Cuando el sentimiento no responde y el
amor tiene que hablar
Cómo usar este texto
Si lo leéis en pareja funciona mejor en dos ratos. El primero para los días
raros. El segundo para los días duros. No hace falta estar de acuerdo en todo.
Basta con entenderse un poco más.
Regla simple. Con sueño, con hambre o con estrés, no cerramos sentencias.
Primero bajamos el volumen. Luego hablamos.
Arranque
Hay días en que nos miramos y, sin embargo, no nos encontramos. Estamos
delante, incluso cerca, pero algo no encaja. La conversación se vuelve corta,
la sonrisa se queda a medias y la mirada, esa que en otros momentos parecía
casa, se hace incómoda. A veces basta un comentario fuera de tono. A veces es
un silencio largo. Y entonces aparece la pregunta que nadie quiere formular
demasiado alto.
Esto que tenemos, funciona.
Nos pasa a muchos. Buscamos señales en el estómago, en la emoción, en esa
chispa que al principio parecía un motor infalible. Y, cuando baja la
intensidad, entran las dudas. Como si el amor tuviera que sonar siempre a
música de trailer. Pero el amor, si va en serio, no es solo un estado de ánimo.
Es algo más humilde y más exigente.
La vida en común se vive con el carácter y con las creencias. Dicho así
suena poco romántico, lo sé. Pero precisamente por eso es decisivo.
PARTE 1
Cuando el día está raro
Unidad 1
Mariposas, miedo y esa frase que no quieres pensar
Mariposas, orgullo y la duda que se instala
Hay quien no se enamora con fuegos artificiales. Hay quien empieza una
relación con alguien estupendo, con valores parecidos, con futuro, y aun así
piensa “debería sentir más”. Y esa idea muerde. El enamoramiento, cuando llega,
es un estado bonito. Un empuje. Una especie de sol en el pecho. Pero también
pasa. Es transitorio. Y no desaparece porque el amor sea falso, sino porque la
vida se normaliza y el corazón se asienta. La cuestión no es si sentimos el
mismo subidón siempre. La cuestión es si, cuando el subidón baja, queda algo
verdadero.
Escena breve.
Boca de metro, diez minutos antes de separarse. Hay ruido, prisa y ese
cansancio de entre semana. Aquí no falta amor, falta gasolina.
—Estoy raro.
—Ya. Raro cómo.
—Apagado. Y me he rallado.
—¿Apagado de sueño o apagado de “ya no”?
—De sueño, pero mi cabeza se pone intensa.
—Vale. ¿He hecho yo algo?
—No. Me entra el “igual esto no es”.
—Con el depósito a cero, todo parece señal.
Pausa corta. No se miran como jueces. Se miran
como gente.
—Hoy no puedo arreglarlo —dice él.
—No lo arregles. Dime una cosa. Una sola. Por qué sigues aquí.
—Porque contigo estoy en paz. Y porque me da orgullo decir que eres tú.
—Vale. Mañana café. Hoy, a dormir.
Para hablarlo.
Qué haces tú cuando te asusta no sentir. Te pones frío, te pones intenso, te
callas, buscas pruebas.
Micropráctica.
Una frase por persona. Un porqué real, sin adornos.
Unidad 2
Señales sencillas que dicen mucho
Señales que no caben en un test,
pero dicen mucho
Nos
gustaría medirlo todo. Tener datos. Hacer un diagnóstico. Pero las relaciones
no se dejan encerrar del todo en una tabla. Aun así, hay señales que, sin ser
“científicas”, suelen ser reveladoras.
Una es la
mirada. Cuando una pareja se quiere de verdad, suele poder mirarse a los ojos
sin huir. La mirada y la sonrisa de complicidad tienen algo de termómetro. Los
ojos no suelen mentir. Cuando las cosas van mal de fondo, sostener esa mirada
se hace cuesta arriba. Se puede reír, claro. Pero sonreír de verdad es
distinto. Una mirada tierna no se sostiene mucho tiempo si estamos fallando en
el amor. Otra señal es el “nosotros”. No
como frase bonita, sino como dirección vital. Si nuestro proyecto va en la misma
línea. Si, en lo importante, nos ayudamos a crecer. Si empezamos a vivir en
clave de “yo y tú” como dos intereses enfrentados que compiten por llevarse el
gato al agua, ahí empieza algo parecido al desamor. Mis intereses. Tus
intereses. Y cada vez menos “nuestros intereses”.
Cuando estamos enamorados, conjugar el “nosotros” sale casi solo. Los
gestos de cariño, la predisposición a agradar, la facilidad para acordar. Eso
es un regalo. Luego llega el día a día y ya no sale solo. Ahí se ve si el
“nosotros” era una emoción o un camino.
