Homilía
del Tercer Domingo de Cuaresma, Ciclo a
Jn 4, 5-42 «Llega
una mujer de Samaria a sacar agua,
y Jesús le dice: «Dame
de beber».
(Hay dos audios, uno al principio y otro al final del escrito de la homilía)
Por eso, el
episodio de la samaritana no puede leerse como si hubiera detrás un cronista
escondido tomando nota de cada gesto. Es una enseñanza profunda que ilumina
la vida y la fe de todos los creyentes a partir de Jesús y de su mensaje.
El evangelista
Juan construye este episodio teniendo muy presente la historia del profeta
Oseas. Oseas, que habla al reino del Norte, a Samaría, fue el primero en
expresar la relación entre Dios y su pueblo como la relación entre un esposo
y una esposa. Y llegó a esa imagen maravillosa partiendo, paradójicamente,
de su propia tragedia matrimonial.
El profeta estaba
casado con una mujer infiel, que una y otra vez se marchaba con otros amantes.
Y, sin embargo, él seguía amándola, seguía yendo a buscarla, seguía llevándola
de nuevo a casa. Hasta que un día, después de tantas traiciones, parece que ha
llegado el momento del juicio. La ley preveía incluso la pena de muerte para la
mujer adúltera. Pero justo cuando debería caer la sentencia, sucede lo
impensable: el amor vence a la justicia herida. Y en vez de condenarla, Oseas
le dice: «Por eso voy a seducirla: voy a llevarla al desierto y le hablaré
al corazón» (cfr. Os 2, 16). Es decir, le propone empezar de nuevo.
Y añade algo
decisivo: «Aquel día -oráculo de Yahvé- ella me llamará “marido mío”; y no
me llamará “Baal mío”» (cfr. Os 2, 18). Ahí está la clave. El profeta
comprende por qué aquella mujer huía; no tenía un esposo, tenía un amo. Y nadie
puede vivir de verdad cuando el amor se convierte en dominio.
Siempre nos
quedamos un poco desconcertados cuando escuchamos el relato del encuentro de
Jesús con la samaritana. Enseguida se notan detalles poco verosímiles, ciertas
incongruencias narrativas, y al final uno termina preguntándose qué es lo
que ha pasado. Para acercarnos bien a este pasaje, conviene hacer antes algunas
observaciones.
En Juan no se persigue curiosidad,
se busca fe.
Primera
observación.
Cuando leemos el Evangelio según Juan, debemos tener siempre presente que
este evangelista no se limita a referir los hechos en su pura materialidad.
Los relee en clave teológica, utiliza imágenes bíblicas, establece
resonancias con acontecimientos y textos del Antiguo Testamento. Por eso no
hay que extrañarse de que a veces resulte difícil saber con precisión qué
sucedió exactamente. Y nosotros no deberíamos buscar en el Evangelio la
respuesta a nuestras curiosidades, por legítimas que sean. Lo decisivo es lo
que el evangelista quiere decirnos, porque eso es lo que importa y eso
basta para nuestra fe. Eso es lo que queremos hacer hoy con este texto, no
satisfacer curiosidades, sino escuchar el mensaje que Juan quiere entregarnos.
Si lo reducimos a
una simple crónica corremos el riesgo de quedarnos más bien decepcionados. Al final, solo
nos quedaría una exhortación moralizante. Jesús se habría encontrado con una
mujer de vida desordenada, conocería su situación moral y la habría devuelto al
buen camino. Muy poca cosa, si ese fuera todo el mensaje.
Los personajes son reales,
y también son espejo.
Segunda
observación.
Los personajes que encontramos en el Evangelio según Juan son personas
reales y concretas. Pero el modo en que el evangelista los presenta es una
invitación clara a reconocer en ellos figuras típicas, símbolos de una
opción de vida ante Cristo y su propuesta. Se le puede dar adhesión, se le
puede rechazar o se puede permanecer indeciso. Estos personajes representan una
actitud espiritual que el evangelista quiere mostrarnos, y que también se
refleja en nosotros. Es como si nos dijera que estemos atentos, porque algo
de ese personaje también está presente dentro de cada uno.
Natanael, por
ejemplo, es el hombre de sus convicciones y seguridades. De Nazaret no puede
salir nada bueno. Sin embargo, es una persona leal y se deja cuestionar por la
novedad. Hay un Natanael dentro de nosotros. Cuántas veces tenemos
nuestras ideas firmes y, de pronto, llega el Evangelio y nos abre a dar nuestra
adhesión.
Marta es la imagen
del discípulo que experimenta cierta dificultad para llegar a creer que Jesús
es el Señor de la vida, y al final se alegra de esa luz. También hay una
Marta dentro de nosotros, porque a nosotros también nos cuesta comprender,
acoger, dejarnos iluminar por la luz de Cristo.
María de Betania
es expresión del amor incondicional del discípulo. No entrega el perfume a
gotas. Hay una María de Betania dentro de nosotros. El amor del
cristiano no se administra con cuentagotas. Se rompe el frasco y se dona amor
incluso al propio enemigo.
Y luego está
Judas. También hay un Judas Iscariote dentro de nosotros. Es el anti discípulo,
el que en vez de entregarlo todo a los hermanos, toma lo que tienen los
hermanos para quedárselo. También hay un Tomás dentro de nosotros, que se
fatiga para creer en la resurrección porque busca respuestas y pruebas
racionales.
Y está, además, el
discípulo amado. Se presenta como anónimo, pero resume en sí las actitudes
del discípulo auténtico y se convierte en una invitación. El evangelista nos
llama a llegar a ser como ese discípulo.
Y ahora, la samaritana. También hay una
samaritana dentro de nosotros, y lo iremos viendo.
El escenario no es decorado,
es parte del mensaje.
Tercera observación. Quiero decir una palabra sobre el lugar donde el evangelista coloca el encuentro de Jesús con la mujer de Samaría. En esa región se alzan dos montes, el Garizín y el Ebal, y la Biblia los convierte en una especie de catequesis hecha paisaje. Al entrar en la tierra prometida, Israel debía proclamar sobre el Garizín las bendiciones de la alianza y sobre el Ebal las maldiciones, es decir, las consecuencias de romper la alianza. No se trata de montes “mágicos”, como si uno diera suerte y el otro trajera desgracias. Es una forma concreta, casi pedagógica, de decir que la vida se abre o se cierra según a quién adoramos y qué voz obedecemos. La bendición es vivir bajo la palabra del Señor que libera y hace fecunda la existencia. La maldición es encerrarnos en sustitutos de Dios y terminar viviendo a la intemperie, aunque tengamos “religión” (cfr. Dt 11, 29; Dt 27, 12-13; Jos 8, 33-35).
A poca distancia
de una de sus cimas, los arqueólogos han hallado restos de cultos idolátricos,
y eso ayuda a comprender por qué aquel lugar quedó marcado en la memoria como
un monte asociado a la maldición.
El Garizín domina
la llanura y permite ubicar el punto que más interesa para el relato, el pozo
donde Jesús se encontró con la samaritana.
En el pasaje de
hoy escucharemos a la samaritana aludir a un templo que existió en el Garizín.
Había sido construido en tiempos de Alejandro Magno. En época de Jesús ya no
estaba, porque había sido destruido en el año 128 por Juan Hircano, sacerdote y
sumo sacerdote del Templo de Jerusalén, que veía aquel templo en competencia
con el de la ciudad santa y, en cuanto pudo, lo hizo derribar. Con todo, el
monte siguió siendo sagrado. Entre estos dos montes, hoy como en
tiempos de Jesús, pasaba una vía muy importante que conectaba Judea con Galilea.
Y donde desemboca esa vía se encuentra una ciudad relevante, hoy y entonces,
Nablus, la Neápolis de época romana. También se ubica la ciudad de Sicar,
citada en el evangelio de hoy. Estaba en el cruce de las vías de comunicación
más importantes. El nombre Sicar es una forma aramea de Siquén, es decir, el
mismo nombre adaptado al modo de hablar de la gente de la zona; se encontraba a
la entrada del paso entre las dos montañas, de modo que controlaba el tránsito
de esa ruta.
De Siquén habla
mucho la Biblia.
Por allí pasan los patriarcas y allí se concentran páginas luminosas y otras
muy oscuras de la historia de Israel (cfr. Gn 12, 6-7; Gn 33, 18-20; Gn 34; Jos
24). Por Siquén pasaron los patriarcas Abrahán y Jacob, y se recuerdan muchos
episodios ocurridos en ese lugar. Recuerdo uno de ellos; el narrado en el
capítulo 24 del libro de Josué. Josué introdujo al pueblo de Israel en la
tierra prometida, conquistó aquella tierra y, antes de morir, reunió a todo el
pueblo en Siquén, en esa llanura. Lo hizo para que el pueblo tomara una
decisión sobre a quién adorar. ¿A quién queréis seguir y escuchar? ¿Al Señor
que os liberó de la tierra de Egipto, o al dios Baal, el dios de esta tierra,
el que envía los huracanes y la lluvia que fecunda los campos, el que preside
la fecundidad de los animales? ¿Queréis seguir al Señor o al dios de esta
tierra, Baal? Y el pueblo responde. «Nosotros queremos seguir al Señor»
(cfr. Jos 24).
Hasta
el detalle del pozo
nos
obliga a pensar.
¿Dónde estaba el
pozo donde Jesús encontró a la samaritana? La distancia entre Sicar y el
pozo; es casi un kilómetro. En torno a Sicar no faltaba agua. Había
fuentes cercanas, lo lógico habría sido ir allí. Pero el evangelista lleva
a la mujer al pozo, como si quisiera que nos detuviéramos. Cuando Juan fuerza
un detalle, no es para confundir, sino para que miremos más hondo. Lo
importante no es solo dónde se saca agua, sino qué nos está diciendo Jesús en ese
encuentro. ¿Por qué el evangelista envía a esta mujer al pozo, cuando podía
sacar agua en aquellos manantiales?
Y ahí está el
pozo. Las mediciones lo sitúan en varias decenas de metros de profundidad, con
cifras que varían según épocas y condiciones. En tiempos de Jesús,
naturalmente, no era como se ve hoy. El brocal original sobre el que Jesús se
sentó fue llevado a Constantinopla por Justiniano y colocado en la basílica de
Santa Sofía.
El “tenía que” no es del mapa,
es del amor.
«Tenía que pasar por Samaría. Llegó Jesús a una ciudad de
Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí
estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto
al pozo. Era hacia la hora sexta».
Jesús se
encontraba en el valle del Jordán, cerca de Jericó. Para subir a Galilea no
tenía por qué atravesar Samaría. El camino que solía recorrer todo el mundo
iba por el otro lado, al este del Jordán, y subía hacia el norte. Entonces,
¿cómo es que el evangelista dice que tenía que pasar por Samaría?
No
es una necesidad geográfica. Jesús busca otra cosa.
Jesús tiene que
encontrarse con una mujer que ha abandonado a su esposo, lo ha traicionado y se
ha unido a otros cinco maridos. Y, sin embargo, no está satisfecha, no
es feliz. Él quiere encontrarse con ella.
Dios
es el esposo abandonado por la esposa.
Juan escribe para
cristianos que conocen el Antiguo Testamento y saben muy bien quién es ese
esposo abandonado por la esposa; el esposo es Dios. Es una de las
imágenes más tiernas de la Biblia. Dios es el esposo enamorado de su pueblo,
y ese pueblo es una esposa infiel. Lo ha traicionado (cfr. Is 54, 5-8; Os
2, 16-17; Jr 3, 20). Se ve cómo el evangelista nos va llevando, cada vez con
más claridad, hacia una lectura alegórica de este episodio.
El encuentro
ocurre en el pozo. Jesús llega a Sicar, donde estaba ese pozo. Para un judío
del tiempo de Jesús, un pozo tenía una resonancia afectiva muy distinta.
Nosotros abrimos un grifo y el agua sale, y el pozo no nos dice gran cosa, no
despierta emociones ni recuerdos. Pero en una tierra pobre de agua como Israel,
el pozo no era solo el lugar donde se iba a sacar agua. Estaba lleno de
significados; El siervo de Abrahán llega a un pozo a las afueras de la
ciudad, a la hora en que salen las muchachas a sacar agua. Allí se cruza con
Rebeca. Ella ofrece de beber al extranjero y, además, se presta a sacar agua
también para los camellos. En ese gesto sencillo de hospitalidad se va
discerniendo una historia decisiva para la promesa. (cfr. Gn 24, 10-67); Jacob
llega a la región de Jarán y encuentra a los pastores reunidos junto a un pozo
cuya boca está cubierta por una piedra. Cuando aparece Raquel con el
rebaño de su padre, Jacob aparta la piedra, da de beber a las ovejas y el
encuentro abre una historia de amor y de futuro. (cfr. Gn 29, 1-12); Moisés,
huyendo, se sienta junto a un pozo en Madián. Unas muchachas llegan a dar de
beber al rebaño y son molestadas. Moisés interviene, las defiende y ayuda a
sacar agua. Ese acto de justicia lo conduce a ser acogido en una casa y, con el
tiempo, a un vínculo nuevo que le da pertenencia en tierra extraña. Allí
toma como esposa a Seforá (cfr. Ex 2, 15-21).
Dios se lamenta
por boca del profeta. Su pueblo ha abandonado al Señor, fuente de agua viva, y
se ha excavado cisternas agrietadas que no retienen el agua. La imagen pone
nombre a una sed que no se sacia cuando se deja la fuente verdadera por
sustitutos (cfr. Jr 2, 13).
El profeta invita
a los sedientos a venir al agua. No se trata de comprar vida ni de merecerla,
porque se ofrece como don gratuito, también para quien no tiene con qué pagar.
El agua se convierte en signo de una vida recibida y regalada (cfr. Is 55, 1).
El pozo es el lugar donde
se encuentran los enamorados.
Era el lugar de
los encuentros.
Allí coincidían los pastores cuando llevaban a abrevar los rebaños. Allí se
detenían los comerciantes, exponían sus mercancías y esperaban a los clientes.
Allí iban las mujeres a sacar agua y a intercambiar unas palabras con las
amigas. Y también era, naturalmente, el lugar donde se encontraban los
enamorados. La Biblia conserva varios relatos de encuentros de amor junto a un
pozo. Abrahán envía a su siervo a buscar esposa para Isaac y el encuentro
decisivo sucede allí. Jacob encuentra a su amada Raquel junto al pozo, y su
gesto de apartar la piedra parece decir más de lo que hace falta para beber.
También Moisés encuentra allí a su esposa, Séfora. El
pozo es el lugar donde se encuentran los enamorados.
El pozo acaba siendo
símbolo de la Palabra viva.
Con el tiempo, el
pozo en la Biblia se convierte en símbolo de la Torá, de la Palabra de
Dios, del agua viva que viene del Señor y sostiene la vida.
La Biblia nos
enseña a pensar la Palabra con imágenes de agua que sostiene la vida.
Proverbios llega a llamar a la enseñanza del sabio una fuente de vida, capaz de
apartarnos de las trampas de la muerte (cfr. Pr 13, 14). Y el Cantar habla de
una fuente y de un pozo de aguas vivas, un lenguaje que desborda lo meramente
físico y abre el símbolo hacia lo que vivifica por dentro (cfr. Ct 4, 15).
Desde ahí se
entiende que la tradición de Israel lo diga ya de manera explícita. El Talmud
afirma que ver un pozo en sueños es señal de haber encontrado Torá, como si el
pozo fuera su imagen (cfr. Berajot 56b). Y el midrás, comentando el pozo de
aguas vivas del Cantar, compara el agua que da vida con la Torá como fuente de
vida para el mundo (cfr. Shir HaShirim Rabbah 4, 15). En la misma línea, Avot
de Rabbi Natan aplica el beber del propio pozo a aprender Torá de una fuente
cercana y fiable, en la propia comunidad, sin ir a beber de cualquier sitio
(cfr. Avot de Rabbi Natan 3, 6; cfr. Pr 5, 15).
Jeremías, en
nombre de Dios, lamenta que el pueblo haya abandonado la fuente de agua viva y
se haya excavado cisternas agrietadas que no retienen el agua (cfr. Jr 2, 13). E
Isaías invita a los sedientos a venir al agua, un agua gratuita, también para
quien no tiene con qué pagar (cfr. Is 55, 1). El agua como símbolo de vida,
como símbolo del amor de Dios, y como símbolo de su Palabra que da vida.
Encontraremos a la
samaritana que tiene que volver una y otra vez a una fuente que no la sacia
nunca. No es un agua que la colme finalmente de vida. Jesús le propondrá sacar
su agua.
Jesús se sienta
sobre el pozo.
Es un caminante cansado. Es la única vez que los evangelistas hablan de la
fatiga de Jesús, y eso es significativo. Viene de lejos, está cansado del
camino, y tiene que encontrarse con esta mujer que ha abandonado al esposo.
Debía de estar realmente muy enamorado de ella.
Notemos la
posición de Jesús. Está sentado sobre esa fuente. Es como si sustituyera el
agua de ese pozo, porque quiere que se beba de su agua.
El mediodía no es un dato,
es una clave.
Es mediodía. Y
aquí aparece otra incongruencia, si se leyera el episodio como simple crónica.
La hora resulta extraña, porque ninguna mujer iba al pozo a esa hora.
Hacía mucho calor, y el agua se recogía por la mañana o al atardecer. Así que
ese mediodía apunta a otro significado.
Juan anota que el
encuentro sucede hacia la hora sexta, a plena luz del día, y esa “hora”
vuelve a aparecer cuando Pilato expone a Jesús ante todos. Como si el
evangelista dijera que, a mediodía, cuando no hay sombras donde esconderse,
se decide lo esencial. Qué hacemos con Jesús, y de qué agua queremos vivir.
(cfr. Jn 4, 6; Jn 19, 14)
Una mujer sin nombre
para que nos miremos en ella.
«Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber». Sus discípulos se habían ido
al pueblo a comprar comida».
Identifiquemos
enseguida a esta mujer. No tiene nombre. Y así no se cuenta un hecho
como simple crónica. Juan la presenta como samaritana. Y Samaría, lo
sabemos, era una región “mezclada”, no solo desde el punto de vista
étnico, también desde el religioso. Samaría había abandonado a su Dios. Era
Israel el que había abandonado al Esposo.
Para entenderlo,
recordemos al profeta Oseas. Tuvo una experiencia conyugal dolorosa. Su esposa
Gómer lo abandonó. Para no sufrir, llegó a echarla de casa y no quería saber
nada más. Y, sin embargo, no podía vivir sin ella. Oseas leyó su historia de
amor como imagen de la historia de Dios con Israel, un pueblo que había sido
infiel al amor del Señor (cfr. Os 1-3).
Pedir de beber es pedir acogida,
casi como un cortejo.
Ahora vemos a
Jesús pidiéndole de beber a esta mujer. En la cultura semítica, pedir de
beber significaba pedir acogida. Y el agua era símbolo del amor.
Recordemos al salmista, con ese trato tan hermoso con Dios, propio de un
enamorado, cuando dice: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma
está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada,
sin agua» (cfr. Sal 62, 2-9). Son expresiones de amor. Tú eres mi amado,
solo existes tú, no conozco a otro. Ese deseo de agua es el deseo del
enamorado que pide ser acogido.
Los discípulos
habían ido a la ciudad a comprar comida. Un detalle, digámoslo, un poco torpe,
casi como si el evangelista lo necesitara para dejar a solas a los dos
enamorados. La conclusión es clara: Todo nos empuja a leer el texto en clave
simbólica. El Señor viene de lejos, ha hecho un largo viaje para encontrarse
con esta humanidad que se había alejado de él. Es Dios quien sale al
encuentro para recuperar a la esposa infiel.
Dos aguas, dos deseos,
dos modos de vivir.
Y ahora el diálogo
entra en lo vivo. Hay un agua que no sacia nunca, la que la mujer va a buscar
al pozo. Y hay un agua que sacia, que da una vida que no muere, la que Jesús
ofrece.
«La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides
de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los
samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don
de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te
daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es
hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que
nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le
contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo
le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él
en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor,
dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».
El cubo que falta nos avisa,
no es crónica, es símbolo.
Hay un agua
material que se saca del pozo con un cubo. La samaritana lo subraya con toda
lógica. Tú, Jesús, no puedes sacar agua porque no tienes el cubo. Y ahí aparece
otra incongruencia. ¿Cómo podía la samaritana sacar agua si solo llevaba la
vasija y no había cubo? No estamos ante una página de crónica, sino ante
teología. Por eso queremos seguir leyendo el simbolismo que el evangelista
pone en este episodio.
Nuestros pozos dan agua,
pero no quitan la sed del corazón.
En todas las
culturas el agua es símbolo de vida. Ir a sacar agua significa buscar
respuesta a nuestras necesidades más hondas. Y nosotros sacamos agua de
muchos pozos materiales. Dan agua, sí, pero es un agua que nunca sacia del
todo. Hacemos unas vacaciones estupendas y, al poco, vuelve la sed. Vivimos una
fiesta hermosa con los amigos, regresamos contentos y, sin embargo, enseguida
reaparece la sed. El agua material calma por unas horas, pero luego la
sed vuelve y tenemos que regresar a otros pozos.
¿Y qué ofrecen
esos pozos materiales que, para muchos, se convierten en el objetivo único de
la vida? Ofrecen cosas buenas, útiles, agradables, incluso necesarias para la
vida biológica. Pero conviene tomar conciencia de algo; no nos satisfarán
plenamente. El ser humano busca siempre pozos nuevos, emociones nuevas,
experiencias nuevas. No puede contentarse con el dinero o con una migaja de
placer, porque tiene un corazón demasiado grande. Es inútil intentar
llenarlo con cosas materiales.
La profesión, las
relaciones, la sexualidad pueden dar mucha alegría. Pero son alegrías
provisionales. Cuando faltan las fuerzas, cuando faltan las personas queridas,
si habíamos hecho de todo eso el absoluto sobre el que apostábamos, al final
aparece una conclusión amarga. Entonces la vida ya no tiene sentido.
Si hacemos de algo nuestro absoluto,
un día ese pozo se seca.
Has apostado toda
la vida a la carrera. Has alcanzado el éxito. Ten cuidado porque es un pozo
que, en algún momento, se seca. Llegas a la jubilación y ya no te llama
nadie. Se secó el pozo. Ocupas un cargo relevante en la empresa, con tu
despacho, tu Internet, tu calor, tus cafés gratis, tus llamadas telefónicas,
tus visitas al trabajo…y de relevan y pasas a ser don alguien a don nadie. Las
esperanzas de corto alcance, tarde o temprano, dejan paso al sinsentido y hasta
a la desesperación.
Esa es la sed que
experimenta la samaritana. Jesús le había pedido de beber, pero ahora le
hace comprender que es ella quien tiene sed. Una sed de la que quizá ni
siquiera es consciente. No lo es, porque piensa que puede saciarla con agua
material.
La vida que de verdad sacia
solo se recibe como don.
Jesús le revela
que hay un agua que solo se puede recibir como regalo. El agua material
uno va y la toma. Pero el agua que sacia de verdad, la que colma plenamente el
deseo de vida, solo se recibe como don: «Si
conocieras el don de Dios». Si no comprendemos que Jesús quiere
ofrecernos un don, si nuestra catequesis empieza por disposiciones,
mandamientos o méritos, todo el mensaje del Evangelio queda oscurecido. Hay
un don ofrecido, y puede ser rechazado. Y así se puede perder la ocasión
decisiva de la vida, la nuestra y la de quienes amamos, también la de los hijos
y los nietos.
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice
“dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». Tú le
pedirías esta agua, y él te daría un agua viva, que salta para la vida
eterna, no para la vida biológica. «El
que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le
daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en
un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». En griego
se expresa así: «ὃς δ’ ἂν πίῃ ἐκ τοῦ ὕδατος οὗ ἐγὼ δώσω αὐτῷ, οὐ μὴ διψήσει εἰς
τὸν αἰῶνα, ἀλλὰ τὸ ὕδωρ ὃ ἐγὼ δώσω αὐτῷ γενήσεται ἐν αὐτῷ πηγὴ ὕδατος ἁλλομένου
εἰς ζωὴν αἰώνιον», que significa «Quien, en cambio, beba del agua que yo
le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré llegará a ser en
él una fuente de agua que salta hacia la vida eterna / la vida que
viene del Eterno».
El término griego
«βίος» (bíos) suele referirse a la vida en su dimensión terrena y
concreta, lo que podríamos llamar la vida tal como se vive y se sostiene.
Incluye cosas como el modo de vida, el sustento, la posición, los bienes, las
ocupaciones, el “tirar para adelante” cotidiano. Por eso puede rozar el
sentido de “medios de vida” o “recursos para vivir”.
Dicho de otro
modo, la palabra βίος (bíos) nombra la vida tal como la llevamos
aquí, el vivir cotidiano con sus medios, sus ritmos y sus seguridades. Por eso
el Evangelio puede decir que la viuda echó ὅλον τὸν βίον αὐτῆς, todo su
sustento, todo lo que tenía para vivir (cfr. Mc 12, 44). También se cuenta que
el padre repartió a sus hijos “el βίος (bíos)”, el patrimonio familiar
(cfr. Lc 15, 12), y que el hijo lo devoró (cfr. Lc 15, 30). La Escritura habla
de las preocupaciones, riquezas y placeres del βίος (bíos) que
ahogan la Palabra (cfr. Lc 8, 14), de los asuntos del βίος (bíos)
que enredan el corazón (cfr. 2 Tim 2, 4), de la soberbia del del βίος (bíos),
ese orgullo de quien cree tenerlo todo bajo control (cfr. 1 Jn 2, 16), o de los
bienes del βίος (bíos) de este mundo que uno puede tener y, aun
así, cerrarse al hermano (cfr. 1 Jn 3, 17). Con ese trasfondo, cuando Jesús
promete un agua que brota hacia ζωὴν αἰώνιον, no está prometiendo
simplemente prolongar el del βίος (bíos), como si fuera “más
de lo mismo”, sino abrirnos a una vida distinta, la vida que viene de
Dios y empieza ya por dentro.
No es βίος (bíos)
es ζωὴν αἰώνιον (zoén aiónion) o mejor dicho: ζωή (zoé)
en el uso
bíblico, y muy especialmente en Juan, suele apuntar a la vida en sentido
pleno, la vida recibida como don de Dios, no solo a la vida biológica.
Esa es el agua que
Jesús ofrece como don, su Espíritu, la vida divina que él ha traído al mundo. La vida
biológica, con todas las satisfacciones que uno puede arrancarle, termina. Y,
precisamente porque estamos bien hechos, todas esas cosas materiales, aunque
sean bellas, no nos llenarán nunca del todo. Estamos hechos para acoger el don
del agua que Jesús ofrece.
El siguiente paso que dará ahora Jesús es hacerle comprender a la samaritana que, si desea saciar su sed, su necesidad de vida, ha de volver a recuperar al Esposo del que se ha alejado.
Una pregunta que desconcierta
«Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer
le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes
marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la
verdad».
No se entiende, a
primera vista, qué lógica hay en la invitación que Jesús le hace a la mujer. Ve
a buscar a tu esposo. Y también desconcierta otra pregunta. ¿Qué tienen
que ver los cinco maridos con el tema del don del agua viva del que se está
hablando?
Fijémonos bien. No
se habla de cinco amantes, sino de cinco maridos. Y un marido es
aquel a quien una mujer confía su vida. Si esto fuera simple crónica,
significaría que esta mujer se habría casado cinco veces, algo difícil de
justificar incluso contando divorcios sucesivos o la muerte de los esposos.
Además, la ley permitía como máximo tres. Como dato biográfico, tal cual, no
encaja.
Si es crónica, no cuadra.
Si es teología, ilumina.
En el discurso
teológico que Juan está construyendo todo cobra sentido. Porque el Esposo es
Dios. Y la samaritana que ha abandonado al Señor, el Esposo, y se ha
unido a otros maridos, representa a un pueblo que se ha alejado de su Dios.
Samaría era el lugar de la infidelidad, y también el número cinco tiene su
peso.
El segundo libro
de los Reyes, en el capítulo 17, cuenta la destrucción de Samaría. Los asirios
conquistaron la ciudad, deportaron a parte del pueblo e introdujeron allí cinco
pueblos. Llegaron con sus dioses, y los samaritanos empezaron a rendir culto a
esas divinidades sin dejar del todo al Señor que ya conocían. Ahí está la
infidelidad representada en esta mujer samaritana. (cfr. 2 Re 17)
Cuando te unas a tu esposo,
serás feliz
Y conviene notar
el modo en que Jesús habla con ella. Jesús no emplea el lenguaje duro y
amenazante de los profetas que reprendían al pueblo por su infidelidad. No. Jesús
se dirige a la mujer con ternura y la invita a recuperar a su Esposo. Jesús
nos está hablando hoy a nosotros. Esa mujer infiel somos nosotros. Y él
quiere que lleguemos a comprender la raíz de tantas insatisfacciones.
En el fondo viene
a decirnos esto. No serás feliz hasta que unas tu vida al único Esposo que es
el Señor.
Todos entregamos la vida
a “alguien” o a “algo”.
Todo ser humano
tiene un dios.
El ateísmo, en el fondo, no existe. Siempre hay alguien o algo a lo que las
personas entregan la propia vida, convencidas de que así serán felices. Y
ese “esposo”, ese “dios”, puede ser tan concreto como una cuenta
bancaria.
Por eso,
preguntémonos hoy, en este tiempo de Cuaresma, que es tiempo de
replanteamientos y de revisar opciones. ¿Cuál es nuestro dios? ¿Es el Esposo, o
hemos unido la vida a algún ídolo?
Y ahora,
respondiendo a una pregunta de la samaritana, Jesús introduce el tema del culto
nuevo y único que el Padre espera de toda la humanidad.
Dos templos, una pregunta,
y un giro decisivo.
«La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta.
Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde
se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme,
mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al
Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que
conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya
está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y
verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo
adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a
venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy
yo, el que habla contigo».
La mujer le
plantea a Jesús la alternativa entre dos templos, el del Garizín, que ya no
existía, aunque el culto en el Garizín continuaba, y el Templo de Jerusalén.
Jesús lo aclara de inmediato. El culto en el Garizín es idolátrico. El de
Jerusalén es legítimo y conforme a la Torá. Pero, añade; «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte
ni en Jerusalén adoraréis al Padre».
Jesús la llama «mujer», un término que en Juan tiene
resonancias esponsales. Aparece en momentos decisivos, ligado a figuras
femeninas que representan al pueblo-esposa. La samaritana es la esposa infiel a
la que el esposo viene a reconquistar.
Pero lo decisivo
aquí es otra cosa ya que ha terminado la época de los santuarios. Se acabó la
idea de que haya un lugar privilegiado donde Dios esté más presente que en
otro. Se acabó el tiempo de identificar la comunión con Dios con un espacio
sagrado al que hay que acudir. Jesús anuncia un cambio radical. Nos habla en
categorías esponsales.
El verdadero culto
se nota en cómo amamos.
Adorar al Padre «en espíritu y verdad» no significa vivir
una fe hecha solo de emociones bonitas o de momentos intensos. Jesús no está
hablando de una religiosidad difusa, como si bastara “sentir cosas”.
Está hablando de algo mucho más concreto. “Espíritu”
es la vida misma de Dios actuando en nosotros, su fuerza de amor, su aliento
creador. Y “verdad”, en la Biblia, no es una teoría fría: es
autenticidad, fidelidad, solidez. Es un amor que no engaña y no se retira a la
primera dificultad.
Por eso, el
culto nuevo no consiste en hacer cosas para contentar a Dios, como si Dios
necesitara ser calmado o convencido. Consiste en acoger su amor y dejar que
ese amor pase a nuestra vida. Dicho de un modo sencillo: Dios no busca
personas que le entreguen cosas desde lejos; busca hijos que se dejen
transformar por su amor y lo transparenten en la vida de cada día.
Antes, el culto
estaba muy unido a lugares, tiempos y prácticas: el templo, las fiestas, las
ofrendas, los sacrificios. Todo eso podía expresar búsqueda sincera de Dios,
pero también podía dejar la sensación de una relación marcada por la distancia:
el siervo ante el soberano, el hombre intentando dar algo a Dios para estar en
regla.
Con Jesús cambia
la perspectiva. Ya no se trata principalmente de llevar algo a Dios, sino de dejar
que Dios nos llene para que nosotros demos vida a los demás. Eso cambia
mucho las cosas. Porque entonces el culto agradable al Padre no es, ante todo,
un rito exterior, sino un amor concreto: una paciencia que sostiene, una
palabra que consuela, una ayuda ofrecida sin ruido, una fidelidad que
permanece, una bondad que no va haciendo cuentas.
Dios no necesita homenajes:
quiere hijos que amen.
Por eso el culto
verdadero no mira solo hacia arriba, como si todo consistiera en “cumplir
con Dios”. Mira también hacia delante y hacia alrededor: hacia el hermano
concreto, hacia la persona que tengo cerca, hacia la necesidad que me
interpela. No porque Dios importe menos, sino justamente porque importa tanto
que ya no puede separarse del bien del hombre.
Aquí entendemos
mejor aquella palabra de Oseas: «Porque yo quiero amor, no sacrificio,
conocimiento de Dios, mejor que holocaustos» (cfr. Os 6, 6). Y en Jesús
esta intuición llega a su plenitud. El Dios que Jesús nos revela no es un Dios
que quita para afirmarse; es un Dios que se da para que el hombre viva.
No nos vacía para engrandecerse; nos colma para que aprendamos a amar.
Cuando Jesús dice:
«Dios es espíritu», no está
diciendo que Dios sea algo vago o lejano, como una especie de niebla religiosa.
Está diciendo que Dios es fuerza de vida, dinamismo de amor, presencia que
actúa y fecunda. Es el Dios vivo que quiere comunicar su propia vida a
nuestra vida.
Entonces, adorar
en espíritu y verdad significa vivir dejándonos mover por ese amor de Dios y
respondiendo con una vida verdadera. No una fe de fachada, no una práctica solo
exterior, no un cumplimiento sin alma. Se trata de una vida unificada, donde
lo que celebramos, lo que creemos y lo que vivimos empiezan, poco a poco, a ir
de la mano.
Y cuando una
persona se sabe amada así por Dios, algo cambia dentro. Empieza a amar de otra
manera. Se vuelve menos dura, menos encerrada, menos necesitada de
imponerse. Se vuelve más capaz de darse. Y ahí, precisamente ahí, el hombre
empieza a parecerse al Padre.
Porque al final el
ser humano crece de verdad solo por el amor. Podemos acumular muchas cosas,
muchas experiencias, incluso muchas prácticas religiosas. Pero si no crecemos
en amor, nos quedamos a medias. En cambio, cuando crecemos en amor, se va
realizando en nosotros el proyecto de Dios.
En el fondo, eso
es lo que Jesús quiere decirle a la samaritana, y también a nosotros: el
verdadero culto no consiste solo en ir a un lugar sagrado, sino en convertir
la vida en un lugar donde el amor de Dios pueda hacerse visible. Ahí está
el culto nuevo. Ahí está la adoración en espíritu y verdad. El culto que
Dios quiere es una vida que da vida.
Dios ya no se nombra solo como Ley,
se revela como Padre.
Aquí cambia el
modo de hablar de Dios. Ya no es solo el Dios de la Ley, de la Torá, que se
pensaba como un Dios que imponía separaciones y discriminaciones entre puros e
impuros, buenos y malos, hijos de Abrahán y paganos. Llega el tiempo de un
culto en un templo nuevo, porque este Dios es el Padre, y el Padre no hace
distinciones ni discriminaciones entre sus hijos.
Adorar en espíritu y verdad
es entrar en la vida del Padre.
«Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en
espíritu y verdad». Esa adoración será en espíritu y verdad. Y
espíritu no significa algo sutil o impalpable. Espíritu aparece en contraste
con carne. Carne indica esas pulsiones que nacen de nuestra naturaleza
biológica y nos empujan a pensar solo en nosotros, a desentendernos de los
demás. En cambio, el espíritu es esa agua que Jesús ha traído como don a la
humanidad. Es su Espíritu, es decir, la vida divina del Padre del cielo,
ofrecida a todo ser humano.
Ese Espíritu
conduce a la verdadera adoración, que no es solo un rito, sino el
involucrarnos en una vida de amor hacia todo hombre, que es la vida misma
del Padre del cielo. Esta adoración, este entrar en el amor, es el único
culto que el Padre espera de nosotros. Este es el culto verdadero, el que
nos hace verdaderamente humanos. Si no acogemos este Espíritu, todavía no somos
hombres verdaderos en espíritu y verdad.
Desde este
momento, la mujer guarda silencio. El relato deja que sea Jesús quien tenga la
última palabra. Ella se separa de él y vuelve al poblado, porque ha
encontrado al Esposo y desea arrancar de su tristeza a quienes siguen
entregando la vida a otros “maridos” que no son el Señor. Ha
descubierto de dónde brota el agua que sacia de verdad. Por eso deja allí el
cántaro, y entonces vemos qué hace.
«En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que
estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o
de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo
a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será
este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él».
El cántaro abandonado
y la misión que comienza
Vuelven a escena los apóstoles. Juan los había retirado del relato de un modo deliberadamente torpe, diciendo que habían ido a comprar comida. No resulta verosímil que se marcharan todos. Pero, una vez más, no se trata de crónica. El evangelista quería dejar a solas al Esposo, Dios, con la esposa infiel, para que pudiéramos escuchar el corazón del encuentro.
Cuando los
discípulos regresan, no preguntan a Jesús de qué hablaba. Y es una omisión
significativa. Si hubieran preguntado, habrían escuchado, como nosotros, el
diálogo con la esposa infiel y el anuncio de un culto nuevo, una adoración
nueva al Padre del cielo, que no hace distinciones entre sus hijos.
La mujer, por su
parte, deja el cántaro. Ya no la necesita. Ya no busca aquella agua
de la que esperaba sacar toda la alegría de la vida. Ha descubierto el agua
nueva, el don de Dios. Y el cántaro queda allí, vacío y abandonado, como las
tinajas de Caná, imagen de una religión centrada en purificaciones y en un modo
antiguo de relacionarse con Dios. Ella ha entrado en un vínculo nuevo. Ya no el
Dios amo o legislador, sino el Esposo del que toda la humanidad debe saberse
amada sin condiciones. (cfr. Jn 2, 6-7; Jn 4, 28)
Y entonces sucede
lo inevitable. Quien descubre de dónde viene la alegría y el sentido de la
vida no puede guardárselo. La mujer se convierte en apóstol y va a
anunciar a los suyos este amor nuevo. Y aquí se abre también una pregunta
para nosotros. Si no nace en nosotros el deseo de anunciar, quizá exista el
riesgo de que todavía no hayamos comprendido del todo el don de Dios.
En este punto
surge otra cuestión. ¿Dará fruto su anuncio? El evangelista nos prepara para
escuchar el optimismo con el que Jesús invita a sus discípulos a mirar la
misión apostólica, la tarea de anunciar el Evangelio que ellos mismos están
llamados a realizar.
Cuando el
corazón está lleno,
el anuncio
convence
«Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro,
come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los
discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús
les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término
su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los
campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo
salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo
sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro
siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y
vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
La samaritana ha contado a los habitantes de Sicar el encuentro que le cambió la vida y los ha convencido para que salgan de la ciudad y hagan también ellos la misma experiencia. Ahí se ve un apostolado que da fruto.
No fue a repetir
una lección de catecismo aprendida en un libro. Eso puede ser útil, pero solo
resulta creíble y convincente cuando quien la transmite tiene el corazón lleno
de alegría, porque ha encontrado a Cristo, ha escuchado su Palabra, la ha
acogido y puede dar testimonio de que el Evangelio hace feliz.
En nuestras
comunidades de hoy circula mucho pesimismo. Se ven demasiadas caras tristes.
Somos cada vez menos, cada vez más mayores, cada vez más cansados. Luego está
la mundanidad, nadie nos escucha. ¿Qué son esos discursos, esas miradas bajas?
Jesús no está de acuerdo: «Yo os digo esto:
levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega».
Todavía faltan cuatro meses y llega la siega.
No es tiempo de
desánimo. Es tiempo favorable para el anuncio. La humanidad está
decepcionada por las ideologías, por los partidos, por las promesas engañosas
que circulan en los medios. Tiene sed del Evangelio, sed de esta agua viva.
Es tiempo de siega, nos dice Jesús. No perdamos este momento propicio.
De la palabra escuchada
al encuentro personal
«En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el
testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así,
cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y
se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y
decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos
oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».
La conclusión del
relato vuelve a poner en escena a la mujer. No se guardó para sí el don del
agua viva que Jesús le ofreció. Y los samaritanos que escucharon su anuncio
creyeron en gran número. Vale la pena fijarse en el camino de fe, tan
ejemplar, que recorrieron.
Para empezar, no
necesitaron ver milagros. Les bastó el anuncio de la mujer. Quedaron
convencidos por la belleza de ese mensaje. El Evangelio tiene en sí una fuerza
divina asombrosa. Y, como estamos bien hechos, estamos orientados al Evangelio.
Cuando se nos anuncia en su pureza, sentimos en lo más hondo la invitación a
darle inmediatamente nuestra adhesión. Eso es lo que hicieron los samaritanos.
Pero después de
esa primera escucha fue necesario también el encuentro personal con Jesús.
Y, de hecho, la mujer los condujo hasta él. Ese es el camino de fe que el
pasaje evangélico nos invita a recorrer hoy, en este tiempo de Cuaresma.




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