Homilía del Cuarto Domingo de Cuaresma, Ciclo a
Jn
9, 1-41 «Escupió en la tierra, hizo barro con
la saliva,
se lo untó en los ojos al ciego»
El Evangelio de
hoy, el de la curación del ciego de nacimiento, necesita ser situado en su
marco para que no lo leamos deprisa y, por tanto, no lo leamos por fuera.
Ante todo, el
lugar: la piscina de Siloé. Jerusalén nació en una estrecha elevación de
terreno, entre dos hondonadas, porque allí brotaba una fuente abundante:
Guijón, גִּיחוֹן (Guijón), junto al torrente Cedrón. El problema era
evidente: la fuente quedaba fuera de las murallas. De modo que, cuando
llegaban los enemigos y sitiaban la ciudad, bastaba con cortar el agua para
doblegarla.
Dios hace pasar la vida
por donde parecía imposible.
Por eso Ezequías,
hacia el año 702 antes de Cristo, hizo llevar el agua al interior de Jerusalén.
Sus ingenieros descubrieron que la zona más baja de la ciudad estaba por debajo
del nivel de la fuente, y así pudieron abrir un túnel en la roca para conducir
el agua hasta una gran piscina: Siloé, שִׁלֹחַ (Shilóaj). El nombre se
relaciona con el verbo “enviar”, שָׁלַח (shaláj). Y san Juan, con
mucha intención, se apoya en esa resonancia: el agua “enviada” remite
al Enviado. No es un detalle decorativo. Es una clave. El agua del Enviado
será la que abra los ojos del ciego de nacimiento.
Aquella piscina,
en tiempos de Jesús, era muy grande. Y desde el Templo, situado en la parte
alta de la ciudad, se descendía hasta ella por una escalinata. Este dato ayuda
a comprender mejor la escena: el relato no ocurre en un vacío espiritual,
sino en un espacio cargado de memoria, de símbolos y de espera.
El segundo
elemento decisivo es el tiempo. Todo sucede durante la fiesta de las Tiendas,
no durante la Pascua. Era la fiesta más solemne del calendario judío.
Se celebraba en otoño, al concluir la cosecha, y tenía el sabor de la
abundancia, de la gratitud y de la alegría compartida. Duraba siete días, y el
corazón de la celebración era el Templo de Jerusalén.
Dos signos
dominaban aquella fiesta: el agua y la luz.
El primer gran signo es el agua.
Cada mañana, el
sumo sacerdote bajaba a Siloé con una jarra, tomaba agua y subía en
procesión hacia el Templo entre cantos, música y júbilo. Los levitas
acompañaban con trompetas, tamboriles, sistros y cítaras. Luego el sacerdote
derramaba el agua sobre el altar para pedir las lluvias de otoño, tan
necesarias para la siembra.
Y precisamente en
el último día, el más solemne, Jesús se presenta diciendo que él es la
fuente del agua viva. El agua es signo de la vida; sin agua no hay
fecundidad. Pero el agua material, como la que buscaba la samaritana,
representa también todo lo que nosotros perseguimos para sostener nuestra
existencia: seguridades, afectos, logros, posesiones, reconocimientos. Y, sin
embargo, nada de eso basta del todo. Siempre vuelve una sed más honda. Incluso
después de las alegrías más verdaderas, asoma dentro una pregunta que no se
deja callar: “¿Y después?”. Porque el corazón del hombre no está hecho
para lo pequeño. Dios ha puesto en nosotros una apertura al infinito, como
recuerda el Qoélet o Eclesiastés (cfr. Ecl 3, 11).
Por eso Jesús se
presenta como aquel que da el agua viva (cfr. Jn 4, 10.14; 7, 37-38). Solo
su agua no entretiene la sed: la alcanza. Solo su palabra no adorna la
vida: la sostiene desde dentro.
El segundo gran signo es la luz.
El segundo gran
signo de la fiesta era la luz. Durante esos siete días, la ciudad
resplandecía. En el atrio de las mujeres ardían cuatro enormes antorchas.
Eran tan altas que hacían falta jóvenes entrenados para subir a alimentarlas
con aceite. La escena impresiona incluso al imaginarla: Una luz preparada
con esfuerzo para que no se apagara en toda la semana.
Y es en ese
contexto donde Jesús proclama: «Yo soy la luz del mundo» (cfr. Jn 9, 5).
La luz material nos evita tropezar; nos deja ver el camino y no caer. Pero para
vivir de verdad necesitamos otra luz: la que nos permite discernir el sentido
de lo que hacemos, hacia dónde vamos, por qué sufrimos, qué vale de verdad y
qué no solo brilla un rato. Porque también hay luces que deslumbran y, sin
embargo, no orientan. Y de esas conocemos unas cuantas.
Cristo no solo cura los ojos:
Nos enseña a ver.
En este marco hay
que leer la curación del ciego de nacimiento. Jesús curó realmente a muchos
ciegos, y también a uno que lo era desde el seno materno. Ese es el hecho. Pero
san Juan no se limita a contar un prodigio, sino que compone el
relato como una gran parábola de la existencia humana. Nos está diciendo
que hay una ceguera física, sí, pero también otra ceguera mucho más profunda
que es la de quien vive sin comprender el sentido de su vida.
Y esa ceguera no
siempre hace ruido. Se puede vivir muy ocupado y, al mismo tiempo, muy a
oscuras. Se puede caminar, decidir, hablar, correr… y no saber adónde se va. Se
puede incluso acostumbrar uno a la noche y llamarla normalidad. Por eso el
ciego de nacimiento no es solo un personaje del relato, sino que es una imagen
de la condición humana. Nacemos a la luz material, pero necesitamos otra
luz para aprender a vivir, para poner cada cosa en su lugar, para no confundir
lo urgente con lo importante, lo útil con lo verdadero, el brillo con la
gloria.
Cristo es quien
abre esos ojos.
Su Evangelio no nos infantiliza ni nos pide apagar la inteligencia, sino que es
todo lo contrario.
La fe no oscurece la razón: La ensancha.
A veces se dice
que la fe es ciega. O se la reduce a credulidad, superstición o renuncia a
pensar. Pero eso no es la fe cristiana. La fe cristiana es una apertura de
los ojos. Es aprender a ver con más hondura, con más claridad, con más alcance.
Es ver incluso más allá de lo inmediatamente verificable, no porque se
desprecie la razón, sino porque la razón sola no agota el misterio del hombre.
A lo largo de la
historia han surgido sabios que han ofrecido destellos de luz. Jesús no aparece
en el Evangelio como uno más entre los que iluminan un poco. Jesús se
presenta con una pretensión inaudita: no dice que trae una lámpara, sino que él
mismo es la luz del mundo. Es decir, en él no recibimos solo una enseñanza,
sino que recibimos una manera nueva de ver la realidad.
Por eso este
relato ha ocupado siempre un lugar privilegiado en la Cuaresma. A los
catecúmenos les ayudaba a comprender que entrar en la fe no era adherirse a una
costumbre religiosa más, sino pasar de las tinieblas a la luz. Por eso es
tan importante en la liturgia y la catequesis implícita que llevan en sí los
lucernarios, sobre todo el de la noche de la Vigilia Pascual.
Y eso sigue siendo
verdad para nosotros. La conversión no consiste solo en corregir
conductas; consiste, más en la raíz, en empezar a mirar de otra manera.
Zacarías, en el
cántico del Benedictus, expresa esta esperanza con una imagen bellísima: una
luz que viene de lo alto para iluminar a quienes viven en tinieblas y en sombra
de muerte, y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (cfr. Lc 1,
78-79). Por eso, en los primeros siglos,
los cristianos eran llamados “los iluminados”.
Y quizá hoy
podemos preguntarnos, con serenidad y con verdad: ¿en qué punto de nuestra vida
vemos menos de lo que creíamos, y dónde necesitamos todavía dejarnos alcanzar
por la luz de Cristo?
Un ciego de nacimiento
no puede añorar la luz
«Según caminaba vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
Sus discípulos le preguntaron: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que
haya nacido ciego?». Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se
manifieste en él las obras de Dios». «Mientras es de día tenemos que trabajar
en las obras del que me ha enviado; cuando llega la noche, nadie puede
trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Dicho esto, escupió
en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le
dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que
significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió ya viendo».
Jesús está cerca del Templo y, al pasar, ve a un hombre ciego de nacimiento. El relato comienza así, no con una petición del ciego, sino con la mirada de Jesús. Es Jesús quien toma la iniciativa. Y eso es importante, porque un ciego de nacimiento no puede añorar la luz ya que no sabe lo que significa ver. No echa de menos aquello que nunca ha conocido.
Uno puede vivir en la oscuridad
y llegar a llamarla vida normal.
Por eso este
hombre representa la condición de quien todavía no ha encontrado a Cristo ni a
su Evangelio. Vive dentro del mundo que ha recibido: sus criterios, sus
hábitos, sus deseos, sus modos de juzgar. Respira desde pequeño una determinada
cultura y termina pensando que eso es simplemente la vida. No puede desear
otra cosa, porque no imagina que exista otra manera de mirar, de amar, de
esperar, de vivir. Está ciego. Y una ceguera así solo puede ser curada por
una luz que venga de fuera.
A veces lo vemos
también en lo cotidiano. Una madre se pregunta por qué su hijo solo piensa en
la evasión del fin de semana, en divertirse, en no pensar demasiado. Y la
respuesta, aunque duela, quizá sea esta: porque todavía no ha descubierto que
existe una vida más alta, más honda, más verdadera. Nadie le ha abierto aún los
ojos. Nadie le ha mostrado que no todo lo que brilla ilumina.
De este hombre no
sabemos el nombre.
El evangelio no nos da su historia ni su pasado. Solo nos dice su condición: es
ciego de nacimiento, está sentado y es mendigo. Es decir, no conduce su
propia vida, sino que depende de otros; no produce, no cuenta, no decide.
Es la imagen del hombre cuando todavía no ha sido alcanzado por la luz.
Dios no castiga con desgracias:
Sale al encuentro de nuestra herida.
En ese momento
aparece la pregunta de los discípulos: «¿Quién
pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?». Es una
pregunta antigua, pero no ha envejecido. También hoy seguimos tentados de
pensar así: si alguien sufre, si algo se rompe, si una vida queda marcada
por el dolor, enseguida buscamos una culpa. Nos cuesta aceptar que la
fragilidad forme parte de la condición humana, y por eso convertimos fácilmente
a Dios en un juez severo que reparte castigos.
Jesús corta de
raíz esa imagen falsa: «Ni él pecó ni sus
padres». No hay aquí una condena divina. No hay un Dios que
hiera para ajustar cuentas. Pensar así es deformar su rostro. Dios no
responde al mal añadiendo más mal. No toma represalias contra el hombre.
Cuando Dios hace justicia, no destruye: rehace. No aplasta: levanta. No se
venga: salva.
En la profundidad
del relato, la respuesta de Jesús va todavía más lejos. Nacer ciego significa
venir al mundo sin esa luz que no procede de la tierra. El hombre nace dentro
de una humanidad real, concreta, condicionada por una historia, una cultura,
unos valores heredados. Y con eso empieza a vivir. Un hombre formado en un
ambiente pagano seguirá con toda naturalidad los criterios que ha recibido,
incluso si entre ellos están la violencia, la rivalidad o la guerra. No porque
sea perverso desde el origen, sino porque aún no ha visto otra luz. Por eso
aquí no se trata de culpabilidad, sino de condición humana: nacemos necesitados
de revelación.
Y entonces Jesús
pronuncia esa palabra decisiva: «Yo soy la
luz del mundo» (cfr. Jn 9, 5). No dice solo que trae una
enseñanza luminosa, ni que ofrece una orientación moral. Dice algo mucho más
fuerte: que en él ha entrado en el mundo la luz capaz de mostrar al hombre
quién es Dios, quién es el hombre y hacia dónde va su vida.
La importancia del barro
hecho con su propia saliva.
Después viene el
gesto. El evangelista lo cuenta con sobriedad, pero insiste en él como quien
sabe que ahí se esconde una clave: «Entonces
escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego».
Conviene fijarse en un detalle: es su barro. Muchas traducciones no
subrayan ese matiz, pero aquí importa. En griego lo expresa así: «ἔπτυσεν χαμαὶ
καὶ ἐποίησεν πηλὸν ἐκ τοῦ πτύσματος»; es decir, «escupió al suelo e hizo
barro a partir de la saliva»; es el barro que Jesús ha hecho a partir de su
propia saliva. A primera vista, el gesto puede parecernos extraño. Sin embargo,
para el mundo bíblico no es un gesto absurdo. En aquella cultura, el
aliento era signo de la fuerza vital, y la saliva era entendida como una
expresión de ese aliento, de ese espíritu que sale de la persona. Por eso
Jesús utiliza gestos semejantes en otras curaciones: no son movimientos
pintorescos, sino acciones cargadas de sentido.
Escena que nos remite al libro del Génesis
Aquí, además, la
escena remite claramente al comienzo del Génesis. Dios modela al hombre con
el polvo de la tierra y le comunica la vida con su aliento (cfr. Gn 2, 7).
Es difícil no escuchar esa resonancia. Juan quiere que entendamos que, en
Jesús, no estamos ante una simple curación, sino ante una recreación del hombre.
¿Qué es entonces
ese barro de Jesús? Ese barro es su humanidad. Es su modo concreto de ser
hombre. Es la carne del Hijo, su vida humana, su manera de existir, de
mirar, de amar, de obedecer, de entregarse. También él está hecho de esta
tierra; también él ha asumido nuestra condición. Pero en él aparece el hombre
verdadero. El hombre según el proyecto de Dios. El hombre plenamente vivo.
Y eso es lo que
abre los ojos: no una idea abstracta, no una teoría religiosa, no un sistema
moral, sino la humanidad misma de Jesús puesta delante del hombre. El ciego
empieza a ver cuando se le ofrece, por fin, el verdadero rostro del hombre.
Hasta entonces vivía según lo que veía hacer alrededor; desde ahora podrá mirar
la vida desde Cristo. Su barro no ensucia los ojos, sino que los cura porque en
esa humanidad se revela lo que nosotros estábamos llamados a ser.
No basta mirar a Cristo:
Hay que dejarse lavar por su Espíritu.
Después Jesús le
dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé
(que significa Enviado)». La piscina de Siloé, שִׁלֹחַ (Shilóaj),
nombre vinculado al verbo שָׁלַח (shaláj), “enviar”. El
evangelista ya había preparado esta resonancia: Siloé remite al Enviado.
Y el ciego va, se lava y vuelve viendo.
Hay aquí otro detalle importante: la vista no se recupera de manera instantánea y mágica. El camino no termina con el barro en los ojos. Hace falta lavarse en el agua del Enviado. Es decir, la humanidad de Jesús abre el horizonte, pero es su agua, su Espíritu, su vida recibida del Padre, la que lleva la obra a plenitud. No basta con admirar a Jesús. No basta con reconocer en él una figura noble o admirable. Hay que entrar en contacto con su agua, dejarse alcanzar por su Espíritu, dejar que su vida circule por la nuestra. Solo entonces los ojos se abren de verdad.
Cuando entra en contacto con Jesús,
esa persona ya sostiene su propia existencia.
Y en ese momento
Jesús desaparece de escena durante un buen tramo del relato. No es un vacío,
sino una pedagogía. Porque ahora comienza el camino del que ha sido iluminado. El
hombre que antes mendigaba y estaba sentado empieza a ponerse en pie, a
moverse, a hablar, a responder, a sostener su propia experiencia. Ha visto
a Jesús, ha recibido su barro, se ha lavado en el agua del Enviado, y ya no
puede seguir siendo el de antes.
Cuando uno empieza a ver,
ya no encaja con los que no quieren ver.
Ahora viene la
persecución; el enfrentamiento con quienes siguen teniendo los ojos cerrados.
Porque recibir la luz no significa escapar de la historia, sino entrar en ella
de otro modo. El hombre iluminado tendrá que vivir entre personas que aún no
han aceptado dejarse abrir los ojos por el Evangelio. Y ahí empezará la prueba.
Porque ver cambia.
Ver de verdad desinstala. Ver obliga a tomar postura. Ver hace imposible
seguir llamando vida a lo que nos vacía, o llamar luz a lo que solo deslumbra
un instante. Y quizá esa sea una de las conversiones más hondas ya que no solo es
cambiar algunas cosas, sino empezar a mirar todo desde Cristo.
De mendigo a testigo,
de las tinieblas a la luz.
«Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los
que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba
a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo».
Le preguntaron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?». Él
respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me untó los ojos y me
dijo: ‘Vete a Siloé y lávate’. Yo fui, me lavé y vi». Ellos le preguntaron: «¿Dónde
está ese?». Respondió: «No lo sé».
Lo
que sucede en este ciego, al que Jesús de Nazaret ha abierto los ojos, es
una imagen preciosa de lo que ocurre cuando una persona se encuentra con la luz
de Cristo y se deja alcanzar por ella.
Antes era un
mendigo sentado. Iba adonde lo llevaban, hacía lo que otros le indicaban,
pensaba, juzgaba y hablaba según los criterios de todos. Vivía arrastrado
más que conducido; repetía más que elegía. Pero, después de encontrarse con
la luz de Cristo, todo cambia en él. Ahora es él quien toma su vida en las
manos de un modo nuevo, personal, libre. Ahora decide adónde ir, cómo
actuar, qué es justo y qué no lo es, a partir de la luz nueva que ha recibido. Se
acabó para él ese vivir por inercia, ese seguir al rebaño, incluso cuando
el rebaño tiene apariencia religiosa.
Cuando uno ha empezado a ver
ya no puede seguir razonando
ni viviendo como antes.
Ese “siempre se
ha hecho así”, ese “siempre se ha pensado así”, ya no le convence. Cristo
y su Evangelio le han hecho comprender que hay cosas que deben cambiar.
Ahora ve. Y quien ha empezado a ver ya no puede seguir razonando ni viviendo
como antes.
Ese cambio
profundo,
el que se produce en quien ha sido iluminado por el Evangelio, enseguida lo
perciben los vecinos, los que lo habían conocido en su vida anterior. Por
eso unos decían: «El mismo»,
mientras otros respondían: «No es él, pero se
le parece». Sin embargo, el motivo de la duda es claro; se
parece, sí, pero es otro. Ha pasado de las tinieblas a la luz.
San Pablo expresa
admirablemente este paso en la carta a los Efesios: «Porque en otro tiempo
fuisteis tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz,
pues el fruto de la luz consiste en todo tipo de bondad, justicia y verdad.
Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras
infructuosas de las tinieblas; antes bien, denunciadlas. Sólo el mencionar las
cosas que ellos hacen ocultamente da vergüenza; pero, al ser denunciadas, salen
a la luz» (cfr. Ef 5, 8-13).
Quien ha sido
iluminado por Cristo se convierte en un hombre nuevo. Por eso ya no
lo reconocen del todo. Antes iba cubierto con los harapos de una vida
pagana; ahora se ha despojado de esos harapos y ha quedado revestido de Cristo.
La luz del Evangelio no maquilla:
transforma.
Es muy hermosa la
exhortación de san Pablo en la carta a los Romanos: «Tened en cuenta el
momento en que vivís e id pensando en espabilaros del sueño, pues la salvación
está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada;
el día se acerca. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y
revistámonos de las armas de la luz. Vivamos con decoro, como en pleno día:
nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de
rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no andéis
tratando de satisfacer las malas inclinaciones de la naturaleza humana» (cfr.
Rm 13, 11-14).
Y aquí se nos
plantea una pregunta muy seria. ¿No nos ha dicho nunca nadie: “No te
reconozco; has cambiado mucho”; “Ahora ¿ya no hablas como antes, ya no
piensas como antes”? Si seguimos siendo exactamente los mismos, quizá
deberíamos interrogarnos. Porque quien se deja abrir los ojos por el
Evangelio cambia de verdad su manera de pensar, de vivir, de juzgar y de hablar.
Los vecinos le
preguntan al que había sido ciego: “¿Eres tú o no eres tú?”. Y él
responde con sencillez: “Sí, soy yo”. Entonces le dicen: “Cuéntanos
qué te ha pasado”. Y él empieza a narrar su camino hacia la luz. Se
encontró con el hombre Jesús, que puso ante sus ojos su barro, le mostró al
hombre verdadero, y después fue a lavarse en el agua del Enviado. Ahí está
aludido el bautismo. Y ahora ve. Y, al ver, quiere convertirse también
él en un hombre nuevo, conforme a aquel hombre que ha contemplado en el barro
puesto ante sus ojos.
La vida nueva evangeliza
antes que las palabras.
Hay un detalle muy
bello: El ciego no se pone a predicar para convertir a los demás. Son los
otros, los que todavía no han abierto los ojos, quienes se sienten provocados
por la novedad de su vida y empiezan a preguntar qué le ha sucedido, cómo
ha llegado a ser así, cómo se ha convertido en un hombre nuevo.
Más que nuestros
discursos, debería hablar nuestra vida. Debería ser nuestro modo nuevo de vivir
el que despertara preguntas en quienes todavía no se han acercado al Evangelio.
Y ahora entran en escena aquellos a quienes les molesta que uno haya empezado a ver. Porque la luz consuela a quien la busca, pero incomoda a quien prefería seguir llamando normalidad a la oscuridad.
Cuando la luz incomoda
«Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era
sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le
preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en
los ojos, me lavé y veo». Algunos de Los fariseos comentaban: «Este hombre no
viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un
pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. Y volvieron a
preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha
abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta».
Puede parecernos extraño, pero esto es
precisamente lo que ocurre. No a todos les alegra que alguien se haya dejado
abrir los ojos por el Evangelio. De hecho, aquí aparecen personas que
empiezan a inquietarse y hasta se sienten obligadas a denunciar lo sucedido
ante la autoridad religiosa. ¿Qué les molesta en el fondo? Que Jesús, para
curar al ciego, haya hecho barro y, por tanto, haya quebrantado el sábado; que
haya tocado la ley más sagrada, que haya pasado por encima de la tradición, de
lo establecido, de lo que mandaban los rabinos. Les escandaliza que haya ido
contra la norma del שַׁבָּת (Shabát).
No siempre lo religioso
se deja convertir por el Evangelio.
Esto no pertenece
solo al pasado. Ocurre también hoy en nuestras comunidades cristianas. Hay
personas profundamente apegadas a sus tradiciones que se resisten a la novedad
del Evangelio, quizá incluso con buena intención. Pensemos en alguien que
ha crecido bajo el miedo al juicio de Dios y a sus castigos, y que un día, al
hacer unos ejercicios espirituales, deja que el Evangelio le abra los ojos y se
pregunta con sinceridad: “¿En qué Dios he creído yo hasta ahora? ¿Era de
verdad el Dios de Jesús de Nazaret?”. Entonces empieza a descubrir el
verdadero rostro de Dios, el que resplandece en el rostro de Jesús: un
rostro lleno de bondad, de ternura, de amor. Un Dios bueno, y solo bueno. Y
ese Dios escandaliza a los biempensantes. Pero, en el fondo, si no
escandalizara ciertas imágenes religiosas, quizá no sería el Dios verdadero,
sino un dios hecho a nuestra medida, un dios que piensa como nosotros, que reacciona
como nosotros y que, en el fondo, hemos fabricado para sentirnos tranquilos.
Se
puede ser piadoso y, sin embargo,
resistirse
a la luz.
Conviene no
olvidar esto, que uno puede ser fiel a las prácticas religiosas, observante,
devoto, incluso ejemplar en muchos aspectos, y sin embargo cerrarse a la luz
del Evangelio. La historia de la Iglesia está llena de ejemplos dolorosos
de personas sinceramente religiosas que, quizá creyendo defender a Dios, terminaron
oponiéndose a la novedad de su luz.
Los fariseos
representan justamente a quienes viven atrapados en sus prejuicios. Y cuando el
prejuicio es religioso, resulta todavía más difícil abrir los ojos. Porque
estas personas no se creen ciegas ya que están convencidas de poseer ya la luz.
Y cuando uno piensa que ya ve, deja de buscar. La luz del Evangelio ya
no le interesa, porque cree que no tiene nada que recibir. Solo pide que no lo
incomoden.
Por eso estos
fariseos no se dejan interrogar por lo que ha ocurrido. Ya han decidido
condenar a Jesús antes de escuchar de verdad el signo. No buscan la verdad,
sino que buscan confirmar lo que ya piensan.
Pablo es un
ejemplo muy claro de esta situación. Estaba convencido de poseer ya la luz,
hasta que fue derribado e iluminado en el camino de Damasco (cfr. Hch 9, 3-9).
Solo empieza a ver
quien acepta ser cuestionado.
Por eso es tan
importante dejarnos interpelar, no tener miedo a la duda, sobre todo cuando las
preguntas nacen de la escucha del Evangelio. Hay dudas que no destruyen la fe,
sino que la purifican. Hay preguntas que no nos apartan de Dios; nos
arrancan de las imágenes falsas que nos habíamos hecho de él.
Da un paso en su camino interior
Entonces preguntan
al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha
abierto los ojos?», a lo que él contestó: «Que es un profeta». Es un paso adelante en
su camino interior. Antes era para él simplemente «Ese hombre que se llama Jesús»; ahora
empieza a reconocer algo más. Todavía no ha llegado al final de la fe, pero ya
no está en el punto de partida. Empieza a comprender que no se ha encontrado
solo con un hombre extraordinario, sino con alguien en quien Dios está actuando.
Y ahora el relato
avanza. Ya no interrogarán al ciego, sino a sus padres.
Cuando la luz se vuelve amenaza:
El miedo a unos ojos abiertos
«Los judíos no creían que aquel hombre hubiera sido ciego;
así que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les
preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues,
ve ahora?». Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo
y que nació ciego. Pero cómo ve ahora, lo ignoramos; y tampoco sabemos quién le
ha abierto los ojos. Preguntadle, que ya tiene edad y puede hablar de sí mismo».
Sus padres decían esto por miedo a los judíos, pues éstos se habían puesto ya
de acuerdo en que, si alguno lo reconocía como Cristo, quedara excluido de la
sinagoga. Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él».
Para
la autoridad religiosa, que uno empiece a ver las cosas de otra manera no es
una buena noticia: es una amenaza. Esto se aplica al mundo de la política y
no digamos si nos adentramos en lo eclesial.
Cuando se
tambalean las propias convicciones, las seguridades de siempre, los
esquemas aprendidos, entonces la luz, en vez de ser acogida, se vuelve
sospechosa. Por eso el hecho de que aquel ciego haya abierto los ojos es
tratado casi como una culpa. Hay que buscar responsables. Hay que averiguar
quién está detrás. Hay que llamar a los padres y apretarlos, como si hubieran
educado a un hijo que se ha dejado iluminar por un hereje.
Ellos responden con una mezcla de
evidencia y de miedo: «Nosotros sabemos que
éste es nuestro hijo y que nació ciego». Además, ellos le
educaron con esa ceguera. Y los propios padres manifiestan que ellos no
tienen nada que ver con la luz que ha recibido ni con el cambio que esa luz ha
producido en él. Si ahora ve, si ahora piensa de otra manera, si ahora
es distinto, no ha sido por nosotros. «Preguntadle,
que ya tiene edad y puede hablar de sí mismo».
Esos padres educaron
con los valores recibidos.
En la parábola que
san Juan está construyendo, estos padres representan a quienes han
transmitido a sus hijos los valores recibidos, la imagen de hombre considerada
válida en su ambiente, en su tiempo, en su tradición. Han dado lo que
tenían y han enseñado lo que conocían. Pero ahora descubren, quizá con
desconcierto, que su hijo ha encontrado una luz que va más allá de todo eso. Y
prefieren apartarse. Como si dijeran: hasta aquí llegábamos nosotros; lo que ha
sucedido después ya no lo controlamos.
También se puede tener miedo de la luz,
porque nos obliga a pensar de otra manera.
Y esto es muy
serio. Porque a veces pensamos que solo se teme a la enfermedad, al dolor, a la
oscuridad. Pero no. También se puede tener miedo de la curación. También se
puede tener miedo de la luz. Porque la luz del Evangelio consuela, sí, pero
también desinstala. Nos obliga a revisar la manera de pensar, los criterios
con los que juzgamos, las seguridades en las que descansábamos, la forma en que
habíamos organizado la vida.
Da miedo porque ya
no puedes seguir viviendo igual.
Y eso da miedo. Da
miedo porque uno intuye que, si deja entrar de verdad esa luz, ya no podrá
seguir viviendo igual. Da miedo porque esa novedad puede ponerlo en tensión
con personas a las que quiere, con ambientes en los que se siente acogido, con
formas de pertenencia que le daban seguridad.
Vivir según la luz tiene un alto precio
Eso es lo que les
pasa a estos padres. Temen la novedad, temen ser expulsados de la sinagoga,
ser señalados, quedar fuera. Y en aquel tiempo eso no era un detalle menor:
significaba aislamiento social, pérdida de vínculos, inseguridad,
descrédito, quizá hasta una ruptura dentro de la propia familia. La luz
tenía un precio. Y ellos no se atreven a pagarlo.
Educar en el Evangelio no es
fabricar vencedores.
Aquí aparece
también una reflexión muy viva para los padres cristianos de hoy. Ellos no
están llamados a criar a sus hijos en la ceguera, sino en la luz; no a
enseñarles solo a defenderse en la vida, sino a descubrir qué vida merece
realmente la pena. Están llamados a poner ante sus ojos, desde pequeños, al
hombre verdadero, que es Jesús de Nazaret.
El Evangelio tiene esa extraña costumbre
de llamar plenitud
a lo que el mundo llama fracaso.
Y eso puede
asustar y de hecho asusta demasiado. Porque educar según el Evangelio no
significa preparar hijos para imponerse, sobresalir, dominar o acumular.
Significa ayudarlos a desarrollar al máximo los dones que Dios les ha dado, sí,
pero para el servicio, no para el orgullo; para el bien de los demás, no para
pasar por encima de nadie. Y eso, a los ojos del mundo, parece perder. Pero el Evangelio tiene esa extraña costumbre de llamar
plenitud a lo que el mundo llama fracaso.
Y todavía hay otro
miedo, quizá más íntimo y más doloroso: el miedo a perder a los hijos. El miedo
a que ya no sean solo “nuestros”, solo “para nosotros”. El
Evangelio enseña a amar de verdad la familia, pero también ensancha el corazón
y lo abre a una pertenencia más grande: la familia de todos los hijos de Dios.
El Evangelio no rompe la familia:
la abre a una verdad mayor.
También la familia
de Jesús experimentó algo de este temor. Hubo un momento en que fueron a
buscarlo, queriendo llevárselo de nuevo a casa. Y entonces Jesús pronunció unas
palabras que debieron de sonar duras: «¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis
hermanos?». No estaba despreciando a los suyos. Estaba revelando una verdad
más grande; que la verdadera familia nace de escuchar la Palabra de Dios y
ponerla en práctica (cfr. Mc 3, 31-35). No destruye el amor natural; lo
purifica, lo ensancha, lo lleva más lejos.
La autoridad religiosa intentará
que ese hombre siga pensando como antes
Ahora el relato da
un paso más. La autoridad religiosa hará un último intento por hacer
retroceder a este ciego que ya ve, por devolverlo al carril de siempre, por
reconducirlo a una tradición cerrada sobre sí misma. Pero precisamente en sus
respuestas comenzará a aparecer, cada vez con más claridad, el rostro de quien
ha sido realmente iluminado por Cristo. Porque cuando el Evangelio abre los
ojos, no solo cambia lo que uno piensa: cambia la forma de estar en pie delante
de todos.
