sábado, 3 de enero de 2026

Resumen de la Carta Apostólica 'Una fidelidad que genera futuro' del Papa León XIV.

Trabajo Resumen sobre la Carta Apostólica del Papa León XIV

UNA FIDELIDAD QUE GENERA FUTURO

DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

CON MOTIVO DEL LX ANIVERSARIO

DE LOS DECRETOS CONCILIARES

OPTATAM TOTIUS Y PRESBYTERORUM ORDINIS

 (Al final del documento hay dos audios, os invito a escucharlos)Link o enlace: 

https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251208-una-fedelta.html

 

1.     Fidelidad que abre futuro, no nostalgia

         El documento arranca con una convicción sencilla y exigente. Cuando un presbítero persevera en la misión apostólica, no solo “aguanta” o “cumple” lo suyo, sino que abre una pregunta fecunda sobre el porvenir del ministerio y contagia a otros la alegría de esta vocación. Y lo sitúa en una ocasión concreta.

El LX aniversario de Optatam totius y Presbyterorum ordinis, en el Año jubilar, se convierte en invitación a mirar de nuevo un don que sigue vivo. No como museo, sino como brújula. En una nota se apoya expresamente en Optatam totius, para subrayar esa dependencia entre renovación e Iglesia y ministerio presbiteral.

2.     No es un aniversario de papel,

es una llamada a leer en serio

         Aquí aparece una frase que corta la tentación de lo ceremonial. No estamos ante una efeméride de cartón piedra. Se nos pide volver a esos textos conciliares porque nacen de una visión de Iglesia como Pueblo de Dios en camino y porque siguen teniendo frescura. La propuesta es muy concreta, casi doméstica. Que se lean y estudien en comunidades, en seminarios y en todos los ámbitos de preparación y formación para el ministerio ordenado.

3.     Tradición que avanza sin romperse

         La Carta Apostólica del Papa León XIV presenta esos decretos como insertos en el cauce doctrinal sobre el Orden, y a la vez como apertura a “nuevas perspectivas” en un desarrollo sano. En una nota se recuerda a Newman, precisamente para dar nombre a ese modo de crecer sin traicionarse. Y, con ese mismo gesto, se vuelve a mencionar Optatam totius como llamada todavía vigente a renovar y promover los estudios eclesiásticos. Aquí hay una idea de fondo. La identidad no se conserva por congelación, se custodia madurando.

4.     Un mundo cambiado,

una Iglesia más sinodal y misionera

         Se reconoce algo que todos palpamos. En seis décadas han cambiado muchas cosas y eso obliga a revisar el camino y a actualizar con coherencia las enseñanzas del Concilio Vaticano II. En paralelo, se afirma que el Espíritu ha conducido a la Iglesia a desarrollar su naturaleza comunional en forma sinodal y misionera. Por eso la carta se dirige a todo el Pueblo de Dios, para repensar juntos la identidad y la función del ministerio ordenado. Y lo hace desde una palabra que atraviesa todo. Fidelidad entendida como gracia y como camino continuo de conversión. En este mismo arranque, el Pontífice expresa gratitud por la entrega cotidiana de tantos sacerdotes, por lo que hacen y por cómo cuidan la comunión, la unidad y, de un modo particular, a quienes sufren. Las notas remiten a documentos sinodales y a la reflexión sobre la sinodalidad, para sostener esta orientación de fondo.

5.     Todo empieza en un encuentro

que te reorienta por dentro

         La vocación nace del encuentro personal con Cristo, ese momento que da un horizonte nuevo y una orientación decisiva. En nota se cita Deus caritas est, como fundamento de esa lógica del encuentro que cambia la mirada. Antes de compromisos o proyectos, está la voz que llama. Y se añade un detalle muy humano. A menudo esa llamada llega mediada por el ejemplo de otros discípulos y termina tomando forma en una elección valiente. Para sostener la fidelidad, sobre todo en pruebas y tentaciones, el texto insiste en la memoria viva de la voz del Señor y en el acompañamiento de quienes conocen la vida del Espíritu.

6.     La vocación no es presión,

es una propuesta amorosa

         Aquí se afina el concepto con delicadeza. Vocación no significa constricción, sino propuesta amorosa de un proyecto de salvación y libertad. Cuando se reconoce que Jesús está en el centro, el ministerio ordenado crece como donación de sí a Dios y, por eso mismo, al Pueblo santo. Y el tono se ensancha con esperanza. En una nota se recuerda una homilía de Benedicto XVI al cerrar el Año sacerdotal, para expresar esa alegría de un Dios cercano que se confía a nuestra debilidad y espera el “sí”.

7.     Volver cada día al primer “sí”

         La fidelidad se describe como dinámica de conversión permanente. Y se hace práctica, casi como un examen diario con los pies en la tierra. Escucha de la Palabra, sacramentos con la Eucaristía en el centro, evangelización, cercanía a los últimos, fraternidad presbiteral, y oración como lugar eminente de encuentro. La imagen es preciosa y nada abstracta. Como regresar cada día al lago de Galilea, allí donde Jesús preguntó “me amas”, para renovar el “sí”. En nota se cita a san Juan Crisóstomo para iluminar esa escena, no como literatura, sino como pedagogía espiritual. Y se enlaza con Optatam totius, para subrayar que la formación no puede quedar encerrada en el tiempo del seminario.

8.     Formación permanente como memoria viva,

no como trámite

Se pide a todos los presbíteros (sacerdotes) cuidar la propia formación para mantener vivo el don recibido con el Orden. La fidelidad no es inmovilidad ni cierre. Es conversión cotidiana que confirma y hace madurar la vocación. Y aquí el texto introduce un dato muy concreto, como para aterrizarlo. Se menciona el congreso sobre formación permanente celebrado en el Vaticano del 6 al 10 de febrero de 2024, con más de ochocientos responsables de ochenta naciones. Y se remarca la clave. Antes que esfuerzo intelectual o “actualización”, la formación permanente es memoria viva y actualización constante de la vocación en un camino compartido.

9.     La primera formación marca

la forma de amar y de servir

         Desde la llamada y los primeros pasos formativos, se pide un acompañamiento que ayude a “mantener la mente y el corazón” en la dirección correcta, para perseverar con alegría incluso cuando la vida aprieta. En nota se remite a ‘El Don de la vocación presbiteral, la Ratio fundamentalis’, para sostener esta idea de un proceso formativo serio, unitario, no improvisado. Aquí se percibe una preocupación muy pastoral. No basta con saber cosas, hay que configurarse en un modo de ser.

10.  La crisis de confianza pide madurez humana

y vida espiritual sólida

         El texto afronta con claridad una herida reciente. La crisis de confianza en la Iglesia causada por abusos reclama, con urgencia, una formación integral que asegure crecimiento y madurez humana en quienes se preparan para el presbiterado, junto con una vida espiritual rica y sólida. No se dice como consigna, sino como necesidad para la credibilidad del anuncio. Aquí el documento no adorna la realidad. La mira de frente y señala un camino de responsabilidad.

11.  Abandono del ministerio,

mirarlo con verdad y con compasión

         La formación vuelve a aparecer como punto central también ante el fenómeno doloroso del abandono del ministerio. El texto lo aborda sin reducirlo a un asunto meramente “técnico” o solo jurídico. Se percibe una llamada a comprender, acompañar, aprender, y a redoblar el compromiso formativo. En una nota se alude a intervenciones del propio Pontífice en el Jubileo de sacerdotes y seminaristas, para sostener esta preocupación y este tono.

12.  El seminario como escuela de los afectos,

aprender a amar como Jesús

         Aquí el documento se pone especialmente fino. El seminario, sea cual sea su modalidad, debe ser “escuela de los afectos”. Se invita a un trabajo interior sobre motivaciones, que abrace toda la vida. Nada de lo humano debería descartarse, todo ha de ser asumido y transfigurado, con la imagen del grano de trigo. Y se concreta la meta con una frase nítida. Solo presbíteros y consagrados humanamente maduros y espiritualmente sólidos, con dimensión humana y espiritual integradas, podrán vivir el celibato y anunciar de modo creíble el Evangelio del Resucitado. Las notas remiten a palabras y meditaciones de junio de 2025 en el contexto jubilar, como apoyo inmediato de estas expresiones.

13.   La fidelidad no se vive en solitario,

la gracia cura el narcisismo

         Se pide custodiar y hacer crecer la vocación en conversión constante, y se afirma algo decisivo. Nunca es recorrido meramente individual. Nos compromete a cuidarnos unos a otros. La gracia abraza la fragilidad y la sana del narcisismo y del egocentrismo. Y se coloca en el centro una lógica espiritual que no es blandita, es seria. Escucha y servicio. En una nota se cita a Benedicto XVI, con una definición densa y luminosa del sacerdote como siervo de Cristo, y por eso mismo radicalmente al servicio de los hombres, madurando en la oración y en el “estar unido de corazón” a Él.

14.  Antes que “especial”,

hermano entre hermanos

         Con el Concilio Vaticano II, se sitúa el ministerio específico dentro de la igual dignidad de todos los bautizados. Los presbíteros ejercen un servicio necesario, sí, pero siguen siendo discípulos con los demás discípulos, hermanos entre hermanos, miembros de un mismo Cuerpo. Esta frase no rebaja el ministerio, lo coloca en su verdad evangélica. Y en nota se remite directamente a Presbyterorum ordinis, donde se fundamenta esta perspectiva.

15.  Nadie es pastor por su cuenta

         El Concilio Vaticano II hablaba de los presbíteros casi siempre en plural, y el texto lo subraya con fuerza. Ningún pastor existe por sí solo. Jesús instituyó a doce para que estuvieran con Él. Por tanto, no hay ministerio desvinculado de la comunión con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia. Y se añade una resonancia muy actual. Hacer visible esta dimensión relacional y de comunión es un reto principal, especialmente en un mundo marcado por guerras, divisiones y discordias. Y para que se entienda que esta unidad no es solo cuestión de organización o de buen carácter, una nota recuerda a san Cipriano. Ahí se subraya que la unidad de la Iglesia tiene su raíz en Dios mismo, en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por eso la fraternidad no es un adorno, es una exigencia que nace de la fe.

16.  Fraternidad presbiteral como parte de la identidad,

no como adorno

         La fraternidad se presenta como elemento constitutivo de la identidad de los ministros. No es un extra simpático, ni un eslogan de convivencia. Y aparece una pregunta que pincha, con cariño, pero pincha. Cómo podríamos ser constructores de comunidades vivas si no reinara entre nosotros una fraternidad efectiva y sincera. La nota remite a un discurso jubilar, como para decir que esto no es teoría, es llamada concreta en el presente.

17.  Cuidarnos también en lo material,

para que la soledad no gane

         Se reconocen dificultades típicas de muchos contextos, especialmente occidentales. Movilidad, fragmentación social, y con ello, mayor exposición a la soledad. El texto no se queda en lo emocional, baja a lo real. Habla de cuidado recíproco, también en enfermedad y vejez. Habla de prever, de no abandonar. Habla incluso de buscar una mayor equiparación económica entre presbíteros, para que las disparidades no rompan la comunión. Y propone formas de vida en común, como ayuda mutua y como protección frente a peligros que nacen de la soledad. Las notas conectan este punto con Pastores dabo vobis y con Presbyterorum ordinis, como raíces doctrinales de una preocupación muy concreta.

18.  Comunión que no aplana,

comunión que integra

         El texto recuerda algo que a veces olvidamos por exceso de prisa. La comunión presbiteral no se determina como un “aplanamiento” de individuos. Al contrario, pide reconocer y valorar dones distintos, armonizarlos, y construir una síntesis que consolide la comunión. Aquí se ve una mirada fina sobre la vida real del presbiterio. No se trata de uniformar, se trata de unir sin amputar.

19.  Una sinfonía,

no un coro de solistas

         Para explicar la fidelidad a la comunión, el texto toma una imagen antigua y feliz, de san Ignacio de Antioquía. La armonía de un conjunto donde cada uno ocupa su lugar, y juntos forman una sola voz. Es una manera bonita de decir lo que a veces cuesta admitir. La comunión no se improvisa, se ensaya. Y se ensaya con humildad, con obediencia, con alegría y con fidelidad cotidiana al Evangelio.

20.  Sinodalidad vivida desde el ministerio,

tres coordenadas

         Llegamos a un punto que el texto señala como especialmente importante. Hablar de sinodalidad no es hablar de moda, sino de forma eclesial. Se proponen tres relaciones fundamentales para el presbítero, la relación con el obispo, la relación con los demás sacerdotes, y la relación con los fieles laicos. Y, en ese tercer ámbito, se recuerdan palabras conciliares que piden reconocer y promover la dignidad y la responsabilidad de los laicos, y también saber escuchar su experiencia y competencia. Aquí la sinodalidad no es una palabra bonita. Es un modo de ubicarse ante Dios y ante el Pueblo de Dios.

21.  Queda camino por recorrer,

pero ya se ve su fecundidad

         El documento admite que aún hay mucho por hacer. Y, a la vez, anima a no desanimarse. Se habla del impulso del proceso sinodal y de cómo, donde se vive, se aprende a compartir responsabilidades y se experimenta la fecundidad de un estilo sinodal de Iglesia. La nota remite a un encuentro con equipos sinodales y organismos de participación, como respaldo concreto de esta convicción.

22.  La sinodalidad no rebaja el ministerio,

lo centra y lo purifica

         Este paso, dice León XIV, exige formación seria a todos los niveles, especialmente en la etapa inicial y en la formación permanente. Y añade un matiz que suele sorprender. En una Iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde importancia. Al contrario, puede centrarse mejor en lo que le es propio y específico. El reto de la sinodalidad no borra las diferencias, las valora, y por eso se presenta como una de las grandes oportunidades para los presbíteros del futuro.

La cercanía, acogida y escucha es el estilo que pide el camino sinodal. Para concretarlo, el texto se apoya en el Documento final de la Segunda Sesión de la XVI Asamblea sinodal y cita literalmente su orientación. Los presbíteros están llamados a vivir el servicio con cercanía a las personas, con acogida y con escucha de todos, abriéndose a un estilo sinodal. La propia Carta señala el lugar preciso de esa afirmación, el número 72 de ese Documento final. La referencia bibliográfica completa aparece en la nota [20].

Es necesario parar del liderazgo exclusivo a una conducción colegiada, y la autoridad entendida como gracia y servicio. A partir de ahí, la Carta da un paso muy concreto. Para implementar mejor una eclesiología de comunión, el ministerio del presbítero necesita superar el modelo de liderazgo exclusivo, ese que centraliza la vida pastoral y carga sobre uno solo todas las responsabilidades. La dirección propuesta es otra, una conducción cada vez más colegiada, vivida en cooperación entre presbíteros, diáconos y todo el Pueblo de Dios, con el enriquecimiento mutuo que nace de la variedad de carismas suscitados por el Espíritu. Y, para evitar un equívoco decisivo, se invoca Evangelii gaudium. El ministerio y la configuración con Cristo Esposo no deben llevar a confundir la potestad sacramental con el poder, porque la configuración con Cristo Cabeza no significa colocarse por encima. La Carta remite esta cita a la nota [21], donde se indica la fuente exacta, Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, número 104.

23.  Identidad sacerdotal,

ser para, salir de uno mismo

         La identidad se constituye en torno al ser para, inseparable de la misión. Y aparece una imagen incisiva, tomada en nota de una homilía crismal de Francisco. Quien busca la identidad buceando solo dentro, acaba encontrando señales que dicen “salida”. Salir a la adoración, salir hacia el pueblo, salir a dar lo encomendado. Y el texto añade una síntesis de san Juan Pablo II, la vida presbiteral como representación sacramental de Cristo Cabeza y Pastor, palabra, sacramentos, cuidado del rebaño, unidad, y conducción hacia el Padre por Cristo en el Espíritu. El resultado no es épica vacía, es realismo. El mundo, aunque a veces lo desconozca, tiene sed de testigos creíbles del Amor de Dios fiel y misericordioso.

24.  Dos tentaciones de hoy,

activismo y repliegue

         Con mucha actualidad, el texto describe nuestro contexto de ritmos acelerados e hiperconexión. Y ahí señala dos tentaciones contra la fidelidad a la misión. La primera es el eficientismo, medir el valor por rendimiento y proyectos, poniendo el hacer por encima del ser.

La segunda es el quietismo, asustarse, encerrarse y renunciar al desafío evangelizador con actitud perezosa y derrotista. Frente a ambas, se propone un ministerio gozoso y apasionado que evangelice todas las dimensiones de la sociedad, también cultura, economía y política, para que todo sea recapitulando en Cristo, como dice Efesios. Y la medicina interna se llama caridad pastoral, el amor del Buen Pastor como principio que unifica la vida y ayuda a discernir lo propio del ministerio. En nota se remite a Pastores dabo vobis para fundamentar esta centralidad.

25. Discernir para que Cristo se vea,

y no nosotros

         La armonía entre contemplación y acción no se busca con esquemas apresurados ni con equilibrismos de agenda. Se busca poniendo en el centro la dimensión pascual del ministerio, darse sin reservas, sin abandonar oración, estudio y fraternidad, sino comprendiéndolo todo en la medida en que se orienta a Jesús muerto y resucitado. Y aparece un criterio que hoy es oro. Huir del personalismo y de la auto celebración, incluso cuando el cargo expone públicamente. En esa línea entra el tema de los medios y las redes. Se pide un discernimiento real, al servicio de la evangelización, con un principio paulino que suena sorprendentemente moderno, no todo lo permitido conviene. Las notas enlazan con intervenciones y con el Documento final del Sínodo, que respalda este enfoque de discernimiento misionero.

26.  Desaparecer para que permanezca Cristo

En cualquier situación, se llama a dar testimonio de modo creíble. Y el texto usa una expresión que no deja indiferente. Desaparecer para que permanezca Cristo. No como borrado triste, sino como transparencia evangélica. Se recuerda que el presbítero está llamado a implicarse también en actividades sociales, culturales y políticas, siempre desde el servicio al Evangelio, sin protagonismos que opaquen al Señor. Las notas vuelven a remitir al Documento final del Sínodo para sostener esta presencia creyente y discernida.

27.  Vocaciones, esperanza activa y oración constante

         El futuro entra sin lamento. Se desea que este aniversario renueve la lectura de los decretos conciliares y reavive la oración al Dueño de la mies. La nota remite de nuevo a palabras jubilares, como insistencia pastoral en que la oración no es un añadido, es respiración.

28.  No basta con rezar,

hay que cuidar la capacidad generativa

         Junto con la oración, se pide revisar la capacidad generativa de nuestras prácticas pastorales. Y aquí el texto habla con un realismo esperanzado. Hacer propuestas vocacionales fuertes y liberadoras a los jóvenes, no tímidas ni ambiguas. Mantener una perspectiva vocacional en todos los ámbitos pastorales, especialmente juvenil y familiar. Y aparece un grito final que se entiende sin necesidad de explicarlo demasiado. No hay futuro sin el cuidado de todas las vocaciones.

29.  El centro que lo resume todo,

amor eucarístico y amor sacerdotal

La conclusión no busca fuegos artificiales. El Pontífice da gracias al Señor, recuerda su cercanía y su fidelidad, y vuelve al lugar donde todo se ordena, la Eucaristía. Y entonces ofrece una frase, tomada del Santo Cura de Ars, que funciona como llave de lectura del documento entero. El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús. En nota se indica la procedencia de esa cita, como cierre con peso espiritual y con raíces.

 

     El texto de la Carta Apostólica del Papa León XIV se fecha en Roma, junto a san Pedro, el 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada, del Año jubilar 2025, primero de su Pontificado. 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Homilía del II domingo de Navidad - Ciclo A; Jn 1, 1-18 «Por medio de él se hizo todo» - 4 de enero de 2026

Homilía del II domingo de Navidad

Ciclo A; Jn 1, 1-18 «Por medio de él se hizo todo»

4 de enero de 2026

 

Aquí empieza todo:

El Verbo, comunión, origen.

El Prólogo de Juan no es un preámbulo educado, es el umbral de todo el Evangelio. En estos versículos el evangelista lo concentra todo, como quien pone el mapa sobre la mesa antes de salir de viaje, y además te mira con cara de “luego no digas que no te avisé”. Y lo primero que hace es llevarnos al origen, no para darnos información, sino para enseñarnos a mirar a Dios con ojos limpios.

«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios». Juan no empieza con un “había una vez”, empieza con un “ya estaba”. Y por si aún creemos que se trata de una idea abstracta, insiste. «Él estaba en el principio junto a Dios».  En el principio no hay soledad, hay comunión. Lo primero no es el “yo”, lo primero es la relación. Y eso, dicho con calma, es una noticia inmensa para un mundo que a veces se nos vuelve puro esfuerzo y pura supervivencia.

Y si hoy vienes con dudas, con cansancio o medio desconectado, también es un buen lugar para empezar. Paremos un segundo. Solo con esto ya hay Evangelio, y además nos ahorra muchos discursos.


Todo existe por Él:

La Palabra crea vida.

Juan continúa y nos pone un suelo firme bajo los pies. «Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho». La realidad no nace del absurdo ni del capricho, nace de una Palabra creadora. Y esa Palabra no trae un código para aplastarnos, trae vida para levantarnos. «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres». Verbo, es decir, la Palabra viva de Dios que crea y sostiene. Aquí Juan nos da un criterio precioso y nada moralista. La luz se reconoce donde la vida crece. No es un foco externo que nos vigila desde fuera, es una vida que ilumina por dentro. Y para que no confundamos luz con simple gusto personal, basta mirar el fruto. Si una “luz” me vuelve más humano, más libre, más capaz de amar con verdad, probablemente viene de Dios; si me encoge, me endurece y me pone a la defensiva, aunque se presente con palabras religiosas, algo se ha torcido. Imaginemos una escena mínima, sin épica. Una conversación tensa en casa o en el trabajo, cada uno con su argumento bien planchado y con su “yo tengo razón” recién sacado del armario, y de pronto alguien afloja el tono, escucha de verdad, pide perdón sin teatro o deja de “ganar” para cuidar la relación. No ha sonado música celestial, pero el ambiente respira. Eso es luz cuando se vuelve vida.


La luz no discute:

Brilla y abre camino.


         «Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió». Juan no dice que la tiniebla destruya la luz, dice que no la recibe, pero muestra una refinada hostilidad a la hora de no recibir esa luz. Es un matiz finísimo. Muchas veces el problema no es que falte luz, es que cuesta abrirle la puerta. La tiniebla, cuando llega la luz, suele hacer lo suyo: esconderse, justificarse, blindarse. Y nosotros, a veces, hacemos lo mismo con una elegancia admirable: no decimos “no”, solo decimos “ahora no”, que es una forma de dejarlo para la eternidad sin sentirse culpable. Pero la luz no entra a golpes, ni necesita imitar a la oscuridad. Brilla. Y en la medida en que brilla, va quitando espacio a lo que nos apaga. No hay belicismo en el proyecto de Dios; hay perseverancia de amor, que es mucho más incómoda porque no se cansa.

Juan señala la Luz:

Testigo, no protagonista.

En medio del Prólogo aparece Juan el Bautista, y aparece como medicina contra el ego espiritual. «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él». Un testigo no es un foco, es una señal. Y el evangelista lo subraya con una frase que conviene grabar en la memoria. «No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz».  El testigo es como el dedo que señala el amanecer: útil, necesario, pero si te quedas mirando el dedo, te pierdes el sol. El testigo puede orientar; la Luz verdadera es la que transforma por dentro, la que te hace ver y vivir distinto. Por eso Juan remata. «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo». No es luz de unos pocos, no es premio para los mejores. Alumbra a todo ser humano. Y esto nos pone en guardia contra convertir la fe en un podio, porque en cuanto hay podio alguien queda abajo, alguien se queda sin sitio… y el Evangelio no vino a organizar gradas.

Dios pasa cerca:

Sabemos de Él, no lo reconocemos.

Aquí Juan abre un abismo, pero lo abre para despertarnos, no para hundirnos. «En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció». Podemos tener datos, costumbre, incluso vocabulario, y aun así no reconocerlo. Porque Dios no siempre llega con el estilo que nosotros esperaríamos. Nosotros solemos reconocer lo grande, lo ruidoso, lo que impone. Dios, en cambio, entra muchas veces por lo pequeño: una carne humilde, un gesto de servicio, una palabra que no humilla, una presencia que acompaña. Lo pequeño de Dios desconcierta nuestras categorías, porque preferimos un Dios espectacular que nos quite trabajo. Y Él nos ofrece una luz que no nos sustituye, sino que nos despierta. A veces esperamos a Dios con capa, y viene con delantal. Y ahí es donde se nos escapa.

El drama es este:

No lo recibimos en casa.

«Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron». Aquí el Prólogo se vuelve espejo. Una cosa es no reconocer por cegueras y prisas; otra es no recibir, cerrar. Lo familiar puede convertirse en el lugar del rechazo. Nos acostumbramos a hablar de Dios, a manejar sus ideas, y cuando Dios se presenta vivo, concreto, encarnado en un amor que descoloca, nos entra la tentación de decirle “un momento”. Es curioso: a veces nos resulta más fácil buscar a Dios lejos que acogerlo cerca. Más fácil imaginarlo en lo extraordinario que recibirlo en lo cotidiano. Y sin embargo, la gran novedad del Evangelio es que Dios no viene a controlarnos; viene a servir y a dar vida. Y eso desmonta cualquier fe usada para tener el mando o para quedarnos tranquilos sin cambiar nada. Porque Dios, cuando entra, no suele pedir permiso a nuestras excusas, y eso siempre nos pilla con la casa interior “en obras”.


La gran noticia:

Hijos por acogida y fe.

Juan no se queda en el rechazo. Abre una puerta inmensa. «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre». Recibirlo no es solo estar de acuerdo, es dejar que su vida entre en la nuestra. Y el evangelista corta de raíz el orgullo de las pertenencias. «Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios». Hijos no por apellido ni por currículum, sino por don acogido. Y un nacimiento inaugura un camino: se nace y se crece, se recibe y se aprende. Ser hijo no es una etiqueta para sentirse por encima; es una libertad nueva para vivir con confianza y con corazón abierto, como quien deja de respirar a medias. Dicho a lo llano: Dios no nos invita a “portarnos bien para que nos quiera”, sino a dejarnos querer para aprender a vivir bien.

Navidad real:

El Verbo se hizo carne.

«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». “Carne” no es un detalle técnico; es nuestra condición frágil, concreta, real. El proyecto de Dios no se realiza en un superhombre para admirar desde lejos, sino en la debilidad humana. Y su gloria no es exhibición de poder; es amor fiel. Aquí conviene, incluso en la lectura, dejar un instante de silencio.

Dejemos que esta frase nos haga espacio. Porque si Dios se hace carne, entonces lo humano no es un estorbo para lo divino; es el lugar donde lo divino quiere brillar. El Bautista vuelve a señalarlo con fuerza. «Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Jesús llega “después” en el calendario, pero es “antes” en el misterio. No estamos ante una idea que nos consuela, sino ante una Presencia que nos precede.

Gracia tras gracia:

Una fuente que se desborda.

«Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia». No una vez y ya está, sino una y otra. La gracia no es un aplauso desde el cielo, es una vida que se comunica. Y cuanto más se comparte, más espacio abre, como una fuente que, cuando le quitas piedras del cauce, no se agota: corre mejor. De ahí el contraste final, dicho sin despreciar la historia, pero mostrando la plenitud. «Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo». La Ley fue don y camino, una pedagogía que ayudó a caminar. Pero ahora la gracia y la verdad tienen rostro, historia, manos. La relación con Dios se vuelve filial: no se sostiene primero en méritos, sino en acogida, y esa acogida nos vuelve semejantes en el amor.

Clave final:

Dios se entiende mirando a Jesús.

«A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Esto no es una frase para ganar un debate, es una llave para vivir. Todo lo que pensemos de Dios merece pasar por Jesús. Lo que se parece a su amor fiel, permanece; lo que no encaja con Él no se defiende a golpes, se deja revisar y purificar a su luz, hasta que quede lo verdadero.

Cierre sencillo:

Abrir la puerta hoy.

Y recibirlo suele empezar por cosas pequeñas, casi domésticas, de esas que no salen en los titulares: Una palabra que hoy sí pronunciamos con calma, una escucha que no interrumpimos, un gesto de paciencia cuando íbamos a ir en automático. La luz no pide permiso para ser luz, solo llama. Menos ideas en el aire: más Jesús delante. Así que la pregunta final no pone peso, abre una posibilidad.

Si el Verbo viene a casa y llama, qué puerta concreta de mi vida está todavía cerrada, y qué gesto pequeño pero real puedo hacer hoy para abrir, aunque me desordene un poco el día, que a veces lo tenemos tan planificado que ni Dios encuentra hueco para sentarse a la mesa. Y aquí queda una frase para llevarnos en el bolsillo: no se trata de conquistar a Dios, sino de dejarnos alcanzar por su luz.