martes, 24 de marzo de 2026

Homilía de la Anunciación del Señor - Lc 1, 26-38 «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra»

 

Homilía de la Anunciación del Señor

Lc 1, 26-38 «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra»

 

La Anunciación es una de esas escenas que la historia del arte no se ha cansado de contemplar. Basta pensar en Basta pensar en Simone Martini o en el Beato Angelico. Durante siglos, generaciones enteras de cristianos se han sentido atraídas por esa imagen serena y entrañable del ángel que entra en diálogo con María.

Pero llegó un momento en que esa sensibilidad cambió. Con la Ilustración, todo empezó a pasar por el filtro de la razón crítica, y lo que no parecía encajar en sus criterios quedaba bajo sospecha. La sociedad se fue secularizando, y los relatos evangélicos comenzaron a leerse con herramientas históricas y literarias que, tomadas de manera estrictamente cronística, señalaban tensiones, dificultades e incluso aparentes incoherencias. También por eso, aquella escena que tanto había conmovido a la fe cristiana fue perdiendo presencia, incluso en la pintura.

Ante un texto para transmitir

una verdad teológica.

Sin embargo, aquellas preguntas no fueron inútiles. Al contrario: resultaron providenciales, porque obligaron a volver al texto con mayor hondura y a preguntarnos qué quería comunicar realmente. En el caso del relato de Lucas, la reflexión crítica ayudó a ver que no estamos ante un reportaje ni ante una reconstrucción material de los hechos, sino ante una página escrita para transmitir una verdad teológica.

A nosotros nos gustaría saber cómo sucedió todo, paso a paso. Es normal. La curiosidad humana tiene algo de niño que quiere mirar detrás de la puerta. Pero Lucas no escribe para satisfacer esa curiosidad. Su interés va por otro camino: quiere decirnos quién es ese hijo de María y qué significa su llegada para la historia humana. Quiere llevarnos hasta ese instante decisivo en que, en el seno de María, comienza a brotar la vida humana del Hijo de Dios.

Dios no discute su verdad:

la muestra.

Los hombres se habían forjado muchas imágenes de Dios. Lo imaginaron como señor absoluto, como dominador, como alguien que habría creado al hombre para ser servido. A veces incluso se lo presentó como responsable de guerras, castigos, pestes y desgracias. No era precisamente un retrato amable. Y Dios tenía una sola manera de desmentir todo eso: mostrarse. Hacer visible su rostro. Decirnos, sin discursos y sin amenazas, cuánto le importa nuestro amor. Y lo hizo haciéndose uno de nosotros.

En la plenitud de los tiempos, como dice Pablo en la carta a los Gálatas, ese designio de amor tomó carne en el seno de una mujer, María (cfr. Gal 4, 4). Eso es lo esencial. Eso es lo que la primera comunidad cristiana conocía, confesaba y custodiaba. Lo demás no ocupaba el centro.

No todo puede verificarse;

no todo necesita verificarse.

No sabremos nunca de qué modo María fue tomando conciencia de la misión a la que había sido llamada. No sabremos si la Anunciación tuvo la forma de un acontecimiento exterior, constatable en términos materiales, o si fue —como parece más probable— una revelación interior vivida en lo más hondo de ella. Y quizá no haga falta forzar la escena para que diga lo que Lucas no quiso decir.

Por eso nos acercamos a esta página no para arrancarle respuestas a nuestra curiosidad, sino para dejarnos alcanzar por lo que quiere revelar a la fe. Eso es lo decisivo. Lucas nos lo irá mostrando mediante una trama de referencias bíblicas que conviene reconocer y saborear. Porque aquí no se nos ofrece una simple escena piadosa, sino una Palabra viva que nos invita a revisar nuestras imágenes de Dios. Y la pregunta, al final, sigue en pie para nosotros: cuando abrimos el Evangelio, ¿buscamos datos o dejamos que Dios nos cambie la mirada?

El sexto mes:

cuando Dios entra en nuestra historia

«En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María».