Lo que sé es que ahora veo:
El ciego que no se dejó callar
«Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». Le preguntaron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?». Él replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?». Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es». El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no presta atención a los pecadores; sin embargo, escucha al que es religioso y cumple su voluntad. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado, ¿y pretendes darnos lecciones?». Y lo echaron fuera».
Por
segunda vez los fariseos interrogan al ciego de nacimiento. Se dirigen a él con
tono expeditivo, altivo: «Da gloria a Dios.
Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». En el fondo, lo
que le están diciendo es: tú tienes que escucharnos a nosotros, reconocer que
te has equivocado al hacer caso a un hereje. Nosotros somos los
representantes de Dios; tú no tienes que pensar, solo obedecer. Nosotros
sabemos; fíate de nosotros.
Pero el ciego
responde que “si ese, como lo llamáis vosotros —porque ellos ni siquiera
lo llaman Jesús—, es un pecador, yo no lo sé. Lo que sí sé es una cosa: que,
después de que me abrió los ojos, yo ya no soy el de antes”.
Entonces los fariseos le piden que
vuelva a contar toda la historia: «¿Qué hizo
contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?». Está claro que quieren
tenderle una trampa. Quieren obligarlo a recorrer otra vez las etapas de la
curación para llevarlo al punto que a ellos les interesa: ese hombre es un
pecador, ya ves que no guarda el sábado, שַׁבָּת (Shabát). Pero el
ciego entiende perfectamente adónde quieren llegar y entonces recurre a la
ironía: «Os lo he dicho ya, y no me
habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también
vosotros haceros discípulos suyos?».
La luz aprende también a sonreír
ante la soberbia.
La ironía irrita a
los fariseos, y entonces pasan al insulto: «Ellos
le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú serás discípulo de ese hombre;
nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló
Dios; pero ése no sabemos de dónde es». Sin embargo, el ciego
no se deja callar tan fácilmente. Responde: «Eso
es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí
los ojos. Sabemos que Dios no presta atención a los pecadores; sin embargo,
escucha al que es religioso y cumple su voluntad. Jamás se ha oído decir que
alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de
Dios, no podría hacer nada». Es decir, vosotros, que sois la
autoridad religiosa, no sepáis decir si este hombre viene de Dios o no. Nunca
se ha oído, desde que el mundo es mundo, que alguien haya abierto los ojos a un
ciego de nacimiento sin venir de Dios.
Entonces los
fariseos replican: «Has nacido todo entero en
pecado, ¿y pretendes darnos lecciones?». Y lo expulsan fuera. Ha
sido arrojado por la autoridad religiosa, excomulgado, porque ha reconocido
como profeta a quien ellos consideran un hereje.
Quien ha sido iluminado
ya no puede hablar como antes.
A esta altura ya
podemos reconstruir el camino espiritual de este ciego. Es el camino de
todos los que se dejan abrir los ojos por el Evangelio. Y por eso el relato
se convierte también para nosotros en una pregunta: ¿tenemos de verdad los ojos
abiertos o no? ¿Nos hemos dejado iluminar o seguimos viendo solo con la luz de
siempre?
El que ha sido iluminado
reconoce no saber
La primera
característica de la persona iluminada por Cristo es que parte del
reconocimiento de no saber. Quien cree que ya lo sabe todo jamás se dejará abrir
los ojos por el Evangelio porque ya posee su verdad, ya tiene sus respuestas,
ya está instalado en sus certezas y no acepta que nada ni nadie lo cuestione.
En cambio, hemos oído a este ciego repetir varias veces: “Yo no lo sé”. “¿Dónde
está ese hombre?”. “No lo sé”. “¿Es un pecador?”. “No lo
sé”. Y más adelante, cuando Jesús le pregunte: “¿Crees tú en el Hijo del
hombre?”, responderá: “¿Y quién es, Señor?”. No tiene miedo de la
novedad. Se deja interpelar por los hechos. Si es un hereje o no, no lo
sabe; pero sabe que le ha abierto los ojos y que ahora se siente más hombre.
El que ha sido iluminado
ahora orienta su propia vida
La segunda
característica del iluminado es que ha tomado conciencia de su propia identidad. Antes era
conducido; hacía lo que otros le decían. Ahora responde con firmeza: “Soy yo”.
“¿Eres tú o no eres tú?”. “Sí, soy yo”. Ya no es uno que vive
a remolque de las decisiones ajenas. Ahora orienta su propia vida y sabe a
quién dar su adhesión.
El que ha sido iluminado
ejerce su libertad para manifestarse.
La tercera
característica
es que tiene el valor de decir lo que piensa. No entrega su cabeza a
nadie, ni siquiera a la autoridad religiosa. Para vosotros, ese que me abrió
los ojos es un hereje; muy bien. Para mí, es un profeta.
El que ha sido iluminado no se deja amedrentar.
La cuarta
característica es que no se deja intimidar y no renuncia a la verdad, aunque esa
verdad resulte incómoda o desagradable para los que están arriba, para quienes
están acostumbrados a recibir solo aprobaciones, reverencias y silencio. No
insulta a la autoridad religiosa, pero tampoco la teme. Y, cuando hace falta,
llega incluso a servirse de la ironía: «¿Es
qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?».
