jueves, 2 de febrero de 2023

Homilía del Quinto Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a 5 de febrero de 2023

 


Domingo Quinto del Tiempo Ordinario, ciclo a

5 de febrero de 2023

            El domingo pasado el Señor nos regaló, en la Palabra de Dios, las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas no son un modelo de vida para individuos solitarios que están comprometidos perseguir la propia perfección. Las bienaventuranzas son la propuesta de una sociedad nueva y alternativa, en la cual hay que comprometerse a involucrar a todos en la creación de esa sociedad e iglesia nueva y alternativa.

Y hoy Jesús, a sus discípulos, les ofrece dos imágenes. La primera: «Vosotros sois la sal de la tierra» [Mt 5, 13-16]. Jesús habla al primer grupo de discípulos que están dando los primeros pasos tras el Maestro. La misión de ser sal de la tierra lleva consigo una serie de dificultades. ¿Cómo podemos ser sal de la tierra? Primero hay que caer en la cuenta que el sabor evangélico de nuestra vida es muy insípido. Nuestra vida no sabe a Evangelio. Nosotros hemos escuchado el domingo pasado las bienaventuranzas, y nosotros pensamos como antes, nos comportamos como antes, razonamos como todos, nos adoptamos a la moralidad actual de nuestro contexto social. Y de hecho nadie nos persigue por ser seguidor de Jesús, porque razonamos y vivimos prácticamente como todos lo hacen.

 ¿Cómo podemos tener el coraje para hablar de las bienaventuranzas y hacerlo con nuestra forma de ser, actuar y pensar? Bueno, si uno plantea al menos esta dificultad y cae en la cuenta de que su vida no tiene sabor a Evangelio, que es insípida, por lo menos es consciente de la distancia que le separa de Jesucristo. Debemos tener presente que la fragilidad y debilidades, las cuales comprobamos en nuestra vida, no nos incapacita para sacar adelante la opción de seguir a Jesucristo. El apóstol Simón, al que Jesús le llamó con el sobrenombre de Pedro, durante toda la convivencia con Jesús seguía pensando con criterios mundanos y vemos la fatiga, el esfuerzo que Pedro realizó para separarse de los criterios dictados por el Maligno. Porque Pedro seguía teniendo sueños de grandeza, de prestigio que caracterizan el mundo del pecado. Sin embargo, Jesús siguió confiando en Pedro. Y Jesús sigue confiando en cada uno de nosotros a pesar de las grandes debilidades y fragilidades.

Otra de las cosas a tener en cuenta en ese ser sal de la tierra es que tenemos miedo a la confrontación con aquellos que piensan de un modo diverso. ¿Por qué razón tenemos miedo a la confrontación con los que piensan diferente? En primer lugar, porque si nos preguntan las razones de nuestra esperanza no podamos ofrecérselo. Y también porque tenemos miedo de que se rían de nosotros al ser considerados como soñadores y engañados. Recordemos que esto le sucedió a Pablo en Atenas, cuando en el Areópago [Cfr. Hch 17, 16-34] estaba anunciando la resurrección comenzaron a burlarse de él. El cristiano no tiene que tener miedo de presentarse ante el mundo, el cual piensa de un modo diverso. No podemos quedarnos rezagados o aislados en nuestras comunidades. Y no lo podemos hacer porque debemos de esparcir la sal de la sabiduría evangélica en el mundo.

Ahora bien, ¿cómo podemos ser sal de la tierra? A lo que Jesús nos lo dice. Jesús no quiere que sus discípulos se aíslen huyendo del mundo. El cristiano tiene que estar presente en todos los contextos de la vida social, la cual es diferente y se mueve por criterios mundanos. Pero si la sal permanece en el salero es inútil. La sal se debe de mezclar con la masa, se ha de mezclar lo que se va cociendo en esta gran cocina del mundo.

 

¿Cómo ha de ser la sal? En tiempo de Jesús eran muchas las funciones de la sal y Jesús utiliza esta metáfora. La sal, en primer lugar, es la de dar sabor a los alimentos. Desde la antigüedad la sal se ha convertido en el símbolo de la sabiduría, porque es lo que da sabor a la vida. Es más, todos tenemos experiencia que cuando estamos en un grupo y hay una persona sabia o entendida la conversación enseguida sube de nivel y se vuelve agradable e interesante, enriquecedor… o sea, tiene sabor. San Pablo conoce este simbolismo cuando escribe a la comunidad de los colosenses recomendándoles que las conversaciones que tengan entre ellos sean siempre agradables sazonando con sal: «Que vuestra conversación sea siempre amena, sazonada con sal, sabiendo responder a cada cual como conviene» [Col 4, 6]. La forma de hablar del cristiano ha de tener un sabor muy particular, muy diferente del discurso que hacen los que son paganos. Por lo tanto, en la boca de un cristiano no cabe ni el lenguaje soez ni la vulgaridad. Lo importante a destacar es que el cristiano trae al mundo la sabiduría que da el sabor y el sentido a la vida.

Hay mucha frivolidad y tonterías que circulan por los medios de comunicación social, por las conversaciones en las calles y allá por dónde nos movemos. Y es el cristiano el que moviéndose en este contexto social y cultural el que recuerda los valores y los principios por los que vale realmente la pena vivir. Si quitamos el Evangelio lo único que queda es cultivar sueños, disfrutar de los pocos días que podamos estar en esta tierra para luego concluir que todo lo que has vivido es vanidad, que ha sido únicamente humo o vapor que desaparece sin dejar rastro. El cristiano trae al mundo la sal de una nueva sabiduría, la que da sentido a la vida.

Pero la sal también tiene otra función muy importante: la de conservar a los alimentos. En la época de Jesús no había frigoríficos, y para impedir que los alimentos se echaran a perder, se estropeasen, se sazonaban los alimentos y de este modo se conservaban más tiempo. Recordemos que la palabra ‘Magdala’, es llamada por Estrabón -geógrafo de la antigua Grecia- en sus libros de geografía, con el nombre de taricaya (Ταριχαία en griego), ‘pez seco’, porque la industria principal de la ciudad era salar el pescado, el dejarlo secar con sal para luego venderlo en todos los mercados de Galilea. Pedro pescaba durante la noche para llevar su pescado a venderlo a Magdala para que allí lo salasen. La sal era la del Mar Muerto, el cual también fue exportado a Egipto. De hecho uno de los componentes de la momificaciones era la sal. Y esa sal del Mar Muerto se vendía en bloques y era algo muy valioso.

Luego la sal que previene la corrupción de los alimentos, por la asociación de ideas, está conectado a la lucha contra todas las fuerzas negativas y espíritus malignos. Y se utilizaba para inmunizar contra los espíritus del mal; tenía una función purificadora [Cfr. 2Re 2, 19-22]. Del mismo modo, la sal es usada en la preparación de agua bendita para los asperges dominicales y para el uso de los fieles en sus casas.

¿Cuál es el significado de la sal en el cristianismo? Es proteger para que no se descomponga, no se pudran los principios morales en una sociedad. A modo de ejemplo: en una sociedad donde prevalece e importa es el valor al dinero, donde todo tiene un precio. Recordemos lo que nos dice el profeta Amós: «Porque venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias» [Am 2, 6]. El cristiano es sal porque recuerda la dignidad del hombre y defiende que la dignidad del hombre debe de ser siempre el punto de referencia en todas las opciones. El cristiano es sal porque recuerda lo sagrado. Cuando Caín mató a Abel, el Señor le puso una marca a Caín para impedir una venganza de sangre, se lo puso para protegerle [Gn 4, 15]. De este modo se nos indica que la vida del hombre ha de ser respetada. En una sociedad donde se ha banalizado las relaciones sexuales, donde las personas se conviven de un modo desordenado, sin mas reglas que las que se ponen a su conveniencia y se empeñan en hacerlo pasar como algo normal y natural, el cristiano recuerda la santidad de la relación de un hombre con una mujer. El cristiano recuerda el proyecto de Dios en el amor responsable. Otro ejemplo; en un mundo donde se busca el propio provecho e interés, el cristiano llama la atención por la preocupación por el otro, educándose en la atención de los demás hermanos.

