domingo, 3 de enero de 2016

Homilía del Segundo Domingo después de Navidad

DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD
            El hombre moderno, el hombre de la calle, aquellos que han recibido una importante catequización por parte de la televisión, planteamientos ideológicos y que han sido bombardeados por mil y un frentes... tiene una conciencia muy clara de su libertad.  No quiere ser forzado ni chantajeado por nada ni por nadie en sus decisiones. Con su dinero puede hacer lo que crea oportuno, lo mismo con su familia, con la educación de sus hijos o en cualquier otro tipo de campo. Sin embargo sí que es sensible ante el dolor de los demás y a la necesidad de responder al amor con amor. Otra cosa es lo que dure ese sentimiento ante el dolor del prójimo y con qué tipo de amor se responde al amor.
            En los noticiarios suelen dar noticias indicando el alto nivel de contaminación ambiental en las ciudades. Se restringen el uso de vehículos, incluso el tránsito por las calles y se indica la necesidad del uso de mascarillas. Una contaminación que nos daña seriamente la salud. Nuestra alma está sufriendo las consecuencias de la contaminación del pecado. La percepción de las cosas está alterada. Hace unos días una señora de unos setenta años se mostraba feliz porque su nieta de veintiséis años había quedado embarazada de su novio. Esta chica y ese chico no son más que novios, sólo novios. No hay un amor consolidado simplemente una pasión desatada, a lo que la abuela se felicitaba.
            Muchos ciudadanos,  gran parte de ellos bautizados, han asimilado una serie de convicciones que son incompatibles con la fe cristiana y que les hace muy difícil vivir conforme con su fe así como poder sintonizar con las enseñanzas morales y doctrinales de la Iglesia. Resulta que un matrimonio –de los que alguna vez acuden a la Eucaristía, o incluso de los asiduos- ante el conocimiento de un embarazo donde el niño va a tener algún problema serio, optan sin pensárselo dos veces, por el aborto como su solución. O catequistas, o no digamos algún cura –que se dedica a vivir a costa de la iglesia- que plantean sin problemas los anticonceptivos y métodos artificiales para impedir la procreación, y lo hacen porque lo creen ético y así lo enseñan erráticamente confundiendo conciencias y dañando a las almas.
            Los cristianos debemos de despertar de nuestro letargo. Esta cultura tiene como eje fundamental el propio hombre, de tal manera que el hombre no debe su existencia a nadie ni debe de dar cuenta de su actuar ante un ser supremo. Se piensa que podemos disponer de nosotros ilimitadamente, sin tenernos que someter a nadie ni a nada. Que cada cual puede configurar su vida como le de en gana. De tal modo que nuestros deseos son nuestros derechos. Tenemos derecho a ampliar nuestra existencia y de ser felices como nos parezca mejor. Entonces cada uno crea su verdad, porque se niega que haya una verdad objetiva. Se niega la existencia de la ley natural. A la Iglesia se nos ataca de intolerantes y xenófobos por manifestar abiertamente nuestra más radical oposición que un niño sea tratado como una niña haciéndole vestir como niña para que descubra su identidad sexual. Se ataca de intolerantes, intransigentes, de malos ciudadanos a los cristianos por no aceptar que dos hombres se casen entre sí o que dos mujeres se casen entre sí y que encima adopten niños. Parece que aquí no hay leyes ni exigencias morales que nos liguen a nada ni a nadie por encima de nuestro propio bienestar. Se crean nuevos derechos que no tienen en cuenta la más mínima norma moral objetiva que pueda ser vinculante.  Es decir, vivimos en un constante espejismo. Nos pensamos muy seguros en esta mega estructura social, cimentada en el más puro relativismo y donde la creación de nuevos derechos no han tenido en cuenta la ley natural. Es que hemos mordido el anzuelo de Satanás. Y toda esta mega estructura empecatada tiene menos consistencia que una tela de araña ante el aguacero que le va a dar de lleno.  Esta mega estructura empecatada genera dolor, sufrimiento, desesperación, vacío existencial,...muerte eterna.
            El Salmo responsorial de hoy nos proclama que Dios «anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel». Y no sólo eso, sino que además, San Pablo nos abre la inteligencia anunciándonos que «Dios nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor». Por lo tanto, para un cristiano lo importante no es buscar su bienestar, no es moverse por la creación de unos derechos sustentados en el vacío del pecado. Lo nuestro es anunciar al que es la Palabra; proclamar con nuestro modo de ser, actuar, pensar y sentir que el Evangelio conecta con las aspiraciones más profundas del corazón del hombre, a la vez que muestra los errores del modo de interpretar la vida de esta sociedad.

            Cristo nos ha engendrado a una nueva vida. Dice el Evangelio: «Éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios». ¡Hay que nacer del agua y del Espíritu de Dios!.  La Iglesia es una nueva creación, que está siendo asistida por el mismo Dios que  por medio de Cristo nos va mostrando la verdad más auténtica de cada cosa, circunstancia y situación.  El mundo dice odiar esta nueva creación, porque se ven denunciados en su proceder. Mas cuando se terminen desplomando y el océano se trague todo el armazón donde tienen ensamblado toda la concepción de su existencia podrán tener a la Iglesia que les pueda rescatar ya que  como madre, sabe acoger, sanar y perdonar. Dios no es rencoroso, ya que aunque él vino a los suyos y los suyos no le recibieron.... sin embargo si ahora nos arrepentimos y estamos dispuestos a acogerle sin reservas..., él vendrá a nosotros de nuevo. 

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