jueves, 8 de enero de 2026

Educar en piloto automático: hábitos que se nos cuelan en casa (y cómo darles la vuelta)

 

Educar en piloto automático:

hábitos que se nos cuelan en casa

(y cómo darles la vuelta)

Son las ocho menos cinco de la mañana y en tu casa se vive una escena que podría emitirse en directo, sin guion y con público entregado. En la cocina suena el microondas, alguien pregunta dónde está su sudadera (la que aparece y desaparece como por arte de magia) y tú haces malabares con el reloj, las mochilas y un calcetín que ha decidido independizarse.

En el salón, un niño anuncia que hoy, justo hoy, necesita una cartulina verde fosforito. Otro recuerda que tenía que llevar “algo para compartir”. Y el adolescente te mira con esa mezcla de prisa y dignidad que viene a decir: “No me hables mucho… pero llévame rápido”. Tú intentas que nadie salga sin desayunar y piensas: Plan de hoy: que la mañana no explote y que, a mediodía, coman algo decente.

Esto es la vida real. Y en la vida real no mandan tanto los grandes discursos como los pequeños automatismos. Lo que repetimos. Lo que hacemos sin pensar. Lo que sale de nosotros cuando vamos cansados.

Los hábitos son cómodos: ahorran energía. El problema es cuando nos gobiernan. Porque entonces educamos en piloto automático y, sin querer, terminamos creando un clima en casa que no era el que soñábamos.

La buena noticia: un hábito no es una condena. Es una ruta. Y las rutas se cambian.

Los “tics” divertidos que nos retratan…

y cuándo dejan de serlo

En todas las familias hay manías que dan risa y, si somos honestos, también dan ternura:

·         La camiseta “histórica” que te niegas a jubilar. Eso no es ropa: es patrimonio emocional.

·         Ese momento en el que metes la mano en la bolsa de snacks de tus hijos y dices: “Solo cojo uno” … y, de pronto, el paquete se queda “misteriosamente” con la mitad. Nadie sabe nada. La ciencia sigue investigando.

·         Poner un vídeo a todo volumen y llamar a todos: “¡Venid, venid, mirad esto!”, como si tu móvil fuera la televisión oficial del hogar.

·         Estornudar con potencia de sirena: el vecindario confirma que sigues vivo, incluso gente que no te conoce.

Esto es simpático. Nos reímos. Y conviene hacerlo. La risa baja tensión y nos recuerda que la familia no es un cuartel.

Pero aquí hay un detalle importante: incluso lo simpático cuenta una verdad de fondo. Los adultos buscamos alivio y conexión. A veces lo hacemos con torpeza, sí, pero el deseo suele ser bueno: “quiero pertenecer”, “quiero descargar”, “quiero compartir algo”.

El problema empieza cuando pasamos de lo simpático a lo que deja huella: cuando el hábito ya no es anécdota… sino patrón. Y los patrones, con el tiempo, cambian el clima de la casa.

Vamos a tres clásicos que casi todos conocemos.

 

1) Gritar: cuando el estrés se pone al volante

Gritar tiene una trampa: “funciona” a corto plazo. Los niños paran. El adolescente se calla (o se va). Pero lo que suele funcionar ahí no es el respeto: es la tensión. La adrenalina.

Y ojo: la mayoría no gritamos porque nos guste gritar. Gritamos cuando estamos desbordados. Cuando el cuerpo entra en “modo alarma”: sube la prisa, sube la irritación, sube el miedo a perder el control. En ese momento, tu cerebro busca una salida rápida y contundente. No estás pensando “cómo educo mejor”, estás pensando “que esto pare ya”.

Dicho sencillo: el estrés estrecha la mente. Por eso, cuando estamos activados, es más difícil ser justos, pacientes y pedagógicos. No es excusa, pero sí diagnóstico. Y cuando hay diagnóstico, hay margen de intervención.

Escenas de casa, de las de verdad:

·         El coche y el altavoz interior: vas conduciendo y, detrás, empieza la lucha libre. Un “me ha pegado” se mezcla con un “yo no”. Tú miras el retrovisor, te sube el miedo (y con razón: estás conduciendo) y sale el grito: “¡YA! ¡SE ACABÓ!”. En ese instante no estás educando: estás protegiendo la seguridad… y sobreviviendo al caos.

·         El vaso de leche que no era el vaso: se vuelca un vaso y, objetivamente, no pasa nada. Pero tú vienes con el depósito vacío y dentro suena “otra cosa más”. Y estallas: “¡Siempre igual!”. El niño no aprende a limpiar: aprende a temerte.

·         La ducha que se convierte en guerra: pides una vez, pides dos, pides tres… y la tercera ya no es petición: es sirena. Ganas la batalla, sí, pero el ambiente se queda con olor a bronca.

·         El adolescente y la frase gatillo: “recoge tu cuarto”. “Ahora”. Ese “ahora” que significa “nunca”. Tú subes el tono, él o ella sube la muralla. Y lo que iba a ser orden termina siendo poder.

¿Qué pasa cuando gritamos con frecuencia? A menudo los niños se vuelven vigilantes: van con cuidado para no “activar” al adulto. Y muchas veces los adolescentes se van a dos extremos: o se ponen a pelear (escalada) o se desconectan (apagón). En ambos casos, el vínculo se resiente.

Un gesto pequeño que salva mucho

Antes del grito suele haber un “pre-grito”: mandíbula apretada, pecho tenso, respiración corta. Ese es tu semáforo ámbar.

Una frase que cambia el rumbo: “Dame 30 segundos y vuelvo.” No es huir. Es elegir no hacer daño. Te apartas, respiras, vuelves y corriges con firmeza… pero sin adrenalina.

No se educa bien desde la activación. Se educa mejor desde la presencia.

 

2) Sobre reaccionar: castigos XXL y amenazas imposibles

Sobre reaccionar es dictar sentencia como si fueras juez del tribunal supremo:

“¡Un mes sin pantalla!” Y dos horas después… “Bueno… quizá me he venido arriba”.

A veces sobre reaccionamos por cansancio. A veces por miedo (“si no freno esto ya, se me va de las manos”). A veces por rabia. El problema es que cuando tu reacción es enorme, sucede algo muy humano: el hijo deja de mirar lo que hizo y se queda mirando cómo reaccionaste tú. Aprende más de tu explosión que de su responsabilidad.

Ejemplos muy realistas:

·         Castigo XXL por una desobediencia normal: tu hijo de 10 años lleva con la tablet un rato. Le dices que la deje y responde con un “¡un minuto!” desafiante. Tú vienes con el día atravesado y sueltas: “¡Pues te quedas una semana sin tablet!”. Al día siguiente te das cuenta de que no puedes sostenerlo (porque hay deberes, cenas, vida) y acabas cediendo. Resultado: se discute más sobre el castigo que sobre el límite.

·         La mentira pequeña convertida en tragedia griega: el adolescente dice “ya lo hice” y luego descubres que no. Te hierve la indignación y disparas: “¡Un mes sin salir! ¡Se acabó el móvil!”. La falta es real, sí. Pero el castigo desproporcionado desplaza el foco: el debate se convierte en “eres injusto”. Y se pierde el tema central: la confianza.

La autoridad no se sostiene a base de castigos enormes, sino de consecuencias claras, proporcionadas y sostenibles.

Disciplina en dos tiempos

1.     Paro el daño (seguridad, respeto mínimo).

2.     Decido consecuencias cuando estoy regulado.

Y si te pasaste, hay una frase que no te quita autoridad: te la da. “Me he pasado. Lo siento. Vamos a hacerlo mejor.” Un adulto que repara es un adulto fiable.

En familia, reparar no es debilidad. Es madurez.