El que ha sido iluminado no actúa contra su conciencia.
La quinta
característica es que acepta sufrir incluso la violencia antes que renunciar a
la luz recibida.
Antes que actuar contra su conciencia, prefiere ser expulsado de la
institución.
Después de haber
recibido de Cristo la luz, el ciego ha tenido que afrontar solo los
conflictos nacidos de su nueva condición. Jesús no estaba visiblemente
presente durante ese camino. Jesús ahora vuelve a entrar en escena.
Cuando la luz provoca rechazo:
La luz que desenmascara
«Jesús se enteró de que lo habían echado fuera. Cuando se encontró con él, le preguntó: «¿Tú cree en el Hijo del hombre?». Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Le has visto. Es el que está hablando contigo». A lo que él contestó: «Creo, Señor». Y se postró ante él. Entonces dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos». Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Es que también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís que veis, vuestro pecado sigue en vosotros».
Hemos seguido el
itinerario espiritual de este ciego de nacimiento, y quizá hay algo que nos
desconcierta: después de encontrarse con la luz, después de empezar a vivir
como un hombre nuevo, libre y feliz, no recibe aplausos, sino oposición. En
lugar de felicitaciones, encuentra rechazo.
¿Por qué ocurre
esto? Jesús mismo había dado la respuesta en su conversación con Nicodemo: «Y
el juicio consiste en que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las
tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal
odia la luz y no se acerca a ella, para que nadie censure sus obras» (cfr.
Jn 3, 19-20).
La luz no solo consuela:
también desenmascara.
El hombre nuevo
incomoda al que quiere seguir vistiendo el hombre viejo. Recordemos
aquella escena en la que Pilato presenta a Jesús al pueblo y dice: «Aquí
tenéis al hombre» (cfr. Jn 19, 5). En el fondo, estaba poniendo delante de
todos al hombre verdadero. Y, sin embargo, la reacción fue inmediata: “Fuera,
fuera; quítalo de en medio”. Ese hombre no gustaba. Resultaba demasiado
verdadero. Cuando la verdad aparece, no siempre es recibida con gratitud; a
veces provoca rechazo, porque obliga a revisar la propia vida.
Dentro del ADN del cristiano está el martirio
Por eso, quien
empieza a reproducir en sí mismo la imagen de Cristo tiene que contar con que
también encontrará resistencias. El mismo Jesús lo había dicho: «Si a mí
me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (cfr. Jn 15, 20). No
porque el discípulo busque el conflicto, sino porque la luz, cuando es de
verdad luz, no deja intactas nuestras comodidades.
Jesús había
aparecido al comienzo del relato para curar al ciego; después desapareció de
escena. Y ahora vuelve a entrar. Cuando se entera de que lo han echado fuera,
de que lo han expulsado de la institución, va a buscarlo.
Esa luz empieza a sostenerlo desde dentro.
Este detalle es
precioso. Jesús no había intervenido antes. Había dejado que aquel hombre
afrontara solo el conflicto, la presión y la exclusión y lo hizo no por
abandono, sino porque quien ha sido verdaderamente iluminado por el
Evangelio no vive ya de la cercanía física del Maestro, sino que vive de la luz
que ha recibido de él. Esa luz empieza a sostenerlo desde dentro.
Jesús lo encuentra
y le pregunta: «¿Tú cree en el Hijo del
hombre?». El hombre responde con una sinceridad profunda: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Este hombre no presume ni repite fórmulas. No finge saber lo que todavía no
sabe. Está abierto. Quiere conocer para poder entregarse. Entonces
Jesús le dice: «Le has visto. Es el que está
hablando contigo». Y en ese momento el camino llega a su cumbre:
«Creo, Señor». «Y se
postró ante él».
Aquí se consuma la
curación. Al principio se le habían abierto los ojos del cuerpo; ahora se le
abren del todo los ojos del corazón. Ya no solo ve, sino que también reconoce. Ya
no solo experimenta un cambio en su vida: descubre quién es aquel que se la ha
cambiado. La luz exterior lo había sacado de la oscuridad; la fe lo
introduce ahora en la verdad profunda de Jesús.
La ceguera más grave no es no ver,
sino creerse en la luz.
Entonces Jesús
pronuncia una palabra decisiva: «Para un
juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se
vuelvan ciegos». Algunos fariseos, que estaban allí, se sienten
aludidos y preguntan, molestos: «¿Es que
también nosotros somos ciegos?». La respuesta de Jesús es de una
hondura tremenda: «Si fuerais ciegos, no
tendríais pecado; pero, como decís que veis, vuestro pecado sigue en vosotros».
Al comienzo del
relato se pensaba que el problema era el supuesto pecado del que había nacido
ciego. Pero Jesús dejó claro que esa ceguera no era pecado. La verdadera
ceguera culpable aparece ahora; es la de quien rechaza la luz; la de quien se
aferra a sus seguridades; la de quien no quiere dejarse cuestionar por Cristo;
la de quien cree ver tanto que ya no siente necesidad de abrir los ojos.
El ciego de
nacimiento, precisamente porque sabía que no veía, ha terminado viendo. Los
fariseos, en cambio, porque estaban convencidos de ver, se han quedado
encerrados en su oscuridad.
El drama no es
caminar a oscuras buscando la luz; el verdadero drama es pensar que ya vemos
bastante y no necesitar a Cristo.





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