Homilía de la Anunciación del Señor
Lc
1, 26-38 «El Espíritu Santo vendrá sobre ti,
y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra»
La Anunciación es
una de esas escenas que la historia del arte no se ha cansado de contemplar.
Basta pensar en Basta pensar en Simone Martini o en el Beato Angelico. Durante
siglos, generaciones enteras de cristianos se han sentido atraídas por esa
imagen serena y entrañable del ángel que entra en diálogo con María.
Pero llegó un
momento en que esa sensibilidad cambió. Con la Ilustración, todo empezó a
pasar por el filtro de la razón crítica, y lo que no parecía encajar en sus
criterios quedaba bajo sospecha. La sociedad se fue secularizando,
y los relatos evangélicos comenzaron a leerse con herramientas históricas y
literarias que, tomadas de manera estrictamente cronística, señalaban
tensiones, dificultades e incluso aparentes incoherencias. También por eso,
aquella escena que tanto había conmovido a la fe cristiana fue perdiendo
presencia, incluso en la pintura.
Ante un texto para transmitir
una verdad teológica.
Sin embargo,
aquellas preguntas no fueron inútiles. Al contrario: resultaron providenciales,
porque obligaron a volver al texto con mayor hondura y a preguntarnos qué
quería comunicar realmente. En el caso del relato de Lucas, la reflexión
crítica ayudó a ver que no estamos ante un reportaje ni ante una reconstrucción
material de los hechos, sino ante una página escrita para transmitir una verdad
teológica.
A nosotros nos
gustaría saber cómo sucedió todo, paso a paso. Es normal. La curiosidad humana
tiene algo de niño que quiere mirar detrás de la puerta. Pero Lucas no escribe
para satisfacer esa curiosidad. Su interés va por otro camino: quiere
decirnos quién es ese hijo de María y qué significa su llegada para la historia
humana. Quiere llevarnos hasta ese instante decisivo en que, en el seno de
María, comienza a brotar la vida humana del Hijo de Dios.
Dios no discute su verdad:
la muestra.
Los hombres se
habían forjado muchas imágenes de Dios. Lo imaginaron como señor absoluto, como
dominador, como alguien que habría creado al hombre para ser servido. A veces
incluso se lo presentó como responsable de guerras, castigos, pestes y
desgracias. No era precisamente un retrato amable. Y Dios tenía una sola manera
de desmentir todo eso: mostrarse. Hacer visible su rostro. Decirnos, sin
discursos y sin amenazas, cuánto le importa nuestro amor. Y lo hizo
haciéndose uno de nosotros.
En la plenitud de
los tiempos, como dice Pablo en la carta a los Gálatas, ese designio de amor
tomó carne en el seno de una mujer, María (cfr. Gal 4, 4). Eso es lo
esencial. Eso es lo que la primera comunidad cristiana conocía, confesaba y
custodiaba. Lo demás no ocupaba el centro.
No todo puede verificarse;
no todo necesita verificarse.
No sabremos nunca
de qué modo María fue tomando conciencia de la misión a la que había sido
llamada.
No sabremos si la Anunciación tuvo la forma de un acontecimiento exterior,
constatable en términos materiales, o si fue —como parece más probable— una
revelación interior vivida en lo más hondo de ella. Y quizá no haga falta
forzar la escena para que diga lo que Lucas no quiso decir.
Por eso nos
acercamos a esta página no para arrancarle respuestas a nuestra curiosidad,
sino para dejarnos alcanzar por lo que quiere revelar a la fe. Eso es lo
decisivo. Lucas nos lo irá mostrando mediante una trama de referencias bíblicas
que conviene reconocer y saborear. Porque aquí no se nos ofrece una simple
escena piadosa, sino una Palabra viva que nos invita a revisar nuestras
imágenes de Dios. Y la pregunta, al final, sigue en pie para nosotros:
cuando abrimos el Evangelio, ¿buscamos datos o dejamos que Dios nos cambie
la mirada?
El sexto mes:
cuando Dios entra en nuestra historia
«En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a
una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre
llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María».
Cuando tuvo lugar
la Anunciación a María. Nos gustaría saber incluso el mes y el día; al menos,
el año. Con algunos cálculos, podría situarse en el 746 desde la fundación de
Roma, en el año de la 192.ª Olimpiada, en el vigésimo desde que César Augusto
había sido proclamado imperator, en el año 29 del reinado de Herodes el Grande.