 

3) Desconectarse: estar en casa, pero no estar

Desconectar es necesario. Todos necesitamos reposo. El problema no es descansar: el problema es desaparecer justo cuando la familia más te necesita.

La escena típica es casi de manual: llegas a casa, te sientas “solo 10 minutos”, abres el móvil “un momento” … y cuando levantas la vista, los diez minutos ya se han convertido en un capítulo completo. Mientras tanto, alguien ha querido enseñarte un dibujo, contarte su día o soltarte una frase pequeña con valor enorme.

Los hijos piden presencia de maneras distintas: el niño la pide con insistencia; el adolescente la pide con disimulo.

Ejemplos cotidianos:

·         El “mírame” que no miramos: tu hijo trae un dibujo y dice: “¡Mira lo que he hecho!”. Tú respondes “qué bonito” sin levantar la vista. Él insiste: “¡Míralo bien!”. Y ahí está la verdad: no pedía elogio, pedía mirada. No “qué bonito”, sino “te veo”.

·         El “normal” del adolescente: “¿Qué tal el cole?”. “Normal”. A veces “normal” significa “no sé cómo contarte lo que me pasó”. Si tú estás disponible de verdad, quizá a los diez minutos suelta lo importante. Si no, se queda dentro.

·         La hora punta y el “ahora voy”: deberes, duchas, cena, mochilas… tu pareja pide ayuda. Tú dices “ahora voy”, pero tu mente está fuera. Y luego llega la discusión que no era por la cena: era por la soledad en la carga.

·         La presencia fantasma: estás en el sofá, pero no estás. Ellos lo notan. Y el mensaje que llega (aunque nadie lo diga) es: “No soy tan importante como eso que te tiene atrapado”.

·          

Los hijos no recordarán lo que mirabas en el móvil. Recordarán si los mirabas a ellos.

Micro-presencia que sí funciona

Diez minutos al día de atención completa. Sin móvil. Sin multitarea. Con niños: juego y contacto. Con adolescentes: mejor en paralelo (paseo, cocina, coche), menos interrogatorio y más disponibilidad.

Tres ideas muy aplicables:

·         Check-in de dos minutos: “Del 1 al 10, ¿qué tal tu día? ¿Qué te lo subió? ¿Qué te lo bajó?” y cierras con “gracias por contármelo”.

·         Ritual mínimo: paseo corto después de cenar o antes de dormir. Sin móvil. No es terapia: es aire y compañía.

·         Una pregunta buena: con adolescentes, una vale por diez: “¿Qué ha sido lo mejor y lo más pesado del día?”

Presencia no es tiempo: es atención.

 

Volver al centro: una visión creyente vivida en la Iglesia

Hay una pregunta que, si nos atreviéramos a hacerla en silencio, ordenaría muchas cosas: si se apagara el ruido del mundo por un momento, en qué está apoyada mi vida.

Poner a Dios en primer lugar no es repetir palabras sin alma ni vivir de “cumplimientos”. Es consultarle antes de decidir, confiar cuando no entiendes, entregarle miedos, escuchar la conciencia y alinear la vida con valores altos. Es darle prioridad al corazón, no solo a la agenda.

Y aquí conviene decirlo con claridad: a Dios se le descubre en su plenitud en la Iglesia Católica. No como idea vaga, sino como vida recibida, celebrada y aprendida. La fe cristiana es encarnada: necesita comunidad, tiempo, gestos… y necesita sacramentos. Porque hay momentos en que la fuerza humana no llega, y uno necesita una fuerza que le rehaga por dentro.

 

Confesión frecuente: reorientar la brújula y reconstruir lo que rompimos

En la vida familiar hay destrozos pequeños y grandes: palabras que hieren, indiferencias, orgullo, hábitos que se convierten en cadenas. A veces el peso no es solo lo que pasó; es la sensación de “me he torcido y no sé volver”.

La confesión sacramental frecuente no es un trámite: es medicina. Es reorientarnos hacia el Oriente, hacia el Señor, y empezar a reconstruir, con ayuda divina, lo que hemos estropeado por el pecado. No solo “me perdonan”: me reordenan. Me devuelven verdad, humildad y una paz que no es maquillaje.

Y eso baja al suelo de casa: quien se deja reconciliar aprende a reconciliarse. Aprende a pedir perdón sin teatro, a reparar sin orgullo, a empezar otra vez sin desesperanza.

 

Eucaristía dominical: fuerza para la semana

La Misa del domingo no es “una cosa más”. Es fuente. Es volver a cargar el corazón cuando uno va seco. Porque el lunes llega. Y llega con mochilas, deberes, prisas y calcetines escapistas. La Eucaristía no quita la realidad, pero cambia cómo la llevas: te recuerda que no vives solo a pulso.

 

Parroquia: el gran hogar y la comunidad cristiana donde la fe “entra” de verdad.

La fe se vive en comunidad. Y aquí conviene ordenar bien las palabras, porque a veces las mezclamos y nos liamos.

La parroquia es como un “cajón desastre”, cariñosamente hablando, donde todos cabemos. Y ese “cajón” es precioso y necesario: ahí están los grupos, la catequesis de adultos, Cáritas, Vida Ascendente, liturgia, pastoral obrera, el grupo de oración, los coros, las iniciativas de servicio… En una parroquia viva hay de todo, y bendito sea Dios por ese mosaico. Es la casa grande, el lugar de acogida, el punto de encuentro, el “aquí nadie sobra”.

Pero una cosa es ese gran cajón parroquial (tan querido) y otra cosa es una comunidad cristiana. Porque no todo grupo, por el hecho de reunirse, es una comunidad en sentido fuerte. Un grupo puede ser un servicio, una tarea, una actividad o una afinidad. Eso está muy bien.

Aquí entra lo esencial: las comunidades cristianas son aquellas que avanzan haciendo un recorrido catecumenal, un itinerario que ayuda a redescubrir la riqueza intrínseca del propio Bautismo: la gracia recibida, la identidad de hijo, la conversión cotidiana, la Palabra, la liturgia, la vida fraterna y la misión. No es “otro grupo más”: es una forma concreta de vivir la fe como proceso, como crecimiento real, como pertenencia que sostiene.

Y ahora sí, la imagen: una pelota de baloncesto se encesta en una canasta redonda, no triangular. Pues algo parecido ocurre con la fe: para “entrar” de verdad en la semana, y no quedarse en una buena intención del domingo, suele necesitar el “aro” de una comunidad cristiana concreta, con camino y acompañamiento. Sin ese cauce, la fe puede rebotar: se dispersa, se enfría o se queda en costumbre. Con ese cauce, la fe se hace vida: se sostiene, se ordena, se profundiza y, poco a poco, da fruto en casa.

 

Acompañar matrimonios: no es un extra, es una urgencia

Y aquí una prioridad clara: acompañar matrimonios. No solo en crisis (que también), sino antes, durante, y cuando “va tirando”. Porque la mayoría de matrimonios no se rompen por un meteorito: se desgastan por goteras constantes que nadie repara a tiempo.

Espacios serios de acompañamiento, grupos de matrimonios, formación, acompañamiento espiritual prudente, y amistades sanas dentro de la comunidad son prevención y sostén. Aprender a hablar, a reparar, a rezar juntos, aunque sea torpemente, a pedir ayuda sin vergüenza. Eso salva.

No hace falta ser perfecto para volver a Dios. Hace falta ser sincero. Y muchas veces la sinceridad más valiente es esta: “No puedo solo. Necesito comunidad”.

 

Y cuando el hábito ya no es “costumbre”: alcohol y pornografía

Hasta aquí, hábitos que nacen de la prisa y del cansancio. Pero a veces el piloto automático no solo nos hace reaccionar mal: también nos empuja a escapar. Cuando llevamos mucho tiempo tensos, tristes o saturados, buscamos anestesias más fuertes. No por maldad: por dolor. Y aquí conviene hablar claro, porque la familia sufre en silencio.

