jueves, 22 de enero de 2026

Soltar para no perderles: Un texto "de manual" para padres con adolescentes.

 

Soltar para no perderles

Un texto “de manual” para padres con adolescentes,

con escenas breves y ejercicios prácticos

 

 

Capítulo 1

La adolescencia no te está atacando,

te está poniendo a prueba

Hay un momento en el que te das cuenta de que tu hijo ya no responde igual. Antes lo llamabas y venía. Ahora lo llamas y responde desde una habitación cerrada: “¿Qué?”. Antes te contaba el día con detalles. Ahora te da titulares: “Bien”. “Nada”. “Normal”.

Y tú, que eres padre o madre, haces lo que hace cualquier ser humano cuando siente que pierde un lugar importante: intentas recuperarlo. Levantas el tono. Repites más. Controlas más. Te vuelves más serio. Más rígido. Más “autoridad”.

Es comprensible. Y, al mismo tiempo, es el camino más rápido hacia la distancia.

Porque en la adolescencia hay una dinámica que se repite como una ley de la naturaleza: cuantas más fuerzas el vínculo, más se encoge. Cuanto más lo cuidas, más respira.

El adolescente no está “contra ti” la mayoría de las veces. Está en una pelea interior por definirse, por pertenecer, por sentir que controla algo de su vida. Lo que pasa es que esa pelea se derrama en casa, como el agua cuando el vaso está lleno.

Y a ti te toca, sin haber pedido el papel, ser el adulto regulador. El que sostiene cuando el otro no sabe sostenerse. El que pone límite sin romper. El que escucha sin rendirse.

Eso no significa tragarte todo. Significa elegir el modo, porque el modo decide si habrá puente o habrá muro.

Ejercicio práctico

Esta noche, cuando notes que te hierve la sangre, prueba a decirte una frase silenciosa antes de hablar: “No es personal”. Si quieres, cámbiala por otra más tuya: “Esto es crecimiento, no ataque”. No cambia el hecho, pero cambia el lugar desde el que respondes. Y desde ahí, todo cambia.

 

Capítulo 2

La mañana con prisas

y el primer incendio del día

Son las siete y algo. Tú estás en modo supervivencia. Café, mochila, llaves, tráfico, trabajo. Él está en modo “la vida pasa lentamente”. Tú dices “vamos”. Él dice “ya voy”. Tú dices “ahora”. Él dice “un segundo”. Y tu cuerpo entiende “un segundo” como un desprecio. Ahí empieza el incendio.

A veces lo que estalla no es el adolescente. Es el sistema nervioso de los padres. La prisa es una fábrica de gritos. Y la prisa tiene un problema: no te deja pensar. Solo te deja reaccionar.

En ese momento aparece el ego con su frase favorita: “A mí no me habla así”. Y sin darte cuenta la conversación deja de ir de horarios y pasa a ir de honor. Y cuando el honor entra por la puerta, el vínculo suele salir por la ventana.

Una estrategia que funciona más de lo que parece es cambiar el foco interno. No “voy a ganarle”, sino “voy a guiarle”. No “voy a demostrar quién manda”, sino “voy a sostener el rumbo”.

A veces basta con una frase puente que no incendie: “Me estoy agobiando con la hora. Necesito que vayamos en equipo.” No es una frase perfecta. Es una frase humana. Y lo humano, cuando es sereno, baja la tensión. 

Ejercicio práctico

Elige una “frase puente” para las mañanas, siempre la misma, sencilla, casi mecánica. Algo como: “Vamos en equipo”. Dila antes de que suba el volumen. Es una frase que te recuerda el objetivo. Y recuerda también al adolescente que no está en un juicio, está en una casa.

 

Capítulo 3

El “luego” eterno y lo que realmente está en juego

La ducha. La basura. Los deberes. La mesa. La ropa. Hay adolescentes que parecen alérgicos a lo inmediato. Y tú repites. Y repites. Y repites. Hasta que un día explotas.

Y explotas porque no es la ducha. Es la repetición. Es sentir que tienes que empujar todo. Es la sensación de que la casa se sostiene sobre ti. Es ese pensamiento silencioso que nadie aplaude: “Yo no puedo más”.

Pero el grito tiene un efecto curioso. A corto plazo funciona. A largo plazo educa una cosa muy peligrosa: “me muevo cuando el otro se descontrola”.

La alternativa suele parecer menos eficaz, pero lo es más: menos discurso, más estructura. Menos guerra diaria, más norma estable. Menos emoción en el límite, más claridad.

No es lo mismo decir “¡Te lo he dicho mil veces!” que decir “La norma es esta y esto pasa si no se cumple”. Lo primero es descarga. Lo segundo es educación. Y la educación, para que sea sostenida, necesita previsibilidad.

Cuando el límite cambia según tu cansancio, el adolescente aprende a medir tu humor. Cuando el límite es claro y calmado, aprende a medir su conducta.

Ejercicio práctico

Piensa en una sola rutina que te esté desgastando. Solo una. Decide una norma concreta, simple, con un horario o un marco claro. Decide también una consecuencia proporcional, sin castigo humillante. Luego aplícala una semana sin sermones. La calma repetida educa más que la bronca ocasional.

 

Capítulo 4

El móvil: no es solo un aparato,

es un mundo entero

Hay padres que se sienten en guerra con un objeto de cristal y luz. Lo miras y piensas: “Me lo está robando”. Y a veces es verdad: te roba presencia, sueño, atención, conversación. Pero para un adolescente el móvil no es solo entretenimiento. Es pertenencia. Es identidad. Es escapar cuando no sabe gestionar lo que siente. Es una forma de no quedarse solo con su cabeza.

Por eso, cuando lo atacas sin matices, el adolescente no escucha un límite. Escucha una amenaza a su mundo. Y cuando alguien siente amenazado su mundo, se defiende.

Aquí hay algo importante: los límites funcionan mejor cuando el vínculo está caliente. Es decir, cuando hay conexión previa. Si el límite solo aparece cuando hay tensión, el límite se vuelve guerra.