El año anterior, el 9 antes de Cristo, había sido inaugurada la célebre Ara
Pacis, que marcaba el comienzo de la pax romana en toda la cuenca del
Mediterráneo.
Pero nada de eso
interesa a Lucas. Él dice simplemente: en el sexto mes. Y, desde un
punto de vista cronológico, esa expresión no nos resuelve casi nada. En cambio,
desde el punto de vista del mensaje, resulta decisiva: es el sexto mes desde el
anuncio a Zacarías, el sexto mes desde que comenzó a ponerse en marcha el
designio de Dios de venir a hacerse uno de nosotros. Es el sexto mes del
tiempo nuevo, el tiempo en que empiezan a cumplirse las promesas.
Dios no fecha la historia
como la fechamos nosotros.
Hay una historia
que los hombres registran con sus calendarios, sus imperios y sus victorias. Y
esa historia pasa. Luego está la historia de Dios, que permanece. Lucas
nos invita a mirar desde ahí. Por eso no subraya el año de los poderosos, sino el
momento en que empieza a abrirse paso la novedad de Dios.
Galilea es el escenario de la humanidad
donde ahora entra el Hijo de Dios.
El escenario es
Galilea, una región despreciada, considerada poco fiel, medio pagana, envuelta —según
la mirada religiosa de entonces— en tinieblas de pecado y de error. Es, en
cierto modo, la imagen de esa humanidad en la que ahora entra el Hijo de
Dios. Y, dentro de Galilea, el lugar concreto es Nazaret: una aldea
pequeña, perdida, insignificante, hasta el punto de no ser mencionada en el
Antiguo Testamento.
Cuando Felipe le
anuncia con entusiasmo a Natanael que han encontrado a Jesús de Nazaret, la
respuesta sale casi con una sonrisa escéptica: «¿de Nazaret puede salir algo
bueno?» (cfr. Jn 1, 45-46). Era una aldea antigua, sí, habitada ya desde
tiempos remotos, pero luego abandonada durante siglos. Habían crecido allí los
zarzales y las ortigas. Solo unos doscientos años antes de Cristo volvió a
poblarse, aunque siguió siendo un lugar sin relieve, una de esas aldeas que no
hacen girar la cabeza de nadie.
Dios tiene otra manera de mirar
No era hacia
Nazaret hacia donde miraban los hombres. Sus ojos iban a Roma, a Olimpia, a
Jerusalén. Miraban donde se concentraba el prestigio, donde parecía
decidirse el rumbo del mundo. Pero Dios tiene otra manera de mirar.
La virginidad no era estimada
como condición permanente.
La Anunciación se
dirige a una virgen.
Y, en el contexto social del antiguo Oriente, no era la virginidad lo que daba
valor a una mujer, sino la maternidad. En Israel, como entre nosotros, la
virginidad era estimada antes del matrimonio, no como condición permanente. Para
una mujer, permanecer siempre virgen se vivía como una humillación, porque
parecía significar que no tenía atractivo, que no contaba para nadie.
Por eso, en la
Biblia, el término virgen puede cargar con una tonalidad de fragilidad, de
despojo, de desventura. Se convierte en imagen de Jerusalén cuando queda
arrasada, abatida, sin vida. Jeremías recoge estas palabras del Señor: «Te
reedificaré de nuevo, y quedarás reedificada, virgen de Israel» (cfr. Jr
31, 4). Y el mismo profeta, llorando la ruina de su pueblo, habla de la virgen
hija de mi pueblo herida de muerte. También Amós dice: Cayó la virgen de
Israel; no volverá a levantarse; yace postrada en su tierra y nadie la levanta
(cfr. Am 5, 2).
Para comprender
mejor lo que significaba la virginidad en aquel mundo bíblico, podemos recordar
un episodio muy doloroso del libro de los Jueces. Jefté, antes de ir a la
guerra, hizo una promesa precipitada: si volvía vencedor, ofrecería al Señor al
primero que saliera de su casa a recibirlo. Y la primera en salir fue su propia
hija, que corrió a su encuentro llena de alegría por la victoria de su
padre. Lo más sobrecogedor del relato es que ella no llora ante todo su muerte,
sino el no poder llegar a ser madre; pide retirarse un tiempo a la montaña con
sus compañeras para llorar su virginidad (cfr. Jc 11, 30-40). El texto es
duro, incluso incómodo, pero precisamente por eso nos deja ver con claridad la
mentalidad de aquel tiempo: para una mujer, quedarse virgen no se entendía
como un privilegio, sino como una desventura, porque significaba quedar sin
descendencia, sin futuro, sin vida que continuara.
Y entonces
comprendemos mejor la fuerza del evangelio. Cuando Lucas nos presenta a María
como virgen, no está destacando algo que socialmente la engrandeciera. Está
señalando, más bien, una pequeñez, una pobreza, una condición que, humanamente
hablando, parecía estéril. Y es ahí donde Dios entra. Es ahí donde Él comienza
su obra nueva. El Señor no arranca la salvación desde lo fuerte, lo admirado o
lo fecundo según los criterios humanos; la hace brotar allí donde parecía no
haber posibilidad. La virginidad de María, leída bíblicamente, se convierte
así en el signo de una humanidad que no puede darse la vida por sí sola, pero
que, tocada por Dios, llega a ser fecunda de un modo inesperado.
Lo estéril se vuelve fecundo
cuando Dios interviene.
La virginidad de
María no debe leerse solo en clave biológica, sino sobre todo en clave bíblica.
Lucas la presenta como la Virgen Sión que llega a ser fecunda por la
intervención del Señor. María aparece así como figura de una humanidad
incapaz de darse por sí sola la vida verdadera, la vida plenamente humana, si
no es alcanzada por Dios.
Y ella misma, como
buena mujer de la Escritura, lo dirá en el Magnificat: «El Poderoso ha
mirado la pequeñez de su sierva» (cfr. Lc 1, 48-49). Ahí está María,
pequeña, sin relevancia a los ojos del mundo, sin brillo según los criterios de
los hombres, y sin embargo mirada por Dios, levantada por Él, hecha fecunda por
su poder.
El nombre de María.
Sin embargo, aquí
no termina la sorpresa que nos presenta el evangelista. Dice el texto: «El nombre de la virgen era María». Y, para
los primeros oyentes, ese nombre no debía de sonar indiferente. María o
Miriam era un nombre cargado de resonancias antiguas y, en cierto modo,
incómodas, porque arrastraba una memoria ambigua.
En el Antiguo
Testamento aparece vinculado a Miriam, la hermana de Moisés, una mujer de
carácter fuerte, marcada también por la intriga, la ambición y el espíritu de
queja. Junto con Aarón, critica a Moisés por haberse casado con una mujer
cusita, pero el relato la sitúa a ella en primer lugar, como dejando
entrever que fue la principal instigadora de aquella protesta (cfr. Num
12, 1-2). En el fondo, no se trataba solo de una crítica a la esposa de Moisés,
sino de algo más hondo: ponía en cuestión la elección misma que Dios había
hecho de Moisés como guía de su pueblo.
Y el Señor
respondió con severidad. María quedó herida por la lepra, signo visible de
su pecado y de su falta de fe. Desde entonces, su figura quedó asociada a
una experiencia de castigo y de maldición. Por eso, el nombre de María
conservaba una resonancia difícil, casi oscura. Podríamos decirlo con una
comparación sencilla: es como el nombre de Judas. En sí mismo es un nombre
hermoso, incluso noble, y remite a uno de los apóstoles; pero, en cuanto lo
escuchamos, enseguida se nos cruza la sombra del traidor. Pues bien, algo
semejante sucedería aquí. Y precisamente por eso resulta tan llamativo que Dios
quiera comenzar la historia nueva de la salvación en una mujer que lleva ese
nombre. Como si el Señor quisiera decirnos, una vez más, que Él es capaz de
tomar incluso lo que arrastra una memoria herida y convertirlo en lugar de
gracia, de fecundidad y de bendición.
Dios no llega siempre
por donde nosotros lo esperaríamos.
Y así queda
preparado el escenario para escuchar el anuncio del ángel a esta virgen. No en
el centro del poder, no en una ciudad ilustre, no en un lugar que deslumbrara a
nadie, sino en lo pequeño, en lo escondido, en lo que parecía no contar.