No se trata de señalar ni de avergonzar. Se trata de nombrar para poder sanar.

 

Alcohol: cuando el hogar se vuelve imprevisible

El problema no es una copa en una comida. El problema llega cuando el alcohol se convierte en refugio: “así me relajo”, “así no pienso”. Entonces aparece la imprevisibilidad: los hijos no saben qué versión de ti entra por la puerta. Y la imprevisibilidad genera ansiedad. Los niños necesitan una base estable. Los adolescentes también, aunque lo disimulen.

Ejemplo común: llegas a casa quemado y te dices “me tomo algo para relajarme”. Si eso se vuelve el interruptor habitual, el hogar empieza a vivir pendiente del clima: “hoy viene irritable”, “hoy está presente o apagado”. Eso, con el tiempo, pesa.

 

Pornografía: calma rápida, distancia lenta

Suele prometer alivio inmediato: apagar estrés, anestesiar la soledad, dar control. Y el cerebro aprende rápido: cuando descubre un botón que calma en segundos, lo pide cada vez que duele. La salida se vuelve automática.

Ejemplo cotidiano: noche difícil, discusión, aburrimiento o sensación de soledad. En lugar de buscar conversación, descanso real o pedir ayuda, el móvil ofrece un “apagado” rápido. Y si se repite, desplaza lo importante: intimidad real, complicidad, presencia.

A medio plazo puede dejar factura: desconexión emocional, alejamiento afectivo con tu cónyuge, comparación, dificultad para estar en la relación real, y una soledad que empuja a buscar más escape. Y hay un factor especialmente corrosivo: el secreto. El secreto aísla. En aislamiento uno se justifica, repite y se va cerrando.

 

Salir del bucle: más que fuerza de voluntad

Pedir ayuda no es fracasar. Es empezar a cuidarse de verdad. Hace falta estructura y acompañamiento: límites concretos, rendición de cuentas, y ayuda profesional cuando toca.

Y desde una visión creyente, añadir algo muy realista: no se sale solo. La gracia no anula el camino humano; lo sostiene. Por eso una comunidad cristiana, un confesor prudente, un acompañamiento serio pueden ser una tabla de salvación concreta. No un discurso: un camino.

 

Cierre: la casa no necesita héroes, necesita adultos presentes

Mañana el calcetín volverá a intentar fugarse, el adolescente volverá a pedir prisa y alguien volverá a necesitar una cartulina imposible. La casa seguirá siendo casa: imperfecta, ruidosa, viva.

Pero tú puedes hacer algo decisivo: volver a ti. No para hacerlo todo perfecto, sino para estar más presente, más dueño de tus reacciones y más disponible para los tuyos.

Y si eres creyente, volver al centro también significa esto: no vivir la fe como “yo y Dios” por mi cuenta, sino descubrir a Dios en su plenitud en la Iglesia Católica, con comunidad, con sacramentos, con acompañamiento. Porque la familia no se sostiene por heroísmo: se sostiene por amor, por constancia y por gracia.

Tus hijos no necesitan tu perfección. Necesitan tu presencia de calidad.

miércoles, 7 de enero de 2026

Educar la palabra: del "luego lo hago" al "ya está hecho"

 Educar la palabra: del “luego lo hago” al “ya está hecho”


La mesa está puesta, la comida huele bien y los móviles se asoman con esa naturalidad de quien vive aquí. Nosotros queremos hablar del día. Ellos también, pero a saltos. Entre un bocado y una notificación aparece la frase que sostiene medio planeta doméstico: Luego lo hago.

A veces lo dicen con intención real. Otras veces lo dicen para apagar el momento y que la cena no termine con mal sabor. Y hasta ahí, normal. El problema es cuando ese “luego” se nos pega. Entonces la palabra empieza a pesar menos, sin escándalo ni anuncio. Un día nos sorprendemos pensando “otra vez”, y eso ya dice mucho.

Lo que se repite se instala. Y en casa, lo instalado manda.

Un sí para calmar el ambiente

“¿Puedes recoger la cocina cuando termines?” “Sí, sí.” Cinco minutos después el vaso sigue donde estaba, la mesa también, y el pasillo… el pasillo ha decidido ser una especie de pista de obstáculos. Entre la mochila y las zapatillas, pasamos haciendo eses con el plato en la mano y esa cara de “esto lo voy a resolver yo”.

Qué suele haber detrás. Alivio. Un sí rápido para que no suba la tensión. Y funciona, claro. En el minuto uno todo queda más tranquilo. En el minuto diez aparece el cansancio, la pantalla, el olvido, y el compromiso se queda esperando turno.

Aquí conviene parar un segundo antes de juzgar. Ese sí era posible o era un salvavidas.

Podemos probar con una pregunta sencilla, sin ironía. “Ese sí, ¿lo ves realista?” Si no lo es, un no honesto vale más que un sí que se desinfla. “No puedo ahora. Lo hago a tal hora.” “No llego. Ayúdame a organizarme.” Esto no tiene brillo, pero tiene verdad.

Y luego está el espejo. Ellos aprenden mirándonos. Mucho. Si nosotros prometemos y luego nos escabullimos con excusas, les enseñamos que la palabra se estira. Si nosotros cumplimos lo que decimos, incluso lo pequeño, les enseñamos que la palabra pesa. Y esto no va de perfección. Va de coherencia.

Cuando el castigo no enseña, solo deja mal cuerpo

Cuando un hijo incumple, nuestro cuerpo reacciona. Miramos el reloj, recordamos el acuerdo, y notamos cómo se nos enciende por dentro ese “otra vez no”. Y entonces aparece el castigo creativo. Hoy no hay consola. Esta semana se acabó esto. A veces frena. Sí. Pero no siempre educa.

Imagina la escena. Llega tarde. Tú miras el reloj. Se te calienta la nuca. Sueltas un “pues ahora no tocas la consola en tres días”. Él dice “vale” sin mirarte, con ese vale que suena a persiana bajando. Se hace un silencio raro. Tú sigues recogiendo, pero recoges con más ruido del necesario. Él se va a su cuarto. Y tú te quedas ahí, pensando si has puesto orden o si has roto algo.

Qué hace que una consecuencia eduque. Que encaje.

Si el compromiso era de tiempo, se devuelve tiempo. Si se rompió un acuerdo, se recupera lo perdido. Si se dejó una tarea sin hacer, se hace y se repara. No hace falta inventar castigos raros. Hace falta que tenga sentido. Cuando tiene sentido, duele un poco y enseña mucho.

Podemos preguntarnos esto, justo antes de decidir. Esto que voy a poner le ayuda a conectar puntos o solo le fastidia.

La pausa que nos salva de decir cosas que luego pesan

Hay un segundo que lo cambia todo. Ese en el que estás a punto de hablar y notas que ya estás caliente, enfadado. Si hablamos ahí, muchas veces no corregimos. Descargamos.

Y ellos lo notan. Lo sienten en el tono antes que en las palabras. Si entramos como un vendaval, responden con vendaval o con muro. Ese “me da igual” que nos descoloca no siempre es indiferencia. A veces es defensa. A veces es rabia. A veces es “me cierro porque tú vienes fuerte”.

Aquí la herramienta es poco espectacular y muy eficaz. Parar.

“Ahora estoy muy enfadado. Lo hablamos luego.” Y se cumple. Porque si decimos “luego” y desaparecemos, repetimos lo que les pedimos que no hagan.

Lo que calma educa. Y lo que sale del descontrol suele dejar marca.

Escuchar no es rendirse y sostener no es regatear

En casa existe la negociación creativa. “Pero si hoy…” “Es que tú…” “Es que no sabía…” Hay días en que uno piensa que ese talento les vendrá bien de mayores, ya que alguno podría llegar a ser un político o abrir un nuevo bufete de abogados. El problema es cuando cada límite se convierte en debate infinito. Ahí el límite se vuelve humo y nosotros terminamos agotados.

Escuchar su versión es necesario. No estamos educando muebles. Pero una norma clara, si se rompe, trae consecuencia. Después, en frío, revisamos. A veces incluso descubrimos que la norma estaba mal puesta o mal explicada. Y no pasa nada. Ajustar también educa.

Piensa en el stop. Te lo saltas y te para un agente. Puedes explicar lo que sea. Te escuchará, quizá. La sanción llega. No por crueldad, sino porque la norma está para algo. En casa, sostener el límite funciona parecido. Escuchamos, sí. Mantenemos la consecuencia, también. Y cuando nos creen, se prueba menos.

Pregunta de cocina, de esas que nos aterrizan. Estoy escuchando para comprender o para que la consecuencia desaparezca.

Apoyar sin rescatar, aunque nos tire el corazón

Cuando el hijo se mete en un lío por no cumplir, nos duele. Y el dolor empuja a rescatar. Hacerle el trabajo. Poner una excusa. Arreglarlo rápido para que no sufra, o para que no suframos nosotros.

El problema es que si rescatamos siempre, sin querer les enseñamos el mapa. Y el mapa dice que el compromiso pesa poco porque alguien lo arregla.

Lo vemos en detalles tontos. El “luego lo hago” se repite. Los acuerdos duran dos días. El niño mira alrededor con ese radar que tiene la infancia, buscando quién lo soluciona.

Apoyar es otra cosa. Es estar cerca sin sustituir. Ayudar a pensar, dar herramientas, animar, y dejar la responsabilidad donde toca. “Estoy contigo” y “esto lo haces tú”. No es frialdad. Es amor que entrena.

Apoyar no es rescatar. Es acompañar sin quitarles el peso que les hace crecer.

El grupo, la noche y ese sofá que a veces lo cambia todo


     No todo se decide en casa. En el colegio o instituto hay presión del grupo. Comentarios al pasar. Risas que dejan fuera. Miradas que aprueban o desaprueban. Y cosas pequeñas que duelen más de lo que parecen. Te dejan en leído. Cambian de sitio. Se ríen sin mirarte. De pronto, encajar se convierte en una necesidad.

A veces un hijo rompe un compromiso en casa no porque quiera desafiar, sino porque fuera se juega pertenecer. No lo justifica. Pero nos da contexto para educar con más lucidez y menos pelea ciega.

Luego llega la noche. Habitación en silencio. El móvil como refugio. Algo que calma rápido. Y lo que calma rápido tira mucho. Nosotros lo notamos al día siguiente. Más irritación. Más distancia. Respuestas cortas. O esa escena absurda de hablarle a una nuca porque la mirada está en la pantalla.

Y aquí aparece el sofá. No como símbolo, como realidad. Sentarse al lado, no enfrente. “Te veo raro.” “Estoy bien.” Silencio. “Vale. Me quedo un rato.” Y a veces, sin empujar, sale algo. Una frase pequeña que abre una puerta.

Podemos preguntarnos si estamos corrigiendo mucho y acompañando poco. O al revés, acompañando mucho y dejando el timón suelto. Porque el equilibrio no sale solo. Se ensaya.

La prisa roba conversación. Y sin conversación educamos a ciegas.

A veces la solución enseña más que la consecuencia

No todos aprenden igual. Hay quien recuerda la última vez y cambia. Para esos, la consecuencia funciona. Otros viven tan en el presente que la consecuencia se evapora. Pasó, ya está.

Con esos, a veces funciona mejor la solución. Anticiparse. Concretar. Hacerlo posible.

Más que hablarlo mucho, lo fijamos. “Después de merendar, diez minutos de tareas”. Él protesta un poco, tú también porque preferirías tumbarte, y aun así se hace. Dos días sale. Al tercero se olvida. Se vuelve a empezar sin drama. Al final, lo que se repite se instala, aunque al principio cueste.

Si hay tareas que detesta, se abre un margen dentro de un marco. Una lista en la nevera. Tres cosas que le tocan. Una que elige. No manda. Se hace cargo.

Otro giro cuando todo está calmado. Darles algo de voz en la consecuencia. “Si vuelves a llegar tarde, ¿qué te parece justo que pase?” Nosotros aprobamos, claro. Pero implicarlos hace que lo recuerden mejor. Si proponen algo flojo, lo decimos sin sarcasmo. “Eso no arregla el problema. Piensa otra opción.” Firmeza tranquila. Que también existe.

Volver a la mesa con palabras que valgan

No necesitamos una familia perfecta. Necesitamos una familia que aprende. Que se equivoca y repara. Que pone límites con respeto. Que acompaña sin rescatar. Que entiende que un sí vale porque sostiene la confianza.

Podemos hablarlo en casa sin examen, con preguntas que abren. Qué promesas hacemos por inercia. Qué sí decimos para apagar un momento y luego no sostenemos. Qué normas están claras y cuáles cambian según nuestro cansancio. Qué consecuencias tienen sentido y cuáles nacen del enfado.

Y otras igual de importantes. Cuándo apoyamos y cuándo rescatamos. Qué presión sienten fuera. Qué buscan en el móvil cuando la noche se les hace larga. Qué espacio real tiene el sofá para que salga algo verdadero.

Para esta semana, dos microdecisiones pequeñas y posibles.

Una. Elegir un compromiso doméstico sencillo y cumplirlo delante de ellos. Sin discurso. Solo hacerlo.

Dos. La próxima vez que toque corregir, hacer una pausa antes de actuar. Respirar. Esperar a que baje la temperatura y elegir una consecuencia que encaje o una solución simple. Firme, breve, entendible.

Y volver a la mesa. Si te fijas, el cambio a veces se ve en una tontería. Un móvil boca abajo. Y alguien que dice “luego lo hago”… y lo hace.

Tres mini guiones para salir del atasco

A veces no necesitamos más ideas. Necesitamos palabras concretas para no improvisar desde el cansancio.

1) Cuando promete y tú ya sabes que ese “sí” es humo

“Te voy a hacer una pregunta corta. ¿Ese sí es de verdad o es para que terminemos esta conversación?”
“Prefiero un no honesto a un sí que luego te pesa.”
“Dime cuándo lo harás y dime una hora.”
“Vale. Si llega esa hora y no está hecho, pasará esto.”
“Y si necesitas ayuda para organizarte, me lo dices ahora, no después.”

2) Cuando llega tarde y empieza el regateo

“Primero te escucho. ¿Qué ha pasado?”
“Gracias por contarlo.”
“La norma estaba clara y la consecuencia se mantiene.”
“Si crees que la norma no encaja, lo hablamos mañana, con calma.”
“Ahora toca hacerte cargo. Y yo me quedo aquí, sin gritos.”

3) Cuando suelta “me da igual” y se cierra

“Vale. Ahora mismo no quieres hablar.”
“Yo tampoco voy a discutir contigo.”
“Esto no se queda sin hablar. Lo retomamos después, a tal hora.”
“Me importa lo que te pasa por dentro y también me importa lo que haces.”
“Estoy a tu lado, y esto sigue siendo así.”

lunes, 5 de enero de 2026

Homilía de la Epifanía del Señor, ciclo a - Mt 2, 1-12 «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».


 Homilía de la Epifanía del Señor, ciclo a

Mt 2, 1-12   «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

6 de enero de 2026

      Para entender de verdad lo que celebramos hoy en la Epifanía, nos viene bien asomarnos un momento al contexto pagano en el que nace incluso la palabra: “epifanía” viene del verbo griego ἐπιφαίνειν (epifaínein), que significa “manifestarse”, “hacerse visible”. Dicho de forma muy sencilla, hoy celebramos que algo que estaba como escondido se deja ver con claridad.

Y entonces la pregunta es casi inevitable: ¿qué “manifestación” ocurrió el 6 de enero?

En lo nuestro, la respuesta es clara; la manifestación de Jesús a los Magos (cfr. Mt 2,1-12). Bien. Pero aquí aparece un detalle que ayuda a afinar el oído. Antes de asociarse a Jesús, el 6 de enero ya era, para mucha gente, una fecha de “epifanía”, es decir, de “manifestación” celebrada públicamente.

 

Una fecha no es solo una hoja del calendario:

a veces trae memoria.

Ese día se festejaba la epifanía del Dios Sol vencedor, el Sol Invictus: el sol que “no pierde nunca”. ¿Y qué victoria era esa?

Todos sabemos qué es el solsticio de invierno. La palabra viene del latín solstizium, que significa literalmente “sol quieto”. Y sistere es “quedarse parado”. ¿Parado por qué?

Porque en diciembre el sol parece ir perdiendo fuerza. Lo notamos más bajo, con menos horas de luz… y casi da la sensación de que un día se va a apagar del todo y nos va a dejar a oscuras. Pero entre el 22 y el 24 de diciembre se observa que “se frena” en esa bajada y, pasados unos días, empieza a remontar. Ese fenómeno natural se interpretaba como una victoria, el triunfo de la luz sobre las tinieblas.

En Oriente, ya desde siglos muy antiguos, ese solsticio se celebraba como la “epifanía” de la luz. Y para representarlo se usaban imágenes muy conocidas; por ejemplo, un relieve del templo de Atenea, de alrededor del 300 antes de Cristo, donde aparece Apolo en su cuadriga; sobre su cabeza, la corona radiada del dios-sol que vence la oscuridad. Esa corona, con el tiempo, se volvió un símbolo de poder: después muchos emperadores quisieron hacerse representar así, como diciendo: “de mi cabeza sale la luz de la sabiduría” … (en el fondo, ya entonces existía el “mírame y admírame”, solo que en mármol).

Esa escena de Apolo se encuentra por todas partes en la antigüedad: en templos, vasijas de cerámica, mosaicos.

Esta Epifanía del Sol se hizo especialmente importante con la dinastía de los Severos, que venían de Siria y habían traído el culto al dios-sol. Más tarde, en la segunda mitad del siglo III, Aureliano instituirá la fiesta del Sol Invictus, celebrada en diversas fechas, pero siempre entre el 25 de diciembre y el 6 de enero.

¿Y por qué no el 21 de diciembre, si hoy sabemos que el solsticio cae por esas fechas? Porque en la antigüedad estaban convencidos de que el sol “empezaba a ganar de verdad” solo después de unos días. De hecho, bajo el reinado de Tiberio, es decir, en tiempos de Jesús, el solsticio de invierno se celebraba en Alejandría y en todo el Cercano Oriente el 6 de enero.

Y ahora la pregunta decisiva: ¿cómo es que la fiesta de la victoria del sol terminó siendo nuestra fiesta de la Epifanía?

 

La luz no es solo un dato físico:

Es un lenguaje que entiende cualquiera.

Porque el sol, la luz, la lámpara, el fuego… para los pueblos no han sido solo “cosas materiales”: se han vuelto símbolos. Y la Biblia habla ese idioma con naturalidad. De hecho, la primera palabra creadora que resuena en la Biblia es precisamente: «Hágase la luz» (cfr. Gn 1,3-4).

La luz aparece como algo positivo: símbolo de vida, de belleza. “Venir a la luz” es nacer. Y además la luz habla de claridad, de verdad, de rectitud, de justicia… justo lo contrario de la mentira, la ignorancia o el error. Es curioso: para describir lo que nos endereza por dentro, casi siempre acabamos usando palabras de iluminación.

Los hebreos, por ejemplo, consideran que la luz del mundo es la תּוֹרָה (Torá): la enseñanza que Dios dio a su pueblo. Y quien no la conoce, dicen, va a tientas, como en la oscuridad del error. Recordemos lo que dice el salmista: «Lámpara para mis pasos es tu palabra, luz en mi camino» (cfr. Sal 119,105). Es una imagen muy humana ya que nadie camina tranquilo si no ve dónde pisa.

También los pueblos de Mesopotamia pensaban que poseían la “luz” del saber, la luz de la sabiduría. El rey Hammurabi, cuando dicta las famosas leyes de su código, declara haberlas recibido del dios Shamash, el dios-sol, el dios de la luz: serían normas “iluminadas”, sabias. Incluso Buda es llamado “el Iluminado”. Es verdad. Ráfagas de esa luz de sabiduría aparecen en muchos pueblos.

 

Y nosotros creemos que la luz plena se volvió cercana:

Entró en la historia con Jesús.

Por eso recordamos el canto de Zacarías: «Bendito el Señor, Dios de Israel…» (cfr. Lc 1,68) y, más adelante: «por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará un sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (cfr. Lc 1,78-79).

Este es el sentido de la fiesta de hoy: celebramos el inicio de la manifestación de esa plenitud de luz.

¿Y quién vio brillar esa luz? Nos lo dice el Evangelio de hoy. Y aquí conviene entender algo: No estamos ante una crónica “periodística” de hechos, sino ante un relato compuesto por Mateo con imágenes y ecos bíblicos, con guiños claros al Antiguo Testamento, para expresar un mensaje.

 

Las leyendas no son el Evangelio,

pero sí delatan el cariño.

«Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

 

El relato empieza presentándonos a unos personajes enigmáticos. Son sabios de Oriente que han visto salir una estrella y la han leído como señal de que ha nacido un gran rey. A partir de ahí, la tradición cristiana se enamoró de ellos. Y cuando una comunidad se enamora de un personaje, pasa lo de siempre: empiezan a crecer historias alrededor, leyendas sin fin.

Por eso merece la pena mencionarlas de pasada. No para quedarnos en lo pintoresco, sino porque muestran el afecto de los cristianos por estos sabios. Y luego se entenderá mejor el motivo.

La primera “vuelta” que se les dio fue subirles el rango y convertirlos en reyes. De ahí lo de “Reyes Magos”. Mateo, sin embargo, no dice que fueran reyes. ¿Por qué entonces acabaron siendo “reyes” en la memoria cristiana? Porque los primeros cristianos conocían las Escrituras y, al leer a Mateo, detectaban enseguida un guiño. El Salmo 72 habla de un gran rey que surgiría en Israel y ante el cual los pueblos traerían tributos y dones. Dice que los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán regalos, que los reyes de Sabá y de Arabia presentarán dones, y que todos los reyes se postrarán ante él (cfr. Sal 72,10-11). Así que cuando leen que estos personajes se postran ante Jesús y le ofrecen regalos, entienden lo que Mateo quiere subrayar. El gran rey esperado es Jesús.

 

Arrodillarse ante alguien siempre revela

a quién le das el “mando” en tu vida.

Después llegó el segundo paso, poner un número. Hubo tradiciones que hablaron de dos, de cuatro, incluso de doce. Al final se consolidó el tres por una razón muy sencilla, porque tres son los dones que presentan (cfr. Mt 2,11). Y el tercer paso fue ponerles nombres. También aquí circulan listas distintas, pero terminaron quedándose estos tres, Melchor, Gaspar y Baltasar.

La tradición los quiso tanto que los acompañó hasta el final de sus días. Se cuenta que en su vida pasaron mil peripecias por su fe en Jesús. Y aparece incluso un relato detallado. Pasados sesenta años desde que volvieron a sus países, vuelven a ver la estrella, la siguen y se encuentran en Sebaste, en Armenia. Allí celebran la misa de Navidad y mueren. Melchor muere el 1 de enero con 116 años; Baltasar muere el 6 de enero con 112; y Gaspar, el más joven, el 11 de enero con 109.

Y hay una frase que lo resume con un punto de humor. Los Magos viajaron más muertos que vivos. Sus reliquias siguieron moviéndose durante siglos. Se cuenta que estuvieron un tiempo en Milán y que después Barbarroja las trasladó a Colonia, donde estarían hoy. Cerramos el paréntesis de las leyendas. No son el núcleo del Evangelio, pero nos han mostrado algo real. Cuánto se ha querido a estos personajes. De hecho, en representaciones antiguas del nacimiento de Jesús, los Magos aparecen incluso antes que los pastores.

 

Mateo los presenta como buscadores,

y eso nos toca de cerca.

Ahora sí, volvamos al relato de Mateo. Lo primero que sorprende es cómo los llama. Él no usa nuestro término “magos”. El texto griego lo dice así: «ἰδοὺ μάγοι ἀπὸ ἀνατολῶν παρεγένοντο εἰς Ἱεροσόλυμα»; que traducido es “He aquí magos desde los orientes se presentaron a Jerusalén”. El texto habla de «μάγος» magos, y a nosotros ese matiz nos incomoda.

La Biblia es muy clara con todo lo que suene a magia, adivinación o “buscar control” por caminos oscuros. No lo presenta como algo inocente, sino como un atajo que confunde, esclaviza y aparta de la confianza en Dios. Por eso, en el Antiguo Testamento se prohíben expresamente prácticas como la adivinación, los encantamientos, la hechicería o consultar a espiritistas y a los muertos (cfr. Dt 18,10-12; Lv 19,26.31; Lv 20,6.27; Ex 22,18). Y los profetas insisten en la misma línea. Isaías, por ejemplo, se pregunta con ironía: “¿Va a consultar un pueblo a sus muertos por sus vivos?” (cfr. Is 8,19). Miqueas también habla de arrancar del pueblo “hechicerías” y “adivinos” (cfr. Mi 5,11-12), y Jeremías advierte contra señales y presagios que acaban robando la paz (cfr. Jr 10,2).

En el Nuevo Testamento el criterio no cambia. Pablo incluye la “hechicería” entre esas obras que no construyen vida según el Espíritu (cfr. Ga 5,19-21). Y en los Hechos se cuenta cómo, en Éfeso, muchos que habían practicado artes mágicas renuncian a ellas y queman sus libros públicamente, como gesto de ruptura con ese mundo (cfr. Hch 19,18-19). Dicho en sencillo, la Biblia corta por lo sano: no todo lo misterioso ilumina; hay misterios que solo nublan. Por eso, la fe bíblica no invita a “manipular” lo invisible, sino a caminar en la luz.

Y además en el mundo romano los magos y todo lo referente a la magia tenía mala fama. Y eso que, paradójicamente, emperadores y reyes recurrían a astrólogos, adivinos y magos. Aun así, solían considerarlos charlatanes. Autores como Tácito los citan entre las rarezas de Roma, con predicciones, ritos, nigromantes e interpretaciones de sueños. Y Suetonio recuerda que Tiberio, en el año 19 después de Cristo, expulsó de Roma a los magos, cuando Jesús tenía alrededor de veinticinco o veintiséis años.

Entonces, si Mateo sabe que esa etiqueta no era precisamente prestigiosa, ¿por qué los presenta así? Hay un motivo y los primeros cristianos lo captaban enseguida, porque tenían las Escrituras en la cabeza.

 

Balaán, el mago o adivino

Mateo los describe como «μάγος» magos porque en el Antiguo Testamento, en el libro de los Números, capítulos 22 al 24, aparece un personaje de Oriente, Balaán, que ve salir una estrella (cfr. Nm 22–24). Es una historia muy sabrosa.

El resumen es este. Israel, saliendo de Egipto, para entrar en la tierra prometida debía atravesar Moab. Balac, el rey de Moab no lo ve con buenos ojos. Piensa en el agua de sus pozos, en el grano de sus campos, en el desorden que puede venir con una multitud cruzando su territorio. Y además oye que Israel es fuerte y que su Dios derrotó a Egipto. ¿Qué hace? Recurre a la magia. Manda llamar a un mago famosísimo de Oriente, Balaán, y le pide una maldición contra Israel. Balaán llega, lo suben a una montaña, comienza a lanzar oráculos… y en vez de maldecir, bendice a Israel. El rey se desespera y lo va cambiando de montaña, como si cambiando el paisaje cambiara la verdad. Hasta que Balaán pronuncia un cuarto oráculo, que es el que aquí interesa. Balaán lanza el oráculo que dice «¡Qué hermosas son tus tiendas, Jacob, y tus moradas Israel! Como valles espaciosos, como jardines a la vera del río, como áloes que plantó Yahvé, como cedros a la orilla de las aguas» (cfr. Nm 24, 5-6). 

Balaán se presenta con solemnidad. Dice ser «el hombre de ojo penetrante», el que ve lo que otros no ven. Afirma que escucha palabras de Dios, que conoce la ciencia del Altísimo, que contempla visiones del Omnipotente y que se le retira el velo de los ojos (cfr. Nm 24,3-4.15-16). Está diciendo que recibe luz “de arriba”, y por eso sus anuncios se cumplen.


Y entonces llega la frase clave. «Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel» (cfr. Nm 24,17).

¿Qué estrella es esa? No se trata de un objeto del firmamento, ni de una cometa. Es una manera de decir que en Israel nacería un rey extraordinario, una “estrella” destinada a brillar como ninguna.

 

Todos seguimos una estrella;

el asunto es cuál.

Aquí el evangelio aterriza en lo que cualquiera entiende. Nosotros también usamos esa imagen. Hablamos de “estrellas” del cine, del deporte, de la música. Son figuras que se miran, se admiran, se imitan. Decimos “ha surgido una nueva estrella”. Pero también sabemos otra cosa. Muchas de esas estrellas acaban siendo fugaces. Y quien las toma como modelo termina siguiéndolas incluso en sus caídas.

Por eso, dice el texto, conviene elegir bien qué estrella se contempla y se sigue si uno quiere acertar con la vida. Y con este relato de los sabios de Oriente, Mateo quiere decir una cosa muy concreta: Jesús de Nazaret es la estrella anunciada por Balaán.

No os paséis la vida esperando otros reyes, otros salvadores de temporada. A Jesús se le ha entregado un reino que no tendrá fin. Él es la luz que vence la oscuridad del mundo, una luz que no se apaga. Esta estrella, que es Jesús de Nazaret, no se pone nunca.

 

Estos magos representan lo mejor de nosotros.

Y por eso estos “magos” son los personajes positivos del relato. Nos caen bien por una razón muy simple. Representan lo mejor de nosotros cuando buscamos con sinceridad. Somos nosotros cuando estamos a la intemperie, mirando hacia arriba, hacia Dios, intentando no vivir a ciegas.

 

En esos buscadores cabemos todos,

por edad y por historia.

La tradición cristiana los ha retratado de forma muy expresiva: Melchor, el anciano de cabello blanco y larga barba, el que ofrece el oro, representa a quienes descubren esa luz cuando ya son mayores. Llega tarde, sí, pero llega, y la alegría no es menor.

Baltasar, el hombre maduro de piel oscura, el que ofrece la mirra, representa a quienes la descubren en la edad adulta y se alegran porque todavía quedan años para caminar con esa luz.

Gaspar, el joven imberbe y de piel rosada, el que ofrece el incienso, representa a quien tiene la fortuna de ver esa estrella desde pequeño y ser guiado por ella toda la vida.

Por eso les tenemos tanto cariño. Porque en ellos están representadas todas las edades y todos los pueblos. Y porque, en el fondo, esos Magos somos nosotros.

La aparición de la estrella es motivo de alegría para quien tiene el corazón limpio y busca la luz. Pero quien vive de tender trampas se incomoda. La luz les molesta, prefieren moverse en la oscuridad, donde nadie los ve. Y ahora Mateo introduce en su historia un personaje inquietante. Descubramos quién es.

Cuando la luz aparece,

el miedo se retrata solo.

«Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”
».

Mateo lo cuenta con una frase breve y muy incisiva. «El rey Herodes se sobresaltó, y con él toda Jerusalén». No es un “me incomoda” ni un “me preocupa”. Es un temblor interno. Y se nota en el verbo que elige.

El texto griego lo dice así: «ἀκούσας δὲ ὁ βασιλεὺς Ἡρῴδης ἐταράχθη καὶ πᾶσα Ἱεροσόλυμα μετ’ αὐτοῦ», que traducido es; «Habiendo oído, pues, el rey Herodes, fue agitado; y toda Jerusalén, con él

Mateo lo cuenta con una frase muy breve, pero por dentro va cargada. «Al oírlo, el rey Herodes fue agitado, y toda Jerusalén con él» (cfr. Mt 2,3). Todo empieza simplemente con eso, “al oír”. Herodes no ha visto la estrella, no ha salido a buscar nada. Solo le llega una noticia. Y esa noticia le basta para perder la calma.

 

A veces no hace falta ver la luz para que te moleste;

basta con saber que existe.

Mateo incluso subraya su título, “el rey Herodes”, como si dijera “el que manda”. Pero la frase lo desmiente. El que se supone que controla la situación, en realidad está controlado por el miedo. Y el verbo que Mateo usa es muy expresivo. No dice “se preocupó”. Dice que “fue agitado”, ἐταράχθη (etarajthē). La palabra trae a la cabeza el mar embravecido, el agua removida en una tormenta. Herodes queda revuelto por dentro, como si todo su mundo se le hubiera puesto en oleaje.

 

El poder que se apoya en el miedo

termina temiendo hasta una estrella.

Y lo más fuerte es que Mateo no deja el problema en Herodes, como si fuera “un caso clínico”. Añade «y toda Jerusalén con él». No dice “unos cuantos”; dice “toda Jerusalén”. Es una manera de hablar de un ambiente entero, de un mundo entero. Como si la ciudad representara un sistema completo que se sobresalta cuando aparece algo que no puede domesticar.

Aquí “Jerusalén” no es solo un punto en el mapa, sino que Jerusalén simboliza la forma antigua de entender a Dios y la religión; una relación basada en el intercambio. Yo te doy algo a ti, tú me das algo a mí. Yo cumplo, tú me proteges. Yo sacrifico, tú me bendices. Y cuando la fe se convierte en ese cálculo, por fuera puede parecer impecable, pero por dentro se vuelve oscura. Porque Dios queda reducido a un “mecanismo” que yo manejo con mis méritos. Dicho en sencillo, Jerusalén simboliza la forma antigua de pensar a Dios y de relacionarse con Él como si fuera un intercambio. Yo te doy algo, tú me das algo. Yo cumplo, tú me proteges. Yo sacrifico, tú me bendices. Una fe vivida así puede volverse un comercio disfrazado de devoción. Por fuera todo impecable, por dentro una negociación constante.

Jerusalén, en el relato, representa un mundo entero acostumbrado a funcionar de una determinada manera. Un mundo que se ha habituado a la oscuridad y, cuando llega la luz, no sabe dónde meterse.

 

Si la fe se vuelve negocio, la luz incomoda.

Por eso la estrella no solo guía a los que buscan. También desnuda a quienes prefieren que todo siga igual. Herodes está agitado porque esta luz anuncia un cambio real. Jesús viene a derribar los reinos de la opresión y de la tiranía, no con otra tiranía nueva, sino con un reino de otro estilo. No el reino de los dominadores, sino el reino de los servidores. El que gobierna, gobierna sirviendo. El grande no es el que se sienta arriba, sino el que se agacha para lavar los pies al hermano (cfr. Jn 13,14-15). Y el primero es el que se hace servidor de todos (cfr. Mc 10,42-45).

 

En el Evangelio, la autoridad no se impone;

se gana cuidando.

Esto se entiende en cualquier lugar; en una familia, en un trabajo, en una comunidad. Hay personas que solo se sienten seguras si controlan, si ganan, si deciden, si nadie les mueve la silla. Y cuando aparece alguien que trae otro estilo, que no juega al poder, que no entra en el chantaje, que vive con libertad, eso desconcierta. Porque esa persona, sin levantar la voz, está diciendo que se puede vivir de otra manera.

Por eso los que viven instalados en el poder suelen moverse en el secreto, en la maniobra, en la media verdad. La luz les molesta. Herodes no quiere cambiar y hará todo lo posible por mantenerse donde está.

Y con él se agita también «toda Jerusalén», es decir, todos los que se benefician del mundo viejo o, al menos, se sienten más cómodos en él.

Y aquí está el punto. La Epifanía no es solo una escena bonita. Es una luz que obliga a elegir. O sales a buscarla como los Magos, o te quedas dentro, defendiendo lo de siempre. Y entonces, aunque por fuera parezcas tranquilo, por dentro el mar se te llena de tormenta.

 

Herodes fue agitado

La forma verbal griega es ἐταράχθη (etarajthē), “fue agitado”, “quedó sacudido”. Es la misma familia de palabras que se usa para describir el agua cuando se revuelve, como el mar con oleaje fuerte. No es el miedo discreto que se guarda en un cajón, es el miedo que hace ruido, el miedo que remueve todo por dentro.

 

Lo que no está limpio por dentro,

se agita cuando llega la luz.

Y aquí aparece un paralelo muy sugerente. Ese mismo verbo lo usa Flavio Josefo al hablar del terror del faraón y de los egipcios cuando se enteran del nacimiento y la procedencia de Moisés, el que iba a romper una esclavitud que parecía eterna (cfr. Ex 2,15). En cuanto se intuye que llega alguien que puede cambiar las reglas, a los “faraones” les entra el pánico. No es solo una reacción personal, es un reflejo del sistema.

Porque Herodes no era un señor con “mala tarde”. Vivía sobre un trono con piernas torcidas. Era un rey ilegítimo, y cuando uno sabe que su poder no descansa en la verdad sino en el miedo, entonces vive con miedo. Por eso había mandado matar a una docena de familiares, por si acaso alguno le hacía sombra. El poder inseguro se vuelve voraz, siempre necesita eliminar riesgos, aunque sean imaginarios.

 

No es crónica. Es parábola.

Y por eso va directa al corazón.

«Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».

A estas alturas queda bastante claro que no estamos ante el relato de un hecho contado como crónica. Lo que estamos escuchando es una parábola compuesta por Mateo, un relato armado para que entendamos algo de fondo.

Y eso se nota, sobre todo, en cómo aparece Herodes. El Herodes histórico fue un hombre muy hábil, astuto, inteligente y además culto. No tiene nada que ver con el personaje ingenuo y casi despistado que sale aquí. Con las guardias bien entrenadas que tenía, repartidas por cada rincón de su reino, no habría necesitado esperar a que aquellos sabios volvieran para decirle dónde estaba el niño. Si esto fuera “periodismo”, no encajaría.

Entonces la pregunta es inevitable. ¿Por qué Mateo pone en escena a un Herodes tan torpe, incluso un poco ridículo?

Porque Mateo está hablando a cristianos de sus comunidades que viven perseguidos. Y nos habla también a nosotros, cuando a veces nos entra el temor de que las tinieblas del mundo puedan acabar venciendo a la luz de la estrella, que es Jesús de Nazaret. Y el mensaje que quiere clavar es este.

No tengáis miedo. Los grandes de este mundo, los que traman en la oscuridad contra la luz, parecen listos, parecen invencibles. Pero Dios desenmascara sus maniobras. Dios les da la vuelta. Dios termina dejando sus astucias en evidencia.

 

La oscuridad impresiona, pero no gobierna.

Mateo no está diciendo que el mal no exista, ni que no haga daño. Está diciendo otra cosa. Está diciendo que su supuesta “invencibilidad” es, en el fondo, apariencia. Y que, por mucha estrategia que acumulen, delante de Dios acaban quedando como lo que son. Planes que se creen inteligentes y terminan siendo ridículos.

Dios no compite con la oscuridad. La luz, cuando es luz, se impone por sí misma.

 

Si quieres ver la estrella,

hay lugares mentales de los que tienes que salir.

«Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría».

Fijaos en un detalle. En Jerusalén, donde el poder está en manos de Herodes y de los jefes religiosos, la estrella ya no se ve. Vuelve a aparecer a los Magos cuando salen, cuando se alejan de esa ciudad (cfr. Mt 2,9-10). Es como si el relato te dijera que, cuando te quedas pegado a cierto “ambiente”, hay cosas que se apagan por dentro y ni te das cuenta.

 

Jerusalén actúa y piensa como todo el mundo

Aquí Jerusalén representa la condición del “mundo viejo”. Un modo de vivir donde la mente y el corazón se vuelven oscuros, no porque falte información, sino porque se empieza a razonar con criterios que parecen muy sensatos para nosotros, pero que no tienen nada que ver con los criterios de Dios. Y al final uno termina llamando “sabiduría” a lo que solo es conveniencia, orgullo o miedo.

Mateo, diría yo, nos deja tres mensajes muy concretos.

El primero es sencillo. Si quieres ver la luz de la estrella, tienes que despegarte de esa ciudad. Y “esa ciudad” no es un mapa, es una manera de pensar, de reaccionar, de actuar como actúa todo el mundo. Es eso que hoy llamamos mundanidad. No hace falta irse al desierto. A veces basta con dejar de vivir en piloto automático.

 

Hay una señal infalible

para saber si sigues dentro.

Y aquí viene el segundo mensaje. Quizá tú te preguntas cómo puedes saber si todavía estás “en la ciudad envuelta en tinieblas” o si ya has salido. Mateo da un signo inequívoco: La tristeza. Quien no acoge la luz de Cristo no experimenta la alegría. En cambio, los Magos sienten alegría cuando salen de Jerusalén, cuando vuelven a ver la estrella y se dejan guiar por ella (cfr. Mt 2,10).

Es más, el texto lo subraya con solemnidad. Es la primera vez que en Mateo aparece la palabra “alegría”, y lo hace por todo lo alto. En griego dice «ἐχάρησαν χαρὰν μεγάλην σφόδρα» (ejárēsan jarán megálen sfódra), que literalmente sería “se alegraron con una alegría grande, inmensa”. No es una sonrisa de compromiso. Es esa alegría que te recoloca por dentro.

Si quieres experimentar esa alegría, nos dice Mateo, acoge la luz de la estrella. Y entonces te pasa algo muy humano. Empiezas a ser tú. Encuentras paz contigo mismo, notas armonía interior, te sientes en tu sitio.

 

Contar con noches no es pesimismo,

es realismo.

Tercer mensaje. Mete en la cuenta que habrá momentos en los que, como les ocurrió a los Magos, también tú puedes perder de vista la estrella. Y entonces llega la oscuridad, el miedo, las dudas, la incertidumbre. Incluso se te pueden apagar las esperanzas.

Recuerda cómo reaccionaron ellos. Cuando perdieron de vista la estrella, no cambiaron de camino ni tiraron la toalla. No abandonaron la dirección de su vida. Siguieron buscando la luz, y la estrella reapareció más luminosa que antes. Eso también puede ocurrirte a ti, si mantienes un corazón limpio como el de ellos.

Descubramos ahora qué sucede cuando los Magos encuentran la estrella en brazos de su madre, María.

 

Los regalos de los Magos no salen de la nada,

salen de una promesa.

«Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino».

¿De dónde sacó Mateo esos tres regalos que pone en manos de los Magos?

Los primeros cristianos lo habrían identificado al vuelo, porque conocían bien las Escrituras. Y nosotros también lo vemos claro, porque lo escuchamos en la primera lectura de esta fiesta (cfr. Is 60, 1-6): «Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá. Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor».

 Mateo está mirando al capítulo 60 de Isaías, un texto de ánimo y esperanza dirigido a Jerusalén en un momento difícil de su historia (cfr. Is 60,1-6). Allí se anuncia que un día la ciudad quedará envuelta por una luz deslumbrante, como si el Señor mismo la vistiera de fiesta. Y atraídos por esa luz, los pueblos y sus reyes se pondrán en camino llevando sus riquezas.

El profeta incluso baja al detalle. Habla de caravanas, de camellos y dromedarios que llegan, y menciona a Sabá. Dice que traerán oro e incienso y anunciarán las glorias del Señor (cfr. Is 60,6). Así se entiende también por qué la tradición cristiana imaginó siempre a los Magos llegando a Belén montados en camellos y dromedarios. No es un capricho decorativo. Es que los primeros creyentes reconocían enseguida a qué profecía estaba guiñando Mateo.

La mirra es el lenguaje del amor

Pero hay un problema. En Isaías aparecen el oro y el incienso, no aparece la mirra. ¿De dónde sacó Mateo ese tercer regalo, la mirra? El texto nos lleva al Cantar de los Cantares, donde la mirra aparece repetida una y otra vez, hasta ocho veces (cfr. Cant 1,13; 3,6; 4,6.14; 5,1.5.13). Allí la mirra, junto con el nardo, es perfume y lenguaje del amor.

 

Cuando el Evangelio habla de regalos,

en realidad está hablando del corazón.

Y entonces la pregunta ya no es “qué trajeron”, sino “qué significa”. ¿Qué quieren decir esos tres dones ofrecidos al nuevo rey?

El oro es poner lo mejor de nosotros mismos al servicio de Dios

El oro es lo más valioso. Ofrecerlo significa poner a disposición del Reino todo lo que uno tiene de “oro”, es decir, lo mejor de su vida, sus recursos, su tiempo, su energía. Mateo quiere que nos reconozcamos en los Magos y que, como ellos, pongamos nuestro “oro”, nuestra propia vida, al servicio del Reino de Dios.

El incienso es el olor al servicio del hermano

El incienso era característico del servicio sacerdotal. Solo los sacerdotes podían entrar en el santuario para ofrecerlo. Mateo da a entender que quien se adhiere a la luz de Cristo y de su Evangelio se convierte en “sacerdote” en este sentido. Está llamado a ofrecer a Dios un culto que le agrada. Y el incienso que le agrada no es humo bonito, es el perfume del amor, el olor del servicio al hermano.

 

La fe, cuando es de verdad,

huele a servicio.

La mirra es el símbolo del amor esponsal

Y queda el tercer don, la mirra. Es símbolo del amor esponsal. Quien se inclina ante el nuevo rey y le ofrece mirra reconoce algo decisivo. Dios no es un amo, ni solo un legislador, ni un justiciero como enseñaban los escribas a los fariseos. Es un esposo. Y quien ofrece la mirra reconoce al verdadero Dios que es amor, solo amor, el que ama a cada persona sin condiciones.

 

Quien se ha enamorado de la luz de Cristo

ya no recorre las rutas de antes

El relato termina con los Magos regresando a su tierra por otro camino.  Mateo nos está diciendo que quien ha visto la estrella, que es Cristo, y se ha enamorado de su luz, ya no vuelve por las rutas de antes. Algo cambia. La dirección interior ya no es la misma.