La conversación útil no suele ser a las dos de la mañana. Suele ser en un momento tranquilo, y empieza por el porqué: “Me preocupa tu sueño porque el sueño regula tus emociones. Y te quiero con la cabeza descansada”. Cuando el adolescente entiende el porqué, el cómo es más fácil.

Y hay una escena muy concreta, muy cotidiana, que merece un acuerdo de casa. Te levantas a beber agua, pasas por el pasillo, ves luz bajo la puerta. Entras y encuentras el móvil cargando, a veces encima de la cama, a veces sobre una manta, a veces peligrosamente cerca de la almohada. Entonces te sale una orden rápida: “Apágalo ya”. Aquí conviene ir un paso más allá del enfado. Más que discutir por “obediencia”, estás cuidando tres cosas a la vez: descanso, salud mental y seguridad doméstica. Aunque los móviles modernos suelen gestionar la carga y no “siguen cargando” de forma infinita como antes, dejar un dispositivo conectado durante la noche, sin vigilancia, con un cargador de mala calidad o un cable dañado, encima de una superficie blanda que acumula calor, no es una buena idea. Es poco frecuente, sí, pero si algo se calienta o falla, tú estás dormido. Y cuando uno duerme, reacciona tarde.

Por eso es inteligente transformarlo en una norma de hogar, sin dramatismo y sin humillar: “En esta casa, por la noche, los móviles se cargan fuera del dormitorio, en un sitio fijo, sobre una superficie dura, despejada y con cargadores fiables. No por desconfianza. Por salud y por seguridad”. Cuando lo planteas así, cambia el tono. Ya no es “te pillé”, es “te cuido”.

Ejercicio práctico

Elige un lugar fijo de carga fuera de las habitaciones. Hazlo rutina familiar, no castigo. Propón un experimento de dos semanas: móviles fuera del dormitorio, hora pactada, y luego observáis juntos si duermen mejor, si están menos irritables, si las mañanas van más fluidas. El cerebro adolescente tolera mejor lo temporal. Y a partir de ahí, se consolida. 

Capítulo 5

El “me da igual”

y el arte de abrir una rendija

“¿Qué tal?” “Bien.” “¿Qué has hecho?” “Nada.” “¿Te pasa algo?” “No.” Y tú sientes que hablas con una pared. Pero muchas veces no es una pared. Es un adolescente que no sabe nombrar lo que siente. O que siente demasiado y no quiere que lo veas. O que teme que, si habla, venga un sermón.

Si cada conversación termina en corrección, el adolescente deja de conversar. Es así de simple.

Aquí ayuda cambiar el tipo de pregunta. Las preguntas “de examen” se responden con monosílabos. Las preguntas humanas abren puertas. Y también ayuda algo casi paradójico: hablar menos, estar más.

Muchos adolescentes hablan cuando no te miran. Hablan en el coche. Caminando. Mientras cocinas. Mientras ordenas algo. La conversación en paralelo relaja. La mirada frontal, a veces, parece un foco.

Si quieres conexión, busca el momento donde el adolescente no se sienta evaluado.

Ejercicio práctico

Esta semana elige un rato breve de presencia sin objetivo. Diez minutos al día. Sin preguntas directas. Solo estar. Y si surge conversación, muerde la lengua antes de corregir. Solo escucha. Esa abstinencia de corrección es una inversión.

 

Capítulo 6

El amigo que no te gusta

y la diferencia entre control e influencia

Te lo presenta. O lo ves de lejos. O escuchas historias. Y algo dentro de ti se encoge. “Ese no”. O “esa no”. Tu impulso es prohibir. Cortar. Quitar. Controlar. Pero si prohíbes sin entrar, pierdes influencia. Y cuando pierdes influencia, pierdes información. Y cuando pierdes información, tu miedo crece. Y cuando tu miedo crece, controlas más. Es un círculo.

El camino más inteligente suele ser el más difícil: la curiosidad. Preguntar no es aprobar. Preguntar es conocer. Conocer es poder orientar. Y orientar es educar.

A veces el adolescente necesita que le ayudes a pensar, no que le cierres la puerta. Porque si le cierras la puerta, irá igual, solo que sin ti.

Ejercicio práctico

La próxima vez que tu hijo mencione a alguien que te inquieta, no critiques de entrada. Pregunta por lo que esa amistad le aporta. Luego aguanta el silencio. Si te cuenta algo, agradece la información antes de dar tu opinión. Un “gracias por contármelo” aumenta confianza. Y sin confianza no hay influencia.

 

Capítulo 7

El choque de valores

y la pregunta que evita guerras

Hay días en los que lo que te duele no es un hábito, es un valor. Algo que dices: “En esta casa no”. Y te sale desde dentro.

Aquí la clave está en distinguir dos cosas, porque mezclarlas crea incendios: verdad y preferencia.

Hay límites no negociables que protegen dignidad y seguridad. Y también hay preferencias personales que a veces defendemos como si fueran leyes universales: maneras de vestir, estilos, música, modas, tonos.

La pregunta que evita muchas guerras es sencilla y exigente: “¿Esto es un valor esencial o es mi gusto?” No te quita autoridad. Te da sabiduría. Te ayuda a elegir batallas. Te ayuda a no gastar pólvora emocional en cosas que no merecen romper el puente.

Ejercicio práctico

Piensa en una discusión reciente. Escríbela en una frase. Luego pregúntate qué estabas defendiendo. Si era un valor esencial, perfecto. Si era una preferencia, piensa cómo la próxima vez puedes expresarla sin convertirla en un campo de batalla.

 

Capítulo 8

El portazo y la reparación:

el gesto que salva relaciones

El portazo es un idioma. A veces dice “no puedo”. A veces dice “me siento injustamente tratado”. A veces dice “no sé hablar, así que cierro”.

Y tú tienes derecho a poner límites. Pero hay un detalle decisivo: si respondes con ira, educas miedo o desafío. Si respondes con firmeza serena, educas autocontrol.

La firmeza serena no significa que no te afecte. Significa que no entregas el volante a tu impulso. Y cuando te equivocas, porque todos nos equivocamos, entra una palabra poderosa: reparar.

Reparar es volver al vínculo sin renunciar al límite. Es decir: “No me gustó lo que pasó. Yo también lo hice mal. Vamos a hablarlo de otra manera”. Esa frase es medicina familiar.

Ejercicio práctico

Si hoy has gritado, no lo dejes ahí. Busca un momento corto. No lo alargues. Di tres cosas: “Me excedí”, “lo siento”, “quiero intentarlo mejor”. Y después, una sola frase de límite: “Esto que te pedí sigue siendo importante”. Esa combinación mantiene autoridad y vínculo.

 

Capítulo 9

Soltar para conservar:

el corazón de la crianza adolescente

Al final, todo se reduce a una decisión interior. Hay cosas que conviene soltar porque te roban a tu hijo. El ego que necesita ganar. El juicio que etiqueta. El control total que promete seguridad y compra distancia. Los sueños proyectados que convierten al hijo en un guion. La ira que destruye intimidad.

Y hay cosas que conviene sostener con fuerza. La esperanza, porque tu hijo no es su peor tarde. El compromiso de amar, porque el amor no es premio por rendimiento. Y tu hijo mismo, porque puedes ganar discusiones y perder personas.

La adolescencia no es el final de la educación. Es el cambio de método.

Dejas de controlar tanto el entorno y pasas a cuidar más la relación. Porque la relación es el canal por el que entra la influencia. Y sin canal, no entra nada.

Cuando un hijo se equivoca, lo que más lo salva no es un padre perfecto. Es un padre presente. Presente cuando se equivoca, presente cuando se encierra, presente cuando no sabe nombrar lo que le pasa.

Y presente también para poner límites con calma. Porque la calma no es blandura. La calma es fuerza.

La adolescencia pasa. Lo que queda es la relación.

martes, 20 de enero de 2026

Discurso del Papa León XIV a los responsables del Camino Neocatecumenal

 


DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A
LOS RESPONSABLES DEL CAMINO NEOCATECUMENAL

Aula de la Benedición
Lune
s, 19 enero 2026

_________________________________

Enlace:https://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/events/event.dir.html/content/vaticanevents/it/2026/1/19/neocatecumenali.html

 

En el audio se dice 'movimiento', pero no es un movimiento, sino que tal y como nos decía Carmen Hernández Barrera, el Camino Neocatecumenal es un itinerario personal de iniciación cristiana en pequeñas comunidades parroquiales, centrada en la Palabra, la Liturgia y la Comunidad.

(El documento está en  lengua italiana. Os ofrezco esta traducción al español)

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con vosotros!

 

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.

     Me alegra encontrarme con vosotros tan numerosos. Saludo a los miembros del Equipo internacional del Camino Neocatecumenal, Kiko Argüello, María Ascensión Romero y don Mario Pezzi, así como a los obispos y a los sacerdotes que os acompañan.

Un pensamiento especial va para las familias aquí presentes, expresión de vuestro anhelo misionero y de ese deseo que debe animar siempre a toda la Iglesia: anunciar el Evangelio al mundo entero, para que todos puedan conocer a Cristo.

Precisamente este deseo ha animado siempre y sigue alimentando la vida del Camino Neocatecumenal, su carisma y las obras de evangelización y catequesis que representan una valiosa contribución para la vida de la Iglesia. A todos, especialmente a quienes se han alejado o a aquellos cuya fe se ha debilitado, ofrecéis la posibilidad de un itinerario espiritual mediante el cual redescubrir el significado del Bautismo, para que puedan reconocer el don de la gracia recibida y, por tanto, la llamada a ser discípulos del Señor y sus testigos en el mundo.

Animados por este espíritu, habéis encendido el fuego del Evangelio allí donde parecía apagarse y habéis acompañado a muchas personas y comunidades cristianas, despertándolas a la alegría de la fe, ayudándolas a redescubrir la belleza de conocer a Jesús y favoreciendo su crecimiento espiritual y su compromiso de testimonio.

En particular, además de a los formadores y a los catequistas, quisiera expresar mi gratitud a las familias que, acogiendo el impulso interior del Espíritu, dejan las seguridades de la vida ordinaria y parten en misión, incluso hacia territorios lejanos y difíciles, con el único deseo de anunciar el Evangelio y ser testigos del amor de Dios. De este modo, los equipos itinerantes compuestos por familias, catequistas y sacerdotes participan en la misión evangelizadora de toda la Iglesia y, como afirmaba el papa Francisco, contribuyen a “despertar” la fe de los «no cristianos que nunca han oído hablar de Jesucristo», pero también de tantos bautizados que, aun siendo cristianos, «han olvidado […] quién es Jesucristo» (Discurso a los adherentes al Camino Neocatecumenal, 6 de marzo de 2015).

Vivir la experiencia del Camino Neocatecumenal y llevar adelante la misión exige también, por vuestra parte, una vigilancia interior y una sabia capacidad crítica, para discernir algunos riesgos que siempre acechan en la vida espiritual y eclesial.


    Vosotros proponéis a todos un camino de redescubrimiento del Bautismo, y este Sacramento, como sabemos, al unirnos a Cristo nos hace miembros vivos de su cuerpo, un único pueblo suyo, una única familia suya. Debemos recordar siempre que somos Iglesia y que, si el Espíritu concede a cada uno una manifestación particular, esta se da —como nos recuerda el apóstol Pablo— «para el bien común» (1 Co 12,7) y, por tanto, para la misma misión de la Iglesia. Los carismas deben ponerse siempre al servicio del Reino de Dios y de la única Iglesia de Cristo, en la que ningún don de Dios es más importante que otros —si no es la caridad, que a todos los perfecciona y armoniza—, y ningún ministerio debe convertirse en motivo para sentirse mejores que los hermanos y excluir a quien piensa de modo distinto.

