sábado, 8 de julio de 2017

Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, ciclo a

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a
            Dentro de la comunidad de los cristianos en Roma se daban ciertas tensiones y divisiones: Que esa tierra es mía; ya no te hablo porque aquella vez me dijiste esto; como no me fío de ti me reservo esta información aun sabiendo que te podría ayudar; me voy a casar pero el tema de los hijos es algo que únicamente forma parte de la decisión de la pareja; niego que tengo rencor en el corazón a un hermano para ahorrarme en tener que acercarme a él y pedirle perdón; me toca preparar la liturgia –con todo lo que ello acarrea de tiempo y dedicación- pues lo hago rápidamente porque creo que a Dios no le importará que se lo haga pronto y mal ya que tengo muchas cosas que hacer; no me atrevo a decir nada a esta persona porque o bien le tengo miedo o bien puedo perder la amistad con ella, y al estar hipotecado por los afectos callo aun sabiendo que debería de hablar para corregirla y ayudarla, etc…
Mencionadas tensiones que se manifestaban en el exterior procedían y proceden del interior del corazón humano. El ‘vivir según la carne’ es tanto como existir dentro de las coordenadas de latitud y de longitud de todo lo pequeño y caduco que tenemos cada uno de nosotros. Es decir, todas aquellas pasiones, pretensiones humanas, o cualquier planteamiento del tipo que sea, que nos ayude a ‘sentirnos alguien’. Cada cual sabe dónde le aprieta el zapato. Pero, ¿en estas coordinadas ‘según la carne’ encontraremos la felicidad? No. Podemos encontrar reconocimiento y aplausos humanos, envidias y ‘diles y diretes’, pero, como dice la Escritura –en la primera carta de San Juan-: «El mundo y todos sus atractivos pasan. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2,17).
            San Pablo en su carta a los Romanos nos dice que alcemos la mirada a lo alto, tal y como hicieron los israelitas en el desierto al clavar su mirada en aquel estandarte con forma de serpiente de bronce. Nos dice que ‘estamos sujetos al Espíritu’, al mismo Espíritu del que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, y de ese modo, ese mismo Espíritu Santo nos vivifique. San Pablo cambia totalmente nuestras coordenadas para reubicarnos en la latitud y longitud de lo imperecedero y de todo aquello que tenemos en nuestra alma y que participa del mismo ser divino. Cuando uno se encuentra en esas coordenadas ‘según el Espíritu’, va descubriendo las cosas de Dios. La Palabra nos enseña: «El Espíritu, en efecto, lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios. (…). No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios gratuitamente nos ha dado» (1 Cor 2, 10-12).

            Poder descubrir, escuchar y entender el lenguaje del Espíritu es una gracia divina, ya que Él nos ha de abrir el oído para que arda nuestro corazón, abra nuestro entendimiento y procedamos en nuestra vida a fijarnos horizontes y coordenadas existenciales movidos únicamente por el discernimiento procedente de Aquel que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. 

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