sábado, 22 de enero de 2011

III Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a

23 de Enero de 2011 III Domingo del Tiempo Ordinario

Tal vez, la escena nos lleve a una vieja casa romana y a un patio, donde dos hombres hablan. Uno mayor, aunque fornido de cuerpo, el otro mucho más joven es un soldado romano. El joven ha preguntado al judío Pedro: “¿Qué es ser cristiano?”. Y el pescador no sabe expresar lo que su corazón lleva dentro, desde aquella primera mirada de Jesús, cuando le dijo: “sígueme”. ¿Qué ha sido su vida desde el encuentro con Jesús en Galilea? Pues seguir a Cristo. Y eso es una buena definición de su vida cristiana. Seguir a Jesús por amor. Ésta hubiera podido ser una declaración dogmática del primer Papa, hablando del significado de ser cristiano.

Cuando no había aún templos cristianos, ni mandamientos eclesiales, ni libros de bautismos, ni libros de teología moral, cuando prácticamente los sacramentos que mantenían la vida cristiana eran el bautismo y la eucaristía, cuando el mismo Credo se reducía a creer en el amor del Padre que entrega al Hijo por nosotros a la muerte y lo resucita y con Él resucitamos todos, ¿qué señal de pertenencia a la Iglesia se podía dar cuando esa Iglesia apenas tenía corporeidad?

Aquellos cristianos sabían poca teología, y ningún Derecho Canónico, pero guardaban en sus corazones aquella luz nacida en ellos a la mirada que cada uno había recibido en Galilea cuando Jesús les llamó personalmente: “ven y sígueme”.

Jesús sigue mirando a cada uno y diciendo “sígueme”: para los menos puede significar el abandono de la familia y de cuanto tienen para seguir a Jesús en la vida sacerdotal o religiosa, pero para la gran mayoría es llamada al seguimiento en la vida cristiana. Ese seguimiento en la vida cristiana es hacer todo por amor a Dios; es hacer todo para que Dios sea conocido y amado; es hacer presente a Jesucristo en medio de nuestros hogares; es educar a nuestros pequeños teniendo como referencia al Señor Jesús; es irles introduciendo en la vida de oración y dar testimonio de Jesucristo participando de los sacramentos. Es tener la humildad suficiente para levantarse, por medio del sacramento de la reconciliación, cuando uno cae en pecado, es tener la suficiente necesidad en el alma para alimentarse del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor en la Eucaristía, es esforzarse en la difícil tarea de amar y perdonar teniendo al Señor como la única motivación e interés.

Si alguna vez nos encontrásemos con alguien y le hiciéramos la pregunta de ¿qué es ser cristiano? y no nos supiese responder, únicamente podríamos sacar una cosa en limpio de todo esto: No se ha enterado de nada, no sabe quien es Cristo y menos se ha planteado seguirle.

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