Por eso os invito también a vosotros, que habéis encontrado al Señor y vivís su seguimiento en el Camino Neocatecumenal, a ser testigos de esta unidad. Vuestra misión es particular, pero no exclusiva; vuestro carisma es específico, pero da fruto en comunión con los otros dones presentes en la vida de la Iglesia; el bien que hacéis es mucho, pero su fin es permitir que las personas conozcan a Cristo, respetando siempre el camino de vida y la conciencia de cada uno.

Como custodios de esta unidad en el Espíritu, os exhorto a vivir vuestra espiritualidad sin separaros nunca del resto del cuerpo eclesial, como parte viva de la pastoral ordinaria de las parroquias y de sus diversas realidades, en plena comunión con los hermanos y, en particular, con los presbíteros y los obispos. Seguid adelante con alegría y con humildad, sin cerrazones, como constructores y testigos de comunión.


      La Iglesia os acompaña, os sostiene, os está agradecida por lo que hacéis. Al mismo tiempo, recuerda a todos que «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Co 3,17). Por eso, el anuncio del Evangelio, la catequesis y las diversas formas del actuar pastoral deben estar siempre libres de toda forma de coacción, rigidez y moralismos, para que no suceda que puedan suscitar sentimientos de culpa y temores en lugar de liberación interior.

       Queridísimos, os agradezco vuestro compromiso, vuestro gozoso testimonio, el servicio que realizáis en la Iglesia y en el mundo. Os animo a continuar con entusiasmo y os bendigo, mientras invoco sobre vosotros la intercesión de la Virgen María para que os acompañe y os custodie. ¡Gracias!

domingo, 18 de enero de 2026

Pornografía: cerebro, dopamina y formación de hábitos

 

Pornografía: cerebro, dopamina y formación de hábitos

Empezamos por lo humano

Este tema nos descoloca. A algunos les enciende la rabia, a otros les despierta miedo, y a otros les deja con una sensación muy incómoda: “no sé qué decir, no sé qué hacer, y tengo miedo de hacerlo mal”. Si te pasa, no eres un mal padre ni una mala madre. Eres un padre o una madre delante de algo que es nuevo, potente y muy fácil de esconder.

Y, sin embargo, casi todos —creyentes o no, practicantes o no— compartimos lo mismo: queremos que nuestros hijos crezcan con libertad interior, con vínculos sanos y con una sexualidad que no les rompa por dentro. Este documento no pretende dar un discurso perfecto. Pretende dar luz práctica: entender lo esencial, bajar el ruido, y ayudar a actuar sin convertir la casa en un campo de batalla.

Si tuviera que resumirlo en una frase sería esta: no educamos solo con palabras; educamos también creando un ambiente donde elegir lo bueno sea posible.

Una escena que ocurre más de lo que pensamos

         Es tarde. La casa por fin calla. Un adolescente se mete en la cama con el móvil “solo un rato”. No viene con un plan perverso. Viene cansado, quizá aburrido, quizá inquieto. Entra en redes, pasa pantalla tras pantalla, y de pronto aparece lo que no debería aparecer… o lo que, si ya lo ha visto otras veces, sabe que le atrapará.

Aquí conviene una pregunta que abre puertas sin acusar: ¿qué está buscando en realidad? ¿Placer… o alivio? ¿Curiosidad… o anestesia? ¿Excitación… o compañía? Muchos consumos no empiezan por “vicio”. Empiezan por tensión, soledad, aburrimiento, o por una herida que no se sabe nombrar.

Lo que el cerebro aprende cuando algo se repite

La palabra dopamina suena mucho. En sencillo: la dopamina es una señal que ayuda al cerebro a aprender qué merece repetirse. Es como un subrayador interno. Cuanto más intenso, más novedoso y más fácil de conseguir es algo, más subrayado deja.

Eso ocurre dentro del sistema de recompensa, una red del cerebro que aprende caminos: “cuando me siento así, hago esto”. Por eso, con la pornografía, el riesgo no es solo “ver”: el riesgo es que el cerebro asocie malestar o aburrimiento con un atajo que calma rápido.

Una idea que ayuda mucho a padres: tu hijo puede ser buena persona y, aun así, quedarse atrapado en una conducta. La conducta no define su valor. Pero sí necesita ayuda.

Qué significa “daño cerebral” sin dramatizar

A veces se habla de “daño” y suena a catástrofe irreversible. Es más justo hablar de cambios funcionales: respuestas que se vuelven automáticas por repetición y que pueden reentrenarse.

Cuando esto se mantiene en el tiempo suele pasar algo sencillo de explicar: por un lado, el sistema que busca recompensa se vuelve más reactivo a ciertas señales; por otro, el sistema de control y freno (funciones ejecutivas) se fatiga más fácilmente. La corteza prefrontal, que está muy ligada a ese freno, en la adolescencia todavía está inmadura: está en proceso de madurar. Por eso el autocontrol y la planificación pueden ser más variables que en un adulto, sobre todo cuando hay cansancio o estrés.

La pregunta práctica para casa es clara: ¿estamos poniendo a nuestro hijo en situaciones donde el autocontrol es posible… o en situaciones donde solo quedaría el heroísmo?

El hábito: no aparece de la nada, se instala por un bucle

Suele empezar con disparadores muy concretos: la noche, la cama, la soledad, el cansancio. También el baño con el móvil, que se convierte en un lugar de privacidad absoluta. También los trayectos y ratos muertos. También salir con amigos y que alguien enseñe algo “por risa”.

Luego viene la conducta: buscar, consumir. Llega una recompensa: excitación, alivio, desconexión. Y el cerebro aprende: “cuando me siento así, esto me calma”.

Con el tiempo, basta el disparador. Y a veces lo de antes ya no basta: aparece tolerancia y puede aparecer escalada. No porque el chico “quiera ir a peor”, sino porque el cerebro se acostumbra a un nivel de estímulo y pide más para sentir lo mismo.

Una ventana afectiva: lo que esto enseña sobre las personas

         Aquí conviene mirar un poco más hondo, sin moralismos. La pornografía no solo es un hábito. También educa una manera de mirar: puede enseñar que el otro es un cuerpo disponible, que el deseo manda, que la intimidad no necesita vínculo, que lo importante es el rendimiento y la novedad.

Esto se nota luego, a veces, en cosas muy concretas: chicos que dicen que lo real les parece soso; que les cuesta sostener una mirada limpia; que comparan; que se impacientan; que mezclan deseo con consuelo y usan lo sexual como anestesia. Y eso, en el fondo, empobrece: porque el corazón humano no está hecho para consumir personas; está hecho para encontrarse con ellas.

Para muchos padres ayuda una frase sencilla: no queremos que nuestros hijos aprendan sexo sin amor como quien aprende a comer sin hambre. Queremos que aprendan a querer, no a usar.

Tres historias cortas que pasan en casa

(y cómo actuar sin romper el puente)

Cuando lo descubres y te sube el fuego

         Un padre ve un historial, una pestaña abierta, una captura. Lo primero es rabia o miedo. En ese momento, lo más fácil es humillar o hacer un interrogatorio. Y lo más útil suele ser lo contrario: una frase breve, limpia, que ponga verdad sin aplastar.

Lo he visto y me preocupa. No te voy a humillar. Quiero entender qué está pasando y ayudarte.”

Después, pocas preguntas, pero buenas: “¿Desde cuándo?”, “¿con qué frecuencia?”, “¿qué suele pasar antes?”, “¿qué te deja después?”. No para tener todos los detalles, sino para entender el mapa. Y enseguida, sin drama, se ajusta el ambiente: “vamos a cuidar la noche y los lugares de privacidad con pantalla. No es castigo; es ayuda”. Si el hijo se enfada, no discutimos la emoción; sostenemos el marco: “entiendo que te moleste. Aun así, esto lo vamos a hacer”.

Cuando el baño se convierte en una habitación privada portátil
         Muchos padres lo intuyen por el tiempo: el adolescente entra con el móvil y tarda mucho. Aquí funciona una regla serena, sin ironías: el móvil se queda fuera del baño. Si pregunta por qué, basta una verdad corta: “porque esa privacidad con pantalla no ayuda, y queremos cuidarte”.

         Y aquí conviene añadir algo para que no sea solo “quita”: “si necesitas estar un rato solo, lo hablamos; si necesitas desconectar, buscamos otra forma”. Si no ofrecemos alternativa, la norma se convierte en guerra. Si ofrecemos alternativa, la norma se entiende como apoyo.

Cuando sale con amigos y aparece la presión del grupo
         Hay un punto que a veces olvidamos: para un adolescente, quedar fuera duele. Por eso el “mira esto” del grupo tiene tanto poder. Aquí ayuda hablar antes, no solo después. No con discursos, sino con entrenamiento: “si alguien enseña algo, ¿qué podrías decir para salir de ahí sin quedar mal?”, “¿a quién podrías escribir si te sientes atrapado?”, “¿qué harías si te lo mandan por un grupo?”.

         Y sobre el móvil: no existe una única solución. El principio es reducir la privacidad total y el acceso fácil cuando no hay supervisión. Algunas familias eligen un teléfono sin internet para salir; otras prefieren un smartphone con internet realmente limitado; otras empiezan por medidas parciales (horarios, restricciones, datos desactivados, apps bloqueadas). La forma puede variar. El objetivo es el mismo: que el entorno ayude a la libertad, no a la caída.

Qué mirar sin invadir: cuatro señales que ordenan la cabeza

A muchos padres les ayuda observar cuatro cosas, sin obsesionarse: sueño, ánimo, aislamiento y secretos. Si el sueño se rompe, el ánimo se altera, el aislamiento crece y el secreto se multiplica, algo está pidiendo atención. Si además hay pérdida de control o escalada, conviene intervenir con más seriedad.

Qué suele empeorar el problema (aunque salga del miedo)

Cuando estamos asustados, es normal que aparezcan reacciones duras. Pero humillar, ridiculizar, etiquetar o amenazar suele aumentar vergüenza y doble vida. También suele empeorar vivir en sospecha permanente o espiar como rutina.

Si hay que actuar, mejor hacerlo a cara descubierta, con un porqué y un para qué: “esto nos preocupa por esto; vamos a hacer estos cambios; no te vamos a dejar solo”.

Pedir ayuda sin que suene a condena

Si hay pérdida de control repetida, interferencia clara con sueño o estudio, aislamiento creciente o sensación de estar atrapado, pedir ayuda es sensato. Un orientador, un psicólogo, un terapeuta con experiencia, un acompañamiento familiar serio. La frase que suele funcionar es muy simple: “vamos a buscar a alguien que nos ayude a recuperar libertad; no para juzgarte, sino para que no lo lleves solo”.

Tres prioridades (para empezar hoy sin liarnos)


          La primera es cuidar el ambiente: sacar las pantallas del escondite, porque lo que se hace a solas con una pantalla se vuelve más difícil de controlar. Ordenador en un lugar común, uso de móvil o tablet en espacios compartidos cuando se pueda, y puerta abierta en ciertos momentos.

La segunda es proteger la noche y la privacidad absoluta: dormitorio sin móvil por la noche (cargadores en un lugar común) y móvil fuera del baño. No como castigo, sino como barandillas: cuando hay cansancio y soledad, la voluntad se agota.

La tercera es abrir conversación breve y frecuente: no un gran sermón, sino pequeños diálogos que bajen la vergüenza y suban la confianza. Preguntas cortas, escucha real y un mensaje claro: “no te voy a humillar; quiero ayudarte”.

Cuatro señales a vigilar (sin obsesionarse, pero sin mirar a otro lado)

La primera es el sueño: uso nocturno, cansancio crónico, dificultades para levantarse, cambios claros de rutina.

La segunda es el ánimo: irritabilidad, apagamiento, ansiedad, subidones al conectarse y bajones al desconectarse.

La tercera es el aislamiento: menos vida social real, menos intereses, más encierro, más tiempo “desaparecido” con el móvil (incluido el baño).

La cuarta es el secreto: mentiras, borrados constantes, cuentas paralelas, nerviosismo exagerado si alguien se acerca, necesidad de estar siempre a solas con el dispositivo.

Si varias de estas aparecen juntas y se mantienen, conviene tomárselo en serio.

Dos primeros pasos si sospechas pérdida de control

El primero es hablar con verdad y calma, sin interrogatorio. Una frase que suele abrir puerta: “He notado esto y me preocupa. No voy a humillarte. Quiero entender qué está pasando y ayudarte”. Y luego solo lo imprescindible: “¿desde cuándo?”, “¿qué te lo dispara?”, “¿qué te deja después?”. El objetivo no es acumular detalles, sino dibujar el mapa.

El segundo es poner barandillas claras y pedir apoyo si hace falta. Barandillas: noche protegida, pantallas a la vista, móvil fuera del baño, límites fuera de casa según edad, y reducción de disparadores. Y apoyo: si hay repetición con pérdida de control, interferencia con sueño, estudio o ánimo, o escalada, conviene buscar ayuda profesional o un acompañamiento serio. Presentarlo así suele funcionar: “No es para juzgarte; es para que no lo lleves solo y recuperes libertad”.

Lo que queremos que quede en la cabeza: barandillas y luz

Educar en este terreno no es controlar a nuestros hijos. Es crear un hogar donde elegir lo bueno sea más fácil. Por eso algunas normas sencillas —pantallas a la vista, lugares comunes, puerta abierta en ciertos momentos, móvil fuera del baño, cuidado de la noche, límites realistas fuera de casa— no son represión: son barandillas.

Las barandillas no dicen “no confío en ti”. Dicen: “esto es difícil, y quiero ponértelo más fácil”. Y junto a esas barandillas, una luz: que el hijo sepa que puede hablar sin miedo. Porque el objetivo no es solo que “no vea cosas”. El objetivo es que crezca con una libertad que no se apague cuando se cierra una puerta.

sábado, 17 de enero de 2026

Resumen de la Carta Encíclica Humanae vitae (Parte 3 de 3)


                                                                  Resumen de la

CARTA ENCÍCLICA

HUMANAE VITAE

DE S. S. PABLO VI


A LOS  VENERABLES HERMANOS LOS PATRIARCAS,
ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR 
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA,
AL CLERO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD,
SOBRE LA REGULACIÓN DE LA NATALIDAD

 

(Parte 3 de 3)

 

III.           Directivas pastorales  

19 — La Iglesia, Madre y Maestra

En este número, el Papa Pablo VI hace un cambio de tono. Después de enseñar con claridad la ley moral sobre el matrimonio, dice que su palabra quedaría incompleta si no ayudara también a vivirla. Reconoce el contexto real: muchas familias y pueblos atraviesan condiciones difíciles. Por eso, tras invitar a respetar la ley divina, la Iglesia no puede limitarse a “decir lo correcto”; tiene que confortar y sostener a las personas en el camino de una regulación honesta de la natalidad.

Y lo resume con una imagen que no permite recortes: la Iglesia es Madre y Maestra a la vez. Madre, porque conoce la fragilidad, acompaña, comprende, no mira desde una torre. Maestra, porque enseña una verdad que no puede borrar para evitar el conflicto. Si se quita una de las dos, se estropea la otra: sin Madre, la enseñanza se vuelve dureza; sin Maestra, la compasión se vuelve confusión y al final no cura.

El modelo que pone es Cristo mismo: la Iglesia no puede tener otra actitud que la del Redentor, que conoce la debilidad, tiene compasión y acoge al pecador. Pero añade el “pero” decisivo: no puede renunciar a enseñar la ley, porque esa ley no se presenta como un peso caprichoso, sino como lo propio de una vida humana llevada a su verdad originaria y conducida por el Espíritu de Dios (cfr. Rom 8). Aquí está el nervio del número: no es “o verdad o misericordia”, sino las dos unidas, como en Cristo.  

20 — Posibilidad de observar la ley divina

Pablo VI se pone en la piel de quien lo escucha y reconoce algo muy humano: a muchos les va a parecer que esto es dificilísimo, incluso imposible de vivir. Fíjate en el matiz: no dice “es imposible”, sino “aparecerá imposible”. O sea: acepta la sensación, pero no la convierte en la verdad final.

Y enseguida reencuadra la dificultad: cuando algo es grande y hace bien, normalmente pide esfuerzo. No disimula el precio: habla de serio empeño y de muchos esfuerzos, y además deja caer algo realista: no es solo “cosa de la pareja”, porque el ambiente también empuja o complica.

Luego suelta el punto decisivo: esto no se puede vivir sin la ayuda de Dios, que sostiene y fortalece la buena voluntad. No es “apretad los dientes y ya”, sino un camino que necesita gracia.

Y termina con una promesa sobria, pero esperanzadora: estos esfuerzos, cuando uno los mira con verdad, ennoblecen a la persona y hacen bien a la comunidad. No solo “cumplen una norma”: construyen por dentro y por fuera.  

21 — Dominio de sí mismo

Pablo VI aterriza ahora en algo muy concreto: una regulación honesta de la natalidad no se sostiene solo con un “método”, sino con un tipo de persona y de amor. Por eso dice “sobre todo”: lo primero es adquirir convicciones sólidas sobre los verdaderos valores de la vida y de la familia, y también tender a un dominio auténtico de sí mismo.

Luego lo explica con realismo: si el instinto y las pasiones han de estar gobernados por la razón y la voluntad, eso impone una ascética, una disciplina interior. No habla de teorías: habla de una vida concreta donde las manifestaciones afectivas se ordenan rectamente y, en particular, donde se puede vivir la continencia periódica.

Y aquí da la vuelta a un prejuicio muy común: esa disciplina, dice, lejos de perjudicar el amor conyugal, le da un valor humano más alto. No porque “enfríe” el amor, sino porque lo integra y lo vuelve más libre.

El Papa añade consecuencias muy prácticas: este esfuerzo continuo ayuda a los esposos a desarrollarse mejor por dentro, a enriquecerse con valores espirituales, a traer serenidad y paz a la familia, a resolver otros problemas con más madurez, a estar más atentos al otro, a superar el egoísmo que es enemigo del verdadero amor, y a enraizar el sentido de responsabilidad.

Y concluye con una mirada educativa: cuando los padres viven así, ganan un influjo más profundo para educar a los hijos; y los niños y jóvenes pueden crecer con una estima justa de los valores humanos y con un desarrollo más sereno y armónico de sus facultades, tanto sensibles como espirituales.  

22 — Crear un ambiente favorable a la castidad

Aquí Pablo VI ensancha el foco. Ya no habla solo a los esposos: se dirige también a los educadores y a todos los que tienen responsabilidades en la vida social, pensando en el bien común. La idea es sencilla; si se pide dominio de sí, hace falta un clima que lo ayude, no un ambiente que lo sabotee.

Por eso define el objetivo con palabras fuertes: crear un clima favorable a la educación de la castidad, es decir, al triunfo de la libertad sobre el libertinaje, mediante el respeto del orden moral. La castidad no aparece como represión, sino como libertad educada y fiel al bien.

Luego señala un frente concreto. Todo lo que en los medios modernos de comunicación social conduce a la excitación de los sentidos y al desenfreno de las costumbres —como la pornografía y los espectáculos licenciosos— debe suscitar una reacción franca y unánime de quienes se sienten responsables del progreso de la civilización y de los bienes superiores del espíritu humano.

Y anticipa dos excusas habituales para descartarlas: no basta invocar “exigencias artísticas o científicas” para justificar lo que degrada, ni basta decir que el Estado lo permite. En esta línea, remite al Concilio sobre los medios de comunicación social (cfr. Inter Mirifica 6–7): lo moral no queda decidido por lo permitido, sino por lo verdadero y lo digno del hombre.

23 — Llamamiento a las autoridades públicas

Pablo VI se dirige directamente a los gobernantes, a quienes llama primeros responsables del bien común. Les recuerda que pueden hacer mucho para salvaguardar las costumbres, y les pone dos límites muy claros: no permitir que se degrade la moralidad del pueblo, y no aceptar que se introduzcan legalmente en la familia —célula fundamental de la sociedad— prácticas contrarias a la ley natural y divina.

No se queda en el “no”. Propone una alternativa: el camino justo para afrontar dificultades sociales, también las demográficas, pasa por una política familiar cuidadosa y una educación sabia de los pueblos, respetando a la vez la ley moral y la libertad de los ciudadanos.

Reconoce que hay dificultades graves, especialmente en los pueblos en vía de desarrollo, y enlaza esta preocupación con lo que ya había enseñado sobre el desarrollo de los pueblos (cfr. Populorum Progressio). Y cita la línea de Juan XXIII: las dificultades no se superan con métodos y medios indignos del hombre, nacidos de una visión estrechamente materialista, sino con desarrollo económico y progreso social que respeten y promuevan los verdaderos valores humanos (cfr. Mater et Magistra).

Luego añade un golpe de realismo moral: no se puede culpar a la Providencia de lo que depende —en parte— de menor sagacidad en el gobierno, de escaso sentido de justicia social, de monopolios egoístas o de una indolencia reprobable para emprender los esfuerzos y sacrificios necesarios. También aquí se apoya en su magisterio sobre el desarrollo y la justicia (cfr. Populorum Progressio 48–55).

Termina con una llamada amplia: reavivar generosamente los esfuerzos de los poderes responsables, fomentar la cooperación internacional y reconocer el campo inmenso de acción de las grandes organizaciones internacionales.  

24 — A los hombres de ciencia

El tono aquí no es de reproche, sino de convocatoria. Pablo VI anima a los hombres de ciencia a contribuir al bien del matrimonio y de la familia, y también a la paz de las conciencias, aclarando más profundamente las condiciones favorables para una regulación honesta de la procreación humana (cfr. Gaudium et Spes 52).

Y concreta un deseo particular: que la ciencia médica logre dar una base suficientemente segura para una regulación de los nacimientos fundada en la observancia de los ritmos naturales, según un augurio ya expresado por Pío XII.

Concluye con una intención muy precisa: que, con los hechos —y de modo especial los científicos católicos—, se muestre que no hay verdadera contradicción entre las leyes divinas que regulan la transmisión de la vida y aquellas que favorecen un amor conyugal auténtico (cfr. Gaudium et Spes 51).  

25 — A los esposos cristianos

Ahora el Papa se dirige más directamente a los esposos cristianos, a quienes llama “nuestros hijos”, y los sitúa en clave de vocación: han sido llamados por Dios a servirlo en el matrimonio. Desde ahí, recuerda dos realidades inseparables: la Iglesia enseña exigencias imprescriptibles de la ley divina, y al mismo tiempo anuncia la salvación y abre, con los sacramentos, los caminos de la gracia.

La gracia —dice— hace al hombre capaz de corresponder con amor y con verdadera libertad al designio del Creador y Salvador, y de encontrar suave el yugo de Cristo (cfr. Mt 11,30). Por eso pide recordar que la vocación cristiana, iniciada en el bautismo, se ha especificado y fortalecido con el sacramento del matrimonio: los cónyuges quedan corroborados y como consagrados para cumplir sus deberes, alcanzar la perfección propia de su estado y dar un testimonio delante del mundo (cfr. Gaudium et Spes 48; Lumen Gentium 35).

Luego define una misión preciosa: hacer visible la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana.

No oculta dificultades, a veces graves: recuerda que la puerta es estrecha y el camino angosto (cfr. Mt 7,14), invita a vivir con prudencia, justicia y piedad (cfr. Tit 2,12) y recuerda que la forma de este mundo pasa (cfr. 1 Cor 7,31). Por eso pide afrontar los esfuerzos necesarios sostenidos por la fe y por una esperanza que no engaña, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cfr. Rom 5,5).

Y baja a medios concretos: oración perseverante, acudir sobre todo a la Eucaristía como fuente de gracia y caridad, y si el pecado sorprende, recurrir con humilde perseverancia a la misericordia de Dios en la Penitencia.

Cierra con un gran icono bíblico del matrimonio: el amor del esposo a la esposa como Cristo amó a la Iglesia, amando como al propio cuerpo, en ese “misterio grande” referido a Cristo y la Iglesia (cfr. Ef 5,25.28–29.32–33).  

26 — Apostolado entre los hogares

Pablo VI llama “fruto precioso” del esfuerzo generoso por ser fieles a la ley divina el hecho de que muchos esposos sientan el deseo de comunicar a otros su experiencia. No habla solo de explicar ideas: habla de compartir vida vivida.

A esto lo llama una nueva e importantísima forma de apostolado “entre semejantes”: los mismos esposos se convierten en guía de otros esposos. Y lo inserta en la vocación de los laicos, en continuidad con el Concilio (cfr. Lumen Gentium 35 y 41; Gaudium et Spes 48–49; Apostolicam Actuositatem 11). Concluye diciendo que, entre tantas formas de apostolado, esta es sin duda una de las más oportunas hoy.  

27 — A los médicos y al personal sanitario

El Papa expresa estima por médicos y personal sanitario, y reconoce que muchos sienten entrañablemente las exigencias superiores de su vocación cristiana por encima de todo interés humano. Por eso les pide perseverar en promover soluciones inspiradas en la fe y en la recta razón, y esforzarse en fomentar el respeto a esas convicciones en su propio ambiente.

Además, les marca un deber profesional muy concreto: procurarse toda la ciencia necesaria en este aspecto delicado. La finalidad es clara: poder ofrecer a los esposos —que lo esperan con todo derecho— consejos sabios y directrices sanas 

28 — A los sacerdotes

El Papa Pablo VI se dirige a los sacerdotes con confianza, recordando su papel de consejeros y directores espirituales de personas y familias. Y les da una primera incumbencia, especialmente a quienes enseñan teología moral: exponer sin ambigüedades la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio.

Luego añade algo exigente: ser los primeros en dar ejemplo de obsequio leal —interno y externo— al Magisterio de la Iglesia. Y afirma que este obsequio es obligatorio no solo por razones humanas, sino sobre todo por la luz del Espíritu Santo, por la cual los pastores están particularmente asistidos para ilustrar la verdad (cfr. Lumen Gentium 25).

Explica también por qué pastoral. Es de suma importancia para la paz de las conciencias y para la unidad del pueblo cristiano que, en moral y en dogma, todos se atengan al Magisterio y hablen del mismo modo. Por eso renueva el ruego angustioso de san Pablo a la unidad: que no haya divisiones, que haya concordia (cfr. 1 Cor 1,10).  

29 — Caridad eminente sin rebaja doctrinal

El Papa suelta una frase fuerte: «no menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas». La caridad, aquí, no significa rebajar el contenido, sino cuidar el bien verdadero.

Pero añade inmediatamente el equilibrio. Esto debe ir siempre acompañado de la paciencia y la bondad que el Señor mostró con los hombres. Y apoya esta clave en el Evangelio: Cristo vino no para juzgar, sino para salvar (cfr. Jn 3,17). De ahí sale la fórmula que marca el estilo: intransigente con el mal, misericordioso con las personas.

Por eso pide que, en medio de las dificultades, los esposos encuentren en las palabras y en el corazón del sacerdote el eco de la voz y del amor del Redentor. Y anima a los sacerdotes a hablar con confianza, recordando que el Espíritu de Dios que asiste al Magisterio ilumina también internamente los corazones de los fieles e invita a su asentimiento.

Termina insistiendo en una pedagogía sacramental: enseñar el camino de la oración, preparar para acudir con frecuencia a la Eucaristía y a la Penitencia, y no dejar que los fieles se desalienten por su debilidad.  

30 — A los Obispos

Al final de la encíclica, Pablo VI dirige una apremiante invitación a los Obispos, con quienes comparte de cerca la solicitud por el bien espiritual del Pueblo de Dios. Les pide trabajar, al frente de sacerdotes y fieles, con ardor y sin descanso por la salvaguardia y la santidad del matrimonio, para que sea vivido en toda su plenitud humana y cristiana.

Y lo llama una de las responsabilidades más urgentes del tiempo presente. Por eso habla de una acción pastoral coordinada en todos los campos de la actividad humana: económica, cultural y social. La idea es clara: solo mejorando simultáneamente esos sectores se podrá lograr que la vida familiar no solo sea tolerable, sino más fácil y feliz para padres e hijos, y que la convivencia social sea más fraterna y pacífica.

Y pone el criterio final: todo eso debe hacerse respetando fielmente el designio de Dios sobre el mundo.  

31 — Llamamiento final

Pablo VI cierra volviendo a los destinatarios del inicio: los pastores, los fieles y también todos los hombres de buena voluntad. Presenta lo que pide como una obra grande de educación, de progreso y de amor. No es solo “guardar una norma”: es una tarea que afecta a la formación de la conciencia, al desarrollo humano verdadero y al amor en su verdad.

Afirma que esta obra se fundamenta en la doctrina de la Iglesia, de la cual el Sucesor de Pedro, con sus hermanos en el episcopado, es depositario e intérprete. Y la llama obra grande de verdad, tanto para la Iglesia como para el mundo.

Concluye con una tesis antropológica muy fuerte: el hombre no puede hallar la verdadera felicidad más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza, leyes que deben observarse con inteligencia y con amor.

Y, como sello final, invoca sobre esta tarea la abundancia de las gracias del Dios de santidad y de misericordia, y concede la bendición apostólica, fechando el documento en Roma, junto a San Pedro, el 25 de julio de 1968.