Ahora bien, el cristiano no es sal porque impone estos valores, sino porque los vive y  los practica con alegría y el mundo, que no es ciego, los pueden descubrir esos valores evangélicos. La lluvia cuando cae con violencia y con abundancia arrasa con todo lo que pilla en su paso, y eso destruye. Lo nuestro es ser copitos de nieve que, poco a poco, se va filtrando en la tierra, la humedece y la enriquece.

Cuando Jesús nos avisa del riesgo de que la sal se vuelva sosa nos está dando una palabra de gran actualidad. El verbo que se usa en griego para indicar la pérdida del sabor, es ‘moraino’, que se traduce por “perder el sabor”, “desvirtuarse”; significa también “volverse necio, loco” [Cfr. Rom 1, 22; 1 Cor. 1, 20]. El cristiano puede correr el riesgo de perder ese sabor, de perder esa sabiduría que debe de llevar allá en donde se desarrolle su existencia. El cristiano está en el mundo, en medio de unos planteamientos mundanos, y puede correr el riesgo de contaminarse por la sabiduría mundana, y de este modo pierda su sabor, pierda su presencia evangélica. Cuando uno empieza a adaptarse al mundo, el mundo te engulle. El evangelio puede ser aceptado o rechazado, pero no puede ser modificado. No se puede contaminar el sabor de la sal evangélica.

El adjetivo derivado del mismo (morós) se aplica al hombre necio o insensato que construye su casa sobre arena [Mt 7, 26] y las vírgenes necias que al tomar sus lámparas no se proveyeron de aceite [Mt 25, 1-21]. Los términos de «ser echado fuera y que la pise la gente» remite al juicio de Dios [Cf. Mt 3, 10 «y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego»; Mt 7,19; 13,42 «y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes»]; por lo tanto, un discípulo que no viva como tal y que no ejerza alguna influencia en su ambiente, será rechazado por Dios.

La segunda imagen que utiliza Jesús para indicarnos cómo hemos de estar en el mundo es la luz: «Vosotros sois la luz del mundo». La luz es la primera criatura de Dios, de tal modo que la luz en la Biblia es siempre algo positivo porque es símbolo de la vida, mientras que la oscuridad es símbolo del mundo de los muertos. En Dios sólo hay luz. El salmo 104 nos dice que Dios está envuelto en luz como en un manto. En la primera carta de San Juan, al inicio, se nos dice que «Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna» [Cfr. 1 Jn 1,5], en Dios no hay ninguna señal de muerte. Esta luz de Dios viene a los hombres a través de su Palabra, a través de su Torah. El salmo 119 nos dice que  «tu palabra es antorcha para mis pasos, luz en mi sendero». En efecto, frente al velo del Templo que separaba el ‘santo santorum’, siempre estaba encendido la Menorá, el candelabro de siete brazos que era el símbolo de la luz que viene de Dios y que iluminaba el mundo. De ahí se puede llegar a entender el escándalo de aquellas palabras de Jesús cuando dijo «yo soy la luz del mundo y el que me siga no caminará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida» [Cfr. Jn 8,12]. Para un piadoso israelita esta afirmación era herética, blasfema. Jesús se presenta como la luz porque ha mostrado la belleza del rostro de Dios. La luz viene a disolver las tinieblas del mundo, viene a resolver las violencias del mundo, los odios, las mentiras y las injusticias. Era algo indignante y escandaloso esa afirmación de que él era la luz del mundo, pero no se queda atrás -por escándalo- la otra afirmación que hace Jesús: «Vosotros sois la luz del mundo». Jesús se lo dice a sus discípulos, los cuales están empezando a dar pasitos en el descubrimiento de esa nueva vida, los cuales están sumidos en medio de una lucha por los primeros puestos, por envidias y recelos entre ellos, buscando la riqueza y la seguridad en la vida; los cuales no entienden las palabras del Maestro y que en el momento decisivo de la cruz le dejan solo, y después de la Pascua siguen con sus miedos y dudas… personas con poca fe. Y no olvidemos esas primeras comunidades cristianas y se dan tantas riñas y tantas incomprensiones. Daos cuenta de la confianza que Jesús da a esta comunidad de primeros discípulos y a nosotros.

