suba al ring y lo convierta en una guerra de autoridad. Pero suele ayudar más bajar el volumen y cambiar el marco.

El padre respira y dice, despacio:

—No me preocupa que te enfades. Me preocupa lo mal que lo estás pasando. Esta reacción es demasiado grande para esto. Parece que el móvil te está haciendo sufrir.

Y aquí entra lo decisivo: el mensaje de equipo, sin etiquetas que humillen.

—Esto no te define. No eres “esto”. Pero sí te está pasando. Y no vamos a dejarte solo contra esto.

Si además hay sueño roto, irritabilidad constante, aislamiento, o una energía enorme dedicada a saltarse controles, conviene no esperar meses a ver “si se le pasa”. Ahí, pedir apoyo no es rendirse; es abrir una salida de emergencia. Limitar más no como castigo, sino como oxígeno. Y buscar ayuda profesional no como etiqueta, sino como camino.

Si eres joven y te reconoces en esto

Si tienes quince o dieciséis y alguna vez te han enseñado algo explícito, o has acabado mirando más de lo que querías, o te ha dado vergüenza reconocerlo, no estás solo ni eres raro. Te ha tocado vivir en un entorno complicado. Lo que sí suele empeorar las cosas es quedarte encerrado y pensar que “esto ya me lo arreglo yo” mientras por dentro te vas apagando.

Pedir ayuda a tiempo no te hace débil. Te hace lúcido. Y, si además hay fe en casa, esto se vive todavía con más esperanza: no desde la etiqueta, sino desde la misericordia; no desde el juicio, sino desde el cuidado.

El puerto seguro y el arte de respetar el silencio

Ser “puerto seguro” no significa tener todas las respuestas ni dar conferencias brillantes. Significa algo más humilde: estar. Ser ese adulto que aguanta la incomodidad sin convertirla en juicio.

Por eso, si lanzamos una pregunta y Hugo contesta “nada, es broma”, o Verónica se encoge de hombros, no hay que forzar. Se deja la semilla. Se sigue barriendo. Se cambia de tema. A veces lo más inteligente es no hacer nada… para que un día, cuando sí quieran hablar, no recuerden una emboscada, sino una casa tranquila.

Y, a los pocos días, sin decir “tenemos pendiente lo de la pornografía”, aparece otra ocasión. Una serie. Una noticia. Una escena. Y el adulto comenta, como observador:

—Oye, ¿tú crees que eso es lo normal… o es solo tele?

Si no responden, no pasa nada. La puerta queda visible.

A modo de conclusión: primero vínculo, luego apoyos;

y si hay pánico, salida de emergencia

Al final, todo esto no va de ganar batallas. Va de cuidar personas. Verónica está aprendiendo a mirarse en un mundo que la mide. Hugo está aprendiendo a pertenecer en un mundo que empuja. Los dos están aprendiendo a amar en un tiempo que confunde deseo con consumo y cercanía con rendimiento.

Como padres, muchas veces no necesitamos convertirnos en expertos; necesitamos ser presencia segura. Y como jóvenes, no necesitamos tenerlo todo claro; necesitamos tener a alguien con quien hablar sin máscaras.

Si una familia consigue algo, que sea esto: que en casa se pueda decir, mientras se friega o se barre: “Hoy me he quedado raro por dentro”. Y que la respuesta no sea una bronca ni un sermón, sino un “vale… cuéntame lo que quieras. Y si no quieres, aquí estoy igual”.

miércoles, 28 de enero de 2026

El noviazgo: El arte de decir sí o decir no a tiempo.


El noviazgo
: El arte de decir sí o decir no a tiempo. 

No es el chicle emocional que estiramos

por miedo a no quedarnos solos

Emma y Alfredo se despiden en el portal. Son jóvenes, tienen 22 y 24 respectivamente. Un abrazo, un “luego hablamos”, y cada uno sube a su casa. No viven juntos, porque no están casados. A ratos les da pereza. Hay que cuadrar horarios, cenas familiares, y esa logística rara de “te llamo cuando llegue” como si fueran adolescentes con carné de conducir recién estrenado. Pero esa distancia también tiene una ventaja enorme. Les impide fingir un matrimonio que todavía no existe. Les devuelve libertad para lo que el noviazgo es de verdad, un tiempo de discernimiento serio y sereno, y una escuela de comunión.

Alfredo, con su humor, dice que “discernir” suena a palabra de sacristía. Emma le contesta que también “hipoteca” suena poco romántico y aun así determina la vida. Se ríen. Y en esa risa se cuela una intuición que les va sosteniendo. Amar no es solo sentir. Amar es aprender.

