Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra:
Cuando la fe te reconstruye por dentro
Un Credo que se confiesa con la vida
El Credo no nació para “sonar bonito”. Nació para decir en voz alta,
delante de Dios y delante de la Iglesia: “Esto es lo que creo… y esto es lo que
me sostiene”. Por eso se le llamó símbolo: señal de pertenencia, resumen vivo
de la fe de la Iglesia. Y, ojo, en los primeros siglos confesar al Dios único
tenía consecuencias tan serias que a los cristianos les gritaban: “¡muerte a
los ateos!”, porque al negar los dioses paganos parecían ateos para el ambiente
de entonces. Hoy no nos persiguen con ese grito, pero sí con otros dioses mucho
más finos: seguridad, control, éxito, placer, rendimiento… y casi siempre, el
rey silencioso: el dinero.
La fe se aprende en familia:
Sin comunidad se enfría o se vuelve
teoría
La fe cristiana no es una aventura individualista. Se sostiene en un
“nosotros”: la comunidad, la Iglesia. Porque Dios suele hacerse visible en lo
concreto: una Eucaristía que te devuelve a casa, un hermano que te llama cuando
ibas a hundirte, una corrección con ternura, una oración prestada cuando tú no
puedes ni articular una frase. Y también hay realismo: la comunidad no es
perfecta; a veces alguien mete la pata, a veces no entiende, a veces te duele…
y ahí también se aprende a amar de verdad.
“Creo en Dios…”
El Credo
cristiano arranca
con el “Escucha”
de Israel
Las primeras
palabras asumen la confesión diaria de Israel: “Escucha, Israel: Yavé, tu Dios,
es el único Dios”. No es solo una frase bonita: es el cimiento. Si Dios no es
uno, no es Dios. Y si Dios es uno, entonces ningún ídolo puede ocupar su lugar
sin romperte por dentro.
El Dios “de
vivos”:
Un Dios que
entra en la historia y camina contigo
Al confesar “Creo en Dios”, hablamos del Dios “de vivos”, del
Dios de Abraham, Isaac y Jacob, del Dios de Israel, del Padre de nuestro Señor
Jesucristo. No es una energía impersonal: es un Dios personal que abre camino y
acompaña en una peregrinación de fe. La Biblia lo pinta con una imagen
preciosa: Dios delante, como columna de nube o de fuego, guiando en medio del
desierto.
Un solo Dios:
Libertad de no
arrodillarte ante el pan, el eros y el poder
La
idolatría no es cosa de museos. Antes se adoraban la fertilidad, la fecundidad
y el poder. Hoy cambian las máscaras: prestigio, trabajo, progreso, ciencia,
técnica, nación, ideologías, partido, sindicato… Si algo creado se vuelve
absoluto, promete vida y termina esclavizando. Creer en el Dios único es
renunciar a ese chantaje interior.
¿Cómo se nota
esto en alguien de carne y hueso?
Se
nota cuando una persona pasa del monólogo con su miedo al diálogo con un Tú. Se
nota cuando, en vez de anestesiar el dolor, empieza a caminar acompañada. Aquí
entra Valeria.
“…Padre…”
Padre: No es una idea,
es una relación que te cambia la
identidad
El Credo llama a Dios Padre. Y esa palabra une el primer artículo con el
segundo: a Dios solo lo conocemos plenamente en Jesucristo, su Hijo. La fe
cristiana no se queda en “Dios es uno”; completa con temblor y belleza: “Creo
en Dios Padre”.
La novedad cristiana:
Dios uno y trino, una unidad con corazón
El Dios uno y trino supera la “unidad sin riqueza interior” y la “multiplicidad
contradictoria”. La Trinidad no es un jeroglífico para exámenes: es la
revelación de que Dios es amor en sí mismo. Por eso cuando Dios entra en tu
vida no entra como un concepto frío, sino como un Amor que te llama hijo.
Jesús, icono vivo del Padre:
Dios con rostro humano
Jesús puede decir: “Yo y el Padre somos uno” y “quien me ve a mí,
ve al Padre”. En Él Dios se hace visible con rostro humano. Y eso aterriza
la fe: Dios no es un rumor del universo; es un Padre que se deja conocer en el
Hijo.
Abba: hijos en el Hijo,
por gracia, no por rendimiento
Llamamos “Padre” a Dios porque participamos, por gracia, de la
relación única de Jesús con el Padre: Abba. Ser hijo no se conquista a base de
portarte impecable. Se recibe. Y se aprende, día a día, en la Iglesia: en la
comunidad donde uno se deja querer y se deja corregir.
¿Cómo se nota
que Dios es Padre en lo cotidiano?
Se
nota cuando puedes pedir ayuda sin humillarte, poner límites sin odiar, y vivir
el perdón sin perder la justicia. Aquí entra Antonio. Y también Samanta, desde
otra lucha.
“…Todopoderoso…”
Todopoderoso: El poder que salva, no el
que aplasta
Para
Jesús, como para el Antiguo Testamento, Dios es Señor de la historia: ayuda,
libera, redime. Los milagros de Jesús son signos del poder salvador del Padre
actuando a través de Él. Y hay una frase que lo resume todo: “Nada es
imposible para Dios”.
Dios es Señor:
Adonai (mi Señor), por encima de todo lo
creado
Dios es Adonai, Señor, por encima de toda criatura. Y su señorío no
es frío: se revela como “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
clemencia y fidelidad”. Ese es el poder de Dios: un poder que no se cansa de
amar.
Omnipotente en el perdón:
El antídoto contra la vergüenza
Hay una objeción muy humana: “No puede perdonarme”. Respuesta
bíblica: sí puede, porque es omnipotente. Su poder se ve, sobre todo, en
misericordia: “Él perdona tus culpas y cura tus dolencias”. La vergüenza
te dice “tú eres un error”; Dios te dice “tú eres hijo, y volvemos a
empezar”.
La justicia de Dios:
Un don que hace justo al pecador
En sentido bíblico, la justicia de Dios no es solo castigo: es el don
gratuito que hace justo al pecador que lo acoge. Y también hay juicio, sí,
especialmente para quienes se blindan en su riqueza o en su autosuficiencia. La
omnipotencia no es “me salgo con la mía”; es verdad y salvación.
Resurrección y
barro:
Tesoro en
vasijas frágiles
La omnipotencia del Padre se manifestó de modo supremo en la muerte y
resurrección de Jesús: Dios da vida a los muertos. Y a la vez lo vivimos en
vasijas de barro. Dios no espera superhéroes; espera gente real que se deja
sostener. Por eso podemos agarrarnos a una certeza: nada podrá separarnos del
amor de Dios en Cristo.
¿Cómo se toca
esto en la vida real?
En una recaída que no te destruye. En una boca que se calla a tiempo. En
una rabia que no te gobierna. En un “todo lo hago nuevo” que se vuelve
biografía.
“…Creador del cielo y de la tierra.”
Creador y providente:
A Dios le importa lo grande y lo pequeño
Dios es Creador: da el ser, cuida, conserva. Jesús lo baja a tierra con
imágenes sencillas: la hierba y los lirios del campo, las aves del cielo. Hace
salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos. Y
lo más tierno: ni un solo cabello cae sin que Él lo sepa. Tu vida no se le
escapa, ni en lo sublime ni en lo doméstico.
La creación es buena:
Nace de la bondad de Dios
El cristiano puede confesar que el mundo es bueno porque lo mira desde un
encuentro con Jesucristo: el Dios que resucita y “llama a las cosas que no
son para que sean”. La fe en la creación no es ingenuidad: es esperanza con
fundamento.
La creación canta:
y el hombre aprende a bendecir
Los cielos cuentan la gloria de Dios. Y la Escritura convoca a todo lo que
existe —sol, luna, estrellas, rocío, lluvia, relámpago, nubes, aves, peces—
para que cante su gloria. El mundo no es solo un “recurso”: es un canto.
La gloria de Dios es el hombre viviente:
No el hombre encorvado por ídolos
El “liturgo” que orquesta esa sinfonía de alabanza es el hombre. Y
por eso se ha dicho: “la gloria de Dios es el hombre viviente”. Viviente
de verdad: no aplastado por la ansiedad, no encadenado a ídolos, no devorado
por el resentimiento. La plenitud humana no nace de poseer y exprimir, sino de
fiesta, gratitud, alabanza, bendición.
Sabbat y Eucaristía:
Llevarlo todo al centro
El hombre cumple su misión llevando todas las cosas al sabbat, a la Eucaristía:
“Todo es vuestro… y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”. La creación
culmina cuando vuelve al Padre en acción de gracias. Por eso el descanso santo
no es “parar por agotamiento”: es volver a casa.
Nada creado es dios:
Sin magia, sin absolutizar
Confesar “Creador” también es confesar que el mundo no es Dios. Las
cosas creadas son buenas, pero ninguna es divina ni mágica. Absolutizar algo es
idolatría: vacío. Si le pides vida eterna a algo temporal, te rompe por dentro.
Nueva creación:
Dios no solo crea, recrea
Desde la resurrección de Cristo, la creación se ve como recreación: cielos
nuevos y tierra nueva. La creación gime como con dolores de parto, esperando
libertad. El Espíritu es prenda de herencia. Y el centro es Cristo: por Él y
para Él existe todo, y todo se mantiene en Él. La historia no va hacia el
vacío; va hacia la plenitud.
Ahora sí:
Cuando el Credo se convierte en historia
personal
Aquí entran Valeria, Antonio y Samanta. No como “casos”, sino como
personas.
Valeria, 23 (Camino Neocatecumenal)
Quién soy: crecer sin suelo y
aprender a sobrevivir
Me llamo Valeria, tengo 23 años. A los diez me
quedé sin padre y sin madre por un atentado. Hija única. De casa de acogida en
casa de acogida. Aprendí a funcionar: por fuera dura, por dentro siempre
alerta, como si el mundo fuera un sitio donde nadie te sostiene. En la
adolescencia tonteé con drogas y con chicos porque necesitaba anestesia… y
porque estar quieta conmigo misma me dolía.
A los dieciséis: cuando “casa” se
volvió lugar de abuso
A los dieciséis me acogió un hombre con su esposa.
Yo pensé: “por fin una casa”. Y no. Ese hombre abusó de mí. Lo digo sin
adornos porque, si lo maquillo, parece menos real y no lo fue. Me dejó una
vergüenza que no era mía, como si la culpa se me hubiera pegado a la piel.
Me quedé embarazada. Y cuando lo supieron, querían que abortase. Me
presionaron. Me hablaron como si mi hija fuera un problema, una equivocación
que se borra. Yo estaba sola, asustada, con el cuerpo temblando y la cabeza echa
humo, pero hubo algo dentro de mí que se plantó: no lo permití. No me sentía
valiente; me sentía rota. Pero no pude. No quise. Esa niña es mi hija. Y vive
conmigo.
Una mañana cualquiera: coletas,
cacao y un calcetín desaparecido
Hay días en que mi fe se juega en cosas
pequeñísimas. Suena el despertador, yo voy con ojeras de campeonato, y ella
aparece con el pelo como un nido y me dice: “Mami, hoy quiero coletas”.
La siento en la silla, le hago las coletas, le abro el cacao, y busco el
calcetín que siempre desaparece. Te lo juro: ese calcetín debe de tener vida
propia.
Y, en ese caos doméstico, me pasa algo: la miro y me digo por dentro: “Esto
es vida”. Y doy gracias. No por postureo, sino porque sé de dónde vengo.
Una noche de fiebre: cuando recé
como pude
Hace poco se puso mala. Fiebre alta. Yo me quedé paralizada por dentro, porque el miedo me hace volver a ser esa niña sola de hace años. La tenía en brazos, con la frente ardiendo, y me salió una oración nada elegante: “Padre… no me la sueltes”. Y luego me dio vergüenza, porque pensé: “¿Padre? ¿yo diciendo Padre?”. Pero era verdad. Era lo que me salía. Esa noche entendí que la fe no siempre es paz; a veces es agarrarte a Alguien cuando tiembla todo.
Mi primer “Creo en Dios”: la
oración fea que me salvó
Años antes, una noche de ansiedad dije: “Si existes… no me sueltes”. Fue una rendición. Y pasó algo: dejé de hablarme sola con mi miedo. Empecé a hablarle a un Tú. El miedo no desapareció, pero perdió el trono.
La puerta que se abrió: entré por
casualidad a unas catequesis
Yo no era creyente. Ni enfadada con Dios: es que no existía en mi mapa. Un día entré por casualidad a unas catequesis del Camino Neocatecumenal. Me senté atrás, intentando ser invisible. Recuerdo sillas, murmullo de gente normal, un niño escapándose del banco… y yo con la defensa alta. Pero escuché algo que me desarmó: que Dios no es un juez con ganas de pillarte, sino el Dios que se mete en la historia para salvar. Y yo, que tantas veces me sentí tratada como basura, noté por dentro algo rarísimo: como si me dijeran sin decirlo “tú importas”. Eso me sonó a agua.
Padre: no me condena, me abraza
La palabra “Padre” me dolía. Me activaba abandono y rabia. Pero con Jesús la experiencia fue otra: no se mete en mi historia para condenarme ni para mirarme con desprecio. Su presencia es cálida, cercana. Te sientes amada y respaldada. Yo lo he vivido como un abrazo que me sostiene cuando se me doblan las rodillas por dentro. No un abrazo de “espabila”. Un abrazo de “estoy contigo”.
La comunidad real: Sostiene,
aprende, y a veces pide perdón
Esa presencia de Jesús la veo en mi comunidad del Camino Neocatecumenal, en la Iglesia Católica. En gestos concretos: alguien que me guarda a la niña para que yo estudie, alguien que me acompaña a una gestión, alguien que me llama cuando me nota rara. Y también te digo: una vez alguien soltó un comentario torpe sobre mi pasado. Me dolió muchísimo. Me fui con ganas de no volver. Y, al día siguiente, esa persona me buscó, me pidió perdón sin excusas y me dijo: “No supe cuidar tus heridas”. Ahí entendí algo: esta familia no es perfecta, pero es familia. Y una familia que aprende a pedir perdón te reconstruye por dentro.
Todopoderoso: el poder de Dios no
es aplastarme, es levantarme
Yo he cargado con vergüenza, y la vergüenza te
susurra “tú eres un error”. Descubrir que Dios es todopoderoso en el
amor y el perdón me cambió el guion: su poder no es para hundirme, es para
rehacerme.
Hay días en que el pasado vuelve como una ola. Y ahí no necesito discursos:
necesito que Alguien me sostenga. Y lo he vivido: Dios me sostiene, muchas
veces a través de la comunidad, como diciendo “no te suelto”.
Una recaída evitada: el móvil en
la mano y una llamada a tiempo
Una noche estaba a dos dedos de volver a una relación tóxica. Tenía el móvil en la mano, el cuerpo inquieto, la cabeza pidiendo anestesia. Y por primera vez hice algo distinto: llamé a una chica de la comunidad. “Estoy fatal, me estoy tentando”, le dije. Ella no me soltó un sermón. Me dijo: “Me pongo los zapatos. Bajo. Caminamos”. Y caminamos. Eso fue “Todopoderoso” para mí: salvación concreta.
Creador: la vida brotando donde
parecía que solo había barro
No
romantizo el dolor: lo que me hicieron fue una injusticia. Pero mi hija viva
conmigo es una señal de que el mal no tiene la última palabra. A veces la miro
dormir y me digo: “Dios mío… esto es vida”. Y siento que Dios no solo
creó el mundo: me está recreando a mí por dentro. Me está devolviendo capacidad
de amar, de cuidar, de construir.
Mi después: una vida que vuelve a
ser habitable
Sigo teniendo heridas. Sigo teniendo días de cansancio. Pero ya no estoy sola: tengo un “nosotros”, una Iglesia que se me ha vuelto casa. Estoy sacando adelante estudios que antes me parecían imposibles. Tengo amigos de verdad. Y cuando digo “Dios Padre Todopoderoso, Creador”, no lo digo como teoría: lo digo como alguien a quien le han levantado la vida.
Antonio, 60 (Cursillos de Cristiandad)
Quién soy: fe de costumbre y
soledad anestesiada
Me llamo Antonio, tengo 60 años, soy viudo y mis hijos ya están casados. Yo era de misa dominical, sí, pero mi fe era más costumbre que relación viva. Y mi manera de llevar la soledad era muy humana: bar en bar, beber, alternar, hablar de todo menos de lo que dolía. No era maldad; era anestesia. La pena no se iba… me iba yo.
Mi cuerpo se apaga: tercer piso
sin ascensor
Sufro una enfermedad degenerativa que me impide moverme con normalidad. Y vivo en un tercer piso sin ascensor. Esto no es un detalle: es mi vida diaria. Hay mañanas en las que me siento en la cama y lo primero que pienso es: “¿Cómo voy a bajar hoy?”. Bajar escaleras cuando el cuerpo no responde es paciencia y humillación silenciosa: pasamanos agarrado como salvavidas, peldaños contados, descansos disimulados en el rellano. Y ahí aparece una tentación muy concreta: la amargura.
El pasillo del hospital: cuando
recé sin maquillaje
Cuando uno de mis hijos enfermó, se me cayó el teatro. Recuerdo el olor a desinfectante, una máquina pitando, la pared fría en la espalda. Y me salió: “Señor… aquí no puedo yo solo”. Ahí empezó mi fe de verdad: no la fe de cumplir, sino la fe de apoyarme. Como si Dios me dijera: “Camina. Yo voy contigo”.
La lucha del ascensor:
Conflicto humano, bilis y
tentación de venganza
Estoy luchando por conseguir el ascensor. Lo duro
no es solo el papeleo o el dinero. Lo duro es el conflicto humano. Mis vecinos
de enfrente, Celsa y Juan José —que antes venían a mi casa a hablar durante
horas— ahora se han puesto en contra con una dureza que duele.
Y aquí quiero ser justo: no sé qué miedos llevan ellos dentro. Quizá miedo al
gasto, quizá orgullo, quizá viejas heridas… no lo sé. Lo que sí sé es cómo
sale: ataques, frases afiladas, desprecio. Y yo he sentido la tentación de
devolver lo mismo: humillar, aplastar, ganar hiriendo.
Una reunión concreta: manos
temblando y una decisión interior
En una reunión de vecinos, Celsa soltó una frase
venenosa, Juan José remató con otra peor. Decían delante de todos los vecinos cosas
como ‘¡bien andas cuando te vas a emborráchate al bar!’. Yo tenía la
réplica perfecta preparada, de esas que dejan al otro en ridículo. Sentí el
calor subirme a la cara. Y pensé: “Si digo esto, gano la discusión… y pierdo
el corazón”. Respiré y dije algo más simple, más firme y menos venenoso: “Necesito
el ascensor para vivir con dignidad. No pido un capricho. Pido justicia”. Salí
temblando. Pero salí en paz. A veces la paz cuesta.
El rellano: cuando vi mi propio
abismo
Esa noche, subiendo escaleras, en el segundo tramo
tuve que parar. Me apoyé en el muro del rellano. No era solo cansancio físico:
era peso interior. Me vino a la cabeza una frase fea. De esas que, si salen por
la boca, incendian todo. Y pensé: “Si dejo que el veneno me gobierne, ya han
ganado. No el ascensor: mi corazón”. Y dije bajito: “Padre… no me dejes
convertirme en esto”.
Un paso hacia la salida:
Ayuda concreta y un ‘nosotros’
que se mueve
Aquí Cursillos de Cristiandad ha sido clave. En
los Cursillos de Cristiandad me encontré hermanos. No gente perfecta: gente que
está.
Un día, uno del grupo se impacientó y me soltó: “Antonio, tienes que ser más
duro”. Me dolió. Se lo dije. Lo hablamos. Me pidió perdón. Y ahí vi que la
fe no es “ser buenos”: es aprender a amar. Y también he visto ayuda
concreta: gente que sube a verme, que me trae medicinas, que me acompaña a
gestiones, que me ayuda a buscar asesoramiento para encauzar el tema del
ascensor sin convertirlo en una guerra. Eso es el Evangelio en zapatillas.
Recaída y vergüenza: el día que
volví al bar
Te confieso algo: he recaído. Un día me fui al bar como antes. Pedí lo de siempre y, en vez de alivio, sentí vergüenza. Me vi por dentro escapándome de mí mismo. Salí, me quedé en la puerta sin saber a dónde ir, y llamé a un hermano del grupo. Me dijo: “Ven. No te regaño. Te espero”. Esa frase me salvó más que el café.
Padre: pedir ayuda sin sentir que
valgo menos
Decir “Padre” ha sido aprender a apoyarme. Yo era de “yo puedo”, pero era miedo con chaqueta. Y ahora, con un cuerpo que no responde, la autosuficiencia se cae sola. Padre para mí es esto: poder llorar sin vergüenza, pedir ayuda sin humillación, saber que no soy una carga: soy un hijo.
Todopoderoso: su poder no es
dominar, es sostener y perdonar
Yo antes llamaba “poder” a imponerte. Ahora descubro que el poder de Dios se parece más a la cruz: aguantar sin endurecerte, sufrir sin odiar, perdonar sin justificar el daño. A veces rezo lo que me cuesta muchísimo: “Padre, perdónales”. Y otras veces digo: “Señor, guarda mi boca”. Porque sé que una palabra mía desde la rabia puede incendiarlo todo.
Perdonar con límites: no odiar,
pero tampoco tragarlo todo
He aprendido que se puede perdonar y poner límites. Se puede buscar justicia sin venganza. Se puede decir “hasta aquí” sin deshumanizar al otro. Eso me cuesta, pero me está haciendo libre. Y me está haciendo más hijo.
Creador: café, vapor y gratitud
en un tercer piso
Una mañana hice café y me quedé mirando el vapor subir. Y me salió un “gracias” sincero. Gracias porque respiro. Gracias porque amanece. Gracias por mis hijos. Gracias por un día más. He descubierto que el mundo no es un caos sin dueño. Es creación sostenida. Incluso en un tercer piso sin ascensor, incluso con el cuerpo fallando: sigo siendo criatura querida. Mi enfermedad no tiene la última palabra sobre mi dignidad.
Mi después: luchar por lo justo
sin perder el alma
Sigo luchando por el ascensor, porque es justo.
Pero intento luchar sin que el veneno me gobierne. Y he descubierto que Dios
Padre Todopoderoso no solo “me ayuda a ganar cosas”: me ayuda a no
romperme por dentro. Para mí, ese es el milagro grande.
Samanta, 25
(vida parroquial, pro vida y religiosas
en el barrio)
Quién soy: fe de
siempre y una presión muy fina por dentro
Me llamo Samanta, tengo 25 años. Vengo de familia
cristiana y estoy vinculada a la vida parroquial desde siempre. Soy la pequeña
de ocho, con siete hermanos mayores; eso te da amor… y también te deja ese “espabila”
grabado en la piel. Estoy estudiando un Máster en telecomunicaciones.
Mi lucha no era “si Dios existe”. Mi lucha era la presión: comparación,
miedo a quedarme atrás, el látigo interior que te dice “si no rindes, no
vales”.
Un suspenso real: cuando se me
cayó el mito del control
Un día suspendí. Suspendí de verdad. Salí del
examen con la garganta cerrada, me metí en el coche, cerré la puerta y lloré.
Llanto de rabia y miedo.
Y pensé: “Samanta, estás adorando una nota”. Mi ídolo era elegante:
rendimiento, control, validación. Por fuera no se nota; por dentro te
esclaviza.
Noviazgo y futuro: la discusión
que me dejó al descubierto
Esa misma semana discutí con mi novio. No una
discusión épica; una de esas que empiezan con “tú nunca tienes tiempo” y
acaban tocando la herida de verdad: “¿y si no llego?”, “¿y si no soy
suficiente?”, “¿y si el futuro se me rompe?”. Me fui a casa con el
corazón hecho un nudo. Y me di cuenta de algo: yo estaba pidiendo a una
relación lo que solo Dios puede dar como base: seguridad total, control total,
garantía total. Y eso, además de imposible, es injusto para el otro.
Sequedad: el día que quise rezar
y solo me salían reproches
Esa tarde intenté rezar… y no me salía. Me salían listas, reproches, un “no valgo”. Sequedad total. Y esa sequedad también es parte del camino: hay días en que la fe se vive sin sensación, solo con decisión. Decir “Creo” cuando no sientes nada es un acto de amor muy grande.
Parroquia real: familia con roces
y con perdón
En la parroquia no soy “la del máster”. Soy Samanta. Punto. Hay una estabilidad que me sostiene cuando estoy en bucle: gente que te mira a los ojos y te pregunta “¿cómo estás de verdad?”. Y sí, también hay roces: una vez nos enredamos por una tontería de sillas, horarios, quién hace qué. Yo me fui pensando “qué pereza”. Y luego volví, hablé, pedí perdón. Ahí entendí que la comunidad no es un club perfecto: es una familia que educa el corazón.
Creo en Dios: ‘Tú eres Dios… no
mi rendimiento’
Aceptar la fe, en mi caso, fue reordenar el centro. Decir “Creo en Dios” se volvió una frase práctica: “Señor, Tú eres Dios. No mi rendimiento”. Eso baja el ruido mental. Y cuando se me olvida, vuelvo. Como quien vuelve a casa.
Padre: amada antes de ser
brillante
Ser hija por gracia me devolvió el aire. Me quita
el veneno de la comparación. Me permite ser “vasija de barro” sin
vivirlo como fracaso.
Cuando me caigo, no se acaba mi historia. Eso es Todopoderoso: poder para
levantarme, no para aplastarme.
Pro vida con complejidad: el día
que aprendí a callar a tiempo
En
la vida parroquial empecé a colaborar con asociaciones pro vida. Y ahí la fe
dejó de ser debate: se volvió acompañamiento. Recuerdo una tarde concreta. Una
chica lloraba, decía que no podía, que estaba sola, que todo el mundo le decía
“solución rápida”. Yo, por dentro, quería soltarle un discurso perfecto.
Y una compañera me tocó el brazo y me susurró: “Hoy no venimos a mandar.
Venimos a estar”. Me mordí la lengua. Escuché. Y esa escucha fue más
cristiana que cien argumentos. Ahí entendí que la misericordia no controla:
acompaña. Y que acompañar, a veces, es sostener el silencio sin huir.
Religiosas del barrio:
Una espiritualidad con manos y
cansancio santo
En mi barrio hay una comunidad de religiosas de vida activa. Las ves cargar bolsas, acompañar personas, estar disponibles. Un día le dije a una hermana: “¿Usted no se cansa?”. Me miró y soltó, sonriendo: “Claro que me canso… pero no camino sola”. Se me quedó grabado. Porque es verdad. Y porque lo dijo sin teatro.
Creador: el mundo volvió a ser
don, no amenaza
Una tarde, después de acompañar a una chica, me senté en un banco y me dio el sol. Respiré hondo y pensé: “Esto es bueno”. No todo es carrera. No todo es amenaza. El mundo es don. Mi inteligencia es don. Mi futuro es don. Un don se cuida y se trabaja… pero no se adora. Y eso me está cambiando la forma de estudiar, de amar y de decidir.
Mi después: menos látigo, más
libertad;
menos soledad interior, más
‘nosotros’
Sigo teniendo lucha. Sigo comparándome a veces. Sigo queriendo controlarlo todo algunos días. Pero ahora tengo un “nosotros”: parroquia, amigos, pro vida, religiosas en el barrio. Y esa red me ayuda a vivir la fe de verdad. Me siento más libre, más centrada. Y mi futuro ya no lo decide el miedo.
A modo de cierre
Tres vidas, un mismo Padre: el Credo
como hogar
En los tres, el cambio no fue “me hice fuerte”. Fue “me dejé sostener”. Descubrieron a Dios como Padre (identidad y abrazo), Todopoderoso (perdón y levantarse), Creador (don y pertenencia), y Recreador (nueva vida y futuro). Y lo decisivo: esa experiencia se volvió tangible en comunidad, en la Iglesia.
Una imagen para quedártela




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