sábado, 9 de septiembre de 2017

Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, ciclo a

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO a
            «Hijo de hombre, te he nombrado centinela de Israel». Así empieza la primera lectura de hoy tomada del profeta Ezequiel. Un centinela, que guarda la ciudad, que emplazado en su puesto de observación descubre quienes están por la inmediaciones, quien entra y sale. Los demás pueden descansar, relajarse, trabajar, hacer lo que hagan con normalidad, pero cuando escuchen la voz del centinela, todos deben de acudir para salvar la ciudad, y si alguien no lo hace está perdido. Ese centinela militar es el encargado de dar la alarma ante el peligro.
            El profeta Ezequiel se siente responsable de la suerte espiritual de su pueblo, y por eso se cree en la obligación de mantenerse vigilante frente a los peligros que sobre él se ciernen. El profeta Ezequiel ha anunciado primero la destrucción de Jerusalén en castigo de los pecados acumulados durante generaciones por la comunidad israelita. Ahora tiene que anunciar los nuevos peligros para la vida religiosa de todos aquellos que se exiliaron y formar la conciencia de éstos para restaurar la nación.
            En esta misma línea de ser centinela que vigila por dónde acecha el enemigo nos lo planteaba esta semana el apóstol San Pablo. El apóstol nos ofrecía criterios de discernimiento para nuestra vida cristiana diciéndonos que nuestras malas acciones van engendrando una mentalidad que nos aleja de Dios (cfr. Col 1, 21-23). Una persona podría pensar que un pecado muy grave jamás lo llegaría a cometer. Pero si uno van dando de paso a una, a otra y a otra acción… que no son adecuadas ni cristianas, poco a poco se va adentrando en una oscuridad en su conciencia, y al darse cuenta de que –por lo menos aparentemente- no acarrea consecuencias, puede llegar a realizar pecados o acciones perjudiciales de un nivel tan serio que antes, en un principio, eran impensables de realizar.
            El profeta, como centinela espiritual del pueblo, anuncia los peligros que nos acechan. Si no quieren oírle, no tendrá responsabilidad alguna sobre la muerte de ellos, como en el caso del centinela militar. Al contrario, si éste no cumple su misión de anunciar el peligro de la invasión del enemigo, será responsable de lo que pasare y pagará con su vida su falta en el cumplimiento del deber.
            Ahora bien, nosotros que estamos en la iglesia y vivimos nuestro ser iglesia católica en una comunidad cristiana concreta, ¿percibimos – a la luz de la Palabra y en el ejercicio de la corrección fraterna- por dónde nos acecha el enemigo y no nos deja crecer? Quizá pueda ser la indiferencia, o la frialdad, o la comodidad o pereza, o el egoísmo y los propios intereses los enemigos que pueden estar atacando a las comunidades cristianas. De ahí que escuchemos y atendamos a la voz de alerta del centinela.
            Cuando el amor disminuye, se nota las consecuencias. Esto es igual que el tema del agua: Cuando muchos a la vez hacen uso de los grifos del agua, la presión disminuye, tanto que a veces el propio calentador de gas no enciende. El Demonio ya se preocupa de que tengamos fugas de agua, porque él ya sabe ‘dónde nos aprieta el zapato’. Dice la Palabra: «Si con alguno tenéis deudas, que sean de amor, pues quien ama al prójimo ha cumplido la ley» (Rom 13,8). Seamos claros, cualquier excusa es buena para no amar al hermano. Cualquier excusa es buena para que la presión del agua del amor sea inferior o salga como un inservible hilito de agua.
¿Por qué tengo yo que preocuparme de esta persona cuando es un egoísta y un egocéntrico insoportable? ¿Por qué tengo yo que visitar en el hospital o en su casa a este hermano enfermo cuando me molesta por lo que dice o hace? Además, ¡con las cosas que he hecho yo –que han sido muchas- jamás me lo han agradecido y por algo que les pido que hagan o me apoyen me dejan en la estacada! A lo que la Palabra, como centinela de nuestras vidas, nos dice: «Si con alguno tenéis deudas, que sean de amor».
            La comunidad cristiana nos tiene que ayudar a ponernos las pilas, los unos a los otros. Que esos centinelas nos digan cuáles son nuestras faltas, eso, con toda garantía nos van a molestar y nos enfadaremos…, de eso estoy totalmente seguro (si te pinchan, saltas y sangras), pero ayudaremos y nos ayudaran a ir actuando contra los enemigos que acechan la ciudad, a cerrando esos grifos y arreglando esas fugas de amor para podernos salvar y gozar del abrazo del Padre Eterno.

10 de septiembre 2017
Ezequiel 33, 7-9
Salmo 94, 1-2.6-9
Romanos 13, 8-10
Mateo 18,15-20


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