sábado, 7 de marzo de 2026

Homilía del Tercer Domingo de Cuaresma, Ciclo a - Jn 4, 5-42 «Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber».

 

Homilía del Tercer Domingo de Cuaresma, Ciclo a

Jn 4, 5-42 «Llega una mujer de Samaria a sacar agua,

y Jesús le dice: «Dame de beber». 

                         (Hay dos audios, uno al principio y otro al final del escrito de la homilía)

      Los evangelios no son una crónica periodística de la vida de Jesús. No están escritos como quien registra hechos desnudos y exactos. Los evangelios transmiten verdades de fe; son teología viva para las comunidades cristianas de todos los tiempos. Contienen sin duda elementos históricos, pero su interés principal no es la simple reconstrucción de unos hechos sucedidos hace dos mil años. Lo que les importa es la fe.

Por eso, el episodio de la samaritana no puede leerse como si hubiera detrás un cronista escondido tomando nota de cada gesto. Es una enseñanza profunda que ilumina la vida y la fe de todos los creyentes a partir de Jesús y de su mensaje.

El evangelista Juan construye este episodio teniendo muy presente la historia del profeta Oseas. Oseas, que habla al reino del Norte, a Samaría, fue el primero en expresar la relación entre Dios y su pueblo como la relación entre un esposo y una esposa. Y llegó a esa imagen maravillosa partiendo, paradójicamente, de su propia tragedia matrimonial.

El profeta estaba casado con una mujer infiel, que una y otra vez se marchaba con otros amantes. Y, sin embargo, él seguía amándola, seguía yendo a buscarla, seguía llevándola de nuevo a casa. Hasta que un día, después de tantas traiciones, parece que ha llegado el momento del juicio. La ley preveía incluso la pena de muerte para la mujer adúltera. Pero justo cuando debería caer la sentencia, sucede lo impensable: el amor vence a la justicia herida. Y en vez de condenarla, Oseas le dice: «Por eso voy a seducirla: voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón» (cfr. Os 2, 16). Es decir, le propone empezar de nuevo.

Y añade algo decisivo: «Aquel día -oráculo de Yahvé- ella me llamará “marido mío”; y no me llamará “Baal mío”» (cfr. Os 2, 18). Ahí está la clave. El profeta comprende por qué aquella mujer huía; no tenía un esposo, tenía un amo. Y nadie puede vivir de verdad cuando el amor se convierte en dominio.

Siempre nos quedamos un poco desconcertados cuando escuchamos el relato del encuentro de Jesús con la samaritana. Enseguida se notan detalles poco verosímiles, ciertas incongruencias narrativas, y al final uno termina preguntándose qué es lo que ha pasado. Para acercarnos bien a este pasaje, conviene hacer antes algunas observaciones.

En Juan no se persigue curiosidad,

se busca fe.

Primera observación. Cuando leemos el Evangelio según Juan, debemos tener siempre presente que este evangelista no se limita a referir los hechos en su pura materialidad. Los relee en clave teológica, utiliza imágenes bíblicas, establece resonancias con acontecimientos y textos del Antiguo Testamento. Por eso no hay que extrañarse de que a veces resulte difícil saber con precisión qué sucedió exactamente. Y nosotros no deberíamos buscar en el Evangelio la respuesta a nuestras curiosidades, por legítimas que sean. Lo decisivo es lo que el evangelista quiere decirnos, porque eso es lo que importa y eso basta para nuestra fe. Eso es lo que queremos hacer hoy con este texto, no satisfacer curiosidades, sino escuchar el mensaje que Juan quiere entregarnos.

Si lo reducimos a una simple crónica corremos el riesgo de quedarnos más bien decepcionados. Al final, solo nos quedaría una exhortación moralizante. Jesús se habría encontrado con una mujer de vida desordenada, conocería su situación moral y la habría devuelto al buen camino. Muy poca cosa, si ese fuera todo el mensaje.

Los personajes son reales,

y también son espejo.

Segunda observación. Los personajes que encontramos en el Evangelio según Juan son personas reales y concretas. Pero el modo en que el evangelista los presenta es una invitación clara a reconocer en ellos figuras típicas, símbolos de una opción de vida ante Cristo y su propuesta. Se le puede dar adhesión, se le puede rechazar o se puede permanecer indeciso. Estos personajes representan una actitud espiritual que el evangelista quiere mostrarnos, y que también se refleja en nosotros. Es como si nos dijera que estemos atentos, porque algo de ese personaje también está presente dentro de cada uno.

Natanael, por ejemplo, es el hombre de sus convicciones y seguridades. De Nazaret no puede salir nada bueno. Sin embargo, es una persona leal y se deja cuestionar por la novedad. Hay un Natanael dentro de nosotros. Cuántas veces tenemos nuestras ideas firmes y, de pronto, llega el Evangelio y nos abre a dar nuestra adhesión.

Marta es la imagen del discípulo que experimenta cierta dificultad para llegar a creer que Jesús es el Señor de la vida, y al final se alegra de esa luz. También hay una Marta dentro de nosotros, porque a nosotros también nos cuesta comprender, acoger, dejarnos iluminar por la luz de Cristo.

María de Betania es expresión del amor incondicional del discípulo. No entrega el perfume a gotas. Hay una María de Betania dentro de nosotros. El amor del cristiano no se administra con cuentagotas. Se rompe el frasco y se dona amor incluso al propio enemigo.

Y luego está Judas. También hay un Judas Iscariote dentro de nosotros. Es el anti discípulo, el que en vez de entregarlo todo a los hermanos, toma lo que tienen los hermanos para quedárselo. También hay un Tomás dentro de nosotros, que se fatiga para creer en la resurrección porque busca respuestas y pruebas racionales.

Y está, además, el discípulo amado. Se presenta como anónimo, pero resume en sí las actitudes del discípulo auténtico y se convierte en una invitación. El evangelista nos llama a llegar a ser como ese discípulo.

Y ahora, la samaritana. También hay una samaritana dentro de nosotros, y lo iremos viendo.

El escenario no es decorado,

es parte del mensaje.


          Tercera observación
. Quiero decir una palabra sobre el lugar donde el evangelista coloca el encuentro de Jesús con la mujer de Samaría. En esa región se alzan dos montes, el Garizín y el Ebal, y la Biblia los convierte en una especie de catequesis hecha paisaje. Al entrar en la tierra prometida, Israel debía proclamar sobre el Garizín las bendiciones de la alianza y sobre el Ebal las maldiciones, es decir, las consecuencias de romper la alianza. No se trata de montes “mágicos”, como si uno diera suerte y el otro trajera desgracias. Es una forma concreta, casi pedagógica, de decir que la vida se abre o se cierra según a quién adoramos y qué voz obedecemos. La bendición es vivir bajo la palabra del Señor que libera y hace fecunda la existencia. La maldición es encerrarnos en sustitutos de Dios y terminar viviendo a la intemperie, aunque tengamos “religión” (cfr. Dt 11, 29; Dt 27, 12-13; Jos 8, 33-35).

A poca distancia de una de sus cimas, los arqueólogos han hallado restos de cultos idolátricos, y eso ayuda a comprender por qué aquel lugar quedó marcado en la memoria como un monte asociado a la maldición.

El Garizín domina la llanura y permite ubicar el punto que más interesa para el relato, el pozo donde Jesús se encontró con la samaritana.

En el pasaje de hoy escucharemos a la samaritana aludir a un templo que existió en el Garizín. Había sido construido en tiempos de Alejandro Magno. En época de Jesús ya no estaba, porque había sido destruido en el año 128 por Juan Hircano, sacerdote y sumo sacerdote del Templo de Jerusalén, que veía aquel templo en competencia con el de la ciudad santa y, en cuanto pudo, lo hizo derribar. Con todo, el monte siguió siendo sagrado.      Entre estos dos montes, hoy como en tiempos de Jesús, pasaba una vía muy importante que conectaba Judea con Galilea. Y donde desemboca esa vía se encuentra una ciudad relevante, hoy y entonces, Nablus, la Neápolis de época romana. También se ubica la ciudad de Sicar, citada en el evangelio de hoy. Estaba en el cruce de las vías de comunicación más importantes. El nombre Sicar es una forma aramea de Siquén, es decir, el mismo nombre adaptado al modo de hablar de la gente de la zona; se encontraba a la entrada del paso entre las dos montañas, de modo que controlaba el tránsito de esa ruta.

De Siquén habla mucho la Biblia. Por allí pasan los patriarcas y allí se concentran páginas luminosas y otras muy oscuras de la historia de Israel (cfr. Gn 12, 6-7; Gn 33, 18-20; Gn 34; Jos 24). Por Siquén pasaron los patriarcas Abrahán y Jacob, y se recuerdan muchos episodios ocurridos en ese lugar. Recuerdo uno de ellos; el narrado en el capítulo 24 del libro de Josué. Josué introdujo al pueblo de Israel en la tierra prometida, conquistó aquella tierra y, antes de morir, reunió a todo el pueblo en Siquén, en esa llanura. Lo hizo para que el pueblo tomara una decisión sobre a quién adorar. ¿A quién queréis seguir y escuchar? ¿Al Señor que os liberó de la tierra de Egipto, o al dios Baal, el dios de esta tierra, el que envía los huracanes y la lluvia que fecunda los campos, el que preside la fecundidad de los animales? ¿Queréis seguir al Señor o al dios de esta tierra, Baal? Y el pueblo responde. «Nosotros queremos seguir al Señor» (cfr. Jos 24).

Hasta el detalle del pozo

nos obliga a pensar.

¿Dónde estaba el pozo donde Jesús encontró a la samaritana? La distancia entre Sicar y el pozo; es casi un kilómetro. En torno a Sicar no faltaba agua. Había fuentes cercanas, lo lógico habría sido ir allí. Pero el evangelista lleva a la mujer al pozo, como si quisiera que nos detuviéramos. Cuando Juan fuerza un detalle, no es para confundir, sino para que miremos más hondo. Lo importante no es solo dónde se saca agua, sino qué nos está diciendo Jesús en ese encuentro. ¿Por qué el evangelista envía a esta mujer al pozo, cuando podía sacar agua en aquellos manantiales?

Y ahí está el pozo. Las mediciones lo sitúan en varias decenas de metros de profundidad, con cifras que varían según épocas y condiciones. En tiempos de Jesús, naturalmente, no era como se ve hoy. El brocal original sobre el que Jesús se sentó fue llevado a Constantinopla por Justiniano y colocado en la basílica de Santa Sofía.

El “tenía que” no es del mapa,

es del amor.

«Tenía que pasar por Samaría. Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta».

Jesús se encontraba en el valle del Jordán, cerca de Jericó. Para subir a Galilea no tenía por qué atravesar Samaría. El camino que solía recorrer todo el mundo iba por el otro lado, al este del Jordán, y subía hacia el norte. Entonces, ¿cómo es que el evangelista dice que tenía que pasar por Samaría?

No es una necesidad geográfica. Jesús busca otra cosa.

Jesús tiene que encontrarse con una mujer que ha abandonado a su esposo, lo ha traicionado y se ha unido a otros cinco maridos. Y, sin embargo, no está satisfecha, no es feliz. Él quiere encontrarse con ella.

Dios es el esposo abandonado por la esposa.

Juan escribe para cristianos que conocen el Antiguo Testamento y saben muy bien quién es ese esposo abandonado por la esposa; el esposo es Dios. Es una de las imágenes más tiernas de la Biblia. Dios es el esposo enamorado de su pueblo, y ese pueblo es una esposa infiel. Lo ha traicionado (cfr. Is 54, 5-8; Os 2, 16-17; Jr 3, 20). Se ve cómo el evangelista nos va llevando, cada vez con más claridad, hacia una lectura alegórica de este episodio.

El encuentro ocurre en el pozo. Jesús llega a Sicar, donde estaba ese pozo. Para un judío del tiempo de Jesús, un pozo tenía una resonancia afectiva muy distinta. Nosotros abrimos un grifo y el agua sale, y el pozo no nos dice gran cosa, no despierta emociones ni recuerdos. Pero en una tierra pobre de agua como Israel, el pozo no era solo el lugar donde se iba a sacar agua. Estaba lleno de significados; El siervo de Abrahán llega a un pozo a las afueras de la ciudad, a la hora en que salen las muchachas a sacar agua. Allí se cruza con Rebeca. Ella ofrece de beber al extranjero y, además, se presta a sacar agua también para los camellos. En ese gesto sencillo de hospitalidad se va discerniendo una historia decisiva para la promesa. (cfr. Gn 24, 10-67); Jacob llega a la región de Jarán y encuentra a los pastores reunidos junto a un pozo cuya boca está cubierta por una piedra. Cuando aparece Raquel con el rebaño de su padre, Jacob aparta la piedra, da de beber a las ovejas y el encuentro abre una historia de amor y de futuro. (cfr. Gn 29, 1-12); Moisés, huyendo, se sienta junto a un pozo en Madián. Unas muchachas llegan a dar de beber al rebaño y son molestadas. Moisés interviene, las defiende y ayuda a sacar agua. Ese acto de justicia lo conduce a ser acogido en una casa y, con el tiempo, a un vínculo nuevo que le da pertenencia en tierra extraña. Allí toma como esposa a Seforá (cfr. Ex 2, 15-21).

Dios se lamenta por boca del profeta. Su pueblo ha abandonado al Señor, fuente de agua viva, y se ha excavado cisternas agrietadas que no retienen el agua. La imagen pone nombre a una sed que no se sacia cuando se deja la fuente verdadera por sustitutos (cfr. Jr 2, 13).

El profeta invita a los sedientos a venir al agua. No se trata de comprar vida ni de merecerla, porque se ofrece como don gratuito, también para quien no tiene con qué pagar. El agua se convierte en signo de una vida recibida y regalada (cfr. Is 55, 1).

El pozo es el lugar donde

se encuentran los enamorados.

Era el lugar de los encuentros. Allí coincidían los pastores cuando llevaban a abrevar los rebaños. Allí se detenían los comerciantes, exponían sus mercancías y esperaban a los clientes. Allí iban las mujeres a sacar agua y a intercambiar unas palabras con las amigas. Y también era, naturalmente, el lugar donde se encontraban los enamorados. La Biblia conserva varios relatos de encuentros de amor junto a un pozo. Abrahán envía a su siervo a buscar esposa para Isaac y el encuentro decisivo sucede allí. Jacob encuentra a su amada Raquel junto al pozo, y su gesto de apartar la piedra parece decir más de lo que hace falta para beber. También Moisés encuentra allí a su esposa, Séfora. El pozo es el lugar donde se encuentran los enamorados.

El pozo acaba siendo

símbolo de la Palabra viva.

Con el tiempo, el pozo en la Biblia se convierte en símbolo de la Torá, de la Palabra de Dios, del agua viva que viene del Señor y sostiene la vida.

La Biblia nos enseña a pensar la Palabra con imágenes de agua que sostiene la vida. Proverbios llega a llamar a la enseñanza del sabio una fuente de vida, capaz de apartarnos de las trampas de la muerte (cfr. Pr 13, 14). Y el Cantar habla de una fuente y de un pozo de aguas vivas, un lenguaje que desborda lo meramente físico y abre el símbolo hacia lo que vivifica por dentro (cfr. Ct 4, 15).

Desde ahí se entiende que la tradición de Israel lo diga ya de manera explícita. El Talmud afirma que ver un pozo en sueños es señal de haber encontrado Torá, como si el pozo fuera su imagen (cfr. Berajot 56b). Y el midrás, comentando el pozo de aguas vivas del Cantar, compara el agua que da vida con la Torá como fuente de vida para el mundo (cfr. Shir HaShirim Rabbah 4, 15). En la misma línea, Avot de Rabbi Natan aplica el beber del propio pozo a aprender Torá de una fuente cercana y fiable, en la propia comunidad, sin ir a beber de cualquier sitio (cfr. Avot de Rabbi Natan 3, 6; cfr. Pr 5, 15).

Jeremías, en nombre de Dios, lamenta que el pueblo haya abandonado la fuente de agua viva y se haya excavado cisternas agrietadas que no retienen el agua (cfr. Jr 2, 13). E Isaías invita a los sedientos a venir al agua, un agua gratuita, también para quien no tiene con qué pagar (cfr. Is 55, 1). El agua como símbolo de vida, como símbolo del amor de Dios, y como símbolo de su Palabra que da vida.

Encontraremos a la samaritana que tiene que volver una y otra vez a una fuente que no la sacia nunca. No es un agua que la colme finalmente de vida. Jesús le propondrá sacar su agua.

Jesús se sienta sobre el pozo. Es un caminante cansado. Es la única vez que los evangelistas hablan de la fatiga de Jesús, y eso es significativo. Viene de lejos, está cansado del camino, y tiene que encontrarse con esta mujer que ha abandonado al esposo. Debía de estar realmente muy enamorado de ella.

Notemos la posición de Jesús. Está sentado sobre esa fuente. Es como si sustituyera el agua de ese pozo, porque quiere que se beba de su agua.

El mediodía no es un dato,

es una clave.

Es mediodía. Y aquí aparece otra incongruencia, si se leyera el episodio como simple crónica. La hora resulta extraña, porque ninguna mujer iba al pozo a esa hora. Hacía mucho calor, y el agua se recogía por la mañana o al atardecer. Así que ese mediodía apunta a otro significado.

Juan anota que el encuentro sucede hacia la hora sexta, a plena luz del día, y esa “hora” vuelve a aparecer cuando Pilato expone a Jesús ante todos. Como si el evangelista dijera que, a mediodía, cuando no hay sombras donde esconderse, se decide lo esencial. Qué hacemos con Jesús, y de qué agua queremos vivir. (cfr. Jn 4, 6; Jn 19, 14)

Una mujer sin nombre

para que nos miremos en ella.

«Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida».

Identifiquemos enseguida a esta mujer. No tiene nombre. Y así no se cuenta un hecho como simple crónica. Juan la presenta como samaritana. Y Samaría, lo sabemos, era una región “mezclada”, no solo desde el punto de vista étnico, también desde el religioso. Samaría había abandonado a su Dios. Era Israel el que había abandonado al Esposo.

Para entenderlo, recordemos al profeta Oseas. Tuvo una experiencia conyugal dolorosa. Su esposa Gómer lo abandonó. Para no sufrir, llegó a echarla de casa y no quería saber nada más. Y, sin embargo, no podía vivir sin ella. Oseas leyó su historia de amor como imagen de la historia de Dios con Israel, un pueblo que había sido infiel al amor del Señor (cfr. Os 1-3).

Pedir de beber es pedir acogida,

casi como un cortejo.

Ahora vemos a Jesús pidiéndole de beber a esta mujer. En la cultura semítica, pedir de beber significaba pedir acogida. Y el agua era símbolo del amor. Recordemos al salmista, con ese trato tan hermoso con Dios, propio de un enamorado, cuando dice: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua» (cfr. Sal 62, 2-9). Son expresiones de amor. Tú eres mi amado, solo existes tú, no conozco a otro. Ese deseo de agua es el deseo del enamorado que pide ser acogido.

Los discípulos habían ido a la ciudad a comprar comida. Un detalle, digámoslo, un poco torpe, casi como si el evangelista lo necesitara para dejar a solas a los dos enamorados. La conclusión es clara: Todo nos empuja a leer el texto en clave simbólica. El Señor viene de lejos, ha hecho un largo viaje para encontrarse con esta humanidad que se había alejado de él. Es Dios quien sale al encuentro para recuperar a la esposa infiel.

Dos aguas, dos deseos,

dos modos de vivir.

Y ahora el diálogo entra en lo vivo. Hay un agua que no sacia nunca, la que la mujer va a buscar al pozo. Y hay un agua que sacia, que da una vida que no muere, la que Jesús ofrece.

«La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla
».

El cubo que falta nos avisa,

no es crónica, es símbolo.

Hay un agua material que se saca del pozo con un cubo. La samaritana lo subraya con toda lógica. Tú, Jesús, no puedes sacar agua porque no tienes el cubo. Y ahí aparece otra incongruencia. ¿Cómo podía la samaritana sacar agua si solo llevaba la vasija y no había cubo? No estamos ante una página de crónica, sino ante teología. Por eso queremos seguir leyendo el simbolismo que el evangelista pone en este episodio.

Nuestros pozos dan agua,

pero no quitan la sed del corazón.

En todas las culturas el agua es símbolo de vida. Ir a sacar agua significa buscar respuesta a nuestras necesidades más hondas. Y nosotros sacamos agua de muchos pozos materiales. Dan agua, sí, pero es un agua que nunca sacia del todo. Hacemos unas vacaciones estupendas y, al poco, vuelve la sed. Vivimos una fiesta hermosa con los amigos, regresamos contentos y, sin embargo, enseguida reaparece la sed. El agua material calma por unas horas, pero luego la sed vuelve y tenemos que regresar a otros pozos.

¿Y qué ofrecen esos pozos materiales que, para muchos, se convierten en el objetivo único de la vida? Ofrecen cosas buenas, útiles, agradables, incluso necesarias para la vida biológica. Pero conviene tomar conciencia de algo; no nos satisfarán plenamente. El ser humano busca siempre pozos nuevos, emociones nuevas, experiencias nuevas. No puede contentarse con el dinero o con una migaja de placer, porque tiene un corazón demasiado grande. Es inútil intentar llenarlo con cosas materiales.

La profesión, las relaciones, la sexualidad pueden dar mucha alegría. Pero son alegrías provisionales. Cuando faltan las fuerzas, cuando faltan las personas queridas, si habíamos hecho de todo eso el absoluto sobre el que apostábamos, al final aparece una conclusión amarga. Entonces la vida ya no tiene sentido.

Si hacemos de algo nuestro absoluto,

un día ese pozo se seca.

Has apostado toda la vida a la carrera. Has alcanzado el éxito. Ten cuidado porque es un pozo que, en algún momento, se seca. Llegas a la jubilación y ya no te llama nadie. Se secó el pozo. Ocupas un cargo relevante en la empresa, con tu despacho, tu Internet, tu calor, tus cafés gratis, tus llamadas telefónicas, tus visitas al trabajo…y de relevan y pasas a ser don alguien a don nadie. Las esperanzas de corto alcance, tarde o temprano, dejan paso al sinsentido y hasta a la desesperación.

Esa es la sed que experimenta la samaritana. Jesús le había pedido de beber, pero ahora le hace comprender que es ella quien tiene sed. Una sed de la que quizá ni siquiera es consciente. No lo es, porque piensa que puede saciarla con agua material.

La vida que de verdad sacia

solo se recibe como don.

Jesús le revela que hay un agua que solo se puede recibir como regalo. El agua material uno va y la toma. Pero el agua que sacia de verdad, la que colma plenamente el deseo de vida, solo se recibe como don: «Si conocieras el don de Dios». Si no comprendemos que Jesús quiere ofrecernos un don, si nuestra catequesis empieza por disposiciones, mandamientos o méritos, todo el mensaje del Evangelio queda oscurecido. Hay un don ofrecido, y puede ser rechazado. Y así se puede perder la ocasión decisiva de la vida, la nuestra y la de quienes amamos, también la de los hijos y los nietos.

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». Tú le pedirías esta agua, y él te daría un agua viva, que salta para la vida eterna, no para la vida biológica. «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». En griego se expresa así: «ὃς δ’ ἂν πίῃ ἐκ τοῦ ὕδατος οὗ ἐγὼ δώσω αὐτῷ, οὐ μὴ διψήσει εἰς τὸν αἰῶνα, ἀλλὰ τὸ ὕδωρ ὃ ἐγὼ δώσω αὐτῷ γενήσεται ἐν αὐτῷ πηγὴ ὕδατος ἁλλομένου εἰς ζωὴν αἰώνιον», que significa «Quien, en cambio, beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré llegará a ser en él una fuente de agua que salta hacia la vida eterna / la vida que viene del Eterno».

El término griego «βίος» (bíos) suele referirse a la vida en su dimensión terrena y concreta, lo que podríamos llamar la vida tal como se vive y se sostiene. Incluye cosas como el modo de vida, el sustento, la posición, los bienes, las ocupaciones, el “tirar para adelante” cotidiano. Por eso puede rozar el sentido de “medios de vida” o “recursos para vivir”.

Dicho de otro modo, la palabra βίος (bíos) nombra la vida tal como la llevamos aquí, el vivir cotidiano con sus medios, sus ritmos y sus seguridades. Por eso el Evangelio puede decir que la viuda echó ὅλον τὸν βίον αὐτῆς, todo su sustento, todo lo que tenía para vivir (cfr. Mc 12, 44). También se cuenta que el padre repartió a sus hijos “el βίος (bíos)”, el patrimonio familiar (cfr. Lc 15, 12), y que el hijo lo devoró (cfr. Lc 15, 30). La Escritura habla de las preocupaciones, riquezas y placeres del βίος (bíos) que ahogan la Palabra (cfr. Lc 8, 14), de los asuntos del βίος (bíos) que enredan el corazón (cfr. 2 Tim 2, 4), de la soberbia del del βίος (bíos), ese orgullo de quien cree tenerlo todo bajo control (cfr. 1 Jn 2, 16), o de los bienes del βίος (bíos) de este mundo que uno puede tener y, aun así, cerrarse al hermano (cfr. 1 Jn 3, 17). Con ese trasfondo, cuando Jesús promete un agua que brota hacia ζωὴν αἰώνιον, no está prometiendo simplemente prolongar el del βίος (bíos), como si fuera “más de lo mismo”, sino abrirnos a una vida distinta, la vida que viene de Dios y empieza ya por dentro.

No es βίος (bíos) es ζωὴν αἰώνιον (zoén aiónion) o mejor dicho: ζωή (zoé) en el uso bíblico, y muy especialmente en Juan, suele apuntar a la vida en sentido pleno, la vida recibida como don de Dios, no solo a la vida biológica.

Esa es el agua que Jesús ofrece como don, su Espíritu, la vida divina que él ha traído al mundo. La vida biológica, con todas las satisfacciones que uno puede arrancarle, termina. Y, precisamente porque estamos bien hechos, todas esas cosas materiales, aunque sean bellas, no nos llenarán nunca del todo. Estamos hechos para acoger el don del agua que Jesús ofrece.

El siguiente paso que dará ahora Jesús es hacerle comprender a la samaritana que, si desea saciar su sed, su necesidad de vida, ha de volver a recuperar al Esposo del que se ha alejado 

Una pregunta que desconcierta

«Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

No se entiende, a primera vista, qué lógica hay en la invitación que Jesús le hace a la mujer. Ve a buscar a tu esposo. Y también desconcierta otra pregunta. ¿Qué tienen que ver los cinco maridos con el tema del don del agua viva del que se está hablando?

Fijémonos bien. No se habla de cinco amantes, sino de cinco maridos. Y un marido es aquel a quien una mujer confía su vida. Si esto fuera simple crónica, significaría que esta mujer se habría casado cinco veces, algo difícil de justificar incluso contando divorcios sucesivos o la muerte de los esposos. Además, la ley permitía como máximo tres. Como dato biográfico, tal cual, no encaja.

Si es crónica, no cuadra.

Si es teología, ilumina.

En el discurso teológico que Juan está construyendo todo cobra sentido. Porque el Esposo es Dios. Y la samaritana que ha abandonado al Señor, el Esposo, y se ha unido a otros maridos, representa a un pueblo que se ha alejado de su Dios. Samaría era el lugar de la infidelidad, y también el número cinco tiene su peso.

El segundo libro de los Reyes, en el capítulo 17, cuenta la destrucción de Samaría. Los asirios conquistaron la ciudad, deportaron a parte del pueblo e introdujeron allí cinco pueblos. Llegaron con sus dioses, y los samaritanos empezaron a rendir culto a esas divinidades sin dejar del todo al Señor que ya conocían. Ahí está la infidelidad representada en esta mujer samaritana. (cfr. 2 Re 17)

Cuando te unas a tu esposo,

serás feliz

Y conviene notar el modo en que Jesús habla con ella. Jesús no emplea el lenguaje duro y amenazante de los profetas que reprendían al pueblo por su infidelidad. No. Jesús se dirige a la mujer con ternura y la invita a recuperar a su Esposo. Jesús nos está hablando hoy a nosotros. Esa mujer infiel somos nosotros. Y él quiere que lleguemos a comprender la raíz de tantas insatisfacciones.

En el fondo viene a decirnos esto. No serás feliz hasta que unas tu vida al único Esposo que es el Señor.

Todos entregamos la vida

a “alguien” o a “algo”.

Todo ser humano tiene un dios. El ateísmo, en el fondo, no existe. Siempre hay alguien o algo a lo que las personas entregan la propia vida, convencidas de que así serán felices. Y ese “esposo”, ese “dios”, puede ser tan concreto como una cuenta bancaria.

Por eso, preguntémonos hoy, en este tiempo de Cuaresma, que es tiempo de replanteamientos y de revisar opciones. ¿Cuál es nuestro dios? ¿Es el Esposo, o hemos unido la vida a algún ídolo?

Y ahora, respondiendo a una pregunta de la samaritana, Jesús introduce el tema del culto nuevo y único que el Padre espera de toda la humanidad.

Dos templos, una pregunta,

y un giro decisivo.

«La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

La mujer le plantea a Jesús la alternativa entre dos templos, el del Garizín, que ya no existía, aunque el culto en el Garizín continuaba, y el Templo de Jerusalén. Jesús lo aclara de inmediato. El culto en el Garizín es idolátrico. El de Jerusalén es legítimo y conforme a la Torá. Pero, añade; «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre».

Jesús la llama «mujer», un término que en Juan tiene resonancias esponsales. Aparece en momentos decisivos, ligado a figuras femeninas que representan al pueblo-esposa. La samaritana es la esposa infiel a la que el esposo viene a reconquistar.

Pero lo decisivo aquí es otra cosa ya que ha terminado la época de los santuarios. Se acabó la idea de que haya un lugar privilegiado donde Dios esté más presente que en otro. Se acabó el tiempo de identificar la comunión con Dios con un espacio sagrado al que hay que acudir. Jesús anuncia un cambio radical. Nos habla en categorías esponsales.

El verdadero culto

se nota en cómo amamos.

Adorar al Padre «en espíritu y verdad» no significa vivir una fe hecha solo de emociones bonitas o de momentos intensos. Jesús no está hablando de una religiosidad difusa, como si bastara “sentir cosas”. Está hablando de algo mucho más concreto. “Espíritu” es la vida misma de Dios actuando en nosotros, su fuerza de amor, su aliento creador. Y “verdad”, en la Biblia, no es una teoría fría: es autenticidad, fidelidad, solidez. Es un amor que no engaña y no se retira a la primera dificultad.

Por eso, el culto nuevo no consiste en hacer cosas para contentar a Dios, como si Dios necesitara ser calmado o convencido. Consiste en acoger su amor y dejar que ese amor pase a nuestra vida. Dicho de un modo sencillo: Dios no busca personas que le entreguen cosas desde lejos; busca hijos que se dejen transformar por su amor y lo transparenten en la vida de cada día.

Antes, el culto estaba muy unido a lugares, tiempos y prácticas: el templo, las fiestas, las ofrendas, los sacrificios. Todo eso podía expresar búsqueda sincera de Dios, pero también podía dejar la sensación de una relación marcada por la distancia: el siervo ante el soberano, el hombre intentando dar algo a Dios para estar en regla.

Con Jesús cambia la perspectiva. Ya no se trata principalmente de llevar algo a Dios, sino de dejar que Dios nos llene para que nosotros demos vida a los demás. Eso cambia mucho las cosas. Porque entonces el culto agradable al Padre no es, ante todo, un rito exterior, sino un amor concreto: una paciencia que sostiene, una palabra que consuela, una ayuda ofrecida sin ruido, una fidelidad que permanece, una bondad que no va haciendo cuentas.

Dios no necesita homenajes:

quiere hijos que amen.

Por eso el culto verdadero no mira solo hacia arriba, como si todo consistiera en “cumplir con Dios”. Mira también hacia delante y hacia alrededor: hacia el hermano concreto, hacia la persona que tengo cerca, hacia la necesidad que me interpela. No porque Dios importe menos, sino justamente porque importa tanto que ya no puede separarse del bien del hombre.

Aquí entendemos mejor aquella palabra de Oseas: «Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, mejor que holocaustos» (cfr. Os 6, 6). Y en Jesús esta intuición llega a su plenitud. El Dios que Jesús nos revela no es un Dios que quita para afirmarse; es un Dios que se da para que el hombre viva. No nos vacía para engrandecerse; nos colma para que aprendamos a amar.

Cuando Jesús dice: «Dios es espíritu», no está diciendo que Dios sea algo vago o lejano, como una especie de niebla religiosa. Está diciendo que Dios es fuerza de vida, dinamismo de amor, presencia que actúa y fecunda. Es el Dios vivo que quiere comunicar su propia vida a nuestra vida.

Entonces, adorar en espíritu y verdad significa vivir dejándonos mover por ese amor de Dios y respondiendo con una vida verdadera. No una fe de fachada, no una práctica solo exterior, no un cumplimiento sin alma. Se trata de una vida unificada, donde lo que celebramos, lo que creemos y lo que vivimos empiezan, poco a poco, a ir de la mano.

Y cuando una persona se sabe amada así por Dios, algo cambia dentro. Empieza a amar de otra manera. Se vuelve menos dura, menos encerrada, menos necesitada de imponerse. Se vuelve más capaz de darse. Y ahí, precisamente ahí, el hombre empieza a parecerse al Padre.

Porque al final el ser humano crece de verdad solo por el amor. Podemos acumular muchas cosas, muchas experiencias, incluso muchas prácticas religiosas. Pero si no crecemos en amor, nos quedamos a medias. En cambio, cuando crecemos en amor, se va realizando en nosotros el proyecto de Dios.

En el fondo, eso es lo que Jesús quiere decirle a la samaritana, y también a nosotros: el verdadero culto no consiste solo en ir a un lugar sagrado, sino en convertir la vida en un lugar donde el amor de Dios pueda hacerse visible. Ahí está el culto nuevo. Ahí está la adoración en espíritu y verdad. El culto que Dios quiere es una vida que da vida.

Dios ya no se nombra solo como Ley,

se revela como Padre.

Aquí cambia el modo de hablar de Dios. Ya no es solo el Dios de la Ley, de la Torá, que se pensaba como un Dios que imponía separaciones y discriminaciones entre puros e impuros, buenos y malos, hijos de Abrahán y paganos. Llega el tiempo de un culto en un templo nuevo, porque este Dios es el Padre, y el Padre no hace distinciones ni discriminaciones entre sus hijos.

Adorar en espíritu y verdad

es entrar en la vida del Padre.

«Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». Esa adoración será en espíritu y verdad. Y espíritu no significa algo sutil o impalpable. Espíritu aparece en contraste con carne. Carne indica esas pulsiones que nacen de nuestra naturaleza biológica y nos empujan a pensar solo en nosotros, a desentendernos de los demás. En cambio, el espíritu es esa agua que Jesús ha traído como don a la humanidad. Es su Espíritu, es decir, la vida divina del Padre del cielo, ofrecida a todo ser humano.

Ese Espíritu conduce a la verdadera adoración, que no es solo un rito, sino el involucrarnos en una vida de amor hacia todo hombre, que es la vida misma del Padre del cielo. Esta adoración, este entrar en el amor, es el único culto que el Padre espera de nosotros. Este es el culto verdadero, el que nos hace verdaderamente humanos. Si no acogemos este Espíritu, todavía no somos hombres verdaderos en espíritu y verdad.

Desde este momento, la mujer guarda silencio. El relato deja que sea Jesús quien tenga la última palabra. Ella se separa de él y vuelve al poblado, porque ha encontrado al Esposo y desea arrancar de su tristeza a quienes siguen entregando la vida a otros “maridos” que no son el Señor. Ha descubierto de dónde brota el agua que sacia de verdad. Por eso deja allí el cántaro, y entonces vemos qué hace.

 

«En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él».

El cántaro abandonado

y la misión que comienza


        Vuelven a escena los apóstoles. Juan los había retirado del relato de un modo deliberadamente torpe, diciendo que habían ido a comprar comida. No resulta verosímil que se marcharan todos. Pero, una vez más, no se trata de crónica. El evangelista quería dejar a solas al Esposo, Dios, con la esposa infiel, para que pudiéramos escuchar el corazón del encuentro.

Cuando los discípulos regresan, no preguntan a Jesús de qué hablaba. Y es una omisión significativa. Si hubieran preguntado, habrían escuchado, como nosotros, el diálogo con la esposa infiel y el anuncio de un culto nuevo, una adoración nueva al Padre del cielo, que no hace distinciones entre sus hijos.

La mujer, por su parte, deja el cántaro. Ya no la necesita. Ya no busca aquella agua de la que esperaba sacar toda la alegría de la vida. Ha descubierto el agua nueva, el don de Dios. Y el cántaro queda allí, vacío y abandonado, como las tinajas de Caná, imagen de una religión centrada en purificaciones y en un modo antiguo de relacionarse con Dios. Ella ha entrado en un vínculo nuevo. Ya no el Dios amo o legislador, sino el Esposo del que toda la humanidad debe saberse amada sin condiciones. (cfr. Jn 2, 6-7; Jn 4, 28)

Y entonces sucede lo inevitable. Quien descubre de dónde viene la alegría y el sentido de la vida no puede guardárselo. La mujer se convierte en apóstol y va a anunciar a los suyos este amor nuevo. Y aquí se abre también una pregunta para nosotros. Si no nace en nosotros el deseo de anunciar, quizá exista el riesgo de que todavía no hayamos comprendido del todo el don de Dios.

En este punto surge otra cuestión. ¿Dará fruto su anuncio? El evangelista nos prepara para escuchar el optimismo con el que Jesús invita a sus discípulos a mirar la misión apostólica, la tarea de anunciar el Evangelio que ellos mismos están llamados a realizar.

Cuando el corazón está lleno,

el anuncio convence

«Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».


         La samaritana ha contado a los habitantes de Sicar el encuentro que le cambió la vida y los ha convencido para que salgan de la ciudad y hagan también ellos la misma experiencia. Ahí se ve un apostolado que da fruto.

No fue a repetir una lección de catecismo aprendida en un libro. Eso puede ser útil, pero solo resulta creíble y convincente cuando quien la transmite tiene el corazón lleno de alegría, porque ha encontrado a Cristo, ha escuchado su Palabra, la ha acogido y puede dar testimonio de que el Evangelio hace feliz.

En nuestras comunidades de hoy circula mucho pesimismo. Se ven demasiadas caras tristes. Somos cada vez menos, cada vez más mayores, cada vez más cansados. Luego está la mundanidad, nadie nos escucha. ¿Qué son esos discursos, esas miradas bajas? Jesús no está de acuerdo: «Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega». Todavía faltan cuatro meses y llega la siega.

No es tiempo de desánimo. Es tiempo favorable para el anuncio. La humanidad está decepcionada por las ideologías, por los partidos, por las promesas engañosas que circulan en los medios. Tiene sed del Evangelio, sed de esta agua viva. Es tiempo de siega, nos dice Jesús. No perdamos este momento propicio.

De la palabra escuchada

al encuentro personal

«En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

La conclusión del relato vuelve a poner en escena a la mujer. No se guardó para sí el don del agua viva que Jesús le ofreció. Y los samaritanos que escucharon su anuncio creyeron en gran número. Vale la pena fijarse en el camino de fe, tan ejemplar, que recorrieron.

Para empezar, no necesitaron ver milagros. Les bastó el anuncio de la mujer. Quedaron convencidos por la belleza de ese mensaje. El Evangelio tiene en sí una fuerza divina asombrosa. Y, como estamos bien hechos, estamos orientados al Evangelio. Cuando se nos anuncia en su pureza, sentimos en lo más hondo la invitación a darle inmediatamente nuestra adhesión. Eso es lo que hicieron los samaritanos.

Pero después de esa primera escucha fue necesario también el encuentro personal con Jesús. Y, de hecho, la mujer los condujo hasta él. Ese es el camino de fe que el pasaje evangélico nos invita a recorrer hoy, en este tiempo de Cuaresma.

sábado, 28 de febrero de 2026

Homilía del Domingo II del Tiempo de Cuaresma, ciclo a - Mt 17, 1-9 «Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

 

Homilía del Domingo II del Tiempo de Cuaresma, ciclo a

Mt 17, 1-9 «Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».  

No se nos regala un espectáculo,

sino una luz.

El pasaje del Evangelio que escuchamos en este domingo es de esos que casi todos conocemos. Aparece en los tres evangelios sinópticos (cfr. Mt 17, 1-9; Mc 9, 2-10; Lc 9, 28-36) y nos habla de la transfiguración de Jesús. Durante mucho tiempo se entendió como si, por un instante, se hubiera abierto el cielo delante de tres discípulos privilegiados. Y, desde muy pronto, la tradición cristiana situó esta escena en el monte Tabor, una montaña que destaca enseguida por su forma y por su ubicación, en medio de la llanura de Esdrelón, que va desde el Mediterráneo hasta el Jordán.

Aquel monte estaba cubierto de encinas, robles y otros árboles típicos de la zona. Pero además era un lugar sagrado desde tiempos remotos. De hecho, los arqueólogos han encontrado allí señales de cultos paganos celebrados dos o tres mil años antes de Cristo.

Si lo reducimos a crónica,

se nos escapa lo esencial.

Si leyéramos este relato como la simple descripción de un hecho extraordinario, como una especie de visión del paraíso concedida a tres discípulos, ¿qué sacaríamos de ahí? Tal vez pensaríamos: ¡qué suerte la de ellos! Y poco más. Sería una página llamativa, incluso hermosa, pero no acabaría de tocarnos la vida.

Sin embargo, este texto no está para alimentar nuestra curiosidad. Es una página de catequesis, una página de teología, construida con imágenes tomadas de la Escritura. Los primeros destinatarios las entendían bien porque conocían la Biblia. Nosotros hoy queremos acercarnos del mismo modo; no para quedarnos en la escena, sino para dejarnos alcanzar por el mensaje.

La Cuaresma nos educa la mirada.

La liturgia nos propone este Evangelio cada año en el segundo domingo de Cuaresma, y se entiende bien por qué. Quiere prepararnos para lo que vendrá en la Semana Santa. Allí veremos a un Mesías humillado, rechazado, aparentemente vencido. Un Mesías que, mirado deprisa y por encima, podría parecer un fracasado.

Por eso este relato quiere abrirnos los ojos. Quiere enseñarnos a mirar como mira Dios. Nos dice: cuidado, no te quedes en la apariencia. No juzgues demasiado rápido. Porque donde nosotros vemos derrota, Dios puede estar revelando otra cosa.

Solo quien se deja iluminar reconoce de verdad a Jesús.

No estamos ante una noticia contada al detalle, como si alguien hubiera llevado una cámara de videograbadora al monte. Estamos ante la expresión de una experiencia espiritual muy intensa, vivida por tres discípulos de Jesús.

No todos la hicieron. Solo algunos, en un momento determinado, alcanzaron a percibir una luz nueva en el rostro del Maestro. Y esa luz les permitió intuir quién era Jesús de verdad. Eso es precisamente lo que hoy se nos ofrece también a nosotros; no mirar a Jesús por costumbre, sino dejarnos sorprender otra vez por su verdadero rostro.

Acerquémonos, entonces, a este Evangelio con ese deseo. No solo para entender mejor un episodio, sino para hacer también nosotros, de algún modo, la experiencia de aquellos tres. Pedro, Santiago y Juan quizá estaban más dispuestos, más atentos, más abiertos; por eso supieron reconocer antes que los demás esa luz que brillaba en el rostro de Jesús.

Ojalá también nosotros podamos verla hoy. Porque cuando cambia la mirada, cambia también la fe.

Seis días después:

Nada está puesto al azar.

«En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto».

         Es fundamental ir a las fuentes para no distraernos del mensaje, allí no se dice «en aquel tiempo», sino que el texto griego nos dice: «Καὶ μεθ’ ἡμέρας ἓξ»; es decir, «y después de seis días». Es un detalle precioso. Normalmente los Evangelios no se detienen en precisar el tiempo en que ocurrió un episodio. Si aquí aparece esta indicación, es porque el evangelista nos está invitando a mirar qué había sucedido seis días antes. Los dos momentos están unidos; se iluminan mutuamente.

¿Qué había pasado? Pedro había hecho su profesión de fe en Jesús como Mesías: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (cfr. Mt 16, 16). Y, precisamente después de esa confesión, Jesús había hablado con claridad del destino que le esperaba. Iba camino de Jerusalén, pero no para ser recibido en un palacio ni para sentarse en un trono. Allí le aguardaban el sufrimiento, el rechazo de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; sería condenado a muerte y, después de tres días, resucitaría (cfr. Mt 16, 21).

Aquello desconcertó por completo a los discípulos. No se lo esperaban. En su mente estaba la imagen de un Mesías glorioso, victorioso, fuerte. Y Jesús, en cambio, presenta un Mesías que pierde, un Mesías derrotado a los ojos del mundo.

Pedro, entonces, lo lleva aparte y empieza a reprenderlo. Y Jesús le responde con palabras durísimas: «Ponte detrás de mí, Satanás» (cfr. Mt 16, 23). Dicho con otras palabras; no estás pensando según Dios, sino según los hombres. Porque los criterios de este mundo llaman exitoso al que vence, al que acumula, al que puede imponerse; no al que se hace pobre, no al que entrega la vida, no al que acepta ser vencido por amor.

Jesús añadió algo todavía más desconcertante: Si alguien quiere seguirlo, tendrá que contar también con esto, con dar la propia vida (cfr. Mt 16, 24-28). Y claro, una propuesta así dejó a los discípulos aturdidos. No era precisamente el folleto publicitario que uno esperaría. Pero ese es el contexto en el que el evangelista sitúa el relato de la transfiguración, y si no lo tenemos presente, el mensaje se nos escapa. Tengamos presente que está cerca la fiesta de las Tiendas.

Primer paso…

Para ver la luz de Dios

hay que subir al monte.

Nosotros queremos hacer la experiencia de aquellos discípulos. Y, si es así, conviene preguntarnos: ¿qué pasos dieron ellos? ¿Qué camino estamos llamados a recorrer nosotros?

El primero es subir a un monte alto. Si nos quedamos en la llanura, no haremos nunca su misma experiencia. Hay que subir a ese monte que toca el cielo. Dicho de un modo sencillo: hay que salir de nuestra manera habitual de pensar y entrar, poco a poco, en los pensamientos de Dios.

Eso es lo que representa el monte en la Biblia. No se trata, ante todo, de una elevación de tierra y piedras. Es el lugar interior donde el ser humano se abre a Dios. Es el monte al que sube Moisés para acoger la manifestación del Señor. Es el Horeb, donde Elías hace experiencia de su gloria. El monte, en definitiva, representa esa experiencia interior en la que uno deja espacio a la mirada de Dios.

Si nosotros no nos despegamos de la llanura, es decir, del modo de pensar de todos, del ambiente donde todos repiten lo mismo, del pueblo donde se razona únicamente con los criterios de este mundo, no veremos nunca esa luz en el rostro de Jesús. Y entonces acabaremos juzgándolo también nosotros con los criterios de abajo: un fracasado, un vencido, alguien que no triunfó.

Por eso el primer paso es tomar distancia del modo de pensar demasiado humano. No para despreciar el mundo, sino para no quedarnos encerrados en él.

Segundo paso…

Dios habla mejor cuando baja el ruido.

El segundo paso es igualmente importante. Jesús llevó a los tres discípulos aparte. Los separó de la multitud e incluso de los demás, que todavía no estaban preparados para entrar en la lógica de Dios.

¿Y qué significa esto para nosotros? Significa que, si de verdad queremos hacer experiencia de una revelación de Dios, necesitamos regalarnos un espacio de silencio. Un espacio donde nos apartemos del ruido, de la confusión y también, por un momento, de las preocupaciones cotidianas. Necesitamos momentos de reflexión en los que tomemos un poco de distancia de tantas ocupaciones que llenan la jornada.

El encuentro con Jesús pide este desprendimiento. Y hoy lo necesitamos muchísimo. Necesitamos silencio. Necesitamos estar alguna vez a solas con nosotros mismos y con el Señor. Porque, cuando vivimos absorbidos por los problemas, por la agitación, por el estrés, por el sonido constante del teléfono y las notificaciones del WhatsApp, de Facebook, de Instagram…, ya casi no nos queda tiempo para pensar, para releer la vida, para escuchar de verdad.

Y entonces pasa algo curioso. Estamos permanentemente conectados, pero interiormente dispersos. Mucha pantalla, mucha prisa, mucho aviso… y muy poca alma respirando. Por eso, si queremos ver la luz que contemplaron aquellos tres discípulos, también nosotros tenemos que subir al monte alto.

¡Quedémonos a solas con Cristo! ¡Dejemos que nos alcance la luz del cielo! Ahora iremos descubriendo lo que sucede a quienes se atreven a entrar en esa intimidad con el Señor.

Cuando cambiamos de mirada,

Jesús aparece distinto.

«Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él»

¿Qué experiencia hacen los discípulos que se han separado de la llanura —esa llanura que representa la manera de pensar y de ver de los hombres— y han subido al monte, a solas con Jesús? Ven su rostro transfigurado.

El verbo griego que se emplea es μεταμορφόομαι (metamorfomai): se ha producido una metamorfosis. En griego lo expresa de este modo: «καὶ μετεμορφώθη ἔμπροσθεν αὐτῶν»; «y fue transfigurado delante de ellos».

Ya no lo ven como antes. Lo perciben de un modo completamente nuevo. Sabemos bien lo que es una metamorfosis. Una oruga puede parecernos fea, insignificante, incluso desagradable. Pero esa no es su verdad definitiva. Su verdadera identidad es otra: está llamada a ser una mariposa delicada y hermosa.

Eso mismo sucede aquí. Seis días antes, en el anuncio de su destino, Jesús se había presentado como el hombre humillado y rechazado, como aquel que cumple la profecía del siervo del Señor en el capítulo 53 de Isaías: «Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle. Despreciable, un Don Nadie. ¡Y de hecho cargó con nuestros males y soportó todas nuestras dolencias! Nosotros lo tuvimos por azotado, herido por Dios y humillado» (cfr. Is 53, 3-4).

Así es como los hombres vieron a Jesús, como un derrotado. Y lo mismo expresa también el célebre himno cristológico que presenta al Hijo de Dios asumiendo la condición de siervo, de esclavo: «El cual, siendo de condición divina, no reivindicó su derecho a ser tratado igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (cfr. Flp 2, 6-8). Jesús entrando de verdad en nuestra condición humana y mortal. El Inmortal, al hacerse hombre, se hizo mortal. No podía no morir. Y permaneció fiel a esta condición humana hasta la muerte, y una muerte de cruz, la muerte de los esclavos. Eso es lo que ve la mirada de la llanura. Pero quien sube al monte contempla la metamorfosis. Descubre algo completamente distinto. Aquel que a los ojos del mundo parecía un fracasado, a los ojos de Dios es el hombre verdadero, el Hijo de Dios, el vencedor glorioso.

Sin esta luz no tenemos fuerza

para entregar la vida.

Nosotros necesitamos hacer esta experiencia de la metamorfosis del rostro de Jesús. No es un lujo espiritual. Es una iluminación interior de la que nace después la fuerza, el valor, la libertad para acoger la propuesta de vida que él nos hace. También vosotros, como yo, estáis llamados a dar la vida.

Lo que aquí se nos revela es que el destino último de quien entrega la vida por amor no es el sepulcro, sino la gloria de la resurrección. Y si uno no hace esta experiencia interior, si no llega a ver esta luz, le faltará el coraje para darse. Porque, seamos sinceros, hablar de entrega está muy bien… hasta que toca entregar de verdad.

Las imágenes usadas por el Evangelista

El sol.

El evangelista Mateo acumula una serie de imágenes tomadas de la Biblia para describirnos el mundo de Dios presente en Jesús.

Su rostro brilló como el sol. El sol, en el lenguaje bíblico, es imagen de la gloria de Dios por la plenitud de luz que posee. Durante siglos se pensó incluso que el sol era incorruptible, perfecto, sin mancha. Esa es la imagen que la Escritura utiliza.

En el rostro de Jesús se transparenta precisamente ese resplandor incorruptible de Dios. Pero eso no se ve desde la llanura. Lo ve solo quien sube al monte. Es un esplendor sin sombra, sin mancha, porque la luz pertenece a Dios mismo, tal como lo canta el salmo: «¡Bendice, alma mía, a Yahvé! Yahvé, Dios mío, ¡qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad, te arropa la luz como un manto, como una tienda extiendes el cielo» (cfr. Sal 104, 1-2).

Las imágenes usadas por el Evangelista

El color blanco.

 Aparece también el blanco, que es otro símbolo de la luz, como color propio del mundo de Dios. La blancura única de las vestiduras de Jesús. En la Biblia, las vestiduras representan las obras, aquello por lo que una persona se manifiesta y deja ver quién es. Pues bien, las vestiduras de Jesús están llenas de luz. Es una manera de decir que en Jesús la presencia divina resplandece de un modo incomparable. Ningún hombre ha dejado transparentar la luz del amor de Dios como la ha dejado transparentar Jesús.

         El blanco, en la Biblia, no es un simple detalle estético. Es el color de la luz, de la gloria y del ámbito de Dios. Por eso, en la Transfiguración, cuando las vestiduras de Jesús aparecen blancas y resplandecientes, el Evangelio no está describiendo solo un efecto visual. Está diciendo que, en Jesús, se manifiesta el mundo mismo de Dios. Mateo dice que «sus vestidos se volvieron blancos como la luz»; Marcos subraya una blancura incomparable; y Lucas habla de una blancura fulgurante. Es decir, en Jesús aparece una luz que no viene de fuera, sino que brota de su propia identidad (cfr. Mt 17,2; Mc 9,3; Lc 9,29).

Esta imagen ya estaba preparada en el lenguaje bíblico. En Daniel, el Anciano de días aparece vestido de blanco como nieve. El blanco pertenece al mundo de Dios, a su majestad y a su santidad. Y en el Apocalipsis, los redimidos están vestidos con túnicas blancas delante del trono: el blanco expresa comunión con Dios, victoria y participación en su gloria. Por eso, cuando el Evangelio aplica esta imagen a Jesús, nos está diciendo que en él se hace visible la gloria divina (cfr. Dn 7,9; Ap 7,9.13-14; 3,4-5).

Lo que Moisés y Elías no pudieron ver,

en Jesús se revela.

Entonces aparecen Moisés y Elías. ¿Qué hacen estos dos personajes en el relato de la transfiguración? Remiten a dos momentos muy significativos del Antiguo Testamento.

Moisés y la hendidura de la roca


            Moisés había pedido al Señor: «Déjame ver tu gloria»”.
Y la respuesta fue clara: «Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida». Entonces Dios lo introduce en una hendidura de la roca, lo cubre con su mano mientras pasa, y luego le permite ver solo sus espaldas, no su rostro (cfr. Ex 33,18-23).  La imagen es bellísima. Mientras vivimos en este mundo no podemos contemplar plenamente el rostro de Dios. Es como un niño en el seno materno, no puede ver el rostro de su madre sin nacer; solo después podrá contemplarlo. Aquí, en la historia, podemos percibir el paso de Dios, las huellas de sus obras, pero no aún su rostro en plenitud.

Elías y el susurro de una brisa suave


        También Elías tuvo una experiencia decisiva. Huía porque había dado muerte a los sacerdotes de Baal y Jezabel quería matarlo (cfr. 1 Re 18,40; 19,1-3). Caminó hasta el monte de Dios, donde vivió el encuentro con el Señor. Y fue una experiencia desconcertante, porque esperaba encontrar a Dios en lo tremendo: en el terremoto, en el viento impetuoso, en el fuego, en los relámpagos. Pero todo eso resultó engañoso. Al final se escuchó una voz «en el susurro de una brisa suave» (cfr. 1 Re 19, 12) y entonces «al oírlo Elías, enfundó su rostro con el manto, salió y se mantuvo de pie a la entrada de la cueva» (cfr. 1 Re 19, 13). Elías se cubrió el rostro, porque empezó a comprender algo del misterio de Dios; que Dios no era como él lo había imaginado.

Pues bien, esa gloria que Moisés y Elías no pudieron contemplar plenamente, ahora los tres discípulos la tienen delante de sus ojos. En Jesús pueden ver con claridad la gloria de Dios, que es amor.

Y esa misma experiencia, si subimos al monte y nos quedamos a solas con Jesús, también nosotros podemos vivirla. ¿Cómo? A través del Evangelio. En Jesús vemos con nitidez el rostro de Dios. Pero es una gloria desconcertante, porque no coincide con lo que los hombres esperan. No es la del dios terrible, legislador y justiciero, que exige ser servido. Es la gloria de un Dios que se pone al servicio del hombre; de un Dios que se hace esclavo; de un Dios que ama hasta el punto de dar su propia vida.

Lo que a los ojos del mundo parece humillación y derrota —porque quien se hace siervo parece un perdedor— se revela, en realidad, como la verdadera identidad de Dios: un Dios siervo por amor.

Si no hacemos esta experiencia de metamorfosis, nos resultará imposible dar nuestra adhesión al modelo de hombre que Jesús nos propone.

 

La experiencia de Dios no es para quedarnos arriba,

sino para vivir de otra manera abajo.

«Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo
».

Quien atraviesa el desierto y decide montar una tienda, en realidad está diciendo una cosa muy sencilla; quiere detenerse, quiere quedarse allí. Y eso es justamente lo que le pasa a Pedro. Quisiera permanecer para siempre en el monte, en ese momento de luz, de belleza, de paz. Y se entiende. Pedro ha descubierto en Jesús una belleza nueva. Pedro ha descubierto la belleza de quien ama de verdad y entrega la vida. A los ojos del mundo, ese tipo de persona puede parecer débil, poco importante, incluso despreciable, como un siervo que no cuenta. Pero Pedro, envuelto ahora por la luz de Dios, ha comprendido algo decisivo, que esa es la verdadera belleza de un ser humano.

También nosotros lo percibimos a veces. Cuando nos enteramos de un gesto de amor grande, generoso, silencioso, algo por dentro se nos mueve. Y decimos: ‘todavía existen personas buenas en este mundo’. Pero el Evangelio nos obliga a dar un paso más. No basta con admirarlas. No basta con decir: ‘¡qué bonito!, ¡qué ejemplo!, ¡qué maravilla!’ Después hay que decidir si queremos vivir también nosotros de esa manera.

El monte no es una fuga:

Es una escuela para volver a la vida.

Por eso hay que bajar del monte y volver al mundo, a la vida concreta, a la realidad de cada día. Porque no estamos llamados a quedarnos en una emoción espiritual bonita, sino a dejar que esa luz se note en nuestra manera de vivir.

Si de verdad hemos entendido que el sentido de la vida está en entregarla, entonces ahora toca servir al hermano. Toca bajar del monte, volver a lo cotidiano, salir de la iglesia y empezar a amar en lo concreto. En casa. En el trabajo. En las responsabilidades de cada día. En la manera de tratar a los demás.

Es entonces cuando la propia profesión, la vida familiar, social, eclesial, todas y cada una de las facetas de la vida se viven de otra forma, no como un escaparate para sobresalir, no como una carrera por quedar por encima, no como una búsqueda de prestigio vacío, sino como una ocasión para servir. Y eso cambia mucho las cosas. Porque, seamos sinceros, subir al monte nos gusta; lo que ya nos cuesta un poco más es bajar y seguir amando cuando llega el lunes.

La nube luminosa dice

que Dios está ahí.

Mientras Pedro todavía estaba hablando, aparece otra imagen bíblica: «una nube luminosa los cubrió con su sombra». Esa nube expresa que están siendo envueltos por el mundo de Dios, por su presencia.

La imagen de la nube no es extraña en la Biblia. La nube acompaña a Israel en el desierto y es signo de la presencia de Dios que guía y protege a su pueblo (cfr. Ex 13,21-22; 14,19-20; 40,34-38; Nm 9,15-23). Y, al mismo tiempo, evoca la vida, porque en el lenguaje bíblico la nube está ligada a la lluvia que fecunda la tierra (cfr. Job 36,27-28; Sal 147,8; Is 55,10). Por eso, cuando Mateo habla de una “nube luminosa”, nos está diciendo que los discípulos quedan envueltos por la presencia misma de Dios, que es luz (cfr. Mt 17,5; 1 Jn 1,5; Sal 104,2).

Quien mira a Jesús

descubre cómo es Dios.

Y desde esa nube sale una voz: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco». En los evangelios sinópticos, la voz de Dios se escucha dos veces; en el bautismo y en la transfiguración. Y en las dos reconoce a Jesús como el Hijo amado, el predilecto, aquel en quien Dios se complace plenamente.

Aquí conviene recordar algo importante del mundo semita. Cuando se habla del “hijo”, no se piensa solo en alguien engendrado biológicamente. “Hijo” es también el que se parece al padre, el que refleja sus rasgos, sus valores, su manera de vivir. Un padre reconocía de verdad a su hijo cuando veía en él su misma alma, por decirlo así.

Por eso el Padre reconoce a Jesús como Hijo, porque en Jesús se ve perfectamente quién es Dios. Quien mira a Jesús está viendo la belleza de Dios, y esa belleza no es otra cosa que el amor.

Escucharlo a él

es no equivocarse en la vida.

Aquí aparece algo que en el bautismo no estaba: «Escuchadlo». Jesús todavía no había desarrollado su camino ni había mostrado del todo su mensaje. Pero Jesús aquí ya ha hablado y ha dicho quién es Dios. Ya ha enseñado que la verdadera grandeza no está en dominar, sino en servir. Ya ha revelado que la gloria de Dios no consiste en imponerse, sino en amar hasta el extremo.

Por eso estas palabras no suenan solo como una orden, sino que suenan casi como una súplica de Dios al corazón del hombre: «Escuchadlo». Escuchadlo, si no queréis equivocar vuestra vida. Escuchadlo, si no queréis gastar la existencia en lo que al final no llena. Escuchadlo, porque la vida que no se entrega termina perdiéndose.

 

La tentación de vivir para uno mismo

está siempre ahí.

«Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

¿Cuál es el impulso que todos experimentamos cuando hacemos algo? Casi siempre pensamos en nuestro beneficio, en lo que eso nos aportará, en las consecuencias positivas que tendrá para nuestra vida. Pensamos en nosotros mismos incluso en la vida espiritual. Hubo incluso una cierta espiritualidad del pasado que hablaba de “acumular méritos”. En el fondo, también ahí podía esconderse una manera de buscarse a uno mismo.

Pero en el monte, los discípulos que contemplaron el rostro transfigurado de Jesús comprendieron algo nuevo: no es verdaderamente bello y realizado quien vive pendiente de sí mismo, sino quien ama, quien entrega la vida, quien busca el bien del hermano, quien se pregunta cómo servir.

La fe empieza donde ya no hay cálculos.

La propuesta de vida que hace Jesús es paradójica, porque queda fuera de cualquier verificación inmediata. Y ahí entra en juego la fe. O te fías de Jesús o no te fías. Pruebas, en el sentido de seguridades humanas, no las tienes. Todo se juega en acoger o no su propuesta de amor.

Es como si Jesús nos dijera: “¿Quieres unir tu vida a la mía? ¿Te fías de mí o no?”. Y aquí el terreno se vuelve delicado, incluso arriesgado, porque uno piensa: “¿Y si luego me arrepiento? ¿Y si al final no he disfrutado mi vida para mí mismo?”. Si Jesús tiene razón, si su propuesta es verdadera, entonces hay motivo para temblar, porque se trata de apostar la vida entera, y vida solo tenemos una.

Quien no siente de algún modo este vértigo es que quizá todavía no ha entendido del todo lo que Jesús está proponiendo.

Jesús no elimina el miedo:

Se acerca en medio de él.

Los discípulos, en el monte, lo comprendieron, y por eso tuvieron miedo. ¿Y qué hace Jesús? Jesús no los deja solos, se acerca, los toca —qué imagen tan hermosa— y les dice: «Levantaos, no temáis».También nosotros necesitamos escuchar esas palabras. Hay momentos en que intuimos que el Evangelio es verdad, pero al mismo tiempo nos asusta lo que puede cambiar en nuestra vida. Y entonces Jesús no nos empuja desde lejos ni nos humilla por nuestras resistencias. Se acerca, nos toca, nos pone en pie.

Cuando levantamos los ojos,

queda solo Él.

Y ellos, «al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo».

Ahí está el centro de todo: Si queremos que en el mundo suceda algo nuevo, algo verdaderamente distinto, tenemos que levantar los ojos y mirar a él, y solo a él. Es él quien da sentido a nuestra vida. Sin Jesucristo, la meta final parece ser simplemente la muerte. Y si ese fuera el horizonte último, casi habría que preguntarse si merece la pena haber empezado el camino.

Es él, y solo él, con su amor, quien da sentido a nuestra existencia. Solo él hace que la vida no termine en absurdo, sino en entrega, en plenitud, en verdad.