Hechos para amar, llamados a la comunión

Ellos lo han oído muchas veces y, sobre todo, lo van descubriendo por dentro. Nuestra condición de hombre y mujer no es solo biología. En nosotros hay una llamada al amor. Y esa llamada pide comunión, porque el amor no vive en abstracto. Vive en un tú real, distinto de mí, con su historia, sus ritmos, sus heridas y sus dones.

Y si apuramos la honestidad, el corazón quiere una plenitud que aquí nunca acaba de cerrarse del todo. Por eso, en clave cristiana, esa sed apunta a Dios. La plenitud definitiva se consuma en Él.

El gran obstáculo de ese camino rara vez viene con cara de villano. Viene como narcisismo cotidiano. Esa dificultad para salir del yo, ese deseo de que el otro encaje sin complicarnos, esa tentación de convertir el amor en un servicio a nuestras necesidades. Y aquí conviene sostener una frase que explica muchas cosas. Lo que se repite se instala. Si repetimos el “yo primero”, se instala. Si repetimos el “no me pidas”, se instala. Y un día nos preguntamos por qué nos cuesta tanto construir comunión.

Novios, no solo “pareja” que va tirando

A Emma le sorprende lo poco que se usa ya la palabra “novios”. Se dice “pareja” para todo. Alfredo al principio se encoge de hombros, pero luego cae. “Pareja” suena a estar al lado. “Novios” sugiere algo nuevo que nace entre dos, una comunión con entidad, una historia que empieza a hacerse real.

El lenguaje no es inocente. Muchas veces revela cómo vivimos antes de que nos atrevamos a decirlo.

En el entorno de Emma y Alfredo hay de todo, como en casi cualquier grupo hoy. Tienen amigos que se lían, se dejan llevar, viven una etapa intensa, y al cabo de un tiempo rompen. No siempre hay drama, pero casi siempre queda una resaca por dentro, como si hubieran prometido con el cuerpo algo que nunca se prometieron con la vida. Tienen otros amigos que salen con personas del mismo sexo. Son amigos queridos, con alegrías reales y heridas reales, y Emma y Alfredo lo saben. Y también conocen a quienes buscan algo ligero, lo que se llama popularmente (y de un modo muy vulgar) “folla amigos”, un nombre un poco bruto, sí, pero que retrata bien la idea de fondo. Un acuerdo que suena libre y moderno, y que a veces termina dejando el corazón más solo de lo que estaba. No porque la gente sea mala, sino porque el corazón no siempre entiende de contratos.

Ellos miran todo eso sin superioridad y sin ingenuidad. Se hacen una pregunta adulta. ¿Qué está pasando por dentro para que cueste tanto una comunión estable, serena, con horizonte?

Vivimos en una cultura que subraya mucho la autonomía. Todo lo auto, todo lo que no me ate, todo lo que no me complique. Tiene su parte buena, nadie quiere relaciones de control. Pero cuando la autonomía se vive como rival de la comunión, aparece una soledad dramática. Mucha independencia y poco hogar interior. Y aquí se cuela otro hilo que conviene no perder. La prisa roba conversación. Sin conversación profunda, el amor se queda en superficie.

Discernir y crecer, las dos tareas sin maquillaje

Emma lo expresa con claridad. “Yo no quiero estar contigo por inercia. Quiero saber si esto es vocación”. Alfredo, que suele ir más lento para verbalizar, asiente. El noviazgo tiene dos finalidades grandes. Discernir y crecer en comunión.

Discernir no es desconfiar. Es mirar la realidad con luz, con Dios dentro, y con libertad interior. Ver si esta persona es la que el Señor ha puesto en mi camino. Y crecer en comunión es aprender a amar, aprender a salir de uno mismo, aprender a entregar sin convertir la relación en una negociación de cuotas.

Esto se juega en escenas pequeñas. Emma llega un día irritable, más sensible, con la piel fina. Hay algo muy humano, y en muchas mujeres también muy corporal, que hace que vivan ritmos y cambios de energía con cierta ciclicidad. No todas lo experimentan igual, y tampoco en los hombres todo es plano y constante, pero a Emma le pasa y a Alfredo le toca aprenderlo. No es un defecto, es naturaleza. No es una excusa para herir, es una invitación a conocerse y cuidarse. Alfredo aprende a no tomarse todo como ataque personal. Emma aprende a poner palabras y a pedir cuidado sin convertir el malestar en un látigo. Ese aprendizaje, hecho con ternura, es oro para un matrimonio futuro.

En esos momentos se nota otro mecanismo. Lo que nos calma educa. Si nos calmamos con diálogo y comunión, aprendemos comunión. Si nos calmamos tapando lo de fondo con atajos, aprendemos a tapar. Y lo tapado no desaparece, crece en silencio.