Podemos
preguntarnos sin acusar. Qué estamos construyendo, un equipo o una negociación
permanente.
Escena breve.
Salida del cine. Hace frío y hay sueño. Los amigos hablan alto. Aquí entra el
“nosotros” en público.
—¿Qué te pasa?
—Estoy picado.
—¿Por la peli?
—No. Por el otro día. Lo de “eres intenso” delante de Marta y Pablo.
—Jo. Lo siento. No lo pensé.
—Me lo tragué y hoy me ha salido torcido.
—Gracias por decirlo. No te dejo mal delante de nadie.
—Y yo lo digo antes. En privado.
—Eso. Y hoy, a dormir. Con sueño no somos gente.
Para hablarlo.
Qué te dolería que tu pareja soltara de ti delante de otros.
Micropráctica.
Una regla de dos. En público no me expongo. En privado lo hablamos.
Unidad 3
El carácter asoma en lo pequeño
El carácter que asoma cuando nadie
está mirando
Imaginemos una escena muy corriente. Estamos con nuestra pareja y, de
pronto, suelta una exageración para quedar bien. O presume. O se pone por
encima. O dice algo que no es verdad, quizá para no quedar mal. No es una
tragedia, pensamos. Solo una tontería. Hasta que se repite. Y un día nos
descubrimos con miedo a decirle que eso nos descoloca.
Aquí solemos equivocarnos por los dos extremos. O hacemos como si nada, para no
discutir. O lo soltamos en una bronca general, como si estuviéramos redactando
una sentencia. Lo sensato suele ser otra cosa. Hablar, sí. Pero hablar con
precisión. No una descripción global del “tú eres así”, sino algo concreto,
pegado a una situación real. Decirlo cuando ocurre, con calma. Señalar que
había una manera más adecuada de actuar.
Y luego observar. No hace falta montar un tribunal. Basta mirar si el otro se
defiende a la primera, si escucha, si se queda pensando, si rectifica, si se
enfada siempre o si aprende. Porque una cosa es tener defectos y luchar con
ellos. Otra es convertirlos en bandera. Nos ayuda una pregunta incómoda, de las
que dan libertad. Si esto que ahora vemos se mantuviera con los años, podríamos
ser felices. Si la respuesta es sí, seguimos. Si la respuesta es no, hay que
ser valientes, aunque cueste. En el noviazgo muchas cosas aparecen más bonitas
de lo que luego son. No por mala fe, sino porque al principio nos fijamos en lo
positivo y tendemos a minimizar lo que molesta.
No tengamos miedo a la verdad. La verdad no rompe, aclara.
Escena breve. Bar de bravas o kebab, final de tarde. Vienen de un día
torcido. Aquí no se prueba el amor, se prueba el tono.
—Vengo cruzado.
—Vale. Solo no me hables como si te molestara existir.
—Tienes razón. Se me ha ido.
—No me digas “perdón” y sigas igual.
—Vale. Estoy cansado y lo traigo encima.
—Eso cuéntamelo. No me lo escupas.
Un segundo. Se les baja la tensión.
—¿Unas bravas o un kebab?
—Un kebab. Te acompaño y cada uno a su casa.
—Trato. Y mañana, mejor.
Para hablarlo.
Qué tono te sale cuando estás cansado. Y qué haces después. Lo arreglas o lo
dejas ahí.
Micropráctica.
Una reparación rápida. Repetir la frase bien.
Unidad 4
No todo se cuenta y no todo se calla
En algunas parejas se instala una
consigna peligrosa. Hay que contárselo todo. Como si el amor fuera una cámara
siempre encendida. Y entonces nos metemos en un lío.
Hay pensamientos que pasan por la cabeza sin que los
elijamos. Impresiones. Reacciones involuntarias. Tonterías. Si lo contamos
todo, no construimos confianza, construimos desasosiego. Porque lo que para uno
es nada, para el otro puede sonar enorme. Y, sin querer, fabricamos
malentendidos emocionales que no existían. No somos responsables de lo
involuntario. Y contar algo que no tiene peso real puede no aportar nada y, en
cambio, poner la relación en una situación inestable. A veces lo hacemos por
ganas de complicarnos la vida, que también es una tentación muy humana.
Aquí
conviene una forma de libertad. Tener un espacio interior propio. No vivir como
si tuviéramos que rendir cuentas de cada pensamiento. La confianza no es un
inventario, es una paz. Y, cuando nos
entra la duda grande, esa de “no siento lo que debería”, aparece una escena
preciosa que vale la pena recordar. En una película, un marido pregunta a su
mujer si le quiere como su hija quiere a su novio. Y ella no responde con
poesía. Responde con hechos. Le viene a decir que lo ha acompañado durante
años, que lo ha cuidado, que lo ha ayudado, que ha estado cuando él la
necesitaba.
Esa respuesta tiene algo liberador. Porque nos recuerda que el cariño no
siempre se expresa como una ola de emoción, sino como un modo de estar. En el
día a día. Cuando toca. Cuando cuesta. Cuando nadie aplaude.
Si queremos saber si queremos, miremos qué hacemos.
Escena
breve. Cocina, cena a medias, móvil en la encimera. Aquí no hay drama, hay una
cosa concreta que hay que corregir.
—He metido la pata.
—¿Con qué?
—He dicho una broma tuya. Que te rayas por todo.
—Uf. Eso no. Me deja como la pesada.
—Lo sé. Me arrepentí al segundo.
—¿Qué vas a hacer?
—Mañana lo corrijo. Sin montar nada.
—Vale. Eso necesitaba.
Pausa.
—Y tú, si algo te molesta, dímelo. Corto, pero
dímelo.
—Y tú no me sueltes todo lo que piensas. Lo importante sí. Lo demás, pasa.
Para hablarlo.
Qué cosas conviene decir siempre. Qué cosas es mejor no convertir en tema.
Micropráctica.
Una frase que te calme cuando te rayas. Y una
frase que el otro necesita oír.
PARTE 2
Cuando la vida pesa
Unidad 5
Creencias, suelo y semanas duras
Amar sin confundir creencias con opiniones
A
veces pedimos fórmulas para que el amor no se apague. Como si hubiera una
técnica de comunicación capaz de inmunizarnos contra el desgaste. Y sin embargo
lo que sostiene una relación no suele ser un truco, sino un suelo compartido.
Aquí
hay tres ideas que conviene masticar despacio.
Primero,
ponernos de acuerdo en qué entendemos por amor. No en teoría, sino en la vida
real. Qué esperamos. Qué damos. Qué prometemos. Qué consideramos una falta
grave y qué es una torpeza corregible. Si cada uno llama amor a una cosa
distinta, luego no discutimos por un tema, discutimos por el idioma.
Segundo, aceptar que los dos tenemos momentos de mal carácter y que amar
incluye luchar contra lo peor de nosotros. No para cambiar al otro a
martillazos, sino para crecer. Hay una forma de madurez que se nota en lo
sencillo. Mantener compromisos incluso cuando el sentimiento no acompaña. No
porque nos volvamos de piedra, sino porque aprendemos a vivir sin ser
arrastrados por lo más superficial de la emoción.
Cuando el sentimiento no responde, la inteligencia y la voluntad pueden
sostener el amor. No suena poético, pero es profundamente humano.
Tercero, las creencias. No hablo de gustos. Hablo de aquello que nos sostiene
por dentro, lo que nos da columna cuando vienen días difíciles. A veces
confundimos creencias con opiniones, y no es lo mismo. Las opiniones se cambian
con un argumento. Las creencias nos sostienen cuando no hay ganas, cuando hay
cansancio, cuando hay aridez. Y una relación, si dura, atravesará épocas así. No
significa que la convivencia deba ser sufrimiento constante. Significa que
habrá momentos costosos y que ahí se descubre si sabemos amar o solo sabemos
sentir.
Escena
breve. Hospital. Un mes. Cafés malos. Mensajes sin contestar. Aquí el carácter
sale sin maquillaje.
—Perdón por llegar tarde.
—Estoy quemado. Y cuando llegas tarde me siento solo.
—Ya. Pero ayer me hablaste fatal.
—Sí. Me pasé. Estoy roto y muerdo. No es excusa.
—Conmigo no muerdas. No aguanto eso.
Bajan un poco.
—¿Qué necesitas tú ahora?
—Que no me hagas sentir culpable por no estar todo el día. Si estoy seca no es
desamor. Es que no me da.
—Yo necesito una frase. Solo una.
—Estoy aquí.
Para hablarlo.
Qué necesita cada uno cuando está al límite. Una frase, un abrazo, silencio, un
plan.
Micropráctica.
Elegir una frase de sostén. Una. Y usarla esta
semana.
Unidad 6
Querer tener razón y perder el nosotros
El desgaste de querer tener razón y el respeto que salva
Hay
rupturas que parecen misteriosas y, vistas de cerca, son casi previsibles.
Empiezan con algo muy común. La soberbia, el orgullo. Esa necesidad de tener
razón siempre. A veces discutimos por tonterías, pero debajo no hay una
tontería, hay una lucha por quedar por encima.
Curiosamente, nos resulta más fácil dar la razón a un jefe o a un vecino que a
quien tenemos al lado. Y eso dice mucho de nosotros.
Luego llega la rutina. No la rutina de lo cotidiano, que es inevitable. La
rutina como queja permanente. Cuando nos acostumbramos a criticar todo lo que
el otro pide, hace o propone, vamos en mala dirección. Cuando amamos,
intentamos agradar, buscamos lo que al otro le gusta, tratamos de ponernos de
acuerdo. Cuando ese deseo desaparece de la voluntad, la rutina empieza a roer.
Y, aunque cueste, seguimos haciéndolo porque amamos.
Escena
breve. Cumpleaños familiar. Comentario incómodo. Vuelta a casa con el estómago
revuelto. Aquí no se discute por la ropa. Se discute por sentirse solo.
—Me ha molestado lo de tu tío. Y que te rieras.
—No me reí de ti. Me reí nerviosa.
—Ya. Pero yo me sentí solo.
—Vale. Te he fallado. Tenía que haber cortado.
—Y yo luego me he puesto seco contigo.
—Normal. La próxima me haces una señal y lo paro.
Se miran.
—No quiero que esto se nos quede —dice él.
—Yo tampoco. Hoy, dormir. Mañana lo hablamos sin gente.
Para hablarlo.
Qué pasa en ti cuando te sientes expuesto. Atacas, te cierras, ironizas.
Micropráctica.
Una señal de equipo. Algo simple que diga “estoy contigo”.
Unidad 7
Respeto, intimidad y mirarse a los ojos
También aquí entra el respeto en el terreno de la sexualidad, entendido con
limpieza y seriedad. El daño, cuando aparece, suele comenzar al tratar al otro
como objeto de placer, como un cuerpo frente a otro cuerpo, no como una
persona. Ahí el egoísmo da un paso. Y cuando el egoísmo se coloca en el centro,
la pareja empieza a perder algo básico. Mirarse a los ojos, sonreír, abrazarse
con verdad. Si no podemos mirarnos, si no podemos sonreír, si no podemos
abrazarnos, algo no funciona.
La sexualidad no sostiene por sí sola un matrimonio. Pero puede herirlo
profundamente cuando falta el respeto, precisamente porque toca lo más íntimo.
Y hay otro factor que a veces ignoramos hasta que estalla. Las familias
políticas. Tienen una capacidad enorme de unir y también de desunir. No se
trata de declarar guerras. Se trata de poner a cada cual en su sitio y hablarlo
con profundidad, como adultos.
Al final, el amor se defiende con cosas pequeñas y muy concretas. Ceder en
la razón cuando no es esencial. Frenar la queja. Recuperar la mirada. Elegir el
“nosotros”.
Escena breve. Portal. Llaves en la mano.
Cada uno se va a su casa. Aquí se nota rápido si hay cuidado o si hay prisa.
—Me he quedado rara.
—¿Por qué?
—Por un momento he sentido que yo daba igual.
—Jo. Perdón. Iba acelerado.
—A mí eso me corta. Quiero cuidado.
—Tienes razón.
—Y si digo que no, es no. Sin enfado.
—Sí. Y dímelo así. Porque si te cierras, yo me monto una película.
—Vale. Sin prisa.
Se abrazan. Sin escena. Con verdad.
Para hablarlo.
Qué hace que te sientas cuidado. Y qué hace que te sientas usado.
Micropráctica.
Una frase de respeto. Una. Que los dos entendáis
igual.
Cierre para conversar
Preguntas para conversar en pareja
¿Qué
entendemos cada uno por amar, en lo concreto y no en lo ideal?; ¿Qué defectos
de carácter vemos que se repiten y qué hacemos cuando aparecen?; ¿En nuestra
relación suena más el “yo y tú” o el “nosotros”?; ¿Qué nos ocurre cuando baja
el sentimiento, nos asustamos, nos enfadamos, nos volvemos fríos?; ¿Cuáles son
nuestros porqués, los que sostienen cuando no hay emoción?; ¿Qué malentendidos
emocionales estamos alimentando por hablar de más o por hablar mal?; ¿En qué
detalles se nota el respeto, también en lo íntimo?; ¿Qué queja repetimos
demasiado, qué pequeño gesto de agrado podríamos recuperar?.
Dos micro decisiones para esta
semana
Buscar un momento tranquilo y poner en
común un porqué cada uno, solo uno, dicho con sencillez y sin adornos.
Elegir
una queja habitual y cambiarla por un gesto concreto de cuidado, pequeño y
repetido tres días seguidos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario