sábado, 9 de junio de 2012

Homilía del Corpus Christi 2012

Corpus Christi 2012

Hermanos, cuando éramos pequeños y hacíamos alguna trastada o nuestro comportamiento era inapropiado, rebelde o poco educado… enseguida caíamos en la cuenta de la gravedad del asunto dependiendo de la reacción que tuvieran nuestros padres o profesores. Sabíamos que ellos ejercían su autoridad no para fastidiarnos o ‘aguarnos la fiesta’ sino para hacernos descubrir una serie de valores y virtudes que teníamos que hacer nuestras.

En la primera lectura nos encontramos al pueblo de Israel entusiasmado por sentir que Dios está a su lado y que les acompaña. Este pueblo sabe que sus comportamientos no han sido correctos, que han obrado de un modo un tanto extraviado, y se alegran porque ahora tienen una brújula que les indica cómo tiene que ser su modo de obrar. Sin embargo nadie hace caso a una persona porque sí, a lo más obedecerla para evitar problemas o situaciones molestas. A una persona la puedes vencer para que te obedezca, pero no convencer en eso que le estás mandando. Sin embargo en este caso nos encontramos que Dios se ha ganado el corazón de ese pueblo porque les he liberado de la esclavitud de Egipto con mano poderosa y brazo extendido, y no solo eso, sino que también les acompaña en su peregrinar como nación santa y pueblo consagrado de su propiedad. Dios se ha ganado la autoridad en ese pueblo. Por eso el pueblo, todo entusiasmado, ante las palabras y mandatos de Dios responde a una sola voz: «Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos».

A partir de esa experiencia de amor que ellos tienen de Dios el pueblo responde con esas palabras de obediencia a Dios. Luego se irá observando cómo este pueblo sufre los mismos efectos que la gaseosa: Al principio muchas pompitas fresquitas con mucho gas y termina por ser agua caliente y sin sustancia.

Sin embargo siempre hay personas agradecidas. Y aquel que es agradecido y reconoce todo el bien que le ha hecho Dios se siente eternamente feliz porque ha descubierto que existe una puerta hacia la eternidad. Ha encontrado un tragaluz por el cual los rayos del Todopoderoso le iluminan en su vida. Por eso el salmista clama con júbilo: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?».

Y nosotros los cristianos tenemos que estar sumamente agradecidos a Dios porque lo que ha hecho con nosotros ha superado infinitamente aquello que hizo con los hebreos sacándoles de la esclavitud de Egipto. Con el pueblo judío hizo maravillas sacándoles de aquel sitio de opresión para conducirles a la tierra prometida. Pero es que con nosotros se ha desbordado su generosidad: Nos ha sacado del dominio de la muerte y del pecado y nos ha comprado a precio de sangre, la sangre de su único Hijo, para que nosotros seamos su pueblo y ovejas de su rebaño. Si Dios ha pagado por nosotros un precio infinito es porque cada uno de nosotros tenemos un precio infinito, que nadie lo podrá pagar jamás. Si se dan cuenta ustedes, nosotros también deberíamos de gritar agradecidos: «Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos».

Del mismo modo que Cristo estuvo con nosotros durante su vida terrena, formó parte de la Sagrada Familia de Nazaret, hizo milagros, curó a los enfermos, eligió a los apóstoles, le condenaron y le mataron en una cruz. Y que ese que fue crucificado resucitó de entre los muertos y se apareció durante cuarenta días a sus apóstoles y discípulos dándoles muestras de que estaba vivo…. Y que ante el asombro de todos subió a los Cielos…. Pues ese mismo, el hijo de María, el Verbo de Dios que está sentado a la diestra de Dios Padre es el mismo que se hace presente en medio de nosotros en el Pan y en el Vino de la Eucaristía. No solo nos ha comprado a precio de sangre, sino que también se queda en medio nuestro para alentarnos en nuestro camino hacia la Gloria del Padre Eterno.

¡Viva Jesús sacramentado!

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