lunes, 23 de febrero de 2026

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor - Cuando no puedes más, esta frase no es un eslogan: es un cimiento.

 

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor

Cuando no puedes más, esta frase no es un eslogan:

es un cimiento

Hay días en los que tú dices “estoy bien” y tu cuerpo te desmiente: nudo en el estómago, mandíbula apretada, cansancio que no se quita ni durmiendo. Sales, cumples, sonríes… y por dentro vas en reserva.

En esos días se nota si la fe es una frase bonita o si es suelo. El Credo no está para quedar bien. Está para sostener cuando todo tiembla.

Y casi siempre se aprende en comunidad: en una parroquia normal, con gente normal. Con meteduras de pata, sí. Pero también con algo que salva: te hacen sitio, te buscan si faltas, te dicen la verdad sin aplastarte y te enseñan a volver.

La frase es corta y enorme: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor”.

Creo en Jesucristo

Jesús no es un concepto. Es alguien real: vivió, trabajó, se cansó, lloró, tocó heridas… lo crucificaron, resucitó y hoy está vivo. Y la fe cristiana se atreve a decir lo fuerte: ese Jesús es el Cristo (Χριστός, Christós), el esperado, el enviado a salvar.

¿Y cómo salva? No por atajos. No por aplausos. No por la vía rápida. Rechaza el pan fácil que anestesia, el show que busca aprobación y el poder que quiere controlarlo todo. Su camino pasa por la cruz… y llega a la vida nueva.

Y aquí viene lo que descoloca: en la cruz, cuando le gritan “sálvate”, no baja. Ahí se ve qué clase de Mesías es: salva quedándose, entregándose. No responde con espectáculo. Responde con amor. Y por eso la cruz no es la última palabra: la última palabra es la vida, porque resucitó y está vivo.

No hay un Jesús “real” y otro inventado. Es el mismo: el que caminó por caminos polvorientos, el que lloró, el que fue clavado en una cruz, el que resucitó. Lo que dice y lo que vive encaja. No trae una salvación “de palabra”: se da Él.

Y mirándolo, uno descubre algo muy humano: Jesús no solo nos muestra quién es Dios; también nos muestra quién puede llegar a ser el ser humano cuando deja de vivir encerrado en sí mismo. La vida se encoge cuando gira solo alrededor del “yo”. La vida se ensancha cuando aprendes a vivir para los demás… sin reventarte, con límites, con verdad.

Piénsalo un momento, sin culpa: ¿qué atajo estás buscando ahora? ¿Qué te manda más: el aplauso, el control o la anestesia?

Su único Hijo

Decir “su único Hijo” no es ponerle una medalla a Jesús. Es decir: por Él conocemos al Padre. No un “Dios genérico”, frío y lejano, sino un Padre que se implica, que se acerca, que no mira desde fuera.

El centro no es “Dios me vigila”. El centro es: Dios me salva. Por el Hijo hay perdón, reconciliación… y algo todavía mayor: no solo perdona, también te recibe como hijo. Se rompe el modo “empleado”: “si rindo valgo, si fallo sobro”. Aquí el orden cambia: primero eres hijo; luego aprendes a vivir como hijo.

Un día alguien te explica que Jesús llamaba a Dios con una palabra muy cercana: Ἀββᾶ (Abba). No hace falta repetirla como si fuera una fórmula. Lo importante es el gesto: atreverte a decir “Padre” sin actuar, incluso cuando estás cansado, roto o sin ganas.

Y esto no es un detalle para gente muy religiosa. Esto toca una herida muy actual: la orfandad por dentro. Puedes estar rodeado de gente, tener mil mensajes, mil planes… y sentirte solo. Confesar al Hijo es empezar a salir de ahí: no vivir como huérfano, sino como alguien recibido.

Pregúntate esto con calma: ¿dónde te sientes huérfano por dentro? ¿Qué haces cuando te pasa eso?