Quizá también nosotros necesitamos volver a aprender eso: que Dios no
siempre llega por donde nosotros lo esperaríamos. A veces se acerca en
nuestra humilde Nazaret, y precisamente por eso corremos el riesgo de no
reconocerlo. ¿No será esa, también hoy, nuestra dificultad?
No es un saludo educado:
es una llamada de Dios.
«El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate,
llena de gracia, el Señor está contigo».
El saludo que
Lucas pone en labios del ángel no es una fórmula de cortesía. No es el
saludo ordinario con el que dos personas se encuentran, ni siquiera el שָׁלוֹם
(shalóm) habitual. El ángel no le dice simplemente: «Te saludo, María».
Le dice algo mucho más hondo: χαῖρε (jaíre), es decir, alégrate.
La razón de la alegría
es que Dios está en medio de ellos.
Lucas ha escogido
esta palabra con mucho cuidado. ¿De dónde la toma? De los profetas. Allí
encontramos con frecuencia este mismo llamamiento puesto en boca de Dios y
dirigido a Israel, a Jerusalén, a la hija de Sión. Y, lo más bello, es que
aparece precisamente cuando el pueblo está humillado, derrotado, desanimado. En
ese momento, cuando todo parece perdido, Dios le dice: «Alégrate». ¿Por qué? Porque Él está en medio
de su pueblo. Eso habían anunciado los profetas.
Vale la pena
escuchar esos textos, porque son de una hermosura desarmante. Sofonías
proclama: «Grita de alegría, hija de Sión; regocíjate, Israel; alégrate y
exulta de todo corazón, hija de Jerusalén. No temas, Sión, no desfallezcan tus
manos. El Señor, tu Dios, está en medio de ti» (cfr. Sof 3, 14-17). Y el
término hebreo בְּקִרְבֵּךְ (bekirbéj) significa precisamente «en
medio de ti», incluso «dentro de ti», «en tu seno». La
promesa, por tanto, no es abstracta: Dios viene a habitar dentro.
El profeta Zacarías
retoma la misma esperanza: «Alégrate y goza, hija de Sión, porque he aquí
que yo vengo y habitaré en medio de ti» (cfr. Zac 2, 14). Y un poco más
adelante: «Alégrate sobremanera, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén:
mira a tu rey que viene a ti; justo y victorioso, humilde, montado en un asno;
hará desaparecer los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; será
quebrado el arco de guerra y anunciará la paz a las naciones» (cfr. Zac 9,
9-10). También el profeta Joel hace resonar la misma invitación: «No temas,
tierra; alégrate y goza, porque el Señor ha hecho grandes cosas… Hijos de Sión,
regocijaos y alegraos en el Señor, vuestro Dios» (cfr. Jl 2, 21-23).
En María es la humanidad entera
la que recibe este anuncio.
Al retomar estos
oráculos, el mensajero celeste no se dirige solo a María como persona
particular. En ella está siendo alcanzada toda nuestra humanidad. El saludo
del ángel llega a una mujer concreta, sí, pero atraviesa su figura y alcanza
a todos. Es como si Dios le dijera a la humanidad cansada, herida,
avergonzada por su propia miseria: no te encierres en tu indignidad, no te
hundas en tu pequeñez, alégrate, porque el Señor viene a ti.
Esta alegría no
será una nota aislada dentro del evangelio de Lucas. Es una música que
empieza ya aquí y que luego irá creciendo. A Zacarías se le dice que tendrá
gozo y alegría, y que muchos se alegrarán por el nacimiento de Juan (cfr. Lc 1,
14). Y cuando llegue el anuncio del nacimiento de Jesús, los pastores
escucharán: «No temáis; os anuncio una gran alegría, que lo será para todo
el pueblo» (cfr. Lc 2, 10). La salvación empieza con una alegría que Dios
mismo pronuncia sobre nuestro mundo.
Dios no se cansa
de alegrarse por nosotros.
El saludo del
ángel añade todavía algo más. No dice solo: χαῖρε (jaíre). Lucas
pone una expresión griega muy densa: κεχαριτωμένη (kejaritoméne).
Podríamos traducirla así: «Alégrate, tú que has sido agraciada», «alégrate,
tú que eres amada por Dios», o también: «alégrate, tú que has sido
colmada de gracia y de amor». No es, por tanto, una alegría superficial, de
esas que duran lo que tarda en sonar el teléfono. Es la alegría de saberse
mirada, escogida, envuelta por la gracia.
Y esa palabra no
se queda encerrada en María. El Nuevo Testamento la abre después a toda la
comunidad creyente. Lo que en ella aparece en plenitud, en nosotros se
convierte en vocación, vivir sabiendo que somos amados por Dios: «para
que la gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su Hijo querido, se
convierta en un himno de alabanza a su gloria» (cfr. Ef 1, 6). Y eso cambia
mucho las cosas. Porque, cuando uno abre los libros de historia, lo que
encuentra no es precisamente un relato tranquilizador: guerras, violencia,
opresión de los débiles, abusos, asesinatos, masacres, torturas… Esa ha sido tantas
veces la historia humana. Y quizá nosotros habríamos esperado que Dios borrara
todo y empezara de cero. Pero no. Dios ama tanto a esta humanidad que ha
querido hacerse uno de nosotros.
El Señor está contigo:
ahí empieza todo.
Por eso el saludo
culmina con otra expresión decisiva: «El
Señor está contigo». En la Escritura, estas palabras se dirigen
a quienes reciben una misión importante
Por eso el saludo
culmina con una expresión decisiva: «El Señor está contigo». En
la Escritura, esta es la palabra que acompaña a quienes son llamados por
Dios para una misión importante, a tareas decisivas. Se le dice así a
Gedeón, cuando es enviado a liberar a su pueblo (cfr. Jc 6, 12). Y, con
fórmulas equivalentes, es la misma promesa que sostiene a Moisés en la hora de
su envío: «Yo estaré contigo» (cfr. Ex 3, 12); la que alienta a Josué al
comenzar su tarea: «Como estuve con Moisés, estaré contigo» (cfr. Jos 1,
5); y la que fortalece a Jeremías en medio de su miedo: «Yo estoy contigo
para librarte» (cfr. Jr 1, 8). De modo que, cuando el ángel se dirige a
María con estas palabras, no le ofrece un simple consuelo: le está revelando
que Dios la llama, la acompaña y la introduce en una misión decisiva para la
historia de la salvación.
La fe consiste en descubrir que ya
no estamos solos dentro de la obscuridad.
«El Señor está contigo». Esa es la razón de
la alegría. No porque ya esté todo resuelto, no porque hayan desaparecido los
problemas, no porque la historia se haya vuelto amable de repente. La
alegría nace de una presencia. Dios ha decidido entrar en nuestra historia,
habitar nuestra carne, acercarse hasta el fondo. Y, cuando Dios está en medio,
incluso la noche empieza a cambiar de color. Porque la fe no consiste en
negar la obscuridad, sino en descubrir que ya no estamos solos dentro de ella.
Cuando Dios entra con su palabra en nuestra historia,
siempre hay un estremecimiento
«Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se
preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has
encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y
darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será
grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no
tendrá fin».
A
estas palabras, María quedó profundamente desconcertada. Zacarías se
había turbado ante una visión; María, en cambio, se turba por la palabra.
Y no por cualquier palabra, sino por la Palabra de Dios, por ese designio suyo
que irrumpe de pronto en su vida. Cuando Dios entra con su palabra en nuestra
historia, siempre hay un estremecimiento, porque su voz no viene a decorar
nuestros planes, sino a descolocarlos y abrirlos.
La palabra de Dios
primero nos desinstala.
Lucas emplea aquí
un verbo muy expresivo: διαταράσσομαι (diatarássomai), que indica
una conmoción profunda. El texto griego lo escribe así: «ἡ δὲ ἐπὶ τῷ λόγῳ διεταράχθη»; que traducido es; «Pero ella fue
profundamente turbada por la palabra». Con otras palabras; el evangelista no
dice simplemente que María se inquietó. Usa el verbo διαταράσσω
(diatarásso), una forma intensiva que remite a ταράσσω (tarásso), verbo
que expresa agitación, conmoción, como la del mar cuando se levanta el oleaje.
María queda así profundamente sacudida por dentro ante la palabra. No porque
Dios venga a destruir su paz, sino porque su voz abre un horizonte nuevo y
descoloca los planes de siempre. Eso es lo que sucede también en nosotros
cuando dejamos que la Palabra de Dios entre de verdad en la mente y en el
corazón: remueve, inquieta, sacude. No porque venga a destruirnos, sino porque
empieza a rehacer en nosotros algo que estaba demasiado quieto, demasiado
cerrado, demasiado seguro de sí mismo.
