domingo, 5 de mayo de 2019

FELIZ DÍA DE LA MADRE


Homilía del Domingo III de Pascua, ciclo C


Homilía del Domingo Tercero del Tiempo Pascual, Ciclo C

         Cuando una persona importante deposita en uno una gran confianza duele mucho no estar a la altura de las circunstancias. Uno no quiere defraudarle. Lo mismo que le pasó a Pedro, nos pasa a nosotros. Pedro, al contrario que en la Pasión que negó al Señor y salió fuera al zagual donde oyó cantar al gallo (Cfr. Mc 14, 68) contrasta con ese ‘atarse la túnica y echarse al agua’ para salir al encuentro de Jesucristo.
         Pedro tenía ganas de echarse a los pies del Maestro para pedirle perdón con lágrimas en los ojos. Seguramente tendría una gran congoja en la garganta que le estaría oprimiendo desde entonces. Sin embargo Pedro puede salir corriendo al encuentro del Maestro gracias al discípulo amado que descubre que ese hombre que estaba en la orilla era el Señor. Aquel que dejándose llevar por el Espíritu de Dios alcanza la finura en el trato con las cosas del Señor es capaz de animar en la fe a sus hermanos.
         Nosotros, al igual que el pueblo de Israel, estamos llamados a poseer la tierra prometida, la herencia eterna. Sin embargo el camino no es sencillo, está lleno de dificultades y de importantes luchas. Cuenta la Palabra que Dios habló a Moisés diciéndole que tomaran posesión de esa tierra que el mismo Señor les había dado. Y nos sigue diciendo la Palabra (Dt 1, 19-46) que los israelitas dijeron a Moisés hombres que explorasen la tierra para informar del camino por dónde tenían que subir y de las ciudades donde iban a entrar. Ellos fueron a inspeccionarlo y les entró gran miedo porque los enemigos eran muy grandes y corpulentos, con ciudades amuralladas y fortificadas hasta el cielo. Les entró el miedo y empezaron a murmurar contra Dios acusándole de quererlos aniquilar en manos de tan feroces enemigos. A lo que el pueblo empezó a desobedecer a Dios y esto causó la ira de Dios. Solamente permanecieron fieles al Señor dos personas, Caleb y Josué, los cuales entraron en la tierra prometida con la generación futura. Y eso que Moisés decía al pueblo: «El Señor, vuestro Dios que os precede, combatirá por vosotros, como hizo ante vuestros mismos ojos en Egipto» (Dt 1, 30). El Discípulo Amado nos dice a cada uno «es el Señor», Él nos precede.
Dios nos precede en la batalla y combate a nuestro lado. Le decimos que con Él iremos a todas partes, pero le damos calabazas cuando las cosas nos dan miedo o nos generan problemas e incomodidades o persecución a causa de la Palabra.
El discípulo amado cuando dijo a Pedro que «es el Señor» le dice y nos dice que Jesucristo está a nuestro lado luchando con nosotros, que nos precede en la batalla. Y Pedro, que tenía una espina clavada por haberle negado tres veces -y en esa espina todos estamos retratados-,  sale corriendo al encuentro de Jesús. Ese fue su modo de pedirle perdón al Maestro ya que aún lloraba amargamente por su traición. A lo que Cristo, llama a Pedro para hacerle un escrutinio, para escrutar su corazón y el nuestro: Saber que le amamos incondicionalmente aunque, desgraciadamente, ese incondicionalmente no da mucho de sí. Pedro siguió al Maestro con la conciencia clara de su propia fragilidad; pero esta conciencia no le desalentó, pues sabía que podía contar con la presencia del Resucitado a su lado, ya que Cristo le precede, va por delante en la lucha.
Ya quedó muy lejos ese ingenio entusiasmo de la adhesión inicial, pasando por la experiencia dolorosa de la negación y el llanto de la conversión. Pedro llegó a fiarse de ese Jesús que se adaptó a su pobre capacidad de amar. Y así también a nosotros nos muestra el camino, a pesar de toda nuestra debilidad y de nuestra poca capacidad de amarle.



5 de mayo de 2019

sábado, 20 de abril de 2019

Homilía del Domingo de Resurrección


Homilía del Domingo de Resurrección
         
          La resurrección de Jesús es el hecho histórico en el que Dios confiere la Vida a quien ha vivido la propia vida gastándola por los demás. Es la ratificación de la vida como amor y entrega y la condenación de la vida como poder, dominación, placer o aturdimiento, expresiones del pecado. De todos modos ya el Señor nos lo avisó, y te acordarás, cuando nos dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 25 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). La pregunta básica que uno se hace es, ¿cómo estoy yo gastando mi vida por Cristo?
          Dios no abandona al justo más de tres días. Recordemos al profeta Oseas cuando nos dice: «En dos días nos devolverá la vida, al tercero nos levantará y viviremos en su presencia» (Os 6,2). O cuando Jonás estuvo en el vientre del pez: «El Señor hizo que un gran pez se tragase a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches» (Jon 2,1). En Jesucristo, resucitado al tercer día aparece cumplida la esperanza de salvación de los profetas. De una situación totalmente desesperada y sin salida posible que es la muerte se afirma la fidelidad de Dios y el poder de Dios devolviendo la vida a su Hijo y aquellos a quienes sigan a su Hijo.
          La esperanza de Daniel y de los Macabeos se ha cumplido. El profeta Daniel, cuya etimología significa Dios juzga, en aquellos tiempos de angustia cuando estaban bajo la dominación seleúcida de Antíoco III y Antíoco IV y más concretamente a la persecución desencadenada por éste último, dice estas palabras: «En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén escritos en el libro se salvarán. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para la vergüenza, para el castigo eterno» (Dn 12, 1-2). Y la esperanza de los Macabeos se cumple cuando aquella madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria, al ver morir a sus siete hijos en un día, lo soportó con valor, gracias a su esperanza en el Señor (2 Mac 7,9-39). Con la resurrección de Jesucristo, vivida en una comunidad de hermanos que se aman hasta la muerte, ha comenzado el final de los tiempos. Ha comenzado la Nueva Creación.
La fe de Abraham halla su cumplimiento pleno; la liberación de Egipto, a través del paso del Mar Rojo, se queda en pálida figura del paso de la muerte a la vida de Cristo resucitado y de sus discípulos renacidos en las aguas del bautismo. El nuevo corazón, con un espíritu nuevo, que anhelaron los profetas, se difunde como herencia de Cristo muerto y resucitado entre sus discípulos, que comen su cuerpo y beben su sangre, sellando con Él la nueva y eterna alianza.
          El apóstol, y todo discípulo de Cristo, vive en su vida el misterio pascual, manifestando en la muerte de los acontecimientos de su historia la fuerza de la resurrección. Vive con los ojos en el cielo, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, buscando las cosas de allá arriba y no las de la tierra (Col 3,1-2).


Domingo de Resurrección, 21 de abril de 2019
Roberto García Villumbrales