Cuando tuvo lugar la Anunciación a María. Nos gustaría saber incluso el mes y el día; al menos, el año. Con algunos cálculos, podría situarse en el 746 desde la fundación de Roma, en el año de la 192.ª Olimpiada, en el vigésimo desde que César Augusto había sido proclamado imperator, en el año 29 del reinado de Herodes el Grande. El año anterior, el 9 antes de Cristo, había sido inaugurada la célebre Ara Pacis, que marcaba el comienzo de la pax romana en toda la cuenca del Mediterráneo.

Pero nada de eso interesa a Lucas. Él dice simplemente: en el sexto mes. Y, desde un punto de vista cronológico, esa expresión no nos resuelve casi nada. En cambio, desde el punto de vista del mensaje, resulta decisiva: es el sexto mes desde el anuncio a Zacarías, el sexto mes desde que comenzó a ponerse en marcha el designio de Dios de venir a hacerse uno de nosotros. Es el sexto mes del tiempo nuevo, el tiempo en que empiezan a cumplirse las promesas.

Dios no fecha la historia

como la fechamos nosotros.

Hay una historia que los hombres registran con sus calendarios, sus imperios y sus victorias. Y esa historia pasa. Luego está la historia de Dios, que permanece. Lucas nos invita a mirar desde ahí. Por eso no subraya el año de los poderosos, sino el momento en que empieza a abrirse paso la novedad de Dios.

Galilea es el escenario de la humanidad

donde ahora entra el Hijo de Dios.

El escenario es Galilea, una región despreciada, considerada poco fiel, medio pagana, envuelta —según la mirada religiosa de entonces— en tinieblas de pecado y de error. Es, en cierto modo, la imagen de esa humanidad en la que ahora entra el Hijo de Dios. Y, dentro de Galilea, el lugar concreto es Nazaret: una aldea pequeña, perdida, insignificante, hasta el punto de no ser mencionada en el Antiguo Testamento.

Cuando Felipe le anuncia con entusiasmo a Natanael que han encontrado a Jesús de Nazaret, la respuesta sale casi con una sonrisa escéptica: «¿de Nazaret puede salir algo bueno?» (cfr. Jn 1, 45-46). Era una aldea antigua, sí, habitada ya desde tiempos remotos, pero luego abandonada durante siglos. Habían crecido allí los zarzales y las ortigas. Solo unos doscientos años antes de Cristo volvió a poblarse, aunque siguió siendo un lugar sin relieve, una de esas aldeas que no hacen girar la cabeza de nadie.

Dios tiene otra manera de mirar

No era hacia Nazaret hacia donde miraban los hombres. Sus ojos iban a Roma, a Olimpia, a Jerusalén. Miraban donde se concentraba el prestigio, donde parecía decidirse el rumbo del mundo. Pero Dios tiene otra manera de mirar.

La virginidad no era estimada

como condición permanente.

La Anunciación se dirige a una virgen. Y, en el contexto social del antiguo Oriente, no era la virginidad lo que daba valor a una mujer, sino la maternidad. En Israel, como entre nosotros, la virginidad era estimada antes del matrimonio, no como condición permanente. Para una mujer, permanecer siempre virgen se vivía como una humillación, porque parecía significar que no tenía atractivo, que no contaba para nadie.

Por eso, en la Biblia, el término virgen puede cargar con una tonalidad de fragilidad, de despojo, de desventura. Se convierte en imagen de Jerusalén cuando queda arrasada, abatida, sin vida. Jeremías recoge estas palabras del Señor: «Te reedificaré de nuevo, y quedarás reedificada, virgen de Israel» (cfr. Jr 31, 4). Y el mismo profeta, llorando la ruina de su pueblo, habla de la virgen hija de mi pueblo herida de muerte. También Amós dice: Cayó la virgen de Israel; no volverá a levantarse; yace postrada en su tierra y nadie la levanta (cfr. Am 5, 2).

Para comprender mejor lo que significaba la virginidad en aquel mundo bíblico, podemos recordar un episodio muy doloroso del libro de los Jueces. Jefté, antes de ir a la guerra, hizo una promesa precipitada: si volvía vencedor, ofrecería al Señor al primero que saliera de su casa a recibirlo. Y la primera en salir fue su propia hija, que corrió a su encuentro llena de alegría por la victoria de su padre. Lo más sobrecogedor del relato es que ella no llora ante todo su muerte, sino el no poder llegar a ser madre; pide retirarse un tiempo a la montaña con sus compañeras para llorar su virginidad (cfr. Jc 11, 30-40). El texto es duro, incluso incómodo, pero precisamente por eso nos deja ver con claridad la mentalidad de aquel tiempo: para una mujer, quedarse virgen no se entendía como un privilegio, sino como una desventura, porque significaba quedar sin descendencia, sin futuro, sin vida que continuara.

Y entonces comprendemos mejor la fuerza del evangelio. Cuando Lucas nos presenta a María como virgen, no está destacando algo que socialmente la engrandeciera. Está señalando, más bien, una pequeñez, una pobreza, una condición que, humanamente hablando, parecía estéril. Y es ahí donde Dios entra. Es ahí donde Él comienza su obra nueva. El Señor no arranca la salvación desde lo fuerte, lo admirado o lo fecundo según los criterios humanos; la hace brotar allí donde parecía no haber posibilidad. La virginidad de María, leída bíblicamente, se convierte así en el signo de una humanidad que no puede darse la vida por sí sola, pero que, tocada por Dios, llega a ser fecunda de un modo inesperado.

Lo estéril se vuelve fecundo

cuando Dios interviene.

La virginidad de María no debe leerse solo en clave biológica, sino sobre todo en clave bíblica. Lucas la presenta como la Virgen Sión que llega a ser fecunda por la intervención del Señor. María aparece así como figura de una humanidad incapaz de darse por sí sola la vida verdadera, la vida plenamente humana, si no es alcanzada por Dios.

Y ella misma, como buena mujer de la Escritura, lo dirá en el Magnificat: «El Poderoso ha mirado la pequeñez de su sierva» (cfr. Lc 1, 48-49). Ahí está María, pequeña, sin relevancia a los ojos del mundo, sin brillo según los criterios de los hombres, y sin embargo mirada por Dios, levantada por Él, hecha fecunda por su poder.

El nombre de María.

Sin embargo, aquí no termina la sorpresa que nos presenta el evangelista. Dice el texto: «El nombre de la virgen era María». Y, para los primeros oyentes, ese nombre no debía de sonar indiferente. María o Miriam era un nombre cargado de resonancias antiguas y, en cierto modo, incómodas, porque arrastraba una memoria ambigua.

En el Antiguo Testamento aparece vinculado a Miriam, la hermana de Moisés, una mujer de carácter fuerte, marcada también por la intriga, la ambición y el espíritu de queja. Junto con Aarón, critica a Moisés por haberse casado con una mujer cusita, pero el relato la sitúa a ella en primer lugar, como dejando entrever que fue la principal instigadora de aquella protesta (cfr. Num 12, 1-2). En el fondo, no se trataba solo de una crítica a la esposa de Moisés, sino de algo más hondo: ponía en cuestión la elección misma que Dios había hecho de Moisés como guía de su pueblo.

Y el Señor respondió con severidad. María quedó herida por la lepra, signo visible de su pecado y de su falta de fe. Desde entonces, su figura quedó asociada a una experiencia de castigo y de maldición. Por eso, el nombre de María conservaba una resonancia difícil, casi oscura. Podríamos decirlo con una comparación sencilla: es como el nombre de Judas. En sí mismo es un nombre hermoso, incluso noble, y remite a uno de los apóstoles; pero, en cuanto lo escuchamos, enseguida se nos cruza la sombra del traidor. Pues bien, algo semejante sucedería aquí. Y precisamente por eso resulta tan llamativo que Dios quiera comenzar la historia nueva de la salvación en una mujer que lleva ese nombre. Como si el Señor quisiera decirnos, una vez más, que Él es capaz de tomar incluso lo que arrastra una memoria herida y convertirlo en lugar de gracia, de fecundidad y de bendición.

Dios no llega siempre

por donde nosotros lo esperaríamos.

Y así queda preparado el escenario para escuchar el anuncio del ángel a esta virgen. No en el centro del poder, no en una ciudad ilustre, no en un lugar que deslumbrara a nadie, sino en lo pequeño, en lo escondido, en lo que parecía no contar. Quizá también nosotros necesitamos volver a aprender eso: que Dios no siempre llega por donde nosotros lo esperaríamos. A veces se acerca en nuestra humilde Nazaret, y precisamente por eso corremos el riesgo de no reconocerlo. ¿No será esa, también hoy, nuestra dificultad?

No es un saludo educado:

es una llamada de Dios.

«El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

El saludo que Lucas pone en labios del ángel no es una fórmula de cortesía. No es el saludo ordinario con el que dos personas se encuentran, ni siquiera el שָׁלוֹם (shalóm) habitual. El ángel no le dice simplemente: «Te saludo, María». Le dice algo mucho más hondo: χαῖρε (jaíre), es decir, alégrate.

La razón de la alegría

es que Dios está en medio de ellos.

Lucas ha escogido esta palabra con mucho cuidado. ¿De dónde la toma? De los profetas. Allí encontramos con frecuencia este mismo llamamiento puesto en boca de Dios y dirigido a Israel, a Jerusalén, a la hija de Sión. Y, lo más bello, es que aparece precisamente cuando el pueblo está humillado, derrotado, desanimado. En ese momento, cuando todo parece perdido, Dios le dice: «Alégrate». ¿Por qué? Porque Él está en medio de su pueblo. Eso habían anunciado los profetas.

Vale la pena escuchar esos textos, porque son de una hermosura desarmante. Sofonías proclama: «Grita de alegría, hija de Sión; regocíjate, Israel; alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén. No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, está en medio de ti» (cfr. Sof 3, 14-17). Y el término hebreo בְּקִרְבֵּךְ (bekirbéj) significa precisamente «en medio de ti», incluso «dentro de ti», «en tu seno». La promesa, por tanto, no es abstracta: Dios viene a habitar dentro.

El profeta Zacarías retoma la misma esperanza: «Alégrate y goza, hija de Sión, porque he aquí que yo vengo y habitaré en medio de ti» (cfr. Zac 2, 14). Y un poco más adelante: «Alégrate sobremanera, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén: mira a tu rey que viene a ti; justo y victorioso, humilde, montado en un asno; hará desaparecer los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; será quebrado el arco de guerra y anunciará la paz a las naciones» (cfr. Zac 9, 9-10). También el profeta Joel hace resonar la misma invitación: «No temas, tierra; alégrate y goza, porque el Señor ha hecho grandes cosas… Hijos de Sión, regocijaos y alegraos en el Señor, vuestro Dios» (cfr. Jl 2, 21-23).

En María es la humanidad entera

la que recibe este anuncio.

Al retomar estos oráculos, el mensajero celeste no se dirige solo a María como persona particular. En ella está siendo alcanzada toda nuestra humanidad. El saludo del ángel llega a una mujer concreta, sí, pero atraviesa su figura y alcanza a todos. Es como si Dios le dijera a la humanidad cansada, herida, avergonzada por su propia miseria: no te encierres en tu indignidad, no te hundas en tu pequeñez, alégrate, porque el Señor viene a ti.

Esta alegría no será una nota aislada dentro del evangelio de Lucas. Es una música que empieza ya aquí y que luego irá creciendo. A Zacarías se le dice que tendrá gozo y alegría, y que muchos se alegrarán por el nacimiento de Juan (cfr. Lc 1, 14). Y cuando llegue el anuncio del nacimiento de Jesús, los pastores escucharán: «No temáis; os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo» (cfr. Lc 2, 10). La salvación empieza con una alegría que Dios mismo pronuncia sobre nuestro mundo.

Dios no se cansa

de alegrarse por nosotros.

El saludo del ángel añade todavía algo más. No dice solo: χαῖρε (jaíre). Lucas pone una expresión griega muy densa: κεχαριτωμένη (kejaritoméne). Podríamos traducirla así: «Alégrate, tú que has sido agraciada», «alégrate, tú que eres amada por Dios», o también: «alégrate, tú que has sido colmada de gracia y de amor». No es, por tanto, una alegría superficial, de esas que duran lo que tarda en sonar el teléfono. Es la alegría de saberse mirada, escogida, envuelta por la gracia.

