sábado, 18 de abril de 2026

Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Pascual, Ciclo A - Lc 24, 13-35 - «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

 

Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Pascual, Ciclo A

Lc 24, 13-35

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

 (For my followers in our sister nation, the United States of America, and for all my English-speaking friends, I have prepared this audio for you):


El Evangelio nace en una tierra concreta

y en una comunidad viva

Para entrar de verdad en el mensaje del pasaje evangélico de hoy, que es sin duda uno de los más hermosos del Nuevo Testamento, conviene detenernos un momento en el contexto en que fue escrito: el tiempo, el ambiente y también el lugar. El autor es Lucas, médico originario de Antioquía de Siria, convertido a Cristo algunos años después de la Pascua, y establecido más tarde en Filipos, una ciudad relevante y floreciente de Macedonia. Se extendía al pie de una montaña coronada por la acrópolis, como si la propia ciudad quisiera mirar al cielo sin dejar de apoyarse firmemente en la tierra.

Filipos era una ciudad rica. Al occidente se alzaba el monte Pangeo, conocido por sus minas de oro; frente a ella se abría una gran llanura fértil, bien regada y fecunda. Muy cerca de las murallas corría el río Zugacctis, y junto a sus orillas Pablo bautizó a Lidia, la primera mujer europea que acogió la fe. Allí nació también una comunidad cristiana especialmente querida para el Apóstol.

Basta leer la carta a los Filipenses para advertirlo: no hay en ella el tono severo que sí aparece en otros escritos paulinos. Con los filipenses, Pablo se siente en casa (cfr. Flp 1, 3-8; Flp 4, 1; Flp 4, 14-16). De ellos aceptaba ayuda, cosa que normalmente evitaba con otras comunidades, quizá para no dar pie a reproches posteriores. Y cuando fue encarcelado en Éfeso, los cristianos de Filipos no se limitaron a lamentarse: reunieron enseguida cuanto podía necesitar y se lo enviaron por medio de Epafrodito. La fe, cuando es verdadera, no se queda en los buenos sentimientos; se vuelve concreta.

También se nos muestra la gran ágora de la ciudad, y en ella un lugar que no es secundario: la biblioteca. Nos interesa porque Lucas era, con toda probabilidad, un lector apasionado de la literatura clásica y debió de frecuentar aquellas salas con asiduidad. En su Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles se perciben ecos culturales, resonancias y modos de narrar que dejan entrever lecturas amplias y una mente formada. No escribió desde la improvisación, sino desde una inteligencia creyente que había aprendido a escuchar muchas voces para poder anunciar una sola Palabra.

La fe también conoce el desgaste del tiempo.

Pero la cuestión decisiva es esta: ¿qué estaban viviendo las comunidades cristianas cuando Lucas redactó su obra? Nos situamos entre los años 80 y 90, y no era precisamente una estación serena. Las iglesias de Filipos y de Asia Menor atravesaban una crisis. Era el tiempo de Domiciano, el emperador que el Apocalipsis presenta bajo la figura de la bestia. Los cristianos eran marginados, despreciados, sometidos a abusos, y alrededor de ellos no faltaba la ironía de quienes se burlaban de su esperanza: “Esperáis la venida del Señor, pero todo sigue igual”. La tentación era fuerte: pensar que nada cambia, que la promesa tarda demasiado, que tal vez nos hemos fiado en vano.

Era, por tanto, una crisis provocada desde fuera, pero no solo. Había también un cansancio interior. Habían pasado unos sesenta años desde la Pascua; la primera generación había desaparecido, la segunda iba dejando paso a la tercera, y el fervor de los comienzos ya no ardía con la misma intensidad. También en la fe hay momentos en que uno no niega nada, pero ya no vibra por nada. Y ese enfriamiento, silencioso y educado, a veces es más peligroso que la oposición abierta.

La fe no se sostiene solo

con recuerdos prestados.

En ese clima empezaron a surgir preguntas dolorosas: ¿es verdad que Jesús ha resucitado? Aquellos que lo conocieron de cerca, que caminaron con él, que lo escucharon, que lo tocaron, que compartieron mesa con él, ya no estaban. Ciertamente habían sido testigos dignos de fe, personas leales, sin ningún interés en inventar historias. Humanamente hablando, había razones para fiarse de su testimonio.

Y, sin embargo, eso solo no bastaba. La fe no consiste simplemente en aceptar una información correcta sobre Jesús. La fe es algo más hondo: es adhesión, atracción, enamoramiento. Uno puede reconocer que el testimonio es sólido y, aun así, permanecer a distancia. Para que brote la fe hace falta que Cristo deje de ser solo alguien del que hemos oído hablar y empiece a volverse alguien capaz de tocar la vida, de fascinarla, de atraerla hacia sí. Solo entonces nace la decisión de vincular la propia existencia a la suya. Ahí comienza verdaderamente la fe.

Lucas creyó escuchando,

como nosotros.

Quizá por eso Lucas nos resulta tan cercano. Los otros evangelistas, de un modo u otro, estuvieron en contacto con el círculo originario de Jesús. Lucas, en cambio, no conoció personalmente al Señor histórico. Llegó a él por la vía del testimonio, exactamente como nos sucede a nosotros. Nadie le ahorró el camino de escuchar, discernir, acoger y dejarse alcanzar. No partió de una visión directa, sino de una palabra transmitida.

Y precisamente por eso su voz tiene algo singularmente fraterno. Lucas no escribe desde una altura inalcanzable, sino desde una experiencia que se parece mucho a la nuestra. Él mismo tuvo que pasar de la noticia a la adhesión, del relato recibido al fuego interior. Y cuenta su Evangelio porque desea que también nosotros hagamos ese mismo recorrido: no solo saber algo sobre Jesús, sino llegar a amarlo.

Emaús no es solo un recuerdo:

es un camino posible.