Seis virtudes con zapatos de calle

Para que haya comunión, hace falta virtud, en el sentido más cotidiano. Hábitos que sostienen el amor cuando no apetece.

La generosidad se ve cuando el otro no es un proyecto de felicidad personal, sino alguien a quien servir. Alfredo acompaña a Emma a una comida familiar que le da pereza. Emma acompaña a Alfredo a un compromiso que no le entusiasma. Y ambos descubren que el amor respira cuando dejamos de estar en el centro.

Alfredo repite una broma que le encanta. Para que una familia funcione tiene que haber al menos un tonto, y para que sea feliz conviene que los dos compitan por serlo. Es humor, sí. Y es una verdad profunda. El hogar se sostiene con pequeños “ya lo hago yo” dichos sin resentimiento.

La paciencia aparece cuando los ritmos no coinciden. Uno crece más rápido en unas cosas y más lento en otras. Y, curiosamente, cuando uno está peor, cuando menos “brilla”, suele ser cuando más necesita comprensión.

La sinceridad es imprescindible para discernir. No se puede amar bien si el otro no sabe con quién está. Muchas medias verdades nacen de la vanidad o de la inseguridad, ese deseo de gustar a cualquier precio. Y aquí conviene recordar otro hilo. Lo que se vive en secreto crece. Si escondemos, crece la sombra. Si hablamos con verdad, crece la confianza.

La humildad permite la corrección fraterna. Un noviazgo no necesita dos perfectos. Necesita dos humildes, con ganas de conversión, capaces de decir y escuchar sin que el mundo se hunda.

La mortificación del carácter es realismo puro. “Yo soy así” suele salir justo cuando más necesitamos cambiar. No se trata de fingir otra personalidad, se trata de dominar lo que destruye. Nadie quiere una relación donde todos anden de puntillas porque “hoy viene torcido”.

Y la libertad interior frente a los apegos evita guerras absurdas. “En mi casa siempre fue así” no puede ser un dogma. Si relativizamos lo importante, terminamos dogmatizando tonterías. La libertad interior pone orden.

Cuidar el discernimiento con límites que liberan

Emma y Alfredo no quieren vivir el noviazgo como una montaña rusa ni como un examen de sospecha. Quieren ser serenos. Y, para eso, les ayuda poner límites que no enfrían el amor, lo protegen.

Empiezan por lo más obvio y lo más fácil de olvidar. No dejar a Dios fuera. No como guinda final, sino desde el principio. Preguntar por la vocación, rezar, compartir vida de fe, ir juntos a la Eucaristía cuando se puede. Y si uno se enamora de alguien no creyente, es un reto grande. No lo hace imposible, pero el discernimiento se vuelve más exigente y pide más vida interior.

Luego aparece la sinceridad sin maquillaje. No engañar para agradar, no ocultar lo decisivo, no jugar a ser otro. Y aquí entra también la fidelidad. En un noviazgo, una infidelidad no es una anécdota. Se puede y se debe perdonar, porque perdonar nos hace libres. Pero el noviazgo está para discernir, y una infidelidad suele ser un dato muy serio para ese discernimiento. Alfredo lo diría con humor para quitar hierro al drama y ponerlo donde toca. Te perdono, sí, pero que se busque otra. Detrás de la frase hay una idea limpia. El perdón cura el corazón, pero no convierte en bueno lo que no es bueno ni obliga a seguir donde ya se ha visto algo decisivo. No se trata de venganza, se trata de dignidad y claridad.

A Emma le ayuda otro detalle. No pretender cambiar al otro como condición para que esto funcione. Se discierne desde lo que hay, no desde la fantasía de lo que podría llegar a ser. Y, para no autoengañarse, conviene no perder la objetividad. El enamoramiento puede ofuscar. Por eso hace falta un punto de razón y un punto de realidad.

Si alguna vez asoma la violencia, aunque sea en forma de gritos o humillación, el límite es firme. La dignidad no se negocia.

Y aquí entra la castidad, que conviene decirla con pedagogía y sin tono de bronca. En el noviazgo, la castidad no es un “no” por miedo ni una rareza para gente antigua. Es una apuesta por amar con más verdad y con más fuerza cuando llegue el matrimonio. La sexualidad tiene un lenguaje enorme, con el cuerpo decimos “me entrego del todo”. Y ese “del todo” necesita un marco verdadero para no convertirse en teatro o en pegamento para que la relación no se rompa. Mientras discernimos, todavía estamos aprendiendo si esa entrega total es real, si hay comunión, si hay libertad, si hay un sí definitivo. Por eso esperar no enfría el amor, lo educa. Es como decirle al otro con hechos “tu cuerpo no es un atajo para calmarme ni un remedio para tapar conflictos, tú eres una persona y mereces que yo te quiera entero”. Y además entrena algo precioso para el matrimonio, la capacidad de amar con intensidad sin usar lo inmediato como anestesia, sosteniendo el deseo con ternura, paciencia y dominio de sí. La castidad, vivida así, se convierte en un signo claro de respeto hacia la otra persona y en un entrenamiento para una entrega más plena y más alegre cuando toque.

También les ayuda dejar que otros les hablen. No para que otros decidan por ellos, sino porque desde fuera se ven cosas que desde dentro no vemos. El grupo escribe guiones. A veces el guion dice “si no haces esto, eres raro”. Escuchar voces sensatas no quita libertad, la devuelve.

Por eso se entrenan en preguntar en vez de presuponer. Hablar de valores, de expectativas, de límites, de proyectos. Si no se habla, se supone. Y lo supuesto suele explotar tarde. Y cuentan también con la familia, no para vivir pegados a ella, sino para reconocer que influye. Conocerla ayuda a conocer a la persona. Y el amor crece cuando uno aprende a querer, por amor al otro, lo que el otro ama. Incluso a los suegros, que no siempre es fácil, pero casi nunca es aburrido.

Y, por debajo de todo, sostienen un combate silencioso. No pactar con el narcisismo. No buscar a alguien que me haga feliz como si el otro fuera un servicio, sino aprender a hacer feliz al otro. No se trata de anularse. Se trata de salir del centro.

Si es, es, y si no es, no lo es;

No es el chicle emocional que estiramos

por miedo a no quedarnos solos

Aquí Emma lo dice con una claridad que desarma, y Alfredo asiente con esa seriedad rara que le sale cuando toca. El noviazgo, cuando lo vivimos con verdad, es un tiempo de discernimiento serio y sereno, no un chicle emocional que estiramos por miedo a quedarnos solos o por no tener que explicar nada en la próxima comida familiar. Es una etapa para mirar la realidad con cariño y con luz, sin autoengaños, con Dios dentro, y con esa libertad interior que evita convertir el corazón del otro en sala de espera. Por eso la frase es simple y liberadora, si es, es; y si no es, no lo es. Y cuando no lo es, se deja sin dañar en lo posible, sin teatralizar, sin humillar, sin abrir la intimidad como si fuera un álbum para el grupo, con gratitud por lo bueno y con la valentía de decir un no limpio. Que a veces duele, claro, pero duele menos que un “ya veremos” eterno, que es como dejar la puerta entornada para que entre frío y nadie se atreva a cerrarla.

No vivas como casado si aún estás discerniendo,

o romper será un drama.

Y aquí vuelve una advertencia práctica que a ellos les ayuda, precisamente porque viven cada uno con sus padres. Si en el noviazgo creamos vínculos como si todo estuviera consumado, luego cortar se vuelve un drama. Emma lo vio con una amiga que metió a su novio en casa desde el primer día. Cenaba con los suegros, cogía confianza con el perro, y al tercer mes ya parecía que había un yerno oficial en plantilla. Cuando la cosa se torció, el problema no era solo cortar con él, era cortar con toda la escena familiar montada alrededor. Alfredo lo resume con humor. No conviertas el discernimiento en una telenovela de sobremesa, que luego nadie sabe cómo apagar la tele.

También han visto el caso de los regalos desproporcionados. Alguien que, estando todavía en “estamos viendo”, regala un ordenador, o una cosa así, como quien dice “firma aquí”. Y claro, luego, si hay que decir que no, no solo se rompe una relación, también se abre un cajón de deudas emocionales. No es que un regalo sea malo. Es que hay regalos que, sin querer, tienen forma de anzuelo. Y el noviazgo necesita libertad para que, si no es, no sea, sin dramas añadidos.

La libertad no es frialdad. Es caridad. Es cuidar al otro y cuidarse, para no quedarse atados a una agonía anterior que impida ver lo que el Señor quiera mostrar.

Un final doméstico que lo resume todo

Esa noche, ya en su cuarto, Emma deja el móvil en la mesilla y se queda mirando el techo. No está triste. Está pensando. Al otro lado de la ciudad, Alfredo hace lo mismo, solo que él lo llama “desconectar” para que no parezca que tiene vida interior, que ya sabemos cómo sois algunos.

No están haciendo un examen de perfección. Están aprendiendo a amar con verdad. A discernir con serenidad. A no pactar con el narcisismo. A dejar a Dios dentro. A cuidar la libertad para que un sí sea sí, y para que un no sea un no que no destroce.

Y mañana, cuando se vuelvan a ver, quizá no tengan ninguna frase brillante. A lo mejor solo una mirada limpia y un “¿hablamos de eso que dijimos?”. Y eso, en el fondo, ya es una promesa de comunión.