Diferencia entre María y Zacarías
Zacarías se turba
ante la visión del ángel; María, en cambio, se turba ante la palabra. Y tampoco
Lucas usa el mismo verbo. En Zacarías emplea ταράσσω (tarásso);
en María, διαταράσσω (diatarásso), una forma más intensa. Como si
quisiera decirnos que la palabra de Dios no roza superficialmente a María,
sino que la conmueve hasta el fondo.
Entonces el ángel
le dice a María —y, en ella, también a nosotros—: «No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios».
Es decir: has entrado en el ámbito de su benevolencia, en el espacio de su
amor gratuito. Dios no viene a quitarte nada bueno; viene a traerte la
alegría y la vida.
Dios no entra para condenar:
entra para dar vida.
Y enseguida llega el anuncio: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús». Ese nombre es decisivo. Durante siglos, Dios había sido invocado con un nombre santo, inefable, envuelto en reverencia. Pero ahora, al hacerse cercano, Él mismo nos dice cómo quiere ser llamado: יֵשׁוּעַ (Yeshúa), es decir, «Dios salva». No se revela como un juez implacable, ni como un soberano frío que exige cuentas; se revela como Aquel que quiere rescatar la vida del hombre, levantarlo, conducirlo a su plenitud.
Muestra el rostro verdadero del Altísimo
Y a continuación
el ángel presenta la identidad de este hijo de María: «Será grande, se llamará Hijo del Altísimo».
En el lenguaje bíblico, «hijo» no significa solo descendencia, sino
semejanza, manifestación, revelación. Este niño será el que nos muestre el
verdadero rostro del Altísimo. El título «Altísimo» remite a Dios
como עֶלְיוֹן (elyón), el Dios elevado, el Dios por encima de
todo, el Dios grande y poderoso, como tantas veces lo había confesado Israel.
Recordemos cómo la
tradición bíblica habla de la grandeza de Dios: el Señor es fuerte,
vencedor, grande sobre todos; el Dios de los dioses y Señor de los señores,
grande, poderoso y temible (cfr. Dt 10, 17). Y, en los siglos anteriores a
Cristo, estas expresiones sobre la majestad divina se multiplicaron todavía
más. También el libro de Judit canta al Señor como grande, glorioso y admirable
en su poder (cfr. Jdt 16, 13).
La
verdadera grandeza de Dios
cabe
en un niño.
Aquí está la
sorpresa. El rostro auténtico de este Dios Altísimo se nos revela en el hijo
de María. Y se nos revela no en un guerrero, no en un emperador, no en
alguien que aplasta a sus enemigos, sino en un niño. Esa es la grandeza de
Dios: hacerse pequeño para mostrarnos hasta dónde llega su amor.
Nosotros solemos
admirar lo que se impone; Dios, en cambio, manifiesta su poder en la humildad.
Nosotros nos inclinamos ante lo deslumbrante; Dios prefiere la pequeñez que
ama, sirve y salva.
Luego el ángel
continúa: «el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre» (cfr. Lc 1, 32). Lucas va tejiendo aquí, con
mucha delicadeza, una cadena de promesas del Antiguo Testamento para decirnos
quién es realmente el hijo de María. Está evocando la profecía que Natán
dirigió a David: que su descendencia tendría un reino estable para siempre
(cfr. 2 Sm 7, 12-16).
Ahora bien, ese
reino será muy distinto del que David pudo imaginar. No será el reino de quien
se engrandece a sí mismo, sino el de quien se hace servidor. No será un
dominio construido sobre la fuerza, sino una soberanía que nacerá del amor y de
la entrega. Y, precisamente por eso, será eterno; «reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino
no tendrá fin».
El reino de Dios no se impone:
se ofrece.
Aquí empieza a
perfilarse ya toda la novedad del Evangelio. El Mesías esperado sí es heredero
de David, pero su trono no se parecerá a los tronos de este mundo. Su autoridad
no aplastará; levantará. Su poder no humillará; servirá. Su victoria no
consistirá en derrotar al hombre, sino en salvarlo. Y quizá ahí también
nosotros necesitamos convertir la mirada, porque seguimos soñando con un Dios
espectacular, cuando Él prefiere presentarse en la humildad de un niño y en
la mansedumbre de un reino que no tendrá fin.
María no duda: discierne
La fe no apaga la razón
La diferencia entre la duda y el discernimiento
«Y María dijo al ángel: «¿Cómo
será eso, pues no conozco varón?» El ángel le contestó: «El Espíritu Santo
vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá
con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios.
También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis
meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible”». María
contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el
ángel se retiró».
«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?»,
pregunta María. Su pregunta es muy distinta de la de Zacarías. Zacarías había
puesto en duda el poder del Señor: «¿Cómo puede ser esto, si yo ya soy
viejo?». María, en cambio, no duda del poder de Dios. Lo que María quiere
comprender es cómo ha de entrar ella en ese designio. Cuando dice: «No conozco varón», está diciendo
simplemente: no he tenido relaciones con un hombre.
A partir de estas
palabras nació más tarde toda una construcción piadosa: la idea de un voto de
virginidad hecho por María desde niña, y la de un matrimonio con José solo
aparente; José sería un anciano, viudo, con hijos, puesto al lado de María para
custodiar su virginidad. Pero quien recorre ese camino no ha entendido bien el
género literario del texto y termina imaginando este pasaje como la
transcripción exacta de un diálogo sucedido tal cual entre María y el ángel,
como si luego María hubiera retenido cada palabra para contársela después a
Lucas. Hoy ya nadie sostiene seriamente esa lectura.
La fe no apaga la inteligencia.
María no pregunta:
«¿Es posible que esto ocurra?». Pregunta más bien: «¿Cómo debo situarme yo
dentro de lo que Dios quiere hacer?». Y ahí se convierte para nosotros en
modelo de la verdadera respuesta creyente.
El ser humano no
está llamado a renunciar ni a su inteligencia ni a su libertad. La adhesión a
Dios nunca exige dejar de ser razonables. El sí de la fe, para ser
plenamente humano, ha de ser lúcido, responsable, ponderado. Y por eso María es
realmente figura de la respuesta humana más bella: una obediencia que no es
ciega, una disponibilidad que piensa, discierne y se entrega.
La aclaración que recibe María
¿Qué aclaración
recibe María? El ángel le responde con imágenes bíblicas que cualquier
israelita podía entender.
Primera
imagen: No lleva artículo
La primera es la
del Espíritu de Dios: «Espíritu Santo vendrá
sobre ti». Y aquí conviene fijarse en un detalle: el texto no
lleva artículo; no dice «el Espíritu Santo» como si quisiera describir casi una
intervención física, sino que evoca la fuerza divina, la energía creadora de
Dios. En griego, πνεῦμα (pnéuma) es neutro; en hebreo, רוּחַ
(rúaj) es femenino. Lo que se anuncia aquí no tiene nada que ver con
categorías biológicas aplicadas a Dios. Se trata de la fuerza creadora del
Señor que entra en acción.
Esa imagen nos
remite enseguida al comienzo de la Biblia, a aquel Espíritu de Dios que se
cernía sobre las aguas antes de la creación. Lo que el ángel le está
diciendo a María es esto: en ti va a actuar la misma fuerza creadora de Dios.
No estamos solo ante un nacimiento extraordinario; estamos ante una creación
nueva.
Segunda
imagen: la sombra
La segunda imagen
aclara todavía más su misión: «la fuerza del
Altísimo te cubrirá con su sombra». La sombra, en la Biblia,
no es oscuridad amenazante, sino signo de la presencia de Dios. Recordemos
la nube que acompañaba al pueblo en el desierto y señalaba que el Señor guiaba
el éxodo; recordemos la nube sobre el Sinaí, cuando Moisés escuchaba la palabra
del Señor; recordemos también la tienda del encuentro, cubierta por la nube,
como signo de que Dios estaba allí (cfr. Ex 13, 21-22; 24, 15-16; 40, 34-35).
Por eso, cuando se
dice que la sombra del Altísimo cubrirá a María, lo que se está proclamando es
algo inmenso: María se convierte en la nueva arca de la alianza. En su seno
habita la presencia de Dios. Es, en el fondo, una profesión de fe de Lucas
en la identidad del hijo de María: ese niño está envuelto por el misterio
mismo de Dios.
El sexto mes de embarazo de Isabel
Luego el ángel le
ofrece a María un signo: Isabel, su pariente, lleva ya seis meses de
embarazo. Y aquí no estamos ante un simple detalle de calendario. Lucas no
escribe para satisfacer curiosidades, sino para abrirnos una comprensión
creyente de lo que Dios está haciendo. Claro que, en primer lugar, se trata del
sexto mes de Isabel. Pero, para quien escucha la Escritura con atención, ahí
resuena también un eco más hondo.
En el relato del
Génesis, es en el sexto día cuando Dios crea al ser humano a su imagen (cfr. Gn 1, 27).
Y ahora, en este sexto mes, se nos sugiere que Dios ha comenzado una nueva
creación. No se trata solo de que un niño vaya a nacer. Se trata de que, en
el seno de María, empieza a formarse el Hombre nuevo, el Santo, el Hijo de Dios
(cfr. Lc 1, 35). Ahí está la clave. No basta mirar el prodigio de Isabel; hay
que escuchar lo que el ángel acaba de revelar sobre el hijo de María. En Él, la
primera creación alcanza su plenitud y comienza el mundo nuevo.
Dios no abandona su obra:
la rehace desde dentro.
Así, el «sexto mes» deja de ser un simple dato
cronológico y se convierte en una verdadera clave teológica. Lucas nos
está diciendo que Dios no se ha cansado de nuestra pobre humanidad, que no ha
tirado el mundo como quien desecha algo arruinado. Al contrario: Dios ha
vuelto a poner sus manos sobre nuestra historia para rehacerla desde dentro.
Lo que comenzó en el sexto día encuentra aquí un comienzo nuevo: ya no el
hombre sacado del polvo, sino la humanidad renovada en Cristo, concebido por
obra del Espíritu en el seno de la Virgen.
Cuenta conmigo
La respuesta de
María es sencilla y enorme a la vez: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
En hebreo, הִנְנִי
(hinéni): aquí me tienes, estoy disponible, cuenta conmigo. Es
una expresión que recorre toda la Escritura. La encontramos en labios de
Abrahán cuando Dios lo llama (cfr. Gn 22, 1), en Samuel cuando escucha su
nombre en la noche (cfr. 1 Sam 3, 4), en Moisés ante la zarza (cfr. Ex 3, 4),
en Isaías cuando acepta la misión profética (cfr. Is 6, 8). María entra en
esa gran cadena de hombres y mujeres llamados por Dios. Pero, al mismo
tiempo, la supera, porque la misión que recibe es única: ninguna otra
entrega humana ha estado tan cerca del corazón del designio divino.
Es consentimiento, es colaboración activa
Ese «he aquí la esclava del Señor» no es una
frase bonita. Es la disponibilidad total de una vida puesta en manos de Dios.
No es pasividad; es consentimiento. No es resignación; es
colaboración. María ofrece su libertad para que el proyecto del Señor se
haga carne en el mundo.
Pero hay todavía algo más conmovedor. Ese
«aquí estoy» no lo encontramos solo en labios de los hombres. También Dios lo
pronuncia. El profeta Isaías lo pone en su boca: cuando lo invocamos, Él
responde: «Aquí estoy» (cfr. Is 58, 9). Y también revela su identidad
diciendo: «Aquí estoy» (cfr. Is 52, 6). Es hermoso pensarlo: cuando
nosotros le decimos a Dios «aquí estoy», en realidad estamos respondiendo a un
Dios que ya nos ha dicho antes «aquí estoy yo». También Él se muestra
disponible, cercano, dispuesto a venir a nuestro encuentro.
El rostro del Altísimo se nos revela en un niño.
Ese niño nos dirá
quién es de verdad el Altísimo. No lo dirá todo de una vez, claro; un niño no
habla así. Pero lo que ya nos dice nunca será desmentido después, cuando
crezca. Porque en ese niño se transparenta el estilo definitivo de Dios.
Es un niño que
necesita besos y caricias; si no, llora. Y ese es nuestro Dios. Nosotros quizá
lo habíamos imaginado solo como grande, poderoso, severo, justiciero. Y, sin
embargo, Él ha querido mostrarse necesitado de amor. No porque le falte
algo, sino porque solo entrando en esa lógica de amor podemos nosotros llegar a
ser verdaderamente felices.


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