martes, 19 de mayo de 2026

El Espíritu Santo: El Espíritu Santo: el Huésped que hace de la casa una iglesia viva - Segundo momento del retiro

 

El Espíritu Santo:

El Espíritu Santo: el Huésped que hace de la casa una iglesia viva

El Altar y el pasillo no están separados

Cuando la Eucaristía baja al Pasillo

 Segundo momento del retiro


Hay casas que se entienden desde la puerta de entrada. Otras, desde la cocina, desde el comedor, desde el patio o desde una sala donde siempre hay alguien esperando. Una casa de las Hermanitas se entiende desde la capilla. No porque la capilla sea un refugio para escapar de la vida, sino porque allí la vida vuelve a su fuente. Allí llegan, aunque nadie los nombre todos, los ancianos de la casa, las hermanas, los turnos, las conversaciones pendientes, las heridas, las alegrías pequeñas, los cuerpos cansados, las familias que acompañan y las que no, las muertes recientes, los silencios que pesan y también esa gratitud discreta que a veces sostiene más que muchas palabras.

Una casa así tiene que funcionar. Claro que sí. Hay medicinas, comidas, aseos, visitas, llamadas, urgencias, habitaciones, ropa, administración, noches, imprevistos. Cuando alguien depende de otros para levantarse, tomar una medicina o comer con calma, el amor necesita orden. Pero una casa de las Hermanitas no puede vivir sólo de orden. Una residencia puede estar limpia, organizada, puntual, y aun así resultar fría. Puede funcionar bien y no hacer que nadie se sienta en casa. Vuestra casa está llamada a algo más delicado: ser un hogar donde Cristo siga siendo recibido en los más frágiles.

Ahí actúa el Espíritu Santo. No viene a sustituir vuestro trabajo ni a evitaros el cansancio. Viene a dar alma a lo que hacéis. Viene a impedir que el servicio se convierta sólo en tarea, que la comunidad se vuelva sólo convivencia, que la Eucaristía quede reducida a costumbre y que el anciano sea visto únicamente como dependencia.

El Espíritu Santo hace que la

Eucaristía baje al pasillo.

Esto es muy concreto. Una hermana comulga quizá sin sentir demasiado, con el cuerpo cansado y la cabeza llena de pendientes. Pero después entra en una habitación con un poco más de paz. Otra frena una palabra que iba a salir seca. Otra se sienta un minuto junto a una anciana inquieta. Otra acompaña al comedor a un residente que camina despacio, aunque por dentro tenga prisa. No parece nada extraordinario. Pero ahí la Eucaristía ha salido de la capilla. Ha bajado al pasillo. Se ha hecho paciencia, mirada, mano, cuidado.

El altar y el pasillo no son dos mundos separados. Si el pasillo no vuelve al altar, se queda sin fuente. Si el altar no baja al pasillo, la comunión queda incompleta en la vida. El Espíritu Santo une esos dos lugares: lo que Cristo entrega en la Eucaristía y lo que una hermana entrega después en lo pequeño.

La casa nace del altar

La Eucaristía no es una pausa entre tareas. Es la fuente. Una casa que cuida tanto necesita volver cada día al Amor que no se agota. Porque hay una forma de entregarse que nace sólo de la presión y termina secando el corazón; y hay otra forma de entregarse que nace de la comunión. También cansa, por supuesto. Pero no deja el alma sin aire.

Cristo en la Eucaristía se pone en nuestras manos. Se hace pequeño. Se hace alimento. Se entrega sin ruido. No se impone. No se defiende. No se reserva. Y una hermana, al comulgar, aprende poco a poco que su vida también está llamada a entregarse, pero no como una vela que se consume sola en una habitación cerrada, sino como una vida unida a Cristo, sostenida por Cristo, devuelta una y otra vez a Cristo.

En la Misa hay un momento precioso: la ἐπίκλησις (epíklesis), la invocación del Espíritu Santo. La Iglesia pide que el Espíritu descienda sobre el pan y el vino para que sean el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero no pide sólo la transformación de los dones. Pide también que quienes comulgamos seamos reunidos en un solo cuerpo y en un solo espíritu. Y esto toca directamente la vida de una comunidad.

Porque el Espíritu no quiere transformar sólo el pan y el vino. Quiere transformar también a quienes se acercan al altar. Quiere que la comunión no termine en los labios. Quiere que pase al tono de voz, al modo de corregir, a la obediencia sin resentimiento, a la paciencia con la hermana mayor, a la delicadeza con el anciano que más cuesta, a la palabra que se calla por amor, al perdón que no se aplaza demasiado.

La Eucaristía no sólo alimenta a la hermanita;

quiere convertir la casa en comunión.

Una casa eucarística no termina el día contando sólo cansancios. Aprende también a reconocer beneficios. Gracias por la comunión recibida con fe aunque no hubiera emoción. Gracias por el anciano que hoy se dejó cuidar. Gracias por la hermana que estuvo cerca. Gracias por la paciencia que apareció justo a tiempo. Gracias porque hoy, aunque costó, el amor no se apagó.

Eucaristía significa acción de gracias. No porque todo sea fácil. No porque no haya lágrimas. No porque el cansancio desaparezca. Sino porque Cristo sigue entregándose en medio de todo, y donde Cristo se entrega, la vida nunca queda cerrada del todo.

Cristo entra en las habitaciones cerradas

El Espíritu Santo hace que la salvación de Cristo no quede encerrada en el pasado. La Pascua no es sólo un acontecimiento que recordamos con respeto. Es una vida que llega hoy a la Iglesia. Llega a las heridas, a los cuerpos, a las conciencias, a la vejez, al miedo, al pecado perdonado, a la soledad que a veces no sabe decir su nombre.

Eso son los sacramentos: Cristo tocando hoy la vida por la acción del Espíritu.

En una casa de Hermanitas, los sacramentos no son ideas. Tienen rostro, silencio, habitación, olor a aceite, pan consagrado, lágrimas contenidas, paz recibida. Una confesión después de años no es una práctica religiosa sin más; puede ser una puerta que se abre por dentro. Una comunión llevada a una habitación no es simplemente cumplir un rito; es Cristo entrando donde esa persona quizá ya no puede bajar. Una Unción de los enfermos no es el anuncio frío de un final; es la ternura de la Iglesia diciendo a un cuerpo frágil y a un alma cansada: No estás solo. Cristo camina contigo”.

Quizá habéis visto esa escena muchas veces. Una habitación más silenciosa de lo habitual. Una hermanita que baja la voz. Una familia que no sabe dónde poner las manos. Un anciano que aprieta un rosario, o que apenas responde, o que simplemente mira. El óleo en la frente y en las manos. La oración de la Iglesia. No desaparece el dolor, pero cambia el aire. Como si la habitación recordara que Dios también sabe entrar allí.

El Espíritu Santo hace que Cristo siga entrando

en las habitaciones cerradas de la vida.

Hay ancianos que quizá no recuerdan bien el día, pero recuerdan una oración. Hay quienes no pueden explicar lo que sienten, pero se serenan cuando oyen el nombre de Jesús. Hay quienes arrastran culpas antiguas, heridas familiares, miedos no dichos, y necesitan que alguien les recuerde con delicadeza que Dios no llega tarde.

Y también hay habitaciones interiores en una hermanita. Lugares donde se guarda un cansancio, una resistencia, una culpa, una decepción, una tristeza difícil de nombrar. También ahí quiere entrar Cristo. Una confesión sincera puede devolver oxígeno al alma. Una comunión recibida con pobreza puede sostener una jornada entera. Una palabra del Evangelio escuchada en la liturgia puede tocar justo el punto que una no sabía cómo entregar.

La Penitencia es una respiración necesaria para la comunidad. Una hermanita que se deja perdonar aprende a mirar con más misericordia. Quien ha recibido misericordia puede ser menos dura con la fragilidad ajena. Y eso se nota en la casa. Se nota en cómo se corrige, en cómo se espera, en cómo se vuelve a empezar.

La comunidad también cuida

Una comunidad no nace sólo porque varias personas vivan bajo el mismo techo. Eso puede hacerlo cualquiera. Una comunidad cristiana nace cuando varias mujeres, con edades distintas, caracteres distintos, sensibilidades distintas e historias distintas, dejan que el Espíritu Santo las vaya haciendo familia en Cristo.

Y esto no ocurre en abstracto. Ocurre en la mesa, cuando se nota si hay paz o tensión. Ocurre en el recreo, cuando una vuelve a respirar después de un día pesado. Ocurre en una corrección, que puede hacerse con dureza o con ternura. Ocurre cuando una hermana mayor empieza a necesitar más ayuda y no sabe pedirla. Ocurre cuando una hermana joven trae ilusión, pero también necesita ser acompañada sin que le apaguen el alma. Ocurre cuando una hermana se siente poco vista y, en lugar de encerrarse, se deja encontrar. Ocurre cuando una superiora debe corregir y recuerda que la verdad sin caridad hiere, pero la caridad sin verdad no cura.

El Espíritu Santo se percibe en una comunidad. No porque todas estén siempre de acuerdo. No porque nunca haya roces. No porque nadie tenga días malos. Se percibe porque, después de rozarse como humanas, las hermanas vuelven a elegirse como familia. Vuelven a la caridad. Vuelven al perdón. Vuelven a mirar en la otra no una dificultad que soportar, sino una hermana que Dios ha puesto en el mismo camino.

El Huésped invisible se reconoce

cuando la caridad vuelve a nacer.

Se reconoce cuando una hermanita decide no alimentar una murmuración. Cuando otra ayuda sin recordar después que ayudó. Cuando una pide perdón antes de que la herida se endurezca. Cuando se agradece un servicio pequeño. Cuando se obedece sin guardar dentro una factura secreta. Cuando la comunidad no convierte una diferencia de carácter en una distancia espiritual.

Y esto también cuida a los ancianos. Ellos perciben más de lo que parece. Perciben si una casa está en paz. Perciben si se les atiende con prisa o con ternura. Perciben si la comunidad vive sólo de actividad o si está habitada por amor. Una casa reconciliada evangeliza sin hacer ruido. Una casa donde las hermanas se cuidan entre ellas ayuda a los ancianos a descansar.

No se trata de una comunidad perfecta. Eso no existe. Se trata de una comunidad que deja trabajar al Espíritu. Una comunidad que no llama “carácter” a lo que quizá necesita conversión. Que no se acostumbra a sus durezas. Que no esconde bajo la alfombra lo que debe hablarse con caridad. Que vuelve una y otra vez a la fuente. La comunión de las hermanas también es una forma de cuidar a los ancianos.

Los ancianos también predican

Es verdad que las Hermanitas cuidan a los ancianos. Pero también es verdad que los ancianos, muchas veces sin saberlo, evangelizan a la casa.

Hay ancianos que ya no pueden hacer casi nada y, sin embargo, enseñan a esperar. Hay ancianas que rezan con pocas palabras y recuerdan que, al final, la fe se vuelve sencilla. Hay personas con la memoria rota que conservan una jaculatoria como quien conserva una lámpara encendida. Hay ancianos que no hablan mucho, pero cuando reciben la comunión parecen decir con todo el cuerpo: “Esto era lo importante”. Hay otros que son difíciles, sí, y quizá precisamente ahí enseñan una paciencia que no se aprende en los libros.

Un anciano puede enseñar a una hermanita a distinguir lo urgente de lo eterno. Puede recordarle que la vida pasa, que el cuerpo se desgasta, que sólo el amor permanece. Puede hacerle comprender que acompañar no siempre es resolver; a veces acompañar es estar, escuchar, sostener una mano, rezar despacio, permitir que alguien no se sienta solo en su miedo.

En un mundo que huye de la fragilidad, los ancianos son una predicación silenciosa. Nos dicen, sin discursos: no sois dueños de la vida; no sois sólo lo que producís; no sois vuestro rendimiento; aprended a recibir; aprended a despedir; aprended a esperar.

El Espíritu Santo también

habla a través de la fragilidad de los ancianos.

Y esto pide una mirada muy fina. Si una hermanita mira sólo desde el cansancio, verá llamadas, repeticiones, dependencias, exigencias. Si el Espíritu le ensancha la mirada, empezará a reconocer maestros escondidos. Personas que, incluso en su pobreza, pueden acercarla más a Cristo.

La valentía humilde de cuidar

lo que no cuenta para el mundo

Santa Teresa de Jesús Jornet no soñó sólo casas bien atendidas. Soñó hogares donde el anciano desamparado pudiera sentirse hijo, esperado, acompañado hasta Dios. Ese carisma es profundamente evangélico, y hoy resulta casi contracultural. Porque vivimos en un mundo que corre, selecciona, mide, calcula, premia lo útil, lo joven, lo rápido, lo rentable. Un mundo donde tantas veces parece que sólo cuenta quien produce, quien decide, quien puede, quien responde, quien conserva fuerzas.

Vosotras, con vuestra vida, decís otra cosa: que una persona no vale por lo que produce; que la fragilidad no elimina la dignidad; que el final de la vida puede ser acompañado con amor; que Cristo sigue escondido en los pequeños, en los lentos, en los dependientes, en quienes ya no tienen nada que demostrar.

Jesús es el Χριστός (cristós), el Ungido. Y χρῖσμα (crísma) significa unción. Ser cristiana es participar de esa unción de Cristo. En la Confirmación, el Espíritu fortalece para no avergonzarse de Cristo ni de su cruz. Para una Hermanita, esto tiene un sentido muy concreto. No se trata sólo de hablar de Cristo en voz alta, aunque también. Se trata de vivir de Cristo cuando el mundo no entiende una entrega así. Se trata de seguir creyendo que un anciano frágil vale infinitamente. Se trata de custodiar el pudor de un cuerpo dependiente. Se trata de defender la dignidad de quien ya no puede defenderse. Se trata de acompañar la muerte sin huir, sin esconderla, sin convertirla en fracaso.

El Espíritu da παρρησία (parresía), una valentía humilde. No es orgullo, ni dureza, ni necesidad de imponerse. Es libertad interior para hacer el bien sin pedir permiso al miedo. A veces esa valentía es muy silenciosa: permanecer junto a quien nadie visita, rezar con quien tiene miedo, tratar con dulzura a quien no sabe agradecer, hablar de Dios con naturalidad, seguir cuidando cuando nadie lo ve.

Cuidar ancianos desamparados es una forma silenciosa de confesar a Cristo en medio de un mundo donde la fragilidad casi nunca cuenta.

Los dones del Espíritu se vuelven entonces muy concretos. Sabiduría para ver dignidad donde otros sólo ven deterioro. Consejo para saber cuándo hablar y cuándo callar. Fortaleza para permanecer sin endurecerse. Piedad para servir como hijas y no como funcionarias de Dios. Temor de Dios, que no es miedo, sino reverencia, para tocar cada vida como algo sagrado.

Y los frutos también se ven. Amor cuando habría sido más fácil cumplir sin implicarse. Paz cuando la casa podría contagiarse de tensión. Paciencia con quien repite lo mismo. Mansedumbre cuando el cansancio empuja a contestar mal. Fidelidad en lo escondido. Dominio de sí cuando una palabra puede cuidar o puede herir.

No hace falta explicarlo mucho. Una casa con frutos del Espíritu se nota. Tiene otra temperatura.

Acompañar el atardecer

con esperanza

En una casa de ancianos, la esperanza no puede ser una palabra ligera. Aquí la esperanza se prueba. Se prueba junto a una cama. Se prueba cuando una respiración se vuelve más débil. Se prueba cuando una familia llora. Se prueba cuando una hermana sale de una habitación sabiendo que esa despedida le ha tocado más de lo que esperaba. Se prueba cuando la muerte se acerca y ya no sirven frases hechas.

El Espíritu Santo es prenda de la gloria futura. San Pablo usa una palabra preciosa: ἀρραβών (arrabón), garantía, anticipo, prenda. Quiere decir que lo que Dios ha comenzado en nosotros no quedará a medias. La vida que el Espíritu siembra no termina en la tumba.

La fe cristiana no elimina el dolor de despedir. Jesús lloró ante la tumba de su amigo. La fe no convierte a una hermana en piedra. Pero abre una ventana que la muerte no puede cerrar. Nos recuerda que la última palabra no la tienen el deterioro, la enfermedad, la soledad ni la muerte. La última palabra la tiene Cristo resucitado.

Por eso acompañar a un anciano en sus últimos días no es sólo asistir al final de una biografía. Es custodiar una esperanza. Es estar junto a una persona llamada al encuentro definitivo con Dios. Es cuidar el cuerpo que se apaga y, al mismo tiempo, honrar el alma que está llamada a la vida eterna. Es hacer que nadie atraviese ese umbral sintiéndose abandonado.

El Espíritu Santo es una semilla de eternidad

en medio de nuestra vida frágil.

A veces esa esperanza se percibe en una paz que llega al final, en una reconciliación antes de partir, en una comunión recibida con deseo, en una mirada que se serena, en una hermana que acompaña sin miedo porque sabe que esa vida no cae en la nada, sino en Dios.

Y entonces la casa entera aprende algo que el mundo olvida: la vejez no es un descarte, la fragilidad no es una vergüenza, la muerte no es la nada, y toda vida, hasta el último suspiro, merece amor.

Volver a los pasillos

Al terminar este segundo momento, quizá no hace falta llevarse muchas ideas. Tal vez basta una certeza sencilla: el Espíritu Santo está trabajando en esta casa.

Trabaja en la capilla y en la enfermería. En la Eucaristía y en la lavandería. En la comunión llevada a una habitación y en la paciencia de una hermana. En la Unción de los enfermos y en una conversación comunitaria que se reconcilia. En la hermana que se deja perdonar. En el anciano que se siente persona. En la muerte acompañada con esperanza. En la gratitud pequeña al final del día.

No siempre se le ve. Pero se le percibe.

Se percibe cuando la casa vuelve a respirar. Cuando la comunidad vuelve a elegirse como familia. Cuando el anciano deja de sentirse carga. Cuando la hermana cansada no se endurece. Cuando la Eucaristía no queda encerrada en la capilla, sino que baja al pasillo en forma de ternura.

Quizá esta noche una hermana no tenga muchas palabras. Sólo nombres. Rostros. Una pena. Alguna gratitud pequeña. Y eso basta. El Espíritu sabrá convertirlo en oración. Señor, hoy también has estado aquí: en el altar, en el pasillo, en la habitación, en la hermana, en el anciano, en la paz que volvió. 

Preguntas para la oración personal

¿Dónde percibo más claramente la presencia del Espíritu Santo en esta casa? ¿Qué sacramento necesito vivir con más fe, no como costumbre, sino como fuente? ¿Qué anciano me está enseñando algo de Dios sin saberlo? ¿Qué fruto del Espíritu necesita más mi comunidad: paz, paciencia, alegría, mansedumbre, fidelidad, dominio de sí? ¿Dónde necesita mi casa pasar de funcionar bien a respirar más Evangelio? ¿Cómo puedo acompañar la fragilidad y la muerte con más esperanza cristiana?


Invitación al silencio

Quédate un momento delante del Señor y mira la casa por dentro.

La capilla. Los pasillos. Las habitaciones. Los rostros. Las hermanas. Los ancianos. Los nombres que llevas en el corazón. Y repite despacio:

Ven, Espíritu Santo.
Respira en esta casa.
Haznos comunión.
Devuélvenos a la Eucaristía como fuente.
Danos tus frutos.
Enséñanos a cuidar con esperanza.
Haz de esta casa un hogar donde Cristo sea amado.

Quédate ahí. Sin prisa.

El Huésped que no se ve ya estaba en la casa antes de que tú llegaras.

El Espíritu Santo: El Huésped divino que sostiene, consuela y enseña a dar gracias - Primer momento del retiro

 

El Espíritu Santo:

el Huésped divino que sostiene, consuela y enseña a dar gracias

 Primer momento del retiro


Cuando la casa empieza a despertar

Hay casas que aman antes de que el día esté del todo despierto. Una hermana cruza el pasillo, quizá todavía con sueño, y ya lleva dentro varios nombres. La anciana que ha pasado mala noche. El anciano que hoy no querrá desayunar. La que pregunta una y otra vez por una hija que no viene. El que necesita más una palabra que una medicina. La que últimamente está más callada. El que se enfada con todos, aunque tal vez lo que tiene no es mal carácter, sino miedo.

En una casa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados no se cuidan “ancianos” en general. Se cuidan rostros. Historias. Cuerpos cansados. Memorias que se van deshilachando. Almas que siguen necesitando ternura.

Se cuida a personas que han amado, trabajado, sufrido, pecado, esperado, rezado quizá a su manera. Personas que tal vez ya no pueden contar bien su vida, pero siguen llevando dentro una vida entera. Y una vida entera no se trata deprisa.

También está vuestra vida: la capilla, la sala de la colada de la ropa, la sala de la plancha, el comedor, la enfermería, la sala de comunidad, los silencios, las despedidas, las pequeñas alegrías, las conversaciones que cuestan, la hermanita con la que una tiene más roce, la preocupación por las vocaciones, la propia edad, el cansancio que unas veces se nota en la espalda y otras se instala más discretamente en el alma.

Hay días luminosos. Y hay días espesos. Por eso el Evangelio del Cenáculo queda tan cerca. Los discípulos estaban encerrados. Tenían miedo. No era sólo miedo a los de fuera. Era miedo por dentro. Habían prometido mucho y habían huido. Habían amado al Señor, pero se habían descubierto débiles. Y cuando una persona se descubre débil, a veces cierra la puerta.

Jesús resucitado entra. No les pide explicaciones. No les pasa factura. Se pone en medio, les dice: “Paz a vosotros”, les muestra las manos y el costado para que le reconozcan. Esas manos son como un libro abierto que nos cuentan su vida, sus desvelos, sus sacrificios, sus caricias y toda su entrega; y después sopla sobre ellos: “Recibid el Espíritu Santo” (cfr. Jn 20,22).

No les da primero un programa. Les da su Espíritu. Cristo no entrega el Espíritu desde una vida intacta, sino desde unas heridas glorificadas. Y esto tiene una fuerza inmensa para quien cuida heridas ajenas llevando también las propias.

El Espíritu Santo es el aliento de Cristo resucitado en medio de nuestras puertas cerradas.

También puede haber puertas cerradas en una hermana. Una tristeza que no se cuenta. Un cansancio que empieza a salir en el tono de voz. Una impaciencia que después pesa. Una herida comunitaria. Una rutina buena, incluso santa, pero que ha perdido algo de alma. Una pregunta que quizá no se dice en alto: “Señor, ¿podré seguir cuidando con alegría?”. Cristo entra ahí.

No empuja la puerta con violencia. No avergüenza a quien ya viene cansada. Se pone en medio, como en el Cenáculo, y trae una paz que no humilla. Y sopla.

El Huésped que no se ve

En una casa tan grande como esta hay presencias que se ven enseguida: un anciano junto a la ventana, una hermanita que sirve el desayuno, una cama preparada, una mano que ayuda a levantarse, una silla de ruedas que avanza despacio, una lámpara encendida en la capilla.

Pero hay otras presencias que no se ven tanto y, sin embargo, se perciben. Se percibe si una casa está en paz. Se percibe si hay prisa o si hay ternura. Se percibe si una comunidad se mira con cariño o sólo se soporta.

Los ancianos y las hermanitas más mayores perciben más de lo que a veces creemos. Hay corazones mayores que quizá ya no recuerdan bien todos los nombres, pero reconocen muy bien cuándo son tratados como personas y cuándo como tareas.

En esta casa hay también un Huésped que no se ve. No ocupa una habitación. No aparece en los turnos. No llama al timbre ni toca esa campana tan sonora. No necesita cuidados. Y, sin embargo, sostiene la casa por dentro. El Espíritu Santo es ese Huésped divino. No se le ve como se ve a una persona sentada en el comedor, pero su presencia se percibe cuando la caridad vuelve a nacer donde parecía gastada.

Se percibe cuando una hermanita iba a responder con dureza y encuentra una palabra más suave. Cuando otra ayuda sin que nadie se lo pida. Cuando una anciana inquieta se calma porque alguien la mira sin prisa. Cuando un anciano difícil vuelve a sentirse digno. Cuando una comunidad, después de una tensión, no deja que el enfado se prolongue.

El Espíritu Santo no suele hacer ruido. Pero deja huella. Deja una paz que no se compra. Una ternura que no venía sólo del carácter. Una fortaleza que no era simple aguante. Una alegría pobre, pero limpia. Una capacidad nueva de empezar otra vez.

Cuando la Iglesia dice: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”, está confesando a Dios mismo. El Espíritu Santo no es una energía religiosa, ni una emoción de los días buenos, ni una ayuda exterior para cuando ya no podemos más. Es Persona divina. Es verdadero Dios. Es el Amor personal de Dios que se nos da.

El Espíritu Santo no es sólo un don que recibimos; es el Dador en persona. Una comunidad no se sostiene sólo por horarios, experiencia, buena voluntad o carácter. Todo eso hace falta. Pero una casa evangélica necesita algo más hondo: necesita respirar a Dios.

Y cuando una casa respira el Espíritu, no significa que no haya problemas. Significa que, en medio de los límites, el amor vuelve a tener la última palabra.

El cansancio que

no aparece en el horario

Hay un cansancio que no se ve en el horario. Una hermanita se levanta, reza, sirve, organiza, responde, acompaña, sonríe. Por fuera todo sigue. Pero por dentro, a veces, algo se seca un poco: la alegría, la ternura, la capacidad de sorpresa, el gusto por la vocación, la paciencia ante lo que se repite.

No siempre es una crisis grande. A veces es una pequeña erosión. Una gota diaria. Una frase que dolió. Un servicio no agradecido. Una muerte que dejó más huella de lo esperado. Una familia que exige mucho y acompaña poco. Un anciano que agota. Una hermanita con la que cuesta. La sensación, quizá dolorosa, de que el mundo ya no entiende una entrega así.

Y aun así, la hermanita vuelve. Vuelve a escuchar. Vuelve a colocar bien la almohada. Vuelve a acompañar al comedor. Vuelve a rezar junto a una cama. Vuelve a llamar por su nombre a quien teme haberse vuelto invisible. Vuelve a mirar con un cariño sincero a la hermanita con la que había discutido muy acaloradamente hace un rato. Ahí el Espíritu Santo no es una teoría.

La Biblia habla del Espíritu con palabras que respiran. En hebreo, רוּחַ (rúaj) significa viento, soplo, aliento, espíritu. En griego, πνεῦμα (pnéuma) conserva ese sabor de aire y de vida. El Espíritu es el aliento de Dios. El que crea, sostiene y recrea. El que habló por los profetas. El que desciende sobre Jesús. El que Cristo resucitado sopla sobre los discípulos encerrados. El que sigue respirando en una casa cuando el cansancio amenaza con cerrar el corazón.

El Espíritu Santo

sostiene a quienes sostienen.

A veces sostiene como una fuerza humilde para hacer lo que toca. A veces como una ternura que una no sabe de dónde ha salido. A veces como paciencia cuando la paciencia natural se terminó. A veces como libertad para no contestar desde la herida. A veces como una pequeña alegría al ver sonreír a un anciano que llevaba días triste.

Y no sostiene sólo en la capilla. También en el pasillo, en el comedor, en la enfermería, en la lavandería, en la administración, en una llamada con la familia, en una habitación donde alguien se está apagando, en ese instante en que una hermanita respira hondo antes de entrar porque sabe que necesita entrar con paz. El Espíritu pasa por lo pequeño. Y lo pequeño, cuando se hace con amor, deja de ser pequeño.

Cuidar cuerpos,

custodiar almas

Cuidar los cuerpos para salvar las almas”. Esta frase no debería envejecer nunca. Tiene una hondura enorme. Hoy quizá la entendemos con más fuerza que nunca, porque vivimos en un mundo que admira el cuerpo joven, fuerte, productivo, autónomo. El Evangelio enseña otra mirada.

Santa Teresa de Jesús Jornet comprendió que un cuerpo anciano no es un resto de vida, sino una vida entera que debe ser cuidada con reverencia. No se trata sólo de atender necesidades. Se trata de custodiar una dignidad.

El cuerpo anciano, el cuerpo lento, el cuerpo dependiente, el cuerpo enfermo, el cuerpo que necesita ayuda para levantarse, comer, asearse, caminar, dormir o rezar, no es una carga sin más. Es una vida sagrada.

El anciano no es una tarea. No es un número. No es una cama ocupada. No es un problema de organización. No es sólo alguien que necesita cosas.

Es una persona. Es historia sagrada. Es alguien amado por Dios. Es alguien en quien Cristo espera ternura.

San Pablo dice que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (cfr. 1 Cor 6,19). Esto tiene una fuerza especial en vuestro carisma. Cuidar un cuerpo frágil no es ocuparse de algo que se estropea. Es acercarse a una vida que conserva intacta su dignidad ante Dios.

Hay días en que una hermanita entra en una habitación sólo para hacer lo que toca. Pero ve al anciano más triste de lo habitual, se detiene un poco, le arregla la manta, le llama por su nombre, quizá le toca la mano. No ha hecho nada espectacular. Pero ahí ha pasado Dios.

El Espíritu Santo devuelve a la mirada cansada la ternura de Cristo. Una casa de ancianos puede ser una escuela muy seria de contemplación. No sólo de ojos cerrados, sino también de ojos abiertos. Hay que aprender a mirar a Cristo en un rostro envejecido, en una mano temblorosa, en una palabra repetida, en un silencio largo, en una dependencia que a veces incomoda. Y esa mirada no se improvisa. Se pide.

Una hermanita puede empezar el día diciendo: “Espíritu Santo, dame tus ojos. Que hoy no vea sólo tareas. Que no vea sólo cuerpos cansados. Que no vea sólo lo que falta. Que pueda reconocer a Cristo en esta persona que me confías”. Esa oración puede cambiar una jornada.

Hijas que también

necesitan ser cuidadas

San Pablo dice que no hemos recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino un Espíritu de hijos, en el que clamamos: אבא (abbá), Padre (cfr. Rom 8,15). Y también dice que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: אבא (abbá), Padre (cfr. Gál 4,6).

El Espíritu Santo no sólo nos ayuda a portarnos mejor. Nos introduce en la relación de Jesús con el Padre. Nos enseña a vivir como hijas.

El Espíritu Santo nos hace hijos en el Hijo. Esto cambia la oración. Ya no rezamos como quien intenta convencer a un Dios lejano. Cambia la obediencia. Ya no obedecemos como esclavos asustados, sino como hijos e hijas que confían. Cambia la penitencia. Ya no volvemos a Dios como quien entra en una oficina de deudas, sino como quien vuelve a casa herida y necesitada de misericordia. Y cambia también el servicio.

Una hermanita no sirve para ganarse a Dios. Sirve porque ha sido amada primero. No cuida para conseguir un sitio en el corazón del Padre. Cuida porque el Espíritu le ha dado corazón de hija y le enseña a reconocer a Cristo en los ancianos.

A veces la vida religiosa puede llenarse, sin querer, de exigencia interior. Hay que estar bien. Hay que poder. Hay que responder. Hay que cuidar. Hay que sonreír. Hay que llegar. Hay que dar ejemplo.

Pero el Evangelio no empieza por “hay que”. Empieza por un Don. Una hija puede decir: “Padre, hoy no puedo más”. Puede pedir ayuda. Puede llorar sin vergüenza. Puede reconocer su límite sin sentirse mala. Puede descansar. Puede volver a empezar.

Y hay otro aprendizaje, más escondido todavía. Después de una vida cuidando, a veces llega la hora de dejarse cuidar. Y eso también cuesta. Cuesta recibir. Cuesta aceptar que una ya no puede hacer lo de antes. Cuesta no sentirse inútil cuando el cuerpo pone límites. Cuesta dejar que otra hermanita haga por mí lo que tantas veces hice yo por otros.

Pero también ahí trabaja el Espíritu. Enseña a recibir sin vergüenza. A descansar sin culpa. A dejarse querer sin pensar que una estorba. A descubrir que nuestra dignidad no depende de lo que rendimos, sino del amor con que Dios nos mira.

Una casa que cuida necesita dejarse cuidar por Dios. Si una hermanita sólo se exige, tarde o temprano se endurece. Pero si se deja mirar por el Padre, puede volver a amar desde otro lugar. No desde la reserva agotada de sus fuerzas, sino desde el manantial del Espíritu.

La gratitud que

no maquilla el dolor

Dar gracias a Dios no significa negar el sufrimiento. No significa decir que todo está bien cuando no lo está. No significa llamar bueno a lo que hace daño. No significa tapar el cansancio con una sonrisa religiosa. No significa pronunciar frases piadosas mientras el corazón se prohíbe sentir.

La gratitud cristiana no es una máscara. Es una mirada sostenida por el Espíritu. Hay cosas por las que no damos gracias como si fueran buenas en sí mismas: una enfermedad, una pérdida, un abandono, una injusticia, una muerte que duele, una comunidad cansada, una vocación atravesando sequedad. Dios no pide fingir. Pero incluso ahí, en medio de lo que pesa, el Espíritu puede enseñarnos a reconocer beneficios reales. Pequeños, quizá. Pero reales.

Gracias por esta Eucaristía que me sostuvo, aunque yo no sintiera nada. Gracias por esta hermanita que hoy me escuchó. Gracias por ese anciano que sonrió después de días de tristeza. Gracias por esa reconciliación antes de morir. Gracias porque hoy pude pedir perdón. Gracias porque, a pesar del cansancio, sigo deseando amar.

Dar gracias no niega el dolor; impide que el dolor cuente la historia entera. La gratitud abre una ventana cuando la tristeza quiere cerrarlo todo. Nos devuelve memoria. Nos recuerda que no todo es pérdida, no todo es peso, no todo es noche.

Una hermanita agradecida no es ingenua. Es una mujer con memoria de Dios. Sabe que cuidar cansa. Sabe que algunas despedidas dejan una habitación demasiado silenciosa. Sabe que hay días en los que una llega a la capilla con el alma desordenada. Pero también sabe que Dios sigue pasando: en una visita, en un sacramento, en una palabra oportuna, en un perdón, en un anciano que muere acompañado y no solo.

El cansancio reduce la mirada. El Espíritu la ensancha para que todavía podamos reconocer los beneficios de Dios. Quizá al final del día no haga falta repasar toda la vida. Bastará con llevar al Señor tres cosas: un cansancio concreto, un rostro concreto y una acción de gracias concreta. “Señor, hoy también has estado en esta casa”. Y esa acción de gracias protege el corazón.

Cuando una ya no sabe

qué decir

Jesús llama al Espíritu Santo παράκλητος (paráklētos), Paráclito: defensor, consolador, abogado, intercesor, maestro interior; que nos defiende y educa para que no pensemos al modo mundano, sino buscando las cosas del Cielo.  Esto importa mucho cuando la vida duele.

Hay pruebas que no sólo hacen sufrir; descolocan por dentro. Una comunidad cansada. Una crisis de fe. Una vocación que atraviesa sequedad. Una hermanita que se siente sola. Un anciano que se apaga lentamente. Una familia que no aparece. Una muerte que deja la habitación demasiado vacía. La falta de vocaciones. La sensación, a veces dolorosa, de que el mundo ya no entiende una entrega así.

A veces una sigue creyendo, pero no sabe cómo sostener lo que cree. Sigue rezando, pero con palabras pobres. Sigue yendo a la Eucaristía, pero por dentro está seca. Sigue sirviendo, pero le falta aire.

San Pablo dice que el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos pedir como conviene, y que intercede por nosotros con gemidos inefables (cfr. Rom 8,26).

Cuando la fe ya no sabe hablar, el Espíritu sigue orando dentro. Esta frase puede sostener una vida. Porque hay días en los que rezar no es sentir fervor. Rezar es no marcharse. Sentarse delante del Señor sin saber qué decir. Permanecer. Dejar que Dios mire lo que una no sabe ordenar.

El Paráclito no ofrece un consuelo de escaparate. No dice que no pasa nada. No maquilla las heridas. Hace algo más profundo: nos recuerda que Cristo está en medio, incluso cuando la puerta está cerrada.

El Espíritu no siempre quita la prueba. A veces sostiene dentro de la prueba. Da luz para el paso siguiente, no para entender todo el camino. Da fuerza para levantarse una mañana más. Da paciencia cuando el carácter ya no alcanza. Da la gracia de no tomar decisiones desde el miedo.

A veces esta ayuda llega por caminos muy concretos: una Eucaristía recibida con sequedad, una confesión que devuelve paz, una comunión llevada a una habitación, una unción que acompaña el último tramo del camino, una palabra del Evangelio que vuelve al corazón cuando una creía que ya no podía escuchar nada.

El Espíritu Santo no viene sólo cuando estamos enteras. Viene también cuando estamos cansadas, deshechas o sin palabras.

La comunidad donde

se percibe al Huésped

El Espíritu Santo actúa en cada alma, pero no se queda encerrado en la interioridad. También actúa entre todos nosotros. En la comunidad. En la casa. En esa red invisible de gestos, silencios, servicios y perdones que hace posible la vida común.

Hay comunidades donde se percibe una presencia que no se puede medir. No porque no haya defectos. No porque todas sean iguales. No porque nunca haya roces. Se percibe porque, a pesar de todo, vuelve la caridad.

El Espíritu se nota cuando una hermanita no alimenta una murmuración. Cuando otra ayuda sin que se lo pidan. Cuando alguien pide perdón antes de que la herida se endurezca. Cuando se corrige sin humillar. Cuando se obedece sin resentimiento. Cuando se agradece un servicio pequeño. Cuando se escucha a la hermanita mayor con paciencia. Cuando se acompaña a la hermanita joven sin apagarle el alma.

Se nota también cuando la comunidad no se encierra en sus problemas, sino que vuelve a mirar a los ancianos con ternura. Cuando la capilla no es un lugar para huir de la casa, sino el corazón desde donde se vuelve a la casa con más amor.

El Espíritu Santo es el Huésped invisible cuya presencia se reconoce en la caridad que vuelve a nacer. No se ve, pero se percibe. No hace ruido, pero sostiene. No se impone, pero transforma.

Una comunidad puede tener cansancios, diferencias, historias difíciles, caracteres distintos. Pero si deja entrar al Espíritu, esas diferencias no tienen por qué convertirse en distancia. Pueden convertirse en escuela de amor.

Una casa que cuida ancianos necesita cuidar también su comunión. Porque los ancianos perciben más de lo que a veces creemos. Perciben la paz. Perciben la prisa. Perciben la ternura. Perciben si una casa está habitada sólo por actividad o también por amor.

El Espíritu se percibe cuando la comunidad vuelve a elegirse como familia después de haberse rozado como humanas.

Una sola puerta

Volvamos al Cenáculo. La puerta estaba cerrada, pero Cristo entró. Los discípulos tenían miedo, pero Cristo no se quedó fuera. Había pecado, cobardía, tristeza, memoria de fracaso. Y precisamente ahí sopló.

También hoy Cristo se acerca a nuestras puertas cerradas. A la puerta de la habitación, sí. Pero también a la puerta del corazón. No para humillar. Para dar paz. No para aplastar. Para recrear.

Tal vez hoy no haya que abrir todas las puertas. Sólo una. La que más necesita aire. La que más necesita paz. La que Cristo conoce mejor que nosotras. A veces esa puerta será pedir perdón. A veces volver a rezar sin ganas. A veces aceptar una corrección. A veces ir a confesarse. A veces descansar en Dios. A veces dar gracias por un beneficio pequeño en medio de una prueba grande. A veces mirar de nuevo al anciano con la ternura del primer amor.

No despreciemos lo pequeño. Una pequeña docilidad puede ser el principio de una gran renovación. El Espíritu que entra en el corazón no se queda encerrado en el corazón. Crea comunión, edifica la Iglesia y vivifica los sacramentos.

El mismo Cristo que sopló sobre los discípulos sigue soplando hoy. También en esta casa. También en esta comunidad. También en vuestro cansancio. También en vuestra acción de gracias. Y quizá el primer paso del retiro sea simplemente éste: dejar de defender la puerta.


Preguntas para la oración personal

¿Dónde necesito hoy que Cristo entre y sople su Espíritu?

¿Qué cansancio estoy llevando sola?

¿Qué anciano, hermana o situación me está costando mirar con ternura?

¿Qué beneficio concreto de Dios puedo agradecer hoy?

¿Dónde se me está endureciendo el corazón?

¿Qué pequeña docilidad me pide el Espíritu Santo?


 

 

Invitación al silencio

Ponte ante Cristo resucitado con tus puertas cerradas. No expliques nada. No defiendas nada. No fuerces nada. Deja que Él esté en medio. Deja que sople. Repite interiormente, despacio:

Ven, Espíritu Santo. Entra donde estoy cerrada. Sostén lo que en mí está cansado. Devuélveme la mirada de Cristo. Hazme hija en el Hijo.
Enséñame a dar gracias.
Quédate ahí. El Espíritu Santo ya está orando más hondo que tus palabras.    

sábado, 16 de mayo de 2026

Homilía de la Solemnidad de la Ascensión del Señor (versión abreviada)

 

Homilía de la Solemnidad de la Ascensión del Señor (versión abreviada)

Mt 28, 16-20

 

La Ascensión: Jesús no se va, nos pone en camino

La última página de un libro nunca es una página cualquiera. En ella se recoge el sentido de todo lo anterior. Por eso, los últimos versículos del Evangelio según san Mateo merecen una atención especial: los once discípulos van a Galilea, al monte indicado por Jesús, y allí se encuentran con el Resucitado (cfr. Mt 28, 16-20). Parece el final, pero en realidad es un comienzo. La Ascensión no es Jesús marchándose lejos; es Jesús inaugurando una nueva forma de estar con nosotros. Termina su presencia visible, pero empieza la segunda parte de su historia: la que continúa con la Iglesia, con sus discípulos, con nosotros.

Mateo dice que son once. No doce. Falta Judas. La primera comunidad cristiana no nace perfecta, sino herida. Aquellos discípulos aman a Jesús, pero también han huido, han tenido miedo, han negado, han dudado. Son frágiles. Bastante parecidos a nosotros, solo que sin grupos de WhatsApp parroquiales, que a veces también tienen su pequeña cruz. Y, sin embargo, Jesús no los descarta. No les pasa factura. No dice: “Con este equipo no se puede”. Se acerca a ellos y les confía una misión.

Dios no espera a que seamos perfectos para llamarnos. Nos llama con nuestras heridas, nuestras dudas, nuestras pobrezas. Y precisamente ahí comienza la esperanza.

La cita es en Galilea. ¿Por qué Galilea? Porque allí empezó todo. Allí los discípulos escucharon por primera vez la voz de Jesús. Allí lo vieron curar enfermos, tocar leprosos, perdonar pecadores, sentarse a la mesa con publicanos, mirar a los pobres con una ternura nueva. Galilea es el lugar del primer amor, el origen de la fascinación por el Maestro.

Volver a Galilea significa volver al inicio de la fe. También nosotros podemos preguntarnos: ¿cuál es mi Galilea? ¿Dónde empezó mi historia con el Señor? ¿Dónde descubrí que Jesús no era una idea religiosa, sino una presencia viva? Porque nadie anuncia de verdad a Cristo si antes no ha estado con Él. El discípulo no es un funcionario de lo sagrado; es alguien que ha sido tocado por una presencia.

Pero Mateo añade otro detalle: suben a un monte. Y no es un monte cualquiera. En el Evangelio de Mateo, el monte nos remite al lugar de las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 1-12). Antes de ser enviados, los discípulos deben volver a la escuela del Evangelio. Allí se aprende que el mundo nuevo no nace del poder, del orgullo o de la imposición, sino de los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz.

El monte de las bienaventuranzas es la escuela donde se aprende a mirar como Jesús. A veces nosotros querríamos hacerlo al revés: “Señor, primero dame pruebas, garantías, seguridades, y luego quizá me arriesgo”. Nos gustaría una póliza espiritual con letra grande y devolución asegurada. Pero el Evangelio propone otro camino: primero se sube al monte, primero se acogen las bienaventuranzas, primero se empieza a vivir desde el amor. Y entonces los ojos se abren.

Mateo dice algo sorprendente: al verlo, algunos dudaron. ¡Dudan delante del Resucitado! Este detalle consuela mucho. Jesús no se escandaliza de nuestras dudas. La fe no consiste en tenerlo todo claro, como si pudiéramos meter a Dios en una carpeta bien ordenada. La fe es confiar, buscar, amar, permanecer, incluso cuando por dentro hay niebla.

Hay dudas cómodas, sí, dudas que sirven de excusa para no moverse. Pero hay también dudas honestas, dudas que nacen del deseo profundo de verdad. Benditas las dudas que no nos alejan de Dios, sino que nos obligan a buscarlo con más humildad. Los discípulos dudan, pero no se marchan. Permanecen ante Jesús. Y quizá eso ya es una forma preciosa de fe.

Entonces Jesús se acerca. No habla desde lejos. No da órdenes desde una nube, como quien dirige la obra desde un balcón celestial. Se acerca. Así había sido siempre Jesús: cercano a los enfermos, a los pecadores, a los excluidos, a los que nadie quería tocar. En Él descubrimos que Dios no es un ser distante, perdido más allá de las nubes, que baja de vez en cuando para hacer milagros o repartir castigos. Dios se ha hecho cercano en Jesús.

Y ahora, resucitado, sigue cerca. De otra manera, sí, pero no menos real. Más aún: ahora su presencia ya no está limitada por el espacio y el tiempo. Jesús no se va lejos; cambia su modo de estar cerca.

Después dice: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” (cfr. Mt 28, 18). Pero no habla del poder que nosotros solemos admirar: dominar, imponerse, controlar, salvarse a uno mismo. Ese poder Jesús lo rechazó. Rechazó el poder que le ofrecía el Tentador sobre los reinos del mundo (cfr. Mt 4, 8-10). Rechazó bajar de la cruz para demostrar fuerza (cfr. Mt 27, 40-42). El poder de Jesús es otro: el amor que sirve, levanta y da vida.

Desde ahí se entienden las tres tareas que confía a sus discípulos.

La primera: hacer discípulos a todos los pueblos. Discípulo es el que aprende. Y Maestro, en sentido pleno, solo hay uno: Jesús. Evangelizar no es fabricar seguidores para nuestro grupo, sino acompañar a otros a la escuela de Cristo. No se trata de conquistar pueblos, sino de ofrecerles la bendición del Evangelio.

La segunda tarea es bautizar. En griego, βαπτίζειν (baptízein) significa “sumergir”. Bautizar es sumergir la vida en el amor de Dios: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La humanidad nueva nace cuando dejamos de vivir encerrados en nosotros mismos y entramos en esa corriente de amor que viene de Dios.

La tercera tarea es enseñar a guardar lo que Jesús ha mandado. Pero enseñar no es solo hablar. Las palabras son necesarias, claro, pero lo más convincente es una vida transformada. ¿Qué ha mandado Jesús? En el fondo, una sola cosa: dejarnos mover siempre por el amor. Cuando una persona se vuelve más humana, más libre, más misericordiosa, más servicial, entonces el Evangelio empieza a verse.

Y llega la promesa final: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (cfr. Mt 28, 20). Esa frase sostiene toda misión. En la Biblia, cuando Dios llama a alguien a una tarea grande, casi siempre aparece el miedo: Moisés se siente incapaz, Josué necesita ánimo, Gedeón se ve pequeño, Jeremías demasiado joven, Jonás directamente huye. Es muy humano: cuando Dios llama, no siempre suena música épica; a veces tiemblan las piernas.

Pero Dios repite siempre lo mismo: “Yo estaré contigo”. Eso dice ahora el Resucitado. No promete una vida fácil. No dice: “Id, que no habrá problemas”. Dice: “Yo estoy con vosotros”. Y eso basta.

La Ascensión no es quedarnos mirando al cielo sin movernos. Es volver a Galilea, subir al monte de las bienaventuranzas, acoger nuestras dudas honestas, dejarnos transformar por el amor de Jesús y bajar al mundo con Él. No somos enviados porque seamos fuertes, sino porque el Resucitado camina con nosotros todos los días.

viernes, 15 de mayo de 2026

Domingo de la Ascensión del Señor a los Cielos - Mt 28, 16-20 «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

 

Domingo de la Ascensión del Señor a los Cielos

Domingo VII del Tiempo Pascual, Ciclo A

Mt 28, 16-20 «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

En la última página

se descubre el sentido del camino.

La última página de un libro nunca es un simple añadido. Un buen autor la trabaja con cuidado, porque en ella se recoge el fruto de todo lo anterior; el punto de llegada, la meta hacia la que avanzaba la obra desde el comienzo. Por eso conviene escuchar con especial atención los cinco versículos del Evangelio según san Mateo que la liturgia nos propone hoy. Son, nada menos, las últimas líneas de su evangelio: el cierre de la historia visible de Jesús en este mundo (cfr. Mt 28, 16-20).

Y, sin embargo, ahí aparece una sorpresa. Estos versículos no funcionan solo como conclusión. Son también una puerta abierta. Termina una etapa de la historia de Jesús, sí; pero comienza otra. O, dicho con más precisión, empieza la segunda parte de esa misma historia: la que el Resucitado continúa realizando con sus discípulos.

La Ascensión no clausura la historia:

la pone en nuestras manos.

Esa segunda parte es nuestra historia: Es la historia de la Iglesia. La Ascensión que celebramos hoy marca el punto de paso entre ambas etapas: de la presencia visible del Maestro a la misión confiada a los discípulos. Es el momento del relevo, la entrega de una responsabilidad.

No se trata de que Jesús desaparezca y deje a los suyos arreglándoselas como puedan, como quien dice: “Ahí os quedáis, que yo ya he hecho mi parte”. No. El Resucitado inaugura una presencia nueva y, al mismo tiempo, confía a los suyos una tarea. En estos cinco versículos vamos a escuchar qué nos pide y cuál es la misión que ha puesto en manos de quienes creemos en Él.

A diferencia de Lucas y de Juan, que relatan manifestaciones del Resucitado en Jerusalén, el día de Pascua y también ocho días después, Mateo concentra todo en un único encuentro. Y ese encuentro no sucede en Jerusalén, sino en Galilea. Más aún, tiene lugar en un monte.

Así lo había indicado el Resucitado al manifestarse a las mujeres en la mañana de Pascua: ellas debían comunicar a los discípulos que fueran a Galilea, porque allí lo verían (cfr. Mt 28, 10).

Para Jesús,

el fracaso no borra la fraternidad.

Hay un detalle profundamente conmovedor en esa indicación: Jesús llama a los discípulos “sus hermanos”. No los define por su cobardía, ni por su fuga, ni por su negación. Lo habían abandonado. Habían escapado. Pedro, incluso, había jurado y maldecido para desvincularse de Él. Y, sin embargo, para Jesús siguen siendo hermanos.

Ahí se nos revela algo decisivo del corazón del Resucitado. El pecado de los discípulos es real, su miedo también, su incoherencia no queda maquillada. Pero la última palabra no la tiene su fracaso. La última palabra la tiene la fidelidad de Jesús. Él no rompe la fraternidad con los suyos, aunque ellos hayan roto, por miedo, tantas cosas.

Y ahora podemos preguntarnos: ¿por qué Mateo no nos cuenta las apariciones del Resucitado en Jerusalén y, en cambio, nos conduce a Galilea? ¿Qué tiene Galilea de decisivo? ¿Por qué los discípulos, para verlo, deben subir a un monte? Y todavía más: ¿de qué monte estamos hablando?

La primera comunidad nace herida,

no perfecta.

«En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado».

Estos cinco versículos son muy importantes; por eso conviene mirarlos despacio, casi palabra por palabra. Lo primero que llama la atención es el número: son once los discípulos que van a Galilea. Deberían ser doce, pero falta uno. Judas se ha apartado.

Judas había llegado a ver en Jesús a alguien peligroso, un agitador que desmontaba las seguridades religiosas de su pueblo. Por eso lo entregó a la autoridad religiosa, para que lo quitaran de en medio. Tal vez ese fue uno de los dolores más hondos que Jesús tuvo que cargar; no haber logrado alcanzar y transformar el corazón de Judas.

¿Y quiénes son los otros Once? Miremos bien de qué está formada la primera comunidad cristiana. Son personas, sin duda, enamoradas de Jesús de Nazaret; pero también son frágiles, muy frágiles. Gente que huye, que niega, que maldice, que cree a medias y duda a medias; personas que unas veces se fían y otras veces se repliegan. Vamos, una comunidad bastante parecida a las nuestras, solo que sin grupos de WhatsApp para complicarlo todo un poco más.

Jesús se lo había dicho más de una vez; sois gente de poca fe. Es decir: me queréis, sí; os sentís atraídos por mí; hay algo de mí que os ha conquistado. Pero todavía no me entregáis vuestra vida entera.

Cuando alguien ama de verdad, no se queda mirando desde la distancia. El amor, cuando madura, implica la vida. El esposo une su camino al de la esposa; entrega su existencia, la vincula a la del otro. Eso es lo que Jesús echa en falta en los suyos: le quieren, pero aún no se atreven a poner toda la vida en sus manos.

Galilea es volver al lugar

donde comenzó el amor.

El lugar de la cita con el Resucitado es Galilea. ¿Por qué precisamente Galilea? Porque en Galilea empezó todo. Allí encontraron los discípulos a Jesús de Nazaret; allí comenzaron a conocerlo; allí empezó a despertarse en ellos el amor por Él. Cuanto más lo trataban, más se sentían atraídos por su persona.

Galilea representa el lugar del primer encuentro, el espacio donde se descubre al Maestro. Casi toda la vida pública de Jesús se desarrolló en torno a aquel lago. Hubo, ciertamente, algunos pasos por Judea y por Samaría, pero el corazón de su misión pública latió en Galilea.

Ir a Galilea, por tanto, no significa simplemente desplazarse a un punto del mapa. Significa regresar a la experiencia fundante. No podemos comenzar la segunda parte de la historia de Jesús si antes no hemos pasado por esa primera experiencia: conocerlo, escucharlo, mirarlo actuar, descubrir en su rostro el rostro del Dios verdadero.

Y no solo eso. En Jesús contemplamos también la belleza del hombre nuevo, del bienaventurado, de aquel que vive como Dios sueña al ser humano. Si no hemos descubierto esa belleza, todavía no estamos preparados para participar en la continuación de su historia.

Esto se nos dice también hoy a nosotros. También nosotros estamos llamados a construir con Él la segunda parte de la historia de Jesús. Pero antes hemos de ir a Galilea. Es decir, hemos de pasar tiempo con Él, dejarnos educar por su palabra, entrar en su modo de mirar, hasta llegar a enamorarnos de verdad. Solo entonces podremos acoger la misión que el Resucitado confía a la comunidad de sus discípulos.

No basta conocer a Jesús:

hay que encontrarse con el Resucitado.

¿Y cómo comienza esta segunda parte? Comienza con el encuentro con el Resucitado. No basta haber conocido a Jesús de Nazaret, sino que también es necesario descubrir también hacia dónde conduce una vida entregada por amor. Es necesario contemplar qué ocurre con quien se da totalmente.

Subir a un monte

Para ver al Resucitado, nos dice Mateo, hay que subir al monte. Pero no a cualquier monte, sino al monte que Jesús había indicado. ¿Cuál es, en el Evangelio según san Mateo, el monte al que Jesús conduce a sus discípulos? Es el monte de las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 1-12).

Antes de ver al Resucitado, los discípulos deben pasar por las bienaventuranzas. Y esto es decisivo. Si queremos ver al Resucitado, hemos de dejarnos implicar por su propuesta de vida. Hemos de entrar en la experiencia del hombre nuevo que Él nos ofrece.

Quizá nosotros pensamos a veces de otra manera. Tal vez alguien diga: “Primero demuéstrame que Jesús ha resucitado; dame pruebas verificables de que quien entregó la vida acabó bien. Y entonces, quizá, me plantee vivir como Él”. Es una postura comprensible, muy nuestra: queremos garantías antes de arriesgar. Nos gustaría una póliza espiritual con letra grande, sello oficial y devolución asegurada.

Pero el camino del Evangelio va en sentido contrario. Primero se sube al monte. Primero se acogen las bienaventuranzas. Primero se empieza a encarnar esa forma nueva de vivir. Y solo entonces los ojos comienzan a abrirse.

Las bienaventuranzas limpian la mirada

para reconocer al Viviente.

Solo quien entra en la lógica de Jesús descubre que su camino es verdadero y hermoso. Solo entonces puede reconocer hacia dónde ha ido el Crucificado: a la gloria del Padre. Y puede comprender también cuál es el destino de quienes le entregan la vida y viven las bienaventuranzas como Él las vivió.

Si nuestros ojos están empañados por el apego a los bienes de este mundo, si retenemos para nosotros los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y no los compartimos con los hermanos, difícilmente podremos ver al Resucitado. No porque Él se esconda, sino porque nuestra mirada queda demasiado ocupada en otras cosas.

Solo quien sube al monte

aprende a mirar.

«Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron».

Los Once han subido al monte y esto significa que son aquellos que han acogido las bienaventuranzas propuestas por Jesús. Y ahora, precisamente allí, se encuentran en condiciones de ver al Resucitado. Los ojos se abren solo a quienes han aceptado subir al monte.

Aquí aparece un detalle que nos sorprende: algunos dudan. Y uno podría preguntarse: ¿cómo es posible que duden si lo tienen delante? El Resucitado está ahí, ante sus ojos. Pero conviene prestar mucha atención: Mateo no está simplemente narrando un hecho material; nos está ofreciendo una catequesis.

La resurrección no se verifica con los sentidos. El Resucitado no puede ser visto con estos ojos materiales ni tocado con estas manos como se toca una mesa, una piedra o el banco de la iglesia que, dicho sea de paso, a veces se nota más que la fe cuando la homilía se alarga.

Al Resucitado se le reconoce

con ojos de creyente.

La mirada capaz de ver al Resucitado es la mirada del creyente, del enamorado por el Señor. Y esa mirada se concede a quien ha subido al monte, es decir, a quien ha acogido y vive las bienaventuranzas de Jesús de Nazaret.

Mateo nos está diciendo algo muy serio; quien no pone sus bienes al servicio del pobre, quien no es manso, quien no se compromete a construir la paz, nunca verá al Resucitado. No porque el Resucitado no esté vivo, sino porque esa persona todavía no ha entrado en el modo de mirar que permite reconocerlo.

Y es precisamente ante esta elección donde comienzan las dudas, las vacilaciones, los temores. Los discípulos han visto hacia dónde conduce la vida de Jesús de Nazaret: ha sido acogida en la gloria del Padre. Y, sin embargo, siguen apareciendo resistencias a entregarle la vida por completo.

También nosotros lo conocemos bien. Nos cuesta dar el paso definitivo porque tememos perder algo. Nos asalta la sospecha de que, si vivimos pensando en los demás y no solo en nosotros mismos, quizá un día nos quedemos con la sensación de no haber disfrutado bastante. Nuestro corazón, a veces, hace sus cuentas como un pequeño comerciante asustado: “¿Y si doy demasiado? ¿Y si luego me falta? ¿Y si al final los listos eran los egoístas?”. Ahí empiezan nuestras dudas.

La fe no elimina las dudas:

las atraviesa amando.

Lo hermoso es que Jesús no se escandaliza de nuestras dudas ni de nuestras incertidumbres. Son naturales. Más aún, si no tuviéramos ninguna duda, tal vez sería señal de que no hemos entendido bien lo que Él nos está pidiendo.

Las dudas son compatibles con la fe. La fe no es la conclusión fría de un razonamiento que presenta pruebas irrefutables y deja todo cerrado como una caja fuerte. Por supuesto, la fe necesita razonabilidad. Cuando damos nuestra adhesión a Jesús de Nazaret, necesitamos haber pensado, haber buscado, haberlo conocido de verdad.

Pero, al final, la elección pertenece siempre a la lógica del amor. Es el riesgo de todos los que aman. Quien ama llega un momento en que se decide y confía su vida a la persona amada. No lo sabe todo, no controla todo, no tiene todos los seguros firmados; pero descubre que amar significa entregarse.

Todavía hay cristianos que cultivan solo certezas, como si pudieran demostrarlo todo e imponerlo todo a los demás mediante razonamientos supuestamente invencibles. Pero no son las dudas sinceras las que deberían preocuparnos. Preocupan más esas certezas que no admiten preguntas, que no soportan la búsqueda, que se sienten amenazadas por cualquier interrogante.

Y, muchas veces, esas certezas son solo aparentes. Por desgracia, pueden desembocar fácilmente en fanatismo. Pero esto no sucede solo entre algunos creyentes. También preocupan las certezas de quienes gritan su ateísmo como si ya no quedara nada que preguntar. Porque esas certezas pueden llevar a expulsar los interrogantes, a borrar las dudas, a rechazar la búsqueda apasionada de la verdad y de un sentido más alto para la propia vida. 

Benditas las dudas honestas

que no dejan dormir al alma.

Benditas sean las dudas leales y honestas, las de los creyentes y también las de los no creyentes. No las dudas cómodas, esas que se sientan en el sofá del alma y dicen: “mejor no buscar demasiado, no sea que encontremos algo”. Hablamos de las dudas que nacen de una pasión verdadera por la verdad; de quien no se conforma con explicaciones frágiles, con frases hechas, con respuestas prefabricadas que suenan muy bien, pero no sostienen la vida cuando llega el peso de la cruz.

En Las sandalias del pescador, Morris West dibuja una figura muy sugerente: el padre Jean Télémond, jesuita, científico y teólogo, cercano al papa Kiril Lakota, el antiguo prisionero de Siberia que llegará a ser Cirilo I. Jean Télémond no es un enemigo de la fe. Tampoco es un escéptico de salón, de esos que dudan con una copa en la mano y sin que les tiemble nada por dentro. Es un hombre atravesado por preguntas, vigilado por sus ideas, probado por la Iglesia, y, sin embargo, profundamente apasionado por Dios y por la verdad. En la película se le conoce como David Telemond, y su figura recuerda claramente a Pierre Teilhard de Chardin, aquel jesuita que quiso pensar juntos la fe, la ciencia, la creación y el destino último del hombre.

Por eso su duda no es una fuga. Es una forma dolorosa de fidelidad. Hay dudas que no rompen la fe: la arrancan de la costumbre y la obligan a hacerse más humilde, más adulta, más verdadera. A veces, quien pregunta de verdad está más cerca de Dios que quien repite certezas como quien recita una contraseña para entrar tranquilo en el club de los buenos.

En la duda de aquellos primeros discípulos reconocemos también la fatiga del creyente. La fatiga de una fe que no se queda en ideas bonitas, sino que nos implica en una vida completamente nueva. Una fe que no elimina todas las preguntas, pero nos permite permanecer ante el Resucitado incluso cuando por dentro todavía hay niebla.

Y ahora Jesús dará un paso más y nos indicará cuál es la misión que el Resucitado confía precisamente a estos discípulos: tan frágiles, tan vacilantes, tan pobres de fe… y, sin embargo, elegidos por Él.

El Resucitado no se aleja:

se acerca de otra manera.

«Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra».

Sigamos examinando estos versículos con calma, palabra por palabra. Mateo dice que Jesús se acercó a los discípulos: «Acercándose a ellos». A primera vista, podría parecer un detalle innecesario. ¿Hacía falta decir que se acercó? ¿No bastaba con afirmar que les habló?

Pero ese acercamiento tiene mucho sentido ya que, durante la vida pública, los discípulos habían experimentado siempre a Jesús cerca de ellos. En Él habían contemplado a un Dios que no se mantiene a distancia de nadie. Habían visto al Dios que se acerca a los enfermos en su dolor, que se queda junto a los leprosos excluidos y marginados por todos, aquellos de quienes muchos pensaban que también Dios se había apartado. Habían visto al Dios que se sienta a la mesa y hace fiesta con publicanos y pecadores; al Dios que se deja acariciar y besar incluso por mujeres consideradas pecadoras. Este es el Dios cercano revelado en Jesús de Nazaret.

El Dios lejano, perdido más allá de las nubes, que de vez en cuando baja para hacer algún milagro o para repartir castigos a los malos, ese dios no corresponde al rostro que Jesús nos ha mostrado. Esa imagen debe quedar atrás para siempre, borrada por la cercanía del Dios que se ha revelado en Cristo. Porque Dios se ha hecho uno de nosotros, y en este Dios cercano podemos contemplar el rostro del Padre y escuchar su voz desde cerca.

Eso es lo que los discípulos habían visto durante la vida pública de Jesús. Pero ahora surge una pregunta decisiva: si Él está con el Padre, ¿seguirá estando cerca de nosotros?

Ahí está el sentido de este gesto: el Resucitado se acerca. Continúa a nuestro lado en cada momento de la vida, de un modo distinto, sí, pero no menos real que antes. Más aún, ahora su presencia es todavía más profunda, porque para Él han quedado superados los límites del espacio y del tiempo.

La oración nos enseña a percibir

una presencia que no abandona.

La oración es esa práctica espiritual que nos permite reconocer continuamente esta presencia. Nos mantiene en una relación íntima con Él, y de ahí brotan la alegría, la paz y la serenidad. No porque la vida deje de tener problemas —eso sería muy cómodo, casi como pedirle al Evangelio que funcione como un mando a distancia: “Señor, quítame esta dificultad, sube un poco la alegría y baja el volumen de los pesados”—, sino porque cuando Él está cerca, todo adquiere otro sabor y otro significado.

En cualquier circunstancia, pase lo que pase, su cercanía cambia la manera de vivirlo. No elimina mágicamente la realidad, pero la ilumina desde dentro.

El poder dado al Resucitado

Y ¿qué dice el Resucitado? «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra». Afirma que se le ha dado todo poder. Ahora bien, ¿de qué poder se trata?

Hay muchos poderes que nosotros querríamos que Él tuviera, pero que Él rechazó. El primero es el poder de dominar los reinos de este mundo, el poder sobre las naciones y los pueblos. Ese poder se lo ofreció el Tentador: los reinos del mundo parecen gobernarse con los criterios del egoísmo, de la imposición, del abuso, de la acumulación de bienes para uno mismo. Pero Jesús rechazó ese camino (cfr. Mt 4, 8-10). Ese poder no es divino; es diabólico.

El poder de Jesús no domina:

ama y sirve.

El poder de Dios es otro, y lo veremos enseguida. También hay otro poder que Jesús rechazó: el poder espectacular, el del milagro entendido como demostración de fuerza. En la cruz lo desafiaron: si era capaz, que bajara de allí. Pero no lo hizo. No quiso ejercer ese tipo de poder (cfr. Mt 27, 40-42).

Rechazó incluso el poder de salvarse a sí mismo. Le dijeron que había salvado a otros y que no podía salvarse a sí mismo. Y, en cierto sentido, era verdad: Jesús no posee ese poder, porque se ha despojado de todos los poderes que los hombres solemos admirar.

Lo que nosotros llamamos poder,

para Dios es debilidad.

Lo que nosotros llamamos poder, muchas veces, para Dios es debilidad: falta de amor, incapacidad de entregarse, incapacidad de servir. Por eso no pidamos a Jesús que utilice a nuestro favor esos poderes de dominio, de imposición o de autoprotección. No son los suyos.

El único poder que el Padre ha puesto en sus manos es el poder del amor, el poder del servicio a la vida.

¿Por qué el Resucitado recuerda ahora este poder que le ha sido entregado? Porque los discípulos están a punto de ser enviados al mundo. Y ellos conocen muy bien su propia fragilidad. Saben que son débiles, que han dudado, que han huido, que no tienen una fe de mármol. Y, además, sienten miedo ante la fuerza inmensa del mal, que a sus ojos parece invencible.

Entonces el Resucitado les dice, en el fondo: “Yo os entrego mi mismo poder, mi misma capacidad de amar”. Esa es la fuerza que llevará adelante el Evangelio. No la violencia, no la presión, no el prestigio, no el dominio, no el espectáculo. La fuerza del Evangelio es el amor que sirve y da vida.

Y ante esa fuerza, las puertas del abismo no podrán resistir; serán derribadas por el Evangelio (cfr. Mt 16, 18).

El Evangelio empieza con un verbo: “Id”.

«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado».

El Resucitado dice: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos». Lo primero que se nos pide para cumplir la misión confiada por Jesús es no quedarnos quietos, no instalarnos en nuestras posiciones, no vivir mirando hacia atrás como quien se sienta en la estación y deja pasar todos los trenes de la historia. El discípulo tiene que ponerse en camino; mirar hacia delante, abrirse al futuro, salir.

Las tareas dadas por el Resucitado

a sus discípulos

Y en ese envío aparecen tres tareas. La primera es hacer discípulos a todos los pueblos. La palabra “discípulo” procede del verbo latino discere (díscere), que significa aprender. Este detalle es precioso; nadie es maestro en sentido pleno. Maestro hay uno solo. Todos nosotros somos aprendices, personas que siguen acudiendo a la escuela de Jesús.

Entonces, ¿qué significa hacer discípulos a todos los pueblos? ¿Convertirnos nosotros en maestros que se colocan por encima de los demás? No. Significa acompañar a todos hacia la escuela de Aquel que ha sido nuestro Maestro; llevarlos a la escuela de quien nos ha fascinado porque nos ha enseñado una vida hermosa, no solo con sus palabras, sino con su propia existencia.

La misión no es dominar pueblos,

sino llevarlos a la escuela del Evangelio.

Esta tarea no está confiada a unos pocos especialistas, como si el Evangelio fuera cosa de un departamento reservado para profesionales de lo religioso. Está confiada a cada discípulo, es decir, a todos los que han estado en la escuela del Maestro.

¿Y quiénes deben ser hechos discípulos? Todos los pueblos, todas las naciones. En aquel tiempo, con esa expresión se aludía a los pueblos paganos. Para muchos judíos, aquella misión resultaba inaudita. ¿Por qué? Porque esperaban un Mesías que sometiera a los demás pueblos, que los dominara, que los pusiera bajo su autoridad.

Pero no habían comprendido la misión que Dios había confiado a su pueblo. La vocación de Israel no consistía en presumir de superioridad, sino en servir a las demás naciones, llevándoles las bendiciones prometidas a Abrahán y destinadas a todos los pueblos. Esta es, por tanto, la primera misión: conducir a todos a la escuela del Maestro, a la escuela del Evangelio.

La segunda tarea es bautizar. ¿Qué significa bautizar? En griego, βαπτίζειν (baptízein) significa literalmente “sumergir”. ¿Y dónde han de ser sumergidos todos los pueblos? Han se ser sumergidos en la vida divina, en el amor que une al Padre y al Hijo en el Espíritu.

Cuando la humanidad entre en esa lógica del amor, cuando se deje sumergir en ese amor, comenzará a realizarse la humanidad que Dios quiso desde el principio.

Bautizar es sumergir la vida

en el amor de Dios.

La tercera misión es enseñar a observar todo lo que Jesús ha mandado (cfr. Mt 28, 20). Pero enseñar no significa solo explicar con palabras, aunque también hagan falta palabras. Enseñar es mostrar con la vida lo que el Maestro ha enseñado.

Para resultar convincentes, lo primero es dejar ver que quien ha pasado por la escuela de este Maestro bueno se ha convertido también en una persona bella. Cuando los demás perciben que quien aprende de Jesús de Nazaret se vuelve más humano, más luminoso, más capaz de amar, entonces también ellos pueden sentirse atraídos por esa misma escuela.

¿Cuál es el temario a enseñar?

¿Y qué hay que enseñar? Todo lo que Él ha mandado. Y, en el fondo, Jesús ha mandado una sola cosa: dejarse mover siempre por el amor.

Nuestra vida debería convencer de que es hermoso ir a la escuela de este Maestro. Jesús lo dijo en el discurso de la montaña: “Vosotros sois la luz del mundo” (cfr. Mt 5, 14). Es decir: sois reflejo de mi luz, de mi vida.

¿Qué deberían ver quienes se acercan a nosotros? Deberían ver nuestras obras bellas, la belleza de una vida transformada por el Evangelio. Los primeros cristianos lo entendieron muy bien. En la primera carta de Pedro, dirigida a cristianos perseguidos en Asia Menor, se les recuerda que, aunque sean calumniados y despreciados, deben mostrar sus obras bellas, porque esas obras podrán convencer incluso a quienes los calumnian (cfr. 1 Pe 2, 12).

El mundo cambia cuando

dejamos actuar en nosotros al Espíritu.

Jesús nos dice que nos sintamos responsables de la vida de los demás. El cambio del mundo nos ha sido confiado. No podemos devolverle a Dios la tarea, como quien devuelve un paquete diciendo: “Esto venía complicado, mejor lo firma usted”. No podemos delegar en Él esperando que, a base de milagros, construya el mundo nuevo sin nosotros.

Sí, es Él quien lo realiza; pero lo realiza a través de nosotros. Nos ha dado su Espíritu. Y si dejamos que ese Espíritu actúe, realizará también en nosotros las obras que hemos contemplado en Jesús de Nazaret.

Cuando la misión supera nuestras fuerzas,

Dios no se retira.

«Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

No sorprende que los discípulos tengan miedo. Tienen miedo porque se sienten incapaces de llevar adelante la triple misión que el Maestro les ha confiado. Y por eso el Resucitado les dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

En el Antiguo Testamento, cuando Dios confía a alguien una misión importante o difícil, suele ocurrir lo mismo: la persona siente temor e intenta echarse atrás. Le sucede a Moisés, que se ve incapaz de ir al faraón y además se excusa diciendo que no sabe hablar bien (cfr. Ex 3, 11-12; Ex 4, 10-13). Le sucede a Josué, que necesita ser alentado para introducir al pueblo en la tierra prometida (cfr. Jos 1, 5.9). Le sucede a Gedeón, que se considera demasiado pequeño para liberar a Israel (cfr. Jue 6, 12.15-16). Le sucede a Jeremías, que se siente demasiado joven y sin palabras para ser profeta (cfr. Jr 1, 6-8). E incluso le sucede a Jonás, que directamente huye cuando recibe la misión de ir a Nínive (cfr. Jon 1, 1-3). Es una reacción muy humana. Al fin y al cabo, cuando Dios llama, no suele entregar primero un diploma, una carpeta perfectamente ordenada y un plan de riesgos laborales. Llama, confía una misión, y el corazón empieza a temblar.

El “yo estoy contigo”

es la fuerza de los enviados.

Esa misma expresión aparece ahora en labios del Resucitado, dirigida a estos discípulos frágiles, llamados a ir al mundo entero para hacer discípulos a todos los pueblos.

El momento de la despedida de Jesús es presentado de manera distinta por los evangelistas, con imágenes diferentes. Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Jesús separándose de nuestro mundo y subiendo hacia el cielo: mientras los bendecía, se separó de ellos; fue elevado, y una nube lo ocultó a sus ojos. Pero Mateo no presenta así el momento de la separación. Para él no se trata de una subida hacia lo alto, como si Jesús se alejara de la historia. Es más bien un descenso hacia la llanura, hacia el mundo, para acompañar a los discípulos en la misión que les ha confiado

Jesús no se va lejos:

baja con nosotros al camino.

El Resucitado no abandona a los suyos mirando desde arriba, como quien supervisa la obra desde una ventana celestial. Permanece con ellos. Camina con ellos. Los sostiene en medio de su miedo y de su pequeñez.

Y ahí está la gran certeza de la misión cristiana: no somos enviados porque seamos fuertes, sino porque Él está con nosotros. No se nos confía el Evangelio porque no tengamos dudas, cansancios o límites, sino porque el Resucitado acompaña nuestra pobreza con su presencia.

Por eso la Iglesia puede ponerse en camino. No porque tenga todas las seguridades humanas, sino porque escucha de labios de su Señor la promesa que sostiene toda misión: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».