Nuestro Señor

Decir “nuestro Señor” no significa “manda más que nadie”. Significa que Jesús es Señor de otra manera: no aplasta, no humilla, no se impone por fuerza. Su “poder” es amor fuerte, amor que se entrega.

Y este Señor no se quedó en el pasado. No es solo un recuerdo bonito ni una figura histórica importante. Está vivo y está presente por su Espíritu en la Iglesia, sobre todo cuando escuchamos la Palabra y celebramos la Eucaristía. Esa presencia no crea espectadores: crea personas que aman, sirven, caen, se levantan y vuelven.

Confesar a Cristo como Señor fue una frontera real desde el principio: no aceptar otros dueños. Hoy los “señores” cambian de nombre: el qué dirán, el rendimiento, el móvil, la ansiedad, el dinero, el placer, el control. Prometen vida… y luego te cobran con cansancio, vacío o insomnio.

Por eso decir “nuestro Señor” no te quita libertad; te la devuelve. Porque si Cristo es Señor, entonces no tienen por qué mandar en ti tus miedos, tus impulsos o tus esclavitudes.

Piénsalo un momento: ¿quién manda cuando nadie te mira? ¿Qué “señor” te está pasando factura?

 

Testimonios

AMANDA

Me llamo Amanda, tengo 60 años. Cuido a mi padre con Alzheimer. Lo de cuidar tiene una parte tierna (cuando se ríe por una tontería) y otra que no sale en las fotos: el pañal, el pastillero, el “¿tú quién eres?”, el “no me quiero duchar”, el “me quiero ir a mi casa” aunque esté en su casa. Y hay una tercera parte que tampoco sale: los papeles. A estas alturas, el centro de salud y yo ya somos casi familia.

Mi pensamiento de fondo, el que me manda sin pedir permiso, es este: “si yo no lo hago, se cae todo”. Suena a fortaleza, pero muchas veces es miedo disfrazado. Y te deja tiesa por dentro.

Además, vivo con otro peso: estoy separada. Mi marido me maltrataba. No doy detalles. Solo digo que desde entonces mi cuerpo va por la vida en alerta. Un ruido por la noche y se me acelera la respiración. Así que, entre el cuidado, el dinero justo y el miedo, yo me fui haciendo especialista en controlarlo todo. Ese era mi “señor”: el control. Te promete seguridad, y al final te deja encerrada y sola.

         Un martes, once y media, cola en la farmacia. Me toca y la farmacéutica, con voz neutra:

—Este no entra por receta… son 27 euros.

Yo pongo cara de “todo bien” (la cara oficial del “me estoy hundiendo, pero no quiero que se note”). Vibra el móvil: centro de salud. Me aparto.

—Señora Amanda, su padre está alterado, no se orienta. ¿Puede venir?

Miro el monedero abierto y pienso: “no llego a todo”. Y me sale lo de siempre: lista mental, plan, no pedir ayuda, no molestar. El control, otra vez. Muy mandón. Muy poco salvador.

Ese mismo día, en casa, mi padre se empeñó en salir con el pijama. Le grité. Luego me dio una culpa horrible y me puse a fregar la cocina como si el Fairy limpiara la culpa. Spoiler: no. Lo que tocaba era otra cosa: pedir perdón, respirar, volver a empezar.

Volví a la parroquia un domingo porque necesitaba sentarme sin explicar mi vida. Me senté atrás. Al empezar dijeron: “Señor, ten piedad”. Y pensé: “vale, esto sí lo puedo decir sin fingir”.

Aquel día el cura habló de Jesús como Mesías sin atajos. No vino a comprar aplausos, ni a hacer espectáculo, ni a controlarlo todo. Dijo que en la cruz lo provocan y Él no baja; salva quedándose. Y eso me atravesó. Porque yo llevaba meses pidiéndole a Dios “quítamelo”, “arréglamelo ya”, “haz algo”. Y empecé a pedir otra cosa: no me dejes sola en esto.

