Cuaresma con la mirada de Jesús:
Un encuentro que te abraza en tu caos
Aunque hoy te cueste quererte,
a Jesús no se le quita de la cabeza amarte.
Cuaresma y la
mirada de Jesús:
un encuentro que
te abraza
incluso cuando
tú no te aguantas
Si vienes con el corazón hecho polvo (rupturas, casa
partida, ansiedad): esto es para ti.
Antes de empezar, una pregunta muy de hoy: ¿cuántas veces
en un día te miran… y cuántas veces te sientes visto de verdad? Vivimos
rodeados de pantallas, fotos, historias, miradas rápidas. Pero a veces por
dentro seguimos con esa sensación rara de “nadie me termina de entender”.
Si alguna vez te has sentido juzgado en la Iglesia, o
invisible, o como “otro problema más” … respira. Jesús no te mira así.
Él no te etiqueta. Te mira y te levanta. Y eso lo cambia todo.
Hay rupturas que te rompen por dentro y encima te dejan
pensando: “igual es que no valgo”. La mirada de Jesús no viene a darte
un sermón; viene a devolverte el valor que tú has perdido.
A veces no es que “te guste el desorden”: es que
te duele algo y no sabes qué hacer con ello. Y entonces anestesias. Jesús no te
humilla por eso. Te ofrece otra salida: ser mirado con amor, sin máscara, y
empezar de nuevo.
Por eso este tema es oro: la mirada de Jesús. No es una
mirada de “te estoy vigilando” (que bastante tenemos ya con las cámaras del
supermercado), sino una mirada que te coloca en tu sitio: amado, conocido,
llamado.
Para entrar en materia, nos apoyamos en tres frases de
una mujer que sabía de esto más que cualquiera: Santa Teresa de Jesús. Ella lo
dice con una sencillez que desarma.
«No os pido ahora que penséis en él, ni que saquéis muchos conceptos, ni
que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os
pido más de que le miréis (…). Mirad que no está aguardando otra cosa, como
dice a la esposa (Cant 2, 14), sino que le miremos; como le quisiereis, le
hallaréis» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 26, 3).
Traducción al idioma
de hoy: no hace falta “hacer cosas raras” para orar. Empieza por
mirarle. Así, sin filtros.
«Si hablas, procura acordarte que dentro de ti está Jesús, con quien puedes
hablar. Si oyes, acuérdate que dentro de ti está Quien más cerca te habla» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 29, 7).
Sí: dentro. No es
poesía bonita. Es presencia real. Y cuando lo recuerdas, cambia el tono de
todo.
«Si estás alegre, mírale resucitado; que sólo imaginar cómo salió del
sepulcro te alegrará. ¡Con qué claridad y con qué hermosura! ¡Con qué majestad,
qué victorioso, qué alegre!… Si estás con trabajos o triste, mírale camino del
huerto: ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma, pues con ser el mismo
sufrimiento la dice y se queja de ella! Te mirará Él con unos ojos tan hermosos
y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los tuyos,
sólo porque te vayas con Él a consolar y vuelvas la cabeza a mirarle» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 26,4-5).
Antes que nada:
Jesús no te juzga, te mira y te quiere (sí, a ti)
Aquí está el corazón
del asunto: Jesús no sólo te “aguanta”. Te mira con ternura, justo ahí donde tú
te miras con dureza.
1) Orar no es
postureo: es quedar con Él
Orar = apagar el ruido un momento… y dejarte querer. En la oración, lo más importante no es lo que decimos, sino darnos cuenta
de con quién estamos. Piensa en un amigo de verdad: a veces no habláis de nada
“profundo”, pero estar juntos ya descansa. Con Dios pasa algo parecido (y más).
El problema es que muchas veces llegamos a la oración
como llegamos al móvil: con veinte cosas abiertas a la vez. Y claro, así no hay
quien escuche ni quien se deje mirar.
2) Sosegar la casa
por dentro (sí: tu cabeza también necesita paz)
Tu cabeza no es un “feed” infinito:
ordena la casa para que entre la paz.
San Juan de la Cruz usa una imagen preciosa: “sosegar la
casa”. Dicho en sencillo: poner orden por dentro. Porque cuando el interior
está en modo caos, aparecen tres señales muy típicas: ceguera (no veo claro),
suciedad (me siento “manchado”) y debilidad (me falta fuerza).
Es lo que pasa cuando llevas semanas a tope y tu cabeza
parece una pestaña del navegador con 25 ventanas abiertas: estudias, trabajas,
contestas mensajes, te comparas en redes, te comes lo que pillas, duermes poco…
y te preguntas por qué estás apagado. No es magia: es agotamiento interior.
San Juan lo canta así (y ojo con la frase final):
«En una
noche oscura,
con ansia, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
A
oscuras y segura
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a escuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada».
En la Biblia, la montaña aparece una y otra vez como
lugar de encuentro con Dios: allí habla con Moisés y con Elías; Jesús se
transfigura, enseña, se retira a orar… La montaña no es sólo un paisaje. Es un
símbolo: subir es dejar peso atrás, ganar perspectiva, respirar mejor.
Y aquí viene una clave que a veces asusta: vaciarse de uno mismo. Tranquilo, no es “anularte”. Es quitar del centro lo que no puede estar en el centro. Es pasar del “yo, yo, yo” al “Señor, aquí estoy”. Eso no te apaga: te ordena.
3) Dopamina barata:
cuando lo que “engancha” manda… y tú te
quedas vacío
Cuando estamos desordenados, lo notamos. San Juan lo
describe con una precisión que parece escrita ayer: los apetitos desordenados
atormentan, cansan, ciegan, ensucian y enflaquecen.
Ejemplos muy reales: te comes media nevera “porque sí”
y a los diez minutos te sientes peor; te metes una maratón de series hasta las
tres de la mañana y al día siguiente no eres persona; te enganchas a contenidos
que te dejan la cabeza turbia; o te enredas en relaciones que prometen mucho y
por dentro te vacían. En el momento parece que calma, pero después el corazón
paga la factura.
Por eso necesitamos espacios para “acomodar el corazón”.
Y aquí entra Elías, que no era precisamente un influencer del relax:
venía de persecución, de amenazas, de miedo… y se esconde en una cueva en el
Horeb.
Y entonces Dios le enseña algo impresionante: Él no
siempre se manifiesta en el ruido. A veces Dios llega en “brisa suave”. Justo
lo que hoy nos cuesta: silencio, pausa, atención.
«Cuando
Elías llegó al monte, entró en una gruta y pasó allí la noche. El Señor le
dirigió la Palabra.
El
Señor le dijo: "¿Qué haces aquí, Elías?". Él respondió: "Me
consumo de celo por el Señor, el Dios de los ejércitos, porque los israelitas
abandonaron tu alianza, derribaron tus altares y mataron a tus profetas con la
espada. He quedado yo solo y tratan de quitarme la vida".
El
Señor le dijo: "Sal y quédate de pie en la montaña, delante del
Señor". Y en ese momento el Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que
partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor
no estaba en el viento. Después del viento, hubo un terremoto. Pero el Señor no
estaba en el terremoto.
Después
del terremoto, se encendió un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego.
Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave.
Al
oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la
entrada de la gruta. Entonces le llegó una voz, que decía: "¿Qué haces
aquí, Elías?». (1
Re 19,9-13).
Dios habla en modo “brisa suave”:
baja el volumen (y las notificaciones)
Elías siente tormenta, terremoto, fuego… pero Dios elige
la suavidad. Eso es una invitación directa: si todo dentro de ti es tormenta,
no decidas a lo loco. Primero serena. Luego mira.
San Ignacio de Loyola lo diría así: en tiempo de
tribulación, no cambies las grandes decisiones. Traducido a tu vida: no mandes
ese mensaje hiriente a las dos de la mañana, no rompas una amistad por un
calentón, no tires tu vocación por un día negro. Descansa. Reza. Pide luz. Y al
día siguiente, con la cabeza más clara, vuelves a mirar.
Por eso la tarde y la noche son momentos clave. Es como
“desandar” el ajetreo del día. En la tradición cristiana existen las vísperas y
las completas: un modo precioso de decirle al Señor: “aquí termina mi ruido;
aquí empieza tu paz”.
4) Cansancio: cuando por fuera tiras…
pero por dentro vas en reserva
Si estás al 1%: no te
machaques; vuelve a lo esencial
El cansancio no es sólo físico. A veces lo que está
agotado es el corazón. Tras una pérdida, una ruptura, una desilusión, un duelo…
el alma se apaga. Y ahí hace falta tiempo, cuidado, compañía. Dios no tiene
prisa contigo.
También el gozo cansa si no lo sabemos encauzar: tanta
emoción, tanta intensidad, tanta prisa por “aprovecharlo todo”… y al final
acabas vacío. El Señor no te pide vivir acelerado, sino vivir con sentido.
Por eso la Palabra nos pone los pies en la tierra con una
frase que suena a entrenamiento espiritual:
«Hijo,
si te acercas a servir al Señor,
prepárate
para la prueba;
orienta
bien tu corazón, mantente firme,
y en
el tiempo del infortunio no te turbes.
Pégate
a Él y no te alejes,
para
que al final te veas enaltecido.
Acepta
lo que venga,
y sé
paciente en dolores y humillaciones.
Porque
en el fuego se prueba el oro,
y
los que agradan al Señor en el horno de la humillación.
Pon
en Él tu confianza, que Él vendrá en tu ayuda,
procede
con rectitud y espera en Él». (Eclo
2,1-6).
Esto no es para asustar, sino para madurar. Es como
cuando te apuntas al gimnasio: si quieres avanzar, habrá agujetas. Pero esas
agujetas son señal de crecimiento, no de fracaso.
5) Poner orden en lo básico:
cuerpo, alcohol, pantallas y afectos
Templanza: poner
límites a lo que te controla
Hay una palabra poco popular pero muy liberadora:
templanza. Es la virtud de aprender a decir “hasta aquí” para poder decir “sí”
a lo que vale de verdad.
Cuando no hay templanza, lo básico se desordena: comida,
bebida, sexualidad, afectos. No porque esas cosas sean malas, sino porque son
potentes. Y lo potente, si no se ordena, manda. Y cuando manda, te roba
libertad.
Un ejemplo muy de hoy: si cada vez que estás triste te refugias en el
scroll infinito, en el picoteo, en el ligoteo sin alma o en el alcohol, al
principio parece anestesia, pero después te deja más solo. Jesús no viene a
quitarte la alegría. Viene a devolverte el mando de tu vida.
Cuando andamos débiles por esos lados, el mal espíritu
ronda (lo dice San Ignacio con toda claridad). Por eso necesitamos pedir a Dios
serenidad frente a nuestras tormentas y fuerza para sostener decisiones
pequeñas, pero constantes.
6) Déjate mirar: el
Sagrario como “lugar seguro”
Aquí no tienes que fingir:
Jesús te mira sin sarcasmo y sin escáner
Lo principal del rato de oración es su presencia. Y la
mirada es una de las formas más profundas de percibir una presencia. Aunque no
sepamos el color de los ojos de Jesús, el Evangelio sí nos habla de cómo mira.
Hay un dicho que lo clava: “los ojos son el espejo del
alma”. Con Jesús pasa algo aún más fuerte: su mirada revela su corazón. Y
cuando tú te dejas mirar, empiezas a descubrir el tuyo.
Una imagen cinematográfica ayuda. Hay una película
clásica, Ben-Hur, donde nunca se ve el rostro de Jesús: se le ve de espaldas.
Pero hay un momento en el que su gesto y su mirada desarman a un soldado. Eso
es: no tanto “cómo es” Jesús, sino qué provoca en ti cuando te mira.
En algunas culturas orientales, ser mirado por un hombre
santo se entiende casi como recibir una bendición. Se cuenta que en el viaje de
Pablo VI a Bombay (1964) mucha gente no fue sólo a verle, sino a “ser vista”
por él. Porque el corazón humano tiene hambre de una mirada limpia.
La mirada de Jesús:
no te analiza… te rescata
Y aquí está lo grande: en los Evangelios, Jesús mira a
los pecadores antes de perdonar y a los enfermos antes de curar. Su mirada no
es curiosidad: es salvación en acto. Sus ojos van más allá de la piel.
7) Miradas de Jesús que te devuelven la vida
(hoy, en tu vida real)
El joven rico: cuando lo tienes todo…
y te falta el “para qué”
Cuando dices “todo bien” pero por dentro no:
Jesús lo nota
Este chico llega con una pregunta que podríamos firmar
muchos: quiere vida plena, quiere sentido, quiere eternidad… pero también tiene
apegos. Y ahí aparece el detalle precioso: Jesús lo mira con cariño. Antes de
pedir, ama. Antes de corregir, abraza.
«¿qué debo
hacer para heredar la vida eterna» (Mc
10, 17-31).
Y Jesús no le hace un discurso abstracto. Le toca el
punto sensible: el apego. Porque el apego es eso que te promete seguridad, pero
te ata. A veces es el dinero; otras veces es la imagen, la necesidad de gustar,
el control, el miedo a perder. Jesús no quiere dejarte sin nada: quiere darte
libertad.
«vende todo
lo que tienes y dáselo a los pobres» (Mc 10, 21).
¿Y por qué se va triste? Porque hay cosas que soñamos,
pero no terminamos de querer. La mirada de Jesús es esperanza, pero también es
verdad: es como una radiografía del corazón. No para humillarte, sino para
curarte.
Cuando le taparon los ojos:
la burla que duele
Taparte los ojos a
Dios no te protege: te deja más solo
Hay un texto durísimo: en la pasión a Jesús le tapan los
ojos y se ríen. Es la escena de la “gallinita ciega”, pero en versión
cruel. Y, sin embargo, ahí aparece una idea tremenda: a veces tapamos los ojos
de Jesús en nuestra vida no para burlarnos, sino para no sentirnos
interpelados.
«Y los
hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes. Y,
tapándole los ojos, le preguntaban, diciendo: Haz de profeta, ¿quién te ha
pegado?» (Lc 22, 63-64).
¿Cómo se hace eso hoy? Muy fácil: cuando voy tirando con
doble vida; cuando hago ver que todo bien, pero por dentro estoy fatal; cuando
mi conciencia me habla y yo la silencio con ruido; cuando digo “Dios, no te
metas aquí”. Tapar los ojos de Jesús es intentar que su mirada no me revele
la verdad. Pero esa verdad, tarde o temprano, es el camino de la paz.
La mirada a Pedro:
llamado, caído… y amado
Si te has fallado:
Jesús no te cancela, te reconstruye
Con Pedro hay dos miradas que son como dos abrazos: una
para llamarle, otra para levantarle.
«Jesús miró
fijamente a Simón y le dijo: Tu nombre es Simón hijo de Juan, pero te llamarás
Cefas, que se traduce ‘Pedro» (Jn
1, 42).
Jesús no sólo le mira: le cambia el nombre. Le da
identidad. Le dice, en el fondo: “no te reduzcas a lo que has sido; yo te
muestro lo que puedes llegar a ser”.
«El Señor,
volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que
Jesús le había dicho: antes de cante hoy el gallo, me negarás tres veces» (Lc 22, 61).
Esta mirada no es reproche. Es recreación. Es como decir:
“Sí, has fallado. Pero no se ha roto lo nuestro. Yo sigo aquí”. Si
alguna vez te has sentido indigno por haber caído en lo de siempre, aquí tienes
una noticia: la misericordia de Jesús no te aplasta; te rehace.
Una mirada que salva cuando ya no te aguantas
Si te estás hundiendo: no te aísles; deja que te
encuentren
Hay una anécdota preciosa: en una representación de la
pasión, cuando Judas se desespera, una niña suelta en voz alta: «¿Y por qué no
va donde la Virgen María?». Media sala se queda en shock. Y tiene razón.
En los momentos de desesperación solemos cerrar la puerta
justo a la mirada que podría salvarnos. El mal te susurra: “quédate solo, no lo
cuentes, apáñatelas”. Pero el cielo te ofrece compañía: Jesús, María, la
Iglesia, personas concretas. No te encierres cuando más necesitas ser mirado
con amor.
La compasión de Jesús: “me importas” de verdad
Jesús no se cansa de ti (aunque tú te canses de ti)
Hay miradas que son puro corazón. Jesús mira a la
multitud y le duele. No le molesta. Le conmueve.
«Al
desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran
como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6, 34).
Cuando alguien ha descubierto que es amado por Dios,
empieza a mirar de otra manera. Incluso a quien le ha hecho daño. No es
ingenuidad: es libertad. Es haber salido del rencor.
«¡Jerusalén,
Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios envía! ¡Cuántas
veces ha querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos
debajo de sus alas, y no has querido!» (Mt 23, 37).
Jesús mira con dolor cuando rechazamos la gracia. No con
desprecio, sino con esa pena de quien sabe que podríamos vivir mejor.
8) Para terminar:
una propuesta sencilla (pero que funciona)
Plan Cuaresma
realista: 5 minutos al día para volver a casa
Te propongo algo muy concreto para estos días:
1) Busca un rato corto (cinco minutos sirven). Móvil en silencio, de
verdad.
2) Ponte delante del Señor (si puedes, ante el Sagrario).
3) Dile con honestidad: “Jesús, mírame. Y enséñame a mirarte”.
Y luego quédate. Sin prisas. Deja que su mirada haga su trabajo.
Estos textos sobre la mirada de Jesús están para eso:
para dejarnos mirar por Él y que nos interpelen.
Concluyo con las palabras de Santa Teresa de Jesús:
«No estés sin tan buen amigo» (Camino de
perfección, autógrafo de Valladolid 26, 1).







