sábado, 28 de marzo de 2026

Homilía del Domingo de Ramos, ciclo a - Mt 26, 20-27.66 «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

 

Homilía del Domingo de Ramos, ciclo a

Mt 26, 20-27.66 «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

Cada evangelista mira la pasión

con una luz propia.

Los evangelistas dedican bastante espacio al relato de la pasión y muerte de Jesús. Los hechos fundamentales son, en esencia, los mismos, porque todos siguen la trama del Evangelio según san Marcos, que conserva el relato más antiguo de la pasión y muerte del Señor, escrito pocos años después de los acontecimientos. Al ser un texto tan amplio me centraré sólo en algunos de los versículos.

La comunidad escucha

lo que necesita para vivir.

Pero cada evangelista introduce en su narración algunos detalles, pone ciertos acentos, recoge ecos del Antiguo Testamento y cuenta episodios que los otros omiten, aunque él los considera importantes. Esta elección depende de la sensibilidad espiritual de cada uno y también de la atención que presta a las necesidades de su comunidad. Por eso no deja de transmitir aquello que juzga necesario para que esa comunidad lo escuche.

Mateo nos ofrece

una puerta de entrada concreta.

La versión del relato de la pasión sobre la que hoy vamos a reflexionar es la que escribió el evangelista Mateo. No la recorreremos entera ni de manera minuciosa; nos detendremos solamente en aquellos momentos de la pasión de Jesús que aparecen solo en el Evangelio según san Mateo. Y el primero lo encontramos en el relato de la última cena.

La pregunta que desenmascara al discípulo

«C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: + «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro
S. «¿Soy yo acaso, Señor?». C. Él respondió: + «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!». C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: S. «¿Soy yo acaso, Maestro?». C. Él respondió: + «Tú lo has dicho
».

Hay un detalle que desconcierta desde el primer momento: los Doce, uno tras otro, le hacen a Jesús exactamente la misma pregunta: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Y sorprende, porque cabría pensar que cada uno sabe bien de qué lado está; uno debería reconocer si camina con el Maestro o si, por dentro, ya ha empezado a alejarse de él. Sin embargo, el relato deja ver otra cosa: incluso entre los más cercanos puede abrirse la grieta de la duda. También el discípulo puede llegar a preguntarse si su adhesión es verdadera o solo aparente. Y precisamente ahí el texto se vuelve serio: no habla solo de ellos, habla también de nosotros.

La pregunta de los Doce

también es para nosotros.

El mensaje que Mateo quiere transmitir a sus comunidades, y también a nosotros, es muy claro. Nos invita a hacernos esa misma pregunta, porque podría suceder —y por desgracia sucede con frecuencia— que alguien se tenga por discípulo fiel de Cristo y, sin embargo, quizá sin darse cuenta, organice su vida y cultive convicciones que van en dirección contraria al Evangelio.

¿No nos ha ocurrido alguna vez que un hermano en la fe, o incluso alguien no creyente, nos ha puesto delante de nuestras incoherencias con lo que el Maestro nos enseñó? Cuando nos llega esa provocación, no conviene encogerse de hombros. Dejémonos interpelar por el Evangelio, pongámonos ante el Maestro y preguntémosle: «¿Soy de verdad discípulo tuyo? Si pienso, hablo, juzgo y vivo de este modo, ¿soy verdaderamente tuyo?».

El segundo detalle sorprende todavía más, y este aparece solo en el Evangelio según san Mateo: también Judas le hace a Jesús la misma pregunta que los demás, y Jesús le responde con claridad, delante de todos: sí, eres tú el que me va a entregar. Como crónica, resulta poco verosímil, porque es difícil pensar que los otros once se hubieran quedado tan tranquilos; se le habrían echado encima de inmediato y aquello habría acabado en ajuste de cuentas. Si eso no ocurrió, entonces ese detalle no quiere funcionar como crónica. Mateo lo introduce no para darnos un dato, sino para ofrecer catequesis a sus comunidades y también a nosotros. Detrás de esto hay una catequesis.

No toda mano extendida

está convertida por dentro.

Los Doce están reunidos con Jesús en el cenáculo y todos alargan la mano al plato con él, exactamente como hacemos nosotros cuando nos acercamos al banquete eucarístico. La Eucaristía es, lo sabemos, lugar de encuentro entre hermanos, entre amigos, entre personas que viven en armonía y en confianza recíproca. Y, sin embargo, a veces las peores discusiones estallan precisamente cuando estamos sentados a la mesa; basta una comida familiar para comprobarlo. Aquí, entre manos fraternas tendidas hacia el alimento compartido, hay una mano que es la de un enemigo, la de uno que en su corazón se ha puesto contra el Maestro y ha decidido entregarlo a la autoridad religiosa.

Judas no se había dejado implicar

en esa propuesta de Jesús

Y entonces surge la pregunta: ¿qué movió realmente a Judas? ¿Fue el dinero? Todo hace pensar que no. Los sumos sacerdotes se lo dieron, es verdad, pero él mismo lo devolvió después; y eso deja entrever que su problema iba por otro lado. Judas sigue siendo una figura enigmática. El Evangelio dice poco sobre él, y precisamente por eso, a lo largo del tiempo, hemos llenado sus silencios con muchas suposiciones. Pero hay algo que sí parece claro: hasta ese momento, nadie había percibido que en realidad no había acogido de verdad la novedad del mundo que Jesús venía anunciando.

Una tradición religiosa

puede volverse resistencia al Evangelio.

Puede ser que Judas siguiera aferrado a sus convicciones religiosas tradicionales, convicciones que ni siquiera la palabra de Jesús había logrado resquebrajar. Por eso, en lo más íntimo, siguió alimentando la idea de que Jesús —como pensaban los escribas y los fariseos— era un hereje al que había que detener. Su error fue decidir entregarlo y señalar a la autoridad religiosa el momento y la manera de capturarlo sin provocar revuelo en la ciudad. Creo que para Jesús esto debió de ser vivido como quizá su mayor fracaso: no haber conseguido cambiar el corazón de Judas.

Judas no traiciona,

sino que entrega

En los relatos evangélicos de la pasión, cuando se habla de Judas no se emplea el verbo προδίδωμι (prodídōmi), que significaría propiamente «traicionar» en el sentido de actuar con perfidia o deslealtad. El verbo que aparece es παραδίδωμι (paradídōmi), que significa «entregar», «poner en manos de otro», «dejar en poder de». No es un matiz menor. El evangelista no se detiene primero en el juicio moral sobre Judas, sino en el gesto concreto que realizó: puso a Jesús en manos de la autoridad religiosa. Por eso, más que insistir de entrada en la idea de una traición sentimental, el texto subraya un acto decisivo y terrible: Judas entregó al Maestro.

El Evangelio no confirma costumbres:

las purifica.

Aquí hay para nosotros un motivo serio de reflexión. Existe un peligro real en ciertas tradiciones religiosas muy arraigadas. Cuando el Evangelio las pone en cuestión, dejemos que sean revisadas. Porque, si no, podemos acabar comportándonos como Judas: ponernos del lado de lo de siempre, de lo que siempre se ha hecho, de lo que siempre se ha pensado, y no dejarnos convertir por el Evangelio.

Terminada la cena, Jesús se dirige a Getsemaní. Allí llega Judas al frente de una gran multitud armada con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes. En un momento comienza un forcejeo y uno de los discípulos presentes echa mano de la espada. Atendamos ahora cómo refiere Mateo la reacción inmediata de Jesús ante el gesto insensato de ese discípulo.

         El Reino de Dios no se levanta con la espada.

«C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: + «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán».

En esta escena, Mateo subraya con especial fuerza un mensaje que atraviesa todo su Evangelio: Jesús rechaza de manera absoluta la violencia. El reino de Dios no nace de la espada ni se sostiene por la fuerza. Solo Mateo conserva esa palabra dirigida al discípulo que ha desenvainado: «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán».

El Reino no se impone:

se acoge.

La confrontación, la rivalidad, la violencia, pueden servir para levantar imperios, pero no para abrir paso al mundo nuevo que Jesús anuncia. Los imperios crecen desde la lógica del más fuerte. El Evangelio, en cambio, camina por otro sendero, mucho más desarmado y, por eso mismo, mucho más exigente.

Basta pensar en el mito que está en la base de Roma: Rómulo y Remo. Al final, lo que prevalece es una idea muy simple y muy dura: decide el más fuerte; y quien traspasa el límite que ese poder impone, paga con la vida. Sobre ese principio se edificó el imperio. Pero esa es precisamente la lógica que Jesús no acepta, porque pertenece al mundo viejo, no al Reino de Dios.

La espada construye dominio,

no comunión.

Los cristianos de los primeros siglos entendieron bien que las palabras del Maestro no eran una bonita exageración, sino un modo nuevo de estar en el mundo. Por eso repudiaban el recurso a la violencia. Tertuliano se preguntaba con crudeza si un cristiano podía vivir con la espada en la mano. Y la pregunta no era retórica. Si el Señor había dicho que quien toma la espada, por la espada perece, ¿cómo podía el discípulo del Príncipe de la paz hacer de la guerra su oficio?

Pocos años después, Orígenes lo expresaba con la misma claridad: los cristianos ya no empuñan la espada ni aprenden el arte de la guerra, porque han sido hechos hijos de la paz. Es una frase hermosa, pero no era poesía piadosa: era una toma de posición.

Tomaron a Jesús al pie de la vida.

La Iglesia de los primeros siglos se tomó estas palabras muy en serio. La Tradición Apostólica, que recoge disposiciones para la vida cristiana en el siglo III, afirma que el soldado no debe matar, y que, si recibe esa orden, no debe obedecer. Y añade algo todavía más fuerte: si no acepta esa condición, no puede ser admitido al bautismo. También quien tiene autoridad para condenar a muerte debe renunciar a ese poder. Y el catecúmeno que quiera hacerse soldado debe ser apartado, porque con esa elección ha despreciado a Dios.

No se trataba solo de principios escritos en un texto. Hubo jóvenes que pagaron personalmente esta fidelidad. Uno de los casos más conocidos es el de san Maximiliano de Theveste, la actual Tebessa, en Argelia, a finales del siglo III, durante la persecución de Diocleciano. Cuando quisieron enrolarlo, respondió con una sencillez desarmante: no podía servir en el ejército porque era cristiano. No podía hacer daño. Esa era toda su razón, y a la vez era una razón inmensa. Cuando el juez le hizo notar que otros cristianos sí servían como soldados, él no discutió ni se puso por encima de nadie. Solo respondió: «Ellos saben lo que hacen; yo soy cristiano y no puedo hacer daño». Hay frases que no hacen ruido, pero dejan al descubierto todo un mundo.

La muerte de Judas:

un relato entre sombras

«C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo: S. «He pecado entregando sangre inocente». C. Pero ellos dijeron: S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!». C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron: S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre». C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

El episodio de la trágica muerte de Judas es conocido por todos, incluso por quienes tienen poca familiaridad con los Evangelios. Y, sin embargo, el relato no es tan claro ni tan sencillo como parece. Presenta zonas de sombra, puntos oscuros que, desde el punto de vista histórico, probablemente nunca podrán aclararse del todo.

No sabremos con certeza qué final tuvo Judas. ¿Por qué? Porque Lucas, al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, cuenta su muerte de otra manera (cfr. Hch 1, 16-20). Y, para complicar todavía más la cuestión, una tradición atribuida a Papías de Hierápolis (obispo de Hierápolis, que vivió entre finales del siglo I y comienzos del II y que llegó a encontrarse con los apóstoles) presenta una versión distinta: Judas habría sobrevivido un tiempo, quedó horriblemente desfigurado y acabó muriendo de una manera espantosa, como ejemplo de impiedad. Pero se trata de un testimonio fragmentario y tardíamente transmitido, por lo que conviene citarlo con cautela.

No busquemos curiosidad:

escuchemos el mensaje.

No tiene mucho sentido, por tanto, dar rienda suelta a conjeturas. No conviene acercarnos a los evangelistas buscando datos que sacien nuestra curiosidad, sino dejándonos interpelar por lo que realmente quieren comunicarnos. A nosotros no nos interesa tanto la crónica cuanto el mensaje que Mateo quiere dejarnos.

Judas no es un personaje de cartón:

es un hombre roto.

Intentemos entonces, al menos por un momento, liberarnos de ciertos estereotipos y mirar con respeto, incluso con compasión, el drama de este hombre. Por cómo hablan de él Pedro, Juan y los evangelistas, da la impresión de que dentro del grupo apostólico no tenía verdaderos amigos. Parece más bien alguien que vivía en la periferia del grupo, un poco al margen.

Y cuando Judas vio que aquel que era el único que lo amaba de verdad iba al encuentro de la muerte, debió de sentirse terriblemente solo, cargando con el peso de su propio error. Y fue, por desgracia, a descargar su remordimiento y su tormento interior en las personas equivocadas: en los sacerdotes del Templo, que lo habían instrumentalizado, que se habían servido de él. Fue, en el fondo, al confesor equivocado.

El pecado no es el final;

cerrarse al amor, sí.

También Pedro pecó, pero encontró al confesor justo. Judas, en cambio, no. Si Judas Iscariote hubiera acudido a Cristo, su historia habría terminado de un modo completamente distinto.

Judas se convierte así en símbolo de todos aquellos que durante un tiempo siguen al Maestro, pero después, al darse cuenta de que Jesús no realiza sus sueños ni responde a sus expectativas, lo abandonan y, a veces, incluso se ponen contra él. Y eso también puede suceder hoy.

A continuación, el evangelista Mateo nos conduce a otros dos episodios que solo él conserva.

El sueño de la mujer de Pilato.

«C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él». C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús
»

         El evangelista Mateo nos conduce a otros dos episodios que solo él conserva. El primero es el sueño de la mujer de Pilato, una escena breve y aparentemente marginal, pero cargada de significado: precisamente desde un lugar secundario surge una voz que intenta frenar una condena injusta.

Una voz inesperada intenta frenar la injusticia.

Poncio Pilato fue procurador de Judea durante diez años, del 26 al 36 d.C. Era un tiempo inusualmente largo, porque lo normal era que los procuradores permanecieran solo unos pocos años. Quizá la razón estuvo en que, en Roma, contaba con un protector: el temido Sejano -Sejanus / Lucius Aelius Sejanus, el cual fue el poderoso colaborador de Tiberio y cayó en desgracia en el año 31 d.C. Sejano llevaba el poder mientras Tiberio, medio desquiciado, vivía retirado en Capri, la isla donde había fijado su residencia.

Flavio Josefo cuenta que Poncio Pilato tomó muchas decisiones insensatas, tanto antes del proceso contra Jesús como después. De hecho, sería una represión violenta de una revuelta de samaritanos lo que acabaría provocando su denuncia ante Vitelio, legado romano de Siria, de cuya provincia dependía también Palestina. Y Vitelio, que más tarde llegaría a ser emperador, le ordenaría abandonar Judea y regresar de inmediato a Roma.

A veces la lucidez llega

desde donde nadie manda.

Si tenemos presente el carácter impulsivo de su marido, se entiende bien que su esposa intentara disuadirlo de cometer un nuevo error: condenar a un inocente por complacer a los sumos sacerdotes, Anás y Caifás.

Y lo hizo hablándole en un lenguaje que Pilato podía comprender bien: el de una revelación divina a través de los sueños. La literatura griega y latina, como sabemos, está llena de mensajes de este tipo.

También en los márgenes

puede hablar la verdad.

¿Qué mensaje podemos sacar de este episodio, aparentemente tan secundario dentro del relato de la pasión? Podríamos leerlo como una sugerencia, casi como una invitación dirigida a nosotros: cuando tengas que tomar una decisión, detente a pensar. Y recuerda que hay personas, como esta mujer y como tantas otras, dotadas de una sensibilidad más fina y de una nobleza de alma mayor. Escúchalas. Y luego reflexiona.

Ahora nos adentraremos en el segundo episodio que solo nos transmite Mateo.

Cuando el Evangelio se lee mal, hiere.

«C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: S. «¡Soy inocente de esta sangre! ¡Allá vosotros!». C. Todo el pueblo contestó: S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

Ésta es el segundo episodio que sólo nos transmite el evangelista Mateo. La interpretación insensata de esa frase ha tenido consecuencias trágicas: odio, acusaciones absurdas, violencia, persecuciones contra los judíos por parte de cristianos.

¿Cuál era, en realidad, su sentido? Recordemos a Jesús en el monte de los Olivos, contemplando la ciudad de Jerusalén, que había rechazado su propuesta de un mundo nuevo, un reino de justicia, de amor y de paz. Y allí Jesús rompió a llorar.

Las lágrimas de Jesús no condenan: suplican.

Su llanto es un signo de amor, como el de una madre que ve a su hijo alejarse, rechazar su amor y elegir caminos de muerte. Jerusalén había preferido el recurso a la violencia, y así fue sellando su propia ruina y la de sus hijos.

Quien rechaza al Mesías de Dios y escoge otros mesías, los que siguen la lógica de la violencia, acaba haciendo correr su propia sangre y la de sus hijos.

La violencia nunca termina donde empieza.

Mateo quiere ofrecer aquí una catequesis a los cristianos de todos los tiempos. Nos pone en guardia frente al peligro de repetir el mismo error que cometió su pueblo. Recurrir a la violencia es siempre invocar derramamiento de sangre sobre uno mismo y sobre los propios hijos. Hay decisiones insensatas cuya factura la pagan generaciones enteras.

Y ahora nos adentramos en el relato de unos hechos extraordinarios que habrían acontecido en la muerte de Jesús y que solo Mateo narra.

En la muerte de Jesús no se rompe una tela:

se rompe una idea de Dios.

«C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo»

         Lo que acabamos de escuchar podría parecernos, a primera vista, el relato de un prodigio. Pero, si se tratara solo de la rotura material de una cortina, en realidad nos interesaría bastante poco. Aquí hay otra ruptura, y esa sí nos afecta de lleno: el velo que ha quedado rasgado para siempre.

¿Qué quiere decirnos Mateo? Llegados a este punto del relato de la pasión, quiere ayudarnos a comprender qué sucedió realmente aquel 7 de abril del año 30, a las tres de la tarde, cuando Jesús murió. Y lo hace recurriendo a imágenes bíblicas que los cristianos de su tiempo entendían muy bien y que también nosotros podemos comprender.

Habla del velo del templo, rasgado de arriba abajo. ¿Qué significa esa imagen? Sabemos lo que era ese velo: la cortina que separaba dos grandes espacios, el Santo y el Santo de los Santos. En el Santo estaban el candelabro de siete brazos la מְנוֹרָה (menorá), el altar del incienso y los panes de la ofrenda; allí entraban cada día los sacerdotes.

En cambio, en el Santo de los Santos no podía entrar nadie, porque era el lugar de la gloria de Dios. Solo el sumo sacerdote, una vez al año, en el día del Yom Kippur, entraba allí, y lo hacía temblando, porque si no se hallaba en estado de perfecta pureza no podía acercarse a Dios: sería fulminado. Por eso se sometía antes a escrupulosas purificaciones. Nadie podía atravesar aquel velo. Todos debían quedarse lejos. Dios era inaccesible.

Con la muerte de Jesús,

Dios deja de estar detrás de una barrera.

¿Qué sucede entonces en el momento de la muerte de Jesús? Que Dios rasga para siempre ese velo. El mundo nuevo comienza justamente ahí, en esa ruptura. Con la muerte de Jesús queda eliminado para siempre todo lo que impedía encontrarse con Dios. Los pecadores debían permanecer a distancia; no podían acercarse a él, no podían entrar en su casa. Aquella no era su casa. La casa era solo para los justos.

Pero ese velo ha sido rasgado. Ahora la casa de Dios es la casa en la que pueden entrar todos sus hijos, y los pecadores los primeros, porque son quienes más necesitan su abrazo. Esa es la verdadera ruptura que acontece allí, cuando Jesús muere en el Calvario.

Dios no es un juez encerrado:

es amor abierto para todos.

Se había predicado a un Dios lejano, inaccesible, castigador; un Dios al que solo uno podía acercarse si era puro, y ante el cual el pecador debía vivir con miedo. Con la muerte de Jesús, esa separación queda barrida. Dios había permanecido oculto detrás del velo de nuestras imágenes blasfemas, de las falsas ideas que nos habíamos hecho de él. Todo eso ha sido arrancado. La cortina ha quedado rasgada, y nadie podrá recomponerla.

Y más vale no intentar volver a colgar ese velo. En Jesús, el Señor ha revelado el verdadero rostro de Dios: amor, y solo amor, para todos, no solo para los buenos.

Cuando el Evangelio entra,

nada queda quieto.

«La tierra tembló, las rocas se resquebrajaron»

La imagen del terremoto es bien conocida para quien ha entrado un poco en la Biblia. Recordemos lo que sucede cuando Dios desciende sobre el monte Sinaí para hablar con Moisés: todo tiembla (cfr. Ex 19, 18). Pero, en realidad, no se trata ante todo de un temblor del monte material. El terremoto ocurre en la mente y en el corazón de Moisés, porque tiene que ponerse por completo en sintonía con los pensamientos y los caminos de Dios.

Ese es también el terremoto que puede producirse en nosotros. Cuando dejamos entrar el Evangelio, todo se sacude. Ya no podemos seguir pensando, decidiendo y viviendo como antes. Todo queda removido.

Quien leía este pasaje del Evangelio de Mateo entendía muy bien a qué terremoto se estaba refiriendo. No a un terremoto material, sino a aquel Viernes Santo que hizo temblar el mundo. Allí fueron sacudidos los cimientos del mundo viejo. Todo empezó a venirse abajo, porque aquellas bases ya no podían sostener nada.

El terremoto es la imagen

de la poderoso intervención de Dios.

Mateo hablará también de otro terremoto en la mañana de Pascua, cuando el ángel del Señor baja del cielo, hace rodar la piedra y se sienta sobre ella: es la victoria de Dios sobre la muerte (cfr. Mt 28, 2).

En la Biblia, el terremoto es precisamente una imagen poderosa de la intervención de Dios. Cuando Dios irrumpe, nada sigue igual. Las viejas construcciones ya no se sostienen. Las grandezas de este mundo, esos castillos de cartón piedra que tanto admiramos, se desploman en la Pascua del Señor.

El mundo nuevo no nace sin sacudir el viejo.

Ese gran trastorno del mundo es lo que Mateo quiere presentar. La tierra tembló. Casi parece retorcerse como en un parto, en el momento en que está por dar a luz al mundo nuevo. Los corazones de piedra se resquebrajan y son sustituidos por un corazón nuevo.

Y el evangelista sigue ahora explicándonos, por medio de imágenes, el sentido de lo que sucedió aquel día.

Mateo no narra una crónica:

anuncia una verdad.

«Las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos».

         Probablemente hemos sentido cierta incomodidad al escuchar este relato. Los muertos resucitan en el momento de la muerte de Jesús, pero no salen enseguida de los sepulcros: esperan al día de Pascua, cuando también Jesús sale del sepulcro.

Nadie interpreta esta página como la descripción material de un hecho, porque entonces surgirían de inmediato preguntas inevitables: esos muertos resucitados que se aparecieron a muchos en Jerusalén, ¿volvieron luego a sus tumbas? Está claro que Mateo no está redactando una crónica. Está empleando una imagen para comunicarnos una verdad extraordinaria.

Lo que quiere decirnos es que la victoria de Jesús sobre la muerte no alcanza solo a quienes murieron después de él, sino también a todos los que habían vivido antes.

La Pascua de Cristo

abre la vida para todos.

Por eso resulta tan expresiva esa iconografía en la que Jesús desciende, como todo mortal, al שְׁאוֹל (sheol). Al haberse hecho verdaderamente hombre, no podía volver a la casa del Padre sin pasar por el reino de la muerte.

Pero ¿qué sucede cuando llega allí? No queda retenido para siempre en el mundo de los muertos. Al contrario: hace resurgir a los que estaban allí e introduce a todos en el mundo de la inmortalidad.

Donde parecía terminar todo,

Cristo hizo entrar la vida.

Eso es lo que Mateo quiere proclamar: en la Pascua, la victoria de la vida sobre la muerte ha sido total. Ha alcanzado también a quienes vivieron antes de Cristo.

La luz no se deja sepultar.

««C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera». C. Pilato contestó: S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis». C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia
».

Este último episodio es referido únicamente por Mateo: el de los guardias puestos para custodiar el sepulcro.

Jesús ya lo había advertido: la luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas, porque sus obras eran malas. Quien obra mal no soporta la luz; la rehúye, porque la luz no deja maquillajes y termina poniendo al descubierto lo que uno querría mantener escondido (cfr. Jn 3, 19-20).

El poder cree vencer

cuando logra silenciar.

Eso es lo que Mateo deja entrever en la escena de los guardias colocados junto al sepulcro. Los poderosos están persuadidos de haber apagado la luz de una vez por todas. Piensan que esta vez sí, que el asunto ha quedado resuelto. El que hablaba de justicia, de paz y de un mundo nuevo ha sido reducido al silencio. Ya no molesta. Ya no desenmascara. Ya no inquieta.

Los guardias representan bien a todos aquellos que, por dinero, por conveniencia o por miedo, terminan poniéndose del lado de los poderes de este mundo. De un lado está el poder religioso; del otro, el poder político. Distintos en apariencia, pero aliados cuando se trata de defender un orden que no quiere dejarse cuestionar. Y siempre hay quien se presta a custodiar ese orden, convencido de que los vencedores serán, como siempre, los mismos.

Hay vigilias inútiles

cuando Dios decide amanecer.

La tarea que se les encomienda es tan soberbia como imposible: dejar bien cerrado en el reino de la muerte al Señor de la vida. Creen haber llegado al final de la historia. Se imaginan que la piedra ha puesto punto final a todo. Y así suele actuar el mal: no solo hiere, sino que además intenta persuadirnos de que ha triunfado para siempre. Por eso, tantas veces, quienes siguen esperando justicia, paz y amor acaban pareciendo ingenuos, como si fueran personas incapaces de aceptar la dureza de la realidad.

Pero los poderes de este mundo se equivocaron de arriba abajo. Pensaban enfrentarse a una fuerza como las de aquí abajo, una fuerza que pudiera responder con armas, con maniobras, con engaños, con corrupción. No entendieron que estaban luchando contra una luz que no venía de la tierra, sino de Dios.

La Pascua es la derrota

definitiva de la noche.

Y esa luz estalla en la noche de Pascua. El ángel desciende del cielo, hace rodar la piedra y se sienta sobre ella; no como quien aparta un obstáculo cualquiera, sino como quien muestra, con una serenidad imponente, que la victoria pertenece ya para siempre a Dios (cfr. Mt 28, 2). Los guardias, puestos allí para defender el mundo viejo, quedan deshechos, sin fuerza, vencidos por aquello que no podían prever ni controlar. Huyen aterrados ante la luz del cielo.

Y esa luz, una vez aparecida, ya nadie podrá apagarla.

miércoles, 25 de marzo de 2026

La aconfesionalidad bien entendida no exige amputar la memoria de España

 

La aconfesionalidad bien entendida

no exige amputar la memoria de España

La aconfesionalidad no exige una España sin memoria

Conviene empezar por una precisión que hoy se omite con demasiada ligereza: la aconfesionalidad del Estado no significa la amnesia religiosa de la sociedad, ni la desecación cultural del espacio público, ni la obligación de tratar a España como si fuera un solar vacío sobre el que cada generación pudiera empezar de cero. La Constitución no dice eso. Lo que establece es que ninguna confesión tendrá carácter estatal y, al mismo tiempo, que los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y cooperarán con la Iglesia católica y con las demás confesiones. La aconfesionalidad española no equivale, por tanto, a hostilidad frente al hecho religioso, sino a neutralidad institucional unida al reconocimiento de una realidad social e histórica que no puede fingirse inexistente.

La Semana Santa como patrimonio vivo de la nación

España no es un laboratorio abstracto. Es una comunidad histórica concreta, con una continuidad cultural, jurídica y espiritual reconocible. Y dentro de esa continuidad, la Semana Santa no comparece como una simple actividad más entre otras posibles ocupaciones de la calle. Forma parte de un patrimonio vivo que ha modelado durante siglos el calendario, el arte, el lenguaje, la sensibilidad moral y la misma imaginación colectiva de nuestro pueblo. En ella se entrelazan fe, memoria, vínculos comunitarios, belleza, penitencia, duelo y esperanza. Reducirla a un uso coyuntural del espacio público es no entender lo que ahí está en juego.

Las raíces cristianas de la cultura política europea

Además, conviene recordar algo que a menudo se pasa por alto con un aire de superioridad histórica bastante apresurado. La cultura política europea no nace de una ruptura limpia con el cristianismo, ni puede explicarse únicamente desde una Ilustración leída como negación de toda herencia religiosa. Europa es también hija de una matriz bíblica y cristiana que ha contribuido de manera decisiva a sedimentar convicciones hoy tenidas por irrenunciables: la dignidad de cada persona, el valor de la conciencia, el límite moral del poder, la responsabilidad hacia el prójimo, la intuición de que la justicia no se deja agotar del todo por la legalidad positiva. Cuando el artículo 10.1 de la Constitución sitúa en la base del orden político la dignidad de la persona, sus derechos inviolables y el libre desarrollo de la personalidad, eso no brota de la nada. Brota de una historia moral larga, compleja y fecunda.

Neutralidad del Estado no es borrado cultural

Por eso resulta empobrecedor presentar la modernidad española como una tarea de vaciamiento simbólico. La aconfesionalidad bien entendida no obliga a descristianizar la vida común para parecer más adulta, más neutral o más europea. Lo que exige es otra cosa: que el Estado no se identifique con una confesión determinada y que garantice a todos el ejercicio de sus derechos. Pero ese deber no autoriza a los poderes públicos a comportarse como si aquello que ha dado forma a la nación fuese un residuo embarazoso que hubiera que tolerar en silencio hasta su disolución. La neutralidad del Estado no puede convertirse en una técnica de borrado cultural. En España, la cooperación con las confesiones no es una anomalía; forma parte del diseño constitucional. Y esa neutralidad, tal como ha sido entendida entre nosotros, no impone indiferencia ante la historia, sino precisamente una forma de equilibrio que evita tanto la confesionalidad estatal como la desmemoria programática.

Libertad religiosa para todos, sin negación de la historia

Llegados aquí, importa hacer una segunda precisión, no menos necesaria. Defender todo esto no implica negar derechos a quienes profesan otras religiones ni a quienes se incorporan a nuestra sociedad desde otros horizontes culturales. La libertad religiosa vale para todos, y vale de verdad. No se reduce a la intimidad de la conciencia ni queda encerrada en el ámbito doméstico. Comprende también, dentro de la ley, formas de expresión comunitaria y pública. Esa afirmación debe sostenerse sin vacilaciones. Pero una cosa es reconocer plenamente ese derecho y otra, muy distinta, exigir que toda tradición religiosa deba recibir idéntico lugar simbólico en el espacio público, con independencia de su arraigo histórico, de su densidad cultural o de la relación efectiva que mantenga con la biografía concreta del país.

Acoger sin desdibujarse: pluralismo y continuidad común

Una sociedad libre puede acoger sin desdibujarse. Puede abrirse sin renunciar a su nombre. La hospitalidad no obliga a la autonegación. El pluralismo tampoco consiste en fingir que todas las tradiciones pesan lo mismo en la configuración histórica de una nación. Consiste, más bien, en hacer posible una convivencia leal entre libertades diversas dentro de un marco común que no ha surgido ayer y que no necesita avergonzarse de sus propias raíces para ser justo. Integrarse en una comunidad política no equivale a diluir la identidad personal, pero tampoco puede significar vivir como si la historia de esa comunidad fuese irrelevante o puramente decorativa.

La libertad pública de la religión no impone tabla rasa

Aquí se juega, en el fondo, la cuestión decisiva. La libertad religiosa, en nuestro ordenamiento, protege también su manifestación pública, con los límites que nacen del orden público y de los derechos ajenos. Eso es indiscutible. Lo que ya no es tan indiscutible es la pretensión de convertir ese reconocimiento en una suerte de tabla rasa simbólica, como si el derecho exigiera ignorar toda diferencia de arraigo entre unas tradiciones y otras. No es así. Garantizar la libertad no obliga a practicar una ficción de indiferencia histórica. Al contrario: una convivencia verdaderamente justa sabe distinguir entre el respeto debido a toda persona y a toda confesión, y el hecho igualmente real de que algunas expresiones religiosas forman parte del patrimonio histórico compartido de una nación de una manera singular y no intercambiable.

La singularidad de la Semana Santa nace de su arraigo histórico

Ahí es donde la Semana Santa reclama ser comprendida con más finura y con menos esquematismo. Su singularidad no deriva de que el Estado deba profesar una fe, ni de que una mayoría sociológica pueda imponerla como norma civil. Deriva de un hecho histórico, cultural y social objetivo: durante siglos, el cristianismo ha contribuido de forma decisiva a configurar el alma visible de España, sus fiestas, sus ciudades, su arte, sus ritmos, su lenguaje y hasta su manera de representar el sufrimiento y la misericordia. Reconocer públicamente esa singularidad no rompe la igualdad de derechos. Lo que rompería la igualdad sería negar derechos a otros. Pero no es lo mismo reconocer un derecho que declarar intercambiables todas las tradiciones con independencia de su lugar en la historia común.

Los derechos no dependen de la reciprocidad internacional

También conviene añadir una precisión que suele estropearse cuando se formula con prisas. La defensa de la libertad religiosa en España no puede depender de la reciprocidad con otros países, porque aquí hablamos de derechos fundamentales personales, no de favores condicionales ni de compensaciones geopolíticas. Si una persona vive entre nosotros, tiene derecho a que su libertad sea respetada conforme al ordenamiento, sin que se le pida responder por lo que hagan regímenes ajenos. Pero de esa verdad no se sigue que Europa deba callar cuando esos mismos derechos son negados a cristianos y a otras minorías religiosas en distintos lugares del mundo. Una civilización coherente protege la libertad en casa y la reclama fuera. No para rebajar aquí la dignidad de nadie, sino para no convertir en retórica vacía los principios que dice defender.

La verdadera cuestión: neutralidad o ceguera histórica

De modo que la cuestión de fondo no es si España debe ser neutral en materia religiosa. Eso ya está resuelto. La cuestión verdadera es si esa neutralidad ha de interpretarse como una forma de ceguera histórica. Y ahí la respuesta debería ser inequívoca. No corresponde al Estado apropiarse de una confesión, pero tampoco le corresponde administrar el olvido de aquello que ha contribuido decisivamente a formar la sociedad a la que sirve. La aconfesionalidad no manda vaciar el espacio público de toda memoria religiosa; manda impedir que el poder político se identifique con una fe determinada y, a la vez, le exige gobernar con conciencia de la realidad histórica del país.

 

Un reconocimiento singular sin privilegio confesional

Por eso la Semana Santa puede y debe recibir un reconocimiento singular. No como privilegio arbitrario, no como resto vergonzante de un pasado que se tolera por rutina, sino como expresión de una continuidad histórica y cultural que sigue viva y que ha dejado una huella objetiva en la vida española. Y por eso mismo, la acogida de nuevas minorías religiosas debe hacerse desde la plena libertad de sus miembros, desde la lealtad al marco constitucional y desde el respeto mutuo dentro de una cultura común que no necesita borrarse para ser hospitalaria.

Sin memoria compartida, la libertad pierde su suelo

Una nación que pierde la conciencia de su propia continuidad no se vuelve más justa; se vuelve más débil, más disponible para la intemperie, más fácil de fragmentar. Y una aconfesionalidad que confundiera neutralidad con desmemoria acabaría dejando sin protección precisamente el suelo histórico y moral sobre el que la libertad llegó a hacerse posible entre nosotros.


martes, 24 de marzo de 2026

Homilía de la Anunciación del Señor - Lc 1, 26-38 «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra»

 

Homilía de la Anunciación del Señor

Lc 1, 26-38 «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra»

 

La Anunciación es una de esas escenas que la historia del arte no se ha cansado de contemplar. Basta pensar en Basta pensar en Simone Martini o en el Beato Angelico. Durante siglos, generaciones enteras de cristianos se han sentido atraídas por esa imagen serena y entrañable del ángel que entra en diálogo con María.

Pero llegó un momento en que esa sensibilidad cambió. Con la Ilustración, todo empezó a pasar por el filtro de la razón crítica, y lo que no parecía encajar en sus criterios quedaba bajo sospecha. La sociedad se fue secularizando, y los relatos evangélicos comenzaron a leerse con herramientas históricas y literarias que, tomadas de manera estrictamente cronística, señalaban tensiones, dificultades e incluso aparentes incoherencias. También por eso, aquella escena que tanto había conmovido a la fe cristiana fue perdiendo presencia, incluso en la pintura.

Ante un texto para transmitir

una verdad teológica.

Sin embargo, aquellas preguntas no fueron inútiles. Al contrario: resultaron providenciales, porque obligaron a volver al texto con mayor hondura y a preguntarnos qué quería comunicar realmente. En el caso del relato de Lucas, la reflexión crítica ayudó a ver que no estamos ante un reportaje ni ante una reconstrucción material de los hechos, sino ante una página escrita para transmitir una verdad teológica.

A nosotros nos gustaría saber cómo sucedió todo, paso a paso. Es normal. La curiosidad humana tiene algo de niño que quiere mirar detrás de la puerta. Pero Lucas no escribe para satisfacer esa curiosidad. Su interés va por otro camino: quiere decirnos quién es ese hijo de María y qué significa su llegada para la historia humana. Quiere llevarnos hasta ese instante decisivo en que, en el seno de María, comienza a brotar la vida humana del Hijo de Dios.

Dios no discute su verdad:

la muestra.

Los hombres se habían forjado muchas imágenes de Dios. Lo imaginaron como señor absoluto, como dominador, como alguien que habría creado al hombre para ser servido. A veces incluso se lo presentó como responsable de guerras, castigos, pestes y desgracias. No era precisamente un retrato amable. Y Dios tenía una sola manera de desmentir todo eso: mostrarse. Hacer visible su rostro. Decirnos, sin discursos y sin amenazas, cuánto le importa nuestro amor. Y lo hizo haciéndose uno de nosotros.

En la plenitud de los tiempos, como dice Pablo en la carta a los Gálatas, ese designio de amor tomó carne en el seno de una mujer, María (cfr. Gal 4, 4). Eso es lo esencial. Eso es lo que la primera comunidad cristiana conocía, confesaba y custodiaba. Lo demás no ocupaba el centro.

No todo puede verificarse;

no todo necesita verificarse.

No sabremos nunca de qué modo María fue tomando conciencia de la misión a la que había sido llamada. No sabremos si la Anunciación tuvo la forma de un acontecimiento exterior, constatable en términos materiales, o si fue —como parece más probable— una revelación interior vivida en lo más hondo de ella. Y quizá no haga falta forzar la escena para que diga lo que Lucas no quiso decir.

Por eso nos acercamos a esta página no para arrancarle respuestas a nuestra curiosidad, sino para dejarnos alcanzar por lo que quiere revelar a la fe. Eso es lo decisivo. Lucas nos lo irá mostrando mediante una trama de referencias bíblicas que conviene reconocer y saborear. Porque aquí no se nos ofrece una simple escena piadosa, sino una Palabra viva que nos invita a revisar nuestras imágenes de Dios. Y la pregunta, al final, sigue en pie para nosotros: cuando abrimos el Evangelio, ¿buscamos datos o dejamos que Dios nos cambie la mirada?

El sexto mes:

cuando Dios entra en nuestra historia

«En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María».

Cuando tuvo lugar la Anunciación a María. Nos gustaría saber incluso el mes y el día; al menos, el año. Con algunos cálculos, podría situarse en el 746 desde la fundación de Roma, en el año de la 192.ª Olimpiada, en el vigésimo desde que César Augusto había sido proclamado imperator, en el año 29 del reinado de Herodes el Grande. El año anterior, el 9 antes de Cristo, había sido inaugurada la célebre Ara Pacis, que marcaba el comienzo de la pax romana en toda la cuenca del Mediterráneo.

Pero nada de eso interesa a Lucas. Él dice simplemente: en el sexto mes. Y, desde un punto de vista cronológico, esa expresión no nos resuelve casi nada. En cambio, desde el punto de vista del mensaje, resulta decisiva: es el sexto mes desde el anuncio a Zacarías, el sexto mes desde que comenzó a ponerse en marcha el designio de Dios de venir a hacerse uno de nosotros. Es el sexto mes del tiempo nuevo, el tiempo en que empiezan a cumplirse las promesas.

Dios no fecha la historia

como la fechamos nosotros.

Hay una historia que los hombres registran con sus calendarios, sus imperios y sus victorias. Y esa historia pasa. Luego está la historia de Dios, que permanece. Lucas nos invita a mirar desde ahí. Por eso no subraya el año de los poderosos, sino el momento en que empieza a abrirse paso la novedad de Dios.

Galilea es el escenario de la humanidad

donde ahora entra el Hijo de Dios.

El escenario es Galilea, una región despreciada, considerada poco fiel, medio pagana, envuelta —según la mirada religiosa de entonces— en tinieblas de pecado y de error. Es, en cierto modo, la imagen de esa humanidad en la que ahora entra el Hijo de Dios. Y, dentro de Galilea, el lugar concreto es Nazaret: una aldea pequeña, perdida, insignificante, hasta el punto de no ser mencionada en el Antiguo Testamento.

Cuando Felipe le anuncia con entusiasmo a Natanael que han encontrado a Jesús de Nazaret, la respuesta sale casi con una sonrisa escéptica: «¿de Nazaret puede salir algo bueno?» (cfr. Jn 1, 45-46). Era una aldea antigua, sí, habitada ya desde tiempos remotos, pero luego abandonada durante siglos. Habían crecido allí los zarzales y las ortigas. Solo unos doscientos años antes de Cristo volvió a poblarse, aunque siguió siendo un lugar sin relieve, una de esas aldeas que no hacen girar la cabeza de nadie.

Dios tiene otra manera de mirar

No era hacia Nazaret hacia donde miraban los hombres. Sus ojos iban a Roma, a Olimpia, a Jerusalén. Miraban donde se concentraba el prestigio, donde parecía decidirse el rumbo del mundo. Pero Dios tiene otra manera de mirar.

La virginidad no era estimada

como condición permanente.

La Anunciación se dirige a una virgen. Y, en el contexto social del antiguo Oriente, no era la virginidad lo que daba valor a una mujer, sino la maternidad. En Israel, como entre nosotros, la virginidad era estimada antes del matrimonio, no como condición permanente. Para una mujer, permanecer siempre virgen se vivía como una humillación, porque parecía significar que no tenía atractivo, que no contaba para nadie.

Por eso, en la Biblia, el término virgen puede cargar con una tonalidad de fragilidad, de despojo, de desventura. Se convierte en imagen de Jerusalén cuando queda arrasada, abatida, sin vida. Jeremías recoge estas palabras del Señor: «Te reedificaré de nuevo, y quedarás reedificada, virgen de Israel» (cfr. Jr 31, 4). Y el mismo profeta, llorando la ruina de su pueblo, habla de la virgen hija de mi pueblo herida de muerte. También Amós dice: Cayó la virgen de Israel; no volverá a levantarse; yace postrada en su tierra y nadie la levanta (cfr. Am 5, 2).

Para comprender mejor lo que significaba la virginidad en aquel mundo bíblico, podemos recordar un episodio muy doloroso del libro de los Jueces. Jefté, antes de ir a la guerra, hizo una promesa precipitada: si volvía vencedor, ofrecería al Señor al primero que saliera de su casa a recibirlo. Y la primera en salir fue su propia hija, que corrió a su encuentro llena de alegría por la victoria de su padre. Lo más sobrecogedor del relato es que ella no llora ante todo su muerte, sino el no poder llegar a ser madre; pide retirarse un tiempo a la montaña con sus compañeras para llorar su virginidad (cfr. Jc 11, 30-40). El texto es duro, incluso incómodo, pero precisamente por eso nos deja ver con claridad la mentalidad de aquel tiempo: para una mujer, quedarse virgen no se entendía como un privilegio, sino como una desventura, porque significaba quedar sin descendencia, sin futuro, sin vida que continuara.

Y entonces comprendemos mejor la fuerza del evangelio. Cuando Lucas nos presenta a María como virgen, no está destacando algo que socialmente la engrandeciera. Está señalando, más bien, una pequeñez, una pobreza, una condición que, humanamente hablando, parecía estéril. Y es ahí donde Dios entra. Es ahí donde Él comienza su obra nueva. El Señor no arranca la salvación desde lo fuerte, lo admirado o lo fecundo según los criterios humanos; la hace brotar allí donde parecía no haber posibilidad. La virginidad de María, leída bíblicamente, se convierte así en el signo de una humanidad que no puede darse la vida por sí sola, pero que, tocada por Dios, llega a ser fecunda de un modo inesperado.

Lo estéril se vuelve fecundo

cuando Dios interviene.

La virginidad de María no debe leerse solo en clave biológica, sino sobre todo en clave bíblica. Lucas la presenta como la Virgen Sión que llega a ser fecunda por la intervención del Señor. María aparece así como figura de una humanidad incapaz de darse por sí sola la vida verdadera, la vida plenamente humana, si no es alcanzada por Dios.

Y ella misma, como buena mujer de la Escritura, lo dirá en el Magnificat: «El Poderoso ha mirado la pequeñez de su sierva» (cfr. Lc 1, 48-49). Ahí está María, pequeña, sin relevancia a los ojos del mundo, sin brillo según los criterios de los hombres, y sin embargo mirada por Dios, levantada por Él, hecha fecunda por su poder.

El nombre de María.

Sin embargo, aquí no termina la sorpresa que nos presenta el evangelista. Dice el texto: «El nombre de la virgen era María». Y, para los primeros oyentes, ese nombre no debía de sonar indiferente. María o Miriam era un nombre cargado de resonancias antiguas y, en cierto modo, incómodas, porque arrastraba una memoria ambigua.

En el Antiguo Testamento aparece vinculado a Miriam, la hermana de Moisés, una mujer de carácter fuerte, marcada también por la intriga, la ambición y el espíritu de queja. Junto con Aarón, critica a Moisés por haberse casado con una mujer cusita, pero el relato la sitúa a ella en primer lugar, como dejando entrever que fue la principal instigadora de aquella protesta (cfr. Num 12, 1-2). En el fondo, no se trataba solo de una crítica a la esposa de Moisés, sino de algo más hondo: ponía en cuestión la elección misma que Dios había hecho de Moisés como guía de su pueblo.

Y el Señor respondió con severidad. María quedó herida por la lepra, signo visible de su pecado y de su falta de fe. Desde entonces, su figura quedó asociada a una experiencia de castigo y de maldición. Por eso, el nombre de María conservaba una resonancia difícil, casi oscura. Podríamos decirlo con una comparación sencilla: es como el nombre de Judas. En sí mismo es un nombre hermoso, incluso noble, y remite a uno de los apóstoles; pero, en cuanto lo escuchamos, enseguida se nos cruza la sombra del traidor. Pues bien, algo semejante sucedería aquí. Y precisamente por eso resulta tan llamativo que Dios quiera comenzar la historia nueva de la salvación en una mujer que lleva ese nombre. Como si el Señor quisiera decirnos, una vez más, que Él es capaz de tomar incluso lo que arrastra una memoria herida y convertirlo en lugar de gracia, de fecundidad y de bendición.

Dios no llega siempre

por donde nosotros lo esperaríamos.

Y así queda preparado el escenario para escuchar el anuncio del ángel a esta virgen. No en el centro del poder, no en una ciudad ilustre, no en un lugar que deslumbrara a nadie, sino en lo pequeño, en lo escondido, en lo que parecía no contar. Quizá también nosotros necesitamos volver a aprender eso: que Dios no siempre llega por donde nosotros lo esperaríamos. A veces se acerca en nuestra humilde Nazaret, y precisamente por eso corremos el riesgo de no reconocerlo. ¿No será esa, también hoy, nuestra dificultad?

No es un saludo educado:

es una llamada de Dios.

«El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

El saludo que Lucas pone en labios del ángel no es una fórmula de cortesía. No es el saludo ordinario con el que dos personas se encuentran, ni siquiera el שָׁלוֹם (shalóm) habitual. El ángel no le dice simplemente: «Te saludo, María». Le dice algo mucho más hondo: χαῖρε (jaíre), es decir, alégrate.

La razón de la alegría

es que Dios está en medio de ellos.

Lucas ha escogido esta palabra con mucho cuidado. ¿De dónde la toma? De los profetas. Allí encontramos con frecuencia este mismo llamamiento puesto en boca de Dios y dirigido a Israel, a Jerusalén, a la hija de Sión. Y, lo más bello, es que aparece precisamente cuando el pueblo está humillado, derrotado, desanimado. En ese momento, cuando todo parece perdido, Dios le dice: «Alégrate». ¿Por qué? Porque Él está en medio de su pueblo. Eso habían anunciado los profetas.

Vale la pena escuchar esos textos, porque son de una hermosura desarmante. Sofonías proclama: «Grita de alegría, hija de Sión; regocíjate, Israel; alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén. No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, está en medio de ti» (cfr. Sof 3, 14-17). Y el término hebreo בְּקִרְבֵּךְ (bekirbéj) significa precisamente «en medio de ti», incluso «dentro de ti», «en tu seno». La promesa, por tanto, no es abstracta: Dios viene a habitar dentro.

El profeta Zacarías retoma la misma esperanza: «Alégrate y goza, hija de Sión, porque he aquí que yo vengo y habitaré en medio de ti» (cfr. Zac 2, 14). Y un poco más adelante: «Alégrate sobremanera, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén: mira a tu rey que viene a ti; justo y victorioso, humilde, montado en un asno; hará desaparecer los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; será quebrado el arco de guerra y anunciará la paz a las naciones» (cfr. Zac 9, 9-10). También el profeta Joel hace resonar la misma invitación: «No temas, tierra; alégrate y goza, porque el Señor ha hecho grandes cosas… Hijos de Sión, regocijaos y alegraos en el Señor, vuestro Dios» (cfr. Jl 2, 21-23).

En María es la humanidad entera

la que recibe este anuncio.

Al retomar estos oráculos, el mensajero celeste no se dirige solo a María como persona particular. En ella está siendo alcanzada toda nuestra humanidad. El saludo del ángel llega a una mujer concreta, sí, pero atraviesa su figura y alcanza a todos. Es como si Dios le dijera a la humanidad cansada, herida, avergonzada por su propia miseria: no te encierres en tu indignidad, no te hundas en tu pequeñez, alégrate, porque el Señor viene a ti.

Esta alegría no será una nota aislada dentro del evangelio de Lucas. Es una música que empieza ya aquí y que luego irá creciendo. A Zacarías se le dice que tendrá gozo y alegría, y que muchos se alegrarán por el nacimiento de Juan (cfr. Lc 1, 14). Y cuando llegue el anuncio del nacimiento de Jesús, los pastores escucharán: «No temáis; os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo» (cfr. Lc 2, 10). La salvación empieza con una alegría que Dios mismo pronuncia sobre nuestro mundo.

Dios no se cansa

de alegrarse por nosotros.

El saludo del ángel añade todavía algo más. No dice solo: χαῖρε (jaíre). Lucas pone una expresión griega muy densa: κεχαριτωμένη (kejaritoméne). Podríamos traducirla así: «Alégrate, tú que has sido agraciada», «alégrate, tú que eres amada por Dios», o también: «alégrate, tú que has sido colmada de gracia y de amor». No es, por tanto, una alegría superficial, de esas que duran lo que tarda en sonar el teléfono. Es la alegría de saberse mirada, escogida, envuelta por la gracia.

Y esa palabra no se queda encerrada en María. El Nuevo Testamento la abre después a toda la comunidad creyente. Lo que en ella aparece en plenitud, en nosotros se convierte en vocación, vivir sabiendo que somos amados por Dios: «para que la gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su Hijo querido, se convierta en un himno de alabanza a su gloria» (cfr. Ef 1, 6). Y eso cambia mucho las cosas. Porque, cuando uno abre los libros de historia, lo que encuentra no es precisamente un relato tranquilizador: guerras, violencia, opresión de los débiles, abusos, asesinatos, masacres, torturas… Esa ha sido tantas veces la historia humana. Y quizá nosotros habríamos esperado que Dios borrara todo y empezara de cero. Pero no. Dios ama tanto a esta humanidad que ha querido hacerse uno de nosotros.

El Señor está contigo:

ahí empieza todo.

Por eso el saludo culmina con otra expresión decisiva: «El Señor está contigo». En la Escritura, estas palabras se dirigen a quienes reciben una misión importante

Por eso el saludo culmina con una expresión decisiva: «El Señor está contigo». En la Escritura, esta es la palabra que acompaña a quienes son llamados por Dios para una misión importante, a tareas decisivas. Se le dice así a Gedeón, cuando es enviado a liberar a su pueblo (cfr. Jc 6, 12). Y, con fórmulas equivalentes, es la misma promesa que sostiene a Moisés en la hora de su envío: «Yo estaré contigo» (cfr. Ex 3, 12); la que alienta a Josué al comenzar su tarea: «Como estuve con Moisés, estaré contigo» (cfr. Jos 1, 5); y la que fortalece a Jeremías en medio de su miedo: «Yo estoy contigo para librarte» (cfr. Jr 1, 8). De modo que, cuando el ángel se dirige a María con estas palabras, no le ofrece un simple consuelo: le está revelando que Dios la llama, la acompaña y la introduce en una misión decisiva para la historia de la salvación.

La fe consiste en descubrir que ya

no estamos solos dentro de la obscuridad.

«El Señor está contigo». Esa es la razón de la alegría. No porque ya esté todo resuelto, no porque hayan desaparecido los problemas, no porque la historia se haya vuelto amable de repente. La alegría nace de una presencia. Dios ha decidido entrar en nuestra historia, habitar nuestra carne, acercarse hasta el fondo. Y, cuando Dios está en medio, incluso la noche empieza a cambiar de color. Porque la fe no consiste en negar la obscuridad, sino en descubrir que ya no estamos solos dentro de ella.

 

Cuando Dios entra con su palabra en nuestra historia,

siempre hay un estremecimiento

«Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

         A estas palabras, María quedó profundamente desconcertada. Zacarías se había turbado ante una visión; María, en cambio, se turba por la palabra. Y no por cualquier palabra, sino por la Palabra de Dios, por ese designio suyo que irrumpe de pronto en su vida. Cuando Dios entra con su palabra en nuestra historia, siempre hay un estremecimiento, porque su voz no viene a decorar nuestros planes, sino a descolocarlos y abrirlos.

La palabra de Dios

primero nos desinstala.

Lucas emplea aquí un verbo muy expresivo: διαταράσσομαι (diatarássomai), que indica una conmoción profunda. El texto griego lo escribe así: «ἡ δὲ ἐπὶ τῷ λόγῳ διεταράχθη»; que traducido es; «Pero ella fue profundamente turbada por la palabra». Con otras palabras; el evangelista no dice simplemente que María se inquietó. Usa el verbo διαταράσσω (diatarásso), una forma intensiva que remite a ταράσσω (tarásso), verbo que expresa agitación, conmoción, como la del mar cuando se levanta el oleaje. María queda así profundamente sacudida por dentro ante la palabra. No porque Dios venga a destruir su paz, sino porque su voz abre un horizonte nuevo y descoloca los planes de siempre. Eso es lo que sucede también en nosotros cuando dejamos que la Palabra de Dios entre de verdad en la mente y en el corazón: remueve, inquieta, sacude. No porque venga a destruirnos, sino porque empieza a rehacer en nosotros algo que estaba demasiado quieto, demasiado cerrado, demasiado seguro de sí mismo.

Diferencia entre María y Zacarías

Zacarías se turba ante la visión del ángel; María, en cambio, se turba ante la palabra. Y tampoco Lucas usa el mismo verbo. En Zacarías emplea ταράσσω (tarásso); en María, διαταράσσω (diatarásso), una forma más intensa. Como si quisiera decirnos que la palabra de Dios no roza superficialmente a María, sino que la conmueve hasta el fondo.

Entonces el ángel le dice a María —y, en ella, también a nosotros—: «No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios». Es decir: has entrado en el ámbito de su benevolencia, en el espacio de su amor gratuito. Dios no viene a quitarte nada bueno; viene a traerte la alegría y la vida.

Dios no entra para condenar:

entra para dar vida.

Y enseguida llega el anuncio: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús». Ese nombre es decisivo. Durante siglos, Dios había sido invocado con un nombre santo, inefable, envuelto en reverencia. Pero ahora, al hacerse cercano, Él mismo nos dice cómo quiere ser llamado: יֵשׁוּעַ (Yeshúa), es decir, «Dios salva». No se revela como un juez implacable, ni como un soberano frío que exige cuentas; se revela como Aquel que quiere rescatar la vida del hombre, levantarlo, conducirlo a su plenitud.

Muestra el rostro verdadero del Altísimo

Y a continuación el ángel presenta la identidad de este hijo de María: «Será grande, se llamará Hijo del Altísimo». En el lenguaje bíblico, «hijo» no significa solo descendencia, sino semejanza, manifestación, revelación. Este niño será el que nos muestre el verdadero rostro del Altísimo. El título «Altísimo» remite a Dios como עֶלְיוֹן (elyón), el Dios elevado, el Dios por encima de todo, el Dios grande y poderoso, como tantas veces lo había confesado Israel.

Recordemos cómo la tradición bíblica habla de la grandeza de Dios: el Señor es fuerte, vencedor, grande sobre todos; el Dios de los dioses y Señor de los señores, grande, poderoso y temible (cfr. Dt 10, 17). Y, en los siglos anteriores a Cristo, estas expresiones sobre la majestad divina se multiplicaron todavía más. También el libro de Judit canta al Señor como grande, glorioso y admirable en su poder (cfr. Jdt 16, 13).

La verdadera grandeza de Dios

cabe en un niño.

Aquí está la sorpresa. El rostro auténtico de este Dios Altísimo se nos revela en el hijo de María. Y se nos revela no en un guerrero, no en un emperador, no en alguien que aplasta a sus enemigos, sino en un niño. Esa es la grandeza de Dios: hacerse pequeño para mostrarnos hasta dónde llega su amor.

Nosotros solemos admirar lo que se impone; Dios, en cambio, manifiesta su poder en la humildad. Nosotros nos inclinamos ante lo deslumbrante; Dios prefiere la pequeñez que ama, sirve y salva.

Luego el ángel continúa: «el Señor Dios le dará el trono de David, su padre» (cfr. Lc 1, 32). Lucas va tejiendo aquí, con mucha delicadeza, una cadena de promesas del Antiguo Testamento para decirnos quién es realmente el hijo de María. Está evocando la profecía que Natán dirigió a David: que su descendencia tendría un reino estable para siempre (cfr. 2 Sm 7, 12-16).

Ahora bien, ese reino será muy distinto del que David pudo imaginar. No será el reino de quien se engrandece a sí mismo, sino el de quien se hace servidor. No será un dominio construido sobre la fuerza, sino una soberanía que nacerá del amor y de la entrega. Y, precisamente por eso, será eterno; «reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

 

El reino de Dios no se impone:

se ofrece.

Aquí empieza a perfilarse ya toda la novedad del Evangelio. El Mesías esperado sí es heredero de David, pero su trono no se parecerá a los tronos de este mundo. Su autoridad no aplastará; levantará. Su poder no humillará; servirá. Su victoria no consistirá en derrotar al hombre, sino en salvarlo. Y quizá ahí también nosotros necesitamos convertir la mirada, porque seguimos soñando con un Dios espectacular, cuando Él prefiere presentarse en la humildad de un niño y en la mansedumbre de un reino que no tendrá fin.

María no duda: discierne

La fe no apaga la razón

La diferencia entre la duda y el discernimiento

«Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible”». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró».

«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?», pregunta María. Su pregunta es muy distinta de la de Zacarías. Zacarías había puesto en duda el poder del Señor: «¿Cómo puede ser esto, si yo ya soy viejo?». María, en cambio, no duda del poder de Dios. Lo que María quiere comprender es cómo ha de entrar ella en ese designio. Cuando dice: «No conozco varón», está diciendo simplemente: no he tenido relaciones con un hombre.

A partir de estas palabras nació más tarde toda una construcción piadosa: la idea de un voto de virginidad hecho por María desde niña, y la de un matrimonio con José solo aparente; José sería un anciano, viudo, con hijos, puesto al lado de María para custodiar su virginidad. Pero quien recorre ese camino no ha entendido bien el género literario del texto y termina imaginando este pasaje como la transcripción exacta de un diálogo sucedido tal cual entre María y el ángel, como si luego María hubiera retenido cada palabra para contársela después a Lucas. Hoy ya nadie sostiene seriamente esa lectura.

La fe no apaga la inteligencia.

María no pregunta: «¿Es posible que esto ocurra?». Pregunta más bien: «¿Cómo debo situarme yo dentro de lo que Dios quiere hacer?». Y ahí se convierte para nosotros en modelo de la verdadera respuesta creyente.

El ser humano no está llamado a renunciar ni a su inteligencia ni a su libertad. La adhesión a Dios nunca exige dejar de ser razonables. El sí de la fe, para ser plenamente humano, ha de ser lúcido, responsable, ponderado. Y por eso María es realmente figura de la respuesta humana más bella: una obediencia que no es ciega, una disponibilidad que piensa, discierne y se entrega.

La aclaración que recibe María

¿Qué aclaración recibe María? El ángel le responde con imágenes bíblicas que cualquier israelita podía entender.

Primera imagen: No lleva artículo

La primera es la del Espíritu de Dios: «Espíritu Santo vendrá sobre ti». Y aquí conviene fijarse en un detalle: el texto no lleva artículo; no dice «el Espíritu Santo» como si quisiera describir casi una intervención física, sino que evoca la fuerza divina, la energía creadora de Dios. En griego, πνεῦμα (pnéuma) es neutro; en hebreo, רוּחַ (rúaj) es femenino. Lo que se anuncia aquí no tiene nada que ver con categorías biológicas aplicadas a Dios. Se trata de la fuerza creadora del Señor que entra en acción.

Esa imagen nos remite enseguida al comienzo de la Biblia, a aquel Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas antes de la creación. Lo que el ángel le está diciendo a María es esto: en ti va a actuar la misma fuerza creadora de Dios. No estamos solo ante un nacimiento extraordinario; estamos ante una creación nueva.

Segunda imagen: la sombra

La segunda imagen aclara todavía más su misión: «la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra». La sombra, en la Biblia, no es oscuridad amenazante, sino signo de la presencia de Dios. Recordemos la nube que acompañaba al pueblo en el desierto y señalaba que el Señor guiaba el éxodo; recordemos la nube sobre el Sinaí, cuando Moisés escuchaba la palabra del Señor; recordemos también la tienda del encuentro, cubierta por la nube, como signo de que Dios estaba allí (cfr. Ex 13, 21-22; 24, 15-16; 40, 34-35).

Por eso, cuando se dice que la sombra del Altísimo cubrirá a María, lo que se está proclamando es algo inmenso: María se convierte en la nueva arca de la alianza. En su seno habita la presencia de Dios. Es, en el fondo, una profesión de fe de Lucas en la identidad del hijo de María: ese niño está envuelto por el misterio mismo de Dios.

El sexto mes de embarazo de Isabel

Luego el ángel le ofrece a María un signo: Isabel, su pariente, lleva ya seis meses de embarazo. Y aquí no estamos ante un simple detalle de calendario. Lucas no escribe para satisfacer curiosidades, sino para abrirnos una comprensión creyente de lo que Dios está haciendo. Claro que, en primer lugar, se trata del sexto mes de Isabel. Pero, para quien escucha la Escritura con atención, ahí resuena también un eco más hondo.

En el relato del Génesis, es en el sexto día cuando Dios crea al ser humano a su imagen (cfr. Gn 1, 27). Y ahora, en este sexto mes, se nos sugiere que Dios ha comenzado una nueva creación. No se trata solo de que un niño vaya a nacer. Se trata de que, en el seno de María, empieza a formarse el Hombre nuevo, el Santo, el Hijo de Dios (cfr. Lc 1, 35). Ahí está la clave. No basta mirar el prodigio de Isabel; hay que escuchar lo que el ángel acaba de revelar sobre el hijo de María. En Él, la primera creación alcanza su plenitud y comienza el mundo nuevo.

Dios no abandona su obra:

la rehace desde dentro.

Así, el «sexto mes» deja de ser un simple dato cronológico y se convierte en una verdadera clave teológica. Lucas nos está diciendo que Dios no se ha cansado de nuestra pobre humanidad, que no ha tirado el mundo como quien desecha algo arruinado. Al contrario: Dios ha vuelto a poner sus manos sobre nuestra historia para rehacerla desde dentro. Lo que comenzó en el sexto día encuentra aquí un comienzo nuevo: ya no el hombre sacado del polvo, sino la humanidad renovada en Cristo, concebido por obra del Espíritu en el seno de la Virgen.

Cuenta conmigo

La respuesta de María es sencilla y enorme a la vez: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

En hebreo, הִנְנִי (hinéni): aquí me tienes, estoy disponible, cuenta conmigo. Es una expresión que recorre toda la Escritura. La encontramos en labios de Abrahán cuando Dios lo llama (cfr. Gn 22, 1), en Samuel cuando escucha su nombre en la noche (cfr. 1 Sam 3, 4), en Moisés ante la zarza (cfr. Ex 3, 4), en Isaías cuando acepta la misión profética (cfr. Is 6, 8). María entra en esa gran cadena de hombres y mujeres llamados por Dios. Pero, al mismo tiempo, la supera, porque la misión que recibe es única: ninguna otra entrega humana ha estado tan cerca del corazón del designio divino.

Es consentimiento, es colaboración activa

Ese «he aquí la esclava del Señor» no es una frase bonita. Es la disponibilidad total de una vida puesta en manos de Dios. No es pasividad; es consentimiento. No es resignación; es colaboración. María ofrece su libertad para que el proyecto del Señor se haga carne en el mundo.

Pero hay todavía algo más conmovedor. Ese «aquí estoy» no lo encontramos solo en labios de los hombres. También Dios lo pronuncia. El profeta Isaías lo pone en su boca: cuando lo invocamos, Él responde: «Aquí estoy» (cfr. Is 58, 9). Y también revela su identidad diciendo: «Aquí estoy» (cfr. Is 52, 6). Es hermoso pensarlo: cuando nosotros le decimos a Dios «aquí estoy», en realidad estamos respondiendo a un Dios que ya nos ha dicho antes «aquí estoy yo». También Él se muestra disponible, cercano, dispuesto a venir a nuestro encuentro.

El rostro del Altísimo se nos revela en un niño.

Ese niño nos dirá quién es de verdad el Altísimo. No lo dirá todo de una vez, claro; un niño no habla así. Pero lo que ya nos dice nunca será desmentido después, cuando crezca. Porque en ese niño se transparenta el estilo definitivo de Dios.

Es un niño que necesita besos y caricias; si no, llora. Y ese es nuestro Dios. Nosotros quizá lo habíamos imaginado solo como grande, poderoso, severo, justiciero. Y, sin embargo, Él ha querido mostrarse necesitado de amor. No porque le falte algo, sino porque solo entrando en esa lógica de amor podemos nosotros llegar a ser verdaderamente felices.