sábado, 25 de julio de 2026

Breve Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 13, 44-46

 

Breve Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario,

Ciclo A - Mt 13, 44-46

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo»

 

El tesoro por el que merece la pena vivir

Hermanos:

Todos queremos acertar en la vida. Hay equivocaciones pequeñas: tomar una calle incorrecta, comprar algo que luego no usamos o preparar una receta que termina necesitando bastante misericordia. Pero existen decisiones mucho más importantes: a quién entregamos nuestra confianza, qué lugar ocupa el dinero, cómo reaccionamos ante el mal, para qué empleamos nuestros dones y qué sentido damos a nuestra existencia.

Por eso, en el mundo antiguo se estimaba tanto la sabiduría. Una persona podía ser rica, poderosa e incluso temida; pero, si no sabía vivir, no era considerada verdaderamente sabia.

Saber muchas cosas no es lo mismo que saber vivir

La sabiduría bíblica no consiste simplemente en acumular conocimientos. Se puede tener una gran memoria, conocer muchos datos y, sin embargo, equivocarse en lo esencial.

Sabio es quien aprende a distinguir entre lo que da vida y lo que termina destruyéndola; entre lo que resulta agradable durante un momento y lo que conduce al bien; entre aquello que brilla mucho y aquello que de verdad merece nuestra confianza.

Las parábolas de este domingo nos ayudan precisamente a desarrollar esa sabiduría. Jesús nos pregunta con sencillez: ¿sabemos reconocer lo verdaderamente valioso?

El tesoro estaba allí, pero había que descubrirlo

Jesús habla primero de un tesoro escondido en un campo. Un hombre lo encuentra, vuelve a ocultarlo y, lleno de alegría, vende todo cuanto posee para comprar aquel terreno.

Conviene fijarse en un detalle: el tesoro estaba allí, pero permanecía escondido. No se encontraba expuesto en un escaparate ni llevaba un cartel que dijera: «La felicidad está aquí». Era necesario descubrirlo.

Así sucede también con el Evangelio.

Las cosas que más llaman nuestra atención no siempre son las que más bien nos hacen. El éxito se exhibe. El dinero se cuenta. La popularidad se anuncia. Las apariencias encuentran espectadores con bastante facilidad. El Evangelio, en cambio, suele entrar en nuestra vida de manera discreta.

Puede comenzar con una palabra de Jesús que un día nos toca de una forma especial. Puede aparecer en una persona que vive con una paz que no sabemos explicar. Quizá lo percibimos en alguien capaz de perdonar, de servir sin hacerse propaganda o de permanecer junto a quien sufre cuando otros ya se han marchado.

Entonces intuimos que allí hay algo diferente. Como si, en medio de la tierra, apareciera un pequeño destello.

Podemos haber escuchado muchas veces el mismo Evangelio y, sin embargo, descubrirlo verdaderamente un día concreto. No porque sus palabras hayan cambiado, sino porque quizá nosotros hemos comenzado a escucharlas de otra manera.

El tesoro estaba allí. Faltaba detenerse, mirar y empezar a cavar.

La fe comienza con una alegría, no con una pérdida

El hombre de la parábola vende todo cuanto tiene. Pero no lo hace llorando ni arrastrando los pies. Jesús dice que actúa lleno de alegría.

Este detalle cambia por completo la parábola.

A veces hemos presentado la vida cristiana empezando por lo que cuesta: las renuncias, los sacrificios, las obligaciones y las prohibiciones. Sin embargo, Jesús comienza por un descubrimiento.

Aquel hombre no deja sus bienes porque todo le parezca malo. Los deja porque ha encontrado algo mucho mejor. No se siente empobrecido: sabe que está realizando la mejor inversión de su vida.

El discípulo verdadero no habla continuamente de lo que ha perdido. Habla, sobre todo, de lo que ha encontrado.

Ha encontrado una manera nueva de vivir. Ha descubierto que amar llena más que utilizar a los demás; que compartir libera más que acumular; que perdonar puede cerrar heridas que el resentimiento mantiene abiertas; que servir no empequeñece, sino que ensancha el corazón.

Cuando uno descubre esto, cambia su escala de valores. No porque alguien lo obligue desde fuera, sino porque comienza a mirar la vida con otros ojos.

Por eso, la primera pregunta no es: «¿A qué tengo que renunciar?». Hay otra anterior y más importante: «¿He descubierto realmente el tesoro?»

Mientras no se descubre, cualquier renuncia parece insoportable. Cuando se comprende lo que se ha encontrado, muchas cosas dejan de parecer imprescindibles.

La perla: en qué clase de persona nos convertimos

La segunda parábola habla de un comerciante que buscaba perlas finas. Este hombre es distinto del anterior. El primero encontró el tesoro de manera inesperada; el mercader, en cambio, llevaba mucho tiempo buscando.

Conocía las perlas. Había visto muchas y sabía reconocer su valor. Ya había encontrado cosas hermosas, pero ninguna conseguía satisfacer por completo su búsqueda. Hasta que un día encuentra una perla incomparable.

También nosotros buscamos belleza. No solamente belleza exterior.

A veces decimos de alguien: «Es una persona preciosa». Quizá no destaca por su apariencia, pero tiene una manera de escuchar, de tratar a los débiles, de acompañar, de servir o de perdonar que la hace verdaderamente hermosa.

La belleza más profunda de una persona está en los valores que encarna.

Hay personas que, cuando llegan, hacen que el ambiente sea más humano. No necesitan colocarse en el centro; saben dejar espacio a los demás. No van dando lecciones continuamente, pero a su lado uno aprende. No esconden los problemas, aunque tampoco siembran desesperanza.

El Evangelio quiere formar en nosotros esa belleza interior.

No basta con admirar las palabras de Jesús como quien contempla una joya detrás de un cristal. Su sabiduría quiere entrar en nuestra vida: en nuestra manera de hablar, de gastar, de elegir, de mirar a los demás y de reaccionar cuando alguien nos hiere.

La belleza cristiana alcanza su cima en el amor, especialmente en el amor que no responde al mal con más mal.

Esto no significa justificar la injusticia ni permitir que alguien nos destruya. Significa negarnos a que el daño recibido decida en qué clase de persona vamos a convertirnos.

La perla de gran valor es una vida que aprende a amar al estilo de Jesús.

La red pasa por el interior de cada uno

Después aparece la parábola de la red. Los pescadores la sacan del agua y encuentran de todo: peces aprovechables y cosas que no sirven.

Al escucharla, podemos caer rápidamente en una interpretación muy cómoda: dentro de la red están los buenos y los malos. Y, curiosamente, nosotros solemos colocarnos entre los buenos. Para los malos, en cambio, casi siempre tenemos algún candidato disponible.

Pero la parábola nos invita a mirar más adentro.

La separación entre lo bueno y lo corrompido no pasa solamente entre unas personas y otras. Pasa por el interior de cada uno de nosotros.

En todos hay algo hermoso y algo que necesita ser purificado. Podemos ser generosos y, al mismo tiempo, necesitar que todo el mundo lo sepa. Podemos defender la verdad, pero hacerlo sin caridad. Podemos ayudar mucho fuera de casa y ser bastante difíciles de soportar dentro de ella.

Nuestro corazón es complejo. En esa red interior aparecen peces buenos, ramas, hojas y algún trapo del que ni siquiera recordamos cómo llegó hasta allí.

Pertenecer a la comunidad cristiana no significa haber terminado el camino. El bautismo no nos convierte automáticamente en una obra acabada. Dios continúa trabajando en nosotros con paciencia.

Dios no quiere destruirnos, sino liberarnos

Las imágenes del fuego y del juicio pueden asustarnos si las interpretamos como si Dios disfrutara castigando. Pero la buena noticia es otra: Dios quiere destruir aquello que nos destruye.

Quiere quemar el egoísmo, la mentira, la crueldad, el rencor y todo lo que nos impide vivir plenamente. No quiere perder a la persona; quiere salvar todo lo bello, verdadero y bueno que hay en ella.

La última palabra, por tanto, no es la amenaza. Es la esperanza.

Dios no se resigna a que permanezca para siempre en nosotros aquello que nos desfigura. Su obra consiste en purificarnos para que aparezca con mayor claridad la persona que estamos llamados a ser.

Lo nuevo no desprecia todo lo antiguo

Al final del pasaje, Jesús habla de un escriba que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas.

No dice «cosas nuevas y cosas viejas». Lo viejo puede haber quedado vacío y sin vida. Lo antiguo, en cambio, puede conservar una sabiduría preciosa.

El discípulo de Jesús no necesita despreciar todo lo recibido anteriormente. Puede reconocer la verdad aprendida de sus padres, la experiencia de los ancianos, los valores de su cultura y cuanto de bueno ha encontrado a lo largo de su camino.

Cristo no viene a destruir la belleza verdadera. Viene a recogerla, purificarla y llevarla a plenitud.

Tres imágenes para revisar nuestra vida

Hoy el Evangelio nos deja delante de tres imágenes: un tesoro, una perla y una red.

El tesoro nos pregunta: ¿qué ocupa realmente el centro de mi vida?

La perla nos pregunta: ¿en qué clase de persona me estoy convirtiendo?

La red nos recuerda: todos necesitamos ser purificados y ninguno puede vivir señalando desde fuera el mal de los demás.

Pidamos al Señor la verdadera sabiduría: la capacidad de reconocer lo que merece la pena.

Que sepamos descubrir el tesoro, incluso cuando aparezca escondido.

Que el Evangelio no sea para nosotros una idea conocida, sino una alegría encontrada.

Que su Palabra vaya haciendo nuestra vida más bella, más libre y más capaz de amar.

Y que, cuando llegue el momento de elegir, tengamos la lucidez de no cambiar el verdadero tesoro por unas cuantas cosas que brillan mucho, pero duran muy poco.

Interactivo -Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 13, 44-46

Saltar al contenido principal
Homilía interactiva · Domingo XVII del Tiempo Ordinario · Ciclo A

El tesoro por el que merece la pena vivir

Una lectura pedagógica del tesoro escondido, la perla de gran valor, la red y el escriba que sabe conservar lo antiguo y acoger la novedad del Evangelio.

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo».

La sabiduría no consiste en saber mucho, sino en saber vivir

La homilía principal parte de la gran estima bíblica por la sabiduría y conduce hacia la sabiduría definitiva del Evangelio. El tesoro, la perla y la red no son imágenes aisladas: forman un camino de descubrimiento, decisión, transformación interior y purificación.

Pregunta central

Entre tantas propuestas de felicidad y de vida, ¿sabemos reconocer la sabiduría que verdaderamente conduce al bien?

Centro de la parábola

El hombre no vende todo dominado por la tristeza, sino lleno de alegría porque ha descubierto la oportunidad de su vida.

Meta del Evangelio

Formar una persona interiormente bella, capaz de amar al estilo de Jesús y de no responder al mal con más mal.

Seis movimientos de la homilía principal

El interactivo sigue la arquitectura de la homilía extensa, que constituye el texto principal y el criterio de interpretación.

Aprender a vivir

La sabiduría bíblica orienta las decisiones y distingue entre aquello que da vida y aquello que la destruye.

Descubrir el tesoro

El Evangelio está presente en el campo del mundo, pero no se impone a una mirada distraída por lo aparatoso.

Elegir con alegría

La renuncia se comprende solo desde la alegría de haber encontrado algo incomparablemente mejor.

Buscar la belleza

La perla representa la sabiduría que transforma a una persona y la hace interiormente hermosa.

Dejarse purificar

La red revela que en cada uno conviven lo bello y lo corrompido; todos necesitamos conversión.

Unir lo nuevo y lo antiguo

El discípulo de Cristo conserva la verdadera belleza recibida y la lleva a plenitud en el Evangelio.

Ocho claves para comprender y rezar

Estas claves sintetizan fielmente el argumento principal de la homilía extensa.

01

Saber vivir es más que saber cosas

La verdadera sabiduría se manifiesta en las decisiones: distinguir lo justo de lo injusto y lo que conduce a la vida de lo que termina destruyéndola.

La erudición informa; la sabiduría orienta.

02

El Evangelio no se impone a la mirada

El éxito, el dinero y la apariencia se exhiben. El tesoro de Jesús suele dejar señales discretas que necesitan atención y silencio.

El tesoro estaba allí; faltaba aprender a mirar.

03

El encuentro puede ser inesperado

Una palabra, un testimonio, una página o una situación dolorosa pueden abrir una grieta por la que aparece la sabiduría del Evangelio.

A veces encontramos el tesoro cuando buscábamos otra cosa.

04

El centro es la alegría

La renuncia no es el punto de partida. El hombre vende porque sabe que está realizando la mejor inversión de su vida.

El discípulo habla más de lo encontrado que de lo perdido.

05

El Evangelio reorganiza la vida

Comprar el campo significa que nada queda fuera del tesoro y que el amor pasa a ocupar la cima de la escala de valores.

No se añade el Evangelio a la vida: se aprende a mirar toda la vida desde él.

06

La perla es una persona bella

La belleza profunda se reconoce en quien escucha, sirve, acompaña, perdona y hace más humano el lugar al que llega.

La perla de gran valor es una vida que ama al estilo de Jesús.

07

La red atraviesa nuestro interior

No hay un grupo puro que pueda señalar desde fuera a los malos. En cada persona conviven lo bello y lo que necesita ser purificado.

La conversión comienza cuando dejamos de clasificar a los demás.

08

La última palabra es la belleza

El fuego de Dios no expresa placer en castigar. Consume lo que desfigura y salva todo lo verdadero, bueno y bello.

Dios no quiere destruirnos, sino liberarnos de lo que nos destruye.

Tesoro, perla y red

La homilía breve condensa el recorrido en tres preguntas personales que nacen de las parábolas.

El tesoro

Pregunta por aquello a lo que concedemos el valor decisivo y por la alegría que orienta nuestras renuncias.

¿Qué ocupa realmente el centro de mi vida?

La perla

Pregunta por la belleza interior que van formando nuestras decisiones, relaciones y reacciones.

¿En qué clase de persona me estoy convirtiendo?

La red

Recuerda que nadie está terminado y que el discernimiento debe comenzar por el propio corazón.

¿Qué necesita ser salvado y qué necesita ser purificado en mí?

Glosario bíblico y exegético

La homilía principal utiliza varios términos originales para precisar el sentido de las imágenes.

פְּנִינָה (peniná)

«Perla» en hebreo. Evoca algo precioso y extraordinariamente bello; también se utiliza como nombre femenino.

μαργαρίτης (margarítes)

«Perla» en griego. A través del latín margarita, está en el origen del nombre Margarita.

תּוֹרָה (Torá)

La gran sabiduría de Israel, que forma una vida hecha de justicia, fidelidad y verdad y pertenece al tesoro de lo antiguo.

τὰ καλά (ta kalá)

«Las cosas buenas o bellas». En la red representa aquello que pertenece a la vida y que Dios quiere conservar.

τὰ σαπρά (ta saprá)

«Las cosas corrompidas o podridas». Expresa aquello que lleva dentro el sabor de la muerte y necesita ser eliminado.

Lo antiguo

No equivale a «lo viejo». Lo antiguo puede conservar una verdad viva que Cristo recoge, purifica y lleva a plenitud.

Escuchar la homilía y sus comentarios

Dos audios en castellano y uno en lengua inglesa.

Audio en castellano · 1

Homilía en español

Escucha aquí el episodio completo:

Audio en castellano · 2

Segundo comentario en español

Escucha aquí el episodio completo:

Audio in English

English homily

Listen to the full episode here:

Preguntas de oración y discernimiento

No buscan una respuesta rápida, sino ayudar a reconocer el valor que realmente orienta nuestras decisiones.

1. Mi sabiduría

¿Qué criterio utilizo cuando debo elegir entre lo agradable de ahora y lo que verdaderamente conduce al bien?

2. Mis señales

¿Qué palabra, testimonio o gesto me ha dejado entrever que en el Evangelio hay un tesoro?

3. Mi escala de valores

¿Qué tendría que cambiar de lugar para que el amor ocupara realmente la cima?

4. Mi belleza interior

¿Mis decisiones están haciendo de mí una persona más capaz de escuchar, servir, perdonar y acompañar?

5. Mi red interior

¿Qué hay en mí que pertenece a la vida y qué se está volviendo amargo, rígido o corrompido?

6. Mi herencia

¿Qué belleza recibida de mi familia, cultura y tradición puede ser recogida y llevada a plenitud por Cristo?

La primera pregunta no es: «¿A qué tengo que renunciar?», sino: «¿He descubierto realmente el tesoro?»
La perla de gran valor es una vida que aprende a amar al estilo de Jesús.

Treinta preguntas para comprender, discernir y aplicar

Las respuestas incorrectas son deliberadamente plausibles: no basta con recordar una frase. Es necesario distinguir el sentido preciso de cada parábola, su contexto bíblico y la lectura pastoral desarrollada en la homilía principal. Después de cada elección se explica la opción seleccionada y también las otras tres.

I. La sabiduría y el tesoro

Del contexto sapiencial al descubrimiento del Evangelio.

1. ¿Qué entiende la homilía por verdadera sabiduría?

2. ¿Qué función desempeñan las referencias a Job, Temán, Qohelet y el Sirácida al comienzo de la homilía?

3. Después de valorar la tradición y la experiencia, ¿qué pregunta crítica introduce la homilía?

4. ¿Por qué la homilía explica la costumbre de esconder tesoros durante guerras e invasiones?

5. ¿Qué aportan los ejemplos del «palacio de los marfiles» de Meguido y de Flavio Josefo?

6. Cuando la homilía afirma que «el Evangelio no se impone a la mirada», ¿qué quiere decir?

7. ¿Cuál de estas situaciones reproduce mejor el hallazgo inesperado descrito en la homilía?

8. ¿Qué simboliza, en la explicación de la homilía, la compra del campo?

9. ¿Por qué la alegría es el centro interpretativo de la parábola del tesoro?

II. Alegría, decisión y entrega

El coste del campo leído desde el valor de lo encontrado.

10. ¿Qué crítica pastoral formula la homilía al modo de presentar el cristianismo?

11. ¿Qué significa que el campo «cuesta todo»?

12. ¿Qué tensión reconoce la homilía antes de la decisión por el tesoro?

13. ¿Cómo interpreta la homilía la prisa del hombre que compra el campo?

III. La perla y la belleza interior

La búsqueda humana de sabiduría y su plenitud en Cristo.

14. ¿Qué diferencia estructural existe entre la parábola del tesoro y la de la perla?

15. ¿Por qué la homilía se detiene en פְּנִינָה (peniná) y μαργαρίτης (margarítes)?

16. ¿Qué representan las diversas tradiciones sapienciales mencionadas en la homilía?

17. ¿Qué lugar ocupa la תּוֹרָה (Torá) en el argumento de la homilía?

18. Según la homilía, ¿cuándo alcanza la belleza humana su cima?

IV. La red y la purificación

La comunidad, el corazón humano y la llamada a la conversión.

19. ¿Qué matiz aportan las expresiones griegas τὰ καλά (ta kalá) y τὰ σαπρά (ta saprá)?

20. ¿Cuál es la lectura de la red que la homilía considera demasiado cómoda?

21. ¿Por qué la homilía sitúa el Evangelio de Mateo hacia los años ochenta?

22. ¿Cómo debe entenderse el lenguaje apocalíptico del horno, los ángeles y el rechinar de dientes?

23. ¿Qué interpretación pastoral ofrece la homilía sobre los «ángeles» que realizan la separación?

24. ¿Qué significa que «lo que se quema no son las personas»?

25. ¿Por qué la última palabra de la parábola de la red no es la amenaza, sino la belleza?

V. Lo nuevo y lo antiguo

La herencia recibida, discernida y llevada a plenitud por el Evangelio.

26. ¿Qué diferencia establece la homilía entre «lo antiguo» y «lo viejo»?

27. ¿Qué representa el escriba que se ha hecho discípulo del Reino?

28. ¿Qué consecuencia extrae la homilía para quien acoge a Cristo desde otra cultura o tradición religiosa?

29. ¿Cuál de estas formulaciones resume mejor la relación entre tesoro, perla y red?

30. ¿Cuál es la invitación final más fiel al conjunto de la homilía?

Resultado provisional: 0/30 · Respondidas: 0/30

Breve Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Esta versión conserva las líneas pastorales esenciales y permite una lectura más directa. La homilía extensa sigue siendo el texto principal de referencia.

Leer la breve homilía completa

El tesoro por el que merece la pena vivir

Hermanos:

Todos queremos acertar en la vida. Hay equivocaciones pequeñas: tomar una calle incorrecta, comprar algo que luego no usamos o preparar una receta que termina necesitando bastante misericordia. Pero existen decisiones mucho más importantes: a quién entregamos nuestra confianza, qué lugar ocupa el dinero, cómo reaccionamos ante el mal, para qué empleamos nuestros dones y qué sentido damos a nuestra existencia.

Por eso, en el mundo antiguo se estimaba tanto la sabiduría. Una persona podía ser rica, poderosa e incluso temida; pero, si no sabía vivir, no era considerada verdaderamente sabia.

Saber muchas cosas no es lo mismo que saber vivir

La sabiduría bíblica no consiste simplemente en acumular conocimientos. Se puede tener una gran memoria, conocer muchos datos y, sin embargo, equivocarse en lo esencial.

Sabio es quien aprende a distinguir entre lo que da vida y lo que termina destruyéndola; entre lo que resulta agradable durante un momento y lo que conduce al bien; entre aquello que brilla mucho y aquello que de verdad merece nuestra confianza.

Las parábolas de este domingo nos ayudan precisamente a desarrollar esa sabiduría. Jesús nos pregunta con sencillez: ¿sabemos reconocer lo verdaderamente valioso?

El tesoro estaba allí, pero había que descubrirlo

Jesús habla primero de un tesoro escondido en un campo. Un hombre lo encuentra, vuelve a ocultarlo y, lleno de alegría, vende todo cuanto posee para comprar aquel terreno.

Conviene fijarse en un detalle: el tesoro estaba allí, pero permanecía escondido. No se encontraba expuesto en un escaparate ni llevaba un cartel que dijera: «La felicidad está aquí». Era necesario descubrirlo.

Así sucede también con el Evangelio.

Las cosas que más llaman nuestra atención no siempre son las que más bien nos hacen. El éxito se exhibe. El dinero se cuenta. La popularidad se anuncia. Las apariencias encuentran espectadores con bastante facilidad. El Evangelio, en cambio, suele entrar en nuestra vida de manera discreta.

Puede comenzar con una palabra de Jesús que un día nos toca de una forma especial. Puede aparecer en una persona que vive con una paz que no sabemos explicar. Quizá lo percibimos en alguien capaz de perdonar, de servir sin hacerse propaganda o de permanecer junto a quien sufre cuando otros ya se han marchado.

Entonces intuimos que allí hay algo diferente. Como si, en medio de la tierra, apareciera un pequeño destello.

Podemos haber escuchado muchas veces el mismo Evangelio y, sin embargo, descubrirlo verdaderamente un día concreto. No porque sus palabras hayan cambiado, sino porque quizá nosotros hemos comenzado a escucharlas de otra manera.

El tesoro estaba allí. Faltaba detenerse, mirar y empezar a cavar.

La fe comienza con una alegría, no con una pérdida

El hombre de la parábola vende todo cuanto tiene. Pero no lo hace llorando ni arrastrando los pies. Jesús dice que actúa lleno de alegría.

Este detalle cambia por completo la parábola.

A veces hemos presentado la vida cristiana empezando por lo que cuesta: las renuncias, los sacrificios, las obligaciones y las prohibiciones. Sin embargo, Jesús comienza por un descubrimiento.

Aquel hombre no deja sus bienes porque todo le parezca malo. Los deja porque ha encontrado algo mucho mejor. No se siente empobrecido: sabe que está realizando la mejor inversión de su vida.

El discípulo verdadero no habla continuamente de lo que ha perdido. Habla, sobre todo, de lo que ha encontrado.

Ha encontrado una manera nueva de vivir. Ha descubierto que amar llena más que utilizar a los demás; que compartir libera más que acumular; que perdonar puede cerrar heridas que el resentimiento mantiene abiertas; que servir no empequeñece, sino que ensancha el corazón.

Cuando uno descubre esto, cambia su escala de valores. No porque alguien lo obligue desde fuera, sino porque comienza a mirar la vida con otros ojos.

Por eso, la primera pregunta no es: «¿A qué tengo que renunciar?». Hay otra anterior y más importante: «¿He descubierto realmente el tesoro?»

Mientras no se descubre, cualquier renuncia parece insoportable. Cuando se comprende lo que se ha encontrado, muchas cosas dejan de parecer imprescindibles.

La perla: en qué clase de persona nos convertimos

La segunda parábola habla de un comerciante que buscaba perlas finas. Este hombre es distinto del anterior. El primero encontró el tesoro de manera inesperada; el mercader, en cambio, llevaba mucho tiempo buscando.

Conocía las perlas. Había visto muchas y sabía reconocer su valor. Ya había encontrado cosas hermosas, pero ninguna conseguía satisfacer por completo su búsqueda. Hasta que un día encuentra una perla incomparable.

También nosotros buscamos belleza. No solamente belleza exterior.

A veces decimos de alguien: «Es una persona preciosa». Quizá no destaca por su apariencia, pero tiene una manera de escuchar, de tratar a los débiles, de acompañar, de servir o de perdonar que la hace verdaderamente hermosa.

La belleza más profunda de una persona está en los valores que encarna.

Hay personas que, cuando llegan, hacen que el ambiente sea más humano. No necesitan colocarse en el centro; saben dejar espacio a los demás. No van dando lecciones continuamente, pero a su lado uno aprende. No esconden los problemas, aunque tampoco siembran desesperanza.

El Evangelio quiere formar en nosotros esa belleza interior.

No basta con admirar las palabras de Jesús como quien contempla una joya detrás de un cristal. Su sabiduría quiere entrar en nuestra vida: en nuestra manera de hablar, de gastar, de elegir, de mirar a los demás y de reaccionar cuando alguien nos hiere.

La belleza cristiana alcanza su cima en el amor, especialmente en el amor que no responde al mal con más mal.

Esto no significa justificar la injusticia ni permitir que alguien nos destruya. Significa negarnos a que el daño recibido decida en qué clase de persona vamos a convertirnos.

La perla de gran valor es una vida que aprende a amar al estilo de Jesús.

La red pasa por el interior de cada uno

Después aparece la parábola de la red. Los pescadores la sacan del agua y encuentran de todo: peces aprovechables y cosas que no sirven.

Al escucharla, podemos caer rápidamente en una interpretación muy cómoda: dentro de la red están los buenos y los malos. Y, curiosamente, nosotros solemos colocarnos entre los buenos. Para los malos, en cambio, casi siempre tenemos algún candidato disponible.

Pero la parábola nos invita a mirar más adentro.

La separación entre lo bueno y lo corrompido no pasa solamente entre unas personas y otras. Pasa por el interior de cada uno de nosotros.

En todos hay algo hermoso y algo que necesita ser purificado. Podemos ser generosos y, al mismo tiempo, necesitar que todo el mundo lo sepa. Podemos defender la verdad, pero hacerlo sin caridad. Podemos ayudar mucho fuera de casa y ser bastante difíciles de soportar dentro de ella.

Nuestro corazón es complejo. En esa red interior aparecen peces buenos, ramas, hojas y algún trapo del que ni siquiera recordamos cómo llegó hasta allí.

Pertenecer a la comunidad cristiana no significa haber terminado el camino. El bautismo no nos convierte automáticamente en una obra acabada. Dios continúa trabajando en nosotros con paciencia.

Dios no quiere destruirnos, sino liberarnos

Las imágenes del fuego y del juicio pueden asustarnos si las interpretamos como si Dios disfrutara castigando. Pero la buena noticia es otra: Dios quiere destruir aquello que nos destruye.

Quiere quemar el egoísmo, la mentira, la crueldad, el rencor y todo lo que nos impide vivir plenamente. No quiere perder a la persona; quiere salvar todo lo bello, verdadero y bueno que hay en ella.

La última palabra, por tanto, no es la amenaza. Es la esperanza.

Dios no se resigna a que permanezca para siempre en nosotros aquello que nos desfigura. Su obra consiste en purificarnos para que aparezca con mayor claridad la persona que estamos llamados a ser.

Lo nuevo no desprecia todo lo antiguo

Al final del pasaje, Jesús habla de un escriba que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas.

No dice «cosas nuevas y cosas viejas». Lo viejo puede haber quedado vacío y sin vida. Lo antiguo, en cambio, puede conservar una sabiduría preciosa.

El discípulo de Jesús no necesita despreciar todo lo recibido anteriormente. Puede reconocer la verdad aprendida de sus padres, la experiencia de los ancianos, los valores de su cultura y cuanto de bueno ha encontrado a lo largo de su camino.

Cristo no viene a destruir la belleza verdadera. Viene a recogerla, purificarla y llevarla a plenitud.

Tres imágenes para revisar nuestra vida

Hoy el Evangelio nos deja delante de tres imágenes: un tesoro, una perla y una red.

El tesoro nos pregunta: ¿qué ocupa realmente el centro de mi vida?

La perla nos pregunta: ¿en qué clase de persona me estoy convirtiendo?

La red nos recuerda: todos necesitamos ser purificados y ninguno puede vivir señalando desde fuera el mal de los demás.

Pidamos al Señor la verdadera sabiduría: la capacidad de reconocer lo que merece la pena.

Que sepamos descubrir el tesoro, incluso cuando aparezca escondido.

Que el Evangelio no sea para nosotros una idea conocida, sino una alegría encontrada.

Que su Palabra vaya haciendo nuestra vida más bella, más libre y más capaz de amar.

Y que, cuando llegue el momento de elegir, tengamos la lucidez de no cambiar el verdadero tesoro por unas cuantas cosas que brillan mucho, pero duran muy poco.

Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario

La homilía extensa es la fuente principal de este interactivo y desarrolla con mayor amplitud el contexto sapiencial, el tesoro, la perla, la red y el escriba que saca de su tesoro lo nuevo y lo antiguo.

Difunde esta homilía interactiva

Comparte la página en la que publiques este recurso.

WhatsApp Telegram Facebook