viernes, 16 de enero de 2026

Homilía del Domingo II del Tiempo Ordinario, ciclo a; Jn 1, 29-34 «Este es el Cordero de Dios»

 

Homilía del Domingo II del Tiempo Ordinario, ciclo a

Jn 1, 29-34 «Este es el Cordero de Dios»

         Los tres evangelios sinópticos —Mateo, Marcos y Lucas— abren la vida pública de Jesús situándolo en el Jordán, en el momento de su bautismo. Y, desde el principio, colocan a Juan el Bautista como el que va delante, el enviado para preparar al pueblo de Israel y disponerlo a reconocer al Mesías de Dios.

Esa es, en el fondo, la imagen que solemos tener de él: la del precursor.

Sin embargo, el evangelista Juan, que dedica un amplio espacio a esta figura, lo enfoca de otra manera. De hecho, no relata el bautismo de Jesús en el Jordán. Tampoco lo llama “el Bautista”: para él es siempre “Juan”. Y, sobre todo, no lo presenta tanto como precursor, sino como testigo.

En el Evangelio de hoy escucharemos precisamente una declaración suya, un testimonio. Y entendemos bien lo que significa ser testigo: en una boda hay testigos, personas que pueden dar fe de lo ocurrido, que pueden afirmar cómo sucedieron los hechos.

Juan no ocupa el centro:

lo despeja para Cristo.

A Juan evangelista le importa mucho esta misión: que Juan sea “el testigo”. Por eso lo introduce muy pronto, ya en las primeras líneas de su Evangelio, en ese prólogo que ha hecho que lo llamen el “águila” entre los evangelistas. Y, apenas avanzados unos versículos, detiene el himno del prólogo y presenta al Bautista con estas palabras: “Surgió un hombre enviado por Dios; su nombre era Juan” (cfr. Jn 1,6).

Marcos, por su parte, se refiere a este Juan como ἄγγελος (ángelos), es decir, “mensajero”, “ángel”. Y cuando Dios envía a sus mensajeros al mundo, no lo hace para cosas pequeñas, sino para algo verdaderamente grande.

El prólogo continúa: Juan “vino como testigo, para dar testimonio de la luz. No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz” (cfr. Jn 1,7-8). Y añade: “Venía al mundo la luz verdadera” (cfr. Jn 1,9). Fijaos qué está remarcando el evangelista.

Porque el Bautista gozaba de un prestigio enorme ante el pueblo. Flavio Josefo cuenta que Herodes Antipas llegaba a temer que, con su autoridad, Juan pudiera provocar una revuelta: la gente parecía dispuesta a hacer lo que él dijera. Y hasta circulaba el rumor de que fuese él el Mesías.

Cuando el evangelista Juan escribe su Evangelio, a finales del siglo primero, todavía existían discípulos del Bautista que lo consideraban la luz del mundo. Por eso, desde el comienzo, Juan deja claro: no era él la luz; su misión era señalar y dar testimonio de la luz auténtica, la que venía al mundo. Y, más adelante, Jesús mismo se presentará diciendo: “Yo soy la luz del mundo” (cfr. Jn 8,12).

Jesús se acercó al Jordán como tantos otros judíos que iban a recibir el bautismo. Pero Juan, al verlo, percibió en Él un resplandor, una luz que le atrajo por dentro.

Adentrémonos, entonces, qué luz afirma haber visto brillar en Jesús de Nazaret.

El Bautista debía haber sucedido

a su padre Zacarías

como sacerdote del Templo

«En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios
»

Al día siguiente, casi sin darnos cuenta, surge la pregunta: ¿y qué había pasado el día anterior?

Lo que ocurrió fue que una delegación de sacerdotes y levitas, enviada por la autoridad religiosa central de Jerusalén, bajó al río Jordán para interrogar a Juan. Querían aclaraciones sobre lo que estaba haciendo, porque empezaban a inquietarse por su popularidad… y también por su identidad. Juan era hijo de Zacarías, sacerdote del Templo; humanamente, habría debido suceder a su padre en el sacerdocio. Sin embargo, se fue a vivir al desierto, probablemente a Qumrán, junto a aquellos “monjes” que cuestionaban el sacerdocio de Jerusalén y lo consideraban ilegítimo. Motivos para preocuparse, desde luego, no faltaban.

Fijaos también en cómo iba compuesta esa delegación: sacerdotes acompañados por levitas, que eran como la guardia del Templo. Si descubrían en Juan algún comportamiento contrario a la Torá, lo habrían arrestado.

Cuando llegan, Juan los tranquiliza de inmediato diciéndoles -parafraseándolo- “sé que corre el rumor de que yo soy el Mesías. Y sé también que, si yo me proclamara Mesías sin vuestra autorización, vosotros me detendríais. Yo no soy el Cristo, no soy el Mesías. En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis; y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia” (cfr. Jn 1,19-27). Eso fue lo del día anterior.

 

No mires al testigo:

Mira al Cordero.

Y al día siguiente, Juan ve a Jesús que se acerca y dice: «Este es el Cordero de Dios». ¿A quién se lo dice? Porque la delegación ya se ha vuelto a Jerusalén y, tal como lo narra el evangelista Juan, parece que no hay nadie al lado del Bautista. Y lo hace adrede: quiere que cada uno de nosotros sienta esas palabras como dirigidas personalmente. Es como si dijera: “Mira: a ti te señalo el Cordero de Dios”.

Y, de hecho, en griego se dice de este modo: «ἴδε ὁ ἀμνὸς τοῦ θεοῦ ὁ αἴρων τὴν ἁμαρτίαν τοῦ κόσμου»; que traducido es: “¡Mira! el Cordero de Dios, el que está quitando / llevando el pecado del mundo”.