La imagen de la luz completa a la de la sal. La sal se mezcla con los alimentos. La luz no se mezcla con los alimentos, sino que ilumina las cosas en las que lo pones. Destaco el valor de lo que vale y de lo que no vale; lo que es bueno y lo que es dañino; lo que es comestible y lo que tu no debes ingerir porque es venenoso. La luz muestra el camino seguro del peligroso. El cristiano está llamado a discernir con esa luz en medio de su vida.

Además, la palabra dice «no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte». Jesús no quiere que sus discípulos se hagan notar o mostrar que ellos sean mejor que los demás. Esto contradice lo que Jesús ha enseñado cuando dice que «cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeteando por delante como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que con eso ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. Así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» [Mt 6, 2-5]. El texto de «no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte» parte de un texto del profeta Isaías [Cfr. Is 2,2] que habla de Jerusalén y dice que esta ciudad será edificada, se afianzará en la cima de los montes, se alzará por encima de las colinas y todos los pueblos acudirán a esta ciudad porque la luz saldrá de Jerusalén, porque de allí saldrá la palabra de Dios. Y Jesucristo nos dice que Él es esa nueva Jerusalén donde acudirán esas comunidades que nacieron y nacerán del anuncio del Evangelio y de su persona.

Jesús advierte de un peligro -del mismo modo que la sal puede quedar sosa, perder el sabor- el cristiano puede atenuar el esplendor de la luz del Evangelio. Por eso nos dice que «tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín».  Jesús advierte a sus discípulos del peligro de meter la lámpara en el celemín. El celemín era la medida del grano de trigo. Nos está diciendo que no midamos el Evangelio que el discípulo anuncia, con el criterio humano, con nuestra racionalidad. Cuando uno escucha del Señor una llamada a que no te resistas al mal que te hagan [Mt 5, 39], al que te abofetee en la mejilla derecha preséntale también la otra; quien te pida acompañarle una milla, acompáñale dos… uno no puede pasarlo por el filtro de su razón ni puede ocultar esas partes del Evangelio. Uno no puede arrancar aquellas paginas de la Escritura que no nos gusten, o porque sean un fastidio o molestas. O deslucir o ocultar todo lo que se trata en el evangelio del compartir los bienes y conformarse con dar una pequeña limosna. Es mucho más que eso. O todo lo referido con el perdón incondicional o el amor gratuito o el amor incluso al enemigo. No podemos amputar aquellas cosas que nos gusten del evangelio. No podemos medir con nuestras medidas la exigencia y la coherencia que nos pide el evangelio. No podemos medirlo, aunque nos resulte lo mejor según nuestra razón humana.

Y esta luz ha de alumbrar a todos los de casa: los de la casa son los de la comunidad cristiana. La luz ha de iluminar ante todo a los que tomaron la decisión de pertenecer a la comunidad de los discípulos de Cristo. Primero esa luz ha de iluminar a la comunidad para que los hombres vean, por vuestras buenas obras, la luz de Cristo. No estamos para adoctrinar, sino para fascinar con la belleza evangélica. Cuando uno pone la ley por encima o levanta la voz… hace que la belleza desaparezca y empecemos a medir, con nuestro particular celemín, el modo de vivir como cristianos. Y esto sería dañino.

Esta belleza de la vida cristiana era reconocida en la iglesia primitiva. Por ejemplo, en la carta de San Pedro cuando escribe a estas comunidades que son perseguidas y viven entre paganos. Y les dice Pedro que en medio de los paganos vuestra conducta sea bella. Dice que «tened todos unos mismos sentimientos; sed compasivos, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes. No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto; por el contrario, bendecid pues habéis sido llamados a heredar la bendición» [1Pe 3, 8-9]. Para que viendo vuestras buenas obras den gloria a Dios.

Es necesario hacer una ruptura con la mundanidad, pero viviendo la vida con la belleza evangélica.


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