El noviazgo: El arte de decir sí o decir no a tiempo.
No es el chicle emocional que estiramos
por miedo a no quedarnos solos
Emma y Alfredo se despiden en el portal. Son jóvenes, tienen 22 y 24 respectivamente.
Un abrazo, un “luego hablamos”, y cada uno sube a su casa. No viven
juntos, porque no están casados. A ratos les da pereza. Hay que cuadrar
horarios, cenas familiares, y esa logística rara de “te llamo cuando llegue”
como si fueran adolescentes con carné de conducir recién estrenado. Pero esa
distancia también tiene una ventaja enorme. Les impide fingir un matrimonio que
todavía no existe. Les devuelve libertad para lo que el noviazgo es de verdad,
un tiempo de discernimiento serio y sereno, y una escuela de comunión.
Alfredo, con su humor, dice que “discernir” suena a palabra de sacristía.
Emma le contesta que también “hipoteca” suena poco romántico y aun así
determina la vida. Se ríen. Y en esa risa se cuela una intuición que les va
sosteniendo. Amar no es solo sentir. Amar es aprender.
Hechos para amar, llamados a la comunión
Ellos lo han oído muchas veces y, sobre todo, lo van descubriendo por
dentro. Nuestra condición de hombre y mujer no es solo biología. En nosotros
hay una llamada al amor. Y esa llamada pide comunión, porque el amor no vive en
abstracto. Vive en un tú real, distinto de mí, con su historia, sus ritmos, sus
heridas y sus dones.
Y si apuramos la honestidad, el corazón quiere una plenitud que aquí nunca
acaba de cerrarse del todo. Por eso, en clave cristiana, esa sed apunta a Dios.
La plenitud definitiva se consuma en Él.
El gran obstáculo de ese camino rara vez viene con cara de villano. Viene
como narcisismo cotidiano. Esa dificultad para salir del yo, ese deseo de que
el otro encaje sin complicarnos, esa tentación de convertir el amor en un
servicio a nuestras necesidades. Y aquí conviene sostener una frase que explica
muchas cosas. Lo que se repite se instala. Si repetimos el “yo primero”,
se instala. Si repetimos el “no me pidas”, se instala. Y un día nos preguntamos
por qué nos cuesta tanto construir comunión.
Novios, no solo “pareja” que va tirando
A Emma le sorprende lo poco que se usa ya la palabra “novios”. Se dice
“pareja” para todo. Alfredo al principio se encoge de hombros, pero luego cae.
“Pareja” suena a estar al lado. “Novios” sugiere algo nuevo que nace entre dos,
una comunión con entidad, una historia que empieza a hacerse real.
El lenguaje no es inocente. Muchas veces revela cómo vivimos antes de que
nos atrevamos a decirlo.
En el entorno de Emma y Alfredo hay de todo, como en casi cualquier grupo
hoy. Tienen amigos que se lían, se dejan llevar, viven una etapa intensa, y al
cabo de un tiempo rompen. No siempre hay drama, pero casi siempre queda una
resaca por dentro, como si hubieran prometido con el cuerpo algo que nunca se
prometieron con la vida. Tienen otros amigos que salen con personas del mismo
sexo. Son amigos queridos, con alegrías reales y heridas reales, y Emma y
Alfredo lo saben. Y también conocen a quienes buscan algo ligero, lo que se
llama popularmente (y de un modo muy vulgar) “folla amigos”, un nombre
un poco bruto, sí, pero que retrata bien la idea de fondo. Un acuerdo que suena
libre y moderno, y que a veces termina dejando el corazón más solo de lo que
estaba. No porque la gente sea mala, sino porque el corazón no siempre entiende
de contratos.
Ellos miran todo eso sin superioridad y sin ingenuidad. Se hacen una
pregunta adulta. ¿Qué está pasando por dentro para que cueste tanto una
comunión estable, serena, con horizonte?
Vivimos en una cultura que subraya mucho la autonomía. Todo lo auto, todo
lo que no me ate, todo lo que no me complique. Tiene su parte buena, nadie
quiere relaciones de control. Pero cuando la autonomía se vive como rival de la
comunión, aparece una soledad dramática. Mucha independencia y poco hogar
interior. Y aquí se cuela otro hilo que conviene no perder. La prisa roba
conversación. Sin conversación profunda, el amor se queda en superficie.
Discernir y crecer, las dos tareas sin maquillaje
Emma lo expresa con claridad. “Yo no quiero estar contigo por inercia.
Quiero saber si esto es vocación”. Alfredo, que suele ir más lento para
verbalizar, asiente. El noviazgo tiene dos finalidades grandes. Discernir y
crecer en comunión.
Discernir no es desconfiar. Es mirar la realidad con luz, con Dios dentro,
y con libertad interior. Ver si esta persona es la que el Señor ha puesto en mi
camino. Y crecer en comunión es aprender a amar, aprender a salir de uno mismo,
aprender a entregar sin convertir la relación en una negociación de cuotas.
Esto se juega en escenas pequeñas. Emma llega un día irritable, más
sensible, con la piel fina. Hay algo muy humano, y en muchas mujeres también
muy corporal, que hace que vivan ritmos y cambios de energía con cierta
ciclicidad. No todas lo experimentan igual, y tampoco en los hombres todo es
plano y constante, pero a Emma le pasa y a Alfredo le toca aprenderlo. No es un
defecto, es naturaleza. No es una excusa para herir, es una invitación a
conocerse y cuidarse. Alfredo aprende a no tomarse todo como ataque personal.
Emma aprende a poner palabras y a pedir cuidado sin convertir el malestar en un
látigo. Ese aprendizaje, hecho con ternura, es oro para un matrimonio futuro.
En esos momentos se nota otro mecanismo. Lo que nos calma educa. Si
nos calmamos con diálogo y comunión, aprendemos comunión. Si nos calmamos
tapando lo de fondo con atajos, aprendemos a tapar. Y lo tapado no desaparece,
crece en silencio.
Seis virtudes con zapatos de calle
Para que haya comunión, hace falta virtud, en el sentido más cotidiano.
Hábitos que sostienen el amor cuando no apetece.
La generosidad se ve cuando el otro no es un proyecto de
felicidad personal, sino alguien a quien servir. Alfredo acompaña a Emma a una
comida familiar que le da pereza. Emma acompaña a Alfredo a un compromiso que
no le entusiasma. Y ambos descubren que el amor respira cuando dejamos de estar
en el centro.
Alfredo repite una broma que le encanta. Para que una familia funcione
tiene que haber al menos un tonto, y para que sea feliz conviene que los dos
compitan por serlo. Es humor, sí. Y es una verdad profunda. El hogar se
sostiene con pequeños “ya lo hago yo” dichos sin resentimiento.
La paciencia aparece cuando los ritmos no coinciden. Uno
crece más rápido en unas cosas y más lento en otras. Y, curiosamente, cuando
uno está peor, cuando menos “brilla”, suele ser cuando más necesita
comprensión.
La sinceridad es imprescindible para discernir. No se puede
amar bien si el otro no sabe con quién está. Muchas medias verdades nacen de la
vanidad o de la inseguridad, ese deseo de gustar a cualquier precio. Y aquí
conviene recordar otro hilo. Lo que se vive en secreto crece. Si
escondemos, crece la sombra. Si hablamos con verdad, crece la confianza.
La humildad permite la corrección fraterna. Un noviazgo no
necesita dos perfectos. Necesita dos humildes, con ganas de conversión, capaces
de decir y escuchar sin que el mundo se hunda.
La mortificación del carácter es realismo
puro. “Yo soy así” suele salir justo cuando más necesitamos cambiar. No se
trata de fingir otra personalidad, se trata de dominar lo que destruye. Nadie
quiere una relación donde todos anden de puntillas porque “hoy viene torcido”.
Y la libertad interior frente a los apegos evita guerras absurdas.
“En mi casa siempre fue así” no puede ser un dogma. Si relativizamos lo
importante, terminamos dogmatizando tonterías. La libertad interior pone orden.
Cuidar el discernimiento con límites que liberan
Emma y Alfredo no quieren vivir el noviazgo como una montaña rusa ni como
un examen de sospecha. Quieren ser serenos. Y, para eso, les ayuda poner
límites que no enfrían el amor, lo protegen.
Empiezan por lo más obvio y lo más fácil de olvidar. No dejar a Dios
fuera. No como guinda final, sino desde el principio. Preguntar por la
vocación, rezar, compartir vida de fe, ir juntos a la Eucaristía cuando se
puede. Y si uno se enamora de alguien no creyente, es un reto grande. No lo
hace imposible, pero el discernimiento se vuelve más exigente y pide más vida
interior.
Luego aparece la sinceridad sin maquillaje. No engañar para agradar,
no ocultar lo decisivo, no jugar a ser otro. Y aquí entra también la fidelidad.
En un noviazgo, una infidelidad no es una anécdota. Se puede y se debe
perdonar, porque perdonar nos hace libres. Pero el noviazgo está para discernir,
y una infidelidad suele ser un dato muy serio para ese discernimiento. Alfredo
lo diría con humor para quitar hierro al drama y ponerlo donde toca. Te
perdono, sí, pero que se busque otra. Detrás de la frase hay una idea limpia. El
perdón cura el corazón, pero no convierte en bueno lo que no es bueno ni
obliga a seguir donde ya se ha visto algo decisivo. No se trata de
venganza, se trata de dignidad y claridad.
A Emma le ayuda otro detalle. No pretender cambiar al otro como condición
para que esto funcione. Se discierne desde lo que hay, no desde la fantasía de
lo que podría llegar a ser. Y, para no autoengañarse, conviene no perder la
objetividad. El enamoramiento puede ofuscar. Por eso hace falta un punto de
razón y un punto de realidad.
Si alguna vez asoma la violencia, aunque sea en forma de gritos o
humillación, el límite es firme. La dignidad no se negocia.
Y aquí entra la castidad, que conviene decirla con pedagogía y sin
tono de bronca. En el noviazgo, la castidad no es un “no” por miedo ni una
rareza para gente antigua. Es una apuesta por amar con más verdad y con más
fuerza cuando llegue el matrimonio. La sexualidad tiene un lenguaje enorme,
con el cuerpo decimos “me entrego del todo”. Y ese “del todo” necesita
un marco verdadero para no convertirse en teatro o en pegamento para que la
relación no se rompa. Mientras discernimos, todavía estamos aprendiendo si esa
entrega total es real, si hay comunión, si hay libertad, si hay un sí definitivo.
Por eso esperar no enfría el amor, lo educa. Es como decirle al otro con hechos
“tu cuerpo no es un atajo para calmarme ni un remedio para tapar conflictos,
tú eres una persona y mereces que yo te quiera entero”. Y además entrena
algo precioso para el matrimonio, la capacidad de amar con intensidad sin usar
lo inmediato como anestesia, sosteniendo el deseo con ternura, paciencia y
dominio de sí. La castidad, vivida así, se convierte en un signo claro de
respeto hacia la otra persona y en un entrenamiento para una entrega más
plena y más alegre cuando toque.
También les ayuda dejar que otros les hablen. No para que otros decidan por
ellos, sino porque desde fuera se ven cosas que desde dentro no vemos. El
grupo escribe guiones. A veces el guion dice “si no haces esto, eres raro”.
Escuchar voces sensatas no quita libertad, la devuelve.
Por eso se entrenan en preguntar en vez de presuponer. Hablar de valores,
de expectativas, de límites, de proyectos. Si no se habla, se supone. Y lo
supuesto suele explotar tarde. Y cuentan también con la familia, no para vivir
pegados a ella, sino para reconocer que influye. Conocerla ayuda a conocer a la
persona. Y el amor crece cuando uno aprende a querer, por amor al otro, lo que
el otro ama. Incluso a los suegros, que no siempre es fácil, pero casi nunca es
aburrido.
Y, por debajo de todo, sostienen un combate silencioso. No pactar con el
narcisismo. No buscar a alguien que me haga feliz como si el otro fuera un
servicio, sino aprender a hacer feliz al otro. No se trata de anularse. Se
trata de salir del centro.
Si es, es, y si no es, no lo es;
No es el chicle emocional que estiramos
por miedo a no quedarnos solos
Aquí Emma lo dice con una claridad que desarma, y Alfredo asiente con esa
seriedad rara que le sale cuando toca. El noviazgo, cuando lo vivimos con
verdad, es un tiempo de discernimiento serio y sereno, no un chicle
emocional que estiramos por miedo a quedarnos solos o por no tener que explicar
nada en la próxima comida familiar. Es una etapa para mirar la realidad con
cariño y con luz, sin autoengaños, con Dios dentro, y con esa libertad interior
que evita convertir el corazón del otro en sala de espera. Por eso la frase es
simple y liberadora, si es, es; y si no es, no lo es. Y cuando no lo es,
se deja sin dañar en lo posible, sin teatralizar, sin humillar, sin abrir la
intimidad como si fuera un álbum para el grupo, con gratitud por lo bueno y con
la valentía de decir un no limpio. Que a veces duele, claro, pero duele menos
que un “ya veremos” eterno, que es como dejar la puerta entornada para que
entre frío y nadie se atreva a cerrarla.
No vivas como casado si aún estás discerniendo,
o romper será un drama.
Y aquí vuelve una advertencia práctica que a ellos les ayuda, precisamente
porque viven cada uno con sus padres. Si en el noviazgo creamos vínculos como
si todo estuviera consumado, luego cortar se vuelve un drama. Emma lo vio con
una amiga que metió a su novio en casa desde el primer día. Cenaba con los
suegros, cogía confianza con el perro, y al tercer mes ya parecía que había un
yerno oficial en plantilla. Cuando la cosa se torció, el problema no era solo
cortar con él, era cortar con toda la escena familiar montada alrededor.
Alfredo lo resume con humor. No conviertas el discernimiento en una
telenovela de sobremesa, que luego nadie sabe cómo apagar la tele.
También han visto el caso de los regalos desproporcionados. Alguien que,
estando todavía en “estamos viendo”, regala un ordenador, o una cosa
así, como quien dice “firma aquí”. Y claro, luego, si hay que decir que no, no
solo se rompe una relación, también se abre un cajón de deudas emocionales. No
es que un regalo sea malo. Es que hay regalos que, sin querer, tienen forma de
anzuelo. Y el noviazgo necesita libertad para que, si no es, no sea, sin dramas
añadidos.
La libertad no es frialdad. Es caridad. Es cuidar al otro y cuidarse, para
no quedarse atados a una agonía anterior que impida ver lo que el Señor quiera
mostrar.
Un final doméstico que lo resume todo
Esa noche, ya en su cuarto, Emma deja el móvil en la mesilla y se queda
mirando el techo. No está triste. Está pensando. Al otro lado de la ciudad,
Alfredo hace lo mismo, solo que él lo llama “desconectar” para que no parezca
que tiene vida interior, que ya sabemos cómo sois algunos.
No están haciendo un examen de perfección. Están aprendiendo a amar con
verdad. A discernir con serenidad. A no pactar con el narcisismo. A dejar a
Dios dentro. A cuidar la libertad para que un sí sea sí, y para que un no sea
un no que no destroce.
Y mañana, cuando se vuelvan a ver, quizá no tengan ninguna frase brillante. A lo mejor solo una mirada limpia y un “¿hablamos de eso que dijimos?”. Y eso, en el fondo, ya es una promesa de comunión.