Desde ahí se entiende la belleza del relato de los discípulos de Emaús. Lucas no lo ofrece solo como la memoria de un encuentro sucedido una vez, sino como una verdadera parábola del camino espiritual. En esos dos discípulos desalentados, que caminan hablando de lo que no entienden, podemos reconocernos también nosotros. Y en la presencia discreta del Resucitado, que se acerca, escucha, interpreta y finalmente se deja reconocer, se nos revela el modo en que Cristo sigue hoy saliendo a nuestro encuentro.

Lucas hizo esa experiencia y por eso puede narrarla. No escribe para informar sin más, sino para introducirnos en un itinerario. Quiere que también nosotros descubramos que el Resucitado no pertenece únicamente al pasado, ni vive encerrado en la memoria de otros, sino que sigue haciéndose compañero de camino, incluso cuando nosotros no lo reconocemos todavía. Y tal vez ahí empieza todo: no cuando nosotros lo encontramos a él, sino cuando caemos en la cuenta de que él ya venía caminando con nosotros.

No se van extraños:

se marchan de los nuestros.

«Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios»

Veamos quiénes son esos dos que dejan la comunidad. No son dos cualquiera, no son simples simpatizantes. Son dos discípulos convencidos, dos de los que se han dejado implicar de verdad en la causa del Evangelio. Diríamos hoy: dos cristianos comprometidos, de esos con los que el párroco puede contar de día y de noche.

Uno de los dos se llama Cleofás, un nombre muy común, abreviatura de Cleopatro, el masculino de Cleopatra. Del otro, en cambio, Lucas no nos dice el nombre. ¿Lo habrá olvidado? ¿No se lo habrán transmitido? No. Más bien parece una invitación que Lucas dirige a cada lector para que ponga su propio nombre junto al de Cleofás.

Lo que Lucas cuenta

es también nuestra historia.

Es como si nos dijera: “Atento, porque lo que ahora te voy a contar habla de ti.” Eres tú quien está tentado de hacer —o quizá ya ha hecho— la misma elección que esos dos: alejarse de la comunidad. Pero también nos advierte de algo decisivo: si queremos abrir los ojos y reconocer al Resucitado, eso es posible. Basta con echar a andar junto a Cleofás.

¿Por qué se separan del grupo? ¿Por qué abandonan la comunidad? Enseguida escucharemos su desahogo: están atravesando una crisis, una decepción. Sus expectativas se han venido abajo y, entonces, han pensado que ha llegado el momento de guardar todos sus sueños en un cajón y marcharse, volver a la vida de antes.

Cuando la esperanza se enfría,

aparece la tentación de irse.

Eso es exactamente lo que estaba ocurriendo en los años ochenta en la comunidad de Filipos y en las comunidades de Asia Menor. Había muchos abandonos (cfr. Flp 1, 27-30; Flp 2, 12-16; Flp 3, 12-16; Flp 4, 1; Gal 5, 1; Gal 6, 9-10; Col 1, 21-23; Col 2, 6-7; Col 2, 8; Ef 4, 1-6; Ef 4, 13-16; Ef 6, 10-18).

Y, en cierto modo, también esta es una realidad muy nuestra. Vemos una Iglesia cansada. El entusiasmo que caracterizó el posconcilio se ha ido apagando. Muchas seguridades se han debilitado y no pocos se preguntan: “¿Sigue mereciendo la pena permanecer en esta Iglesia?” ¿No sería mejor que cada uno siguiera su propio camino, interesándose quizá por alguna otra propuesta religiosa?

El lugar de destino es Emaús. Su localización sigue siendo incierta, porque Lucas habla de una distancia de sesenta estadios, es decir, unos once kilómetros de Jerusalén, y allí se ha señalado un lugar devocional para los peregrinos. Sin embargo, la Emaús del tiempo de Jesús se encontraba a treinta y dos kilómetros de Jerusalén, en Trun. En cualquier caso, los dos se van. Abandonan toda esperanza de que pueda brotar algo nuevo en el mundo. Los días vividos con Jesús han sido un hermoso sueño, pero todo ha terminado mal. Y, con resignación, se marchan.

Ellos creen caminar solos,

pero no lo están.

A lo largo del camino están convencidos de que van solos. Pero no es verdad. Hay alguien que sigue caminando a su lado, aunque ellos todavía no se dan cuenta.

         Cuando la fe duele,

buscamos explicaciones.

«Iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo».

¿Qué hacen los dos mientras recorren el camino que los aleja de la comunidad? El texto griego lo expresa así: «καὶ ἐγένετο ἐν τῷ  ὁμιλεῖν αὐτοὺς καὶ συνζητεῖν», o sea, «Y sucedió que, (no expresa solo que “pasó algo”, sino que introduce un hecho que se pone en marcha) mientras ellos conversaban y discutían entre sí…»; Conversan y discuten.

El verbo griego que aparece aquí es συζητεῖν (syzeteín), y sugiere una discusión viva, casi acalorada. Y esto resulta sorprendente, porque ambos habían decidido de común acuerdo marcharse. ¿Por qué discuten entonces? Porque buscan una explicación de lo sucedido. Es lo que pasa cuando se rompe un enamoramiento sobre el que habíamos puesto tantas expectativas: uno no se resigna. Los enamorados se dicen: “Nuestra historia, tan hermosa, no podía terminar así”.

La amargura también revela

que hubo amor verdadero.

Los dos sufren porque, en el fondo, no consiguen cortar del todo. No se resignan, no dicen simplemente: “Se acabó, paciencia”. Y eso es hermoso, porque significa que de verdad estaban enamorados de Jesús. Por eso intentan comprender la razón del fracaso, pero no logran ponerse de acuerdo. Discuten, se reprochan, buscan culpables. Quizá empiezan incluso a pensar que Jesús tendría que haber sido más prudente, menos provocador.

Y eso es exactamente lo que sucede también hoy. Cuando las cosas van mal en la Iglesia, enseguida buscamos responsables. Unos culpan a los conservadores, porque no entienden los signos de los tiempos; otros culpan a los progresistas, porque creen que van demasiado lejos. Y así cada uno descarga su amargura echando la culpa a los demás. Pero cuando aparece esta amargura, es porque realmente ha habido amor a Cristo y a su Iglesia. Si no se siente ese dolor, quizá nunca hubo una implicación verdadera.

El Resucitado camina al lado

de quienes están confundidos.

Y mientras avanzan por el camino, el Resucitado se acerca a ellos en medio de esa confusión. «Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo»; Sus ojos estaban impedidos para reconocerlo. Atención: no se trata de un milagro teatral, como si Jesús hubiera querido ocultarse primero para aparecer al final por sorpresa. No. El Resucitado está siempre al lado de sus discípulos. Y en este momento está junto a dos que se han alejado, que están cansados y decepcionados.

No es Jesús Resucitado quien se esconde. Son sus ojos los que todavía no son capaces de verlo, aunque él permanece a su lado. Nosotros somos también esos dos cuando seguimos amando a la Iglesia, pero al mismo tiempo estamos enfadados por lo que sucede, porque las cosas no van como deberían. Entonces pensamos que estamos solos y olvidamos que el Resucitado está siempre a nuestro lado y sigue caminando con su Iglesia.

Antes de hablar,

Jesús deja que el corazón se desahogue.

Durante un buen trecho, Jesús no interviene. No se hace oír enseguida. Comprende su decepción, entiende su necesidad de acusar a alguien, y les deja espacio para desahogarse. También eso forma parte de su delicadeza. El Resucitado no aplasta el dolor con respuestas rápidas. Primero se acerca, acompaña, escucha. Y solo después entra en diálogo con estos discípulos de Emaús.

Antes de corregir,

hay que aprender a escuchar.

«Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?».

Si hoy me encuentro con un hermano en la fe que, decepcionado, se ha alejado de la Iglesia, y lleva el corazón herido porque la amaba, pero yo, antes incluso de que abra la boca, lo acoso con razonamientos para demostrarle que se equivoca, que no es verdad lo que piensa, él me mirará un momento y luego dirá para sus adentros: “Este no me entiende en absoluto”. Y el diálogo terminará ahí.

Jesús no entra en la herida

a golpes de argumento.

Jesús no actúa así. Él sabe que esos dos necesitan, ante todo, desahogar su dolor, sacar a la luz la razón de su amargura. Y por eso los anima a hablar. Les dice: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». En griego se dice de este modo: «τίνες οἱ λόγοι οὗτοι, οὓς ἀντιβάλλετε πρὸς ἀλλήλους περιπατοῦντες;»; que traducido es «¿Qué palabras son estas que os vais lanzando uno a otro mientras camináis?»; El verbo griego es ἀντιβάλλω (antibálo) y evoca casi las flechas que uno lanza contra el otro.

Entonces ellos se detuvieron con el rostro sombrío. El término indica precisamente eso: ensombrecidos, abatidos, como cuando el dolor nos apaga la cara.

Quien no se siente comprendido,

responde con aspereza.

Y Cleofás responde de un modo poco cortés: «Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?», que es tanto como decir: “¿Dónde vives?”. Cuando uno está amargado y el otro da la impresión de no entender su dolor, es normal que responda de manera brusca. Y Jesús comprende su reacción. No se ofende, no se lo toma mal. 

El Resucitado no se impone:

invita a contar la herida.

Jesús los deja hablar. Los invita a contar lo que llevan dentro. Solo después de haber acogido su desahogo podrá abrirles los ojos. Escuchemos ahora ese largo desahogo de los dos discípulos.

Habían seguido a Jesús,

pero todavía no habían entendido su camino.

«Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

         Se nota que estos dos habían conocido de cerca a Jesús de Nazaret. Saben bien lo que hizo y lo que enseñó. Lo consideran un hombre bueno, alguien que pasó haciendo el bien; un maestro sabio que, con sus palabras de paz y de amor, tocó el corazón de muchas personas. Pero, a la hora de la verdad, su mirada se detiene ahí. Para ellos, Jesús ha terminado como terminan todos: en la muerte. Y mientras uno no atraviesa ese umbral con la fe en la resurrección, todo queda encerrado en la lógica de este mundo: si la vida acaba en la tumba, entonces también las derrotas siguen siendo derrotas.

Si escuchamos atentamente lo que dicen, vemos que no solo están heridos: también se han equivocado en su manera de entender a Jesús. Y eso ayuda a comprender por qué su dolor es tan hondo.

Primer error:

querían un Mesías según sus propios sueños.

Ellos dicen: «Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel». Ahí aparece con claridad su primera equivocación. Siguen esperando un Mesías triunfador, victorioso, poderoso. No se han dejado desinstalar de verdad de sus esquemas más antiguos. Y, sin embargo, habían escuchado muchas veces a Jesús hablar del reino de Dios, del amor sin fronteras, de un mundo nuevo, de una humanidad reconciliada. Pero no bastó. Ellos seguían aferrados a la imagen de un rey fuerte, de un salvador glorioso, de alguien que venciera según las categorías que todos entienden.

Por eso, cuando se encontraron delante de un Mesías derrotado, todo se les vino abajo. No cayó solo una esperanza: cayeron también sus planes, sus imágenes, sus seguridades. El problema es que no habían contado con algo decisivo: los caminos de Dios no coinciden necesariamente con los nuestros. Los sueños de Dios no son siempre los que nosotros habíamos imaginado para él.

También nosotros podemos repetir ese mismo error en la vida de la Iglesia. Podemos querer una Iglesia que responda exactamente a la imagen que nos hemos hecho de ella, a la forma que nos tranquiliza, al modelo al que nos hemos acostumbrado. Y, cuando la Iglesia no se ajusta a ese retrato, llega la decepción, y con la decepción aparece incluso la tentación de marcharse. Pero conviene preguntarnos con humildad: ¿quién nos ha dicho que la historia de la Iglesia tiene que avanzar según nuestros esquemas? Dios sigue siendo capaz de sorprender, y a veces nos desconcierta precisamente porque no se deja encerrar en nuestras previsiones.

Segundo error:

no quisieron comprobar

si Dios estaba abriendo algo nuevo.

Los dos continúan contando que «es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo».

Ellos conocen esos hechos. Saben que algo ha empezado a moverse, que alguien ha comenzado a intuir que ha sucedido algo extraordinario. Y, sin embargo, ese indicio no les basta ni siquiera para ponerse en camino.

¿Por qué? Porque su interés estaba fijado en otra cosa. Esperaban al Mesías que restaurara gloriosamente a Israel. Y como eso no había ocurrido del modo que ellos querían, lo demás dejó de importarles. No fueron a verificar. No quisieron dejarse interpelar por lo que las mujeres habían visto y anunciado. Ahí está su segundo gran error. Otros habían empezado ya a entrever las sorpresas de Dios, pero ellos prefirieron no seguir buscando.

Y ese detalle es muy importante. Porque una cosa es no entender todavía, y otra muy distinta renunciar a comprobar si Dios está haciendo algo nuevo. Ellos no se cerraron solo por dolor; se cerraron también porque ya no les interesaba mirar más allá de su decepción.

Cuando dejamos de buscar,

la decepción empieza a mandar.

Algo parecido puede ocurrirnos también hoy. La realidad de la Iglesia ya no es la de hace algunas décadas. Hay problemas, preguntas abiertas, inquietudes sobre la fe, la moral, las decisiones pastorales, y también nos hace sufrir la incoherencia de muchos cristianos. Todo eso es real. Pero también es real otra cosa: hay personas que siguen buscando con pasión, que aman a Cristo y aman a la Iglesia, y que, a la luz del Espíritu, tratan de discernir caminos, de descubrir signos de esperanza, de compartir con sus hermanos lo que poco a poco van comprendiendo.

Frente a eso, otros adoptan la postura de los discípulos de Emaús antes del encuentro con el Resucitado: dejan de buscar, se resignan y se van por su camino. Y a veces esa resignación toma la forma de la ironía, de la crítica amarga, de comentarios que hieren. Hay frases que, en boca de quien está fuera, quizá no nos sorprenderían; pero duelen mucho más cuando salen de labios de alguien que pertenece a la misma comunidad creyente.

No todo desahogo

nace del mismo lugar.

Hay una manera noble de expresar el dolor: la que nace del amor herido y sigue buscando la verdad. Y hay otra manera de hacerlo: la que se instala en la amargura y acaba encerrándose en ella. Una cosa es sufrir por la Iglesia; otra, muy distinta, es dejar de esperar de ella porque ya hemos dejado de esperar de Dios.

Ahora estamos en condiciones de comprender mejor lo que Jesús va a hacer con estos dos discípulos. No los humilla por sus errores, no los aplasta por su lentitud. Va a abrirles poco a poco la mente y el corazón, porque solo cuando el corazón vuelve a ensancharse puede empezar también a ver de otra manera.

         La herida necesita escucha,

pero también verdad.

«Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras».

Jesús los ha dejado hablar. Los ha dejado vaciar su dolor, porque lo necesitaban. Pero llega un momento en que no basta con desahogarse: hay que dejarse corregir. Y entonces Jesús los pone delante de su error con palabras duras, sí, pero necesarias; no para humillarlos, sino para sacudirlos. Les dice: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!».

Ahí está la raíz de su amargura y de su confusión. Han llegado a ese punto porque se han separado de las Escrituras. No han intentado comprender lo sucedido a Jesús de Nazaret a la luz de la Palabra de Dios. Han seguido alimentando sus propias expectativas, sus sueños, sus imágenes del Mesías; pero no eran esos los caminos que la Escritura anunciaba.

Sin la Palabra,

la historia se vuelve incomprensible.

Por eso Jesús comienza ahora a ayudarles a entender. Les dice: «¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?», y sigue diciendo el evangelista san Lucas «Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras».

A los ojos humanos, los acontecimientos que envolvieron la vida de Jesús resultan inaceptables, injustos, escandalosos. Pero cuando se leen a la luz de la Palabra de Dios, cambian completamente de sentido. Lo que parecía solo fracaso no era el final. Lo que parecía la victoria del mal no tenía la última palabra. Las Escrituras permiten descubrir que el crimen más grande cometido por los hombres se ha convertido, en el designio de Dios, en la obra suprema de su amor.

La Palabra no borra el dolor:

le da horizonte.

Los discípulos de Emaús están así porque no se han dejado iluminar por las Escrituras. Y también nosotros necesitamos aprender a releer lo que vivimos —los días luminosos y también los días de lágrimas— a la luz de la Palabra de Dios. De lo contrario, muchos acontecimientos nos parecerán absurdos, injustos, sin salida, y podrían empujarnos al desánimo o incluso a la desesperación.

Porque hay momentos en los que la vida, mirada solo desde abajo, no se entiende. Y entonces no es que falten hechos: falta una luz. No basta con que algo ocurra; hace falta aprender a leerlo. Y esa lectura creyente no nace espontáneamente de nosotros mismos: nace cuando dejamos que Dios nos enseñe a mirar.

La Escritura se entiende de verdad

cuando enciende el corazón.

         Para comprender las Escrituras hace falta que alguien nos las abra, como hizo Jesús con aquellos dos. Y ojalá no lo haga como quien dicta fríamente una lección árida, sino con palabras capaces de tocar la vida, de atravesar la tristeza, de devolver calor al alma. Porque la verdadera explicación de la Palabra no solo aclara ideas: enciende el corazón.

Y ahí empieza ya el cambio. Antes de reconocer a Jesús con los ojos, los discípulos empiezan a reconocerlo por dentro. Antes de verle el rostro, sienten que algo se despierta en ellos. Cuando la Palabra vuelve a arder, los ojos comienzan a prepararse para ver.

Y ahora llega el momento en que esos dos abrirán los ojos y reconocerán al Resucitado. 

         Los ojos se abren cuando

el corazón ha sido preparado.

«Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan».

¿Cómo llegan aquellos dos discípulos a abrir los ojos y a descubrir que el Resucitado había estado siempre a su lado, aunque ellos no supieran reconocerlo? Lucas está haciendo catequesis para los cristianos de sus comunidades y también para nosotros, que, como él, no conocimos al Jesús terreno, no lo vimos con nuestros ojos ni lo tocamos con nuestras manos como sí pudieron hacerlo los apóstoles. Y precisamente en el relato de Emaús nos revela el camino por el que él mismo llegó a la fe pascual: cómo aprendió a reconocer al Resucitado y cómo también nosotros podemos reconocerlo hoy.

El Resucitado se deja reconocer

en la vida de la comunidad.

Todo sucede al atardecer, en el momento de la fracción del pan. No es un detalle secundario. Esa expresión era, en las primeras comunidades, el modo habitual de nombrar la Eucaristía. Por eso, el relato de la cena de Emaús no describe solo una escena del pasado: retrata también la experiencia de las comunidades cristianas del tiempo de Lucas en el día del Señor. Al final de una jornada larga y fatigosa, cuando por fin podían reunirse, los creyentes se congregaban para escuchar la Palabra y partir el pan.

La celebración comenzaba con la escucha de las Escrituras y con su explicación, exactamente como había hecho aquel caminante misterioso a lo largo del camino. Y por eso los dos podrán decir después: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Ahí está la clave de todo. Lucas quiere decirnos que los ojos no se abren de golpe, como por arte de magia; se abren cuando antes ha sido abierto el corazón por la Palabra de Dios.

Primero la Palabra enciende por dentro;

después el Pan permite reconocer.

Toda la narración avanza hacia ese instante decisivo. Cuando el caminante se sienta a la mesa con ellos, toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da. Es la Eucaristía. Y es precisamente en esos gestos donde lo reconocen. No lo reconocen por un rasgo físico, ni por una prueba exterior, ni por una evidencia espectacular. Lo reconocen en el gesto en que Jesús había resumido toda su vida.

Porque partir el pan no es simplemente realizar un rito. Es revelar un modo de existir. En la última cena, al tomar el pan y entregarlo, Jesús estaba diciendo en realidad: Esto soy yo.” Como si dijera: “Si queréis saber quién soy y qué sentido ha tenido mi vida, mirad este pan. Yo he vivido así: entregándome”. Toda su existencia fue don para los demás. No se reservó nada. No ahorró tiempo, ni fuerzas, ni amor. Su vida entera fue pan partido para la vida del mundo.

Y cuando añade: “Tomad y comed”, la invitación va mucho más allá de un gesto devocional. Está diciendo: Si queréis uniros de verdad a mí, acoged mi vida dentro de la vuestra. Dejad que mi forma de amar se convierta en vuestra forma de vivir. La Eucaristía no es solo memoria de un amor pasado; es comunión con una vida entregada que quiere prolongarse en nosotros.

En el pan partido se revela

que el amor no acaba en la muerte.

Si el corazón ha sido preparado por la Palabra, entonces ese gesto se vuelve transparente. Entonces comprendemos que todo es verdad. Comprendemos que la vida entregada no termina destruida por la muerte, sino transfigurada en Dios. Comprendemos que ninguna migaja de amor se pierde, que nada de una existencia gastada por amor cae en el vacío. El mundo quizá contabiliza éxitos, resultados, prestigio; Dios, en cambio, conserva hasta el último fragmento de amor verdadero.

Quien no ha sido iluminado por las Escrituras puede pensar que todo esto es una ilusión piadosa, un consuelo religioso para corazones heridos. Pero quien ha dejado que la Palabra le abra por dentro empieza a ver de otra manera. Y entonces descubre que Jesús de Nazaret no es un vencido atrapado en el sepulcro, sino el Viviente, glorificado en Dios precisamente porque ha amado hasta el extremo.

El Resucitado no desaparece:

cambia su modo de presencia.

Por eso, cuando Lucas dice «pero él desapareció de su vista»; que se volvió invisible a sus ojos, no está diciendo que se ausentó sin más. No significa que se marchó y los dejó otra vez solos. Significa algo mucho más hondo: ya no está delante de ellos como antes, pero sigue estando con ellos de un modo nuevo. No desaparece; permanece. Solo que ahora su presencia ya no se capta con los ojos del cuerpo, sino con la fe de la Iglesia. Y Lucas nos enseña que esa presencia se reconoce de manera privilegiada en la Eucaristía.

Quien reconoce al Resucitado

vuelve a los hermanos.

Y entonces sucede algo muy bello: una vez que los ojos se han abierto de verdad, aquellos dos ya no pueden quedarse quietos. La experiencia del Resucitado no los encierra en una emoción íntima, ni los instala en una espiritualidad cómoda y privada. Al contrario, los pone de pie y los devuelve a la comunidad. Se levantan y regresan para anunciar a los hermanos lo que han vivido.

Ese es siempre el signo de un encuentro auténtico con el Señor: no nos aísla, no nos vuelve más autosuficientes, no nos deja girando alrededor de nuestra propia experiencia. Nos devuelve a la Iglesia, nos reconcilia con los hermanos y nos convierte en testigos. Porque quien ha descubierto que Cristo vive ya no puede guardarse esa noticia para sí. 

El corazón arde, los ojos se abren

y los pies vuelven a la comunidad.

