martes, 13 de enero de 2026

Las pantallas, el veneno que se instala en nuestros hijos sin que lo notemos

                   


                                                         Las pantallas,

el veneno que se instala en nuestros hijos

sin que lo notemos

La mesa está puesta, huele a cena y, sin que nadie lo convoque, aparece el móvil. A veces ni lo miramos. Solo lo dejamos cerca, como quien deja el salero por si acaso. Y entonces pasa lo de siempre. Alguien intenta contar algo del cole, alguien asiente con media cara, y el silencio se llena de notificaciones que no han sido invitadas pero se creen familia.

Cuando aquí decimos pantallas no hablamos solo del móvil. Hablamos también de la tablet, del televisor, de la consola, de los videojuegos y de cualquier dispositivo que nos mete un mundo entero en los ojos con un solo clic. Cambia el formato, pero el efecto se parece más de lo que nos gusta reconocer.

Nos reímos, porque es verdad. Y también nos incomoda, porque es verdad.

Con los adultos ya es difícil. Ahora imaginemos a un niño o a un adolescente. No solo viven rodeados de pantallas. Viven con un cerebro que aún está creciendo, construyéndose, afinando frenos y brújula interior. Y ahí la pantalla no es un juguete sin consecuencias. Puede ser un atajo que parece inofensivo y que, repetido, acaba cambiando el terreno.

No hace falta ponerse apocalípticos. Tampoco hace falta hacerse el sueco. La cuestión es sencilla y delicada a la vez. Las pantallas, cuando entran demasiado pronto, demasiado tiempo y demasiado a menudo, pueden ser un peligro para el correcto funcionamiento neuronal de niños y adolescentes. Y además pueden dejarles solos ante cosas que no saben digerir.

Y lo peor es que todo esto suele empezar con buenas intenciones.

 

El ratito que nos salva y luego nos gobierna

Escena real. Noche cualquiera. Llegamos cansados, el niño está nervioso, protesta, se revuelve como si tuviera una tormenta dentro y no supiera cómo llamarla. Nosotros pensamos en silencio. Necesito cinco minutos de paz. Y aparece la pantalla, da igual si es móvil, tablet, tele o consola. Un ratito.

Funciona. Milagro. El salón se queda quieto, el llanto se apaga, nosotros respiramos como si acabáramos de salir de un túnel. Y ahí está la letra pequeña.

Los niños aprenden por repetición, igual que nosotros. Si cada vez que aparece el aburrimiento, la frustración o la inquietud entra la pantalla, el cerebro aprende una lección sin palabras. Cuando me siento mal, algo de fuera me arregla por dentro. Rápido. Luminoso. Sin espera.

La pantalla no solo entretiene. Puede convertirse en el regulador emocional principal. Y cuando eso pasa, el día que apagamos el dispositivo no se apaga solo un vídeo. Se cae una muleta. Lo que sale entonces no siempre es maldad ni manipulación. A menudo es un desborde muy humano.

Lo que calma, educa. Y si lo que calma casi siempre es una pantalla, la pantalla termina enseñando el camino.

Un cambio pequeño que cabe en una casa real es reservar un rato diario cortito en el que no hay pantalla que valga. No para hacer actividades maravillosas, que bastante tenemos. Solo para estar. Sofá, cocina, cama, lo que toque. Un adulto que no se va con la mirada. Una frase simple. Estoy contigo. Eso, repetido, construye por dentro algo que ninguna aplicación puede regalar.

 

Un dedo, un corazón, un chispazo y luego el bajón

Hay otra pieza del puzzle que conviene mirar sin fantasías. Mucho de lo que consumimos está diseñado para enganchar. No por maldad de cómic. Por negocio. La atención vale oro y se invierte muchísimo en aprender a retenerla. Hay empresas que pagan millones a neurocientíficos para entender cómo mantenernos pegados a una pantalla el mayor tiempo posible. La pelea no es por nuestro bienestar, es por nuestros minutos.

Ahí entra la dopamina. Es una hormona maravillosa que regula el placer. Dicho en sencillo, es una de las cosas que el cerebro usa para decirnos “esto me gusta” y “quiero más”.

Un “like”, un vídeo nuevo, un nivel superado, una recompensa rápida. Todo eso puede dar pequeños chispazos. Nos sentimos bien al instante y, después, llega el bajón. Y el bajón empuja a buscar otro estímulo. Más.

