Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor
Cuando
no puedes más, esta frase no es un eslogan:
es
un cimiento
Hay días en los
que tú dices “estoy bien” y tu cuerpo te desmiente: nudo en el estómago,
mandíbula apretada, cansancio que no se quita ni durmiendo. Sales, cumples,
sonríes… y por dentro vas en reserva.
En esos días se
nota si la fe es una frase bonita o si es suelo. El Credo no está para quedar
bien. Está para sostener cuando todo tiembla.
Y casi siempre se
aprende en comunidad: en una parroquia normal, con gente normal. Con meteduras
de pata, sí. Pero también con algo que salva: te hacen sitio, te buscan si
faltas, te dicen la verdad sin aplastarte y te enseñan a volver.
La frase es corta
y enorme: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor”.
Creo
en Jesucristo
Jesús no es un
concepto. Es alguien real: vivió, trabajó, se cansó, lloró, tocó heridas… lo
crucificaron, resucitó y hoy está vivo. Y la fe cristiana se atreve a decir
lo fuerte: ese Jesús es el Cristo (Χριστός, Christós), el
esperado, el enviado a salvar.
¿Y cómo salva? No
por atajos. No por aplausos. No por la vía rápida. Rechaza el pan fácil que
anestesia, el show que busca aprobación y el poder que quiere controlarlo todo.
Su camino pasa por la cruz… y llega a la vida nueva.
Y aquí viene lo
que descoloca: en la cruz, cuando le gritan “sálvate”, no baja. Ahí se
ve qué clase de Mesías es: salva quedándose, entregándose. No responde con
espectáculo. Responde con amor. Y por eso la cruz no es la última palabra: la
última palabra es la vida, porque resucitó y está vivo.
No hay un Jesús “real” y otro inventado.
Es el mismo: el que caminó por caminos polvorientos, el que lloró, el que fue
clavado en una cruz, el que resucitó. Lo que dice y lo que vive encaja. No trae
una salvación “de palabra”: se da Él.
Y mirándolo, uno
descubre algo muy humano: Jesús no solo nos muestra quién es Dios; también nos
muestra quién puede llegar a ser el ser humano cuando deja de vivir encerrado
en sí mismo. La vida se encoge cuando gira solo alrededor del “yo”. La vida se
ensancha cuando aprendes a vivir para los demás… sin reventarte, con
límites, con verdad.
Piénsalo un
momento, sin culpa: ¿qué atajo estás buscando ahora? ¿Qué te manda más: el
aplauso, el control o la anestesia?
Su
único Hijo
Decir “su único
Hijo” no es ponerle una medalla a Jesús. Es decir: por Él conocemos al
Padre. No un “Dios genérico”, frío y lejano, sino un Padre que se implica,
que se acerca, que no mira desde fuera.
El centro no es “Dios
me vigila”. El centro es: Dios me salva. Por el Hijo hay perdón,
reconciliación… y algo todavía mayor: no solo perdona, también te recibe
como hijo. Se rompe el modo “empleado”: “si rindo valgo, si fallo sobro”.
Aquí el orden cambia: primero eres hijo; luego aprendes a vivir como hijo.
Un día alguien te
explica que Jesús llamaba a Dios con una palabra muy cercana: Ἀββᾶ (Abba).
No hace falta repetirla como si fuera una fórmula. Lo importante es el gesto:
atreverte a decir “Padre” sin actuar, incluso cuando estás cansado, roto
o sin ganas.
Y esto no es un
detalle para gente muy religiosa. Esto toca una herida muy actual: la orfandad
por dentro. Puedes estar rodeado de gente, tener mil mensajes, mil planes… y
sentirte solo. Confesar al Hijo es empezar a salir de ahí: no vivir como
huérfano, sino como alguien recibido.
Pregúntate esto
con calma: ¿dónde te sientes huérfano por dentro? ¿Qué haces cuando te pasa
eso?
Nuestro
Señor
Decir “nuestro
Señor” no significa “manda más que nadie”. Significa que Jesús es Señor de
otra manera: no aplasta, no humilla, no se impone por fuerza. Su “poder” es
amor fuerte, amor que se entrega.
Y este Señor no se
quedó en el pasado. No es solo un recuerdo bonito ni una figura histórica
importante. Está vivo y está presente por su Espíritu en la Iglesia,
sobre todo cuando escuchamos la Palabra y celebramos la Eucaristía. Esa
presencia no crea espectadores: crea personas que aman, sirven, caen, se
levantan y vuelven.
Confesar a Cristo
como Señor fue una frontera real desde el principio: no aceptar otros dueños.
Hoy los “señores” cambian de nombre: el qué dirán, el rendimiento, el móvil, la
ansiedad, el dinero, el placer, el control. Prometen vida… y luego te cobran con
cansancio, vacío o insomnio.
Por eso decir
“nuestro Señor” no te quita libertad; te la devuelve. Porque si Cristo es
Señor, entonces no tienen por qué mandar en ti tus miedos, tus impulsos o tus
esclavitudes.
Piénsalo un
momento: ¿quién manda cuando nadie te mira? ¿Qué “señor” te está pasando
factura?
Testimonios
AMANDA
Me llamo Amanda, tengo 60 años. Cuido a mi padre con Alzheimer. Lo de cuidar tiene una parte tierna (cuando se ríe por una tontería) y otra que no sale en las fotos: el pañal, el pastillero, el “¿tú quién eres?”, el “no me quiero duchar”, el “me quiero ir a mi casa” aunque esté en su casa. Y hay una tercera parte que tampoco sale: los papeles. A estas alturas, el centro de salud y yo ya somos casi familia.
Mi pensamiento de
fondo, el que me manda sin pedir permiso, es este: “si yo no lo hago, se cae
todo”. Suena a fortaleza, pero muchas veces es miedo disfrazado. Y te deja
tiesa por dentro.
Además, vivo con
otro peso: estoy separada. Mi marido me maltrataba. No doy detalles. Solo digo
que desde entonces mi cuerpo va por la vida en alerta. Un ruido por la noche y
se me acelera la respiración. Así que, entre el cuidado, el dinero justo y el miedo,
yo me fui haciendo especialista en controlarlo todo. Ese era mi “señor”: el
control. Te promete seguridad, y al final te deja encerrada y sola.
Un martes, once y media, cola en la
farmacia. Me toca y la farmacéutica, con voz neutra:
—Este no entra por receta… son 27 euros.
Yo pongo cara de “todo bien” (la
cara oficial del “me estoy hundiendo, pero no quiero que se note”). Vibra el
móvil: centro de salud. Me aparto.
—Señora Amanda, su padre está alterado, no
se orienta. ¿Puede venir?
Miro el monedero abierto y pienso: “no
llego a todo”. Y me sale lo de siempre: lista mental, plan, no pedir ayuda,
no molestar. El control, otra vez. Muy mandón. Muy poco salvador.
Ese mismo día, en
casa, mi padre se empeñó en salir con el pijama. Le grité. Luego me dio una
culpa horrible y me puse a fregar la cocina como si el Fairy limpiara la culpa.
Spoiler: no. Lo que tocaba era otra cosa: pedir perdón, respirar, volver a
empezar.
Volví a la
parroquia un domingo porque necesitaba sentarme sin explicar mi vida. Me senté
atrás. Al empezar dijeron: “Señor, ten piedad”. Y pensé: “vale, esto sí
lo puedo decir sin fingir”.
Aquel día el cura
habló de Jesús como Mesías sin atajos. No vino a comprar aplausos, ni a hacer
espectáculo, ni a controlarlo todo. Dijo que en la cruz lo provocan y Él no
baja; salva quedándose. Y eso me atravesó. Porque yo llevaba meses
pidiéndole a Dios “quítamelo”, “arréglamelo ya”, “haz algo”. Y empecé a pedir
otra cosa: “no me dejes sola en esto”.
Luego citó esa
frase dura de San Pablo sobre ser “la basura del mundo”, y la explicó bien: esto
no es aguantar violencia ni tragar abusos. Eso no. Es amar sin postureo,
gastarse en lo pequeño, con límites. Y remató con lo del Cordero y lo de ir
“como corderos en medio de lobos”. A mí me cayó así: no era dejarme pisar;
era no convertirme yo en lobo por puro instinto. No responder con odio. No
dejar que el miedo me vuelva mala.
Y aquí, para mí,
la fe se volvió verdad de la vida, no frase: yo no me quedé en “ser buena”
o “tener paciencia”. Hice cosas concretas para protegerme. Pedí
orientación jurídica, cambié cerradura, ajusté rutinas, avisé a dos personas de
confianza y al centro de salud para que no dieran información. Buscar
protección y poner límites también forma parte de vivir en la verdad.
La parroquia no fue de postal. Una señora
me soltó una frase torpe sobre mi separación. Me fui diciendo “no vuelvo”. Dos
días después una mujer de la parroquia me llamó:
—Te vi mala cara. ¿Cómo estás?
Y el domingo siguiente la señora me paró:
—Perdona. Me he pasado.
No fue perfecto.
Fue humano. Y a mí eso me sostuvo. También Cáritas. Me dio vergüenza pedir
ayuda, sí. Pero me ayudaron con un bono de gas y con papeles. Un chico me
escribió “¿cómo va tu padre?” y una señora me trajo caldo. Cosas
pequeñas. Cuando estás al límite, lo pequeño te sostiene la casa por dentro.
Sigo teniendo
miedo. No hay final redondo. Hay noches en que pierdo la paciencia y luego pido
perdón. A veces lo único que me sale es “Padre…”. Pero algo ha cambiado:
ya no quiero pertenecer al miedo ni al control. Cuando se me cierra el pecho,
digo bajito: “Señor Jesús…”. Y vuelvo a la Eucaristía cuando puedo,
porque allí me recuerdan una verdad que yo sola no saco: Cristo no me quita
de golpe la carga, pero ya no me deja sola debajo de ella.
Por eso, cuando
digo “nuestro Señor”, para mí significa esto: ya no manda en mí
solo el miedo.
Si has cuidado a
alguien y te has sentido mala persona por perder la paciencia, ya sabes de qué
hablo.
LUCÍA
Soy Lucía, 25 años. Opositora. Mi vida va
por bloques de estudio y café. Tengo un grupo de WhatsApp de opositores que a
veces anima… y a veces te deja la autoestima como un folio arrugado. Y mi
madre, con amor, tiene una pregunta que aparece más que los anuncios:
—¿Qué tal vas?
Yo:
—Bien.
Mentira piadosa número 1.
Mi pensamiento de fondo era este: “si
no lo hago perfecto, no valgo”. Parece motivación, pero es una
trituradora. Con ese bucle no estudias: te juzgas.
El simulacro es un examen de mentira que te dice la verdad. Cronómetro delante. Silencio. Nervios. Ese día te ves sin maquillaje. Empiezo. A los cinco minutos ya tengo la mano sudada. Me atasco en una pregunta y el móvil vibra en la mochila. “No lo mires”, me digo. Vibra otra vez. El corazón a mil. Miro el cronómetro: 12:47. Miro el folio y las letras parecen bailar.
Me voy al baño.
Miro el móvil: una notificación absurda. Me da rabia y me da rabia de mí. Me
apoyo en la pared y me sale: “Dios… si estás…”. No fue una oración
bonita. Fue rendirme.
Y me vino una
frase que había oído en misa: “Señor, ten piedad”. Esa sí me
salía. Volví al aula. No lo hice perfecto. Lo terminé. Aquel día terminar fue
victoria. Pequeña, sí. Pero real.
Yo me acerqué a la
fe por un funeral. Una amiga cristiana y de mi edad murió. En el hospital la vi
con dolor… y con una paz que no era pose. En el funeral escuché una frase sobre
creer y tener vida, y pensé: “yo tengo agenda, horarios, simulacros… pero
vida, no sé si tengo”.
Fui a misa alguna
vez y al principio me pareció raro. Me senté atrás, como quien no quiere
molestar. Al empezar, otra vez: “Señor, ten piedad”. Y pensé: “esto
sí. Esto me sirve”. No entendía todo, pero ahí ya me estaba pasando algo:
podía estar delante de Dios sin aparentar que estaba fuerte.
En un grupo alguien me soltó una pregunta
invasiva:
—¿Y tú por qué no vienes más?
Yo por dentro pensé: “porque estoy
sobreviviendo, gracias”. Me enfadé y estuve a punto de no volver. A la
semana esa misma persona me buscó y me dijo:
—Perdona. Me salió fatal. No quería juzgarte.
Ese perdón me hizo
quedarme más que una charla buenísima. Porque ahí vi comunidad real: gente que
mete la pata y gente que se corrige. No una comunidad perfecta, sino una
comunidad que aprende.
Y ahí empecé a
entender despacio lo que decía cuando pronunciaba “Creo en Jesucristo”. Que
Cristo no salva por atajos, ni por show, ni por control. Que no es el mesías
del rendimiento. Que se queda. Y yo vi clarísimo quién era mi “señor”:
el rendimiento. El “no falles”. El “demuestra”. El “si no sacas
esto, no eres nadie”. Ese señor te exprime y encima te vende que te está
ayudando.
Luego vino lo del
Hijo, y a mí me tocó por lo más mundano. Yo vivía en modo “empleada”: si
rindo, valgo; si fallo, sobro. Y de pronto empecé a escuchar otra cosa:
Dios no solo corrige, no solo perdona; recibe. No “empleada”,
hija. Empecé a decir “Padre” a secas. Sin poesía. Y eso, que parece una
tontería, fue como dejar de apretar la mandíbula por primera vez en meses.
No estoy
arreglada. Hay semanas que me comparo y me vuelvo más dura. Hay días que me
como las redes y termino peor. Hay tardes en que me digo “ponte las pilas”
y me bloqueo más. Pero ahora detecto antes quién quiere mandar. Y cuando lo
veo, hago algo pequeño: cierro el portátil cinco minutos, respiro, digo “Señor,
ten piedad” … y vuelvo. No siempre bien. Pero vuelvo.
La comunidad me
sostiene con cosas sencillas, no había comentado que estoy en la Sexta
Comunidad del Camino Neocatecumenal de mi parroquia, llevo poco tiempo, no
llega a dos años: una chica me guarda sitio, alguien me escribe “¿vienes
hoy?”, otro me pregunta “¿cómo vas?”. Y mi madre, que al principio
no entendía nada, un día me dijo:
—Te veo distinta… menos tensa.
Yo le contesté:
—No cantes victoria.
Porque esto va por días. Pero ya no voy
tan sola.
Si tuviera que
decir en una frase qué me está pasando, diría esto: cuando dejé de vivir
solo como empleada, empecé a respirar un poco como hija.
Por eso, cuando
digo “su único Hijo”, ya no lo oigo como teoría: lo oigo como una
puerta abierta para no vivir huérfana por dentro.
Si tu valor ha
dependido alguna vez de un resultado, ya sabes de qué hablo.
ANDRÉS
Soy Andrés. Hubo
una época en la que yo me escondía de mí mismo. Tuve una etapa therian;
llegué a pensar y a actuar como un gato. Viéndolo ahora, era mi manera torpe de
decir: “no quiero estar en mi piel”. Otros se esconden en el móvil,
en el trabajo, en el humor, en el ruido. Yo me escondía así. Era lo mismo:
huir.
Mi pensamiento de
fondo era este: “si enseño lo que llevo dentro, me rechazan; mejor me
escondo”. Y lo peor es que eso parece prudencia, pero muchas veces es
miedo con corbata.
Una noche me miré
al espejo y pensé: “no quiero ser yo”. Y recordé algo que había oído en
misa: que en Jesús se ve quién es Dios y quién puede ser el hombre. Yo estaba
hecho un puzzle sin tapa. Por dentro me sentía partido, desordenado. Y pensé: “si
Él es uno, quizá yo también puedo dejar de vivir dividido”.
El primer paso no
fue sentirme mejor. Fue pedir ayuda. Y me costó una barbaridad. Me daba
vergüenza. Hablé con un sacerdote y con dos amigos. No me trataron como bicho
raro. Me escucharon. Y uno me dijo algo que me fastidió y me salvó:
—No te dejes mandar por el alivio rápido.
Mi señor era ese:
pantalla, escape, huida. Promete descanso y luego te cobra con esclavitud.
Empecé a ir a misa
sin saber muy bien qué hacía allí y empecé a tener contacto con el grupo de
jóvenes de la parroquia y empecé a tener algún amigo. Me senté atrás. Al
empezar oí “Señor, ten piedad” y pensé: “vale, yo esto lo necesito”.
Me quedé en silencio. Sin sensación mística. Sin discurso. Solo sin fingir. Y
para mí eso ya era muchísimo.
La escena más real
fue un banco después de misa. Yo callado. Mi amigo me suelta:
—Eso serán tonterías de internet. Si te
ocupas se te pasa.
Me dio un golpe en el estómago. Me levanté.
Y ahí pasó algo que a mí me sostuvo mucho:
se corrigió al momento.
—Perdona. La he cagado. No quiero minimizarte. Quiero acompañarte.
Y añadió:
—Dime qué necesitas hoy, aunque sea que me
siente aquí.
Volví a sentarme. Por primera vez en mucho
tiempo no tuve que fingir.
Y hubo otro roce,
más pequeño pero importante. En el grupo alguien hizo una “broma” que me
dejó mal cuerpo todo el día. No monté escena, me fui antes. Por la noche me
llegó un mensaje:
—Lo que dije estuvo fuera de sitio.
Perdón.
Al domingo
siguiente me lo repitió a la cara, sin excusas. Eso me sostuvo muchísimo: no
gente perfecta, sino gente que aprende. Una Iglesia donde hay torpeza, sí, pero
también corrección y reparación.
Yo tenía un plan
genial para sobrevivir: “si no hablo, no la lío”. Al final descubrí que
callarme también la lía. Así que empecé con lo mínimo: “Señor Jesús…”. Y empecé
a escuchar de otra manera frases que antes me sonaban a ruido: “Señor, ten
piedad”, “Ven, Señor”.
Un día explicaron
que decir “Jesús es el Señor” era una frontera desde el
principio: no aceptar otros dueños. Y ahí me aterrizó todo. Yo tenía dueños por
dentro: vergüenza, miedo, impulso, esconderme. Nombrarlos fue importante.
Porque cuando no los nombras, mandan más.
No te vendo un
final perfecto. Hay días en que doy un paso y al siguiente me vuelvo a cerrar.
Hay recaídas. Hay ganas de desaparecer otra vez. Pero sí te digo lo que ha
cambiado: empecé a aceptar que soy hombre. No como bandera, sino como
reconciliación. Lo noté en cosas simples: dormir mejor, respirar menos
acelerado, mirar la mañana sin ganas de desaparecer.
Y empecé a hacer
algo que antes no podía: estar para otros. Ayudar a recoger, hacer sitio,
escuchar, acompañar. Cosas pequeñas. Pero ahí descubrí una verdad que no es
teoría: cuando vives solo para ti, te encoges; cuando empiezas a vivir para los
demás, la vida se ensancha. Y aparece sentido.
Si tuviera que
resumirlo, diría esto: nombrar a Jesús como Señor me está enseñando a dejar
de obedecer mis fugas.
Por eso, cuando digo “Creo en
Jesucristo… nuestro Señor”, no estoy diciendo una frase religiosa.
Estoy diciendo de quién quiero aprender a vivir de verdad.
Si alguna vez te
has sentido raro y has pensado “mejor no molesto”, ya sabes de qué hablo.
A modo de conclusión




No hay comentarios:
Publicar un comentario