Luego citó esa frase dura de San Pablo sobre ser “la basura del mundo”, y la explicó bien: esto no es aguantar violencia ni tragar abusos. Eso no. Es amar sin postureo, gastarse en lo pequeño, con límites. Y remató con lo del Cordero y lo de ir “como corderos en medio de lobos”. A mí me cayó así: no era dejarme pisar; era no convertirme yo en lobo por puro instinto. No responder con odio. No dejar que el miedo me vuelva mala.

Y aquí, para mí, la fe se volvió verdad de la vida, no frase: yo no me quedé en “ser buena” o “tener paciencia”. Hice cosas concretas para protegerme. Pedí orientación jurídica, cambié cerradura, ajusté rutinas, avisé a dos personas de confianza y al centro de salud para que no dieran información. Buscar protección y poner límites también forma parte de vivir en la verdad.

La parroquia no fue de postal. Una señora me soltó una frase torpe sobre mi separación. Me fui diciendo “no vuelvo”. Dos días después una mujer de la parroquia me llamó:

—Te vi mala cara. ¿Cómo estás?

Y el domingo siguiente la señora me paró:

—Perdona. Me he pasado.

No fue perfecto. Fue humano. Y a mí eso me sostuvo. También Cáritas. Me dio vergüenza pedir ayuda, sí. Pero me ayudaron con un bono de gas y con papeles. Un chico me escribió “¿cómo va tu padre?” y una señora me trajo caldo. Cosas pequeñas. Cuando estás al límite, lo pequeño te sostiene la casa por dentro.

Sigo teniendo miedo. No hay final redondo. Hay noches en que pierdo la paciencia y luego pido perdón. A veces lo único que me sale es “Padre…”. Pero algo ha cambiado: ya no quiero pertenecer al miedo ni al control. Cuando se me cierra el pecho, digo bajito: “Señor Jesús…”. Y vuelvo a la Eucaristía cuando puedo, porque allí me recuerdan una verdad que yo sola no saco: Cristo no me quita de golpe la carga, pero ya no me deja sola debajo de ella.

Por eso, cuando digo nuestro Señor, para mí significa esto: ya no manda en mí solo el miedo.

Si has cuidado a alguien y te has sentido mala persona por perder la paciencia, ya sabes de qué hablo.

 

LUCÍA

Soy Lucía, 25 años. Opositora. Mi vida va por bloques de estudio y café. Tengo un grupo de WhatsApp de opositores que a veces anima… y a veces te deja la autoestima como un folio arrugado. Y mi madre, con amor, tiene una pregunta que aparece más que los anuncios:
—¿Qué tal vas?

Yo:
—Bien.
Mentira piadosa número 1.

Mi pensamiento de fondo era este: si no lo hago perfecto, no valgo. Parece motivación, pero es una trituradora. Con ese bucle no estudias: te juzgas.

El simulacro es un examen de mentira que te dice la verdad. Cronómetro delante. Silencio. Nervios. Ese día te ves sin maquillaje. Empiezo. A los cinco minutos ya tengo la mano sudada. Me atasco en una pregunta y el móvil vibra en la mochila. “No lo mires”, me digo. Vibra otra vez. El corazón a mil. Miro el cronómetro: 12:47. Miro el folio y las letras parecen bailar.

Me voy al baño. Miro el móvil: una notificación absurda. Me da rabia y me da rabia de mí. Me apoyo en la pared y me sale: “Dios… si estás…”. No fue una oración bonita. Fue rendirme.

Y me vino una frase que había oído en misa: Señor, ten piedad. Esa sí me salía. Volví al aula. No lo hice perfecto. Lo terminé. Aquel día terminar fue victoria. Pequeña, sí. Pero real.

Yo me acerqué a la fe por un funeral. Una amiga cristiana y de mi edad murió. En el hospital la vi con dolor… y con una paz que no era pose. En el funeral escuché una frase sobre creer y tener vida, y pensé: “yo tengo agenda, horarios, simulacros… pero vida, no sé si tengo”.

Fui a misa alguna vez y al principio me pareció raro. Me senté atrás, como quien no quiere molestar. Al empezar, otra vez: “Señor, ten piedad”. Y pensé: “esto sí. Esto me sirve”. No entendía todo, pero ahí ya me estaba pasando algo: podía estar delante de Dios sin aparentar que estaba fuerte.

En un grupo alguien me soltó una pregunta invasiva:

—¿Y tú por qué no vienes más?

Yo por dentro pensé: “porque estoy sobreviviendo, gracias”. Me enfadé y estuve a punto de no volver. A la semana esa misma persona me buscó y me dijo:
—Perdona. Me salió fatal. No quería juzgarte.

Ese perdón me hizo quedarme más que una charla buenísima. Porque ahí vi comunidad real: gente que mete la pata y gente que se corrige. No una comunidad perfecta, sino una comunidad que aprende.

Y ahí empecé a entender despacio lo que decía cuando pronunciaba “Creo en Jesucristo”. Que Cristo no salva por atajos, ni por show, ni por control. Que no es el mesías del rendimiento. Que se queda. Y yo vi clarísimo quién era mi “señor”: el rendimiento. El “no falles”. El “demuestra”. El “si no sacas esto, no eres nadie”. Ese señor te exprime y encima te vende que te está ayudando.

Luego vino lo del Hijo, y a mí me tocó por lo más mundano. Yo vivía en modo “empleada”: si rindo, valgo; si fallo, sobro. Y de pronto empecé a escuchar otra cosa: Dios no solo corrige, no solo perdona; recibe. No “empleada”, hija. Empecé a decir “Padre” a secas. Sin poesía. Y eso, que parece una tontería, fue como dejar de apretar la mandíbula por primera vez en meses.

No estoy arreglada. Hay semanas que me comparo y me vuelvo más dura. Hay días que me como las redes y termino peor. Hay tardes en que me digo “ponte las pilas” y me bloqueo más. Pero ahora detecto antes quién quiere mandar. Y cuando lo veo, hago algo pequeño: cierro el portátil cinco minutos, respiro, digo “Señor, ten piedad” … y vuelvo. No siempre bien. Pero vuelvo.

La comunidad me sostiene con cosas sencillas, no había comentado que estoy en la Sexta Comunidad del Camino Neocatecumenal de mi parroquia, llevo poco tiempo, no llega a dos años: una chica me guarda sitio, alguien me escribe “¿vienes hoy?”, otro me pregunta “¿cómo vas?”. Y mi madre, que al principio no entendía nada, un día me dijo:
—Te veo distinta… menos tensa. 

Yo le contesté:

—No cantes victoria.

Porque esto va por días. Pero ya no voy tan sola.

Si tuviera que decir en una frase qué me está pasando, diría esto: cuando dejé de vivir solo como empleada, empecé a respirar un poco como hija.

Por eso, cuando digo su único Hijo, ya no lo oigo como teoría: lo oigo como una puerta abierta para no vivir huérfana por dentro.

Si tu valor ha dependido alguna vez de un resultado, ya sabes de qué hablo.

 

ANDRÉS

Soy Andrés. Hubo una época en la que yo me escondía de mí mismo. Tuve una etapa therian; llegué a pensar y a actuar como un gato. Viéndolo ahora, era mi manera torpe de decir: “no quiero estar en mi piel”. Otros se esconden en el móvil, en el trabajo, en el humor, en el ruido. Yo me escondía así. Era lo mismo: huir.

Mi pensamiento de fondo era este: si enseño lo que llevo dentro, me rechazan; mejor me escondo. Y lo peor es que eso parece prudencia, pero muchas veces es miedo con corbata.

Una noche me miré al espejo y pensé: “no quiero ser yo”. Y recordé algo que había oído en misa: que en Jesús se ve quién es Dios y quién puede ser el hombre. Yo estaba hecho un puzzle sin tapa. Por dentro me sentía partido, desordenado. Y pensé: “si Él es uno, quizá yo también puedo dejar de vivir dividido”.

El primer paso no fue sentirme mejor. Fue pedir ayuda. Y me costó una barbaridad. Me daba vergüenza. Hablé con un sacerdote y con dos amigos. No me trataron como bicho raro. Me escucharon. Y uno me dijo algo que me fastidió y me salvó:

—No te dejes mandar por el alivio rápido.

Mi señor era ese: pantalla, escape, huida. Promete descanso y luego te cobra con esclavitud.

Empecé a ir a misa sin saber muy bien qué hacía allí y empecé a tener contacto con el grupo de jóvenes de la parroquia y empecé a tener algún amigo. Me senté atrás. Al empezar oí “Señor, ten piedad” y pensé: “vale, yo esto lo necesito”. Me quedé en silencio. Sin sensación mística. Sin discurso. Solo sin fingir. Y para mí eso ya era muchísimo.

La escena más real fue un banco después de misa. Yo callado. Mi amigo me suelta:

—Eso serán tonterías de internet. Si te ocupas se te pasa.
Me dio un golpe en el estómago. Me levanté.

Y ahí pasó algo que a mí me sostuvo mucho: se corrigió al momento.
—Perdona. La he cagado. No quiero minimizarte. Quiero acompañarte.
Y añadió:

—Dime qué necesitas hoy, aunque sea que me siente aquí.

Volví a sentarme. Por primera vez en mucho tiempo no tuve que fingir.

Y hubo otro roce, más pequeño pero importante. En el grupo alguien hizo una “broma” que me dejó mal cuerpo todo el día. No monté escena, me fui antes. Por la noche me llegó un mensaje:

—Lo que dije estuvo fuera de sitio. Perdón.

Al domingo siguiente me lo repitió a la cara, sin excusas. Eso me sostuvo muchísimo: no gente perfecta, sino gente que aprende. Una Iglesia donde hay torpeza, sí, pero también corrección y reparación.

Yo tenía un plan genial para sobrevivir: “si no hablo, no la lío”. Al final descubrí que callarme también la lía. Así que empecé con lo mínimo: “Señor Jesús…”. Y empecé a escuchar de otra manera frases que antes me sonaban a ruido: “Señor, ten piedad”, “Ven, Señor”.

Un día explicaron que decir Jesús es el Señor era una frontera desde el principio: no aceptar otros dueños. Y ahí me aterrizó todo. Yo tenía dueños por dentro: vergüenza, miedo, impulso, esconderme. Nombrarlos fue importante. Porque cuando no los nombras, mandan más.

No te vendo un final perfecto. Hay días en que doy un paso y al siguiente me vuelvo a cerrar. Hay recaídas. Hay ganas de desaparecer otra vez. Pero sí te digo lo que ha cambiado: empecé a aceptar que soy hombre. No como bandera, sino como reconciliación. Lo noté en cosas simples: dormir mejor, respirar menos acelerado, mirar la mañana sin ganas de desaparecer.

Y empecé a hacer algo que antes no podía: estar para otros. Ayudar a recoger, hacer sitio, escuchar, acompañar. Cosas pequeñas. Pero ahí descubrí una verdad que no es teoría: cuando vives solo para ti, te encoges; cuando empiezas a vivir para los demás, la vida se ensancha. Y aparece sentido.

Si tuviera que resumirlo, diría esto: nombrar a Jesús como Señor me está enseñando a dejar de obedecer mis fugas.

Por eso, cuando digo Creo en Jesucristo… nuestro Señor, no estoy diciendo una frase religiosa. Estoy diciendo de quién quiero aprender a vivir de verdad.

Si alguna vez te has sentido raro y has pensado “mejor no molesto”, ya sabes de qué hablo.

 A modo de conclusión

Tres vidas distintas y un gesto común: sentarse atrás, escuchar “Señor, ten piedad”, respirar… y volver. Eso es lo que hace esta frase cuando es verdad: Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor. 

No hay comentarios: