Homilía
de la Vigilia Pascual
Mt 28, 1-10 «id a comunicar a mis hermanos
que vayan a Galilea;
allí me verán».
Durante estos días
estamos rezando y meditando sobre la pasión de amor de Jesús, tal como nos la
narró el evangelista Mateo. Allí aparecía el procurador romano, Poncio Pilato,
que en dos ocasiones hizo salir a Jesús del palacio y lo presentó ante los
sumos sacerdotes y ante la multitud de judíos, azuzada por ellos para pedir su
condena a muerte.
He aquí el hombre:
y nadie quiere mirarlo.
Pilato sacó fuera
a Jesús vestido con un manto escarlata y con la corona de espinas sobre la
cabeza, y exclamó: «Aquí tenéis al hombre». Era como si dijera: aquí
está una manera de ser hombre; decidme, ¿os gusta este hombre? Pero aparece
como un derrotado, humillado, ridiculizado, como un rey de burla. Y todos, al
verlo, gritan: «¡Quitadlo de en medio! ¡No queremos verlo! ¡Crucifícalo!».
He aquí vuestro rey:
y preferimos otro reino.
La misma reacción
tuvo la multitud cuando Pilato dijo: «Aquí tenéis a vuestro rey». Y la
gente respondió: «No lo queremos ver. Nosotros ya tenemos un rey, y es el
César». Querían ese reino construido según los criterios de este mundo.
¿Qué clase de rey es este? Les parecía ridículo. Y conviene notarlo bien.
Se puede ser muy religioso
y no acoger a Jesús.
Los que piden la
condena a muerte de Jesús son personas muy religiosas; todos son
creyentes. Están los sumos sacerdotes y están también esos judíos que
frecuentan el Templo. Uno puede ser muy religioso y, sin embargo, rechazar
la propuesta del hombre nuevo que trae Jesús y el reino nuevo que él inaugura:
un reino de amor y de paz.
Lo rechazaron
porque no les agradaba alguien que, según sus criterios, era un fracasado, un
vencido. Y, en cierto sentido, era verdad: según los criterios de este mundo, Jesús
no es un hombre de éxito, no es uno que domina; es un siervo por amor.
Lo que el mundo llama fracaso,
Dios lo llama verdad.
Y este hombre, y
este reino, no agradan a quien piensa con la lógica de este mundo. La pregunta
entonces es inevitable: ¿Dios estaba de acuerdo con ese juicio de los hombres?
La respuesta la dio en la mañana de Pascua.
El octavo día:
la Pascua que inaugura la vida nueva
«Pasado el sábado, al alborear el
primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el
sepulcro»
El relato comienza
con una indicación de tiempo muy precisa; «al
alborear el primer día de la semana», es decir, el día
siguiente al sábado. Aquel año, además, la Pascua judía coincidía con el
sábado; por eso ese día había quedado revestido de una santidad especial: era
sábado y era Pascua. Todos habían guardado escrupulosamente el descanso. Pero
ese primer día, que llega después del séptimo, para los cristianos se
convertirá en el octavo día: el día nuevo, el día de Pascua.
La Pascua inaugura un tiempo nuevo.
Por eso, en la
tradición cristiana, el número ocho adquirió un valor singular. Muchos
baptisterios antiguos eran octogonales: quien descendía a aquellas aguas
renacía a una vida nueva, a la vida inmortal manifestada en la Pascua. También
hoy encontramos iglesias con cúpula octogonal. No es un capricho
arquitectónico; es una confesión de fe. El pueblo que allí se reúne es el
pueblo de los bautizados, el pueblo de los resucitados. Para Israel, el ocho no
tenía este significado; para los cristianos, en cambio, se volvió un número
cargado de esperanza.
Las primeras en
ponerse en camino son dos mujeres. Sabemos incluso sus nombres: las dos se
llaman María. Una es María Magdalena; la otra, probablemente, María, la madre
de Santiago y de José, parientes de Jesús. Ellas habían asistido a la
crucifixión desde lejos. Mateo lo recuerda con sobriedad; estaban allí,
pero a distancia. No les permitían acercarse. Después de la muerte de Jesús sí
pudieron aproximarse, cuando José de Arimatea lo bajó de la cruz. Y ahora
vuelven de nuevo. ¿A qué? A ver el sepulcro. Es el afecto el que las mueve. El
amor, aun cuando ya no sabe qué hacer, sigue yendo al lugar donde descansan los
restos del amado.
El amor vuelve incluso
donde ya no espera nada.
Existía la
costumbre de visitar la tumba durante tres días, porque se pensaba que quizá
aún podía quedar algún signo de vida. Pero si en ese tiempo no ocurría nada,
entonces se aceptaba que la muerte había sellado definitivamente su victoria.
Estas mujeres llevan todavía dentro la escena de la sepultura: el cuerpo de
Jesús envuelto por José de Arimatea en una sábana limpia, depositado en el
sepulcro, la gran piedra rodada a la entrada, y después el silencio. Todo
parecía cerrado. Todo concluido.
El evangelista
dice que fueron a ver la tumba. En griego se expresa así: «ἦλθεν Μαριὰμ ἡ Μαγδαληνὴ
καὶ ἡ ἄλλη Μαρία θεωρῆσαι τὸν τάφον»; que traducido es; «Vino María
Magdalena y la otra María a contemplar / observar atentamente (incluso
con el matiz de ponerse ante algo para mirarlo con detenimiento) el sepulcro». Pero
aquí Mateo no emplea el verbo griego más común para indicar una simple mirada. En
griego hay una diferencia muy hermosa. No se dice βλέπειν (blépein),
que sería “mirar” en el sentido más inmediato, como quien ve algo y sigue de
largo. Mateo usa θεωρεῖν (theoreîn), aquí θεωρῆσαι (theorêsai):
una mirada que permanece, que contempla, que piensa, que busca sentido.
Es decir, aquellas mujeres no llegan al sepulcro como turistas del dolor;
llegan con el corazón herido, intentando comprender qué ha sucedido. No van
solo a constatar un hecho. Van a quedarse ante un misterio que todavía no
saben nombrar.
No miran solo una tumba;
intentan entender una derrota.
Están dolidas, sin
duda. Pero también necesitan hacer lo que hacemos todos cuando la vida nos
hiere: hablar, volver sobre lo ocurrido, intentar recoger los pedazos.
Quizá se dijeron cosas muy parecidas a las que nosotros mismos decimos cuando
nos topamos con un sufrimiento incomprensible: esto no tenía que pasar; ¿cómo
ha podido Dios permitir algo así? El justo ha sido eliminado. El santo ha sido
apartado. Los violentos se han impuesto. No era este el final que esperábamos.
Y poco a poco,
conversando entre ellas, tal vez fueron llegando a una conclusión amarga: ha
vencido lo de siempre.
El poder, el dinero, el interés, la mentira. Lo que tantas veces aplasta al
débil también ha aplastado a Jesús. ¿Qué queda entonces? Bajar los brazos.
Resignarse. Aceptar que el mal tiene la última palabra. El justo ha sido
vencido. El liberador ha sido silenciado. El sepulcro se ha convertido en su
última morada.
Entonces el hombre
nuevo habría perdido. Y el mundo nuevo, el reino de Dios del que Jesús hablaba,
no habría pasado de ser un hermoso sueño. Porque, claro, si no ha conseguido
realizarlo él, ¿quién lo va a realizar? Es la lógica más inmediata. Y también
la más triste.
Sin la Pascua,
la vida termina en una piedra cerrada.
Quien no ha
recibido todavía la luz de la Pascua sigue yendo al sepulcro como aquellas dos
mujeres: con amor, sí, pero sin esperanza. Y cuando uno llega a la tumba sin
esa luz, solo le queda llorar. Nada más. Porque, si todo termina ahí, tarde o
temprano aparece una pregunta que no es irreverente, sino profundamente humana:
¿vale la pena nacer, si al final nuestro destino es una tumba?
La piedra removida:
el lenguaje pascual de Mateo
«Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel
del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima.
Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve».
El evangelista
Mateo cuenta de un modo distinto a Marcos, a Lucas y a Juan lo que las mujeres
encontraron al llegar al sepulcro. Los otros evangelistas coinciden en decir
que, cuando llegaron, hallaron la piedra ya removida y la entrada del sepulcro
abierta de par en par. Mateo, en cambio, dice que las mujeres asistieron a una
escena grandiosa: un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, removió la
piedra y luego se sentó sobre ella. Ahora bien, quien toma al pie de la letra
lo que Mateo está narrando se pregunta enseguida: entonces, ¿qué nos han
contado los otros evangelistas? La respuesta es sencilla. Solo quien no
comprende el lenguaje y las imágenes bíblicas que emplea Mateo puede pensar que
está describiendo un hecho material. Lo que las mujeres encontraron al llegar
ya lo han contado los otros tres evangelistas. Mateo quiere ayudarnos a
captar el sentido de esa piedra removida. Dios había vencido a la muerte, y
para expresar esta verdad recurrió al lenguaje y a las imágenes que tenía a su
alcance, las mismas que sus lectores conocían bien porque las encontraban en la
Escritura.
El terremoto;
Irrupción de la potencia divina en el mundo.
La primera imagen
es esta: hubo un gran terremoto en la Pascua. El mayor terremoto de la
historia del mundo. El terremoto es una explosión impresionante de las fuerzas
de la naturaleza. Cuando hay un terremoto, nada queda como antes: todo se
sacude. Y esta es una imagen muy eficaz para expresar lo que sucede cuando Dios
interviene en la historia. Siempre hay un terremoto. De hecho, en la Biblia
esta imagen aparece muchas veces. Cuando Dios comunica su palabra a Moisés, el
monte Sinaí tiembla con fuerza (cfr. Ex 19, 18). También Elías, en el monte,
antes de la revelación del Señor, asiste a un terremoto (cfr. 1 Re 19, 11-12).
Y cuando Dios decide intervenir para cambiar la historia, emplea esa misma
imagen: «Yo haré temblar la tierra y el cielo» (cfr. Ag 2, 6-7). Si
además nos acercamos al Apocalipsis, vemos que esta imagen vuelve una y otra
vez (cfr. Ap 6, 12-14; 8, 5; 11, 13; 11, 19; 16, 18)».
Nadie, al leer
esos textos, pensaba en terremotos materiales. Y también quienes escuchaban este
pasaje del Evangelio de Mateo comprendían muy bien de qué terremoto estaba
hablando. Se trataba de la irrupción de la potencia de vida divina en el
mundo. Una fuerza de vida inmortal había entrado en los abismos de la
tierra, en el שְׁאוֹל (Sheol), en los infiernos, en el mundo de los
muertos, y allí había provocado el terremoto; lo había sacudido todo.
Esta verdad
aparece expresada de un modo muy bello en los iconos. Cristo, al concluir su
vida en este mundo, entró en el mundo de los muertos. Derribó las
puertas de la prisión en la que la muerte retenía a sus víctimas. Entró y los
liberó a todos. Los llevó a la casa del Padre, al mundo de la vida eterna. Y
ved también la otra imagen: ha roto las cadenas, los cerrojos de la muerte, los
de aquella prisión; y ha puesto en fuga para siempre a la muerte, nuestro gran
enemigo. La muerte aparece acorralada, despojada de todo poder. Fue
precisamente en los abismos de la tierra, en los infiernos, donde tuvo lugar el
mayor terremoto de la historia de la humanidad.
Antes de Jesús
habían entrado allí los patriarcas, David, Moisés, los profetas, el Bautista.
¿Y qué había sucedido? Nada. Todos habían quedado prisioneros de la muerte. Pero
cuando Jesús de Nazaret entró en el mundo de los muertos, entonces sí se
produjo el terremoto. Allí entró la vida que venció para siempre a la
muerte.
El ángel del Señor:
Dios mismo interviene.
La segunda imagen es
la del ángel del Señor aparece con frecuencia en la Biblia, pero no se trata
del ángel tal como nosotros solemos imaginarlo. Es una expresión que los
autores sagrados emplean cuando quieren presentar una intervención del Señor.
En vez de decir «el Señor hizo» o «el Señor dijo», dicen «el
ángel del Señor hizo» o «el ángel del Señor dijo». Por ejemplo: es
el Señor quien habla a Moisés en la zarza ardiente, pero el autor sagrado dice
que el ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego en medio de la
zarza. En nuestro pasaje, ese ángel que desciende y hace rodar la piedra es
Dios mismo que ha intervenido.
Ha retirado para
siempre esa piedra que separaba el mundo de los vivos del mundo de los muertos. Ya no existen
los muertos. Se pasa de la vida a la vida. «Quien cree en mí no muere, no
puede morir», porque a cada hombre le ha sido dada la vida del Dios
inmortal. Esta es la victoria sobre la muerte.
A veces los
médicos vencen a la muerte, pero no es una victoria definitiva; es aplazar la
derrota, porque al final la muerte vuelve a reclamar su presa. El verdadero
terremoto ocurrió cuando Dios entró en el mundo de los muertos y llevó allí su
vida en Jesús de Nazaret.
El ángel removió la piedra
Después de
decirnos que el ángel removió la piedra, quizá nosotros esperaríamos que
el evangelista contara que Jesús salió del sepulcro. Pero eso no podía
narrarse así, porque Jesús no volvió de allí. Hay un evangelio apócrifo del
siglo II, el llamado Evangelio de Pedro, que dice que Jesús salió del sepulcro.
No. No podía salir, porque él no regresó a esta vida: entró en la casa del
Padre. Esa es la resurrección. Resucitó en el mismo momento en que, en el
Calvario, exhaló el último aliento y nos entregó su Espíritu.
Los hombres habían
puesto la piedra como signo definitivo de su victoria. También nosotros lo
decimos: «poner una piedra encima», como diciendo: aquí ya no cambia
nada. Parecía que la muerte había pronunciado la última palabra. Y, sin
embargo, la que venció fue la vida.
El ángel sentado sobre la piedra.
La tercera imagen es la del ángel,
sentado victorioso sobre la piedra, es Dios celebrando el triunfo de la vida.
Recordemos que aquella piedra había sido sellada y custodiada por soldados. Nadie
debía moverla. Jesús tenía que permanecer allí para siempre: había
molestado demasiado. Todas estas imágenes expresan lo que los hombres habían
intentado hacer con Jesús: encerrarlo definitivamente en el sepulcro, dejarlo
prisionero de la muerte. Pero Dios intervino y rompió los sellos de la
muerte, esos sellos puestos por los poderosos que querían perpetuar el mundo
del mal, de la injusticia y de la violencia.
Romper los sellos
significaba desafiar la autoridad de quien los había puesto; en este caso,
desafiar al emperador de Roma, del que Pilato era representante. Era el símbolo
mismo de los poderes de este mundo. Y Dios no tuvo miedo de quebrar los sellos
de la autoridad imperial. Este es el significado de la imagen. Dios rompe sus
sellos, no teme a los reinos de este mundo, y nos invita también a nosotros a
cultivar ese mismo valor frente a la prepotencia del mal con la que tantas
veces nos encontramos en la vida.
El mal del mundo
no es invencible.
Es verdad que resulta invencible con las solas fuerzas naturales, pero hoy
nosotros hemos recibido una fuerza que viene del cielo. El ángel, en efecto,
desafía a los poderes de este mundo, a los dominadores opresores que ya no
querían ni oír hablar del reino de Dios introducido por Jesús.
El ángel con aspecto como de un relámpago
y vestido blanco
La última imagen
es el aspecto del ángel era como un relámpago y su vestido blanco como la nieve. El relámpago es
el máximo resplandor de la luz y de la potencia. ¿Cuándo brilló la luz de Dios
con toda su fuerza y toda su gloria? Cuando venció a la muerte. También el
blanco es símbolo de la luz. Juan, al comienzo de su primera carta, dice: «Dios
es luz y en él no hay tiniebla alguna» (cfr. 1 Jn 1, 5).
Con todas estas
imágenes, Mateo está diciendo que el mensaje que las mujeres han recibido,
como enseguida escucharemos, viene de Dios.
Y ahora entran en
escena los que se sienten incómodos ante la luz del cielo, porque se han puesto
del lado de la tiniebla y de la muerte.
Quienes sirven al mal
no resisten la Pascua
«los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos»
Los guardias
puestos para custodiar el sepulcro representan a todos aquellos que, por
interés o por servilismo, se ponen al servicio del mal; a quienes se venden al
poderoso de turno por amor al dinero. Los sorprende el terremoto. No lo
esperaban. Estaban convencidos de que el reino que defendían era invencible,
inamovible, pero la intervención de Dios lo ha sacudido todo. Y la
consecuencia es inmediata; quedan sobrecogidos de espanto y caen en tierra como
muertos.
Quien sirve al mal termina derribado
por su propia mentira.
¿Qué quieren decir
estas imágenes? Que quien se pone del lado del mal queda desarmado ante la
intervención de Dios. Ahí está también la invitación que se nos hace: no
tener miedo a las fuerzas del mal. Se nos ha dado una fuerza divina que vence a
la muerte.
El ángel del Señor
no dirige su palabra a los guardias. Ellos tienen que darse cuenta por sí
mismos de que su vida está al servicio del mal, del reino de la injusticia, de
la mentira y de la muerte. Y una vida así está destinada al fracaso.
El dinero puede comprar silencios,
pero no la verdad.
Por desgracia, no
aceptarán cambiar ya que seguirán pensando solo en su propio interés. De
hecho, el relato continuará diciendo que aceptarán mentir por amor al dinero.
Su elección es una imagen muy elocuente de lo que sucede también hoy tantas
veces: que con dinero se compran con facilidad muchas conciencias.
El ángel, como decía, no habla a los guardias; habla a las mujeres.
«No tengáis miedo vosotras».
Los guardias, sí; vosotras, no.
«El ángel habló a las mujeres: «Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí:
¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id
aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad,
os lo he anunciado».
Cuando un ángel
anuncia la palabra del cielo a una persona de este mundo, aparece siempre la
imagen del temor. También cuando el ángel habla a María le dice: «No temas,
María». Y en la noche de Navidad, cuando los pastores se ven envueltos por
la luz del cielo, quedan llenos de un gran espanto. Entonces el ángel del Señor
les dice: «No temáis; os anuncio una gran alegría».
El miedo no aleja a Dios:
revela su grandeza.
Ese temor es una
imagen de la toma de conciencia, de la distancia infinita que existe entre
nosotros, que vivimos en esta condición de criaturas frágiles y mortales, y el
mundo de Dios, del que procede esa voz.
Después de invitar
a no tener miedo, el ángel explica el significado de aquella piedra removida
del sepulcro. Dice: «ya sé que buscáis a
Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!». Ha
pasado por el mundo de los muertos, pero no se ha quedado allí; al contrario,
lo ha vaciado.
El sepulcro vacío no es la meta:
es una señal.
El sepulcro vacío
es solo el signo material que prepara a las mujeres para el encuentro con el
Resucitado.
No será un encuentro verificable con nuestros sentidos, porque el Resucitado ya
no tiene un cuerpo compuesto de átomos. Es él, verdaderamente él, pero
revestido de incorruptibilidad.
El encuentro con
el Resucitado, que primero tendrán las mujeres y después los discípulos, será
contado por los evangelistas con imágenes tomadas de nuestro mundo material:
ver, tocar, abrazar al Resucitado. Lucas llegará incluso a decir que comen con
el Resucitado. Son imágenes con las que los evangelistas narran una experiencia
verdadera, real, aunque no material: el encuentro del hombre con el mundo de
Dios.
«Ha resucitado, como había dicho», dice el
ángel. Es el recuerdo de lo que Jesús había anunciado lo que abre los ojos
de las mujeres y las prepara para ver al Resucitado.
Para ver al Resucitado,
hay que volver a Galilea.
Y el ángel
continúa: «y va por delante de vosotros a
Galilea. Allí lo veréis”». Esta invitación a volver a Galilea
tiene algo de enigmático. Pero está dirigida también a nosotros, si queremos
ver al Resucitado. El anuncio del Evangelio, lo recordamos, había comenzado en
Galilea. ¿Qué está diciendo el ángel? Está invitando a recorrer de nuevo el
camino que hicieron los apóstoles junto al Maestro, y promete que, al final de
ese recorrido, sus ojos se abrirán de par en par y verán el destino de quien ha
entregado la vida por amor: un destino que no es el sepulcro, sino la casa del
Padre.
Pero Galilea tiene
también otro significado. Sabemos que estaba habitada por judíos mezclados con
paganos. Los habitantes de Jerusalén los consideraban casi medio paganos. En
Galilea convivían con toda naturalidad judíos y paganos. Era una región donde la
fidelidad religiosa y la práctica dejaban bastante que desear.
Galilea es nuestro mundo cotidiano.
Galilea es
justamente la imagen de nuestro mundo. Es el mundo en el que vivimos
nosotros, al lado de personas que buscan a Dios y de otras a las que Dios no
les interesa en absoluto; al lado de personas que nos resultan simpáticas y
de otras que quizá no soportamos demasiado. Y es precisamente en esta realidad
donde se nos invita a recordar lo que él dijo. Y cuando nosotros escuchamos lo
que él dijo, entonces lo vemos. Él es el Viviente.
Cuando Cristo sale al encuentro
de quienes lo buscan
«Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de
miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús
les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron
los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me
verán».
Las mujeres, dice el evangelista, dejaron deprisa el sepulcro y corrieron a anunciar a los hermanos la experiencia que habían vivido. Todavía no han visto al Resucitado, pero ya están preparadas para el encuentro. El ángel las había dispuesto para ello cuando les dijo: recordad lo que él había dicho. Y entonces Jesús sale a su encuentro y les dice: «Alegraos».
Las mujeres se echan a los pies de Jesús:
el sentido de toda su vida es un camino
La alegría que
trae el Resucitado al mundo es inmensa. Las mujeres se acercan y le abrazan los
pies. Y este detalle sorprende, porque uno esperaría que se echaran a sus
brazos. Pero el evangelio llama la atención justamente sobre los pies, ellas se
echan a sus pies: «le abrazaron los pies y se
postraron ante él». Las mujeres han comprendido el sentido de
toda la vida de Jesús: ha sido un camino, un camino recorrido desde el Padre
hasta nosotros y, atravesando la muerte, de regreso al Padre, entregando la
vida. Él nos ha precedido en el reino de la inmortalidad.
Es decisivo para nosotros entender adónde conduce el camino de Jesús. El evangelista Marcos presenta toda la vida pública del Señor como un camino que avanza hasta Jerusalén, donde entrega la vida. Pero ese camino no se detiene en el Calvario.
Recorrer los pasos de los pies de Jesús
Por eso es tan
importante contemplar esos pies, porque han ido mucho más lejos. Hay que
contemplar el destino último de esos pies; solo entonces tendremos también
nosotros el valor de recorrer su mismo camino.
Las palabras que
el Resucitado dirige a las mujeres son las mismas que había pronunciado el
ángel: «No temáis: id a comunicar a mis
hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Es hermoso ese «hermanos». Después de que lo abandonaron,
lo negaron y lo entregaron, él sigue llamándolos así: hermanos.
El Resucitado no reprocha:
reúne de nuevo a los suyos.
Y es a esos
hermanos a quienes les confía un mensaje de alegría y de esperanza, un anuncio
destinado a toda la humanidad: la victoria de la vida sobre la muerte.








