Homilía de la Epifanía del Señor, ciclo a
Mt 2, 1-12 «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
6 de enero de 2026
Y entonces la
pregunta es casi inevitable: ¿qué “manifestación” ocurrió el 6 de enero?
En lo nuestro, la
respuesta es clara; la manifestación de Jesús a los Magos (cfr. Mt 2,1-12).
Bien. Pero aquí aparece un detalle que ayuda a afinar el oído. Antes de
asociarse a Jesús, el 6 de enero ya era, para mucha gente, una fecha de
“epifanía”, es decir, de “manifestación” celebrada públicamente.
Una fecha no es solo una hoja del calendario:
a veces trae memoria.
Ese día se
festejaba la epifanía del Dios Sol vencedor, el Sol Invictus: el sol que
“no pierde nunca”. ¿Y qué victoria era esa?
Todos sabemos qué
es el solsticio de invierno. La palabra viene del latín solstizium, que
significa literalmente “sol quieto”. Y sistere es “quedarse parado”.
¿Parado por qué?
Porque en
diciembre el sol parece ir perdiendo fuerza. Lo notamos más bajo, con menos
horas de luz… y casi da la sensación de que un día se va a apagar del todo y
nos va a dejar a oscuras. Pero entre el 22 y el 24 de diciembre se observa que
“se frena” en esa bajada y, pasados unos días, empieza a remontar. Ese fenómeno
natural se interpretaba como una victoria, el triunfo de la luz sobre las
tinieblas.
En Oriente, ya
desde siglos muy antiguos, ese solsticio se celebraba como la “epifanía” de la
luz. Y para representarlo se usaban imágenes muy conocidas; por ejemplo, un
relieve del templo de Atenea, de alrededor del 300 antes de Cristo, donde
aparece Apolo en su cuadriga; sobre su cabeza, la corona radiada del dios-sol
que vence la oscuridad. Esa corona, con el tiempo, se volvió un símbolo de
poder: después muchos emperadores quisieron hacerse representar así, como
diciendo: “de mi cabeza sale la luz de la sabiduría” … (en el fondo, ya
entonces existía el “mírame y admírame”, solo que en mármol).
Esa escena de
Apolo se encuentra por todas partes en la antigüedad: en templos, vasijas de
cerámica, mosaicos.
Esta Epifanía del
Sol se hizo especialmente importante con la dinastía de los Severos, que venían
de Siria y habían traído el culto al dios-sol. Más tarde, en la segunda mitad
del siglo III, Aureliano instituirá la fiesta del Sol Invictus,
celebrada en diversas fechas, pero siempre entre el 25 de diciembre y el 6 de
enero.
¿Y por qué no el
21 de diciembre, si hoy sabemos que el solsticio cae por esas fechas? Porque en
la antigüedad estaban convencidos de que el sol “empezaba a ganar de verdad”
solo después de unos días. De hecho, bajo el reinado de Tiberio, es decir, en
tiempos de Jesús, el solsticio de invierno se celebraba en Alejandría y en todo
el Cercano Oriente el 6 de enero.
Y ahora la
pregunta decisiva: ¿cómo es que la fiesta de la victoria del sol terminó siendo
nuestra fiesta de la Epifanía?
La luz no es solo un dato físico:
Es un lenguaje que entiende cualquiera.
Porque el sol, la
luz, la lámpara, el fuego… para los pueblos no han sido solo “cosas
materiales”: se han vuelto símbolos. Y la Biblia habla ese idioma con
naturalidad. De hecho, la primera palabra creadora que resuena en la Biblia es
precisamente: «Hágase la luz» (cfr. Gn 1,3-4).
La luz aparece
como algo positivo: símbolo de vida, de belleza. “Venir a la luz” es nacer. Y
además la luz habla de claridad, de verdad, de rectitud, de justicia… justo lo
contrario de la mentira, la ignorancia o el error. Es curioso: para describir
lo que nos endereza por dentro, casi siempre acabamos usando palabras de
iluminación.
Los hebreos, por
ejemplo, consideran que la luz del mundo es la תּוֹרָה (Torá): la
enseñanza que Dios dio a su pueblo. Y quien no la conoce, dicen, va a tientas,
como en la oscuridad del error. Recordemos lo que dice el salmista: «Lámpara
para mis pasos es tu palabra, luz en mi camino» (cfr. Sal 119,105). Es una
imagen muy humana ya que nadie camina tranquilo si no ve dónde pisa.
También los
pueblos de Mesopotamia pensaban que poseían la “luz” del saber, la luz de la
sabiduría. El rey Hammurabi, cuando dicta las famosas leyes de su código,
declara haberlas recibido del dios Shamash, el dios-sol, el dios de la luz:
serían normas “iluminadas”, sabias. Incluso Buda es llamado “el Iluminado”. Es
verdad. Ráfagas de esa luz de sabiduría aparecen en muchos pueblos.
Y nosotros creemos que la luz plena se volvió cercana:
Entró en la historia con Jesús.
Por eso recordamos
el canto de Zacarías: «Bendito el Señor, Dios de Israel…» (cfr. Lc 1,68)
y, más adelante: «por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos
visitará un sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (cfr.
Lc 1,78-79).
Este es el sentido
de la fiesta de hoy: celebramos el inicio de la manifestación de esa plenitud
de luz.
¿Y quién vio
brillar esa luz? Nos lo dice el Evangelio de hoy. Y aquí conviene entender
algo: No estamos ante una crónica “periodística” de hechos, sino ante un relato
compuesto por Mateo con imágenes y ecos bíblicos, con guiños claros al Antiguo
Testamento, para expresar un mensaje.
Las leyendas no son el Evangelio,
pero sí delatan el cariño.
«Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del
rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde
está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos
visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
El relato empieza
presentándonos a unos personajes enigmáticos. Son sabios de Oriente que han
visto salir una estrella y la han leído como señal de que ha nacido un gran
rey. A partir de ahí, la tradición cristiana se enamoró de ellos. Y
cuando una comunidad se enamora de un personaje, pasa lo de siempre: empiezan a
crecer historias alrededor, leyendas sin fin.
Por eso merece la
pena mencionarlas de pasada. No para quedarnos en lo pintoresco, sino porque
muestran el afecto de los cristianos por estos sabios. Y luego se entenderá
mejor el motivo.
La primera
“vuelta” que se les dio fue subirles el rango y convertirlos en reyes. De ahí
lo de “Reyes Magos”. Mateo, sin embargo, no dice que fueran reyes. ¿Por
qué entonces acabaron siendo “reyes” en la memoria cristiana? Porque los
primeros cristianos conocían las Escrituras y, al leer a Mateo, detectaban
enseguida un guiño. El Salmo 72 habla de un gran rey que surgiría en Israel y
ante el cual los pueblos traerían tributos y dones. Dice que los reyes de
Tarsis y de las islas ofrecerán regalos, que los reyes de Sabá y de Arabia
presentarán dones, y que todos los reyes se postrarán ante él (cfr. Sal
72,10-11). Así que cuando leen que estos personajes se postran ante Jesús y le
ofrecen regalos, entienden lo que Mateo quiere subrayar. El gran rey
esperado es Jesús.
Arrodillarse ante alguien siempre revela
a quién le das el “mando” en tu vida.
Después llegó el
segundo paso, poner un número. Hubo tradiciones que hablaron de dos, de
cuatro, incluso de doce. Al final se consolidó el tres por una razón muy
sencilla, porque tres son los dones que presentan (cfr. Mt 2,11). Y el
tercer paso fue ponerles nombres. También aquí circulan listas
distintas, pero terminaron quedándose estos tres, Melchor, Gaspar y
Baltasar.
La tradición los
quiso tanto que los acompañó hasta el final de sus días. Se cuenta que en su
vida pasaron mil peripecias por su fe en Jesús. Y aparece incluso un relato
detallado. Pasados sesenta años desde que volvieron a sus países, vuelven a ver
la estrella, la siguen y se encuentran en Sebaste, en Armenia. Allí celebran la
misa de Navidad y mueren. Melchor muere el 1 de enero con 116 años; Baltasar
muere el 6 de enero con 112; y Gaspar, el más joven, el 11 de enero con 109.
Y hay una frase
que lo resume con un punto de humor. Los Magos viajaron más muertos que vivos.
Sus reliquias siguieron moviéndose durante siglos. Se cuenta que estuvieron un
tiempo en Milán y que después Barbarroja las trasladó a Colonia, donde estarían
hoy. Cerramos el paréntesis de las leyendas. No son el núcleo del Evangelio,
pero nos han mostrado algo real. Cuánto se ha querido a estos personajes. De
hecho, en representaciones antiguas del nacimiento de Jesús, los Magos aparecen
incluso antes que los pastores.
Mateo los presenta como buscadores,
y eso nos toca de cerca.
Ahora sí, volvamos
al relato de Mateo. Lo primero que sorprende es cómo los llama. Él no usa
nuestro término “magos”. El texto griego lo dice así: «ἰδοὺ μάγοι ἀπὸ
ἀνατολῶν παρεγένοντο εἰς Ἱεροσόλυμα»; que traducido es “He aquí magos desde
los orientes se presentaron a Jerusalén”. El texto habla de «μάγος» magos, y a
nosotros ese matiz nos incomoda.
La Biblia es muy
clara con todo lo que suene a magia, adivinación o “buscar control” por caminos
oscuros. No lo presenta como algo inocente, sino como un atajo que confunde,
esclaviza y aparta de la confianza en Dios. Por eso, en el Antiguo Testamento
se prohíben expresamente prácticas como la adivinación, los encantamientos, la
hechicería o consultar a espiritistas y a los muertos (cfr. Dt 18,10-12; Lv
19,26.31; Lv 20,6.27; Ex 22,18). Y los profetas insisten en la misma línea.
Isaías, por ejemplo, se pregunta con ironía: “¿Va a consultar un pueblo a sus
muertos por sus vivos?” (cfr. Is 8,19). Miqueas también habla de arrancar del
pueblo “hechicerías” y “adivinos” (cfr. Mi 5,11-12), y Jeremías advierte contra
señales y presagios que acaban robando la paz (cfr. Jr 10,2).
En el Nuevo
Testamento el criterio no cambia. Pablo incluye la “hechicería” entre esas
obras que no construyen vida según el Espíritu (cfr. Ga 5,19-21). Y en los
Hechos se cuenta cómo, en Éfeso, muchos que habían practicado artes mágicas
renuncian a ellas y queman sus libros públicamente, como gesto de ruptura con
ese mundo (cfr. Hch 19,18-19). Dicho en sencillo, la Biblia corta por lo sano:
no todo lo misterioso ilumina; hay misterios que solo nublan. Por eso, la fe
bíblica no invita a “manipular” lo invisible, sino a caminar en la luz.
Y además en el
mundo romano los magos y todo lo referente a la magia tenía mala fama. Y eso
que, paradójicamente, emperadores y reyes recurrían a astrólogos, adivinos y
magos. Aun así, solían considerarlos charlatanes. Autores como Tácito los citan
entre las rarezas de Roma, con predicciones, ritos, nigromantes e interpretaciones
de sueños. Y Suetonio recuerda que Tiberio, en el año 19 después de Cristo,
expulsó de Roma a los magos, cuando Jesús tenía alrededor de veinticinco o
veintiséis años.
Entonces, si Mateo
sabe que esa etiqueta no era precisamente prestigiosa, ¿por qué los presenta
así? Hay un motivo y los primeros cristianos lo captaban enseguida, porque
tenían las Escrituras en la cabeza.
Balaán, el mago o adivino
Mateo los describe
como «μάγος» magos porque en el Antiguo Testamento, en el libro de los
Números, capítulos 22 al 24, aparece un personaje de Oriente, Balaán, que ve
salir una estrella (cfr. Nm 22–24). Es una historia muy sabrosa.
El resumen es
este. Israel, saliendo de Egipto, para entrar en la tierra prometida debía
atravesar Moab. Balac, el rey de Moab no lo ve con buenos ojos. Piensa en el
agua de sus pozos, en el grano de sus campos, en el desorden que puede venir
con una multitud cruzando su territorio. Y además oye que Israel es fuerte y
que su Dios derrotó a Egipto. ¿Qué hace? Recurre a la magia. Manda llamar a un
mago famosísimo de Oriente, Balaán, y le pide una maldición contra Israel. Balaán
llega, lo suben a una montaña, comienza a lanzar oráculos… y en vez de
maldecir, bendice a Israel. El rey se desespera y lo va cambiando de montaña,
como si cambiando el paisaje cambiara la verdad. Hasta que Balaán pronuncia un
cuarto oráculo, que es el que aquí interesa. Balaán lanza el oráculo que dice «¡Qué
hermosas son tus tiendas, Jacob, y tus moradas Israel! Como valles espaciosos,
como jardines a la vera del río, como áloes que plantó Yahvé, como cedros a la
orilla de las aguas» (cfr. Nm 24, 5-6).
Balaán se presenta con solemnidad. Dice ser «el hombre de ojo penetrante», el que ve lo que otros no ven. Afirma que escucha palabras de Dios, que conoce la ciencia del Altísimo, que contempla visiones del Omnipotente y que se le retira el velo de los ojos (cfr. Nm 24,3-4.15-16). Está diciendo que recibe luz “de arriba”, y por eso sus anuncios se cumplen.
Y entonces llega
la frase clave. «Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca:
de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel» (cfr. Nm 24,17).
¿Qué estrella
es esa? No se trata de un objeto del firmamento, ni de una cometa. Es una
manera de decir que en Israel nacería un rey extraordinario, una
“estrella” destinada a brillar como ninguna.
Todos seguimos una estrella;
el asunto es cuál.
Aquí el evangelio
aterriza en lo que cualquiera entiende. Nosotros también usamos esa imagen.
Hablamos de “estrellas” del cine, del deporte, de la música. Son figuras que se
miran, se admiran, se imitan. Decimos “ha surgido una nueva estrella”.
Pero también sabemos otra cosa. Muchas de esas estrellas acaban siendo fugaces.
Y quien las toma como modelo termina siguiéndolas incluso en sus caídas.
Por eso, dice el
texto, conviene elegir bien qué estrella se contempla y se sigue si uno
quiere acertar con la vida. Y con este relato de los sabios de Oriente,
Mateo quiere decir una cosa muy concreta: Jesús de Nazaret es la estrella
anunciada por Balaán.
No os paséis la
vida esperando otros reyes, otros salvadores de temporada. A Jesús se le ha
entregado un reino que no tendrá fin. Él es la luz que vence la oscuridad del
mundo, una luz que no se apaga. Esta estrella, que es Jesús de Nazaret, no se
pone nunca.
Estos magos representan lo mejor de nosotros.
Y por eso estos
“magos” son los personajes positivos del relato. Nos caen bien por una razón
muy simple. Representan lo mejor de nosotros cuando buscamos con sinceridad.
Somos nosotros cuando estamos a la intemperie, mirando hacia arriba, hacia Dios,
intentando no vivir a ciegas.
En esos buscadores cabemos todos,
por edad y por historia.
La tradición
cristiana los ha retratado de forma muy expresiva: Melchor, el anciano
de cabello blanco y larga barba, el que ofrece el oro, representa a quienes
descubren esa luz cuando ya son mayores. Llega tarde, sí, pero llega, y la
alegría no es menor.
Baltasar, el hombre maduro
de piel oscura, el que ofrece la mirra, representa a quienes la descubren en la
edad adulta y se alegran porque todavía quedan años para caminar con esa luz.
Gaspar, el joven imberbe
y de piel rosada, el que ofrece el incienso, representa a quien tiene la
fortuna de ver esa estrella desde pequeño y ser guiado por ella toda la vida.
Por eso les
tenemos tanto cariño. Porque en ellos están representadas todas las edades y
todos los pueblos. Y porque, en el fondo, esos Magos somos nosotros.
La aparición de la
estrella es motivo de alegría para quien tiene el corazón limpio y busca la
luz. Pero quien vive de tender trampas se incomoda. La luz les molesta,
prefieren moverse en la oscuridad, donde nadie los ve. Y ahora Mateo introduce
en su historia un personaje inquietante. Descubramos quién es.
Cuando la luz aparece,
el miedo se retrata solo.
«Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda
Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y
les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén
de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Mateo lo cuenta
con una frase breve y muy incisiva. «El rey
Herodes se sobresaltó, y con él toda Jerusalén». No es un “me
incomoda” ni un “me preocupa”. Es un temblor interno. Y se nota en el verbo que
elige.
El texto griego lo
dice así: «ἀκούσας δὲ ὁ βασιλεὺς Ἡρῴδης ἐταράχθη καὶ πᾶσα Ἱεροσόλυμα μετ’ αὐτοῦ»,
que traducido es; «Habiendo oído, pues, el rey Herodes, fue agitado; y toda
Jerusalén, con él.»
Mateo lo cuenta
con una frase muy breve, pero por dentro va cargada. «Al oírlo, el rey Herodes
fue agitado, y toda Jerusalén con él» (cfr. Mt 2,3). Todo empieza simplemente
con eso, “al oír”. Herodes no ha visto la estrella, no ha salido a buscar nada.
Solo le llega una noticia. Y esa noticia le basta para perder la calma.
A veces no hace falta ver la luz para que te moleste;
basta con saber que existe.
Mateo incluso
subraya su título, “el rey Herodes”, como si dijera “el que manda”. Pero
la frase lo desmiente. El que se supone que controla la situación, en realidad está
controlado por el miedo. Y el verbo que Mateo usa es muy expresivo. No dice
“se preocupó”. Dice que “fue agitado”, ἐταράχθη (etarajthē). La
palabra trae a la cabeza el mar embravecido, el agua removida en una tormenta.
Herodes queda revuelto por dentro, como si todo su mundo se le hubiera puesto
en oleaje.
El poder que se apoya en el miedo
termina temiendo hasta una estrella.
Y lo más fuerte es
que Mateo no deja el problema en Herodes, como si fuera “un caso clínico”.
Añade «y toda Jerusalén con él».
No dice “unos cuantos”; dice “toda Jerusalén”. Es una manera de hablar
de un ambiente entero, de un mundo entero. Como si la ciudad representara un
sistema completo que se sobresalta cuando aparece algo que no puede domesticar.
Aquí “Jerusalén”
no es solo un punto en el mapa, sino que Jerusalén simboliza la forma
antigua de entender a Dios y la religión; una relación basada en el
intercambio. Yo te doy algo a ti, tú me das algo a mí. Yo cumplo, tú me
proteges. Yo sacrifico, tú me bendices. Y cuando la fe se convierte en ese
cálculo, por fuera puede parecer impecable, pero por dentro se vuelve oscura.
Porque Dios queda reducido a un “mecanismo” que yo manejo con mis méritos. Dicho
en sencillo, Jerusalén simboliza la forma antigua de pensar a Dios y de
relacionarse con Él como si fuera un intercambio. Yo te doy algo, tú me das
algo. Yo cumplo, tú me proteges. Yo sacrifico, tú me bendices. Una fe vivida
así puede volverse un comercio disfrazado de devoción. Por fuera todo
impecable, por dentro una negociación constante.
Jerusalén, en el
relato, representa un mundo entero acostumbrado a funcionar de una determinada
manera. Un mundo que se ha habituado a la oscuridad y, cuando llega la luz, no
sabe dónde meterse.
Si la fe se vuelve negocio, la luz incomoda.
Por eso la
estrella no solo guía a los que buscan. También desnuda a quienes prefieren que
todo siga igual. Herodes está agitado porque esta luz anuncia un cambio real.
Jesús viene a derribar los reinos de la opresión y de la tiranía, no con otra
tiranía nueva, sino con un reino de otro estilo. No el reino de los
dominadores, sino el reino de los servidores. El que gobierna, gobierna
sirviendo. El grande no es el que se sienta arriba, sino el que se agacha para
lavar los pies al hermano (cfr. Jn 13,14-15). Y el primero es el que se hace
servidor de todos (cfr. Mc 10,42-45).
En el Evangelio, la autoridad no se impone;
se gana cuidando.
Esto se entiende
en cualquier lugar; en una familia, en un trabajo, en una comunidad. Hay
personas que solo se sienten seguras si controlan, si ganan, si deciden, si
nadie les mueve la silla. Y cuando aparece alguien que trae otro estilo, que no
juega al poder, que no entra en el chantaje, que vive con libertad, eso
desconcierta. Porque esa persona, sin levantar la voz, está diciendo que se
puede vivir de otra manera.
Por eso los que
viven instalados en el poder suelen moverse en el secreto, en la maniobra, en
la media verdad. La luz les molesta. Herodes no quiere cambiar y hará todo
lo posible por mantenerse donde está.
Y con él se agita
también «toda Jerusalén», es
decir, todos los que se benefician del mundo viejo o, al menos, se sienten más
cómodos en él.
Y aquí está el
punto. La Epifanía no es solo una escena bonita. Es una luz que obliga a
elegir. O sales a buscarla como los Magos, o te quedas dentro, defendiendo lo
de siempre. Y entonces, aunque por fuera parezcas tranquilo, por dentro el mar
se te llena de tormenta.
Herodes fue agitado
La forma verbal
griega es ἐταράχθη (etarajthē), “fue agitado”, “quedó sacudido”.
Es la misma familia de palabras que se usa para describir el agua cuando se
revuelve, como el mar con oleaje fuerte. No es el miedo discreto que se guarda
en un cajón, es el miedo que hace ruido, el miedo que remueve todo por dentro.
Lo que no está limpio por dentro,
se agita cuando llega la luz.
Y aquí aparece un
paralelo muy sugerente. Ese mismo verbo lo usa Flavio Josefo al hablar del
terror del faraón y de los egipcios cuando se enteran del nacimiento y
la procedencia de Moisés, el que iba a romper una esclavitud que parecía
eterna (cfr. Ex 2,15). En cuanto se intuye que llega alguien que puede cambiar
las reglas, a los “faraones” les entra el pánico. No es solo una reacción
personal, es un reflejo del sistema.
Porque Herodes no
era un señor con “mala tarde”. Vivía sobre un trono con piernas torcidas. Era
un rey ilegítimo, y cuando uno sabe que su poder no descansa en la verdad sino
en el miedo, entonces vive con miedo. Por eso había mandado matar a una docena de
familiares, por si acaso alguno le hacía sombra. El poder inseguro se vuelve
voraz, siempre necesita eliminar riesgos, aunque sean imaginarios.
No es crónica. Es parábola.
Y por eso va directa al corazón.
«Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le
precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén,
diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo
encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
A estas alturas
queda bastante claro que no estamos ante el relato de un hecho contado como
crónica. Lo que estamos escuchando es una parábola compuesta por Mateo, un
relato armado para que entendamos algo de fondo.
Y eso se nota,
sobre todo, en cómo aparece Herodes. El Herodes histórico fue un hombre muy
hábil, astuto, inteligente y además culto. No tiene nada que ver con el
personaje ingenuo y casi despistado que sale aquí. Con las guardias bien
entrenadas que tenía, repartidas por cada rincón de su reino, no habría
necesitado esperar a que aquellos sabios volvieran para decirle dónde estaba el
niño. Si esto fuera “periodismo”, no encajaría.
Entonces la
pregunta es inevitable. ¿Por qué Mateo pone en escena a un Herodes tan torpe,
incluso un poco ridículo?
Porque Mateo
está hablando a cristianos de sus comunidades que viven perseguidos. Y nos
habla también a nosotros, cuando a veces nos entra el temor de que las
tinieblas del mundo puedan acabar venciendo a la luz de la estrella, que es
Jesús de Nazaret. Y el mensaje que quiere clavar es este.
No tengáis miedo.
Los grandes de este mundo, los que traman en la oscuridad contra la luz,
parecen listos, parecen invencibles. Pero Dios desenmascara sus maniobras.
Dios les da la vuelta. Dios termina dejando sus astucias en evidencia.
La oscuridad impresiona, pero no gobierna.
Mateo no está
diciendo que el mal no exista, ni que no haga daño. Está diciendo otra cosa.
Está diciendo que su supuesta “invencibilidad” es, en el fondo, apariencia. Y
que, por mucha estrategia que acumulen, delante de Dios acaban quedando como lo
que son. Planes que se creen inteligentes y terminan siendo ridículos.
Dios no compite
con la oscuridad. La luz, cuando es luz, se impone por sí misma.
Si quieres ver la estrella,
hay lugares mentales de los que tienes que salir.
«Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de
pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a
pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de
inmensa alegría».
Fijaos en un
detalle. En Jerusalén, donde el poder está en manos de Herodes y de los
jefes religiosos, la estrella ya no se ve. Vuelve a aparecer a los Magos
cuando salen, cuando se alejan de esa ciudad (cfr. Mt 2,9-10). Es como si el
relato te dijera que, cuando te quedas pegado a cierto “ambiente”, hay cosas
que se apagan por dentro y ni te das cuenta.
Jerusalén actúa y piensa como todo el mundo
Aquí Jerusalén
representa la condición del “mundo viejo”. Un modo de vivir donde la mente y el
corazón se vuelven oscuros, no porque falte información, sino porque se empieza
a razonar con criterios que parecen muy sensatos para nosotros, pero que no
tienen nada que ver con los criterios de Dios. Y al final uno termina
llamando “sabiduría” a lo que solo es conveniencia, orgullo o miedo.
Mateo, diría yo,
nos deja tres mensajes muy concretos.
El primero es
sencillo. Si quieres ver la luz de la estrella, tienes que despegarte de esa
ciudad. Y “esa ciudad” no es un mapa, es una manera de pensar, de
reaccionar, de actuar como actúa todo el mundo. Es eso que hoy llamamos
mundanidad. No hace falta irse al desierto. A veces basta con dejar de vivir en
piloto automático.
Hay una señal infalible
para saber si sigues dentro.
Y aquí viene el
segundo mensaje. Quizá tú te preguntas cómo puedes saber si todavía estás “en
la ciudad envuelta en tinieblas” o si ya has salido. Mateo da un signo
inequívoco: La tristeza. Quien no acoge la luz de Cristo no experimenta la
alegría. En cambio, los Magos sienten alegría cuando salen de Jerusalén,
cuando vuelven a ver la estrella y se dejan guiar por ella (cfr. Mt 2,10).
Es más, el texto
lo subraya con solemnidad. Es la primera vez que en Mateo aparece la palabra
“alegría”, y lo hace por todo lo alto. En griego dice «ἐχάρησαν χαρὰν μεγάλην
σφόδρα» (ejárēsan jarán megálen sfódra), que literalmente sería “se
alegraron con una alegría grande, inmensa”. No es una sonrisa de
compromiso. Es esa alegría que te recoloca por dentro.
Si quieres
experimentar esa alegría, nos dice Mateo, acoge la luz de la estrella. Y
entonces te pasa algo muy humano. Empiezas a ser tú. Encuentras paz contigo
mismo, notas armonía interior, te sientes en tu sitio.
Contar con noches no es pesimismo,
es realismo.
Tercer mensaje.
Mete en la cuenta que habrá momentos en los que, como les ocurrió a los Magos, también
tú puedes perder de vista la estrella. Y entonces llega la oscuridad, el
miedo, las dudas, la incertidumbre. Incluso se te pueden apagar las esperanzas.
Recuerda cómo
reaccionaron ellos. Cuando perdieron de vista la estrella, no cambiaron de
camino ni tiraron la toalla. No abandonaron la dirección de su vida. Siguieron
buscando la luz, y la estrella reapareció más luminosa que antes. Eso también
puede ocurrirte a ti, si mantienes un corazón limpio como el de ellos.
Descubramos ahora
qué sucede cuando los Magos encuentran la estrella en brazos de su madre,
María.
Los regalos de los Magos no salen de la nada,
salen de una promesa.
«Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre,
y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron
regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para
que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino».
¿De dónde sacó
Mateo esos tres regalos que pone en manos de los Magos?
Los primeros
cristianos lo habrían identificado al vuelo, porque conocían bien las
Escrituras. Y nosotros también lo vemos claro, porque lo escuchamos en la
primera lectura de esta fiesta (cfr. Is 60, 1-6): «Te cubrirá una multitud
de camellos, dromedarios de Madián y de Efá. Todos los de Saba llegan trayendo
oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor».
Mateo está mirando al capítulo 60 de Isaías,
un texto de ánimo y esperanza dirigido a Jerusalén en un momento difícil de su
historia (cfr. Is 60,1-6). Allí se anuncia que un día la ciudad quedará
envuelta por una luz deslumbrante, como si el Señor mismo la vistiera de
fiesta. Y atraídos por esa luz, los pueblos y sus reyes se pondrán en camino
llevando sus riquezas.
El profeta incluso
baja al detalle. Habla de caravanas, de camellos y dromedarios que llegan, y
menciona a Sabá. Dice que traerán oro e incienso y anunciarán las glorias del
Señor (cfr. Is 60,6). Así se entiende también por qué la tradición cristiana
imaginó siempre a los Magos llegando a Belén montados en camellos y
dromedarios. No es un capricho decorativo. Es que los primeros creyentes
reconocían enseguida a qué profecía estaba guiñando Mateo.
La mirra
es el lenguaje del amor
Pero hay un
problema. En Isaías aparecen el oro y el incienso, no aparece la mirra. ¿De
dónde sacó Mateo ese tercer regalo, la mirra? El texto nos lleva al Cantar de
los Cantares, donde la mirra aparece repetida una y otra vez, hasta ocho veces
(cfr. Cant 1,13; 3,6; 4,6.14; 5,1.5.13). Allí la mirra, junto con el nardo, es
perfume y lenguaje del amor.
Cuando el Evangelio habla de regalos,
en realidad está hablando del corazón.
Y entonces la
pregunta ya no es “qué trajeron”, sino “qué significa”. ¿Qué quieren decir
esos tres dones ofrecidos al nuevo rey?
El
oro es poner lo mejor de nosotros mismos al servicio de Dios
El oro es lo más
valioso. Ofrecerlo significa poner a disposición del Reino todo lo que uno
tiene de “oro”, es decir, lo mejor de su vida, sus recursos, su tiempo, su
energía. Mateo quiere que nos reconozcamos en los Magos y que, como ellos,
pongamos nuestro “oro”, nuestra propia vida, al servicio del Reino de Dios.
El
incienso es el olor al servicio del hermano
El incienso era
característico del servicio sacerdotal. Solo los sacerdotes podían entrar en el
santuario para ofrecerlo. Mateo da a entender que quien se adhiere a la luz de
Cristo y de su Evangelio se convierte en “sacerdote” en este sentido. Está llamado
a ofrecer a Dios un culto que le agrada. Y el incienso que le agrada no es humo
bonito, es el perfume del amor, el olor del servicio al hermano.
La fe, cuando es de verdad,
huele a servicio.
La
mirra es el símbolo del amor esponsal
Y queda el tercer
don, la mirra. Es símbolo del amor esponsal. Quien se inclina ante el nuevo rey
y le ofrece mirra reconoce algo decisivo. Dios no es un amo, ni solo un
legislador, ni un justiciero como enseñaban los escribas a los fariseos. Es
un esposo. Y quien ofrece la mirra reconoce al verdadero Dios que es amor,
solo amor, el que ama a cada persona sin condiciones.
Quien se ha enamorado de la luz de Cristo
ya no recorre las rutas de antes
El relato termina
con los Magos regresando a su tierra por otro camino. Mateo nos está diciendo que quien ha visto la
estrella, que es Cristo, y se ha enamorado de su luz, ya no vuelve por las
rutas de antes. Algo cambia. La dirección interior ya no es la misma.






