domingo, 10 de enero de 2016

Homilía de la Epifanía del Señor 2016

HOMILÍA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR 2016 (11h.Valoria del Alcor; 12h. Villerías)
            Cuentan de unos náufragos que estaban muertos de sed en su bote salvavidas. Las corrientes marinas habían llevado el bote hasta la desembocadura del río Amazonas. El bote estaba rodeado de agua dulce del inmenso caudal del Amazonas, pero los náufragos, sin saberlo, se morían de sed.
            Estamos rodeados por el cristianismo, pero éste no ha penetrado en nuestro corazón de piedra: como el canto rodado sumergido en el arroyo, que si lo partes, por dentro está seco porque el agua no le ha calado.
            Esta sociedad nos ha enseñado a vivir prescindiendo de lo divino. Pero tan pronto como el hombre quita a Dios del medio, enseguida no tarda en levantar un altar a los ídolos del dinero, del sexo y el poder. ¿Y qué es lo que hacemos? Pues como necios vamos corriendo y adorando a esos ídolos sin conseguir la felicidad. Corremos y corremos y nos cansamos, nos agotamos en vano. Como los galgos que corren tras la liebre mecánica sin alcanzarla jamás o como aquel que corre tras su sombra para alcanzarla sin conseguirlo. Al barrer a Dios de la vida empieza a crujir la vida familiar, fracasa el matrimonio, la juventud y los no tan jóvenes se esclaviza de la lujuria, o muchos negocios buscan enriquecerse a toda costa. De este modo esta sociedad, y los que en ella vivimos, estamos sumidos en las tinieblas, en la oscuridad. Jerusalén se encuentra en tinieblas; unas tinieblas que cubren toda la tierra. Pero Isaías le anuncia un tiempo en que amanecerá el Señor sobre ella y le comunicará su resplandor. De este modo Jerusalén, a su vez, se convertirá en luz que ilumine el caminar de los pueblos.
            Jerusalén no se convierte en luz por ’arte de magia’, ni porque dentro de ella tuviera algo especialmente extraordinario. Jerusalén se convierte en luz porque allí nace el Hijo de Dios que trae la salvación para todos los hombres, no sólo para los judíos, sino para todos, y de hecho así se manifiesta. Nos hemos acostumbrados a oír que Jesucristo nació en un pobre portal en Belén de Judá y que unos magos de oriente vinieron a rendirle tributos y adorarle. Esos magos siguiendo la estrella buscaban al Señor de los señores, y lo encontraron. Nosotros somos cristianos, decimos que seguimos a Cristo. ¿Realmente le seguimos? ¿Realmente se nos nota que somos de los suyos? ¿Realmente acogemos el auténtico regalo que es su divina presencia? Y si hemos acogido ese regalo que es su divina presencia ¿qué repercusión ha tenido éste acontecimiento en nuestro hogar, en medio de nuestra familia? Porque hermanos, podemos correr el serio riesgo de creer que somos cristianos sin necesidad de cambiar nada en nuestras vidas. Entonces ser cristianos quedaría reducido a estar en el mundo como cualquiera otra persona con la única diferencia de tener una inscripción en el libro de bautismos de la parroquia. ¿Dónde queda esa luz que Cristo nos entrega con su presencia? Estamos rodeados de su luz por todos lados, por los regalos que él nos entrega –unos padres, hermanos, una parroquia, una comunidad...-; por la luz que irradia de su Palabra –de la Biblia-; de la luz que nos ofrece de la Eucaristía y de la Penitencia. Estamos navegando en medio de un océano de luz, pero nosotros, esos náufragos estamos muertos de sed, pero de la sed del sentido de la vida. Pero estamos tan acostumbrados a las tinieblas que no buscamos convencidos que las tinieblas es lo único que se nos puede dar.
            Sin embargo, aquellos que se fían de Dios; aquellos que fruto del contacto frecuente con la Palabra de Dios en la oración van adquiriendo sabiduría para encarar, de modo muy distinto y magistral, los diversos desafíos que se le vayan presentando.

            Los magos de oriente sabían que todo esfuerzo, sufrimiento, alegría o experiencia vivida sin la visión trascendente y divina de las cosas se queda únicamente en ‘agua de borrajas’. ¿Qué sentido tiene estar amando a una persona que me resulta repelente si quito a Cristo del medio? ¿Qué sentido tiene el aceptar el sufrimiento si Cristo no está para redimirlo y poder usarlo como purificación de mi alma? ¿Qué sentido tiene la muerte de un ser muy querido si todo acaba bajo la fría losa del sepulcro?  Si Cristo no hubiese venido a nosotros todo lo haríamos en vano, el pozo sin fin del sin sentido nos tragaría sin piedad. Realmente el regalo que hoy se nos entrega tiene un valor infinito. Jesucristo ha hecho nuevas todas las cosas. 

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