La frase empieza con ἴδε (íde), que de hecho en griego es un verbo aoristo, imperativo; ¡mira! (imperativo: llama a fijar la vista); es como si el Bautista dijese, “¡Fíjate bien en este Cordero! ¡Mantén los ojos puestos en Él!”. Es a este Cordero a quien tendrás que seguir para llegar a ser cordero como Él. Si quieres ser verdaderamente humano, ahí lo tienes: el Cordero de Dios. Juan no quiere que la mirada se quede en él. Él no es la guía de la humanidad. Señala a quien hay que seguir: a este Cordero.

 

La estrella que guía la vida no es una fama:

Es Cristo.

Acabamos de celebrar la Epifanía. Recordemos lo que vieron los magos: una estrella… pero no una estrella fugaz, ni un astro “material” cualquiera; es la estrella que debe orientar nuestra vida. Ellos la vieron y también nos la señalan a nosotros: ese Niño al que encontraron en Belén (cfr. Mt 2,1-12).

Porque cada uno de nosotros tiene sus “estrellas”: figuras que no solo admiramos, sino que querríamos imitar, alcanzar e incluso superar. Los magos, en cambio, nos indicaron una única “estrella”: Jesús de Nazaret en su aparecer. Y ahora esa estrella, que ellos vieron asomar, empieza a brillar sobre el mundo con el comienzo de la vida pública de Jesús. Y el Bautista nos la señala de un modo sorprendente: “Es un Cordero”. La estrella toma, por decirlo así, forma de cordero.

Lucas, en el capítulo tercero, dice que el pueblo de Israel estaba en espera, aguardando un cambio en el mundo; esperaba al Mesías, al liberador (cfr. Lc 3,15). Tanto, que algunos pensaban que el mismo Juan era el Mesías.

 

El Mesías no llega como león:

Llega como Cordero.

Nadie imaginaba al Mesías como un cordero. ¿Cómo va a cambiar el mundo un cordero que llega a un mundo lleno de fieras? Para eso haría falta un león… y, de hecho, en Israel se esperaba al león de la tribu de Judá, del que había hablado el patriarca Jacob cuando, en Egipto, bendijo a sus hijos antes de morir: al llegar a Judá, lo llamó “león”: «Cachorro de león es Judá, de hacer presa sabes, hijo mío. Se encorva, se echa como león, como leona, ¿quién podrá levantarlo? El cetro no será arrebatado de Judá, ni el bastón de mando de entre sus pies hasta que venga aquel a quien pertenece y a quien todos los pueblos obedecerán» (cfr. Gn 49,9-10). Se esperaba ese león, no a un hombre manso y débil como un cordero. ¿Cómo puede transformar el mundo un Mesías así?

Esperaban un rey de la dinastía de David, un soberano que sometería a todos los reyes de la tierra, los haría tributarios. El Salmo 72 lo describe así: «En sus días florecerá la justicia (…) dominará de mar a mar, desde el Río hasta los confines de la tierra» (cfr. Sal 72,7-8).

 

La fuerza del cordero no es para devorar,

sino para amar

Juan sorprende a todos ya que da testimonio de haber visto al Cordero, no al león. Sí, será fuerte como un león, pero no para devorar: su fuerza será la del amor, la del Cordero que lo entrega todo, vivo… y también muerto.

 

La imagen del cordero para una israelita.

1.- El cordero de la protección

¿Y qué quería decir Juan con esa imagen? Para un israelita, al oír “cordero”, venían a la mente dos grandes referencias bíblicas.

La primera era el cordero pascual: su sangre, puesta en los dinteles de las casas en Egipto, protegió a los israelitas del paso del ángel exterminador, el מַשְׁחִית (mashchít), “el destructor” (cfr. Ex 12). ¿Conocemos bien este relato del Éxodo? En el fondo remite a un rito arcaico de pastores: para proteger el rebaño de ataques de algún espíritu maléfico, recurrían a un rito cruento, casi “mágico”. La imagen del cordero pascual, por tanto, habla de una protección dada por la sangre de ese cordero: ese era el primer eco bíblico.

La imagen del cordero para una israelita.

2.- El cordero como vida entregada por amor

Y había un segundo eco, en el libro de Isaías, donde aparece un personaje misterioso: un siervo del Señor. De él se dice: «Como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los esquiladores… fue contado entre los malhechores, mientras Él intercedía por los pecadores» (cfr. Is 53,7.12). También aquí, el cordero se vincula a una vida entregada por amor, capaz de cambiar las cosas: ¿quién es el pecador que necesita ser transformado?

Juan entrevió el destino de Jesús como el del Cordero pascual: un día sería inmolado, y su sangre protegería a la humanidad de los ataques de las fuerzas del mal.

Y entonces surge la pregunta: ¿por qué hace falta el sacrificio de un cordero?

 

No vino a “pagar”:

Vino a arrancar de raíz.

«…que quita el pecado del mundo»

El Cordero —dice Juan el Bautista— ha venido a quitar el pecado del mundo. Y conviene subrayarlo bien; no ha venido a expiar los pecados de los hombres, ni a “pagar” por todas las transgresiones de la ley de Dios. No es esa idea de que Dios se habría sentido ofendido, y alguien tuviera que pagar por todos; y entonces Jesús se habría sacrificado para calmar la ira de Dios… y ahora Dios nos perdonaría porque Jesús sufrió por todos.

Cuando éramos pequeños, nos enseñaban el crucifijo y nos decían: “Ha sufrido tanto por los pecados de los hombres, también por los tuyos. Cuando desobedeces, cuando discutes, tú haces sufrir a Jesús”. No es así.

El Bautista no dijo que hubiera venido a expiar los pecados de los hombres, sino a eliminar, a extirpar.

En griego el verbo empleado es αἴρω (aírō), que significa ‘quitar de en medio’,’ barrer’, ‘hacer desaparecer’, ‘izar las velas’ (es decir, levar anclas). Se trata del pecado del mundo, no de los pecados de los hombres. Los pecados nacen de ese “pecado del mundo”.

 

El pecado del mundo es la lógica diabólica

que orienta la conducta humana.

¿Y qué es ese pecado del mundo? Es esa lógica malvada, casi diabólica, que ha orientado siempre la conducta humana antes de que llegara Cristo y, con su Evangelio, introdujera una lógica nueva. Es ese empuje que empujó a los hombres —y que todavía nos empuja, porque lo llevamos dentro— a tratarnos como fieras entre nosotros.

Qohelet o Eclesiastés había descrito muy bien esa lógica del “mundo viejo”. Venía a decir: “Todo lo que hacen los hombres está marcado por la competencia, por el deseo de dominar, por la necesidad de imponerse” (Ecl 4, 4); lo retrata con una lucidez impresionante: muchas veces nos mueve la rivalidad, el deseo de estar por encima. Esa es la lógica de pensar en uno mismo y desentenderse del otro; la lógica de dominar, de servirse de los demás.

 

El Cordero humaniza

lo que la lógica vieja deshumaniza.

El Cordero ha venido a poner fin a esa lógica que nos desfigura por dentro. Porque, si uno se deja arrastrar por ese impulso, deja de vivir como hombre. Él ha venido a barrerlo, a quitarlo de en medio, mostrándonos en su propia persona al hombre verdadero, al hombre nuevo, al Hijo de Dios.

Quizá un ejemplo sencillo nos ayude. Imaginemos un pueblo donde todos son feos, deformes, cojos, todos fuéramos como Quasimodo, el jorobado de Notre-Dame. Nadie se da cuenta de su estado, porque a todos les parece normal. Cuando lo extraño se vuelve costumbre, ya ni se percibe. En un mundo donde todos son mafiosos, lo normal es comportarse como mafioso; es más, el más mafioso de todos es “el rey”. Nadie toma conciencia de su condición, porque “lo normal” es ser así.

Pero si un día, en ese pueblo donde todos son feos, llega un joven guapísimo, un Adonis —es decir, alguien de una belleza deslumbrante—, entonces sucede algo: su sola presencia actúa como un espejo. No acusa a nadie, no necesita señalar con el dedo, pero hace visible lo que antes quedaba oculto. Y todos empiezan a mirarse a la cara y dicen: “Entonces, ¿quién es el hombre de verdad? ¿Quién es el hombre bello? ¿Nosotros o él?”. Y hasta puede molestar ese Adonis, porque pone en crisis toda una manera de vivir, toda una condición que antes parecía de lo más normal.

Solo delante de un cordero las fieras pueden darse cuenta de lo que son; comprender que no es así como se vive como hombres.

 

La fuerza del Cordero es el amor,

no la mordida.

Naturalmente, un cordero que llega en medio de lobos lo tiene difícil: ya sabemos cuál es el final. Pero no es que el Padre del Cielo quisiera ver correr sangre para perdonar nuestros pecados. No. Por eso se hace necesario el sacrificio del Cordero. Envió al Cordero sabiendo que era un don de amor a la humanidad; entregar la vida para arrancar de raíz la lógica del mundo viejo, el pecado del mundo.

Este mundo solo puede ser humanizado si llega un Cordero que le da la vuelta a la lógica. Antes se llamaba “grande” al que dominaba, al que se imponía, al que subía incluso pisoteando a los demás. Ahora el Cordero invierte esa lógica del pecado y dice que el hombre grande no es quien domina, sino quien sirve.

Y ahora el Bautista nos dirá cuál es su relación con este Cordero de Dios.

Cuando aparece el Cordero,

el testigo se hace a un lado.

«Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».

Cuando el Bautista vio al Cordero acercarse hacia él, lo comprendió: había llegado para él el momento de dar un paso a un lado. Su misión estaba cumplida: había señalado a todos al Salvador, al Mesías de Dios.

Y entonces nos cuenta su camino interior, cómo fue llegando a reconocer al Mesías precisamente como Cordero.

Empieza por una confesión de ignorancia: «Yo no lo conocía». Lo repite dos veces (cfr. Jn 1,31.33). También a él le tomó por sorpresa esta identidad del Mesías de Dios. Esperaba, como todos, a alguien que cambiara el mundo con la fuerza: el león de la tribu de Judá, el rey glorioso según criterios humanos, que al final eran los del “mundo viejo”.

Pero el Bautista, cuando descubrió la verdadera identidad del Mesías de Dios —que es un Cordero—, no se quedó obstinadamente atado a concepciones antiguas asumidas en la catequesis. Acogió la novedad y la testimonió ante todos.

La fe madura cuando soltamos ideas viejas

y abrazamos la novedad de Dios.

Esto es un mensaje importante para nosotros. No es fácil comprender, y sobre todo acoger, esa luz del Cordero que el Bautista vio. Demos también nosotros este primer paso: reconozcamos nuestra ignorancia.

El primer paso espiritual es decir que “no lo sabía”. Tomemos conciencia de lo difícil que es despojarnos de viejas ideas preconcebidas sobre Dios, y también de esas ideas y reflejos “preprogramados” por la lógica del mundo viejo que sigue dentro de nosotros: eso que antiguamente llamaban el pecado original, y que nos empuja a vivir no como hijos de Dios, como vemos en el Cordero que es Jesús de Nazaret.

El “mundo viejo” tira de nosotros; el Cordero nos enseña a vivir como hijos.  ¿Y cómo hizo el Bautista para acoger esta identidad del Mesías de Dios como Cordero?

 

El Espíritu desciende como paloma:

La ternura de Dios sobre Jesús

«Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Y ahora Juan el Bautista da testimonio de lo que ha visto, y de lo que quiere que nosotros veamos a través de sus ojos. Ha contemplado al Espíritu descender sobre Jesús como una paloma. No vio una paloma; vio al Espíritu, como una paloma. Es otra imagen, además de la del Cordero.

¿Y qué nos evoca la paloma? La dulzura, la ternura, el amor. El Espíritu es esa vida divina que Jesús poseía por naturaleza, como Hijo de Dios. Ese Espíritu fue guiando todos sus pasos en este mundo y orientó todas sus decisiones. Y fueron siempre decisiones de amor. No quebró la caña cascada, no apagó la mecha humeante (cfr. Is 42,3). Fue firme, sí, contra el pecado del mundo; pero con quien se equivocaba, con los pecadores, fue siempre dulce y cercano.

 

La paloma y su nido

La paloma era entonces —como lo es hoy— símbolo del apego a su nido. Lo sabemos; las palomas mensajeras siempre vuelven al hogar. Si el Espíritu desciende sobre Jesús y permanece en Él, como la paloma en su nido, significa que en Jesús el Espíritu encuentra su morada estable: Jesús es su templo.

Y este Jesús bautiza en el Espíritu; no bautiza en agua. Sumerge en el Espíritu; nos introduce en esa vida nueva que es la del Cordero, que es la vida del amor.

Así es como el Cordero arranca el pecado del mundo; sumergiendo a toda la humanidad en su Espíritu divino, comunicándonos su vida divina.

Y el Bautista concluye diciendo: “Yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios” (cfr. Jn 1,34). Es decir: si queremos ser hombres de verdad, auténticos, si queremos ser hijos de Dios, hemos de dejarnos sumergir en esa vida nueva, la del Espíritu.

 

La paloma habla de ternura;

El nido habla de morada.

En la Eucaristía se nos presentará este Cordero, que se ofrece como pan para ser asimilado. “Esto soy yo”, dijo Jesús en la última cena al presentar aquel pan. “Tomad y comed”. Es decir: asimilad mi historia de amor, asimilad mi vida; yo me he hecho Cordero (cfr. Lc 22,19; 1 Co 11,24).

Esta es la propuesta que Él nos hace en el banquete eucarístico, y conviene tenerlo presente. Cuando se nos dice: «Este es el Cordero de Dios», pensemos en la elección que estamos haciendo.

 

Comulgar es unir la vida a la suya.

Entramos en una relación esponsal con Cristo; aceptamos unir nuestra vida a la suya. Y eso significa que queremos llegar a ser, con Él, corderos dispuestos a entregar la vida entera por la vida de nuestros hermanos.

jueves, 15 de enero de 2026

Resumen de la Carta Encíclica Humanae vitae (Parte 2 de 3)


                                                                        Resumen de la

CARTA ENCÍCLICA

HUMANAE VITAE

DE S. S. PABLO VI


A LOS  VENERABLES HERMANOS LOS PATRIARCAS,
ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR 
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA,
AL CLERO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD,
SOBRE LA REGULACIÓN DE LA NATALIDAD

 

(Parte 2 de 3)

 

II.                  Principios doctrinales

 

7 — Una visión global del hombre

La Carta Encíclica del Papa Pablo VI abre la parte doctrinal con una regla sencilla: el problema de la natalidad —como cualquier otro que toque la vida humana— no puede mirarse solo desde una perspectiva parcial (biológica, psicológica, demográfica o sociológica). Todo eso importa, pero no basta si pretende ser el criterio último. La encíclica pide una visión integral del hombre, y recuerda que esa vocación tiene dos dimensiones inseparables: una natural y terrena, y otra sobrenatural y eterna.

Y explica por qué precisa ahora dos conceptos: amor conyugal y paternidad responsable. Muchos están intentando justificar ciertos medios apelando precisamente a esas exigencias. Por eso, dice Pablo VI, conviene precisar su sentido verdadero, remitiéndose de modo especial a lo enseñado por el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes.

 

8 — El amor conyugal

Aquí la Encíclica define el amor conyugal empezando por su fuente. Su verdadera naturaleza y nobleza se comprenden cuando se mira su origen en Dios: Dios es Amor (1 Jn 4,8) y es Padre de quien procede toda paternidad (Ef 3,15). Con esto queda marcado el horizonte: el amor conyugal no se entiende solo como impulso o ‘contrato’, sino como una realidad que tiene raíz y medida más altas.

Después, Pablo VI descarta dos reducciones: el matrimonio no es fruto del azar ni producto ciego de fuerzas naturales inconscientes. Es presentado como sabia institución del Creador, destinada a realizar un designio de amor. Desde ahí, la encíclica describe la dinámica propia de los esposos:

  • Donación personal recíproca, propia y exclusiva.
  • Tendencia a una comunión de vida para el perfeccionamiento mutuo.
  • Colaboración con Dios en la generación y educación de nuevas vidas.

Y añade un matiz decisivo para los bautizados: el matrimonio es signo sacramental de la gracia, porque representa la unión de Cristo y la Iglesia. No es solo esfuerzo humano: hay una dimensión de signo y de gracia.

 

9 — Sus características

Pablo VI pasa de la definición a lo que esa luz exige. Dice que, entendiendo así el amor conyugal, aparecen sus “notas” y sus “exigencias”, y que es de suma importancia tener una idea exacta.

Primero: es un amor plenamente humano: sensible y espiritual a la vez. No es simple efusión del instinto o del sentimiento; es principalmente un acto de la voluntad libre, llamado a mantenerse y crecer a través de alegrías y dolores, hasta hacer de los esposos “un solo corazón” y “una sola alma”, y conducirlos a la perfección humana.

Segundo: es un amor total. Se describe como una amistad personal singular, que sabe compartir generosamente sin reservas indebidas ni cálculos egoístas. Se ama al cónyuge por sí mismo, con alegría de enriquecerlo mediante el don de sí.

Tercero: es fiel y exclusivo hasta la muerte. La encíclica reconoce que puede ser difícil, pero afirma que es posible, noble y meritorio. Señala además que el ejemplo de numerosos esposos muestra que esta fidelidad es connatural al matrimonio y fuente de felicidad profunda y duradera.

Cuarto: es fecundo. No se agota en la comunión entre los esposos: está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. En este punto, la encíclica se apoya en lo afirmado por el Concilio: el matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación; los hijos son el don más excelente y contribuyen al bien de los padres (Gaudium et Spes 50).

 

10 — La paternidad responsable

Este número comienza con un “Por ello”: lo que viene ahora nace directamente de lo dicho sobre el amor conyugal, especialmente su fecundidad. Y Pablo VI hace dos precisiones: reconoce que se insiste con razón en la paternidad responsable, pero advierte que hay que comprenderla exactamente. No quiere negar el concepto, sino definirlo con precisión.

La encíclica dice que la paternidad responsable tiene diversos aspectos legítimos, y que están relacionados entre sí. No se puede aislar un solo criterio.

Primer aspecto: en relación con los procesos biológicos, se pide conocimiento y respeto de sus funciones. La inteligencia descubre leyes biológicas que forman parte de la persona humana; en esta línea se apoya en una referencia a Santo Tomás para sostener que el orden natural no es algo exterior o indiferente a lo humano, sino que toca a la persona.

Segundo aspecto: en relación con instinto y pasiones, se afirma la necesidad de un dominio por la razón y la voluntad. La responsabilidad no queda definida como dominar técnicamente la fecundidad, sino como dominarse a sí mismo.

Tercer aspecto: en relación con condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la encíclica contempla dos modos:

  • una deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa;
  • o la decisión, por graves motivos y respetando la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o incluso por tiempo indefinido.

Y llega el centro: “sobre todo”, la paternidad responsable implica una vinculación más profunda con un orden moral objetivo establecido por Dios, del que la recta conciencia es fiel intérprete. Esto exige reconocer deberes hacia Dios, hacia uno mismo, hacia la familia y la sociedad, con una justa jerarquía de valores.

De ahí se deduce una consecuencia clara: en la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan libres para proceder arbitrariamente, como si pudieran determinar de manera autónoma los caminos lícitos. Deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la naturaleza del matrimonio y de sus actos, y enseñada constantemente por la Iglesia; y aquí la encíclica se apoya en la enseñanza conciliar sobre el matrimonio y la transmisión de la vida (Gaudium et Spes 50–51).

La carta encíclica del papa Pablo VI dice que, después de hablar del amor conyugal y de su apertura a la vida, es lógico precisar qué significa “paternidad responsable”. Reconoce que se insiste en ella con razón, pero advierte: hay que entenderla bien, no usarla como una palabra que lo justifique todo.

 

Lo explica así, de forma muy sencilla: la paternidad responsable no es una sola cosa, sino varios aspectos que van unidos:

  • Conocer y respetar el propio cuerpo. Los esposos han de conocer cómo funciona la fertilidad y respetar que el cuerpo tiene su orden.
  • Aprender a dominarse. Ser responsable no es solo “controlar” desde fuera, sino gobernar impulsos con la razón y la voluntad: saber esperar, saber renunciar cuando toca.
  • Mirar las circunstancias reales. La encíclica habla de condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales. Por eso contempla dos posibilidades: que un matrimonio, tras pensarlo bien y con generosidad, se abra a una familia numerosa; o que, por motivos graves y respetando la ley moral, decida evitar un nuevo nacimiento durante un tiempo, incluso sin fijar fecha.

Para Pablo VI, la paternidad responsable se vive unida a un orden moral objetivo establecido por Dios, que la conciencia recta interpreta fielmente. Eso implica mirar también los deberes hacia Dios, hacia uno mismo, hacia la familia y hacia la sociedad, con una jerarquía justa de valores. Por eso concluye que los esposos no proceden arbitrariamente, como si ellos decidieran por su cuenta qué caminos son lícitos: deben orientar su conducta según la intención creadora de Dios, manifestada en la naturaleza del matrimonio y de sus actos, y enseñada constantemente por la Iglesia.

Entonces, ¿qué entiende por “motivos graves”? La carta encíclica no ofrece una lista cerrada de casos concretos. Lo que hace es señalar de dónde pueden venir esos motivos: de las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, y también —cuando vuelve a hablar del tema— de condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges o de circunstancias externas. En todo caso, insiste en que la decisión se tome respetando la ley moral. Más allá de esos criterios generales, el detalle fino de qué situaciones concretas entran o no en “motivos graves” no queda especificado. Ejemplo cotidiano para entenderlo:

Imagina un matrimonio joven que atraviesa una etapa realmente difícil: por ejemplo, uno de los dos está en una situación física o psicológica delicada, o hay una carga económica seria, o circunstancias externas que pesan mucho. La carta encíclica admite que, si hay motivos graves, pueden decidir posponer un nuevo nacimiento un tiempo. Pero subraya que esa decisión no sea caprichosa y que se haga dentro del respeto a la ley moral.

 

11 — Respetar la naturaleza

y la finalidad del acto matrimonial

La Carta Encíclica del Papa Pablo VI baja ahora a un punto muy concreto: el acto conyugal. Habla de esos actos “con los cuales los esposos se unen en casta intimidad” y “a través de los cuales se transmite la vida humana”. En una sola frase queda claro que no se trata de un gesto neutro: es un acto de unión y, a la vez, un acto ligado a la transmisión de la vida.

Recuerda, además —con palabras del Concilio Vaticano II— que estos actos son “honestos y dignos”. Esto es importante: antes de exigir nada, se afirma su dignidad.

Y añade un matiz decisivo: los actos conyugales no dejan de ser legítimos si se prevé que serán infecundos por causas independientes de la voluntad de los cónyuges. En ese caso, siguen ordenados a expresar y consolidar la unión. La encíclica apela también a una constatación sencilla: de hecho, no de cada acto conyugal nace una nueva vida.

La carta encíclica del papa Pablo VI viene a decirlo así, en lenguaje llano: Aunque un matrimonio sepa de antemano que de esa relación no va a venir un embarazo, el acto conyugal sigue siendo bueno y legítimo, si esa infecundidad no la han buscado ni provocado ellos, sino que se debe a algo independiente de su voluntad. Y en ese caso, ese acto sigue teniendo sentido: sirve para expresar el amor y fortalecer la unión entre los dos.

Y añade una cosa muy de sentido común: no de cada relación conyugal nace un hijo. Eso es un hecho de la experiencia.

Ejemplo cotidiano, en la línea de la encíclica: Un matrimonio conoce que hay ritmos naturales y que hay momentos en los que, por cómo funciona el cuerpo, es previsible que no haya concepción. Si se unen en uno de esos momentos, la encíclica dice que ese acto no pierde su valor: sigue siendo una manera real de quererse, de cuidarse, de consolidar su vínculo, aunque no venga un embarazo.

Luego introduce una idea que abre el camino de lo que viene: Dios ha dispuesto “con sabiduría” leyes y ritmos naturales de fecundidad que, por sí mismos, distancian los nacimientos. Y, en ese marco, se enuncia una norma que la Iglesia enseña de modo constante: todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida. Esta enseñanza se presenta además en continuidad con lo ya afirmado por Pío XI y Pío XII.

 

12 — Inseparables los dos aspectos:

unión y procreación

Después de la norma, la encíclica explica su fundamento: lo que se enseña está fundado en una conexión inseparable entre dos significados del acto conyugal: el unitivo y el procreador.

La idea central se dice sin rodeos: es una conexión querida por Dios, y el hombre no puede romperla por propia iniciativa.

La razón que ofrece es interna al acto: por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación. Y esto ocurre según leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Por eso, salvaguardando ambos aspectos esenciales, el acto conyugal conserva íntegro su sentido de amor mutuo y verdadero, y su ordenación a la alta vocación a la paternidad.

La carta encíclica concluye con una afirmación de inteligibilidad: piensa que los hombres —también los de su tiempo— pueden comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental.

 

13 — Fidelidad al plan de Dios

Aquí el Papa Pablo VI empieza por un punto de justicia dentro del amor: se hace notar como algo justo que un acto conyugal impuesto al cónyuge, sin considerar su condición y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor. Falta algo del recto orden moral entre los esposos. La moral conyugal, por tanto, no se reduce a biología: incluye la verdad del amor en la relación personal.

Desde ahí se da el paso fuerte: quien reflexiona rectamente reconocerá que un acto de amor recíproco que “prejuzgue” la disponibilidad a transmitir la vida —según las leyes propias que Dios Creador ha puesto en él— entra en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida.

La carta encíclica lo formula con una frase de gran peso: «usar este don del amor conyugal destruyendo su significado y su finalidad, aunque sea solo parcialmente, es contradecir también el plan de Dios y su voluntad».

Aparece entonces un contraste: respetar las leyes del proceso generador al “usufructuar” este don significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino administradores de un plan establecido por el Creador.

Y se añade un argumento de límites: así como el hombre no tiene dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, con más razón no lo tiene sobre las facultades generadoras en cuanto tales, por su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio. Para corroborar esta afirmación, se recuerda la enseñanza de Juan XXIII: la vida humana es sagrada desde su comienzo y compromete directamente la acción creadora de Dios.

 

14 — Vías ilícitas para la regulación de los nacimientos

Con lo anterior, la carta encíclica pasa a una deducción explícita: “en conformidad con estos principios fundamentales”, declara que hay que excluir absolutamente ciertas acciones.

Primero, se excluye la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, incluso por razones terapéuticas. Esta exclusión se presenta en continuidad con enseñanzas reiteradas y con referencias amplias (catecismo, magisterio pontificio y Concilio).

Segundo, se excluye igualmente la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer, apoyándose también en intervenciones previas de autoridad.

Tercero, se formula una cláusula general: queda excluida toda acción que, en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio hacer imposible la procreación. La norma se formula así para no depender de una técnica concreta, sino de la estructura moral del acto.

Luego la carta encíclica responde a dos intentos de justificación: invocar el mal menor, o decir que actos intencionalmente infecundos formarían un “todo” con actos fecundos anteriores o posteriores y, por eso, compartirían una misma bondad moral. La respuesta es un candado moral: aun si alguna vez es lícito tolerar un mal moral menor, no es lícito hacer el mal para conseguir el bien. Y se apoya en la enseñanza paulina: no se debe “hacer el mal para que venga el bien”.

 

Con otras palabras: La carta encíclica del papa Pablo VI dice que hay dos formas de intentar justificar ciertos actos, y las responde con claridad:

1.     Primera justificación: “Si la situación es complicada, elijamos lo menos malo. “La encíclica admite que, en algunas circunstancias, puede ocurrir que uno tolere un mal menor. Pero inmediatamente pone un límite: una cosa es tolerar algo malo, y otra muy distinta es hacerlo.

2.     Segunda justificación: “Si en general el matrimonio está abierto a la vida, entonces un acto concreto que se hace voluntariamente infecundo podría quedar ‘compensado’ por otros actos fecundos antes o después.” La encíclica rechaza esta idea: dice que un acto que se hace intencionalmente infecundo no se vuelve bueno solo por estar dentro de un conjunto de actos distintos.

Y aquí está el “candado” que pone: no es lícito hacer el mal para conseguir un bien, aunque el bien que se busque parezca importante. La encíclica apoya esto en san Pablo: no se debe “hacer el mal para que venga el bien”.

 

15 — Licitud de los medios terapéuticos

La carta encíclica introduce un matiz importante: se admite la licitud de medios terapéuticos necesarios para curar enfermedades del organismo, aunque de ellos se siga un impedimento a la procreación previsto, con tal de que ese impedimento no sea directamente querido. Se apoya esta precisión en una intervención de Pío XII.

 

16 — Licitud del recurso a los períodos infecundos

La carta encíclica plantea una objeción con respeto: si la inteligencia humana domina energías irracionales para el bien del hombre, ¿por qué no extender ese dominio también a la vida conyugal y admitir un control artificial de la natalidad?

Responde con una distinción clara: la Iglesia está lejos de condenar la intervención de la inteligencia; la alaba, pero siempre que se ejerza dentro de los límites del orden establecido por Dios.

Y entra en el caso concreto: si hay serios motivos para espaciar los nacimientos —por condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges o por circunstancias externas—, entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras, usar del matrimonio solo en los períodos infecundos y regular así la natalidad sin ofender los principios morales. Esta vía se presenta en continuidad con lo enseñado por Pío XII.

La encíclica reconoce que, en dos caminos distintos, la intención puede ser parecida: evitar un nacimiento por razones plausibles. Pero afirma que existe una diferencia esencial en el modo de actuar: en un caso se sirve legítimamente de una disposición natural; en el otro se impide el desarrollo de los procesos naturales.

Y describe lo que implica el primer camino: renunciar conscientemente al uso del matrimonio en los períodos fecundos y usarlo en los períodos infecundos para manifestar el afecto y salvaguardar la mutua fidelidad. Concluye con una valoración positiva: obrando así, los esposos dan prueba de un amor verdadero e integralmente honesto.

Si ahora mismo un matrimonio ve que no es buen momento para un nuevo embarazo por motivos graves/serios (por ejemplo, por condiciones físicas o psicológicas, o por circunstancias externas), la carta encíclica del papa Pablo VI dice que sí es posible espaciar los nacimientos.

¿Y cómo? Propone hacerlo contando con los ritmos naturales: es decir, uniéndose en los períodos infecundos. Eso, según la encíclica, suele implicar algo concreto: renunciar a unirse en los períodos fecundos.

Y aquí está la idea clave que quiere dejar clara: aunque la intención sea parecida (evitar un nacimiento por razones plausibles), no da igual el modo. Una cosa es servirse de una disposición natural; otra distinta es impedir el desarrollo de los procesos naturales. “Impedir” es una palabra moral, no solo biológica.

“Impedir” no significa simplemente “que no ocurra” un embarazo. La encíclica ya había admitido que puede no ocurrir por causas no queridas, y que no de cada acto conyugal nace una nueva vida. Aquí “impedir” apunta a otra cosa: introducir una acción que bloquea deliberadamente el curso propio de la fecundidad. Por eso la frase tiene peso: no describe un resultado, describe un acto humano que se coloca como freno del proceso.

Ejemplo muy simple:

  • Si una pareja, estando en un momento fértil, decide hacer algo expresamente para que no pueda haber concepción, eso es lo que la encíclica entiende como “impedir el desarrollo de los procesos naturales” / “hacer imposible”.
  • Si una pareja, por motivos graves o serios, decide esperar y unirse en períodos infecundos, eso entra en lo que llama servirse de una disposición natural, no “impedir”.

 

Más claro aún: Imagina que una semilla quiere crecer y hacerse planta.

  • Esperar el momento: si hoy hace frío y no es buen día, tú esperas a que haga mejor tiempo para plantar. No haces nada contra la semilla; solo eliges el momento.
  • Poner un bloqueo o impedir (en el sentido de la encíclica): sería plantar la semilla y luego ponerle una tapa dura encima para que no pueda salir, aunque por dentro tenga fuerza para crecer.

 

Otro ejemplo, imagina que, recién casados o siendo un matrimonio joven, estáis hablando así: “Ahora mismo no podemos asumir un embarazo o un nuevo embarazo: por motivos serios queremos esperar un tiempo.”

  • Servirse de una disposición natural (lo que la encíclica presenta como lícito en ese caso) sería: “Entonces nos organizamos contando con los ritmos naturales: habrá tiempos en que es previsible que no haya concepción, y si nos unimos, lo hacemos en esos períodos.” Aquí no estáis “forzando” nada: estáis ajustándoos a cómo funciona el cuerpo.
  • Impedir el desarrollo de los procesos naturales (lo que la encíclica distingue como otra cosa) sería: “Aunque estemos en un momento fértil, hacemos algo a propósito para que el proceso natural no pueda seguir adelante.” Aquí ya no es “esperar” o “contar con el ritmo”, sino bloquear el proceso.

Eso es lo que el papa quiere que un matrimonio joven entienda: la encíclica ve una diferencia importante entre esperar y organizarse según los ritmos y hacer imposible la procreación mediante una acción elegida para impedirlo.

 

Eso es lo que la encíclica quiere distinguir: una cosa es ajustarse a lo que ya ocurre de forma natural (esperar), y otra distinta es hacer algo para impedir que el proceso natural siga.

La encíclica presenta esa diferencia como esencial.

Dicho con una frase sencilla: “Si hay motivos serios, podéis esperar y regularos respetando el ritmo natural; pero no convertir el acto en algo al que se le hace imposible la procreación por una intervención que lo impida.” Y añade que, vivido así, esto puede ser signo de un amor verdadero y honestamente integrado.

 

17. — Graves consecuencias de los métodos

de regulación artificial de la natalidad

En este número, la carta encíclica del Papa Pablo VI no añade un principio nuevo; hace otra cosa: invita a mirar con calma qué consecuencias humanas pueden seguirse si se acepta como normal el recurso a esos métodos. Dice, en esencia: si uno reflexiona con rectitud, puede ver que lo que se ha enseñado hasta aquí no es un capricho, sino que tiene coherencia también cuando se observa su impacto en la vida real.

Primero advierte de un riesgo amplio: se abriría un camino fácil y ancho hacia la infidelidad conyugal y hacia una degradación general de la moralidad. No lo plantea como un ataque a las personas, sino como una lectura de la debilidad humana, y subraya especialmente a los jóvenes: precisamente porque son más vulnerables y necesitan aliento para ser fieles, no se les debería ofrecer un “medio fácil” para eludir la ley moral.

Después señala un segundo riesgo, muy concreto y muy delicado: que el hombre, habituándose a esas prácticas, termine perdiendo el respeto a la mujer, hasta llegar a verla como instrumento de goce egoísta y no como compañera respetada y amada. Aquí la encíclica no está discutiendo sentimientos, sino una dinámica: lo que se repite y se normaliza puede deformar la mirada sobre el otro.

En tercer lugar, advierte de un peligro social y político: se pondría un arma peligrosa en manos de autoridades públicas poco preocupadas por las exigencias morales. El razonamiento que propone es sencillo: si algo se considera lícito para resolver un problema familiar, ¿quién impediría que un gobierno lo favorezca o incluso lo imponga como método “más eficaz” para problemas colectivos? Y la encíclica subraya lo que quedaría amenazado: el ámbito más personal y reservado de la intimidad conyugal, expuesto a la intervención del poder.

Por eso cierra con una afirmación fuerte: si no se quiere dejar la misión de engendrar la vida al arbitrio de los hombres, hay que reconocer límites infranqueables al dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que no puede quebrantar nadie, ni como particular ni como autoridad. Y añade que esos límites se determinan por el respeto a la integridad del organismo humano y de sus funciones, según una recta comprensión del llamado “principio de totalidad”, que la encíclica remite a una enseñanza de Pío XII para iluminarlo (sin entrar aquí en más desarrollos).

 

Sin rodeos: Si se acepta como normal la “regulación artificial” de los nacimientos, se abre un camino fácil para dos cosas que destruyen el amor por dentro: la infidelidad y una degradación general de la moral. No porque “todos vayan a caer”, sino porque —dice— la debilidad humana existe, y cuando aparece un “medio fácil” para saltarse la ley moral, la fidelidad se vuelve más frágil, sobre todo en los jóvenes, que necesitan ánimo para mantenerse firmes, no atajos para esquivar.

Luego lo dice todavía más directo: existe el riesgo de que el hombre, acostumbrándose a esas prácticas, termine perdiendo el respeto a la mujer y llegue a verla como un instrumento para su propio goce, en vez de tratarla como lo que es: compañera, respetada y amada. Aquí el golpe es este: cuando el otro se convierte en “algo que uso”, el amor deja de ser amor.

Y añade un tercer aviso que no es íntimo, sino social: si eso se presenta como lícito, se pone un arma peligrosa en manos del poder. Porque lo que empieza como “solución privada” puede acabar como programa público, favorecido o incluso impuesto, metiéndose en lo más reservado de la intimidad conyugal.

Por eso remata con una idea fuerte: para que la vida humana no quede a merced del capricho (de individuos o de autoridades), hay que reconocer límites que no se pueden cruzar en el dominio sobre el propio cuerpo y sus funciones, y esos límites se determinan por el respeto a la integridad del organismo y de sus funciones.


18. — La Iglesia, garantía de los

auténticos valores humanos

En el n. 18, la carta encíclica no se hace ilusiones: sabe que lo que está diciendo no va a gustar a todo el mundo. Dice que es previsible que estas enseñanzas no sean aceptadas fácilmente, porque hay muchas voces en sentido contrario, y hoy esas voces se amplifican con los medios modernos.

Pero entonces suelta una idea clave: la Iglesia no se sorprende de esa oposición. Afirma que, como nos advirtió Jesucristo, está llamada a ser “signo de contradicción”. O sea: que el rechazo no la autoriza a rebajar el mensaje.

A partir de ahí define el tono con dos palabras que van juntas: humilde firmeza. Humilde, porque no se presenta como dueña del bien; firme, porque no negocia la ley moral. Y añade algo importante: habla de toda la ley moral, natural y evangélica.

Y llega al corazón del número, con una frase decisiva: la Iglesia no ha sido la autora de estas normas, y por eso no puede ser su árbitro. Se presenta solo como depositaria e intérprete. Traducido sin vueltas: no se inventa lo que está bien o mal según soplen los tiempos; custodia e interpreta una ley moral que considera ligada al bien verdadero del hombre. Por eso afirma que no puede declarar lícito lo que, por su oposición íntima e inmutable al bien del hombre, no lo es.

Luego explica por qué cree que esta defensa, aunque sea incómoda, es un servicio real: al proteger la moral conyugal en su integridad, dice que la Iglesia ayuda a construir una civilización verdaderamente humana, y llama al hombre a no abdicar su responsabilidad para someterse a los medios técnicos. Y añade que con eso defiende la dignidad de los esposos.

Y remata con intención pastoral: afirma que quiere ser amiga sincera y desinteresada de los hombres. No para ganar una discusión, sino para ayudarles, en su camino humano, a participar como hijos en la vida del Dios vivo, Padre de todos.