Y esa palabra no se queda encerrada en María. El Nuevo Testamento la abre después a toda la comunidad creyente. Lo que en ella aparece en plenitud, en nosotros se convierte en vocación, vivir sabiendo que somos amados por Dios: «para que la gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su Hijo querido, se convierta en un himno de alabanza a su gloria» (cfr. Ef 1, 6). Y eso cambia mucho las cosas. Porque, cuando uno abre los libros de historia, lo que encuentra no es precisamente un relato tranquilizador: guerras, violencia, opresión de los débiles, abusos, asesinatos, masacres, torturas… Esa ha sido tantas veces la historia humana. Y quizá nosotros habríamos esperado que Dios borrara todo y empezara de cero. Pero no. Dios ama tanto a esta humanidad que ha querido hacerse uno de nosotros.

El Señor está contigo:

ahí empieza todo.

Por eso el saludo culmina con otra expresión decisiva: «El Señor está contigo». En la Escritura, estas palabras se dirigen a quienes reciben una misión importante

Por eso el saludo culmina con una expresión decisiva: «El Señor está contigo». En la Escritura, esta es la palabra que acompaña a quienes son llamados por Dios para una misión importante, a tareas decisivas. Se le dice así a Gedeón, cuando es enviado a liberar a su pueblo (cfr. Jc 6, 12). Y, con fórmulas equivalentes, es la misma promesa que sostiene a Moisés en la hora de su envío: «Yo estaré contigo» (cfr. Ex 3, 12); la que alienta a Josué al comenzar su tarea: «Como estuve con Moisés, estaré contigo» (cfr. Jos 1, 5); y la que fortalece a Jeremías en medio de su miedo: «Yo estoy contigo para librarte» (cfr. Jr 1, 8). De modo que, cuando el ángel se dirige a María con estas palabras, no le ofrece un simple consuelo: le está revelando que Dios la llama, la acompaña y la introduce en una misión decisiva para la historia de la salvación.

La fe consiste en descubrir que ya

no estamos solos dentro de la obscuridad.

«El Señor está contigo». Esa es la razón de la alegría. No porque ya esté todo resuelto, no porque hayan desaparecido los problemas, no porque la historia se haya vuelto amable de repente. La alegría nace de una presencia. Dios ha decidido entrar en nuestra historia, habitar nuestra carne, acercarse hasta el fondo. Y, cuando Dios está en medio, incluso la noche empieza a cambiar de color. Porque la fe no consiste en negar la obscuridad, sino en descubrir que ya no estamos solos dentro de ella.

 

Cuando Dios entra con su palabra en nuestra historia,

siempre hay un estremecimiento

«Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

         A estas palabras, María quedó profundamente desconcertada. Zacarías se había turbado ante una visión; María, en cambio, se turba por la palabra. Y no por cualquier palabra, sino por la Palabra de Dios, por ese designio suyo que irrumpe de pronto en su vida. Cuando Dios entra con su palabra en nuestra historia, siempre hay un estremecimiento, porque su voz no viene a decorar nuestros planes, sino a descolocarlos y abrirlos.

La palabra de Dios

primero nos desinstala.

Lucas emplea aquí un verbo muy expresivo: διαταράσσομαι (diatarássomai), que indica una conmoción profunda. El texto griego lo escribe así: «ἡ δὲ ἐπὶ τῷ λόγῳ διεταράχθη»; que traducido es; «Pero ella fue profundamente turbada por la palabra». Con otras palabras; el evangelista no dice simplemente que María se inquietó. Usa el verbo διαταράσσω (diatarásso), una forma intensiva que remite a ταράσσω (tarásso), verbo que expresa agitación, conmoción, como la del mar cuando se levanta el oleaje. María queda así profundamente sacudida por dentro ante la palabra. No porque Dios venga a destruir su paz, sino porque su voz abre un horizonte nuevo y descoloca los planes de siempre. Eso es lo que sucede también en nosotros cuando dejamos que la Palabra de Dios entre de verdad en la mente y en el corazón: remueve, inquieta, sacude. No porque venga a destruirnos, sino porque empieza a rehacer en nosotros algo que estaba demasiado quieto, demasiado cerrado, demasiado seguro de sí mismo.

Diferencia entre María y Zacarías

Zacarías se turba ante la visión del ángel; María, en cambio, se turba ante la palabra. Y tampoco Lucas usa el mismo verbo. En Zacarías emplea ταράσσω (tarásso); en María, διαταράσσω (diatarásso), una forma más intensa. Como si quisiera decirnos que la palabra de Dios no roza superficialmente a María, sino que la conmueve hasta el fondo.

Entonces el ángel le dice a María —y, en ella, también a nosotros—: «No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios». Es decir: has entrado en el ámbito de su benevolencia, en el espacio de su amor gratuito. Dios no viene a quitarte nada bueno; viene a traerte la alegría y la vida.

Dios no entra para condenar:

entra para dar vida.

Y enseguida llega el anuncio: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús». Ese nombre es decisivo. Durante siglos, Dios había sido invocado con un nombre santo, inefable, envuelto en reverencia. Pero ahora, al hacerse cercano, Él mismo nos dice cómo quiere ser llamado: יֵשׁוּעַ (Yeshúa), es decir, «Dios salva». No se revela como un juez implacable, ni como un soberano frío que exige cuentas; se revela como Aquel que quiere rescatar la vida del hombre, levantarlo, conducirlo a su plenitud.

Muestra el rostro verdadero del Altísimo

Y a continuación el ángel presenta la identidad de este hijo de María: «Será grande, se llamará Hijo del Altísimo». En el lenguaje bíblico, «hijo» no significa solo descendencia, sino semejanza, manifestación, revelación. Este niño será el que nos muestre el verdadero rostro del Altísimo. El título «Altísimo» remite a Dios como עֶלְיוֹן (elyón), el Dios elevado, el Dios por encima de todo, el Dios grande y poderoso, como tantas veces lo había confesado Israel.

Recordemos cómo la tradición bíblica habla de la grandeza de Dios: el Señor es fuerte, vencedor, grande sobre todos; el Dios de los dioses y Señor de los señores, grande, poderoso y temible (cfr. Dt 10, 17). Y, en los siglos anteriores a Cristo, estas expresiones sobre la majestad divina se multiplicaron todavía más. También el libro de Judit canta al Señor como grande, glorioso y admirable en su poder (cfr. Jdt 16, 13).

La verdadera grandeza de Dios

cabe en un niño.

Aquí está la sorpresa. El rostro auténtico de este Dios Altísimo se nos revela en el hijo de María. Y se nos revela no en un guerrero, no en un emperador, no en alguien que aplasta a sus enemigos, sino en un niño. Esa es la grandeza de Dios: hacerse pequeño para mostrarnos hasta dónde llega su amor.

Nosotros solemos admirar lo que se impone; Dios, en cambio, manifiesta su poder en la humildad. Nosotros nos inclinamos ante lo deslumbrante; Dios prefiere la pequeñez que ama, sirve y salva.

Luego el ángel continúa: «el Señor Dios le dará el trono de David, su padre» (cfr. Lc 1, 32). Lucas va tejiendo aquí, con mucha delicadeza, una cadena de promesas del Antiguo Testamento para decirnos quién es realmente el hijo de María. Está evocando la profecía que Natán dirigió a David: que su descendencia tendría un reino estable para siempre (cfr. 2 Sm 7, 12-16).

Ahora bien, ese reino será muy distinto del que David pudo imaginar. No será el reino de quien se engrandece a sí mismo, sino el de quien se hace servidor. No será un dominio construido sobre la fuerza, sino una soberanía que nacerá del amor y de la entrega. Y, precisamente por eso, será eterno; «reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

 

El reino de Dios no se impone:

se ofrece.

Aquí empieza a perfilarse ya toda la novedad del Evangelio. El Mesías esperado sí es heredero de David, pero su trono no se parecerá a los tronos de este mundo. Su autoridad no aplastará; levantará. Su poder no humillará; servirá. Su victoria no consistirá en derrotar al hombre, sino en salvarlo. Y quizá ahí también nosotros necesitamos convertir la mirada, porque seguimos soñando con un Dios espectacular, cuando Él prefiere presentarse en la humildad de un niño y en la mansedumbre de un reino que no tendrá fin.

María no duda: discierne

La fe no apaga la razón

La diferencia entre la duda y el discernimiento

«Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible”». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró».

«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?», pregunta María. Su pregunta es muy distinta de la de Zacarías. Zacarías había puesto en duda el poder del Señor: «¿Cómo puede ser esto, si yo ya soy viejo?». María, en cambio, no duda del poder de Dios. Lo que María quiere comprender es cómo ha de entrar ella en ese designio. Cuando dice: «No conozco varón», está diciendo simplemente: no he tenido relaciones con un hombre.

A partir de estas palabras nació más tarde toda una construcción piadosa: la idea de un voto de virginidad hecho por María desde niña, y la de un matrimonio con José solo aparente; José sería un anciano, viudo, con hijos, puesto al lado de María para custodiar su virginidad. Pero quien recorre ese camino no ha entendido bien el género literario del texto y termina imaginando este pasaje como la transcripción exacta de un diálogo sucedido tal cual entre María y el ángel, como si luego María hubiera retenido cada palabra para contársela después a Lucas. Hoy ya nadie sostiene seriamente esa lectura.

La fe no apaga la inteligencia.

María no pregunta: «¿Es posible que esto ocurra?». Pregunta más bien: «¿Cómo debo situarme yo dentro de lo que Dios quiere hacer?». Y ahí se convierte para nosotros en modelo de la verdadera respuesta creyente.

El ser humano no está llamado a renunciar ni a su inteligencia ni a su libertad. La adhesión a Dios nunca exige dejar de ser razonables. El sí de la fe, para ser plenamente humano, ha de ser lúcido, responsable, ponderado. Y por eso María es realmente figura de la respuesta humana más bella: una obediencia que no es ciega, una disponibilidad que piensa, discierne y se entrega.

La aclaración que recibe María

¿Qué aclaración recibe María? El ángel le responde con imágenes bíblicas que cualquier israelita podía entender.

Primera imagen: No lleva artículo

La primera es la del Espíritu de Dios: «Espíritu Santo vendrá sobre ti». Y aquí conviene fijarse en un detalle: el texto no lleva artículo; no dice «el Espíritu Santo» como si quisiera describir casi una intervención física, sino que evoca la fuerza divina, la energía creadora de Dios. En griego, πνεῦμα (pnéuma) es neutro; en hebreo, רוּחַ (rúaj) es femenino. Lo que se anuncia aquí no tiene nada que ver con categorías biológicas aplicadas a Dios. Se trata de la fuerza creadora del Señor que entra en acción.

Esa imagen nos remite enseguida al comienzo de la Biblia, a aquel Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas antes de la creación. Lo que el ángel le está diciendo a María es esto: en ti va a actuar la misma fuerza creadora de Dios. No estamos solo ante un nacimiento extraordinario; estamos ante una creación nueva.

Segunda imagen: la sombra

La segunda imagen aclara todavía más su misión: «la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra». La sombra, en la Biblia, no es oscuridad amenazante, sino signo de la presencia de Dios. Recordemos la nube que acompañaba al pueblo en el desierto y señalaba que el Señor guiaba el éxodo; recordemos la nube sobre el Sinaí, cuando Moisés escuchaba la palabra del Señor; recordemos también la tienda del encuentro, cubierta por la nube, como signo de que Dios estaba allí (cfr. Ex 13, 21-22; 24, 15-16; 40, 34-35).

Por eso, cuando se dice que la sombra del Altísimo cubrirá a María, lo que se está proclamando es algo inmenso: María se convierte en la nueva arca de la alianza. En su seno habita la presencia de Dios. Es, en el fondo, una profesión de fe de Lucas en la identidad del hijo de María: ese niño está envuelto por el misterio mismo de Dios.

El sexto mes de embarazo de Isabel

Luego el ángel le ofrece a María un signo: Isabel, su pariente, lleva ya seis meses de embarazo. Y aquí no estamos ante un simple detalle de calendario. Lucas no escribe para satisfacer curiosidades, sino para abrirnos una comprensión creyente de lo que Dios está haciendo. Claro que, en primer lugar, se trata del sexto mes de Isabel. Pero, para quien escucha la Escritura con atención, ahí resuena también un eco más hondo.

En el relato del Génesis, es en el sexto día cuando Dios crea al ser humano a su imagen (cfr. Gn 1, 27). Y ahora, en este sexto mes, se nos sugiere que Dios ha comenzado una nueva creación. No se trata solo de que un niño vaya a nacer. Se trata de que, en el seno de María, empieza a formarse el Hombre nuevo, el Santo, el Hijo de Dios (cfr. Lc 1, 35). Ahí está la clave. No basta mirar el prodigio de Isabel; hay que escuchar lo que el ángel acaba de revelar sobre el hijo de María. En Él, la primera creación alcanza su plenitud y comienza el mundo nuevo.

Dios no abandona su obra:

la rehace desde dentro.

Así, el «sexto mes» deja de ser un simple dato cronológico y se convierte en una verdadera clave teológica. Lucas nos está diciendo que Dios no se ha cansado de nuestra pobre humanidad, que no ha tirado el mundo como quien desecha algo arruinado. Al contrario: Dios ha vuelto a poner sus manos sobre nuestra historia para rehacerla desde dentro. Lo que comenzó en el sexto día encuentra aquí un comienzo nuevo: ya no el hombre sacado del polvo, sino la humanidad renovada en Cristo, concebido por obra del Espíritu en el seno de la Virgen.

Cuenta conmigo

La respuesta de María es sencilla y enorme a la vez: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

En hebreo, הִנְנִי (hinéni): aquí me tienes, estoy disponible, cuenta conmigo. Es una expresión que recorre toda la Escritura. La encontramos en labios de Abrahán cuando Dios lo llama (cfr. Gn 22, 1), en Samuel cuando escucha su nombre en la noche (cfr. 1 Sam 3, 4), en Moisés ante la zarza (cfr. Ex 3, 4), en Isaías cuando acepta la misión profética (cfr. Is 6, 8). María entra en esa gran cadena de hombres y mujeres llamados por Dios. Pero, al mismo tiempo, la supera, porque la misión que recibe es única: ninguna otra entrega humana ha estado tan cerca del corazón del designio divino.

Es consentimiento, es colaboración activa

Ese «he aquí la esclava del Señor» no es una frase bonita. Es la disponibilidad total de una vida puesta en manos de Dios. No es pasividad; es consentimiento. No es resignación; es colaboración. María ofrece su libertad para que el proyecto del Señor se haga carne en el mundo.

Pero hay todavía algo más conmovedor. Ese «aquí estoy» no lo encontramos solo en labios de los hombres. También Dios lo pronuncia. El profeta Isaías lo pone en su boca: cuando lo invocamos, Él responde: «Aquí estoy» (cfr. Is 58, 9). Y también revela su identidad diciendo: «Aquí estoy» (cfr. Is 52, 6). Es hermoso pensarlo: cuando nosotros le decimos a Dios «aquí estoy», en realidad estamos respondiendo a un Dios que ya nos ha dicho antes «aquí estoy yo». También Él se muestra disponible, cercano, dispuesto a venir a nuestro encuentro.

El rostro del Altísimo se nos revela en un niño.

Ese niño nos dirá quién es de verdad el Altísimo. No lo dirá todo de una vez, claro; un niño no habla así. Pero lo que ya nos dice nunca será desmentido después, cuando crezca. Porque en ese niño se transparenta el estilo definitivo de Dios.

Es un niño que necesita besos y caricias; si no, llora. Y ese es nuestro Dios. Nosotros quizá lo habíamos imaginado solo como grande, poderoso, severo, justiciero. Y, sin embargo, Él ha querido mostrarse necesitado de amor. No porque le falte algo, sino porque solo entrando en esa lógica de amor podemos nosotros llegar a ser verdaderamente felices.

No hay comentarios: