miércoles, 28 de enero de 2026

El noviazgo: El arte de decir sí o decir no a tiempo.


El noviazgo
: El arte de decir sí o decir no a tiempo. 

No es el chicle emocional que estiramos

por miedo a no quedarnos solos

Emma y Alfredo se despiden en el portal. Son jóvenes, tienen 22 y 24 respectivamente. Un abrazo, un “luego hablamos”, y cada uno sube a su casa. No viven juntos, porque no están casados. A ratos les da pereza. Hay que cuadrar horarios, cenas familiares, y esa logística rara de “te llamo cuando llegue” como si fueran adolescentes con carné de conducir recién estrenado. Pero esa distancia también tiene una ventaja enorme. Les impide fingir un matrimonio que todavía no existe. Les devuelve libertad para lo que el noviazgo es de verdad, un tiempo de discernimiento serio y sereno, y una escuela de comunión.

Alfredo, con su humor, dice que “discernir” suena a palabra de sacristía. Emma le contesta que también “hipoteca” suena poco romántico y aun así determina la vida. Se ríen. Y en esa risa se cuela una intuición que les va sosteniendo. Amar no es solo sentir. Amar es aprender.

Hechos para amar, llamados a la comunión

Ellos lo han oído muchas veces y, sobre todo, lo van descubriendo por dentro. Nuestra condición de hombre y mujer no es solo biología. En nosotros hay una llamada al amor. Y esa llamada pide comunión, porque el amor no vive en abstracto. Vive en un tú real, distinto de mí, con su historia, sus ritmos, sus heridas y sus dones.

Y si apuramos la honestidad, el corazón quiere una plenitud que aquí nunca acaba de cerrarse del todo. Por eso, en clave cristiana, esa sed apunta a Dios. La plenitud definitiva se consuma en Él.

El gran obstáculo de ese camino rara vez viene con cara de villano. Viene como narcisismo cotidiano. Esa dificultad para salir del yo, ese deseo de que el otro encaje sin complicarnos, esa tentación de convertir el amor en un servicio a nuestras necesidades. Y aquí conviene sostener una frase que explica muchas cosas. Lo que se repite se instala. Si repetimos el “yo primero”, se instala. Si repetimos el “no me pidas”, se instala. Y un día nos preguntamos por qué nos cuesta tanto construir comunión.

Novios, no solo “pareja” que va tirando

A Emma le sorprende lo poco que se usa ya la palabra “novios”. Se dice “pareja” para todo. Alfredo al principio se encoge de hombros, pero luego cae. “Pareja” suena a estar al lado. “Novios” sugiere algo nuevo que nace entre dos, una comunión con entidad, una historia que empieza a hacerse real.

El lenguaje no es inocente. Muchas veces revela cómo vivimos antes de que nos atrevamos a decirlo.

En el entorno de Emma y Alfredo hay de todo, como en casi cualquier grupo hoy. Tienen amigos que se lían, se dejan llevar, viven una etapa intensa, y al cabo de un tiempo rompen. No siempre hay drama, pero casi siempre queda una resaca por dentro, como si hubieran prometido con el cuerpo algo que nunca se prometieron con la vida. Tienen otros amigos que salen con personas del mismo sexo. Son amigos queridos, con alegrías reales y heridas reales, y Emma y Alfredo lo saben. Y también conocen a quienes buscan algo ligero, lo que se llama popularmente (y de un modo muy vulgar) “folla amigos”, un nombre un poco bruto, sí, pero que retrata bien la idea de fondo. Un acuerdo que suena libre y moderno, y que a veces termina dejando el corazón más solo de lo que estaba. No porque la gente sea mala, sino porque el corazón no siempre entiende de contratos.

Ellos miran todo eso sin superioridad y sin ingenuidad. Se hacen una pregunta adulta. ¿Qué está pasando por dentro para que cueste tanto una comunión estable, serena, con horizonte?

Vivimos en una cultura que subraya mucho la autonomía. Todo lo auto, todo lo que no me ate, todo lo que no me complique. Tiene su parte buena, nadie quiere relaciones de control. Pero cuando la autonomía se vive como rival de la comunión, aparece una soledad dramática. Mucha independencia y poco hogar interior. Y aquí se cuela otro hilo que conviene no perder. La prisa roba conversación. Sin conversación profunda, el amor se queda en superficie.

Discernir y crecer, las dos tareas sin maquillaje

Emma lo expresa con claridad. “Yo no quiero estar contigo por inercia. Quiero saber si esto es vocación”. Alfredo, que suele ir más lento para verbalizar, asiente. El noviazgo tiene dos finalidades grandes. Discernir y crecer en comunión.

Discernir no es desconfiar. Es mirar la realidad con luz, con Dios dentro, y con libertad interior. Ver si esta persona es la que el Señor ha puesto en mi camino. Y crecer en comunión es aprender a amar, aprender a salir de uno mismo, aprender a entregar sin convertir la relación en una negociación de cuotas.

Esto se juega en escenas pequeñas. Emma llega un día irritable, más sensible, con la piel fina. Hay algo muy humano, y en muchas mujeres también muy corporal, que hace que vivan ritmos y cambios de energía con cierta ciclicidad. No todas lo experimentan igual, y tampoco en los hombres todo es plano y constante, pero a Emma le pasa y a Alfredo le toca aprenderlo. No es un defecto, es naturaleza. No es una excusa para herir, es una invitación a conocerse y cuidarse. Alfredo aprende a no tomarse todo como ataque personal. Emma aprende a poner palabras y a pedir cuidado sin convertir el malestar en un látigo. Ese aprendizaje, hecho con ternura, es oro para un matrimonio futuro.

En esos momentos se nota otro mecanismo. Lo que nos calma educa. Si nos calmamos con diálogo y comunión, aprendemos comunión. Si nos calmamos tapando lo de fondo con atajos, aprendemos a tapar. Y lo tapado no desaparece, crece en silencio.

Seis virtudes con zapatos de calle

Para que haya comunión, hace falta virtud, en el sentido más cotidiano. Hábitos que sostienen el amor cuando no apetece.

La generosidad se ve cuando el otro no es un proyecto de felicidad personal, sino alguien a quien servir. Alfredo acompaña a Emma a una comida familiar que le da pereza. Emma acompaña a Alfredo a un compromiso que no le entusiasma. Y ambos descubren que el amor respira cuando dejamos de estar en el centro.

Alfredo repite una broma que le encanta. Para que una familia funcione tiene que haber al menos un tonto, y para que sea feliz conviene que los dos compitan por serlo. Es humor, sí. Y es una verdad profunda. El hogar se sostiene con pequeños “ya lo hago yo” dichos sin resentimiento.

La paciencia aparece cuando los ritmos no coinciden. Uno crece más rápido en unas cosas y más lento en otras. Y, curiosamente, cuando uno está peor, cuando menos “brilla”, suele ser cuando más necesita comprensión.

La sinceridad es imprescindible para discernir. No se puede amar bien si el otro no sabe con quién está. Muchas medias verdades nacen de la vanidad o de la inseguridad, ese deseo de gustar a cualquier precio. Y aquí conviene recordar otro hilo. Lo que se vive en secreto crece. Si escondemos, crece la sombra. Si hablamos con verdad, crece la confianza.

La humildad permite la corrección fraterna. Un noviazgo no necesita dos perfectos. Necesita dos humildes, con ganas de conversión, capaces de decir y escuchar sin que el mundo se hunda.

La mortificación del carácter es realismo puro. “Yo soy así” suele salir justo cuando más necesitamos cambiar. No se trata de fingir otra personalidad, se trata de dominar lo que destruye. Nadie quiere una relación donde todos anden de puntillas porque “hoy viene torcido”.

Y la libertad interior frente a los apegos evita guerras absurdas. “En mi casa siempre fue así” no puede ser un dogma. Si relativizamos lo importante, terminamos dogmatizando tonterías. La libertad interior pone orden.

Cuidar el discernimiento con límites que liberan

Emma y Alfredo no quieren vivir el noviazgo como una montaña rusa ni como un examen de sospecha. Quieren ser serenos. Y, para eso, les ayuda poner límites que no enfrían el amor, lo protegen.

Empiezan por lo más obvio y lo más fácil de olvidar. No dejar a Dios fuera. No como guinda final, sino desde el principio. Preguntar por la vocación, rezar, compartir vida de fe, ir juntos a la Eucaristía cuando se puede. Y si uno se enamora de alguien no creyente, es un reto grande. No lo hace imposible, pero el discernimiento se vuelve más exigente y pide más vida interior.

Luego aparece la sinceridad sin maquillaje. No engañar para agradar, no ocultar lo decisivo, no jugar a ser otro. Y aquí entra también la fidelidad. En un noviazgo, una infidelidad no es una anécdota. Se puede y se debe perdonar, porque perdonar nos hace libres. Pero el noviazgo está para discernir, y una infidelidad suele ser un dato muy serio para ese discernimiento. Alfredo lo diría con humor para quitar hierro al drama y ponerlo donde toca. Te perdono, sí, pero que se busque otra. Detrás de la frase hay una idea limpia. El perdón cura el corazón, pero no convierte en bueno lo que no es bueno ni obliga a seguir donde ya se ha visto algo decisivo. No se trata de venganza, se trata de dignidad y claridad.

A Emma le ayuda otro detalle. No pretender cambiar al otro como condición para que esto funcione. Se discierne desde lo que hay, no desde la fantasía de lo que podría llegar a ser. Y, para no autoengañarse, conviene no perder la objetividad. El enamoramiento puede ofuscar. Por eso hace falta un punto de razón y un punto de realidad.

Si alguna vez asoma la violencia, aunque sea en forma de gritos o humillación, el límite es firme. La dignidad no se negocia.

Y aquí entra la castidad, que conviene decirla con pedagogía y sin tono de bronca. En el noviazgo, la castidad no es un “no” por miedo ni una rareza para gente antigua. Es una apuesta por amar con más verdad y con más fuerza cuando llegue el matrimonio. La sexualidad tiene un lenguaje enorme, con el cuerpo decimos “me entrego del todo”. Y ese “del todo” necesita un marco verdadero para no convertirse en teatro o en pegamento para que la relación no se rompa. Mientras discernimos, todavía estamos aprendiendo si esa entrega total es real, si hay comunión, si hay libertad, si hay un sí definitivo. Por eso esperar no enfría el amor, lo educa. Es como decirle al otro con hechos “tu cuerpo no es un atajo para calmarme ni un remedio para tapar conflictos, tú eres una persona y mereces que yo te quiera entero”. Y además entrena algo precioso para el matrimonio, la capacidad de amar con intensidad sin usar lo inmediato como anestesia, sosteniendo el deseo con ternura, paciencia y dominio de sí. La castidad, vivida así, se convierte en un signo claro de respeto hacia la otra persona y en un entrenamiento para una entrega más plena y más alegre cuando toque.

También les ayuda dejar que otros les hablen. No para que otros decidan por ellos, sino porque desde fuera se ven cosas que desde dentro no vemos. El grupo escribe guiones. A veces el guion dice “si no haces esto, eres raro”. Escuchar voces sensatas no quita libertad, la devuelve.

Por eso se entrenan en preguntar en vez de presuponer. Hablar de valores, de expectativas, de límites, de proyectos. Si no se habla, se supone. Y lo supuesto suele explotar tarde. Y cuentan también con la familia, no para vivir pegados a ella, sino para reconocer que influye. Conocerla ayuda a conocer a la persona. Y el amor crece cuando uno aprende a querer, por amor al otro, lo que el otro ama. Incluso a los suegros, que no siempre es fácil, pero casi nunca es aburrido.

Y, por debajo de todo, sostienen un combate silencioso. No pactar con el narcisismo. No buscar a alguien que me haga feliz como si el otro fuera un servicio, sino aprender a hacer feliz al otro. No se trata de anularse. Se trata de salir del centro.

Si es, es, y si no es, no lo es;

No es el chicle emocional que estiramos

por miedo a no quedarnos solos

Aquí Emma lo dice con una claridad que desarma, y Alfredo asiente con esa seriedad rara que le sale cuando toca. El noviazgo, cuando lo vivimos con verdad, es un tiempo de discernimiento serio y sereno, no un chicle emocional que estiramos por miedo a quedarnos solos o por no tener que explicar nada en la próxima comida familiar. Es una etapa para mirar la realidad con cariño y con luz, sin autoengaños, con Dios dentro, y con esa libertad interior que evita convertir el corazón del otro en sala de espera. Por eso la frase es simple y liberadora, si es, es; y si no es, no lo es. Y cuando no lo es, se deja sin dañar en lo posible, sin teatralizar, sin humillar, sin abrir la intimidad como si fuera un álbum para el grupo, con gratitud por lo bueno y con la valentía de decir un no limpio. Que a veces duele, claro, pero duele menos que un “ya veremos” eterno, que es como dejar la puerta entornada para que entre frío y nadie se atreva a cerrarla.

No vivas como casado si aún estás discerniendo,

o romper será un drama.

Y aquí vuelve una advertencia práctica que a ellos les ayuda, precisamente porque viven cada uno con sus padres. Si en el noviazgo creamos vínculos como si todo estuviera consumado, luego cortar se vuelve un drama. Emma lo vio con una amiga que metió a su novio en casa desde el primer día. Cenaba con los suegros, cogía confianza con el perro, y al tercer mes ya parecía que había un yerno oficial en plantilla. Cuando la cosa se torció, el problema no era solo cortar con él, era cortar con toda la escena familiar montada alrededor. Alfredo lo resume con humor. No conviertas el discernimiento en una telenovela de sobremesa, que luego nadie sabe cómo apagar la tele.

También han visto el caso de los regalos desproporcionados. Alguien que, estando todavía en “estamos viendo”, regala un ordenador, o una cosa así, como quien dice “firma aquí”. Y claro, luego, si hay que decir que no, no solo se rompe una relación, también se abre un cajón de deudas emocionales. No es que un regalo sea malo. Es que hay regalos que, sin querer, tienen forma de anzuelo. Y el noviazgo necesita libertad para que, si no es, no sea, sin dramas añadidos.

La libertad no es frialdad. Es caridad. Es cuidar al otro y cuidarse, para no quedarse atados a una agonía anterior que impida ver lo que el Señor quiera mostrar.

Un final doméstico que lo resume todo

Esa noche, ya en su cuarto, Emma deja el móvil en la mesilla y se queda mirando el techo. No está triste. Está pensando. Al otro lado de la ciudad, Alfredo hace lo mismo, solo que él lo llama “desconectar” para que no parezca que tiene vida interior, que ya sabemos cómo sois algunos.

No están haciendo un examen de perfección. Están aprendiendo a amar con verdad. A discernir con serenidad. A no pactar con el narcisismo. A dejar a Dios dentro. A cuidar la libertad para que un sí sea sí, y para que un no sea un no que no destroce.

Y mañana, cuando se vuelvan a ver, quizá no tengan ninguna frase brillante. A lo mejor solo una mirada limpia y un “¿hablamos de eso que dijimos?”. Y eso, en el fondo, ya es una promesa de comunión. 

lunes, 26 de enero de 2026

Cuando el cura vive “como un cura”… ¿y quién decide cómo debe vivir?

 

Cuando el cura vive “como un cura”… ¿y quién decide cómo debe vivir?

La conversación que he compartido arranca con una intuición provocadora: quizá, de todo lo que se discute cuando se mezclan liberalismo, catolicismo y capitalismo, lo que más toca nervio es algo mucho más cotidiano y menos teórico: la economía diaria del sacerdote. No la economía de los grandes discursos, sino la del frigorífico, la gasolina, el seguro, el techo que gotea en la casa parroquial y ese “a ver si llego” a fin de mes.

Y aquí aparece enseguida un choque con el imaginario popular. Existe el dicho “vivir como un cura”, como sinónimo de vivir bien. Pero se sostiene que esa expresión ya no encaja con la realidad actual (al menos en España): no solo muchos sacerdotes no viven “muy bien”, sino que se sugiere que esa precariedad no es casual, que responde a dinámicas estructurales e intereses.

Cuando la supervivencia manda, la libertad se estrecha.

Una de las tesis más fuertes del texto es esta: se habría “elegido” (o permitido) que el clero viva materialmente peor para limitar su acceso a la propiedad y, con ello, limitar su libertad práctica. La idea es sencilla y dura: si un sacerdote no puede construir un mínimo colchón (una casa, un ahorro razonable, un margen de autonomía), queda más dependiente. Y la dependencia, en cualquier organización, tiende a traducirse en mayor control.

La conversación lo enmarca dentro de algo más amplio que se llama “estatalización” de la Iglesia: una forma de gobierno “estatista”, más autoritaria, más centralizada, menos propia de lo que debería ser la vida eclesial. Se llega a afirmar incluso que el estatismo, como tal, sería “claramente anticatólico”, porque sustituye la lógica de la comunión por una lógica de aparato.

No se está diciendo (al menos no necesariamente) que la Iglesia deba funcionar como una empresa o un mercado, sino que no debería funcionar como un pequeño Estado donde la libertad real de sus miembros se debilita por falta de recursos y por dependencia económica.

Dos mundos: religiosos y sacerdotes diocesanos

Aquí el texto hace una distinción importante, pedagógica y necesaria:

1.     Clero regular (religiosos): viven bajo voto de pobreza. Eso significa que, por su opción y por su promesa formal, renuncian a la propiedad personal. Sus bienes son comunitarios; su orden o congregación sostiene su vida. La pobreza, en este caso, no es miseria: la idea tradicional es tener lo necesario y vivir sobriamente, incluso con renuncias, pero sin convertir la vida en una angustia permanente.

2.     Clero secular (diocesano): no hace voto de pobreza. Puede tener bienes propios, aunque con límites (por ejemplo, se subraya que no debe dedicarse a “negocios” como ocupación ordinaria, y que hay un marco canónico que pone frenos a ciertas actividades por coherencia con el estado sacerdotal).

Y aquí aparece un concepto clásico del derecho canónico: la “cóngrua sustentación”, es decir, la obligación del obispo de proveer lo necesario para que el sacerdote pueda sostenerse dignamente.

El problema, según se comenta, es que lo “necesario” puede interpretarse de forma minimalista: “estar comidos”. Y entonces surge una frase clave: la pobreza no es no pasar hambre. Que alguien no se muera de hambre no significa que viva con dignidad, ni que pueda sostenerse con serenidad, ni que tenga margen de libertad.

Pobreza no es miseria: es sobriedad con dignidad.

La situación española: salario, Estatuto y un “régimen especial”

La conversación se mete en datos concretos: se habla de sueldos “en torno a los 1.000 euros al mes en 14 pagas”, tradicionalmente por debajo del salario mínimo, aunque habría habido incrementos respecto a épocas anteriores. Se mencionan complementos para ciertos cargos y el papel de los estipendios de misa, que pueden sumar algo, pero no solucionan el fondo.

Hasta aquí podría parecer “solo” una remuneración baja. Pero el texto insiste en algo más delicado: la posición jurídica-laboral. Se afirma que en España el sacerdote no está incluido en el Estatuto de los Trabajadores por un marco derivado de acuerdos entre el Estado y la Santa Sede y su desarrollo legal. ¿Consecuencia?

  • No habría un cauce civil-laboral ordinario para reclamar derechos.
  • No existirían horarios exigibles civilmente.
  • Las vacaciones existirían como derecho canónico, pero no como derecho laboral civil.
  • La Seguridad Social operaría con un régimen particular: se pagaría pensión y asistencia sanitaria, pero no conceptos como paro, accidentes laborales o formación, lo que implicaría una aportación menor que la de un trabajador estándar.

La conversación lo remata con una comparación llamativa: empleados laicos de estructuras diocesanas (por ejemplo, limpieza) podrían tener mejor salario y más derechos laborales que un sacerdote medio.

Y aquí se abre un matiz interesante: quien habla no pide necesariamente “laboralizar” al sacerdote como si fuera un empleado más. De hecho, expresa que le parece razonable que el sacerdote no sea exactamente equiparable a cualquier trabajador (derecho a despido, etc., suena raro en clave vocacional). Pero sí subraya lo esencial: no tiene sentido que un sacerdote viva con una preocupación constante por la supervivencia. Una cosa es vivir sobrio, otra vivir haciendo encaje de bolillos.

Comparaciones internacionales: no es lo mismo en todas partes

Se traen ejemplos para mostrar que la realidad española no es universal:

  • En buena parte de Hispanoamérica se afirma que un sacerdote puede vivir como un profesional medio.
  • En Estados Unidos se describe un esquema donde el sueldo puede ser “bajo para los estándares”, pero la diócesis o la parroquia cubren vivienda, comida, seguro médico, etc. Eso cambia completamente el panorama: el sueldo ya no compite con la lista interminable de gastos básicos.

El contraste busca señalar que el problema no es “el sacerdocio” en abstracto, sino cómo se organiza materialmente.

Un cura sostiene personas… y también techos, llaves, facturas y retablos.

La carga real: pastor, presencia social y gestor patrimonial

Otra parte potente del texto es la enumeración de tareas:

1.     Labor pastoral: sacramentos, predicación, acompañamiento, catequesis, escucha… horas y horas.

2.     Labor social: especialmente en barrios y pueblos, donde el sacerdote puede ser una de las pocas figuras estables de apoyo a personas vulnerables.

3.     Gestión patrimonial: quizá la más invisibilizada. En muchos lugares, lo más valioso del pueblo (artística y culturalmente) es la iglesia: retablos, cubiertas, muros, seguridad, restauraciones, trámites, financiación, prevención de robos, mantenimiento continuo.

La idea de fondo es clara: cada vez hay menos curas para tareas que no han disminuido en la misma proporción. Esto genera presión, sobrecarga y sensación de responsabilidad constante. Y ahí vuelve el punto económico: si ya estás desbordado, y además estás al límite material, el sistema no solo te exige: te aprieta.

El efecto colateral: dificultad para entender la economía real

Aquí la conversación da un giro muy interesante. Dice, más o menos: luego nos extrañamos de que algunos sacerdotes u obispos hablen de economía de forma poco realista. ¿Por qué pasaría eso?

Porque muchos sacerdotes en España vivirían en un régimen de subsistencia administrada, sin experiencia directa de “ganar dinero” en el sentido empresarial o profesional competitivo: crear riqueza, asumir riesgos, levantar un proyecto, entender la formación de precios, lidiar con costes, sueldos, impuestos, incertidumbre. Si tu economía está estructurada y asegurada (aunque sea pobre), puedes terminar hablando de economía desde categorías morales sin haber pisado el barro de cómo funciona.

Se añade además un dato de estructura: los balances diocesanos tendrían un peso relativamente bajo de aportaciones directas de fieles (se menciona que a menudo no llegarían al 20 por ciento), mientras el resto sería “fijo” o ligado a gestión, impuestos (la casilla de la renta) y actividades como turismo. En ese marco, se lanza una crítica: es difícil denunciar la presión fiscal cuando una parte de los ingresos depende de esa misma estructura fiscal.

No se trata solo de una acusación; es casi un diagnóstico: cuando el sistema de financiación es mayoritariamente “estable” y no proviene de la donación directa, el lenguaje sobre economía puede volverse abstracto, automático o ideológico.

Una crítica concreta a un estilo de discurso eclesial

El texto termina apuntando a un caso: un documento episcopal sobre doctrina social donde se mencionaría repetidamente el “neoliberalismo” como fuente de problemas, sin mencionar socialismo, comunismo o colectivismos, pese al contexto político del país. La queja aquí no es solo “falta este término”, sino algo más profundo: un desequilibrio en el análisis, y, detrás, una posible incomprensión de lo que significa crear riqueza y sostener un tejido productivo real.

La conversación sugiere que, cuando no se conoce desde dentro el coste de levantar empresas, pagar sueldos, cumplir normativas y sobrevivir, es fácil caer en recetas del tipo “que los políticos solucionen”, “más derechos”, “subir salarios”, sin entrar en el “cómo” y en las consecuencias.

Cierre: la pregunta incómoda que queda en el aire

Lo más interesante es que el texto no acaba en una queja amarga, sino en una pregunta grande: ¿qué tipo de Iglesia se construye cuando el sacerdote vive con paz interior, sí, pero con estrechez estructural buscada o permitida? ¿Qué pasa con su libertad real, con su formación económica, con la calidad del discernimiento pastoral cuando la vida cotidiana está siempre al límite?

Y, en el fondo, la cuestión es casi evangélica en su forma, aunque aquí se exprese en clave social: si la Iglesia quiere hablar al mundo sobre justicia, dignidad y bien común, necesita que sus propios ministros vivan una sobriedad verdadera: no el lujo, pero tampoco la precariedad que convierte la vida en una cuerda floja.

Homosexualidad e ideología de género, una casa abierta y una palabra clara

 


Homosexualidad e ideología de género,                                                                                                        una casa abierta y una palabra clara

Esta es tu casa, y también podemos hablar claro

Suele empezar con una pregunta que llega con prisa y sin manual de instrucciones. ¿Por qué la Iglesia no acepta, o parece rechazar, a las personas homosexuales? ¿Por qué esa insistencia en hablar de pecado, como si fuera una manía de cortar la libertad? ¿Qué problema hay en que una persona sea homosexual? Y nosotros, ¿cómo andamos? Y entonces, casi siempre, aparece la que muchos tienen en la punta de la lengua y no saben cómo decir sin que todo se enrede.

¿Es pecado tener atracción al mismo sexo?

Antes de levantar muros, conviene hacer una distinción sencilla que ordena el terreno. No es lo mismo pecado que delito. Y conviene recordar algo que también duele reconocer. La falta de caridad con el prójimo también es pecado. Y nosotros, ¿cómo andamos?

Somos hijos de Dios. Dios nos ama. Y, al mismo tiempo, caminamos como pecadores. Si Dios acoge a pecadores, ¿cómo no va a acoger con cariño y misericordia a una persona con tendencia homosexual? No tenemos derecho a echar a nadie. Más aún, se nos pide recibir. La Iglesia no puede cerrarle la puerta a nadie.

Conversaciones de respeto, sin condenar

A veces se piensa que aquí hay rechazo o prejuicio. Es fácil pensarlo cuando el ambiente está cargado. Pero también es verdad que la Iglesia está llamada a ejercer su pastoreo y acercar a Jesucristo a todos los hombres y mujeres, también a quienes experimentan en distintos grados y formas atracciones de tipo homosexual.

Podemos hablar de esto con respeto y cariño. Se puede exponer la forma de pensar sobre el ser humano y la sexualidad sin enjuiciar ni condenar. Se puede dejar libertad, una libertad sagrada que nos ha dado Dios. Se puede respetar que unos vivan la sexualidad desde la virginidad o castidad por el Reino, y que otros tengan otra forma de pensar sobre la sexualidad. Y se puede agradecer que el otro comparta su vida e inquietudes, porque eso ayuda a comprender y a convivir con todos.

Imaginemos una escena sencilla. Dos personas quedan para tomar un café después de una conversación que, con un par de frases mal puestas, habría terminado en bronca. Llegan con el gesto contenido, como quien trae un tema delicado en el bolsillo y no sabe bien si sacarlo. Se sientan. Piden. Y, antes de hablar, hacen algo que hoy cuesta mucho. Se escuchan.

Uno explica, sin ponerse por encima, cómo vive la virginidad o castidad por el Reino. No como una rareza ni como una medalla, sino como una forma concreta de amar con el corazón sin repartirlo, una dedicación más libre para Dios y para los demás, con la esperanza puesta en el Reino que viene. El otro comparte su experiencia sin dramatismos ni consignas, lo que le pasa por dentro, sus preguntas, su deseo de ser feliz. Y ahí, casi sin darse cuenta, descubren una coincidencia que no borra las diferencias. La castidad no es una palabra reservada a unos pocos. Se vive según el estado de vida, y a todos nos toca aprender a ordenar afectos, decisiones y deseos, estemos casados o no, con nuestras fragilidades y con libertad.

No se lanzan etiquetas. Si algo suena duro, lo vuelven a decir con más delicadeza. Si algo se entiende mal, lo aclaran. El café se enfría, que suele ser buena señal. Y al despedirse, el que venía con más recelo suelta una frase que desarma porque no es un halago, es un descubrimiento. No sabía lo que enseña la Iglesia sobre estos temas. Pensaba que era rechazo, y me encuentro con más respeto, más caridad y más equilibrio de lo que imaginaba. No siempre se sale con todo resuelto, pero a veces se sale con algo decisivo, que se puede hablar sin perder la dignidad ni la libertad. Y eso cambia el aire.

Acoger de verdad, sin condiciones de entrada

Lo primero es la dignidad de toda persona, por encima de cualquier otra consideración. Por eso se nos pide acoger con respeto, compasión y delicadeza, y evitar todo signo de discriminación injusta.

Cuando alguien con atracción al mismo sexo llega, lo primero que se le debe decir es esta es tu casa. Puedes venir cuando quieras. Y recordarle cuánto le ama Dios, especialmente si es católico. Misa, catequesis, grupos de oración, peregrinaciones, excursiones. La Iglesia es para todos.

Puede ocurrir de forma muy simple. Al terminar la misa, alguien se queda un poco atrás, esperando a que pase la gente. Cuando por fin se acerca, no trae una tesis. Trae una pregunta y un nudo en la garganta. No sé si puedo venir. No sé si me mirarán raro. Y ahí se decide mucho. Lo primero no es interrogar, ni exigir un currículum moral, ni hacer de guardia en la puerta. Lo primero es decir con hechos y con palabras que esta es tu casa.

Y aquí hay una palabra que no se puede esquivar. A lo largo de la historia, muchas veces se ha faltado a la dignidad de las personas con atracción al mismo sexo, con malas formas, apartándolas de la sociedad, incluso con violencia. Eso es una gran tristeza. Va contra lo principal de la religión católica, el amor y la misericordia de Dios revelado en Jesucristo, que acogía y amaba a todos. Si alguna vez esto ha sucedido, hay que pedir perdón, corregirse y rectificar para acoger siempre a todos.

Dios ama incondicionalmente. El hecho de experimentar esos sentimientos de atracción no excluye en absoluto del designio de Dios. Dios es Padre. Y al mismo tiempo, ese amor incondicional llama a la plenitud, a la santidad, hacia la cual tenemos que caminar.

Acoger no es cerrar los ojos, es abrir la puerta.

Dos miradas sobre la persona, y una que hace daño

Se proponen dos formas de entender al ser humano, dos antropologías. Una se llama ideología de género. La otra es la antropología cristiana de la unidad de la persona.

Según la ideología de género, el hombre o la mujer no nacen, sino que se hacen. Uno no nacería con una sexualidad determinada, sino sexualmente neutro, y elegiría orientación sexual según lo que siente de manera subjetiva. Ya no se hablaría de sexo, sino de género y roles en relación con la conducta sexual. Dependería de la libre elección. Se presenta como una antropología dualista donde el sexo sería un mero dato y no configuraría la realidad de la persona. La diferencia sexual no tendría significado para realizar la vocación al amor. La identidad sexual no tendría base en la naturaleza humana. Lo decisivo sería elegir orientación a partir de afectos o preferencias.

Se reconoce que hay algo que resulta atractivo de esa postura. Valora lo subjetivo, lo que uno siente interiormente, porque a veces se ha reprimido y eso provoca daño. Pero se señala un peligro, absolutizar lo que siento en cada momento. Los sentimientos son buenos y a la vez muy variables. No estamos llamados a reprimirlos, sino a ordenarlos en el amor.

Y aquí sirve lo cotidiano, porque lo cotidiano nos pone en nuestro sitio. Uno se levanta y no siente ganas de ir al trabajo. Si bastara con sentir, llamaríamos al jefe y diríamos que ir sería ir contra uno mismo. Nadie lo entendería. Se trata de ordenar los sentimientos y, con fortaleza, hacer lo que toca para realizarnos como persona y ser felices.

Desde ahí se afirma que hay que desenmascarar una ideología que pretenda presentar la homosexualidad como una alternativa a la heterosexualidad, o afirmar género no binario y otros géneros, llamándolo falsas ideologías. Y conviene decirlo claro, sin gritar. La ideología de género destroza a la persona cuando absolutiza lo subjetivo, convierte el sexo en un mero dato y rompe la unidad con la que estamos llamados a vivir.

Se afirma también que la persona homosexual está llamada a identificarse con su propia naturaleza y a conocer su propia historia, quizá la que explique sus tendencias o esa experiencia que vive.

La antropología cristiana sostiene que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Es una persona con cuerpo y alma unidos. El cuerpo está espiritualizado y el alma está encarnada. Todo en unidad, todo para integrar.

Se afirma que toda persona nace con una naturaleza, y que nace con una naturaleza sexuada, varón o mujer. Se recuerda el Génesis, Dios creó al hombre a su imagen, hombre y mujer los creó. Se sostiene que hombre y mujer son iguales en dignidad y distintos en su sexualidad, por ser complementarios, con una complementariedad que permite formar la comunión del matrimonio abierta a la transmisión de la vida.

Castidad, integración y un realismo que nos incluye

Vivimos en una sociedad pansexualizada. Muchas veces se promete felicidad reduciéndola al placer, separándolo del amor. Se señala que la pornografía hace mucho daño porque desvirtúa la sexualidad, muestra algo que no es verdad e instrumentaliza a la persona.

Por eso se propone recordar el valor de la virtud de la castidad. Ayuda a ser dueños y señores de nosotros mismos, a tener una mirada limpia, a no utilizar a los demás, a amar con un corazón libre. Bienaventurados los limpios del corazón porque ellos verán a Dios.

No se trata de suprimir ni de reprimir, se trata de ordenar. Ordenar cuerpo, alma, afectos, inteligencia, voluntad, y hacerlo con la gracia de Dios. Se recuerda que todos tenemos desórdenes en distintas dimensiones, en la comida, en el sueño, en el uso de internet y redes sociales, en los afectos, en la voluntad, también en la sexualidad. Se recuerda esa experiencia descrita por san Pablo, querer hacer el bien y no hacerlo, hacer lo que uno detesta. Por eso se invita a afrontar y ordenar esa realidad.

No se trata de reprimir, se trata de integrar y ordenar.

Experiencia e identidad, y el ruido que confunde

Se insiste en que no es prudente encasillar a una persona bajo unas siglas. Se habla de lobbies que no ayudan a vivir en libertad. Se afirma que una persona es hombre o mujer, y pueden convivir ciertas tendencias de atracción homosexual, pero no son esas tendencias las que definen su identidad. Por eso se pide distinguir experiencia e identidad.

Y conviene decirlo con claridad. Toda exaltación que ofrecen los lobbies daña las conciencias y confunde cuando estrecha el horizonte, cercena la vocación y convierte la vida en una lucha de poder que se queda corta.

También se repite una distinción que evita muchas confusiones. No es lo mismo sentir que consentir. Sentir o tener una tendencia afectivo sexual no es pecado en sí mismo. El pecado estaría en consentir y en los propios actos desordenados. Esto se aplica a una persona homosexual y a una persona heterosexual.

Se afirma, además, que los actos homosexuales se entienden, según la doctrina católica, como intrínsecamente desordenados. Y se pide un modo de hablar y de vivir que no maltrate. Caridad en la verdad. No desprecio, no dureza, no maltrato, y a la vez verdad. Se afirma que hay obligación de dar a conocer el camino que se considera verdadero para afrontar una tendencia homosexual.

Se menciona también que puede ser muy difícil, que las tendencias homosexuales pueden estar profundamente erradicadas incluso desde la infancia, y que es una prueba grande. Se recuerda que el catecismo invita a unir estas dificultades al sacrificio de la cruz de Jesucristo. Y se amplía la mirada, también a un casado o una casada que experimenta atracción por alguien que no es su cónyuge se le invita a ordenar esa tendencia hacia su marido o su mujer.

Un modo concreto de ordenar

Se propone comenzar por la inteligencia, conocer la verdad de la antropología cristiana y las enseñanzas sobre ideología de género y atracción al mismo sexo. Se propone fortalecer la voluntad para seguir lo que la inteligencia entiende como bueno y verdadero, con reciedumbre y dominio de sí, entrenando la voluntad para grandes ideales que cuestan esfuerzo.

Se propone ordenar afectos y sentimientos, no vivir esclavo de lo que se siente en cada momento. Acoger sentimientos cuando invitan al bien y orientarlos cuando no. Se pone el ejemplo de una mujer casada que dice que se ha enamorado de otro hombre, se le diría que ordene sus afectos hacia su esposo. Se añade que el amor es más que un sentimiento. Y se sugiere que, ante una tendencia afectiva hacia alguien del mismo sexo que empuja a intimidad y exclusividad, se proponga un amor de amistad y ordenar las otras dimensiones, sin dar cabida a lo que empuja a lo desordenado.

Se propone también cuidar el cuerpo, la vista y la imaginación, evitar ocasiones que faciliten actos desordenados. Se ponen ejemplos de prudencia semejantes a otros ámbitos, no ponerse en circunstancias que empujen a caer.

Respetarnos sin obligarnos

Se insiste en que maltratar, juzgar o no acoger a una persona con atracción al mismo sexo es una falta grave de caridad. Y se defiende que también existe un derecho a exponer la forma cristiana de entender la sexualidad y la atracción al mismo sexo sin ser juzgado o maltratado socialmente por ello. Se critica el extremo de obligar a alguien a aceptar y pensar lo que otro cree, y si no, tacharlo de homófobo o mala persona.

Querer a un amigo con tendencia homosexual no obliga a pensar como él. Respetarlo no obliga a compartir su forma de vivir. Y del otro lado, un amigo con tendencia homosexual no tiene que pensar como uno para ser amigo ni compartir la virginidad o castidad por el Reino. Se insiste en dialogar y comprendernos, tratándonos con amor y cariño como enseñó Jesucristo, que vino a darnos a conocer el amor de Dios y enseñarnos un camino de felicidad.

Se afirma que hay esperanza. Se habla del poder de la gracia de Dios, del esfuerzo personal, la oración, la misericordia que levanta. Se invita a identificar heridas, compartirlas, ponerlas en la presencia de Dios, en acompañamiento espiritual, y también se menciona acompañamiento psicológico. Se repite un mensaje final que sostiene el conjunto. Dios te quiere feliz y llama a la santidad.

Se invita a leer lo que enseña el magisterio sobre este tema. Catecismo de la Iglesia Católica, puntos 2357 a 2359. Declaración de la persona humana de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta sobre la atención a las personas homosexuales del año 1986 de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La verdad sobre el amor humano de la Conferencia Episcopal Española del año 2012, con orientaciones sobre amor conyugal, ideología de género y legislación familiar.

Preguntas para dialogar en casa o en grupo

¿Qué cambia en nuestra conversación cuando empezamos por la dignidad y la acogida?: ¿Qué entendemos por libertad cuando hablamos de afectividad y sexualidad? ¿Dónde nos cuesta distinguir entre sentir y consentir, y por qué? ¿Qué significa para nosotros ordenar sin reprimir, y cómo lo vivimos en otras áreas? ¿Cómo cuidamos la caridad en la verdad cuando pensamos distinto?

En la Iglesia todos caben, pero no cabe todo.