A los adultos nos pasa. Abrimos una red social y pensamos “solo miro un momento” y, cuando levantamos la cabeza, ha pasado media vida y se ha enfriado la cena. A veces la única medición exacta de la realidad es el “¿pero qué hora es?”. Ahí ya sabemos que hemos caído.

Y en casa ocurre algo parecido con los niños. El problema no es solo lo que miran. El problema es el entrenamiento invisible. Si su cerebro se acostumbra a que la recompensa sea inmediata, lo lento empieza a dar alergia. Leer, escuchar, jugar sin estímulos constantes, sostener una tarea sin premio rápido, todo eso se vuelve cuesta arriba.

Lo que se repite, se instala. Y si lo que se instala es el ritmo de la gratificación instantánea, la paciencia se queda sin gimnasio.


 

La corteza prefrontal y

el freno que todavía no está montado

Aquí conviene hablar claro, sin esconder lo importante. En la corteza prefrontal están funciones clave. Ahí se trabaja la atención, la concentración, el control de impulsos y la toma de decisiones. Y esa parte del cerebro en los niños está inmadura. Mucho.

El cerebro, además, se va desarrollando de atrás hacia delante. Con el tiempo va avanzando hasta llegar a esa zona frontal. Por eso la adolescencia es un momento crítico. Esa parte todavía no está completamente desarrollada.

De hecho, el cerebro no termina de madurar hasta los 18, 20, 22 o incluso 24 años. Y en algunas personas, nunca llega a hacerlo del todo.

Dicho en versión doméstica. Les pedimos autocontrol con un freno que todavía se está fabricando.

Si llenamos el día de estímulos rápidos, luces, sonidos, movimiento constante y recompensas inmediatas, el cerebro se acostumbra a vivir acelerado. Y cuando llega la vida real, que va más despacio, al niño le cuesta. Se irrita. Se desconecta. Salta de una cosa a otra. Le cuesta el aburrimiento. Le cuesta la espera.

No es una excusa para todo. Pero es una explicación que nos ayuda a no etiquetar y, sobre todo, a intervenir con más inteligencia.

Aquí el peligro no es una palabra dramática. Peligro es alterar una maduración que necesita tiempo y calma. Peligro es entrenar la atención para que solo funcione con estímulos externos. Peligro es convertir la pantalla en la muleta habitual de la calma.

 

La habitación cerrada y

el problema que nadie ve

Y ahora el asunto que más preocupa cuando lo pensamos en serio. Hay cosas que un niño o un adolescente vive detrás de una pantalla y que no cuenta. No porque sea malo. Porque no sabe cómo. O porque le da vergüenza. O porque teme que le quitemos el móvil y ya está, como si eso arreglara lo que lleva dentro.

Puerta cerrada. Luz baja. La pantalla como refugio. Desde fuera parece tranquilidad. Dentro puede estar pasando de todo. Un comentario cruel. Un rechazo. Una presión del grupo. Un contenido desagradable. Un susto. Una comparación que muerde.

La herida no siempre está en lo que ven. Está en vivirlo solos. Antes muchas experiencias difíciles ocurrían en el patio y alguien podía notar la cara o el temblor. Ahora pueden ocurrir en silencio, en la intimidad de la habitación. Sin un adulto al lado que sostenga, nombre, traduzca.

Lo que se vive en secreto crece. No por misterio, por falta de aire. Aquí conviene marcar una diferencia sencilla entre edades. En los niños pequeños suele enganchar más el estímulo rápido, luces, sonidos, cambio constante. En los adolescentes se añade con fuerza la pertenencia, la presión del grupo y el miedo a quedarse fuera.

En la adolescencia se añade además el peso del grupo. Un pasillo, susurros, una risa que parece inocente pero no lo es, un “¿has visto lo que han puesto?” dicho como si fuera contraseña. La pantalla deja de ser aparato, se convierte en pertenencia. Y la pertenencia, cuando aprieta, manda.

El grupo escribe guiones y a veces nuestros hijos sienten que tienen que interpretarlos para no desaparecer.

Aquí la clave no suele ser el control total, que rompe puentes. La clave suele ser la conversación que llega antes que el miedo. Preguntas sencillas, de sofá, sin modo interrogatorio.

¿Sabes a qué experiencias se está exponiendo tu hijo en redes?
¿Sabes cómo está lidiando con lo hostil o desagradable que vive, en la red o fuera de ella? No para vigilar. Para acompañar. Para que no tenga que masticarlo solo.

Límites que no humillan y

presencia que no se va

Los límites son necesarios. Y no son castigo. Son cuidado. Decir “hasta aquí” con serenidad no es quitar por capricho. Es proteger un cerebro en obras y un corazón que se está haciendo.

Pero hay un enemigo silencioso que nos desarma. La prisa. Llegamos tarde, vamos a mil, cenamos rápido, cada uno con lo suyo, y sin querer la pantalla ocupa el hueco que deja la conversación. La prisa roba conversación. Y cuando se pierde la conversación, luego nos extraña que no nos cuenten nada.

Por eso a veces no hace falta una revolución. Hace falta un par de decisiones sostenibles. Una mesa donde, al menos en una comida, no compitamos con notificaciones. Al principio nos sentiremos raros, como si faltara una mano. Buena señal. A veces lo raro es la puerta de entrada a lo sano.

Un horario razonable de apagado. No como castigo, como higiene. Igual que lavarse los dientes no es una tragedia, apagar pantallas a cierta hora tampoco debería serlo. Aunque haya protestas, claro. Protestas habrá. Y adultos incluidos. Pedir a un adolescente que deje el móvil mientras nosotros lo consultamos cada tres minutos es pedirle que aprenda a nadar mientras le llenamos los bolsillos de piedras. No hace falta ser perfectos. Hace falta ser un poco coherentes, un poco más a menudo.

La otra clave es sustituir. Si quitamos pantallas y dejamos vacío, llega la guerra. Si quitamos pantallas y abrimos vida, entra aire. Un paseo breve. Cocinar juntos. Un juego tonto. Ordenar la mochila hablando del día. Cosas pequeñas que devuelven humanidad.

Y cuando el niño se enfada porque no hay pantalla, podemos recordarlo con calma. A veces no es desafío. Es dependencia de estímulos y bajón. Ahí el adulto presta calma. Sostiene el límite sin gritar. Nombra lo que pasa. Te cuesta. Lo entiendo. Estoy aquí. La autorregulación empieza prestada y luego se vuelve propia.


 

Una imagen para cerrar,

la mesa otra vez

Volvemos a la mesa, porque ahí se juega mucho más de lo que parece. No se trata de ganar una batalla contra la tecnología. Se trata de recuperar territorio humano. Un “cuéntame” que no se rompe. Una mirada que llega entera. Un silencio que no da miedo.

El móvil apartado, el silencio raro de los primeros segundos y esa conversación que al principio sale torpe, como cuando uno arranca un coche en frío. Luego, si insistimos un poco, empieza a calentar. Y entonces pasa algo sencillo y enorme. Aparece la vida.

Esto va de proteger un cerebro que todavía se está construyendo. Y va de proteger una vida interior que, si no la cuidamos, se la comerán los estímulos rápidos y las soledades silenciosas.

No haremos esto perfecto. Menos mal. Pero podemos hacerlo mejor. Y lo mejor suele empezar con cosas pequeñas, repetidas, sostenidas, sin moralina y con un punto de humor, porque si no, no hay quien aguante la semana.

 

Para hablarlo en casa o en grupo

¿En qué momentos se nos cuela la pantalla como si fuera un miembro más de la familia? ¿Qué nos está calmando cuando la usamos para apagar un mal rato? ¿Qué siente nuestro hijo cuando se apaga, enfado, vacío, miedo a quedarse fuera, vergüenza? ¿Qué cosas difíciles podrían estar ocurriendo a solas, sin que nos enteremos, y qué señales nos lo podrían sugerir?

Dos micro decisiones para esta semana, sin perfeccionismo:

Una comida al día sin pantallas en la mesa, también las nuestras. Si nos sale regular, no pasa nada. Lo repetimos mañana.

Diez minutos de sofá por la noche sin pantallas, solo para contarnos el día. Con mirada y presencia. Si hay resistencia, la sostenemos con calma. A veces el primer minuto incómodo es justo el minuto que necesitábamos. 

domingo, 11 de enero de 2026

Tiempo Ordinario: el “modo normal” donde se te juega la vida (y sí, es más emocionante de lo que suena)

 

Tiempo Ordinario: el “modo normal” donde se te juega la vida

(y sí, es más emocionante de lo que suena)

         La palabra “ordinario” tiene mala prensa. Suena a “lo de siempre”, a “cuando no pasa nada”, a “hoy tocaba verde porque no quedaba otra”.

Como cuando alguien dice: “Hoy no hay plan”. Y tú entiendes: “Hoy hay sofá”.

Y aquí viene el giro: si crees que el Tiempo Ordinario es el tramo aburrido del año litúrgico, te han engañado por el nombre. No es el tiempo de “poca cosa”. Es el tiempo de lo importante en formato cotidiano.

Porque la vida no se decide solo en los días grandes. Se decide, sobre todo, en los días normales. En los martes. En los jueves. En ese domingo que llegas como llegas: peinado, despeinado o “modo supervivencia”.

No es un tiempo “sin misterio”. Es un tiempo para vivir el misterio sin maquillaje.

 

1.- ¿Qué es el Tiempo Ordinario, en lenguaje de calle?

 

En el año litúrgico hay temporadas con una personalidad clarísima: Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua. Ahí todo gira en torno a un foco muy concreto. Son como esas semanas en las que la familia se pone intensa: “¡Ahora sí, todos juntos, foto, comida, tradiciones, emoción!”

Luego quedan 33 o 34 semanas donde la Iglesia no subraya un aspecto particular de Jesús, sino que recuerda a Cristo entero, en conjunto, especialmente en los domingos.

Dicho como lo dirías en casa: aquí no estamos en “especial Navidad” o “especial Pascua”. Aquí estamos en la serie completa, capítulo a capítulo. Con sus escenas, sus giros, y sus frases que te pillan desprevenido cuando tú venías pensando en la lista de la compra.

 

2.- ¿Cuándo cae? Dos tramos, como la vida misma

El Tiempo Ordinario aparece en dos periodos:

  • Primer tramo: empieza el lunes después del domingo posterior al 6 de enero y llega hasta el martes antes de Cuaresma (incluido).
  • Segundo tramo: vuelve el lunes después de Pentecostés y termina antes de que empiece el Adviento.

Esto explica por qué no es un bloque seguido: el año litúrgico hace dos grandes “paradas” muy intensas (Cuaresma y Pascua, y luego Adviento y Navidad). Y entre medias… vuelve la escuela de lo cotidiano.

Como la vida: un día es boda, al siguiente es lavadora. Y nadie se libra. Ni los santos.


3.- “Ordinario” no es “menos”. Es “entrenamiento”

Aquí la clave no es que “no pase nada”. La clave es esta: pasa lo más difícil.

  • Vivir la fe cuando todo va bien.
  • Vivirla cuando estás cansado.
  • Vivirla cuando no hay emoción.
  • Vivirla cuando la vida es… la vida (y el correo electrónico también).

El Tiempo Ordinario te enseña a vivir la redención y el encuentro con Jesús resucitado en modo real, sin necesidad de grandes efectos.

No es intensidad. Es constancia. Y la constancia, aunque no haga ruido, cambia a una persona más que mil momentos “inspiradores”.

(Además, seamos sinceros: la mayoría no necesitamos una emoción nueva. Necesitamos dormir. Y perseverar).

4.- El domingo: el corazón que late cada semana

Hay una idea sencilla que lo ordena todo: el domingo es el eje. Es el día del Señor, el día de la resurrección. Una especie de “Pascua semanal”.

Por eso, aunque existan fiestas preciosas de santos o celebraciones muy queridas, el domingo tiene prioridad. No por capricho. Por sentido: el domingo te recuerda cada semana lo esencial… incluso cuando tú habías decidido recordarte solo el desayuno.

Sin domingo, el año litúrgico se desinfla. Y sin Tiempo Ordinario, el domingo se quedaría sin continuidad, sin recorrido, sin historia: sería como tener “finales de temporada” sin capítulos intermedios. Mucha épica… y nadie entiende el argumento.

5.- El “plan” de lecturas: no es al azar (y eso se nota)

Aquí viene una joya: la misa no te suelta lecturas como quien baraja cartas. Hay un método pensado para que escuches a Jesús con continuidad y, con el tiempo, entiendas el conjunto.

El Evangelio: Jesús, paso a paso:

  • En el II domingo todavía se escucha el eco de la Epifanía: aparece, por ejemplo, el episodio de las bodas de Caná y otros textos de san Juan.
  • Desde el III domingo, se avanza de forma semicontinua por Mateo, Marcos y Lucas: se sigue una línea, aunque a veces se salten fragmentos pequeños.

Y hay una armonía muy bonita: al principio se leen los comienzos de la predicación de Jesús (muy cerca del Bautismo del Señor), y hacia el final del año aparecen temas de “horizonte”: hacia dónde va la historia, qué sentido tiene todo, qué esperamos.

La primera lectura: la Biblia “hablando entre sí”:

La primera lectura (muchas veces del Antiguo Testamento) se elige para que dialogue con el Evangelio del día. Así se ve algo muy simple: la historia de Dios no va a trozos; tiene continuidad.

No se trata de hacer un curso cronológico. Se trata de mostrar el puente: lo prometido, lo preparado, lo cumplido.
         Como cuando ves una escena y dices: “¡Ah, por eso aquello!” (la Biblia también tiene eso, solo que con más siglos).

La segunda lectura: cartas para la vida real:

La segunda lectura recorre de forma semicontinua cartas apostólicas (sobre todo de san Pablo y también de Santiago; otras aparecen con más fuerza en tiempos como Pascua o Navidad). Suelen ser fragmentos breves y escogidos para que se entiendan al escucharlos.

Una consecuencia práctica (y bastante divertida): a veces se dice “los católicos no leen la Biblia”. Vale, habrá quien la lea poco en casa, sí. Pero en la Misa hay un diseño para que, con constancia, la Palabra de Dios te acompañe muy en serio, especialmente a lo largo de tres años de domingos.

No se trata de acumular información. Se trata de dejarte acompañar. (Que es mucho más útil que ganar un concurso de preguntas bíblicas. Aunque también estaría bien, no vamos a mentir).

6.- Entre semana también hay camino

El Tiempo Ordinario no vive solo del domingo. Entre semana hay lecturas que complementan lo dominical. Y se organizan en ciclos para que, poco a poco, se vaya abriendo ese “tesoro” bíblico.

Traducción al lenguaje de todos los días: no es “esperar a la próxima gran temporada”. Es aprender a vivir la fe cuando el calendario no tiene fuegos artificiales.

Y sí; también cuando tu día no tiene fuegos artificiales… sino facturas.

7.- ¿Por qué verde? Porque esto va de crecer

El color del Tiempo Ordinario es el verde. Y el verde es un mensaje sin palabras: vida, esperanza, crecimiento. El verde no grita. Crece.

Como esas cosas que no notas en una semana… y un día te das cuenta de que te han cambiado por dentro.

El verde te recuerda esto: estás en tiempo de madurar. (No de “aguantar”. De madurar. Que suena mejor y es más verdad).

8.- “Pero yo vi blanco o rojo en Tiempo Ordinario…”

Sí. Y no era un despiste. Durante el año hay celebraciones con distinto “peso” (algunas son recuerdos opcionales, otras celebraciones obligatorias, otras fiestas, otras solemnidades). Cuando toca un santo o una celebración importante, el color puede cambiar:

  • Blanco, con frecuencia, en celebraciones de santos.
  • Rojo, cuando se recuerda a un mártir (por su entrega).

Y hay otra realidad muy humana: algunas celebraciones tienen más importancia en un país que en otro. El calendario tiene una base común, pero también acentos locales. Como en las familias: hay tradiciones que en tu casa son “sagradas” y en la de tu vecino ni se conocen.

9.- Un detalle que alegra el mapa:

En este tiempo caen muchas fiestas grandes

El Tiempo Ordinario no es un pasillo largo sin puertas. Tiene “paradas” que iluminan el camino, como:

  • la Santísima Trinidad (justo después de Pentecostés),
  • Corpus Christi,
  • el Sagrado Corazón de Jesús,
  • la Transfiguración,
  • la Exaltación de la Santa Cruz,
  • y al final del año litúrgico, Cristo Rey, que funciona como broche: te recuerda hacia dónde camina todo.

Es como una ruta larga con miradores. Sigues andando… y de pronto, sin avisar, el paisaje te recoloca el alma. (Y tú venías preocupado por tonterías. Nos pasa a todos).

10.- Cómo vivirlo bien (sin convertirte en “especialista”)

Aquí va lo más útil, y lo más simple: no intentes hacerlo todo. Elige una cosa. El método “una frase, una acción”:

1.     El domingo, quédate con una frase del Evangelio (una).

2.     Ponle nombre: “Esto hoy me pide…” (paciencia, verdad, compasión, valentía, ser más moderado a la hora de castigar a los niños; ayunar del uso del teléfono móvil; interesarme por el trabajo de mi esposo o esposa, no refunfuñar tanto…).

3.     Elige una acción pequeña para la semana. Pequeña de verdad:

o    una llamada pendiente,

o    pedir perdón sin discurso,

o    no alimentar un comentario venenoso,

o    dedicar diez minutos reales a alguien,

o    empezar un día sin móvil cinco minutos (sí, cuesta; por eso funciona).

Y ya. No diez propósitos. Uno. Pequeño, pero constante.
Simple, pero real. Ordinario… y transformador.

Para quedarte con una idea

Los tiempos fuertes te muestran “lo grande”.  El Tiempo Ordinario te enseña cómo se vive lo grande cuando el día es normal.

Porque al final, la vida no se mide por los días especiales.
Se mide por lo que haces con los días corrientes. Y ahí, precisamente ahí, el verde tiene sentido: esperanza que crece sin hacer ruido.

sábado, 10 de enero de 2026

Volver a la calma: Cómo reconciliarnos sin perder la dignidad

 

Volver a la calma: Cómo reconciliarnos sin perder la dignidad

Discutir es humano. A veces inevitable. Lo interesante no es vivir sin roces, sino saber volver a la calma cuando la perdemos. Porque muchas relaciones no se estropean tanto por el choque como por el “después”. Ese tramo peligroso en el que intentamos arreglarlo… y, sin querer, lo rematamos. O al revés, lo dejamos “para luego” y el luego se convierte en nevera emocional: todo dentro, nada se habla, y un día se descongela solo.

Pasa en lo grande y, sobre todo, en lo pequeño. Platos. Horarios. Tonos. “Te lo dije” dicho con cara de “y me lo sigo cobrando”. En realidad, pocas discusiones empiezan por lo importante. Empiezan por lo cotidiano y acaban tocando lo profundo.

No siempre rompe la discusión; rompe la mala reparación

Una pelea puede ser un episodio. Lo que marca el futuro es cómo lo cerramos. A veces no se quiebra por lo ocurrido, sino por lo que hacemos después: decir algo demasiado pronto, decirlo mal, o no decir nada nunca más.

Escena doméstica, de andar por casa, que todos conocemos. Cocina, noche.

—“¿Otra vez has dejado esto así?”
—“He tenido un día horrible.”
—“Yo también… y aquí nadie vive con duendes.”

El tema visible son los platos. El tema real suele ser otro: cansancio, sentirse poco valorado, falta de reconocimiento, una herida que estaba ahí y aprovecha cualquier excusa para salir a pasear.

Y aquí conviene aclarar algo desde el principio. Hacer las paces no es someterse, ni callar por miedo, ni tragarse una humillación “por evitar líos”. Tampoco es pedir perdón para cerrar el tema sin haber entendido nada. Y no es volver al punto anterior como si la vida tuviera botón de reinicio.

Hacer las paces es curar una herida para que la relación pueda sostenerse de nuevo, al menos en el grado posible. Con serenidad, con respeto y, cuando haga falta, con límites claros. La paz no se compra al precio de la dignidad.

No es una guerra contra personas, es una lucha por el corazón

San Pablo recoloca el mapa del conflicto con una frase que corta de raíz muchas confusiones. “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre… sino contra los espíritus del mal” (cfr. Ef 6,12). Dicho sin dramatismos y sin imaginar monstruos debajo del sofá. Esto significa algo muy concreto.

El adversario último no es la persona que tenemos delante. No es mi hermano, mi vecino, mi compañero. El enemigo real es el mal que se nos mete dentro y nos nubla el discernimiento: esa fuerza interior que nos empuja a reaccionar sin lucidez, a convertir al otro en amenaza, a transformar una conversación en un pulso.

Y aquí hay que subrayarlo bien para que no haya trampas. Esto no nos quita responsabilidad, la aumenta. No es “no fui yo, fueron cosas”. Es “ojo, que hay algo dentro de mí que quiere tomar el volante”. Y cuando ese “algo” conduce, suele ir muy seguro… y suele equivocarse de salida.

Por eso esta mirada es liberadora. Nos permite dejar de apuntar con el dedo y empezar a vigilar el corazón. Porque a veces no discutimos por lo que pasa, sino por lo que se nos activa por dentro mientras pasa.

Cuando el mal manda, el discernimiento se apaga

Se nota enseguida. Se nos acelera la respuesta, se nos encoge la paciencia y se nos va la escucha. Escuchamos para contestar, no para comprender. Interpretamos con sospecha. Confundimos firmeza con dureza.

Ejemplo cotidiano, versión móvil. Te llega un mensaje:

—“Ok.”

Dos letras. Un universo. Si por dentro manda la herida, la mente pone banda sonora y escribe una novela entera: “me desprecia”, “me castiga”, “me provoca”. Y respondemos con otra bomba chiquita:

—“Tranquilo, ya veo que no se puede hablar.”

En dos mensajes no hay conversación. Hay trinchera. El discernimiento se apagó y el impulso se puso a mandar.

O en el trabajo, que a veces es el gimnasio del autocontrol. Un jefe dice: “Esto habría que revisarlo”. Y nosotros, si estamos en modo susceptible, oímos: “Eres un desastre”. Y contestamos con frialdad o con un “vale” que en realidad significa “me has tocado donde duele”.

El discernimiento es ver con lucidez qué está pasando y elegir una respuesta buena, no solo rápida. Cuando esa lucidez se apaga, podemos ganar una discusión y perder la paz interior… y a veces también la confianza del otro.

No confundamos al otro con el enemigo

Cuando dejamos de tratar al otro como adversario, aparece un espacio real para la verdad. Podemos reconocer lo que ha dolido, pedir perdón si toca, poner límites si es necesario y, al mismo tiempo, negarnos a que el mal nos domine por dentro.

Pensemos en el vecino que pone música alta.

Modo guerra:

—“¿Se puede saber qué te pasa? ¡Siempre igual!”

Modo firmeza con humanidad:

—“Perdona, ¿podrías bajarlo un poco? Se escucha mucho. Gracias.”

La segunda opción no es blandita. Es clara. Pero no deshumaniza. No convierte al otro en “enemigo oficial”.

Esto no garantiza finales perfectos, pero cambia el clima. Y en la vida real, el clima lo es casi todo.

El conflicto casi nunca se queda en dos

Una tensión en el trabajo enfría el equipo. Un roce entre amigos se contagia. En casa, basta una mirada para que todos sepan que “hay tema”. Por eso reconciliarnos suele ser importante, incluso cuando el asunto no era enorme. No por debilidad, sino por higiene interior. Un conflicto mal gestionado gobierna el ambiente como una humedad invisible, y crece justo cuando hacemos como si no existiera.

Aquí ayuda una decisión simple. Qué tipo de reconciliación buscamos.

A veces basta una paz mínima: convivencia y cortesía, poder saludarnos, coincidir sin hielo en el aire. Otras veces buscamos algo más profundo: reconstruir confianza, estrechar lazos.

Tener claro el objetivo evita dos trampas. Exigir un final perfecto en cinco minutos. O pasar por encima y dejar la herida abierta, pero tapada con una sonrisa.

Cinco errores que suelen estropear el intento

Hay fallos muy humanos que aparecen justo cuando queremos arreglarlo.

Uno: forzar la conversación cuando el otro sigue dolido. No todos bajamos la intensidad al mismo ritmo.
Dos: justificarlo todo. Pedimos perdón y luego soltamos un discurso de defensa. El otro oye más “yo tenía razón” que “lo siento”.
Tres: reabrir la herida con un “lo siento, pero tú también…”. Ese “pero” suele ser una cerilla.
Cuatro: pedir perdón esperando algo a cambio. Como si la disculpa fuera una moneda para cobrar la del otro.
Cinco: reconciliarnos solo para quitarnos incomodidad o culpa, sin cuidar de verdad el vínculo.

Una escena típica, sin maldad, pero con mucha prisa:

—“Venga, ya está, ¿no? ¿Lo dejamos?”

A veces eso no es paz. Es querer pasar página sin haberla leído.

El momento adecuado vale más que la frase perfecta

Arreglarlo en caliente suele salir mal. Cuando estamos activados, interpretamos peor y reaccionamos desde el ego herido. Lo sensato muchas veces es posponer, dejar que baje la intensidad y recuperar lucidez.

El silencio puede ser medicina si no es castigo. Ese silencio que regula. El que evita soltar “la frase definitiva”, la que suena genial durante tres segundos y luego exige tres días de reparación y un “yo no soy así”. Spoiler: sí somos así cuando estamos agotados. Por eso conviene ser humildes.

¿Cómo saber que aún no es el momento? Cuando todo se convierte en reproche, cuando el otro está a la defensiva, cuando cualquier frase sube la tensión.
¿Y cuándo suele ser mejor? Cuando baja la carga emocional, cuando aparecen pequeños gestos de acercamiento, cuando se recupera algo de normalidad.

Y un detalle práctico. Mejor en privado. Con público, el orgullo se pone de gala y quiere quedar bien. En privado, el corazón suele atreverse un poco más.


Tres pasos para hacer las paces con madurez

No hace falta una conversación perfecta. Hace falta una conversación honesta.

Primero, reconocer nuestra parte sin exagerar ni minimizar.
“Contesté mal.” “Me puse a la defensiva.” “No cuidé el tono.” “No te escuché.”

Segundo, validar la emoción del otro sin entrar en debate.
Validar no es dar la razón. Es reconocer lo que el otro sintió. “Entiendo que te doliera.” “Veo que te enfadó.” “Comprendo que te sintieras poco valorado.” La emoción, cuando se nombra, deja de gritar tanto.

Tercero, abrir futuro. Decir cómo queremos tratarnos a partir de ahora. Ese paso reconstruye porque mira hacia delante.

Escena familiar, con palabras normales:

—“Me doy cuenta de que lo dije fatal y sonó despectivo.”
—“Entiendo que te doliera. No era mi intención, pero veo cómo te afectó.”
—“Me gustaría que a partir de ahora nos cuidemos más al hablarnos, sobre todo delante de los demás. Para mí es importante que estemos bien.”

Y aquí cuenta mucho la forma. El tono, la mirada, la postura. A veces decimos “quiero arreglarlo” con cara de “y aun así sigo teniendo razón”. El cuerpo delata antes que la boca.

Un recurso sencillo cuando notamos que sube el impulso: pausa, respiración, bajar un punto el volumen. No es teatro. Es higiene del corazón.

Si el otro no quiere, no nos rompemos por insistir

Hay casos dolorosos. Uno intenta reconciliarse y el otro no está preparado o no quiere. Hacer las paces no significa suplicar ni humillarnos. Insistir demasiado puede dañar la autoestima. Podemos tener la mejor intención y aun así no controlarlo todo.

En esos casos, suele ser más sano mantener una actitud correcta, no alimentar el conflicto y cuidarnos por dentro. Seguir adelante con coherencia. A veces la paz no está en recuperar una relación a cualquier precio, sino en recuperar calma, equilibrio y dignidad.

Cuando merece la pena insistir y cuándo no

No todas las relaciones ocupan el mismo lugar. Hay vínculos puntuales. Hay relaciones necesarias, como las laborales, donde prima la convivencia. En ese contexto, hacer las paces quizá significa poder trabajar con educación, sin tensión, sin convertir cada reunión en un duelo.

Hay relaciones valiosas en las que sí merece la pena reparar. Y también hay relaciones dañinas en las que “hacer las paces” puede convertirse en volver a exponernos al mismo golpe. La madurez interior también es elegir bien dónde ponemos el esfuerzo.

Y si nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra ese mal que nos roba el discernimiento (cfr. Ef 6,12), entonces reconciliarse no es solo una técnica de comunicación. Es una decisión espiritual y humana. Es negarnos a que la reacción gobierne el corazón.

Al final, la pregunta es simple y muy real. En nuestros últimos conflictos, ¿a quién hemos tratado como enemigo… y qué parte de nosotros necesita volver a la luz para responder con más lucidez y más paz?