Así termina el camino de Emaús. Y así puede comenzar también el nuestro: escuchando una Palabra que nos reordena por dentro, dejándonos alcanzar por el Pan partido que nos revela el amor de Cristo, y volviendo luego a los hermanos con una certeza nueva: el Resucitado sigue caminando con nosotros, sigue hablándonos, sigue partiéndose por nosotros, y sigue haciendo de nuestra noche un comienzo.

domingo, 12 de abril de 2026

Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen

 

Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,

nació de Santa María Virgen


1. No una idea, sino un acontecimiento

Cuando la Iglesia pronuncia estas palabras del Credo, no está recordando un detalle piadoso del comienzo de la vida de Jesús. Está confesando el centro mismo del cristianismo: Dios no ha querido salvar al hombre desde lejos, sino entrando en su historia. La fe no nace de una teoría religiosa, ni de una moral más alta, ni de una filosofía sobre lo divino. Nace de un acontecimiento: el Hijo eterno del Padre ha irrumpido en el tiempo y ha entrado en la trama concreta de nuestra existencia.

Por eso el cristianismo tiene siempre algo de escándalo. Los mitos se mueven en un tiempo impreciso; las ideas viven en el mundo de lo abstracto; pero Jesucristo pertenece a la historia. Tiene linaje, carne, madre, pueblo, lengua, lágrimas, cansancio y cruz. Dios se ha dejado encontrar no en un concepto puro, sino en la existencia concreta de Jesús de Nazaret. Y ahí la razón humana queda herida y atraída a la vez: herida, porque no controla un misterio así; atraída, porque intuye que en esa cercanía se juega su salvación.

Pascal lo formuló con una finura admirable: en Cristo hay suficiente luz para quien quiere ver y suficiente oscuridad para quien no quiere ver. Dios no aplasta la libertad. No se impone con evidencia tiránica. Se ofrece en la humildad de los signos, pide obediencia de la fe y deja intacta la posibilidad de acogerlo o de rechazarlo. La revelación cristiana no suprime el misterio: lo vuelve habitable.

2. Dios prepara lo definitivo a través de lo imposible

Nada de esto llega de improviso. Dios había ido educando a su pueblo con una pedagogía paciente: la pedagogía de la debilidad. Allí donde la naturaleza parecía agotada, allí donde la esterilidad y la impotencia señalaban el límite del hombre, Dios hacía brotar la promesa. Sara, la madre de Samuel, la madre de Sansón, Isabel: todas estas mujeres muestran la misma ley espiritual. La vida verdadera no nace del dominio humano, sino de la fidelidad de Dios.

No se trata solo de episodios conmovedores. Es una escuela. Dios enseña a Israel a no poner la confianza en la fuerza, en el cálculo o en la estrategia. La liberación no vendrá del vigor del hombre, sino del amor del Señor. Por eso, cuando llega María, el terreno está preparado: en ella culmina la historia de lo imposible hecho fecundo por la gracia. La salvación no se conquista; se recibe.

3. El Hijo no empieza en María: es engendrado, no creado

Aquí hace falta una precisión fundamental. Cuando confesamos que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo, no estamos diciendo que el Hijo comenzara a existir en el seno de María. El Hijo no empieza en Belén. No empieza en Nazaret. No empieza el día de la Anunciación. Antes de ser concebido en el tiempo, ya era eternamente el Hijo.

Por eso el Credo lo llama engendrado, no creado. Esta fórmula no es un tecnicismo frío; es una llave de oro para entrar en el misterio. El Hijo no pertenece al orden de las criaturas. No es la más excelsa de las obras de Dios. No es un intermediario entre el cielo y la tierra. Es verdadero Dios de verdadero Dios, eternamente recibido del Padre, uno con Él en la misma divinidad. El Padre no “produce” al Hijo como quien hace una cosa; el Padre engendra eternamente al Hijo.

San Agustín ayuda mucho aquí al distinguir los dos nacimientos del Verbo. Está, por una parte, su nacimiento eterno: del Padre, fuera del tiempo, sin madre, incorpóreo, sin sexo, en la intimidad misma de Dios. Y está, por otra, su nacimiento temporal: de María, en la plenitud de los tiempos, sin padre humano, en nuestra carne, para recrearnos. El mismo que es engendrado eternamente sin madre en el seno del Padre nace en el tiempo sin padre humano en el seno de la Virgen.

4. El Espíritu Santo no es el Padre de Jesús

También aquí conviene hablar con gran limpieza. El Espíritu Santo no es el Padre de Jesús. Cuando la Iglesia dice que Cristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, no atribuye al Espíritu la paternidad del Hijo. La paternidad del Hijo pertenece eternamente al Padre. El Hijo es Hijo del Padre desde siempre.

Entonces, ¿qué realiza el Espíritu Santo? Realiza la concepción virginal de la humanidad de Cristo en el seno de María. El Espíritu Santo es la potencia creadora de Dios, la רוּחַ (rúaj) divina que al comienzo se cernía sobre las aguas y que ahora cubre a la Virgen con su sombra para iniciar la nueva creación. En la eternidad, el Padre engendra al Hijo; en el tiempo, el Espíritu Santo obra que ese Hijo eterno asuma nuestra carne.

Esta distinción no complica la fe: la protege. Sin ella se confundirían las Personas divinas y se desdibujaría la Encarnación. El Niño de Belén no es el fruto de una nueva paternidad atribuida al Espíritu, sino el Hijo eterno del Padre hecho hombre por obra del Espíritu Santo.

5. María, la creyente en quien la promesa se hace carne

Llegamos así a María. Y aquí la Iglesia no contempla solo una maternidad corporal, sino una fe. María no es un simple canal biológico. Es la mujer libre que escucha, acoge y responde. Por eso los Padres dicen algo bellísimo: María concibió a Cristo en la mente antes que en el vientre, en la fe antes que en la carne. Antes de llevarlo en su seno, lo llevó en el corazón. Antes del parto, hubo obediencia interior.

Su “hágase” es uno de los momentos más altos de la historia humana. No es resignación. No es pasividad. No es un consentimiento distraído. Es el acto limpio por el cual una criatura deja de ponerse en el centro para abrir espacio total a la Palabra. San Agustín llega a decir que María fue más feliz por recibir la fe de Cristo que por concebir la carne de Cristo. No porque su maternidad física sea secundaria, sino porque su raíz está en una fe obediente.

María es grande porque creyó. Y en eso se vuelve maestra de la Iglesia y de cada cristiano.

6. Hija de Sión, nueva Tienda, nueva creación

María no puede entenderse al margen de Israel. Ella es la Hija de Sión, el resto fiel, la pobreza de un pueblo que espera y que, al fin, ve cumplirse la promesa. En ella la historia de Israel llega a su plenitud. La esperanza se vuelve presencia.

La Anunciación retoma, además, el lenguaje mismo de la creación. Así como el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas primordiales, ahora cubre a María con su sombra. Es la misma fuerza creadora, pero en un comienzo nuevo. No se trata de una mera intervención extraordinaria: se trata del inicio de la nueva creación. Allí donde el caos se convertía en cosmos, ahora nuestra humanidad comienza a ser rehecha desde dentro.

Esa “sombra” del Espíritu remite también a la nube de la presencia divina, a la shekiná del tabernáculo y del templo. Por eso María ha sido contemplada como la nueva Tienda de la Reunión, el lugar santo donde Dios acampa entre los hombres. Su seno aparece, en la mirada de la tradición, como el Sancta Sanctorum donde la Palabra eterna asume la carne. El cuerpo de Cristo será el nuevo templo; María es el lugar donde ese templo empieza a levantarse.

7. La virginidad de María: signo de que todo es don

La virginidad de María no es un añadido pintoresco ni una curiosidad biológica. Es un signo teológico de gran densidad. Dice, ante todo, que Jesús es don. La redención no nace del poder de la carne, ni del deseo del hombre, ni de la voluntad del varón. Entra en el mundo como pura iniciativa de Dios.

Por eso la tradición ha defendido la virginidad de María antes, durante y después del parto. Antes del parto, porque la concepción del Señor excluye toda intervención de varón y manifiesta que su origen está únicamente en el Padre. Durante el parto, porque el nacimiento del Señor no viola la integridad de la Madre, sino que la colma de una fecundidad maravillosa. Después del parto, porque su virginidad perpetua expresa su total consagración al designio de Dios.

Rufino de Aquileia recurrió a la imagen de la puerta oriental de Ezequiel: la puerta por la que pasa el Señor y que permanece cerrada. María es esa puerta consagrada, por la que Dios entra al mundo sin romper su integridad. Tertuliano, por su parte, veía en la virginidad una “novedad extraordinaria”, el signo mismo de que aquí no estamos ante un nacimiento común, sino ante una irrupción divina. Y san Ignacio de Antioquía hablaba de la virginidad de María, de su parto y de la muerte del Señor como de tres “misterios sonoros” cumplidos en el silencio de Dios, ocultos al príncipe de este mundo y revelados solo a la fe.

La virginidad de María proclama que lo más grande de Dios entra en la historia como gracia pura.

8. María, Nueva Eva

Aquí se comprende mejor por qué la tradición llama a María Nueva Eva. Eva escuchó la palabra de la serpiente y abrió el drama de la desobediencia. María escuchó la palabra del ángel y se abrió a la obediencia de la fe. Eva dejó entrar la sospecha; María dejó entrar la Palabra. Allí se anudó el nudo de la incredulidad; aquí comienza a desatarse.

San Ireneo y Tertuliano vieron en esto algo más que una comparación bella: vieron la lógica misma de la salvación. Si la ruina había entrado por una virgen que no creyó, convenía que la salvación entrara por una Virgen que creyó. La palabra mortífera penetró en Eva; la Palabra vivificante penetró en María. Sin poner jamás a María al nivel de Cristo, la tradición pudo decir, en un sentido subordinado y participado, que su obediencia la hace “causa de salvación”, precisamente porque coopera con la entrada del Salvador en el mundo.

9. Θεοτόκος (Theotókos): Madre de Dios

La Iglesia llama a María Θεοτόκος (Theotókos), Madre de Dios. Y este título no se acuñó para alimentar una devoción sentimental, sino para custodiar la verdad de Cristo. Si el que nace de María fuese solo un hombre unido luego a Dios, el título sería impropio. Pero el que nace de ella es realmente el Hijo eterno del Padre hecho hombre. Por eso María puede ser llamada con toda verdad Madre de Dios.

San Cirilo de Alejandría lo explicó con precisión: el Logos no se asocia a un hombre ajeno, sino que hace suyo nuestro cuerpo y nace de mujer permaneciendo Dios. De ahí que el título Theotókos funcione como una verdadera salvaguarda cristológica. No engrandece a María a costa de Cristo; protege la unidad del mismo Cristo.

10. Contra las herejías: Cristo no fingió ser hombre

La Encarnación obligó a la Iglesia a defender con firmeza la verdad de Cristo frente a muchas deformaciones. El docetismo no soportaba la humildad escandalosa de la carne y terminaba diciendo que Jesús solo parecía hombre. Las corrientes gnósticas desconfiaban de la materia y de la historia, como si Dios no pudiera tomarlas en serio. El arrianismo rebajaba al Hijo al rango de criatura. Otras corrientes terminaron separando excesivamente lo humano y lo divino, o fundiéndolos de tal manera que la humanidad quedaba desfigurada.

La respuesta de la Iglesia fue clara: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. No es un Dios disfrazado. No es una apariencia sagrada. No es una criatura excepcional. No es dos sujetos pegados por fuera. Es el Hijo eterno del Padre que ha asumido realmente nuestra naturaleza humana. Trabajó con manos de hombre y amó con corazón de hombre. Sintió hambre, sed, cansancio, sueño, tristeza y turbación ante la muerte.

Por eso la tradición repite una frase decisiva: «Lo que no ha sido asumido no ha sido curado.» Solo una carne realmente asumida puede ser realmente salvada. Solo una vida humana realmente vivida por el Hijo puede ser redimida en sus estratos más hondos.

11. La paradoja de Cristo

La tradición patrística contempló este misterio con un lenguaje de contrastes. San Gregorio Nazianceno lo expresa de manera luminosa: tuvo hambre, pero alimentó a miles; tuvo sed, pero ofreció el agua viva; se cansó, pero es el descanso de los fatigados; le pesó el sueño, pero caminó sobre el mar; pagó el tributo, pero es el Rey; fue llevado al matadero, pero es el Pastor del universo; murió, pero da la vida.

Podrían añadirse otros contrastes: calla como un niño y es el Verbo eterno; mama del pecho de su madre y sostiene los astros; es vendido por treinta monedas y rescata al mundo con su sangre; llora ante la tumba de su amigo y enjuga todo llanto; es mudo como cordero y, sin embargo, apacienta a toda la creación. La Iglesia no juega aquí con paradojas literarias: intenta balbucear el asombro de un misterio verdadero. La gloria divina no anula la debilidad asumida; la habita.

12. El Admirabile Commercium: el admirable comercio

San León Magno dio a este misterio un nombre que la tradición nunca ha dejado de amar: Admirabile Commercium, el admirable comercio. Dios toma lo nuestro para darnos lo suyo. El Hijo asume nuestra humanidad para hacernos partícipes de su divinidad. Su pobreza se vuelve nuestro patrimonio. Su debilidad se vuelve nuestra fuerza.

San Ambrosio lo expresó con una belleza casi desarmante: “Su pobreza es mi patrimonio, y la debilidad del Señor es mi fuerza.” Y san Cipriano lo condensó con una frase de fuego: “Cristo quiso ser hombre para que el hombre pueda ser lo que es Cristo.” No se trata de una divinización mágica, ni de una pérdida de lo humano, sino de la elevación filial del hombre unido al Hijo. Cristo se humaniza para que el hombre sea introducido en la comunión divina.

13. Cristo, Nuevo Adán

Cristo es el Segundo Adán, el comienzo de una humanidad rehecha. Así como el primero está al principio de la historia herida, Cristo está al principio de la humanidad renovada. Al nacer de mujer santifica nuestro nacer. Al sufrir la tentación, la angustia y el abandono entra en la noche humana y la transforma en lugar de gracia. Al morir y descender al reino de la muerte hiere al señor de la muerte y abre las puertas de la Vida.

Aquí aparece con fuerza una afirmación preciosa: nacido del Padre nos creó; nacido de María nos recreó. La Encarnación rescata al hombre entero: en el nacer, en el sufrir y en el morir. Nada humano queda fuera del radio de su presencia. Por eso cada rincón de la existencia puede convertirse en καιρός (kairós), tiempo visitado por Dios. El pesebre, el cansancio, la tristeza, la cruz, la misma fragilidad, dejan de ser territorios donde Dios no entra.

14. María, figura de la Iglesia

María no solo pertenece al comienzo de la vida de Jesús; pertenece también al misterio de la Iglesia. Ella es la Virgen-Madre, figura de la comunidad creyente que recibe la Palabra, la deja crecer y la ofrece al mundo. Su virginidad expresa la integridad de la fe; su maternidad expresa la fecundidad de la gracia.

San Agustín llega a usar una imagen de gran fuerza: el seno de María como tálamo nupcial donde Cristo se une a su Cuerpo para formar el “Cristo total”. Y san Basilio habla del cuerpo de la Virgen como del taller donde el Espíritu Santo plasmó la carne que derrotaría a la muerte. Son imágenes intensas, pero muy elocuentes: muestran que María no es un episodio aislado, sino una figura que ilumina la Iglesia entera.

15. Una invitación a la fragilidad

Al final, todo desemboca en una verdad muy concreta para la vida espiritual. Dios elige lo débil. No porque la debilidad sea buena en sí misma, sino porque así resplandece mejor que la salvación es gracia. Cristo aceptó la fragilidad del pesebre, el silencio de Nazaret, la intemperie del camino, la angustia del abandono y la humillación de la cruz. Y de ese modo convirtió nuestra historia herida en lugar de visita divina.

Aquí la fe deja de ser una teoría y se vuelve pregunta personal: ¿estamos dispuestos a pasar por la aparente “necedad” de la fe para descubrir la fuerza de un Dios que se hizo carne? ¿Permitimos que el Verbo siga “acampando” en nuestra propia fragilidad? La Encarnación no pide espectadores refinados, sino corazones disponibles.

16. La fe como acogida del don

La última palabra la tiene María, figura y prototipo de la Iglesia. Su vida enseña que la salvación es, ante todo, un don que se recibe. No nace de nuestras fuerzas, sino del amor de Dios que toma la iniciativa. No se sostiene en la autosuficiencia, sino en la confianza. No florece en el orgullo, sino en la obediencia de la fe.

Por eso, cuando rezamos: «Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen», confesamos mucho más de lo que a veces creemos. Confesamos que el Hijo es engendrado, no creado. Confesamos que el Espíritu Santo no es el Padre de Jesús, sino quien obra en María la Encarnación del Hijo eterno. Confesamos que María es verdaderamente Θεοτόκος (Theotókos), Madre de Dios. Confesamos que Cristo no fingió la carne, sino que la asumió realmente. Confesamos que todo en la salvación es gracia. Y confesamos, por fin, que desde entonces ninguna vida humana tiene por qué quedar fuera del alcance de Dios.

El Eterno ha entrado en el tiempo.
El Invisible ha asumido la carne.
El Hijo del Padre ha nacido de Santa María Virgen.
Y desde entonces la historia humana ha quedado abierta para siempre a la visita de la gracia.